miércoles, 31 de diciembre de 2025
La desmilitarización de la banda terrorista OTAN en Ucrania a fecha de hoy
La desmilitarización de la banda terrorista OTAN en Ucrania a fecha de hoy
Diario octubre / diciembre 29, 2025
641 sistemas de defensa aérea S-300, Buk-M1 y Osa
·
26.764 tanques y otros blindados
·
32.218 cañones de artillería de campaña y morteros
·
1.634 lanzacohetes múltiples
·
669 aviones
·
283 helicópteros
·
105.665 drones
·
50.197 vehículos de diferentes tipos
Fuente:
Ministerio de Defensa de Rusia
Tomado de Sputnik
Si quieres
seguir de cerca cómo se desarrolla la operación en el campo, el mapa interactivo de
la agencia Spuntik te permite conocer la situación que se está viviendo día a
día.
La UE hacia su (auto)destrucción
Europa está sometida
política, económica y militarmente a los intereses de EEUU. Por eso ha ignorado
el drama de Gaza y planifica una futura guerra con Rusia. Extraviada, vive una
crisis en el marco de una gran transición geopolítica.
TOPOEXPRESS
La UE hacia su (auto)destrucción
El Viejo Topo
31 diciembre,
2025
UE: LA LARGA MARCHA HACIA SU (AUTO)DESTRUCCIÓN
A la memoria de Juan Aguilera Galera, amigo y camarada de sueños y
esperanzas
“Si Rusia es
derrotada en Ucrania, la subyugación europea a los estadounidenses durará un
siglo. Si, como creo, Estados Unidos es derrotado, la OTAN se desintegrará y
Europa quedará libre”
Emmanuel Todd,
octubre de 2025
Introducción. Las crisis siempre revelan lo que la normalidad oculta.
La excepción no
confirma la regla, la cambia. El riesgo que se corre es que los actores
políticos básicos acaben repitiendo viejas fórmulas, conceptos que poco o nada
dicen y que, como zombis, parasitan la academia, la esfera pública y siguen
colonizando nuestro imaginario social, sobre todo de las élites, al servicio
del poder. Ideas como democracia, fascismo, autocracia, derechos humanos,
derecha/izquierda pierden su conexión con la realidad social y se convierten en
obstáculos para nombrar lo que pasa y actuar, sobre todo actuar,
conscientemente ante una realidad en mutación. Por eso, el discurso
disciplinario se hace cada día más fuerte y la exclusión del discrepante se
practica con tal fiereza que no deja espacio a la crítica. La esfera pública se
estrecha y lo políticamente correcto se impone sin rubor, abiertamente.
La dramática
situación del genocidio del pueblo palestino emerge con Gaza como cuestión
humanitaria, desde la lógica de los derechos y el respeto al ordenamiento
internacional. Es mucho más que eso. Pedro Sánchez ha encontrado un espacio que
le permite sintonizar con una opinión pública cada vez más movilizada,
arrinconar al PP y oponerse abiertamente a VOX. En este tema, el secretario del
PSOE ha sido coherente: lleva meses defendiendo el reconocimiento del Estado
palestino como tema central de su política internacional, perfectamente
compatible, insisto, con su apoyo a la política de rearme impulsada por la
señora Von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea) y por señor Rute
(secretario de la OTAN) y, nunca se debe olvidar, al servicio de la estrategia
político-militar de los EE. UU.
Lo fundamental,
¿realmente esta es la propuesta que ayuda a resolver el problema de la masacre
diaria de un pueblo? A mi juicio, se trata de una respuesta débil, simbólica,
que no afronta el problema real. La clave es poner fin al asesinato diario de
hombres, mujeres, niños, personal sanitario, periodistas. Reconocer un Estado
palestino con una Cisjordania casi ocupada por colonos armados y protegidos por
los militares judíos; con una Gaza militarmente sometida y con una población en
vías de exterminio, es un brindis al sol y someterse a los que mandan, es
decir, Netanyahu y Trump. ¿Reconocer a un Estado sin territorio? ¿Se lo
devolverán los cascos azules de la ONU? Es la historia de Sánchez: posar,
amagar, recomponer la figura y nunca enfrentarse al poder.
Lo que más
sorprende no es que las élites dominantes justifiquen la matanza diaria o que
intenten quedar bien ante una opinión pública cada vez más movilizada; no, lo
que asombra es que la cuestión palestina no se relacione con la gran
remodelación geopolítica del Oriente Medio, impulsada por Israel y por los EE.
UU. y apoyada, sin reservas, por la Unión Europea. En su centro: Irán. Ambas
cuestiones convergen en eso que se ha llamado la paz de Abraham. Resuelta la cuestión
palestina, lo que viene es conseguir política y militarmente el cambio de
régimen en el país de los persas. A eso se refería el canciller alemán Merz
cuando solemnemente afirmaba que Netanyahu hacía el trabajo sucio por nosotros,
por el Occidente colectivo.
Empezar por
Gaza obliga a tomar nota de que la barbarie está ya entre nosotros y que la
estamos normalizando. El Covid-19 cambió a nuestras sociedades profundamente.
Nos hizo más obedientes, más sumisos y mucho más crédulos. El miedo, la
inseguridad y el temor colonizaron nuestro sentido común y nos habituaron a
desconectar del futuro, a vivir en un día a día eterno. Queda poco espacio para
proyectos colectivos, para intervenir y ser sujetos del cambio social. Gaza, el
genocidio de un pueblo heroico y con una fe en la vida única, está cumpliendo
el papel de prepararnos para lo que viene, habituarnos a la muerte, a los
bombardeos, al asesinato cotidiano de niños. Ahora es fácil poner distancia y
pensar que aquello poco o nada tiene que ver con nosotros, que se trata de una
excepción, de un hecho singular que expresa la maldad que llevamos dentro los
humanos. La realidad es más concreta y tiene que ver con el poder.
La Unión Europea, camino de la perdición.
Si todo está en
crisis, es poco lo que se puede explicar apelando a ella. Hay que concretar. El
termino definitorio es globalización. Durante años ha sido una palabra clave;
todo lo explicaba. A ella se rendían todos los atributos de la economía, las
necesarias e imprescindibles adaptaciones y, sobre todo, los urgentes y duros
sacrificios en derechos sociales y sindicales. Globalización decía mucho y
aclaraba poco. Como todo termino ideológico, aludía a fenómenos reales y, a su
vez, eludía, imposibilitada, su conocimiento real. ¿Qué fue la globalización
capitalista? Intentaba nombrar distintas transformaciones más o menos
interrelacionadas entre sí que estaban modificando sustancialmente la realidad
productiva, tecnológica, comercial y financiera; restructurando profundamente
los marcos del poder estatal y cambiando los patrones básicos de las políticas
públicas.
La
globalización fue siempre un proyecto centralmente político que: a) definía el
lado económico-financiero del “Nuevo Orden internacional basado en reglas”
impuesto por los EE.UU. y que modificaba a su favor las grandes instituciones
internacionales (FMI; BM; OCM); b) imponía una política económica única (el
llamado consenso de Washington) dirigida a cambiar de modo irreversible las
relaciones entre Estado y sociedad y su inserción en una economía-mundo a su
vez (teóricamente) abierta y liberalizada; c) en su centro, la financiarización
de la economía, las transformaciones productivas y tecnológicas, y lo que se
llamó la “gran duplicación”, es decir, la entrada en el mercado mundial de
millones de trabajadores provenientes de los procesos socialistas; d) en
definitiva, la globalización neoliberal expresaba lo que Luciano Gallino llamó
“la lucha de clases desde arriba”, una forma de (contra)revolución de las
clases económicamente dominantes para superar los límites que la sociedad, el
Estado y el conflicto social impulsado por las clases trabajadoras fueron
imponiendo a la dinámica depredadora del capitalismo, lo que Polanyi llamó su
tendencia hacia un “mercado autorregulado” dirigido a mercantilizar el conjunto
de las relaciones sociales.
El Acta Única y
el tratado de Maastricht fueron el modo en que las clases dirigentes europeas
se integraban en la incipiente globalización y el marco estratégico que creaban
las condiciones para la aplicación de las políticas neoliberales. Hay que
entenderlo: la derrota del fascismo fue también una derrota de los grandes
poderes económicos y de las clases políticas tradicionales. La palabra-resumen:
miedo a la revolución. Las tropas soviéticas en Berlín, una izquierda
protagonista de la resistencia frente a la barbarie, un movimiento obrero que
se negaba a pagar los costes de la guerra y una cultura política fuertemente
crítica del capitalismo liberal, culpabilizado, con razón, de la deriva
fuertemente autoritaria de las distintas sociedades.
En Europa
Occidental se fue construyendo un círculo político virtuoso que anudaba
democracia de masas, Estado social y soberanía popular. No es este el lugar
para analizar en su complejidad lo que más adelante también se llamó el Estado
keynesiano-fordista; señalar que su efecto fundamental fue (lo indicó ya en los
años setenta Giovanni Arrighi) propiciar la construcción de un fuerte poder
contractual de las clases trabajadoras, favoreciendo su identidad como sujeto
político-social y dotando a las instituciones estatales de instrumentos
para regular el funcionamiento del capitalismo monopolista, especialmente las
grandes corporaciones financieras. La crisis de 1973 fue una ruptura, definida
por el conflicto social y por la reacción neoliberal; la segunda onda llegó con
la desintegración del URSS y la disolución del Pacto de Varsovia. Las clases
dirigentes entendieron muy bien aquello de que nunca hay que desaprovechar una
buena crisis y lo hicieron a fondo, iniciando una (contra)revolución que
consiguió todos sus objetivos fundamentales, al menos, aparentemente.
Si se observa
con una cierta perspectiva histórica, se entiende que el proyecto desde el
inicio estaba dirigido desmontar pieza a pieza los fundamentos del círculo
político virtuoso anteriormente nombrado. La argumentación fue repetida
sistemáticamente: los Estados nacionales ya no están en condiciones de cumplir
sus tareas históricas, demasiado pequeños para resolver los problemas globales
y demasiado grandes para solucionar los desafíos locales y regionales. La
conclusión estaba al alcance del sentido común mayoritario: integrarse para
sumar poder, modernizar el tejido productivo para incrementar la competitividad
y mejorar la productividad de una Europa unida que se ampliaba. En su centro,
una moneda única y un Banco Central independiente con la misión única de
controlar la inflación. Todo ello para asegurar la viabilidad del “modelo
social europeo”. Era el nuevo consenso, entre una derecha que lo era cada vez
más y una izquierda que lo era cada vez menos, en defensa de la globalización
neoliberal como el horizonte histórico de nuestra época.
Desde la crisis
del 2008 las cosas han cambiado sustancialmente. Se podría hablar de una “acumulación
de crisis” que cada vez cierra más y se dirige a la guerra con Rusia. Thomas
Fazi lo ha analizado bien:
“La UE se
vendió a los europeos como un medio para fortalecer colectivamente el
continente frente a otras grandes potencias, en particular los Estados Unidos.
Sin embargo, en el cuarto de siglo trascurrido desde que el Tratado de
Maastricht marcó su nacimiento ha ocurrido lo contrario: hoy en día, Europa
está más vasallizada, política, económica y militarmente a Washington –y, por
tanto, más débil y menos autónoma– que en cualquier otro momento desde la
segunda guerra mundial”
Al final,
retorno lo que tenemos delante de nuestros ojos y no queremos ver. Europa, que
es mucho más que la Unión Europea, es, desde la II Guerra Mundial, un
protectorado político-militar norteamericano, especialmente Alemania y, en
menor medida, Italia. Sus economías se han entrelazado estrechamente con los
capitales norteamericanos, con las corporaciones empresariales y con los
grandes fondos de inversión. La Unión Europea ha generado una clase política
extremadamente dependiente de los grandes poderes económicos y conglomerados
mediáticos, se ha hecho mucho más homogénea y lo que se les obliga a decidir a
los ciudadanos son variantes de un mismo proyecto neoliberal. Los pueblos que
votan mal, es decir, que apuestan por políticas de izquierda, tienen que hacer
frente al chantaje previo y posterior de unas instituciones que actúan como un
poder supranacional, como un poder soberano, frente a las decisiones de unos
gobiernos elegidos democráticamente. La crisis de la democracia constitucional
y el ascenso de la extrema derecha tiene que ver centralmente con una realidad
siempre negada, a saber, que la Unión Europea es esencialmente una estructura
de poder oligárquica, que expropia la soberanía a los Estados y que convierte a
los ciudadanos en meros espectadores de políticas que se deciden en lugares
donde no llega la democracia ni el control popular.
La militarización y la guerra como alternativa a una Unión Europea en crisis
Es tan vieja
como la propia geopolítica entendida como ciencia y arte del poder estatal.
Impedir una alianza estratégica entre Rusia y Alemania ha sido y es la política
que para Eurasia han defendido el Reino Unido y los Estados Unidos de
Norteamérica. Siempre han conseguido imponerla, ahora también. Alemania se
militariza a marchas forzadas y pretende convertirse en la primera fuerza
militar de una península que se cree un continente. Esta no es una
cuestión menor, como sabían bien Haushofer, Mackinder, Spykman o Brzezinski. La
geografía del poder marca la política y la mayoría de las veces, la determina.
En el eje de todas las transformaciones y de todos los conflictos está la
reorganización político-espacial de Eurasia.
La tesis que
defendemos es la siguiente: las clases dirigentes de la Unión Europea eligieron
la vía de la militarización de la política, de la economía, de la sociedad y de
las relaciones internacionales como dispositivo estratégico para superar la
crisis del proyecto de integración supranacional; sabiendo que la resultante
significaría, en muchos sentidos, una discontinuidad, una ruptura, con la
forma-política existente hasta el presente. Se suele decir que la UE avanza y
se consolida de crisis en crisis. Ahora es diferente y mucho más radical: lo
que está en juego es el proyecto que unificó a las fuerzas políticas
fundamentales, generó un amplio consenso social y, lo fundamental, que terminó
siendo el instrumento más relevante (no el único) para desmontar las bases
culturales, políticas y electorales de la izquierda en Europa.
Como suele
ocurrir en los procesos reales, los hechos se suceden, los acontecimientos se
encadenan y se generan estructuras de oportunidad que los actores políticos
aprovechan, en un sentido u otro, para formular tácticas y definir estrategias.
La UE vive una crisis de proyecto desde, al menos, 2008, agravada por el COVID-
19; todo ello, en el marco de una “gran transición geopolítica” de dimensiones
históricas. Rusia podría ser un aliado determinante de una Europa autónoma o un
enemigo creíble al que era necesario derrotar. Ayudó mucho la percepción
(socialmente creada) del gran país euroasiático como un Estado decadente,
tecnológica y económicamente atrasado, gobernado por una mafia de oligarcas,
militarmente en proceso de desintegración. Borrell, siempre
ocurrente, hablo de Rusia como una “gasolinera con armas atómicas “; ahora le
queda rectificar y hacer oposición, todo requiere su tiempo, a las posiciones
que él mismo defendió y que lo convirtieron en el ala más belicista de la
Comisión Europea.
Emmanuel Todd
ha definido con mucha precisión el momento que vivimos:
“Puedo esbozar
aquí un modelo de la dislocación de Occidente, a pesar de las incoherencias de
la política de Donald Trump, presidente estadounidense de la derrota. Estas
incoherencias no son, en mi opinión, el resultado de una personalidad
inestable, y sin duda perversa, sino de un dilema irresoluble para los Estados
Unidos. Por un lado, sus dirigentes, tanto en el Pentágono como en la Casa
Blanca, saben que la guerra está perdida y que habrá que abandonar Ucrania. El
sentido común los lleva, por lo tanto, a querer salir de la guerra. Pero, por
otro lado, ese mismo sentido común les hace presagiar que la retirada de
Ucrania tendrá para el Imperio consecuencias dramáticas que no tuvieron las de
Vietnam, Irak o Afganistán. Se trata, en efecto, de la primera derrota
estratégica estadounidense a escala planetaria, en un contexto de
desindustrialización masiva de los Estados Unidos y de difícil reindustrialización”
¡Amenaza de
derrota estratégica de los Estados Unidos! Palabras mayores; se entiende todo.
La posición de la Unión Europea y de la OTAN se organiza intentando gobernar
esta contradicción del actual núcleo dirigente de los EE.UU. para
convertirla en instrumento para impulsar la guerra contra Rusia. Las
humillantes y disparatadas concesiones de la presidenta de la Comisión Europea
hay que situarlas en esta lógica. Se cede ante Trump porque se necesita, se le
necesita para poder vencer a Rusia; éste que lo sabe y se aprovecha de ello,
bajo el principio de que deben ser los aliados los obligados a financiar la
reindustrialización de los EE. UU. La resultante será una escalada
económica, comercial y militar de fronteras poco definidas, pero extremadamente
peligrosa
¿Qué está
pasando realmente?: 1) Que las previsiones no se cumplieron. Las políticas de
sanciones no solo no fueron eficaces para hundir la economía y las finanzas de
Rusia, sino que terminaron por golpear seriamente al conjunto de la economía de
la UE y, especialmente, a Alemania; 2) Rusia ha resistido razonablemente las
sanciones reconvirtiendo su economía y su aparato productivo, realizando una
eficaz política de sustitución de importaciones, favoreciendo el mercado
interior, con el objetivo de construir un espacio económico más autosuficiente
y menos dependiente de Europa y, es clave, más integrado con los países
emergentes, especialmente, con los BRICS, plus; 3) El conflicto
político-militar entre la OTAN y Rusia por intermediación de Ucrania, tampoco
ha ido como se esperaba según las optimistas previsiones del Estado Mayor de la
Alianza. Rusia lo está ganando y lo tiene donde lo quería, es decir, en guerra
de desgate y de posiciones.
Ucrania se está
convirtiendo en una máquina de triturar recursos humanos, económico-
financieros, técnico-militares que hipotecan su futuro como sociedad y como
Estado. Rusia también paga un alto coste, pero a un nivel diferente y con
efectos soportables dadas sus condiciones político-militares, demográficas y su
elevado consenso interno. No hay que olvidarlo, la economía rusa ocupa ya el
cuarto lugar en el planeta y el primero en Europa, si la medimos en paridad de
compra. La guerra modifica y cambia, en la derrota o en la victoria, las
relaciones de fuerzas entre naciones y –se suele olvidar– dentro de ellas.
Ucrania y Rusia ya no serán las mismas como estructura social, como Estado y
cultura. Los cambios, además, son muy rápidos y apenas si se interiorizan en
todas sus radicales dimensiones.
La pregunta hay
que hacerla: ¿Por qué la Unión Europea quiere continuar la guerra? Habría que
precisar más. ¿Por qué los “dispuestos”, “los voluntarios” quieren
escalar en una guerra que saben perdida en su actual formato? Reino Unido
(fuera de la UE), Alemania, Francia y Polonia forman el núcleo duro más
comprometido con la continuación de la guerra y presionan, antes ya se dijo,
fuertemente a unos EE.UU. que viven en una situación de emergencia, dispuestos
a una reestructuración radical de sus estructuras de poder y de sus políticas
de alianzas. Antes de seguir conviene detenerse un momento: ¿qué significa
optar por la escalada en el conflicto?
Conviene no
dejarse embaucar por la propaganda. Una “guerra limitada” es un tipo de
conflicto armado políticamente muy controlado, con reglas no escritas y
negociando, de una u otra forma, con la “otra parte”. No olvidemos que Rusia es
una potencia nuclear de primer nivel y que los EE.UU. están por delante y por
detrás de la OTAN y de Ucrania. Hay intercambio de informaciones, existen
complicidades y, con matices, se intentan no superar ciertas “líneas rojas”
siempre inestables y en redefinición permanente. A lo que aspiran los así
llamados “dispuestos” es ir más allá de esas líneas rojas y generalizar el
conflicto. Dicho de otra forma, dado que con este formato Rusia está ganando,
cualquier negociación supondría situarse en un territorio favorable a
Putin. La exigencia a Donald Trump es conocida: darle armas a Ucrania
para que pueda golpear los centros estratégicos militares, energéticos y de
toma de decisiones del país euro-asiático. El problema central, hay otros, es
prever cuál sería la respuesta de la dirección política de Rusia. Lo dejamos
ahí.
Las clases
dirigentes europeas se comprometieron a fondo con Biden en darle al conflicto
ucraniano una salida militar. A Rusia le dejaron –es un modo bastante
normalizado de hacer política por parte de los EEUU– una única salida: la
guerra o la derrota estratégica. El objetivo era el cambio de régimen y
restarle a China un aliado fundamental. Este fue el consenso básico. Reconocer
la derrota no parece posible y se prestan a continuar un conflicto donde
Ucrania pone los muertos y la UE aporta financiación y armamento, velando
siempre por los beneficios del complejo militar e industrial norteamericano.
Los costes de la guerra han sido enormes y lo serán mucho más en el futuro.
Será una combinación explosiva de planes de austeridad, reducción de derechos
sociales y laborales e incremento sustancial del gasto militar, en un clima de
creciente militarización de la sociedad y la política. Hipótesis subyacente:
Rusia no se atreverá a usar el armamento nuclear. ¿Jugar a la ruleta rusa?
No se trata
solo de negarse a asumir ante las poblaciones el fracaso de una política
aventurera e irresponsable; es mucho más que eso: negociar con Rusia
significaría poner en cuestión el famoso “Orden internacional basado en normas”
y establecer una nueva arquitectura de seguridad en Europa, es decir, reconocer
a la Rusia de Putin lo que le negaron a la URSS de Gorbachov. Hasta ahora, la
UE y la OTAN nunca han tenido en cuenta las demandas del país euroasiático, sus
intereses nacionales y sus responsabilidades con las poblaciones de etnia y
cultura rusa. Los portavoces del “partido de la guerra” argumentan que esto
significaría volver a la antidemocrática política de las “zonas y espacios de
influencia”. Habría que señalar que la influencia geopolítica depende del poder
en un sentido amplio. Cuando realmente se tiene, condiciona a los actores y les
obliga a responder, en uno u otro sentido, desde esos límites.
La Unión
Europea ha actuado como si Rusia no tuviese intereses que defender o que estos
no fuesen relevantes; es más, en paralelo con la OTAN, ha ido practicando y
definiendo una política dirigida a reducir, a recortar sustancialmente su peso
y respaldo en una zona, sobre todo en las antiguas repúblicas ex soviéticas,
con la que tenía vínculos profundos. Robert Kagan, ahora en el equipo de la
Sra. Clinton, lo argumentó con su acostumbrada claridad no hace demasiado
tiempo: los EE.UU. ganaron una guerra mundial contra la URSS y el campo
socialista; sólo ellos tienen el derecho y están obligados a tener “zonas y
espacios de influencia” y los vencidos tiene que asumirlo. Y si no, asumir los
riesgos por una conducta transgresora del orden establecido. Poder de
definición y poder punitivo siempre lo han tenido los EE.UU. y, por delegación,
el Estado de Israel.
Estamos en los
límites y los dirigentes europeos nos invitan audazmente a dar un salto hacia
adelante. La disyuntiva es radical: escalada militar o una paz realista,
posible. La primera, nos conduce a la guerra y a sus variantes nucleares; la
segunda a la autonomía estratégica. Al final, la historia vuelve. La pregunta
decisiva: ¿qué Europa queremos?, ¿aliada subalterna de los Estados Unidos o
sujeto geopolítico independente? En el medio, la Unión Europea. Hoy sabemos,
algunos lo venimos defendiendo desde el principio, que la UE es el modo
neoliberal y subalterno de construir Europa contra los Estados nacionales, la
democracia constitucional y los derechos sociales. Un tratado de paz y
cooperación con Rusia es condición previa para una Europa liberada, autónoma,
capaz de ser parte activa del nuevo orden internacional multipolar en
construcción. La OTAN es hoy la dirección estratégica de la Unión Europea; ésta
se ha ido convirtiendo en su brazo político; en su eje organizador, los
intereses político-militares norteamericanos. Las clases dominantes, para
salvar su “Europa”, la UE, se preparan activamente para la guerra contra Rusia.
Ese es hoy el problema central.
Recibido en la redacción de insurgente.org (¿Desde la Embajada?)
Recibido en la redacción de
insurgente.org (¿Desde la Embajada?)
Insurgente.org
The USA wishes you a happy new year 2026
Estados Unidos les desea un feliz año 2026
Gracias, le respondimos, con el deseo que
se los hundan.
*++
De alucine
Con una frivolidad que
hiela el corazón, nuestros bien pagados líderes europeos hablan de guerra como
si tal cosa. Incluso hay quien le pone fecha: 2029. Hay que irse preparando,
aseguran en Alemania, Holanda, Francia… en el sur esquivamos el tema. Pero el
tema no quiere esquivarnos.
De alucine
El Viejo Topo
30 diciembre, 2025
LAS FABULOSAS
ALUCINACIONES DE LOS LÍDERES EUROPEOS
Sentado en una
animada sala de la Universidad de Ámsterdam, hago una pregunta sobre el respeto
que los estudiantes sienten por su antiguo primer ministro y actual jefe de la
Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Mark Rutte. La sala está
animada y divertida. Nadie parece otorgar a Rutte el respeto que podría
merecer. Lo ven como un traje vacío que ocupó el cargo de primer ministro desde
octubre de 2010 hasta julio de 2024, un total de más de cinco mil días, el jefe
de Gobierno con más años de servicio en la historia de los Países Bajos. Bajo
el liderazgo de Rutte, los Países Bajos canibalizaron su estado de bienestar
social y reforzaron su aparato represivo: más dinero para armas y menos para la
salud infantil. Les pregunté por Rutte no solo por su mandato en Holanda, sino
también por su papel al frente de la OTAN. Acababa de hacer una
sorprendente observación en
la Conferencia de Seguridad de Múnich el 11 de diciembre de 2025:
El conflicto
está a nuestras puertas. Rusia ha devuelto la guerra a Europa y debemos estar
preparados para una guerra de la misma magnitud que la que sufrieron nuestros
abuelos o bisabuelos. Imaginen un conflicto que llega a todos los hogares, a
todos los lugares de trabajo, con destrucción, movilización masiva, millones de
desplazados, sufrimiento generalizado y pérdidas extremas.
La imagen que
Rutte pintó de una guerra total parece extraña en Ámsterdam, una ciudad de
menos de un millón de habitantes que recibió alrededor de 20 millones de
turistas en 2024 y que parece que superará esa cifra este año. Las calles están
abarrotadas, los museos llenos y se respira una indiferencia generalizada a
medida que se acerca la Navidad. Estaba sentado en la Universidad para
conversar con Chris De Ploeg, autor de De Grote Koloniale Oorlog (La
Gran Guerra Colonial), un clásico contemporáneo en neerlandés, y candidato
principal de la formación de izquierda De Vonk, que se presentará a las
elecciones locales de Ámsterdam el año que viene (con Chris como candidato
principal). Chris lo tiene claro: durante el mandato de Rutte, cada vez que se
debatía la necesidad de financiar las necesidades humanas, el gobierno de Rutte
decía que no había fondos, pero en cuanto se planteaba aumentar el gasto
militar… bueno, los fondos estaban disponibles de inmediato. “No se trata de
economía”, dice Chris, “sino de política. Se trata de decisiones políticas”.
Actualmente,
los Países Bajos ocupan el
séptimo lugar entre los países de la OTAN en términos de gasto militar. El país
gasta 24.000 millones de euros al año en el ejército, lo que supone el 2% del
producto interior bruto (PIB) o el 3,7% del gasto público total (datos de
2022). Los Países Bajos han cumplido el objetivo anterior del 2%, pero están
muy lejos del nuevo objetivo del 5% del PIB para el gasto militar. Para
alcanzar esa cifra, los Países Bajos tendrán que triplicar el gasto militar
hasta los 60.000 millones de euros. Esto supondrá reducir la inversión
gubernamental en seguridad social, sanidad, educación y servicios públicos, así
como aumentar la deuda pública. Se trataría de un cambio fundamental en las
prioridades nacionales. “Sin una izquierda fuerte que les presione”, argumenta
De Vonk, los liberales y la derecha “venderán todo nuestro estado del bienestar
al ejército”. Eso ya está sobre la mesa y, sin formaciones como De Vonk, el
tren hacia la militarización ya ha comenzado a rodar. Ámsterdam dejará de ser
la ciudad de los turistas. Se va a vaciar aún más.
La actual
alcaldesa de Ámsterdam, Femke Halsema, pertenece al partido Izquierda Verde
(GroenLinks). Quizá le interese saber que si los Estados de la OTAN, incluidos
los Países Bajos, aumentan sus presupuestos militares al 5%, esto no solo
afectará a su política fiscal, sino que tendrá una enorme huella de carbono.
Según la rúbrica de
Scientists for Global Responsibility, cualquier aumento de 100.000 millones de
dólares en el presupuesto militar supondrá 32 millones de toneladas de
emisiones de dióxido de carbono. Un aumento del 5% por parte de la OTAN
supondría un presupuesto militar de 2,54 billones de dólares (en 2024, la OTAN
gastó 1,15 billones de dólares). Este aumento generaría 365 millones de
toneladas de emisiones de dióxido de carbono, lo que equivale casi al total de
las emisiones anuales de países como Italia o el Reino Unido. Ningún político
europeo importante ha planteado la cuestión de la huella de carbono del 5% del
gasto militar.
La sombra de la
guerra
Un día después
del discurso de Rutte, el ministro de las Fuerzas Armadas británicas, Al
Carns, declaró a The
Telegraph: “Durante los últimos 50 o 60 años, hemos dependido de las
garantías de seguridad de los Estados Unidos y ahora, con las amenazas
multipolares a las que se enfrenta los Estados Unidos, es posible que estas no
sean tan contundentes como en el pasado”. Debido a este paraguas militar
estadounidense, dijo Carns, el Reino Unido había “externalizado su letalidad a
otros. Tenemos que asegurarnos de aumentar nuestra letalidad”. A continuación,
hizo la siguiente observación interesante: “La sombra de la guerra vuelve a
llamar a la puerta de Europa. Esa es la realidad. Tenemos que estar preparados
para disuadirla. Colectivamente, en la OTAN, tenemos que recordar que,
numéricamente, superamos a Rusia de forma significativa”.
Hay dos puntos
que considerar aquí: en primer lugar, si Rusia es una amenaza real para Europa
y, en segundo lugar, si Europa puede “superar” a Rusia.
A mediados de
noviembre de 2025, el ministro de Relaciones Exteriores alemán, Boris
Pistorius, declaró al Frankfurter
Allgemeine Zeitung que Rusia atacaría Europa en 2029 o “ya en 2028, y
algunos historiadores militares incluso creen que hemos tenido nuestro último
verano pacífico”. Unas semanas más tarde, el presidente ruso, Vladímir Putin,
asistió a la cumbre de la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva en
Bishkek (Kirguistán), donde negó que Rusia tuviera ningún deseo de atacar
Europa. Dijo que
esas ideas eran “mentiras”, “tonterías” y “ridículas”. Cuando los periodistas
le presionaron sobre las intenciones de invadir Europa más allá de Ucrania,
Putin respondió: “La verdad es que nunca hemos tenido intención de hacerlo.
Pero si quieren oírlo de nosotros, entonces lo documentaremos. Sin duda”. En
otras palabras, Rusia estaba dispuesta a dar una garantía por escrito. Rusia no
solo ha dicho que no tiene intención de invadir Europa, sino que no tiene
motivos para hacerlo.
El lenguaje de
la guerra es imprudente. Rusia es una potencia nuclear y, sin duda, no dudará
en utilizar estas armas si se siente amenazada. Pero, más allá de eso, los
propios países europeos han admitido que simplemente no tienen la fuerza
necesaria para llevar a cabo una guerra prolongada. El exministro de las
Fuerzas Armadas del Reino Unido, John Spellar, declaró ante
el Parlamento en marzo de 2024 que el Reino Unido tenía capacidad para aguantar
diez días de conflicto, y la propia Comisión de Defensa del Reino Unido escribió que
se necesitarían muchos años para acumular reservas de municiones.
Probablemente, la fuerza combinada de los ejércitos de la OTAN, incluso sin los
Estados Unidos, pueda resistir una invasión rusa. Y Rusia sería tonta si
pusiera a prueba el escudo nuclear que protege a Francia y al Reino Unido.
¿Existe
realmente la sombra de la guerra? ¿O es esta charla sobre la guerra simplemente
una forma de que políticos anacrónicos como Rutte, Carns y Pistorius se sientan
relevantes en un mundo cambiado? Es hora de que personas como Rutte salgan del
escenario de la historia y cedan el paso a personas que forman parte de grupos
como De Vonk, personas sensibles como Chris De Ploeg, Suzanne Lugthart, Freya
Chiappino, Carlos van Eck, Niels Moek, Hidde Heijnis, David Schreuders, Nina
Boelsums y Jazie Veldhuyzen. A ustedes les interesa la humanidad. No en las
alucinaciones de una guerra permanente.
Fuente: Globetrotter
martes, 30 de diciembre de 2025
lunes, 29 de diciembre de 2025
Europa en Pánico
Alastair Crooke analiza
la última estrategia de seguridad nacional de la administración Trump y critica
el intento de Estados Unidos de lograr el liderazgo mundial como un fracaso. El
documento deja a la Unión Europea y sus líderes por los suelos.
Europa en Pánico
El Viejo Topo
29 diciembre, 2025
Los gobiernos
estadounidenses elaboran periódicamente una Estrategia de Seguridad
Nacional (ESN) (el presidente Donald Trump elaboró una durante su
primer mandato). En su mayoría, estos
documentos describen una versión idealizada de
la política exterior y de seguridad de un
gobierno y tienen poca relevancia práctica porque pasan por alto: los arraigados intereses políticos y económicos de Estados Unidos; el profundo
consenso en política exterior supervisado por la élite gobernante del estado de
seguridad profunda; y las políticas apoyadas por el conjunto de los principales
donantes.
Sin embargo,
esta NSS recientemente
publicada tiene una lectura muy diferente, y le otorga un tono
distintivo de “Estados Unidos primero” a la política exterior estadounidense,
evitando la hegemonía global, la “dominación” y las cruzadas ideológicas en
favor de un realismo pragmático y transaccional centrado en la protección de
los intereses nacionales fundamentales: la seguridad nacional, la prosperidad
económica y el dominio regional en el hemisferio occidental.
Por lo tanto,
Estados Unidos “ya no apoyará todo el orden mundial como un ‘Atlas’ y espera
que Europa asuma una mayor parte de sus cargas de defensa”, dice el NSS.
Critica la
anterior búsqueda de la supremacía global por parte de Estados Unidos como un
fracaso que, en última instancia, debilitó al país, y califica la política de
Trump como una corrección necesaria a la postura anterior. Por lo tanto, acepta
el cambio hacia un mundo multipolar.
Dos objetivos
clave de política exterior se han desdibujado en lugar de
reformularse radicalmente.
En primer
lugar, China pasa de ser una “amenaza primaria” y una “amenaza progresiva” a
ser un competidor económico (Taiwán es considerado un factor disuasorio).
Respecto a
Rusia, se lee:
“Es de interés
fundamental para Estados Unidos negociar un cese rápido de las hostilidades en
Ucrania para estabilizar las economías europeas, evitar una escalada o
expansión no deseada de la guerra y restablecer la estabilidad estratégica con
Rusia, así como permitir la reconstrucción de Ucrania tras las hostilidades
para que pueda sobrevivir como un estado viable”.
El documento no
menciona una «paz estratégica» con Rusia, sino únicamente un «cese de
hostilidades» o un alto el fuego. La cuidadosa elección del lenguaje empleado
podría indicar que Trump no pretende alcanzar un acuerdo
integral con Rusia sobre sus preocupaciones de seguridad, sino únicamente una
tregua, un «cese de hostilidades».
Describe las
relaciones de Europa con Rusia como «profundamente debilitadas»:
La
administración Trump se encuentra en desacuerdo con los líderes europeos que
albergan expectativas de guerra poco realistas, arraigadas en gobiernos
minoritarios inestables, muchos de los cuales pisotean los principios
fundamentales de la democracia para reprimir a la oposición. Una amplia mayoría
europea desea la paz, pero este deseo no se está traduciendo en políticas
concretas, en gran medida debido a la subversión de los procesos democráticos
por parte de dichos gobiernos. Esto es estratégicamente importante para Estados
Unidos precisamente porque los estados europeos no pueden reformarse si están
atrapados en una crisis política.
En esencia, a
partir de ahora, Ucrania pasará a manos de los europeos como su
responsabilidad. En términos más generales, se espera que los aliados asuman
los costes, mientras que Estados Unidos fortalece su posición interna.
Uno de los
mayores cambios en la Estrategia Nacional de Seguridad es que ahora Estados
Unidos se define como una potencia hemisférica fortificada, en lugar de un
hegemón global:
Queremos un
hemisferio libre de incursiones extranjeras hostiles o de la propiedad de
recursos clave, que apoye cadenas de suministro esenciales; y queremos asegurar
nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave. En otras palabras,
afirmaremos y aplicaremos un «Corolario Trump» a la Doctrina Monroe.
En términos de
presencia militar, la Estrategia establece que esto implica “realinear nuestra
presencia militar global para abordar amenazas urgentes en nuestro hemisferio”.
Tal vez lo más
significativo –en términos de impacto práctico– es la referencia al “fin de la
OTAN como alianza en constante expansión” y a Europa, que es criticada en los
términos más severos.
El NSS es muy
crítico del estancamiento económico de Europa, su declive demográfico, la
pérdida de soberanía de las instituciones de la UE y su “borrado de la
civilización”: “Queremos que Europa siga siendo europea, que recupere su
autoestima como civilización y que abandone su fallida tendencia a sofocar la
regulación ” , se lee.
El documento
declara que las élites liberales/tecnócratas de la UE y de muchos Estados
miembros representan una amenaza para el futuro de Europa, la estabilidad regional
y los intereses estadounidenses. Aclara que apoyar a la derecha patriótica
europea y fomentar la resistencia a la trayectoria actual de Europa redunda en
beneficio de Estados Unidos.
Señala el
reemplazo de población (inmigración) como la amenaza más grave a largo plazo
para los intereses europeos y estadounidenses, cuestionando abiertamente si
algunas naciones europeas seguirán siendo aliados confiables, dada su
trayectoria actual.
Las relaciones
transatlánticas siguen vigentes, pero ya no constituyen el núcleo de la
política exterior estadounidense.
El pánico de la
élite europea
Líderes
europeos, incluido el ex primer ministro sueco Carl Bildt, afirmaron que la
referencia de la NSS a Europa era «a la derecha de la extrema derecha». En
Estados Unidos, demócratas como el representante Jason Crow (demócrata por
Nueva York) la consideraron «catastrófica» para las alianzas, en particular la
OTAN.
Para comprender
plenamente el grito de pánico que se alzaba desde Europa, es necesario un poco
de contexto. La política identitaria progresista no admitía la «otredad»,
ninguna diferencia de opinión. Jennifer Rubin, columnista del
Washington Post y colaboradora de MSNBC (citada durante mucho tiempo
por el Washington Post como su «columnista republicana» para
el «equilibrio»), en un escrito de septiembre de 2022, rechazó la
idea misma de que un argumento tenga «partes», ya que cualquier contraargumento
atribuía racionalidad a los conservadores:
Debemos,
colectivamente, en esencia, quemar el Partido Republicano. Debemos quemarlo
hasta los cimientos, porque si hay sobrevivientes, si hay personas que resistan
esta tormenta, lo harán de nuevo… La farsa en la que Trump, sus defensores y
sus partidarios son tratados como racionales (¡incluso inteligentes!) proviene
de un sistema mediático que se niega a abandonar… esta falsa equivalencia.
Y el entonces
presidente Joe Biden, en un discurso ese mismo mes, dijo prácticamente lo mismo
sobre Rubin.
En un inquietante
escenario rojo y negro en el histórico Independence Hall, Biden extendió
inequívocamente las amenazas desde el exterior para advertir sobre un
terrorismo diferente, más cercano: el de “Donald Trump y los republicanos
MAGA”, quienes, dijo, “representan un extremismo que amenaza los cimientos
mismos de nuestra república”.
El principio
fundamental de este mensaje apocalíptico se ha infiltrado a través del
Atlántico para cautivar y convencer a la clase dirigente de Bruselas. Esto no
debería sorprender: el mercado interior de la UE, basado en la regulación, fue
diseñado precisamente para sustituir cualquier «conflicto» político por el
tecno-gerencialismo. Las élites europeas necesitaban desesperadamente un
sistema de valores que cerrara la brecha identitaria de la UE.
La solución,
sin embargo, estaba al alcance [como Biden habló
en Varsovia en el primer aniversario de la guerra en Ucrania,
el 21 de febrero de 2023]:
Los apetitos
del autócrata no se pueden apaciguar. Hay que frustrarlos. Los autócratas solo
entienden una palabra: ‘No’. ‘No’. ‘No’. (Aplausos) ‘No, no me quitarán mi
país’. ‘No, no me quitarán mi libertad’. ‘No, no me quitarán mi futuro…’ Un
dictador empeñado en reconstruir un imperio jamás podrá sofocar el amor del
pueblo por la libertad. La brutalidad jamás aplastará la voluntad de los libres.
Y Ucrania, Ucrania, jamás será una victoria para Rusia. Jamás. (Aplausos)
Apóyennos.
Estaremos con ustedes. Avancemos… con el compromiso constante de ser aliados no
de la oscuridad, sino de la luz. No de la opresión, sino de la liberación. No
del encarcelamiento, sino, sí, de la libertad.
El discurso
posterior de Biden en Varsovia —con efectos de iluminación y un fondo dramático
que recordaba a su discurso en Liberty Hall— intentó presentar la oposición
interna al MAGA como una grave amenaza para la seguridad estadounidense y se
basó en el maniqueísmo radical para retratar, esta vez, a Rusia (Rusia como
contrapunto externo a la amenaza estadounidense del MAGA). Así enmarcó la épica
batalla entre las fuerzas de la luz y la oscuridad, que debe librarse sin
descanso y ganarse contundentemente.
Una vez más,
Biden buscaba consolidar el profundo espíritu misionero de
Estados Unidos como una «ciudad en la cima», un faro para el mundo, hacia una
guerra cósmica «eterna» contra el «mal» ruso. Esperaba vincular a la clase
dominante estadounidense a la lucha metafísica por la «luz».
David Brooks,
autor de Bobos in
Paradise y columnista del New York Times ,
admite que inicialmente se sintió atraído por esta ideología liberal, pero
luego admitió que fue un gran error:
“Como quiera
que los llamemos, [los liberales] se han fusionado en una élite brahmán aislada
y mestiza que domina la cultura, los medios de comunicación, la educación y la
tecnología”, reconoce . “No anticipé la agresividad
con la que intentaríamos imponer los valores de la élite mediante códigos
lingüísticos y de pensamiento. Subestimé cómo la clase creativa lograría erigir
barreras a su alrededor para proteger sus privilegios económicos… Y subestimé
nuestra intolerancia hacia la diversidad ideológica”.
En pocas
palabras, este código de pensamiento ha otorgado a las élites europeas su nuevo
y deslumbrante culto a la pureza absoluta y la virtud inmaculada, llenando así
el evidente vacío identitario de la UE. Ha propiciado la convocación de una
vanguardia cuya furia proselitista debe centrarse en el «Otro».
Ursula von der
Leyen, presidenta de la Comisión Europea, se hizo eco de Biden casi exactamente
en su discurso sobre el Estado de la Unión de 2022 ante el Parlamento Europeo:
No debemos
perder de vista cómo los autócratas extranjeros atacan a nuestros países.
Entidades extranjeras financian instituciones que socavan nuestros valores. Su
desinformación se propaga desde internet hasta las aulas de nuestras
universidades… Estas mentiras son tóxicas para nuestras democracias. Consideren
esto: introdujimos una ley para filtrar la inversión extranjera directa por
razones de seguridad. Si hacemos esto por nuestra economía, ¿no deberíamos
hacer lo mismo por nuestros valores? Debemos protegernos mejor de la injerencia
maligna… No permitiremos que los caballos de Troya de ninguna autocracia
ataquen a nuestras democracias desde dentro.
A pesar de la
alianza entre los «Bobos» estadounidenses y los guerreros liberales de la UE,
muchos en todo el mundo seguían asombrados por el entusiasmo de los líderes de
Bruselas por adoptar la postura de Biden, que abogaba por una guerra prolongada
contra Rusia, un enfoque que parecía claramente contrario a los intereses
económicos y la estabilidad social europeos. En resumen, era una guerra por
elección propia que parecía arraigada en un maniqueísmo radical.
La OTAN
“transmite democracia”
La formación
inicial de la OTAN en 1949 contó con la oposición general de la izquierda
europea debido a su postura explícitamente anticomunista. Sin embargo, con el
bombardeo de Belgrado por la OTAN en 1999, la alianza militar fue transformada
por algunos miembros de la izquierda en general (incluidos socialdemócratas y
liberales) en una herramienta para la difusión del liberalismo y la
consolidación de «nuestra democracia» (en palabras de Biden en aquel momento).
La fusión del
liderazgo de la UE con la OTAN y el proyecto Biden fue completa. La entonces
ministra de Asuntos Exteriores alemana, Annalena Baerbock —tan decidida a
«arruinar a Rusia» como Biden—, esbozó su visión de un mundo dominado por
Estados Unidos y Alemania en un discurso pronunciado en Nueva York en agosto de
2022.
En 1989, el
presidente George Bush ofreció a Alemania una «colaboración en el liderazgo»,
dijo Baerbock. Pero en aquel momento, Alemania estaba demasiado ocupada con la
reunificación como para aceptar la oferta. Hoy, dijo, las cosas han cambiado
drásticamente: «Ahora es el momento de crearla: una colaboración conjunta en el
liderazgo».
Al afirmar que
la “colaboración de liderazgo” debe entenderse en términos militares, dijo:
“En Alemania,
hemos abandonado la creencia arraigada en el ‘cambio a través del comercio’…
nuestro objetivo es fortalecer aún más el pilar europeo de la OTAN… y la UE
debe convertirse en una Unión capaz de tratar con Estados Unidos en igualdad de
condiciones: en una asociación de liderazgo”.
Así pues, la
indignación de la élite europea ante la devastadora crítica del NSS a Europa no
se debe solo a que Estados Unidos le está dando la espalda descaradamente a una
clase dirigente europea que lo había abandonado todo para adular a Estados
Unidos. El NSS condena enérgicamente su subversión de la democracia e incluso
cuestiona si serán aliados adecuados en el futuro.
Ahora se
declara que la OTAN no existirá para siempre.
Las clases
dominantes de Europa están hoy aisladas, son en gran medida impopulares e
impotentes.
Fuente: Alastair
Crooke
El plan a para robar a Rusia fracasa, así que el Plan B de las élites europeas es robar a sus ciudadanos
El plan a para robar a Rusia fracasa, así que el Plan B de las élites
europeas es robar a sus ciudadanos
Diario octubre / diciembre 28, 2025
La Unión Europea está en manos de fascistas belicistas
y ladrones que harán cualquier cosa para saciar sus fantasías rusófobas.
© Photo: SCF
El plan A consistía en robar la riqueza soberana de Rusia y entregársela al corrupto régimen neonazi ucraniano para que siguiera librando la guerra proxy contra Rusia. Ursula von der Leyen y una camarilla de élites europeas rusófobas habían impulsado el plan de robo durante meses.
A pesar de la
engañosa retórica legalista sobre un “préstamo de reparación”, el plan era
demasiado para varios Estados de la UE, que lo consideraron un ‘robo’
imprudente y a gran escala.
Incluso el
Banco Central Europeo y el FMI advirtieron contra el plan, ya que
desestabilizaría la credibilidad y la viabilidad financiera a largo plazo de la
Unión Europea.
Esta semana, la
presidenta de la Comisión Europea, Von der Leyen, y otros eurócratas no
elegidos, como el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, intentaron,
sin éxito, que los 27 países firmaran su plan para saquear 200 000 millones de
euros de activos rusos.
La riqueza rusa
ha sido incautada ilegalmente en bancos europeos desde que estalló la guerra
proxy impulsada por la OTAN en Ucrania en 2022. Apoyando a Von der Leyen en su
loca obsesión están el canciller alemán Friedrich Merz, el primer ministro
polaco Donald Tusk y otros supuestos líderes rusófobos.
Tras una
maratoniana disputa en la cumbre del Consejo Europeo del jueves, los magnates
ladrones de la UE tuvieron que aceptar un revés. Bélgica, la República Checa,
Hungría, Italia, Malta y Eslovaquia no aceptaron el plan de robo. Bélgica, que
posee la mayor parte de los activos rusos congelados, temía que Rusia le hiciera
responsable del robo.
Moscú ya ha
iniciado un arbitraje internacional para obtener una indemnización por sus
activos congelados. Potencialmente, Moscú podría confiscar cantidades
equivalentes de fondos europeos depositados en Rusia como represalia si no se
le devuelven sus activos.
El fantasioso
plan de saqueo proponía prestar a Ucrania hasta 135 000 millones de euros y
utilizar los fondos apropiados de Rusia como garantía. El préstamo se
devolvería con las “reparaciones” rusas después de la guerra.
No hay forma de
que Moscú pague reparaciones por un conflicto que considera que no ha
comenzado, sino que es una guerra proxy instigada por la OTAN. Será Rusia la
que busque reparaciones, en particular por la pérdida de intereses de sus
activos extranjeros incautados en bancos europeos, así como por la muerte y la
destrucción causadas a su pueblo.
Al no poder
salirse con la suya con su plan para robar a Rusia, las élites europeas han
ideado un plan B. Ese plan compromete a la Unión Europea a obtener «deuda conjunta»
de los mercados internacionales para prestar a Ucrania 90 000 millones de euros
(105 000 millones de dólares).
Se trata de
otro plan completamente descabellado de irresponsabilidad criminal por parte de
las élites europeas, que no rinden cuentas a nadie. El régimen de Kiev,
rampantemente corrupto y liderado por el estafador no elegido Vladimir
Zelensky, ya ha malgastado cientos de miles de millones de euros y dólares en
una guerra imposible de ganar que dura ya cuatro años.
Ucrania está en
bancarrota. Esta última inyección adicional de 90 000 millones de euros será
desviada por la mafia de Kiev y ayudará al régimen a prolongar la inútil guerra
por poder, con decenas de miles de muertes más.
En el Plan B,
los fondos congelados de Rusia permanecen intactos, aunque siguen retenidos
ilegalmente. En cambio, la deuda que permite el préstamo al régimen de Kiev se
está cargando a los ciudadanos europeos, que tendrán que soportar esta carga
durante generaciones.
Tres naciones
—Hungría, Eslovaquia y la República Checa— se han negado sabiamente a aceptar
el nuevo «préstamo de reparación». Afirman que no se obligará a sus ciudadanos
a pagar por el dinero malgastado en la corrupción ucraniana y en prolongar una
guerra sangrienta y perdida.
En cualquier
caso, el saqueo financiero por parte de las élites europeas es impresionante
por su audacia. El robo descarado para alimentar una guerra contra la Rusia
nuclear va de la mano de la financiación de la corrupción por parte de un
régimen neonazi cuyas máximas figuras han acumulado propiedades en el
extranjero por valor de miles de millones, así como del colapso de cualquier
responsabilidad democrática o legal ante los ciudadanos europeos y del cierre
de la libertad de expresión y de información en toda la UE. La UE ha perdido
toda apariencia de democracia y se ha convertido en un régimen autocrático
dirigido por las élites.
Increíblemente,
a los ciudadanos de la Unión Europea se les impide acceder a artículos como
este editorial y otros de la Strategic Culture Foundation, o este otro sobre las falsas acusaciones
de secuestros de niños rusos, y otros artículos informativos de los medios de
comunicación rusos, debido a las prohibiciones de Internet impuestas por la
burocracia de la UE.
Alfred de Zayas
y otros han señalado que este retroceso en el
derecho del público a saber marca la muerte de la democracia en la UE.
Sin embargo, el
robo de las finanzas públicas para alimentar la guerra y la corrupción es
quizás el ejemplo más flagrante de que la élite de la UE está fuera de control. Von der Leyen ya se ha visto envuelta en un caso de corrupción por su
compra autocrática e irresponsable de miles de millones en vacunas contra la
COVID-19 a las grandes farmacéuticas. Ya se vio envuelta en negocios secretos
similares con fondos públicos cuando era ministra de Defensa alemana.
Ella es solo un
ejemplo emblemático de toda una estratificación superior de élites y políticos
de la UE que imponen políticas sin ninguna responsabilidad legal o democrática.
De hecho,
existe una “renazificación de Europa”, como comentó
recientemente el máximo diplomático ruso, Serguéi Lavrov. Las élites europeas
están aliadas con los neonazis de Kiev (liderados por un estafador judío).
Estas élites, como Von der Leyen y el alemán Merz, tienen antepasados nazis.
Sus homólogos
en otros Estados europeos fueron fervientes colaboradores del Tercer Reich. Hoy
en día, en los Estados bálticos, se inauguran monumentos que glorifican a los
colaboradores de las SS y a los asesinos en masa. Los jefes europeos de la
OTAN, como el ex primer ministro holandés Mark Rutte, instan a los civiles a
estar preparados para morir en una guerra contra Rusia.
Una política
clave del Tercer Reich era convertir en arma el saqueo financiero de los
Estados europeos conquistados, robando de forma sistemática y «legal» a los
bancos centrales.
El polaco
Donald Tusk, cuyos compatriotas fueron masacrados por los nazis ucranianos
durante la Segunda Guerra Mundial, está hoy más interesado en apoyar a los
neonazis en Ucrania que en la justicia histórica.
Tusk justificó
esta semana el robo de dinero público europeo diciendo: «Si hoy no es con
dinero, mañana será con sangre».
La Unión
Europea está capturada por fascistas belicistas y ladrones que harán cualquier
cosa para saciar sus fantasías rusófobas.
Esas personas
ya destruyeron Europa antes. Lo están haciendo de nuevo.
Traducción: Observatorio de trabajadores
en lucha
Fuente: strategic-culture.su
*++






