lunes, 2 de junio de 2025
Ucrania: ¿La paz es imposible?
Las deseadas
negociaciones de paz se están estrellando contra el hecho de que Rusia no va a
permitir, en modo alguno, una amenaza en sus fronteras. Y no parece que
Zelensky, alentado por los descerebrados de la UE, vaya a ceder –por ahora– en
ese asunto.
Ucrania: ¿La paz es imposible?
Roberto Iannuzzi
El Viejo Topo
2 junio, 2025
A la luz de las
posiciones irreconciliables de Kiev y Moscú, del maximalismo europeo y de la
falta de incisividad de Trump, la perspectiva de una solución a la guerra de Ucrania
parece alejarse.
Las
conversaciones de Estambul del 16 de mayo, las primeras entre Rusia y Ucrania
en tres años, pusieron de relieve todos los obstáculos para alcanzar un acuerdo
de paz entre Moscú y Kiev. Obstáculos confirmados por la llamada telefónica
entre el presidente estadounidense Donald Trump y su homólogo ruso Vladimir
Putin tres días después.
La reunión de
Estambul fue un paso adelante, considerando que hace apenas tres meses el
gobierno ucraniano rechazó incluso la idea de un diálogo con el Kremlin,
considerándolo ilegal, y pidió la retirada de Rusia de todos los territorios
ucranianos como condición previa para las negociaciones. Pero el progreso de
las conversaciones permaneció incierto hasta el final y tenso en su corta
duración (menos de dos horas).
Como denunció el
diplomático ruso Rodion Miroshnik , la delegación ucraniana estaba compuesta en
gran parte por miembros del aparato militar y de inteligencia, lo que confirma
que había llegado a Estambul sólo para negociar los detalles de un posible alto
el fuego. Había muy pocos diplomáticos y figuras políticas capaces de discutir
los elementos de una paz duradera. Pero hasta el final, el presidente
ucraniano, Volodymyr Zelensky, exigió la implementación de un alto el fuego de
treinta días como condición previa para el inicio de las negociaciones. Una
petición que Trump reiteró en la conversación telefónica posterior con Putin,
aunque en este caso actuó esencialmente como portavoz de Kiev y sus aliados
europeos. Sin embargo, esta es una premisa que Moscú siempre ha rechazado,
considerándola un pretexto para que Kiev se reorganice militarmente, movilice
nuevos hombres y se rearme.
Por otra parte,
los aliados occidentales de Ucrania nunca han aceptado la demanda rusa
de cese de los suministros militares a Kiev como condición para un alto el
fuego.
ESTRATEGIA DE
NEGOCIACIÓN RUSA
Las conversaciones
de Estambul fueron posibles gracias a la propuesta de Putin de iniciar
negociaciones directas entre las partes, y luego se pusieron en riesgo cuando
Zelensky las relanzó pidiendo una reunión directa entre él y el presidente
ruso.
El líder
ucraniano esperaba una negativa de Putin y pretendía utilizar esa negativa para
subrayar la supuesta falta de voluntad de Rusia para negociar. Junto a él, gran
parte de la prensa occidental ha definido a la delegación enviada por el
Kremlin a Estambul como una “delegación de perfil bajo”, subrayando que ello
demostraría la falta de seriedad de los rusos.
Normalmente,
sin embargo, en un conflicto amargo y complejo como el ucraniano, los líderes
de los países involucrados se reúnen sólo al final de largas y profundas negociaciones
llevadas a cabo por sus diplomáticos, quienes tienen la tarea de definir el
marco y los detalles de un posible acuerdo.
Al señalar a
Estambul como sede de las conversaciones, pareció muy clara la intención rusa,
es decir, reiniciar las negociaciones ruso-ucranianas que tuvieron lugar en la
metrópoli turca en marzo de 2022, cuando el conflicto solo había comenzado, y
que fueron saboteadas por
los ingleses y los estadounidenses.
Lejos de ser un
grupo de perfil bajo, la delegación rusa estuvo encabezada por Vladimir
Medinsky, el asesor de confianza de Putin, el mismo que había liderado las
negociaciones de 2022, una confirmación de que los rusos pretendían establecer
las nuevas conversaciones como una continuación directa de las que estuvieron
cerca de culminar en un acuerdo de paz tres años atrás.
Medinsky,
ex ministro de cultura, es un historiador y politólogo que conoce bien
Ucrania y sus relaciones con Rusia, pues nació en la región de Cherkasy, al sur
de Kiev, otro elemento que muestra que la cuestión ruso-ucraniana es mucho más
compleja que la versión que suelen difundir los medios occidentales.
CONDICIONES
RUSAS PARA LA PAZ
En Estambul,
Medinsky volvió a dejar
claras las
condiciones de Rusia para llegar a un acuerdo:
1) Neutralidad
de Ucrania, con imposibilidad de desplegar tropas extranjeras o armas de
destrucción masiva en el país.
2) Renuncia
mutua a cualquier reclamación de reparaciones de guerra.
3)
Reconocimiento de los derechos de los ucranianos de habla rusa, de conformidad
con las normas europeas sobre derechos de las minorías.
4) La no
oposición de Ucrania a la reivindicación de Rusia sobre cinco regiones:
Donetsk, Luhansk, Jerson, Zaporiyia y Crimea. Moscú pretende obtener el
reconocimiento internacional de la anexión rusa de estas regiones.
5) Se podrá
lograr un alto el fuego cuando las fuerzas ucranianas se retiren de estas
regiones, entregándolas en su totalidad a Rusia.
Ante la
aparente reticencia de Ucrania a aceptar tales condiciones, Medinsky
también afirmó que
Rusia «no quiere la guerra, pero está dispuesta a luchar durante uno, dos o
tres años, sin importar cuánto tiempo lleve. Luchamos con Suecia durante 21
años [la referencia es a la Gran Guerra
del Norte, que duró de 1700 a 1721]. ¿Cuánto tiempo más están
dispuestos a luchar? Quizás alguien sentado en esta mesa pierda a otros seres
queridos. Rusia está dispuesta a luchar eternamente».
El jefe
negociador de Rusia también advirtió que
si Ucrania no acepta el acuerdo y la guerra continúa, Kiev terminará perdiendo
cuatro regiones más (algunos han sugerido Sumy, Kharkiv, Odessa y Nikolayev; otros
han incluido Dnepropetrovsk y Chernihiv entre las posibilidades).
ABORDAR LAS
CAUSAS PROFUNDAS DEL CONFLICTO
Tras las
conversaciones de Estambul, Putin dejó claro que
Moscú aspira a lograr una “paz sostenible y duradera”, pero también que Rusia
tiene “suficiente fuerza y recursos para llevar a su conclusión lógica lo que comenzó en 2022”.
En vísperas de
la llamada telefónica entre Trump y Putin, el portavoz del Kremlin, Dmitry
Peskov, explicó que
Moscú sigue abierto a la posibilidad de lograr sus objetivos por medios
pacíficos. Expresó su agradecimiento por la mediación estadounidense y señaló
que “si nos ayuda a alcanzar nuestros objetivos por medios pacíficos, sin duda
sería preferible”.
Putin reiteró por
enésima vez cuáles son estos objetivos al día siguiente de la llamada
telefónica, cuando declaró que «la posición de Rusia es clara: eliminar
las causas
profundas de esta crisis es lo que más nos interesa».
Estas “causas
fundamentales” ya se habían establecido en el proyecto de tratado que
Moscú había propuesto a Washington en diciembre de 2021 para evitar la guerra
en Ucrania, y pueden resumirse de la siguiente manera:
1) La continua
expansión de la OTAN hacia el Este; 2) el despliegue de fuerzas de la OTAN y
bases de misiles en Rumania y Polonia; 3) el derrocamiento
ilegal del presidente ucraniano Viktor Yanukovych en 2014; 4)
la infiltración progresiva de
la OTAN en Ucrania y el entrenamiento y rearme del ejército de Kiev en
preparación para la adhesión del país a la Alianza Atlántica; 5) la influencia
desproporcionada de los grupos políticos y armados de extrema derecha y
afiliados a los
neonazis en los gobiernos establecidos en Kiev después de 2014;
6) la agresión posterior contra la población étnicamente rusa del Donbass; 7)
el fracaso en la
implementación de los acuerdos de Minsk de 2015 que habrían
garantizado los derechos y la autonomía de las regiones del Donbass, pero
también la integridad territorial de Ucrania (con excepción de Crimea) y el fin
del conflicto.
En particular,
es con referencia a los puntos 4) y 5) que Moscú siempre ha indicado la
“desmilitarización” y la “desnazificación” de Ucrania como dos objetivos clave
de la operación militar rusa.
LA NEUTRALIDAD
DE UCRANIA
Como ya se ha
mencionado, otro objetivo esencial para Moscú es restablecer la neutralidad de
Ucrania.
A este
respecto, puede ser útil recordar que, al lograr la independencia, Ucrania se definió como
un Estado neutral. Así lo establece el
artículo IX de la Declaración de Soberanía Estatal de 1990, según el cual el
Estado ucraniano “declara solemnemente su intención de convertirse en un Estado
permanentemente neutral que no participe en bloques militares”.
Esa promesa fue
posteriormente incorporada a la Constitución, que comprometía a Ucrania a
mantenerse neutral y le prohibía unirse a cualquier alianza militar, incluida,
por supuesto, la OTAN.
Es sobre esta
base que Rusia reconoce la soberanía de Ucrania. Como reiteró el
ministro de Asuntos Exteriores ruso, Sergei Lavrov , en 2023, Moscú “reconoció
la soberanía de Ucrania en 1991, sobre la base de la Declaración de
Independencia, adoptada por Ucrania tras su salida de la Unión Soviética”.
También puede
ser útil recordar que, incluso después del levantamiento de Maidán en
2014, una clara mayoría de la población ucraniana seguía oponiéndose a
la membresía del país en la OTAN, según una encuesta realizada
por el Instituto Republicano Internacional estadounidense (afiliado
al Partido Republicano) .
Fue en 2019 que
el gobierno del entonces presidente Petro Poroshenko modificó la
Constitución para incluir el objetivo de unirse a la Alianza Atlántica, sin
recurrir a un referéndum popular.
Y es
precisamente la restauración de la neutralidad de Ucrania (y el consiguiente
fin de la guerra que acababa de comenzar) lo que estaba a punto de lograrse
durante las negociaciones de Estambul de 2022, cuando fueron boicoteadas por
la intervención angloamericana.
Está claro, sin
embargo, que la continuación del conflicto ha ido (y seguirá yendo) en
detrimento de Kiev, que está destinada a perder una porción de territorio mayor
que la prevista en 2022, e incluso más que la definida en los acuerdos de Minsk
de 2015.
Por lo tanto,
al Gobierno ucraniano le debería interesar poner fin a las hostilidades lo
antes posible, aunque en condiciones más desventajosas que las que hubiera
obtenido en el pasado.
VALOR
ESTRATÉGICO DE LA PENÍNSULA DE KINBURN
En comparación
con las condiciones propuestas por Moscú, la propuesta negociadora
estadounidense, presentada por
el enviado presidencial Steve Witkoff a los socios europeos en París el pasado
abril, busca limitar los daños a Ucrania.
Propone el
reconocimiento legal de la anexión rusa de Crimea por parte de Estados Unidos,
y el reconocimiento de facto de la anexión de la región de Luhansk y de las
regiones de Donetsk, Zaporiyia y Jerson (pero sólo las porciones actualmente
controladas por Rusia, por lo tanto no en su totalidad).
La propuesta
estadounidense también exige que Ucrania recupere la soberanía sobre la central
nuclear de Zaporizhia, pero que delegue el control a Estados Unidos, lo que
dividiría la producción de electricidad de la planta entre las partes ucraniana
y rusa.
Un aspecto
menos conocido del borrador estadounidense es que exige a
Rusia permitir a los barcos ucranianos el libre paso por el río Dnieper y
devolver a Kiev la península de Kinburn, una estrecha franja de tierra que
separa el estuario del río Dnieper del mar Negro.
En términos
navales, la península de Kinburn es un punto de estrangulamiento,
un paso estratégicamente importante por donde pasa una gran cantidad de tráfico
marítimo.
Quien controle
esta península determinará qué barcos podrán acceder al Dnieper, la vía fluvial
más grande de Ucrania y su principal salida comercial en el Mar Negro.
Frente al
extremo occidental de la península de Kinburn se encuentra el puerto de
Ochakiv, mientras que al norte y al este se encuentran los puertos de Mykolaiv
y Kherson.
El tráfico
naval desde estos puertos está potencialmente bajo fuego de la artillería rusa.
Por otra parte, esta península es una puerta de entrada potencial a Crimea,
situada al sureste.
Por estas
razones, la península de Kinburn ha sido históricamente una codiciada franja de
tierra. Y ha sido objeto de una amarga disputa durante el conflicto actual.
Parece muy poco
probable que los rusos cedieran un trozo de tierra tan estratégico a Ucrania,
especialmente si Kiev permaneciera bajo un gobierno hostil a Moscú.
EL OBSTÁCULO DE
LAS FUERZAS NACIONALISTAS UCRANIANAS
Aunque la
propuesta estadounidense excluye explícitamente la adhesión de Ucrania a la
OTAN, sí prevé «sólidas garantías de seguridad» para el país y que los países
europeos deberían estar entre los garantes.
La condición no
se especifica más, dejando abierta la posibilidad de que los países europeos no
sólo proporcionen asistencia militar a Kiev en caso de un nuevo conflicto
armado con Rusia, sino que continúen armando al país incluso en tiempos de paz.
Una eventualidad inaceptable para Moscú.
Además, la
posibilidad de que el actual gobierno permanezca en Kiev contraviene en
principio el mencionado objetivo ruso de “desnazificación” de Ucrania, es
decir, de una Ucrania que no sólo sea nominalmente neutral sino concretamente
no hostil a Moscú.
Independientemente
de las preferencias rusas, la permanencia de facciones nacionalistas de extrema
derecha en posiciones de poder en el gobierno ucraniano pone en riesgo el
éxito de las negociaciones incluso sobre la base de la propuesta
estadounidense. De hecho, están en contra de cualquier concesión territorial y
de cualquier reconciliación con Moscú. Dada su influencia en el gobierno y en
el aparato militar y de inteligencia, Zelensky es efectivamente un rehén de
estas fuerzas.
En el
pasado, tanto él como
su predecesor Poroshenko abandonaron
los esfuerzos para implementar los acuerdos de Minsk debido a la presión y las
amenazas de estos grupos. Gdupos que se consideran los guardianes del interés
nacional de Ucrania y están dispuestos a “tomar el asunto en sus manos” si
perciben que el gobierno es débil o “traidor”.
Si Zelensky se
inclinara por un compromiso negociado, incluso sobre la base de la propuesta
estadounidense (no necesariamente aceptable para los rusos, como hemos visto),
las fuerzas nacionalistas podrían decidir derrocar al gobierno, sumiendo al
país en el caos.
Es difícil,
pues, pensar en una solución negociada sin el desmantelamiento previo de estas
fuerzas dentro del aparato de seguridad y del gobierno de Kiev, una operación
quizá sólo factible con medios militares (y ésta podría ser sin duda la
persuasión de Moscú).
Las posiciones
intransigentes de estas fuerzas se han reflejado hasta ahora en la actitud del
ejecutivo dirigido por Zelensky, quien de hecho dijo estar en contra de la
propuesta estadounidense.
MAXIMALISMO
EUROPEO
Por lo tanto,
Ucrania ha presentado una contrapropuesta para
las negociaciones que incluye un alto el fuego incondicional antes del inicio
de cualquier negociación, “sólidas garantías de seguridad para Kiev, incluso
por parte de los EE.UU.” (efectivamente equivalente al Artículo 5 de la OTAN,
aunque Ucrania está optando por no ser miembro formal de la Alianza), ninguna restricción
a las fuerzas armadas ucranianas y la presencia de armas y tropas de países
aliados en territorio ucraniano.
Una propuesta
inaceptable para Moscú en todos los aspectos, incluso antes de entrar en el
fondo de las disputas territoriales, precisamente porque prefigura el escenario
para evitar el cual Rusia inició la guerra.
Ante esta
propuesta, las posiciones de Kiev y Moscú parecen absolutamente
irreconciliables. Pero quizás lo más importante es que esta propuesta fue
apoyada por los aliados
europeos de Ucrania, principalmente Francia, Gran Bretaña y
Alemania. Estos países, junto con Polonia, reaccionaron con dureza al resultado
de las conversaciones celebradas el 16 de mayo en Estambul, calificando de “inaceptable”
la negativa de Rusia a un alto el fuego incondicional e instando a
Trump a imponer nuevas sanciones a Rusia.
Desde la
elección de Trump, los socios europeos de Ucrania, junto con la UE, han
intentado sabotear cualquier
negociación, han alentado a
Zelensky a mantener posiciones intransigentes, han propuesto enviar tropas
europeas a Ucrania (como una fuerza de mantenimiento de la paz o de «reafirmación«,
a pesar de que claramente son partes cobeligerantes en el conflicto) e han
impuesto nuevos paquetes de sanciones a Rusia, el último de
los cuales se produjo a raíz de la llamada telefónica de Trump con Putin el 19
de mayo.
LA FALTA DE
INCISIVIDAD DE TRUMP
El presidente
norteamericano, por su parte, debe lidiar con rusófobos dentro de su propia
administración, en primer lugar su enviado y ex general Keith Kellogg y el
secretario de Estado Marco Rubio. Hasta ahora, Trump se ha mostrado reacio a
ejercer presión real sobre Zelensky, como suspender el suministro de armas o la
asistencia esencial de inteligencia estadounidense.
Tras la llamada
telefónica con Putin, Trump planteó la
posibilidad de que El Vaticano pudiera intervenir como mediador entre Moscú y
Kiev, sugiriendo que Washington podría retirarse de las negociaciones, aunque
Estados Unidos sigue involucrado en el conflicto a nivel militar.
Por su parte,
Moscú, también a través del nombramiento de un nuevo comandante de las fuerzas
terrestres rusas, el general Andrey Mordvichev, que se distinguió en el
sangriento asedio de Mariupol en 2022, ha dejado claro que está dispuesta a
confiar en una solución militar si no se abordan las razones que provocaron el
conflicto.
La poco
atractiva perspectiva de un alto el fuego frágil, durante el cual Kiev tendría
tiempo para reagruparse y rearmarse, y de un conflicto congelado que podría
estallar de nuevo en cualquier momento, ciertamente no es lo que el Kremlin
tenía en mente cuando comenzó su campaña militar en Ucrania.
Considerando
todo, la perspectiva de una solución a la guerra de Ucrania parece trágicamente
lejana, y probablemente nunca estuvo al alcance a pesar de las pretenciosas
declaraciones hechas por Trump al comienzo de su mandato.
Fuente: Intelligence
for the People
La izquierda que olvidó a Marx y la derecha que entendió a Gramsci
La izquierda que olvidó a Marx
y la derecha que entendió a Gramsci
DIARIO OCTUBRE / junio 2, 2025
Si no se transforma la base, la superestructura se burla. Gramsci, sin Marx, es un meme. Y la izquierda, sin Marx, es una marca sin producto.
René Ramírez.— La izquierda contemporánea anda recitando a Gramsci como si sus ideas
fueran souvenirs de una revolución institucionalizada. «Pesimismo de la
inteligencia, optimismo de la voluntad» se repite como mantra en cafés
universitarios, discursos de campaña, manuales de autoayuda progresista y más
allá.
Mientras tanto,
la extrema derecha toma notas, ordena sus cuadros, construye sentido común y
gana elecciones. Más grave, aún el triunfo electoral de este lado sobreviene
solo cuando la derecha deja «tierra arrasada».
A diferencia de
la primera ola progresista, que supo irrumpir en tiempos de crisis con un
proyecto político propio, hoy llegamos cuando no queda piedra sobre piedra,
como parteras de lo que otros destruyeron. Y gobernar desde los escombros no es
gobernar: es resistir con oxígeno prestado. Ganar por la negativa es condenar a
cualquier proyecto político a la no sostenibilidad histórica.
Gramsci está de
moda. Lo citan tanto los herederos de Laclau como los asesores de Vox, Javier
Milei y Jair Bolsonaro. Pero mientras unos lo recitan como un relicario oxidado
colgado del cuello de una retórica sin cuerpo, otros lo entienden como manual
operativo. Lo convierten en estrategia: construcción hegemónica en tiempo real.
Nosotros,
atrapados en la obsesión por las narrativas, hemos ido olvidando la materia,
hemos ido olvidando a Marx. Nos hemos vuelto huérfanos del modo de producción,
ciegos ante la arquitectura material que da forma a las subjetividades.
Porque sí,
camaradas de Twitter y militantes del algoritmo: la subjetividad no flota en el
aire, no nace en TikTok ni muere en X. La subjetividad se estructura en la
relación social con la producción, con la distribución, con el reparto del
tiempo, del suelo y del hambre.
¿Qué
materialidad proponíamos cuando la tecnología privatizada construía individuos
antisociales y antidemocráticos, moldeados por algoritmos adictivos y discursos
de odio personalizados? ¿Dónde estábamos cuando las plataformas enseñaron que
todo es competencia y que la culpa siempre es del otro pobre, del otro
repartidor, de la otra uberista, del otro migrante, la otra feminista, en fin,
del otro que no se sacrifica en la misa neoliberal del mérito?
Marx no está
muerto. Está secuestrado. Lo enterramos bajo likes, lo expulsamos del análisis
político y lo sustituimos por «emociones colectivas» y «comunicación eficaz» de
estrategas de marketing carentes de compromiso con la historia.
Pero no se
puede disputar hegemonía sin leer las grietas del modo de acumulación. No se
puede disputar el alma sin entender el cuerpo. «Lo nuevo no nace», porque
nuestra acción no lo fecunda. Definitivamente no somos los «monstruos», pero sí
parecemos ser quienes les preparan el lecho en los claroscuros de la noche.
Hoy los cuerpos
están precarizados; en otros casos, incluso descuartizados. La
desindustrialización ha devuelto la lucha de clases al plano del delivery. La
competencia entre pauperizados se ha vuelto espectáculo.
En tiempos de
Netflix, del capitalismo de plataformas, la autoexplotación se disfraza de
libertad. Y en esa libertad encubierta, la extrema derecha siembra su
evangelio: que el Estado es un parásito, que las feministas destruyen la
familia, que el migrante roba el trabajo, que el pobre es pobre porque quiere…
Su síntesis es
tan perversa como brillante. Mientras nosotros intelectualizamos nuestras
derrotas y disputamos pronombres o adjetivos, la derecha construye narrativas
ancladas en la rabia, el miedo, el sentido del deber y de la pérdida; relatos
acordes a los cambios materiales propios de nuestra época. La derecha narra la
nostalgia como promesa. Y, como bien supo Gramsci, eso también es política.
La industria
del narcotráfico enseña con sangre: la violencia como forma de resolver
conflictos. Esta también es parte de la crisis de acumulación. La religión
conservadora enseña con dogma, con dogma como sustituto de la razón pública. Se
estigmatiza el conocimiento científico, se asedia a las universidades y las
humanidades desparecen poco a poco. La pandemia enseñó que el Estado puede
morir por abandono y que el antipolítico puede convertirse en profeta.
En ese caldo
venenoso, la extrema derecha construyó subjetividades con eficacia quirúrgica,
articulando lo material con lo simbólico, lo estructural con lo emocional.
Mientras tanto, nosotros, atrapados en nuestra estetización de la política,
hemos olvidado que la ideología no es solo un relato sino una práctica
histórica anclada en las condiciones concretas de vida.
El avance de la
derecha extrema no es un accidente. Es el resultado de haber leído correctamente
las transformaciones del capitalismo: la falsa «desfosilización» como nueva
acumulación, la digitalidad como nueva frontera de control, la ecología como
excusa para nuevos extractivismos. Su utopía ya no solo es el orden y la
tradición, sino la libertad privatizada, la tecnología como redención y la
propiedad como horizonte moral.
Pero frente a
todo esto tenemos un antídoto. Debemos volver a Marx. Volver a pensar la
subjetividad como resultado de la estructura, no como simple emoción flotante.
Volver a leer el capital no solo como crítica al mercado, sino como diagnóstico
de las formas de vida que produce. Porque solo desde ahí puede construirse una
nueva pedagogía política, que articule cambios materiales con horizontes
ideológicos, que dispute el sentido común desde el suelo y no desde la
pantalla. Volver a pensar lo analógico en tanto cuerpo a cuerpo y en tanto
tiempo no usurpado.
La lucha
cultural sin crítica de la economía política no es más que performance
progresista. Si no se transforma la base, la superestructura se
burla. Gramsci, sin Marx, es un meme. Y la izquierda, sin Marx, es una marca
sin producto.
Observatorio de
la crisis / Unidad y Lucha
domingo, 1 de junio de 2025
En la calle el Topo de Junio
Reproducimos
aquí en abierto este artículo publicado en el número de Junio de El Viejo Topo,
centrado en la figura de Henry Tanguy, cabeza de la resistencia francesa frente
a los nazis en París.
En la calle el Topo de Junio
El Viejo Topo
1 junio, 2025
Además de este
artículo en abierto. En el número 449 —El Viejo Topo, junio 2025—:
historia, política y cultura; del legado de Constantino al Egipto de Sisi,
entrevistas a Franquesa y Casinos, la segunda entrega sobre Walter Rodney, cine
con Kids y más reseñas de libros.
ROL-TANGUY.
UNOS DÍAS DE AGOSTO DE 1944
Bajo el
pabellón oeste que construyó Claude-Nicolas Ledoux en 1787 sobre las canteras
de piedra caliza de Tombe-Issoire, en la Plaine de Montrouge, que albergaban
desde el año anterior a las catacumbas, el gran osario de París, se encuentran
unas angostas escaleras que se adentran en las profundidades de la tierra hasta
llegar a un laberinto de dependencias oscuras donde Henry Rol-Tanguy instaló el
puesto de mando de la resistencia francesa en 1944: son apenas seis estancias
con la central telefónica, las bicicletas para asegurar la electricidad,
el bureau del Estado Mayor y unas angostas duchas y retretes.
Desde allí, hoy Denfert-Rochereau, se dirigió la insurrección para liberar
París de los nazis. El puesto de mando estuvo cerrado durante más de ochenta
años, hasta que en 2019 se consiguió su apertura al público.
Henry Tanguy
era un comunista francés, voluntario de las Brigadas Internacionales, que
combatió al fascismo en España junto al ejército republicano, y que cuando
miraba el Ebro en 1938 no podía imaginar que seis años después, con Francia
bajo la ocupación nazi, dirigiría la liberación de París desde un búnker
hermético a veinte metros de profundidad bajo esa plaza parisina de
Denfert-Rochereau. Tanguy estuvo en España desde 1937, y cayó herido en el
Ebro. Trabajó en la Renault de Boulogne-Billancourt, y conoció a quien sería su
esposa, Cécile, en 1936; ambos eran comunistas, se encontraron en los locales
de la CGT francesa, participaron en campañas de solidaridad con la España
republicana y se incorporaron después a las Brigadas Internacionales. Tuvieron
una larga vida: Rol-Tanguy murió en 2002, con 94 años; Cécile, en 2020, cuando
ya había cumplido 101 años, pero su existencia no siempre fue tranquila: el
padre de Cécile, un obrero comunista, fue detenido en abril de 1940 bajo el
gobierno de Paul Reynaud, antes de la ocupación nazi de Francia, deportado a
Auschwitz y asesinado en el campo de exterminio en 1942. Y la derrota y
la ocupación de Francia trajeron días duros para ambos, viendo morir a su hija:
Cécile recordaría después: «No me quedaba nada. Mi padre había sido
detenido, no sabía donde estaba mi marido, y mi niña había muerto.» La pequeña Françoise
tenía solo siete meses, y murió dos días antes de la entrada de los nazis en
París. Cécile, alias Lucie, lleva en el cochecito de sus hijos (Hélène y Jean,
nacidos durante la guerra en 1941 y 1943) documentos de la resistencia,
mensajes, pistolas y granadas, cócteles molotov, mientras Rol-Tanguy vive
oculto en diferentes domicilios, hilando la resistencia: adoptó entonces el
nombre Rol en memoria de su camarada Théo, que había sido asesinado por las
tropas franquistas en España. Henry Tanguy, convertido en el coronel Rol-Tanguy
de la resistencia contra los nazis, nunca escribió sus memorias, pero aceptó
verter sus recuerdos al historiador Roger Bourderon.
La primavera de
1940 fue atroz: el 3 de junio, los alemanes bombardean París y matan a 254 personas.
No serían las únicas víctimas, porque entre 1942 y 1944 estadounidenses y
británicos bombardearon también la ciudad: el 3 de marzo de 1942 atacan la
Renault y matan a casi 500 parisinos, y el 4 de abril de 1942 los
estadounidenses causan 300 muertos. Los bombardeos más violentos fueron en
abril de 1944, cuando las bombas angloestadounidenses mataron a 1.500 civiles.
Nadie lo hubiera imaginado antes, pero cuando las tropas alemanas se acercan a
París el gobierno francés sigue reprimiendo: el 6 de junio de 1940, los
periódicos revelan que más de cien militantes comunistas han sido detenidos, y
celebran la mano dura contra la «subversión». Cuatro días después, un tribunal
militar de París juzga a treinta y tres miembros del Partido Comunista Francés (PCF).
El presidente
del gobierno, Paul Reynaud; su predecesor, Daladier; su ministro del Interior,
Mandel, y el ex primer ministro Édouard Herriot, repetían en esos días que si
el gobierno abandonaba la capital ante la llegada de las tropas nazis, los
comunistas empezarían a saquear, asesinar e incendiar la ciudad. Pese a esos
temores, el gobierno abandona París el 11 de junio. Antes, ocho millones de
personas se han lanzado a las carreteras para escapar del ejército alemán, en
uno de los mayores éxodos de la historia de Europa. Desde el norte, los
franceses que huyen quieren alcanzar el sur, un refugio, una casa amiga. Los
tenderos cierran las puertas, las oficinas se vacían, las fábricas se detienen.
Millones de personas cargan con unas pocas pertenencias para escapar de la
guerra, de la ocupación alemana, en trenes abarrotados, en automóviles, coches
de caballos, bicicletas, en carros tirados por bestias, carretillas de mano,
atraviesan las pequeñas ciudades de provincias donde no pueden asistir a una
masa que bloquea las calles y los caminos. Por el camino, sufren los bombardeos
alemanes: más de cien mil franceses mueren en las carreteras y las cunetas, y
decenas de miles de niños se extravían; son huérfanos, se han perdido o han
sido abandonados, y vagan por la campiña. París y su periferia tenían, según el
censo de 1936, casi 5.000.000 de habitantes; cuando la Gestapo hace otro
recuento a finales de junio de 1940 para controlar el racionamiento, la ciudad
y su extrarradio solo tiene 1.737.000 residentes. En las dos primeras semanas
de junio, París se vacía, el caos y el pánico se apoderan de todos los
rincones, y Francia colapsa. El caos, la desorganización y la estampida
desesperada han sido tan impresionantes y demoledores que cuando las tropas
nazis entran en La Charité-sur-Loire, una pequeña localidad a doscientos
kilómetros al sur de París, encuentran vagones precintados que tienen en su
interior los archivos del servicio secreto militar francés, el Deuxiéme Bureau
del Estado Mayor. Tres días después de la salida del gobierno francés, la
Wehrmacht entra en París y el mando del general Bogislav von Studnitz se
instala en el hotel Crillon. En la sede del Ministerio del Interior, junto al
Elíseo, los alemanes descubren los archivos de la policía de seguridad, con los
expedientes del espionaje y contraespionaje. El 16 de junio, dimite Paul
Reynaud, que contaba en su gobierno con De Gaulle. Ocho días después de la
ocupación de París, Pétain firma el armisticio con Alemania; asegura que ha
salvado el honor del país, pero nace la Francia de Vichy, la del
colaboracionismo y la vergüenza. También, la resistencia.
La policía de
Vichy sigue los pasos de Rol-Tanguy, que vive en la clandestinidad cambiando
con frecuencia de domicilio. Carl Oberg es el jefe de la Gestapo en Francia, y
colabora con René Bousquet, el responsable de la policía del gobierno de Vichy;
su objetivo: desarticular la resistencia comunista. El Partido Comunista
Francés, que había sido prohibido por el gobierno de Édouard Daladier (uno de
los firmantes de los Acuerdos de Múnich) casi un año antes de la llegada de los
nazis a Francia, y sus periódicos clausurados, organiza durante la guerra
grupos armados de resistencia bajo el nombre de Francotiradores y Partisanos
(FTP), dirigidos por Jacques Duclos, Charles Tillon y Benoît Frachon.
Rol-Tanguy es desde 1942 el responsable de la región de París. Además de lanzar
ataques y sabotajes en las ciudades, los FTP organizan también el maquis en
zonas rurales y montañosas hostigando a las tropas alemanas. Para ser más
eficaz y facilitar sus movimientos, Tillon opta por grupos armados con no más
de veinte o veinticinco partisanos. Los maquis gaullistas optan por esperar al
desembarco de tropas aliadas en Francia. Los alemanes recurren a la tortura, el
asesinato y la deportación, al tiempo que siembran confusión entre los
franceses: Goebbels crea una Radio Humanité, utilizando el nombre del diario
del Partido Comunista y un lenguaje anticapitalista. En 1944, el PCF recibe un
duro golpe: varios centenares de partisanos comunistas son detenidos por la
policía de Klaus Barbie, varios son torturados hasta la muerte y otros
deportados a los campos de exterminio nazis.
En mayo de 1943
se celebra la primera reunión del Consejo Nacional de la Resistencia (CNR), con
Jean Moulin, delegado de De Gaulle. La unificación de las redes de la
resistencia era imprescindible, pero llega la detención y asesinato de Moulin
por las SS. Le sustituirá Georges Bidault y, tras la liberación de París, Louis
Saillant. Los gaullistas de Île-de-France colaboran con los comunistas. El
gobierno provisional del exilio estaba representado por Alexandre Parodi, que
fue nombrado en marzo de 1944. Su adjunto era el general Chaban-Delmas,
subordinado al general Koening, comandante de las Fuerzas Francesas del
Interior (FFI).
El programa de
la resistencia aprobado en marzo de 1944 indicaba las decisiones que adoptaría
el nuevo gobierno francés tras la derrota de los nazis: un plan de seguridad
social para garantizar medios de vida a todos los ciudadanos, los derechos
democráticos y un programa de nacionalizaciones que pretendía «el retorno a la
nación de los principales medios monopolistas de producción, fruto del trabajo
común, las fuentes de energía, la riqueza del subsuelo, las compañías de
seguros y los bancos principales». El programa llevaba la impronta del Partido
Comunista y el objetivo de asegurar la unidad de la resistencia.
El lunes 5 de
junio de 1944, el coronel Rol-Tanguy es nombrado por la resistencia comandante
de las FFI en la región de París. En julio se producen manifestaciones contra
los ocupantes, y el 10 de agosto se inicia la huelga de los ferroviarios. El 13
de agosto de 1944, aparecen en la calle de Belleville los cadáveres de dos
soldados alemanes, y el mismo día un sabotaje daña el depósito de las máquinas
de la estación de Bercy. En la pared, dejan una leyenda: «Tous au repos, la
Résistance«. El 15 de agosto, Chaban-Delmas llega desde Londres con una
misión: el jefe de las FFI, general Pierre Koenig, ordena a Rol-Tanguy que
detenga la insurrección. La orden se justifica alegando que los aliados iban a
llegar a la ciudad en los primeros días de septiembre, pero los comunistas se
lanzan a liberar París. Ese mismo día, los parisinos se sublevan, y en la
mañana del 16 de agosto una treintena de miembros de la resistencia con
ametralladoras y granadas subidos en tres camiones intentan entrar en el passage
Doisy, cerca del Arco del Triunfo, para atacar a militares alemanes
de la organización Todt. La acción es un desastre: advertidos, los hombres de
las SS bloquean al comando de la resistencia y tras un violento y prolongado
tiroteo matan a cuatro resistentes y capturan a otros veintisiete, y después a
veinte más en la Porte Maillot. El 17, la emisora colaboracionista
Radio París deja de emitir, y las tropas de ocupación circulan a toda velocidad
en los grandes bulevares, mientras centenares de personas se agolpan ante
la Porte Saint-Denis, con los alemanes cacheando al azar y
disparando a quienes están concentrados en el bulevar Bonne-Nouvelle. El
nerviosismo de los soldados alemanes es patente: tiran granadas en el interior
del Café Le Trou de la Lune, en la esquina de Saint-Denis y en el
bulevar Bonne-Nouvelle. Por la noche, continuan disparando ante cualquier
sospecha. Eisenhower, que manda las tropas estadounidenses, no piensa liberar
París, aunque De Gaulle, a la vista de la iniciativa de Rol-Tanguy y la
resistencia comunista, le insiste para que envíe tropas a la capital. El
general estadounidense acepta: como De Gaulle, no quiere tampoco que la
liberación de París sea protagonizada exclusivamente por los partisanos
comunistas.
Al día
siguiente, 18 de agosto, tampoco aparecen los periódicos y estalla la huelga
general. Charles Tillon, un metalúrgico que había sido diputado y que forma
parte del trío que dirige el Partido Comunista durante la ocupación y es
responsable de los francotiradores y partisanos comunistas, pone a todas sus
fuerzas de París y de Île-de-France a las órdenes de
Rol-Tanguy, mientras las tropas alemanas se atrincheran junto a los hoteles
Meurice, Crillon y Majestic, y ante la Ópera, en los Inválidos y en los
alrededores del Palais de Luxembourg.
Desde su puesto
de mando en Denfert-Rochereau, Rol-Tanguy llama a la movilización general, y
los partisanos se juegan la vida pegando la convocatoria en las calles de
París. Cécile ha escrito el llamamiento a la insurrección: «Aux patriotes
aptes à porter des armes. […] La France vous appelle! Aux armes, citoyens!»
¡A las armas, ciudadanos! Cécile, otras cuatro mujeres y la que está a cargo de
la central telefónica, aseguran las comunicaciones y los operativos: son la
columna vertebral del puesto de mando y, en el mayor secreto, reciben mensajes,
llamadas, partisanos. Junto a Rol-Tanguy está el Estado mayor de la
resistencia: Pierre Avia, Robert Villate, Eugène Van der Meersch, Antoine
Kargall, Pierre Robert, Victor Scarpazza, Francis Pornot. Tienen que evitar la
confusión sobre el terreno, los rumores y las informaciones falsas y las
provocaciones, y asegurar los ataques a los alemanes.
El sábado 19 se
producen más combates y los partisanos levantan barricadas, entre tiroteos en
las calles. Veinte mil soldados nazis están acantonados en París, y guardan
numerosos blindados y vehículos militares en el Grand Palais. La
resistencia consigue ocupar la Prefectura de policía, al lado de Notre-Dame, y
algunos edificios oficiales, ministerios, periódicos. Los alemanes atacan la
Prefectura, aunque se pacta una pequeña tregua en el consulado sueco. El
cónsul, Raoul Nordling, media en una nueva tregua el día 20, que se abandona
enseguida. Ese día, el coronel Rol-Tanguy organiza el levantamiento desde el
puesto de mando de la resistencia; envía instrucciones, coordina, dirige los
ataques. Miembros de la resistencia pedalean en las bicicletas del búnker
subterráneo para cargar las dinamos que aseguran la luz, y cuentan con una
centralita telefónica conectada con la defensa pasiva. En las oficinas de
la Inspection générale des carrières disponen de mapas de
todos los refugios de París y los alemanes, que conocen la existencia del
refugio, telefonean diariamente para interesarse por la situación: en el
búnker, con gran sangre fría, contestan cada jornada afirmando que no hay nada
extraño: la Gestapo ni siquiera sospecha que allí está el puesto de mando de la
resistencia, donde la actividad y la tensión son máximas: llegan mensajes, se
reciben llamadas, y milicianos recorren las calles en bicicletas para asegurar
el envío de refuerzos; mientras otros recogen información sobre los movimientos
alemanes para asegurar los ataques.
En el búnker,
el sigilo y la seguridad son extraordinarios, sobrecogedores. Todos saben que
se juegan la vida, pero eso no les detiene: ese día 20, un grupo de la
resistencia dirigido por Léo Hamon (nacido Lew Goldenberg, hijo de judíos
rusos) toma el ayuntamiento de París, y el puesto de mando de Rol-Tanguy envía
varios centenares de partisanos para defenderlo, y se parapetan en el Hôtel de
Ville, mientras otros miembros de la resistencia se apostan en las bocacalles
de Rivoli, Temple, Renard, para detener a las tropas nazis. La resistencia
mantiene la isla de la Cité en sus manos, y vigilan desde los tejados el
movimiento de los alemanes. Ese mismo día, el mariscal Pétain abandona Vichy
bajo protección alemana y se dirige hacia el Este del país. El 21, la
resistencia ocupa las sedes de todos los ministerios en París.
Charles Luizet,
nombrado prefecto de policía por el gobierno provisional, llega desde Córcega a
la Provenza y sube a París donde asume sus funciones, mientras Alexandre Parodi
pone la resistencia a las órdenes del coronel Rol-Tanguy. Pese a la tregua
pactada en el consulado sueco, siguen los combates en las calles y el barrio
Latino está cubierto de parapetos. El martes 22 de junio, la ciudad esta
paralizada por las barricadas que ha ordenado levantar Rol-Tanguy, los alemanes
son hostigados desde tejados y pisos altos y sufren emboscadas. Al día siguiente,
23, Hitler ordena a von Choltitz la destrucción de París, la voladura de todos
los puentes sobre el Sena. La confusión, el caos y los rumores se extienden por
la ciudad, con incendios en el Grand Palais y la amenaza del
alto mando alemán de dirigir la artillería contra los edificios oficiales
ocupados por la resistencia. Dos grandes banderas con la esvástica sobresalen
de los porches del hotel Meurice en la calle Rivoli. Nidos de ametralladoras
alemanas disparan ante cualquier sospecha, y decenas de miembros de la
resistencia son abatidos. Casi seiscientas barricadas bloquean las calles y los
suburbios. Los barrios obreros bullen de agitación. La resistencia va liberando
calles, edificios, mientras la ciudad vive horas tensas, en medio de los disparos,
de los murmullos en los portales, de carreras para escapar de las balas, del
miedo, de la ansiedad de los colaboracionistas. Ni siquiera los vélo-taxi (una
bicicleta que tiraba de un pequeño carro) circulan.
Cuando Hitler,
en el cuartel general de la Rastemburg prusiana (hoy, la polaca Kętrzyn), la
Guarida del lobo, pregunta a sus generales: ¿Arde París?, es ya demasiado
tarde. El jueves 24 es un día grande: fuerzas aliadas llegan a la
Croix-de-Berny, en Antony, a doce kilómetros de París, y al Pont de Sèvres, a
diez kilómetros, mientras el capitán Raymond Dronne, que manda La
Nueve (la 9.ª Compañía de la 2.ª División Blindada o División Leclerc),
compuesta por republicanos españoles, lanza tres secciones hacia el centro: una
la dirige él; otra, Amado Granell, y la tercera, Rafael Lafuente, y avanzan por
la avenida de Orléans. A las nueve y veinte de la noche consiguen llegar hasta
el ayuntamiento de París con tres blindados y once semiorugas: al frente está
Granell. Han llegado en el blindado Guadalajara; tras él, otros
republicanos españoles en los semiorugas Guernica, Madrid, Ebro, Brunete, Jarama, Teruel, Belchite.
En ese instante conmovedor y ansioso, repican todas las campanas de París junto
a la gran Emmanuel de la catedral de Notre-Dame, y algunos de
aquellos hombres endurecidos por la guerra, curtidos en la resistencia, no
pueden reprimir las lágrimas. El París de la revolución francesa y de la Comuna
respira de nuevo.
En las horas
siguientes, los republicanos españoles y la resistencia toman la plaza de la
Concorde, liberan la Asamblea Nacional y el imponente Hotel Majestic de la
avenida Kléber, sede la comandancia militar alemana. Muchos resistentes mueren,
centenares de cadáveres se encuentran por las calles, y todavía en la mañana
del día 25 siguen los combates: en las primeras horas de la tarde, el general
Dietrich von Choltitz capitula. Virgilio Botella, un combatiente de La
Nueve, cuenta en su libro La gran ilusión, que fueron tres
comunistas españoles de su Compañía quienes detuvieron a Von Choltitz en el
hotel Meurice. París era ya de la resistencia. Hoy, centenares de placas
recuerdan a quienes murieron aquellos días.
«El día más
grande tras la toma de la Bastilla», publica Life. Tras la
guerra, Von Choltitz, que se benefició de haber, supuestamente, desobedecido a
Hitler, salvando así a París, escribió sus memorias subrayando esa leyenda. En
realidad, no disponía de los recursos para destruir la capital francesa, y el
general trataba de salvar su vida evitando la acusación de haber cometido
crímenes de guerra. Dos años antes, Von Choltitz no había tenido escrúpulos en
ganarse el título de «carnicero de Sebastopol».
Junto con
Leclerc, Rol-Tanguy recibe en la estación de Montparnasse la rendición del
general Dietrich von Choltitz. Los hombres de La Nueve participaron
después en la toma de la Kehlsteinhaus, el Nido del
Águila del Führer en Berchtesgaden. De los ciento
cincuenta republicanos españoles de La Nueve, solo dieciséis sobrevivieron
a la guerra. Rol-Tanguy no se quedó en París: en agosto de 1944, la Alemania
nazi aún no había sido vencida, y se incorporó a la campaña militar hasta la
derrota final de Hitler.
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