miércoles, 7 de enero de 2026
martes, 6 de enero de 2026
ENRIQUE RAFAEL U. REYES | UNA SIMPLE OPINIÓN CON PRETENSIÓN CRÍTICA (República Dominicana)
ENRIQUE RAFAEL U. REYES
| UNA SIMPLE OPINIÓN CON PRETENSIÓN CRÍTICA
Enrique Rafael U. Reyes
[*] /República Dominicana
5 enero 2026
Con Venezuela pasará lo
que decidan los rusos, los chinos y los Estados Unidos, junto con algún otro
actor menor, frente a estos tres titanes. Y entonces surge la pregunta
inevitable: ¿y el pueblo? ¿Qué pasará con el pueblo venezolano? La respuesta es
cruda: el pueblo, sencillamente, será sacrificado, como diría mi buen amigo don
Manuel Sogas Cotano; el pueblo a tomar
por el culo.
Juan Bosch, escribiendo
tras su derrocamiento, lo expresó con claridad meridiana en Crisis de la
democracia de América en la República Dominicana: «El problema fundamental de nuestros pueblos no es la falta de
gobiernos, sino la imposibiLidad de que el pueblo ejerza realmente el poder que
en teoría se le reconoce.» [1]
Eso es exactamente lo
que ocurre cuando la soberanía popular queda anulada por intereses geopolíticos
externos y por élites internas subordinadas.
¿Apoyas a Nicolás
Maduro? Mi respuesta es clara y categórica: no. No apoyo ni apoyaré su política
ni su modelo económico, basado principalmente en materiales y productos no
renovables, explotados bajo la lógica del sistema capitalista, una lógica
irracionalmente salvaje incluso en su propia racionalidad.
¿Por qué crees que el gobierno de Trump
secuestro a Nicolás Maduro? La respuesta es evidente: por el petróleo.
Ahora vayamos más abajo,
al plano de la influencia mediática. Bajo el influjo de plataformas como
YouTube, Twitter, Facebook, TikTok, Instagram y la televisión tradicional, se
construye un supuesto veredicto moral alcanzado —según dicen— mediante la
máxima deliberación de arrogantes “intelectuales” como Fernando Abreu y Agustín
Laje, junto a sus seguidores acríticos, particularmente visibles en la
República Dominicana. Seguidores que, a lo sumo, han leído el libro Nacho y que
exhiben una arrogancia patética, incapaces de reconocer su propia ignorancia,
cegados por la fama en redes sociales. Frente a ellos, un pueblo inculto les
celebra frases que no entiende ni comprende en absoluto.
El escenario se completa
con la maquinaria mediática. Redes sociales y medios tradicionales fabrican un
veredicto moral simplificado, dirigido por intelectuales mediáticos que confunden
propaganda con pensamiento crítico. Aquí la advertencia de John Dewey sigue
siendo vigente. En Democracia y educación escribe:
«La democracia es más que una forma de gobierno; es, ante
todo, una forma de vida asociada, una experiencia comunicada conjuntamente.» [2]
Sin educación crítica,
sin participación consciente y sin comunicación real, no hay democracia: solo
administración del poder desde arriba.
Como señala Noam Chomsky
en Quién domina el mundo, la manipulación no es un efecto colateral, sino un
objetivo político:
«La manera inteligente de mantener a la gente pasiva y obediente es
limitar estrictamente el espectro de opinión aceptable, pero permitir un debate
muy animado dentro de ese espectro.» [3]
Así se dirige el
pensamiento, incluso el de quienes se creen críticos, y se normaliza la
exclusión del pueblo de las decisiones que determinan su destino. Frente a
esto, la tarea sigue siendo radical y simple: devolverle al pueblo el poder
real y construir una democracia donde el gobernante mande obedeciendo.
El pueblo termina siendo víctima de las invenciones del aparato informativo estadounidense, dirigido por el gobierno de Trump, en función de los intereses económicos de los Estados Unidos, y también de la escalada institucional y mediática de estos segundones: Abreu, Laje y sus seguidores alienados, enajenados e ignorantes.
Todos ellos —incluidos
Abreu y Laje— están profundamente alienados, y por ello reproducen imposiciones
psicológicas que impiden establecer un diálogo racional con ellos y con sus
seguidores. Su orientación ideológica se estructura en torno a un discurso de
odio unívoco y equívoco, cuasi religioso y dogmático. Pueden debatir e incluso
“ganar” discusiones frente a incultos, y serán aplaudidos por otros incultos
que no comprenden con precisión lo que dicen.
Lo que buscan —y ya no
es un secreto— es dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo, y en
particular moldear el pensamiento de los pseudo-intelectuales progresistas,
capaces de contagiar la fiebre belicista incluso en sociedades pacifistas, tal
como señala Noam Chomsky en Quién domina el mundo, página 16.
Al igual que John Dewey, a mí también me
impresiona la gran lección psicológica y educativa que demuestra que los seres
humanos inteligentes pueden hacerse cargo de los asuntos humanos y gestionarlos
de forma prudente, orientados a fines correctos y concretos. Por ejemplo,
concientizar al pueblo sobre su poder real mediante una democracia auténtica,
donde el pueblo sea la sede del mando, en beneficio de todos y, especialmente,
de los más necesitados; donde el gobernante mande obedeciendo a un pueblo
consciente de sí.
Hablo de seres humanos
verdaderamente inteligentes, no de falsos intelectuales que bailan al ritmo que
les marca el Estado imperialista, el cual reproduce históricamente un patrón de
premio y castigo. Como señala Noam Chomsky, quienes se colocan al servicio del
Estado imperial —al servicio de Trump, para ser más específicos—, como Javier
Milei, Agustín Laje y, en la República Dominicana; Fernando Abreu y sus
seguidores, suelen ser elogiados; mientras que quienes se niegan a alienarse al
servicio del imperialismo trumpista son castigados.
[*] Enrique Rafael U. Reyes es estudiante de Psicología Clínica en la UASD de la República Dominicana.
[1] Bosch, J. (1964) Crisis de la democracia de América e la
República Dominicana. México: Era, p..17.
[2]Dewey, J. (1916/2004). Democracia y educación. Madrid.
Morata, p. 87.
3 Chomsky, N. (2016). Quién domina el mundo. Barcelona:
Ediciones B, p. 16
El frágil horizonte de América Latina en 2026
El frágil horizonte de América
Latina en 2026
Rebelión
06/01/2026
Entre tumbos económicos casi generalizados a nivel mundial, el continente
latinoamericano mira al 2026 sin mucho optimismo. La tendencia parece prever
“más de lo mismo”: una incómoda zona de “confort” de bajo crecimiento.
“El motor se
atasca”, afirma la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL)
en su Balance Preliminar 2025 al calcular un crecimiento regional del 2,4%
en 2025 y apenas un 2,3% en 2026. Según CEPAL, se trata de “un ritmo
insuficiente para reducir la pobreza y la desigualdad de manera significativa”,
en otras palabras, “una senda de bajo crecimiento”.
La principal
alerta, según CEPAL, es el hecho de que los dos pilares que han sostenido
la actividad en los últimos años comienzan a flaquear. Por un lado, el consumo
privado, responsable de más de la mitad del crecimiento regional, que
pierde energía por un mercado laboral menos dinámico; por el
otro, la demanda externa, que también muestra signos de
debilidad.
El informe 2025
revela realidades subregionales divergentes: América del Sur bajando
del 2,9% en 2025 al 2,4%; Centroamérica, aumentando de un 2,6% en
2025 a un 3,0%, aunque sintiendo el impacto de una menor demanda
desde Estados Unidos y amenazada por serios riesgos, como la
volatilidad en las remesas y los efectos del cambio
climático; el Caribe, que si bien exhibe las cifras más
altas (5,5% en 2025 y 8,2% en 2026), sigue siendo frágil si se tiene en cuenta
que tanto el boom petrolero de Guyana como la normalización
del turismo postpandemia esconden la alta fragilidad
de esa región ante desastres naturales recurrentes (https://repositorio.cepal.org/server/api/core/bitstreams/d36b03d7-df19-41e7-a01f-514792ae8818/content).
Para escapar al
bajo crecimiento, CEPAL insiste en la necesidad de políticas de desarrollo
productivo de mayor ambición –especialmente hoy debido a las nuevas condiciones
de rivalidad geoeconómica– combinadas con decisiones macroeconómicas que muevan
más recursos para el crecimiento, la innovación, la diversificación económica,
la transformación productiva y la creación de empleos de calidad. La receta que
CEPAL recomienda sostiene que, en un mundo transformado por la fragmentación
geoeconómica y la revolución tecnológica, América Latina y el Caribe no
puede conformarse con un crecimiento raquítico. En otras palabras, lo que hace
falta es “una combinación audaz de políticas que fomenten la transformación
productiva para construir una región más resiliente, inclusiva y, finalmente,
más próspera”.
Lucha contra la pobreza
Si bien los
porcentuales de crecimiento son relativos y a menudo fuertemente cuestionados
por no incluir ciertos coeficientes esenciales del desarrollo humano, de todos
modos pueden servir como pista para descifrar tendencias futuras. Un análisis
más completo y objetivo hace imprescindible la inclusión adicional de la situación
de pobreza y de extrema pobreza, así como de pobreza monetaria. Esta última
considera la situación crítica de las personas o las familias cuyos ingresos no
alcanzan para cubrir sus necesidades básicas, fundamentalmente vivienda, salud,
educación y transporte.
Cuando se
incluyen estos aspectos, las estadísticas de CEPAL son contundentes y revelan
las contradicciones esenciales. En América Latina y el Caribe,
la concentración del ingreso sigue siendo extrema: el 10% más rico capta
el 34,2% del ingreso total, mientras que el 10% más pobre solo accede al 1,7%.
Esta disparidad se traduce en el índice de pobreza monetaria más bajo
desde que comenzó esta medición: en 2024, el 25,5% de la población
latinoamericana (162 millones de personas) carecía de los ingresos suficientes
para enfrentar sus necesidades más básicas. Se trata de una disminución de 2,2
puntos porcentuales respecto de 2023, y de más de 7 puntos porcentuales
respecto de 2020, en plena pandemia de COVID-19. En cuanto a la pobreza
extrema, en 2024 la misma afectó al 9,8% de la población (62 millones de
personas), lo cual representa 0,8 puntos porcentuales menos que el año
anterior, aunque 2,1 puntos porcentuales por encima de la tasa registrada en
2014, cuando alcanzó el nivel más bajo de las últimas tres décadas.
Sin embargo,
constata CEPAL, esta pequeña mejoría en 2024 no significa que el continente en
su totalidad haya logrado resultados positivos en su lucha contra la pobreza.
Se debe, principalmente, a los relativos avances de México y, en menor medida,
de Brasil, los dos “gigantes” de la región. El resto del continente casi
inmutable. (https://www.cepal.org/es/comunicados/la-concentracion-ingreso-sigue-siendo-extrema-america-latina-10-mas-rico-capta-342).
Marco mundial complejo
Las
perspectivas económicas para América Latina y el Caribe en 2026 proyectan un
bajo dinamismo, con tasas de crecimiento moderadas debido a un entorno
internacional incierto y persistentes limitaciones internas, todo lo cual
afecta el impulso de la inversión, el fortalecimiento de la productividad y la
expansión del empleo formal. En consecuencia, una mayor desaceleración de la
economía mundial, con una proyección de 3,2% de crecimiento, menor que en 2024
y 2025.
Este panorama
se ha agravado, en parte, por la escalada arancelaria desatada por Estados
Unidos, así como los altos niveles de deuda pública, que restringieron el espacio
del gasto gubernamental e impusieron altas tasas de interés a largo plazo.
Mayores aranceles y endeudamiento se erigieron en obstáculos contra mayores
niveles de inversión.
Según CEPAL, a
esto se suman problemas estructurales, como la crisis de productividad en la
zona del euro y la persistente deflación en China, factores que limitan el
impulso global. En Europa, el crecimiento siguió siendo débil por la menor
demanda externa, la debilidad de la inversión y problemas persistentes de
productividad, particularmente en Alemania y Francia. Aunque la inflación
europea se acercó a la meta del 2%, lo que permitió estabilizar la política
monetaria, los altos niveles de endeudamiento continúan limitando los márgenes
de acción. La excepción, según CEPAL, ha sido España, que se consolidó como la
economía de mayor crecimiento (aunque de grandes disparidades internas) , con
una tasa de alrededor del 2,6%, apoyada fundamentalmente por el turismo, la
inversión en infraestructura y el avance de las energías renovables.
Las economías
emergentes y en desarrollo han mostrado un desempeño favorable. Tal es el caso
de India y China. Por otra parte, el comercio mundial registró en 2025 una
recuperación parcial gracias al mayor dinamismo del comercio Sur-Sur y a pesar
de verse afectado por los nuevos aranceles de importación impuestos por Estados
Unidos. Sin embargo, las condiciones macrofinancieras y los altos niveles de
endeudamiento público de las economías avanzadas reducen sus márgenes para la
aplicación de políticas fiscales locales contra cíclicas, mientras que las
tasas de interés a largo plazo permanecen elevadas, lo que restringe la
inversión. En otras palabras: el costo de financiamiento de sus respectivas
deudas nacionales sigue condicionado por la volatilidad global y la
incertidumbre con respecto a la trayectoria futura de la política monetaria
estadounidense.
Si bien a nivel
continental la desocupación se ubica en un 6%, una de las más bajas de los
últimos tres lustros, la informalidad y la desigualdad persisten y exigen respuestas
urgentes. Especialmente en el importante sector agrícola, donde el 80% del
trabajo es informal. Esto afecta en particular a las mujeres, los jóvenes y las
personas mayores en el ámbito rural. Y algo no menos importante: este mismo
sector concentra el 46% del trabajo infantil regional y más de la mitad de
la mano de obra con baja escolaridad.
Los retos
sociales y laborales en América Latina y el Caribe en 2026 son enormes.
Defendidos por sindicatos y movimientos sociales, ninguneados e ignorados por
los gobiernos latinoamericanos de derecha y extrema derecha que siguen
apostando a más ajuste y menos Estado social.
Antonio Turiel: «Venezuela y la crisis del modelo imperial estadounidense»
Antonio
Turiel: «Venezuela y la crisis del modelo imperial estadounidense»
Antonio Turiel
Por Debates
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Kaosenlared
6 de enero de
2026
Con el sorpresivo secuestro
de Nicolás Maduro en la madrugada del 2 al 3 de enero de 2026, Donald Trump ha
inaugurado una nueva etapa del declive energético en el que llevamos ya dos
décadas inmersos, desde que en 2005 la producción de petróleo crudo convencional
llegara a su máximo histórico y comenzara un proceso de lento declive. Una
etapa que promete ser bastante turbulenta, porque las urgencias de la escasez
energética hacen que caigan las caretas y que los países muestren su verdadera
cara, lo que están dispuestos a hacer con tal de preservar su situación de
dominio económico.
Durante las últimas
semanas, la administración Trump ha alimentado el discurso de que Venezuela es
una gran plataforma del narcotráfico hacia los EE.UU., responsabilizando personalmente
al presidente de Venezuela de este tráfico de cocaína. Las acciones de los
EE.UU. han sido progresivamente más agresivas con Venezuela: primero, la
destrucción de algunas embarcaciones de narcotraficantes; luego, el cierre del
espacio aéreo venezolano; más tarde, el apresamiento de varios petroleros; y
ahora el secuestro en su palacio presidencial en Caracas de Nicolás Maduro y su
mujer por medio de un grupo especial de ejército americano. Lo cierto es que no
se entiende este nivel de agresividad y urgencia con un problema que obviamente
hace décadas que dura, y además del cual Venezuela solo es una ruta, mientras
que el origen de la cocaína está obviamente en Colombia y Bolivia. Ítem más, se
hace extraño que personalice el problema en el presidente del país, que
probablemente tenga poca o nula relación con todo esto, pero que en todo caso
no se ha aportado ningún elemento de prueba que demuestre que efectivamente
está implicado. E incluso si lo estuviera, las relaciones entre los países no
se pueden gestionar ni se gestionan de manera expeditiva cargando contra sus
representantes, por múltiples motivos pero, entre otros, porque tal manera de
hacer difícilmente puede despertar las simpatías de la población. La acción de
los EE.UU. ha sido una clara violación del derecho internacional y de la Carta
de las Naciones Unidas, y algo absolutamente extemporáneo e injustificable.
Pero toda la cuestión del
narcotráfico pasó rápidamente a segundo plano cuando Donald Trump compareció
delante de los medios el día 3 para explicar la operación. Sin solución de
continuidad, Donald Trump explicó que las empresas petroleras de EE.UU. van a
invertir miles de millones de dólares en el sector petrolífero de Venezuela, de
manera que en pocos años puedan garantizar que la producción de petróleo
venezolano suba desde los lánguidos 900.000 barriles diarios de hoy en día
hasta los 4 ó 5 millones de barriles por día (Mb/d). En su alocución, el
presidente Trump mencionó la palabra «petróleo» un total de 29 veces, más del
doble de las que mencionó «narcotráfico», dejando meridianamente claro de qué
iba todo esto.
La clave de todo está, por
supuesto, en la Faja del Orinoco, una zona en la que se supone que hay unas
reservas que se publicitan como de hasta 300.000 millones de barriles de
petróleo (aunque el geólogo Art Berman siempre insiste que la mayoría de éstas
son las famosas «reservas de papel», de la época en la que la OPEP infló sus
números, y que en realidad hay más bien unos 100.000 millones de barriles –
igualmente, una cantidad nada desdeñable).
La Faja del Orinoco es una región dentro de la cuenca hidrográfica del río Orinoco, situada a una distancia de entre 150 y 300 kilómetros de la costa, en plena selva y en territorio con una pendiente importante. La Faja del Orinoco limita al sur con el Arco Minero, donde hay importantes depósitos de diamantes, níquel y torio y muchos otros minerales estratégicos como el oro.
En la Faja del Orinoco hay
petróleo extrapesado, bitumen de características similares al que se explota en
Canadá. Venezuela tiene otros yacimientos con petróleo de mejores
características, más convencional, sobre todo en la Bahía de Maracaibo, pero
esos yacimientos han pasado ya hace mucho tiempo su máximo de extracción. La
razón principal por la que la producción petrolífera de Venezuela ha bajado de
los 3,5 Mb/d de finales del siglo pasado a menos de 1 Mb/d actualmente es
precisamente el agotamiento de sus pozos de aguas poco profundas – y es que
Venezuela, efectivamente, hace tiempo que pasó su peak oil. Es cierto que las
continuas sanciones y el deterioro económico han perjudicado a la industria
local y que posiblemente podría producir más de lo que produce ahora mismo,
pero también es cierto que la única manera de aumentar de manera creíble la
producción venezolana es mediante el petróleo extrapesado. De hecho, desde hace
ya muchos años la producción de petróleo extrapesado representa aproximadamente
dos tercios de todo el petróleo extraído en Venezuela.
Al igual de lo que pasa con
el bitumen canadiense, el petróleo extrapesado de la Faja del Orinoco es una
sustancia muy viscosa y para nada fluida, semejante al alquitrán. Su extracción
es muy compleja y costosa, más que en Canadá porque mientras que en el país del
arce las arenas bituminosas están en la superficie, en la Faja del Orinoco
están enterradas a centenares de metros. Así pues, su extracción y procesado
directo tal y como se hace en Canadá (que es más una operación de minería) es
inviable en Venezuela, y la única solución es abrir un pozo que inyecte
ingentes cantidades de vapor de agua para fluidificar un poco los lodos
bituminosos, y al tiempo, desde otros pozos auxiliares, inyectar gases para
incrementar la presión y obligar a los lodos a subir a la superficie. Una vez
en superficie, se debe de lavar el bitumen para separarlo de la arena. Pero, de
nuevo, estamos hablando de algo parecido al alquitrán, que no fluye, así que
generalmente lo que se ha hecho es mezclarlo con petróleos ligeros o bien con
agua con surfactantes (la famosa Orimulsión) para poder introducirlo en los
oleoductos y llevarlo a las refinerías de la costa o bien para ser quemado en
centrales térmicas. Venezuela importó durante muchos años petróleo ligero de
Argelia para mezclarlo con su bitumen porque con el petróleo que extraían en
Maracaibo no tenían suficiente para mover todo el bitumen que producían en la
Faja.
Y de ese modo se empieza a
entender el interés de los EE.UU. por el petróleo venezolano. Porque, a priori,
Venezuela no debería ser el objetivo principal de los norteamericanos, dada la
mala calidad (y bajísima TRE) de la mayoría de la producción petrolífera
venezolana. Además, EE.UU. es ahora el principal productor de petróleo del
mundo, con 13 Mb/d, así que, ¿por qué perder el tiempo con el petróleo de baja
calidad de un país cuya producción es cada vez más marginal?
La clave es que, aunque EE.UU. haya conseguido gracias al fracking aumentar de manera espectacular su producción en los últimos años, el tipo de petróleo que está produciendo no es tampoco de buena calidad. De los 13 Mb/d que produce los EE.UU., algo más de 4 Mb/d provienen de pozos tradicionales que producen petróleo de buena calidad, en tanto que más de 9 Mb/d son de petróleo ligero de roca compacta extraído con el fracking. Ese petróleo está formado por hidrocarburos de cadena corta y tiene un menor rendimiento a la hora de producir diésel… justo en el momento en que empezamos a tener problemas con la producción mundial de diésel.
Rendimiento óptimo comparativo de diversos tipos de petróleo, en producción de nafta (gasolinas), destilados medios (gasoil, diésel, keroseno) y residuales. Datos de API. Gráfico generado con Copilot.
En general, el petróleo
ligero de roca compacta proporciona alrededor de la mitad de diésel que el
petróleo convencional, lo que lleva a una sobreproducción de gasolina y un
defecto de producción de diésel, comprometiendo la viabilidad económica de las
refinerías y creando un problema logístico muy grande. A este problema los
EE.UU. le dieron una solución sencilla hace años: importar petróleo extrapesado
de las arenas bituminosas de Canadá, que se puede hacer circular por los
oleoductos tras mezclarlo con la fracción más ligera de su petróleo extraligero
de fracking (en una proporción de 2 a 1, el doble de petróleo extrapesado que
de condensado ligero). De hecho, EE.UU. ha adaptado muchas de sus refinerías
para trabajar con esa mezcla, con buenos resultados. Pero Canadá hace tiempo
que tocó techo con su producción de petróleo extrapesado, con una producción de
algo más de 4 Mb/d, y eso se queda lejos de las necesidades de EE.UU. para
producir diésel y para aprovechar su petróleo ligero de baja calidad.
Recordemos, además, que en EE.UU. se consumen 21 Mb/d, es decir, quen aún tiene
que importar de manera neta 8 Mb/d o el 40% de su consumo.
Por eso mismo, el petróleo
extrapesado de Venezuela les resulta interesante: porque les permitiría rentabilizar
su petróleo de fracking y resolver el acceso al diésel. Y esto también explica
la urgencia de los EE.UU: la producción mundial de diésel hace tiempo se está
moviendo entre un 10 y un 15% menos que el máximo de producción que se
consiguió entre 2015 y 2017. Falta diésel en muchos países (miren los problemas
en Bolivia, Nigeria o incluso en Irán), y dentro de poco comenzará a faltar
también en los países occidentales.
Hay un bonus para los
EE.UU. de su intervención en Venezuela, y es intentar barrer a China fuera de
lo que consideran su hemisferio, el hemisferio occidental, en una reedición de
la doctrina Monroe. Probablemente no por casualidad, el día antes de que Maduro
fuera apresado, éste recibió en Caracas al enviado especial de China.
Pero en realidad toda la
maniobra de EE.UU. lo que revela con más claridad es la debilidad de su sistema
imperial. Una acción tan precipitada, con una violación tan descarada de la
legalidad internacional, no es propia de un país que controla el relato de
«garante de la paz» y «faro de la democracia universal». La manera tan grosera
con la que directamente Trump relacionó la acción con el petróleo venezolano,
sin intentar disimular un poco, dejó claro que ahora lo que mandan son las
prisas y no hay tiempo para guardar las formas. Pero es que además es dudoso
que el plan les salga bien. De entrada, tienen que conseguir que Venezuela se
someta a sus dictados, cosa que no está tan clara que puedan conseguir. Pero
incluso si Venezuela abre la mano y permite a las empresas estadounidenses
campar a sus anchas en la Faja del Orinoco, la complejidad de la operación en
esa zona, con los lodos bituminosos enterrados a centenares de metros, en medio
de la selva, en lugares escarpados, hacen que los costes sean astronómicos.
Encima, tendrían que transportar el petróleo de fracking en grandes cantidades
desde los EE.UU. para disolver el bitumen y poder moverlo hacia la costa. Es
dudoso que las empresas petroleras hagan esto si no reciben copiosas
subvenciones del estado, y eso obligará a los EE.UU. a implementar nuevas
formas recaudatorias, seguramente a imponer al resto del mundo, para poder
financiar toda la operación. Hay demasiadas cosas que pueden salir mal, y
encima, como dice Art Berman, se necesitaría al menos una década para desarrollar
toda la infraestructura necesaria. Y una década parece demasiado en la
situación actual. En la práctica, lo mejor que podría hacer los EE.UU. es
mejorar la extracción en los yacimientos de Maracaibo y resto de yacimientos
convencionales, y poco más.
En todo caso, mientras no
haya una verdadera revolución o guerra en Venezuela, no parece que vaya a haber
ninguna influencia en el precio del petróleo. La cuestión es demasiado local, y
Venezuela hoy en día no es un actor tan importante a escala global. En
realidad, los mayores riesgos para el mercado global de petróleo, y en
particular para España, están en otros lugares: en la inestabilidad de Nigeria,
en las incipientes revueltas en Irán y en las refinerías rusas bombardeadas por
drones ucranianos.
Para concluir mi análisis, no puedo dejar de mencionar que he visto con cierta sorpresa como algunos de los más significados industrialistas o griniudileros patrios (todos ellos ácidos y desabridos detractores de mi persona) han creído oportuno gritar a pleno pulmón que el petróleo tiene poco o nada que ver con lo que ha pasado en Venezuela (para su desgracia, ay, pocas horas antes de que la rueda de prensa de Trump dejara claro que obviamente, sí, tiene todo que ver con el petróleo). En su batiburrilo de argumentos mal hilados y peor pensados insisten en que el triunfo del modelo de Renovable Eléctrica Industrial (REI) hace que el petróleo sea cada vez más irrelevante. Por desgracia para ellos, las muchas contradicciones internas del REI están haciendo que el sector se esté hundiendo, por más que ellos neciamente insistan en lo contrario. Durante 2026, veremos quebrar a muchos promotores de proyectos solares y fotovoltaicos, y muchos proyectos ser abandonados, y poco a poco será cada vez más claro que el REI ha fracasado, que el REI está muerto. Pero ellos necesitan seguir gritando con porfía, incluso cuando la realidad nos demuestra que, por desgracia, el petróleo sigue moviendo el mundo y que la preocupación ambiental ocupa un lugar cada vez más relegado en la agenda de los gobiernos. Aunque es normal que griten. Les va literalmente su sueldo en ello. Sinceramente, me parecen dignos de lástima. Ojalá en algún momento reconozcan su error, y pidan perdón por el daño enorme que han causado.




