lunes, 5 de enero de 2026
Venezuela en las sendas de Monroe: la hegemonía estadounidense y la lucha por la influencia en el hemisferio occidental
Venezuela
en las sendas de Monroe: la hegemonía estadounidense y la lucha por la
influencia en el hemisferio occidental
Por Rasem Bisharat
kaosenlared
5 de enero de 2026
Venezuela se encuentra hoy
en una encrucijada histórica crítica, en medio del creciente cuestionamiento
acerca de si Washington ha reactivado de facto la Doctrina Monroe en una
formulación contemporánea, mediante la cual busca reimponer su influencia sobre
el hemisferio occidental. Con el amanecer del 3 de enero, los Estados Unidos de
América llevaron a cabo amplios ataques militares dentro del territorio
venezolano, que alcanzaron múltiples objetivos, incluida la capital, Caracas, y
sus alrededores, en una escalada sin precedentes en el curso de las relaciones
entre ambos países en décadas.
Lo llamativo de este
escenario no fue únicamente la magnitud de los ataques, sino lo que siguió a
ellos: un anuncio político impactante, cuando el presidente Trump declaró que
fuerzas estadounidenses habían detenido al presidente Nicolás Maduro y a su
esposa, y los habían trasladado fuera del país. Esta versión desató rápidamente
una ola de controversias y dudas, ante la ausencia de confirmaciones independientes
o de detalles jurídicos claros sobre la operación. Por su parte, el gobierno
venezolano calificó lo ocurrido como una agresión flagrante contra la soberanía
del Estado, subrayando que lo sucedido constituye una grave violación de todas
las normas internacionales y exigiendo conocer el paradero del presidente
Maduro.
Sin embargo, estos
acontecimientos no parecen ser simplemente un incidente militar aislado ni una
reacción coyuntural, sino más bien el último eslabón de una larga cadena de
políticas estadounidenses hacia Venezuela en particular y hacia América Latina
en general. El escenario actual vuelve a colocar en primer plano un debate más
amplio sobre la naturaleza del papel estadounidense en la región y plantea una
pregunta fundamental: ¿busca Washington redibujar el mapa de su influencia
regional mediante la reactivación del principio de Monroe, formulado en el
siglo XIX, pero empleando instrumentos y métodos acordes con la realidad del
siglo XXI?
La Doctrina Monroe y las transformaciones de la
influencia estadounidense
En 1823, el presidente
estadounidense James Monroe sentó las bases de lo que posteriormente se
conocería como la Doctrina Monroe, a través de una declaración diplomática
densa en significado que fue resumida en la expresión: “América para los
americanos”. En apariencia, el principio se sustentaba en una ecuación
equilibrada: el rechazo a cualquier intervención europea en los asuntos del
hemisferio occidental, a cambio de la abstención de los Estados Unidos de
intervenir en los conflictos y políticas europeas. No obstante, este
planteamiento, que en su momento parecía defensivo, adquirió rápidamente
connotaciones distintas a medida que cambiaron los equilibrios de poder.
Hacia finales del siglo XIX
y con el ascenso de los Estados Unidos como potencia internacional activa, la
interpretación de la Doctrina Monroe pasó de ser un instrumento de disuasión
externa a convertirse en un marco legitimador de la intervención directa en los
asuntos de los países de América Latina. Para la primera mitad del siglo XX, el
principio se transformó en una referencia no declarada de una serie de
políticas que incluyeron el apoyo a golpes de Estado, la presión sobre
gobiernos electos y la provisión de cobertura política a regímenes militares,
bajo consignas amplias como la “protección de la seguridad nacional” o la
“prevención de la infiltración extranjera”.
Con el crecimiento del
poder estadounidense a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la
Doctrina Monroe fue convertida en un instrumento de influencia. Durante la
presidencia de Theodore Roosevelt, su interpretación se amplió para incluir el
derecho de los Estados Unidos a intervenir con el fin de “proteger el orden y
la estabilidad” en los países latinoamericanos, lo que posteriormente se conoció
como el Corolario Roosevelt.
La historia moderna de la
región está repleta de ejemplos que revelan esta transformación. En Guatemala,
en 1954, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) apoyó un golpe de Estado que
derrocó al presidente Jacobo Árbenz, después de considerar que sus reformas
agrarias representaban una amenaza directa para los intereses de la empresa
estadounidense United Fruit. En Chile, en 1973, Washington contribuyó política
y económicamente a desestabilizar el gobierno socialista del presidente electo
Salvador Allende, allanando el camino para el golpe del general Augusto
Pinochet y la entrada del país en una prolongada etapa de régimen militar
represivo. En Panamá, en 1989, los Estados Unidos pasaron a la intervención
militar directa mediante una invasión a gran escala que derrocó al presidente
Manuel Noriega, en una operación que fue descrita en su momento como una de las
más extensas llevadas a cabo por Estados Unidos en Centroamérica. A ello se
suman intervenciones militares en México (1846–1848), Cuba (1898–1902, 1961),
Nicaragua (1912–1933), Guatemala (1954), la República Dominicana (1965), así
como el apoyo a gobiernos militares en Brasil, Argentina, Bolivia, El Salvador,
Guatemala y Colombia durante el período comprendido entre 1960 y 1990.
Estos hechos, entre muchos
otros, muestran que las intervenciones estadounidenses adoptaron múltiples
formas y se apoyaron en discursos cambiantes: desde la lucha contra el
comunismo durante la Guerra Fría, pasando por la protección de las inversiones
extranjeras, hasta pretextos relacionados con la seguridad y la estabilidad
regional. No obstante, el denominador común ha permanecido constante: la
justificación de la influencia y la intervención mediante formulaciones de
carácter securitario y político que beben de la esencia de la Doctrina Monroe,
aun cuando su lenguaje y sus contextos hayan variado con el paso del tiempo.
Del “peligro soviético” a la “guerra contra las
drogas”: pretextos renovados para una influencia persistente
Con el fin de la Guerra
Fría y el colapso de la Unión Soviética, parecía, en apariencia, que uno de los
principales argumentos que justificaban la intervención estadounidense en
América Latina había desaparecido. Sin embargo, el discurso cambió mientras el
objetivo fundamental permaneció inalterado: preservar una influencia
estadounidense hegemónica en una región en la que Washington no acepta la
presencia de competidores reales. En este contexto, los Estados Unidos
reformularon sus narrativas, sustituyendo el discurso de la “lucha contra el
comunismo” por consignas de mayor aceptación internacional, como el combate al
narcotráfico, la lucha contra el terrorismo y la protección de la seguridad
nacional.
En los últimos años, este
discurso ha adquirido un carácter práctico y creciente en el caso venezolano.
En diciembre de 2025, el presidente Trump anunció que su país había llevado a
cabo el primer ataque conocido en territorio venezolano, afirmando que tuvo
como objetivo una instalación utilizada para la carga de drogas. No obstante,
esta versión no estuvo respaldada por confirmaciones independientes ni por
detalles jurídicos claros, lo que abrió un amplio debate sobre la legalidad de
este tipo de operaciones y sus límites a la luz del derecho internacional.
De manera paralela,
Washington intensificó su presencia militar en la región mediante el despliegue
de una importante flota naval en las aguas del mar Caribe, una medida que
muchos observadores interpretaron como algo que trasciende el marco de la lucha
contra el narcotráfico, para reflejar una escalada militar evidente y un
mensaje de disuasión directo dirigido a Venezuela, en un momento en que la
región atraviesa una creciente sensibilidad geopolítica.
Venezuela: la riqueza petrolera en el corazón del
conflicto geopolítico
Este proceso de escalada no
puede desligarse de la posición estratégica de Venezuela en el mapa energético
mundial. El país posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo,
además de otros recursos naturales que lo convierten en un objetivo permanente
dentro de los cálculos de las grandes potencias. Desde esta perspectiva, el
retorno de Washington a una política de presión económica y sobre el terreno se
interpreta como parte de una lucha de influencia más amplia, y no como una
simple disputa política coyuntural.
Dicha presión se ha
materializado en una serie de medidas, entre las más destacadas la imposición
de aranceles o restricciones a los países que comercian con petróleo
venezolano, incluida China y otros compradores principales, además del
endurecimiento de las sanciones económicas que han agravado las cargas sobre el
gobierno y cuyos efectos se han extendido a los sectores populares dentro del
país.
En definitiva, estas
políticas parecen entrelazarse con un conflicto internacional más amplio entre
los Estados Unidos, por un lado, y potencias emergentes como China y Rusia, por
otro, en una región que Washington ha considerado históricamente como un ámbito
de influencia estratégica que no puede quedar fuera de su esfera de control.
La respuesta venezolana y las repercusiones regionales
de la escalada
Frente a la escalada
estadounidense, el gobierno del presidente Nicolás Maduro se apresuró a
afianzar su narrativa, anunciando su rechazo categórico a cualquier acción
militar extranjera y considerando las medidas estadounidenses como una
violación flagrante de la soberanía nacional y un quebrantamiento de las normas
del derecho internacional. En este marco, las autoridades declararon el estado
de emergencia y llamaron a una amplia movilización popular, en un mensaje
destinado a subrayar que el país enfrenta una agresión externa y no simplemente
una crisis diplomática pasajera.
A nivel regional, los
acontecimientos no pasaron inadvertidos. Brasil, Cuba, México y Colombia
condenaron la agresión; Cuba y Colombia solicitaron la convocatoria de una
sesión de emergencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas para
examinar la escalada y sus consecuencias, en un intento de contener la
situación a través de los canales diplomáticos. El presidente colombiano,
Gustavo Petro, calificó el ataque como una agresión contra la soberanía de
América Latina y advirtió sobre una posible crisis humanitaria derivada de la
escalada, además de llamar a una reunión urgente del Consejo de Seguridad para
analizar los acontecimientos. Por su parte, el presidente brasileño Luiz Inácio
Lula da Silva expresó una enérgica condena al ataque estadounidense,
considerando que los bombardeos militares constituyen una transgresión
inaceptable y una violación de la soberanía de Venezuela, e instó a las
Naciones Unidas a adoptar una respuesta firme ante lo que describió como una
grave infracción. Asimismo, subrayó que su país está dispuesto a facilitar el
diálogo entre las partes con el fin de resolver la crisis por la vía diplomática.
En contraste, las posturas
de otros países de la región variaron entre el apoyo explícito a la posición
estadounidense, como en el caso de Argentina, donde el presidente argentino
Javier Milei expresó su respaldo a la acción de Estados Unidos, afirmando que
los acontecimientos representan un avance para la libertad en la región, una
postura que refleja las divisiones existentes en América Latina en torno a la
crisis.
Conclusión: un contexto histórico que trasciende el
momento presente
Lo que ocurre hoy en Venezuela
no puede leerse al margen de su contexto histórico más amplio ni desvincularse
de un largo historial de intervenciones estadounidenses en América Latina. Es
cierto que el discurso estadounidense ha variado a lo largo de las décadas y
que los eslóganes predominantes se centran ahora en la lucha contra las drogas
o el terrorismo; sin embargo, los patrones de comportamiento y la mentalidad
estratégica de carácter imperial revelan la persistencia de una visión que
concibe el hemisferio occidental como un espacio vital que debe mantenerse bajo
control.
En este marco, el escenario
actual puede entenderse como una evidencia de que los Estados Unidos no han
pasado página de la Doctrina Monroe, sino que la han reproducido en una versión
más moderna y menos explícita: un tránsito desde el concepto abierto de “patio
trasero” hacia la concepción de una esfera de influencia permanente, cuyos
límites se gestionan mediante instrumentos políticos, económicos y de seguridad
más sofisticados. En este sentido, Venezuela no parece ser un caso excepcional
ni un objetivo aislado, sino un mensaje político dirigido al conjunto del
continente, a través del cual Washington pone a prueba los límites de la
disuasión y del consentimiento regional.
De ahí que la pregunta
planteada en América Latina vaya más allá de si los Estados Unidos intervendrán
o no, para convertirse en un interrogante más profundo y apremiante: ¿hasta qué
punto los países de la región pueden romper la lógica del “patio trasero” y
construir un margen de decisión autónomo en un mundo en el que la unipolaridad
retrocede, mientras que los instrumentos de hegemonía aún no han desaparecido?
En conclusión, puede
afirmarse que lo que sucede hoy en Venezuela no constituye un hecho aislado ni
una excepción circunstancial, sino un nuevo capítulo de una narrativa que se
extiende por más de un siglo y medio, reflejando la transformación y adaptación
de las herramientas estadounidenses al paso del tiempo, sin que ello altere la
esencia de su enfoque hacia la región.
Rasem Bisharat
es Doctor en Estudios de Asia Occidental e investigador en asuntos
latinoamericanos
No pienso, lue go existo
Seamos sinceros, la guerra contra el terrorismo nunca tuvo
que ver con el terrorismo. La guerra contra las drogas nunca tuvo que ver con
las drogas. Eso sí, con estas historias nos tienen distraídos y desarmados. Y
sometidos.
No pienso, lue go existo
El Viejo Topo
5 enero, 2026
La célebre
frase de Descartes «pienso, luego existo» (cogito, ergo sum) ha sido
objeto de un intenso debate en la filosofía moderna y contemporánea. ¿Se trata
de una inferencia o de una performance (Hintikka)? ¿Era una
frase central en su filosofía o solo la utilizó en un contexto didáctico
(Cassirer)? ¿Es una idea original o fue precedida por una idea similar de San
Augustine (Blanchet, Gilson)? ¿Es un entimema o una simple intuición, un
argumento, una proposición o una tautología (Ayer, Beck, Stone)? ¿Se trata de
algo indudable o de algo que requiere prueba (Kant)? ¿Acaso Descartes duda de
que existe (Sievert)? Como no me interesa la discusión filosófica, me limito a
sugerir que la idea de Descartes se hizo famosa porque resumía tres ideas que
estarán presentes en toda la filosofía europea moderna, desde Espinosa a
Leibniz, desde Kant a Hegel, y de tal manera que se convirtieron en el sentido
común de la modernidad occidental (tal y como se ve a sí misma y evalúa otras
modernidades). Las tres ideas son: la primacía de la razón, la
autonomía individual y la duda inscrita en la búsqueda incesante de la verdad.
La primacía de
la razón es el fundamento del racionalismo moderno, el reverso de la
desconfianza hacia los sentidos que a menudo nos llevan a ilusiones, como
ocurre en los sueños (Descartes). La autonomía individual es la marca de la
inconmensurabilidad de los seres humanos en relación con todos los demás seres,
ya que solo los seres humanos son entidades pensantes (res cogitans) en
contraste con la naturaleza, que es una extensión inerte (res extensa).
La naturaleza, si existe, no sabe que existe. Solo el ser humano sabe que
existe o tiene la idea de que existe. La duda es el fundamento de la
creatividad humana, la capacidad de cuestionar todo lo que nos parece verdadero
a través de los sentidos. No podemos confiar en lo que en algún momento nos ha
engañado. Descartes no es un escéptico, pero utiliza el escepticismo
metódicamente para combatirlo. Aquí reside la búsqueda de la certeza de la
época moderna y el concepto de rigor que domina la ciencia moderna: no se trata
de la verdad, sino de la búsqueda incesante de la verdad.
La crítica
desde las epistemologías del Sur
Estas tres
ideas constituyen los pilares sobre los que se asienta la modernidad
occidental. La crítica de estas tres ideas se ha ejercido abundantemente, tanto
en el mundo intelectual occidental como en el mundo intelectual no occidental.
A partir de las epistemologías del Sur, tal y como las he ido formulando, el
racionalismo eurocéntrico no permite fundamentar, por sí solo, la necesidad de
la lucha contra la dominación capitalista, colonialista y patriarcal moderna. La
decisión de luchar contra la dominación es tanto un ejercicio de la razón como
un ejercicio de la voluntad. Es tanto un ejercicio mental como un ejercicio
emocional. Es un conjunto de razones, emociones, afectos y sentimientos, a lo
que Orlando Fals Borda llamó el sentirpensar y yo llamo la
razón caliente. No se trata de apelar a cualquier tipo de irracionalismo, sino
de proponer un concepto más amplio de racionalismo, que supere el dualismo
res cogitantes/res extensa de Descartes, tal y como propone
Espinosa con su concepto de naturaleza naturante (natura naturans).
Por su parte,
la autonomía individual es valiosa, pero no puede concebirse de manera
individualista. El individualismo fue fundamental para promover el triunfo de
la burguesía a través del liberalismo político y la primacía de la propiedad
individual. Se trata de un excepcionalismo eurocéntrico que contradice las
múltiples tradiciones filosóficas del mundo que conciben al ser humano como un
ser-con, un proyecto existencial que se constituye y se desarrolla en
cooperación con otros seres humanos y no humanos. No se trata de disolver al
individuo en colectivismos amorfos (las masas). Se trata más bien de reconocer
que el poder constituyente de nuevas realidades, y sobre todo de luchas contra
la dominación, es siempre un proyecto colectivo, en el que las contribuciones
individuales solo adquieren su potencia cuando se suman a otras contribuciones,
componiendo totalidades que trascienden la suma de las mismas.
Por último, la
duda metódica es quizás la contribución cartesiana más compleja. Descartes no
duda por dudar, como sería el caso de los escépticos. Duda para alcanzar
certezas, lo que denomina ideas claras y distintas. En la Primera
meditación, Descartes afirma que, al igual que un arquitecto, el filósofo
tiene que excavar el terreno hasta alcanzar la roca sólida sobre la que asentar
los cimientos de su pensamiento. Las arenas movedizas de las opiniones se
descartan así mediante el ejercicio de la duda. La analogía del arquitecto
muestra la limitación fundamental cartesiana, su monoculturalismo eurocéntrico.
Al fin y al cabo, la arena puede estar llena de pepitas de oro, y otras
culturas construyen casas en la arena, o casas en los árboles, por no hablar de
casas flotantes en ríos y lagos. No hay ideas claras y distintas, hay procesos
de clarificación y distinción. Hay, o debería haber, un diálogo de la humanidad
sobre las diferentes concepciones de ideas claras y distintas con el fin de
identificar las ecologías entre ellas con mayor potencial intercultural de
liberación contra la dominación, la injusticia, la exclusión y la
discriminación.
La negación en
la era del no-aprendizaje
La crítica
desde las epistemologías del Sur pretende provincializar a Descartes,
reconocer su contribución situada en el tiempo y el espacio y ponerla en
diálogo con otras contribuciones igualmente situadas que, en conjunto,
constituyen la diversidad epistémica del mundo. Reconoce la importancia de la
problemática que Descartes plantea, al tiempo que señala las limitaciones del
universo cultural en el que se mueve —la modernidad eurocéntrica— y el
propósito histórico que le confiere notoriedad: la naciente revolución burguesa
fundada en una supuesta universalidad racionalista e individualista que sirve a
sus intereses de expansión global con la consolidación del capitalismo
colonialista. El objetivo es ampliar y diversificar lo que significa
pensar, la identidad de quien piensa y el sentido o propósito de existir y
resistir, para imaginar un futuro que sobreviva a la destrucción humana y no
humana causada por la revolución burguesa, ahora degenerada en
contrarrevolución burguesa.
En lugar de
este propósito contrahegemónico, estamos viviendo un período en el que el
pensamiento ascendente de Descartes está siendo deconstruido, supuestamente en
nombre de su máxima realización. Las tres ideas centrales que subyacen al
pensamiento cartesiano, en lugar de ser utilizadas contrahegemónicamente, están
siendo negadas en forma de banalización. Esta negación-banalización adopta tres
formas principales.
Sentimiento en
detrimento del conocimiento
Al eliminar la
idea de alternativas creíbles al statu quo, la sociedad capitalista neoliberal
separa hasta tal punto las causas colectivas de las consecuencias individuales
que el sufrimiento social siempre se vive como sufrimiento
individual y nunca como sufrimiento colectivo. Hay personas enfermas, pero
la sociedad en sí no está enferma; hay personas pobres, pero la sociedad no es
pobre; hay personas ignorantes, pero la sociedad no es ignorante; hay
criminosos, pero la sociedad no es criminosa. Cuando las causas colectivas
están ausentes, es fácil convertir en causa del sufrimiento individual las
diferentes consecuencias que viven los diferentes individuos. No se sufre-con,
se sufre-contra. Lo que está cerca es siempre más evidente que lo que está
lejos, excepto en el caso de la experiencia religiosa. Pero esta, sujeta
a la misma lógica neoliberal, elimina de una vez por todas las causas
colectivas en este mundo para poder funcionar como elixir contra el sufrimiento
individual.
El sufrimiento
individual no puede atribuirse a ninguna causa racionalmente identificable que
trascienda las situaciones interindividuales, ya sean disputas familiares o en
el lugar de trabajo, rivalidades, odios, envidias, intrigas, hechizos. La
pregunta «¿por qué yo?» no tiene otra respuesta posible que la que se puede dar
a otra pregunta: «¿por qué no él o ella?». Aquí nace el punitivismo de nuestro
tiempo. Como escribió Luis Buñuel, la envidia es el único pecado capital que
lleva inevitablemente a desear la muerte de otra persona cuya felicidad nos
hace infelices. En casos extremos, ser asesino (causar la muerte física o
civil) puede ser la única alternativa al suicidio.
El sufrimiento
individual sin sufrimiento colectivo convierte a los individuos en
subjetividades sin refugio. La búsqueda de refugio, a menudo desesperada,
tiende a encontrarlo en la zona de confort más cercana, la comunidad de
individuos que sufren de manera similar, que atribuyen a su sufrimiento causas
similares o que buscan aliviarlo de manera idéntica. En una sociedad en la que
ha desaparecido la idea del sufrimiento colectivo injusto, solo es posible la
solidaridad negativa: no estar solo en el sufrimiento individual. El consuelo
proviene del sentido común de esa comunidad negativa. Como el sentido
común es el conocimiento que se da por evidente, el consuelo proviene de la
sensación de estar en lo cierto solo porque no se está solo. ¿Para qué
pensar si ya se ha pensado? El conformismo con lo que ya se ha pensado no es
una manifestación de pasividad, es un acto militante contra la soledad. Las
redes sociales son los viaductos de la era informática. Los que transitan por
ellas son los mismos que se refugian debajo de ellas.
Subjetividad
esclavizada por la falsa autonomía.
El
neoliberalismo es hoy una filosofía existencial con las siguientes
características principales: las sociedades contemporáneas existen en un estado
de crisis permanente debido a la complejidad y fragmentación de los
centros de poder que las controlan, siendo el Estado solo uno de esos centros y
ni siquiera el más importante; el sufrimiento de los individuos corresponde
al modo de vida normal de las sociedades que viven en crisis permanente; la
sustitución del concepto de responsabilidad social por el concepto de
culpa significa que la vida individual dañada es el resultado de un
estilo de vida individual dañino; el cuerpo es la única propiedad que el
individuo es libre de gestionar a su manera; el cuerpo puede ser
mercantilizado, utilizado de la forma más lucrativa o mantenido obsesivamente
inviolable; el valor de uso y de intercambio del cuerpo puede maximizarse
mediante la industria del fitness o la cosmética; los individuos se conciben
como entidades autónomas para poder funcionar como fragmentos de una multitud
anónima que a veces converge para trabajar, a veces para celebrar y, a veces,
para linchar o destruir.
Para el neoliberalismo, la
única libertad que cuenta es la libertad económica, y el éxito de los
individuos en la sociedad neoliberal se mide por la forma en que absorben este
principio. La otra cara del sufrimiento individual es el disfrute individual de
la autonomía y la incertidumbre permanente de la precariedad. La autonomía
neoliberal es la autonomía sin condiciones para ser autónomo, es decir, sin
poder decidir en qué consiste la autonomía y para qué objetivos. Es no poder
correr riesgos porque no se dispone de seguro contra ninguno de ellos. Los
«colaboradores» de las empresas de reparto de comida a domicilio son autónomos,
pero ninguno es propietario de un restaurante y, si no reparten comida, mueren
de hambre, al igual que sus familias. La necesidad de ser autónomo es la nueva
esclavitud mientras el trabajo asalariado sea la forma dominante de ganarse el
pan de cada día.
Colapso
mecánico de la duda
La duda
metódica y la búsqueda rigurosa de la verdad exigen una temporalidad lenta que
permita el cuestionamiento constante del conocimiento adquirido, la
identificación de lo que no es fácilmente observable, la confrontación entre
posiciones distintas, la verificación cruzada de la información. Por encima de
todo, exigen un ejercicio constante de cuestionamiento del sujeto del
conocimiento en el propio proceso de conocer. Para utilizar una terminología
alemana, «Erkenntnis nach innen» debe ir en paralelo con «Erkenntnis nach
aussen», la introspección y la autorreflexividad deben ir de la mano de la
observación empírica del mundo exterior, la experiencia de los objetos. Además,
pensar incluye des-pensar. A lo largo de los últimos cien años,
el pensamiento crítico ha sido un poderoso instrumento para des-pensar el
pensamiento adquirido y poder pensar de manera diferente.
Hoy estamos
entrando en una época en la que des-pensar el pensamiento ha dado paso a
dispensar el pensamiento. Una época desinteresada por las causas profundas y
colectivas, restringida a las consecuencias fácilmente observables y alimentada
por la compulsión de convertir todo lo que existe en mercancía y fuente de
lucro, exige una temporalidad rápida, una fast food intelectual
y emocional. Una temporalidad idealmente instantánea que permita saber antes de
saber y sentir antes de sentir, de modo que todo esté disponible y ready-made para
los consumidores dóciles. Pensar, en este caso, es una pérdida de tiempo.
Cuestionar, averiguar la veracidad, proponer alternativas fuera del pequeño
círculo de las ideas autorizadas significa, en el mejor de los casos, empatar y
poner arena en los engranajes y, en el peor de los casos, traicionar, estar en
el lado equivocado de la historia, correr el riesgo de ser silenciado.
Parafraseando a
Ortega y Gasset, las creencias son rápidas y no admiten la duda,
mientras que las ideas son lentas y admiten la duda. Si a lo largo del
siglo XX el pensamiento fue descartado tanto por las creencias como por las
ideas preconcebidas, el prêt-à-penser de hoy ha alcanzado un
nivel sin precedentes: la inteligencia artificial.
La duda, ya sea
analítica, dialéctica o retórica, ha sido eliminada por la certeza mecánica de
la inteligencia artificial. La racionalidad pragmática de la modernidad
occidental, basada en la adecuación entre medios y fines y ajena a la ética, ha
alcanzado el paroxismo asintótico de la autoextinción. El Hombre Nuevo, tan
deseado por los comunistas como por los fascistas, y el Übermensch,
soñado por Nietzsche, emergen finalmente en forma de una Máquina Nueva: la
máquina inteligente regida por algoritmos que, basándose en ellos, aprende
profundamente. La inteligencia artificial generativa. El homo sapiens da
paso al homo artificialis. Etimológicamente, artificialis proviene
del latín y significa hecho por el ser humano y no obtenido de la naturaleza.
En la era de la inteligencia artificial, el homo artificialis no
es el ser humano que hace, es el ser humano que es hecho.
No voy a
discutir aquí los méritos o los peligros de la IA. Solo me interesa analizar
las consecuencias de la enorme outsourcing (externalización)
de la duda y el aprendizaje que se está produciendo. Durante un tiempo, esta
transferencia significa la aparición de nuevas formas de producir certeza y el
desaprendizaje de competencias que se han vuelto redundantes, lo cual no es
nuevo (viene desde la primera revolución industrial). Lo nuevo es la
posibilidad de que desaparezca el concepto y la experiencia de la duda. Está
surgiendo una nueva ignorancia ignorante, en términos de Nicolás de Cusa. Lo
nuevo es la posibilidad de que el desaprendizaje se deslice gradualmente hacia
el no-aprendizaje o, al menos, hacia el no-aprendizaje de todo lo que no se
refiere a las máquinas inteligentes y a la forma de colaborar o cooperar con
ellas. Las competencias en las relaciones interhumanas no mediadas por
la IA desaparecerán. La oralidad será la patología de hablar solo. En el
momento en que la IA falle, la humanidad caerá en el abismo como un avión
pilotado por el piloto automático que de repente se congela.
El colapso
mecánico de la duda no elimina la duda. Solo la remite al inconsciente, y son
los jóvenes quienes más sufren por ello. Viven con especial intensidad la
contradicción entre las expectativas ilimitadas que les crea la sociedad de la
certeza mecánica y sobrehumana y la inmensa frustración que sienten ante las
limitaciones de su frágil e incierta humanidad. Su autoritarismo en el
comportamiento exterior es su forma de lidiar con los demonios internos de la
incertidumbre y la fragilidad que la sociedad no les permite expresar. Están
perdidos y solo se encuentran en su comunidad digital que, de forma siempre
pasajera, ora glorifica a los ídolos, ora demoniza radicalmente a quienes elige
como enemigos. La adulación y el odio ocultan una indiferencia subterránea que
los atormenta. Los psicólogos luchan para que cambien, pero no para que cambie
la sociedad.
EL GRAN DESARME
En un mundo
dominado por la búsqueda de datos exigida incesantemente por los algoritmos y
en el que la hermenéutica de la sospecha ha dejado de existir, surgen nuevas
docilidades y con ellas nuevos desarmes
La docilidad
ante la mentira
Las fake
news se propagan porque el sentimiento prevalece sobre el
conocimiento, la creencia sobre las ideas. La comodidad de no estar solo en una
creencia se ha vuelto inmensamente superior a la incomodidad de estar solo en
la búsqueda de la verdad. Tomemos un ejemplo concreto. El guion global de la
extrema derecha se centra en la instigación de dos sentimientos —el miedo y el
odio— que se activan en tres temas centrales: la seguridad, la corrupción y la
inmigración. Todos ellos son consecuencia de la gobernanza neoliberal. Son los
medios privilegiados para ocultar las causas, la gran sociología de las
ausencias de nuestro tiempo. Este ocultamiento exige una gran inversión en la
mentira y la complicidad de los medios de comunicación. Tres ejemplos.
- Portugal es uno de los países europeos con una tasa de criminalidad
muy baja. Pero si la propaganda política proclama la inseguridad como el
principal problema de los portugueses, de la noche a la mañana los
ciudadanos sienten que les falta lo que tienen en relativa abundancia
(seguridad física) para «olvidar» lo que realmente les falta (sistemas
públicos de salud y educación dignos, una seguridad social sólida).
- Ningún ciudadano europeo ve la «terrible amenaza» que Rusia representa
para Europa. La guerra entre Rusia y Ucrania es un problema con una larga
historia que ambos países deben resolver. Y solo no se resolvió en abril
de 2022 porque Estados Unidos y sus lacayos ingleses se opusieron. Pero,
de repente, Europa se encamina hacia «una guerra de grandes proporciones».
Quien lo dice es Mark Rutte, secretario general de la OTAN, un miserable
fabricante de desastres al servicio de quienes se benefician de ellos.
- Los ciudadanos siguen distinguiendo entre el tiempo de trabajo y el
tiempo libre. El turismo ya les había alertado de la posibilidad de que
este último se convirtiera en un insidioso tiempo de trabajo al servicio
de agentes y guías turísticos. Pero aún no se han dado cuenta de que ver
la televisión o distraerse con el ordenador es tan productivo para el
capital de las Big-Techs como fabricar un televisor o un ordenador. El
algoritmo es el dios incesante de la transformación de toda la vida en
datos y estos, en objeto de lucro. Incluso al dormir producimos datos, sin
mencionar que el sueño es cada vez más una fuente de lucro.
La docilidad
ante la prepotencia
Como modo
existencial, no pensar significa el desarme total ante las agresiones
más groseras contra la vida y la dignidad humanas. Tales agresiones se
convierten en el fiel reflejo de quienes se sienten ratificados en su
transformación interior, a veces instantánea (por metamorfosis, revelación,
iluminación o intervención psicológica), de víctimas agredidas a agresores
vengativos. La sociedad corre el riesgo de convertirse en una inmensa masa de
microdictadores, cada uno con su micromasa de seguidores en las redes sociales,
que maneja libremente en la soledad autoerótica de su habitación. El
fascismo será un significante vacío si los seres humanos ven en el fascismo
político un fiel espejo de su fascismo interior, intelectual, emocional y
relacional. El tiempo lento de la receptividad, la
socialización, la amistad, la cooperación y la restauración da paso al tiempo
rápido de la obliteración y el punitivismo. Con los sistemas democráticos
desvitalizados, el clima de impaciencia punitiva/represiva impregna todos los
ámbitos sociales. Esta es la versión neoliberal contemporánea del homo
lupus homini (el hombre lobo del hombre) de Hobbes.
Además, cuando
no hay una alternativa real, los que gobiernan mal siempre cuentan con la
complicidad de los que se sienten mal gobernados.
Conclusión
En la era del
no-aprendizaje, no se trata de no saber. Se trata de la sensación de saberlo
todo sobre todo porque se sabe a quién acudir para saberlo. Pensar era
necesario mientras el pensamiento no estaba industrializado y disponible
gratuitamente. El pensamiento se distribuye gratuitamente para que el
no-pensar haga posible todo lo demás: sufrir como fatalidad y disfrutar como
interrupción imprevisible y sin sentido; vivir en servidumbre, creyéndose
autónomo por no conocer a los verdaderos amos; consumir o desear consumir
compulsivamente; destruir la vida no humana del planeta, sin pensar que la vida
humana es parte de ella.
En estas
condiciones, pensar dejó de ser la certeza de la existencia para pasar a ser la
certeza de la resistencia. El problema es que en la sociedad del
no-aprendizaje, quien resiste se rinde fácilmente si la resistencia es solo una
forma de pensar. La corriente de la multitud es siempre más poderosa que la
corriente de la soledad. Para resistir eficazmente, no basta con pensar. Se
necesita una nueva forma de ser y de sentir que permita compartir la lucha
contra una sociedad que da inteligencia a las máquinas para quitársela a los
seres humanos. Ya no basta con resistir. Es necesario re-existir.

