jueves, 28 de abril de 2016

¿NUEVAS ELECCIONES, O LAS MISMAS DE SIEMPRE UN TIEMPO DESPUÉS?

 
 
EL JUEGO TERMINÓ: ¿REGENERACIÓN O RUPTURA DEMOCRÁTICA
Rebelión
Cuarto Poder
28.04.2016
La democracia requiere que existan proyectos a los cuales uno pueda identificar y la convicción de que hay alternativas para las cuales vale la pena luchar
Chantal Mouffe
 
Estamos obligados a luchar por las palabras, luchar por los conceptos, re-significar, disputar el imaginario que se hace con palabras, que son palabras. Es el poder de todo poder, el poder de definir. Esto tiene que ver con términos como regeneración y ruptura democrática. Desde hace mucho nos parecieron términos complementarios. Regenerar la democracia significaba impulsar la ruptura democrática, el proyecto constituyente, la construcción de un nuevo proyecto de país. Ahora parece que las cosas cambian, que puede haber regeneración democrática sin ruptura democrática. Es más, parecería que hay un espacio para la regeneración diferente del espacio para la ruptura.
 
El debate tiene mucha importancia y puede ser clave para el próximo futuro. Lo que se está realmente diciendo es que el tiempo para la ruptura democrática ya pasó y que ahora lo único que cabe es disputarnos lo que queda, los restos de una batalla que no se dio del todo y que, como siempre, nos invita a la restauración. Para decirlo con más claridad: la ruptura democrática no es posible y queda el pequeño espacio de regeneración, de cambios políticos que no pongan en cuestión el poder real de los que mandan y no se presentan a las elecciones. El paso ya se ha dado y es posible adivinar qué será el “nuevo consenso” para el después de las próximas elecciones, es decir, una regeneración-restauración que organice de nuevo un entendimiento estratégico entre los poderes económicos y la clase política.
 
El juego parece que termina. Conviene analizar lo que ha pasado. Desde el primer momento se veía que había un desajuste, una contradicción entre las aspiraciones de los poderes económicos y la clase política bipartidista que se había ido turnando en el gobierno del país. De los que mandan venía una directriz clara: gobierno de coalición frente a Podemos. Esto es tan evidente que casi no merece la pena seguir hablando de ello. Como suele ocurrir en las crisis de régimen, los ajustes entre la clase económica dominante y los partidos del régimen son más complicados, más difíciles, más “catastróficos”. El PP lo tenía y lo tiene claro: resistir es vencer. Rajoy sabía que por la correlación parlamentaria de fuerzas, el gobierno de coalición con el PSOE no sería posible y que tocaba aguantar y dejar que el tiempo pasara. No ha sido fácil. Rajoy ha sufrido ataques de todos los lados, pero sobre todo, de “su lado”, de las varias derechas y de una parte significativa de los aparatos del Estado. La apuesta del PP, a estas alturas, ya parece clara, comerle el terreno a Ciudadanos y movilizar el abstencionismo de derechas.
 
El PSOE ha vivido en una contradicción: cómo servir, a la vez, a los poderes fácticos dominantes y no dejar un vacío a su izquierda que pudiera terminar incrementando los votos de Podemos y, en menor medida, de IU. El PSOE, como el verdadero partido del régimen, sabe que la clave es el bipartidismo y que la viabilidad de éste se juega por la izquierda. El carácter conservador del bipartidismo se ve aquí con toda claridad. La derecha lo es de verdad y cada día más; la función del PSOE ha sido impedir que a su izquierda crezca una fuerza tan poderosa que se vea obligado a depender de ella. Por eso el PSOE nunca pacta con su izquierda y, si lo hace, es para integrarla, dividirla y colapsarla electoralmente. Sánchez, en condiciones nada fáciles, ha pretendido gobernar esta contradicción pactando con Ciudadanos y dando la sensación, vendiendo la imagen de que Podemos podría aceptarlo. A estas alturas queda claro que el juego estratégico diseñado por Ciudadanos y el PSOE tenía como objetivo demoler la figura de Pablo Iglesias</