miércoles, 22 de julio de 2015

¿SE TIENEN QUE ENTERAR LOS JEFES DE PODEMOS O NOS TENEMOS QUE ENTERAR LOS TRABAJADORES?


EL ESPEJO DE GRECIA

Rebelión
22.07.2015

En su convulsiva crisis Grecia viene a confirmar verdades básicas, olvidadas por décadas de neto predominio reformista y confusión teórica en filas revolucionarias.

Una de ellas es que economía y política no van por caminos autónomos ni admiten ser consideradas y manejadas con independencia una de la otra.

También pasa al centro del escenario una expresión de Lenin respecto de la revolución, posible según su célebre dictum "cuando los de abajo ya no quieren y los de arriba ya no pueden" vivir bajo las imposiciones del capitalismo.

Una tercera columna del pensamiento revolucionario también se traduce nítida por estos días: el carácter internacional de toda y cualquier revolución.

Convendría a la sazón rebuscar en textos antiguos una jugosa polémica de Trotsky contra Stalin, respecto de las particularidades nacionales, a las que este último consideraba como "verruga en el rostro". Allí el revolucionario asesinado en Coyoacán desnuda la superficialidad del pseudointernacionalismo stalinista, cuando explica que son precisamente las especificidades de un país las que pueden hacer posible, en una circunstancia dada, la victoria y afirmación de una revolución.

Todo sumado, es más sencilla una aproximación a la tragedia griega contemporánea.

Parte de la crisis general del capitalismo, la economía griega fue además víctima de la operación imperialista europea destinada a consolidar un bloque para competir en mejores condiciones con Estados Unidos. Las clases dominantes griegas se sumaron fervorosamente a la creación del euro y la operación de compensaciones destinadas a morigerar las enormes desigualdades entre la economía de este pequeño y atrasado país en relación con las de los países desarrollados, especialmente Alemania y Francia. La socialdemocracia participó sin reservas de esta operación timoneada por y en beneficio específico del capital financiero europeo.

Pero la productividad no se inventa ni, mucho menos, se puede soslayar. Y la moneda la expresa con transparencia, aunque ésta pueda demorarse y durante todo un período permitir manipulaciones de diferente signo. Dado el subdesarrollo productivo griego -como el portugués y en menor medida el español- una moneda única, conducida desde Berlín y París no podía sino producir distorsiones enormes, naturalmente en detrimento de la economía griega.

Esto ocurrió en el marco de la secular destrucción de las organizaciones de masas de l