miércoles, 21 de abril de 2021

Cuando los trabajadores, la inmensa mayoría de la población, que somos los que creamos la riqueza (de la que no disfrutamos porque alguien se la queda) con nuestro trabajo, aprendamos y comprendamos que es el trabajo y como se crea la plusvalía (la parte de valor creada por el trabajo que no se le paga al trabajador por su trabajo) y que es la que acrecienta los capitales, no empezarán a cambiar las cosas para bien y a favor de los trabajadores (porque las cosas cambian, las reformas se multiplican, la trompetería democrática suena, y no me siga hablando de estas cosas porque me entra la risa, que ahora no tengo ganas de llorar). Mientras tanto el reino de los pirulos y pirulas de la política trompetera está asegurado, y que seguirán empeorando las condiciones de vida de los trabajadores también. Y ahora ya nos podemos a liar a discutir si Juana o su prima hermana o de las hijas de Elena que no sé si son tres o docena y media, que ésa es mi duda.

 

El auge del capitalismo y la productividad del trabajo 



Michael Roberts

El Viejo Topo

21 abril, 2021 

En mi opinión, Marx y Engels hicieron dos grandes descubrimientos científicos: la concepción materialista de la historia y la ley del valor bajo el capitalismo; en particular, el papel de la plusvalía en la acumulación capitalista. La concepción materialista de la historia afirma que las condiciones materiales del modo de producción de una sociedad y las clases sociales que emergen en ese modo de producción determinan en última instancia las relaciones y la ideología de esa sociedad. Como escribió Marx en el prefacio de su libro de 1859 Contribución a la crítica de la economía política : “El modo de producción de la vida material condiciona el proceso general de la vida social, política e intelectual. No es la conciencia de los hombres lo que determina su existencia, sino su existencia social la que determina su conciencia».

Esa visión general ha sido reivindicada muchas veces en estudios sobre la historia económica y política de la organización humana. En particular a la hora de explicar el surgimiento del capitalismo hasta convertirse en el modo de producción dominante. Se acaba de publicar un nuevo estudio que ratifica la fortaleza de la concepción materialista de la historia. Tres académicos de las universidades de Berkeley y Columbia han publicado un artículo titulado “¿Cuándo comenzó el crecimiento? Nuevas estimaciones del crecimiento de la productividad en Inglaterra desde 1250 hasta 1870”.

Intentan medir cuándo despegó realmente el crecimiento de la productividad (producción por trabajador u horas de trabajador) en Inglaterra, uno de los primeros países donde el modo de producción capitalista fue dominante. Encuentran que apenas hubo crecimiento de la productividad antes de 1600. Pero la productividad comenzó a despegar mucho antes de la llamada ‘Revolución Gloriosa’ de 1688, cuando Inglaterra se convirtió en una ‘monarquía constitucional’ y el gobierno político de los comerciantes y terratenientes capitalistas se hizo realidad. Según estos académicos desde aproximadamente 1600 hasta 1810, hubo un modesto aumento de la productividad de la fuerza de trabajo en Inglaterra de aproximadamente un 4% cada década (es decir, 0,4% anual), pero después de 1810 con la industrialización de Gran Bretaña, hubo fue una rápida aceleración del crecimiento de la productividad hasta aproximadamente un 18% cada década (o el 1,8% anual). El paso del capitalismo agrícola del siglo XVII al capitalismo industrial transformó la productividad del trabajo.

Los autores comentan: “nuestra evidencia ayuda a distinguir las teorías de por qué comenzó el crecimiento. En particular, nuestros hallazgos apoyan la idea de que un amplio cambio económico precedió a las reformas institucionales burguesas de la Inglaterra del siglo XVII y puede haber contribuido a provocarlas».  En otras palabras, primero fue el cambio en el modo de producción y las clases sociales; los cambios políticos llegaron después.

Como continúan diciendo los autores, “un debate importante sobre el inicio del crecimiento es si el cambio económico impulsó el cambio político e institucional como argumentó Marx o si el cambio político e institucional impulsó el crecimiento económico”. Los autores no quieren aceptar sin más la concepción de Marx y buscan argumentar que «la realidad es probablemente más compleja que cualquier punto de vista unívoco».  Pero no pueden escapar a sus propios resultados: que el crecimiento de la productividad comenzó casi un siglo antes de la Revolución Gloriosa y mucho antes de la Guerra Civil Inglesa. Y «esto apoya la visión marxista de que el cambio económico contribuyó de manera importante al cambio institucional del siglo XVII en Inglaterra».

El otro aspecto interesante del artículo es que los autores intentan medir el impacto del crecimiento de la población en la productividad y los salarios. A principios del siglo XIX, Thomas Malthus argumentó que era imposible que el crecimiento de la productividad creciera lo suficiente como para permitir a los trabajadores aumentar sus ingresos reales, porque los ingresos más altos conducirían a un aumento de nacimientos y, finalmente, a la superpoblación, la escasez de alimentos y hambrunas, etc.., que reducirían la población y los ingresos nuevamente.

Los autores señalan que, antes de 1600, hay evidencia para apoyar el argumento de Malthus. El período de 1300 a 1450 fue un período de plagas frecuentes, la más famosa fue la Peste Negra de 1348. Durante este período, la población de Inglaterra se redujo en un factor de dos, lo que provocó una fuerte caída en la oferta de mano de obra. Durante este mismo período, los salarios reales aumentaron sustancialmente. Más tarde, de 1450 a 1600, la población (y la oferta de trabajo) se recuperó y los salarios reales cayeron. En 1630, la economía inglesa había vuelto casi exactamente al mismo punto en el que estaba en 1300.

La razón por la que el argumento de Malthus tiene validez antes de 1600 es que hubo poco o ningún crecimiento de la productividad; de modo que los medios de subsistencia estaban determinados únicamente por la oferta de trabajo y los salarios. La Inglaterra precapitalista era una economía estancada y estacionaria en términos de productividad del trabajo. Pero también lo fue el impacto de la teoría de la sobrepoblación maltusiana. Los autores encontraron que la dinámica de la población maltusiana era muy lenta: una duplicación de los ingresos reales condujo a un aumento de 6 puntos porcentuales por década (0,6% anual) en el crecimiento de la población. Eso implicaba que se necesitaron 150 años para que un aumento en los ingresos reales impulsara la población lo suficiente como para provocar una reversión en el crecimiento de los ingresos.

Pero una vez que el capitalismo aparece en escena, el afán de lucro de los terratenientes capitalistas y los comerciantes fomenta el uso de nuevas técnicas y tecnologías agrícolas y la expansión del comercio. Más tarde, el crecimiento de la productividad despega a un ritmo lo suficientemente rápido como para superar el lento impacto de la «superpoblación» maltusiana. De hecho, con el capitalismo industrial después de 1800, el crecimiento de la productividad es 28 veces mayor que el impacto negativo muy lento del aumento de la población en los ingresos reales.

Esto confirma la opinión de Engels cuando escribió: “Para nosotros el asunto es fácil de explicar. El poder productivo de que dispone la humanidad es inconmensurable. La productividad del suelo se puede incrementar ad infinitum mediante la aplicación de capital, trabajo y ciencia”.  Umrisse 1842

Antes del capitalismo, las sociedades feudales malvivian con sus economías devastadas por las plagas y el clima. Por ejemplo, la Peste Negra de 1348 devastó a la sociedad inglesa durante más de un año, acabando con alrededor del 25% de la población. Durante tres siglos después de la Peste Negra, la plaga reapareció intermitentemente por décadas y acababa cada vez con una parte significativa de la población. Por lo tanto, los salarios reales en Inglaterra se vieron afectados principalmente por estos cambios de población y el consiguiente tamaño de la fuerza de trabajo (aunque, como se argumentó antes, a un ritmo muy lento).

Pero bajo el capitalismo, la productividad aumentó bruscamente y el nivel de los salarios reales ya no estaba determinado por el clima o las pandemias, sino por la lucha de clases sobre la producción y distribución del valor y la plusvalía creados en la producción capitalista en la agricultura y la industria. Una de las características del ascenso del capitalismo a partir de 1600 que señalan los autores es el aumento de la jornada laboral y del año laboral, otra confirmación del análisis de Marx sobre la explotación bajo el capitalismo.

Los autores señalan que a medida que el capitalismo comenzó a pasar de la producción agrícola a la industria, en la segunda mitad del siglo XVIII, los salarios reales en Inglaterra se redujeron ligeramente a pesar del crecimiento sustancial de la productividad. Citan una explicación potencial, a saber, «la pausa de Engels», es decir, la idea de que la mayor parte de las ganancias de la industrialización temprana fue para los capitalistas en lugar de los trabajadores.

Los autores son reacios a aceptar que Engels tenía razón, prefiriendo una explicación de Malthus de finales del siglo XVIII (que acababan de rechazar). Además, piensan que los salarios reales comenzaron a crecer ya en 1810, antes del período de 1820-1840 que Engels cita como una «pausa». Pero de todos modos, podemos ver que la brecha entre la productividad y los salarios reales se amplió drásticamente desde el comienzo del capitalismo industrial hasta ahora. La plusvalía (el valor del trabajo no remunerado) se disparó a comienzos del siglo XIX.

Más importante aún, el estudio refuta la ‘interpretación Whig (liberal) de la historia’, es decir, que la historia de la ‘civilización’ humana es resultado de un progreso gradual con cambios que son resultado de ideas más sabias y de formas políticas construidas por personas inteligentes. En cambio, la evidencia del crecimiento de la productividad en Inglaterra muestra «cambios bruscos y considerables en el crecimiento promedio» que respaldan la noción de que «algo cambió», es decir, que la transición del estancamiento al crecimiento fue algo más que un proceso constante de crecimiento muy gradual”. Sobre la interpretación del gradualismo Whig, los autores concluyen que «los resultados no apoyan esta visión de la historia».

Además, el estudio muestra que, dado que el crecimiento sostenido de la productividad comenzó en Inglaterra sustancialmente antes de la Revolución Gloriosa de 1688, no fue el cambio en las instituciones políticas lo que condujo al crecimiento económico. Por el contrario, fue el cambio en las relaciones económicas lo que condujo al crecimiento de la productividad y luego al cambio político. «Si bien los cambios institucionales asociados con la Revolución Gloriosa pueden haber sido importantes para el crecimiento, nuestros resultados contradicen la opinión de que estos eventos precedieron al inicio del crecimiento en Inglaterra».

Como lo expresó sucintamente Engels: “La concepción materialista de la historia parte de la proposición de que la producción de los medios para sustentar la vida humana y, junto a la producción, el intercambio de cosas producidas, es la base de toda estructura social; que en toda sociedad que ha aparecido en la historia, la manera en que se distribuye la riqueza y la sociedad dividida en clases u órdenes depende de lo que se produce, cómo se produce y cómo se intercambian los productos. Desde este punto de vista, las causas finales de todos los cambios sociales y revoluciones políticas deben buscarse, no en el cerebro de los hombres, no en las mejores percepciones de los hombres sobre la verdad y la justicia eternas, sino en los cambios en los modos de producción e intercambio».

Los autores no pueden evitar llegar a una conclusión similar. Como dicen: “Marx hizo hincapié en la transición del feudalismo al capitalismo. Sostuvo que después de la desaparición de la servidumbre en el siglo XIV, los campesinos ingleses fueron expulsados ​​de sus tierras a través del movimiento de cercamiento. Ese expolio inauguró un nuevo modo de producción: uno en el que los trabajadores no poseían los medios de producción y solo podían subsistir con el trabajo asalariado. Este proletariado estaba maduro para ser explotado por una nueva clase de agricultores e industriales capitalistas. En ese proceso, las revoluciones políticas fueron un paso decisivo para asegurar el ascenso de la burguesía. Para triunfar, el capitalismo necesitaba romper los grilletes restantes del feudalismo…. Nuestros hallazgos apoyan la visión marxista en el sentido de que estimamos que el inicio del crecimiento precedió tanto a la Revolución Gloriosa como a la Guerra Civil Inglesa (1642-1651). Esta estimación del momento del inicio del crecimiento respalda la opinión de que el cambio económico impulsó la historia hacia adelante e impulsó el cambio político e ideológico».

El desarrollo del capitalismo en la agricultura y el comercio sentó las bases para la introducción de tecnología industrial que condujo a la llamada revolución industrial y al capitalismo industrial. La Revolución Industrial se produjo en Gran Bretaña alrededor de 1800 porque «la innovación era excepcionalmente rentable en ese momento».  A medida que aumentaron los salarios reales, hubo un incentivo para explotar las materias primas necesarias para las tecnologías que ahorran mano de obra en textiles como la hiladora jenny, el molino de agua y la mula, así como tecnologías de combustión de carbón como la máquina de vapor y el horno de fundición de coque. La productividad laboral se disparó al alza. Hubo un aumento asombroso de la inversión en medios de producción en relación con la mano de obra. Según los autores, de 1600 a 1860, el capital social en Inglaterra creció en un factor de cinco, o un 8% por década.

El capitalismo industrial había llegado y, junto con el aumento de la productividad, una mayor explotación del trabajo, así como la ideología de la «economía política» y las instituciones burguesas de gobierno.

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martes, 20 de abril de 2021

El dolor social, arma política del capitalismo digital

 

El dolor social, arma política del capitalismo digital


Marcos Roitman

El Viejo Topo

20 abril, 2021 

Vivimos en una sociedad enferma. Las manifestaciones son muchas. El uso de antidepresivos, ansiolíticos, y los derivados del opio muestran un comportamiento poco habitual. La crisis de la oxicodona en Estados Unidos ha convertido el dolor en un negocio para los laboratorios farmacéuticos. Asimismo, se ha transformado en una epidemia a la cual se unen conductas autolíticas. Autolesionarse resulta una vía de escape para millones de personas en el mundo. El temor al fracaso es una de sus causas más comunes. Los jóvenes y adolescentes se encuentran entre la población más vulnerable. Infringirse daño se transforma en un modo de sentirse libre, de romper ataduras.

No son los dolores del cuerpo los que provocan el deseo de autolesionarse. Por el contrario, son los dolores sociales, aquellos dependientes de las estructuras de explotación, dominio y desigualdad. La pérdida de confianza y la soledad actúan como catalizadores de un dolor cuya forma de combatirlo consiste en violentar el propio cuerpo. La depresión, la neurosis o el trastorno límite de la personalidad, caracterizado por la forma en la cual la persona se piensa y siente en relación consigo misma y los demás, son síntomas de una realidad propia del siglo XXI y el capitalismo digital.

Richard Wilkinson y Kate Pickett, en su ensayo Igualdad, cómo las sociedades más igualitarias mejoran el bienestar colectivo, alertan: En Gran Bretaña 22 por ciento de los adolescentes de 15 años se han hecho daño a sí mismos al menos una vez, y 43 por ciento de ese grupo afirmaron hacerse daño una vez al mes. En Australia, un estudio con adolescentes señala que 2 millones de jóvenes se autolesionan alguna vez a lo largo de su vida. En Estados Unidos y Canadá, los datos apuntan a que entre 13 y 24 por ciento de los escolares se lesionan voluntariamente y niños de sólo siete años se hacen cortes, se arañan, se queman, se arrancan el pelo, se provocan heridas y se rompen huesos deliberadamente.

Estas conductas hunden sus raíces en un cambio en la manera de percibir el dolor. “Cuesta imaginar que la angustia mental pueda convertir la vida en una experiencia tan dolorosa que el dolor físico resulte liberador y proporcione una sensación de control (…), pero son muchos los niños, jóvenes y adultos que afirman lesionarse al sentir vergüenza, autoexigirse o creer que no están a la altura”.

El dolor se construye y se articula. Así, entramos en otra dimensión en la cual las conductas hacia el dolor se pueden inducir y recrear. Según el coronel estadunidense Richard Szafranski “se trata de influir en la conciencia, las percepciones y la voluntad del individuo, entrar en el sistema neocortical (…) de paralizar el ciclo de la observación, de la orientación, de la decisión y de la acción. En suma, de anular la capacidad de comprender”.

Miedo y dolor, una combinación perfecta. El miedo se orienta hacia objetivos políticos. Sus reclamos pueden ser el desempleo, la inseguridad, el hambre, la exclusión o la pobreza. En este contexto, el dolor entra con fuerza en la articulación de la vida cotidiana, muta en un mecanismo de control. Y aquí el concepto se extravía.

William Davies, en su estudio Estados nerviosos, cómo las emociones se han adueñado de la sociedad, subraya: “Hasta la segunda mitad del siglo XX, la capacidad del cuerpo para experimentar el dolor por lo general se consideraba una señal de salud y no como algo que debía ser alterado empleando analgésicos y anestésicos (…). El paciente que simplemente pide ‘termine con el dolor’ o ‘hágame feliz’ no está exigiendo una explicación, sino el mero cese del padecimiento (…). La frontera que separa el interior del cuerpo comienza a ser menos clara (…). En esencia, despoja el sufrimiento de cualquier sentido o contexto más amplio. Coloca el dolor en una posición de fenómeno irrelevante y por completo personal”.

El dolor social, el padecimiento colectivo, la conciencia del sufrimiento, se desvanece en una experiencia imposible de ser comunicada. Pierde toda su fuerza. Ser feliz, eliminar el dolor o derivarlo hacia una vivencia personal, desactiva la crítica social y política, uniéndose a conductas antisistémicas.

Pero al mismo tiempo, el dolor se instrumentaliza. En este contexto, es un arma eficaz. Se busca crear dolor, potenciar sus efectos en las personas. Hacer que forme parte de una conducta flexible y sumisa, donde el dolor paraliza. En este sentido, la construcción de conductas asentadas en el manejo del dolor se ve favorecida por el desarrollo del Big Data y la interconexión de dispositivos capaces de penetrar en lo más profundo de la mente-cerebro. La realidad aumentada bajo la inteligencia artificial posibilita expandir el mundo del dolor en todas las direcciones. El llamado Internet de las cosas se convierte en una fuente inagotable de emociones y sentimientos, forjando estados de ánimo capaces de doblegar la voluntad bajo el control político del dolor social. Y lo más preocupante, está en manos de empresas privadas.

Artículo publicado originalmente en La Jornada.

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Covid-19. Los laboratorios mercantiles de las vacunas han encarecido el valor de las mismas por un importe de 152.000 millones dólares con la anuencia de sus serviles gobiernos para ganar 152.000 millones de dólares que son los mismo 152.000 millones de dólares que han salido de las costillas de los trabajadores, y además como Dios manda, sin que tengan ninguna responsabilidad en caso de que la mercancía “vacunal” vendida pueda ocasionar algún perjuicio a los mismo trabajadores, en cuyo caso, lo pagarían también lo trabajadores con el beneplácito de los gobiernos que, eso sí, están para defender los intereses de al sociedad, llamándose sociedad en este caso a las mercantiles “vacúnicas”.

 

Las farmacéuticas han ganado 152.000 millones de dólares durante la pandemia

A inicios de 2020 el valor de mercado de Johnson & Johnson, Pfizer, AstraZeneca, Moderna, Novavax, BionTech y CanSino, siete de las farmacéuticas más grandes del mundo, ascendía a 686.908 millones de dólares, mientras que al cierre del viernes pasado ya era de 838.961 millones de dólares.



Por Braulio Carbajal

Kaosenlared /  20 Abr, 2021

Las gigantes farmacéuticas son inmunes a la incertidumbre que ha provocado la eficacia de algunas de sus vacunas contra Covid-19, pues según datos de mercado, su valor bursátil continúa en aumento. Desde el inicio de la pandemia a la fecha, estas empresas acumulan una ganancia de 152 mil millones de dólares.

A inicios de 2020 el valor de mercado de Johnson & Johnson, Pfizer, AstraZeneca, Moderna, Novavax, BionTech y CanSino, siete de las farmacéuticas más grandes del mundo, ascendía a 686 mil 908 millones de dólares, mientras que al cierre del viernes pasado se ubicó en 838 mil 961 millones de dólares.

En las semanas recientes ha crecido la incertidumbre en torno a las vacunas contra Covid-19, pues algunas de las desarrolladas por dichas farmacéuticas han enfrentado problemas de aprobación en ciertos países, dado que los gobiernos han detectado anomalías e inclusive efectos secundarios en los pacientes que las reciben.

Lo anterior no ha detenido el impulso del valor bursátil de las empresas, pues apenas el 10 de enero pasado, según un seguimiento de este diario, la ganancia acumulada de las farmacéuticas era de 90 mil millones de dólares, mientras ahora es de 152 mil millones.

Es decir, en menos de tres meses, en medio de un ambiente de cuestionamientos, su valor se ha disparado 70 por ciento, equivalente a poco más de 60 mil millones de dólares.

Johnson & Johnson, la empresa más grande del sector, registra un valor bursátil de 426 mil 477 millones de dólares, 10 por ciento más respecto de los 384 mil 272 millones de dólares que registraba hasta antes del inicio de la pandemia.

El valor de esta farmacéutica abrió 2021 en un nivel de alrededor de 422 mil millones de dólares, mismo que siguió en aumento pese a que recientemente los reguladores federales de salud de Estados Unidos recomendaron una pausa en el uso de la vacuna por detectar casos de coágulos de sangre en mujeres de entre 18 y 48 años.

 

Pfizer, la segunda firma más grande tenía un valor de 217 mil millones de dólares antes del brote de la pandemia, que alcanzó un pico a finales del año pasado de 235 mil millones, el cual bajó 206 mil millones en enero de 2021, esto luego de que la farmacéutica decidió vender parte de sus acciones para materializar las ganancias.

En cuanto a la vacuna desarrollada por esta empresa, se ha revelado que causa algunos efectos secundarios e inclusive que se necesita una tercera dosis para que sea efectiva, lo cual no ha afectado su valor, pues incluso ha aumentado un poco hasta volver a alcanzar el nivel que tenía hace un año.

Un caso parecido es el de AstraZeneca, la tercera del mercado, que antes de la pandemia valía 66 mil millones de dólares, mismo nivel que mantiene hasta la fecha pese a que su vacuna ha sido una de las más controversiales al ser suspendida su aplicación por potencias de la Unión Europea y Estados Unidos tras darse muertes sospechosas en pacientes que recibieron la dosis.

Respecto a las demás, Moderna acumula una alza en su valor bursátil de 60 mil 700 millones de dólares, BionTech 27 mil 600 millones, Novavax 8 mil 600 millones y CanSino 6 mil 900 millones de dólares.

 

 

Fuente: La Jornada

 

lunes, 19 de abril de 2021

PACO IBÁÑEZ: ANDALUCES DE JAÉN

PACO IBÁÑEZ: ROSAL

Comprender el fascismo y la fascistización, y hacerles frente (SAID BOUAMAMA)

 

SAID BOUAMAMA. Comprender el fascismo y la fascistización, y hacerles frente


Insurgente.org / 19 abril 2021

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

El 24 de octubre de 2009 di una conferencia sobre el fascismo en el Centre International de Culture Populaire de París en el marco de un ciclo de formación marxista. Más de diez años después el medio antifascista on line ACTA me pidió que actualizara esta conferencia para su página web, que la publicó el 27 de marzo de 2021 con la siguiente introducción: “Nos parece de tan candente actualidad en un contexto en el que el fascismo define una parte cada vez más importante de la política francesa que hemos querido transcribir su contenido. Esta formación nos parece esencial para las nuevas generaciones antifascistas que se comprometen en una secuencia en la que el fascismo va a ser un sujeto y un objeto de lucha fundamental (sobre todo en la perspectiva de las próximas elecciones presidenciales). El fascismo puede adoptar distintas formas y la teoría marxista proporciona unas herramientas indispensables para desenmascararlo, comprender su objetivo y luchar contra él de forma eficaz. Esta versión, actualizada y corregida por el propio autor, no incluye las muy interesantes digresiones que jalonaron la conferencia y que pueden encontrar en este enlace”.

Desde la década de 1930 se han realizado muchos análisis del fascismo y se han ofrecido multitud de definiciones de este régimen político. Aquí no se trata de exponerlas exhaustivamente, sino de destacar algunos debates clave esenciales en el contexto de la actual fascistización que acompaña a la ofensiva capitalista ultraliberal que caracteriza nuestro planeta desde hace varias décadas. En efecto, no habrá una práctica antifascista eficaz sin una teoría antifascista que clarifique las causas, retos y objetivos. Sin teoría antifascista no hay ni puede haber prácticas antifascistas eficaces.

Los enfoques fragmentados del fascismo

Existen muchas definiciones “espontáneas” de fascismo. Son en apariencia “espontáneas” en el sentido de que las personas que hablan de ellas no las refieren a un corpus teórico preciso o a un análisis del fascismo identificado. Sin embargo, más allá de la apariencia estas definiciones son un reflejo de las luchas ideológicas entre clases sociales. En particular el discurso dominante sobre el fascismo transmitido por muchos canales que constituyen los “aparatos ideológicos del Estado” (discurso mediático, contenidos de las enseñanzas de las clases de historia, contenidos y formas de las conmemoraciones, etc.) contribuye a imponer “espontáneamente” ciertas definiciones y a eliminar otras. Así, por ejemplo, la ocultación de la relación entre capitalismo y fascismo resumida en la consigna de la burguesía de la década de 1930 “antes Hitler que el Frente Popular” contribuye a acostumbrarnos a separar el fascismo de su dimensión de clase. Por consiguiente, es fundamental volver a entroncar con un análisis sistémico del fascismo. Este último nunca es simplemente obra de un hombre y de su locura o de una organización fascista que accede sola al poder y pisotea la “democracia”, sino que es un resultado lógico de un sistema en un contexto preciso de relaciones de fuerza entre clases sociales. Es un modo de gestión de la relación de clases en un contexto de crisis económica y de crisis política que amenazan a las clases dominantes

Veamos las definiciones “espontáneas” del fascismo. La primera de estas definiciones consiste en reducirlo a su forma dictatorial o violenta y a oponerlo así a la “democracia”. Es una evidencia que el fascismo es dictatorial y violento, pero lo es mucho menos que sean estas dimensiones lo que le distinguen de otras formas de gobierno. ¿Hay que recordar que son los buenos “republicanos” quienes masacraron a gran escala y ferozmente a los “comuneros”? ¿Hay que recordar que la “República” es quien instauró durante décadas una violencia sistémica en las colonias? Así, reducir el fascismo a la violencia o a la dictadura es impedir comprender las relaciones que tiene con el sistema capitalista, es cercenar el fascismo como ideología y como modo de ejercicio del poder de su base material, es decir, de los intereses de clase.

Una segunda idea “espontánea” es definir el fascismo por medio de su dimensión racista. Se insiste entonces en la racialización que opera, en la división que mantiene en el seno de las clases populares, en su creación de “chivos expiatorios”. También es una evidencia que el fascismo es racista, pero lo es mucho menos que el racismo sea lo que le distingue de otras formas de gobierno. Testimonio de ello son las múltiples secuencias históricas de racismo de Estado antes y después de las victorias fascistas de la década de 1930. Desde el trato dado a los “gitanos” al dado a los indígenas coloniales, pasando por el antisemitismo, el racismo estuvo presente en los llamados periodos “democráticos” desde el nacimiento del capitalismo. De nuevo este enfoque del fascismo lleva a cercenarlo de su base material o de clase.

Una tercera idea “espontánea” del fascismo consiste en definirlo por medio de una o varias de sus formas históricas, generalmente sus formas nazi o mussoliniana. Este enfoque oculta que el fascismo como forma de poder está dotado de una dinámica histórica, es decir, que adapta sus formas a las necesidades del contexto. Es el caso tanto del fascismo como del racismo, cuya forma histórica puede variar para preservar el fondo. Así, el racismo adoptó históricamente una forma biológica, más tarde, tras la derrota del nazismo y las luchas anticoloniales, una forma “culturalista”, antes de adoptar hoy una forma “civilizacional” en sus versiones que son la islamofobia, la negrofobia, el racismo antigitano o antiasiático. Quienes adoptan este enfoque esperan los desfiles de camisas pardas. Olvidan que el fascismo contemporáneo puede muy bien amoldarse al traje y corbata o a los vaqueros.

Estas ideas “espontáneas”, lejos de ser neutras, llevan todas ellas a cercenar el fascismo de su base material. El enfoque fragmentado del fascismo impide percibir las relaciones entre estas diferentes dimensiones, es decir, oculta la dimensión sistémica del fascismo.

Un fondo de clase y unas formas nacionales e históricas

El fascismo, como todas las formas políticas, es un concepto que pone de relieve lo que tienen en común muchas realidades materiales. Así, el concepto de árbol describe lo que tienen en común un roble, un pino o un baobab. Aunque el roble es diferente del baobab, sin embargo ambos pertenecen a la categoría de árbol. El fascismo es, pues, un “fondo” que se puede traducir en una multitud de “formas”. Esta precisión es muy importante. Sin ella las formas contemporáneas del fascismo se vuelven imperceptibles. La mayoría de los fascistas contemporáneos procuran diferenciarse de las formas históricas anteriores deslegitimadas por la experiencia histórica de fascismo y los horrores que le acompañaron.

La variabilidad histórica del fascismo va acompañada de una variabilidad geográfica o nacional. Ni ayer ni hoy el fascismo puede ser indiferente a las herencias e historias. Había varios aspectos que distinguían el nazismo del mussolinismo o del pétainismo. Los argumentarios antisemitas, por ejemplo, no ocupaban el mismo lugar en estos diferentes regímenes fascistas. Lo mismo ocurre hoy en que el discurso fascista se adapta a los diferentes contextos nacionales. Así, el tema de una pseudo “defensa del laicismo” no tiene el mismo peso en los diferentes discursos fascistas nacionales. Conviene deshacerse de la idea de que existe una forma única y pura de fascismo. El fascismo nunca tiene una forma pura, siempre está situado histórica y nacionalmente.

Igualmente, no se puede diagnosticar el fascismo a partir del discurso que mantiene sobre sí mismo. Muy pocas personas fascistas se definen hoy en día pública y explícitamente como fascistas. Este es, además, uno de los rasgos que diferencian el periodo anterior a 1945 y el actual. Muchos militantes antifascistas subestiman la victoria popular que fue la derrota del nazismo o no calibran todas sus consecuencias. El movimiento obrero, el movimiento antifascista y el movimiento anticolonial impusieron de forma duradera una frontera de legitimidad que hace imposible o difícil reivindicarse partidario del fascismo hoy en día. De este modo el fascismo está obligado a presentarse de manera diferentes, a pasar su mercancía de contrabando, por así decirlo. La lucha esencial hoy no es cazar al fascista explícito, sino descubrir la ideología fascista en unos movimientos que no se declaran fascistas y que pueden adoptar muchas caras para neutralizar la frontera de legitimidad que plantean nuestras luchas: defensa de la República, defensa de la nación, defensa del laicismo e incluso del nacional-comunismo, nacionalismo socialista, etc.

Así pues, el fascismo contemporáneo se adapta al contexto actual y adopta una forma dominante diferente de los rostros que haya podido tener en el pasado. Por consiguiente, la lucha antifascista no se puede limitar a los grupos explícitamente fascistas.

Los enfoques idealistas del fascismo

El idealismo es una corriente filosófica que explica el mundo por medio de las ideas y sus evoluciones. Se opone a otra corriente, el materialismo, que explica la realidad por medio de los factores materiales y sus evoluciones. El primero explica la realidad social a partir de las ideas y el segundo explica las ideas y teorías a partir de sus bases materiales. En el enfoque idealista del fascismo este se explica por medio de la obra de un hombre (Hitler, Mussolini, Pétain, Jean-Marie Le Pen). Según esta idea, en el advenimiento del fascismo no hay ningún interés material en juego sino, simplemente, la acción nefasta de un hombre y sus ideas. Se comprende, por tanto, el interés que tiene la clase dominante en difundir los enfoques idealistas del fascismo.

Rechazar estos enfoques idealistas no significa que las ideas no tengan ningún papel y que sea inútil librar la batalla de las ideas. Simplemente, las ideas por sí solas no pueden explicar el advenimiento del fascismo. Estas explicaciones silencian preguntas tan importantes como “¿por qué estas ideas arraigan en algunas circunstancias históricas y no en otras?” o “¿a quién interesa que surjan teorizaciones fascistas en algunos contextos históricos precisos?”. En efecto, plantear estas preguntas lleva a preguntarse por el papel de la clase dominante en la emergencia de fuerzas fascistas y en el advenimiento de un régimen fascista.

Todas las explicaciones en términos de “manipuladores”, “gurús”, “carisma de un líder”, “estrategia de una organización política”, etc, llevan a una lucha inconsecuente contra el fascismo al centrarla en la eliminación o neutralización de los “perturbadores” (por medio de la prohibición de una organización, la condena de un líder, la priorización de un “Frente Republicano” para establecer una barrera, etc.) y dejar de lado el sistema económico y social que les hace nacer, que les anima en determinados momentos y que les llama al poder cuando está en grave peligro. Por lo tanto, para eliminar definitivamente el fascismo no bastará con erradicar a los fascistas o neutralizarlos (aunque haya que hacerlo, por supuesto). Un antifascista consecuente es únicamente quien no se contenta con luchar contra los fascistas explícitos, sino que amplía la lucha hasta el sistema social que lo engendra. Un antifascismo consecuente no puede no ser un anticapitalismo.

Por lo tanto, esta explicación idealista que niega la relación entre capitalismo y fascismo presenta el fascismo como un accidente de la historia vinculado a las circunstancias particulares de la Primera Guerra Mundial y al trauma que supuso. Según esta idea, unos “manipuladores” encontraron en este contexto de confusión social y de crisis moral el camino de acceso al poder apoyándose en la necesidad de un marco y de estabilidad que tenían las masas populares, a las que la pauperzación había afectado duramente. Así, según esta idea, tanto el fascismo como el bolchevismo son unos accidentes de la historia liberal. Ya en la década de 1920 se encuentra esta tesis en los escritos del dirigente radical italiano Francesco Nitti y también, después de la Segunda Guerra Mundial, en los análisis del líder del partido liberal italiano Benedetto Croce para quien tanto el fascismo como el comunismo son simples paréntesis históricos vinculados a unas circunstancias particulares. Por supuesto, estos análisis no se preguntan en ningún momento por las relaciones entre las clases sociales y el fascismo. El interés que tiene este enfoque para la clase dominante es que presenta el fascismo como un fenómeno del pasado que no se puede reproducir hoy en día.

Una segunda explicación idealista del fascismo consiste en analizarlo como una excepcionalidad nacional de algunos países. Según esta idea, el fascismo es el resultado lógico de la historia alemana y de la italiana, es obra de aquellos países que conocieron una unificación tardía y una industrialización rápida que se produjeron bajo la dirección de una clase feudal transformada en clase capitalista. Así, según esta idea, su herencia histórica diferente preservó a los demás países capitalistas del fascismo. Los investigadores ingleses Brian Jenkins y Chris Millington han documentado abundantemente el predominio de esta tesis “excepcionalista” en los análisis franceses del fascismo (el fascismo como característica específica y excepcional de determinadas historias nacionales) en su obra publicada en 2020 Le fascisme français : Le 6 février 1934 et le déclin de la République.

Un tercer análisis idealista del fascismo consiste precisamente en presentarlo como un anticapitalismo. Los propios grupos fascistas no dudan en presentarse como revolucionarios o anticapitalistas (o antiglobalización, anti-Europa del capital, etc.). El término “totalitarismo” se ha fomentado ideológicamente para meter en el mismo saco las teorías anticapitalistas y el fascismo. Así, en clase de historia el alumnado aprende que nazismo y comunismo pertenece a la misma categoría de régimen. Los grandes medios de comunicación también retoman regularmente esta amalgama y al hacerlo se deslegitiman todos los intentos de emancipación social y política. Se presentarán todos ellos como fascismos por ser precisamente, anticapitalistas.

El pseudo “anticapitalismo” de los fascistas nunca es una crítica del capitalismo como sistema. Generalmente es una crítica del capitalismo de los demás países, es decir, de los competidores del capitalismo francés. Por eso es frecuente oír a fascistas criticar el capitalismo estadounidense o alemán, pero nunca se les oye criticar seriamente (puede ocurrir de manera coyuntural, táctica, momentánea) el capitalismo de su nación. En efecto, la crítica del capitalismo como sistema lleva a un análisis de clase, mientras que la crítica del capitalismo de los competidores lleva a la defensa de los intereses de mi burguesía contra los intereses de las demás burguesías. De este modo, el fascismo trata de recuperar por medio del nacionalismo burgués la ira y la revuelta anticapitalistas tratando de canalizarlas hacia unos objetivos compatibles con los intereses de la clase dominante nacional. En cada nación los fascistas se inscriben así en los intereses de su clase dominante enfrentada a los conflictos de interés con los demás capitalismos, es decir, a las contradicciones interimperialistas. Por esa razón, los mismos que se dicen anticapitalistas también se pueden proclamar contra la independencia de las colonias, porque está en contradicción con los intereses de la clase dominante.

El capitalismo es en primer lugar un sistema social y económico basado en la explotación, es decir, en la extorsión de la plusvalía. Ser anticapitalista es actuar para acabar con este sistema y sustituirlo por otro exento de explotación, es decir, sin propiedad privada de los medios de producción. Por eso los fascistas no pueden ser anticapitalistas. Por eso la lucha ideológica antifascista no puede ahorrarse la crítica del programa económico de los fascistas. Estos últimos defienden la propiedad privada, se oponen al aumento de los salarios y de las prestaciones sociales, se niegan a gravar el capital, condenan cualquier reducción de la jornada laboral, abogan por prolongar la duración de las cotizaciones para la jubilación o del subsidio de desempleo, etc.

Una cuarta explicación idealista del fascismo consiste en definirlo en primer lugar por su racismo y su discurso contra la inmigración. De nuevo, se oculta así la relación entre capitalismo y fascismo. Es una evidencia que el fascismo es racista, pero ¿todavía hay que plantearse la cuestión de la función social e ideológica de este racismo (que, por lo demás, está lejos de limitarse a la galaxia fascista)? Lo que pretenden los fascistas al presentar la inmigración como causa de las dificultades sociales es impedir que se tome conciencia de las verdaderas causas que van unidas al capitalismo como sistema que solo puede generar (debido a sus leyes de funcionamiento) las crisis, pauperizaciones y precarizaciones que le acompañan.

Como vemos, no todo es falso en las explicaciones idealistas del fascismo. Es cierto que el fascismo histórico (tal y como lo conocimos en la década de 1930) se caracteriza por la existencia de líderes carismáticos, que se desarrolla en las traumáticas circunstancias provocadas por la Primera Guerra Mundial, que ciertas historias nacionales han sido terreno fértil para el fascismo, que el racismo es un rasgo común a todos los fascismos, etc. Sin embargo, estas verdades descriptivas son cercenadas sistemáticamente de la cuestión de la base material, es decir, de los intereses de clase que defiende el fascismo

El pseudo “anticapitalismo” de los fascistas

El primer aspecto del discurso fascista es su pseudo “anticapitalismo”. Es cierto que en determinados periodos históricos unos fascistas pueden convertirse en portavoces de revueltas sociales, pero siempre es para desviarlas, o pervertirlas, de los verdaderos objetivos de las clases populares. Así, un Alain Soral no duda en proclamarse de la “izquierda del trabajo” al tiempo que simultáneamente se proclama a “la derecha de los valores”. Por eso debemos aprender a dirigirnos a las personas a las que los fascistas atraen con sus discursos sobre la “derecha de los valores”. Estas personas están en una revuelta que pervierten los fascistas. Estamos ante una “revuelta pervertida”. Aunque hay que luchar contra la perversión, la revuelta, por su parte, es sana.

El segundo aspecto del discurso de los fascistas se refiere a la naturaleza de las críticas que se hacen al capitalismo (a la globalización, a Europa, etc.). Lo que se le reprocha al gobierno en el poder es su “debilidad” en comparación con los países capitalistas competidores, se considera insuficiente la defensa de la “nación”, se le reprocha la supuesta ausencia de firmeza respecto a los sindicatos y las reivindicaciones sociales. En ningún momento se pone en tela de juicio el sistema capitalista como tal. Es posible que se critique tal o cual aspecto del capitalismo, pero nunca el capitalismo como sistema. Los aspectos del capitalismo criticados por los fascistas siempre son los que corresponden a las cóleras sociales más importantes del momento y se sigue la lógica de criticar una parte para preservar el todo, criticar un aspecto para proteger el sistema.

La tercera dimensión del discurso fascista es la famosa defensa de los valores que hemos mencionado antes a propósito de Alain Soral. El enfoque común a todas las versiones del fascismo es el enfoque organicista, es decir, que conciben la sociedad como un organismo en el que cada elemento tiene un lugar “natural” intangible. Según este enfoque, la sociedad es un organismo a imagen del cuerpo humano y las clases sociales se corresponden a los diferentes órganos de este cuerpo. En esta lógica las clases sociales no se deberían oponer, sino colaborar. Para esta teoría las relaciones sociales ideales son las que respetan los equilibrios pseudonaturales que serían la sumisión de la mujer al hombre, del asalariado a su patrón, de los gobernados a los gobernantes. Se elimina del análisis el origen de estos “equilibrios naturales” y su función social. Lo que se oculta al hacerlo es que, lejos de ser naturales, estos “equilibrios naturales” producen una jerarquía social al servicio del capitalismo. Algunos discursos fascistas contemporáneos pueden parecer contradictorios con nuestras palabras. Hoy en día [el partido francés de extrema derecha, que hasta 2018 se llamaba Frente Nacional,] Rassemblement national [Agrupación nacional] no duda en declarase a favor de los derechos de las mujeres o del laicismo, aunque toda la historia de esta corriente de pensamiento atestigua lo contrario. Esta “conversión” se produce precisamente en el momento en que tanto el laicismo como los derechos de las mujeres son instrumentalizados por la clase dominante contra la inmigración, las personas musulmanas o supuestamente musulmanas, las personas que habitan en los barrios populares, etc. El laicismo y los derechos de las mujeres se vuelven defendibles a condición de estar integrados en una lógica islamófoba y/o de “choque de civilizaciones”.

El cuarto rasgo distintivo del discurso de los fascistas es la negación de la lucha de clases y la oposición a ella. Se considera que la lucha de clases debilita a la “nación” frente a los competidores. La famosa unidad nacional que defienden supone la negación de la existencia de clases sociales con intereses divergentes, es decir, de clases que entran inevitablemente en lucha unas contra otras. Al negar este motor de la historia que es la lucha de clases, los fascistas solo pueden conformarse con una presentación del “orden” como motor de la historia. Por eso los fascistas consideran que son los grandes hombres y las élites quienes hacen la historia. Lo que defendían ayer con teorías sobre las razas inferiores y hoy defienden con discursos sobre el “choque de civilizaciones” es la idea de una jerarquía natural de los pueblos en el ámbito internacional y la de una jerarquía también “natural” de las élites en el nacional.

Una quinta característica del discurso fascista es la explicación que ofrece de las crisis sociales. Aunque son el resultado del propio funcionamiento del capitalismo, los fascistas las explican por medio de la “mala gestión”, la “anarquía”, “la ausencia de firmeza” de los sucesivos gobiernos, por medio de “la sumisión al mundialismo”, etc. Este análisis lleva a un llamamiento al “orden”, a la “firmeza”, a la “prioridad nacional”, etc. Dicho de otro modo, las respuestas que se proponen a las crisis del capitalismo consisten en exigir fortalecer unas ideologías y unas prácticas vinculadas históricamente al capitalismo. El sistema que genera las crisis se presenta como la solución a estas crisis.

Por último, entre las especificidades esenciales del discurso fascista encontramos la crítica del parlamentarismo en una lógica de “todos corruptos”. Para ello se basan en escándalos reales del parlamentarismo tal como lo conocemos (falta de representatividad de los cargos electos, falta de legitimidad ligada al alto índice de abstención de las clases populares, peso predominante del ejecutivo, etc.). Por eso el discurso antifascista no puede consistir en una defensa de un parlamentarismo que no es el nuestro sino el de la clase dominante. Igualmente conviene hacer visibles las diferencias absolutas entre la crítica del parlamentarismo que hacen los progresistas y la que hacen los fascistas. Si ellos critican el parlamentarismo sobre la base de una exigencia de menos democracia, nuestra crítica se hace sobre la base de una exigencia de más democracia directa. Ellos piensan que hay demasiada democracia, nosotros pensamos que no hay suficiente.

El anticapitalismo de los fascistas siempre es de fachada, parcial, coyuntural. Su crítica del parlamentarismo dominante va encaminada a una restricción de los derechos y libertades democráticas, aun cuando el escándalo de este parlamentarismo se sitúe en una democracia formal y de fachada.

Conocer la herencia teórica antifascista

No somos los primeros que hemos intentado comprender la naturaleza política del fascismo. Antes que nosotros ha habido generaciones de militantes que lucharon y trataron de analizar el fascismo. Disponemos de una herencia que nos permite evitar errores que fueron dramáticos en el pasado. Por supuesto, esta herencia se debe adaptar a las realidades contemporáneas y a los nuevos rostro del fascismo. Sin ser exhaustivo, no es inútil recordar algunas de estas herencias.

Empecemos por la definición del propio fascismo. Uno de los primeros logros de los debates contradictorios que caracterizaron el antifascismo es su caracterización de clase del fascismo. Uno de los logros importantes que hemos heredado es la necesidad de distinguir entre la naturaleza de clases del fascismo por una parte y las clases que moviliza para acceder al poder por otra. Si el fascismo se dirige a las clases populares y las clases medias desclasadas, en proceso de desclasarse o con miedo a caer en ello, los intereses de clase defendidos por los fascistas son los de la clase dominante e incluso los de una fracción particular de esta clase, la vinculada al capital financiero.

Esta fracción de la burguesía que Lenin definía como “la fusión del capital bancario y del capital industrial” adopta la forma de grandes grupos industriales y financieros o de fondos especulativos que no se contentan con el beneficio medio de cada mercado nacional, sino que buscan el máximo beneficio en el mercado mundial. El capital financiero no duda en desplazar su capital de un sector a otro, de un país a otro, en busca de una fuerza de trabajo lo más barata posible para maximizar su beneficio. Lógicamente, la competencia en el seno de este capital financiero mundial es feroz, por lo que cada capital financiero nacional se apoya en su Estado nacional para defender sus intereses frente a otros capitales nacionales y sus Estados. Por eso el capital financiero nacional se caracteriza también por su carácter chovinista. Aunque las multinacionales reagrupan capitales que pertenecen a accionistas de varios países, eso no quiere decir que ya no tengan ningún arraigo nacional. Esta agrupación de capitales de varios países se hace siempre bajo la dirección o la dominación de un grupo industrial y/o financiero de un país. Cada multinacional desde el punto de vista de su capital es de hecho nacional desde el punto de vista del grupo dirigente, que se puede basar en la política exterior de su Estado para promover sus intereses, es decir, maximizar sus beneficios. Esta fracción del capital, la más reaccionaria, la más imperialista y la más chovinista, es la que en determinadas circunstancias necesita al fascismo para mantener sus beneficios.

En 1935 Georges Dimitrov formuló una definición de fascismo que, en mi opinión, sigue siendo plenamente actual. Este comunista búlgaro al que los nazis acusaron del incendio del Reichstag y que transformó su declaración ante los jueces en un juicio al fascismo, define el fascismo de la siguiente manera: “Una dictadura terrorista abierta a los elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capitalismo financiero”. Por consiguiente, el fascismo se inscribe dentro de la continuidad con el poder clásico de la burguesía (en ambos casos se trata de un capitalismo y de una burguesía dominante) al tiempo que está en ruptura con él (en lo que concierne a los medios terroristas que moviliza esta clase dominante). Otros análisis antifascistas se han preguntado por la circunstancias históricas del desarrollo del fascismo. Así, en 1929 el comunista alemán August Thalheimer definió el fascismo como un régimen de excepción que adopta una forma bonapartista, es decir, que la clase dominante confía el poder a un “Bonaparte” para salvaguardar su poder económico.

Estos análisis que vinculan fascismo y análisis de clase ponen de relieve que el fascismo se desarrolla cuando la clase dominante se siente amenazada por el desarrollo de las luchas sociales, que se convierte en una hipótesis creíble para esta clase cuando se enfrenta a una crisis de legitimidad y a una crisis de gobernabilidad. Por lo tanto, la clase dominante es la que llama al fascismo cuando le parece que su poder está amenazado. Por ese motivo a menudo coinciden simultáneamente los factores que llevan a una revolución y los que llevan al fascismo. Así, en 1934 el comunista inglés Palme Dutt desarrolló la tesis del fascismo como resultado de tres circunstancias: una burguesía debilitada por el desarrollo de las luchas sociales y una crisis de legitimidad; una burguesía que, aun así, sigue siendo fuerte; unas clases medias desestabilizadas y que sufren un proceso de desclasamiento. En estas circunstancias lo que está en juego es la recuperación de la revuelta en ascenso de las clases populares empobrecidas y aun más de la revuelta cada vez mayor de las clases medias en vías de desclasamiento. ¿Orientarán estas su ira contra el capitalismo o contra otro grupo social (las personas extranjeras, las judías, las musulmanas, etc.)? Esa es la pregunta que en esas circunstancias se hace la clase dominante.

Subrayar que el fascismo está vinculado a los intereses de la clase dominante en general y a los del capital financiero en particular no significa que estemos ante una conspiración. Los fascistas no son solo las herramientas de la clase dominante. Generalmente esta clase considera que podrá canalizar, controlar o limitar el fascismo. Así, el comunista italiano Antonio Gramsci insiste en el hecho de que los fascistas disponen de una autonomía relativa respecto a la clase dominante. Se sirven de las luchas de poder entre las diferentes fracciones del capital para hacer avanzar en su propia agenda al plantearse progresivamente como el último y único recurso ante la amenaza de una revolución social. Por consiguiente, hay una oferta de fascismo por parte de las organizaciones fascistas y una demanda de fascismo primero por parte de algunas fracciones de la clase dominante y después por parte de fracciones más importantes. Cuando ambas se encuentra la situación está madura para que se instale una dictadura terrorista abierta.

Cuando la oferta no se corresponde a la demanda porque la burguesía no se siente suficientemente amenazada, el fascismo no encuentra las condiciones de acceso al poder. No obstante, en circunstancias de fuerte desarrollo y radicalización de las luchas sociales la clase dominante no dudará en adoptar los análisis, las propuestas y una parte de los métodos del fascismo. En tal caso estamos ante un proceso de fascistización del aparato de Estado.

El proceso de fascistización

Los análisis que hemos expuesto más arriba, que constituyen nuestra herencia antifascista, no son exhaustivos, hay muchos otros que no podemos exponer aquí por falta de tiempo. Sin embargo, son suficientes para acabar con algunas ideas equivocadas que todavía son demasiado frecuentes entre las filas antifascistas. El primer error consiste en analizar el fascismo como la llegada brusca e instantánea de un régimen dictatorial. Lo que se subestima en esta tesis es la secuencia que precede al fascismo, es decir, el proceso de fascistización. Mucho antes de que la clase dominante necesite un poder fascista se sirve de su Estado para reaccionar ante el aumento de las luchas sociales. La represión cada vez más violenta de estas luchas, la restricción de los derechos y libertades democráticas, la disolución de organizaciones contestatarias, la modificación de la legislación hacia una lógica autoritaria y de seguridad cada vez mayor, el convertir a grupos sociales en chivos expiatorios, etc., preceden a la llegada al poder de los fascistas. Solo cuando estas medidas resultan ineficaces y el poder es amenazado inmediatamente, la fascistización pasa un umbral cualitativo al transformarse en fascismo.

Relacionado con este primer error hay un segundo que consiste en considerar que el fascismo llega al poder por medio de la violencia. Sin duda pude ocurrir, pero es más frecuente que los fascistas lleguen al poder con toda legalidad y que después lo transformen en una dictadura terrorista abierta. El proceso de fascistización reúne las condiciones del fascismo para hacerlo posible en caso de que lo necesite la clase dominante. En este sentido se puede decir que la fascistización es la antesala del fascismo, pero eso no significa que la fascistización lleve sistemáticamente al fascismo. En ese sentido no hay ningún determinismo histórico absoluto, todo depende de la relación de fuerzas. Así, fue el rey Victor Emmanuel III quien confió a Mussolini las riendas del poder tras la Marcha sobre Roma de los fascistas y también fue el presidente Hindenburg quien nombró a Hitler canciller.

El tercer error es el que ya hemos subrayado, esto es, la confusión entre el fascismo y una de sus formas históricas. El fascismo contemporáneo puede adoptar nuevas formas históricas. No desfilará necesariamente con camisas pardas. Puede muy bien surgir del propio seno del aparto de Estado actual y de la actual democracia parlamentaria. Se puede deber a una mutación cualitativa de miembros de la clase política “demócratas” y “republicanos”. Tener en cuenta la diversidad de posibles orígenes del fascismo es volver a la noción de “autonomía relativa” de los fascistas de la que hablaba Gramsci. Hoy no existe un único bloque fascista, sino una galaxia fascista caracterizada por la diversidad de sus análisis.

No tenemos tiempo para describir toda esta diversidad. Contentémonos con recordar dos de sus corrientes principales. La primera se basa en una lógica centrada en la afirmación de la existencia de un peligro que sufre la “civilización occidental” debido al ascenso del “islamismo” para algunos, del ascenso del Islam para otros o de la inmigración que, según otros más, se ha vuelto masiva. El ideólogo de la burguesía Samuel Huntington teorizó este enfoque en sus libros El choque de civilizaciones y ¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense. Uno de los principales rostros del fascismo (desde el discurso sobre el peligro musulmán hasta la tesis de la “gran sustitución”, pasando por la de una identidad nacional amenazada por la inmigración) tiene su origen en este postulado de una guerra de civilizaciones. El aura de esta tesis va mucho más allá de la extrema derecha y la convierte en una de las bases centrales de justificación de la fascistización del aparato de Estado. Por ese motivo otro error posible es limitarse al enfrentamiento con los grupos explícitamente fascistas o de extrema derecha sin luchar contra la fascistización del aparato de Estado. La segunda corriente es más clásica y está constituida por el “nacionalismo revolucionario” que destaca unas tesis cercanas al fascismo que conocimos en la década de 1930 (crítica del parlamentarismo, llamamiento al orden moral, racismo explícito, etc).

No obstante, estas dos corrientes tienen un punto en común esencial: presentar la lucha de clases como algo que divide la nación, que destruye la unidad nacional, como complicidad objetiva frente al peligro civilizacional que nos amenazaría.

Acerca de nuestra secuencia histórica

Actualmente nos encontramos en una secuencia histórica caracterizada por la llegada al poder desde hace más de cuatro décadas del neoliberalismo en forma de una globalización capitalista. Este neoliberalismo no es sino la política económica que corresponde a los intereses de los monopolios y de los grandes grupos de capital financiero. Esta fase neoliberal, que se basa en una carrera mundial por maximizar el beneficio, se concreta en la destrucción de las conquistas sociales, en una deslocalización generalizada en busca de un coste cada vez más bajo de la mano de obra, en una flexibilización generalizada del trabajo, en un retroceso del Estado a únicamente sus funciones de regalía (el mantenimiento del orden, la justicia y la defensa bélica de los intereses del capitalismo francés y europeo en el ámbito internacional). La consecuencia de ello es una pauperización generalizada de las clases populares y un desclasamiento social de las clases medias.

Otra consecuencia de la globalización capitalista es la exacerbación de la competencia entre los diferentes países capitalistas que se concreta en el desarrollo de guerras por el control de las fuentes de materias primas y en una militarización cada vez mayor. El desarrollo de los discursos chovinistas sobre la identidad nacional amenazada no es sino la expresión de esta base material que constituye la lucha entre las potencias imperialistas por repartirse el mundo.

Nos encontramos también en un contexto de desarrollo y de radicalización de las luchas sociales que se concretiza en el movimiento contra las reformas de las pensiones, el de los ferroviarios contra la privatización, el de los Chalecos Amarillos, el movimiento contra la violencia policial, etc. Tras una fase de dos décadas de retroceso frente a la lógica implacable de la globalización capitalista, de nuevo es el momento de cada vez mayores luchas sociales. Al poner de relieve la pandemia de coronavirus las consecuencias de las elecciones económicas neoliberales de las últimas décadas, aumenta aún más la ira social y sume a la clase dominante en una importante crisis de legitimidad. La toma de conciencia de una causa sistémica de la pauperización y de la precarización generalizada conoce un progreso inédito desde el giro neoliberal de las décadas de 1970 y 1980. La posibilidad de unos movimientos sociales de gran magnitud está presente y los análisis y decisiones del gobierno la anticipan. Por supuesto, estos movimientos sociales no constituyen un peligro inmediato para la clase dominante. Sin embargo, esta última tiene una experiencia histórica que le permite comprender los peligros potenciales de la situación social actual. Nunca hay que subestimar a nuestro enemigo.

Este contexto de una burguesía debilitada pero todavía fuerte y de un movimiento social que progresa de forma importante, pero que todavía no es lo suficientemente poderoso permite explicar la actual fascistización del aparato de Estado. El hecho de que Macron y sus ministros hayan recuperado partes enteras de análisis que hasta ahora eran específicos de la extrema derecha refleja esta fascistización, lo mismo que las medidas liberticidas contenidas en la entrada del estado de urgencia en el derecho común, en la ley sobre la “seguridad global” o en la ley contra el pseudoseparatismo. Aunque la clase dominante todavía no necesita el fascismo, prepara las condiciones para este en caso de que la evolución de la situación social lo hiciera necesario. En esta preparación de la hipótesis fascista como último recurso la clase dominante baraja dos posibilidades: la tolerancia respecto a grupos más o menos explícitamente fascistas por una parte y la aceleración de la fascistización del aparato de Estado por otra.

En este contexto es ilusorio luchar contra el fascismo subestimando la gravedad de la fascistización del aparato de Estado. También es ilusorio subestimar la lucha contra los grupos explícitamente fascistas. Una vez que estos grupos estén en el poder solo se podrá luchar contra ellos por medio de la lucha armada, como en la época del nazismo. Desde hoy nos enfrentamos a la doble lucha contra la fascistización y contra los grupos fascistas.

Fuente: https://bouamamas.wordpress.com/2021/04/11/comprendre-et-combattre-le-fascisme-et-la-fascisation/

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.

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domingo, 18 de abril de 2021

Gabriel Celeya. La soledad abierta

 

Hoy se cumplen 30 años de la muerte de Gabriel Celaya. Perteneciente a la generación literaria de posguerra, fue un destacado poeta del antifranquismo. Comunista, autor de 100 títulos, vivió sus últimos años en la pobreza y en la enfermedad.

La soledad abierta

 

©Ilustración de Obdulio Fuertes

Gabriel Celaya

El Viejo Topo

18 abril, 2021

Siento el olor salobre de la madrugada,
la fruta verde y agria entre los gritos del cuchillo,
o entre los dientes voraces y blanquísimos
de esta luz nueva que estrena su avidez.

Los árboles tienen brazos de amor para la tierra
y brazos extáticos tendidos a lo alto ;
pero el hombre no tiene ni ramas ni raíces
y es un grito que resuena en lo cóncavo vacío.

La arena cruje leve, casi tierna, bajo la planta desnuda,
la hierba es en mi piel como un labio sediento,
las piedrecillas blancas, las rocas y la arcilla
como la grava gris parece que me aman.

Su frío o su aspereza, su humedad, su dulzura
suben como un escalofrío de yedra por mis piernas.
La tierra se extiende abierta a mis brazos,
mas yo sólo la toco con un ansia de salto.

El hombre no, no hunde raíces en lo oscuro,
no siente las larvas, los topos y la muerte,
los mil siglos de hielo, de aliento duro y seco
de los que, dormidos, le esperan en el fondo;

no siente en su silencio los brazos que se alargan,
las uñas que arañan las blanquísimas raíces,
la terquedad obstinada con que un ojo perfora,
como espada de luz, una vida de sombra.

Hay algo denso y callado algo que pesa y vive:
el sueño de la tierna dormida en nuestra carne ;
pero el hombre lo ignora y vive sin raíces
porque nunca ha tocado con pie desnudo el suelo.

Ni ramas, ni raíces, ni la brisa que enreda
un amor tumultuoso en las hojas del sauce,
ni sentir tan siquiera las manos de los muertos
que buscan nuestras manos debajo de la tierra.

Ni ramas en los blancos jardines del alba,
ni ramas sobre el sueño de la virgen dormida,
ni aun de un agua más quieta, ni aun del mismo mar
que a esta hora es el rubio corazón de lo eterno.

En el fondo del cuerpo pesan cien gritos muertos,
pesan como un sueño de sombra amordazada ;
pero no lo retienen, la tierra se le escapa,
y el hombre es una loca cabellera perdida.

Por los ventanales, un día inmaculado,
o por tus mismos ojos, acaso, cuando tiemblas,
por las grietas del alba y la luna aterida
escapa transparente, flotando sin sentido.

¡ Decidme amor perdido, decidme adónde voy !
Un ansia tumultuosa me arrastra por los limbos,
por los límites blancos, más allá de la muerte,
por las fronteras claras de un mar que ya no es mar.

¡ Qué serena tristeza de amor contenido !
¡ Qué silencio en el alma como un veneno dulce !
Sé que bajo mis párpados duermen vidas quietas
que esperan que los abra para volver a ser.

Hay árboles, jardines, casas, pájaros, gritos.
¡ Oh claridad lejana de las tardes de infancia !
hay quizá tamarindos, o nubes, o luz blanca
de una mañana eterna vivida no sé cuándo.

Todo espera tranquilo y soy yo mismo muerto,
yo mismo que he olvidado lo que fui, que reposo
sobre esta dulce ausencia de no sentirme nada,
que es un sentirme todo, que es no sentirme a mí.

Cabellera perdida sin ramas ni raíces
fríamente flotando en los limbos callados
con una suavidad de agua mansa y sin forma,
de agua que así fluye muriendo en negaciones.

¡ Decidme, amores, ansias, decidme lo que quiero,
decidme si es la oscura nostalgia de la tierra
o si es que sueño acaso con praderas ligeras
o si es sencillamente que quiero reposar !

Hay días, hay mañanas en que el aire ¡limitado
me hace todo ramas, cabellera tendida ;
hay otros en que huele la tierra mojada
y me quedo en lo oscuro, raíz estremecida.

Así vivo flotando, flotando sin sentido,
viviendo con la luz, con la tierra y la luz,
obediente a su impulso, negando mi existencia,
matándome o buscando una vida total.

Lo que cruje con ternura, lo que pasa
resbalando en caricia o en huida,
lo que sonríe simplemente, lo que calla,
todo me ofrece el amor en. entrega.

¡ Oh tristeza. serena, dulcísimo silencio,
suave muerte de brisas y de arena !,
con los párpados bajos escucho tu latido,
esa vida infinita que niega nombre y tiempo.

 

Fuente: Web sobre Gabriel Celaya http://www.gabrielcelaya.com/

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El maestro, Patxi Andion

MARÍA OSTIZ – Canta Cigarra (1976)

Revolución Rusa: triunfo bolchevique