sábado, 4 de marzo de 2017

EL MUNICIPIO, EL DE AQUÍ, DONDE YO VIVO Y LOS DEMÁS MUNICIPIOS DONDE NO VIVO




DESPOBLAMIENTO RURAL: IMAGINARIOS Y REALIDADES

Rebelión
El Viejo Topo
03.03.2017


¿Están realmente despobladas las áreas rurales? ¿Lo están más o menos que antes? Ofrecemos aquí algunas ideas y datos sobre estas cuestiones con el propósito de animar a la reflexión en torno al despoblamiento, una de las representaciones colectivas más extendidas acerca de lo rural.

Las áreas rurales están despobladas. En muchos lugares del interior se viaja decenas de kilómetros sin encontrar núcleos de población y, a menudo, cuando se encuentran, resultan lugares semivacíos, habitados en su mayoría por personas mayores. De primera mano conocemos historias de lo rural, de los pueblos de nuestros abuelos o nuestras madres, que fueron perdiendo población durante décadas hasta prácticamente desaparecer.

Conviven estas imágenes de la despoblación con insistentes llamados de vuelta a lo rural. Desde hace algunas décadas, los agentes de desarrollo vienen poniendo en marcha planes de emprendimiento, y algunos mayores regresan en retiro activo a recuperar la vieja casa del pueblo. Más recientemente, han llegado jóvenes a las zonas periurbanas en busca de precios asequibles para sus viviendas e inmigrantes de origen extranjero a las áreas más productivas en busca de trabajo. También encontramos esfuerzos de recuperación de pueblos abandonados, búsqueda de estilos de vida alternativos y vueltas a la tierra, en una mezcla de necesidad económica ante la crisis y rechazo del consumismo y la masificación.

EL PROBLEMA DE LA DESPOBLACIÓN

Al menos desde el siglo xviii, diversos intelectuales lamentaron la pérdida de población de las áreas rurales y se desarrollaron políticas de repoblación, que se repetirán periódicamente, desde la época de Carlos III hasta el franquismo. El despoblamiento no es, desde luego, un asunto nuevo. Pero su fisionomía cambia como también lo hace el sentido que le da cada sociedad.

El rasgo territorial que mejor se asocia con las sociedades industriales es el crecimiento de las ciudades a costa de las zonas rurales. Desde el siglo xix en los grandes centros industriales de Europa, esta nueva población venida del medio rural constituyó la fuerza de trabajo fundamental para el desarrollo de la industria. Su concentración era tan vital para el sistema como la propia acumulación de capital. Lo rural quedaba relegado en lo económico a un papel subalterno de sostenimiento de la población del país a través de economías agrarias de productividad reducida. En lo cultural, lo rural era sinónimo de lo tradicional, de aquello que es menester dejar atrás si se quiere alcanzar el progreso. Las poblaciones rurales se caracterizan, en este contexto, por ser menguantes, con un interés económico marginal y con unos modos de vida particulares, que contrastan con los de las áreas urbanas.

Reflexionar sobre la despoblación requiere reconocer previamente que una parte del problema tiene que ver con las miradas urbanas a lo rural, con el sentimiento de pérdida, con la búsqueda de vínculos comunitarios, de regresos a lo natural y de recreaciones patrimoniales. Efectivamente, hay una España vacía, apenas poblada, pero también hay una memoria urbana del despoblamiento sufrido durante la modernización, que se acerca a lo rural desde ese punto de vista. Conviene embridar esa mirada y acercarse al problema de la despoblación a través del análisis de la realidad que está en la base, la de las comunidades rurales en la actualidad.

DIFERENTES DESPOBLAMIENTOS

Hay un despoblamiento secular, representado por las bajas densidades existentes desde hace siglos en algunas zonas del país. Son vacíos demográficos, con bajísimas densidades, fundamentalmente localizados en la meseta, pero también en algunas áreas montañosas del norte peninsular. En estos lugares, el despoblamiento no ha hecho sino ahondar problemas de desequilibrio territorial que vienen dándose durante siglos.

También hay un despoblamiento relativo, que tiene que ver con el crecimiento exponencial de las ciudades y de las áreas litorales. Estos cambios en la distribución de la población, desde el interior a las costas, desde el campo a la ciudad, subrayan el papel menor de las áreas rurales en relación con las urbanas, pero no siempre suponen su despoblamiento en términos absolutos. Conviene recordar que la población rural española solo disminuyó en un periodo de 30 años, entre 1981 y 2011, de 10,4 a 9,9 millones de personas. Sin embargo, su proporción en el total de la población no ha dejado de disminuir significativamente en todo el periodo, desde el 26 % de 1981 hasta el 21 % de 2011 (véase el gráfico).

Por último, hay un despoblamiento relacionado con la concentración de la población dentro de las propias áreas rurales, en las cabeceras comarcales. Es un fenómeno relativamente reciente pero muy significativo. Desde la década de 1980, mientras la población de los pueblos menores de 2000 habitantes descendía, la de los pueblos grandes, especialmente la de los mayores de 5000 habitantes, crecía.

Todas estas transformaciones son resultados diversos del fenómeno del despoblamiento, cuya complejidad no admite diagnósticos sencillos ni recetas milagrosas. Aludimos a un proceso de vaciamiento demográfico de las áreas rurales, que sin duda viene sucediendo en el Estado español desde la década de 1950 y que registra al menos dos fases. Durante la modernización, el éxodo rural hacia las ciudades inició un intenso proceso de despoblamiento. Entre 1960 y 1980, los pueblos españoles perdieron en conjunto el 23 % de su población, mientras que las ciudades ganaban casi un 60 %. Este proceso sentó las bases de algunos desequilibrios demográficos claves para comprender lo que ocurre hoy.

Como se observa en la pirámide comparada de las poblaciones rural y urbana, el primer desequilibrio es el envejecimiento de las poblaciones rurales, debido a que las personas emigrantes a las ciudades eran sobre todo jóvenes. Esto implicó una drástica disminución de los nacimientos rurales, pues los hijos de la generación de emigrados nacieron ya en las ciudades, seguido además por el fuerte descenso de la tasa de fecundidad de la población española a finales de los años setenta, que se trasladaría con cierto retraso a las áreas rurales.

El segundo desequilibrio es la masculinización, pues más mujeres que hombres emigraban a las ciudades, lo que supuso una mayor dificultad para la formación de familias, así que muchos varones quedaron solteros y sin descendencia.

A partir de 1980, el despoblamiento resulta mucho más tenue y, según qué regiones, llega a revertirse. Durante la década de 2000, bajo el influjo de la ola inmigratoria extranjera, tanto las áreas rurales como las urbanas han ganado población, aunque en el caso de las áreas rurales su crecimiento se circunscribe sobre todo a las cabeceras comarcales.

DESPOBLANDO LUGARES, HABITANDO FLUJOS
La actividad de la población rural tiende a desagrarizarse y a diversificarse, convirtiendo la rural en una economía de servicios.
Desde hace más de treinta años, el marco de la modernización resulta insuficiente para explicar el estado actual del despoblamiento rural, entre otros motivos, porque de haber continuado el proceso al mismo ritmo, las áreas rurales se hubieran vaciado literalmente. En cambio, lo que ha ocurrido es una reestructuración territorial, que ha supuesto la inserción de las áreas rurales en la estructura socioeconómica general, a través de una redefinición de sus funciones y de una creciente conectividad por medio de la movilidad.

La base económica centrada en economías agrarias familiares de subsistencia colapsa a medida que surge un nuevo régi