miércoles, 22 de marzo de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCION RUSA 18 de 23

León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

  

Capitulo XVIII

La primera coalición

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

A pesar de todas las teorías, declaraciones y rótulos oficiales, la realidad era que el poder del gobierno provisional sólo existía ya sobre el papel. La revolución, haciendo caso omiso de los obstáculos que le oponía la llamada democracia, seguía avanzando, ponía en movimiento a nuevas masas, robustecía los soviets, armaba, aunque de un modo muy incompleto, a los obreros. Los comisarios locales del gobierno y los «comités sociales» que funcionaban en torno suyo, y en los cuales predominaban casi siempre los representantes de las organizaciones burguesas, veíanse desplazados por los soviets, como la cosa más natural del mundo y sin el menor esfuerzo. Y si por acaso los agentes del poder central se obstinaban, surgían conflictos agudos, y los comisarios acusaban a los soviets locales de no reconocer al poder central. La prensa burguesa ponía el grito en el cielo, clamando que Kronstadt, Schulselburg o Tsaritin se habían separado de Rusia para convertirse en repúblicas independientes. Los soviets locales protestaban contra este absurdo. Los ministros se inquietaban. Los socialistas gubernamentales visitaban los pueblos persuadiendo, amenazando, dando excusas a la burguesía. Pero todo esto no modificaba el verdadero balance de las fuerzas. El carácter ineluctable de los procesos que minaban el régimen de la dualidad de poderes se patentizaba en el hecho de que, aunque en distintas proporciones, se desarrollasen en todo el país. De órganos de vigilancia y fiscalización, los soviets convertíanse en órganos de gobierno, no se avenían a teoría alguna de división de poderes y se inmiscuían en la dirección del ejército, en los conflictos económicos, en los conflictos de subsistencias, en las cuestiones de transporte y hasta en los asuntos judiciales. Presionados por los obreros, los soviets decretaban la jornada de ocho horas, destituían a los funcionarios que se distinguían por su reaccionarismo, hacían dimitir a los comisarios menos gratos del gobierno provisional, llevaban a cabo detenciones y registros, suspendían las publicaciones enemigas. Obligados por las dificultades, cada día más agudas, de abastecimiento y por la gran penuria de mercancías, los soviets principales abrazaban la senda de las tasas, decretaban la prohibición de exportar fuera de los límites de cada provincia, ordenaban la requisa de todos los víveres almacenados. Pero al frente de los organismos soviéticos se hallaban, casi en todas partes, elementos socialrevolucionarios y mencheviques, que rechazaban indignados la consigna de los bolcheviques: «¡Todo el poder, a los soviets!»
En este sentido, ofrece gran interés la actuación del Soviet de Tiflis, situado en el corazón mismo de la Gironda menchevista, que dio a la revolución de Febrero jefes como Tsereteli y Cheidse, brindándoles luego un refugio, cuando se hubieron gastado sin remisión en Petrogrado. El Soviet de Tiflis, dirigido por Jordania, futuro jefe de la Georgia independiente, veíase precisado a pisotear a cada paso los principios que imperaban en el partido de los mencheviques, obrando por su cuenta como poder. El Soviet confiscó para sus necesidades una imprenta particular, llevó a cabo detenciones, concentró en sus manos los sumarios y la tramitación de los procesos políticos, racionó el pan, tasó los productos alimenticios y los artículos de primera necesidad. El abismo entre la doctrina oficial y la realidad viva, patente ya desde los primeros días, fue acentuándose más y más en el transcurso del mes de marzo.
En Petrogrado, por lo menos, observaban el decoro de las formas, aunque no siempre, como hemos visto. Pero las jornadas de abril se encargaron de levantar de un modo bastante inequívoco el telón detrás del que se escondía el gobierno provisional, poniendo de manifiesto que ni en la capital contaba éste con un punto de apoyo serio. En los últimos días de abril, el gobierno se hallaba en evidente decadencia. «Kerenski decía apesadumbrado que el gobierno ya no existía, que no funcionaba, que se limitaba a examinar la situación.» (Stankievich.) En general, puede decirse que este gobierno, hasta las jornadas de Octubre, no sabía más que ponerse en crisis en cuanto se planteaba cualquier conflicto grave, y en los intervalos... vegetar. Se pasaba la vida «examinando su situación», y no le quedaba tiempo para ocuparse de ningún asunto.
Para salir de esta crisis, provocada por el ensayo hecho en abril de los combates que se avecinaban, se concebían teóricamente tres salidas. Cabía que el poder pasase íntegramente a manos de la burguesía, lo cual no podría conseguirse más que mediante una guerra civil; Miliukov lo intentó, pero fracasó. Otra solución era entregar todo el poder a los soviets: para conseguir esto, no hacía falta ninguna guerra civil, basta con alargar la mano, con quererlo. Pero los conciliadores no querían querer, y las masas no habían perdido todavía la fe en ellos, aunque esta fe estuviese ya un poco quebrantada. Es decir, que las dos salidas principales, la burguesa y la proletaria, estaban cerradas. Quedaba una tercera posibilidad, una solución a medias, confusa, proindiviso, tímida, cobarde: un gobierno de coalición.
Durante las jornadas de abril los socialistas no pensaban siquiera en una coalición: esta gente era incapaz de prever nada. Con su resolución del 21 de abril, el Comité ejecutivo elevó oficialmente el hecho efectivo de la dualidad de poderes a principio constitucional. Pero también esta vez llegaba con retraso: la consagración jurídica de la forma del doble poder instaurado en marzo -el régimen de los zares y los profetas- sobrevenía en el instante en que esta forma era arrollada por la acción de las masas. Los socialistas intentaron cerrar los ojos ante este hecho. Miliukov cuenta que cuando el gobierno planteó la necesidad de la coalición, Tsereteli declaró: «¿Qué ganamos nosotros con entrar a formar parte del gobierno? No olvidéis que, en caso de que os encerréis en la intransigencia, nos veremos obligados a abandonar estrepitosamente el ministerio.» Tsereteli intentaba asustar a los liberales con el «estrépito» que armaría el día de mañana. Para dar un fundamento a su política, los mencheviques apelaban, como siempre, a los intereses de la burguesía. Pero el agua les llegaba ya al cuello. Kerenski alarmó al Comité ejecutivo: «El gobierno atraviesa por una situación extraordinariamente grave: los rumores que circulan acerca de su dimisión no son ninguna intriga política.» Por su parte, los elementos burgueses apretaban también. La Duma municipal de Moscú votó un acuerdo en favor de la coalición. El 26 de abril, cuando el terreno estaba ya lo bastante preparado, el gobierno provisional proclamó en un manifiesto la necesidad de incorporar a las tareas del Estado a las «fuerzas creadoras activas del país que no participaban en ellas». La cuestión se planteaba sin ambages.
Había todavía, sin embargo, una gran opinión contraria a la coalición. A fines de abril se pronunciaron contra la entrada de los socialistas en el gobierno los soviets de Moscú, de Tiflis, de Odesa, de Yekaterinburg, de Nijni-Novgorod, de Tver y otros. Los motivos de esta actitud fueron expuestos de un modo harto claro por uno de los caudillos mencheviques de Moscú: si los socialistas entran en el gobierno, no habrá nadie que pueda encauzar el movimiento de las masas. pero no era fácil que aceptaran esta razón los obreros y los soldados, contra los cuales precisamente se enderezaba. Las masas que aún no seguían a los bolcheviques se inclinaban a favor de la entrada de los socialistas en el gobierno. Parecíales muy bien que Kerenski fuese ministro, pero todavía mejor que hubiese en el gobierno seis Kerenskis. Las masas no sabían que aquello se llamaba coalición con la burguesía, a la que sólo interesaba tomar a los socialistas de tapadera contra el pueblo. Vista desde los cuarteles, la coalición presentaba un cariz distinto, al que presentaba vista desde el palacio de Marinski. Las masas aspiraban a desplazar a la burguesía del gobierno por medio de los socialistas. Y así, estas dos presiones, la de la burguesía y la del pueblo, partiendo de dos polos distintos, convergían, por un momento, en un punto único.
En Petrogrado, una buena parte de las fuerzas militares, entre las que se contaba la división de automóviles blindados, que simpatizaba con los bolcheviques, se pronunciaron por el gobierno de coalición. En el mismo sentido se inclinaba también la mayoría aplastante de las provincias. Entre los socialrevolucionarios predominaba asimismo el criterio favorable a la coalición. Lo único que ellos no querían era entrar en el gobierno sin los mencheviques. Finalmente, era también partidario de la coalición el ejército. Uno de sus delegados expresó claramente en el Congreso de los soviets, celebrado en junio, la actitud del frente con respecto al problema del poder: «Creíamos que habría llegado hasta la capital el gemido que exhaló el ejército al enterarse de que los socialistas se negaban a entrar en el ministerio, a colaborar con hombres en quienes no creían, mientras todo el ejército se veía obligado a seguir muriendo al lado de hombres en los cuales tampoco cree.»
En éste como en tantos otros problemas, tuvo una importancia decisiva la guerra. En un principio, los socialistas se disponían a adoptar una actitud expectante ante ella, como la habían adoptado en lo referente al poder. Pero la guerra no esperaba. Tampoco los aliados. El frente no quería tampoco seguir espe