sábado, 27 de junio de 2015

CORRUPCIÓN, POLÍTICA Y EL 24-M


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2).- Corrupción sindical (02/05/2015)

Si bien la corrupción estructural que caracteriza al Estado español y a su economía ha vuelto a quedar al descubierto con la detención de Rodrigo Rato, que analizaremos en otro escrito, y en varios episodios recientes, ahora mismo queremos comentar algo básico sobre la corrupción en el sindicalismo reformista. Una de las razones que explicarán la debilidad de las manifestaciones y actos del sindicalismo reformista el próximo día 1 de mayo será la indiferencia por la corrupción sindical.

No hace mucho, hemos sabido que un histórico militante sindicalista asturiano, con altos cargos de responsabilidad en UGT, fue descubierto cuando intentaba lavar y legalizar más de un millón de euros que había acumulado mediante trampas, robos y chanchullos. Es difícil descubrir casos tan flagrantes de corrupción sindical como el ahora analizado porque son escasos, o eso deseamos…

El problema de la podredumbre en el sindicalismo reformista es, sin embargo, más grave, mucho más grave porque se desarrolla de manera normalizada, hasta legalizada, e imperceptible a simple vista. Solamente cuando se adquiere experiencia sindical práctica y cuando ésta es reforzada por estudios teóricos e históricos sobre el caso, solo entonces se adquiere conciencia de la densa y pegajosa red de corruptelas, privilegios, ventajas y beneficios que caracterizan al sindicalismo reformista, el que no es sino un lubricante muy dúctil y fino de la mecánica de compra-venta de la fuerza de trabajo por la burguesía.

El sindicalismo que bajo la dictadura fue de lucha a la fuerza porque ya tenía una ideología interclasista, pasó a la «normalidad democrática» en muy poco tiempo. Un ejemplo fulminante lo tenemos en los demoledores Pactos de la Moncloa de octubre de 1977 que significaron la muerte del sindicalismo consecuente y del movimiento obrero con conciencia de serlo. A partir de esa fecha, se aceleró el desplome al «realismo sindical», claudicante, excepto muy contadas huelgas generales que nunca tuvieron como objetivo avanzar hacia la destrucción del sistema sociopolítico vigente, heredado del franquismo.

Fueron purgados y expulsados de las estructuras sindicales decenas de secciones sindicales críticas, ramas enteras de afiliados y delegados combativos que se enfrentaron al tsunami reformista; y su lugar fue ocupado por nuevos miembros sin apenas conciencia, que no se habían arriesgado apenas en la lucha sindical bajo el franquismo y mucho menos en la lucha clandestina político-sindical, carentes de la mínima formación política e intelectual, y obedientes al aparato, muy obedientes.

Hablamos del sindicalismo corporativo, amarillo, reformista, exclusivamente orientado a mediar entre los obreros y los empresarios según criterios de cooperación y colaboración de clase más que de enfrentamiento y lucha, y mucho menos de lucha de clases destinada a acabar con el sistema de explotación salarial. Este sindicalismo asume como principio que su función es la defensa de salarios y condiciones de trabajo mediante la negociación según las leyes existentes y sus cauces legales. Nunca forzándolos para ir más allá, a excepción de algunas huelgas a las que no tienen más remedio que sumarse para no quedar definitivamente descolgados de la dinámica social.

Sus delegados, afiliados y simpatizantes son formados en estos criterios, actúan en conformidad con ellos. En situaciones de «normalidad social», cuando la lucha de clases no ha entrado en una fase aguda y cuando la economía permite ciertas concesiones, el sindicalismo reformista está en su momento de gloria: puede presionar y obtener algunas victorias. Pero a la vez, los delegados van entrando en la red de araña que envuelve la compleja dinámica negociadora, el enmarañado sistema legal y el permanente contacto con la administración de la empresa.

Va surgiendo una casta sindical en proceso más o menos rápido de burocratización anquilosada y alejada de la realidad laboral diaria, cada vez más distanciada de las vivencias de las y los compañeros de trabajo, sobre todo de las mujeres, juventud precarizada y migrantes, que son los sectores más explotados, por no hablar de la llamada «economía sumergida» en donde reina sin tapujos la dictadura patronal. Se forma una gerontocracia burocratizada monopolizadora del saber legal, de los contactos y relaciones con la abogacía laboral, y entrampada en una forma de vida cómoda y estable, segura.

La patronal no es idiota. Sabe que la ideología reformista sindical crea en la mente de sus delegados una personalidad «democrática», «dialogante», comprometida con «los intereses colectivos» de la empresa. Sabe que muchos delegados no rechazan comidas pagada por la empresa en restaurantes de medio lujo después de las reuniones, no rechazan ciertas prebendas y diferencias de trato diario en comparación con los demás trabajadores, nimiedades cotidianas que mejoran su vida y la hacen menos dura.

Paulatinamente van limándose las ásperas aristas que impiden el «clima normal» necesario para las buenas negociaciones. Aparecen los «favores» de los que nadie se entera, excepto el patrón y el delegado, el que los concede y el que los acepta. Pero todo «favor personal» es una deuda sindical y política, y sobre todo es una derrota en la conciencia del delegado reformista. Junto a esto, el sindicalismo reformista ha abandonado todo programa sistemático de concienciación sociopolítica de sus miembros, limitandose a la estrictamente necesaria «formación técnica» en la acción sindical de «negociación y concertación». Tras varios años de inserción en esta mecánica legalista y mentalmente sumisa, el delegado termina aceptando o al menos no oponiéndose de ningún modo a la «normalidad».

Lo peor viene cuando estalla la crisis económica, cuando se esfuman en la nada las ilusiones de la «unidad de intereses», de la «armonía social» y el empresariado, la clase burguesa y su Estado aparecen al desnudo tal cual son en la realidad. Entonces el sindicalismo reformista muestra su podredumbre, esa corrupción moral y rastrera asentada en infinidad de corruptelas y chanchullos más o menos nimios, cotidianos, diarios incluso, que sin grandes «traiciones a su clase» y sin ostentaciones de suntuosidad consumista, ha ido pudriendo desde dentro cualquier atisbo de dignidad.

Las crisis desatan lo más inmoral y egoísta de la apenas invisible mentalidad corrupta del reformismo sindical, porque es en ellas cuando los delegados de una empresa no dudan en sacrificar a algunos o a muchos, incluso a todos, de sus antiguos «compañeros», aunque, lógicamente y por eso del «qué dirán» presiona para que se cierren otras empresas «salvando la suya» a costa de los «sacrificios salariales de todos», excepto de la patronal.

¿Nos sorprende entonces que cada vez menos obreros acudan a las manifestaciones y actos organizados por el sindicalismo reformista, mientras que aumenta la asistencia a las jornadas de lucha del 1º de Mayo organizadas por los sindicatos sociopolíticos, en especial lo que lucha por la liberación nacional de clase y antipatriarcal de sus pueblos y que atraen a la mayoría de la juventud obrera?

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