viernes, 7 de octubre de 2011

RELATO DE GUILLERMO MARTINEZ

HILERA DE ZOZOBRA




(Cola de parados en la puerta del INAEM)


Jamás en la vida había experimentado esa sensación, pero aun así quedaría agarrada a mi memoria hasta el mismo día de mi muerte.

Tenía el sabor del miedo, el sonido del dolor y el aroma de la inmundicia. No eran tres sensaciones, era la suma perfecta de ellas. Nunca supe dibujar, pero si me pidiesen que lo plasmase al carboncillo lo haría ahora mismo sin pestañear:
Una sucesión de cuerpos amontonados, formando algo parecido a una fila. Gestos sin nombre, ojos desorbitados, tristeza y confusión, como si fuese un Cuadro negro de Goya, pero en pleno siglo XXI, el siglo del progreso.

Mi mirada no podía descansar, oscilaba enloquecida a derecha y a izquierda. Mis ojos parecían pugnar por salirse de sus órbitas, buscando acercarse a la escena. Pero había un muro invisible entre aquel grupo de gente y yo que me impedía acercarme.

Me sentía como el cirujano que va a extirpar un tumor y sólo ve eso, el tumor, de modo impersonal, sin implicarse, por miedo a pensar, por miedo a sentir.

No se cuanto tiempo pasó, pero se me hizo insoportable y largo. Algo me susurraba vete de aquí, cierra los ojos, sigue a tus cosas. Pero el miedo me tenía paralizado, me temblaban las piernas, del modo que solo las hace temblar el terror verdadero. En un momento dado la fila se movió un poco y pareció cobrar vida, hubo cierto revuelo, incluso pareció atisbar algún gesto de alegría en aquella masa que poco antes parecía inerte.

Abrieron unas enormes puertas enrejadas, y comenzaban a entrar algunas personas en el interior de aquel edificio. Fue entonces cuando pude comenzar a mover mis pies. Primero el uno, torpe, luego el otro, y así poco a poco desde la otra acera fui siguiendo al grupo que aun aguardaba para poder entrar. Parecía que el grupo no tenia final, que aquella sucesión de cuerpos apelmazados no iba a terminar nunca. Estaba llegando a la esquina y me surgió la duda de si la fila continuaría después de doblar la esquina. Fue entonces cuando tuve aquella sensación, el sabor reseco del miedo en la boca, el murmullo triste del dolor de aquella gente, y un olor hediondo de puro asco, que emanaba de aquel sistema que lo había corroído todo, que podía comprarlo todo, incluso aquella fila. Sentí miedo de estar algún día allí esperando, junto a ellos, inerte, muerto en vida, sin esperanza. Y sentí que aquello no era humano, que mis sueños de juventud se habían hecho añicos en los escasos dos minutos que estuve allí, y que nunca volvería a ser el mismo. Que algo profundo y enraizado crecería en mi interior, para bien o para mal, alimentado por lo que aquella gente le ofreciese. Por suerte, de momento, al girar la esquina la fila terminaba. Quién sabe si algún día esa fila maldita del INAEM no tendría final.