domingo, 2 de mayo de 2021

Madrid: el 4 de mayo hay que votar contra la derecha

 

Madrid: el 4 de mayo hay que votar contra la derecha


Daniel Raventós

El Viejo Topo

30 abril, 2021

La injusticia es humana,

pero más humana

es la lucha contra la injusticia

(Bertolt Brecht)

Hay convocatorias electorales que cobran una gran importancia. El próximo 4 de mayo es una de ellas. Existen razones poderosas para impedir que en Madrid gobierne la extrema derecha y la derecha extrema neoliberal. De gobernar cualquier cosa que no sea esta podredumbre, se posibilitaría un gobierno en la Comunidad de Madrid que, al margen de otras muchas carencias políticas que a buen seguro pueda tener, por primera vez en 26 años no haga del dogma neoliberal su catecismo. Existe la oportunidad de impedir un gobierno que no entienda la administración pública como una simple oficina de contratación para las grandes empresas; que no vea el presupuesto público, de casi 30 mil millones de euros, como un botín a repartir entre el 5% superrico. Hay la posibilidad de que pueda haber un gobierno que apueste por lo público como el motor y el eje vertebrador de una recuperación económica, social y ecológica, que hunda sus pies en la sanidad y la educación públicas. Ojalá que sea un gobierno que dé a la atención primaria el lugar central del sistema público de salud que le corresponde, que contrate profesionales, que baje las ratios en las escuelas públicas, que proteja el derecho a la vivienda e impida desahucios; que amplíe la protección social para combatir el galopante empobrecimiento. Existe hasta la posibilidad de un gobierno que considere que la democracia se garantiza y se construye apostando por la existencia material de toda la población y la libertad. Posibilidad, mera posibilidad. La alternativa la conocemos, se ha practicado durante más de dos décadas en Madrid: un gobierno de corrupción “atrapatodo”, un gobierno neoliberal ultramontano y gran-nacionalista español del PP liderado por Isabel Díaz Ayuso de la mano de la ultraderecha franquista de Vox y el apoyo de Ciudadanos ya en derribo.

El PP convocó las elecciones con un plan: condicionar, en el “año de la vacuna”, la salida de la crisis sanitaria, social, económica y ecológica que vivimos a partir de profundizar su modelo neoliberal, segregador, xenófobo y aporofóbico. Arropados por el poder mediático y el económico, no dudaron Díaz Ayuso y su partido en apostar por la abstención de la mayoría popular y trabajadora, en especular con el agotamiento pandémico, en huir de todo debate que pusiera el gobierno de coalición del PP y Ciudadanos y sus amigos de Vox ante la realidad. Es decir, ante el hecho de que Madrid es la Comunidad Autónoma con más muertes por habitante por Covid-19 del reino, la región que permite que continúen sin luz más de 2.000 personas en la Cañada Real, la que arroja las peores cifras de desigualdad, la de las colas del hambre y los desahucios, la de las UCI saturadas y los centros de salud a media asta. Fue Anatole France quien a finales del siglo XIX dejó dicho que “la ley, en su magnífica ecuanimidad, prohíbe, tanto al rico como al pobre, dormir bajo los puentes, mendigar por las calles y robar pan”. El gobierno madrileño de la derecha ha demostrado que la ley está para eso. Es la Comunidad que garantiza por ley a la mayoría “libertad” para vivir en situación precaria y con las condiciones de existencia material cada vez más atacadas, que permite a los mil millonarios no pagar impuestos. La ley que no da ni una ayuda directa a los autónomos y hosteleros, mientras reparte 4,5 millones para subvencionar la tortura animal de las corridas de toros o los contratos públicos sin concurso a la familia de Ayuso por más de 70.000 euros. Es la ley de la “magnífica ecuanimidad” de la derecha. Y la aplica sin fisuras.

Desde estas páginas queremos poner nuestra pequeña contribución para llamar a llenar las urnas de papeletas que puedan impedir un gobierno del PP, Vox y Ciudadanos. Un gobierno que desean mantener tras 26 años de maltrato social creciente. No se trata tanto de lo que puede venir sino de que no se puede repetir un gobierno como el actual. Cualquier cosa será mejor que PP, Vox y Ciudadanos.

El voto del 4 de mayo es una buena ocasión para responder a las cartas de amenaza ultras y sus balas -de Cetme, el fusil de asalto oficial del ejército español- contra algunos representantes políticos, entre ellos a un candidato de la izquierda en estas elecciones. La recomposición del tejido social madrileño mediante el trabajo compartido a pie de calle y empresa a partir de los colectivos de trabajadores, sindicatos, entidades vecinales y de apoyo mutuo, de mujeres o ecologistas, es la mejor garantía de hacer frente a estas amenazas habituales entre la extrema derecha, pero el 4 de mayo el voto puede ayudar.

Todo el mundo es consciente de que el resultado de las elecciones madrileñas tendrá su efecto sobre la política de todo el reino. Esta es una razón añadida para considerar que ningún voto debe ir a la derecha ni a la derecha extrema de PP, Vox y Ciudadanos. No se trata de ofrecer ningún apoyo incondicional a nadie, sino de frenar a una derecha particularmente nefasta. El 4 de mayo es una oportunidad para intentarlo.

 

Artículo publicado originalmente en Sin Permiso.

 

¿Volverán los años 20? Continuemos. Como diremos mañana, que es igual a lo que decíamos ayer, y está científicamente demostrado (vaya esto por delante) el burro, gracias a su altísima inteligencia, gracias a lo cual no es secretario general de ningún partido, es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Este animal, Dios lo bendiga, al ver la misma piedra por tercera vez, se echa dos rebuznos, caga unos cuantos cagajones, y se dice con esa sonrisa propia de sabiduría infinita que tienen los burros: que ahora va a tropezar su puta madre, y sigue rebuznando tan campante. El Hombre en cambio, al estar hecho a imagen y semejanza de Dios, ¡Ave María Purísima!, puede pasarse tropezando generación tras generación. Hasta ahora solamente llevamos DOS GUERRAS MUNDIALES, la I y la II ¡Gracias a Dios! Pero que no cunda el pánico ni entre la desesperación, que después del segundo palote (II) viene el Tercer Palote (III). Eso sí, después del tercer palote, III, ¡A tomar pol culo la bicicleta!, que ya no hay más palotes. Pero bueno, a mi estas cosas me importan una mierda, yo a lo mío, que ahora estoy inventado el Cha´, Chá, Chá del Tropezón, cuya primera estrofa empieza así: “Tropezón, que rico tropezón. Tropezón… (Aquí ya me atranco y no sé seguir… -pero que no desespero, yo persisto. Ya saben (y si no lo saben aquí estoy yo para decírselo) que con paciencia y saliva se la metió el elefante a la hormiga. En cuanto em invente la saliva problema resuelto y que famoso que me hago con mi Chaá, Chá, Chá. Tal cual, como lo están leyendo-)

 

¿Volverán los locos años veinte?

Se ha renovado el optimismo de que la depresión pandémica puede revertirse rápidamente. Keynesianos como Larry Summers y Paul Krugman han argumentado ya que la economía de EEUU se recuperará rápidamente.


Por Michael Roberts Publicado el 2 May, 2021

Los últimos datos sobre la recuperación económica en China y EEUU sugieren que ambas economías deberían volver a los niveles de producción nacional previos a la pandemia o por encima de estos a finales de este año (en el caso de China probablemente un 10% por encima).  Se ha renovado el optimismo de que la depresión pandémica puede revertirse rápidamente.

Keynesianos como Larry Summers y Paul Krugman han argumentado ya que la economía de EEUU se recuperará rápidamente porque la crisis del COVID se parece al cierre estacional de los sitios turísticos en los complejos vacacionales durante el invierno. Una vez que llega el verano, las empresas de servicios vuelven a abrir y las economías vuelven a funcionar a medida que las flores florecen.

Como lo expresó un think-tank de economía ortodoxa: “Juntas, estas mejoras en las perspectivas han llevado al fondo a predecir que, en su conjunto, las economías avanzadas perderán menos del 1% de la producción ya en 2024 en comparación con su pronósticos previo a la pandemia, un resultado que parecía apenas plausible en octubre pasado. Estados Unidos está en la cima del grupo y ahora tiene pronósticos que muestran que está en vías más sólidas que antes de la pandemia, pero otras economías avanzadas no se quedan atrás en el medio plazo».

Por supuesto, todo esto supone que la epidemia de COVID terminará para fin de año a medida que aumenten las vacunas y disminuyan los contagios, y las poblaciones alcancen la «inmunidad colectiva». Parece un poco optimista, en el mejor de los casos, dada la gran cantidad de variantes de COVID en diversos grados de infección que aún se están extendiendo. Además, he argumentado en muchas notas anteriores que este escenario va en contra de lo que ha sucedido con las principales economías; a saber, las cicatrices del empleo, la inversión y el creciente número de empresas en quiebra o «zombis» en las principales economías capitalistas.

Pero consideremos el plazo más largo. Supongamos que la pandemia de COVID cede o se controla lo suficiente para fin de año como para permitir que todas las principales economías vuelvan, más o menos, a plena actividad, al menos tanto como lo estaban en 2019. ¿Es este el escenario para una década de rápido crecimiento de la producción y de los ingresos para todos?

Se habla mucho en círculos optimistas de que después del COVID, al igual que después de la epidemia de gripe española de 1918-19 y el final de la Primera Guerra Mundial, habrá otros locos años veinte. Los principales argumentos a favor de este pronóstico se basan en la historia de los locos años veinte del siglo pasado.

Como el COVID, la llamada “gripe española” fue una epidemia contagiosa muy virulenta que no solo mató a cientos de miles de estadounidenses desde el otoño de 1918 hasta la primavera de 1919, sino que también cerró negocios de costa a costa. Al igual que el COVID ahora, esta calamidad más al final de la Primera Guerra Mundial sentó las bases para una severa recesión en los EEUU y otras economías importantes de Europa durante 1920-21. Esta recesión fue una «depresión brutalmente dura, pero muy eficiente» (según un historiador). El mercado de valores perdió casi la mitad de su valor, el desempleo alcanzó el 19 por ciento e innumerables empresas quebraron.

La depresión de 1920-21 fue dura, pero fue eficiente a la hora de crear las condiciones para un nuevo período de rápido crecimiento: la madera muerta se quemó y limpió y surgieron nuevos brotes. Después de 1921, Estados Unidos no solo se recuperó, sino que entró en una década de crecimiento y prosperidad. Los llamados locos años veinte estaban en marcha. De 1921 a 1929, el PIB real aumentó un 42%. El PNB real per cápita creció un 2,7 por ciento anualmente entre 1920 y 1929. Con los estándares del siglo XIX y XX fue un crecimiento relativamente rápido, y desde luego rápido para los estándares del siglo XXI.


(PIB per capita real en dólares de 1982, de 1919 a 1930, evolución anual)
Las nuevas construcciones casi se duplicaron de 6.7 mil millones a 10.1 mil millones  de dólares y las tasas de desempleo cayeron por debajo del 4% durante todo el período.

Hubo una ola de avances tecnológicos: la electrificación generalizada de hogares y fábricas, la introducción de electrodomésticos como refrigeradores y lavadoras, la rápida adopción del automóvil, el crecimiento de estaciones de radio comerciales y cines. Todas estas tecnologías habían estado en el horizonte durante la Primera Guerra Mundial y ahora despegaron como aplicaciones comerciales. La década de 1920 fue también la década en la que Estados Unidos se transformó por completo de una economía agrícola a una industrial. La agricultura se redujo del 18% al 12,4% de la economía, mientras que los ingresos agrícolas cayeron un 21%.

La productividad laboral creció más rápidamente durante la década de 1920 que en la década anterior o siguiente. De manera similar, la ‘productividad del capital’ (es decir, la producción por unidad de inversión en medios de producción) había disminuido en la década anterior a la de 1920. Pero aumentó drásticamente durante la década de 1920 a medida que, en particular, se aceleraban los desarrollos en energía y transporte. El crecimiento de la productividad laboral promedió más del 5% anual y la productividad del capital aumentó más del 4% anual.

En mi opinión, el auge de la inversión y la productividad de la década de 1920 fue el resultado de algunos factores clave. Primero, hubo un aumento significativo en la rentabilidad del capital después de la recesión de 1920-21, lo que incentivó a las empresas capitalistas a introducir las nuevas tecnologías y expandir la producción comercial de nuevos valores de uso (productos de consumo). Es difícil obtener una medida confiable del movimiento en la rentabilidad del capital en la década de 1920 para Estados Unidos, y mucho menos para otras economías. Aquí debemos confiar en el trabajo de Esteban Maito para estimar la rentabilidad del capital en Suecia, Holanda, Reino Unido y Estados Unidos. Las estimaciones estadounidenses se basan en realidad en el trabajo de Dumenil y Levy de su trabajo histórico sobre la rentabilidad en los Estados Unidos desde la Guerra Civil estadounidense (ver Maito, Capítulo 4 en World in Crisis).Lo que muestran las cifras es que, durante la profunda recesión de 1920-21, la rentabilidad del capital cayó un 44% en el Reino Unido, un 38% en Suecia y solo un 9% en los EEUU. En los locos años veinte, la rentabilidad aumentó un 14% en los Estados Unidos, un 75% en el Reino Unido, un 8% en los Países Bajos y un 31% en Suecia. De hecho, en mi propio trabajo sobre la tasa de beneficio  en el Reino Unido, encuentro un aumento de casi el 30% para la rentabilidad del Reino Unido entre 1921 y 29. (Consultar el capítulo 6 de World in Crisis). 


Fuente: Maito, mis cálculos

El aumento de la rentabilidad del capital puede haber impulsado la inversión y las nuevas tecnologías impulsaron la productividad del trabajo, pero sorpresa, sorpresa, esto no se tradujo en unos ‘años locos’ para el trabajo. De hecho, este fue el segundo factor que impulsó la rentabilidad: una mayor explotación a expensas de los salarios reales. Si bien la productividad laboral creció más del 5% anual, los salarios reales promedio de los trabajadores cualificados y no cualificados aumentaron solo un 3% anual de 1921 a 1929, y si se incluyen los años de recesión 1920-21, los salarios reales aumentaron solo un 1% anual durante la década de 1920.


También durante la década de 1920, la afiliación sindical se desplomó, dejando a los trabajadores expuestos directamente a las fuerzas del «mercado libre» en el mercado laboral.

(Afiliación sindical de 1920 a 1930 como % de trabajadores no agrícolas)De hecho, la desigualdad de ingresos y riqueza aumentó drásticamente. El PIB per cápita aumentó de 6.460 a 8.016 dólares per capita, pero esta prosperidad no se distribuyó de manera uniforme. En 1922, el 1% más rico de la población recibía el 13,4% del ingreso total. En 1929, ganó un 14,5%. El trabajo de Thomas Piketty et al proporciona todos los datos sobre la creciente desigualdad de ingresos en la década de 1920.

Además está el tercer factor específico de Estados Unidos.  Estados Unidos fue, con mucho, la economía capitalista más fuerte después de la Primera Guerra Mundial. Los años de guerra fueron años de auge para los Estados Unidos, ya que el gobierno federal invirtió dinero en la economía de la guerra, mientras que el país escapó a la devastación, a diferencia de Europa. Antes una nación deudora, Estados Unidos emergió de la guerra como un gran prestamista y posiblemente la economía más fuerte y vibrante del mundo. Como resultado, durante la década de 1920, Estados Unidos produjo casi la mitad de la producción mundial porque la Primera Guerra Mundial había destruido la mayor parte de Europa. 

Ingreso per cápita ($)

Pero los locos años veinte llegaron a su fin, no hubo una expansión permanente. Como sostiene la teoría económica marxista, la producción capitalista no avanza de manera armoniosa y con una expansión sostenida, sino que está sujeta a crisis regulares y recurrentes debido a las contradicciones en la acumulación capitalista expresadas en la rentabilidad del capital. Los locos años veinte dieron paso a la Gran Depresión de los años treinta.

Y de hecho, podemos ver por qué. En los EEUU, la rentabilidad del capital alcanzó su punto máximo en 1924, y luego cayó en más del 13% hasta 1929 (según los datos de D-L: consulte el gráfico anterior y consulte The Long Depression, p53). Como resultado, la inversión capitalista pasó de capital productivo a «capital ficticio».  Al igual que en el auge crediticio que condujo al colapso financiero mundial de 2008-9, gran parte de la riqueza vertiginosa de la década de 1920 se construyó cada vez más sobre una base inestable de crédito fácil y especulación bursátil. Este capital ficticio se derrumbó en 1929 y se produjo una gran recesión con la quiebra de muchos bancos.

Entonces, ¿se pueden repetir los locos años veinte del siglo pasado después de la epidemia de gripe española en este siglo después del COVID? ¿Las principales economías capitalistas tendrán una nueva oportunidad que acabe con el ‘estancamiento secular’ (keynesiano) o la Larga Depresión (marxista) de la última década desde 2010?

Bien, consideremos un modelo marxista para crear un auge prolongado en la producción capitalista. Un auge prolongado sólo será posible, según Marx, si ha habido una destrucción significativa de los valores del capital, ya sea físicamente o por devaluación, o ambos. Joseph Schumpeter, el economista austríaco de la década de 1920, siguiendo el ejemplo de Marx, llamó a esto «destrucción creativa». Limpiando el proceso de acumulación de tecnología obsoleta y capital fallido y no rentable, la innovación de nuevas empresas podría prosperar. Schumpeter vio este proceso como la ruptura de los monopolios estancados y su reemplazo con empresas innovadoras más pequeñas. Por el contrario, Marx vio la destrucción creativa como la creación de una mayor tasa de rentabilidad después de que los pequeños y los débiles fueran devorados por los grandes y fuertes.

Para Marx, la «destrucción creativa» tiene dos partes. Se produce la destrucción del capital real “en la medida en que se detiene el proceso de reproducción, se limita o incluso se detiene por completo el proceso de trabajo y se destruye el capital real” porque las “condiciones de producción existentes … no se ponen en acción”, es decir, las empresas cierran plantas y equipos, despiden trabajadores y / o quiebran. Por tanto, el valor del capital se «amortiza», porque el valor de uso físico de la mano de obra y el equipo, etc. ya no se utiliza.

En el segundo caso, es capital ficticio lo que se destruye. En este caso “no se destruye ningún valor de uso”. … En cambio: «una gran parte del capital nominal de la sociedad, es decir, del valor de cambio del capital existente, se destruye por completo». Hay una caída en el valor de los bonos estatales y otras formas de capital ficticio. Pero esto sólo conduce a una “simple transferencia de riqueza de una mano a otra ” (los que ganan con la caída de los precios de los bonos y las acciones de los que pierden). Pero también puede conducir a la destrucción de capital real, cuando conduce «a la quiebra del Estado y de las sociedades anónimas».   Escritos de Marx 1861-63, citado por Giacce, https://www.jstor.org/stable/23104259?seq=1

Tomemos el primero de estos casos de destrucción creativa. ¿Podemos decir que en 2021, la recesión del COVID ha aumentado drásticamente la rentabilidad del capital en las principales economías, o que lo hará? Antes de la recesión pandémica, la rentabilidad en las principales economías capitalistas estaba cerca de mínimos históricos, uno de los indicadores y explicaciones clave de la Larga Depresión de la última década.

Este fue particularmente el caso del capital estadounidense. Recientemente, el economista marxista Chris Dillow, que escribe para Investors Chronicle, reiteró los argumentos y los datos que he presentado sobre la rentabilidad de Estados Unidos. Dillow comenta: “Muestran que las ganancias antes de impuestos de las empresas no financieras el año pasado fueron solo el 7,4 por ciento de los activos no financieros (medidos a coste histórico). Esta fue solo la mitad de la tasa que disfrutaban las empresas a mediados de la década de 1950. E incluso antes de la pandemia, la tasa de ganancias había tenido una tendencia a la baja durante décadas: era más baja en 2019 que en la década de 1970, por ejemplo».  Aquí está mi gráfico, medido de manera ligeramente diferente, pero con el mismo punto.

A nivel mundial, también el crecimiento de las ganancias corporativas (la masa, no la rentabilidad) prácticamente se había detenido antes de la pandemia de COVID.


Esta no era la situación en 1919, al menos en Estados Unidos.En segundo lugar, lejos de que la recesión pandémica eliminase el capital ficticio para que pudiera brotar nuevo capital, ha habido una expansión sin precedentes del dinero de crédito barato para apoyar a las empresas, grandes y pequeñas. En la Gran Depresión, aunque el capital productivo creció lentamente, el capital ficticio se disparó. Y así ha sido durante la recesión pandémica. No ha habido un colapso en los precios de las acciones y los bonos (hasta ahora).


Por tanto, la caída de la pandemia no ha provocado la destrucción de «sociedades anónimas» débiles y no rentables, sino todo lo contrario. Hay aún más empresas poco rentables, principalmente pequeñas, que se tambalean y se mantienen a flote gracias a una ola de dinero barato sin interés inyectado por los bancos centrales. No es «destrucción creativa» sino el surgimiento de los «zombies».

Los últimos datos muestran que en los EEUU casi el 20% de todas las empresas se encuentran en la categoría de ‘zombis’, mientras que en Europa llega hasta el 40%. Mientras estas empresas permanezcan existiendo, mantendrán baja la rentabilidad promedio, el crecimiento de la productividad laboral débil y el desempleo alto. Esa no es la receta capitalista para iniciar un boom prolongado.Por cierto, actualmente existe el argumento de que estas empresas zombies no son realmente zombies en absoluto. Las empresas que parecen tener pérdidas (con ingresos netos negativos) no lo son. En cambio, han estado invirtiendo en ‘intangibles’ (software, I + D y medios que se deducen de los ingresos). Si se agregan a los ingresos, muchos zombis van bien. Sin embargo, si este fuera el caso, ¿dónde están los resultados en relación al crecimiento de la productividad? Pero eso exige otra nota.

Quizás los programas de infraestructura y estímulo fiscal de Biden, que constituyen una inyección aparentemente enorme de gasto público (16% del PIB de EE. UU.), cebarán la bomba de una explosión de inversiones que generarán unos nuevos locos añosveinte. Esa es ciertamente la esperanza o expectativa de muchos economistas keynesianos. Pero las medidas de Biden (incluso si se implementan por completo) no se comparan en magnitud con el auge de la reconstrucción posterior a la Segunda Guerra Mundial en Europa. Las principales economías no se encuentran en una situación parecida a la de posguerra.

Recuerde: incluso antes de que el virus golpeara la economía global, muchas economías capitalistas se estaban desacelerando rápidamente o ya estaban en una recesión total. En los EEUU, una de las economías con mejor éxito, el crecimiento del PIB real en el cuarto trimestre de 2019 había caído a menos del 2% anual con pronósticos de una mayor desaceleración este año. La inversión empresarial se estaba estancando y los beneficios empresariales no financieros habían seguido una tendencia a la baja durante cinco años. El sector capitalista no estaba ni está en condiciones de liderar una recuperación económica que pueda conducir a un mayor crecimiento, inversión productiva y mayores ingresos reales.

La cuestión es que, una vez que terminen los cierres por la pandemia actuales, lo que se necesita para reactivar la producción, la inversión y el empleo es algo así como una economía de guerra, no rescatar a las grandes empresas con subvenciones y préstamos para que puedan volver a «hacer negocios como de costumbre». Esta depresión solo puede revertirse con medidas similares a las de la guerra, a saber, inversiones gubernamentales masivas, propiedad pública de sectores estratégicos y dirección estatal de los sectores productivos de la economía.

¿Pero no es eso lo que pretenden hacer los programas de Biden y lo que Roosevelt hizo con el New Deal en la década de 1930? Bueno, la evidencia histórica es que el New Deal no restauró un boom prolongado del capitalismo estadounidense. Fue necesaria la Segunda Guerra Mundial para hacerlo. El propio Keynes dijo que la economía de guerra demostró que “parece políticamente imposible que una democracia capitalista pueda organizar el gasto en la escala necesaria para realizar los grandes experimentos que probarían mi tesis, excepto en condiciones de guerra. En una nota mía de 2012 demostré que: “En 1940, la inversión del sector privado todavía estaba por debajo del nivel de 1929 y de hecho cayó aún más durante la guerra. Así que el sector estatal se hizo cargo de casi todas las inversiones, ya que los recursos (valor) se desviaron a la producción de armas y otras políticas de seguridad en una economía de guerra».

Andrew Bossie y JW Mason publicaron un artículo perspicaz sobre la experiencia de ese papel del sector público en la economía estadounidense en tiempos de guerra. Muestran que, para empezar, la administración Roosevelt ofreció todo tipo de garantías de préstamos, incentivos fiscales, etc. al sector capitalista. Pero pronto quedó claro que el sector capitalista no podía cumplir con el esfuerzo de guerra, ya que no invertiría ni impulsaría la capacidad productiva sin garantías de beneficios. La inversión pública directa se hizo cargo y se impuso la dirección ejecutiva del gobierno.

La economía de guerra no «estimuló» al sector privado, sino que reemplazó al «mercado libre» y la inversión capitalista con fines de lucro. Para organizar la economía de guerra y garantizar que produjera los bienes necesarios para la guerra, el gobierno de Roosevelt generó una serie de agencias de movilización que no solo compraban bienes a menudo, sino que dirigían de cerca la fabricación de esos bienes e influían fuertemente en el funcionamiento de las empresas privadas y de industrias enteras.

Bossie y Mason encontraron que del 8 al 10 por ciento del PIB durante la década de 1930, el gasto federal aumentó a un promedio de alrededor del 40 por ciento del PIB entre 1942 y 1945. Y lo más significativo, el gasto por contrato en bienes y servicios representó el 23 por ciento de media durante la guerra. Actualmente, en la mayoría de las economías capitalistas, la inversión del sector público supone aproximadamente el 3% del PIB, mientras que la inversión del sector capitalista es un 15% o mayor. En la guerra, esa proporción se invirtió. Los planes de Biden simplemente elevarían la tasa de inversión del gobierno (durante diez años) a aproximadamente el 4% del PIB, si se implementan por completo.

Bossie y Mason concluyen que: “cuanto más — y más rápido — necesita cambiar la economía, más planificación necesita. Más que en cualquier otro período de la historia de Estados Unidos, la economía en tiempos de guerra fue una economía planificada. El cambio masivo y rápido de la producción civil a la militar requirió una dirección mucho más consciente que el proceso normal de crecimiento económico”.

Lo que enseña la historia de la Gran Depresión y la guerra es que, una vez que el capitalismo se encuentra profundamente en una depresión prolongada, debe haber una destrucción sustancial de todo lo que el capitalismo había acumulado en décadas anteriores antes de que una nueva era de expansión sea posible. No hay política que pueda evitar eso y preservar el sector capitalista. Si eso no sucede esta vez, entonces la Larga Depresión que ha sufrido la economía capitalista mundial desde la Gran Recesión podría continuar esta década.

Michael Roberts, economista marxista británico, que ha trabajado 30 años en la City londinense como analista económico y publica el blog The Next Recession.

Fuente: https://thenextrecession.wordpress.com/2021/04/18/the-roaring-twenties-repeated/

Traducción: G. Buster

Fuente: Sin Permiso

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viernes, 30 de abril de 2021

Covid-19. Quiénes son los dueños de las vacunas privadas y cómo se están enriqueciendo

 

Quiénes son los dueños de las vacunas privadas y cómo se están enriqueciendo

 



Por Pascual Serrano 

Rebelión

30/04/2021

Fuentes: Sputnik News

Esta es la historia de cómo los mismos accionistas son dueños de las diferentes vacunas compradas por la UE y EEUU, de cómo los gobiernos europeos pasaron de pagar 2,9 euros a 19,5 la dosis y cómo fueron esos mismos gobiernos los que financiaron con dinero público las investigaciones. Son los dueños del dinero del mundo y ahora también de la salud.

Las denominaciones de las vacunas que se están distribuyendo en Europa y Estados Unidos ya nos resultan familiares por el nombre de sus empresas fabricantes: AstraZeneca, Pfizer/Biotech, Moderna, Janssen (Johnson & Johnson). Sin embargo, no se habla tanto de cuáles son sus accionistas, o dicho de otra forma, quiénes son los dueños de las vacunas. Como era de suponer básicamente se trata de fondos de inversión. Lo curioso es que si los analizamos encontramos dos fondos comunes a todas ellas (incluso en otras vacunas que están pendiente de aprobarse, como la de Novavax): The Vanguard Group y BlackRock. Estos dos fondos de inversión administran 16 billones de dólares. Si fueran un bloque de naciones, serían la tercera potencia mundial, solo por debajo de Estados Unidos y China, de acuerdo con datos del Banco Mundial en 2019.

Su poder es tal que han presionado para que las principales farmacéuticas occidentales se coordinen y negocien conjuntamente. Según la revista financiera Expansión, «Pfizer y Moderna trabajan, cada una por su cuenta, con otras biofarmacéuticas como Rentscheler Polymun, Rovi, Recipharm, mientras que AstraZeneca y Novavax colaboran con el Serum Institute of India, el mayor fabricante de vacunas del mundo, que está elaborando en paralelo productos similares a los de Oxford-AstraZeneca». Incluso esta última empresa anunció una alianza similar con Novavax (que, por supuesto, también tiene a BlackRock y Vanguard son sus mayores accionistas).

Conozcamos algo más de estos fondos. BlackRock es uno de los grupos financieros más influyentes en Wall Street y Washington, así como en Europa. En abril de 2020, la división de consultoría de BlackRock ganó un contrato de la Reserva Federal de Estados Unidos para gestionar su programa de estímulo financiero. Este fondo de inversión mueve más de 6,65 billones de euros, es decir, supera en cuatro veces y media el Producto Interior Bruto de España.

En España, según los registros de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV), BlackRock participa en 21 grandes empresas cotizadas españolas. 18 pertenecen al Ibex, lo que supone más de la mitad del selectivo que agrupa a las principales compañías del país. En el peor momento de la pandemia y de la Bolsa española eso eran 13.000 millones de euros. Controla nada menos que el 15,9% del mercado español de inversiones.

Dueños de la banca española

De ese dinero, cerca de 9000 millones de euros están invertidos en la banca española BlackRock es el primer accionista de los dos grandes bancos españoles, Santander y BBVA, el tercero de Banco Sabadell y Bankinter y tiene cerca del 3% del Banco Popular. Cuenta también con capital de CaixaBank y Bankia, ahora fusionados. También posee participaciones en grandes empresas multinacionales españolas, como por ejemplo: Iberdrola, Telefónica, Repsol, Red Eléctrica, ACS, OHL, Gamesa, IAG, Amadeus o Aena.

BlackRock también es el mayor casero de España puesto que es el accionista de referencia de las dos mayores Socimi (sociedad de inversión inmobiliaria) españolas, que están cotizadas en el Ibex 35: Merlin Properties Socimi, S.A. e Inmobiliaria Colonial Socimi, S.A.

Los de BlackRock están en todo lo que pueda dar dinero. Hace unos años se anunció que sería el principal accionista de una empresa creada para comprar plantas fotovoltaicas en España, como el Gobierno suspendió las subvenciones a las energías renovables, el fondo demandó al Gobierno español y le exigió una indemnización de 124 millones de euros. Perdió entonces la subvención, pero seguro le llegará ahora con los fondos de recuperación europeos que se destinarán al desarrollo de las energías renovables.

Puertas giratorias

Una de las estrategias de BlackRock es lograr influencia política mediante la contratación de altos cargos de gobiernos y bancos centrales. Todos unos especialistas en puertas giratorias para políticos que se portaron bien. Llevan contratados al menos a 84 exfuncionarios del gobierno de EE. UU. Además del exdirector del banco central de Suiza, el exministro de Hacienda del Reino Unido, el exvicepresidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, el exportavoz parlamentario del partido alemán CDU, el exjefe de gabinete de Hillary Clinton o el exconsejero de Jacques Chirac.

En cuanto a The Vanguard Group, es uno de los mayores inversores del mundo, solo superado por el BlackRock. A comienzos de 2020 contaba con 6,2 billones de euros en activos repartidos en algo más de 400 fondos en EEUU, Europa y el resto del mundo. Cuenta entre sus principales inversiones con compañías como Apple, Microsoft, Amazon, Facebook o Alphabet (Google). Suma importantes participaciones en otras como The Coca-Cola Company, Walmart o Disney.

Estimar la presencia de Vanguard en España, según Eldiario.es es algo más complicado, ya que está dividida en decenas de fondos que operan en Europa. La CNMV obliga a todos los accionistas que superan el 3% de una empresa a hacer públicas sus posiciones y la gestora estadounidense no aparece en ninguna de ellas como inversor relevante. Es en los registros de la institución homóloga estadounidense, la SEC, donde se comprueba que Vanguard está presente en todas las compañías del selectivo bursátil español, aunque sea con participaciones minoritarias. El diario La Información estimó, en base a distintos registros, que el dinero de este fondo alcanza unos 12.000 millones de euros en el Ibex a finales de 2019.

Pero tampoco creamos que entre estas empresas se pelean. Basta saber que Vanguard es el primer accionista de Blackrock.

Goldman Sachs

Conocidas ya las dos grandes empresas propietarias de nuestras vacunas, vale la pena fijarse en otra que está presente en el accionariado de varias de ellas, desde AstraZeneca hasta Novavax, que se fabricará en España, se trata de Goldman Sachs. Como se recordará, esta entidad, con su bancarrota, tuvo un papel importante en la crisis financiera de 2008 y estuvo involucrada en el origen de la crisis de la deuda soberana en Grecia, ya que ayudó a esconder el déficit de las cuentas griegas del Gobierno conservador.

El negocio de las vacunas no para de dispararse para estos fondos de inversión. El primer gran pelotazo lo pega Pfizer cuando descubre que de cada vial en lugar de salir cinco dosis se pueden sacar seis, como el precio firmado por los gobiernos eran por dosis, se encuentra con una subida del 20% de su producto, una ganancia anual adicional de 3.120 millones de euros en su facturación global, por el mismo producto. Como no les pareció suficiente, durante su intervención en la conferencia virtual Barclays Global Healthcare, dos directivos de Pfizer —el director financiero Frank D’Amelio y Chuck Triano, vicepresidente senior de relaciones con inversores— anunciaron que habría una oportunidad para que Pfizer subiera los precios de la vacuna. Aunque el precio que negocia la UE es secreto, el primer ministro búlgaro, Boyko Borissov, ha revelado hace unos días que Pfizer empezó costando 12 euros la dosis, luego 15,50 y ahora la Comisión Europea está firmando contrato por 19,50 euros. La caída en desgracia de AstraZeneca puede ser una gran noticia, los gobiernos europeos pasarán de comprar una vacuna que valía 2,9 euros a los 19,50 que ya vale la de Pfizer y, como hemos visto, los accionistas son los mismos.

La nueva remesa de compra firmada entre la UE y la farmacéutica contempla 300 millones de dosis para la segunda mitad de 2021. Esto sumaría un total de 600 millones para todo el año. El Ejecutivo comunitario desveló también hace unos días que ha iniciado negociaciones para adquirir otros 1.800 millones de dosis en su estrategia de vacunación para 2022 y 2023. Esto se produce al mismo tiempo que se está planteando no renovar el contrato de compra con AstraZeneca por su incumplimiento en la entrega de las vacunas. Es lógico si los inversores pueden vender un producto por 19 euros por qué van a seguir entregando otro con la misma función para el mismo cliente por menos de tres. Incumples el compromiso de entrega del segundo y les colocas el primero.

Investigación con dinero público

Y, mientras tanto, no dejan de salir a luz informaciones que muestran que los principales recursos para la investigación de las vacunas fueron públicos. Un estudio elaborado por prestigiosos científico a partir de toda la documentación ofrecida por los investigadores revela que, en el caso de la vacuna de AstraZeneca, la industria farmacéutica soportó menos del 3% de los costes de investigación que la han hecho posible. La mayor parte de los 120 millones de euros invertidos llegaron desde el Gobierno del Reino Unido (45 millones) y la Comisión Europea (30 millones), mientras el resto procedía de entidades también financiadas con fondos públicos (centros de investigación) y fundaciones que apoyan la investigación científica.

El dinero público le vino muy bien al consejero delegado, Pascal Soriot, que vio cómo la empresa le premió el desarrollo de la vacuna contra el coronavirus con una subida salarial que llegó a los 18 millones en 2020 y que se aproximará en los próximos años a los 20 millones.

En cuanto a Pfizer, el presidente de la empresa, Albert Bourla, declaraba desde Nueva York al periódico español El Mundo que su empresa no dispuso de subvenciones ni dinero público para investigar la vacuna, sin embargo, el eurodiputado español Ernest Urtasun le recordaba que la tecnología RNA usada por Pfizer fue desarrollada por Biontech con el apoyo de casi 445 millones de dólares del gobierno alemán.

Es por todo ello que el eurodiputado belga Marc Botenga denuncia que los europeos hemos pagado cuatro veces el valor de la vacuna. «Los fondos públicos han financiado la investigación, el desarrollo, la capacidad productiva…, pero la propiedad final de la vacuna sigue siendo de la empresa. Esto se traduce, a fin de cuentas, en que es la empresa la que decide la cantidad de vacunas que se puede producir y el precio de venta», afirma.

Lobby contra la liberalización de la patente

Una investigación de Corporate Europe Observatory muestra las maniobras del gran lobby farmacéutico EFPIA (Federación Europea de Industrias y Asociaciones Farmacéuticas) para presionar a la Comisión Europea para que no ceda ante quienes piden la liberalización de las patentes para poder vacunar a toda la humanidad. EFPIA es el principal grupo de presión de las grandes farmacéuticas en Europa, con un gasto en lobby de hasta 5,5 millones en 2020 con la participación de 25 lobistas (4,6 millones en 2019) y ha dejado clara su oposición a «cualquier flexibilización de los derechos de propiedad intelectual».

Algunos números pueden ayudar a comprender la negativa de las farmacéuticas. El informe del Corporate Europe Observatory señala que «según una estimación conservadora, los ingresos de 15.000 millones de dólares de las ventas de la vacuna por parte de Pfizer este año lo convertirán en el segundo fármaco que más ingresos genera en cualquier momento y en cualquier lugar, con un beneficio estimado de 4.000 millones de euros (sólo superado por un fármaco contra la artritis). Otros analistas alcanzan una cifra mucho más alta al tomar en cuenta una decisión reciente de aumentar la producción a 2.500 millones de dosis, y un beneficio de 3-5 dólares por dosis: entre 7.500 y 12.500 millones de dólares beneficios (es decir, 10.500 millones de euros)».

Esos fondos de inversión con los que empezamos nuestro texto ya no son solamente los dueños del dinero que se invierte en el mundo, ahora son los dueños de nuestra salud, o sea, de nuestra vida.

Fuente: https://mundo.sputniknews.com/20210423/quienes-son-los-duenos-de-las-vacunas-privadas-y-como-se-estan-enriqueciendo-1111506444.html

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jueves, 29 de abril de 2021

Hemos hecho de la ciencia una nueva religión

 

En nuestra urgencia por conquistar la naturaleza y la muerte

Hemos hecho de la ciencia una nueva religión

 

Por Jonathan Cook 

Rebelión

 29/04/2021 

 


Fuentes: Counterpunch [Foto: Joël Kuiper – CC BY 2.0]

Traducido Para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo

Allá por la década de 1880 el matemático y teólogo Edwin Abbott se propuso ayudarnos a entender mejor nuestro mundo describiendo uno muy diferente, al que llamó Flatland (Planilandia).

Imaginemos un mundo que no es una esfera que se mueve por el espacio como nuestro planeta, sino algo más parecido a una enorme hoja de papel habitada por formas geométricas planas y conscientes. Estas personas-formas pueden moverse hacia delante o hacia atrás y pueden girar a la derecha y a la izquierda, pero carecen del sentido de arriba o abajo. La mera idea de un árbol, un pozo o una montaña no tiene sentido para ellos porque carecen de los conceptos y la experiencia de altura o profundidad. Son incapaces de imaginar, y mucho menos de describir, objetos conocidos por nosotros.

En este mundo bidimensional lo más que pueden aproximarse los científicos a comprender una tercera dimensión son los desconcertantes espacios que registran sus máquinas más sofisticadas, que captan las sombras proyectadas por un universo mayor exterior a Flatland. Los mejores cerebros deducen que el universo debe ser algo más que lo que pueden observar pero no tienen forma de saber qué es lo que desconocen.

Esta sensación de lo incognoscible, de lo indescriptible, ha acompañado a los seres humanos desde que nuestros primeros ancestros fueron conscientes. Ellos habitaban un mundo de sucesos inmediatos y de cataclismos (tormentas, sequías, volcanes y terremotos) causados por fuerzas que no podían explicar. Pero también vivían maravillados por los grandes misterios permanentes de la naturaleza: el paso del día a la noche y el ciclo de las estaciones; los puntos de luz en el firmamento nocturno y su movimiento continuo; la subida y bajada de los mares; y la inevitabilidad de la vida y de la muerte.

Por eso no es raro que nuestros ancestros tendieran a atribuir una causa común a estos acontecimientos misteriosos, tanto a los catastróficos como a los cíclicos, a los caóticos como a los ordenados. Los atribuyeron a otro mundo o dimensión, al ámbito de lo espiritual, de lo divino.

Paradoja y misterio

La ciencia ha intentado reducir el ámbito de lo inexplicable. Ahora entendemos (aunque sea aproximadamente) las leyes de la naturaleza que gobiernan el tiempo atmosférico y sucesos catastróficos como los terremotos. Los telescopios y las naves espaciales nos han permitido, asimismo, explorar más a fondo los cielos para comprender algo mejor el universo que se extiende más allá de nuestro pequeño rincón del mismo.

Pero cuanto más investigamos el universo, más rígidos parecen ser los límites de nuestro conocimiento. Al igual que las personas-formas de Flatland, nuestra capacidad para comprender se ve limitada por las dimensiones que observamos y experimentamos: en nuestro caso, las tres dimensiones del espacio y la adicional del tiempo. La influyente “teoría de cuerdas” plantea otras seis dimensiones, aunque es poco probable que lleguemos a intuirlas con más detalle que las sombras que casi detectaban los científicos de Flatland.

Cuanto más escudriñamos el inmenso universo del cielo nocturno y nuestro pasado cósmico y cuanto más escudriñamos el pequeño universo del interior del átomo y nuestro pasado personal, mayor es nuestra sensación de misterio y asombro.

En el nivel subatómico las leyes normales de la física se desbaratan. La mecánica cuántica es la mejor hipótesis que hemos desarrollado para explicar los misterios de las partículas más diminutas que podemos observar, las cuales parecen actuar, al menos en parte, en una dimensión que no podemos observar directamente.

Y la mayoría de los cosmólogos, que observan el exterior en lugar del interior, hace tiempo que saben que hay preguntas que probablemente nunca seremos capaces de responder, entre otras, qué hay fuera de nuestro universo; o, dicho de otra manera, qué había antes del Big Bang. Durante algún tiempo la materia oscura y los agujeros negros han desconcertado a las mentes más brillantes. Este mes los científicos admitieron al New York Times que existen formas de materia y de energía desconocidas para la ciencia, pero que pueden deducirse porque alteran las leyes conocidas de la física.

Dentro y fuera del átomo, nuestro mundo está repleto de paradojas y misterios.

Arrogancia y humildad

A pesar de la veneración por la ciencia que tiene nuestra cultura, hemos llegado a un momento similar al de nuestros antepasados, que miraban llenos de asombro el cielo nocturno. Hemos sido forzados a reconocer los límites de nuestro conocimiento.

No obstante, existe una diferencia. Nuestros ancestros temían lo desconocido y, por tanto, preferían mostrar precaución y humildad frente a lo que no podían entender. Trataban con respeto y reverencia lo inefable. Nuestra cultura estimula precisamente el enfoque opuesto. Solo mostramos soberbia y arrogancia. Intentamos derrotar, ignorar o trivializar aquello que no podemos explicar o entender.

Los mejores científicos no cometen ese error. Como espectador entusiasta de programas científicos como la serie documental de la BBC, Horizon, me impresiona la cantidad de cosmólogos que hablan abiertamente de sus creencias religiosas. Carl Sagan, el más famoso de ellos, nunca perdió la capacidad de asombro que le producía estudiar el universo. Fuera del laboratorio, su lenguaje no era el lenguaje duro, frío y calculador de la ciencia. Él describía el universo con el lenguaje de la poesía. Comprendía los necesarios límites de la ciencia. En lugar de sentirse amenazado por los misterios y paradojas del universo, los celebraba.

Cuando, por ejemplo, en 1990 la sonda espacial Voyager 1 nos mostró por primera vez la imagen de nuestro planeta desde 6.000 millones de kilómetros de distancia, Sagan no pensó que él mismo o sus colegas de la NASA fueran dioses. Él observó extasiado un “punto azul pálido” y se maravilló de ver el planeta reducido a “una mota de polvo suspendida en un rayo de sol”. La humildad fue su reacción ante la vasta escala del universo, nuestro fugaz lugar dentro del mismo y nuestro esfuerzo por luchar contra “la inmensa oscuridad cósmica que nos envuelve”.

Mente y materia

Desgraciadamente la forma de entender la ciencia de Sagan no es la que predomina en la tradición occidental. Demasiado a menudo nos comportamos como si fuéramos dioses. Estúpidamente hemos hecho de la ciencia una religión. Hemos olvidado que, en un mundo de misterios, la aplicación de la ciencia es necesariamente provisional e ideológica. Es una herramienta, una de las muchas que podemos usar para entender nuestro lugar en el universo, de la que pueden apropiarse fácilmente los corruptos, los vanidosos, quienes buscan el poder sobre los demás y quienes adoran el dinero.

Hasta hace relativamente poco, la filosofía, la ciencia y la teología intentaban investigar los mismos misterios y responder las mismas preguntas existenciales. A lo largo de la mayor parte de la historia se les consideró disciplinas complementarias, no competidoras. Recordemos que Abbott era matemático y teólogo y que Flatland fue su intento de explicar la naturaleza de la fe. De modo similar, el hombre que probablemente ha configurado más el paradigma con el que todavía funciona gran parte de la ciencia occidental fue un filósofo francés que utilizó los métodos científicos de la época para demostrar la existencia de Dios.

Actualmente se recuerda a Rene Descartes sobre todo por su famosa –aunque pocas veces comprendida– máxima: “Pienso, luego existo”. Hace 400 años Descartes creía que podía demostrar la existencia de Dios gracias a su argumento de que mente y cuerpo son entidades separadas. Al igual que el cuerpo humano era diferente del alma, Dios era algo separado y distinto de los seres humanos. Descartes creía que el conocimiento era innato y, por tanto, nuestra idea de un ser prefecto, de Dios, solo podía proceder de algo perfecto y con una existencia objetiva fuera de nosotros.

Aunque muchos de sus argumentos resulten débiles e interesados hoy en día, la perdurable influencia ideológica de Descartes en la ciencia occidental fue penetrante. En particular el llamado dualismo cartesiano –la consideración de que mente y cuerpo son entidades separadas– ha estimulado y perpetuado una visión mecanicista del mundo que nos rodea.

Podemos hacernos una idea de la continuada influencia de su pensamiento cuando nos vemos confrontados con culturas más antiguas que han opuesto resistencia al discurso extremadamente racionalista de Occidente –en parte, es preciso señalar, porque se les ha tratado de imponer de maneras hostiles y opresivas que solo han servido para distanciarles del canon occidental.

Cuando escuchamos a un nativo norteamericano o a un aborigen australiano hablar del significado sagrado de un río o de una roca (o sobre sus ancestros) somos inmediatamente conscientes de lo lejano que suena su pensamiento para nuestros oídos “modernos”. En ese momento probablemente reaccionaremos de una de dos maneras: bien sonriendo por dentro ante su ignorancia pueril, o bien engullendo una sabiduría que parece llenar un vacío profundo en nuestras vidas.

Ciencia y poder

El legado de Descartes –un dualismo que asume la separación entre cuerpo y alma, mente y materia– ha resultado ser un legado envenenado para las sociedades occidentales. Una cosmovisión empobrecida y mecanicista que trata al planeta y a nuestro cuerpo como si fueran básicamente objetos materiales: el primero, un juguete para colmar nuestra codicia; el segundo, una coraza para nuestras inseguridades.

El científico británico James Lovelock, que contribuyó a modelar las condiciones en Marte para que la NASA pudiera tener una idea de cómo construir las primeras sondas que habrían de aterrizar allí, sigue siendo objeto de burla por su hipótesis Gaia, que desarrolló en la década de los 70. Lovelock comprendió que no era buena idea considerar nuestro planeta como una enorme masa de roca con formas vivas habitando su superficie, aunque distintas de ella. Él pensaba que la Tierra era una entidad viva completa, de enorme complejidad y que mantenía un delicado equilibrio. Durante miles de millones de años la vida fue haciéndose más sofisticada, pero cada una de las especies que la habitan, desde la más primitiva a la más avanzada, era vital para el conjunto y mantenía una armonía que sustentaba la diversidad.

Pocas personas le hicieron caso y se impuso nuestro complejo de dioses. Ahora, cuando las abejas y otros insectos están desapareciendo, todo aquello de lo que él advirtió hace décadas parece mucho más urgente. Con nuestra arrogancia estamos destruyendo las condiciones para la vida avanzada. Si no paramos pronto, el planeta se deshará de nosotros y retornará a una etapa anterior de su evolución. Empezará de nuevo, sin nosotros, mientras la flora y los microbios vuelven a recrear gradualmente –a lo largo de eones– las condiciones favorables para formas de vida superiores.

Pero la relación mecánica y abusiva que tenemos con nuestro planeta reproduce la que tenemos con nuestros cuerpos y nuestra salud. El dualismo nos ha animado a pensar que el cuerpo es un vehículo carnoso que, al igual que los de metal, necesita intervenciones regulares desde el exterior, un servicio de mantenimiento, un repintado o una renovación. La pandemia solo ha servido para subrayar estas tendencias malsanas.

Por una parte la institución médica, como todas las instituciones, está corrompida por el deseo de poder y enriquecimiento. La ciencia no es una disciplina inmaculada, libre de las presiones del mundo real. Los científicos necesitan financiar sus investigaciones, pagar sus hipotecas y anhelan mejorar su estatus y sus carreras, como todos los demás.

Kamran Abbasi, director ejecutivo de la [revista de la asociación médica británica] British Medical Journal, escribió un editorial el pasado noviembre advirtiendo de la corrupción del Estado británico, desencadenada a gran escala por la pandemia del covid-19. Pero los políticos no eran los únicos responsables. Los científicos y expertos de salud también estaban implicados: “La pandemia ha puesto de manifiesto cómo se puede manipular al complejo médico-político durante una emergencia”.

Añadía: “La respuesta ante la pandemia en Reino Unido se ha basado en exceso en las opiniones de científicos y otras personas nombradas por el gobierno que pueden actuar movidos por intereses preocupantes, como puede ser su participación accionarial en empresas que fabrican test diagnósticos, tratamientos y vacunas para el covid-19”.

Doctores y clérigos

Pero en cierto modo Abbasi es demasiado generoso. Los científicos no solo han corrompido la ciencia al priorizar sus intereses personales, políticos y comerciales. La propia ciencia está moldeada e influida por las suposiciones de los científicos y de las sociedades a las que pertenecen. A lo largo de los siglos el dualismo cartesiano ha proporcionado la lente a través de la cual los científicos han desarrollado y justificado muchas veces los tratamientos y procedimientos médicos. La medicina también tiene sus modas, aunque están sean, por lo general, más duraderas –y más peligrosas– que las de la industria textil.

En realidad, había razones egoístas que explican por qué la comunidad científica recibió con los brazos abiertos el dualismo cartesiano hace cuatro siglos. Su división entre mente y materia creaba un espacio para la ciencia fuera de la interferencia del clero. Ahora los médicos podían reclamar una autoridad sobre nuestros cuerpos diferente de la que afirmaba tener la Iglesia sobre nuestras almas.

Pero ha sido difícil quitarse de encima la visión mecanicista de la salud, aunque los avances científicos  –y su conocimiento de tradiciones médicas no occidentales– deberían haberla hecho cada vez menos creíble. El dualismo cartesiano sigue reinando en nuestros días, en la supuestamente estricta separación entre salud física y salud mental. Tratar a la mente y al cuerpo como inseparables, como las dos caras de la misma moneda, supone arriesgarse a ser acusado de charlatanismo.  La medicina “holística” todavía lucha para ser tomada en serio.

Enfrentados a una pandemia que suscita miedo, la institución médica ha recuperado la costumbre con más fuerza. Ha mirado al virus a través de una única lente y lo ha visto como un invasor que pretende superar nuestras defensas, y a nosotros como pacientes vulnerables que necesitan desesperadamente un batallón extra de soldados que puedan ayudarnos a combatirlo. Dentro de este marco dominante, han sido las grandes farmacéuticas (las corporaciones médicas con mayor potencia de fuego) las encargadas de venir a rescatarnos.

Es evidente que las vacunas son parte de una solución de emergencia y que ayudarán a salvar las vidas de los más vulnerables. Pero la dependencia de las vacunas, y la exclusión de todo lo demás, es un signo de que hemos vuelto a considerar nuestros cuerpos como máquinas. La institución médica nos ha explicado que podemos aguantar esta guerra con el blindaje que nos proporcionan Pfizer, AstraZeneca y Moderna. Todos podemos ser Robocop en la batalla contra el covid-19.

Pero la salud no tiene por qué considerarse como una batalla tecnológica cara y consumidora de recursos contra los virus-guerreros. ¿Por qué no le damos importancia a la mejora de una alimentación cada vez con menos nutrientes y más procesada, cargada de pesticidas, llena de químicos y de azúcar, como la que la mayor parte de nosotros consumimos? ¿Cómo encaramos la plaga de estrés y ansiedad que todos soportamos en un mundo competitivo y conectado digitalmente, en el que no hay lugar para el descanso, y despojado de todo significado espiritual? ¿Qué hacemos con los estilos de vida mimados que elegimos, en los que el esfuerzo es un complemento opcional al que denominamos ejercicio en lugar de estar integrado en la jornada de trabajo, y en donde la exposición a la luz solar, fuera de las vacaciones en la playa, es casi imposible de encajar en nuestros horarios de oficina?

Miedo y soluciones temporales

Durante gran parte de la historia humana nuestra principal preocupación fue la lucha por la supervivencia, contra los animales y otros seres humanos, contra los elementos y contra los desastres naturales. Los desarrollos tecnológicos han sido de gran ayuda para facilitarnos la vida y hacerla más segura, ya fueran las hachas de sílex y los animales domésticos, las ruedas y los motores de combustión, las medicinas o las comunicaciones de masas. Ahora nuestro cerebro parece programado para echar mano de la innovación tecnológica a la hora de abordar incluso las menores inconveniencias, de calmar nuestros miedos más salvajes.

Por tanto, como es natural, hemos puesto nuestra esperanza, y sacrificado nuestra economía, en encontrar una solución tecnológica para la pandemia. Pero ¿acaso esta fijación exclusiva en la tecnología para solucionar la actual crisis sanitaria no tiene un paralelismo con otros remedios tecnológicos temporales que seguimos buscando para solucionar las múltiples crisis ecológicas que hemos creado?

¿Calentamiento global? Podemos crear una pintura aún más blanca que refleje la luz solar. ¿El plástico inunda cada rincón de los océanos? Podemos construir aspiradoras gigantes que lo absorban por completo. ¿Las poblaciones de abejas desaparecen? Podemos inventar drones polinizadores que las sustituyan. ¿El planeta agoniza? Jeff Bezos y Elon Musk transportarán a millones de personas a colonias espaciales.

Si no estuviéramos tan obsesionados con la tecnología, si no fuéramos tan codiciosos, si no nos aterrorizaran tanto la inseguridad y la muerte, si no viéramos a nuestro cuerpo y a nuestra alma como entidades separadas y a los humanos como algo aparte de todo lo demás, podríamos pararnos a reflexionar si nuestro enfoque no está ligeramente equivocado.

La ciencia y la tecnología pueden ser cosas maravillosas. Pueden permitirnos mejorar el conocimiento de nosotros mismos y del mundo que habitamos. Pero necesitan ser dirigidas con un sentido de humildad que cada vez parecemos más incapaces de tener. No somos conquistadores de nuestro cuerpo, o del planeta, o del universo; y si imaginamos serlo, pronto averiguaremos que no podemos ganar la batalla que estamos librando.

Jonathan Cook es un escritor y periodista free-lance británico residente en Nazaret. Fue merecedor del premio Martha Gellhorn de periodismo por su trabajo en Oriente Próximo. Se le puede seguir en su web: http://www.jonathan-cook.net

Fuente: https://www.counterpunch.org/2021/04/22/in-our-hurry-to-conquer-nature-and-death-we-have-made-a-new-religion-of-science/

El presente artículo puede reproducirse libremente siempre que se respete su integridad y se nombre a su autor, a su traductor y a Rebelión.org como fuente de la traducción

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