miércoles, 29 de mayo de 2024
Nemo y Eurovisión
¿Para qué tener
identidad si puede uno/a/e dejarse arrastrar en el río de la inacabable fluidez
de la nada? Eurovisión ha coronado esa Nada que desafía a la naturaleza, a la
genética, a la carne y al espíritu para flotar en el éter de la indefinición.
Nemo y Eurovisión
29 mayo, 2024 Andrea
Zhok
La libertad
como ausencia de identidad
Sé que en el
mundo suceden cosas infinitamente más importantes y graves, pero me permito una
reflexión dominguera.
Me enteré de que
había un concurso de canto llamado «Eurovisión». No voy a reprender a los
espectadores, porque, por las imágenes que he visto circular, quienes lo han
visto ya han sido bastante castigados, y no hay por qué enojarse.
Sin embargo,
también descubro que habría ganado un tal Nemo, que se deja fotografiar vestido
de muñeco y juega todas sus cartas de talento para el canto en otra apasionante
«provocación» de ser fluido (tan fluido que incluso se me durmió el brazo
mientras escribía).
Ahora bien, el
señor/señora/ente sudoroso (no diré mucho, marcad la casilla correspondiente)
parece alguien con las ideas realmente claras. Y no estoy bromeando ahora.
De hecho, un
entrevistado dice: «El darme cuenta de mi identidad me hizo libre».
¿Y cuál es esta
identidad?
Él mismo lo
dice, por supuesto: Nemo = Nadie (en latín).
El nombre fue
elegido específicamente porque la única identidad que nos hace libres aquí es
la ausencia de identidad.
Y esto es
filosóficamente de gran interés, porque hace explícito de la manera más clara
un punto importante, que va más allá de la estúpida vulgaridad de Eurovisión.
La libertad que
se asume como la única verdadera libertad residual de esta «cultura
generacional» es la libertad negativa, es decir, la libertad como posibilidad
de escapar de cualquier presión externa.
E incluso el
«ser alguien» en sí mismo se percibe como una forma de presión externa.
Por tanto, la
única libertad alcanzable es la de no ser nadie.
Todo esto puede
parecer muy sugerente, new age, pero en realidad es una manifestación ejemplar
de degeneración motivacional (o si queremos, de nihilismo militante). De hecho,
ser alguien, poseer (y cultivar) una identidad personal es la condición previa
de toda responsabilidad, de toda integridad personal, de toda veracidad, de
toda voluntad y proyecto, y también de toda forma de confiabilidad
interpersonal.
Pero todo esto,
todos estos rasgos éticos que han estado en el corazón de las virtudes
personales en la variada historia de la humanidad, hoy son percibidos por esta
cultura generacional como un peso insostenible, una carga.
La modernidad
neoliberal ha ganado así juegos, sets y partidos.
Quedan por ahí
identidades vacías, líquidas, maleables, que en los pocos casos «ganadores» son
Nemos de carreras, mientras que en el mar de perdedores son ruedas
intercambiables que el sistema puede colocar donde quiera, durante el tiempo
que quiera, sin encontrar ninguna resistencia, a la espera de que sean
sustituidos definitivamente por un autómata, que ahora sin embargo corre el
riesgo de demostrar mayor carácter.
Fuente: sinistra.ch
Hablemos claro: la izquierda también es responsable del ascenso de la extrema derecha
Hablemos
Hablemos claro: la
izquierda también es responsable del ascenso de la extrema derecha
JUAN TORRES LOPEZ
Blog: GANAS DE ESCRIBIR
28 Mayo 2023
Escribió Walter Benjamín
que lo hecho nunca está definitivamente hecho y que, por tanto, lo peor puede
volver. Desde hace tiempo, comprobamos que es así: los partidos de una extrema
derecha que creíamos desparecida, o al menos reducida a la mínima expresión
desde hace décadas, vuelven a tener influencia política decisiva, e incluso
gobiernan en algunos países de gran relevancia.
En las próximas
elecciones europeas veremos, sin duda, que su representación parlamentaria se
multiplica y, lo que es peor, que se convertirán en socios para nada
vergonzantes de las fuerzas de derecha más centristas que dirigen los destinos
de la Unión Europea.
Cuando todo eso se
produce, las izquierdas se empeñan en erigirse en defensoras de la democracia y
en baluartes frente al extremismo de la derecha neofascista. Un intento que se
revela vano cuando no cambian la estrategia que precisamente ha llevado a que
sus antiguos electores se conviertan en la base social y electoral de la
extrema derecha.
Esta, en sus diferentes
variedades, está llevando a cabo en todos los países donde se expande políticas
privatizadoras, recortes sociales y favores indisimulados a las grandes
empresas, a la banca y fondos de inversión. Pero con los únicos votos de los
propietarios de estos últimos no podría nunca tener el éxito electoral que
tiene.
Milei, Trump, Meloni,
Orbán, Le Pen, Abascal, Ayuso… están instigados y financiados por el poder
económico y financiero, pero su apoyo social proviene de millones de personas
desposeídas, de clases trabajadoras explotadas, desahuciadas y excluidas, de
trabajadores autónomos precarizados y de miles de propietarios de micro
empresas o de pequeños y medianos negocios cada vez más ahogados a base de
impuestos que las grandes empresas no pagan o por la morosidad de estas últimas
(en España les deben más de 80.000 millones de euros), o de clases medias que
ven que sus hijos no pueden salir del hogar familiar porque no pueden tener
vivienda y que viven en la inseguridad e incertidumbre permanentes. Y, sobre
todo, que están hartas de cómo se ha venido gobernando antes, de la corrupción
y, como he dicho, de la desposesión que sufren.
Ese es el drama. Pero un
drama que se produce porque han sido partidos socialistas los que han puesto en
marcha en Europa las políticas que han producido esos efectos. En concreto, los
Tratados pro-mercado y las de estabilidad y austeridad. Y porque los que se
sitúan a su izquierda, en lugar de dar prioridad a las reivindicaciones
socioeconómicas centrales que tienen que ver con esa desposesión, han
fragmentado su discurso y se dedican a defender reivindicaciones
particularistas con las que es imposible conseguir amplios apoyos sociales. En
mi reciente libro Para que
haya futuro he contabilizado 16 corrientes de izquierdas, 21
feministas y 27 ecologistas, aunque es posible que estén mal contadas y que aún
haya más de cada una. Por supuesto, sin unirse ni apenas colaborar entre sí y,
a veces, incluso fuertemente enfrentadas. ¿Cómo se van a poder sentir
protegidas así las clases desposeídas que necesitan seguridad, ayuda y
comprensión? ¿Cómo van a confiar y encontrar la voz y el poder que buscan en
quienes no se entienden ni aclaran entre sí y andan siempre a la greña?
Las izquierdas han
renunciado a defender los valores universales que son los únicos que permiten
aglutinar en torno a ellos a las amplias mayorías sociales que es
imprescindible tener para evitar la desposesión generalizada. Y el resultado es
que la derecha y ahora la extrema derecha inteligentemente los asumen como
suyos. Es verdad que no mencionan que para ponerlos en práctica y disfrutarlos
es preciso actuar sobre los derechos de propiedad, que ocultan las causas
reales que producen la desposesión y que mienten sobre ellas, por ejemplo,
haciendo creer que no hay vivienda por culpa de los okupas o que hay paro e
inseguridad ciudadana por los inmigrantes. Pero, como no hay reclamo
alternativo sobre ellos, su mera enunciación basta para que la gente crea que
la extrema derecha es la que puede defender la libertad, la seguridad, la
soberanía, los intereses nacionales, el empleo o la integridad del territorio.
Y, al paso que vamos, incluso otros derechos como el acceso a la vivienda, la
propia democracia, los derechos humanos o la paz. Tiempo al tiempo.
¿Cómo se va a evitar que
las clases desposeídas voten a la extrema derecha si esta defiende los valores
con los que se identifica el sentir común de tanta gente, mientras que las
izquierdas no hacen autocrítica de sus políticas equivocadas, o se empeñan en
darle prioridad a valores o reivindicaciones que tan sólo pueden defender
grupos muy reducidos o de interés, por muy legítimo que sea, muy minoritario?
¿A quién le puede
extrañar que la extrema derecha se haga con la bandera de la libertad, de la
seguridad o la soberanía nacional mientras las izquierdas no disimulan su
complicidad con los grandes poderes, se hacen militaristas y se dedican a
plantear la tauromaquia como gran problema político o a hacer creer que en la
especie humana no hay diferentes sexos masculino y femenino, según los casos y
por poner algún ejemplo concreto? O mientras que no terminan de pelearse entre
ellas y elevan a la categoría de arte el maltrato hacia quienes tratan de poner
en marcha sus propios proyectos políticos.
¿Cómo se va a poder
evitar que la gente desposeída se eche en brazos de la extrema derecha si los
partidos de izquierdas se han convertido en organizaciones cesaristas en donde
la militancia apenas participa, ni decide, ni tiene protagonismo diario, o
cuyos dirigentes y cargos públicos no son referentes ejemplares para la gente
corriente, sino privilegiados que no muestran más interés ni estrategia que
mantener sus prebendas?
En pocas palabras: la
izquierda ha dejado desamparada a su base social.
Como explico en mi
libro, las izquierdas no sólo han renunciado a soñar, para diseñar horizontes y
proyectos que sean atractivos a la gente que sufre; ni ponen en práctica
experiencias que permitan demostrar que otro mundo es posible. Más grave aún es
que, a fuerza de haber estado expuestas al neoliberalismo, han terminado siendo
insensibles a sus males y los reproducen en su seno.
Cuesta decirlo, pero las
izquierdas que ahora se nos ofrecen como salvadoras frente al ascenso de la
extrema derecha no van a poder evitar su creciente protagonismo porque, como he
dicho, en gran medida han sido sus torpezas y renuncias las que han permitido
que esos nuevos partidos totalitarios se ganen el apoyo de su antigua base
social.
Es imprescindible darle
la vuelta a todo esto que está pasando entre quienes se autodefinen como
motores del progreso y la transformación social. Afortunadamente, hay otras
formas de hacer política y de hacer sociedad y ya las ponen en marcha muchas
personas y colectivos sociales en todo el mundo. Lo urgente es apoyarlas,
difundirlas y, sobre todo, practicarlas.
martes, 28 de mayo de 2024
Continúa la ejecución de Assange
El fallo del Tribunal Superior de Londres que permite a Julian Assange apelar la orden de extradición lo deja languideciendo con mala salud en una prisión de máxima seguridad. La tortura continúa. Defender la verdad sale caro, muy caro.
Continúa la ejecución de Assange
El Viejo Topo
28 mayo, 2024
Continúa la
ejecución a cámara lenta de Julian Assange
La decisión del
Tribunal Superior de Londres de conceder a Julian Assange el derecho de apelar
su orden de extradición a Estados Unidos podría resultar una victoria pírrica.
Eso no significa que Julian escapará a la extradición. Esto no significa que el
tribunal determinó, como debería, que era un periodista cuyo único “delito” era
proporcionar al público pruebas de crímenes de guerra y mentiras del gobierno
de Estados Unidos. Esto no significa que será liberado de la prisión de máxima
seguridad HMS Belmarsh donde, como afirmó Nils Melzer, relator especial de la
ONU sobre la tortura, después de visitar a Julian, es sometido a una “ejecución
en cámara lenta”.
Eso no
significa que el periodismo corra menos riesgo. Los directores y editores de
cinco medios de comunicación internacionales –New York Times, Guardian,
Le Monde, El País y DER SPIEGEL– que habían publicado
artículos basados en los documentos difundidos por WikiLeaks, pidieron que se retiraran los
cargos estadounidenses y que Julian fuera liberado.
Ninguno de
estos ejecutivos de medios ha sido acusado de espionaje. Esto no elimina la
ridícula estratagema del gobierno de EE.UU. para extraditar a un ciudadano
australiano, cuya editorial no tenía su sede en EE.UU., y acusarlo en virtud de
la Ley de Espionaje [de EE.UU.]. Continúa la larga farsa dickensiana que se
burla de los conceptos más básicos del justo proceso.
El fallo se basa en que el gobierno de
Estados Unidos no proporcionó garantías suficientes de que Julian recibiría las
mismas protecciones de la Primera Enmienda que se otorgan a un ciudadano
estadounidense si fuera procesado en Estados Unidos. El proceso de apelación es
otro obstáculo legal en la persecución de un periodista que no sólo debería ser
libre, sino también celebrado y honrado como el más valiente de nuestra
generación.
Sí, puedes
apelar. Pero eso significa otro año, tal vez más, en difíciles condiciones
carcelarias, a medida que su salud física y psicológica se deteriora. Pasó más
de cinco años en la prisión de Belmarsh sin cargos directos en su contra. Había
pasado siete años en la embajada ecuatoriana porque los gobiernos del Reino
Unido y Suecia se negaron a garantizar que no sería extraditado a los
Estados Unidos, a pesar de que había aceptado regresar a Suecia para contribuir
a una investigación preliminar que, finalmente, había sido abandonada.
El linchamiento
judicial de Julián nunca tuvo como objetivo la justicia. Recordamos la plétora
de irregularidades legales, incluida la
grabación de sus reuniones con abogados realizada por la firma de
seguridad española UC Global en las instalaciones de la embajada de Ecuador en nombre
de la CIA, una grabación que, por sí sola, debería haber hecho que el caso
fuera desestimado por el tribunal porque se llevó a cabo en clara violación del
privilegio abogado-cliente.
Estados Unidos
ha acusado a Julian de 17 delitos en virtud de la Ley de Espionaje y uso
indebido de computadoras por una supuesta conspiración para apoderarse y luego
publicar información de defensa nacional. Si es declarado culpable de todos
estos cargos en Estados Unidos, se enfrenta a 175 años de prisión.
La solicitud de
extradición se basa en la publicación de WikiLeaks en 2010 de registros de
guerra relacionados con Irak y Afganistán: cientos de miles de
documentos clasificados, filtrados por Chelsea Manning, analista de inteligencia
del ejército en ese momento, que habían revelado numerosos crímenes de guerra
estadounidenses, incluidos vídeos, imágenes del asesinato de dos periodistas de
Reuters y otros 10 civiles desarmados en el vídeo Collateral Murder,
la tortura rutinaria de prisioneros iraquíes, el encubrimiento de miles de
muertes de civiles y el asesinato de casi 700 civiles que se acercaron
demasiado a los puestos de control estadounidenses.
En febrero, los
abogados de Julián habían presentado nueve solicitudes distintas para una
posible apelación.
La audiencia de
dos días de marzo, a la que asistí, había sido la última
oportunidad de Julian de apelar contra la decisión de
extradición tomada en 2022 por Priti Patel, entonces ministra del Interior
de Gran Bretaña, y contra muchas de las sentencias de 2021 del juez de
distrito.
En marzo, los
dos jueces del Tribunal Superior, Dame Victoria Sharp y el juez Jeremy Johnson, rechazaron la mayoría de los
argumentos de la apelación de Julian. Entre ellos se incluyen, según argumentan
sus abogados, el tratado de extradición entre el Reino Unido y Estados Unidos,
que impide la extradición por delitos políticos; el hecho de que la solicitud
de extradición fue formulada con el propósito de procesarlo por sus opiniones
políticas; que la extradición equivalía a una aplicación retroactiva de la ley
(porque no era previsible que una ley de espionaje centenaria fuera utilizada
contra un editor extranjero) y, finalmente, que no recibiría un juicio justo en
el Distrito Este de Virginia. Los jueces también se negaron a escuchar nuevas
pruebas de que la CIA había conspirado para secuestrar y asesinar a Julian,
concluyendo –perversa e incorrectamente– que la CIA sólo había considerado estas
opciones porque creía que Julian estaba planeando escapar a Rusia.
Pero el lunes,
los dos jueces dictaminaron que era «discutible» que un tribunal estadounidense
no otorgara a Julian la protección de la Primera Enmienda, violando su derecho
a la libertad de expresión bajo el Convenio Europeo de Derechos Humanos.
En marzo, los
jueces pidieron a Estados Unidos que proporcionara garantías por escrito de que
Julian estaría protegido por la Primera Enmienda y exento de un veredicto que
implicara la pena capital. Estados Unidos había asegurado al tribunal que
Julian no enfrentaría la pena de muerte, lo que finalmente aceptaron sus
abogados. Pero el Departamento de Justicia no había podido ofrecer garantías de
que Julian pudiera presentar una defensa de la Primera Enmienda ante un
tribunal estadounidense. Tal decisión la toma un tribunal federal
estadounidense, explicaron los abogados.
El fiscal
adjunto Gordon Kromberg, que procesa a Julian, había argumentado que, en los
tribunales estadounidenses, los derechos de la Primera Enmienda sólo se
conceden a los ciudadanos estadounidenses. Kromberg había declarado que lo que
Julian publicó «no era de interés público» y que Estados Unidos no buscaba su
extradición por razones políticas.
La libertad de
expresión es una cuestión fundamental. Si a Julian se le conceden sus derechos
de la Primera Enmienda en un tribunal estadounidense, será muy difícil para
Estados Unidos construir un caso penal contra él, ya que otras organizaciones
de noticias, incluidos el New York Times y The Guardian,
habían publicado el material que difundió.
La solicitud de
extradición se basa en la afirmación de que Julian no es periodista y no está
protegido por la Primera Enmienda.
Los abogados de
Julián y los representantes del gobierno estadounidense tienen hasta el 24 de
mayo para presentar un proyecto de orden, que fijará la fecha de la apelación.
Julián cometió
el mayor pecado a los ojos del imperio: lo expuso como una empresa criminal.
Documentó sus mentiras, violaciones de derechos humanos, asesinatos de civiles
inocentes, corrupción desenfrenada y crímenes de guerra. Republicano o
demócrata, conservador o laborista, Trump o Biden, no importa. Quien dirige el
imperio utiliza el mismo sucio manual.
En Estados
Unidos la publicación de documentos confidenciales no es un delito, pero si
Julian es extraditado y condenado, lo será.
Julián goza de
una salud física y psicológica precaria. Su deterioro físico y psicológico le
provocó un pequeño derrame cerebral, alucinaciones y depresión. Toma medicamentos
antidepresivos y el antipsicótico Quetiapina. Se le observó caminando alrededor
de su celda hasta que se desplomó, golpeándose la cara y la cabeza contra la
pared. Pasó semanas en el ala médica de Belmarsh, apodada el «ala del
infierno». Las autoridades penitenciarias encontraron “media hoja de afeitar”
escondida en sus calcetines. Llamó varias veces a la línea directa de suicidio
de los samaritanos porque pensaba que se suicidaría “cientos de
veces al día”.
Estos verdugos
a cámara lenta aún no han completado su trabajo. Toussaint L’Ouverture, que había liderado
el movimiento independentista haitiano, la única revuelta de esclavos exitosa
en la historia de la humanidad, había sido destruido físicamente de la misma
manera. Los franceses lo habían encerrado en una celda estrecha y sin
calefacción y lo habían dejado morir de agotamiento, desnutrición, apoplejía,
neumonía y, probablemente, tuberculosis.
La cuestión es
la prolongación de la detención, que la aceptación de este recurso perpetúa.
Los 12 años de detención de Julián –siete en la embajada de Ecuador en Londres
y más de cinco en la prisión de máxima seguridad de Belmarsh– estuvieron
acompañados de falta de luz solar y ejercicio, así como de incesantes amenazas,
presiones, aislamiento prolongado, ansiedad y estrés constantes. El objetivo es
destruirlo.
Necesitamos
liberar a Julian. Necesitamos mantenerlo fuera del alcance del gobierno
estadounidense. Por todo lo que ha hecho por nosotros, le debemos una lucha sin
cuartel.
Si no hay
libertad de expresión para Julián, no la habrá para nosotros.
Fuente :https://chrishedges.substack.com/p/the-slow-motion-execution-of-julian
*++
lunes, 27 de mayo de 2024
Cómo será la próxima guerra civil en EEUU
El estreno de
Civil War, de Alexander Garland, ha servido como espoleta para la discusión de
una posible guerra civil, hoy, en EEUU. Aunque, haya guerra civil o no, el
aumento de la violencia parece estar garantizado, gane o no Donald Trump.
Cómo será la próxima guerra civil en EEUU
EL VIEJO TOPO / 27 mayo, 2024
por Chris Orlet
Uno de los
juegos de salón más populares en Estados Unidos en este momento podría
llamarse: ¿Cómo será la próxima guerra civil estadounidense? Entre los muchos
escenarios que se barajan está el dramatizado en la próxima película de
suspense Civil War, del director Alex Garland. En la película de
Garland vuelven a haber dos ejércitos estadounidenses enfrentados: las fuerzas
militares de Estados Unidos frente a las «fuerzas occidentales» separatistas
lideradas por Texas y California. ¿California? dirá usted. ¿No querrá decir
Texas y Florida?
La
Confederación Texana-Californiana de la película ha hecho que muchos críticos
se rasquen la cabeza, pero la composición de los bandos enfrentados tiene poco
que ver con el argumento. La política de la película es opaca a propósito.
Garland no ha dicho por qué eligió a estos dos estados particularmente
antagónicos para unir sus fuerzas, pero parece obvio que ha sido un intento del
director para asegurar que su película fuera apolítica y, por tanto,
comercialmente viable.
Si la premisa
de la película de Garland no es en absoluto la de la próxima guerra civil
estadounidense, ¿existe algún escenario que al menos tenga sentido en nuestro
clima político contemporáneo?
Desde luego, no
se trata de las conocidas líneas de batalla entre Estados rojos (republicanos)
y azules (demócratas). A diferencia de la división geográficamente conveniente
entre Estados Unidos y la Confederación en la década de 1860, las líneas
divisorias ideológicas y políticas de hoy se extienden por todo el territorio
de los 48 estados e incluyen estados que cambian constantemente de color, del
rojo al púrpura y al azul. Por no hablar de los focos urbanos de liberalismo
incluso en los estados más rojos.
El autor
Stephen Marche ofrece otra perspectiva en The Next Civil War:
Dispatches from the American Future. Predice que el país pronto se dividirá
en cuatro naciones separadas: Norte, Sur, Texas y California. Habría sido una
película más realista que la de Garland, pero es poco probable que la geografía
desempeñe un gran papel en la próxima contienda civil. Puede que Estados Unidos
esté dividido, pero lo está por edad, educación, raza y religiosidad, no por
una versión del siglo XXI de la línea Mason-Dixon.
En cuanto a la
secesión, no apuestes por ella. Los tejanos seguirán divagando sobre Texit,
pero incluso el Tribunal Supremo de Donald J. Trump ha señalado que tal
movimiento sería ilegal. El periodista Dan Solomon examinó metódicamente la probabilidad
de secesión de Texas en un reciente artículo en Texas Monthly y, tras
entrevistar a muchos destacados juristas y expertos militares, llegó a la
conclusión de que la posibilidad era extremadamente remota. Mientras tanto,
encuestas recientes sugieren que la mayoría de los tejanos ni siquiera quieren
la secesión.
Entonces, ¿qué
podemos esperar? ¿Otra Pax Americana?
No, si Trump se
queda corto en las elecciones presidenciales de este año. Muchos expertos
predicen que si Trump pierde las elecciones de noviembre y, como la última vez,
se niega a admitirlo, estallará una ola de violencia extremista que hará que el
asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021 en la capital de Estados Unidos
parezca la hora del té con la Reina. La violencia puede ser larga y continuada
de una forma que Estados Unidos no ha visto desde la época de los derechos
civiles, «Bombingham», en la que los residentes de Birmingham, Alabama,
soportaron 50 explosiones de dinamita entre 1947 y 1965.
Al menos ese
fue el consenso de los numerosos expertos entrevistados el mes pasado por la
revista Politico. Es cierto que la pregunta se refería a si Trump
fuera expulsado de las urnas, no si perdiera las elecciones, pero viene a ser
lo mismo.
Se espera un
«marcado aumento del extremismo violento», advirtió Donell Harvin, experto en
seguridad nacional y educador. «La violencia es probable pase lo que pase»,
afirmó Rachel Kleinfeld, de la Fundación Carnegie para la Paz. Será «el
comienzo de un nuevo desmoronamiento sangriento», dijo Aziz Huq, profesor de
Derecho de la Universidad de Chicago. Habrá «protestas masivas de extrema
derecha en las que participarán vigilantes armados», afirmaron Steven Simon,
profesor visitante de prácticas en Estudios de Oriente Medio de la Universidad
de Washington, y Jonathan Stevenson, investigador principal del Instituto
Internacional de Estudios Estratégicos. Por otra parte, el ex gobernador de
Arkansas, Mike Huckabee, ha advertido de que si Trump pierde en noviembre
«serán las últimas elecciones estadounidenses que se decidirán con papeletas y
no con balas».
Aunque la base
de Trump está formada en su mayoría por blancos viejos y ligeramente racistas,
esa base tiene un núcleo antigubernamental muy inestable y militante (pensemos
en los patanes que intentaron secuestrar a la gobernadora de Michigan, Gretchen
Witmer, o en Cliven Bundy y su chusma, o en Timothy McVeigh, del atentado
contra el edificio federal de Oklahoma City en el que fueron masacradas 168
personas). Estos fanáticos suelen tener dinero, arsenales y serios complejos de
martirio. Si Trump pierde las elecciones de noviembre, extremistas similares
contrarios al gobierno federal intentarán sin duda desestabilizar el país aún
más de lo que ya está.
Según el
Southern Poverty Law Center, en la actualidad hay unos 700 grupos extremistas
antigubernamentales en Estados Unidos. Sólo los movimientos milicianos cuentan
con unos 50.000 aspirantes a Stonewall Jackson. Eso es suficiente mano de obra
para infligir una cantidad sustancial de daño –aunque no lo suficiente como
para librar una verdadera guerra civil. Y aunque la mayoría de los extremistas
antigubernamentales carecerán de agallas para hacer algo más que sus habituales
quejas y rabietas en las redes sociales, un pequeño porcentaje de ellos sí lo
hará.
Si el presidente
Joe Biden gana las elecciones de noviembre, los estadounidenses de a pie
deberían prepararse para un aumento del terrorismo doméstico, un gran repunte
de las escaramuzas contra las tropas federales y los agentes federales, y más
escenas como el asalto al Capitolio del 6 de enero.
Los extremistas
antigubernamentales bien podrían lanzar campañas de atentados similares a las
que otros extremistas racistas y antigubernamentales emprendieron durante el
Verano Rojo de 1919 (en el que se produjeron atentados terroristas de
supremacistas blancos en más de tres docenas de ciudades estadounidenses y en
un condado rural de Arkansas, y durante el Verano de la Libertad de Misisipi
(cuando se bombardearon o incendiaron 67 hogares, negocios e iglesias de
negros).
Otros
escenarios de pesadilla podrían parecerse a los atentados de 2008 en Bombay
(India). Aquellos atentados fueron perpetrados por apenas diez miembros de un
grupo militante islamista radical, pero consiguieron matar a 175 personas y
herir a más de 300.
Más difícil de
predecir es lo que ocurrirá si gana Trump. Muchos expertos predicen el fin de
la democracia en Estados Unidos. Eso es poco probable. Los dictadores con un
fuerte culto a la personalidad no viven para siempre, y cuando el hombre fuerte
de España, Francisco Franco, o el de Chile, Augusto Pinochet, finalmente
estiraron la pata, una forma de democracia fue finalmente restaurada en esas
naciones. Aspirantes a Trump como Marjorie Taylor Green y Jim Jordan nunca
podrán calzarse las botas de Trump.
Estados Unidos
tiene una larga y sórdida historia de violencia doméstica extremista. Cien años
antes de la Guerra de la Independencia, Nathaniel Bacon, un acaudalado político
que vivía exiliado en Virginia, encabezó una sangrienta rebelión contra el
gobierno de Virginia porque el gobernador se negaba a matar o expulsar a los
nativos americanos de sus valiosas tierras natales. Este tipo de escenas se han
venido sucediendo desde entonces. Los «patriotas» que atacaron el Capitolio el
6 de enero se habrían sentido muy a gusto en la turba de Bacon.
Los extremistas
que atacaron Estados Unidos el 11-S creían que eran soldados de infantería en
una justa guerra santa. Si Trump pierde en noviembre, algunos extremistas
nacionales estarán convencidos de que ellos también son patriotas que luchan en
una justa guerra civil. Del mismo modo que nunca subestimaremos la potencia de
unos pocos soldados de Al Qaeda, no deberíamos subestimar la destrucción que
puede causar un pequeño porcentaje de apasionados perdedores.
Artículo publicado
en CounterPunch.
Fuente: Blog de Rafael Poch de Feliu
Europa o la impostura
Europa o la impostura
La Unión Europea es una entidad política sin una
constitución legítima por tanto NO pueda expresar la voluntad política de los
pueblos europeos. La única apariencia de unidad se logra cuando Europa actúa
como vasallo de Estados Unidos, participando en guerras que de ninguna manera
corresponden a nuestros intereses comunes y menos aún a la voluntad popular.
Diario octubre / mayo
27, 2024
Cuando hoy hablamos de Europa, lo más importante que
se elimina es, ante todo, la realidad política y jurídica de la propia Unión
Europea. Que se trata de una autentico fraude se desprende del hecho que se
evita por todos los medios dar a conocer una verdad que es tan embarazosa como
evidente. Me refiero al hecho de que desde el punto de vista del derecho
constitucional, Europa no existe: lo que llamamos la «Unión Europea» es
técnicamente un pacto entre Estados.
El Tratado de Maastricht, que entró en vigor en 1993 y
que dio su forma actual a la Unión Europea, es la sanción definitiva de la
identidad europea como mero acuerdo intergubernamental entre estados.
Consecuentemente hablar de democracia en relación con Europa no tenía sentido,
los funcionarios de la Unión Europea intentaron llenar este déficit democrático
redactando el proyecto de la llamada Constitución europea.
Es significativo que el texto que lleva este nombre,
elaborado por comisiones de burócratas sin ninguna base popular y aprobado por
una conferencia intergubernamental en 2004, cuando fue sometido a votación
popular, como en Francia y Holanda en 2005, fuera impresionantemente rechazado
por una gran mayoría. Ante el fracaso de la aprobación popular, que
efectivamente anuló la llamada “Constitución”, el proyecto fue tácitamente -y
tal vez deberíamos decir vergonzosamente- abandonado y reemplazado por un nuevo
tratado internacional, el llamado Tratado de Lisboa de 2007.
Huelga decir que, desde un punto de vista jurídico,
este documento no es una constitución, sino un acuerdo entre gobiernos cuya
única coherencia se refiere al derecho internacional y que, por tanto, han
tenido cuidado de no someterlo a la aprobación popular. No sorprende, por
tanto, que el llamado Parlamento Europeo que se está eligiendo no sea, en
realidad, un parlamento, porque carece del poder de proponer leyes, y que está
enteramente en manos de la Comisión Europea. Unos años antes, el problema de la
Constitución europea había suscitado un debate entre un jurista alemán cuya competencia
nadie podía dudar, Dieter Grimm, y Jürgen Habermas, quien, como la mayoría de
los que se llaman a sí mismos filósofos, estaba completamente carente de una
cultura jurídica.
Frente a Habermas, que pensaba que en última instancia
la constitución se podía basar en una mítica “opinión pública”, Dieter Grimm
tuvo buenas razones para explicar la imposibilidad de una constitución por la
sencilla razón de que no existe un pueblo europeo y, por lo tanto, algo así
como un poder constituyente carecía de todas las bases posibles. . . Porque
como todos reconocemos el poder establecido presupone un poder constituyente,
la idea de un poder constituyente europeo es la gran ausente en los discursos
sobre Europa.
Por tanto, desde el punto de vista de su supuesta
Constitución, la Unión Europea no tiene legitimidad. Por tanto, es
perfectamente comprensible que una entidad política sin una constitución
legítima no pueda expresar la voluntad política de los pueblos europeos. La
única apariencia de unidad se logra cuando Europa actúa como vasallo de Estados
Unidos, participando en guerras que de ninguna manera corresponden a nuestros
intereses comunes y menos aún a la voluntad popular. La Unión Europea actúa hoy
como una rama de la OTAN (que es en sí misma un acuerdo militar entre estados).
Por eso, retomando no demasiado irónicamente la
fórmula que Marx, se podría decir que la idea de un poder constituyente europeo
es el espectro que acecha hoy a Europa y que nadie se atreve hoy a evocar. Sin
embargo, sólo un poder constituyente de este tipo podría devolver la
legitimidad y la realidad a las instituciones europeas. Entonces, debería
quedar claro para entendidos y legos algo simple: según todos los diccionarios
los impostores son «aquellos que obligan a otros a creer cosas ajenas a la
verdad y a actuar según esa credulidad» . En otras palabras la Unión Europea y
su extensa burocracia son actualmente nada más que una autentica ‘impostura’.
Otra
idea de Europa sólo será posible cuando hayamos terminado con esta impostura.
Para decirlo sin pretensiones ni reservas: si realmente queremos pensar en una
Europa política, lo primero que debemos hacer es quitar del camino a la Unión
Europea – o al menos, estar preparados para el momento en que, como parece
ahora- inminente, se derrumbe.
domingo, 26 de mayo de 2024
Las huestes progres que ven la solución en los «dos estados» deberían ver este video de 22 segundos
Las
huestes progres que ven la solución en los «dos estados» deberían ver este
video de 22 segundos
Rajoy en la ONU en 2013
INSURGENTE.ORG / 26.05.2024
territorio polaco de dos estados: el alemán y el de Polonia. El sistema,
representado por los Rajoys y Sánchez, se posiciona.
———————————————–
La «solución de los dos Estados» se utilizó y se
utiliza por los líderes sionistas y sus cómplices noratlánticos como
cortina de humo para ocultar el máximo objetivo sionista-israelí de
expansión territorial y expulsión de la población nativa. Este es el quid más
determinante del movimiento sionista y de su creación hace 76 años, el Estado
de Israel. El origen de la «solución de los dos
Estados« era y es colonial e injusta. (Jorge Ramos
Tortosa), de su artículo «El origen de la «solución de los dos Estados» en
Palestina y por qué es colonial, injusta e inviable».
Reproductor
de vídeo
(Aquí no se puede reproducir, entrar a insurgente.org)
*++
Wittgenstein o los ecos del silencio
Todo en él fue excepcional. Murió pidiendo
que se proclamara que su vida había sido maravillosa. Pero, en realidad,
conoció el sufrimiento, la soledad y la amargura de no sentirse comprendido.
Texto publicado en El Viejo Topo nº 75, mayo de 1994.
Wittgenstein o los ecos del silencio
Francisco
Martínez
El Viejo Topo
26 mayo, 2024
por Francisco Martínez
Quien hace de
su vida una obra de arte la expone al mismo tiempo
a las miradas,
la inunda de luz. Es inevitable.
Milan Kundera
Dentro de todos
nosotros hay un viajero silencioso que no puede,
que no debe
decir nada, y que va al encuentro de lo sagrado,
Antoni Tapies
En el rústico y
nada artificioso cementerio de la iglesia de St. Giles, en Cambridge, bajo una
sencilla lápida desprovista de cualquier ornamentación –en ella sólo aparecían
inscritos un nombre, Ludwig Wittgenstein, y los dígitos correspondientes a los
años de nacimiento y muerte, 1889-1951– yacen los restos de alguien cuya
memoria ocupa en el ámbito de la investigación filosófica un lugar tan insigne
como casi legendario; alguien en quien se aunaron de modo inseparable el más
puro trabajo intelectual con la más honda inquietud existencial, hasta el
extremo de que cualquier consideración aislada del uno sin la otra resulta
desde el principio mismo un método infalible para alejarse a la vez,
definitivamente, de la comprensión profunda de su vida y de su labor
filosófica. Y es esa característica –ese casi total paralelismo– la causante de
que su figura se haya convertido en un foco de atención más allá de los
círculos estrictamente académicos.
Nacido en el
seno de una de las familias más ricas de la Viena de los Habsburgo, católica
pero de ascendencia judía y muy conectada con el extraordinario ambiente
cultural de la época (en la mansión del poderoso industrial Karl Wittgenstein
era posible encontrar, por ejemplo, a Brahms o a Mahler), su infancia
transcurrió con una normalidad aparente rodeado de numerosos hermanos, algunos
de ellos artistas brillantes víctimas del exigente pragmatismo paterno (dos se
suicidaron entonces y otro lo haría con posterioridad), desarrollando
principalmente habilidades prácticas e intereses técnicos mientras se gestaba
también la rigurosa preocupación moral que le acompañaría toda la vida,
alimentada en los inicios por la metafísica de Schopenhauer, la crítica
cultural de Otto Weininger y Karl Kraus, y las reflexiones religiosas de
Tolstoi.
Tras permanecer
dos años estudiando ingeniería mecánica en Berlín, donde se gestaron sus
incipientes reflexiones filosóficas, se trasladó a Manchester para proseguir
sus estudios de Aeronáutica, que desembocaron en un creciente interés por los
fundamentos lógicos de las matemáticas puras, punto de partida junto a sus
preocupaciones vitales de una irreprimible obsesión por los problemas
filosóficos. Visita a Frege en Jena y éste le recomienda que se traslade a
Cambridge para estudiar con Russell (toma contacto así con los máximos
representantes de la época en la investigación lógico-aritmética), con el cual
le unirá una relación estrecha, aunque tensa, pues al autor de los Principia
Mathematica no se le escapa la captación del carácter genial de su
joven discípulo, por otra parte muy diferente de él: «(…) quizá el más perfecto
ejemplo que he conocido jamás de un genio tal como se concibe tradicionalmente,
apasionado, profundo, intenso y dominante (…) Su disposición es la de un
artista, intuitiva y temperamental. Dice que cada mañana comienza su trabajo
con esperanza, y que cada tarde lo acaba con desesperación (…) dijo que son muy
pocos los que no pierden el alma. Dijo que todo dependía de tener una gran meta
en la vida a la que ser fiel. Dijo que creía que dependía más del sufrimiento y
de la capacidad de soportarlo. Me quedé sorprendido: no era lo que yo esperaba
de él» (palabras recogidas de las cartas de Russell a su amante Lady Ottoline
Morrell).
En efecto: no
se esperaba de él eso, su capacidad para entregarse a algo más que las
reflexiones intensas en torno a la naturaleza de la lógica, el significado de
las constantes lógicas o la constitución última de las proposiciones, dedicando
su genio también a la dilucidación de la experiencia vital, a la convicción de
que se debe tender a una conducta que nos haga mejores y, en suma, a la
indagación ética de la angustia existencial y el consiguiente tratamiento de la
cuestión del sentido de la vida. Russell, por supuesto, no entendía esa otra
vía, y hemos de pensar que tampoco la otra, cosa que le honraba pues reconocía
sin la menor reticencia la superioridad intelectual de Wittgenstein en el campo
de la lógica, respecto a la cual una ligera muestra es su crítica a uno de los
grandes logros russellianos, la teoría de los tipos.
Estando inmerso
en esa lucha, digamos a dos bandas, es cuando aquel joven austríaco acaudalado,
exigente, atormentado, brillante, quisquilloso hasta la neurosis, admirado ya
entonces (fue elegido miembro del selecto club de estudiantes de Los Apóstoles)
y poseedor de una escandalosa inteligencia, comienza a desarrollar la idea de
un ambicioso proyecto filosófico que tratándose de él se intuía perfecto y
definitivo (¿cómo sería posible dedicarse a él si no fuera a resultar así?).
Para llevarlo a cabo decide trasladarse durante un período largo de tiempo a un
remoto pueblo de Noruega (Skjolden), lejos de la sociedad superficial, libre de
expectativas y obligaciones que no eran las suyas. El día 8 de octubre de 1913
se despide de su amigo David Pinsent y parte, pues, en busca de «nuevos
movimientos en el pensamiento», preso de «una mente en llamas». Desde allí
mantiene correspondencia epistolar con Russell –al que en parte informa sobre
sus descubrimientos: la filosofía consta de lógica y metafísica siendo aquélla
la base de ésta; la filosofía requiere una previa desconfianza hacia la
gramática; las proposiciones lógicas muestran las propiedades del pensamiento,
del lenguaje y del mundo, pero no dicen nada, …–, y requiere asimismo la visita
del profesor G.E. Moore, otro de sus prestigiosos admiradores y con el que
mantenía una cortés amistad (y por supuesto tirante por ser intelectualmente
distante), para dictarle lo que se conoce por Notas sobre Lógica,
que para servir como tesis de licenciatura tendrían que ajustarse fielmente a
toda la parafernalia de los requerimientos académicos –prefacio, fuentes,
etc.–, según el tutor de Wittgenstein en el Trinity College. La respuesta
de Ludwig no tiene desperdicio: «Si yo no merezco que hagan una excepción
conmigo aunque sea en algunos ESTÚPIDOS detalles, entonces es mejor que me vaya
al INFIERNO directamente; y si lo merezco y no hacéis esa excepción, entonces –por
Dios– id vosotros al infierno». No olvidemos que nuestro protagonista era así,
un filósofo puro, medular, no un profesional: la filosofía constituía su
vida, no su ocupación ni mucho menos una pose o un mero divertimento.
Huyendo de la
temporada turística se dirigió a Viena para pasar el verano con su familia,
rumiando pensamientos, sufriendo, viviendo. Allí le coge el estallido de
la Primera Guerra Mundial y se alista como voluntario en las filas del ejército
austríaco, no por un trivial patriotismo, sino en el fondo para jugarse la
vida, «para asumir la realización de una tarea difícil y hacer algo diferente
del trabajo puramente intelectual», para «convertirse en una persona distinta»
(en palabras de su hermana Hermine); en suma, para no perder el alma, por
«deber hacia sí mismo». Su guerra, pues, era otra, y aparecerá reflejada en una
serie de diarios que serán su mejor testimonio, llenos de análisis lógicos y
filosóficos y de anotaciones personales escritas en clave, origen de una de las
grandes polémicas originadas al hilo de su exégesis: la absurda sorpresa
provocada por el conocimiento de sus impulsos ascético-religiosos y de su
sensualidad onanista y de cariz homosexual. Esos escritos son un monumento de
humanidad, plagados de grandeza existencial e intelectual. Rodeado por el
peligro de muerte inminente (requirió puestos de riesgo real, en primera línea,
dando muestras de valor y sangre fría excepcionales, y necesarios, porque lo
guiaba algo parecido a un impulso absoluto), cercado por la grosería vulgar del
resto de soldados, sometido a la obsesión por la lógica, acosado por su
supuesta indecencia, Wittgenstein se entregaba a la vez a un destino de
inexorable excepcionalidad: «Voy rumbo a un gran descubrimiento. ¿Pero
llegaré?»; «Trabajo a diario y con gran confianza. Una y otra vez me repito
interiormente las palabras de Tolstoi: El hombre es impotente en la carne, pero
libre gracias al espíritu. ¡Ojalá que el espíritu esté en mí! (…) No tengo
miedo a que me maten de un tiro, pero sí a no cumplir correctamente mi deber.
¡Qué Dios me dé fuerzas! Amén. Amén. Amén.»1 Algo nada acorde, desde luego, con el pensamiento débil de los
tiempos que corren o con la concepción light de la vida hoy tan en boga. Pero
recordemos que no era institucionalmente cristiano ni superficialmente
religioso, y que su Dios, como su batalla, era igualmente distinto del
habitual, de modo que creer en Dios equivaldría más bien a comprender el
sentido de la vida.
El resultado de
todo ello será el celebérrimo Tractatus Logico-Philosophicus, un
libro de una extensión mínima (no llega a las ochenta páginas) pero con un
contenido filosóficamente descomunal. Estructurado en tomo a siete
proposiciones centrales, formado por afirmaciones breves y sentenciosas
ordenadas decimalmente, va derivando de lo estrictamente técnico-lógico a lo
profundamente ético. Es más, el Tractatus es a la vez un libro
de lógica y, sobre todo, un libro de ética; un libro en el que lo más
importante no está dicho sino mostrado: «Lo inexpresable, ciertamente, existe.
Se muestra, es lo más místico. «Algo insusceptible de ser investigado
científicamente, es decir, lingüísticamente, algo sólo accesible desde la
experiencia interior, algo más allá de las posibilidades de representación
sígnica, que queda en esa obra igualmente dilucidada por medio de la teoría
figurativa (o pictórica) de la proposición –ésta no es sino una especie de
retrato de la realidad conseguible porque pensamiento, lenguaje y mundo
comparten una estructura común, la forma lógica, siendo por lo tanto la lógica
al igual que la ética una realidad trascendental–.
Curiosamente su
publicación resultó dificultosa, incluso con el apoyo de una introducción de
Russell (de la que quedó radicalmente descontento, pues indicaba que en el fondo
no había comprendido nada). En 1921 se publicó el original alemán (en una pobre
edición) y en 1922, la primera versión inglesa. El manuscrito le fue enviado a
Russell desde el campo de concentración italiano de Cassino (tras el armisticio
permaneció recluido en el campo de Como, desde octubre de 1919 hasta enero de
1919, permaneciendo en aquél hasta el 21 de agosto, fecha de su liberación),
con la convicción por parte de Wittgenstein de la dificultad de su aceptación,
pero paralelamente con el convencimiento de haber acertado con la solución
definitiva de los problemas filosóficos: «La verdad de los pensamientos aquí
comunicados me parece (…) intocable y definitiva. Soy, pues, de la opinión de
haber solucionado definitivamente, en lo esencial, los problemas» (palabras del
prólogo, que comienza necesariamente con una advertencia: «Posiblemente sólo
entienda este libro quien ya haya pensado alguna vez por sí mismo los
pensamientos que en él se expresan o pensamientos parecidos»).
¿Y qué podría
hacer después de su conquista? ¿Qué posibilidad de acción le quedaba a alguien
que había descubierto toda la verdad, la expresable y la inexpresable? ¿Qué
salida tenía quien había escrito: «aun cuando todas las posibles cuestiones
científicas hayan recibido respuestas, nuestros problemas vitales aún no se han
rozado en lo más mínimo? Por supuesto que entonces ya no queda pregunta alguna;
¿y esto es precisamente la respuesta»? ¿O que: «todo acerca de lo cual muchos
aún parlotean hoy en día lo he definido en mi libro guardando silencio»? Pues
nada más que lo que hizo: alejarse de la filosofía y de la creación
intelectual, dedicándose a la enseñanza en colegios rurales de la Austria
profunda, desde 1920 hasta 1926, no sin renunciar antes de manera completa a la
inmensa herencia económica que le correspondía como parte de la fortuna paterna
(¿es comprensible en términos actuales un suicidio financiero de tal calibre?,
¿puede alguien que no haya entendido el Tractatus entender
eso?
Fue simplemente
coherente con su descubrimiento, pero ello no le evitó el sufrimiento. Tuvo que
enfrentarse a la mezquindad y a la vulgaridad de ambientes rurales que se
hallaban lejos de su idealista visión previa, tan tolstoiana y romántica, y
experimentar en su propia carne, además, las contradicciones más inherentes a
la condición humana (sus modos educativos no estaban exentos de ciertas
incorrecciones y brusquedades, que motivaron más de un conflicto y que
influyeron en parte en su decisión de abandonar la enseñanza primaria), y las
llamadas no menos inevitables del deseo.
Mientras, se
comenzaba a extender la fascinación por el Tractatus y,
consiguientemente, la incomprensión parcial del mismo. En Viena llegó a ser
casi el estandarte del positivismo lógico generado en torno a Schlick, Carnap,
Waismann y demás miembros del Círculo de Viena que defendía una actitud
abiertamente cientificista frente a los desmanes de la especulación metafísica.
Se les escapaba el lado oculto del Tractatus, como ajustadamente
advirtió Engelmann: «Toda una generación de discípulos pudo tomar a
Wittgenstein como un positivista porque tiene algo en común con los
positivistas de enorme importancia; traza la línea entre aquello de lo que
podemos hablar y aquello sobre lo que debemos guardar silencio. El positivismo
sostiene –y ésta es su esencia– que aquello de lo que podemos hablar es todo lo
que importa en la vida. Mientras que Wittgenstein cree apasionadamente que todo
lo que realmente importa en la vida humana es precisamente aquello sobre lo
que, desde su punto de vista debemos callar.»
Después de
trabajar algún tiempo como jardinero en un convento, Wittgenstein volvió a la
vida en sociedad, entregado junto a Paul Engelmann al ejercicio apasionado de
la arquitectura (diseñó para su hermana Gretl una casa en Viena de una belleza
que podríamos denominar Tractatusiana, severa, racional, proporcionada,
fríamente bella) y a un más o menos frecuente trato social (fue entonces cuando
se enamoró de Marguerite Respinger, la única mujer con la que eso ocurrió, que
se sepa). Fue entonces cuando se gestó su retorno a la filosofía, a raíz de los
encuentros celebrados con los miembros del Círculo, sobre todo con Schlick, al
que respetaba intelectualmente, aunque sus discrepancias en relación a los
planteamientos positivistas eran evidentes. Estaba, pues, a punto de nacer el
segundo Wittgenstein (distinto al primero, pero de ningún modo superior, e
incluso para muchos no radicalmente distinto), momento que se hace coincidir
con la asistencia en marzo de 1928 a una conferencia pronunciada en Viena por
el matemático Brouwer.
Incitado por
Ramsey (el primer reseñista del Tractatus) y por los contactos con
Keynes, regresa a Cambridge para reiniciar el trabajo filosófico. «Bueno, Dios
ha llegado», escribiría Keynes cuando se produjo su vuelta.
Con ello
comenzó también la segunda parte de su leyenda, primero como becario, después
como profesor (presentó el Tractatus como aval para obtener el
título de Doctor en Filosofía dirigiéndose a sus examinadores –que no fueron
otros que Moore y Russell– con el mayor realismo: «No os preocupéis, sé que
jamás lo entenderéis.») y finalmente como catedrático (ocupó el puesto de
Moore). Sus clases eran todo un espectáculo de fuerza intelectual, tensión
vital y entrega, llevadas a cabo en sus propias habitaciones y centradas en los
más diversos aspectos del análisis filosófico: filosofía del lenguaje ordinario
(atrás quedaría el lenguaje exclusivamente representacional o pictórico),
filosofía de las matemáticas, filosofía de la psicología, filosofía de la
religión y estética. Tiempo de trabajo intermitentemente intenso, incansable;
tiempo de desasosiego y descontento; tiempo de amor (tras la muerte en la
guerra de David Pinsent, Skinner y después Ben Richards); tiempo de desprecio
hacia la filosofía profesional (a sus alumnos más brillantes les recomendaba
que se dedicaran a cosas más convenientes, como la medicina o trabajos
corrientes); tiempo, en suma, de ecos: los ecos del silencio que otrora
vislumbrara. Atrás quedaría una obra inconclusa (póstumamente publicada:
“Investigaciones Filosóficas») estructurada alrededor de las nociones centrales
de uso lingüístico, juegos de lenguaje y formas de vida (toda
construcción intelectual está justificada por ella misma, siempre que sea fiel
a su gramática oculta, siendo la filosofía una tarea de clarificación que no
tiene fin ni un punto de referencia absoluto), además de una serie de textos
elaborados sobre la base de los apuntes de clase de algunos de sus alumnos y de
sus cuadernos de trabajo; atrás quedaría su inquietud religiosa (nunca le
abandonó); atrás quedaría su carácter rígido y exigente, su amor por la música,
su dolor moral, su insatisfecha soledad, su contenida vocación de absoluto.
Murió el 29 de abril de 1951 (poseyendo la nacionalidad inglesa, careciendo de
domicilio, habiendo renunciado a su cátedra, pensando, luchando con los
problemas filosóficas, siendo trágicamente grande, sufriendo, levantándose) en
la casa de su médico (después de soportar con entereza los estragos de un
cáncer de próstata) dirigiendo a la mujer de éste sus últimas palabras:
«Dígales que mi vida fue maravillosa».






