Este fragmento del
capítulo I del nuevo libro de Andrés Piqueras, publicado en El Viejo Topo,
sostiene que la crisis sistémica del capitalismo ha entrado en una fase de
guerra abierta, donde la guerra funciona como motor económico y herramienta
política de control social.
Capitalismo de muerte
El Viejo Topo
5 marzo, 2026
Capítulo I
Capitalismo de
guerra. Crecimiento militarizado
Para entender
el título y el contenido de este capítulo tenemos que tener en cuenta dos
consideraciones básicas. La primera es que la crisis sistémica capitalista ha
llegado a su fase bélica abierta. O lo que es lo mismo, la crisis del capital
desemboca necesariamente en el recurso de la guerra como dispositivo económico (forma
cada vez más privilegiada de crecimiento) y ultraeconómico (al rescate del
conjunto de la economía capitalista, lo que conlleva también claros objetivos
políticos de control y subordinación, y como consecuencia, de detrimento de las
condiciones de vida de la casi totalidad de la población humana), con la
consiguiente generalización e intensificación de las dinámicas bélicas y el
despliegue mundial de cada vez más modalidades de guerra.
Capital, Estado
y Guerra (o dinámicas bélicas de militarización y producción) han ido de la
mano desde el principio y a duras penas podrían ser concebibles por separado en
el modo de producción capitalista.
“Un sistema en
el que la guerra no es un acontecimiento sino una institución, no una crisis
sino una función, no una ruptura sino un pivote del sistema (…) La producción
de armamentos, la gestión del gasto militar y la guerra son los instrumentos
primordiales para asegurar básicamente la dominación de clase” (Lazzarato:
2025).
Sin embargo, es
en las crisis profundas o depresiones sistémicas cuando los mecanismos
político-sociales y factores económicos asociados a la guerra se intensifican. O
también vale la inversa: cuando los factores bélicos más se incorporan a la
economía. Si Crisis y Guerra son ya de por sí prácticamente sinónimos, es
entonces cuando Capital y Guerra se funden más íntimamente.
A pesar de
mezclar la reproducción del capital con los problemas de realización de la
plusvalía, fue Rose Luxemburg (1966) una de las grandes figuras del marxismo que
anticipó el hecho de que la tendencia del capital hacia su mundialización
quedaba de una u otra manera frustrada por su incapacidad para hacerse una
forma mundial de producción única, pues para ella el capital no puede existir
por sí mismo, sin otras formas de producción 8 9 de las que aprovecharse y sin
incorporar constantemente “el afuera capitalista” a su ley del valor. Lo que
debiera ser evidente, en cualquier caso, es que dentro de los límites
planetarios infraestructurales y de mercado, una pretendidamente ilimitada
reproducción ampliada del capital no puede ser realizada, menos a través del
mero funcionamiento económico o del “sujeto automático” del valor, sino que
precisa indefectiblemente para cualquier posible continuación, de la violencia
política y militar.
De manera que
“La
expropiación de los medios de producción y la apropiación de los medios de
ejercicio de la fuerza son las condiciones de formación del Capital y de
constitución del Estado que se desarrollan paralelamente. La proletarización
militar acompaña a la proletarización industrial” 9 (Alliez y Lazzarato: 2022:
28) .
La segunda
consideración tiene que ver con el declive de la potencia hegemónica del
capitalismo en los últimos 75 años: Estados Unidos. Ambos procesos son
lógicamente complementarios.
En la cabal
comprensión de ello es importante considerar que el orden metabólico del
capital requiere de estructuras políticas de mando, por más que muchas de sus
claves de intervención, e incluso de las formas en que cobran existencia, pasen
a menudo desapercibidas para las sociedades. En un capitalismo globalizado pero
carente de una entidad política territorial global (algo así como un Estado
mundial), buena parte de las estrategias de ese mando vienen ejercidas directa
o indirectamente por la potencia dominante, un hegemón, el cual se encarga en
mayor medida que ningún otro de crear o recrear, organizar y dirigir el
conjunto de instituciones mundiales necesarias para la regulación global del
Sistema (a su favor, evidentemente). Desde mediados del siglo XX ese papel le
ha correspondido a EE.UU.
Esta formación
social imperial, como veladora última del funcionamiento del capitalismo
global, se ha encargado desde entonces de establecer el entramado
jurídico-institucional valedor de la acumulación de capital a escala planetaria
(FMI, BM, ONU, organismos internacionales diversos, el embrión de lo que sería
una organización mundial del comercio –el Acuerdo General sobre Aranceles
Aduaneros y Comercio–, cumbres de las principales potencias, tribunales de
arbitraje internacional, “cooperación al desarrollo”, etc.). Su ambicioso
proyecto de construcción del capitalismo global a imagen propia, pasa por un
conjunto de dispositivos y medidas tendentes a garantizar la reproducción
ampliada del capital a escala interna y global.
Tal poder
imperial global estadounidense se ha basado históricamente en tres pilares
fundamentales. El primero, la fortaleza sin igual en todo el mundo de su
economía (su industria, servicios, comercio, finanzas y tecnología). El segundo,
la existencia del dólar como moneda de cambio, de reserva y atesoramiento de la
economía mundial. El tercero, su incontestable poder militar.
A ellos se
podría añadir un cuarto pilar: su dominio cultural y mediático. El
cuasi-monopolio sobre las comunicaciones (donde se incluyen hoy sus 5 gigantes
tecnológicos: Amazon, Apple, Facebook, Google y Microsoft), incluida internet,
ha permitido a EE.UU., y por extensión a las formaciones sociales europeas,
seguir “construyendo el relato” del mundo (a semejanza de lo que esas últimas
vienen haciendo desde su expansión colonial en el siglo XV). Esta es una fuente
de poder que algunos han bautizado como “poder blando”, pero que tiene una
materialidad bien firme y constatable: el control de las conciencias condiciona
palmariamente el de los hechos.
*++
