miércoles, 14 de diciembre de 2011

EL LAZARILLO DE LA ZARZUELA, MAS O MENOS

(El Lazarillo de Tormes)

Con más hambre que un caracol pegado a un espejo durante tres semanas seguidas andaban sé el Ciego y su Lazarillo por los campos salmantinos, cerca de río Tormes.
Y como quiera que les apretaba el hambre más de lo debido, tanto a uno como a otro, y las viñas cargadas de uvas no dejaban de decirles “cómeme, cómeme”, fue el Ciego el que a su Lazarillo le dijo, éntrate a una de esas viñas, y al resguardo de la mirada de sus amos, dale un pellizco a una de esas cepas y con arte y maña procura que se te queden pegados a los hombros unos cuantos racimos, pero que no sean muchos, no abuses, que con nueve o diez para cada uno serán suficientes para salir de estas hambres que amenazan con comernos ellas a nosotros.
Y el Lazarillo que de por sí necesitaba pocos consejos para amigarse con lo ajeno, no se lo pensó dos veces para entrar a la viña y salir con una carga de uvas a cuestas más que con unos racimos para saciar el hambre.
Sentaron se ambos en un recodo del camino para colocar cada uva en su sitio y tratar de poner remedio a las hambres que los estaban devorando. Durante un tiempo entre Ciego y Lazarillo en lo tocante a palabras no se decían ni Mús, tan solo de cuando un cuando un resuello para tomar algo de aire y algún que otro carraspeo con la garganta para ordenar las uvas e indicar el camino al estómago que debían seguir, o sea, que no se hablaban.
De pronto, el Lazarillo exclamó: ¡Válgame mi alma, Señor. Muerto soy, que algún hijoputa ha dado suelta a los pulpos del Tormes! Mas y a pesar de estar en las últimas el fiel Lazarillo y en la seguridad plena de que en menos de lo que canta un gallo estaría en la Gloria del Padre, porque la respiración le faltaba y se estaba poniendo más morado que una bandera republicana, cayó en la cuenta de que por el rió Tormes, desde que pasó Noé con su Arca no había pasado un pulpo ni en conserva, a cuyo pensamiento in ex tremis añadiose la voz ronca y segura del Ciego que le decía, de estrangularte he, mal cristiano, hijo de la gran puta, mal nacido, ladrón, cuyas palabras le despejaron todas las dudas y pudo comprobar que efectivamente, no eran los pulpos los que le estaban quitando la respiración abriéndoles el camino a la otra vida, sino las sarmentosas manos del ciego que lo había trincado por el pescuezo.
Pasado el Lazarillo el mal trago que se cuenta y aplacado el Ciego de su instintivo arranque justiciero de cargarse al susodicho Lazarillo, este le preguntó, ¿y qué fue lo que ahora hice que de sopetón y sin saber yo por qué, vuestra merced a punto de asesinarme estuvo?
A lo que el Ciego respondió, ¿que qué hiciste me preguntas, mal rayo te parta, hijoputa y ladrón? ¿tal me preguntas, hijo de Satanás? Pues, hete aquí la respuesta para que te enteres, mal cristiano: que comiéndome yo las uvas de dos en dos, dadas las apreturas a las que me sometía el hambre, y que ya reconozco que no se debe hacer, pues, de una en una han de ser comidas las uvas. Tú, hijo puta, tú. Sí, tú. Si no prot