miércoles, 22 de agosto de 2018

ÁFRICA, DEL POR QUÉ VIENEN LOS AFRICANITOS POBRES, DE QUE CUANDO SEREMOS CONSCIENTES LOS TRABAJADORES QUE LA RIQUEZA LA CREAMOS CON NUESTRO TRABAJO Y DE QUE CÓMO ME LA MARAVILLARÍA YO


Congo, el país de la herida eterna 3
Las minas de coltán, el preciado mineral que nutre la tecnología de todo el mundo, son escenario de todo tipo de abuso
Xavier Aldekoa i Numbi
RDC, Corresponsal
21.08.2018



Vista parcial de la mina a cielo abierto de coltán en Numbi, en el este de la República Democrática de Congo (Xavier Aldekoa)
19/08/2018 00:01Actualizado a21/08/2018 06:53
Temas relacionaLa Vanguardia viaja al este de República Democrática de Congo a la raíz de un conflicto que amenaza con estallar de nuevo. El próximo diciembre, el país celebra elecciones para despedir a Joseph Kabila, quien se ha resistido a dejar el poder que ostenta desde 2001. En medio de un estado de represión, corrupción y violencia, Congo ha entrado en combustión. En esta serie de reportajes, los abusos en una mina de coltán, mineral que nutre la tecnología de occidente, la inocencia perdida en una atestada cárcel de menores de Goma o los horrores cometidos por niños soldado muestran algunas de las consecuencias de una guerra sin fin. Pero frente a la desesperanza y el silencio, algunos congoleses han dado un paso al frente: la bondad del doctor Mukwege, que cura gratis a mujeres violadas o el valor de reporteras o ciberactivistas hacen frente a una injusticia enquistada en la conciencia internacional en pleno siglo XXI. Congo, la eterna herida olvidada de África, busca cambiar su futuro.
– No hay otra opción, señor. No hay otra.
Las nubes chispean gotas finas, la bruma tiñe de gris las montañas y sólo se percibe la silueta de quienes ascienden la colina. Se oye el chapoteo de pasos en el barro. Son las seis de la mañana, sopla una brisa suave y la escena rememora trincheras de una época pasada. Pero aquí las bayonetas no cortan el aire ni huele a pólvora húmeda, de los hombros sólo sobresalen picos y palas. Las dos únicas armas de fuego son las de dos guardias que siguen al grupo con un kalashnikov al cuello. Después de atravesar un riachuelo y remontar el lecho chocolateado de un río seco, se alcanza un prado verde con un tajo seco en la mitad: la mina de coltán de Numbi. Encaramados al agujero, decenas de hombres picotean la pared terrosa. Bienfait Byabuze, de 25 años, apoya su bota derecha en el perfil metálico de su pala, clavada en la tierra. Antes de iniciar su jornada laboral –durará hasta que se ponga el sol, 13 euros a la semana–, habla de sus dos hijos y de que pronto quizás ahorre suficiente para enviarlos a la escuela. “Espero que dios ayude”. Bienfait se encoge de hombros cuando le pregunto si sabe para qué sirve el coltán que busca día tras día –un conector en dispositivos electrónicos que permite reducir el tamaño de las baterías y aumentar su eficiencia–, dice que le da igual y se repite.


Los trabajadores cobran 13 euros a la semana por duras y largas jornadas de trabajo (Xavier Aldekoa)

– No hay otra opción, señor. No hay otra.
No hay otra que trabajar como un esclavo, se entiende. Que ver morir sepultados a compañeros y huir aterrorizado si un grupo rebelde ataca la mina, se entiende. Que morir pobre por el maldito coltán, se entiende. No hay otra opción.
La guerra en República Democrática del Congo es una herida sin cicatrizar. Desde el fin de la II Guerra Mundial, ningún conflicto ha sido más mortífero, y sólo entre los años de las dos guerras declaradas, entre 1998 y 2003, murieron entre uno y cinco millones de personas —disculpen la imprecisión, pero nadie se detuvo a contar los cadáveres—; por dar perspectiva: en siete años de contienda en Siria ha muerto medio millón de civiles. Pero la guerra dormida de Congo amenaza de nuevo con hacer estallar por los aires el corazón de África. El país, envuelto en un estado de violencia y desgobierno en el este desde hace 15 años, celebra en diciembre unas elecciones angustiosas. Aunque el mandato de Joseph Kabila, en el poder desde hace 17 años, debía acabar en 2016, el presidente se aferró al cargo hasta el pasado 8 de agosto cuando anunció que no se presentará a los comicios y propuso como candidato a su delfín, el ex viceprimer ministro y encargado de Interior, Emmanuel Ramazani Shadary. Kabila abrió la puerta a un escenario inédito en la historia del país: una transición pacífica en una nación donde el poder siempre ha sido tomado con sangre. Pocos creen que ocurra el milagro. Durante meses, las fuerzas de seguridad han reprimido y asesinado a manifestantes que pedían la salida de Kabila. Yves Makwambala conoce bien el castigo por alzar la voz. Miembro de los movimientos ciberactivistas Filimbi y Lucha, pasó 17 meses encarcelado por criticar al gobierno. Makwambala deja enfriarse un café sobre la mesa en su exilio belga mientras explica por qué, pese al riesgo, no piensa rendirse ahora. “Nuestra lucha es contra el sistema, no contra Kabila, aunque él forme parte. Cuando pagamos impuestos y no hay electricidad en las calles o reina la inseguridad … ¿dónde va nuestro dinero?. Si Kabila sale del poder y nada cambia ¿de qué sirve?”.


Cada extracción del preciado material es un motivo de alegría para los mineros (Xavier Aldekoa)

El sistema del que habla Makwambala está decidido a defender sus privilegios. Hace dos semanas, negaron la entrada al país al popular opositor Moïse Katumbi para evitar que pudiera presentar su candidatura. El poder en Congo es coto privado: una investigación de la organización Congo Research Group desveló que la familia Kabila tiene la propiedad o participaciones en más de 80 empresas, además de 100 permisos de extracción de oro y diamantes o más de 70.000 hectáreas de tierras.
En el bar del hotel Orchids Safari Club de Bukavu, la periodista de investigación y directora del diario Le Souverain, Solange Lusiku Nsimir, diagnosticaba hace unos meses un futuro oscuro. “Hay mucho nerviosismo en la frontera y han encontrado tumbas en el cementerio llenas de armas enterradas. La lucha por el poder en Congo puede desencadenar otra guerra terrible”.

Historia trágica
Entre 1998 y el 2003, el conflicto del Congo se cobró la vida de entre 1 y 5 millones de personas

Para desentrañar cuándo Congo empezó a desmoronarse podríamos recordar la codicia
depredadora en época precolonial de los reyes de Kongo, partícipes en la trata esclavista junto a árabes y europeos, podríamos apuntar a la rapacidad despiadada del rey belga Leopoldo II en su cortijo congolés o señalar la Guerra Fría cuando EE.UU. colocó al tirano Mobutu en el poder como tapón antisoviético. Podríamos no ir tan atrás: la guerra abierta de finales de los 90 empezó tras el genocidio en la vecina Ruanda y desencadenó la caída del Zaire de Mobutu ante tropas rebeldes lideradas por Laurent-Désirée Kabila, el antiguo guerrillero amigo del Che, a quien apoyaban soldados ugandeses y ruandeses. Podríamos rememorar el horror de después, cuando Kabila rompió con sus aliados y el país se hundió en una guerra mundial africana en la que participaron Zimbabwe, Angola, Namibia, Chad o Libia. Podríamos describir como, ya con Joseph Kabila en el poder tras el asesinato de su padre en 2001, el este del país quedó a merced del robo de grupos armados, políticos corruptos y multinacionales sin escrúpulos. La muerte en Congo, ayer y hoy, yace siempre sobre un mismo lecho dorado: uno de los subsuelos más ricos del mundo, atiborrado de oro, coltán, cobalto, estaño, cobre o diamantes. El caos y la violencia son la forma de perpetuar un sistema erigido para el pillaje. Según un informe de la oenegé Global Witness, uno de cada cinco dólares de los beneficios mineros del país se pierde por la corrupción o la mala administración. La violencia también es rentable: de las 1.088 minas artesanales en el este, en un 54% había presencia de grupos armados.


El mineral que extraen, el coltán, sirve para reducir el tamaño de las baterías y aumentar su eficiencia en los dispositivos electrónicos (Xavier Aldekoa)

Sadiki Salomon forma parte sin saberlo de ese engranaje de abuso. Es el último eslabón. Tiene quince años y desde hace dos trabaja en la mina de oro de Gokombe-Rubaya, en el territorio de Masisi. Viste una camiseta de tirantes con dibujos de billete de dólar y nunca se quita unas botas de caucho negras. No es por gusto: no tiene nada más. Sadiki es una pieza codiciada porque por su estatura puede colarse por túneles estrechos, no tiene miedo —o juicio— para meterse por agujeros mortales y cobra la mitad.
Sadiki sirve además de alivio para la conciencia de Occidente. Primero Estados Unidos y después la Unión Europea establecieron regulaciones para exigir a las empresas tecnológicas o de joyería que tracen el origen de los minerales que utilizan —de Congo salen hacia Asia y allí se perdía la pista de su procedencia— y asegurarse que son extraídos de minas sin la presencia de grupos armados o de trabajo infantil. Sadiki, y su silencio, permite crear la ilusión de que así ocurre: oficialmente la mina de Gokombe es una mina verde, limpia de violencia y sin niños-mineros. Hasta que nadie mira. “Por la noche —explica— somos unos 20 niños en cada agujero. Excavamos, ponemos las piedras en sacos y dos hombres los suben con cuerdas. Si vas lento, te pegan con un látigo”. Cuando se produce un derrumbe y quedan niños atrapados, los dueños de la mina amenazan a los supervivientes para que no digan nada y abandonan a los demás allí abajo porque si piden ayuda u organizan un rescate se descubre la trampa. “Si dices algo, te matan”. Sadiki dice que regresa a la mina porque quiere ir a la escuela. Si le pagan y no le roban al salir, dice, gana 1’5 euros al día. Intenta ahorrar. Hace ocho años que no va al colegio.


Aunque las minas tienen prohibido que trabajen los niños, los envían por la noche (Xavier Aldekoa)

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