domingo, 28 de abril de 2013

¿APOYAMOS LA RUINA Y EL ENVENENAMIENTO DEL CAMPO ESPAÑOL?

Una reflexión sobre los transgénicos en el Estado español 

La voz de un agricultor

Juan Carlos Simón
Revista 'Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas'
Rebelion 28.04.2013 

Iniciar una reflexión sobre los transgénicos en el Estado español, y en particular en las comarcas de Aragón, no puede ser de otro modo que denunciando la situación de incertezas que existe al respecto. Las y los agricultores nos vemos sumidos en un mar de datos sesgados y manipulados tanto por las empresas de semillas como por los gobiernos central y autonómicos que contrastan con las informaciones de nuestro sindicato o de organizaciones ecologistas.

 Los ogm que dividen el campo 

Recuerdo cuando en 1998 se empezó a introducir el maíz transgénico llamado Bt176 de Novartris (luego Syngenta), sin que prácticamente nadie en el campo supiéramos de qué se trataba ni hubiésemos dado nuestro parecer y mucho menos nuestro consentimiento. En ese momento no teníamos herramientas para saber qué saco de semilla era transgénico y cual no. No sabíamos lo que sembrábamos. Igual de sorprendente fue la retirada de este maíz en el año 2005 que cedió el paso a las variedades MON810 de Monsanto autorizadas desde el 2003. Nadie explicó el por qué, aunque bien supimos después1 que su polen afectaba a poblaciones protegidas de mariposas, que existía el riesgo de propagar a las bacterias su gen de resistencia a los antibióticos, que tenía efectos tóxicos sobre otros insectos beneficiosos para la agricultura y que en algunos países se había relacionado con terribles problemas alergénicos.

Pienso que tal desinformación puede ser hoy la responsable de que, en las zonas más productoras de maíz transgénico, muchos maíces tradicionales no híbridos, los conservados por agricultores y agricultoras mayores en pueblos aislados y que se resembraban para las gallinas o cerdos de la casa, estén contaminados por genes transgénicos, siendo muy difícil la recuperación y limpieza de estas valiosas semillas. De la misma manera, hoy me preocupa que repetidamente el Ministerio autorice en diferentes comunidades autónomas experimentaciones en campo abierto con otro maíz, el NK603 x MON810, modificado con dos manipulaciones genéticas: la resistencia a insectos (taladro) y la tolerancia a herbicidas derivados del glifosato. Esa preocupación aumenta conociendo las graves denuncias sobre efectos del glifosato y de sus preparaciones sobre la salud de la población y los crecientes problemas de aparición de malezas resistentes a ese herbicida en campos transgénicos en EEUU.

Fueron las presiones de nuestro sindicato agrario, de la mano de organizaciones ecologistas, las que lograron que las normativas obligaran a las empresas semilleras a identificar con claridad qué llevaban sus sacos, y que informaran sobre cómo sembrar, riesgos, resistencias, etc. Pero lamentablemente, las malas informaciones que nos rodean y los intereses económicos de la industria semillera han sido responsables de generar en nuestra tierra graves conflictos entre las personas que siembran OMG y las que no. Por un lado es triste pensar que muchas de las primeras no saben a ciencia cierta qué significa cultivarlos. Por otro, muchas de las personas agricultoras afectadas por contaminación transgénica se han planteado si se puede denunciar a las y los vecinos de toda la vida arriesgándose a enfrentamientos indeseados. Nuestra posición es la prohibición de los transgénicos, pero mientras no se consigue, urge una normativa clara para resolver y evitar estas situaciones.

 La mentira para engañarnos 

Quienes diseñan las semillas OMG olvidan por completo cuál es el verdadero problema de la gente del campo y también de quienes cultivamos maíz: su mala rentabilidad. Hasta el año 2006 se nos pagaba los mismos precios que 20 años atrás, mientras que los costes en ese periodo habían subido un 450%. Y esto ya sabemos que no ocurre sólo con el maíz. Los años posteriores a 2006 el precio de venta del maíz ascendió notablemente, sobre un 40% más de lo habitual, pero tal espejismo duró muy poco y respondió a puros movimientos especulativos. Me consta que fue una estrategia para animar así al sector agrícola español a sembrar más hectáreas de maíz. Sin embargo, no son estos los elementos que debemos tener en cuenta, no aceptamos miradas solo productivistas o crematísticas.

Nos deben preocupar otras razones. ¿No está demandando la sociedad otra agricultura? ¿No demanda alimentos más sanos? Personalmente, creo que las respuestas a estas preguntas las dan los datos de la disminución de la siembra de maíz, -transgénico y no- que se ha dado en Aragón en los últimos años. Las agricultoras y los agricultores estamos recuperando la importancia de relacionar, lo más directamente posible, nuestro trabajo y nuestros cultivos con la alimentación de la población, y no con los intereses de la industria de piensos.

 La productividad

Aún si solo nos centramos en el parámetro de la productividad, también ahí el engaño está presente. Las informaciones que nos facilitan las compañías de semillas no son claras. Es habitual que al presentarnos las bondades de las semillas transgénicas nos den datos de productividad basados en estudios realizados con las semillas híbridas equivalentes (isogénicas).Y, ciertamente, si el valor añadido del transgénico es la incorporación del gen BT para combatir la plaga del taladro, sólo pueden existir significativas diferencias en la producción en casos de circunstancias climáticas que permitan ataques masivos de taladro, problema solucionado ya solamente adelantando la época de siembra. 

++ Si repasamos los datos que la Consejería de Agricultura de Aragón nos ofrece en diferentes campañas y sobre fincas de ensayo, la conclusión se repite la producción entre variedades convencionales y variedades transgénicas no tiene diferencias significativas. Una información clara al respecto sería importante para poder ejercer ‘el derecho a decidir’ a la hora de comprar una semilla u otra, sobre todo si tenemos en cuenta que a igual índice productivo la semilla híbrida cuesta 120 euros menos por hectárea que su