lunes, 28 de julio de 2025
Bulgaria se une a la zona euro
Bulgaria llevaba tiempo
dándole vueltas sobre si entrar o no en la Eurozona. Su parlamento ha decidido
entrar, pero gran parte de la población está en desacuerdo, temiendo un aumento
de precios y una mayor pérdida de soberanía.
Bulgaria se une a la zona euro
El Viejo Topo
28 julio, 2025
El 8 de julio,
el Parlamento Europeo aprobó por amplia mayoría la entrada de Bulgaria en la
eurozona. Con esta votación, Bulgaria, un país de seis millones y medio de
habitantes situado en Europa del este, comenzará a utilizar el euro como moneda
a partir del 1 de enero de 2026. ¿Cuál es la situación que ha llevado a esta
votación y cuál es el futuro de Bulgaria dentro de la zona euro?
Desde 1997,
Bulgaria ha funcionado con un sistema de caja de conversión, que vinculó
inicialmente su moneda, el lev, al marco alemán. Tras la sustitución del marco
por el euro, el lev se vinculó a este último. Este sistema ha limitado la
independencia monetaria de Bulgaria al eliminar herramientas de control como la
devaluación. Como consecuencia, muchos han argumentado que el uso del lev
aporta pocos beneficios y solo costes a Bulgaria. Los defensores de la
soberanía búlgara sostienen que el sistema de caja de conversión debería
desmantelarse. Sin embargo, existe un amplio consenso político en que es una
salvaguardia contra la irresponsabilidad fiscal y la inflación.
Para la
coalición de centro-derecha en el poder y para la mayoría de los representantes
políticos de la Asamblea Nacional, la adhesión a la zona del euro es la
culminación de la plena integración de Bulgaria en la familia europea. El año
pasado, Bulgaria se adhirió al Schengen, el acuerdo que permite la circulación
sin visados dentro de Europa (firmado originalmente en Schengen, Luxemburgo, en
1995, Bulgaria se adhirió en 2005, pero solo comenzó su aplicación en 2024). La
opinión mayoritaria en el Parlamento búlgaro y en el poder ejecutivo es que la
adhesión a la zona del euro supone un hito histórico para Bulgaria. Sin
embargo, esta opinión no es compartida por la mayoría de los ciudadanos
búlgaros. Una parte significativa de la población cree que la adhesión a la
zona del euro ha sido un gran éxito, mientras que un número considerable de críticos
argumenta que, a pesar de los beneficios económicos, la entrada ha sofocado la
voluntad de los ciudadanos búlgaros, que no votan directamente sus políticas.
Hace dos años,
el partido populista proruso Vazrazhdane tomó medidas para celebrar un referéndum
sobre la adhesión de Bulgaria. Sin embargo, el Parlamento y el Tribunal
Constitucional consideraron que sería inconstitucional. El 9 de mayo de 2025,
el presidente de la República de Bulgaria, Rumen Radev, anunció que propondría
un referéndum sobre la entrada de Bulgaria en la zona euro. Radev, presidente
desde 2017, antiguo comandante de la Fuerza Aérea Búlgara que había servido en
el mando de la OTAN como general de división, es a menudo acusado de lealtad
insuficiente a la Unión Europea y a la OTAN debido a sus críticas al envío de
armas europeas a Ucrania y a la continuación de la guerra. La propuesta del
presidente Radev para el referéndum fue rechazada por el Parlamento búlgaro.
Todas estas
acciones catalizaron una ola de descontento entre gran parte de la ciudadanía
búlgara. Según una encuesta realizada
por la agencia sociológica Myara el 14 de mayo de 2025, el 54,9% de los
encuestados afirmó que, si tuviera la oportunidad de participar en un
referéndum, respondería “No estoy de acuerdo con que Bulgaria adopte el euro en
2026”; el 34,4% respondería “Estoy de acuerdo en que Bulgaria adopte el euro en
2026”. En la misma encuesta, el 63,3% de los encuestados se mostró a favor de
celebrar un referéndum, mientras que el 35,3% no lo apoyaba. Otras encuestas
también muestran resultados similares.
Al mismo
tiempo, la mayoría de los búlgaros apoya la adhesión de Bulgaria a la Unión
Europea, que goza de un nivel de confianza muy alto entre los ciudadanos en
comparación con otros países europeos. El escepticismo de la mayoría de los
búlgaros hacia el euro no se debe al euroescepticismo, sino que tiene una
explicación mucho más pragmática y social. Mientras que los ideólogos del
euroescepticismo, que suelen situarse en la derecha populista, esgrimen
argumentos económicos en contra de la adhesión a la zona del euro, la mayoría
de los ciudadanos se muestran preocupados por el aumento de los precios, en
particular de los alimentos y de los servicios, y no por la naturaleza de la
zona euro o de la moneda en sí, sino por la transición que, inevitablemente,
creará condiciones propicias para la especulación, el aumento de los precios y
la inflación. Estas preocupaciones no son infundadas, y el ejemplo más reciente
y cercano es el de Croacia, país en el que el Gobierno tuvo que imponer un
límite máximo a los precios de determinados productos.
En Bulgaria no
ha habido un debate real sobre el euro, ni siquiera uno terapéutico, y este
hecho puede dejar otra herida en una democracia tan frágil. En los últimos
años, la participación electoral en Bulgaria ha disminuido de forma constante,
y la historia de los referéndums en el país es lamentable: los ciudadanos
tienen la sensación persistente de que no tienen voz, lo que es extremadamente
perjudicial para la democracia.
Esto apunta a
una cuestión más amplia: la ausencia de un debate público significativo sobre
la adopción del euro revela un déficit democrático más profundo. Cuando los
ciudadanos se sienten ignorados, las decisiones políticas parecen impuestas
desde arriba, alejadas de la realidad que viven. Esta desconexión fomenta la
desconfianza, alimenta los discursos populistas y genera desinterés cívico. Es
en este contexto en el que debemos entender las protestas emergentes contra el
euro, no como actos aislados, sino como expresiones de un malestar democrático
creciente.
Los medios de
comunicación y el Gobierno tienden a asumir el papel de “informar” a los
ciudadanos sobre la logística de la adhesión y a luchar, quizás de forma
superficial, contra los aumentos “injustificados” de los precios y la
especulación durante el período de transición. En un país en el que más de
800.000 ciudadanos están clasificados como trabajadores pobres, la preocupación
por el aumento del coste de productos básicos como el pan, la electricidad y el
transporte no es una preocupación macroeconómica abstracta, sino una preocupación
existencial. En ausencia de salvaguardias eficaces contra la especulación, la
regulación de los precios de los productos básicos o una política de ingresos
coherente, los temores a la inflación no solo son comprensibles, sino
racionales.
Fuente: Globetrotter
Las páginas amarillas de la derecha extrema [España]
Las páginas amarillas de la derecha extrema
Kaosenlared
28 de julio de 2025
Vaya por delante que
estamos ante un libro realmente importante, y hasta necesario; fue tal el éxito
de la versión on line que los editores decidieron publicar la
versión impresa (https://rosalux.es/2021/06/de-los-neocon-a-los-neonazis/).
Con respecto al título
que he elegido para este artículo, cuadraría tal vez mejor el color pardo, si
bien a la representación más destacada de la derecha extrema hispana, la de
Vox, le mola más el verde, benemérito, que con tanto orgullo lucen sus líderes,
los de la “España que madruga”. Otros colores tampoco desentonarían con algunos
de los grupos que asoman en el panorama peninsular: el azul falangista, por
ejemplo.
Se lee en el Prólogo,
escrito por Amelia Martínez Lobo: «Esta publicación trata de aportar no
sólo claves para el análisis, sino una descripción minuciosa de todo el cosmos
de la extrema derecha en el Estado español, desde sus expresiones
institucionales, con Vox a la cabeza, hasta sus tentáculos en el fútbol, las
redes sociales, los influencers y los espacios de generación
de pensamiento como fundaciones o lobbies», mostrando el deseo de
que el libro «se convierta en un lugar de referencia y un manual de consulta»,
y ciertamente lo consigue y con creces, ya que estamos ante una mirada
detallada a la génesis y desarrollo, e implantación, de la extrema derecha en
la sufrida piel de toro; un mapa, un árbol y también un rizoma que hace que se
muestre la galaxia ultra, sus ramificaciones y sus medios de comunicación y
otros. El volumen es un verdadero ladrillo de más de casi
setecientas páginas y de cerca de un kilo de peso, y si lo califico de ladrillo
no lo hago con tono despectivo sino que lo hago en referencia a la contundencia
que supone en el rostro de las organizaciones aludidas, y me inspiro en aquel
misterioso ser que respondía, entre otros, al nombre de B. Traven / Ret Mahut,
que publicaba en su momento una revista con el nombre de Der
Ziegelbrenner (el ladrillero…fabricar ladrillos para un nuevo mundo
y para enfrentarse al viejo); en esta ocasión la Oficina de enlace Madrid
de Rosa Luxemburg Stiftung* se alza con
radicalidad frente al ascenso de las posturas fascistas, neo, ofreciendo un
potente ladrillo antifascista…con su «De los neocón a los neonazis. La
derecha radical en el Estado español», Informe coordinado por
Miguel Ramos, y que cuenta con diferentes colaboradores como Nora
Rodríguez, Jordi Borrás, Román Cuesta, Julián Macías, Pep Anton Ginestà, Adrián
Juste y Juan Francisco Albert Guerrero de Al Descubierto, Proyecto UNA, Nuria
Alabao y Carles Viñas.
El comienzo hurga en la
denominada transición con su amnistía, que de hecho fue un decreto de punto
final que eximía de responsabilidades a los franquistas, y los primeros pinitos
por erigir un partido de derecha radical, plasmado en Fuerza Nueva de Blas
Piñar; otros intentos asomaron como los grupos organizados por Ruiz-Mateos,
Mario Conde o Jesús Gil, si bien al final fue la Alianza Popular de Manuel
Fraga Iribarne la organización que aglutinaba en su seno a franjas de
extremistas de derechas, y que más tarde se bautizaría como PP; éste se mostró
más prudente con respecto a la hora de traspasar ciertas líneas rojas, que le
acercaran a extremas derechas europeas; esto no quita para que algunos miembros
de dicho partido, como Xavier García-Albiol o Javier Maroto sostuvieran
posturas combativas contra la inmigración. A partir de ahí, las páginas derivan
hacia el contexto internacional, y sus expresiones en el Estado español que se
centran en luchar contras las leyes de Memoria histórica, la legalización del
aborto, recalcando la unidad de España y la consiguiente lucha contra el
independentismo, irrumpiendo la vena conspiranoíca como fue el caso del
atentado de Atocha…el 11M supuso la puesta en marcha de una defensa de
Occidente frente al islam y sus expresiones terroristas, lo que llevó a la
intervención en Iraq propiciada por el trío de las Azores; en dicho trío
aparecía José Marías Aznar, que más tarde pondría en marcha la FAES. La Iglesia
jugó, y juega un papel esencial en la embestida contra ciertas leyes como la
del aborto, la educación para la ciudadanía, o la del matrimonio homosexual…en
la misma onda no se puede ignorar el florecimientos de otras fogosas
organizaciones como Hazte Oír, la AVT, la Asociación Nacional por la Libertad
Lingüística…coreados por diversas páginas webs y medios de comunicación como la
COPE, Intereconomía, Libertad Digital, la Gaceta, y ciertas organizaciones
religiosas, como la mentada Conferencia Episcopal, los Kikos o el Opus Dei. Dos
cosas se han de destacar: una, que muchas de estas organizaciones nombradas son
escisiones del tronco común, el PP, dándose , por otra parte, situaciones de
doble militancia; y la otra es que en la medida en que Vox y su troglodita
ideario amplía su presencia, el PP entra en el juego de competir con el partido
de Abascal, lo que supone una mayor radicalización del partido encabezado por
Núñez Feijó, en temas como la unidad patria, el irredento combate contra el
independentismo, las lenguas cooficiales, o la inmigración.
A partir de ahí el
libro expone pormenorizadamente el surgimientos de Vox, su ideario
antifeminista, contra la inmigración, encarnizadamente españoles y opuestos a
las lenguas cooficiales adoptando una óptica falaz de victimismo, negacionistas
con respecto al cambio climático, al maltrato a las mujeres; se exponen
igualmente su programa económico de un radical neoliberalismo, y sus fuentes de
financiación, sus relaciones internacionales y sus órganos sindicales,
culturales-Disenso (por cierto, pasmado me quedé al conocer un número que
dedicaban a Gilles Deleuze, viendo entre los firmantes al otrora
convencido marxista-leninista, y althusseriano, Gabriel Albiac, etc.). Se
analiza también la fantasmal moción de censura…
El despliegue de la
obra se extiende a la presentación de partidos extra-parlamentarios y
organizaciones de extrema derecha. Capítulo aparte merece Catalunya, y las
organizaciones españolistas que allá combaten, y las expresiones
independentistas de extrema derecha. El exhaustivo repaso a las organizaciones
fundamentalistas religiosas, la lucha en las redes, internet y las mentiras por
doquier que expanden…la luchas contras las leyes progresistas del gobierno, y
el combate en la época de la pandemia, y…muchas cosas más, por no decir todas
aquellas que tienen relación con la extrema derecha, sus ramificaciones,
apoyada en datos, listas de personajes y personajillos, y de las organizaciones
a las que pertenecen, sin olvidar las certeras ilustraciones en la que se
pueden ver a significativos miembros de tales grupos en posición de predicar
las virtudes de sus idearios, manifestaciones, árboles genealógicos de algunas
organizaciones, o un amplio muestrario de logotipos, o bandas de derechistas en
actitud de combate … y no seguiré porque todo no se puede decir, sobre todo
cuando lo que dice la obra de la que presento es tanto….acerca de este fantasma
que recorre Europa, y el mundo, el posfascismo, en palabras de Enzo
Traverso,…fantasma cuya presencia, para más inri, es notable en ciertas
instituciones del Estado español.
—————————————————————————————————————————————-
( * ) «ROSA-LUXEMBURG-STIFTUNG.
La Rosa-Luxemburg-Stiftung es una organización internacional de izquierdas sin
fines de lucro que proporciona educación política. Asociada al partido alemán
“Die Linke”, la fundación es un foro de diálogo político que pretende fomentar
la investigación, la participación, la auto-organización y el pensamiento
crítico tanto en Alemania como en el resto del mundo…», así se presentan ellos
mismos en las última páginas de la obra
Por Iñaki
Urdanibia para Kaosenlared
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domingo, 27 de julio de 2025
Auge y caída del trabajador del conocimiento
Auge y caída del trabajador del conocimiento
Vinit
Ravishankar, Mostafa Abdou
Rebelion
26/07/2025
Fuentes: Jacobin
[Imagen: Un antiguo minero del carbón trabaja en una estación informática en la
oficina de Bit Source LLC en Pikeville, Kentucky, el 1 de febrero de 2016. (Sam
Owens / Bloomberg / Jim Ratliff vía Getty Images)]
En
teoría, los trabajadores del conocimiento iban a ser los beneficiarios del
neoliberalismo y la globalización. Sin embargo, la IA generativa y un mercado
laboral hipercompetitivo están empobreciéndolos también a ellos.
En una reciente reunión
de líderes empresariales y funcionarios del Gobierno estadounidense organizada por
la empresa de capital riesgo Andreessen Horowitz, el vicepresidente J. D. Vance
presentó un sorprendente y sincero análisis de los últimos
cincuenta años de política económica estadounidense. «La idea», afirmó, «era
que los países ricos ascenderían en la cadena de valor, mientras que los países
más pobres se encargarían de las tareas más sencillas».
Lo que quería decir con
esto es que, desde la década de 1970, los defensores de la globalización
asumieron que, aunque algunos trabajadores de lugares como Estados Unidos
podrían perder sus empleos en la industria manufacturera, la mayoría se
adaptaría. Lo harían, por usar una frase que se convirtió en un meme en la
década de 2010, «aprendiendo a programar». Al cambiar las minas de carbón por
los ordenadores portátiles, los trabajadores de Estados Unidos, donde se
concentrarían los empleos de alto valor, ocuparían una posición más alta en la
cadena de valor mundial que sus homólogos del Sur Global. En cambio, lamentó
Vance, lo que ocurrió fue que «a medida que mejoraban en el extremo inferior,
también empezaron a ponerse al día en el extremo superior».
La descripción que hace
Vance de esta tendencia es, en cierto sentido, más honesta que lo que el mundo
ha llegado a esperar de los políticos estadounidenses. Desde la Guerra Fría,
los líderes estadounidenses han vendido la globalización con expresiones
ingeniosas como «progreso», «integración» y «modernización», una forma de
economía de goteo para los Estados-nación que enriquecería aún más a los ricos
y elevaría a los «subdesarrollados». Y aunque es cierto que el nivel de vida ha
aumentado desde entonces, sobre todo en Asia Oriental, la realidad del resto
del mundo ha sido un crecimiento mediocre, acompañado del desastroso colapso de
las instituciones estatales y de bienestar.
Criticando los males de
la globalización, Vance postula un mundo moldeado por una carrera de suma cero
por la supremacía entre los Estados-nación. Sin embargo, en este relato falta
—o se omite convenientemente— un análisis serio de las clases, a pesar de que
son el eje principal que determina quién se beneficia de la globalización. Bajo
el nombre de nación se agrupan los explotadores y los explotados, los que
buscan sin piedad maximizar sus beneficios en todos los sectores y geografías,
y los que soportan el peso de este insaciable afán de acumulación.
Presentándose como
defensores de la clase trabajadora estadounidense, Vance y otros políticos como
él desvían la atención de sus patrocinadores multimillonarios hacia los
trabajadores extranjeros y una élite urbana liberal vagamente definida,
aprovechando en gran medida la división entre los trabajadores manuales y los trabajadores
de cuello blanco.
Fordismo
y posfordismo
El sistema económico
por el que Vance y otros miembros de la derecha populista sienten nostalgia es
lo que a menudo se denomina la era fordista del capitalismo. Durante su apogeo,
la llamada edad de oro del capitalismo, aproximadamente uno de cada seis
trabajadores estadounidenses estaba empleado, directa o indirectamente, en la
industria automovilística; hoy en día, la cifra es de poco menos del 3%.
El fordismo se
caracterizaba por el consumo masivo en toda la sociedad y la producción en masa
en fábricas organizadas según los principios tayloristas de
hiperestandarización de los métodos de trabajo, las herramientas y los equipos
para maximizar la eficiencia. Representó un período particularmente exitoso del
crecimiento capitalista. En Estados Unidos, por ejemplo, entre 1947 y 1979,
el salario medio de
los trabajadores sin funciones de supervisión aumentó un 2% anual, mientras que
el PIB real creció un 7,3%. En comparación, a partir de 1979, los salarios solo
crecieron un 0,3% anual, mientras que el PIB real creció apenas un 4,9%.
La desaparición del
fordismo, que comenzó en la década de 1970, fue provocada por la
intensificación de la competencia internacional.
Otros países capitalistas avanzados, como Alemania Occidental y Japón,
comenzaron a producir bienes similares a los de Estados Unidos. Los salarios
más bajos en esos países, combinados con la duplicación de la capacidad
productiva, acabaron ejerciendo una presión a la baja sobre los precios y, en
última instancia, sobre los beneficios.
Los efectos de este
colapso se manifestaron en cambios tanto en la producción de bienes como en los
patrones de consumo de los estadounidenses. Las fábricas ajustadas, coordinadas
por cadenas de suministro globalizadas cada vez más complejas, sustituyeron a
la fabricación nacional masiva de productos estandarizados. Los avances en la
automatización, la informática y las tecnologías de la comunicación facilitaron
esta transición al permitir la gestión de una mano de obra más flexible y
distribuida geográficamente.
Los patrones de consumo
de la población también cambiaron: los estadounidenses de a pie obtuvieron
acceso a una amplia gama de productos cada vez más individualizados a precios
más baratos, desde prendas de ropa diversas adaptadas a las subculturas
emergentes hasta Funko Pops infinitamente personalizables. Este modo de consumo
pronto se convirtió en la norma aspiracional de las clases medias de todo el
mundo.
Pero el declive del
fordismo también provocó la erosión del movimiento obrero en la mayor parte del
Norte Global. La causa inmediata fue la deslocalización de las fábricas y los
despidos masivos de trabajadores sindicalizados. A medida que estos
trabajadores fueron desplazados a espacios de trabajo más pequeños y dispersos
que exigía el sector servicios, su capacidad de organización se vio más
limitada.
Este periodo acabó
provocando derrotas aplastantes para
el movimiento sindical, y los antiguos centros productivos —el Rust Belt
estadounidense, el norte de Inglaterra, el norte de Francia— sufrieron una
rápida desindustrialización a medida que las fábricas se trasladaban al
extranjero, ayudadas por los contenedores de transporte estandarizados, los
inventarios informatizados, las redes de comunicación más rápidas y otras
innovaciones tecnológicas.
Esto creó una división
cartesiana dentro de la economía mundial entre una mente del Norte, donde se realizaba
el trabajo intelectual, creativo y directivo, y un cuerpo del Sur, responsable
de la producción de bienes físicos. El Tratado de Libre Comercio de América del
Norte (TLCAN), un acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos, Canadá y
México, firmado en 1994, y la entrada de China en la Organización Mundial del
Comercio en 2001 exacerbaron estas tendencias. La producción se trasladó en su
mayor parte a Asia, inicialmente a Corea del Sur y Taiwán, y finalmente a China
continental.
Allí, las naciones con
grandes poblaciones campesinas y formas innovadoras de gobernanza práctica
ofrecían tanto mano de obra siempre disponible como una disciplina laboral
rígida. China, por ejemplo, con diferencia el mayor ejemplo de este tipo de
centro de fabricación, introdujo lo que se ha dado en llamar el «régimen de
trabajo dormitorio», que agrupaba a los trabajadores en alojamientos densos en
su lugar de trabajo, lo que permitía a la dirección de las fábricas un control
sin precedentes sobre la rutina diaria de sus empleados.
Mientras que un pequeño
grupo de países subdesarrollados de Asia oriental pudo beneficiarse de la
globalización, la gran mayoría de los países que se integraron en estas redes
—desde Egipto hasta Sudáfrica e Indonesia— sufrieron el deterioro tanto de la
capacidad del Estado como del bienestar bajo la disciplina del capital
financiero, y quedaron atrapados en servicios de bajo valor y en la producción
de productos básicos.
El
auge de la economía del conocimiento
Al mismo tiempo, los
rápidos avances en las tecnologías de la informática y las comunicaciones
contribuyeron al nacimiento de una nueva clase de trabajadores del
conocimiento: modeladores de datos, desarrolladores de software,
diseñadores de sistemas, analistas financieros e ingenieros de redes. Esta
nueva clase sirvió de intermediario para los flujos cada vez más desagregados
de capital, recursos, información y materias primas. Los miembros de esta clase
disfrutaban de una relativa estabilidad al recibir una mayor parte de los
beneficios de las empresas, ya fuera directamente a través de salarios más
altos o mediante la propiedad de acciones. Este subconjunto de la mano de obra
se convirtió en los gestores y facilitadores del capitalismo posfordista y vio
cómo su nivel de vida y su capacidad de consumo aumentaban cómodamente.
En la mente de los
defensores de la globalización, estos nuevos puestos de trabajo debían
compensar las pérdidas resultantes de la desindustrialización. Sin embargo, las
ganancias distribuidas por estos empleos fueron muy desiguales, y un pequeño
sector de hogares con ingresos altos se llevó la mayor parte de los beneficios:
el índice de Gini de desigualdad de ingresos en Estados
Unidos, por ejemplo, pasó de 0,45 en 1971 a 0,59 en 2023, un nivel que solo se
había visto antes de la Segunda Guerra Mundial.
En Estados Unidos, esta
élite de trabajadores se llevó la mayor parte de los beneficios de la
globalización; en Europa, la mayor fiscalidad mitigó en cierta medida esta
divergencia, redistribuyendo parte de las ganancias obtenidas por las nuevas
clases medias a una clase más amplia de trabajadores a través de lo que quedaba
del Estado de bienestar. Pero, en realidad, ambos modelos estaban bastante
desconectados de donde se generaba una gran parte de los beneficios: en las
fábricas de China y México y en las textiles de Bangladesh y Vietnam.
Emblemático de esta
nueva economía es el minorista de moda sueco H&M. En 2024, la empresa
registró un beneficio operativo de 1800 millones de dólares. Pagó un tipo
impositivo medio del 24,9%, prácticamente nada en Bangladesh, donde se produce
alrededor del 20% de sus prendas. Un diseñador de ropa en H&M puede ganar
hasta 100.000 dólares al año, mientras que el salario mínimo mensual de
un trabajador textil en Bangladesh solo se ha aumentado recientemente a 113
dólares: unos míseros 1356 dólares al año.
La IA
generativa y el giro hacia el interior del capital
En los últimos años, el
pequeño grupo de trabajadores que se ha beneficiado de la economía globalizada
ha empezado a sentir la presión. El auge de la IA generativa y la ansiedad
generalizada sobre sus efectos pueden interpretarse desde esta perspectiva.
Desde el lanzamiento de ChatGPT en noviembre de 2022, cada vez es más evidente
que innumerables formas de trabajo —el diseño gráfico, la redacción
publicitaria, la programación— están siendo rápidamente sometidas a la misma
lógica disciplinaria que antes se centraba en la fábrica.
Aunque la IA generativa
ha sido objeto de un entusiasmo injustificado y la tecnología dista mucho de
ser perfecta, su capacidad para escribir código informático o generar diseños
de productos e imágenes de marketing está mejorando
rápidamente. Ya no es del todo descabellado concluir que algo parecido a un
proceso de proletarización industrial podría llegar gradualmente a formas de
trabajo informativo y creativo que hasta ahora habían sido inmunes a estos
cambios.
Incluso si no aceptamos
las fantásticas nociones de inteligencia artificial general (una IA que podría
superar la inteligencia humana) o las grandilocuentes declaraciones sobre una
cuarta revolución industrial, en su forma actual los modelos de IA generativa
son capaces de ayudar a los capitalistas a imponer disciplina salarial a una
amplia gama de trabajadores del conocimiento. Su capacidad para buscar y
procesar de manera eficiente grandes volúmenes de texto supone una amenaza
particular para las profesiones basadas en el descubrimiento, la curación y la
organización del conocimiento.
Estos modelos también
se han implementado para automatizar ciertos aspectos del desarrollo de software y
la programación informática, lo que ha provocado una descalificación de los
programadores y ha reducido la influencia que antes tenían. Por ejemplo, un
modelo de lenguaje generativo ahora puede producir la mayor parte del código
necesario para crear un prototipo razonable de un sitio web o una aplicación
móvil en una o dos horas, un trabajo que normalmente le llevaría varios días a
un desarrollador de software medio.
En ámbitos como
el marketing, la creación de contenidos y la publicidad, los
modelos de IA generativa son capaces de sustituir una gran parte de las tareas
de los empleados. Que lo hagan bien o no es irrelevante: poco
impide que las fuerzas del mercado conviertan la basura de la IA en la nueva
norma.
El
declive de la aristocracia
El éxito de la obra Imperio,
de los filósofos Michael Hardt y Antonio Negri, a principios de milenio,
despertó un renovado interés por una corriente de análisis laboral
contemporáneo que había sido especialmente popular entre los marxistas
italianos desde la década de 1970. Estos pensadores, denominados
«posobreristas», como Maurizio Lazzarato, Paolo Virno y el propio Negri,
argumentaban que las formas informativas, culturales y comunicativas del
trabajo en red eran más resistentes a la medición y menos susceptibles de ser absorbidas
por los circuitos de la disciplina y la mercantilización. En el trabajo
inmaterial y cognitivo veían las semillas de la autonomía, la cooperación y el
potencial de formas de producción poscapitalistas, es decir, una forma de
liberación del trabajo explotador en sí mismo.
En retrospectiva, estas
ideas acabaron estando bastante desfasadas respecto a la realidad de cómo
acabaron evolucionando estos patrones de trabajo «inmaterial». Al igual que
otros avances recientes en diferentes tipos de trabajo intelectual —como el
desarrollo ágil de software o la creación de contenidos
métricos—, la IA generativa sirve para expandir la lógica de la fábrica
precisamente a estos patrones de trabajo aparentemente autónomos,
rutinizándolos y haciéndolos más susceptibles a la disciplina. Por ejemplo,
ahora se le puede pedir a un diseñador gráfico que entregue un modelo 3D en una
hora en lugar de en un día, y el empleador puede indicarle que utilice
Midjourney o cualquier otra herramienta de asistencia de IA.
Hoy en día, la red del
capital se está reduciendo. La malla que conecta a los productores de
microchips de las fábricas de Foxconn en Shenzhen con los empleados del Genius
Bar en Berlín y con los trabajadores tecnológicos de las oficinas de Apple en
Cupertino es cada vez más uniforme. Si bien la posición de los trabajadores de
gama baja y alta frente al capital es muy diferente, cada vez comparten más una
trayectoria descendente.
En lo que es una señal
reveladora para el sector tecnológico, las tasas de empleo de los programadores
informáticos en Estados Unidos se han desplomado hasta su nivel más bajo desde
la década de 1980. Esta presión ha erosionado visiblemente la capacidad de
negociación de los trabajadores, y no solo en lo que respecta a los salarios.
En 2018, los empleados de Google lograron detener la colaboración de la empresa
con el Ejército estadounidense en el marco del Proyecto Maven. El año pasado, en cambio,
más de cincuenta trabajadores fueron despedidos sumariamente tras
protestar por la complicidad de Google en el genocidio de Gaza. La aristocracia
de la economía del conocimiento, que en su día fue capaz de negociar sus
condiciones, está siendo destronada poco a poco.
Ahora más que nunca, es
esencial que luchemos contra la atomización que mantiene a los trabajadores
separados a lo largo de las cadenas de suministro globales. A medida que se
acelera el giro hacia dentro del capitalismo del Norte, se hace cada vez más
crucial mirar hacia fuera, cultivar alianzas y solidaridades con los ingenieros
de centros de datos, los trabajadores textiles, los trabajadores de
plataformas, los mineros de cobalto y todos aquellos relegados a la parte baja,
a las sombras del capitalismo global. El capital es hoy un adversario mucho más
formidable que hace medio siglo, y si queremos construir un movimiento obrero
exitoso, es crucial que construyamos de forma voluntaria y deliberada la
solidaridad y nos organicemos en todos los nodos de su red.
Traducción:
Natalia López
Fuente: https://jacobinlat.com/2025/07/auge-y-caida-del-trabajador-del-conocimiento/
¿Grietas en la OTAN?
Eslovenia “amenaza” con
someter a referéndum el incremento del gasto militar e incluso la pertenencia a
la OTAN. Un escalofrío recorre la espalda de algunos mandamases, preocupados
por un posible “efecto contagio”. Ojalá cunda el ejemplo.
¿Grietas en la OTAN?
El Viejo Topo
27 julio, 2025
¿La primera
grieta en la fortaleza de la OTAN?
Eslovenia abre
el dilema del referéndum
Como es sabido,
en la cumbre de la OTAN celebrada en La Haya (24-25 de junio), los líderes de
la alianza anunciaron triunfalmente una decisión
histórica: todos los miembros aumentarán el gasto militar hasta el
5% del PIB durante la próxima década. Pero detrás de la fachada de unidad se
esconde un profundo malestar. Casi ningún Estado miembro se mostró satisfecho
con esta decisión impuesta por Washington. No es de extrañar que algunos digan
ahora que la OTAN significa Organización del Atlántico Norte de Trump.
La cumbre en sí
fue un espectáculo privado
de Trump. Se deleitó con los halagos, fue llamado cariñosamente “papá”
e incluso recibió aplausos por desatar una agresión abierta contra Irán en coordinación
con Israel, un país que lleva ya 20 meses de campaña genocida en Gaza. Los
comentaristas susurraban que nunca antes se habían reunido en un solo lugar
tantos criminales de guerra, personas que, según cualquier lógica moral,
deberían estar enfrentándose a la justicia en lugar de brindar con copas de
champán.
Cuando terminó
el circo, muchos líderes esperaban en silencio que para 2035 esta locura se
haya olvidado, que Trump ya se haya ido y que, tal vez, sus países no
estuvieran en bancarrota por las delirantes ambiciones imperiales. Algunos
esperan una contabilidad creativa; otros rezan por milagros. Unos pocos se
frotan las manos con alegría, convencidos de que el lucro de la guerra traerá
puestos de trabajo y crecimiento. Sin embargo, al escuchar a los primeros
ministros de España y Eslovaquia,
y especialmente al presidente de
Croacia, quedó claro que todos se sentían como personajes atrapados en el
cuento popular El traje nuevo del emperador.
Justo cuando
parecía que esta farsa terminaría sin mayor drama –la cumbre de la OTAN más
cara, más corta y más vacía de la historia–, se produjo un acto inesperado de
resistencia por parte de uno de los Estados más pequeños de Europa: Eslovenia.
El partido de izquierda (Levica), parte de la coalición gobernante,
propuso un referéndum consultivo
para preguntar a los ciudadanos si apoyaban el aumento del gasto militar al 3%
del PIB. La propuesta se aprobó, no gracias a los votos del partido gobernante,
sino gracias al bloque conservador de la oposición liderado por Janez Janša, un
acérrimo atlantista que utilizó la votación para socavar al primer ministro
Robert Golob.
Acorralado,
Golob jugó su propia carta: un segundo referéndum en el que se planteaba a los
eslovenos la “verdadera pregunta”: permanecer en la OTAN y pagar, o marcharse.
Por el momento, el caos procedimental impide saber cuándo se celebrará
cualquiera de los dos referéndums, o si un compromiso político los enterrará a
ambos.
Para quienes no
estén familiarizados con la historia reciente de Eslovenia, recordemos que fue
la primera república yugoslava en separarse, donde los círculos disidentes
habían exigido un Estado pacífico
y desmilitarizado. Rechazaron el presupuesto militar de Yugoslavia y soñaban
con la neutralidad. Sin embargo, cuando la federación se derrumbó, Eslovenia
convirtió rápidamente su unidad de defensa territorial en un ejército nacional.
Más tarde, cuando quiso entrar en la UE, se le dijo: “Sin OTAN, no hay UE”. Los
eslovenos no estaban contentos con este chantaje, por lo que su Gobierno
celebró dos referendos el mismo día, el 23 de marzo de 2003, sobre la OTAN y la
UE. El movimiento pacifista llegó a publicar folletos titulados “No a la OTAN,
denos la paz”. Aun así, solo el 66% apoyó a la OTAN,
influido por las amenazas de que, de lo contrario, sus hijos tendrían que
cumplir el servicio militar obligatorio. El mensaje predominante era: “Sin
OTAN no hay UE”. El Gobierno hizo
una intensa campaña a favor del SÍ en ambos referéndums, presentándolos como un
paquete único para la seguridad nacional, la prosperidad y la pertenencia a
Occidente.
Eslovenia se
convirtió en miembro de pleno derecho de la OTAN el 29 de marzo de 2004, pocos
días antes de su adhesión a la UE. Estos referendos consolidaron la orientación
estratégica de Eslovenia hacia Occidente, pero dejaron un legado de malestar
público sobre la pertenencia a la OTAN, un escepticismo que ahora resurge en
medio de los debates sobre el gasto militar y el servicio obligatorio.
Veinte años
después, Eslovenia está despertando del sueño neoliberal. No solo está pagando
de nuevo por un ejército que no quiere, sino que las nuevas exigencias son
impresionantes: Levica calcula que destinar el 3% del PIB equivale al 20% del
presupuesto nacional. El servicio obligatorio se cierne como una espada de
Damocles, si las guerras se extienden por Europa y más allá.
Robert Golob
teme que el referéndum de Levica se apruebe, por lo que contraataca con el
miedo: ¿Quieren defenderse solos o permanecer bajo el paraguas de la OTAN,
aunque les cueste todo? Janša, a pesar de su lealtad atlantista, ayudó a que se
aprobara la propuesta de referéndum como golpe táctico contra Golob.
Al final, los
dos referéndums podrían desarrollarse así: los eslovenos dirán NO al aumento
del gasto militar y luego SÍ a permanecer en la OTAN, sometidos por la
propaganda nacional e internacional.
Pero, ¿por qué
es importante?
Porque, por
primera vez, los ciudadanos de un Estado miembro de la OTAN debatirán
públicamente sobre la organización más
peligrosa del mundo. La cuestión de la guerra plantea inevitablemente el viejo
dilema: ¿más para el pan o más para las bombas? ¿Aporta realmente seguridad la
OTAN? ¿Garantiza la pertenencia a ella la prosperidad y la paz?
Los eslovenos,
a pesar de su pragmatismo y su interés propio, siguen teniendo una chispa de
conciencia más amplia. Incluso la convocatoria de un solo referéndum, por no
hablar de dos, podría romper tabúes no solo en Eslovenia, sino en toda Europa.
Podría inspirar a otros atrapados en la trampa de complacer a un emperador que
se jacta de sus nuevos ropajes y de su inmenso poder, cuando en realidad está
desnudo y arruinado, tanto en su mente como en su moral y en sus arcas.
Que comiencen
los juegos. Que se abra por fin el debate, sean cuales sean los motivos que lo
susciten.
A veces basta
un pequeño Estado para inclinar la balanza de la opinión pública en todo un
continente.
Fuente: Globetrotter
sábado, 26 de julio de 2025
Los CUO de Gran Canaria organizan una formación sindical sobre la HUELGA [España]
Los CUO de Gran Canaria organizan una formación sindical sobre la HUELGA
DIARIO OCTUBRE / julio 24, 2025
Javi Delgado (Unidad y Lucha).— ¿Puedo participar en la huelga si mi sindicato no es el convocante? ¿Me puedo pedir las horas sindicales para la huelga? ¿A qué hora es la huelga?
Preguntas como
estas surgen cuando trabajadores y trabajadoras se acercan por primera vez a
una huelga, denotando la falta de conocimiento técnico y político de esta
herramienta de lucha obrera, seguramente la herramienta más potente de la clase
trabajadora. Esto lo vivimos de cerca algunos compañeros de los CUO de Gran
Canaria meses atrás, en la “Huelga por Palestina” del 27 de septiembre del 2024
y en la huelga del Hospital Clínico Veterinario de la Universidad de Las Palmas
de Gran Canaria, a finales de 2024[1].
A raíz de esta
preocupación y repasando los itinerarios formativos de varios sindicatos, de
mayor y de menor tamaño, sindicatos “amarillos” pero también de los que se
reclaman como sindicatos de clase, nos encontramos una carencia enorme a la
hora de formar a los y las sindicalistas en el uso de la Huelga. ¿Quién está
explicando en la actualidad en las organizaciones sindicales cómo se organiza
una huelga y qué aspectos se deben tener en cuenta para esta tenga
probabilidades de éxito? Nuestro objetivo, por tanto, fue organizar una
formación con esta temática. Y con esa idea nos pusimos manos a la obra.
Tras la exitosa
formación sobre la Represión Sindical que realizamos meses atrás, los CUO de
Gran Canaria organizamos el pasado 5 de junio, en horario de mañana, esta nueva
formación. Con una participación de unos 20 representantes sindicales de
diferentes organizaciones, arrancó una formación dividida en tres bloques:
conceptos básicos y elementos políticos de la Huelga, aspectos
técnico-jurídicos de la misma y finalmente, una mesa redonda y coloquio sobre
tres experiencias reales de boca de sus protagonistas.
Dentro de los
elementos políticos de la huelga, desde los CUO insistimos en la importancia de
entender lo que supone parar la producción para el propio sistema capitalista.
La importancia de la subjetividad y la conciencia que adquiere la clase
trabajadora cuando decide parar y que el empresario deje de ingresar sus
beneficios, porque el trabajador ya no le permite producir nada. El enorme
poder que tiene la clase trabajadora y cómo la huelga permite que ese poder se
visibilice de una manera muy clara.
Los conceptos
concretos que más interés despertaron entre los presentes fueron los servicios
mínimos, la importancia de la elección de un buen comité de huelga, así como el
importante trabajo que se debe desarrollar en las asambleas de centro de
trabajo durante la huelga.
El abogado
Javier Armas insistió, por su parte, en la importancia que supone que la huelga
sea un derecho fundamental. Apeló además a ser imaginativos cuando la patronal
pone palos en las ruedas durante la huelga.
La mesa redonda
final, que comenzó con la exposición de varias experiencias (Helados Kalise,
Centro Sociosanitario el Pino y el Banco de Sangre), facilitó que los presentes
expusieran sus casos y sus dudas a la hora de llevar a cabo paros parciales y
huelgas indefinidas en sus centros de trabajo.
Tal fue el
grado de interés que en las próximas semanas se va a realizar una segunda
edición de esta formación, en horario de tarde para facilitar la participación
de más trabajadores y trabajadoras.
En camino
tenemos una formación específica sobre las mutuas.
Más formación
sindical, más preparación, más conciencia de clase para la organización y la
lucha.
———-
[1] Ver
Unidad y Lucha de Enero 2025: La primera huelga del sector clínico veterinario
cumple dos meses.
Fuente: unidadylucha.es
Recortes para la guerra
Merz quiere la guerra. Y Macron se prepara para ella. Regresa
el pasado, pero esta vez acompañado de armamento nuclear. Financiar la guerra
es caro, y el dinero solo puede salir de recortar el gasto social. Macron lo
sabe, y ya lo hace. Ha llegado el invierno.
Recortes para la guerra
El Viejo Topo
26 julio, 2025
EUROPA SE
BLINDA POR FUERA PERO SE DESMANTELA POR DENTRO
Durante años,
la Unión Europea cultivó una imagen de potencia civilizadora, fundamentada en
el respeto al derecho internacional, la cohesión social y la defensa del Estado
de bienestar. No obstante, esa representación empieza a resquebrajarse. Una
parte creciente de la ciudadanía europea comienza a tomar conciencia de la falsedad
de ese relato: los llamados “valores europeos” no son principios universales,
sino una retórica que encubre una lógica de expolio promovida por las élites
financieras en detrimento de las mayorías sociales.
Desde su
fundación, la UE se estructuró sobre la hegemonía alemana en el continente y
fue concebida, en buena medida, como un dispositivo para neutralizar posibles
insurrecciones populares que, durante la Guerra Fría, veían en la URSS una
alternativa política y social. Como explicó David Harvey, para sostener las
estructuras de dominación sobre las clases subalternas, tanto dentro como fuera
de Europa, fue necesario «embridar al capitalismo» mediante nuevas modalidades
de saqueo neocolonial. Los sistemas de bienestar que beneficiaron a sectores amplios
de la población europea se alimentaron, durante décadas, de los excedentes
generados por esa lógica de desposesión.
Hoy, ese orden
muestra signos evidentes de agotamiento. El Sur Global comienza a abrirse paso,
mientras emergen nuevas formas de multilateralismo que cuestionan los pilares
del neoliberalismo global. En su intento de preservar la hegemonía, este revela
cada vez con mayor crudeza su rostro autoritario: reprime los conflictos
sociales con violencia, guarda silencio ante el genocidio palestino y tolera la
violación sistemática de los derechos humanos. Las instituciones diseñadas para
sostener ese poder —desde el FMI y el G7 hasta el Banco Mundial— atraviesan una
crisis sistémica. En este contexto, la UE no puede seguir presentándose como un
proyecto de paz surgido de las cenizas de dos guerras mundiales. Más bien fue
un instrumento de continuidad para extender el modelo de dominación sobre sus
antiguas colonias.
Hoy, la deriva
autoritaria se hace patente en la normalización institucional de la extrema
derecha, fenómeno que remite a los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Es
la respuesta del capitalismo a su propia crisis: reducir la soberanía popular,
transferir el poder a élites políticas desconectadas del control democrático y
reforzar mecanismos de exclusión social.
Aunque la Unión
Europea proclama defender los derechos de sus ciudadanos, los hechos desmienten
esa afirmación. Su creciente dependencia del militarismo, su subordinación
estratégica a la OTAN y, en última instancia, a los intereses de Estados
Unidos, ponen en evidencia la renuncia efectiva a la “autonomía estratégica”
tantas veces invocada. Dicha renuncia se concreta en tres planos fundamentales:
el militar, el fiscal y el político.
La reciente
cumbre del G7 ha sellado esta rendición: bajo presión directa o indirecta de
Washington, los países europeos han renunciado a imponer nuevos o antiguos
impuestos a gigantes estadounidenses como Google, Amazon, Apple o Microsoft,
empresas que operan en suelo europeo y acumulan beneficios millonarios sin
aportar proporcionalmente a las arcas públicas. El coste de esta cesión se
calcula en más de 80.000 millones de euros anuales, que Europa deja de
ingresar.
Simultáneamente,
los líderes europeos han ratificado el objetivo de destinar el 5 % del PIB al
gasto militar, lo que supone que uno de cada cinco euros del presupuesto anual
deberá orientarse a armamento, defensa y
producción militar. Esta reconfiguración del
gasto público no solo altera la arquitectura fiscal de los Estados, sino que
redefine las prioridades éticas y políticas del proyecto europeo.
Francia ilustra
con crudeza esta transformación. El gobierno derechista de François Bayrou,
designado para liderar el ajuste, ha anunciado recortes por 42.000 millones de
euros en 2026 y una cifra similar para 2027, al tiempo que aumenta el
presupuesto militar. Entre las partidas sacrificadas se cuentan los subsidios
energéticos para pensionistas, la congelación de las pensiones —el llamado “año
blanco”—, la reducción del empleo público, la privatización de servicios
esenciales, y recortes en sanidad pública y transición ecológica…. Se trata de
un ajuste brutal, ejecutado mientras el país —como buena parte del continente—
se desliza hacia una forma de empobrecimiento estructural.
Las analogías
históricas se imponen. En los años previos a la Revolución francesa,
especialmente 1787 y 1788, Francia vivió los llamados “veranos sin sol”: crisis
climáticas, malas cosechas, inflación galopante y una política fiscal regresiva
que exprimía al pueblo para financiar guerras imperiales, mientras las clases
privilegiadas permanecían al margen de la miseria. Thomas Jefferson, desde
París, describía en 1787 la escena con amargura: “multitudes de condenados
pisoteadas bajo los pies”. Hoy, la historia no se repite, pero rima. En lugar
de aristócratas, hay corporaciones. En vez de castillos, sedes fiscales en
Irlanda, Luxemburgo o Países Bajos. Y en lugar de guerras dinásticas, un rearme
atlantista impulsado por Washington y seguido sumisamente por Bruselas, que
desmantela el Estado social para alimentar al complejo militar-industrial.
La UE, por boca
de sus líderes, invoca la llamada “economía de guerra”. No es una excepción
transitoria: es la nueva doctrina económica europea, una especie de
“keynesianismo militar”. Incluso organismos comunitarios han advertido que este
giro compromete de forma directa la financiación de políticas ambientales y
sociales. Pero sus advertencias caen en saco roto. El Parlamento Europeo ha
pedido incluso una expansión “drástica” del gasto militar, financiada mediante
bonos europeos. No se trata de una medida de emergencia: es una reorientación
estructural.
El riesgo no es
únicamente fiscal. Es político y social. Francia, por su historia de lucha, su
tejido sindical y su memoria revolucionaria, representa el punto más inflamable
del continente. Pero lo que allí sucede no es una excepción: es el síntoma de
una enfermedad generalizada. La Europa social está siendo desmantelada en
silencio, con la coartada permanente de amenazas externas —Rusia, China,
terrorismo, inmigración— que sirven para justificar lo injustificable.
Las élites
parecen no comprender que la historia tiene umbrales. Cuando se deja sin
calefacción a los ancianos, sin vivienda a los jóvenes y sin sanidad a los
trabajadores, no hay cohesión social que resista. Y cuando, al mismo tiempo, se
exime de impuestos a quienes más se benefician del sistema y se refuerza el aparato
represivo, la ruptura no es solo posible: es inminente.
La advertencia
de Jefferson no es solo una imagen del pasado. Es una señal para nuestro
presente. Europa se blinda por fuera, pero se desmantela por dentro. Y cuando
el escudo se convierte en espada, no tarda en volverse contra los suyos.
*++
Recortes para la guerra
Merz quiere la guerra. Y Macron se prepara para ella. Regresa
el pasado, pero esta vez acompañado de armamento nuclear. Financiar la guerra
es caro, y el dinero solo puede salir de recortar el gasto social. Macron lo
sabe, y ya lo hace. Ha llegado el invierno.
Recortes para la guerra
El Viejo Topo
26 julio, 2025
EUROPA SE
BLINDA POR FUERA PERO SE DESMANTELA POR DENTRO
Durante años,
la Unión Europea cultivó una imagen de potencia civilizadora, fundamentada en
el respeto al derecho internacional, la cohesión social y la defensa del Estado
de bienestar. No obstante, esa representación empieza a resquebrajarse. Una
parte creciente de la ciudadanía europea comienza a tomar conciencia de la falsedad
de ese relato: los llamados “valores europeos” no son principios universales,
sino una retórica que encubre una lógica de expolio promovida por las élites
financieras en detrimento de las mayorías sociales.
Desde su
fundación, la UE se estructuró sobre la hegemonía alemana en el continente y
fue concebida, en buena medida, como un dispositivo para neutralizar posibles
insurrecciones populares que, durante la Guerra Fría, veían en la URSS una
alternativa política y social. Como explicó David Harvey, para sostener las
estructuras de dominación sobre las clases subalternas, tanto dentro como fuera
de Europa, fue necesario «embridar al capitalismo» mediante nuevas modalidades
de saqueo neocolonial. Los sistemas de bienestar que beneficiaron a sectores amplios
de la población europea se alimentaron, durante décadas, de los excedentes
generados por esa lógica de desposesión.
Hoy, ese orden
muestra signos evidentes de agotamiento. El Sur Global comienza a abrirse paso,
mientras emergen nuevas formas de multilateralismo que cuestionan los pilares
del neoliberalismo global. En su intento de preservar la hegemonía, este revela
cada vez con mayor crudeza su rostro autoritario: reprime los conflictos
sociales con violencia, guarda silencio ante el genocidio palestino y tolera la
violación sistemática de los derechos humanos. Las instituciones diseñadas para
sostener ese poder —desde el FMI y el G7 hasta el Banco Mundial— atraviesan una
crisis sistémica. En este contexto, la UE no puede seguir presentándose como un
proyecto de paz surgido de las cenizas de dos guerras mundiales. Más bien fue
un instrumento de continuidad para extender el modelo de dominación sobre sus
antiguas colonias.
Hoy, la deriva
autoritaria se hace patente en la normalización institucional de la extrema
derecha, fenómeno que remite a los años previos a la Segunda Guerra Mundial. Es
la respuesta del capitalismo a su propia crisis: reducir la soberanía popular,
transferir el poder a élites políticas desconectadas del control democrático y
reforzar mecanismos de exclusión social.
Aunque la Unión
Europea proclama defender los derechos de sus ciudadanos, los hechos desmienten
esa afirmación. Su creciente dependencia del militarismo, su subordinación
estratégica a la OTAN y, en última instancia, a los intereses de Estados
Unidos, ponen en evidencia la renuncia efectiva a la “autonomía estratégica”
tantas veces invocada. Dicha renuncia se concreta en tres planos fundamentales:
el militar, el fiscal y el político.
La reciente
cumbre del G7 ha sellado esta rendición: bajo presión directa o indirecta de
Washington, los países europeos han renunciado a imponer nuevos o antiguos
impuestos a gigantes estadounidenses como Google, Amazon, Apple o Microsoft,
empresas que operan en suelo europeo y acumulan beneficios millonarios sin
aportar proporcionalmente a las arcas públicas. El coste de esta cesión se
calcula en más de 80.000 millones de euros anuales, que Europa deja de
ingresar.
Simultáneamente,
los líderes europeos han ratificado el objetivo de destinar el 5 % del PIB al
gasto militar, lo que supone que uno de cada cinco euros del presupuesto anual
deberá orientarse a armamento, defensa y
producción militar. Esta reconfiguración del
gasto público no solo altera la arquitectura fiscal de los Estados, sino que
redefine las prioridades éticas y políticas del proyecto europeo.
Francia ilustra
con crudeza esta transformación. El gobierno derechista de François Bayrou,
designado para liderar el ajuste, ha anunciado recortes por 42.000 millones de
euros en 2026 y una cifra similar para 2027, al tiempo que aumenta el
presupuesto militar. Entre las partidas sacrificadas se cuentan los subsidios
energéticos para pensionistas, la congelación de las pensiones —el llamado “año
blanco”—, la reducción del empleo público, la privatización de servicios
esenciales, y recortes en sanidad pública y transición ecológica…. Se trata de
un ajuste brutal, ejecutado mientras el país —como buena parte del continente—
se desliza hacia una forma de empobrecimiento estructural.
Las analogías
históricas se imponen. En los años previos a la Revolución francesa,
especialmente 1787 y 1788, Francia vivió los llamados “veranos sin sol”: crisis
climáticas, malas cosechas, inflación galopante y una política fiscal regresiva
que exprimía al pueblo para financiar guerras imperiales, mientras las clases
privilegiadas permanecían al margen de la miseria. Thomas Jefferson, desde
París, describía en 1787 la escena con amargura: “multitudes de condenados
pisoteadas bajo los pies”. Hoy, la historia no se repite, pero rima. En lugar
de aristócratas, hay corporaciones. En vez de castillos, sedes fiscales en
Irlanda, Luxemburgo o Países Bajos. Y en lugar de guerras dinásticas, un rearme
atlantista impulsado por Washington y seguido sumisamente por Bruselas, que
desmantela el Estado social para alimentar al complejo militar-industrial.
La UE, por boca
de sus líderes, invoca la llamada “economía de guerra”. No es una excepción
transitoria: es la nueva doctrina económica europea, una especie de
“keynesianismo militar”. Incluso organismos comunitarios han advertido que este
giro compromete de forma directa la financiación de políticas ambientales y
sociales. Pero sus advertencias caen en saco roto. El Parlamento Europeo ha
pedido incluso una expansión “drástica” del gasto militar, financiada mediante
bonos europeos. No se trata de una medida de emergencia: es una reorientación
estructural.
El riesgo no es
únicamente fiscal. Es político y social. Francia, por su historia de lucha, su
tejido sindical y su memoria revolucionaria, representa el punto más inflamable
del continente. Pero lo que allí sucede no es una excepción: es el síntoma de
una enfermedad generalizada. La Europa social está siendo desmantelada en
silencio, con la coartada permanente de amenazas externas —Rusia, China,
terrorismo, inmigración— que sirven para justificar lo injustificable.
Las élites
parecen no comprender que la historia tiene umbrales. Cuando se deja sin
calefacción a los ancianos, sin vivienda a los jóvenes y sin sanidad a los
trabajadores, no hay cohesión social que resista. Y cuando, al mismo tiempo, se
exime de impuestos a quienes más se benefician del sistema y se refuerza el aparato
represivo, la ruptura no es solo posible: es inminente.
La advertencia
de Jefferson no es solo una imagen del pasado. Es una señal para nuestro
presente. Europa se blinda por fuera, pero se desmantela por dentro. Y cuando
el escudo se convierte en espada, no tarda en volverse contra los suyos.
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