miércoles, 24 de septiembre de 2025

Abatido en Ucrania un mercenario de Albacete [España]

 

Abatido en Ucrania un mercenario de Albacete

 

Diario octubre/ septiembre 24, 2025

 

Juan Luis Amador Matías formaba parte de la división mercenaria conocida como «Batallón de Drones» era de Villapalacios (Albacete), y desde el mismo pueblo, a través del propio alcalde. confirman que se encontraba en Ucrania por dinero, y que hace unos días había estado de vacaciones en el pueblo antes de volver al «trabajo».

Fuente: insurgente.org

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FATAL! CIENTOS DE TROPAS UCRANIANAS RODEADAS EN LA CIUDAD DE KUPIANSK! C...

martes, 23 de septiembre de 2025

DIRECTO. ISRAEL CONTRA LAS CUERDAS. TRUMP ADVIERTE A EUROPA. RUSIA UCRAN...

Trump y el ocaso del sueño americano

 

 

Trump y el ocaso del sueño americano

Atilio A. Boron

Rebelion

23/09/2025 



Fuentes: Acción Cooperativa - Imagen: Sur global. El bloque cobra mayor protagonismo en el nuevo sistema internacional multipolar.

A punto de cumplirse ocho meses de la juramentación de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos el balance de su gestión es deficitario. Sus bravuconadas de campaña y en la noche misma en la que asumió la primera magistratura se desvanecieron con el paso del tiempo. Sus disparates, desde la pretensión de anexar a Canadá como estado número 51 de la Unión Americana hasta la compra coercitiva de Groenlandia se convirtieron en divertidos memes para consumo del gran público pero, además, indispusieron a Washington con dos países de excepcional importancia en el tablero geopolítico estadounidense. Canadá y Estados Unidos comparten la frontera más larga del mundo: 8.991 kilómetros y, además, es la más segura cuando se la compara con la más corta pero mucho más turbulenta frontera de 3.150 kilómetros que separa a este país de México. Podríamos agregar, siguiendo un notable texto del dominicano Juan Bosch, al Caribe como la tercera frontera imperial, cuna de múltiples desafíos y conflictos desde hace más de un siglo. 

Gracias a la incontinencia verbal de Trump, las actitudes amigables que los canadienses tenían en relación con su vecino cambiaron radicalmente. Una reciente encuesta del prestigioso Pew Research Center halló que ahora el 59% de los encuestados consideraban a Estados Unidos como la mayor amenaza a su país contra el 17% que señalaba a China y el 11% a Rusia, lo que configura un giro de ciento ochenta grados en el clima de opinión imperante por décadas en Canadá. Otro tanto puede decirse con relación a la airada respuesta del Gobierno de Dinamarca, por décadas uno de los más estrechos aliados de Washington en la Unión Europea y la OTAN, y el firme rechazo de las autoridades de Groenlandia, un territorio autónomo pero perteneciente al reino de Dinamarca, cuyo gobernante también criticó acerbamente el comentario del mandatario estadounidense.

No corrió mejor suerte la fanfarronada de Trump de poner fin a la guerra de Ucrania en 24 horas o de retomar el control del Canal de Panamá en cuestión de días. En este caso se anotó una pequeña victoria al lograr que el sumiso presidente de ese país, José Raúl Mulino, autorizara el retorno de una módica fuerza militar estadounidense a tres cuarteles preexistentes en el territorio panameño, pero el asunto está lejos de haber sorteado los problemas legales que entraña tal autorización y que podrían llegar a anularla. Esta parcial capitulación ante la prepotencia estadounidense tuvo como contrapartida una brutal campaña para destruir al SUNTRAC, el principal –y más combativo– sindicato de Panamá que nuclea a trabajadores de la construcción e industrias afines, interviniendo las cuentas bancarias de la organización, persiguiendo a sus dirigentes y reprimiendo las protestas callejeras que se suceden casi a diario. 

La «desoccidentalización»
Estas actitudes e iniciativas de Trump hablan con elocuencia de la desesperación de la clase dominante estadounidense por restaurar la perdida supremacía internacional que gozaran durante más de medio siglo a partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial. Tanto republicanos como demócratas se resisten a admitir que el sistema internacional cambió y que lo hizo de modo radical e irreversible. Las placas tectónicas que sostenían la antigua estructura de poder mundial se movieron en una dirección contraria a Occidente, y por ende a su líder, Estados Unidos. De ahí la importancia que ha venido adquiriendo la expresión «desoccidentalización» a la hora de caracterizar los cambiantes procesos internacionales en curso. En el último cuarto de siglo las llamadas «economías emergentes» han logrado éxitos extraordinarios: China, India, Vietnam, Indonesia, Turquía, Tailandia y Paquistán se unen a Japón y Corea del Sur para constituir en el Pacífico un nuevo centro de gravedad de la economía mundial, al cual hay que sumar la renacida Rusia de Vladímir Putin. De hecho, el PIB combinado de los cinco países que constituyen el núcleo original de los BRICS –Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica– ya es más grande que el del otrora dominante G7 que agrupa a Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia y Japón.

Un sur global empoderado económica pero también política y diplomáticamente, y dueño de un formidable poderío militar, se erige como un obstáculo insalvable a las ambiciones restauradoras del imperio americano. En otras palabras: el multipolarismo llegó para quedarse. Esta frustración ha alimentado la bravuconería del ocupante de la Casa Blanca, un multimillonario caprichoso y acostumbrado a salirse con la suya a cualquier precio. Este rasgo, poco aconsejable para el sutil manejo de las relaciones internacionales, se ve agravado por la generalizada percepción existente dentro de Estados Unidos acerca de la baja calidad del equipo de secretarios, asesores y consultores del presidente, seleccionados más por su lealtad para con el líder que por su competencia en los asuntos de su incumbencia. Un historiador de los gabinetes presidenciales de Estados Unidos, Steve Corbin, comentó hace unos pocos días que el de Trump 2.0 es el segundo peor gabinete de la historia de Estados Unidos. En los primeros 220 días de la administración tuvo una rotación en 13 puestos clave de su gabinete, en medio de un verdadero caos decisional: incertidumbre en las prioridades y las opciones, un comportamiento errático y autoritario del presidente, súbitos cambios de rumbo (por ejemplo, en el tema de los aranceles) y un número récord de 192 órdenes ejecutivas, 47 memorandos y 79 proclamaciones presentadas por el magnate neoyorquino desde que juró como presidente. Bajo estas condiciones, a las que se suman los graves enfrentamientos internos entre algunas de las figuras de más peso en el entorno presidencial (el caso de Elon Musk dista de ser el único) se torna imposible la elaboración de una política exterior que permita la adopción de una estrategia adecuada para enfrentar los desafíos que plantea el nuevo sistema internacional multipolar. El peligro que entraña esta situación es la tentación de resolverla apelando a la vía militar, sobre todo en lo que los estrategas estadounidenses denominan el «hemisferio occidental», es decir, Latinoamérica y el Caribe. El despliegue militar de la Marina de Guerra de Estados Unidos en el Caribe y la declarada intención de atacar a Venezuela es una de las probables, y desgraciadas, consecuencias de este lento pero inexorable ocaso del viejo orden unipolar y las ilusiones de que este siglo sería «el siglo americano» en el cual Washington dominaría sin contrapesos después de la implosión de la URSS.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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El PP se niega a investigar las causas de los incendios en Galicia. ¿Algo que ocultar, Alberto?

 

El PP se niega a investigar las causas de los incendios en Galicia. ¿Algo que ocultar, Alberto?

 

INSURGENTE.ORG / 23.09.2025

 

El PP ha hecho valer su holgada mayoría en el Parlamento gallego para tumbar la propuesta del BNG de constituir una comisión de investigación que aclare qué falló en la ola de incendios del pasado verano, que arrasó 140.000 hectáreas en el medio rural gallego. La iniciativa que los incendios son el principal problema ambiental de Galicia y en que «a xente merece coñecer a verdade», en palabras de su portavoz nacional, Ana Pontón. La líder de la primera fuerza de la oposición sostuvo que es indispensable esclarecer las causas para adoptar «as medidas necesarias» y reprochó a los populares que intenten ventilar una catástrofe con una simple comparecencia, la del presidente Alfonso Rueda el pasado día 5 de septiembre. Algo que, según los nacionalistas, supone una declaración de culpabilidad por «unha nefasta xestión».

lavozdegalicia

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Todos somos antifa

 

La designación por Trump del grupo amorfo Antifa como organización terrorista permite al Estado tachar a todos los disidentes de partidarios de Antifa y procesarlos como terroristas. Es un paso más en la represión contra periodistas y activistas “desleales”.


Todos somos antifa

 

Christopher Lynn Hedges

El Viejo Topo

23 septiembre, 2025 


La calificación por parte de Trump del grupo amorfo antifa, que no tiene una organización ni estructura formal, como organización terrorista, permite al Estado acusarnos a todos de terroristas. El objetivo no es perseguir a los miembros de antifa, abreviatura de antifascista. Se trata de perseguir los últimos vestigios de disidencia. Cuando Barack Obama supervisó la campaña nacional coordinada para cerrar los campamentos de Occupy, antifa —llamados así porque visten de negro, ocultan sus rostros, se mueven como una masa unificada y buscan enfrentamientos físicos con la policía— fue la excusa.

«Me complace informar a nuestros numerosos patriotas estadounidenses que voy a designar a ANTIFA, UN DESASTRE DE IZQUIERDA RADICAL, ENFERMO Y PELIGROSO, COMO ORGANIZACIÓN TERRORISTA IMPORTANTE», escribió el presidente en una publicación de Truth Social. «También recomendaré encarecidamente que se investigue a fondo a quienes financian ANTIFA de acuerdo con los más altos estándares y prácticas legales. ¡Gracias por su atención a este asunto!».

No siento ningún aprecio por Antifa. El sentimiento es mutuo. Yo era un feroz opositor de los anarquistas del Black Bloc que se identificaban con Antifa. Se infiltraron en los campamentos de Occupy y se negaron a participar en la toma de decisiones colectiva. Llevaron a cabo actos de destrucción de la propiedad e iniciaron enfrentamientos con la policía. Los activistas de Occupy eran los escudos humanos de Antifa. Escribí que Antifa era «un regalo del cielo para el estado de seguridad y vigilancia».

David Graeber, cuya obra respeto, escribió una carta abierta criticando mi postura.

Me hicieron doxing. Mis conferencias y eventos, que recibieron amenazas telefónicas que obligaron a los recintos a contratar seguridad privada, incluidos guardaespaldas, fueron objeto de piquetes por parte de hombres vestidos de negro, con el rostro cubierto por pañuelos negros. Todos llevaban el mismo cartel, independientemente de la ciudad en la que me encontrara, que decía: «Que te jodan, Chris Hedges». Durante un debate con un anarquista partidario de Antifa en la ciudad de Nueva York, varias docenas de hombres vestidos de negro entre el público me abuchearon e interrumpieron, a menudo gritando sarcásticamente «amén».

El Estado utilizó eficazmente a Antifa —estoy seguro de que Antifa estaba fuertemente infiltrada por agentes provocadores— para silenciarnos a todos. El Estado corporativo temía el amplio atractivo del movimiento Occupy, incluso para aquellos que formaban parte de los sistemas de poder. El movimiento fue objeto de ataques porque articulaba una verdad sobre nuestro sistema económico y político que traspasaba las fronteras políticas y culturales.

Antifa, que quede claro, no es una organización terrorista. Puede que confunda los actos de vandalismo menor y un cinismo repulsivo con la revolución, pero su designación como organización terrorista no tiene justificación legal.

Antifa considera enemigo a cualquier grupo que busque reconstruir las estructuras sociales, especialmente a través de actos no violentos de desobediencia civil. Se oponen a todos los movimientos organizados, lo que solo garantiza su propia impotencia. No solo son obstruccionistas, sino que también lo son para aquellos de nosotros que también intentamos resistir. Desprecian a cualquiera que no tenga su pureza ideológica. No importa si las personas forman parte de sindicatos, movimientos obreros y populistas o si son intelectuales radicales y activistas medioambientales. Estos anarquistas son un ejemplo de lo que Theodore Roszak, en «The Making of a Counter Culture», denominó la «adolescencia progresista» de la izquierda estadounidense.

John Zerzan, uno de los principales ideólogos del movimiento Black Bloc en Estados Unidos, defendió «Industrial Society and Its Future» (La sociedad industrial y su futuro), el manifiesto divagante de Theodore Kaczynski, conocido como Unabomber, aunque no respaldó los atentados con bombas de Kaczynski. Zerzan descarta una larga lista de supuestos «traidores», empezando por Noam Chomsky e incluyéndome a mí mismo.

Los activistas del Black Bloc en ciudades como Oakland rompieron los escaparates de las tiendas y las saquearon. No fue un acto estratégico, moral o táctico. Se hizo por el simple hecho de destruir. Los actos aleatorios de violencia, saqueo y vandalismo se justifican, en la jerga del movimiento, como componentes de la «insurrección salvaje» o «espontánea». Estos actos, argumenta el movimiento, nunca pueden organizarse. La organización, en el pensamiento del movimiento, implica jerarquía, a la que siempre hay que oponerse. No puede haber restricciones a los actos «salvajes» o «espontáneos» de insurrección. Quien resulte herido, resulta herido. Lo que se destruya, se destruye.

«El movimiento Black Bloc está infectado de una hipermasculinidad profundamente inquietante», escribí. «Esta hipermasculinidad, supongo, es su principal atractivo. Aprovecha el deseo que acecha en nuestro interior de destruir, no solo cosas, sino también seres humanos. Ofrece el poder divino que acompaña a la violencia colectiva. Marchar como una masa uniformada, todos vestidos de negro para formar parte de un bloque anónimo, con el rostro cubierto, supera temporalmente la alienación, los sentimientos de insuficiencia, impotencia y soledad. Imparte a los miembros de la turba un sentido de camaradería. Permite desatar una rabia incipiente contra cualquier objetivo. La piedad, la compasión y la ternura quedan desterradas por la embriaguez del poder. Es la misma enfermedad que alimenta a los enjambres de policías que rocian con gas pimienta y golpean a manifestantes pacíficos. Es la enfermedad de los soldados en la guerra. Convierte a los seres humanos en bestias».

Pero aunque me opongo a Antifa, no les culpo por la respuesta del Estado. Si no fuera Antifa, sería otro grupo. Nuestro Estado policial, que se consolida rápidamente, utilizará cualquier mecanismo para silenciarnos. De hecho, acoge con agrado la violencia. Las tácticas de confrontación y la destrucción de la propiedad justifican formas draconianas de control y asustan a la población en general, alejándola de cualquier movimiento de resistencia. Necesita a Antifa o a un grupo similar. Una vez que se consigue difamar a un movimiento de resistencia como una turba enfurecida que quema banderas y lanza piedras —algo en lo que están trabajando duro los miembros de la administración Trump—, estamos acabados. Si nos aislamos, nos pueden aplastar.

«Los movimientos no violentos, en cierto modo, aceptan la brutalidad policial», escribí. «El continuo intento del Estado de aplastar a los manifestantes pacíficos que reclaman simples actos de justicia deslegitima a la élite del poder. Incita a una población pasiva a responder. Atrae a algunos dentro de las estructuras del poder a nuestro lado y crea divisiones internas que conducirán a la parálisis dentro de la red de autoridad. Martin Luther King siguió organizando marchas en Birmingham porque sabía que el comisario de Seguridad Pública «Bull» Connor era un matón que reaccionaría de forma exagerada».

«El auge explosivo del movimiento Occupy Wall Street se produjo cuando unas pocas mujeres, atrapadas detrás de una malla naranja, fueron rociadas con gas pimienta por el subinspector de la policía de Nueva York Anthony Bologna», continué. «La violencia y la crueldad del Estado quedaron al descubierto. Y el movimiento Occupy, gracias a su firme negativa a responder a las provocaciones policiales, resonó en todo el país. Perder esta autoridad moral, esta capacidad de mostrar a través de la protesta no violenta la corrupción y la decadencia del estado corporativo, sería devastador para el movimiento. Nos reduciría a la degradación moral de nuestros opresores. Y eso es lo que quieren nuestros opresores».

Vi cómo se utilizó a Antifa como arma para acabar con el movimiento Occupy. Ahora se está utilizando como arma para sofocar cualquier resistencia, por tibia y benigna que sea.

Esta justificación de la represión generalizada es un teatro absurdo, caracterizado por ficciones, incluida la supuesta alianza «rojo-verde» entre islamistas y la «izquierda radical». Stephen Miller, el principal asesor político de Trump, insiste en que hubo una «campaña organizada» detrás del asesinato de Charlie Kirk, cuyo martirio ha impulsado la represión estatal. Cualquier opositor a Trump, incluido el multimillonario financiero George Soros y sus Open Society Foundations, pronto quedará atrapado en la red.

Ahora todos somos antifa.

Fuente: Chris Hedge

Artículo seleccionado por Carlos Valmaseda para la página Miscelánea de Salvador López Arnal

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lunes, 22 de septiembre de 2025

DIRECTO.ISRAEL ACORRALADO.UK SI AL ESTADO PALESTINO.PUTIN: RUSIA RESPOND...

Argentina: el espejismo de la estabilidad

 

Argentina: el espejismo de la estabilidad

 

Por Alejandro Marcó del Pont

Rebelion

22/09/2025 



Fuentes: El tábano economista

Deuda y vaciamiento de la democracia argentina en la era del FMI (El Tábano Economista)

La economía argentina contemporánea se asemeja a una meticulosa puesta en escena teatral, donde el decorado de una supuesta normalización macroeconómica intenta ocultar los cimientos podridos sobre los que se erige. El Gobierno nacional, en un estado de extrema fragilidad política tras el veredicto contundente de las urnas en la provincia de Buenos Aires, se aferra a un relato de éxito que la realidad material se encarga de desmentir a diario.

A medida que el modelo exhibe sus grietas, un nerviosismo particular comienza a recorrer los pasillos de las corporaciones y los directorios de las grandes empresas. Se trata de un malestar paradójico. Por un lado, los sectores concentrados de la economía –especialmente el sector financiero, el agroexportador y las grandes empresas de energía– registran utilidades extraordinarias. Sus negocios, en el corto plazo, son excelentes. Sin embargo, esta misma elite detecta con pánico la falta de un marco político estable que garantice la continuidad de este rumbo más allá de la coyuntura inmediata y, como resulta crucial, más allá de la figura misma del presidente Javier Milei.

La idea de garantizar la continuidad del rumbo económico aún a costa de la caída del Gobierno que lo impulsa no es nueva en la historia argentina; es, de hecho, un leitmotiv de nuestra dependencia. El establishment económico ha demostrado históricamente una flexibilidad admirable en cuanto a las formas políticas, siempre y cuando el contenido económico se mantenga incólume. La última dictadura cívico-militar, el menemismo, el macrismo e incluso el albertismo han sido, en distintos grados, alternativas admisibles para las elites. Lo que estas experiencias tienen en común es que, en su momento, fueron funcionales a la imposición de un orden macroeconómico específico, basado en la primacía financiera, y la subordinación al capital global.

La gran innovación –o victoria– del establishment en el ciclo actual ha sido la internalización, por parte de una porción significativa de la clase política tradicional y de amplios sectores sociales, de ciertos dogmas como si fueran verdades técnicas incuestionables, despojándolos de su profundo contenido político y social. El equilibrio fiscal a cualquier costo es el emblema de este éxito.

Lo que en cualquier manual serio de economía es un instrumento de política coyuntural –y potencialmente recesivo– se ha convertido en un fetiche, en un sinónimo de «buena gestión» per se, divorciado por completo de sus efectos sobre el nivel de actividad, el empleo y el bienestar social. Esta aceptación acrítica del ajuste como única ortodoxia posible es el cordón umbilical que permite imaginar una transición «ordenada»: se puede cambiar a los actores en el escenario, siempre y cuando no alteren el guion escrito por los acreedores internacionales.

En este contexto, el análisis del Instituto de Pensamiento y Políticas Públicas (IPyPP) resulta luminoso al señalar que la proscripción judicial de Cristina Fernández de Kirchner trasciende por completo una mera pulseada política o un caso aislado de lawfare. Representa la necesidad estructural de disciplinar judicialmente a todo el sistema político tradicional. Cuando un modelo económico es incapaz de generar consenso social, de construir legitimidad a través de resultados que beneficien a las mayorías, y se sostiene únicamente en base a una frágil coalición de intereses concentrados y represión del descontento, el mecanismo de la competencia electoral se vuelve un riesgo inmanejable.

La democracia, en su sentido sustantivo de soberanía popular para decidir el rumbo económico, es un estorbo. Por lo tanto, es imperioso deslegitimar, judicializar y, de ser posible, proscribir a cualquier fuerza opositora que, incluso de manera tibia, represente una amenaza a la «hoja de ruta». No se persigue a Cristina Fernández por sus supuestos delitos, sino por lo que representa. El disciplinamiento se convierte así en la condición sine qua non para la continuidad del programa de ajuste, una garantía de que, gane quien gane las elecciones, las políticas centrales no variarán.

Como lo expone con agudeza el doctor en ciencias sociales Alejandro Horowicz, esto explica la paradoja de una «transición controlada». La oposición política, en su conjunto, carece no solo de un modelo alternativo coherente, sino incluso de un conjunto mínimo de medidas de política económica que se desmarquen del dogma imperante. Su crítica es a menudo vacía, se centra en los «modales» y la «forma» del Gobierno de Milei, pero no en el fondo de su programa. ¿El resultado? Una lógica perversa pero impecable: cuando nadie en el arco opositor tiene una alternativa real, todos, en esencia, terminan suscribiendo el mismo programa, el dictado por el Fondo Monetario Internacional. La política se reduce a una mera gestión de la austeridad con distintos estilos.

Dependiendo de la velocidad a la que se degrade el modelo –una variable que hoy parece acelerarse–, las elites ya están preparando sus planes B. Estas alternativas no representan una ruptura, sino una «recarga» del mismo programa, pero con una cara más presentable y modales menos agresivos. La economía, en este esquema, deja de ser una ciencia para transformarse en el arte de las apariencias.

Por lo tanto, se puede activar un «reset» del Gobierno. Se puede forzar una salida anticipada a través de una asamblea legislativa o de una compleja coalición de gobernadores. Pero las alternativas admisibles dentro de este juego son únicamente aquellas que no alteren un ápice el orden macroeconómico impuesto.

Para desentrañar la perversidad de este consenso social en torno al equilibrio fiscal en un país con el 50% de su población en la pobreza, es necesario realizar un desvío por la teoría económica clásica, específicamente por la obra de John Maynard Keynes. En 1919, Keynes escribió «Las consecuencias económicas de la paz» movido por la indignación. Había participado como representante del Tesoro británico en las negociaciones del Tratado de Versalles y renunció ante la imposibilidad de hacer entrar en razón a los vencedores de la Primera Guerra Mundial, que impusieron a Alemania reparaciones de una magnitud astronómica y mecánicamente imposibles de pagar. La vigencia de su análisis para la Argentina de hoy no es una mera analogía; es un espejo casi perfecto.

Keynes desnudó la lógica simple pero mortal de una deuda denominada en moneda extranjera y el problema de la transferencia interna. Un país que le debe a otro –o al FMI– en dólares, no puede pagarle imprimiendo pesos. Necesita conseguir dólares. Solo hay tres formas realistas de hacerlo:

1. Exportar más de lo que se importa: generar un superávit comercial vendiendo bienes, servicios o recursos naturales al mundo.

2. Endeudarse más: pedir prestados nuevos dólares para pagar los viejos dólares que se deben, una espiral piramidal que solo posterga y agrava el problema.

3. Vender el patrimonio: enajenar los activos nacionales –empresas públicas, recursos naturales, tierras– a compradores extranjeros que paguen en divisas (el programa máximo de las privatizaciones).

El núcleo de su argumento, y lo que es absolutamente central para Argentina, es el problema de la «transferencia», un proceso de doble conversión que implica dos fases críticas y terriblemente dolorosas:

Fase 1: la transferencia interna (o El superávit fiscal macabro)

Antes de poder comprar dólares, el Estado debe reunir una enorme cantidad de su moneda local (pesos). Para juntar esos pesos, no tiene más remedio que:

– Aumentar impuestos y/o reducir el gasto público de manera brutal. Esto es la austeridad. En el caso argentino, la narrativa de la «presión tributaria alta» –promovida por las elites– ha servido para descartar casi por completo la vía de aumentar impuestos a los sectores de mayor capacidad contributiva (renta financiera, grandes fortunas, exportadores). Por lo tanto, el ajuste recae de manera abrumadora en la segunda variable: el recorte del gasto.

Este esfuerzo fiscal contractivo es el que crea el superávit primario: el Gobierno, en pesos, recauda más de lo que gasta internamente. Pero este superávit no es un signo de salud; es el síntoma de una hemorragia interna. Es un «ahorro forzado» extraído de las entrañas de la economía doméstica. Para lograrlo, el Gobierno:

– Elimina subsidios al transporte, la energía y los servicios públicos. La nafta, el gas y la luz se vuelven artículos de lujo, encareciendo toda la cadena de producción y el costo de vida.

– Recorta brutalmente los presupuestos de salud, educación, ciencia y tecnología. Los hospitales públicos se quedan sin insumos, las escuelas se caen a pedazos, los investigadores emigran.

– Congela pensiones y salarios de estatales, que se desploman en términos reales frente a una inflación galopante, profundizando la recesión al eliminar el poder de compra de la población.

Fase 2: la transferencia externa (La conversión final)

Una vez que el Estado ha logrado su «victoria» macabra –ha juntado miles de millones de pesos empobreciendo a su población–, debe convertir esos pesos en dólares. Aquí surge otro problema keynesiano: esa conversión masiva puede deprimir aún más el valor de la moneda local, si las elites exportan y necesitan un tipo de cambio devaluado, generando más inflación y haciendo, paradójicamente, que cada vez se necesiten más pesos para comprar la misma cantidad de dólares. Finalmente, con los dólares comprados gracias a un sistema extraccionista de exportaciones privadas, el Gobierno realiza el pago puntual a sus acreedores internacionales.

El FMI, los mercados financieros y los editorialistas del establishment felicitan al Gobierno por su «disciplina fiscal» y su «compromiso con los compromisos». Es la consagración de la apariencia. Keynes argumentaría, hoy como ayer, que este esfuerzo no solo es moralmente obsceno en un país con índices de pobreza récord, sino que es económicamente insostenible. Una población empobrecida y una economía devastada no pueden generar la riqueza real necesaria para pagar la deuda en el futuro. El superávit se logra no porque la economía sea más eficiente y pujante, sino porque se ha empobrecido a su gente hasta el hueso.

El experimento económico en curso en la Argentina va mucho más allá de un simple plan de ajuste. Es parte de una ofensiva estratégica de mayor alcance cuyo objetivo final es el vaciamiento definitivo de la democracia. En este nuevo régimen, la soberanía popular queda confinada a elegir cada cuatro años entre gestiones tecnocráticas que varían en su estilo, pero no en su sustancia, todas ellas comprometidas con la misma hoja de ruta predefinida por los acreedores y los grupos de poder económico. Las elecciones se convierten en meros mecanismos de validación residual de una arquitectura de poder que se decide en otra parte.

Lo más llamativo, y quizás lo más trágico, es el grado en el que este relato ha sido internalizado. La obsesión por el equilibrio fiscal como un fin en sí mismo, desconectado de cualquier consideración sobre el desarrollo, el empleo o la justicia social, es el triunfo supremo de la apariencia sobre la sustancia. Es la victoria de una elite que ha logrado que se naturalice como sentido común que el bienestar de los mercados de deuda es infinitamente más importante que el bienestar de la mitad de la población que está bajo la línea de pobreza.

Fuente: https://eltabanoeconomista.wordpress.com/2025/09/21/argentina-el-espejismo-de-la-estabilidad/

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La desmilitarización de la banda terrorista OTAN en Ucrania a fecha de hoy

 

La desmilitarización de la banda terrorista OTAN en Ucrania a fecha de hoy

 

Diario octubre / septiembre 22, 2025


Los resultados de la operación especial de las Fuerzas Antifascistas contra el brazo armado del capital financiero estadounidense, la OTAN.



628 sistemas de defensa aérea S-300, Buk-M1 y Osa

25.198 tanques y otros blindados

29.777 cañones de artillería de campaña y morteros

1.592 lanzacohetes múltiples

667 aviones

283 helicópteros

84.483 drones

42.309 vehículos de diferentes tipos

Fuente: Ministerio de Defensa de Rusia
Tomado de Sputnik

Si quieres seguir de cerca cómo se desarrolla la operación en el campo, el mapa interactivo de la agencia Spuntik te permite conocer la situación que se está viviendo día a día.

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Macron y Zelensky…

 

Los halcones europeos sacan pecho, fantaseando con una actividad militar imaginaria –y más en un momento en que parece que EEUU está dispuesto a rebajar su presencia en la OTAN– que no responde a nada real. En realidad, son declaraciones para consumo interno.


Macron y Zelensky…

 

Gianandrea Gaiani

El Viejo Topo

22 septiembre, 2025 



MACRON Y ZELENSKY DAN LAS CIFRAS… PERO NO LOS NOMBRES

¿Cuántas naciones europeas están dispuestas a enviar tropas a Ucrania para garantizar la seguridad de Kiev? Las evaluaciones contradictorias dificultan una respuesta precisa a esta pregunta.

De los aproximadamente 30 miembros de la Coalición de los Dispuestos, 26 países se han comprometido formalmente a desplegar una ‘fuerza de reaseguro’ en Ucrania y a estar presentes en tierra, aire y mar, declaró Macron durante la conferencia de prensa en el Palacio del Elíseo junto a Volodímir Zelenski.  «Esta fuerza no tiene como objetivo librar una guerra, sino garantizar la paz «, declaró el presidente francés, Emmanuel Macron, en la última cumbre de los «dispuestos».

El 5 de septiembre, el presidente ucraniano Zelenski añadió que, como parte de las «garantías de seguridad», los países extranjeros estarían dispuestos a enviar miles de tropas a Ucrania. En una reunión con el presidente del Consejo Europeo, Antonio Costa, el líder ucraniano afirmó que aún era prematuro debatir los detalles de las garantías de seguridad, pero que el plan ya existe.

«El tema se centrará en la coordinación entre países para la defensa aérea. Esto ya está en marcha, con una evaluación del número de aeronaves y unidades. También se está trabajando en la coordinación en el mar, y estamos analizando qué países están dispuestos a desplegarse y qué están dispuestos a hacer», dijo Zelenski.

Se trata más o menos de la misma declaración que hizo estos últimos días la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, según la cual Europa está desarrollando «planes bastante precisos» para un despliegue multinacional de tropas en Ucrania como parte de las garantías de seguridad de la posguerra.

La declaración fue duramente criticada por el ministro de Defensa alemán, Boris Pistorius.  «Estos son temas que no se discuten antes de sentarse a la mesa de negociaciones con las numerosas partes que tienen voz y voto. Yo sería más cauteloso al comentar o confirmar tales consideraciones. Dejando de lado que la Unión Europea no tiene mandato ni competencias en cuanto al despliegue de tropas, sería muy cuidadoso al no confirmar ni comentar tales consideraciones», declaró Pistorius.

El presidente ucraniano también habló sobre las tropas extranjeras en territorio ucraniano y, como es bien sabido, el asunto se está debatiendo actualmente con otros países. «Sobre este tema, también hay información sobre el despliegue de 10.000 soldados. No entraré en cifras, pero es importante que lo discutamos entre todos. Habrá miles, y eso es un hecho, pero aún es pronto para hablar de ello «, añadió.

En esta etapa (por lo que se ha podido conocer) es difícil creer que estas fuerzas puedan ser desplegadas en Ucrania después de un acuerdo de paz, ya que Moscú está dispuesto a negociar pero ha puesto ciertas condiciones, incluida la ausencia de fuerzas y bases de los países miembros de la OTAN en suelo ucraniano.

También es difícil creer que los europeos puedan desplegar tropas y equipos en ausencia de un acuerdo de paz, ya que dichas fuerzas serían consideradas «objetivos legítimos» por el ejército ruso, como ha precisado Vladimir Putin en los últimos días.

Sin embargo, vale la pena señalar que el 6 de septiembre Zelensky, desde Copenhague, escribió en X que “al lado de Kiev hoy está toda la Europa libre, América, Canadá, Japón, Australia, Nueva Zelanda y otros socios de todo el mundo”.

Zelenski agradeció a la Coalición de la Voluntad, compuesta por 26 países «dispuestos a garantizar la seguridad de Ucrania mediante la acción», y añadió que «antes de garantizar la paz, es necesario obligar a Rusia a hacerlo. Es necesario hacer todo lo posible para que Moscú deje de rechazar todas las iniciativas de paz y se dé cuenta de las consecuencias de prolongar esta guerra. Para ello, son esenciales sanciones y aranceles enérgicos».

Las cifras de Macron y Zelenski coinciden: los 26 «voluntarios» son los mismos «que se han comprometido formalmente a desplegar una fuerza de reasentamiento en Ucrania y a estar presentes sobre el terreno, en el cielo y en el mar «, según indicó el presidente francés.

Las cifras están convergiendo, pero no está claro a qué naciones se refieren, ya que casi todas ellas en Europa parecen haber evitado la participación militar en Ucrania.

Italia y Alemania han reiterado repetidamente su renuencia a desplegar fuerzas militares. Los líderes polacos han declarado que no enviarán tropas a Kiev ni siquiera después de un acuerdo de paz. En los últimos días, Eslovenia ha expresado su disposición a enviar tropas a Ucrania solo bajo mandato de la ONU o tras un acuerdo unánime de la UE.

Estos eventos son improbables porque, en la ONU, el veto de Rusia (y quizás también de China) a dicha misión sería automático, y porque, dentro de la UE, habría oposición de Eslovaquia y Hungría (que no enviarán tropas a Ucrania) y, muy probablemente, también de otras naciones. Así pues, la «Coalición de los Dispuestos» no existiría.

“Bulgaria no enviará tropas a Ucrania como parte de la coalición, esta es una decisión de nuestro parlamento”, declaró el primer ministro Rossen Zheliazkov el 5 de septiembre, añadiendo que “la participación de Bulgaria se llevará a cabo a través de buques auxiliares de lucha contra minas, aeródromos y otras infraestructuras”.

Ese mismo día, el presidente rumano , Nicusor Dan, declaró que Rumanía no enviará tropas a Ucrania, pero está dispuesta a apoyar las operaciones de mantenimiento de la paz después de un posible acuerdo final o alto el fuego.

Dan enfatizó que muchos países geográficamente cercanos a Rusia comparten la posición de Rumanía. «Como ya lo hemos hecho, apoyaremos logísticamente todas las operaciones de mantenimiento de la paz con nuestras bases. Sin embargo, esto solo será posible una vez que logremos la paz o, al menos, un alto el fuego «, explicó Dan.

Grecia tampoco   tiene previsto enviar tropas a Ucrania como parte de sus garantías de seguridad, según el portavoz del gobierno griego, Pavlos Marinakis. « Por el momento, no existe tal opción. Y no hay nada planeado».

Suecia ,  por su parte, está dispuesta a contribuir a garantizar la seguridad de Ucrania, incluso mediante su apoyo militar. El primer ministro Ulf Kristersson lo declaró en una entrevista: «Podríamos participar en diversos tipos de vigilancia aérea. También contamos con capacidades navales que podrían resultar significativas», declaró Kristersson, enfatizando que el objetivo principal es garantizar que Ucrania sea capaz de garantizar su propia defensa.

Nadie habla de «soldados sobre el terreno «, ni siquiera los suecos. Al fin y al cabo, con un ejército de tan solo 6.800 soldados, ¿cuántos podrían enviar a defender las hipotéticas nuevas fronteras de Ucrania? Además, ¿cuántos buques de la Armada Real Sueca podrían transferirse del mar Báltico al mar Negro?

El primer ministro Andrej Plenkovic rechazó la idea de que Croacia pudiera enviar soldados a Ucrania o incluso que Zagreb lo solicitara, mientras que el presidente lituano  Gitanas Nauseda dijo que estaba dispuesto a contribuir a una misión de paz en Ucrania » con tantos soldados como el Parlamento permita para el mantenimiento de la paz, e incluso con equipo militar».

En este punto, queda por ver si los líderes de las naciones mencionadas han hecho declaraciones tranquilizadoras para la opinión pública nacional pero en realidad se están preparando para hacer lo contrario de lo que afirmaron, o si en cambio Macron y Zelensky han proporcionado cifras poco fiables.

En resumen, ¿están dispuestos a jugar al escondite o los presidentes ucraniano y francés exageran?

En futuras declaraciones, sería útil (también para los ciudadanos europeos) que los interesados ​​proporcionaran no solo la cifra total, sino también los nombres de las naciones «dispuestas» a enviar sus tropas a Ucrania. Considerando que luchamos por la democracia, un poco de transparencia no vendría mal.

Fuente: Analisi Difesa

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