Un par de páginas de La
izquierda ausente de Dominico Losurdo bastan para retratar el paisaje:
Occidente se mira al espejo y ve crisis económica, guerra y plutócratas al
frente.
La izquierda ausente
El Viejo Topo
6 marzo, 2026
El historiador
futuro no dejará de asombrarse ante un fenómeno que caracteriza a nuestra
sociedad y nuestro tiempo. Por un lado no es difícil leer en libros, revistas y
periódicos análisis realistas y crudos de la condición actual de Occidente, de
los problemas y dramas de nuestro presente. A la crisis económica se suma una
crisis política: según prestigiosos autores, se está produciendo un vaciamiento
de la democracia, que retrocede ante las grandes fortunas y la «plutocracia».
Pero ¿hay en Occidente una izquierda capaz de hacer este análisis y esta
denuncia, y a partir de ahí articular un proyecto de lucha y transformación
política de lo existente? En lo que respecta a la política internacional,
incluso a algunos órganos de prensa que no suelen destacar por su valentía se
les escapa la admisión del carácter neocolonial que han tenido las guerras más
recientes desencadenadas por Estados Unidos y la OTAN en Oriente Próximo.
A la vista de
todos están el horror de Gaza y la tragedia que infligen al pueblo palestino el
dominio y el expansionismo colonial de Israel. Y no tenemos más remedio que
preguntarnos, de nuevo: ¿hay en Occidente una izquierda capaz de oponerse a
esta espantosa deriva que ya hoy siembra muerte y destrucción, pero incuba los
gérmenes de una conflagración en una escala mucho mayor?
En marzo de
2014 Seymour M. Hersh, un periodista estadounidense galardonado con el
prestigioso premio Pulitzer, hacía importantes revelaciones sobre el uso de
armas químicas el 21 de agosto del año anterior: no, los responsables de esa
infamia no habían sido los dirigentes del país, sino los «rebeldes» apoyados
por las monarquías reaccionarias del Golfo Pérsico, aliadas de Occidente, y por
Turquía, un país miembro de la OTAN y principal protagonista de la provocación
y la escenificación, destinadas a levantar una ola de indignación mundial
contra los dirigentes sirios y justificar la acción devastadora de los
bombarderos con los motores ya encendidos y listos para entrar en acción.
En agosto de
2013 hombres de estado, periodistas, divos y divas de la sociedad del
espectáculo rivalizaron en pintar del modo más siniestro al enemigo por abatir.
Huelga decir que el desenmascaramiento de la mentira tuvo en los distintos
órganos de información un eco mucho más reducido que la propagación de esa
misma mentira; más valía no dar mucha publicidad al escándalo para que no
desacreditara ni comprometiera a la industria de la mentira, pues esta siempre
será útil para la preparación de las guerras futuras. Y de nuevo la izquierda
brillaba por su ausencia.
No había tenido
el valor de hacer preguntas y plantear dudas en el momento en que la
manipulación era más intensa, y no ha considerado necesario llamar la atención
de la opinión pública sobre el desenmascaramiento de la manipulación y, en
general, sobre la industria bélica de la mentira que pese a todo sigue
floreciendo. De hecho, la izquierda se encoge justo cuando debería reaccionar
con más energía ante los procesos de polarización social y redistribución
masiva de la renta a favor de las grandes fortunas (a menudo parasitarias),
ante la reaparición de guerras coloniales o neocoloniales y la amenaza de
guerras a gran escala, ante la restricción y distorsión de la esfera pública
provocada por la «plutocracia» y por una industria de la mentira más floreciente,
poderosa e invasiva que nunca.
Ya se ve con
suficiente claridad cuál es la paradoja que requiere una explicación. No
podemos dejarle la tarea al historiador futuro, porque los dramas y peligros
del presente exigen una toma de conciencia y de responsabilidad aquí y ahora.
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