jueves, 16 de marzo de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA (14/23)

León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

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Capitulo XIV

Los gobernantes y la guerra.

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

¿Qué se proponían hacer con esta guerra y con este ejército el gobierno provisional y el Comité ejecutivo?

Ante todo, hay que comprender la política de la burguesía liberal, ya que era ella la que desempeñaba el papel predominante. Exteriormente, la política guerra del liberalismo seguía siendo una política patriótica y agresiva, anexionista, intransigente. En realidad, era una política llena de contradicciones y desleal, que no tardó en convertirse en derrotista.

«Si no hubiera habido la revolución, la guerra se hubiera perdido de todos modos, aun sin la revolución, y es casi seguro que se hubiese concertado una paz separada», escribía más tarde Rodzianko, cuyos juicios no se distinguían por su originalidad, razón por la cual expresaban bastante bien la opinión más extendida entre los elementos liberales conservadores. La sublevación de los batallones de la Guardia no auguraba a las clases poseedoras un triunfo exterior, sino una derrota interior. Y los liberales eran quienes menos ilusiones podían hacerse en este punto, puesto que habían previsto el peligro y luchaban contra él como podían. El inesperado optimismo revolucionario de Miliukov, que declaraba que la revolución no era más que un paso dado hacia la victoria, era, en realidad, el último recurso del desesperado. El problema de la guerra y la paz dejaba de ser, en sus tres cuartas partes, para los liberales, un problema especial. Presentían que no iba a serles dado explotar la revolución a favor de la guerra, y por esto les planteaba de un modo tanto más imperioso otro objetivo: explotar la guerra contra la revolución.

Ante los caudillos de la burguesía rusa planteábanse también, evidentemente, en aquellos momentos, las cuestiones referentes a la situación internacional de Rusia después de la guerra: las deudas y los nuevos empréstitos, los mercados de capitales y de productos. Pero no eran estas cuestiones las que de un modo inmediato informaban su política. Se trataba, no de obtener las condiciones internacionales más ventajosas para la Rusia burguesa, sino de sacar a flote el propio régimen burgués aunque fuera a costa de dejar maltrecha a Rusia para lo futuro. «Ante todo, repongámonos -decía esta clase, herida de muerte-; después, ya veremos de poner las cosas en orden.» Y «reponerse» significaba liquidar la revolución.

Atizar el hipnotismo de la guerra y el estado de espíritu chauvinista era lo único que daba a la burguesía la posibilidad de aliarse políticamente con las masas, ante todo con el ejército, contra los que pretendían llevar adelante la revolución. La aspiración consistía en presentar al pueblo la guerra, herencia del zarismo, con sus aliados y objetivos zaristas, como una nueva guerra en defensa de las conquistas y las esperanzas revolucionarias. Caso de conseguirlo -¿cómo?-, el liberalismo contaba firmemente con poder volver contra la revolución la opinión pública patriótica que ayer le sirviera contra la pandilla rasputiniana. Y si no se podía salvar a la monarquía como suprema instancia contra el pueblo, urgía doblemente aferrase a los aliados: durante la guerra, la Entente representaba, desde luego, una instancia de apelación incomparablemente más poderosa que hubiera podido ser una monarquía propia.

La continuación de la guerra justificaría la conservación del aparato militar y burocrático del zarismo, el aplazamiento de la Asamblea constituyente, la subordinación del interior revolucionario al frente, o, lo que es lo mismo, a los generales que formaban un frente único con la burguesía liberal. Todos los problemas interiores, y muy principalmente el problema agrario, y toa la legislación social, se aplazaban hasta la terminación de la guerra, que, a su vez, se aplazaba hasta la consecución de una victoria en la que los liberales, por su parte, no creían. Y así, la guerra destinada a agotar al enemigo se convertía en una guerra destinada a agotar a la revolución. Es posible que no fuera éste un plan definido, meditado y deliberado cuidadosamente en las sesiones oficiales. Pero ¡para qué! Este plan se desprendía lógicamente de toda la política anterior del liberalismo y del estado de cosas creado por la revolución.

Obligado a abrazar el camino de la guerra, Miliukov no tenía, naturalmente, por qué renunciar de antemano a llevar su parte en el botín. No olvidemos que la esperanza de que triunfasen los aliados seguía siendo muy grande y había aumentado extraordinariamente al entrar los Estados Unidos en la guerra. Es verdad; la Entente era una cosa y Rusia otra. Los jefes de la burguesía rusa habían aprendido a comprender, en el transcurso de la guerra, que dada la debilidad económica y militar de Rusia, el triunfo de los aliados sobre los imperios centrales tenía que convertirse inevitablemente en su triunfo sobre Rusia, que, fueren cuales fueren las variantes posibles, saldría irremediablemente de la guerra quebrantada y debilitada. Pero los imperialistas liberales habían decidido cerrar conscientemente los ojos ante esta perspectiva. Cierto es que tampoco les quedaba ya otro recurso. Guchkov declaraba sin ambages a sus amigos que sólo un milagro podía salvar a Rusia, y que la esperanza en este milagro era todo su programa como ministro de la Guerra. Para su política interior, Miliukov necesitaba el mito de la victoria. No nos importa saber hasta qué punto creía él personalmente en el triunfo; desde luego, afirmaba tenazmente que Constantinopla sería nuestra. Además, obraba con el cinismo que le era peculiar. El 20 de marzo, el ministro de Negocios Extranjeros trató de persuadir a los embajadores aliados de que se traicionara a Servia, arrancando de este modo la traición de Bulgaria contra los imperios centrales. El embajador francés arrugó el ceño. Pero Miliukov insistió en la «necesidad de renunciar en aquella gestión a las consideraciones sentimentales» y, al mismo tiempo, al neoesclavismo que él mismo había predicado desde los tiempos de la derrota de la primera revolución. Ya Engels escribía a Bernstein en 1882: «¿A qué se reduce todo el charlatanismo paneslavista? A la toma de Constantinopla, y nada más.»

Aquella acusación de germanofilia, más aún de venalidad a los alemanes, que todavía ayer se esgrimía contra la camarilla palaciega, esgrimíase ahora contra la revolución. Conforme pasaban los días, más audaz, clara e insolentemente resonaba esta nota en los discursos y artículos del partido kadete. Antes de apoderarse de las aguas turcas, el liberalismo enturbiaba las fuentes y envenenaba los pozos de la revolución.

Pero no todos los líderes liberales, ni mucho menos, ni todos desde luego de un modo inmediato, adoptaron después de la revolución una actitud de intransigencia ante la guerra. Muchos de ellos se movían aún dentro de la atmósfera del estado de espíritu prerrevolucionario, y enfocaban la perspectiva de una paz separada. Posteriormente, algunos de los dirigentes kadetes hablaban de esto con completa franqueza. El mismo Nabokov ha confesado que ya el 7 de marzo habló de una paz separada con los miembros del gobierno. Algunos elementos del Centro directivo del partido kadete intentaron demostrar colectivamente a su jefe la imposibilidad de continuar la guerra. «Miliukov, con el cálculo frío que le era habitual, demostró -según cuenta el barón de Nolde- que no había más remedio que alcanzar los objetivos de la guerra. El general Alexéiev, que en aquel período se había acercado a los kadetes, apoyaba a Miliukov, afirmando que «el ejército puede ser levantado». Y por lo visto estaba llamado a levantarlo este gran organizador de todas las calamidades del Cuartel general.

Algunos liberales y demócratas, más cándidos, no comprendían la orientación de Miliukov y le consideraban como el hidalgo defensor de la lealtad y la nobleza para con los aliados, como una especie de Don Quijote de la Entente. ¡Disparatado! Después de la toma del poder por los bolcheviques, Miliukov no vaciló ni un instante en dirigirse a Kiev, ocupado entonces por los alemanes, y proponer sus servicios al gobierno de los Hohenzollern, que, a decir verdad, no se dio gran prisa en aceptarlos. El fin inmediato que perseguía Miliukov era precisamente obtener para luchar contra los bolcheviques aquel mismo «oro alemán» con cuyo fantasma había intentado antes mancillar la revolución. A muchos liberales, las apelaciones de Miliukov a Alemania en 1918 les parecieron tan incomprensibles como en los primeros meses de 1917 su programa de destrucción del imperio germano. Aquellas dos conductas no eran más que el anverso y el reverso de la misma medalla. Al disponerse a traicionar a los aliados, como antes a Servia, Miliukov no se traicionaba a sí mismo ni traicionaba a su clase, sino que practicaba consecuentemente la misma política; si su facha no era muy decorosa, no se le culpe a él. Al tantear, todavía bajo el zarismo, el camino de la paz separada, con el fin de evitar la inminente revolución; al exigir la guerra hasta el fin para liquidar la revolución de Febrero, como luego, al buscar la alianza con los Hohenzollern para derribar la revolución de Octubre, Miliukov permanecía siempre fiel a los intereses de los poseedores. Y si no pudo hacer nada en su favor, estrellándose a cada uno de estos intentos contra una nueva muralla, fue porque sus mandantes no tenían salvación.

Lo que Miliukov echaba amargamente de menos en los días que siguieron al alzamiento revolucionario fue una ofensiva enemiga, un buen garrotazo alemán asestado en la cabeza de la revolución. Por desgracia suya, los meses de marzo y abril eran poco propicios en el frente ruso, por las condiciones del clima, para operaciones de gran envergadura. Y sobre todo, los alemanes, cuya situación era cada día más grave, habían decidido después de grandes vacilaciones, entregar la revolución rusa a su suerte interior. Sólo el general Lisingen desplegó en Stojod, el 20 y 21 de marzo, una iniciativa personal. El é