sábado, 15 de abril de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA (16 / 25)


León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

Tomo II

 
  marxists.or

Capitulo XVI

La cuestión nacional

 
 
La lengua es el instrumento más importante de contacto entre los hombres y, por tanto, de vinculación de la economía. Se convierte en lengua nacional con la victoria de la circulación mercantil que unifica una nación. Sobre esta base se establece el Estado nacional, que es el terreno más cómodo, ventajoso y normal para las relaciones capitalistas. Si dejamos a un lado la lucha de los Países Bajos por la independencia y el destino de la Inglaterra insular, la época de la formación de las naciones burguesas en Europa occidental ha comenzado con la gran Revolución francesa, y en lo esencial termina aproximadamente un siglo después con la constitución del Imperio alemán.
Pero ya en el período en que el Estado nacional en Europa había dejado de absorber las fuerzas de producción y se desarrollaba como Estado imperialista, en Oriente -Persia, los Balcanes, China e India- se estaba en el comienzo de la era de las revoluciones nacional democráticas, cuyo impulso inicial fue dado por la Revolución rusa de 1905. La guerra de los Balcanes de 1912 representa el fin de la formación de los Estados nacionales en el sudeste de Europa. La guerra imperialista que siguió completó de pasada la obra incompleta de las revoluciones nacionales europeas, al producir el desmembramiento de Austria-Hungría, la creación de una Polonia independiente y de Estados limítrofes que se desprendieron del Imperio de los zares.
Rusia no estaba constituida como un Estado nacional, sino como un Estado de nacionalidades. Ello correspondía a su carácter atrasado. Sobre la base de una agricultura extensiva y un artesonado de aldea, el capital comercial, en vez de desarrollarse en profundidad, transformando la producción, lo hacía en extensión, acrecentando el radio de sus operaciones. El comerciante, el propietario y el funcionario se desplazaban del centro a la periferia, acompañando la dispersión de los campesinos, y buscando nuevas tierras y exenciones fiscales, penetraban en nuevos territorios, donde se encontraban poblaciones todavía más atrasadas. La expansión del Estado era fundamentalmente la expansión de una economía agrícola, la cual, pese a su primitivismo, revelaba una superioridad sobre los nómadas del sur y de Oriente. El Estado de castas y de burocracia que se forma sobre esa base inmensa y ampliada constantemente llegó a ser lo suficientemente poderoso como para someter a ciertas naciones de Occidente que, aunque de cultura más avanzada, eran incapaces, por su reducida población o sus crisis internas, de defender su independencia (Polonia, Lituania, provincias bálticas, Finlandia).
A los setenta millones de gran rusos que constituían el macizo central del país se añadieron gradualmente unos noventa millones de "alógenos", que se dividían claramente en dos grupos: los occidentales, superiores a los gran rusos por su cultura, y los orientales, de un nivel inferior. Así se constituyó un Imperio en el que la nacionalidad dominante no representaba más que el 43 por 100 de la población, mientras que el 57 por 100 (de los cuales el 17 por 100 de ucranianos, 6 por 100 de polacos, 4,5 por 100 de rusos blancos) correspondían a nacionalidades diversas tanto por su nivel cultural como por su desigualdad de derechos.
Las ávidas exigencias del Estado y la indigencia de la clase campesina bajo las clases dominantes engendraron las formas más feroces de explotación. La opresión nacional en Rusia era infinitamente más brutal que en los Estados vecinos, no sólo en la frontera occidental, sino incluso en la frontera oriental. El gran número de naciones lesionadas en sus derechos y la gravedad de su situación jurídica daban una fuerza explosiva enorme al problema nacional en la Rusia zarista.
Mientras que en los Estados de nacionalidad homogénea, la revolución burguesa desarrollaba poderosas tendencias centrípetas, representadas bajo el signo de una lucha contra el particularismo como en Francia, o contra la fragmentación nacional como en Italia y Alemania, en los Estados heterogéneos tales como Turquía, Rusia, Austria-Hungría, la revolución retrasada de la burguesía desencadenaba, al contrario, las fuerzas centrífugas. A pesar de la evidente oposición de estos procesos, expresados en términos de mecánica, su función histórica es la misma en la media en que los casos se trata de utilizar la unidad nacional como un importante receptáculo económico: esto exigía realizar la unidad de Alemania y por el contrario el desmembramiento de Austria-Hungría.
Lenin había calculado con suficiente anticipación el carácter inevitable de los movimientos nacionales centrífugos en Rusia, y durante años había luchado obstinadamente, especialmente contra Rosa Luxemburgo, por el famoso párrafo 9 del viejo programa del partido, que formulaba el derecho de las naciones a disponer de sí mismas, es decir, a separarse completamente del Estado. Con ello, el partido bolchevique no se comprometía de ningún modo a hacer propaganda separatista. A lo único que se comprometía era a luchar con intransigencia contra todo tipo de opresión nacional, incluyendo la retención por la fuerza de cualquier nacionalidad en los límites de un Estado común. Sólo por este camino el proletariado ruso pudo conquistar gradualmente la confianza de las nacionalidades oprimidas.
Pero esto es sólo uno de los aspectos del problema. La política de bolchevismo en la cuestión nacional tenía otro aspecto, que, aunque aparentemente estaba en contradicción con el primero, lo completaba en realidad. En el marco del partido, y en general de las organizaciones obreras, el bolchevismo aplicaba el más riguroso centralismo, luchando implacablemente contra todo contagio nacionalista susceptible de enfrentar o dividir a los obreros.
Negando rotundamente el derecho al Estado burgués de imponer a una minoría nacional una residencia forzosa o incluso una lengua oficial, el bolchevismo estimaba al mismo tiempo como una tarea sagrada ligar, lo más estrechamente posible, en un gran todo a los trabajadores de diferentes nacionalidades mediante una disciplina de clase voluntaria. Así se rechazaba pura y simplemente el principio nacional federativo de la estructura del partido. Una organización revolucionaria no es el prototipo del Estado futuro, es únicamente el instrumento para crearlo. La herramienta debe ser adecuada para la fabricación del producto, pero de ningún modo debe asimilarse a él. únicamente una organización centralista puede asegurar el éxito de la-lucha revolucionaria incluso cuando se trata de destruir la opresión centralista sobre las naciones.
Para las naciones oprimidas de Rusia, derribar a la monarquía significaba necesariamente realizar una revolución nacional. Sin embargo, también aquí se manifestó lo mismo que se había producido en todos los aspectos del régimen de Febrero: la democracia oficial, ligada por su dependencia política a la burguesía imperialista, fue absolutamente incapaz de destruir las trabas del pasado. Estimando incontestable su derecho a regir a las demás naciones, continuaba defendiendo con obstinación las fuentes de riqueza, de fuerza e influencia que aseguraban a la burguesía gran rusa su situación dominante. La democracia conciliadora se limitó a interpretar las tradiciones de la política nacional del zarismo con el lenguaje de una retórica emancipadora: se trataba ahora de defender la unidad de la revolución. Pero la coalición dirigente tenía otro argumento más fuerte: las consideraciones derivadas de su situación de guerra. Esto significaba que los esfuerzos de emancipación de las diversas nacionalidades eran presentados como la obra del Estado Mayor austroalemán. También aquí los kadetes eran los primeros violines y los conciliadores el acompañamiento.
Por supuesto, el nuevo poder no podía dejar intacta la abominable procesión de ultrajes medievales infringidos a los alógenos. Pero esperaban limitarse -y trataban de conseguirlo- simplemente a la abolición de las leyes de excepción contra las diversas naciones, es decir: al establecimiento de una igualdad aparente entre los diversos sectores de la población frente a la burocracia del Estado gran ruso.
La igualdad formal de derechos jurídicos favorecía sobre todo a los israelitas: el número de leyes que limitaban sus derechos alcanzaba la cifra de seiscientas cincuenta leyes. Además, como nacionalidad exclusivamente urbana y una de las más dispersas, los judíos no podían pretender una independencia en el Estado, ni tan siquiera una autonomía territorial. En cuanto a la proyectada "autonomía nacional cultural" que debía unir a los judíos de todo el país en torno a sus escuelas y otras instituciones, esta utopía reaccionaria, que diversos grupos judíos habían recogido del teórico austríaco Otto Bauer, se derritió desde el primer día de la libertad como la cera bajo los rayos del sol.
Pero la revolución es precisamente una revolución porque no se contenta con limosnas ni con pagos a plazos. La anulación de las restricciones más vergonzosas establecía en la forma la igualdad de los ciudadanos, independientemente de la nacionalidad; pero con ello se manifestaba más vivamente la desigualdad de los derechos jurídicos entre las mismas naciones, dejándolas a la mayor parte en situación de hijas legítimas o adoptivas del Estado gran ruso.
La igualdad de derechos civiles no significaba nada para los fineses, que no buscaban la igualdad con los rusos, sino su independencia de Rusia. No aportaba nada a los ucranianos, que anteriormente no habían conocido ninguna restricción, pues se les había declarado rusos a la fuerza. No cambiaba nada la situación de los letones y de los estonianos, aplastados por la gran propiedad alemana y por la ciudad rusoalemana. No aliviaba lo más mínimo la suerte de las tribus y de los pueblos atrasados de Asia, mantenidos en el abismo de la carencia total de derechos jurídicos, no por restricciones, sino por las cadenas de una servidumbre económica y cultural. La coalición liberal conciliadora no quería ni plantearse estas cuestiones. El Estado democrático seguía siendo el mismo Estado del funcionario gran ruso que no estaba dispuesto a ceder su puesto a nadie.
A medida que la revolución ganaba más ampliamente a las masas en la periferia, aparecía más claramente que la lengua oficial era allí la de las clases dominantes. El régimen de la democracia formal, debido a su libertad de prensa y reunión, daba lugar a que las nacionalidades oprimidas y atrasadas sintieran todavía más profundamente hasta qué punto estaban privadas de los medios más elementales de desarrollo cultural: escuelas, tribunales y funcionarios propios. La postergación de los problemas a la futura Asamblea constituyente no hacía más que exacerbar los ánimos; en definitiva, la Asamblea estaría dominada por los mismos partidos que había creado el gobierno provisional, que seguían manteniendo las tradiciones de los rusificadores, y marcando de forma tajante hasta qué límite las clases dominantes estaban dispuestas a llegar.
Finlandia se transformó rápidamente en una espina clavada en el cuerpo del régimen de Febrero. Debido a la gravedad del problema agrario, que afectaba en Finlandia a los torpari, es decir a los pequeños arrendatarios oprimidos, los obreros industriales que sólo representaban el 14 por 100 de la población arrastraron tras sí a la aldea. El Seim finés [la Dieta] llegó a ser el único parlamento en el que los socialdemócratas obtuvieron la mayoría: 103 sobre 200 escaños de diputados. Después de haber proclamado por la ley del 5 de junio la soberanía de Seim, excepto en las cuestiones concernientes al ejército y a la política exterior, la socialdemocracia finesa se dirigió "a los partidos hermanos de Rusia" para obtener su apoyo. Pronto descubrió que el recurso estaba mal destinado. El gobierno se puso al margen, dejando libertad de acción "a los partidos hermanos". Una delegación dirigida por Cheidse, enviada para sermonear, volvió' de Helsingfors sin haber obtenido el menor resultado. Entonces, los ministros socialistas de Petrogrado, Kerenski, Chernov, Skobelev, Tsereteli, decidieron liquidar al régimen socialista de Helsingfors por la violencia. El jefe de Estado Mayor del Gran Cuartel general, el monárquico Lukomski, advirtió a las autoridades civiles y a la población que si se producía alguna manifestación contra el ejército ruso, "sus ciudades, empezando por Helsingfors, serían devastadas". Después de haber preparado el terreno de este modo, el gobierno proclamó la disolución del Seim en un solemne manifiesto, cuyo estilo parecía plagiado de la monarquía y puso a las puertas del parlamento finés a soldados rusos traídos del frente el mismo día en que comenzaba una ofensiva. Así, en su camino hacia octubre, las masas rusas recibieron una buena lección que les enseñaba el lugar convencional que ocupaban los principios democráticos en la lucha de clases.
Las tropas revolucionarias de Finlandia adoptaron una postura digna ante el desenfreno nacionalista de los dirigentes. El Congreso regional de los soviets que se celebró en Helsingfors en la primera quincena de septiembre declaró: "Si la democracia finesa juzga necesario reanudar las sesiones del Seim, el Congreso considerará actos contrarrevolucionarios todas las tentativas que se opongan a esta medida." Era un ofrecimiento directo de asistencia militar. Pero la socialdemocracia finesa, en la que predominaban las tendencias conciliadoras, no estaba dispuesta a emprender la vía insurreccionar. Las nuevas elecciones, que tuvieron lugar bajo la amenaza de una nueva disolución, aseguraron a los partidos burgueses, con cuyo asentimiento el gobierno había disuelto el Seim, una pequeña mayoría: 108 votos sobre 200.
Pero en esta Suiza del norte, en este país de montañas de granito y propietarios avaros, empiezan a plantearse en primera línea problemas internos que llevan inevitablemente a la guerra civil. La burguesía finesa prepara semipúblicamente a sus cuadros militares. Al mismo tiempo se constituyen las células secretas de la Guardia roja. La burguesía se dirige a Suecia y Alemania para conseguir armas e instructores. Los obreros encuentran apoyo en los soldados rusos. Al mismo tiempo, en los círculos burgueses, que la víspera estaban dispuestos a entenderse con Petrogrado, se refuerza el m