viernes, 16 de enero de 2026

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¿Qué tiene que ver Venezuela con Taiwán?

 

Lo único que tienen en común Venezuela y Taiwán es ser ambas piezas que un peligroso y lunático personaje de dibujos animados, Donald Trump, utiliza para justificar sus delirios de grandeza.

¿Qué tiene que ver Venezuela con Taiwán?

Biljana Vankovska

El Viejo Topo

16 enero, 2026 


El Año Nuevo no comenzó con esperanza ni alegría, excepto para los traficantes de armas. Más precisamente, para el complejo militar-industrial-mediático-académico-ONG que se alimenta de la guerra permanente. Los pedidos fluyen, las ganancias se disparan y la sangre se ha convertido una vez más en un sector en crecimiento. Para cualquier sociedad normal, los piratas pertenecen a las películas de aventuras, no a los pasillos del poder civil. Sin embargo, Venezuela, más precisamente su presidente legalmente elegido, Nicolás Maduro, se convirtió en el primer trofeo del Año Nuevo.

Una semana después del grotesco “espectáculo” del asalto y el secuestro, los analistas siguen confundidos. No es porque los hechos no estén claros, sino porque a menudo están presos de narrativas prefabricadas, muchas de las cuales ellos mismos fabrican. Tal es el caso de la “cuestión de Taiwán” desde hace bastante tiempo. Sobre Venezuela, ya se ha dicho mucho de una manera brillante y perspicaz. Pero centrémonos en el resto de la historia. Gran parte de ella fue contada por Trump personalmente, sin vergüenza y sin restricciones. En una grotesca parodia de Kant, se declaró abiertamente “por encima del derecho internacional”, limitado únicamente por la “ley moral” interior. Invocar la moralidad y a Trump en la misma frase, a la sombra de Epstein y los escuadrones de la muerte de la ICE, no es ironía, sino obscenidad.

Sin embargo, incluso cuando Venezuela se encuentra bajo una enorme presión, este Nerón moderno ya está preparando los próximos objetivos en lo que cada vez se parece más a una nota de suicidio imperial. Los nombres se suceden como apuestas: Cuba, Groenlandia (arrastrando a la OTAN y a la UE a la locura), Irán, Gaza, convenientemente borrada una vez más, permitiendo a Israel continuar su exterminio “pacífico” sin distracciones. En esta grotesca secuencia, destaca un territorio, ni siquiera un Estado, sino un peón: Taiwán.

En tiempos de engaño generalizado, hay que repetir incansablemente hechos bien conocidos: Taiwán es la provincia insular de la República Popular China. Así lo establecen las resoluciones de la ONU, el derecho internacional e incluso la propia política exterior de Washington. El principio de “una sola China” no se discute en el ámbito jurídico ni diplomático; solo lo cuestionan los halcones, los especuladores y los tontos útiles. Y, sin embargo, Taiwán ha sido deliberadamente insertado en la narrativa imperial como la próxima “víctima”. Lo vimos claramente cuando un periodista del New York Times le preguntó a Trump si el asalto a Venezuela sentaba un precedente. Inmediatamente se invocó a Taiwán: ¿Y si China ataca a Taiwán porque se encuentra en su “hemisferio”? (Por cierto, China respondió de inmediato a esta idea de un mundo de hemisferios). El peligro no radica en la respuesta de Trump, sino en la pregunta en sí. Equipara a Venezuela con Taiwán, un crimen internacional contra un Estado soberano con los asuntos internos de otro Estado, sosteniendo así la ficción de una “pequeña y democrática Taiwán” amenazada por una China monstruosa.

Lo que el discurso occidental evita decir claramente es que Taiwán es histórica y legalmente parte de China. Las mismas personas viven a ambos lados del estrecho, separadas por una historia sin resolver, el residuo de una guerra civil inconclusa. No se trata de una cuestión de seguridad internacional. Es una cuestión interna de China.

Lo que convierte a Taiwán en una “crisis global” no es Pekín, sino Washington.

Durante décadas, y con una intensidad creciente en los últimos años, Estados Unidos ha convertido a Taiwán en un arma: política, ideológica y militarmente. Justo antes de Año Nuevo, Washington cerró el mayor acuerdo armamentístico de la historia de Taiwán, canalizando miles de millones a las empresas de defensa estadounidenses. China respondió como siempre lo ha hecho: con calma, legalidad y firmeza. Los ejercicios militares en su propio territorio (un hecho que los medios de comunicación occidentales ocultan sistemáticamente) enviaron un mensaje claro: China no permitirá el desmembramiento de su soberanía.

Como era de esperar, los expertos occidentales claman que China se está preparando para una solución militar. En realidad, son ciertos políticos taiwaneses los que están jugando a la ruleta rusa, alimentando la maquinaria bélica estadounidense y poniendo en peligro a su propio pueblo. Arman la isla contra su propio país, contra una superpotencia nuclear, mientras fingen que se trata de “autodefensa”. Es un teatro político que roza la locura.

Algunos comparan Taiwán con Ucrania, y tienen razón, aunque no en el sentido que pretenden. Ucrania fue militarizada, instrumentalizada y sacrificada. La situación de Taiwán es peor. Ucrania era al menos un Estado. Taiwán no lo es. No puede adherirse a la ONU. No puede adherirse a la OTAN. Y a pesar de las ilusiones cuidadosamente cultivadas en Taipéi, ningún soldado estadounidense morirá por Taiwán. Taiwán tampoco es capaz de disuadir el avance militar de China, si se toma una decisión de ese tipo en Pekín.

Entonces, ¿por qué Washington está agotando los recursos de la isla? ¿Por qué imponer un gasto militar del 5% del PIB a un territorio fuera de la OTAN? ¿Por qué fabricar histeria donde no había ninguna guerra inevitable? La respuesta es obvia: beneficios, contención y sabotaje geopolítico.

El resultado es una reacción política adversa. El líder del Partido Democrático Progresista, el “Zelensky” taiwanés, se enfrenta ahora a un proceso de destitución. El descontento público va en aumento. La gente común entiende la aritmética de la guerra: menos hospitales, menos escuelas, menos pensiones, más armas, más miedo, más dependencia.

La llamada cuestión de Taiwán es un asunto interno de China, y Pekín la ha abordado con una paciencia sin igual en la geopolítica moderna. Un proverbio chino dice: “Un chino no levanta la mano contra otro chino”. La guerra nunca ha sido el plan. La reunificación se ha perseguido a través del tiempo, el desarrollo y la moderación.

La verdadera imprudencia está en otra parte. Algunas élites taiwanesas creen en las promesas de los Estados Unidos, a pesar del largo cementerio de aliados abandonados. Desperdician recursos persiguiendo una independencia imposible. Y sabotean su propio futuro, que claramente reside en la reconciliación con una China en ascenso, una China que construye su poder a través de la economía, las infraestructuras, la educación y la tecnología, no a través de la ocupación y la destrucción.

La propia sociedad taiwanesa no quiere la guerra. A pesar de las divisiones políticas, existe una coexistencia interna y la capacidad de llegar a un compromiso pacífico sobre cuestiones delicadas. ¿A quién beneficia destruir este equilibrio? Por supuesto, se trata solo de una pregunta retórica.

Venezuela y Taiwán no tienen nada en común. Excepto por una cosa: ambos han sido colocados en la mira de Washington. El único peligro real proviene del centro hiperimperial que, como un drogadicto al borde de la sobredosis, corre el riesgo de arrastrar al mundo entero con él.

Fuente: Globetrotter

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Trump contra el planeta. Esto apenas está comenzando

 

Trump contra el planeta. Esto apenas está comenzando

 

DIARIO OCTUBRE /enero 16, 2026

 

Sergio Rodríguez Gelfenstein.— Muchas personas asumen que las acciones de Donald Trump están signadas por un desorden mental del presidente. Tratando de confirmar esa situación, investigué al respecto y en un artículo publicado el pasado 16 de julio bajo el título “¿Es Trump un loco o un típico niño rico extasiado por sus perversiones?” informaba del historial delincuencial y falsificador de la realidad de los antepasados directos de Trump. Ahora, intentando ampliar al respecto consulté a una especialista para que me ilustrara sobre el asunto. Ella me refirió al “Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales” (DSM-5) que es la herramienta taxonómica y diagnóstica publicada por la Asociación Americana de Psiquiatría y que en su Quinta Edición ha actualizado la de 2013.
Según el DSM-5, la personalidad narcisista (Trastorno de Personalidad Narcisista- TPN) es un patrón dominante de grandiosidad (en fantasía o comportamiento), necesidad de admiración y falta de empatía. Algunas de sus características refieren a una autopercepción de magnificencia (hasta un delirio de grandeza), prepotencia, exageración de los logros propios ( a veces en su fantasía) y esperanza de ser reconocido como un ser superior.

Así mismo, se manifiesta una absorción de fantasías de éxito que llevan al paciente a creerse especial y único en sus relaciones por lo que solo se vincula con sus iguales. De la misma manera, expresa un sentimiento orientado al merecimiento de privilegios no razonables que explota a su favor y aprovecha para sus propios fines.

Revela rencor injustificado, no es empático y no reconoce las necesidades o sentimientos de los demás. En ese marco, es envidioso y también siente que lo envidian a él. Otros síntomas son la impulsividad y la necesidad de ser admirado para lo cual exterioriza arrogancia y aires de superioridad.

Hasta aquí lo que expone el DSM-5, considerado la “biblia” de los psiquiatras y sicólogos estadounidenses y una referencia mundial. Consulté la opinión personal de la especialista a este respecto. Me explicó que Trump llena todos los criterios, es decir posee una personalidad narcisista y una conducta antisocial, toda vez que no cumple con las reglas, vulnera los derechos de los demás, engaña sin culpa, es impulsivo pero también planifica con antelación sin ningún sentimiento empático o de remordimientos.

Concluye que el cuadro es muy complejo ya que se suma a la posición que ocupa, lo cual exacerba todos los criterios. Así mismo, reflexiona en torno a que se podría considerar que “el paciente” también sufre de un “Delirio de grandeza” o “megalomanía” que el DSM-5, define como un tipo de delirio grandioso, una creencia fija y falsa de su propia importancia, poder, conocimiento o identidad exagerada, que no se basa en la realidad y que persiste a pesar de la evidencia. En esta medida , su actitud mesiánica que lo hace autodefinirse como “salvador del mundo” le hace suponer que puede engañar a todos por su ambición desmedida.

Como dice la especialista consultada, esto no pasaría de ser un tratamiento natural sino fuera porque estamos hablando del presidente del país más poderoso que es dueño de las fuerzas armadas más grandes del planeta, poseedor de un vasto arsenal nuclear suficiente para hacer desaparecer al ser humano de la faz de la tierra.

Pero sigo creyendo que la personalidad de Trump, siendo un factor importante, no es el decisivo en sus motivaciones para actuar como lo hace. Le personalidad de un individuo es parte de los factores subjetivos que influyen, pero lo determinante es lo objetivo, y eso viene dado por los intereses que se defienden. En el caso de Trump, los de ese 1% que controlan el Complejo Militar Industrial, el sistema financiero, las grandes empresas energéticas y las transnacionales farmacéuticas, ligadas por un hilo conductor común: el narcotráfico. No se trata de que no entre droga a Estados Unidos, sino que lo haga de forma ordenada para que sin impedimentos la ganancia fluya por el sistema financiero.

Lo más preocupante es que este personaje con su trastorno narcisista y sus delirios de grandeza, al igual que su mentor Adolfo Hitler, ha adoptado la ideología nazi como orientadora de su gestión de gobierno. Sin embargo, a diferencia del siglo pasado cuando el mundo se unió para luchar contra el espectro del nazismo, hoy, una buena cantidad de países, especialmente algunas de las más importantes potencias parecen cómodas conviviendo con él.

En el caso de Venezuela, la única manera que Estados Unidos tiene a la mano para instalar a la oposición en el poder con el objetivo de controlar un gobierno afín que le permita apropiarse de las grandes riquezas del país y matar el ejemplo que significa Venezuela para la región es a través de una invasión y una guerra directa, pero eso es muy difícil de “digerir” por la opinión pública de Estados Unidos en la actualidad, por lo cual dicho objetivo ha tenido que ser pospuesto por ahora. Pero van a insistir en ello en el futuro, haya gobiernos republicanos o demócratas hasta que constaten que la voluntad de resistencia y victoria del pueblo venezolano no tiene fecha de caducidad.

Eso es lo que explica la declaración de Marco Rubio en el sentido de que Venezuela es un país inseguro para los ciudadanos estadounidenses, pretendiendo con ello refutar la idea que comienza a tomar forma en el establishment de Estados Unidos de que en Venezuela hay tranquilidad y estabilidad, lo cual le permite volver a las empresas petroleras, sacadas del país por las sanciones de Obama, Biden y Trump. La opción de Rubio es María Machado pero no ha logrado convencer totalmente a Trump de ello.

Mientras tanto, la situación interna de Estados Unidos no es la mejor para Trump. Lo ocurrido en Minneapolis cuando un oficial del ICE (la “Gestapo” de Trump) asesinó a una inocente mujer blanca de clase media, poeta y madre de tres hijos a quien Trump y el vicepresidente Vance caracterizaron de ultraizquierdista y terrorista, ha destapado una vez más la podredumbre del sistema político estadounidense que da cuenta que en este país una persona merece morir, sin pasar por un juicio, por pensar diferente. El odio al ICE que se está incubando en la población, podría ser un elemento aglutinador de la impotencia del pueblo estadounidense.

Antes del secuestro del presidente Maduro, se produjo el intento de asesinato del presidente Putin en su residencia y después, este domingo 11 de enero, durante el mismo día, Trump amenazó sucesivamente a Groenlandia, México, Cuba e Irán. El apremio y coacción del presidente estuvo dirigido a América Latina y el Caribe, Europa y Asia, casi todo el mundo. A ello se le suman eventuales ataques en la frontera colombo-venezolana con la venia del presidente Petro, que, asustado, ya lo anunció. El abandono de Estados Unidos de 66 instancias multilaterales apuntan a que solo se mantendrá en aquellas donde puede imponer su criterio sin cortapisas, en especial el Consejo de Seguridad de la ONU, ente inoperante mientras exista el derecho a veto.

Como colofón de esta desquiciada política, la noticia de la intención de Trump de elevar el presupuesto militar en un 50 % proyectando una cifra histórica de 1.5 billones de dólares es un claro mensaje al Complejo Militar Industrial a quien le promete aumentar sus ganancias a cambio que hagan a las fuerzas armadas de Estados Unidos más poderosas y dominantes. Llegó al punto de amenazarlas con prohibir dividendos y recompras en caso de no producir armamento al ritmo que Trump requiere.

Todo esto ha prendido las alarmas al interior de las élites, temen un proceso de desplome del sistema político de Estados Unidos e incluso la pérdida de su condición de república que se sustenta en un régimen de democracia representativa liberal que está siendo vulnerado. Existe el temor de que Trump esté instaurando una dictadura, toda vez que ya el 6 de enero de 2021 demostró que no cree en la alternabilidad y, los hechos recientes corroboran que tampoco le importa la separación de poderes, dos pilares fundamentales de este sistema de democracia liberal.

Deben estar considerando que una encuesta de opinión pública realizada por el canal de televisión chino CGTN en todo el mundo señala que el 93,5 % de los encuestados cree que Estados Unidos, al perseguir el unilateralismo, se ha colocado en oposición a la comunidad internacional. Además, el 91,7 % piensa que reformar el sistema de gobernanza global es una prioridad urgente.

Desde otra perspectiva, el periodista estadounidense, Tucker Carlson, firme apologista de Trump cuando llegó al gobierno y ahora un feroz crítico de sus actuaciones a pesar de ser un referente del grupo MAGA, aseveró que la reciente agresión militar de Estados Unidos contra Venezuela “marca un punto de quiebre histórico y confirma la transformación de su país de una república constitucional a un imperio que actúa al margen de sus propias normas democráticas”. Afirma que, el país ha entrado en una “fase imperial”, caracterizada por la concentración del poder en el Ejecutivo y el papel marginal del Congreso que ha sido “relegado e ignorado”, incluso en decisiones de guerra.

Coincidiendo con otras opiniones, Carlson también sostiene que “Estados Unidos ha dejado de ser una república y ahora es un imperio”, aseveración que hace al constatar que el Congreso no fue consultado para realizar la operación militar contra Venezuela, “en abierta violación del equilibrio constitucional”, lo que conlleva un debilitamiento progresivo del poder legislativo que ya está en marcha.

Todas estas actuaciones que son premisas del pensamiento político de Trump se pueden encontrar en “Mi lucha” la obra más distintiva del ideario hitleriano: supremacismo, racismo, expansionismo, destrucción del Estado de derecho y de la democracia liberal, violencia, corrupción, represión y persecución de las minorías. El propio Trump se ha encargado de explicar su axioma cuando ha dicho que no necesita el derecho internacional. En una entrevista con The New York Times se le preguntó si había algún límite a sus poderes globales respondiendo que: “Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme”. Y agregó que todo dependía de la definición que cada quien haga del derecho internacional.

No soy como muchos un seguidor del filósofo ruso Alexander Dugin, pero debo reconocer que ahora coincido con él cuando dice que está seguro de que en este momento, “al observar lo que sucede en la política global, todos han comprendido finalmente que el derecho internacional ya no existe”.

Y comparto con él que si el sistema internacional heredado del fin de la segunda guerra mundial ha muerto, ha llegado la hora de crear un nuevo sistema internacional de derecho lo cual se ve bastante difícil porque ni China ni Rusia parecen estar interesadas cuando cualquier sistema internacional alternativo en la actualidad, solo puede surgir de la decisión de estas dos grandes potencias y algunos otros países, tal vez aquellos que están agrupados en BRICS, aunque esta instancia siempre estará limitada por la actitud eternamente pusilánime y cobarde de la diplomacia brasileña.

Refiriéndose a Rusia, su país, Dugin, como siempre, es muy contundente: “Quizás este año tengamos que participar en una ´lucha planetaria de todos contra todos`, durante la cual se determinará el futuro, el orden mundial correspondiente y el sistema de derecho internacional. Actualmente, no existe ninguno. Pero debe haber un derecho internacional que nos permita ser lo que debemos ser: un Estado-Civilización, un mundo ruso. Esto es lo que debe conceptualizarse lo antes posible”. Como siempre es tremendista que es lo que hace que yo no sea su seguidor asiduo, pero lo cito porque me parece que este párrafo dimensiona la profundidad del problema.

Pero Dugin no es el único que piensa de esta manera. En la trinchera del frente, en un análisis publicado por la revista Foreign Affairs -tal vez el instrumento más relevante para la discusión sobre la política exterior estadounidense y los asuntos internacionales de ese país- se hizo un alerta contundente sobre lo que denomina “un colapso definitivo y sin precedentes en el orden jurídico internacional, a raíz de la intervención militar de EEUU en Venezuela el pasado 3 de enero”. El informe agrega que con esta acción, la administración Trump ha abandonado para siempre cualquier intento de apegarse al derecho internacional, amenazando además con dar continuidad a esta decisión tras manifestar abiertamente sus ambiciones de anexión sobre Groenlandia, “reemplazando el derecho global por una doctrina de fuerza unilateral”.

El artículo señala que: “Un sistema de reglas puede sobrevivir a cierta hipocresía, pero el nihilismo lo derribará”. Con esto se trata de decir que la administración Trump “ya no busca justificar sus movimientos con argumentos legales, en realidad no le interesa, prefiriendo la imposición de políticas directas vía redes sociales, carentes de transparencia o explicación formal”. De ahí la inutilidad de apelar al derecho internacional y la inoperancia de recurrir a la ONU y a su Consejo de Seguridad.

Continuando, Foreign Affairs afirma concluyente que: “Este fenómeno, catalogado por analistas como ´nihilismo político`, representa una amenaza directa para el orden internacional establecido tras 1945. Al prescindir de cualquier pretensión de legalidad, la administración Trump envía la señal de que Estados Unidos ya no se considera vinculado por normas o tratados globales”.

Incluso, Viacheslav Volodin, presidente del parlamento ruso, al sus sesiones abrir el pasado martes 13 tras el receso de navidad y fin de año denunció hoy se corre el riesgo de “un mundo sin reglas” y la violación de la soberanía de los países. Volodin consideró que se “ están erosionando los principios del derecho internacional acuñados tras la Segunda Guerra Mundial” y culpó de ello a los países occidentales.

Ahora, obsesionado con obtener Groenlandia a cualquier precio, Trump está incluso amenazando con destruir el formato de control mundial establecido por el mismo Estados Unidos al finalizar la segunda guerra mundial. Considera que las normas del orden internacional surgido en 1945 son “cargas innecesarias para una superpotencia como Estados Unidos”. Incluso se atrevió a decir que los presidentes Putin y Xi Jinping no pueden utilizar una lógica similar a la que él ha planteado porque eso perjudicaría a Estados Unidos y no lo iba a aceptar, lo cual es un golpe contundente a la multipolaridad que se pretende construir como alternativa y al propio grupo BRICS que parecía ser el principal referente de esa opción.

Esto apenas está comenzando pero no tengo duda que aun siendo de difícil pronóstico, conducirá a cambios profundos y trascendentes para el planeta…esperemos que para mejor.

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Fuente: Sergio Rodríguez Gelfenstein

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La ruina del imperio estadounidense: Venezuela y la farsa del «triunfo» gringo

 

La ruina del imperio estadounidense: Venezuela y la farsa del «triunfo» gringo

 

Diario octubre / enero 15, 2026

 

La historia, maestra implacable, nos ofrece espejos donde se reflejan las glorias y miserias de los imperios. Recordamos los fastuosos triunfos romanos, donde generales victoriosos desfilaban por la Vía Sacra, exhibiendo el botín de guerra y, lo que es más crucial, a los monarcas y líderes derrotados, encadenados y humillados ante la plebe romana. Era la máxima expresión del poder imperial: la exposición pública de la rendición del vencido, un rito que consagraba la hegemonía y disuadía futuras resistencias.

Miles de años después, el declive del imperio estadounidense nos ha regalado una grotesca parodia de este rito, orquestada por el histriónico Donald Trump en su obsesión con Venezuela. No hubo desfile en Washington, ni carros tirados por caballos, ni multitudes vitoreando a un líder extranjero encadenado. En su lugar, el mundo fue testigo de un intento de «exposición pública indecente» de Nicolás Maduro, no a través de una captura física, sino mediante una estrategia de estrangulamiento económico y guerra psicológica diseñada para forzar su rendición o derrocamiento. Trump, en su delirio de grandeza, ofrecía recompensas por su cabeza, lo declaraba «narcotraficante» y reconocía a un autoproclamado «presidente interino» surgido de la nada. Intentó construir un triunfo sin batalla, una victoria sin conquista real, esperando que la presión externa, las sanciones criminales y el cerco mediático hicieran el trabajo sucio.

Pero, ¿quién fue realmente expuesto en esta farsa?

La farsa de la fuerza: Pura debilidad imperial

Lo que el hegemón estadounidense presentó al mundo como una implacable demostración de fuerza y determinación contra Venezuela, no era más que la manifestación descarnada de su creciente debilidad. El despliegue de «máxima presión» a través de sanciones económicas asfixiantes, el bloqueo financiero, el robo descarado de activos nacionales como CITGO, la manipulación del precio del petróleo y el apoyo descarado a una débil oposición golpista y fragmentada, no han logrado el objetivo de derrocar al gobierno bolivariano. Lejos de ser un signo de poderío, esta desesperada estrategia es el último recurso de un imperio en declive que ha perdido la capacidad de imponer su voluntad por medios más sutiles o efectivos.

La «exposición pública indecente» no fue de Nicolás Maduro, quien resistió con una tenacidad que desarmó a sus detractores, sino del propio imperio. Se expuso su doble moral, su desprecio por la soberanía de los pueblos, su voluntad de infligir sufrimiento a millones de personas con tal de imponer sus intereses geopolíticos y económicos. Se desnudó la falacia de su discurso «democrático» al apoyar regímenes de facto y conspiraciones militares en la región mientras acusaba a Venezuela de «dictadura». Se hizo evidente la desesperación de una potencia que, acostumbrada a imponer su voluntad con facilidad, se encontró con una resistencia inesperada y la emergencia de un nuevo orden mundial.

El declive sostenido: La hegemonía económica en la cuerda floja

Estados Unidos está inmerso en un declive sostenido que se manifiesta con particular crudeza en el ámbito económico. La hegemonía que mantuvo indiscutiblemente durante décadas se erosiona a pasos agigantados. China, la potencia emergente, ha superado a EE.UU. en numerosos parámetros económicos y lo hará en prácticamente todos en el corto y mediano plazo. Desde la capacidad de producción industrial hasta el comercio internacional, la inversión en infraestructuras a nivel global (como la Iniciativa de la Franja y la Ruta) y la acumulación de reservas, la nación asiática ha demostrado una resistencia y una visión estratégica que contrastan con el cortoplacismo y la especulación financiera estadounidense. El «Made in USA» es hoy una pálida sombra frente al inmenso y diversificado motor productivo chino. Esta pérdida de la supremacía económica es el pilar fundamental que se desmorona bajo el imperio.

La erosión militar: Adiós a la superioridad tecnológica

La otrora incuestionable superioridad tecnológica militar de Estados Unidos ha sido desafiada y, en muchos aspectos, superada. Rusia y, cada vez más, China, han desarrollado capacidades que contrarrestan o incluso exceden las de Washington en áreas críticas. La misilística hipersónica, capaz de evadir los sistemas de defensa actuales, es un campo donde EE.UU. va a la zaga. Los sistemas antiaéreos de última generación, como el S-400 y S-500 rusos, han demostrado ser una amenaza real para la aviación de combate estadounidense. En tecnología de drones avanzados y guerra electrónica, China está cerrando la brecha rápidamente.

Pero la verdadera brecha, la más fundamental, reside en la capacidad de producción industrial. Mientras que EE.UU. ha deslocalizado gran parte de su base manufacturera, Rusia y China han invertido masivamente en la suya, logrando una autosuficiencia y una escala que le permitirían sostener un conflicto prolongado, algo impensable para Washington. Un avión de combate o un tanque no son solo tecnología, son el producto de una gigantesca cadena de suministro y una infraestructura industrial que EE.UU. —y Europa— ha permitido que se oxide.

El talón de Aquiles: La dependencia de tierras raras

La dependencia estratégica de Estados Unidos en recursos críticos es un eslabón fatalmente débil. Las tierras raras, esos 17 elementos químicos esenciales para la fabricación de alta tecnología militar (sistemas de guiado de misiles, radares, sensores, motores a reacción) y civil (vehículos eléctricos, teléfonos inteligentes, turbinas eólicas), están prácticamente monopolizadas por China. No solo por sus yacimientos, sino, y esto es lo crucial, por sus sistemas de refino y producción. China procesa la inmensa mayoría de las tierras raras del mundo, controlando efectivamente la cadena de suministro global. Esta vulnerabilidad coloca a EE.UU. en una posición extremadamente frágil, incapaz de producir, escalar o incluso reparar muchas de sus avanzadas armas sin el beneplácito de su principal rival geopolítico. Es una espada de Damocles suspendida sobre su cabeza.

Aranceles: Un bumerán que golpea al propio pueblo

La guerra de aranceles iniciada por Trump, y mantenida en parte por la administración Biden, ha demostrado ser un fracaso rotundo. Lejos de «proteger» la industria estadounidense o forzar a China a ceder, esta política ha encarecido los productos importados para el consumidor estadounidense, ha dañado a las empresas que dependen de componentes chinos y ha generado incertidumbre en los mercados globales. El «baile de los aranceles» no está funcionando y solo va a acabar depreciando la calidad de vida de la ciudadanía norteamericana, erosionando su poder adquisitivo y exacerbando las tensiones inflacionarias. Es una medida desesperada que refleja una incapacidad para competir en términos justos y un desconocimiento de la interconexión de la economía global.

La verdadera vanguardia: China en la innovación científica

Si la producción industrial es la base material de la hegemonía, la innovación científica es su motor de futuro. Y en este ámbito, China ha emergido como la fuerza dominante. Se estima que la producción científica y la innovación de China en campos clave están cerca de acaparar el 90% de las publicaciones más relevantes, como se puede observar en la cantidad y calidad de los *papers* en las revistas científicas internacionales de mayor prestigio, especialmente en áreas como la inteligencia artificial, la computación cuántica, la biotecnología y las energías renovables. Esta avalancha de conocimiento y desarrollo tecnológico propio le confiere a China una ventaja competitiva insuperable a largo plazo, mientras que EE.UU. se aferra a un pasado de laureles.

El robo de recursos: El último estertor de un depredador

Ante esta debacle multifacética –económica, militar, tecnológica y científica–, a Estados Unidos no le queda otra que recurrir a tácticas desesperadas y criminales: robar recursos de otros países usando el músculo económico y militar que le queda. Venezuela es el ejemplo paradigmático. La obsesión por su petróleo, por su oro, por sus riquezas naturales, no es un signo de poderío, sino de una profunda debilidad. Es la rapiña del depredador herido que busca engordar para morir, un intento fútil de retrasar lo inevitable. Pero esta fuerza bruta, este latrocinio, no arregla nada a largo plazo; solo acelera el resentimiento global y el aislamiento del imperio. Es el patético espectáculo de un gigante que se desmorona y, en su agonía, intenta arrastrar a otros consigo.

Venezuela: Un escollo inquebrantable

La fuerza bruta no arregla nada. Tampoco las redes sociales, los *bots* o las operaciones de guerra psicológica. Venezuela es y seguirá siendo bolivariana. El imperialismo podrá conseguir contratos de petróleo a precio de mercado, pero no se va a quedar con el petróleo venezolano a menos que ponga las botas en el terreno. Y en ese escenario, con millones de personas del pueblo armadas y el propio ejército del país resistiendo, no van a conseguir gran cosa. La historia de la invasión y ocupación militar de Irak y Afganistán ya lo demostró: un pueblo unido es invencible. Si, en un acto de locura, intentaran destruir la infraestructura desde el aire, ¿cómo van a producir petróleo para poder robarlo después? El resultado sería una tierra arrasada y una quiebra operativa total, haciendo inútil la propia invasión. Esto tiene toda la pinta de acabar como Afganistán, con una salida por la puerta de atrás, humillante y costosa en vidas y recursos. El imperio no tiene el estómago ni la capacidad industrial para sostener una guerra de guerrillas prolongada contra un pueblo que defiende su soberanía.

La irrelevancia del dólar y el nacimiento de un nuevo orden

Mientras tanto, EE.UU. ve cómo sus bonos del tesoro se venden masivamente, especialmente por parte de China, en un proceso de desacoplamiento del dólar que avanza más rápido que en años pasados. Los BRICS+ (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y ahora una decena más de países) ya comercian en sus monedas nacionales, promoviendo alternativas al sistema SWIFT y al predominio del dólar. El dólar va camino de la irrelevancia en una mayoría de países de Asia y el Sur Global, que representan aproximadamente la mayoría de la población mundial y la mitad —creciente— de la economía global. Este golpe a la hegemonía financiera es, quizás, el más devastador de todos, ya que socava la capacidad de EE.UU. para imponer sanciones, controlar flujos de capital y financiar su exorbitante deuda. La «ruina del imperio estadounidense» se está escribiendo en el crepúsculo del petrodólar.

Venezuela: El penúltimo clavo en el ataúd del imperialismo

No demos Venezuela por perdida, ni mucho menos. Al contrario, la resistencia bolivariana, jugando bien sus cartas, aprovechando el contexto multipolar y la decadencia imperial, puede convertirse en uno de los últimos clavos en el ataúd del imperialismo estadounidense. La capacidad de resistencia de Venezuela ha expuesto la futilidad de la agresión y ha demostrado que un mundo diferente es posible.

Es crucial buscar apoyo de clase en los propios Estados Unidos. Como en muchos triunfos imperiales de Roma, donde a veces la población lograba indultar a líderes o sus familiares de países enemigos capturados, hoy podemos apelar a la conciencia de la clase trabajadora estadounidense, aquella que también sufre las consecuencias del militarismo y la voracidad de su propia élite.

El tiempo corre a nuestro favor. Hay que ganar tiempo para organizar la resistencia, la de los países aliados de Venezuela, la de los movimientos populares del Sur Global y, fundamentalmente, la de la solidaridad internacionalista global, de clase y revolucionaria. La ruina del imperio no es un evento repentino, es un proceso; y Venezuela está en la primera línea de esta lucha histórica, construyendo, con su resistencia, el camino hacia un mundo multipolar y verdaderamente libre.

Fuente: Juanlu González

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