sábado, 11 de enero de 2025

Descubren la molécula que impulsa la limpieza nocturna del cerebro

 

Descubren la molécula que impulsa la limpieza nocturna del cerebro

TERCERAINFORMACION / 11.01.2025

 

  • Un estudio en ratones, publicado en Cell, revela que durante el sueño profundo pulsos de norepinefrina, emitidos cada 50 segundos, contribuyen a eliminar los residuos cerebrales. Este proceso es clave para la salud y su interrupción puede estar relacionada con el desarrollo de enfermedades como el alzhéimer. El uso continuado de somníferos también puede deteriorarlo.


Mientras dormimos, el cerebro se ocupa de realizar su limpieza. /Adobe Stock

 

Un equipo de investigadores daneses ha descubierto que la norepineferina (noradrenalina) impulsa el sistema de limpieza nocturno del cerebro durante el sueño profundo en ratones. Los resultados del trabajo, que se publican esta semana en la revista Cell también demuestran que los somníferos, ampliamente utilizados, alteran este proceso de limpieza esencial para una buena salud cerebral.

Mientras dormimos, el cerebro se ocupa de realizar su limpieza. Durante el sueño profundo, el tronco encefálico, un importante centro de comunicaciones del sistema nervioso, emite pequeñas oleadas de norepinefrina aproximadamente cada 50 segundos. Esta sustancia provoca la contracción de los vasos sanguíneos, lo que genera pulsaciones lentas que impulsan un flujo rítmico en el líquido circundante, arrastrando los desechos acumulados.

 De esta forma cada noche el cerebro elimina 4 gramos de residuos. En total se eliminan unos 1.460 gramos al año, el equivalente al peso promedio de este órgano.

El líquido cefalorraquídeo es el encargado de ‘baldear’ el cerebro por la noche para eliminar esa basura, compuesta por células dañadas, productos metabólicos de desecho y bacterias.

El papel del sistema glinfático Para este cometido “el cerebro depende del sistema glinfático, que solo está activo durante el sueño y, por lo tanto, dormir es vital para mantener la salud. Si se permite que moléculas como la beta amiloide se acumulen y agreguen, se vuelven tóxicas para las células cerebrales y puede conducir al desarrollo de enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Alzheimer”, explica a SINC Natalie L. Hauglund, primera firmante del estudio e investigadora del Centro Danés de Medicina del Sueño y de las universidades de Copenhague y Oxford.

El sistema glinfático fue descubierto en 2012 por el laboratorio de Maiken Nedergaard, que lidera esta investigación de Cell. La revista Science lo consideró entonces como uno de los descubrimientos del año. Pero hasta ahora no sé sabía qué impulsa la limpieza del cerebro durante el sueño. Y es lo que acaban de descubrir de nuevo Nedergaard y su equipo.

Según explican los autores, han identificado en ratones oscilaciones estrechamente sincronizadas con la norepinefrina, el volumen sanguíneo cerebral y el líquido cefalorraquídeo como los predictores más fuertes del aclaramiento glinfático durante el sueño No REM. Los investigadores señalan que los resultados se podrían aplicar en humanos.

 La norepinefrina producida por algunas células nerviosas y en la glándula suprarrenal, actúa como hormona y como neurotransmisor.

“El descubrimiento de que las oscilaciones de la norepinefrina y la constricción y dilatación de los vasos sanguíneos cerebrales son cruciales para la limpieza del cerebro y, por tanto, para el sueño reparador, significa que los científicos pueden empezar a buscar fármacos que se dirijan directamente a partes del sistema para potenciar la limpieza cerebral. Y también ayudará a los médicos a buscar signos precoces de que el sistema glinfático puede no estar funcionando de forma óptima”, aclara Hauglund.

Y añade que es el cambio dinámico entre un nivel alto y bajo de norepinefrina lo que favorece la acción de bombeo de los vasos sanguíneos y, por tanto, el flujo de líquido cerfalorraquídeo que sirve para limpiar el cerebro.

Estas afirmaciones se basan en la estimulación optogenética, llevada a cabo en este trabajo, de una parte del cerebro denominada locus coeruleus que indujo cambios en la vasomoción (pulsaciones de los vasos sanguíneos) y la señal del Líquido cefalorráquideo (LCR).

Los somníferos dificultan la limpieza

Los investigadores también encontraron que al administrar zolpidem a los ratones, fármaco utilizado habitualmente como somnífero, suprimió las oscilaciones de la norepinefrina y el flujo glinfático, lo que pone de manifiesto el papel fundamental de la dinámica vascular impulsada por la molécula en la depuración cerebral.

“Nuestro estudio indica que los somníferos, aunque proporcionan un atajo para conciliar el sueño, no tienen el mismo efecto restaurador sobre el cerebro que el sueño regular. Por lo tanto, solo deben utilizarse como último recurso y durante un breve periodo de tiempo si es absolutamente necesario”, advierte Hauglund, basándose en los resultados de su último trabajo.

También resalta la importancia de que las personas que los utilizan conozcan este efecto: «Cada vez más gente utiliza medicación para dormir, y es muy importante saber si se trata de un sueño saludable. Si las personas no están obteniendo todos los beneficios del sueño, deberían ser conscientes de ello para poder tomar decisiones informadas al respecto“.

Búsqueda de fármacos adecuados

El equipo observo que el efecto del zolpidem en los ratones disminuía el nivel de norepinefrina e interrumpía  oscilaciones lentas que provoca, lo que perjudica la labor de limpieza del sistema glinfático. “Sin embargo, un fármaco o técnica que pudiera potenciar las oscilaciones lentas de la norepinefrina o el bombeo de los vasos sanguíneos podría ser teóricamente una forma de potenciar el sistema”.

De momento, señala esta experta, no existen fármacos que puedan reforzar directamente esta labor de limpieza nocturna del cerebro. “Sin embargo, estudios en ratones han demostrado que el ejercicio regular es capaz de aumentar la limpieza cerebral”, concluye la investigadora danesa.

Referencia:

Natalie L. Hauglund et al. «Norepinephrine-mediated slow vasomotion drives glymphatic clearance during sleep». Cell (2025)

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jueves, 9 de enero de 2025

¡CIENTOS DE TROPAS UCRANIANAS RODEADAS EN CHASIV YAR! RUSIA CORTA EL "CA...

¿Fin de la libertad?

 

La libertad de pensamiento es un prerrequisito indispensable para hallar un camino entre las ruinas de la organización social actual. Hoy, ante el colapso inminente, para encontrar una salida es necesario permitir pensar y decir incluso cosas extremas.


¿Fin de la libertad?

 

Marino Badiale

El Viejo Topo

9 enero, 2025



POR LA LIBERTAD DE PENSAMIENTO

  1. Una lenta erosión

Desde hace mucho tiempo, en los países occidentales asistimos a una lenta erosión del principio fundamental de la libertad de pensamiento, entendida naturalmente como libertad de expresión pública de opiniones. En 2024 asistimos, por poner algunos ejemplos, a la detención de Pavel Durov, fundador del Telegram «social», y a iniciativas represivas contra las protestas contra la política israelí, iniciativas que adoptan formas diferentes en los distintos países pero que parecen tener en común la combinación de crítica de las políticas israelíes con antisemitismo. Sin embargo, el catálogo de la intolerancia contemporánea es, desgraciadamente, mucho más amplio, e incluye por ejemplo algunos aspectos de ese «espíritu de la época» que se indica genéricamente con términos como «corrección política», «wokismo», «cancelación de la cultura». Un ejemplo reciente notable en este sentido lo representan las protestas contra la película «El último tango en París», que provocaron la cancelación de una proyección prevista en un cine de la capital francesa.

En esencia, la intolerancia contemporánea está presente tanto en sus versiones «derecha» como «de izquierda» y, por lo tanto, debe ser investigada como expresión del «espíritu de la época».

Para establecer un punto de partida de esta deriva, al menos en lo que respecta a Europa, tal vez podamos señalar la ley francesa de 1990, la ley Gayssot, que, entre otras cosas, tipificó como delito negar la existencia del genocidio sufrido por los judíos por el nazismo. Esta ley fue posteriormente imitada, de una forma u otra, por muchos países europeos. Ciertamente, esta ley no es la primera en un país occidental que afecta la libertad de opinión: basta pensar en la ley Scelba en Italia. La ley Gayssot, sin embargo, me parece significativa porque ha sido imitada, de diferentes formas, en varios países europeos y, sobre todo, porque afecta no tanto a una posición política no deseada, sino precisamente a la manifestación pura y simple de una opinión: Negar el genocidio judío, en sí mismo, es sólo una opinión relativa a hechos históricos y no implica ninguna posición política particular, hasta el punto de que ha habido corrientes de extrema izquierda (ultraminorías incluso dentro de la extrema izquierda, por supuesto) que apoyó esto opinión.

En resumen, la ley Gayssot expresa exactamente la voluntad política de convertir una mera opinión en un delito. Evidentemente, la intención subyacente era atacar un ámbito político, el de la extrema derecha, pero el hecho de que esta intención política se manifestara como la creación de un puro delito de opinión me parece un aspecto muy significativo, hasta el punto de justificarlo. tomando esta ley como punto de partida simbólico de los fenómenos mencionados anteriormente. Sin querer recorrer aquí todas las etapas de esta evolución, podemos señalar sin embargo un aspecto importante: disposiciones como la ley Gayssot prohíben una opinión precisa y bien determinada y, por lo tanto, es difícil que, por sí solas, puedan utilizarse para un ataque generalizado a la libertad de opinión. La tendencia más reciente de la cultura dominante es, por el contrario, desacreditar socialmente a quienes expresan opiniones no deseadas utilizando nociones completamente genéricas, confusas y nunca claramente definidas, como «discurso de odio», «noticias falsas», «mainsplaining». El descrédito social creado de esta manera puede utilizarse luego para hacer aceptables medidas legislativas que restrinjan aún más la libertad de opinión. Se trata de una estrategia muy clara por parte de las potencias dominantes: dado que nociones como las indicadas anteriormente son absolutamente vagas, no pueden utilizarse como base de una acusación precisa a menos que se especifique de alguna manera su contenido. En consecuencia, todo el juego consiste en decidir, de vez en cuando, qué constituye un «discurso de odio» o «noticias falsas»; y obviamente esto lo podrán hacer las potencias dominantes que tienen múltiples formas de influir en los medios de comunicación y en el poder judicial. La creación de delitos de opinión, especialmente si están vagamente definidos, es, por tanto, una herramienta importante en el intento de las clases dominantes de mantener su poder en una situación de decadencia social generalizada como la actual.

 

  1. Por qué es un problema

Estas tendencias son verdaderamente muy peligrosas, porque la libertad de opinión tiene un carácter fundamental, más aún en una fase histórica como la actual. Dediquemos algunas palabras a esto.

El primer punto a subrayar es completamente obvio: las nuestras son sociedades democráticas donde las decisiones se toman a partir de discusiones en la arena pública. Obviamente, las decisiones democráticas, tomadas por mayoría, por definición casi nunca satisfarán a todos; pero la minoría insatisfecha sabe que ha podido expresar y argumentar libremente sus opiniones, y sobre todo sabe que, gracias a esta libertad, tiene la posibilidad de convertirse en mayoría en futuras discusiones y decisiones. Este es el mecanismo que permite mantener los conflictos sobre bases políticas democráticas, evitando que degeneren en conflictos violentos y, en el límite, en guerra civil. La libertad de pensamiento, en una sociedad democrática, tiene por tanto un carácter constitutivo y fundacional, y está claro que cualquier limitación de la misma presenta riesgos que no pueden ignorarse.

Lo que se acaba de decir representa un argumento válido en general para nuestras sociedades democráticas, sin relación con una situación específica. Sin embargo, es necesario dar mayor concreción a la discusión y, por tanto, relacionar el problema de la libertad de pensamiento con el de la actual decadencia y probable colapso futuro de la actual organización social capitalista. He tratado este tema en otras intervenciones, por lo que no repetiré aquí el análisis que me lleva a pensar que es probable un colapso social generalizado. Basta una indicación de que la actual organización social capitalista, ahora extendida a todo el mundo, vive una fase en la que coexisten una crisis económica (de la que no hay salida) y una crisis de hegemonía (que está llevando a nuevas guerras) y una crisis de los ecosistemas terrestres, ahora en curso, que no se abordará con las medidas necesarias porque son incompatibles con la lógica capitalista del beneficio y el crecimiento ilimitado. Es razonable pensar que el entrelazamiento de estas crisis conducirá, en no mucho tiempo, al colapso de la actual organización social.

En este contexto, la necesidad de libertad de pensamiento parece aún más evidente. De hecho, una crisis generalizada como la que nos espera pone en tela de juicio todo el aparato conceptual de nuestra civilización: las ideologías dominantes (es decir, en las últimas décadas, el neoliberalismo) que han acompañado a la sociedad en su camino suicida, pero también las llamadas críticas, tal vez autodenominadas revolucionarias, que no han podido bloquear este camino. Ante un colapso de la civilización, el hecho de haber expresado peticiones críticas puede tal vez conducir a un juicio moral positivo sobre una persona, pero esto no significa que el juicio sobre su ideología no sea un juicio de fracaso, similar al que debe formularse hacia las ideologías dominantes. Pero si la situación es la de un fracaso total de las ideologías disponibles, «mainstream» o «críticas», está claro que es necesaria la búsqueda lo más inescrupulosa posible de nuevos aparatos conceptuales que rompan claramente con los que los precedieron. Y está claro que esta investigación necesita la máxima apertura y libertad para poder llevarse adelante. Es decir, la libertad de pensamiento es un prerrequisito indispensable si esperamos encontrar un camino humano y sensato a través de las ruinas de la organización social actual. En otras palabras: hoy, ante el colapso inminente, para encontrar una salida es necesario ser capaz de pensar y decir incluso cosas extremas. Prevenirlo es sólo una ayuda al sistema de poder que nos trajo a esta situación. Lo cual no significa, por supuesto, que toda opinión extrema sea útil o aceptable.

La objeción que se suele escuchar repetidas veces ante argumentos a favor de la libertad de pensamiento como los expuestos anteriormente, consiste en sostener que es necesario excluir la posibilidad de expresar opiniones aberrantes, absurdas o moralmente innobles, y que esta exclusión no invalida en modo alguno la posibilidad de una discusión racional en la opinión pública. Esta es una opinión aparentemente razonable, pero puede ser refutada, y por eso podemos partir de los casos que mencionamos al principio, es decir, del hecho de que en varios países europeos se persiga la posibilidad de expresar solidaridad con los palestinos y la oposición a las políticas israelíes. Estas restricciones se justifican a partir de la acusación de antisemitismo dirigida a quienes se movilizan contra las políticas israelíes. Por supuesto, es obvio que el antisemitismo es una de esas opiniones repugnantes que parecería posible excluir del debate público sin perjudicar gravemente el debate mismo. Pero este ejemplo demuestra que no es así, porque a partir de la prohibición del antisemitismo llegamos a prohibir el antisionismo y, de manera más general, cualquier posible objeción radical a las políticas israelíes. Debería ser obvio que el antisionismo y el antisemitismo pertenecen a niveles lógicos diferentes, porque el rechazo del sionismo es el rechazo de una ideología política, por lo tanto no tiene nada de racista en sí mismo y no tiene nada que ver con el antisemitismo que es el racismo contra los judíos. Pero lo que sucede en cambio es que un inmenso aparato mediático ha estado presionando durante décadas para identificar el antisionismo y el antisemitismo, hasta llegar a la situación que hemos mencionado. La cuestión es que tal deriva es difícil de evitar cuando comenzamos a prohibir las opiniones, porque las ideas no están encerradas en asépticos tubos de ensayo de laboratorio, sino que están conectadas por mil vínculos vitales con la pulsante totalidad de la cultura de una sociedad. “El pensamiento es como el océano, no se puede bloquear, no se puede cercar”, cantaba Lucio Dalla. En otras palabras, si se decide prohibir una serie de opiniones repugnantes A, B, C, D, cuando una opinión E no bienvenida al poder aparece en la escena del debate político y cultural, siempre será posible movilizar a los esclavizados, los medios de comunicación y el aparato intelectual para encontrar una manera de conectar a E con una de las opiniones rechazadas, de una manera intelectualmente honesta o deshonesta (la segunda posibilidad es más probable). Volviendo a la discusión anterior, observamos que esto será particularmente fácil si se utilizan categorías completamente genéricas e indefinibles como «discurso de odio» o «misoginia extrema» para opiniones prohibidas, y no es casualidad que categorías de este tipo sean siempre más ampliamente difundidas en el debate público.

Si esta discusión parece abstracta, para concretarla basta pensar en lo dicho anteriormente, es decir, cómo el «poder mediático» del sistema de información dominante ha logrado hacer aceptable la igualación entre antisionismo y antisemitismo, deslegitimando así cualquier crítica a las políticas israelíes. Es fácil darse cuenta de que otras operaciones de este tipo serían posibles sin grandes dificultades, si fueran necesarias. Por ejemplo, intentemos formular la hipótesis de que en un futuro próximo surgirá en los países occidentales un movimiento significativo para cuestionar el capitalismo actual y que surgirá con fuertes referencias a la tradición marxista. Esta es ciertamente una hipótesis muy alejada de la realidad, pero nos sirve aquí como experimento mental. Obviamente, un movimiento así sería atacado de muchas maneras diferentes pero, si por casualidad la noción de “discurso de odio” se convirtiera en un crimen, una de ellas sería denunciar como “discurso de odio” el principio fundamental del marxismo, la lucha de clases. Y obviamente no sería difícil encontrar, en más de siglo y medio de producción literaria marxista, una enorme cantidad de citas que glorifiquen la violencia revolucionaria o el odio de clases. Si se tratara de una discusión académica ciertamente sería posible discutir caso por caso, explicar, contextualizar, pero en pleno choque político, y habiendo aceptado la creación de tal tipo de delito, el resultado, con toda probabilidad, será lo que vemos que sucede hoy con respecto a las protestas contra la política israelí.

Si todo esto está claro, se impone una conclusión: dado que quienes quieren oponerse a la deriva suicida de nuestra sociedad no tienen el «poder de fuego» de los aparatos mediáticos al servicio del poder, está claro que no hay forma de defenderse de estas conexiones indebidas, una vez que se ha aceptado la idea de que algunas opiniones extremas o repugnantes deberían prohibirse. Por tanto, sólo cabe una posición racional: el rechazo de cualquier delito de opinión, es decir, la absoluta y total libertad de pensamiento y opinión. Cualquier opinión tiene derecho a ser expresada. Las leyes eventualmente reprimen acciones que pueden surgir de opiniones, no de las opiniones mismas.

 

  1. Decadencia de una civilización

Una vez aclaradas las razones por las que creo que la más absoluta libertad de pensamiento es una condición necesaria para afrontar la espiral autodestructiva en la que se mueven las sociedades contemporáneas, es necesario abordar el problema de si la acción política en defensa de la libertad de pensamiento es posible. Lamentablemente, parece claro que no hay fuerzas políticas dispuestas a comprometerse concretamente en esta dirección. Las fuerzas políticas dentro del sistema (centroderecha y centroizquierda), que se alternan en los gobiernos de los países occidentales, no difieren mucho en estas cuestiones, como tampoco en el resto: en esencia, cada fuerza política pide libertad de expresión para su propia zona pero, en cuanto tiene oportunidad, pide restricciones y limitaciones hacia la zona contraria. Se trata de fuerzas enteramente internas al actual sistema de poder, que siguen servilmente la corriente y, por tanto, no tienen intención de oponerse a las políticas de restricción de la libertad de pensamiento, dado que representan una de las tendencias subyacentes del poder actual.

Si no se puede esperar nada de las fuerzas políticas mayoritarias de derecha o de izquierda, se podría pensar que las minorías anticapitalistas podrían librar una lucha similar; después de todo, las posiciones anticapitalistas son las que corren mayor riesgo de represión, y la represión utilizará los mecanismos descritos anteriormente en referencia a las controversias sobre Palestina/Israel. Dado que las posiciones antisistémicas son hoy una ultraminoría, tal batalla debería intentar ampliar el espectro de alianzas tanto como sea posible, dirigiéndose a todos aquellos que se preocupan por la idea de la libertad de pensamiento, que de otro modo podrían estar muy lejos de anticapitalismo. Y para que estas alianzas sean posibles, es obvio que debe eliminarse cualquier sospecha de duplicidad o ambigüedad. Es decir, quienes luchan por la libertad de pensamiento no deben dar espacio a la más mínima sospecha de “ser como los demás”, es decir, de ser como quienes quieren libertad de pensamiento para “mi pueblo” pero quieren represión “para esos otros”. En otras palabras, la única base posible para una auténtica alianza por la libertad de pensamiento sólo puede ser, como hemos reiterado repetidamente, la petición de la más total y absoluta libertad de pensamiento y de expresión para todos, incluso para los más alejados de sus propios intereses, y para lo más absurdo y repugnante. Para ser claros y responder finalmente a la objeción que los lectores ya habrán formulado: sí, incluso los nazis. Incluso las ideas nazis tienen derecho a la libre expresión. Naturalmente, en cuanto la libre expresión de ideas se convierte en una acción concreta que viola las leyes, debe ser reprimida, con dureza proporcional a la gravedad de la violación. Pero esto es tan cierto para la extrema derecha como para cualquier otra persona.

Una vez planteado este punto fundamental, es fácil entender por qué el mundo anticapitalista, el mundo de la izquierda radical, nunca librará una lucha política seria por la libertad de pensamiento. La extrema izquierda es un mundo de pequeñas comunidades identitarias, y lo que importa en ellas no es la elaboración concreta de líneas políticas practicables, sino la representación de la propia identidad. Un componente esencial de esta identidad es precisamente la idea de que la extrema derecha no tiene derecho a expresarse y debemos intentar impedir, incluso físicamente, cualesquiera de sus manifestaciones. Se trata de un elemento de identidad respecto del cual la extrema izquierda es incapaz de hacer autocrítica, porque tiene un valor esencial: sirve para sacar de la conciencia la impotencia sustancial de este ámbito político-cultural. La extrema izquierda quiere socialismo, revolución, comunismo, pero nunca los ha conseguido ni los conseguirá. Impedir físicamente una iniciativa de algún grupo fascista sirve para creer que se existe, que se está haciendo algo. Si la extrema izquierda renunciara a esta tontería inútil, tendría que afrontar su propio fracaso secular, y esto, obviamente, no puede hacerlo.

Está claro entonces que una política de defensa del principio de libertad absoluta de pensamiento no tiene esperanzas de ser tomada en consideración en el mundo anticapitalista y, en última instancia, no hay esperanzas de que una fuerza política significativa asuma la lucha por una auténtica democracia, libertad de pensamiento y opinión.

Esta ausencia de una fuerza política que luche por la libertad de opinión refleja, en mi opinión, una realidad social significativa: el hecho de que existen grandes estratos sociales para los cuales la libertad de opinión ya no es un valor primordial. Este fenómeno me parece representar un cambio importante en el «espíritu de los tiempos». Occidente se ha definido durante siglos como la civilización de la libertad y, en particular, de la libertad de pensamiento. El hecho de que la corrosión de esta libertad no encuentre contraste, sino que resuene en sectores no despreciables de la población, me parece representar un indicio más de un proceso general de disolución de la civilización actual.

Fuentesinistrainrete

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miércoles, 8 de enero de 2025

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La disculpa de Lukács

 

Este artículo pretende resaltar la coherencia personal, política, ideal y moral de uno de los grandes, Giyörgy Lukács, utilizando para ellos sus propias palabras, formuladas en una larga entrevista.


La disculpa de Lukács

 

Carlo Formenti

El Viejo Topo

8 enero, 2025 



Mis últimos trabajos (1) deben mucho a la interpretación que el difunto Lukács (2) dio del pensamiento de Marx. Analizando los conceptos fundamentales de la ontología lukácsiana en una serie de lecciones que estoy impartiendo para el Centro de Estudios Domenico Losurdo (la más reciente se puede escuchar en You Tube: (https://www.youtube.com/watch?v=z6q7KhmGK5g). Me di cuenta de que, en todo lo que he escrito y dicho sobre él hasta ahora, sólo he hecho breves referencias a su biografía. Es cierto que, cuando se piensa en un pensamiento de gran profundidad, las consideraciones relativas a la obra suelen prevalecer sobre las dedicadas a la figura del autor, sin embargo, en el caso concreto, este enfoque no es del todo adecuado. No sólo porque su historia humana cruzó acontecimientos históricos de enorme importancia -la Primera Guerra Mundial, las Revoluciones Rusa y Húngara, el estalinismo, la Segunda Guerra Mundial, el levantamiento húngaro de 1956- y personajes de la talla de Georg Simmel, Max Weber, Thomas Mann, Ernst Bloch, Lenin y Stalin. Pero porque el hecho mismo de haber pasado -y salido ileso- de estas grandes pruebas significó que críticos y detractores pudieron atribuirle una «prudencia» rayana en la timidez, cuando no en el oportunismo. Todo con el fin mal disimulado de disminuir el alcance de su pensamiento.

Por eso he decidido revisitar una larga entrevista autobiográfica suya (Pensamiento vivido. Autobiografía en forma de diálogo) publicada en una edición italiana por los Editores Riuniti en 1983. En las páginas siguientes recordaré algunos pasajes porque creo que, de esta «confesión» emerge, incluso -si no sobre todo- entre discontinuidades y reflexiones autocríticas, un perfil de extraordinaria coherencia personal, política, ideal y moral: su historia es la de un intelectual y militante. comunista que, aunque consciente de las contradicciones y distorsiones que surgieron durante el gran experimento social inaugurado en octubre de 1917, nunca quiso «salvar su alma» (y emprender una rica carrera en alguna universidad occidental) desempeñando el papel de «disidente», porque, afirma, siempre ha estado convencido de que «es mejor vivir en la peor forma de socialismo que en la mejor forma de capitalismo».

Nacido en Budapest en 1885, en el seno de una familia judía adinerada (su padre dirigía un banco de inversiones, pero parece que en casa reinaba una total indiferencia hacia la religión), el pequeño Lukács mostró desde temprano una intolerancia hacia cualquier forma de imposición (se negó sistemáticamente a someterse al rígido “protocolo” doméstico que la madre intentó imponer). Las expectativas familiares se concentraban en el hermano mayor, quien, sin embargo, a pesar de su asiduo compromiso con el estudio, nunca logró grandes resultados, mientras que él, dotado de una memoria prodigiosa, sólo necesitó unas pocas horas para sobresalir en la escuela (aunque evitó cuidadosamente aparecer como el mejor de la clase).

Haciendo caso omiso al deseo de su padre de iniciarle en los estudios económico-jurídicos (en realidad su primera carrera fue en Derecho, pero en la entrevista revela que desde muy joven había alimentado un profundo desprecio por el mundo de las finanzas y por los valores burgueses en general), le apasionaban especialmente la literatura y el teatro (a los quince años escribía obras de teatro que quemaba unos años más tarde) pero pronto, confiesa, tuvo que darse cuenta, para su gran decepción, de que “no tengo suficiente talento para aspirar a ser escritor o director”. Lo que no le impidió seguir ocupándose del arte y de la literatura, como lo demuestran textos como El alma y las formas y la Teoría de la novela, aunque la pasión filosófica (en particular por la gran filosofía alemana -Hegel sobre todo- de quien tuvo influencias a lo largo de su vida) irá cada vez más acompañada de una pasión literaria, que acabará prevaleciendo. Su compañero de estudios en Berlín, donde su maestro fue Georg Simmel (pero Lukács también estuvo influenciado por Max Weber) fue Ernst Bloch (una amistad destinada a durar toda la vida, aunque con momentos de distanciamiento mutuo) a quien reconoció el mérito de haber enseñado a «filosofar a la manera de Aristóteles y Hegel».

El acercamiento al marxismo, y más generalmente a las cuestiones políticas, fue lento y progresivo. En los años anteriores a la Gran Guerra, aprendió sobre el socialismo francés y reconoció al teórico del sindicalismo revolucionario Georges Sorel como «el único movimiento socialista de oposición serio». Conmocionado por el estallido de la Primera Guerra Mundial, adoptó una posición de condena radical hacia la masacre provocada por las potencias europeas. En esos años, dice, él y el círculo de sus amigos pacifistas pensaban que si los regímenes feudales perdían la guerra caerían, pero, a diferencia de la mayoría de los demás, no compartía la esperanza de que serían reemplazados por regímenes democráticos. ¿Nos defendería de la democracia occidental?, pensé, y tampoco estaba dispuesto a aceptar el parlamentarismo inglés como ideal. Así, cuando estalló la Revolución Rusa de 1917, comprendió inmediatamente que ésta era la alternativa real y, a partir de ese momento, su interés se centró exclusivamente en las cuestiones éticas y políticas, dejando de conceder importancia a las cuestiones estéticas que estuvieron en el centro de su atención en la década anterior.

En 1918 se formó el Partido Comunista Húngaro y Lukàcs se unió, aunque no estaba entre los fundadores. En la entrevista declara que su imagen del comunismo era entonces «sectaria y ascética», es decir, fuertemente caracterizada en términos morales y por expectativas «mesiánicas», por lo que a menudo se encontró en conflicto con Bela Kun quien, desde su desde su punto de vista, encarnaba la lógica burocrática del funcionario del Partido (en algunas ocasiones, después de este conflicto, se vio inducido a realizar una autocrítica). En cualquier caso, durante la Revolución de 1919, como figura intelectual destacada, fue llamado a desempeñar el papel de Comisario de Educación e incluso asumió el papel de comisario político de una división del Ejército Rojo (en la entrevista recuerda que, en ejercicio de esta función, ordenó fusilar a ocho soldados de una unidad que se había retirado sin luchar durante la guerra civil con los blancos).

Tras el fracaso de la Revolución huyó a Viena, donde tuvo la oportunidad de reunirse con líderes e intelectuales comunistas de toda Europa, y donde se dio cuenta de que su cultura marxista era aún insuficiente, y que su comprensión del leninismo era aún más insuficiente. En retrospectiva, define su posición de entonces como «una mezcla de sectarismo y mesianismo» («creímos que la revolución mundial era a la vez inevitable e inminente», dice). Por un lado, simpatizaba con el ala izquierda de la Tercera Internacional (que incluía, entre otros, a Bordiga y Pannekoek), hasta el punto de que Lenin lo criticó por haber defendido posiciones abstencionistas. Pero, por otra parte, el baño de concreción al que se vio obligado por la experiencia del Comisario de los Consejos de la República Húngara le obligó a veces a contradecirse y adoptar posiciones realistas. Como sucedió en 1928, cuando una vez más se vio obligado a autocriticarse por haber escrito las «Tesis de Blum» (seudónimo adoptado para la ocasión), en las que sostenía que el Partido debería oponerse al régimen reaccionario de Horthy junto con los socialdemócratas para establecer una República democrática, y sólo más tarde luchar por el socialismo (posición contraria a la línea sostenida en aquel momento por la Tercera Internacional, que sin embargo pronto cambiaría).

Sin embargo, al saltar al día 28, nos hemos saltado un paso fundamental: en 1923 se publicó Historia y conciencia de clase, una colección de ensayos que todavía hoy representa la obra de Lukács más conocida (y celebrada) por los marxistas de todo el mundo. Sin embargo, en la entrevista autobiográfica que estoy ilustrando aquí, como en el Prefacio de una reimpresión de 1967 de la obra en cuestión (3), y como en las referencias que le dedica en la Ontología del ser social, Lukács es, para decirlo claramente, cuanto menos, severo en sus comparaciones con la obra de 1923. Si bien reconoce en ella un cierto valor, porque en ella se abordan por primera vez algunos problemas -como el del extrañamiento- que hasta entonces habían sido evitados por el marxismo, y porque aunque enmarcó la teoría de la revolución de Lenin en la concepción general del marxismo, el Lukács maduro la consideró de hecho contaminada por residuos idealistas (en aquellas páginas yo era «más hegeliano que Hegel»).

En particular, como he destacado en varias ocasiones (4), el difunto Lukács señala acusatoriamente contra la hipostasiación del papel «objetivamente» revolucionario del proletariado (5), pero sobre todo contra la falta de integración del intercambio orgánico entre el hombre y la naturaleza en la economía, que queda así reducida a la forma históricamente determinista que asume en la sociedad capitalista, en lugar de ser concebida como una totalidad constitutiva del ser social, como un producto del proceso evolutivo que hace derivar de la naturaleza inorgánica la naturaleza orgánica y de esta última el ser social a través del trabajo, que constituye la única manifestación de actividad teleológica en el universo natural.

En las últimas líneas de la entrevista, Lukács resume su visión más o menos así: “siguiendo a Marx, represento la ontología como la verdadera filosofía basada en la historia. Históricamente no hay duda de que el ser inorgánico es lo primero y que de él surge el ser orgánico. De este estado biológico surge a través de muchos pasos el ser social humano cuya esencia es la posición teleológica, es decir, el trabajo. Esta es la categoría más decisiva porque lo incluye todo. Cuando hablamos de vida humana hablamos de las más diversas categorías de valor. ¿Cuál es el primer valor? ¿El primer producto? Un mazo de piedra o corresponde al propósito o no corresponde, en el primer caso es válido, en el segundo no tiene valor (…) la segunda diferencia fundamental es el deber-ser, es decir, las cosas no se gtransforman por sínsolas por sí solas sino siguiendo posiciones conscientes, el propósito precede al resultado”.

Esta visión tiene consecuencias radicales en la forma en que el último Lukács aborda conceptos como libertad, necesidad, cosificación, alienación, ideología, etc. Pero estos temas exceden el alcance de este artículo que, como aclaré al principio, consiste en resaltar la coherencia personal, política, ideal y moral del hombre del que hablamos. Los cambios de enfoque metodológico y posición ideológica descritos hasta ahora son parte de la dialéctica normal de un viaje biográfico. pero las críticas de los detractores apuntan en otras direcciones, planteando cuestiones relacionadas con el hecho de que nuestro hombre, después de la llegada de Hitler al poder, vivió continuamente en Moscú desde 1933 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial sin sufrir ninguna «purga» y, a pesar de haber asumido un cargo ministerial en el gobierno de Nagy en 1956, tras la invasión soviética salió airoso de un par de años de exilio en Rumanía, tras los cuales pudo regresar a Budapest y retomar su labor docente e investigadora.

¿Oportunismo, falta de coraje, complicidad con el estalinismo y, más en general, con los regímenes “socialistas reales”? Estas acusaciones, explícitas o implícitas, han sido utilizadas por la derecha (pero también por ciertos círculos intelectuales de la «Nueva Izquierda») para devaluar y/o eliminar la contribución de Lukács al marxismo, por lo que parece correcto abordarlas a partir de lo que el propio filósofo húngaro habla sobre la segunda parte de su vida.

En Moscú, Lukács se unió al Partido Comunista Ruso y trabajó en el Instituto Marx-Engels. Su actividad es predominantemente, si no exclusivamente, teórica, mientras que a nivel político mantiene un perfil bajo, evitando involucrarse en conflictos de poder dentro de la dirección bolchevique. Esto no le impide tener sus propias opiniones al respecto, opiniones que expresa claramente al responder a las preguntas del entrevistador.

Respecto a Stalin en particular, afirma que la idea que se difundió después del XX Congreso del PCUS, según la cual sólo dijo cosas erróneas y antimarxistas, es un prejuicio. Dicho esto, es radicalmente crítico con la visión filosófica de Stalin, a la que define como hiperracionalista, aunque, en su opinión, no carece de precedentes en la tradición marxista. En particular, la visión de un proceso histórico que incorpora un principio de necesidad lógica (Lukács cita por ejemplo el concepto de «negación de la negación» tomado de Hegel, que considera una categoría puramente lógica, carente de coherencia real: «para Marx, dice, una entidad no objetiva es una no entidad, el ser es idéntico a la objetividad”) ya estaba, en su opinión, presente en Engels y en los exponentes de la socialdemocracia alemana. La historia, analizada desde este punto de vista, se presenta como una sucesión de etapas de un proceso determinado por una legalidad férrea inmanente (comunismo primitivo, esclavitud, feudalismo, capitalismo, socialismo) y no como la existencia de una serie de transformaciones concretas realizadas paso a paso por mecanismos causales específicos (pero también por factores contingentes y subjetivos). El materialismo dialéctico (diamat) estalinista sólo concibe soluciones impuestas por las leyes «objetivas» de la historia y no elecciones entre posibilidades alternativas; su idea de «socialismo científico» se inspira en una legalidad similar a la de las leyes naturales y no contempla, de manera marxista, la complejidad dinámica de los procesos históricos concretos.

En el plano político, sin embargo, Lukács no oculta el hecho de que estaba del lado de Stalin -contra Trotsky- en la cuestión del socialismo en un solo país y, en cuanto al papel de la oposición de izquierda encabezada por el propio Trotsky y otros exponentes del Vieja guardia bolchevique, como Zinoviev, Bujarin y Kamenev, declara compartir la opinión de otros amigos y compañeros que frecuentaba en Rusia: en primer lugar, les reprocha haber ofrecido argumentos a la campaña antisoviética de las potencias imperialistas occidentales, pero sobre todo expresa la convicción de que la dictadura de su partido no habría sido diferente, ni mejor, que la impuesta por Stalin. Recuerda que, en cierto momento, Bujarin intentó ponerse en contacto con él para implicarlo en la lucha interna del partido, pero él se negó (por cierto: Lukács y Bujarin se habían enfrentado anteriormente en una controversia sobre la cuestión del papel histórico del desarrollo de las fuerzas productivas que Bujarin, según Lukács, reduce al desarrollo tecnológico. Sin embargo, el motivo de la negativa, que probablemente evitó que Lukács cayera en la trampa de los procesos de Moscú, fue más bien el juicio negativo sobre el papel de la oposición en estos momentos).

Sin embargo, cuando el entrevistador le pide su opinión sobre los procesos de Moscú, Lukács no se asusta: «Los considero una monstruosidad», dice, pero me consolé diciéndome que en aquel momento «estábamos del lado de Robespierre» y que el juicio contra Danton no había sido menos innoble. Pero sobre todo afirma que en aquel período consideraba la aniquilación de Hitler como la cuestión más importante con diferencia y que le parecía claro que sólo la URSS podía garantizarla (6).

En cuanto al levantamiento húngaro de 1956, Lukács afirma que lo interpretó como un gran movimiento espontáneo que, según él, necesitaba un marco ideológico, por lo que no dudó en aceptar el cargo de ministro, aunque Nagy, en su opinión, no tenía más que un fragmento de programa político. En cualquier caso, su punto de vista no era en modo alguno el de una ruptura con el sistema socialista sino el de la necesidad de reformarlo (ver la citada afirmación «es mejor vivir en la peor forma de socialismo que en la mejor forma de capitalismo»), hasta el punto de que se opuso y votó en contra de la propuesta de abandonar el Pacto de Varsovia. Una actitud que, tras la invasión soviética, le ayudó a pagar el precio, relativamente moderado, de unos años de exilio en Rumanía, antes de volver a enseñar en Budapest.

¿Oportunismo, falta de coraje? Los primeros en formular la acusación de no haber condenado explícitamente el socialismo real fueron, lamentablemente, algunos de sus alumnos, como se desprende del tono malévolo e insinuante de algunas preguntas que le dirigió Istvan Eorsi (el redactor de la entrevista que acabamos de describir), pero sobre todo esto se desprende de lo que escribe Nicolás Tertuliano en la Introducción a la Ontología, haciéndonos entender por qué el texto de esta obra fundamental apareció con tanto retraso desde el borrador definitivo, precedido de críticas negativas por parte de aquellos estudiantes (entre ellos Agnes Heller, que luego desembarcó felizmente en las costas del liberalismo occidental) que se apresuraban a certificar su deseo de repudiar el marxismo y el socialismo.

Lukács no es del agrado de los comunistas dogmáticos, que lo consideran un disidente pro occidental disfrazado de marxista crítico (y tal vez lo habrían visto con gusto en el banquillo de los acusados ​​en los juicios de Moscú). No le gustan a los poscomunistas convertidos al liberalismo, que no comprenden su obstinación en querer ponerse del lado del socialismo contra el capitalismo occidental hasta el final. No agrada a los académicos marxistas de todo tipo que, desde lo alto de sus cátedras universitarias, se consideran los únicos legitimados para interpretar el auténtico legado de Marx. No agrada a los intelectuales y militantes de las nuevas izquierdas y de los nuevos movimientos, que cuando leen afirmaciones como «el desarrollo de la sociedad, su perenne sociabilización, no aumenta en absoluto el conocimiento que los hombres tienen sobre la verdadera naturaleza de las cosificaciones que adquieren espontáneamente. Por el contrario, encontramos una tendencia cada vez más clara a someternos acríticamente a estas formas de vida, a apropiarnos de ellas con una intensidad cada vez mayor, cada vez más decisiva para la personalidad, como componentes insuprimibles de toda vida humana» (Ontología , vol IV, p. 649), sospechan que sus palabras podrían usarse contra su exaltación acrítica de la tecnología, del consumismo santificado como «nuevas necesidades», del gusto pequeñoburgués por la transgresión, del “derecho a tener derechos” (7), etc.

Creo que todas estas antipatías representan el mejor testimonio de la integridad política, moral e intelectual de Lukács. Concluyo simplemente añadiendo que no sé hasta qué punto los marxistas no occidentales (chinos, africanos y latinoamericanos) han tenido la oportunidad de conocer y estudiar al último Lukács o si sólo conocen Historia y conciencia de clase, pero creo que los teóricos posmaoístas sin duda lo habrían apreciado, del mismo modo que él habría observado con extremo interés las reformas chinas de los años setenta.

Notas

(1) Véase, en particular, Guerra y Revolución , 2 vols. Meltemi, Milán 2023; El socialismo ha muerto. ¡Viva el socialismo!, El Viejo Topo, Barcelona 2020; Sombras rojas. Ensayos sobre el difunto Lukács y otras herejías, Meltemi, Milán 2022.

(2) G. Lukács, Ontología del ser social, 4 vols. Meltemi, Milán 2023.

(3) Véase el prefacio del autor a Historia y conciencia de clase, Sugar Editore, Milán 1970.

(4) Véase especialmente Sombras rojas , op. cit. Véase también mi Prefacio a la segunda edición de la Ontología.

(5) En el Prefacio de 1967 (ver nota 3), Lukács escribe que en Historia y conciencia de clase que el proletariado fue presentado como la encarnación histórica de la unidad metafísica hegeliana sujeto-objeto descrita en la Fenomenología del espíritu.

(6) El Pacto de No Agresión entre Hitler y Stalin también parece justificado como una medida táctica para frustrar el plan de las potencias occidentales de utilizar la Alemania nazi para destruir la Unión Soviética.

(7) Véase S. Rodotà, El derecho a tener derechos, Laterza, Roma-Bari 2012. En un libro de 2019 (Cortando ramas secas, DeriveApprodi editore) el abajo firmante y Onofrio Romano criticaron la ideología de la izquierda liberal progresista que reivindica una libertad ilimitada cpn extensión de los derechos individuales, que inevitablemente termina alimentando una extensión igualmente ilimitada del mercado de bienes y servicios (maternidad asistida, alquiler, etcétera).

Fuente: Per un socialismo del secolo XXI

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