Artículos de Manolo
Monereo, Armando Fernández Steinko, Carlo Formenti, Higinio Polo, Miguel Candel
y Javier Enríquez Román. Entrevista de Salvador López Arnal a Carlos Tuya.
¡Ya salió el Topo de marzo! La Guerra civil del
occidente colectivo (artículo en abierto)
Manolo Monereo
El Viejo Topo
1 abril, 2025
Artículo en abierto de la Revista El Viejo Topo, nº447, de abril de 2025
Además, en la revista de este mes: primera parte de «Anatomía de la
izquierda gentrificada» por Armando Fernández Steinko. «El carnicero de
Riga es un héroe letón» por Higinio Polo; Carlos Formenti continúa su recorrido
sobre las luchas africanas contra el Imperialismo a través de la figura de
Amílcar Cabral; Entrevista de Salvador López Arnal a Carlos Tuya.; «El futuro
es siempre oscuro» de Miguel Candel. Y en CINE, David Lynch El otro lado del
espejo por Javier Enríquez Román.
La guerra civil
del Occidente Colectivo
por Manolo
Monereo
La
occidentalización del mundo, la otra cara de la globalización neoliberal, ha
fracasado. Tanto más traumático será el declive histórico de Occidente cuanto
más se nieguen sus líderes a reconocer la inevitabilidad del futuro mundo
multipolar.
“El poder es
esencialmente jerárquico y conflictivo, y su disputa implica una competencia
permanente por más poder y por la conquista y control monopolístico de las
condiciones más favorables para la expansión de ese poder”
José Luis
Fiori, 2024
Los hechos en
sí poco dicen si no se tiene un marco teórico que los interpreten y les den
sentido. Esto es así siempre; ahora mucho más. ¿Por qué? Porque la historia
real evoluciona a saltos, con quiebres, con rupturas. Hay periodos de
normalidad, es decir, de sucesión de acontecimientos en un espacio-tiempo
homogéneo, estandarizado, previsible. Hay también periodos de fracturas, de
discontinuidades radicales.
Su
característica básica: la excepción se convierte en “normalidad” y el tiempo se
acelera. Cada mañana desayunamos con algo nuevo, los acontecimientos se suceden
vertiginosamente; nos asombran, nos inquietan, no lo entendemos. Atisbamos el
peligro y nos quedamos sin referentes. Los actores estatales, los grandes
operadores financieros y empresariales, los formadores de opinión suelen
interpretar estas fases históricas como periodos de caos, de desorden, de
incertidumbre. Son épocas de crisis y se viven como tales.
La cita de
Gramsci parece obligada, por mucho que le pese a Adam Tooze: “La crisis
consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede
nacer: en este interregno se dan los más diversos fenómenos morbosos”.
Ahora bien, hay que tener cuidado. El viejo sardo la formula relacionándola con
“la crisis de autoridad”, cuando “la clase dominante ha perdido el consenso,
esto es, si ya no es “dirigente” sino solo “dominante”, detentadora de pura
fuerza de coerción, esto significa simplemente que las grandes masas se han
separado de las ideologías tradicionales, ya no creen en lo que creían antes, etc.”.
Después, solo después, viene la cita tan repetida en estos días, que, es bueno
recordarlo, se relaciona inmediatamente con la “cuestión de los jóvenes”. Yo la
voy a emplear en este sentido más general y en otro más restringido relacionado
con la crisis de hegemonía en las relaciones (de poder) internacionales.
Conviene no
dejarse confundir desde el principio. No, no es verdad que ahora se esté
poniendo fin al orden internacional instaurado después de la Segunda Guerra
Mundial. Eso terminó con la desintegración / derrota de la Unión Soviética y la
disolución del Pacto de Varsovia. Lo que ahora se pone fin es al Orden
Internacional proclamado e impuesto por los EEUU desde, al menos, 1991. Lo que
se quiere esconder es que ese orden institucionalizaba una determinada
correlación de fuerzas (de dominio y control) bajo hegemonía unipolar
norteamericana basada en unas “normas” singulares; definidas, interpretadas y
aplicadas por el “soberano” victorioso sobre el “imperio del mal”. El “momento”
unipolar implicaba subordinar el Derecho Internacional a los intereses de los
EEUU, poner a su servicio las instituciones internacionales y arrogarse el
(único) poder para hacer y declarar la guerra.
Hagamos
memoria, porque se dijo y se ha repetido muchas veces: con el Consejo de
Seguridad de las NNUU cuando es posible; sin él, cuando el Presidente de los
EEUU lo considera necesario. ¿Damos ejemplos? Somalia, Afganistán, Irak, Libia,
Siria, Yemen…. intervenciones militares sin el apoyo del Consejo. Con su
“Orden” y con sus “normas” siempre se han dado a sí mismos el derecho y la
legitimidad para sancionar, criminalizar e intervenir militarmente cuando sus
intereses se ponen en peligro. El presidente Carter dijo que su país era el más
belicoso de la historia. No se equivocaba.
El “Orden
Internacional basado en normas”, impulsó nuevas relaciones de poder, nuevas
alianzas entre países y reajustó con mano firme el sistema-mundo capitalista.
En su centro, el Occidente colectivo. Su proyecto: la globalización
neoliberal/la occidentalización del mundo. Hay que precisar. Este “Occidente”
no es el Occidente realmente existente en su sustancial pluralidad y en su
radical diversidad, es una construcción político-cultural hegemonizada por los
EEUU, con el Reino Unido como secundario de lujo. Las clases dirigentes
anglosajonas se han considerado a sí mismas como el verdadero Occidente; los
salvadores de una Europa decadente, hipotecada por un pasado glorioso y sin
voluntad de poder. Sus esperanzas siempre estuvieron con la “otra” Europa, la
del Este, la anticomunista y anti rusa.
Desde el primer
momento, la Administración norteamericana fue consciente de que, en el nuevo
orden que estaba construyendo, la condición previa para mantener amarrada, bien
sujeta a Europa era integrar a estos países en la OTAN y en la Unión Europea;
con ellos difícilmente habría autonomía estratégica real, tampoco sería posible
una Europa políticamente independiente y, algo fundamental, no habría un
espacio económico-social regulado capaz de oponerse a las políticas
(neo)liberales que organizaban el “nuevo siglo americano”. La Europa del euro
no fue, como se dijo hasta la saciedad en ese momento, la alternativa al poder
del dólar sino la garantía de que este no sería cuestionado, que los grandes
conglomerados financieros e industriales norteamericanos seguirían gozando de
los privilegios que habían tenido hasta el presente.
No es este el
lugar para dar cuenta de lo que fue y ha sido la globalización neoliberal.
Basta decir que fue una ideología, un proyecto político y una realidad
objetiva. Lo fundamental es que pretendió –y en gran medida consiguió– liberar
al capital de los controles políticos y sociales que, durante más de treinta
años, lo embridaron, fundamentalmente al capital financiero. Los Estados
nacionales se convirtieron en el enemigo a batir; su desmontaje fue la gran
tarea del momento. Se desconectó la “cuestión social” de la “cuestión
democrática” y las políticas liberales se convirtieron en obligatorias. La
globalización, se repitió una y mil veces, era deseable e inevitable y la
convirtieron en el único horizonte de lo posible. La izquierda y la derecha se
hicieron neoliberales y el keynesianismo pasó a ser una doctrina obsoleta y
hasta peligrosa. Todo lo demás era autarquía y nacionalismo. La Unión
Europea, hay que insistir, fue el dispositivo estratégico para imponer la
globalización en un espacio político definido por conflicto social y político,
por un movimiento obrero que había acumulado experiencia sindical y poder
contractual y por una izquierda, en su versión socialdemócrata o en su versión
comunista, comprometida con los derechos sociales, el Estado de bienestar y,
sobre todo, con el pleno empleo.
En todas partes
la globalización transformó las relaciones de poder entre las naciones y las
clases, impuso una nueva división del trabajo y formas flexibles de gestión de
la fuerza laboral, propició la descentralización productiva y debilitó
enormemente el poder contractual de los sindicatos, allí donde tenían peso e
influencia; es decir, en las economías centrales. Dicho de otra forma, la
globalización generó coaliciones de ganadores y perdedores tanto social como
territorialmente; las desigualdades sociales se incrementaron y las viejas
identidades de las clases subalternas se fueron disolviendo en un espacio
público cada vez más colonizado por un individualismo que se hizo de masas, por
el descrédito del socialismo (en cualquiera de sus acepciones) y rechazo de la
política como instrumento de transformación social.
La otra cara de
la globalización fue lo que Alexandr Zinoviev llamó la “occidentalización” del
mundo. Se trata de un concepto complejo y no exento de contradicciones. El
conocido filosofo e intelectual ruso-soviético lo definió como “la tendencia de
Occidente a hacer que los demás países se parezcan a él en estructura social,
economía, ideología, psicología y cultura”. Se trata en todas partes de
construir sociedades e instituciones que reproduzcan el tipo de capitalismo y
los marcos jurídicos-políticos que los anglosajones consideran obligatorios y
universales. Zinoviev va perfilando los rasgos del occidentalismo:
totalitarismo monetario, tipo de capitalismo que se postula, la supra economía
(el poder global de los EEUU), la democracia colonial, etc. Lo fundamental:
“El fin de la
occidentalización es situar a los otros países en su esfera de influencia,
poder y explotación, y no como socios paritarios con las mismas oportunidades,
lo cual sería imposible dada la desigualdad efectiva de fuerzas, sino con el
papel que Occidente considere para sus fines”. Sin olvidar un elemento clave:
“Occidente tiene poder suficiente para impedir que aparezcan países de tipo
occidental independientes que representen una amenaza para su dominio de la
parte del planeta conquistada y sus aspiraciones de dominio de todo el
planeta”.
Todo esto
terminó con la crisis financiera internacional de 2008. Pocos la previeron y
menos aún sacarán las consecuencias geopolíticas de un acontecimiento histórico
que ponía fin al “corto” dominio unipolar de EEUU. Lo que se anunciaba como el
nuevo siglo americano duró apenas 20 años, y hoy, lo que queda, se va
(dramáticamente) disolviendo entre las amenazas de un conflicto nuclear y las
esperanzas de un mundo multipolar que inaugure una nueva etapa que ponga fin a
la larga hegemonía de Occidente y reconozca, de una vez por todas, la
pluralidad civilizatoria, económica y de poder de un mundo que considera
llegado el momento de autogobernarse. Lo dicho, comenzó un interregno que ponía
en cuestión los fundamentos de un orden impuesto y se iniciaba una transición
que aceleradamente lo estaba cambiando todo.
La gran
potencia norteamericana en declive tenía dos grandes opciones: reconocer los
cambios que se estaban produciendo en las relaciones internacionales para
intentar gobernarlos, dirigirlos, y sacar partido de su predominio relativo, o
enfrentarse a ellos con el único poder real y efectivo donde seguía teniendo
superioridad, a saber, el político-militar. Al final, estas dos opciones han
terminado por cristalizar en dos coaliciones que han dividido duradera y
radicalmente a la clase política norteamericana y está llevando a una guerra
civil al Occidente colectivo, es decir, a las provincias del imperio: Unión
Europea, Reino Unido y su más directa Commonwealth (Canadá, Australia y Nueva
Zelanda), Japón y Corea del Sur. Lo que representan Donald Trump y Joe Biden
tiene mucho que ver con estos dilemas que estamos viviendo en vivo y en
directo.
Las clases
dirigentes norteamericanas han tenido como uno de sus referentes ideales a
Grecia y a Roma. El patriciado, los dueños del país, se sintieron y se siguen
sintiendo, en gran medida, herederos de la cultura clásica y se han imaginado a
si mismos como continuadores de un modo de organizar el mundo y la política a
la altura de ese ejemplo histórico. El imperio que han ido construyendo se ha
basado en una sofisticada combinación de poder duro, poder blando y de poder
estructural que les permitió diseñar instituciones y reglas internacionales que
siempre le benefician. La clave ha sido siempre la cooptación de las élites
económicas, políticas, culturales y militares. Ha sido un trabajo ingente,
sistemático y a largo plazo. Hegemonía político-cultural, control y dominio
político-militar y la protección de las clases económicamente dominantes de los
protectorados, se han ido dosificado según cada coyuntura histórica, posibilitado
por el consenso sólido, férreo de una clase política bipartidista unida en lo
fundamental: perpetuar unas relaciones de poder que le son ampliamente
favorables.
Brzezinski,
siempre lúcido y claro, destacaba que el sistema de poder global estadounidense
–por factores domésticos– ponía el acento en la técnica de cooptación basada
“en el ejercicio indirecto de la influencia sobre élites extranjeras
dependientes, mientras que obtiene grandes beneficios a través del atractivo
que ejercen sus principios democráticos y sus instituciones. Todo lo anterior
se refuerza con el impacto masivo pero intangible de la dominación
estadounidense sobre las comunicaciones globales, las diversiones populares y
la cultura de masas, y por la influencia potencialmente muy tangible de la
tecnología punta estadounidense y de su alcance militar global”. Más claro no
se puede decir.
La
globalización neoliberal capitalista ha estado repleta de paradojas;
rápidamente generó fuerzas que no fue capaz de controlar. Ha propiciado la integración
de China en el mercado mundial desde una posición cada vez más autónoma; ha
permitido, a pesar de las sanciones y de los intentos permanentes de
desestabilización, que Rusia reconstruyera su Estado-civilización; ha
(norte)americanizado fuertemente la vida pública europea, haciéndola más
dependiente y subalterna de los intereses de Estados Unidos y, lo más
significativo, ha puesto en crisis al Estado-Nación que la impulsó y la
convirtió en la plataforma estratégica de nuevas relaciones de dominio y
control. Donald Trump es efecto y no causa de esta crisis. Quien no parta de
aquí, difícilmente entenderá el conflicto que asola al Occidente colectivo.
Como en el
viejo imperio romano, los conflictos, las guerras civiles se trasladan del
centro a las provincias, a las colonias. Las clases dirigentes de los Estados
europeos, las élites que dirigen la UE y las estructuras de poder relacionadas
directa o indirectamente con la OTAN se sienten parte, son actores conscientes
al servicio de un proyecto (El Orden Internacional basado en normas) que
representaba, hasta ahora, los intereses estratégicos de los EEUU. Jan Krikke
(editor jefe de Asia Times) lo explica bien:
“Hace unos 30
años, la mayoría de los países europeos, influenciados por la ola neoliberal en
Estados Unidos, eligieron una serie de líderes políticos de mentalidad
atlantista que estaban de acuerdo con las políticas neoliberales
estadounidenses.
Los sucesivos
gobiernos estadounidenses, incluidos Bush, Clinton, Obama apoyaron la expansión
de la OTAN. El pretexto fue la expansión de la democracia y la libertad, lo que
ocultó las razones geopolíticas y económicas que se remontan a la era
colonial”.
La clave: la
fuerte conexión entre globalismo, políticas neoliberales y la UE. Las clases
dirigentes europeas se han formado en esta cultura política, han sido
seleccionadas, organizadas, apoyadas para defender este proyecto global, para
representarlo ante sus poblaciones y, sobre todo, para impedir, cueste lo que
cueste, que puedan surgir proyectos alternativos que lo cuestionen. Son élites
desnacionalizadas, sin vínculos de pertenencia con sus comunidades,
intercambiables entre sí y cada vez más homogéneas políticamente. Las
consecuencias de estas políticas son cada vez más evidentes: desigualdad, involución
social, inseguridad cultural, degradación de la democracia y el giro a la
derecha de todo el mapa político. Y más allá, la puesta en cuestión de la Unión
Europea del euro.
El retorno de
Trump debería haber hecho pensar a los que mandan en esta provincia del
imperio. No lo parece. El nuevo presidente no la ha tenido fácil: procesos,
campañas, intentos de asesinatos a la americana. Las élites europeas han jugado
a fondo la partida y se han posicionado claramente en favor de la coalición
política, empresarial y mediática que ha defendido Kamala Harris. Los
republicanos son el mal absoluto, la dictadura, la mentira y la degradación de
la vida democrática. Los demócratas, los defensores de las libertades, el
feminismo, los derechos de los inmigrantes y, sobre todo, de la continuidad de
la guerra contra Rusia. Ganó Trump y nuestros gobernantes se encuentran ante
una coyuntura dramática: su país-guía, su referente político, la gran “Nación
imprescindible” del mundo, cambia de posición y pone en cuestión todo lo
defendido y realizado por ellos durante más de 30 años. No es poco. La crisis
siempre desvela lo que la normalidad oculta; al menos, sitúa a cada uno en su
sitio y nos dicen quién manda verdaderamente y quien está obligado a obedecer.
Lo que más
asombra es que nuestros gobernantes no fueran conscientes de lo que estaba
pasando en la sociedad norteamericana. El primer mandato de Trump debería de
haber servido de advertencia. No fue así. Era tal su fe, su creencia,
largamente interiorizada, en la superioridad indiscutida e indiscutible de los
EEUU que no fueron capaces de entender que este país entraba en un periodo de
crisis, de conflictos sociales y culturales, de guerras civiles más o menos
larvadas. Biden no es la democracia; Trump no es el fascismo. El asunto es más
complejo. Si observamos con perspectiva el genocidio palestino y el
comportamiento de las instituciones euroamericanas, nos daremos cuenta que el
Estado de Israel es su vanguardia armada; Netanyahu tiene “licencia” para
masacrar poblaciones e intervenir militarmente cuando sienta sus intereses
amenazados (actualmente: Líbano, Siria, Irak, Irán, Yemen). A Von der Leyen, a
la señora Kaja Kallas, a Napoleón 3º Macron, a Scholz, a nuestro cariacontecido
Pedro Sánchez, no se lo ocurren imponerle sanciones económicas, comerciales,
militares; ni mucho menos exigir una condena clara y efectiva en el Consejo de
Seguridad por sus continuas violaciones del derecho internacional, o propiciar
una coalición internacional para mandar tropas para proteger a los palestinos.
¿Cuánto duraría
Netanyahu sin el apoyo de los EEUU, de las UE, de la OTAN? Días, semanas; no
mucho más. Estas políticas nada tuvieron que ver con motivaciones éticas,
defensa de supuestos valores europeos; con la promoción de los derechos
humanos, de la democracia o del respeto a la soberanía de Estados y pueblos.
Esto va de políticas de poder, con la defensa de intereses económicos de los
grandes monopolios financieros-empresariales, con prioridades geopolíticas en
un momento, nunca se debe olvidar, en que el mundo está cambiando de base.
Nuestras élites gobernantes lo saben y nos manipulan conscientemente.
Biden / Trump
expresaban dos coaliciones sociales, dos “lecturas” y dos estrategias de
respuesta a la crisis de los EEUU. Una tiene un nombre consolidado:
imperialistas liberales o liberal-imperialistas; la otra está por definir, yo
los denominaría nacional-conservadores imperialistas o conservadores-imperialistas.
El marco analítico, el programa y la estrategia del nuevo Presidente van
desgranándose entre amenazas, rectificaciones y marchas atrás. Es su peculiar
estilo de hacer política. La percepción del nuevo equipo es que heredan un país
en crisis, desindustrializado, socialmente roto, fiscalmente en bancarrota y
sin proyecto. La globalización, las políticas impulsadas por la clase política
bipartidista, han puesto de manifiesto una contradicción cada vez más aguda
entre el Estado Nacional norteamericano y su política imperial; dicho de otra
forma, las políticas internacionales de las diversas administraciones, han
terminado por arruinar económica, política y moralmente a la sociedad
americana. Y algo más importante, defender el orden unipolar y sus normas es
inútil: el mundo multipolar es irreversible, ahora se trata de gobernarlo,
mejor dicho, de guiar el interregno desde la posición de predominio que aún
siguen teniendo y que saben que no durará.
Continuará.
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