martes, 7 de marzo de 2017

100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA (9/23)

León Trotsky

HISTORIA DE LA REVOLUCION RUSA

 

Capitulo IX

La paradoja de la revolución de Febrero

Publicada por primera vez, en traducción de Max Eastman, como The History of the Russian Revolution vols I-III, en Londres 1932-33. Digitalizado por Julagaray en julio de 1997, para la Red Vasca Roja, con cuyo permiso aparece aquí. Recodificado para el MIA por Juan R. Fajardo en octubre de 1999.

El alzamiento triunfó. Pero ¿a quién entregó el poder arrebatado a la monarquía? Llegamos al problema central de la revolución de Febrero: ¿Cómo y por qué fue el poder a parar a manos de la burguesía liberal?

En los sectores de la Duma y en la "sociedad" burguesa no se daba importancia a los sucesos iniciados el 23 de febrero. Los diputados liberales y los periodistas patriotas seguían reuniéndose en los salones, discutiendo acerca de Trieste y Flume y afirmando una vez y otra el derecho de Rusia a los Dardanelos. Había sido firmado ya el decreto de disolución de la Duma, y una comisión de ésta estaba aún deliberando urgentemente acerca de la administración municipal. Menos de doce horas antes de la sublevación de los batallones de la Guardia, la "Sociedad del apoyo eslavo" escuchaba tranquilamente el informe anual. "Cuando al salir de dicha reunión, regresaba a casa a pie -recuerda uno de los diputados- , me sorprendió el silencio tétrico y la soledad de las calles, habitualmente animadas." La tétrica soledad se cernía sobre las viejas clases gobernantes y oprimía ya el corazón de sus futuros sucesores.

El 26, la gravedad de la situación apareció evidente, tanto a los ojos del gobierno como de los liberales. En dicho día se entablan negociaciones entre los ministros y los miembros de la Duma sobre la posibilidad de establecer un acuerdo, negociaciones acerca de las cuales los liberales guardaron después silencio absoluto. En sus declaraciones, Protopopov manifestó que los dirigentes del bloque de la Duma habían exigido, como antes, la designación de ministros que merecieran la confianza general del país: "Es posible que esta medida calme al pueblo." Pero el día 26 se produjo, como sabemos, un momento de vacilación en el proceso revolucionario, y, por breves instantes, el gobierno se sintió más fuerte. Cuando Rodzianko se presentó en casa de Golitsin para persuadirle de que presentara la dimisión, el primer ministro, como respuesta, le señaló una cartera que estaba sobre la mesa y que contenía el decreto de disolución de la Duma, con la firma de Nicolás II al pie, pero sin fecha todavía. Ésta la estampó Golitsin. ¿Cómo pudo decidirse el gobierno a dar semejante paso, en un momento en que crecía la presión revolucionaria? La burocracia gobernante se había formado hacía ya tiempo un criterio acerca del particular. "Es indiferente, para el movimiento obrero, que formemos bloque o no. Este movimiento se puede combatir por otros medios, y hasta el Ministerio del Interior ha salido del paso." En agosto de 1915, Goremikin se expresaba ya del mismo modo. De otra parte, la burocracia confiaba en que la Duma, en trance de disolución, no se atrevería a dar ningún paso audaz. Por esa misma época, al tratarse de la disolución de la Duma descontenta, el príncipe Cherbatov, ministro del Interior decía: "Es poco probable que los elementos de la Duma se decidan a declararse abiertamente en rebeldía. Al fin y al cabo, la Duma está compuesta en su inmensa mayoría de cobardes que temen por su pelleja:" El príncipe no se expresaba de un modo muy definido, pero sus palabras respondía, substancialmente, a la realidad. Como se ve, en lucha contra la oposición liberal, la burocracia creía pisar terreno firme.

El 27 por la mañana, los diputados, alarmados por el cariz que tomaban los acontecimientos, se reunieron en sesión ordinaria. La mayoría de ellos se enteraron allí de que la Duma estaba disuelta. Esto parecíales tanto más inesperado cuanto que todavía la víspera se habían celebrado negociaciones amistosas. "Sin embargo -escribe con orgullo Rodzianko-, la Duma se sometió a la ley, confiando todavía en encontrar salida a la compleja situación creada, y no adoptó ninguna decisión en el sentido de no disolverse y de seguir reunida por la fuerza." Los diputados celebraron una reunión privada, en la cual se confesaron unos a otros su impotencia. El liberal moderado Schidlovski había de recordar, andando el tiempo, no sin cierta malignidad, la proposición presentada por el kadete de extrema izquierda Nekrasov, más tarde uno de los adláteres de Kerenski: "Instaurar una dictadura militar, otorgando plenos poderes a un general popular." Entretanto, los dirigentes del bloque progresivo, que no asistían a la reunión privada de la Duma, emprendían una tentativa práctica de salvación. Llamaron a Petrogrado al duque Mijail y le propusieron encargarse de la dictadura, "obligar" al Ministerio a presentar la dimisión y exigir del zar por hilo directo que "otorgara" un Ministerio responsable. Al tiempo que se sublevaban los primeros regimientos de la Guardia, los jefes de la burguesía liberal hacían la última tentativa para aplastar la insurrección con la ayuda de una dictadura dinástica, a la par que pactaban con la monarquía a costa de la revolución. "La indecisión del gran duque -se lamenta Rodzianko- contribuyó a que se dejara pasar el momento propicio."

El socialista sin partido Sujánov, que en dicho período empieza a desempeñar un cierto papel político en el palacio de Táurida, atestigua la facilidad con que los intelectuales radicales creían lo que deseaban: "Me comunican la noticia política más importante de la mañana de aquel día inolvidable -cuenta en sus extensas Memorias-: la promulgación del decreto disolviendo la Duma, la cual contestó negándose a disolverse y eligiendo un Comité provisional." ¡Esto escribe un hombre que apenas salía del palacio de Táurida, donde se entretenía en tirar de los faldones de la levita a los diputados conocidos! En su Historia de la Revolución, Miliukov, corroborando las manifestaciones de Rodzianko, declara categóricamente: "Después de una serie de discursos calurosos se tomó la decisión de no alejarse de Petrogrado y no la de que la Duma "no se disolvería", como cuenta la leyenda." "No disolverse" hubiera significado tomar sobre sí, aunque fuera con algún retraso, la iniciativa de los acontecimientos. "No alejarse de Petrogrado" significaba lavarse las manos y esperar hasta ver en qué paraban las cosas. Hay, sin embargo, una circunstancia atenuante para la credulidad de Sujánov. El rumor de que la Duma había tomado el acuerdo revolucionario de no someterse al ukase del zar, lo pusieron en circulación precipitadamente los periodistas de la Duma en su Boletín de información, única publicación que, suspendidos los diarios por la huelga general, veía la luz, y como quiera que la insurrección triunfó en el transcurso de aquel mismo día, los diputados no se apresuraron, ni mucho menos, a rectificar el error, manteniendo la ilusión de sus amigos de izquierdas; sólo en la emigración se decidieron a restablecer el imperio de la verdad. El episodio, aunque parece de poca monta, está lleno de significación. El papel revolucionario de la Duma el 27 de febrero fue un mito completo, engendrado por la credulidad política de los intelectuales radicales, jubilosos y asustados por la revolución, que no creían en la capacidad de las masas para llevar las cosas hasta el fin, y que aspiraban a enfeudarse con la mayor rapidez posible a la gran burguesía.

Por fortuna, en las Memorias de los diputados pertenecientes a la mayoría de la Duma se ha conservado el relato de cómo ésta acogió la revolución. Según el príncipe Mansirev, uno de los kadetes de derechas, entre los numerosos diputados reunidos el día 27 por la mañana, no figuraban ni los miembros de la mesa ni los jefes de la fracción ni los dirigentes del bloque progresivo, los cuales estaban ya enterados de la disolución y del levantamiento y preferían dejarse ver lo más tarde posible, con tanta mayor razón cuanto que precisamente en aquellas horas estaban, por lo visto, sosteniendo negociaciones con el gran duque Mijail acerca de la dictadura. "En la Duma reinaba una agitación y un desconcierto generales -dice Mansirev-. Incluso las conversaciones animadas se interrumpieron, y en su lugar no se oían más que suspiros y breves réplicas, tales como "¡Dónde hemos ido a parar!", o se manifestaba el miedo no disimulado por la propia persona." Así hablaba uno de los diputados más moderados y que suspiraba con más fuerza que los otros.

A las dos de la tarde, cuando los jefes se vieron obligados a comparecer en la Duma, el secretario de la mesa llegó con esta noticia gozosa, pero infundada: "Los desórdenes serán pronto sofocados, pues se han tomado medidas." Es posible que por "medidas" entendieran las negociaciones entabladas acerca de la dictadura. Pero la Duma estaba abatida y esperaba oír la palabra decisiva del jefe del bloque progresista. "No podemos adoptar inmediatamente ninguna medida -declara Miliukov- porque desconocemos las proporciones tomadas pro los desórdenes, así como de parte de quién está la mayoría de las tropas, de los obreros y de las distintas organizaciones. Lo conveniente es recoger informes precisos sobre todo esto, para luego examinar la situación, ahora es aún pronto."

¡A las dos de la tarde del 27 de febrero era todavía pronto, para los liberales! "Recoger informes" significaba lavarse las manos y esperar el resultado de la lucha. Pero el discurso de Miliukov, empezado, dicho sea de paso, con el propósito de no llegar a ninguna conclusión, es interrumpido por Kerenski, que, presa de grande agitación, irrumpe en la sala y anuncia que una inmensa multitud de pueblo y de soldados se dirigen al palacio de Táurida con la intención de exigir que la Duma se haga cargo del poder. El diputado radical sabe perfectamente, por lo visto, lo que viene a pedir la inmensa multitud. En realidad, es el propio Kerenski quien primero exige que la Duma tome en sus manos el poder, mientras que ella abriga aún la esperanza de ver sofocada la insurrección. La declaración de Kerenski provoca "un desconcierto general". Sin embargo, aún no ha terminado, cuando le interrumpe un ujier de la Duma que entra corriendo, azorado; los primeros soldados han llegado ya al palacio, los centinelas no les han dejado entrar; el jefe, al parecer, está gravemente herido. Un minuto después, los soldados han allanado ya el palacio de la Duma. Más tarde se dirá en artículos y discursos, que los soldados llegaron para saludar a la Duma y prestar juramento de fidelidad ante ella. Pero lo cierto es que los diputados están todos dominados por un pánico mortal. El agua les llega al cuello. Los jefes cuchichean entre sí. Hay que ganar tiempo. Rodzianko presenta precipitadamente la proposición, que le ha sido sugerida de crear un "Comité provisional". Gritos de aprobación. Pero todos quieren marcharse a casa lo antes posible, pues no están para votaciones. El presidente, no menos asustado que los demás, propone que se confíe la forma