lunes, 2 de septiembre de 2024
La financiación del sindicalismo de colaboración de clases
La financiación del sindicalismo de colaboración de
clases
José María Alfaya González y Miguel Medina Fernández-Aceytuno
HOJAS
PARA EL DEBATE
19.08.2024
La
alternativa no puede ser otra que el sindicalismo de clase sostenido
exclusivamente con las cuotas de la afiliación al objeto de no perder
independencia de clase (económica, política y social) y que sea dinamizador de
la lucha de clases, combinando de forma simultánea negociación con movilización
(huelgas, concentraciones, muestras diversas de solidaridad entre trabajadores
etc.).
Si queremos
hablar racionalmente del sistema que sostiene la actividad sociopolítica en
España a golpe de subvenciones, nos encontraremos con la necesidad de conocer
los límites funcionales de determinadas cuestiones que les dan carácter y
desvelan los intereses no siempre confesables, relacionados con tantas
decisiones políticas. Por ejemplo, tenemos evidentes y significativos signos de
la existencia de una corrupción pura y dura que conlleva el intercambio de
favores entre grupos dominantes o entre los que son poderosos y los aspirantes
al ascenso social. Nos despistan el entendimiento de cómo funciona el tinglado
con la falta de transparencia y conocimiento de la gestión y de los
beneficiarios de los fondos públicos que se entregan, disimulando lo que el
sistema reparte como botín entre disciplinados colaboradores, compinches o
cómplices, que lo reciben sin que tengamos facilidad para conocer los
entresijos, lo que nos hace difícil llegar a conocer el alcance de estos
“defectos de fábrica” de nuestra “democracia” tan participativa ella en el
reparto de beneficios.
Dicho lo anterior hay que señalar que, si nuestros antepasados marineros
miraban a los cielos para orientarse con las estrellas, ahora escudriñamos el
ciberespacio y es posible orientarse con una captura de datos que nos facilita
dibujar un mapa orientativo de cómo está la situación. Por ejemplo, podemos
consultar con Laboro. un ente que se
presenta como un lugar de encuentro en Internet publicado y alojado por Blogger
en EE.UU.
Aunque la legislación vigente y aplicable prohíbe toda reproducción no
autorizada de cualquier contenido publicado en Laboro, es libre y gratuita la copia o distribución
solamente del enlace a los contenidos publicados, lo que nos lleva a poder
hacer referencia al espinoso tema de las subvenciones que los directivos de
CC.OO. y UGT han cobrado en los últimos años, totalizadas y desglosadas por sus
federaciones, fundaciones y otros organismos. En cifras redondas, según Laboro, a fecha de 12 de junio de 2024 y en los
cuatro años anteriores UGT ha cobrado 202 millones de
euros y CC.OO. 179.
También se explicita quién cobra las subvenciones exactamente y quién las concede. Esta
información también la podemos obtener en el rotativo The Objetive, entre otras tantas publicaciones.
La lectura de los datos ofrecidos por Laboro y
dedicados a este tema nos hace posible entender que el destino de las
subvenciones está mal detallado en los datos ofrecidos en los documentos
oficiales, lo que hace difícil comprobar si el dinero de la subvención fue bien
empleado, acorde a derecho, para los fines previstos.
Todo lo cual nos lleva a recomendar una atenta lectura de lo que legalmente
se puede consultar en esta constelación de datos, para ofrecernos una reflexión
sobre la financiación del sindicalismo reformista o de
colaboración de clases en España y una cuidadosa conclusión
sobre la función que desempeña este sindicalismo subvencionado.
Por otra parte, a los afiliados de estos sindicatos “mayoritarios” no se
les ofrece puntual información anual de los ingresos y gastos de estas
organizaciones, ni del origen de las mismas del total de las subvenciones
recibidas y su destino. En Google aparecen datos parciales, pero no un
compendio completo de todas las que perciben de las diferentes
administraciones públicas, ni tampoco de las aportaciones que obtienen de su
participación en los planes de pensiones de empleo y otros ingresos, por vía
indirecta, que, en algunos casos, han provocado sonadas intervenciones
judiciales por presunta corrupción, como el conocido asunto de los ERES de la Junta de Andalucía o el de los dirigentes
de UGT de Asturias condenados a prisión por fraude de
subvenciones públicas, por citar algún ejemplo.
Hay que añadir que el origen de estas subvenciones proviene de las
diferentes administraciones públicas, unas dirigidas por el Partido Popular y
otras por el PSOE. Así, la Junta de Andalucía en manos del PP ha subvencionado a
CCOO y a UGT con un millón setecientos mil euros “para financiar su acción
sindical”. También la Xunta de Galicia, que controla la derecha, subvencionó a
CCOO y a UGT con 970.000 euros. En consecuencia, tanto la derecha como la
socialdemocracia, ambas comprometidas en su apoyo a la OTAN, al belicismo y
pringadísimas en la aplicación de políticas económicas neoliberales, muestran
mucho interés en entregar importantes sumas de dinero a CCOO y UGT, cantidades
que provienen de la recaudación de impuestos a la ciudadanía.
¿Por qué y para
qué? La respuesta, atendiendo además a la práctica diaria de la actividad
sindical que promueven los responsables de los sindicatos autodenominados
“mayoritarios”, no puede ser otra que la imperiosa necesidad que tiene el gran
capital, tutelante de las administraciones públicas donantes en el modo de
producción capitalista, de contar con la colaboración sindical de los
responsables de las organizaciones de trabajadores para que, a cambio, fomenten
el sindicalismo de colaboración de clases. Un tipo de sindicalismo que tiene
estas características:
– Provoca la
desmoralización de la clase trabajadora, cuando sus miembros se percatan que
sus cuadros y máximos responsables, al practicar el pacto social, se muestran
complacientes con la patronal.
– Sus valedores
boicotean todo intento obrero de defender los intereses de clase inmediatos y
estratégicos mediante una actividad sindical digna de ese nombre.
– Fortalece a
los empresarios que se crecen ante ejecutivos sindicales débiles y dóciles a
sus intereses.
– Fomentan la
dispersión sindical, la desorganización de los trabajadores y debilitan su toma
de conciencia de clase, estimulando tendencias de tipo corporativista.
– Las
burocracias sindicales suscriben acuerdos con la patronal al margen de la
voluntad de los trabajadores, propiciando un sindicalismo amarillo carente de
democracia.
– Contribuye a
dividir a los trabajadores según su estatus laboral y profesional, provocando
enfrentamientos perniciosos.
– Promueve, en
términos políticos, el desclasamiento y el auge de posiciones populistas y
reaccionarias en la clase asalariada, favoreciendo el sometimiento a la
ideología de la clase dominante, con la renuncia a todo esfuerzo y perspectiva
de transformación social hacia el socialismo y haciendo florecer todo tipo de
pensamientos y actitudes oportunistas.
– Sus
dirigentes se hacen permeables a la corrupción, desprestigiando la validez, la
necesidad y la oportunidad de las organizaciones sindicales para la defensa de
los intereses de clase.
– Ofrece
verdaderos balones de oxígeno al capital y apuntalan gobiernos reaccionarios y
políticas antiobreras.
– Receptividad
a la financiación de las organizaciones sindicales mediante subvenciones que
controlan los gobiernos del capital.
Así es el sindicalismo de clase.
La alternativa no puede ser otra que el sindicalismo de clase sostenido
exclusivamente con las cuotas de la afiliación al objeto de no perder
independencia de clase (económica, política y social) y que sea dinamizador de
la lucha de clases, combinando de forma simultánea negociación con movilización
(huelgas, concentraciones, muestras diversas de solidaridad entre trabajadores
etc.).
Debe, por
tanto, practicarse un sindicalismo socio-político, no economicista, ni
reformista ni burocrático, que reclame mejoras condiciones de vida y trabajo de
los trabajadores y al mismo tiempo luche por transformaciones sociales
profundas en defensa de sus intereses de clase.
Este
sindicalismo revolucionario podemos caracterizarlo del modo siguiente:
– Es en la lucha sindical combativa y de clasedonde
la clase asalariada asume la importancia de su organización y su unidad, toma
conciencia y descubre que sus intereses resultan antagónicos e incompatibles
con los de la patronal y alcanza a comprender que los procesos de producción
podrían funcionar en un régimen de propiedad colectiva y democracia económica,
en ese extraordinario proceso de aprendizaje que encierra la lucha sindical en
sí misma. La actividad sindical de clase significa que nada útil puede
arrancársele a la patronal que no sea con la más amplia movilización y presión
de los trabajadores y las trabajadoras a condición de que la lucha económica
vaya inseparablemente unida a la lucha política. El sindicalismo de clase es
contrario, por tanto, al pacto social.
– Es un sindicalismo sociopolítico,
es decir, aquél que tiene por finalidad la defensa de los intereses de la clase
asalariada en la lucha por la transformación de la sociedad hacia el
socialismo. La actividad sindical que se limita a la lucha económica
-sindicalismo reformista- sin cuestionar el régimen de explotación coloca a la
clase trabajadora a remolque del capital y la condena a la opresión y al
sometimiento de la clase dominante, sin posibilidad alternativa de emancipación
social. La defensa de los intereses inmediatos —lucha económica— y la de
los intereses estratégicos —lucha por el socialismo— debe realizarse no con un
material humano fantástico ni especialmente creado por nosotros, sino con el
que nos ha dejado como herencia el capitalismo. Con sus limitaciones, con las
influencias negativas de valores propiciados por la burguesía para asegurar su
dominio —individualismo, consumismo, etc.—, pero también con su innata rebeldía
frente a la opresión y la explotación.
– Es también un sindicalismo democrático y asambleario.
La primacía de la asamblea como órgano de toma de decisiones en el desarrollo
de la actividad sindical es un principio básico del sindicalismo de clase. Es
el instrumento fundamental para poder suscribir acuerdos con la patronal. Este
proceder democrático otorga el protagonismo a los miembros de la clase
asalariada, con total independencia de su afiliación, de sus ideas o
pensamiento, de su cualificación profesional. Es la forma más eficaz de
acumular fuerzas en las batallas contra el capital. La representación obrera
—delegados de personal y miembros de Comité de Empresa—, actúa frente a la
empresa no en sustitución de sus compañeros de trabajo, sino como portavoces de
estos.
– Un sindicalismo unitario y de masas. La movilización y la presión como instrumentos
imprescindibles para arrancar derechos y mejoras en las condiciones de trabajo
o, como ahora ocurre con frecuencia, para frenar la agresividad del capital en
la crisis del sistema, obligan a buscar la unidad del proletariado y a
establecer vínculos con los movimientos sociales resistentes a los recortes de
prestaciones y derechos que promueven los gobiernos reaccionarios. La
solidaridad resulta primordial en el sindicalismo de clase, ya que aquel es
sobre todo un sentimiento humano profundo que unifica voluntades y contribuye a
que la clase trabajadora se sientan parte de un todo. Parte de una misma clase
social. Deja constancia de ser víctimas de una misma y única explotación y
opresión. Y ayuda a comprender que el proletariado tiene un mismo enemigo de
clase. La solidaridad hace sentir, además, un legítimo orgullo de pertenencia
común a la clase social obrera.
– Finalmente,
es un sindicalismo independiente de la burguesía. El sindicalismo reformista o burgués que, desde
la transición hasta hoy, promueven cierta dirigencia de las organizaciones sindicales
“mayoritarias”, ha sido posible, entre otros factores, por la financiación de
esas entidades sindicales mediante subvenciones de los gobiernos de la
burguesía. La entrega de estos cuantiosos fondos no es nunca altruista. Es
radicalmente interesada. Han colocado y colocan a los dirigentes de los
sindicatos mayoritarios a remolque de la patronal. Se pierde toda independencia
de clase. Las subvenciones abren, además, el camino al oportunismo incrustado
en las filas sindicales para la práctica de irregularidades, algunas con
merecido reproche penal. Ese sindicalismo de colaboración de clases es una
auténtica desgracia para la clase obrera.
La transformación de los periodistas en apéndices de la policía: el caso Earl Caldwell
La transformación de los
periodistas en apéndices de la policía: el caso Earl Caldwell
DIARIO OCTUBRE / septiembre 2, 2024
En el otoño de
1968 el periodista Earl Caldwell regresaba a la sede del New York Times después
de un reportaje en California. No llevaba en su escritorio más de cinco minutos
cuando una recepcionista le dijo que había dos hombres en la oficina que
querían hablar con él. Eran del FBI.
Los policías
querían saber más sobre un artículo que Caldwell acababa de escribir sobre el
armamento de los Panteras Negras. Recientemente la redacción había asignado a
Caldwell a cubrir a los Panteras Negras para el New York Times. Era su primer
artículo sobre el movimiento político. Los policías le dijeron que querían más
información sobre las armas sobre las que había escrito y más información sobre
los Panteras en general.
El preriodista
les dijo que todo lo que necesitaban saber estaba en el reportaje. Un año y
medio después recibió una citación para comparecer ante un gran jurado y
testificar sobre todo lo que sabía sobre los Panteras Negras, incluidas sus
fuentes confidenciales.
En ese momento
de su carrera, Caldwell ya era el pionero de los periodistas negros. Fue el
único reportero que estuvo en Memphis cuando Martin Luther King fue asesinado
el 4 de abril de 1968. Ocurrió durante la primera misión de Caldwell con él.
Fue también la primera vez que el New York Times enviaba a un reportero negro
para cubrir las conferencias del defensor de los derechos de los negros.
“Le dije a mi
editor que no quería estar en el sur”, recuerda Caldwell, por los prejuicios y
la violencia raciales, “pero tampoco quería dejar pasar la oportunidad de
cubrir a King. Fue surrealista estar allí y ver cómo se desarrollaba todo
aquello”.
Después del
asesinato de King, Caldwell pasó a cubrir los disturbios raciales que se
estaban produciendo en todo el país para el New York Times. Fue durante aquella
época cuando empezó a cubrir a los Panteras Negras, centrándose en San
Francisco. Pasó más de un año informando sobre la organización en California.
“Los Panteras
Negras eran realmente buenos difundiendo su mensaje”, dice Caldwell. “Me dieron
un buen acceso porque querían que la gente supiera de qué iban”. Cubrió una
amplia gama de historias sobre ellos, incluido su trabajo de divulgación,
enfrentamientos con los antidisturbios y con otros movimientos negros.
“Realmente me
llevé bien con ellos y estaba orgulloso de las historias que pude contar”,
dice.
A medida que la
cobertura de Caldwell sobre los Panteras Negras se hizo más intensa, también
creció el interés del FBI en su trabajo. La policía siguió solicitando
reuniones con él, con vistas a obtener información sobre el movimiento.
Intentaron persuadirlo de que los Panteras Negras eran peligrosos.
Los derechos
siempre se enredan en los pleitos
Caldwell se
mantuvo firme y se negó. El New York Times contrató a un bufete de abogados
para defender la publicación de las noticias, pero pronto se preocupó por la
posición del bufete en la defensa de la libertad de expresión, ya que se dio
cuenta de que los abogados querían entregar parte de la información al FBI.
Caldwell dice que no había forma de que se convirtiera en un soplón de la
policía. “Va en contra de todo lo que uno defiende en el periodismo”, dijo.
Cuando Caldwell
recibió la citación del FBI, consultó con otros periodistas negros y finalmente
buscó el asesoramiento del Fondo de Defensa Legal de la NAACP, que lo puso en
contacto con el abogado Anthony Amsterdam. Por su propia voluntad, se negó a
comparecer ante el gran jurado, y Amsterdam compareció en su lugar. Argumentó
que no debía comparecer y que la Primera Enmienda protege las fuentes y la
información, así como la elaboración del reportaje. Amsterdam también defendió
la importancia del trabajo de los periodistas negros y “cómo podríamos traer
una respuesta y contarle a Estados Unidos sobre estas preguntas que eran tan
importantes en ese momento”, recordó Caldwell.
El caso llegó
al Tribunal de Apelaciones de Estados Unidos, que falló a favor de Caldwell y
acordó que no tenía que compartir su información confidencial con la policía.
Sin embargo, fue una victoria efímera, ya que el gobierno apeló ante el
Tribunal Supremo, que lo abordó junto con otros dos casos similares sobre el
derecho a la libertad de expresión en febrero de 1972.
Los otros dos
casos involucraban a Paul Pappas, un reportero de televisión de Massachusetts
que también cubría a los Panteras Negras y que también había rechazado una
citación para informar sobre ellos a la policía, y a Paul Branzburg, un
reportero del Louisville Courier Journal que había estado informando sobre el
cultivo de hachís. En su reportaje Branzburg entrevistaba a personas que lo
cultivaban, pero sin revelar su identidad. Al igual que Caldwell y Pappas, se negó
a informar a la policía después de que lo llamaran a comparecer ante un gran
jurado.
¿Deben los
periodistas hacer el trabajo de la policía?
El 29 de junio
de 1972 en la sentencia del caso Branzburg, el Tribunal Supremo falló contra de
los periodistas porque era inapropiado “conceder a los periodistas un
privilegio testimonial del que no gozan otros ciudadanos”. Pero los jueces
estaban divididos 5 contra 4 sobre la resolución, y los que disentían argumentaban que la policía no tiene derecho a utilizar a los periodistas para que hagan un trabajo
que les corresponde a ellos.
La sentencia
significaba que Caldwell podía ir a la cárcel, pero el gobierno había
conseguido lo que quería. No lo volvió a perseguir. El periodista continuó
trabajando en el New York Times, cubriendo el juicio de Angela Davis en 1970,
los “asesinatos de niños en Atlanta” y la campaña presidencial del reverendo
Jesse Jackson en 1984. En 1979 se convirtió en el primer periodista negro en
tener su propia columna en un periódico importante, tras pasarse al New York
Daily News.
Tras la
sentencia se desató un movimiento de protestas en todo Estados Unidos para
proteger el derecho de los periodistas al secreto profesional.
Fuente: mpr21.info
ONG denuncian las complicidades del Estado español y la banca en el genocidio de Gaza
Naciones Unidas contabiliza el asesinato de 130 palestinos al día desde
octubre de 2023
ONG denuncian las
complicidades del Estado español y la banca en el genocidio de Gaza
Por Enric Llopis
Rebelion / España
02/09/2024
Fuentes: Rebelión [Imagen: agencia de Naciones Unidas para las personas refugiadas palestinas (UNRWA)]
Se suceden las
denuncias (una media de 130 personas al día asesinadas -por el ejército
israelí- en la Franja de Gaza durante los diez últimos meses, informó el 15 de
agosto Naciones Unidas); Human Rights Watch remarcó el 26 de agosto, en un
informe, las torturas perpetradas por el Estado de Israel al personal médico en
Gaza; uno de los testimonios recopilados es el de Eyad Abed, cirujano de 50
años, detenido mientras laboraba en un hospital gazatí:
“Cada minuto
nos golpeaban. Por todo el cuerpo, en zonas sensibles entre las piernas, el
pecho, la espalda. Nos daban patadas por todo el cuerpo y en la cara.
Utilizaban la parte delantera de las botas, que tenía una punta de metal, y
luego sus armas. Tenían mecheros (…)”.
El mismo día,
60 organizaciones de periodistas y derechos humanos remitieron una carta al
Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad,
Josep Borrell (PSOE), en la que se reclamaba la ruptura del Acuerdo de
Asociación de la UE con Israel; entre otros motivos, por el asesinato de más de
un centenar de periodistas y los crímenes de guerra en Gaza (Agencia Efe).
¿Existen
complicidades en los actos de barbarie? Diputados del Grupo Sumar presentaron
en el Congreso español, el 9 de julio, diferentes preguntas a la Presidencia
del Gobierno -y los ministerios con competencias- sobre la compraventa de armas
al Estado de Israel desde el comienzo del genocidio, en octubre de 2023.
El portavoz
Enrique Santiago, de Izquierda Unida (IU), detalló que la iniciativa se
sustentaba en los datos del Centre Delàs d’Estudis per la Pau y diversos medios
informativos; así, “España ha seguido importando armas de Israel y adjudicando
contratos a empresas de seguridad y defensa israelíes o a sus filiales” (en el
estado español); por ejemplo, la exportación de municiones en los meses de
noviembre y diciembre, así como la compra de armas a empresas de Israel.
La pregunta
parlamentaria incluía casos concretos; como la adjudicación de contratos –por
parte del Estado español- a importantes compañías israelís de la producción
bélica: el sistema de lanzacohetes SILAM (empresa Elbit) o los misiles SKIPE
(empresa pública Rafael y su filial española PAP Tecnos).
A comienzos de
2024, Amnistía Internacional (AI) informó que –durante el primer semestre de
2023- el Estado español había autorizado 22 licencias para la exportación de
material de defensa a Israel por una suma de más de 44 millones de euros (datos
del Ministerio de Economía y Comercio).
Se trata, en
concreto, de sistemas de dirección de tiro, blindados, material para
la aviación o equipos electrónicos y de formación de imágenes; en cuanto a las
exportaciones realizadas (más de 700.000 euros entre enero y junio de 2023), AI
destaca los sistemas de dirección de tiro (636.637 euros) y las bombas,
torpedos, cohetes, misiles, otros dispositivos y cargas
explosivas, por valor de 76.760 euros.
¿Existe alguna
responsabilidad atribuible a la banca española? Promovida en 2006 por el Centre
Delàs, el Observatori del Deute en la Globalització (ODG) y la ONG Setem, la
Campaña Banca Armada denunció en las juntas de accionistas de las cuatro
grandes entidades financieras –BBVA, Banco Santander, Caixabank y Banco
Sabadell- “sus vínculos con empresas de armamento, incluyendo empresas que
venden armas a Israel”.
En la Junta del
BBVA, celebrada el pasado 15 de marzo, activistas de Banca Armada y el
Movimiento de Solidaridad con Palestina detallaron la financiación del banco a
empresas que colaboran con los asentamientos ilegales en
Cisjordania y Gaza, además de compañías de armamento que producen y venden a
Israel (préstamos y títulos financieros a Boeing –bombas, Cazas F-15, y
helicópteros Apache AH-64-; General Dynamics –bombas y munición de artillería-;
Leonardo y Rolls Royce).
También con
datos del informe Untenable Investments, de Don’t Bank on the Bomb
(febrero de 2024), los activistas hicieron una denuncia similar en la junta del
Banco Santander (22 de marzo); dieron cuenta de la concesión de préstamos
–entre 2021 y 2023- a Boeing; Rolls Royce –fabricación de tanques; y Leonardo
–cañones instalados en buques de guerra-; se trataría de empresas “que
contribuyen y se están beneficiando de la guerra contra Gaza”.
Las
implicaciones pueden comprobarse, asimismo, en el informe La
complicidad del sector financiero español en la ocupación de Palestina. El caso
de la energía solar y el greenwasing, de los investigadores Nora Miralles,
Carlos Díaz y Felip Daza (Observatorio de Derechos Humanos y Empresas en la
Mediterrànea –ODHE-, 2023); el reporte detalla que el ejecutivo israelí ha
establecido como objetivo alcanzar el 30% de la energía –en 2030- a partir de
fuentes renovables.
Los proyectos
de energía solar de Israel se concentran en el territorio ocupado palestino
(TPO) del Valle del Jordán, también en el desierto del Naqab; en ese contexto,
el documento señala la relación entre los bancos españoles y la empresa israelí
SolarEdge (“proveedora de proyectos solares en Shdemot Mehola y Petza’el en el
Valle del Jordán, fue financiada en el año 2009 por General Electric, que
mantiene vínculos con el Banco Santander”).
Además, según
el informe, SolarEdge consta en los fondos de inversión de Ibercaja, forma
parte de los activos en Bolsa de Bankia (desde 2021 Caixabank) y en la cartera de
inversiones del BBVA.
Otra de las
compañías israelís mencionadas es Arava Power (participada por la multinacional
alemana Siemens), que desarrolló el proyecto de campo solar Ketura Sun en el
desierto del Naqab; en esta iniciativa, “efectuó una operación de financiación
de la deuda de 5 millones de dólares desde el fondo de crédito israelí Viola
Credit, que opera con el Banco Santander”.
Respecto a
Siemens AG, “está presente en la cartera de inversiones de la
mayoría de los grandes bancos españoles y las aseguradoras Mapfre y Catalana
Occidente”; la multinacional ha actuado como proveedora de la israelí Enlight
Renewable Energy, responsable del proyecto solar de Halutziot, así como de
parques de energía eólica en el desierto del Naqab y en los TPO de Cisjordania,
subrayan Nora Miralles, Carlos Diaz y Felip Daza.
domingo, 1 de septiembre de 2024
¿Turismo? Acelerar el movimiento, consumir el mundo. Entrevista a Josep Burgaya
Este mes, como siempre,
publicamos en abierto un texto de la revista El Viejo Topo. Hoy compartimos con
vosotros una entrevista con Josep Burgaya a propósito del imperativo de la
movilidad y la turistificación en nuestras sociedades actuales.
TOPOEXPRESS
¿Turismo? Acelerar el movimiento, consumir el mundo.
Entrevista a Josep Burgaya
El Viejo Topo
1 septiembre,
2024
Este mes, como siempre, publicamos en abierto un texto de la revista El Viejo Topo. Hoy compartimos con
vosotros una entrevista con Josep Burgaya a propósito de la turistificación en
la actualidad.
Doctor en
Historia Contemporánea por la UAB, Josep Burgaya es ensayista y articulista,
además de profesor de la Universidad de Vic. Ha participado en numerosos
congresos y habitualmente realiza estancias en universidades extranjeras. Entre
sus obras cabe citar Populismo y relato independentista en Cataluña.
¿Un peronismo de clases medias? (2020), La máquina digital.
Feudalismo hipertecnológico en una democracia sin ciudadanos (2021)
y Tiempos de confusión. De la clase adscriptiva a la identidad electiva (2023).
Centramos esta conversación en su reciente publicación: Homo movens. El imperativo de la movilidad y la
turistificación del mundo.
—¿Qué es
el Homo movens? ¿Quiénes son (somos) Homo movens?
—Es todo
ciudadano, cualquiera de nosotros, al que se le ha impuesto una movilidad
constante tanto como imperativo económico, como social o cultural. Esta pulsión
al movimiento no tiene nada que ver con la ancestral tendencia a querer conocer
los contornos, en ir más allá del territorio de confort. Tiene poco que ver con
el conocimiento o el disfrute cultural. Se genera toda una economía del
movimiento. Esta tendencia inducida al desplazamiento se erige como un gran
negocio con el que retornamos gran parte de nuestras rentas. Por el camino
padecemos de ansiedad para estar a la altura, frustración porque nada era lo
que se nos prometió. Y todo ello, aparte de insostenible, en poco contribuye a
nuestro bienestar y a nuestra búsqueda de la felicidad.
—Pero si no
contribuye a nuestro bienestar y a nuestra búsqueda de la felicidad, ¿por qué
caemos en la trampa del fluir permanente?
—Porque es la
cultura imperante. Los valores de nuestra sociedad los genera el márquetin y la
publicidad. Moverse es una aspiración y a la vez una finalidad. Nos domina la
ansiedad y esto nos lleva a intentar surfear el mundo, nuestra frustración
laboral y personal, creyendo en la ficción que formamos parte de un mundo
global y cosmopolita. En realidad, quemamos el tiempo y en nuestra vida
activada, no hay tiempo para la reflexión, el pensamiento o la poesía.
—Aunque has
contestado en parte: ¿en qué consiste el imperativo de la movilidad al que hace
referencia en el subtítulo del ensayo? ¿Está instalado en el ADN, en los memes
del humano contemporáneo?
—Durante la
mayor parte de la historia de la humanidad, más allá de las sociedades de
cazadores-recolectores que tenían que ser nómadas por obligación, las
sociedades se han establecido de manera sedentaria y su ocupación principal no
ha sido conocer mundos ignotos sino defender su “territorio”. La vida de la
mayor parte de la gente que ha habitado este mundo, como mínimo hasta la
industrialización, se ha desarrollado en un espacio de pocas leguas. Más allá
habitaba lo desconocido, el temor y la inseguridad. El viaje fue siempre algo
de minorías acomodadas y un poco dadas a la busca de las emociones de lo distinto.
El número de viajeros, más allá de fenómenos colonizadores, fue siempre ínfimo.
Es a finales del siglo XX que, de la mano de la globalización, internet y los
vuelos baratos, se produce un crecimiento exponencial del desplazamiento y se
impone la cultura del movimiento. Una especie de huida constante de nosotros
mismos sobre la que se construye uno de los sectores industriales más
importantes del mundo.
—¿A qué
alude con la ‘turistificación del mundo’? ¿Mundo es mundo en este caso?
—A un fenómeno
de transformación de grandes partes del planeta, y especialmente de las
ciudades, que al ponerse al servicio de esta industria se ven modificados y
pierden su autenticidad, convirtiéndose en parques temáticos que ya no están al
servicio del bienestar de sus pobladores, sino de sus visitantes. La economía,
el espacio público, los servicios y el bienestar mudan. Las ciudades se
encarecen, se gentrifican y expulsan a sus ciudadanos, los cuales tienen que
hacer frente a precios mucho más elevados en vivienda, hostelería y
alimentación, y no les queda más remedio que huir hacia las periferias. Se
sienten desposeídos, expulsados de un entorno que generaron y les pertenecía.
No es solamente la masificación y la pérdida de la tranquilidad lo que provocan
las grandes hordas viajeras. Cambian el “lugar”, lo plastifican y lo envuelven
para convertirlo en un producto de consumo que nada tienen que ver con la
realidad que podía resultar atractiva.
—¿Hacer
turismo es viajar?
—No, ni mucho
menos. El viaje era algo relevante para conocer, en su normalidad, otra
realidad y el que la preparación y el proceso de traslado (el itinerario)
resultaba tan fundamental como el destino. Turismo es ir a un lugar
prefabricado porque nos lo imponen las pautas de consumo del capitalismo
actual, donde el proceso para “llegar” debe ser mínimo. Consumimos destinos en
forma de fotografías. Viajar era conocer, hacer el turista es disponer de una
foto más en nuestro currículo consumidor con tal de adquirir, al menos
aparentemente, un halo de cosmopolitismo y conocimiento que en realidad no
adquirimos. Podríamos comprar unas postales y quedarnos en casa. El medio
ambiente, como mínimo, lo agradecería. El problema, es que ya no es posible el
viaje. Todos somos turistas, lo queramos o no. El nicho de mercado del “viaje
auténtico” es lo mismo, pero pagando más. Turistas los hay en todas partes y, a
menudo, quienes nos atienden son trabajadores migrantes extremamente mal
pagados.
—Le pregunto
más tarde por esos bajos salarios. ¿Turismo es progreso (en algunos de sus
sentidos positivos) o más bien es todo lo contrario?
—La
masificación turística, la turistificación, no es progreso sino un signo de
debilidad. Un cierto grado de recepción turística, que no sobrepase el 2% del
PIB, es compatible con modelos de desarrollo avanzados. La dependencia de este
sector por encima del 10% (en España es de un 13% y en Barcelona del 14%)
resulta una apuesta perdedora. Es un sector muy frágil y cambiante, sensible a
las sensaciones de seguridad/inseguridad, que depende de mano de obra barata,
que destruye los destinos, encarece vivienda y servicios y que gran parte del
movimiento de riqueza que promueve va a parar a grandes compañías
internacionales y no a los destinos. La función de España y de Barcelona como
gran centro de acogida turística resulta de país pobre y, en realidad,
empobrece. Va en detrimento de apuestas más estratégicas, con mayor
productividad y más valor añadido.
—Pero, en el
caso de Barcelona por ejemplo, ¿quiénes, qué sectores sociales apostaron por
convertirla en “la millor botiga del món”?
—La burguesía
actual es de mirada más bien corta. Se comporta como los personajes de Santiago
Rusiñol. Mentalidad de tenderos y de “peix al cove”. Jordi Pujol los
representaba muy bien. Una idea de país y de ciudad meramente provinciana,
faltada de toda grandeza. Se conforman con ser empleados de las grandes
multinacionales o bien acoger las franquicias de las marcas o de los hoteles
internacionales. Que Joan Gaspart haya representado, durante años, al
empresariado turístico explica muchas cosas. Lo realmente curioso es que la
política, especialmente la de izquierdas, haya comprado a estos personajes e
intereses.
—Le pido un
comentario de texto sobre una de las citas (de Gerhard Nebel) con las que abre
el libro: “Un país que se abre al turismo se cierra metafísicamente. A partir
de entonces ofrece un decorado, pero ya no su potencia mágica. El turismo es
uno de los grandes movimientos nihilistas, una de las grandes epidemias de
occidente”.
—Lo que se
llama apertura turística es, en realidad, una entrega. El turismo no genera
nada nuevo y empequeñece y deforma lo que ocupa. Y, es cierto, incluso el
patrimonio artístico que poseemos pasa a ser un decorado de cartón-piedra. La
pregunta básica continúa siendo: ¿a quién deben servir los territorios o las
ciudades, a sus habitantes o bien ser el espacio en que construir un negocio
que los destruye? La intensidad del movimiento imposibilita la vida sobre el
territorio, a la vez que el destino turístico pierde el encanto que algún día
tuvo. Es un fenómeno imposible a la escala hacia la que vamos y no tiene nada
de creativo. En realidad, a los que lo practicamos como si no hubiera un
mañana, no nos aporta nada más que la práctica de un pasatiempo. Es un ocio, una
distracción, con muchos efectos colaterales, de muchas externalidades
negativas.
—¿Qué
importancia tiene en un país medio como España la industria del turismo?
—Tiene mucha
importancia, demasiada. Fue una apuesta franquista para captar ahorro europeo
que, desarrollado sin planes ni sistemas de contención, arrasó con todo. El
turismo de “sol y playa” ha destruido gran parte de la zona costera
mediterránea en forma de un continuum urbano sin criterio, consumidor de
territorio y escasamente sostenible. El sol y los precios baratos seducían a
los europeos ávidos de playa y de la “falsa autenticidad” del sur del
continente. Se recalificó todo lo susceptible de serlo y mucho más. Nació una
industria local formada por grandes hoteleros y constructores a los cuales se
plegaban los ayuntamientos. España depende, de manera escandalosa, del turismo,
lo que implica, además, una enorme dependencia de los grandes touroperadores y
de las plataformas de internet. Accedemos, mayoritariamente, a un turismo de
bajo coste y poca capacidad adquisitiva. Hay que forzar mucho las cosas para
mantener bajos precios, papel que le corresponde a los bajos salarios que se
paga a la mano de obra inmigrante del sector de la hostelería. Si no, las
hordas se desviarán hacia Croacia, Grecia, Túnez o Marruecos. Es una apuesta
perdedora, muy adictiva, de la que resulta difícil salirse. Nadie,
políticamente, quiere poner coto a un sector tan influyente.
—De acuerdo,
pero imaginemos que alguien nos dice: sus críticas son interesantes, razonables,
pero no hay otra. España debe jugar ese papel en la economía internacional. No
hay más, no puede ocupar otras posiciones, somos lo que somos: sol, turismo y
poca cosa más. Pensar en otra situación es utopía, una bonita utopía
irrealizable.
—Sí, pero esto
no es cierto. España puede desarrollar, y de hecho lo hace, otras actividades.
Disponemos de recursos naturales, de capital humano, de tecnología y una gran
tradición industrial. No estamos condenados a encadenarnos a la industria
turística, la cual, se quiera o no, debe ir disminuyendo paulatinamente su
papel. En el low cost, no podemos competir a no ser que demos por
bueno el “nuevo esclavismo” instaurado en el sector abusando de la mano de obra
migrante. Cierto que en la distribución internacional de la producción se nos
quiera atribuir esta función, pero debemos resistirnos. Hace 50 años Finlandia
debía de proveer de madera y bacalao a Europa Occidental. Hoy lo es de
tecnología y conocimiento.
—¿Qué
opinión le merecen los movimientos de oposición a la llegada de más turistas a
sus ciudades, a sus comunidades? Pienso en Canarias o en Amsterdam, por
ejemplo, aunque también ha habido protestas en ciudades como Barcelona, Madrid,
Venecia o Nápoles. ¿Es simple y pasajera turismofobia indocumentada?
—Los
movimientos críticos con el turismo resultan lógicos y han tardado mucho en
hacerse patentes. Hay ciudades y territorios como las Islas, que ya no tienen
más capacidad de carga. Ya no se puede vivir y pagar unos costes desorbitados.
La dinámica arrolladora del fenómeno turístico hace morir de éxito los
principales destinos. Y el problema es que vamos a más. Si no crecen las cifras
se considera inapropiado para el sector, pero también para buena parte de los
gobernantes. Ámsterdam o Venecia ya realizan márquetin inverso para hacer
desistir a los visitantes. Con 600.000 habitantes, Ámsterdam recibe 20 millones
de visitantes, los cuales se concentran en unos pocos espacios. En Venecia ya
solamente quedan 50.000 habitantes, no se puede vivir allí si no tienes un
negocio turístico. Hay tornos de entrada, es aberrante. Algo similar se puede
decir de Barcelona, con 30 millones de visitantes. El concepto de
“turismofobia”, que el periodismo ha comprado, me resulta inaceptable. No es
desprecio al visitante o a lo nuevo como si fuéramos unos provincianos, es la
necesidad de recuperar el carácter vivible de la ciudad. No es repudio a lo
extranjero, sino a la falta de planificación y pacificación del fenómeno
turístico.
—Pero ¿cómo
se podía regular, si se trata de eso, el número de visitantes a España?
¿Encareciendo los costes turísticos, por ejemplo?
—Creo que
el low cost ha sido y es una apuesta nefasta. Hay que ir a
otro tipo de turismo que, con otros precios, se autorregulará disminuyendo el
número de viajes per cápita, que es de lo que se trata. Solamente encarecer
implica hacer una apuesta clasista. De todas maneras, el freno y pacificación
del turismo debe ser algo global que requiere que internalice los costes
ambientales reales, que se dé primacía en las ciudades a sus habitantes, de
proteger los espacios naturales, de desalojar una parte importante de la
primera línea de costa, que cualquier nuevo equipamiento deba demostrar su
“neutralidad” de carbono…
—Mirando con
luces medias y largas, el turismo, tal como lo estamos viviendo estos últimos
años, ¿es sostenible? Si no es, ¿por qué?
—No, el
concepto de “turismo sostenible” es un oxímoron. Sacamos el mago de la botella
al difundir que todos podríamos viajar constantemente, de manera barata y sin
efectos secundarios. Resulta una idiotez. En el último año, hicieron turismo al
extranjero unos 1.500 millones de personas. Cada año hay más clases medias
emergentes que se lo pueden permitir, especialmente en países asiáticos. Si no
hacemos nada, en 2030 se desplazarán más de 2.200 millones. Los aeropuertos y
sistemas de comunicación están saturados. El impacto medioambiental resulta
enorme. Nada como la aviación contribuye más al cambio climático. Ya sé que es
una mala noticia y que pude inducir a creer que practicamos un cierto elitismo,
pero el turismo actual no es generalizable a 7.000 millones de personas. Si la
contención se hace con el precio, volverán a viajar especialmente las clases
pudientes. Hay que racionalizarlo y, esto, significa un decrecimiento viajero per
cápita. El aeropuerto de Barcelona, o el de Madrid, no dan para más. ¿Seguro
que resulta racional doblarlos?
—¿Quiénes
sacan tajada de todo esto? ¿Quiénes se benefician más de una industria que
algunos críticos llaman el quinto o sexto jinete de la Apocalipsis?
—Fundamentalmente
es una industria de la que se aprovechan las grandes plataformas de internet
(Booking, e-Dreams, Airbnb…), los grandes grupos hoteleros transnacionales y
las compañías aéreas, especialmente las especializadas en low cost.
Ahí se queda el 80% del gasto turístico. A partir de ahí, a nivel local, son
hoteleros y el sector de la restauración, además de los que controlan los
apartamentos y alquileres turísticos. En estos últimos, también hay grandes
grupos de tenedores nacionales e internacionales, además de los locales que
explotan unas pocas plazas. El sector local de la industria se nutre básicamente
de los 100 euros de promedio que gastan diariamente los visitantes. El gran
negoció no está en la destinación. En cambio, el lugar tiene que hacer frente a
todos los efectos colaterales.
Estamos ante la
privatización y degradación de un bien colectivo.
—Se habla en
ocasiones de que Barcelona-2024 más que una ciudad es, esencialmente, un
“parque temático”, sobre todo en determinados nudos de la ciudad. ¿Es así, no
es algo exagerada la afirmación?
—Barcelona fue
una ciudad con muchos atractivos reales, pero también simbólicos relacionados
con la cultura y la modernidad. Ahora es un parque de atracciones con algunos
vestigios de reclamo cultural y patrimonial. La afirmación no es para nada
exagerada. La desmesura del crecimiento de esta actividad incluso puede llevar
a perder esta condición. Cuando se visita masivamente la Sagrada Familia, en
realidad se siente el atractivo de una “rareza”, más que un goce
arquitectónico. La fijación en Gaudí es una desmesura que, en el caso del
templo expiatorio, aún resulta más increíble dado que no deja de ser una
recreación faraónica de su proyecto. Barcelona ya no es lo que fue, ni tampoco
puede volver a serlo. Las características atractivas de una ciudad se pierden
para siempre cuando ésta se turistifica.
—¿Qué hay de
cierto en que los trabajadores vinculados a la industria turística son uno de
los sectores peor remunerados, con salarios más bajos, con peores condiciones
laborales, con menos posibilidades de conciliar vida laboral y vida familiar?
—Los costes bajos
que exige la industria turística se sostienen sobre bajos salarios. El salario
medio del sector no supera los 18.000 euros anuales. Por comparar, en la
industria supera los 40.000 euros. Un mundo de salarios mínimos cuando se hacen
contratos dentro de la ley. Resulta evidente que es un sector en el que aún hay
mucho trabajo en negro y cargas horarias desorbitadas y fuera de convenio
colectivo. Trabajos duros y jornadas de sobreexplotación. Es el caso de “las
kellys” que limpian y arreglan las habitaciones hoteleras. Estas condiciones
resultan poco aceptables para los trabajadores locales, y es por ello que el
sector se sostiene sobre la “adaptabilidad laboral” de los contingentes
migratorios. Extranjeros atendiendo extranjeros. Situaciones sociales y económicas
diferentes que se encuentran en “otro lugar”.
—¿Cuáles son
los principales efectos (positivos y negativos) de los pisos turísticos? ¿Es un
sector convenientemente regulado? ¿Podría haber más control?
—Los
apartamentos de uso turístico tienen un impacto muy negativo sobre el acceso a
la vivienda de la ciudadanía. Al sacar de la oferta de alquiler convencional
tal cantidad de viviendas, el impacto sobre los precios de alquiler resulta muy
grande. También impacta en el mercado de compraventa. Grandes tenedores se
hacen con nuevos o viejos edificios para uso turístico. Un fenómeno
especulativo que condiciona, y mucho, el mercado de la vivienda teniendo en
cuenta que, a la vez, no hay políticas públicas sólidas y eficientes para
promover vivienda de carácter público. El sector de alquileres turísticos tiene
que estar férreamente regulado y controlado. Hacerlo sobre las plataformas como
Airbnb resulta crucial. Aunque técnicamente pueda resultar difícil y que la
perspectiva de negocio convierte a los especuladores en muy imaginativos, se
puede y se debe hacer mucho más.
—¿Mucho más?
Por ejemplo…
—La
turistificación presiona el mercado de la vivienda, por lo que se requieren
políticas públicas que hagan posible que la consecución de una vivienda digna y
accesible económicamente no sea imposible. Hay que penalizar a los grandes
tenedores, expropiar las viviendas “cautivas” en manos de los bancos, impedir
la especulación extranjera, establecer ayudas, créditos suaves, aumentar las
promociones de vivienda protegida, obligar a la construcción de vivienda social
a los grandes promotores, tasar precios máximos, proteger a los inquilinos,
impedir los desalojos con efectos sociales nocivos… Airbnb debería estar
literalmente prohibido, mientras que las posibilidades de uso turístico de
viviendas privadas, muy restringido.
—Habla en el
libro de un turismo básicamente sexual. ¿Qué tipo de turismo es ese? ¿Quiénes
lo practican? ¿Cuáles son los principales lugares de destino?
—Sexo y turismo
siempre han tenido relación. Todo período vacacional va ligado a un imaginario
de aventura sexual. Será luego cierto o no, pero las ofertas de destinaciones
turísticas nos inducen a pensar en ello. Los “amores de verano” forman parte de
nuestro imaginario romántico. Pero aparte de esto, hay un turismo
declaradamente de tipo sexual, que tiene que ver, se disimule más o menos, en
poder acceder a prostitución barata e idealizada en territorios lejanos. Cuba,
Tailandia, Brasil, países del Este de Europa… tienen, entre otros, este predominio
en el inconsciente colectivo como destinación. El carácter de comercio sexual
organizado se maquilla aduciendo que son lugares de “mente más abierta” y mayor
liberalidad. Engaño o autoengaño. Una forma de alargar el carácter colonial de
algunos territorios.
—Asocia el
turismo con la crítica marxiana al fetichismo de la mercancía. ¿Nos puede hacer
una síntesis? ¿Qué es eso de la alienación mercantilizada?
—El imperativo
del movimiento sobre el que se sostiene la práctica del turismo es claramente
un caso de alienación. Viajamos de manera encorsetada, fomentada y
mercantilizada. El resultado es una extracción de rentas sin que haya
satisfacción de necesidad alguna y que, a veces, contribuye a profundizar
nuestra frustración. Es la cara B del trabajo, una forma de “felicidad
paradójica” según el concepto de Gilles Lipovetsky. La finalidad del turismo no
es nuestro bienestar, felicidad o descanso. Es un negocio que descansa sobre
una cultura que nos impone este movimiento como parte de nuestra cultura aspiracional.
En el sentido marxista, la mercancía tiene una función que va mucho más allá de
su función o necesidad. Poseerla, nos induce a creer que formamos parte de un
imaginario de élite del que, en realidad, estamos lejos de pertenecer.
—Cuando se
habla de gentrificación, ¿de qué se habla exactamente?
—De procesos de
especulación en determinados barrios urbanos, especialmente en el centro
histórico de las ciudades, que pasa por desplazar a sus habitantes hacia los
márgenes de la ciudad para construir viviendas de alto standing,
hoteles y zonas de consumo de lujo. En general, previo a este, se impone un
proceso de degradación del barrio para “justificar” una intervención pública de
saneamiento, monumentalización y entrega de las posibilidades de negocio a grupos
inmobiliarios. Un proceso clave en Barcelona, en Madrid o Nueva York. La gente
sencilla que habitaba unos decadentes centros mientras los pudientes se iban a
las ciudades-jardín de los extrarradios, ahora son expulsados porque los
turistas y los sectores sociales acomodados quieren volver al centro y gozar de
la ciudad-servicio después de décadas de aburrimiento con el cortacésped de las
urbanizaciones. En este proceso hay grandes ganadores, pocos, y muchos
perdedores que ven encarecerlo todo y se ven inducidos a marchar. Un proceso de
desposesión. El centro y algunos barrios ya no es lugar para pobres.
—Habla en
algún momento de una “clase nómada” de trabajadores del mundo de Internet. ¿Qué
tipo de clase es esa? ¿Por qué nómada?
—Internet ha
posibilitado que algunas profesiones no tengan nada que ver en dónde se reside.
Solamente se necesita una buena conexión a internet y que la ciudad sea
atractiva. Son los nómadas digitales, hípsters que participan de manera extrema
de la cultura de la movilidad. Son los auténticos homo movens. No
son de ninguna parte y se instalan, siempre provisionalmente, en las ciudades
globales con un cierto caché de modernidad. Tienen buena capacidad adquisitiva
y pretenden vivir intensamente el ocio de donde paran. Pueden vivir en
Barcelona –en este momento hay más de 100.000 con estas características–, pero
también en Lisboa, Ámsterdam, Londres, Rio o Bali. No crean estructuras
tecnológicas en donde se ubican y no dejan nada. Solamente han contribuido a la
gentrificación, al aumento de precios y a la turistificación. No buscan conocer
la ciudad “auténtica” sino encontrar la idea que se han hecho de ella.
—Suponga que
un trabajador/a, muy poco viajado hasta el momento, argumenta / protesta en los
siguientes términos: “¡Mecachis en la mar salada! Hasta hace muy poco han
viajado básicamente las “clases propietarias” y, desde hace unas décadas, un
amplísimo sector de las clases medias. Y ahora que nosotros, los menos
pudientes, los currantes de toda la vida, sobre todo cuando nos jubilamos,
podemos hacer algún viaje, nada que ver con viajes de lujo, nos vienen unos
teóricos o filósofos del “ser y su incesante fluir” y nos dicen que es
necesario parar, que no queda otra, que hay que viajar mucho menos (y lo dicen
pese a que muchos de ellos no paran de viajar para aquí y para allá). ¿Dónde
está la justicia? ¿Por qué no dejan de viajar ellos? ¡Qué se han creído estos
nuevos déspotas eco-ilustrados!”. ¿Qué le parece esta posición? ¿Qué podríamos
decirle?
—Las pulsiones
o intereses personales, que pueden estar bien justificados, en muchos casos
resultan imposibles cuando lo valoramos y analizamos de manera agregada. Todo
el mundo tiene el “derecho” de viajar a Venecia, por poner un ejemplo, pero de
manera agregada no es posible que miles de millones de personas se trasladen, a
la vez, a este mismo destino. Resulta imposible. La actividad turística, como
tantas otras cosas, hay que analizarla y valorarla por su impacto agregado, por
lo que puede conllevar la suma de voluntades. Es aquí donde se imponen
restricciones que son inevitables. Lo mismo pasa con todo lo que induce al
impacto sobre el clima. Yo, individualmente, no genero el calentamiento global,
pero mis hábitos de consumo y comportamiento, una vez generalizados, son
imposibles de sostener. Y es cierto que uno de los sectores que más impacta
sobre la imposibilidad del turismo, aparte de los jóvenes, son los jubilados.
Salud y poder adquisitivo se lo permiten. Hacen lo que quizás no pudieron hacer
de jóvenes, pero no resulta posible mantenerlo y aún generalizarlo mucho más.
Quizás, todos deberíamos plantearnos si necesitamos viajar tanto, y que
buscamos en esta especie de huida hacia ninguna parte.
—En los
compases finales del libro, habla usted de exigir “planteamientos políticos
sólidos destinados a priorizar desarrollos económicos sostenibles y que creen
estructuras con recorrido, en lugar de la filosofía del “toma el dinero y
corre”, que es esta y no otra la estrategia que subyace en este sector y en el
estado actual del capitalismo”. ¿Quiénes defienden esos planteamientos
críticos? ¿Observa usted en el panorama político actual fuerzas que razonen y
actúen en los términos que usted señala? ¿No es esa, en definitiva, la
naturaleza del capitalismo? ¿No es pedir peras al rosal razonar y pensar en
esos términos?
—Estoy de
acuerdo que esto entra en la lógica del capitalismo actual. Siempre crecer,
siempre correr, aunque sea hasta el abismo. Yo me quedo con la idea de Keynes
de que, mientras no podamos superar el sistema económico actual, al menos hay
que protegerlo de sí mismo. Porque tiende a la autodestrucción y, por el
camino, a la trituración de la sociedad. Nos guste, o no, el turismo es una
industria que debe decrecer, especialmente en los países que, como España, se
han hipotecado con él. Quizás es un poco tarde, y de las adicciones cuesta
curarse. Políticamente, hasta para la izquierda, resulta más cómodo jugar a
ser business friendly que a desarrollar análisis críticos
sobre sectores y actividades. Pero, habrá que hacerlo. Cuanto más tardemos más
difícil será afrontarlo. Quizás, cuando se haga, ya se habrá destruido por
parte del turismo todo el capital económico, social y cultural sobre el que se
estableció. El entorno de Chernóbil como metáfora.
—¿Quiere
añadir algo más?
—Deberíamos
controlar algunas pulsiones inducidas, como la del movimiento continuado y la
aceleración, porque son poco más que la mercantilización absoluta de nuestro
tiempo. Abandonar caminos trillados, que no son más que túneles, y construir
una vida a nuestra medida. Un modo slow (lento) en el que la
tecnología y el movimiento tuvieran un lugar mucho más modesto. Las ciudades y
territorios Smart (inteligentes) van a ser en realidad los que
se desarrollen al servicio de sus ciudadanos. Desmercantilizemos nuestras
vidas.
—Adelante con
la desmercantilización. Gracias por el libro y por la entrevista.




