domingo, 2 de abril de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA, 6 DE 25


León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

Tomo II



 marxistsfr.org

Capitulo VI

Kerenski y Kornilov

(Elementos de bonapartismo en la revolución rusa)


Se ha escrito no poco sobre el tema de que las sucesivas calamidades e incluso el advenimiento de los bolcheviques se hubieran evitado de haberse hallado al frente del gobierno, en vez de Kerenski, un hombre de pensamiento claro y carácter firme. Es indiscutible que a Kerenski le faltaba lo uno y lo otro. Pero, ¿por qué determinadas clases sociales se vieron obligadas a levantar sobre sus espaldas precisamente a Kerenski?
Como para remozar la memoria histórica, los acontecimientos españoles han venido a mostrarnos nuevamente cómo en los primeros momentos la revolución, borrando las demarcaciones políticas habituales, lo envuelve todo en una niebla rosada. En esta etapa, hasta sus enemigos se esfuerzan en teñirse de su color; en este mimetismo se expresa la tendencia semiinstintiva de las clases conservadoras a adaptarse a las transformaciones que les amenazan, con miras a sufrir lo menos posible las consecuencias de esas mismas transformaciones. La solidaridad de la nación, basada en unas cuantas frases hueras, convierte la tendencia conciliadora en una función política necesaria. En esa fase, los idealistas pequeñoburgueses, que se elevan por encima de las clases, piensan con frases de cajón, no saben lo que quieren y desean que todo el mundo vaya bien: son los únicos caudillos posibles de la mayoría. Si Kerenski hubiera tenido un pensamiento claro y una voluntad firme, habría resultado completamente inservible para desempeñar su papel histórico. Esto no es una apreciación retrospectiva. En el momento en que los acontecimientos se hallaban en su apogeo, los bolcheviques lo estimaban ya así. "Defensor de los procesos políticos, socialista revolucionario que se hallaba al frente de los trudoviki, radical sin ninguna escuela socialista, Kerenski era el que mejor reflejaba la primera época de la revolución, su incoherencia "nacional", el idealismo inflamado de sus esperanzas y anhelos." Así escribía, a propósito de Kerenski, el autor de estas líneas, hallándose en la cárcel, después de las jornadas de julio. "Kerenski hablaba de la tierra y de la libertad, del orden, de la paz de los pueblos, de la defensa de la patria, del heroísmo de Liebknecht; decía que la revolución rusa había de asombrar al mundo con su generosidad, y al decir esto agitaba su pañuelo de seda. El ciudadano neutral, que empezaba apenas a despertar, escuchaba con entusiasmo estos discursos y le parecía que era él mismo quien hablaba desde la tribuna. El ejército acogió a Kerenski como a quien venía a librarle de Guchkov. Los campesinos habían oído hablar de él como de un trudovik, de un diputado de los suyos. A los liberales les atraía la moderación extremada de sus ideas, envuelta en el radicalismo indefinido de sus frases"...