Tal día como hoy
de 1650 moría el gran filósofo, científico y matemático René Descartes. Su obra
fundamental, el Discurso del método, publicado en 1637, marcó el final de la
escolástica y proporcionó las bases del racionalismo del siglo XVII.
Discurso del método. Segunda parte
El Viejo Topo
11 febrero, 2022
Me encontraba
por entonces en Alemania, atraído por unas guerras que todavía no han terminado[1],
y cuando me volvía al ejército desde la coronación del Emperador, el comienzo
del invierno me retuvo en un cuartel donde, como no encontraba ninguna
conversación que me divirtiera y tampoco, por suerte, ninguna preocupación ni
pasión que me perturbara, me pasaba el día solo, encerrado en una habitación
caldeada, donde tenía todo el ocio necesario para entretenerme en mis
pensamientos[2].
Uno de los primeros que tuve fue considerar que, a menudo, no hay tanta
perfección entre las obras compuestas de varios trozos, hechas por la mano de
varios maestros, como en aquellas en las que ha trabajado sólo uno. Así vemos
que los edificios que un solo arquitecto ha emprendido y acabado suelen ser más
hermosos y mejor ordenados que los que han sido reformados por varios, haciendo
servir muros viejos que fueron construidos para otros fines. Así, esas ciudades
antiguas que han sido pequeños burgos y, con el tiempo, han llegado a ser
grandes ciudades están ordinariamente tan mal compuestas, si las comparamos con
las plazas regulares que un ingeniero traza según su parecer en una llanura,
que, aun considerando cada uno de sus edificios aparte, a menudo se encuentra
tanto o más arte que en las otras. Sin embargo, viendo como se alinean, aquí
uno grande, allá uno pequeño, y cómo tienen las calles curvas y desiguales,
antes se diría que los ha dispuesto la fortuna que no unos hombres provistos de
razón[3].
Si se considera que, sin embargo, siempre ha habido unos oficiales encargados
de vigilar que los edificios particulares sirvieran al ornamento público, se
conocerá bien que es difícil hacer cosas perfectas cuando se trabaja sobre las
obras de otros. Así, imaginaba que los pueblos que han ido haciendo sus leyes a
medida que les ha obligado la incomodidad de los crímenes y las querellas,
porque habiendo sido semisalvajes se han civilizado poco a poco, no podían
estar tan bien reglamentados como aquellos que han observado las leyes de algún
legislador prudente desde que se reunieron[4].
Tal como es cierto que el orden de la verdadera Iglesia debe estar
incomparablemente mejor reglamentado que todos los demás, puesto que Dios mismo
ha hecho sus ordenanzas. Y por hablar de cosas humanas, si Esparta fue tan
floreciente antiguamente, no era por la bondad de cada una de sus leyes en
particular, pues muchas eran muy extrañas e incluso contrarias a las buenas
costumbres, sino porque, habiendo sido inventadas por una sola persona, todas
tendían al mismo fin. Así pensaba que las ciencias de los libros, al menos aquellas
cuyos argumentos son sólo probables y no contienen ninguna demostración, como
han sido compuestas y ampliadas poco a poco con las opiniones de muchas
personas, no son en absoluto tan próximas a la verdad como los razonamientos
simples que un hombre de buen sentido pueda hacer naturalmente sobre las cosas
que se le van presentando. Y así pensaba también que, como hemos sido niños
antes que hombres y, necesariamente, hemos sido gobernados mucho tiempo por los
apetitos y los preceptores, lo cual suele ser contrario entre sí, y como quizá
ni éstos ni aquéllos nos aconsejaban siempre lo mejor, es casi imposible que
nuestros juicios sean tan puros y sólidos como lo habrían sido si hubiéramos
tenido entero uso de razón desde el nacimiento y nunca nos hubiéramos guiado
más que por ella.
Es verdad que
no vemos que se derriben todas las casas de una ciudad por el solo deseo de
volverlas a levantar de otra manera y hacer más bonitas las calles, pero se ve
a menudo que bastantes hacen derribar sus casas para volverlas a levantar e
incluso, a veces, cuando los cimientos no están firmes y corren el peligro de
derrumbarse solas, no les queda más remedio. Por cuyo ejemplo me persuadía de
que no sería prudente que un particular quisiera reformar un Estado, cambiando
todo desde los cimientos y destruyéndolo para enderezarlo, ni tampoco reformar
el cuerpo de las ciencias o el orden establecido en las escuelas para
enseñarlas, sino que lo mejor que podía hacer era decidirme de una vez a
abandonar todas las opiniones que había aceptado hasta entonces, para luego
sustituirlas por otras mejores o por las mismas, una vez ajustadas a nivel con
la razón[5].
Y creía firmemente que por este medio conseguiría conducir mi vida mucho mejor
que si construyera sobre cimientos viejos y que si me apoyara sólo sobre los
principios que me había dejado inculcar en mi juventud, sin haber examinado
nunca si eran verdaderos. Pues, pese a que veía en eso varias dificultades, sin
embargo no me parecían tan inevitables, ni comparables a las que se encuentran
en la menor reforma de los asuntos públicos. Esos grandes cuerpos políticos son
demasiado difíciles de reedificar una vez derribados, o incluso de sostenerlos
una vez sacudidos, y sus caídas son siempre muy violentas. Pues, sin duda, sus
imperfecciones —si las tienen, y basta pensar en la diversidad que hay entre
ellos para asegurar que muchos las tienen— han sido suavizadas por el uso e,
incluso, muchas que no habrían sido remediadas tan bien por la prudencia, se
habrán evitado o corregido poco a poco. Y, en fin, son casi siempre más
soportables de lo que sería cambiarlas, del mismo modo que los sinuosos caminos
de las montañas se hacen poco a poco tan lisos y cómodos a fuerza de ser
frecuentados, que es mucho mejor seguirlos antes que decidir tirar más recto,
saltando por encima de las rocas y descendiendo al fondo de los precipicios.
Por todo esto,
no puedo aprobar en absoluto a esos caracteres liantes e inquietos, que siempre
están ideando alguna reforma nueva, pese a que no han sido llamados ni por su
nacimiento ni por su fortuna a la administración de los asuntos públicos. Y si
pensara que en este escrito hubiera la menor cosa por la cual fuera sospechoso
de esa insensatez, me disgustaría mucho que fuera publicado. Nunca he querido
ir más allá de reformar mis propios pensamientos y construir sobre un suelo que
está en mí mismo. Porque, aunque mi obra me haya gustado bastante, si expongo
aquí el modelo, no es para aconsejar a nadie que lo imite. Aquéllos a los que
Dios ha repartido mejores dones seguramente tendrán deseos más sublimes, pero
mucho me temo que éste mío sea ya demasiado audaz para muchos. La simple
resolución de deshacerse de todas las opiniones que se han aceptado antes no es
un ejemplo que todos deban seguir. Prácticamente, en el mundo no hay más que
dos tipos de ingenios a los cuales no les conviene de ninguna de las maneras. A
saber, por una parte están aquellos que se creen más hábiles de lo que son y no
pueden evitar precipitarse en sus juicios, ni tener bastante paciencia para
conducir por orden todos sus pensamientos, por lo que, si alguna vez se tomaran
la libertad de dudar de los principios que han recibido y apartarse del camino
común, jamás podrían seguir el camino que hay que coger para ir recto y
quedarían descarriados toda la vida; por otra parte, aquellos que tienen
bastante razón o modestia para darse cuenta de que son menos capaces de
distinguir lo verdadero de lo falso que algunos otros, por los cuales pueden
ser enseñados, y deben mejor contentarse con seguir las opiniones de esos
otros, antes que buscar por sí mismos otras mejores.
Sin duda yo
hubiera sido de estos últimos, si hubiera tenido un solo maestro, o no hubiera
conocido las diferencias que siempre ha habido entre las opiniones de los
doctos. Pero no podía elegir a nadie cuyas opiniones me parecieran preferibles
a las de otro, y me encontraba como obligado a tomar la resolución de guiarme
yo mismo, porque desde el colegio había aprendido que no se podía imaginar nada
tan extraño e increíble que no haya sido dicho por algún filósofo; y luego,
viajando, me había dado cuenta de que todos aquellos que tienen sentimientos
muy contrarios a los nuestros no son por ello bárbaros ni salvajes, sino que
muchos usan la razón tanto o más que nosotros; y consideraba que un mismo
hombre, con el mismo ingenio, que sea criado desde la infancia entre franceses
o alemanes, se convierte en alguien diferente de otro que siempre hubiera
vivido entre chinos o caníbales; además, que incluso en las modas de nuestros
trajes lo que nos gustaba hace diez años, y quizá nos guste otra vez dentro de
diez, nos parece ahora extravagante y ridículo; así que lo que nos convence es
más la costumbre y el ejemplo que algún conocimiento cierto, aunque, sin
embargo, la pluralidad de voces no prueba nada sobre las verdades algo
difíciles de descubrir, porque resulta más verosímil que las haya encontrado
sólo un hombre que no todo un pueblo.
Pero como aquel
que camina solo y en las tinieblas, resolví ir tan espacio y tener tanta
prudencia en todo que, aunque no avanzara mucho, al menos me guardaría de caer.
Tanto que no quise comenzar a rechazar las opiniones que había aceptado sin
haber sido introducidas por la razón, antes de que hubiera dedicado bastante
tiempo a hacer el proyecto de la obra que emprendía, y a buscar el verdadero
método para llegar al conocimiento de todas las cosas de las que mi ingenio
fuera capaz.
Cuando era más
joven, de la Filosofía había estudiado algo de Lógica, y de las Matemáticas, el
Análisis de los geómetras y el Álgebra, tres artes o ciencias que debían
contribuir algo, parecía, a mi propósito. Pero, al examinarlas, me di cuenta de
que los silogismos y la mayor parte de las otras reglas de la Lógica sirven más
para explicar a otros aquello que se sabe o, incluso, como el Arte de Lulio,
para hablar sin juicio de lo que se ignora, que para aprenderlo. Y aunque
contienen, en efecto, muchos preceptos muy buenos y verdaderos, hay mezclados
tantos nocivos o superfluos que es casi tan fatigoso separarlos como sacar una
Diana o una Minerva de un bloque de mármol que todavía no está desbastado. En
cuanto al Análisis de los antiguos y el Álgebra de los modernos, además de que
no se aplican más que a materias muy abstractas y que no parecen útiles, la
primera siempre está tan sujeta a la consideración de las figuras, que. no
puede ejercer el entendimiento sin fatigar mucho la imaginación; y en la
segunda se está tan sujeto a ciertas reglas y a ciertas cifras, que se ha
convertido en un arte confuso y oscuro que estorba al ingenio en lugar de ser
una ciencia que lo cultive[6].
En vista de esto, pensé que hacía falta buscar algún otro método que,
incluyendo las ventajas de estos tres, careciera de sus defectos. Y como las
muchas leyes suelen servir de excusa para los vicios, de modo que un Estado
está mucho mejor reglado cuando tiene muy pocas pero son rigurosamente observadas,
así, en lugar de ese gran número de preceptos que componen la Lógica, creí que
tendría bastante con los cuatro siguientes, siempre que tomara la resolución
firme y constante de no dejar de observarlos ni una sola vez.
El primero fue
no aceptar nunca una cosa como verdadera si no conociera con evidencia que lo
es. Es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la anticipación, y no
incluir en mis juicios nada más que aquello que se presentara tan clara y
distintamente a mi ingenio que fuera imposible dudar de ello.
El segundo,
dividir cada dificultad que examinara en tantas partes como fuera posible y
fueran necesarias para resolverla mejor.
El tercero,
conducir mis pensamientos con orden, comenzando por los objetos más simples y
fáciles de conocer, para subir poco a poco, como por grados, hasta el
conocimiento de los más complejos, incluso suponiendo un orden entre aquellos
que no se preceden por naturaleza los unos a los otros.
Y el último,
hacer siempre recuentos tan exhaustivos y revisiones tan generales, que
estuviera seguro de no omitir nada.
Esa largas
cadenas de razones, muy simples y fáciles, que suelen usar los geómetras para
llegar a sus demostraciones más difíciles, me habían dado ocasión de imaginar
que todas las cosas que pueden ser conocidas por los hombres se entrelazan de
igual manera, y que solamente cuidando de no admitir como verdadera ninguna que
no lo sea y guardar siempre el orden necesario para deducir unas de otras, no
puede haber ninguna tan alejada que no se llegue a ella, ni tan oculta que no
se descubra[7].
Y no me costó mucho encontrar por cuáles debía comenzar, pues ya sabía que era
por las más simples y fáciles de conocer, y considerando que entre todos los
que antes habían buscado la verdad en las ciencias sólo los matemáticos habían
podido encontrar algunas demostraciones, es decir, algunas razones ciertas y
evidentes, no tenía ninguna duda de que debía comenzar por las mismas que ellos
habían examinado, aunque no esperaba ninguna otra utilidad, sino que
acostumbrarían a mi ingenio a alimentarse de verdad y a no contentarse con
razones falsas. Aunque no por ello me propuse aprender todas las ciencias
particulares que llamamos comúnmente Matemáticas, sino que, al ver que aunque
sus objetos fueran diferentes todas coincidían en no considerar más que las
diversas relaciones o proporciones que se encuentran en ellos, pensaba que
sería mejor examinar solamente esas proporciones en general sin suponerlas más
que en las materias que sirvieran para hacerme más fácil su conocimiento,
incluso sin referirlas a ninguna de ellas, a fin de poderlas aplicar después
mejor a todas aquéllas a las que se adecuen. Después, como me di cuenta de que,
para conocerlas, a veces tendría necesidad de considerar a cada una en
particular, y otras veces solo retenerlas o comprender varias en conjunto,
pensé que, para considerarlas mejor en particular, debía suponerlas en líneas,
pues no encontraba nada más simple, ni que pudiera representar más
distintamente en mi imaginación y mis sentidos; mientras que, para retenerlas o
comprender varias en conjunto, era preciso que las explicase con algunas
cifras, tan cortas como fuera posible. Por este procedimiento tomaba lo mejor
del Análisis Geométrico y lo mejor del Álgebra, y corregía los defectos del uno
por el otro[8].
Me atrevo a
decir que la observación exacta de esos pocos preceptos que había escogido me
dio tal facilidad para aclarar todas las cuestiones propias de esas dos
ciencias, que en dos o tres meses que me dediqué a examinarlas, comenzando por
las más simples y generales, y siendo cada verdad que encontraba como una regla
que me servía después para encontrar otras, no solo resolví varias que antes me
habían parecido muy difíciles, sino que al final también me parecía que podía
decir cómo y hasta dónde era posible resolver aquellas que ignoraba. En lo
cual, quizá no os pareceré tan vanidoso si consideráis que, puesto que no hay
más que una verdad en cada cosa, quien la encuentra sabe todo lo que se puede
saber. Por ejemplo, se puede asegurar que un niño instruido en Aritmética, que
haya hecho una suma siguiendo las reglas, habrá encontrado todo lo que el
ingenio humano puede encontrar. De igual modo, en fin, el método que enseña a
seguir el orden verdadero y a enumerar exactamente todas las circunstancias de
lo que se busca, contiene todo lo que da certeza a las reglas de la Aritmética.
Pero lo que más
me gustaba de este método era que, con él, estaba seguro de usar en todo mi
razón, si no perfectamente, al menos lo mejor que estaba en mi poder, además de
que, al practicarlo, sentía que mi ingenio se acostumbraba poco a poco a
concebir con más claridad y distinción sus objetos, y que, como no lo había
sujetado a ninguna materia en particular, me prometía aplicarlo a las
dificultades de las otras ciencias con tanta utilidad como lo había hecho a las
del Álgebra. No es que por eso me atreviera a emprender por las buenas el
examen de todas las ciencias que se presentaran, pues hubiera estado en contra
del orden que prescribe, sino que, como viera que todos sus principios debían
ser tomados de la Filosofía, en la cual todavía no había encontrado ninguna
certeza, pensaba que, antes que nada, hacía falta que tratara de establecerlas
en ella. Siendo esto la cosa más importante del mundo, donde la precipitación y
la anticipación debían temerse más, no debía acometer la empresa hasta que
hubiera alcanzado una edad más madura que los veintitrés años que entonces
tenía, y hasta que, previamente, no hubiera empleado mucho tiempo en
prepararme, tanto arrancando de mi ingenio todas las malas opiniones que había
aceptado antes, como haciendo acopio de muchas experiencias que fueran luego la
materia de mis razonamientos, y ejercitándome siempre en el método que me había
prescrito, a fin de afianzarme en él cada vez más.
Notas
[1] La Guerra de los Treinta Años (1618-1648).
[2] Neuburg, 1619.
[3] Los descubrimientos y conquistas del XVI habían dado lugar a la
fundación de nuevas ciudades, cuyo urbanismo, trazado y ejecutado de acuerdo
con un plan, era objeto de discusión como modelo de ciudad perfecta. El
contraste con París debía de ser muy evidente.
[4] La Antigüedad ha dejado noticia de legisladores famosos, confundidos
a menudo con la leyenda. En el caso de Esparta, que cita a continuación, el
legislador fue Licurgo, del que no sabemos nada con certeza.
[5] Continuando la metáfora arquitectónica, quiere decir que la razón
puede usarse como el nivel de los albañiles, para comprobar que estamos
construyendo adecuadamente
[6] Antes de la geometría analítica, los problemas se resolvían dibujando
con regla y compás, y razonando a partir de la figura. Por su parte, el álgebra
encontraba dificultades por la carencia de una notación eficaz, que reflejara
con claridad y sin añadidos las relaciones entre números indeterminados. Cf.
Introducción: Los orígenes de la geometría analítica.
[7] Éste es el texto que parece apoyar con mayor contundencia la lectura
según la cual Descartes prevé una construcción deductiva de todo el saber como
un sistema. En su contra puede argumentarse que el término “deducir” no tiene
en el XVII, ni en el conjunto de la obra cartesiana, el significado estricto
que hoy le damos. (p. e. QUINTÁS, Introducción a su edición
del Discurso). Cf. Introducción: El proyecto en
su conjunto: los Principia philosophiae.
[8] Es decir, la geometría analítica. Debió de ser el invierno de 1619,
en Neuburg.
Fuente: Antología de textos del libro de Ramón Sánchez Ramón Descartes esencia
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