No hay Marx que por bien no venga, quiosquero
Por Carlos Calvo
Había quedado con el quiosquero de la esquina, en este tierno verano de
lujurias y azoteas, para comer y hablar de esto y de lo otro. No fuimos
demasiado lejos del circuito habitual.
Frente a las tascas de diseño están las tascas populares a las que la
pátina del tiempo ha dejado un poso invisible de elegancia. Esas tascas son los
lugares a los que solemos ir. Allí están los platos de cuchara, los guisos y
los potajes. Las lentejas estofadas, las patatas con chorizo, la memorable
ensaladilla y un plato de siempre.
Sin
embargo, nos metimos en uno de esos antros que venden tapas medio podridas, el
camarero no se lava el pelo o tiene las uñas sucias y la televisión está a toda
pastilla. El garito es decadente pero, al parecer, hacen unas patatas con
chorizo para chuparse los dedos. Mi amigo el quiosquero siempre ha reivindicado
la tradicional cocina de cuchara sobre la sofisticada gastronomía que forma
parte de la sociedad del espectáculo. Platos como unas buenas lentejas –o las
tomas o las dejas-, la sopa de ajo y no digamos la tortilla de patata, con
cebolla o sin ella, están por encima de esas innovaciones culinarias cuyo
nombre es mucho más largo que su consistencia en el gaznate.
Dicen
que la palabra chorizo viene del ‘salsicium’ latino, pero tal vez antes los
celtas u otras tribus hispánicas ya comían este derivado del cerdo. El buen
chorizo, producido en distintas variantes, abunda por toda la geografía
española. El quiosquero no entiende por qué se habla y escribe tanto del jamón,
que es otro gran manjar al que no resta ningún mérito, pero nada se dice del
chorizo, como si fuera un producto de segunda clase. Las patatas con chorizo,
más allá de estar al alcance de todas las economías, son un plato que encierra
la esencia de lo español y condensa lo mejor de nuestra historia, sin excluir
las aportaciones periféricas.
Mi
idolatrado comendador de letra impresa, en efecto, es el confidente ideal para
ir a comer este plato delicioso y poder reivindicar la nobleza del chorizo.
Antes, la longaniza, para horror de moros y judíos, se colgaba en los portales
de ‘La Celestina’. Los embutidos, entonces, eran negros hasta llegar a los
tiempos del Quevedo de las “viejas pero feas”, que se vuelven rojos, pues ya ha
llegado el pimentón de las Américas. Chorizo, el pedazo de tripa lleno de carne
picada, también significa ratero, ladrón, choro, descuidero, botillo, y los
fabricantes de este producto se sienten incómodos con la confusión y mezcla de
significados. El quiosquero, a este paso, va a pedir a la academia de la lengua
española –con realeza o sin ella- que omita en la definición del embutido la
carga de delincuencia, para apartarlo, ay, de la mala compañía.
Al fin,
nos sentamos en una mesa con mantel a cuadros, palillero grasiento y convoy a
la antigua usanza, más grasiento todavía, y empezamos a degustar unas
insuperables patatas con chorizo. Entre cucharada y cucharada, mirábamos los
caretos de la gente. Y como la armonía entre sólido y líquido es fundamental,
estos platos de patatas con chorizo no requieren un vino excepcional, como
ocurre con los quesos. El aroma del vino que nos sirvieron le recordaba al
quiosquero a delantal de doncella violada en una noche de lluvia en pajar
asturiano.
Cuando
estábamos a punto de largarnos, entró un viejo –pero feo- hecho polvo, después
de aparcar su carrito lleno de cartones en la puerta. Despedía un olor raro,
como a oso, aunque el quiosquero y yo nunca hemos sabido muy bien cómo huelen
esos plantígrados. Fue a sentarse a una mesa cuando sonó una voz muy extraña
que parecía provenir de una garganta de madera (o sucedáneo) que dijo de un
modo terminante: “Tú aquí no te sientas”. Era la silla. “Lárgate, guarro”,
agregó otra voz similar. Era la mesa. El viejo –pero feo- pareció confuso pero
no tardó en reaccionar y le preguntó a la silla: “¿Por qué no voy a sentarme?”.
“Porque te apesta el culo”, respondió la silla.
Atónitos, nos levantamos del asiento, pagamos los menús, cafés y chupitos de
whisky (con sus respectivas piedras), nos despedimos del camarero y nos
prometimos que ya nunca volveríamos al dichoso restaurante, o tasca, o taberna,
o garito, o antro, o lo que fuera, a pesar de las insuperables patatas con
chorizo que cocinaban. Y cuando salimos del lugar, mientras acompañaba a mi
amigo el quiosquero al lugar de su trabajo para continuar su inhumana jornada
laboral, me dijo: “¿Sabes qué?”… Entonces me comentó que le dolía el no poder
hablar, con naturalidad, de política, de religión, de literatura, de arte, de
cine, de esto y de lo otro, porque, si tocabas temas que pertenecían a la
categoría de lo silenciado, los guardianes de mantener el orden conversacional
establecido inmediatamente comenzaban su campaña de distanciamiento con los
consabidos tópicos. El que se mueva, como en la película de Arthur Penn, no
sale en la foto.
¿O tal
vez la causa de ese rechazo que notaba pudiera explicarse porque defendía la
necesidad de tener criterio propio, coincidente o no con el de la mayoría? ¿O
porque intentaba actuar como pensaba? ¿O tendría que ver con que le gustaba
fumarse un puro cubano sin tener que aguantar ser mirado como un delincuente
peligroso? ¿O porque le encantaba tener sus espacios y momentos para estar
consigo mismo? ¿O, a lo mejor, porque nunca ha soportado a las capillitas
intelectuales?
Al fin y
al cabo, mi amigo el quiosquero siempre ha tenido claro la deriva conservadora
o institucional de los intelectuales que se abrieron paso en los años del
desarrollismo con posiciones radicales y que fueron acomodándose a medida que
avanzaba la transición, abandonando sus compromisos ideológicos, hasta
convertirse en los nuevos jefecillos de la cultura, quienes, ya en el periodo
del primer gobierno socialista, establecieron el nuevo canon y administraron el
capital cultural que han amasado desde sus posiciones de poder en los
periódicos, editoriales, universidades, academias y demás receptáculos de las
artes y las letras.
Muchos,
denuncia el quiosquero, se han labrado una fama y una posición de influencia no
por el valor de sus obras, sino por sus relaciones con el poder político y
mediático, su agenda de contactos y su estilo aseado. En las letras, con
frecuencia, importan más las redes y el favor de los amigos intelectuales, o
así, que la calidad de lo publicado. Es lo que podríamos llamar la cultura imperial
de amiguetes. Estamos, en efecto, en el descuento del cuento. En la cultura sin
acentos ni sintaxis ni ortografía. Descontadas las exigencias de rigor,
tratamiento, forma, comprensión y compromiso. Todos expertos doctores en la
cata de imbecilidades.
A fin de
cuentas, se trata de un conservadurismo genérico, que afecta por igual a las
posiciones políticas y a la actitud medrosa y cerril ante cualquier amenaza del
‘statu quo’ cultural. Para el quiosquero, una de las causas de la falta de
valor en la producción cultural se debe a que nuestros intelectuales están
demasiado pendientes unos de otros, repartiéndose premios y prebendas. La
atmósfera, pues, resulta irrespirable e impide el surgimiento de una crítica
sana que sirva de mecanismo de control de calidad. Las reseñas, claro está, las
escriben los amigos o los de la misma cuerda y si no la hace un conocido y es
negativa, se interpreta siempre como un ataque personal.
Dspués
de tanta disquisición, el quiosquero se echó un sonoro regoldo –lo de eructo lo
deja para los cursis- y exclamó a los cuatro vientos: “¡Las patatas con chorizo
tendrían que ser patrimonio de la humanidad, como la catedral de la Seo o el
castillo de la Aljafería!”. Empieza el salvaje verano, en cualquier caso, con
las flores del granado en el suelo, derribadas por el mirlo y su silbido; los
tábanos, cantando el responso a las rosas; las elegantes mariposas, tan
discretas que no despiertan a la perra, y el quiosquero y yo yendo a nuestra
tasca preferida, a la que la pátina del tiempo ha dejado un poso invisible de
elegancia, para saborear la cocina de cuchara, los guisos y los potajes. Y
sudar la gota gorda.
Finalmente, cuando el quiosquero de la esquina acabó con su indagación sobre la
causa de no conseguir un reconocimiento o consideración social (no caer bien),
me di cuenta de que me veía reflejado en él y, después de un silencio, le hice
un guiño con el ojo izquierdo y me despedí con una bagatela de otro
impertinente, el gran Mario Benedetti: “No hay Marx que por bien no venga”. Se
rio y se fue al quiosco. Todos los días…
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