martes, 15 de abril de 2025

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Haití en la cartografía de la urgencia

 

Haití en la cartografía de la urgencia

 

 

Guadi Calvo

Rebelion

14/04/2025 



Fuentes: Rebelión

La actual situación política y social de Haití se resume en la violencia generalizada por parte de las bandas criminales, que han tomado de rehenes a los once millones de haitianos, lo que hace que esta crisis no tenga paragón, por lo menos en la historia moderna.

En esta antigua colonia francesa sus ciudadanos han sido castigados con la dictadura de François Duvallier, o Papa Doc, desde 1957 a 1971, seguida por la de su hijo Jean-Claude o Baby Doc, quien se mantuvo hasta 1986. Dictadura en la que, más allá de la pobreza generada, el terror y el oscurantismo del que se valieron para gobernar sumió a la población en un complejo sistema de creencias que solo inspira miedo y atraso. La superchería magnificada por los Duvallier pasó a conformar el elemento cultural más característico del país, que los gobiernos que se sucedieron siguieron utilizando, por lo que muchos sectores de la población siguen hundidos en el siglo XVII.

Mientras, la clase política no ha cambiado y solo se ha innovado en la corrupción y los negociados, llevando al país a estar viviendo bajo el fuego cruzado de bandas criminales que lo ocupan todo y se disputan barrio a barrio, manzana a manzana y casa a casa para saquear, robar, realizar secuestros extorsivos, traficar con drogas e introducir a mujeres en el mercado de la prostitución.

A la anémica respuesta estatal con la Policía Nacional de Haití (PNH), se le sumaron hace algunos meses unos cientos de policías y gendarmes kenianos que también han sido desbordados por el desorden social.

Si bien el complejo panorama haitiano remite de inmediato a la Somalia de los últimos treinta y cinco años, al Afganistán que se extendió desde la retirada soviética en 1989 hasta un poco más allá de la invasión norteamericana del 2001 o a la Camboya del Khmer Rouge (1975 y 1979), en cada uno de estos tres casos los grupos dominantes, que convirtieron a sus naciones en Estados fallidos, respondían a una ideología política o una “verdad” religiosa que los abroquelaba, les daban entidad y hasta un cierto ordenamiento. En el caso haitiano las bandas operan solo para delinquir.

Estados de anarquías similares hoy mismo viven una decena de países, por empezar el caso de Sudán, envuelto en una guerra civil en toda regla, donde dos grandes bandos se enfrentan desde hace dos años en una decidida pugna por el poder, o el de Birmania, en el que la casta militar que desalojó a un Gobierno elegido democráticamente en 2021, desde entonces se enfrenta a un cúmulo de guerrillas con intereses políticos, étnicos y religiosos diferentes, a las que el enemigo común une. Aunque de vencer, quizás la nación que conocemos deje de ser tal.

Un caso particular quizás sea la Libia post-Gadafi, donde desde 2010 diferentes poderes extranjeros hacen jugar a Trípoli y a Benghazi a favor de quienes los financian y sostienen, generando una grieta que quizás nunca se cierre. Este sistema de bipolaridad mantiene a la nación que fue la más progresista del continente, encallada entre la guerra civil y el Estado fallido.

Es cierto que a lo largo de la historia muchas naciones han perdido el control de algunas áreas de su territorio. Esto sucede actualmente en el este de la República Democrática del Congo, donde un centenar de grupos insurgentes desafían el poder regional de Kinshasa. Desde principios de año, uno en particular, el Movimiento 23 de marzo (M-23), ha sido especialmente activo. Algo similar sucede en el norte de Burkina Faso y de Malí. Allí, grupos adscriptos al Dáesh y a al-Qaeda, con el concurso de los Estados Unidos y Francia, han convertido esas áreas en ingobernables. Áreas en las que los regulares combaten palmo a palmo para mantener el control, en algunos casos retomarlo y en otros volver a perderlo en una disputa que ya lleva diez años.

Lo mismo sucede en Nigeria, donde Boko Haram y sus desprendimientos, en provincias del noroeste enfrentan al poder estatal desde 2009, habiendo provocado miles de muertos y millones de desplazados, obligando a Abuya a inversiones multimillonarias en insumos militares que son dilapidados por la corrupción de los políticos y los altos mandos.

En vista de esos ejemplos, la situación de Haití tras el asesinato de su presidente Jovenel Moïse en abril del 2021 a manos de sicarios colombianos, no deja de ser peligrosamente novedosa. Con visos distópicos que remite al film australiano Mad Max, en el que, al igual que Haití, bandas armadas recorren un mundo sin ley ni orden.

Este cuadro, incluso superior a lo que sucedió con los cárteles de la droga en Colombia o México, que gracias a la corrupción político-policial fueron, si no lo siguen siendo, en algunas regiones un poderoso estamento paraestatal. O las multitudinarias bandas juveniles centroamericanas, conocidas como maras, que fueron contendidas, como es el caso del Salvador, por el presidente Nayib Bukele con una ferocidad que pone al Estado a la misma altura de los criminales.

En esta cartografía de urgencia, quizás podremos concluir que, si bien muchos comparan al país antillano con Somalia, sea más acertado hacerlo con la Ruanda de 1994 cuando tras el derribo del avión del presidente Juvénal Habyarimana, quien viajaba junto a Cyprien Ntaryamira, el presidente de Burundi, se precipitó una matanza en la que solo en cien días los hutus masacraron a cerca de un millón de tutsis, casi el setenta por ciento del total de ese grupo étnico.

El corazón sangrante de Haití

Es claro que, en el orden internacional, Haití, desde su independencia en 1811, más allá de Francia herida en su honor, nunca a nadie le importó nada. Sin petróleo, sin uranio, sin oro y con millones de negros analfabetos y hambrientos de todo, a los que las numerosas intervenciones y ocupaciones extranjeras nunca les resolvieron nada.

De ello no hay mejor ejemplo que este momento en que la crisis se profundiza y ningún Estado u organismo internacional hace nada, mucho menos ahora, paralizados por los bramidos psiquiátricos de Donald Trump.

Por lo que las bandas que operan a lo largo del país, que se calculan en unas doscientas, aprovechan para seguir extendiendo su control y particularmente sobre Puerto Príncipe, de la que ya ocupan más del ochenta por ciento, lo que se traduce en medio millón de almas sometidas a códigos regidos por la cocaína, el bazuco y las drogas de diseño.

Otro medio millón de capitalinos han abandonado la capital para desplazarse hacia el interior de la isla, escapando de fenómenos como el de la violencia sexual “infantil”, patrón que se ha disparado a cifras espeluznantes.

A este cuadro se le agrega la falta de alimentos y agua potable; a este punteo muchos agregan la falta de servicios de salud o higiene, ignorando que la enorme mayoría de ese pueblo jamás dispuso de semejantes lujos. Para los casos de salud el pueblo cuenta con el vudú, religión oficial desde 2003. Si no, ya lo resolverá la muerte en algún momento.

Tras la renuncia en abril de 2024 del primer ministro, Ariel Henry, dejó al país acéfalo debiendo improvisar un Consejo de Transición, que a pesar de contar con el apoyo nominal de los Estados Unidos nunca pudo hacer pie, sin escapar de las diatribas del discurso m’adamage (populista) ha fracasado en sus tareas fundamentales: la estabilización del país y la organización de elecciones presidenciales.

El anunciado despliegue en Puerto Príncipe de unos ochocientos efectivos kenianos, según dice el acuerdo entre Nairobi y Washington de 2023, ha sido la única señal de los norteamericanos para colaborar con la estabilización del país, al que ocuparon entre 1915 y 1934, más allá de que continuaron digitando su destino hasta la muerte de Moïse.

Los kenianos son una fuerza insuficiente para controlar siquiera Puerto Príncipe, y ni hablar del resto del país. Para lo que, según expertos locales, se necesitarían entre dos mil quinientos y tres mil hombres para estabilizar el país; de todos modos, una cifra insuficiente para contener la muchedumbre de pandillas, compuesta por centenares de miembros. Que además de estar muy bien armados, permanentemente drogados y, para peor, convencidos de su estado de wanga binefik (estado de protección) según las disposiciones de Liv des Mystères (Libro de los misterios).

El armamento para las bandas llega desde el mercado negro de Florida en lachas rápidas que nunca son detectadas o a través de la frontera dominicana. Sumándose a las que les son vendidas por funcionarios de la propia policía.

La comunidad internacional parece negarse a apuntalar una solución para los problemas estructurales que el país arrastra desde el siglo XIX, y que se profundizan gobierno tras gobierno, terremoto tras terremoto.

Se estima que desde el 2023, los muertos alcanzan a los siete mil. Si bien todavía no son suficientes para compararlo con el genocidio de Ruanda, sabemos que solo es una cuestión de tiempo, empeño y vudú.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asía Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC

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Capitalismo y guerra

 

Según Andrea Zhok, el libre mercado, para sobrevivir, requiere un crecimiento continuo. Cuando el crecimiento se detiene, el sistema entra en crisis, y las soluciones tradicionales ya no son suficientes. Se impone la guerra como último recurso.


Capitalismo y guerra

 

Andrea Zhok

El Viejo Topo

15 abril, 2025 



1. LA ESENCIA DEL CAPITALISMO

La conexión entre capitalismo y guerra no es accidental sino estructural y estrecha. Aunque la literatura autopromocional del liberalismo siempre ha intentado explicar que el capitalismo, traducido como “comercio dulce”, era una vía preferencial hacia la pacificación internacional, en realidad esto siempre ha sido una flagrante falsedad. Y esto no es porque el comercio no pueda ser un medio de paz –puede serlo–, sino porque la esencia del capitalismo NO es el comercio, que es sólo uno de sus posibles aspectos.

La esencia del capitalismo consiste en un solo punto. Se trata de un sistema social idealmente acéfalo, es decir, idealmente sin liderazgo político, pero guiado por un único imperativo categórico: el aumento del capital en cada ciclo de producción.

El corazón ideal del capitalismo es la necesidad de que el capital rinda, es decir, de aumentar el capital mismo. La dirección de este proceso no está en manos de la política –y mucho menos de la política democrática–, sino de los poseedores del capital, de los sujetos que encarnan las necesidades de las finanzas.

Es importante entender que el punto crucial para el sistema no es que “siempre haya más capital” en el sentido objetivo, es decir, que la cantidad de dinero aumente cada vez más; Incluso puede contraerse temporalmente. Lo que importa es que siempre debe existir la perspectiva general de un aumento del capital disponible.

En ausencia de esta perspectiva –por ejemplo, en una condición persistente de “estado estacionario” de la economía–, el capitalismo deja de existir como sistema social, porque falta el “piloto automático” representado por la búsqueda de salidas para la inversión.

Ello debe entenderse puramente en términos de PODER. En el capitalismo, una determinada clase detenta el poder y lo ostenta como la persona encargada de la gestión del capital hacia el crecimiento. Si se pierde la perspectiva de crecimiento, el resultado es técnicamente REVOLUCIONARIO, en el sentido específico de que la clase que detenta el poder debe cederlo a otros –por ejemplo a un liderazgo político impulsado por principios o ideas rectoras, como ha sido más o menos siempre el caso a lo largo de la historia (perspectivas religiosas, perspectivas nacionales, visiones históricas).

El capitalismo es el primer y único sistema de vida en la historia de la humanidad que no busca encarnar ningún ideal ni tiende a ir en ninguna dirección específica. Aquí se podría abrir una discusión interesante sobre la conexión entre capitalismo y nihilismo, pero queremos centrarnos en otro punto.

2. LA «TENDENCIA A LA CAÍDA DE LA TASA DE GANANCIA»

En la naturaleza del sistema está implícita una tendencia que Karl Marx examinó por primera vez con el nombre de «tendencia de la tasa de ganancia a caer». Es un proceso intuitivo. Por un lado, como hemos visto, el sistema nos exige buscar constantemente el crecimiento, transformando el capital en inversión que genere más capital.

Por otra parte, la competencia interna al sistema tiende a saturar todas las opciones de incrementar el capital, realizándolas. Cuanto más eficiente sea la competencia, más rápida será la saturación de lugares donde obtener ganancias. Esto significa que con el tiempo el sistema capitalista genera estructuralmente un problema de supervivencia para el propio sistema.

El capital disponible crece constantemente y busca usos “productivos”, es decir, capaces de generar beneficios. El crecimiento del capital está vinculado al crecimiento de las perspectivas de crecimiento futuro del capital, en un mecanismo de autorreforzamiento. Es sobre la base de este mecanismo que nos encontramos en situaciones como la anterior a la crisis de las hipotecas subprime, cuando la capitalización en los mercados financieros globales era 14 veces el PIB mundial.

Este mecanismo produce la tendencia constante hacia las “burbujas especulativas”. Y este mismo mecanismo produce la tendencia a las llamadas «crisis de sobreproducción», expresión común pero impropia, pues da la impresión de que hay un exceso de producto disponible, cuando el problema es que hay demasiado producto sólo en relación con la capacidad media de comprarlo.

Constante, inevitablemente, el sistema capitalista se encuentra enfrentando crisis generadas por esta tendencia: masas crecientes de capital presionan para ser utilizadas, en un proceso exponencial, mientras que la capacidad de crecimiento es siempre limitada.

Para que una crisis se sienta, no es necesario que el crecimiento se detenga, basta con que no esté a la altura de la creciente demanda de márgenes. Cuando esto sucede, el capital –es decir, los poseedores del capital o sus administradores– comienza a agitarse cada vez más, porque su propia supervivencia como poseedores del poder está en riesgo.

3. LA BÚSQUEDA FRENÉTICA DE SOLUCIONES

A medida que se acerca la compresión de márgenes, comienza una búsqueda frenética de soluciones. En la versión autopromocional del capitalismo, la solución principal sería la «revolución tecnológica», es decir, la creación de una nueva perspectiva prometedora de generar ganancias a través de una innovación tecnológica.

La tecnología es realmente un factor que aumenta la producción y la productividad. Si también aumenta los márgenes de beneficio es una cuestión más compleja, porque no basta con que haya más producto para que el capital aumente, sino que es necesario que haya más producto COMPRADO.

Esto significa que los márgenes pueden realmente crecer en presencia de una revolución tecnológica sólo si el aumento de la productividad se refleja también en un aumento general del poder adquisitivo (salarios), lo que no es tan obvio. Pero incluso donde esto sucede, las “revoluciones tecnológicas” capaces de aumentar la productividad y los márgenes no son tan comunes. A menudo lo que se presenta como una “revolución tecnológica” se sobreestima enormemente en su capacidad de producir riqueza y termina siendo sólo una reorientación de las inversiones que genera una burbuja especulativa.

A la espera de que se produzcan revoluciones tecnológicas que reabran la esfera de los márgenes, la segunda dirección en la que se busca una solución para recuperar márgenes de beneficio es la presión sobre la fuerza de trabajo. Esta presión puede manifestarse en la compresión salarial y de muchas otras formas que aumentan el área de explotación del trabajo.

La reducción directa de los salarios nominales es una forma que se adopta sólo en casos excepcionales. Más frecuentes y fáciles de gestionar son la falta de recuperación de la inflación, la “flexibilización” del trabajo para reducir los “tiempos muertos”, la “rigorización” de las condiciones de trabajo, los despidos de personal, etc.

Este horizonte de presión presenta dos problemas. Por una parte, difunde el descontento, con la posibilidad de que éste derive en protestas, disturbios, etc. Por otra parte, la presión sobre la fuerza de trabajo, especialmente en la dimensión salarial, reduce el poder adquisitivo medio, y con ello se corre el riesgo de iniciar una espiral recesiva (menores ventas, menores beneficios, mayor presión sobre la masa salarial para recuperar márgenes, consecuente reducción de las ventas de productos, etc.).

Una forma colateral de ganar márgenes se da con las “racionalizaciones” del sistema de producción, que conceptualmente está a medio camino entre la innovación tecnológica y la explotación de la fuerza de trabajo. Las «racionalizaciones» son reorganizaciones que, por así decirlo, liman las «ineficiencias» relativas del sistema. Esta dimensión reorganizativa de hecho casi siempre repercute en un empeoramiento de las condiciones de trabajo, que se vuelven cada vez más dependientes de las necesidades impersonales de los mecanismos del capital.

Un horizonte final de soluciones se presenta cuando la esfera del comercio exterior entra en la ecuación. Aunque en principio los puntos anteriores agotan los lugares donde los márgenes de ganancia pueden crecer, en realidad tomando en consideración el ámbito exterior, las mismas oportunidades de ganancias se multiplican debido a las diferencias entre países. En lugar de un aumento tecnológico interno, se puede acceder a un aumento tecnológico externo a través del comercio. En lugar de comprimir la fuerza laboral nacional, se podría lograr acceso a mano de obra extranjera barata, etc.

4. LA DISMINUCIÓN DE LAS GANANCIAS

La fase actual de la corta y sangrienta historia del capitalismo que estamos viviendo se caracteriza por el desvanecimiento progresivo de todas las perspectivas importantes de ganancias. Siempre habrá lugar para “revoluciones tecnológicas”, pero no con una frecuencia que pueda seguir el ritmo de las masas de capital infinitamente crecientes que presionan para convertirse en ganancias.

Siempre habrá espacio para una mayor compresión de la fuerza laboral, pero el riesgo de crear condiciones para la revuelta o reducir el poder adquisitivo generalizado plantea límites claros. En cuanto al proceso de globalización, ha llegado a sus límites y ha iniciado un proceso de regresión relativa; la posibilidad de encontrar oportunidades externas diferentes y mejores que las nacionales se ha reducido drásticamente (hay que considerar que cuanto más se extienden las cadenas productivas, más frágiles son y más costos de transacción adicionales pueden aparecer).

La crisis de las hipotecas subprime (2007-2008) marcó el primer punto de inflexión, llevando a todo el sistema financiero mundial al borde del colapso. Para salir de esa crisis se utilizaron dos palancas. Por un lado, una fuerte presión sobre el ámbito laboral, con pérdida de poder adquisitivo y empeoramiento de las condiciones laborales a nivel mundial. Por otra parte, se produce un aumento de las deudas públicas, que a su vez constituyen una restricción indirecta impuesta a los ciudadanos y a los trabajadores y se presentan como una carga que debe compensarse.

La crisis del Covid (2020-2021) marcó un segundo punto de inflexión, con características no muy diferentes a las de la crisis subprime. También en este caso, los resultados de la crisis han sido una pérdida media de poder económico de las clases trabajadoras y un aumento de la deuda pública.

Tanto en la crisis de las hipotecas subprime como en la del Covid, el sistema aceptó una reducción general temporal de las capitalizaciones globales, con el fin de reabrir nuevas áreas de beneficios. En general, el sistema financiero emergió de ambas crisis en una posición comparativamente más fuerte en relación con la población que vive de su propio trabajo. El aumento de la deuda pública es en realidad una transferencia de dinero desde la disponibilidad del ciudadano medio a los cupones de los tenedores de capital.

Cabe señalar que, para desactivar los espacios de disputa y oposición entre trabajo y capital, el capitalismo contemporáneo ha presionado con todas sus fuerzas para crear un corresponsalismo en algunos estratos de la población, ricos pero lejos de contar para nada en términos de poder capitalista.

Al obligar a la gente a adquirir pensiones privadas, pólizas de seguros con intereses y empujarlos a utilizar sus ahorros en alguna forma de bonos gubernamentales, intentan (y logran) crear una capa de la población que se siente «involucrada» en el destino del gran capital. Estos estratos de población actúan como “zonas de amortiguación”, reduciendo la disposición promedio a rebelarse contra los mecanismos del capital.

La situación actual, sobre todo en el mundo occidental, es pues la siguiente: El gran capital necesita acceder a áreas de ganancias más amplias y continuas para sobrevivir. Las poblaciones de los países occidentales han visto erosionadas sus condiciones de vida, tanto en términos estrictamente de poder adquisitivo como en términos de capacidad de autodeterminación, viéndose cada vez más atadas a una multiplicidad de limitaciones financieras, laborales y legislativas, todas ellas motivadas por la necesidad de «racionalizar» el sistema.

Las posibilidades de encontrar nuevas áreas de ganancias en el extranjero se han reducido drásticamente a medida que el proceso de globalización ha llegado a sus límites. Esta es la situación a la que se enfrentan hoy los grandes accionistas. Por tanto, es urgente encontrar una solución. ¿Pero cuál?

5. «UNA PALABRA ATERRADORA Y FASCINANTE: ¡GUERRA!»

Cuando en el canon occidental aparecen las guerras mundiales, es decir, los dos mayores acontecimientos de destrucción bélica de la historia de la humanidad, suelen aparecer bajo la bandera de unos culpables bien definidos: los «nacionalismos» (sobre todo el alemán) para la Primera Guerra Mundial, las «dictaduras» para la Segunda Guerra Mundial. Rara vez se reflexiona que estos acontecimientos tienen como epicentro el punto más avanzado de desarrollo del capitalismo mundial y que la Primera Guerra Mundial ocurrió en el auge del primer proceso de «globalización capitalista» de la historia.

Sin entrar aquí en una exégesis de los orígenes de la Primera Guerra Mundial, es sin embargo útil recordar cómo la fase que la precedió y la preparó puede situarse perfectamente en un marco que podemos reconocer. A partir de 1872 aproximadamente se inició una fase de estancamiento en la economía europea. Esta fase da un impulso decisivo a la búsqueda de recursos y mano de obra en el extranjero, principalmente bajo las formas de imperialismo y colonialismo.

Todos los grandes momentos de crisis internacionales que prepararon la Primera Guerra Mundial, como el incidente de Fashoda (1898), son tensiones en la confrontación internacional por el acaparamiento de áreas de explotación. El primer gran impulso para el rearme en la Alemania Guillermina fue crear una flota capaz de desafiar el dominio inglés de los mares (que es un dominio comercial).

Pero ¿por qué la guerra debería representar un horizonte para la solución de las crisis generadas por el capital? La respuesta, en este punto, es bastante sencilla. La guerra representa una solución ideal a las crisis de “caída de la tasa de ganancia” en cuatro aspectos principales.
En primer lugar, la guerra se presenta como un impulso no negociable para obtener inversiones masivas que puedan revivir una industria sin vida. Los grandes contratos públicos en nombre del “deber sagrado de defensa” pueden lograr extraer los últimos recursos públicamente disponibles para volcarlos en contratos privados.

En segundo lugar, la guerra representa una gran destrucción de recursos materiales, de infraestructura y de seres humanos. Todo esto, que desde el punto de vista del intelecto humano común es una desgracia, desde el punto de vista del horizonte de inversión es una perspectiva magnífica.

De hecho, se trata de un acontecimiento que “hace retroceder el reloj de la historia económica”, eliminando esa saturación de perspectivas de inversión que amenaza la existencia misma del capitalismo. Después de una gran destrucción, se abren espacios para inversiones fáciles, que no requieren ninguna innovación tecnológica: carreteras, ferrocarriles, acueductos, casas y todos los servicios relacionados. No es casualidad que desde hace algún tiempo, mientras hay una guerra en curso, desde Irak hasta Ucrania, estemos asistiendo a una carrera preliminar para conseguir contratos para la reconstrucción futura. La mayor destrucción de recursos de todos los tiempos –la Segunda Guerra Mundial– fue seguida por el mayor auge económico desde la Revolución Industrial.

En tercer lugar, los grandes poseedores de capital, es decir, capital financiero, consolidan comparativamente su poder sobre el resto de la sociedad. El dinero, al ser virtual por naturaleza, permanece intacto ante cualquier destrucción material importante (siempre que no se trate de una aniquilación planetaria).

En cuarto y último lugar, la guerra congela y detiene todos los procesos de revuelta potencial, todas las manifestaciones de descontento desde abajo. La guerra es el mecanismo definitivo, el más poderoso de todos, para “disciplinar a las masas”, colocándolas en una condición de subordinación de la que no pueden escapar, so pena de ser identificadas como cómplices del “enemigo”.

Por todas estas razones, el horizonte bélico, aunque por el momento esté lejos del ánimo predominante entre las poblaciones europeas, es una perspectiva que debe tomarse extremadamente en serio.

Cuando hoy algunos dicen –con razón– que no existen premisas culturales y antropológicas para que la sociedad europea se prepare seriamente para la guerra, me gusta recordar cuando –olfateando los ánimos de las masas– Benito Mussolini pasó en pocos años del pacifismo socialista a la famosa conclusión de su artículo en el Popolo d’Italia , del 15 de noviembre de 1914: «El grito es una palabra que nunca habría pronunciado en tiempos normales y que en cambio elevo en voz alta, a todo pulmón, sin fingimiento, con fe segura, hoy: una palabra temible y fascinante: ¡guerra!».

Fuente: Infosannio

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lunes, 14 de abril de 2025

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Un alcalde del PP consigue, casualmente, una plaza de encargado de obras en su Ayuntamiento

 

Un alcalde del PP consigue, casualmente, una plaza de encargado de obras en su Ayuntamiento

 

INSURGENTE.ORG / 14.04.2025

 

El alcalde de Ribadesella, Paulo García (PP), consiguió el pasado 8 de abril ser el elegido para una plaza de encargado de obras en el mismo ayuntamiento que preside. El informe del tribunal calificador de la plaza, que procede del proceso selectivo incluido en el plan de estabilización de empleo temporal, otorga el puesto al Alcalde, según la documentación a la que ha tenido acceso este periódico.

La plaza de encargado de obras del Ayuntamiento de Ribadesella se asigna al regidor tras un azaroso proceso selectivo, que fue revisado para reevaluar a uno de los participantes y terminó concediendo la plaza mediante un sorteo al haber un empate después de que los dos primeros candidatos, los únicos con méritos profesionales, renunciasen al puesto. Ese sorteo final otorgó el puesto a Paulo García.

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La UE y Ucrania

 

El empecinamiento de la Unión Europea en mandar tropas a la frontera ucraniana dificulta seriamente la consecución de un alto el fuego, y con ello contribuye decisivamente a que siga aumentando el número de muertos. Hay que preguntarse por qué.


La UE y Ucrania


Fabian Scheidler

El Viejo Topo

14 abril, 2025 



¿ESTÁ LA UE INTENTANDO IMPEDIR LA PAZ EN UCRANIA?

Con su política hacia Ucrania, la UE no sólo pone en peligro la región, sino también su propia seguridad. A pesar de las negociaciones de paz en curso, Bruselas sigue manteniendo sus máximas exigencias.

Cualquiera que siga la política de la UE hacia Ucrania no puede dejar de sorprenderse. Justo cuando han comenzado las negociaciones para un alto el fuego y se vislumbra una distensión entre Washington y Moscú, la UE está obstruyendo el proceso de paz de todas las maneras posibles. El intento del presidente francés, Emmanuel Macron, de enviar tropas de la OTAN a Ucrania difícilmente puede explicarse de otra manera. Moscú ha dejado claro desde el principio que no aceptará esas tropas bajo ninguna circunstancia, y de hecho es evidente que sólo las tropas neutrales tendrán capacidad para mantener la paz.

Desde que asumió el cargo, la Alta Representante de la UE para Política Exterior, Kaja Kallas, se ha opuesto abiertamente a las negociaciones de paz. La opinión general es que no se puede confiar en Moscú y que Putin no quiere la paz. En diciembre tuiteó: “La UE quiere que Ucrania gane esta guerra”. Se trata, pues, de una paz nacida de la victoria, aunque resulte totalmente irrealista dada la situación en el frente, y no de la diplomacia. Aunque en los círculos de la UE hay un creciente descontento contra Kallas, porque su línea no representa a todos los gobiernos de la UE, hasta ahora ha habido poca oposición abierta.

La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, apoyó la posición de Kallas y dijo a principios de febrero: “Mi visión para Ucrania es la misma que ha sido durante los últimos tres años: debe ganar esta guerra”. El 23 de febrero, añadió en la televisión danesa: “Corremos el riesgo de que la paz en Ucrania sea en realidad más peligrosa que la guerra”.

Una declaración notable. Después de todo, la guerra en Ucrania ha hecho que el riesgo de una guerra nuclear sea mayor que en cualquier otro momento desde la Crisis de los Misiles de Cuba de 1962. En ese momento, la humanidad había escapado por poco de la aniquilación nuclear. ¿Puede la paz ser realmente más peligrosa?

La afirmación de que Ucrania podría ganar la guerra también es completamente irreal. Hace años, el Pentágono y el Estado Mayor Conjunto de Ucrania admitieron públicamente que la guerra había llegado a un punto muerto. Desde entonces, la situación de Ucrania ha empeorado constantemente y el país ha sufrido pérdidas territoriales diarias, además de perder casi por completo lo que había ganado en la región de Kursk, en Rusia. Ningún observador militar serio puede todavía pensar seriamente que Kiev recuperará los territorios perdidos. Por el contrario, cada día que pasa la guerra acerca al país al colapso, sacrificando más vidas y acumulando una deuda cada vez mayor. Sin embargo, los principales políticos de la UE siguen negándose a reconocer estos hechos. No sólo no están adoptando iniciativas diplomáticas ni presentando propuestas realistas para proteger a Ucrania de situaciones aún peores, sino que también están socavando las negociaciones en curso.

En el contexto de las negociaciones para un alto el fuego parcial en el Mar Negro, que también incluyen el levantamiento de las sanciones contra el banco agrícola ruso Rosselkhozbank, Anitta Hipper, portavoz de la Comisión Europea de Asuntos Exteriores, dijo el 26 de marzo: «La retirada incondicional de todas las fuerzas armadas rusas de todo el territorio de Ucrania sería uno de los requisitos previos más importantes para modificar o levantar las sanciones».

Pero en realidad, todos los implicados, ya sea en Bruselas, Washington o Kiev, deberían haber sabido desde hace mucho tiempo que Moscú nunca se retiraría, y mucho menos incondicionalmente, de todo el Donbass y Crimea. Vincular la revocación o incluso simplemente la modificación de las sanciones a esta condición significa, de hecho, abogar por un régimen de sanciones sin límite temporal. Sin embargo, al hacerlo, la UE está renunciando a una herramienta esencial para ejercer presión en las negociaciones; las sanciones ya no son un medio para poner fin a la guerra y fortalecer la posición negociadora de Ucrania. Después de todo, ¿por qué debería Moscú hacer concesiones sin ninguna perspectiva de recibir nada a cambio?

En el peor de los casos, un bloqueo de la UE podría incluso hacer descarrilar las negociaciones de paz. Dado que algunas de las principales instituciones financieras mundiales tienen su sede en la UE, incluida la organización Swift, que gestiona la mayoría de los pagos internacionales, la UE tiene sin duda algunas herramientas en sus manos, aunque todavía está por ver si realmente se atrevería a utilizarlas sin la aprobación de Washington.

Política ucraniana: La UE sigue contribuyendo a su aislamiento geopolítico

En todos estos casos surge un patrón paradójico: la UE debería tener un interés existencial en evitar que el incendio a sus puertas continúe o incluso empeore; En lugar de ello, continúa echando leña al fuego para continuar una guerra sin esperanza. Al hacerlo, sacrifica tanto sus propios intereses de seguridad, a menudo invocados, como los intereses de supervivencia de Ucrania, de cuyo protector se ha presentado durante años. Además, la UE sigue contribuyendo a su propio aislamiento geopolítico en lugar de posicionarse como mediador entre los principales bloques, que es la única opción racional dada su posición geográfica. ¿Cómo se puede explicar este comportamiento irracional?

El historiador indio-estadounidense Vijay Prashad sospecha que las élites políticas de la UE están interesadas principalmente en mantener su propio prestigio. En otras palabras: se ha invertido demasiado capital político en la narrativa de una paz basada en la victoria, se han sacrificado demasiadas vidas humanas por esta narrativa y se han gastado demasiados miles de millones en ella.

Si Moscú realmente acepta un alto el fuego y, en última instancia, un tratado de paz, la afirmación de que es imposible negociar con Putin también quedaría desmentida. Se plantea la pregunta: ¿por qué la UE no apoyó las negociaciones de paz avanzadas en Estambul ya en la primavera de 2022? Tal vez se podrían haber evitado cientos de miles de muertes y Ucrania se habría ahorrado enormes pérdidas territoriales. Tal vez ni siquiera sería necesario rearmarse tan frenéticamente como lo están haciendo actualmente la UE y, sobre todo, Alemania. Si resulta que Rusia perseguía con esta guerra objetivos regionales más bien limitados y no tiene intención de absorber a toda Ucrania y, de postre, a la OTAN, entonces podría surgir en el horizonte la posibilidad de un nuevo orden de paz y, con él, la opción de garantizar una mayor seguridad a largo plazo y lograr el desarme mediante medidas de fomento de la confianza.

Pero tales perspectivas están en contradicción con los escenarios catastróficos que se utilizan para impulsar en los parlamentos enmiendas constitucionales y cientos de miles de millones de euros para armamentos. Todos los gobiernos de la UE, desde Varsovia a Berlín, desde París a Roma, desde Madrid a Londres, así como los principales partidos, desde los Verdes a la Unión, han apostado sus apuestas políticas en esta carta. ¿Eso significa que ya no pueden regresar? ¿Están dispuestos a sacrificar la posibilidad de paz para mantener una narrativa fallida? Éste sería realmente el más grave de todos los errores, después de todos los graves errores y omisiones de los últimos tres años.

Las estrategias occidentales en Ucrania han fracasado

De hecho, ahora lo que está en juego es aún más importante. El escenario de un ataque ruso a la OTAN no sólo legitima el rearme en la UE, sino también, a su vez, el desmantelamiento del Estado de bienestar, que Europa ya no puede permitirse ante esta amenaza existencial. El Financial Times resumió el programa así: “Europa debe reducir su estado de bienestar para construir un estado de guerra”. Un acuerdo de paz que se alcance demasiado rápido podría socavar este proyecto de austeridad impuesto militarmente. ¿Quién aceptaría todavía el desmantelamiento de los servicios públicos de salud, de educación, de transporte público, de protección del clima y de servicios sociales si ya no existiera un enemigo abrumador en ascenso?

Noam Chomsky observó una vez que el desmantelamiento del Estado de bienestar en favor del complejo militar-industrial era un proyecto muy antiguo, ya desarrollado durante el New Deal en Estados Unidos. Según Chomsky, los beneficios sociales estimularían el deseo de la gente de una mayor autodeterminación y derechos democráticos y obstaculizarían un orden autoritario. El gasto militar, por el contrario, genera altas ganancias sin generar derechos sociales. ¿Necesita la UE un enemigo fuerte para un proyecto así?

Además de estas dos posibles razones, hay otra posible explicación para el comportamiento aparentemente irracional de la UE: la preparación de una nueva leyenda de puñalada por la espalda. Si la UE mantiene la narrativa de la paz a través de la victoria sabiendo perfectamente que no tiene ninguna base realista, mientras Trump negocia una paz de compromiso, los neoconservadores estadounidenses y sus aliados europeos pueden hacer circular la narrativa de que la administración Trump apuñaló a los ucranianos y sus partidarios por la espalda y es responsable de pérdidas territoriales. Elementos de esta narrativa ya se están desarrollando exhaustivamente en ambos lados del Atlántico, con fines fructíferos políticos.

Pero una estrategia así está tan condenada al fracaso como las anteriores. Alimentará a todas esas fuerzas, dentro y fuera de Ucrania, que quieren socavar la paz a posteriori y alimentar la fantasía de que con más armas y una guerra continua, las pérdidas pueden revertirse. Para Ucrania, esto podría hacer más probable una transición a una guerra civil; Para toda Europa significaría una mayor inestabilidad y el riesgo de un nuevo enfrentamiento con Moscú.

Si los europeos realmente se preocupan por su propia seguridad y la de los ucranianos, entonces la única alternativa sensata es la honestidad. Las estrategias occidentales en Ucrania han fracasado. Centrarse exclusivamente en el suministro de armas y rechazar la diplomacia ha demostrado ser un error. Debemos reconocer la realidad y tratar de sacar lo mejor de una mala situación. Esto significa contribuir al proceso de paz con propuestas constructivas, en lugar de sabotearlo desde fuera.

Fuente:  Berliner Zeitung

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M. CARACOL. Trump y Von der Leyen: crupieres del caos, el chantaje y la guerra

 

M. CARACOL. Trump y Von der Leyen: crupieres del caos, el chantaje y la guerra

 

Diario octubre / abril 13, 2025



Las crisis del sistema capitalista no son una estafa. Sin embargo, sus representantes sí que son a menudo estafadores profesionales. En Argentina, los gurús del mercadeo digital han caído en desgracia, después de que Milei aplicara su criptoestafa; pero Trump ha ido mucho más lejos. Wall Street es para él lo que el casino de Montecarlo fue para los duques arruinados: un lugar donde la ruleta siempre favorece al amigo del dueño. En apenas horas, los valores bursátiles de sectores clave se desplomaron tras sus anuncios arancelarios. ¿Qué mejor momento para comprar con información privilegiada, justo antes de que el magnate… retirara los aranceles? ¿Y qué podía esperarse cuando quien apuesta es también el crupier?

Cuando Marx escribió que la historia se repite “una vez como tragedia y otra como farsa”, no conocía todavía a Donald Trump, pero sin duda habría reconocido en él a un Napoleón III posmoderno. Los ingenuos creían que el magnate se replegaría hacia dentro, que su nacionalismo era un “America First” genuino. Pero Trump no quiere encogerse: refleja la bravucona esquizofrenia de un imperialismo que está perdiendo preponderancia. Europa ya ha sido domesticada —entre chantajes y «Javelins»—, pues Ucrania la mantiene ocupada. El verdadero teatro se traslada ahora al Pacífico: el viejo “Pivot to Asia” de Obama, que Trump ha llevado a su definitivo paroxismo imperial. América Latina como patio trasero, Europa como peón disciplinado y China y Rusia (sí, también Rusia) como enemigos estratégicos a batir. Bienvenidos al desierto de lo real.

Los aranceles de Trump no son política comercial: son amenazas mafiosas cuyo verdadero objetivo es abrir mercados por la fuerza. No se trata de proteger a la industria norteamericana (que para nada se está fomentando), sino de obligar a otros países —Europa, sobre todo— a firmar tratados de libre comercio en condiciones asimétricas. Bruselas, cómo no, se ha dejado intimidar, pero Pekín… no. Responde con firmeza, fortalece sus alianzas en Asia y América Latina y le recuerda a Washington que ya no estamos en 1991. El magnate neoyorkino presume de dominar el “arte del trato”, pero en realidad actúa como un usurero desesperado por mantener el control de la partida. Trump efectúa gestos para hacer creer que compadrea con Putin (mientras la progresía europea simula creerse que de verdad ambos son “amigos” e incluso percibe su “afinidad ideológica”), cuando lo que busca es fracturar el bloque euroasiático, como si la nueva Ruta de la Seda y la Organización de Cooperación de Shanghái fueran a venirse abajo al más mínimo canto de sirena de un matón de patio de colegio. El objetivo real de Trump es acabar con los BRICS, y en particular destruir a China… y a Rusia. Quien no lo vea ha caído en la propaganda de la “Academia de las Ciencias de Twitter”.

Pero Trump no solo es un peligro para el equilibrio global, sino también el peor enemigo de la clase trabajadora estadounidense. En nombre de la “eficiencia gubernamental”, Elon Musk y él han recortado fondos públicos, despedido a empleados estatales y eliminado programas sociales que sostenían a millones de personas que viven por debajo del umbral de pobreza. Mientras tanto, se enriquece, privatiza y reparte contratos a dedo entre sus socios. Un gobierno de oligarcas para oligarcas. A diferencia de este magnate de gorras rojas, la República Popular China (roja pero de verdad) ha sacado a más de 700 millones de personas de la pobreza en apenas cuatro décadas. ¿Cuál es entonces el modelo a seguir? ¿Y qué ha hecho Trump, además de encarecer y aplicar su motosierra oligárquica?

Los pueblos del mundo no tienen por qué tomar partido en una «dialéctica entre imperios» en decadencia, cuando hay nuevos actores emergentes dando una lección al mundo desde Asia y en alianza con el Sur Global. Ni Trump ni Bruselas representan una salida: uno es la caricatura de un César decadente, la otra una vasalla sin interés por edificar algo diferente. El vonderleyenismo no es mejor que el trumpismo: aquí en Europa la amenaza de guerra se multiplica, las desigualdades se profundizan y la «democracia» vaciada de contenido convence a cada vez menos gente. ¿En nombre de qué supuestos “valores europeos” nos mandan sacrificarnos, cuando China está demostrando la superioridad objetiva de la economía planificada? Los pueblos de Europa debemos rebelarnos contra la guerra imperialista en la que quieren meternos, porque, si no damos guerra a la guerra, la historia volverá a repetirse. Y esta vez no será solo como farsa.

Fuente: insurgente.org