martes, 23 de septiembre de 2025
Trump y el ocaso del sueño americano
Rebelion
23/09/2025
Fuentes: Acción
Cooperativa - Imagen: Sur global. El bloque cobra mayor protagonismo en el
nuevo sistema internacional multipolar.
A punto de
cumplirse ocho meses de la juramentación de Donald Trump como presidente de los
Estados Unidos el balance de su gestión es deficitario. Sus bravuconadas de
campaña y en la noche misma en la que asumió la primera magistratura se
desvanecieron con el paso del tiempo. Sus disparates, desde la pretensión de
anexar a Canadá como estado número 51 de la Unión Americana hasta la compra
coercitiva de Groenlandia se convirtieron en divertidos memes para consumo del
gran público pero, además, indispusieron a Washington con dos países de
excepcional importancia en el tablero geopolítico estadounidense. Canadá y
Estados Unidos comparten la frontera más larga del mundo: 8.991 kilómetros y,
además, es la más segura cuando se la compara con la más corta pero mucho más
turbulenta frontera de 3.150 kilómetros que separa a este país de México.
Podríamos agregar, siguiendo un notable texto del dominicano Juan Bosch, al
Caribe como la tercera frontera imperial, cuna de múltiples desafíos y
conflictos desde hace más de un siglo.
Gracias a la
incontinencia verbal de Trump, las actitudes amigables que los canadienses
tenían en relación con su vecino cambiaron radicalmente. Una reciente encuesta
del prestigioso Pew Research Center halló que ahora el 59% de los encuestados
consideraban a Estados Unidos como la mayor amenaza a su país contra el 17% que
señalaba a China y el 11% a Rusia, lo que configura un giro de ciento ochenta
grados en el clima de opinión imperante por décadas en Canadá. Otro tanto puede
decirse con relación a la airada respuesta del Gobierno de Dinamarca, por
décadas uno de los más estrechos aliados de Washington en la Unión Europea y la
OTAN, y el firme rechazo de las autoridades de Groenlandia, un territorio
autónomo pero perteneciente al reino de Dinamarca, cuyo gobernante también
criticó acerbamente el comentario del mandatario estadounidense.
No corrió mejor
suerte la fanfarronada de Trump de poner fin a la guerra de Ucrania en 24 horas
o de retomar el control del Canal de Panamá en cuestión de días. En este caso
se anotó una pequeña victoria al lograr que el sumiso presidente de ese país,
José Raúl Mulino, autorizara el retorno de una módica fuerza militar
estadounidense a tres cuarteles preexistentes en el territorio panameño, pero
el asunto está lejos de haber sorteado los problemas legales que entraña tal
autorización y que podrían llegar a anularla. Esta parcial capitulación ante la
prepotencia estadounidense tuvo como contrapartida una brutal campaña para
destruir al SUNTRAC, el principal –y más combativo– sindicato de Panamá que
nuclea a trabajadores de la construcción e industrias afines, interviniendo las
cuentas bancarias de la organización, persiguiendo a sus dirigentes y
reprimiendo las protestas callejeras que se suceden casi a diario.
La «desoccidentalización»
Estas actitudes e iniciativas de Trump hablan con elocuencia de la
desesperación de la clase dominante estadounidense por restaurar
la perdida supremacía internacional que gozaran durante más de medio siglo
a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Tanto republicanos
como demócratas se resisten a admitir que el sistema internacional cambió y que
lo hizo de modo radical e irreversible. Las placas tectónicas que sostenían la
antigua estructura de poder mundial se movieron en una dirección contraria a
Occidente, y por ende a su líder, Estados Unidos. De ahí la importancia que ha
venido adquiriendo la expresión «desoccidentalización» a la hora de
caracterizar los cambiantes procesos internacionales en curso. En el último
cuarto de siglo las llamadas «economías emergentes» han logrado éxitos
extraordinarios: China, India, Vietnam, Indonesia, Turquía, Tailandia y
Paquistán se unen a Japón y Corea del Sur para constituir en el Pacífico un
nuevo centro de gravedad de la economía mundial, al cual hay que sumar la
renacida Rusia de Vladímir Putin. De hecho, el PIB combinado de los cinco
países que constituyen el núcleo original de los BRICS –Brasil, Rusia, India,
China y Sudáfrica– ya es más grande que el del otrora dominante G7 que agrupa a
Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia y Japón.
Un sur global
empoderado económica pero también política y diplomáticamente, y dueño de un
formidable poderío militar, se erige como un obstáculo insalvable a las
ambiciones restauradoras del imperio americano. En otras palabras: el
multipolarismo llegó para quedarse. Esta frustración ha alimentado la
bravuconería del ocupante de la Casa Blanca, un multimillonario caprichoso y
acostumbrado a salirse con la suya a cualquier precio. Este rasgo, poco
aconsejable para el sutil manejo de las relaciones internacionales, se ve
agravado por la generalizada percepción existente dentro de Estados Unidos
acerca de la baja calidad del equipo de secretarios, asesores y consultores del
presidente, seleccionados más por su lealtad para con el líder que por su
competencia en los asuntos de su incumbencia. Un historiador de los gabinetes
presidenciales de Estados Unidos, Steve Corbin, comentó hace unos pocos días
que el de Trump 2.0 es el segundo peor
gabinete de la historia de Estados Unidos. En los primeros 220 días
de la administración tuvo una rotación en 13 puestos clave de su gabinete, en
medio de un verdadero caos decisional: incertidumbre en las prioridades y las
opciones, un comportamiento errático y autoritario del presidente, súbitos
cambios de rumbo (por ejemplo, en el tema de los aranceles) y un número
récord de 192 órdenes ejecutivas, 47 memorandos y 79 proclamaciones presentadas
por el magnate neoyorquino desde que juró como presidente. Bajo estas
condiciones, a las que se suman los graves enfrentamientos internos entre
algunas de las figuras de más peso en el entorno presidencial (el caso de Elon
Musk dista de ser el único) se torna imposible la elaboración de una política
exterior que permita la adopción de una estrategia adecuada para enfrentar los
desafíos que plantea el nuevo sistema internacional multipolar. El peligro que
entraña esta situación es la tentación de resolverla apelando a la vía militar,
sobre todo en lo que los estrategas estadounidenses denominan el «hemisferio
occidental», es decir, Latinoamérica y el Caribe. El despliegue militar de la
Marina de Guerra de Estados Unidos en el Caribe y la declarada intención de
atacar a Venezuela es una de las probables, y desgraciadas, consecuencias de
este lento pero inexorable ocaso del viejo orden unipolar y las ilusiones de
que este siglo sería «el siglo americano» en el cual Washington dominaría sin
contrapesos después de la implosión de la URSS.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante
una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para
publicarlo en otras fuentes.
El PP se niega a investigar las causas de los incendios en Galicia. ¿Algo que ocultar, Alberto?
El PP se niega a investigar
las causas de los incendios en Galicia. ¿Algo que ocultar, Alberto?
INSURGENTE.ORG
/ 23.09.2025
El PP ha hecho valer su holgada mayoría en el Parlamento gallego para tumbar la propuesta del BNG de constituir una comisión de investigación que aclare qué falló en la ola de incendios del pasado verano, que arrasó 140.000 hectáreas en el medio rural gallego. La iniciativa que los incendios son el principal problema ambiental de Galicia y en que «a xente merece coñecer a verdade», en palabras de su portavoz nacional, Ana Pontón. La líder de la primera fuerza de la oposición sostuvo que es indispensable esclarecer las causas para adoptar «as medidas necesarias» y reprochó a los populares que intenten ventilar una catástrofe con una simple comparecencia, la del presidente Alfonso Rueda el pasado día 5 de septiembre. Algo que, según los nacionalistas, supone una declaración de culpabilidad por «unha nefasta xestión».
lavozdegalicia
Todos somos antifa
La designación por Trump
del grupo amorfo Antifa como organización terrorista permite al Estado tachar a
todos los disidentes de partidarios de Antifa y procesarlos como terroristas.
Es un paso más en la represión contra periodistas y activistas “desleales”.
Todos somos antifa
El Viejo Topo
23 septiembre, 2025
La calificación
por parte de Trump del grupo amorfo antifa, que no tiene una organización ni
estructura formal, como organización terrorista, permite al Estado acusarnos a
todos de terroristas. El objetivo no es perseguir a los miembros de antifa,
abreviatura de antifascista. Se trata de perseguir los últimos vestigios de
disidencia. Cuando Barack Obama supervisó la campaña nacional coordinada para
cerrar los campamentos de Occupy, antifa —llamados así porque visten de negro,
ocultan sus rostros, se mueven como una masa unificada y buscan enfrentamientos
físicos con la policía— fue la excusa.
«Me complace
informar a nuestros numerosos patriotas estadounidenses que voy a designar a
ANTIFA, UN DESASTRE DE IZQUIERDA RADICAL, ENFERMO Y PELIGROSO, COMO
ORGANIZACIÓN TERRORISTA IMPORTANTE», escribió el presidente en una publicación
de Truth Social.
«También recomendaré encarecidamente que se investigue a fondo a quienes
financian ANTIFA de acuerdo con los más altos estándares y prácticas legales.
¡Gracias por su atención a este asunto!».
No siento
ningún aprecio por Antifa. El sentimiento es mutuo. Yo era un feroz opositor de
los anarquistas del Black
Bloc que se identificaban con Antifa. Se infiltraron en los
campamentos de Occupy y se negaron a participar en la toma de decisiones
colectiva. Llevaron a cabo actos de destrucción de la propiedad e iniciaron
enfrentamientos con la policía. Los activistas de Occupy eran los escudos
humanos de Antifa. Escribí que Antifa era «un regalo del cielo para el estado
de seguridad y vigilancia».
David Graeber,
cuya obra respeto, escribió una carta abierta criticando
mi postura.
Me hicieron
doxing. Mis conferencias y eventos, que recibieron amenazas telefónicas que
obligaron a los recintos a contratar seguridad privada, incluidos
guardaespaldas, fueron objeto de piquetes por parte de hombres vestidos de
negro, con el rostro cubierto por pañuelos negros. Todos llevaban el mismo
cartel, independientemente de la ciudad en la que me encontrara, que decía:
«Que te jodan, Chris Hedges». Durante un debate con un anarquista partidario de
Antifa en la ciudad de Nueva York, varias docenas de hombres vestidos de negro
entre el público me abuchearon e interrumpieron, a menudo gritando
sarcásticamente «amén».
El Estado
utilizó eficazmente a Antifa —estoy seguro de que Antifa estaba fuertemente
infiltrada por agentes provocadores— para silenciarnos a todos. El
Estado corporativo temía el amplio atractivo del movimiento Occupy, incluso
para aquellos que formaban parte de los sistemas de poder. El movimiento fue
objeto de ataques porque articulaba una verdad sobre nuestro sistema económico
y político que traspasaba las fronteras políticas y culturales.
Antifa, que
quede claro, no es una organización terrorista. Puede que confunda los actos de
vandalismo menor y un cinismo repulsivo con la revolución, pero su designación
como organización terrorista no tiene justificación legal.
Antifa
considera enemigo a cualquier grupo que busque reconstruir las estructuras
sociales, especialmente a través de actos no violentos de desobediencia civil.
Se oponen a todos los movimientos organizados, lo que solo garantiza su propia
impotencia. No solo son obstruccionistas, sino que también lo son para aquellos
de nosotros que también intentamos resistir. Desprecian a cualquiera que no
tenga su pureza ideológica. No importa si las personas forman parte de
sindicatos, movimientos obreros y populistas o si son intelectuales radicales y
activistas medioambientales. Estos anarquistas son un ejemplo de lo que
Theodore Roszak, en «The Making of
a Counter Culture», denominó la «adolescencia progresista» de la
izquierda estadounidense.
John Zerzan, uno de los principales
ideólogos del movimiento Black Bloc en Estados Unidos, defendió «Industrial
Society and Its Future» (La sociedad industrial y su futuro), el manifiesto
divagante de Theodore Kaczynski, conocido como Unabomber, aunque no respaldó
los atentados con bombas de Kaczynski. Zerzan descarta una larga lista de
supuestos «traidores», empezando por Noam Chomsky e incluyéndome a mí mismo.
Los activistas
del Black Bloc en ciudades como Oakland rompieron los escaparates de las
tiendas y las saquearon. No fue un acto estratégico, moral o táctico. Se hizo
por el simple hecho de destruir. Los actos aleatorios de violencia, saqueo y
vandalismo se justifican, en la jerga del movimiento, como componentes de la
«insurrección salvaje» o «espontánea». Estos actos, argumenta el movimiento,
nunca pueden organizarse. La organización, en el pensamiento del movimiento,
implica jerarquía, a la que siempre hay que oponerse. No puede haber
restricciones a los actos «salvajes» o «espontáneos» de insurrección. Quien
resulte herido, resulta herido. Lo que se destruya, se destruye.
«El movimiento
Black Bloc está infectado de una hipermasculinidad profundamente inquietante»,
escribí. «Esta hipermasculinidad, supongo, es su principal atractivo. Aprovecha
el deseo que acecha en nuestro interior de destruir, no solo cosas, sino
también seres humanos. Ofrece el poder divino que acompaña a la violencia
colectiva. Marchar como una masa uniformada, todos vestidos de negro para
formar parte de un bloque anónimo, con el rostro cubierto, supera temporalmente
la alienación, los sentimientos de insuficiencia, impotencia y soledad. Imparte
a los miembros de la turba un sentido de camaradería. Permite desatar una rabia
incipiente contra cualquier objetivo. La piedad, la compasión y la ternura
quedan desterradas por la embriaguez del poder. Es la misma enfermedad que
alimenta a los enjambres de policías que rocian con gas pimienta y golpean a
manifestantes pacíficos. Es la enfermedad de los soldados en la guerra.
Convierte a los seres humanos en bestias».
Pero aunque me
opongo a Antifa, no les culpo por la respuesta del Estado. Si no fuera Antifa,
sería otro grupo. Nuestro Estado policial, que se consolida rápidamente,
utilizará cualquier mecanismo para silenciarnos. De hecho, acoge con agrado la
violencia. Las tácticas de confrontación y la destrucción de la propiedad
justifican formas draconianas de control y asustan a la población en general,
alejándola de cualquier movimiento de resistencia. Necesita a Antifa o a un
grupo similar. Una vez que se consigue difamar a un movimiento de resistencia
como una turba enfurecida que quema banderas y lanza piedras —algo en lo que
están trabajando duro los miembros de la administración Trump—, estamos
acabados. Si nos aislamos, nos pueden aplastar.
«Los
movimientos no violentos, en cierto modo, aceptan la brutalidad policial»,
escribí. «El continuo intento del Estado de aplastar a los manifestantes
pacíficos que reclaman simples actos de justicia deslegitima a la élite del
poder. Incita a una población pasiva a responder. Atrae a algunos dentro de las
estructuras del poder a nuestro lado y crea divisiones internas que conducirán
a la parálisis dentro de la red de autoridad. Martin Luther King siguió
organizando marchas en Birmingham porque sabía que el comisario de Seguridad
Pública «Bull» Connor era un matón que reaccionaría de forma exagerada».
«El auge
explosivo del movimiento Occupy Wall Street se produjo cuando unas pocas
mujeres, atrapadas detrás de una malla naranja, fueron rociadas con gas
pimienta por el subinspector de la policía de Nueva York Anthony Bologna»,
continué. «La violencia y la crueldad del Estado quedaron al descubierto. Y el
movimiento Occupy, gracias a su firme negativa a responder a las provocaciones
policiales, resonó en todo el país. Perder esta autoridad moral, esta capacidad
de mostrar a través de la protesta no violenta la corrupción y la decadencia
del estado corporativo, sería devastador para el movimiento. Nos reduciría a la
degradación moral de nuestros opresores. Y eso es lo que quieren nuestros
opresores».
Vi cómo se utilizó
a Antifa como arma para acabar con el movimiento Occupy. Ahora se está
utilizando como arma para sofocar cualquier resistencia, por tibia y benigna
que sea.
Esta
justificación de la represión generalizada es un teatro absurdo, caracterizado
por ficciones, incluida la supuesta alianza «rojo-verde» entre islamistas y la
«izquierda radical». Stephen Miller, el principal asesor político de Trump,
insiste en que hubo una «campaña organizada» detrás del asesinato de Charlie
Kirk, cuyo martirio ha
impulsado la represión estatal. Cualquier opositor a Trump, incluido el
multimillonario financiero George Soros y sus Open Society Foundations, pronto
quedará atrapado en la red.
Ahora todos
somos antifa.
Fuente: Chris Hedge
Artículo
seleccionado por Carlos Valmaseda para la página Miscelánea de
Salvador López Arnal
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lunes, 22 de septiembre de 2025
Argentina: el espejismo de la estabilidad
Argentina: el espejismo de la
estabilidad
Rebelion
22/09/2025
Fuentes: El
tábano economista
Deuda y vaciamiento de la democracia argentina en la era del FMI (El Tábano
Economista)
La economía
argentina contemporánea se asemeja a una meticulosa puesta en escena teatral,
donde el decorado de una supuesta normalización macroeconómica intenta ocultar
los cimientos podridos sobre los que se erige. El Gobierno nacional, en un
estado de extrema fragilidad política tras el veredicto contundente de las
urnas en la provincia de Buenos Aires, se aferra a un relato de éxito que la
realidad material se encarga de desmentir a diario.
A medida que el
modelo exhibe sus grietas, un nerviosismo particular comienza a recorrer los
pasillos de las corporaciones y los directorios de las grandes empresas. Se
trata de un malestar paradójico. Por un lado, los sectores concentrados de la
economía –especialmente el sector financiero, el agroexportador y las grandes
empresas de energía– registran utilidades extraordinarias. Sus negocios, en el
corto plazo, son excelentes. Sin embargo, esta misma elite detecta con pánico
la falta de un marco político estable que garantice la continuidad de
este rumbo más allá de la coyuntura inmediata y, como resulta crucial, más allá
de la figura misma del presidente Javier Milei.
La idea de
garantizar la continuidad del rumbo económico aún a costa de la caída del
Gobierno que lo impulsa no es nueva en la historia argentina; es, de hecho,
un leitmotiv de nuestra dependencia. El establishment económico
ha demostrado históricamente una flexibilidad admirable en cuanto a las formas
políticas, siempre y cuando el contenido económico se mantenga incólume. La última
dictadura cívico-militar, el menemismo, el macrismo e incluso el albertismo han
sido, en distintos grados, alternativas admisibles para las elites. Lo que
estas experiencias tienen en común es que, en su momento, fueron funcionales a
la imposición de un orden macroeconómico específico, basado en la primacía
financiera, y la subordinación al capital global.
La gran
innovación –o victoria– del establishment en el ciclo actual ha sido la
internalización, por parte de una porción significativa de la clase política
tradicional y de amplios sectores sociales, de ciertos dogmas como si fueran
verdades técnicas incuestionables, despojándolos de su profundo contenido
político y social. El equilibrio fiscal a cualquier costo es
el emblema de este éxito.
Lo que en
cualquier manual serio de economía es un instrumento de política coyuntural –y
potencialmente recesivo– se ha convertido en un fetiche, en un sinónimo de
«buena gestión» per se, divorciado por completo de sus efectos sobre el nivel
de actividad, el empleo y el bienestar social. Esta aceptación acrítica del
ajuste como única ortodoxia posible es el cordón umbilical que permite imaginar
una transición «ordenada»: se puede cambiar a los actores en el escenario,
siempre y cuando no alteren el guion escrito por los acreedores
internacionales.
En este
contexto, el análisis del Instituto de
Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP) resulta luminoso al
señalar que la proscripción judicial de Cristina Fernández de Kirchner
trasciende por completo una mera pulseada política o un caso aislado de lawfare.
Representa la necesidad estructural de disciplinar judicialmente a todo el
sistema político tradicional. Cuando un modelo económico es incapaz de generar
consenso social, de construir legitimidad a través de resultados que beneficien
a las mayorías, y se sostiene únicamente en base a una frágil coalición de
intereses concentrados y represión del descontento, el mecanismo de la
competencia electoral se vuelve un riesgo inmanejable.
La democracia,
en su sentido sustantivo de soberanía popular para decidir el rumbo económico,
es un estorbo. Por lo tanto, es imperioso deslegitimar, judicializar y, de ser
posible, proscribir a cualquier fuerza opositora que, incluso de manera tibia,
represente una amenaza a la «hoja de ruta». No se persigue a Cristina Fernández
por sus supuestos delitos, sino por lo que representa. El
disciplinamiento se convierte así en la condición sine qua non para
la continuidad del programa de ajuste, una garantía de que, gane quien gane las
elecciones, las políticas centrales no variarán.
Como lo expone
con agudeza el doctor en ciencias sociales Alejandro Horowicz, esto explica la
paradoja de una «transición controlada». La oposición política, en su conjunto,
carece no solo de un modelo alternativo coherente, sino incluso de un conjunto
mínimo de medidas de política económica que se desmarquen del dogma imperante.
Su crítica es a menudo vacía, se centra en los «modales» y la «forma» del
Gobierno de Milei, pero no en el fondo de su programa. ¿El resultado? Una
lógica perversa pero impecable: cuando nadie en el arco opositor tiene una
alternativa real, todos, en esencia, terminan suscribiendo el mismo
programa, el dictado por el Fondo Monetario Internacional. La política
se reduce a una mera gestión de la austeridad con distintos estilos.
Dependiendo de
la velocidad a la que se degrade el modelo –una variable que hoy parece
acelerarse–, las elites ya están preparando sus planes B. Estas alternativas no
representan una ruptura, sino una «recarga» del mismo programa, pero con una
cara más presentable y modales menos agresivos. La economía, en este esquema,
deja de ser una ciencia para transformarse en el arte de las apariencias.
Por lo tanto,
se puede activar un «reset» del Gobierno. Se puede forzar una salida
anticipada a través de una asamblea legislativa o de una compleja coalición de
gobernadores. Pero las alternativas admisibles dentro de este juego son únicamente
aquellas que no alteren un ápice el orden macroeconómico impuesto.
Para
desentrañar la perversidad de este consenso social en torno al equilibrio
fiscal en un país con el 50% de su población en la pobreza, es necesario
realizar un desvío por la teoría económica clásica, específicamente por la obra
de John Maynard Keynes. En 1919, Keynes escribió «Las consecuencias
económicas de la paz» movido por la indignación. Había participado como
representante del Tesoro británico en las negociaciones del Tratado de
Versalles y renunció ante la imposibilidad de hacer entrar en razón a los
vencedores de la Primera Guerra Mundial, que impusieron a Alemania reparaciones
de una magnitud astronómica y mecánicamente imposibles de pagar. La vigencia de
su análisis para la Argentina de hoy no es una mera analogía; es un espejo casi
perfecto.
Keynes desnudó
la lógica simple pero mortal de una deuda denominada en moneda extranjera y el
problema de la transferencia interna. Un país que le debe a otro –o al FMI– en
dólares, no puede pagarle imprimiendo pesos. Necesita conseguir dólares.
Solo hay tres formas realistas de hacerlo:
1. Exportar más de lo que se importa: generar
un superávit comercial vendiendo bienes, servicios o recursos naturales al
mundo.
2. Endeudarse más: pedir prestados nuevos dólares
para pagar los viejos dólares que se deben, una espiral piramidal que solo
posterga y agrava el problema.
3. Vender el patrimonio: enajenar
los activos nacionales –empresas públicas, recursos naturales, tierras– a
compradores extranjeros que paguen en divisas (el programa máximo de las
privatizaciones).
El núcleo de su
argumento, y lo que es absolutamente central para Argentina, es el problema de
la «transferencia», un proceso de doble conversión que implica dos
fases críticas y terriblemente dolorosas:
Fase 1: la transferencia interna (o El superávit fiscal macabro)
Antes de poder
comprar dólares, el Estado debe reunir una enorme cantidad de su moneda local
(pesos). Para juntar esos pesos, no tiene más remedio que:
– Aumentar impuestos y/o reducir el gasto
público de manera brutal. Esto es la austeridad. En el
caso argentino, la narrativa de la «presión tributaria alta» –promovida por las
elites– ha servido para descartar casi por completo la vía de aumentar impuestos
a los sectores de mayor capacidad contributiva (renta financiera, grandes
fortunas, exportadores). Por lo tanto, el ajuste recae de manera abrumadora en
la segunda variable: el recorte del gasto.
Este esfuerzo
fiscal contractivo es el que crea el superávit primario: el
Gobierno, en pesos, recauda más de lo que gasta internamente. Pero este
superávit no es un signo de salud; es el síntoma de una hemorragia interna. Es
un «ahorro forzado» extraído de las entrañas de la economía doméstica. Para
lograrlo, el Gobierno:
– Elimina subsidios al transporte, la energía y
los servicios públicos. La nafta, el gas y la luz se vuelven artículos de lujo,
encareciendo toda la cadena de producción y el costo de vida.
– Recorta brutalmente los presupuestos de salud,
educación, ciencia y tecnología. Los hospitales públicos se quedan sin insumos,
las escuelas se caen a pedazos, los investigadores emigran.
– Congela pensiones y salarios de
estatales, que se desploman en términos reales frente a una inflación
galopante, profundizando la recesión al eliminar el poder de compra de la
población.
Fase 2: la transferencia externa (La conversión final)
Una vez que el
Estado ha logrado su «victoria» macabra –ha juntado miles de millones de pesos
empobreciendo a su población–, debe convertir esos pesos en dólares. Aquí surge
otro problema keynesiano: esa conversión masiva puede deprimir aún más el valor
de la moneda local, si las elites exportan y necesitan un tipo de cambio
devaluado, generando más inflación y haciendo, paradójicamente, que cada vez se
necesiten más pesos para comprar la misma cantidad de dólares. Finalmente, con
los dólares comprados gracias a un sistema extraccionista de exportaciones
privadas, el Gobierno realiza el pago puntual a sus acreedores internacionales.
El FMI, los
mercados financieros y los editorialistas del establishment felicitan al
Gobierno por su «disciplina fiscal» y su «compromiso con los compromisos». Es
la consagración de la apariencia. Keynes argumentaría, hoy como ayer, que este
esfuerzo no solo es moralmente obsceno en un país con índices de pobreza
récord, sino que es económicamente insostenible. Una población empobrecida y
una economía devastada no pueden generar la riqueza real necesaria para pagar
la deuda en el futuro. El superávit se logra no porque la economía sea más
eficiente y pujante, sino porque se ha empobrecido a su gente hasta el hueso.
El experimento
económico en curso en la Argentina va mucho más allá de un simple plan de
ajuste. Es parte de una ofensiva estratégica de mayor alcance cuyo objetivo
final es el vaciamiento definitivo de la democracia. En este nuevo
régimen, la soberanía popular queda confinada a elegir cada cuatro años entre
gestiones tecnocráticas que varían en su estilo, pero no en su sustancia, todas
ellas comprometidas con la misma hoja de ruta predefinida por los acreedores y
los grupos de poder económico. Las elecciones se convierten en meros mecanismos
de validación residual de una arquitectura de poder que se decide en otra
parte.
Lo más
llamativo, y quizás lo más trágico, es el grado en el que este relato ha sido
internalizado. La obsesión por el equilibrio fiscal como un fin en sí mismo,
desconectado de cualquier consideración sobre el desarrollo, el empleo o la
justicia social, es el triunfo supremo de la apariencia sobre la sustancia. Es
la victoria de una elite que ha logrado que se naturalice como sentido común
que el bienestar de los mercados de deuda es infinitamente más importante que
el bienestar de la mitad de la población que está bajo la línea de pobreza.
Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2025/09/21/argentina-el-espejismo-de-la-estabilidad/
La desmilitarización de la banda terrorista OTAN en Ucrania a fecha de hoy
La desmilitarización de la
banda terrorista OTAN en Ucrania a fecha de hoy
Diario octubre / septiembre 22, 2025
Los resultados de la operación especial de las Fuerzas Antifascistas contra el brazo armado del capital financiero estadounidense, la OTAN.
628 sistemas de defensa aérea S-300, Buk-M1 y Osa
25.198 tanques y otros blindados
29.777 cañones de artillería de campaña y morteros
1.592 lanzacohetes múltiples
667 aviones
283 helicópteros
84.483 drones
42.309 vehículos de diferentes tipos
Fuente:
Ministerio de Defensa de Rusia
Tomado de Sputnik
Si quieres
seguir de cerca cómo se desarrolla la operación en el campo, el mapa interactivo de
la agencia Spuntik te permite conocer la situación que se está viviendo día a
día.
*++
Macron y Zelensky…
Los halcones europeos
sacan pecho, fantaseando con una actividad militar imaginaria –y más en un
momento en que parece que EEUU está dispuesto a rebajar su presencia en la
OTAN– que no responde a nada real. En realidad, son declaraciones para consumo
interno.
Macron y Zelensky…
El Viejo Topo
22 septiembre, 2025
MACRON Y
ZELENSKY DAN LAS CIFRAS… PERO NO LOS NOMBRES
¿Cuántas
naciones europeas están dispuestas a enviar tropas a Ucrania para garantizar la
seguridad de Kiev? Las evaluaciones contradictorias dificultan una respuesta
precisa a esta pregunta.
De los
aproximadamente 30 miembros de la Coalición de los Dispuestos, 26 países se
han comprometido formalmente a desplegar una ‘fuerza de reaseguro’ en Ucrania y
a estar presentes en tierra, aire y mar, declaró Macron durante la
conferencia de prensa en el Palacio del Elíseo junto a Volodímir
Zelenski. «Esta fuerza no tiene como objetivo librar una guerra,
sino garantizar la paz «, declaró el presidente francés, Emmanuel
Macron, en la última cumbre de los «dispuestos».
El 5 de
septiembre, el presidente ucraniano Zelenski añadió que, como parte de las
«garantías de seguridad», los países extranjeros estarían dispuestos a enviar
miles de tropas a Ucrania. En una reunión con el presidente del Consejo
Europeo, Antonio Costa, el líder ucraniano afirmó que aún era prematuro debatir
los detalles de las garantías de seguridad, pero que el plan ya existe.
«El tema se
centrará en la coordinación entre países para la defensa aérea. Esto ya está en
marcha, con una evaluación del número de aeronaves y unidades. También se está
trabajando en la coordinación en el mar, y estamos analizando qué países están
dispuestos a desplegarse y qué están dispuestos a hacer», dijo Zelenski.
Se trata más o
menos de la misma declaración que hizo estos últimos días la presidenta de la
Comisión Europea, Ursula von der Leyen, según la cual Europa está desarrollando
«planes bastante precisos» para un despliegue multinacional de tropas en
Ucrania como parte de las garantías de seguridad de la posguerra.
La declaración
fue duramente criticada por el ministro de Defensa alemán, Boris
Pistorius. «Estos son temas que no se discuten antes de sentarse
a la mesa de negociaciones con las numerosas partes que tienen voz y voto. Yo
sería más cauteloso al comentar o confirmar tales consideraciones. Dejando de
lado que la Unión Europea no tiene mandato ni competencias en cuanto al
despliegue de tropas, sería muy cuidadoso al no confirmar ni
comentar tales consideraciones», declaró Pistorius.
El presidente
ucraniano también habló sobre las tropas extranjeras en territorio ucraniano y,
como es bien sabido, el asunto se está debatiendo actualmente con otros
países. «Sobre este tema, también hay información sobre el despliegue
de 10.000 soldados. No entraré en cifras, pero es importante que lo discutamos
entre todos. Habrá miles, y eso es un hecho, pero aún es pronto para hablar de
ello «, añadió.
En esta etapa
(por lo que se ha podido conocer) es difícil creer que estas fuerzas puedan ser
desplegadas en Ucrania después de un acuerdo de paz, ya que Moscú está
dispuesto a negociar pero ha puesto ciertas condiciones, incluida la ausencia
de fuerzas y bases de los países miembros de la OTAN en suelo ucraniano.
También es
difícil creer que los europeos puedan desplegar tropas y equipos en ausencia de
un acuerdo de paz, ya que dichas fuerzas serían consideradas «objetivos
legítimos» por el ejército ruso, como ha precisado Vladimir Putin en los
últimos días.
Sin embargo,
vale la pena señalar que el 6 de septiembre Zelensky, desde Copenhague,
escribió en X que “al lado de Kiev hoy está toda la Europa libre, América,
Canadá, Japón, Australia, Nueva Zelanda y otros socios de todo el mundo”.
Zelenski
agradeció a la Coalición de la Voluntad, compuesta por 26 países «dispuestos
a garantizar la seguridad de Ucrania mediante la acción», y añadió que
«antes de garantizar la paz, es necesario obligar a Rusia a hacerlo. Es
necesario hacer todo lo posible para que Moscú deje de rechazar todas las
iniciativas de paz y se dé cuenta de las consecuencias de prolongar esta
guerra. Para ello, son esenciales sanciones y aranceles enérgicos».
Las cifras de
Macron y Zelenski coinciden: los 26 «voluntarios» son los mismos «que se han
comprometido formalmente a desplegar una fuerza de reasentamiento en Ucrania y
a estar presentes sobre el terreno, en el cielo y en el mar «, según
indicó el presidente francés.
Las cifras
están convergiendo, pero no está claro a qué naciones se refieren, ya que casi
todas ellas en Europa parecen haber evitado la participación militar en
Ucrania.
Italia y Alemania han
reiterado repetidamente su renuencia a desplegar fuerzas militares. Los
líderes polacos han declarado que no enviarán tropas a Kiev ni
siquiera después de un acuerdo de paz. En los últimos
días, Eslovenia ha expresado su disposición a enviar tropas a Ucrania
solo bajo mandato de la ONU o tras un acuerdo unánime de la UE.
Estos eventos
son improbables porque, en la ONU, el veto de Rusia (y quizás también de China)
a dicha misión sería automático, y porque, dentro de la UE, habría oposición
de Eslovaquia y Hungría (que no enviarán tropas a Ucrania)
y, muy probablemente, también de otras naciones. Así pues, la «Coalición de los
Dispuestos» no existiría.
“Bulgaria no
enviará tropas a Ucrania como parte de la coalición, esta es una decisión de
nuestro parlamento”, declaró el primer ministro Rossen Zheliazkov el 5
de septiembre, añadiendo que “la participación de Bulgaria se llevará a cabo
a través de buques auxiliares de lucha contra minas, aeródromos y otras
infraestructuras”.
Ese mismo día,
el presidente rumano , Nicusor Dan, declaró que Rumanía no enviará
tropas a Ucrania, pero está dispuesta a apoyar las operaciones de mantenimiento
de la paz después de un posible acuerdo final o alto el fuego.
Dan enfatizó
que muchos países geográficamente cercanos a Rusia comparten la posición de
Rumanía. «Como ya lo hemos hecho, apoyaremos logísticamente todas las
operaciones de mantenimiento de la paz con nuestras bases. Sin embargo, esto
solo será posible una vez que logremos la paz o, al menos, un alto el fuego «,
explicó Dan.
Grecia tampoco tiene
previsto enviar tropas a Ucrania como parte de sus garantías de seguridad,
según el portavoz del gobierno griego, Pavlos Marinakis. « Por el
momento, no existe tal opción. Y no hay nada planeado».
Suecia , por
su parte, está dispuesta a contribuir a garantizar la seguridad de Ucrania,
incluso mediante su apoyo militar. El primer ministro Ulf Kristersson lo
declaró en una entrevista: «Podríamos participar en diversos tipos de
vigilancia aérea. También contamos con capacidades navales que podrían resultar
significativas», declaró Kristersson, enfatizando que el objetivo principal
es garantizar que Ucrania sea capaz de garantizar su propia defensa.
Nadie habla de
«soldados sobre el terreno «, ni siquiera los suecos. Al fin y al
cabo, con un ejército
de tan solo 6.800 soldados, ¿cuántos podrían enviar a defender
las hipotéticas nuevas fronteras de Ucrania? Además, ¿cuántos buques de la
Armada Real Sueca podrían transferirse del mar Báltico al mar Negro?
El primer
ministro Andrej Plenkovic rechazó la idea de que Croacia pudiera
enviar soldados a Ucrania o incluso que Zagreb lo solicitara, mientras que el
presidente lituano Gitanas Nauseda dijo que estaba dispuesto a
contribuir a una misión de paz en Ucrania » con tantos soldados como el
Parlamento permita para el mantenimiento de la paz, e incluso con equipo
militar».
En este punto,
queda por ver si los líderes de las naciones mencionadas han hecho
declaraciones tranquilizadoras para la opinión pública nacional pero en
realidad se están preparando para hacer lo contrario de lo que afirmaron, o si
en cambio Macron y Zelensky han proporcionado cifras poco fiables.
En resumen,
¿están dispuestos a jugar al escondite o los presidentes ucraniano y francés
exageran?
En futuras
declaraciones, sería útil (también para los ciudadanos europeos) que los
interesados proporcionaran no solo la cifra total, sino también los nombres de las naciones «dispuestas» a enviar sus tropas a Ucrania.
Considerando que luchamos por la democracia, un poco de transparencia no
vendría mal.
Fuente: Analisi Difesa
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domingo, 21 de septiembre de 2025
Las prácticas racistas son sistemáticas dentro de las policías europeas
Las prácticas racistas son sistemáticas dentro de las policías europeas
Diario octubre / septiembre 21, 2025
La Comisión de Igualdad y Derechos Humanos de Reino Unido ha advertido que la técnica de reconocimiento facial en vivo (LFR, Live Facial Recognition) utilizado por la policía es ilegal, ya que no respeta los derechos humanos.
La Comisión es
un organismo público independiente encargado de promover y hacer cumplir las
leyes de igualdad y derechos humanos en Reino Unido.
El
reconocimiento facial captura los rostros de las personas por medio de cámaras
CCTV (circuito cerrado de televisión) en tiempo real. La técnica permite a la
policía introducirse masivamente en la intimidad de las personas, pudiendo provocar
alertas falsas y con un impacto desproporcionado sobre los negros.
Los portavoces
oficiales de la policía prometen el oro y el moro. Aseguran que en lo sucesivo
los errores actuales no se repetirán, pero lo único cierto es que hacen lo que
les da la gana. La vigilancia es aleatoria, masiva e indiscriminada.
En julio la
ministra del Interior, Yvette Cooper, defendió los planes de expandir el
reconocimiento facial por todo el país. Ahora esta técnica se usará en Londres
hasta 10 veces por semana en cinco días, frente a las cuatro veces a la semana
actuales a lo largo de dos días.
La
proliferación del reconocimiento facial en vivo, sin ninguna legislación que
regule su uso, es una de las preocupaciones más apremiantes en Reino Unido hoy
en día. Convierte los rostros en códigos de barras y trata a la sociedad como
sospechosos.
La Comisión
denuncia la falta de normas claras que regulen cuándo y cómo se puede usar esta
técnica y el posible efecto intimidatorio sobre la libertad de expresión o de
reunión, sobre todo cuando se utiliza en las manifestaciones y protestas, como
es habitual. Este año la policía ha realizado reconocimientos faciales en vivo
incluso en el Carnaval de Notting Hill durante el fin de semana festivo del mes
de agosto.
‘La cara es el
espejo del alma’
En febrero del año pasado un reconocimiento facial de la policía identificó a Shaun Thompson, como un criminal en busca y captura. Fue retenido durante 20 minutos en la estación de London Bridge.
Shaun Thompson
Thompson ni era
un criminal ni estaba buscado. La policía y el algoritmo se equivocaron. Es un
educador de calle de 38 años, pero es negro. Su aspecto es de esos que la
policía persigue con ahínco por los barrios de cualquier capital europea. El
objetivo es detenerlos a todos poco a poco y pedirles los papeles porque “la
cara es el espejo del alma”. Seguro que quien sale a la calle con ese aspecto,
algo malo ha hecho.
En realidad,
ocurre al revés, porque los que hacen algo malo son siempre los policías. Este
verano, por primera vez, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha condenado a
Francia por un control de identidad discriminatorio de la policía. La decisión
ha reavivado el debate sobre las prácticas represivas de la policía y la lucha
contra la discriminación racial.
La policía retuvo
a Karim Touil en octubre de 2023 durante una manifestación en Angulema. El
Tribunal dictaminó que se trataba de un control de identidad discriminatorio
realizado por la policía francesa por motivos raciales.
Touil lo
denunció porque estaba harto. En 2011 se había tenido que someter a tres
controles de identidad en un plazo de diez días. En su sentencia, el Tribunal
de Estrasburgo señaló que la policía no presentó ninguna justificación para que
Touil padeciera ninguno de los controles de identidad.
En el caso de
Touil, dice la sentencia, existe “una presunción de trato discriminatorio en su
contra, que el gobierno [francés] no ha refutado”. Por lo tanto, la policía
había violado el artículo 14 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, relativo
a la prohibición de la discriminación, en relación con el artículo 8 que
protege la vida privada y familiar.
Francia debe
indemnizar a Touil con 3.000 euros por “daños morales” porque en Europa la
moral se cotiza muy barata.
Si los detienes
a todos siempre aciertas con alguno
La denuncia de
Touil se sumó a las de otros cinco porque las prácticas racistas son
sistemáticas dentro de las policías europeas. La proporción de personas
sometidas a controles de identidad aumentó significativamente en Francia entre
2016 y 2024, según una encuesta de la Defensora de los Derechos Humanos, en la
que entrevistó a 5.030 personas.
El año pasado
el 26 por cien de los encuestados declaró haber sido interpelado por la policía
al menos una vez en los últimos cinco años, en comparación con el 16 por cien
en 2016. La encuesta revela que los jóvenes percibidos como árabes, negros o
magrebíes tienen cuatro veces más probabilidades de ser sometidos a al menos un
control de identidad que el resto de la población y 12 veces más probabilidades
de ser sometidos a un control más exhaustivo, como un cacheo corporal.
Más de la mitad
de los encuestados declaró que la policía no les había dado ninguna explicación
de los motivos de su retención y el 19 por cien de ellos denunció un
comportamiento inapropiado por parte de los policías durante el control de
identidad, como insultos, provocaciones y malos tratos.
A la luz de
aquellos resultados, la Defensora de los Derechos Humanos, Claire Hedon,
propuso varias recomendaciones, entre ellas la trazabilidad de los controles de
identidad para que las personas interpeladas tengan la oportunidad de obtener
alguna reparación, especialmente en caso de denuncia por discriminación racial.
Fuente: mpr21.info







