domingo, 15 de mayo de 2016

EL 15M 5 AÑOS DESPUÉS


5 años después, el 15M como movimiento de desobediencia
 
LA DESOBEDIENCIA COMO ACTO FUNDACIONAL DEL 15M
 
 
(Crónica de Aragón/25.05.2011. Zaragoza.- Acampada Zaragoza inauguró ayer a mediodía la Universidad del Pueblo en la Calle con un taller sobre Economía Política a cargo del columnista y escritor sevillano afincado en Zaragoza, Manuel Sogas Cotano.
Con la ayuda de una pizarra y un sistema de megafonía, Sogas fue desgranando ante unas doscientas personas los entresijos del funcionamiento del modo de producción actual, con especial atención a todo lo relacionado con la crisis del sistema, el mercado del trabajo y la obtención de los beneficios empresariales)
10.05.2016
 
La gran manifestación de mayo de 2011 nos pilló en Sevilla, a un grupo más o menos numeroso de activistas, muchos con una trayectoria reconocible como activistas “radicales”, organizando una semana de lucha social. Esta entraba dentro de una lógica que buscaba abrirse a estratos más amplios de la población y romper el carácter habitualmente gregario del activismo radical de izquierdas, con una impronta ciudadanista e intervenciones que destacaban por su moderación discursiva. A pesar de esto, la falta de signos identificables de la izquierda en el 15M hizo dudar a algunos, al menos en un principio, incluso de su carácter progresista. Puede que fuese la toma de la Plaza Mayor de Sevilla lo que determinó la implicación en los acontecimientos del activismo sevillano, que inevitable y repentinamente había adquirido el adjetivo de viejo. Lógicamente las disputas entre los experimentados y los recién llegados no tardaron en surgir. El 15M no quería datar de nada más que de sí mismo y el viejo activista desconfiaba del discurso tibio y la falta de radicalidad del advenedizo. Ambos se equivocaban, obviamente. El 15M resultó un movimiento fundamentalmente desobediente y el propio acto de ocupación de la plaza mostraba este componente a la vista de todos. Pero, a diferencia de los movimientos anteriores, no era una desobediencia protagonizada por grupos identificables y acotables. El protagonismo había pasado a una masa, por mucho tiempo moderada, silenciosa y obediente, en la que el poder del Estado basaba parte de su legitimidad. Al mismo tiempo, el movimiento contenía códigos y prácticas que desarrollaban e incluso resultarían ser paradigmáticos de la línea que habían seguido en las últimas décadas los movimientos de protesta de carácter autónomo. La influencia del activismo tacticista, subversivo y libertario se haría incluso más patente conforme pasasen los primeros momentos de enamoramiento con la masa manifestante. No obstante, esta conexión con los movimientos anteriores implicó también cargar con algunas de sus limitaciones, la ubicación en una posición de pura negación, con escasa capacidad de plantear alternativas y un individualismo político radical que hacía difícil cualquier fórmula organizativa fuera de la escala local y el corto plazo.
 
La actual Plaza Mayor de Sevilla es hoy uno de los principales paradigmas de la producción del espacio en el capitalismo neoliberal. Un espacio simbólico de poder que concentraba muchos de los elementos que cuestionaría el 15M: La privatización no solo del edificio, sino también de la plaza misma, de un espacio en teoría público que regularmente se valla y se protege con seguridad privada para eventos particulares, el despilfarro en obras faraónicas propio de la burbuja inmobiliaria, con el concurso de la gran constructora favorecida por el poder político y todo ello bajo un gobierno de coalición entre PSOE e IU. Su inauguración estaba prevista para el verano de 2011 y, sin embargo, fueron los manifestantes de aquel mayo los que se adelantaron con la toma del espacio e instalación de un campamento que nadie sabía si ocupaba un espacio del Estado o del gran capital privado, cada vez más difícilmente distinguibles. Incluso si los objetivos de la toma nunca llegaron a estar claros del todo, lo que estaba claro era que suponía un desafío al orden imperante.
 
Caben pocas dudas respecto de que fue la ocupación el verdadero acto de fuerza que hizo tan relevante al movimiento. La gran manifestación fue un primer gran evento en el que, con un discurso a-partidista, la gente se descubrió a sí misma, descubrió que eran muchos en su afirmación de hastío frente a la clase política y su operancia ante crisis. Sin embargo, el gran detonante que condujo a que hablemos de un movimiento con unas dimensiones y una relevancia política indiscutible, fueron las ocupaciones de las plazas. Empezando por la acampada Sol, por supuesto, acción iniciada por tan solo un puñado de personas tras la manifestación. Este acto fue seguido por la represión y es esta, así como la respuesta masiva en un nuevo acto de desobediencia, la que genera un efecto multiplicador en la mayor parte del Estado. La radicalidad de este momento vino dada por la legitimidad que una masa de población asignó al acto de desobediencia y la deslegitimación de la represión, que implicaba la deslegitimación del orden político vigente. Los instrumentos del orden, a pesar de su amenaza constante, perdieron su eficacia frente a la masa en la calle.
 
Políticamente, aquel periodo puede significar cosas muy diferentes para diferentes observadores. Probablemente, la reevaluación del mismo a posteriori engrandece sus dimensiones y su radicalidad. Sin embargo, parece difícil discutir que se trató de un momento político excepcional, un momento de fractura, en la medida en que el orden social vigente estaba siendo cuestionado por la gente, por la masa. La ocupación de las plazas suponía un desafío al orden policial del espacio y a su gestión por poderes públicos y privados. Durante un periodo más bien breve, el nivel de ventas de los comerciantes de la plaza Sol contó tan poco como la propiedad privada de la Plaza Mayor de Sevilla. Los cordones policiales, las amenazas y los intentos de desalojo sirvieron principalmente para alimentar el afán desobediente de los concentrados y multiplicar su número. Al mismo tiempo, se trataba de un desafío al orden secuencial y temporal de la sociedad política. La indefinición del periodo de la ocupación, una vez asumida la imposibilidad de un desalojo rápido, era inadmisible tanto para los intereses privados como para la administración de lo público. Desde la restringida visión del fenómeno por parte de estos poderes, se pensó primero que la toma de la plaza consistiría en un acto puntual, luego que sería disuelta por la prohibición de la Junta Electoral y posteriormente que se disolvería tras las elecciones. La masa desobedeció descaradamente e impunemente la muy liberal prohibición de manifestarse en la jornada de reflexión electoral, desplazando la deliberación desde la elección entre un número de papeletas al cuestionamiento de la propia capacidad de los políticos profesionales para representar a la gente. La permanencia tras el 22 de mayo desbarató todos los pronósticos y expresó el alcance de la crítica del 15M, que no se limitaba a un partido ni a la labor de un gobierno concreto, lo que se solucionaría tras la alternancia electoral, sino que parecía entonces dirigirse a la raíz del sistema político, cuestionando la democracia parlamentaria en su conjunto. Se cuestionaba el carácter real de la democracia liberal, donde el antagonismo político había ido dejando paso progresivamente a una gestión post-política de la administración pública.
 
Este discurso rabiosamente contrario a los partidos y, en general, a cualquier institución, no fue totalmente innovador. Coincide en gran medida con las convocatorias y campañas anteriores de los movimientos sociales, pero alcanzando por primera vez, en el particular contexto de la crisis, un consenso masivo. Las disputas respecto de la presencia de banderas y signos partidarios era ya muy familiar para aquellos que habíamos participado en manifestaciones del movimiento anti-globalización o contra las reformas universitarias. Pero al mismo tiempo que rechazaba lo instituido, el movimiento buscaba de forma desesperada nueva fórmulas.
 
Ocupaciones y resistencias
La necesaria búsqueda de fórmulas que dieran salida al manifiesto político horizontalista y desobediente que fue en conjunto el primer periodo de manifestaciones y ocupación de plazas, condujo al ensayo de diversas tácticas. Si bien algunas tuvieron su fundamento en el rechazo de las injusticias más flagrantes del sistema y en el desafío al orden policial, incluso las más constructivas implicaron un afán de evadir el orden político, no solo de las inst