lunes, 2 de septiembre de 2024

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La financiación del sindicalismo de colaboración de clases

 


Ilustración: Fernando Francisco Fernando


La financiación del sindicalismo de colaboración de clases

 

José María Alfaya González y Miguel Medina Fernández-Aceytuno  

HOJAS PARA EL DEBATE

19.08.2024

 

La alternativa no puede ser otra que el sindicalismo de clase sostenido exclusivamente con las cuotas de la afiliación al objeto de no perder independencia de clase (económica, política y social) y que sea dinamizador de la lucha de clases, combinando de forma simultánea negociación con movilización (huelgas, concentraciones, muestras diversas de solidaridad entre trabajadores etc.).

Si queremos hablar racionalmente del sistema que sostiene la actividad sociopolítica en España a golpe de subvenciones, nos encontraremos con la necesidad de conocer los límites funcionales de determinadas cuestiones que les dan carácter y desvelan los intereses no siempre confesables, relacionados con tantas decisiones políticas. Por ejemplo, tenemos evidentes y significativos signos de la existencia de una corrupción pura y dura que conlleva el intercambio de favores entre grupos dominantes o entre los que son poderosos y los aspirantes al ascenso social. Nos despistan el entendimiento de cómo funciona el tinglado con la falta de transparencia y conocimiento de la gestión y de los beneficiarios de los fondos públicos que se entregan, disimulando lo que el sistema reparte como botín entre disciplinados colaboradores, compinches o cómplices, que lo reciben sin que tengamos facilidad para conocer los entresijos, lo que nos hace difícil llegar a conocer el alcance de estos “defectos de fábrica” de nuestra “democracia” tan participativa ella en el reparto de beneficios.

Dicho lo anterior hay que señalar que, si nuestros antepasados marineros miraban a los cielos para orientarse con las estrellas, ahora escudriñamos el ciberespacio y es posible orientarse con una captura de datos que nos facilita dibujar un mapa orientativo de cómo está la situación. Por ejemplo, podemos consultar con Laboro. un ente que se presenta como un lugar de encuentro en Internet publicado y alojado por Blogger en EE.UU. 

Aunque la legislación vigente y aplicable prohíbe toda reproducción no autorizada de cualquier contenido publicado en Laboro, es libre y gratuita la copia o distribución solamente del enlace a los contenidos publicados, lo que nos lleva a poder hacer referencia al espinoso tema de las subvenciones que los directivos de CC.OO. y UGT han cobrado en los últimos años, totalizadas y desglosadas por sus federaciones, fundaciones y otros organismos. En cifras redondas, según Laboro, a fecha de 12 de junio de 2024 y en los cuatro años anteriores UGT ha cobrado 202 millones de euros y CC.OO. 179.

También se explicita quién cobra las subvenciones exactamente y quién las concede. Esta información también la podemos obtener en el rotativo The Objetive, entre otras tantas publicaciones.

La lectura de los datos ofrecidos por Laboro y dedicados a este tema nos hace posible entender que el destino de las subvenciones está mal detallado en los datos ofrecidos en los documentos oficiales, lo que hace difícil comprobar si el dinero de la subvención fue bien empleado, acorde a derecho, para los fines previstos.

Todo lo cual nos lleva a recomendar una atenta lectura de lo que legalmente se puede consultar en esta constelación de datos, para ofrecernos una reflexión sobre la financiación del sindicalismo reformista o de colaboración de clases en España y una cuidadosa conclusión sobre la función que desempeña este sindicalismo subvencionado.

Por otra parte, a los afiliados de estos sindicatos “mayoritarios” no se les ofrece puntual información anual de los ingresos y gastos de estas organizaciones, ni del origen de las mismas del total de las subvenciones recibidas y su destino. En Google aparecen datos parciales, pero no un compendio completo de todas las  que perciben de las diferentes administraciones públicas, ni tampoco de las aportaciones que obtienen de su participación en los planes de pensiones de empleo y otros ingresos, por vía indirecta, que, en algunos casos, han provocado sonadas intervenciones judiciales por presunta corrupción, como el conocido asunto de los ERES de la Junta de Andalucía o el de los dirigentes de UGT de Asturias condenados a prisión por fraude de subvenciones públicas, por citar algún ejemplo.  

Hay que añadir que el origen de estas subvenciones proviene de las diferentes administraciones públicas, unas dirigidas por el Partido Popular y otras por el PSOE. Así, la Junta de Andalucía en manos del PP ha subvencionado a CCOO y a UGT con un millón setecientos mil euros “para financiar su acción sindical”. También la Xunta de Galicia, que controla la derecha,  subvencionó a CCOO y a UGT con 970.000 euros. En consecuencia, tanto la derecha como la socialdemocracia, ambas comprometidas en su apoyo a la OTAN, al belicismo y pringadísimas en la aplicación de políticas económicas neoliberales, muestran mucho interés en entregar importantes sumas de dinero a CCOO y UGT, cantidades que provienen de la recaudación de impuestos a la ciudadanía.

¿Por qué y para qué? La respuesta, atendiendo además a la práctica diaria de la actividad sindical que promueven los responsables de los sindicatos autodenominados “mayoritarios”, no puede ser otra que la imperiosa necesidad que tiene el gran capital, tutelante de las administraciones públicas donantes en el modo de producción capitalista, de contar con la colaboración sindical de los responsables de las organizaciones de trabajadores para que, a cambio, fomenten el sindicalismo de colaboración de clases. Un tipo de sindicalismo que tiene estas características:

– Provoca la desmoralización de la clase trabajadora, cuando sus miembros se percatan que sus cuadros y máximos responsables, al practicar el pacto social, se muestran complacientes con la patronal.

– Sus valedores boicotean todo intento obrero de defender los intereses de clase inmediatos y estratégicos mediante una actividad sindical digna de ese nombre.

– Fortalece a los empresarios que se crecen ante ejecutivos sindicales débiles y dóciles a sus intereses.

– Fomentan la dispersión sindical, la desorganización de los trabajadores y debilitan su toma de conciencia de clase, estimulando tendencias de tipo corporativista.

– Las burocracias sindicales suscriben acuerdos con la patronal al margen de la voluntad de los trabajadores, propiciando un sindicalismo amarillo carente de democracia.

– Contribuye a dividir a los trabajadores según su estatus laboral y profesional, provocando enfrentamientos perniciosos.

– Promueve, en términos políticos, el desclasamiento y el auge de posiciones populistas y reaccionarias en la clase asalariada, favoreciendo el sometimiento a la ideología de la clase dominante, con la renuncia a todo esfuerzo y perspectiva de transformación social hacia el socialismo y haciendo florecer todo tipo de pensamientos y actitudes oportunistas.

– Sus dirigentes se hacen permeables a la corrupción, desprestigiando la validez, la necesidad y la oportunidad de las organizaciones sindicales para la defensa de los intereses de clase.

– Ofrece verdaderos balones de oxígeno al capital y apuntalan gobiernos reaccionarios y políticas antiobreras.

– Receptividad a la financiación de las organizaciones sindicales mediante subvenciones que controlan los gobiernos del capital.

Así es el sindicalismo de clase.

La alternativa no puede ser otra que el sindicalismo de clase sostenido exclusivamente con las cuotas de la afiliación al objeto de no perder independencia de clase (económica, política y social) y que sea dinamizador de la lucha de clases, combinando de forma simultánea negociación con movilización (huelgas, concentraciones, muestras diversas de solidaridad entre trabajadores etc.).

Debe, por tanto, practicarse un sindicalismo socio-político, no economicista, ni reformista ni burocrático, que reclame mejoras condiciones de vida y trabajo de los trabajadores y al mismo tiempo luche por transformaciones sociales profundas en defensa de sus intereses de clase. 

Este sindicalismo revolucionario podemos caracterizarlo del modo siguiente:

– Es en la lucha sindical combativa y de clasedonde la clase asalariada asume la importancia de su organización y su unidad, toma conciencia y descubre que sus intereses resultan antagónicos e incompatibles con los de la patronal y alcanza a comprender que los procesos de producción podrían funcionar en un régimen de propiedad colectiva y democracia económica, en ese extraordinario proceso de aprendizaje que encierra la lucha sindical en sí misma. La actividad sindical de clase significa que nada útil puede arrancársele a la patronal que no sea con la más amplia movilización y presión de los trabajadores y las trabajadoras a condición de que la lucha económica vaya inseparablemente unida a la lucha política. El sindicalismo de clase es contrario, por tanto, al pacto social.

– Es un sindicalismo sociopolítico, es decir, aquél que tiene por finalidad la defensa de los intereses de la clase asalariada en la lucha por la transformación de la sociedad hacia el socialismo. La actividad sindical que se limita a la lucha económica -sindicalismo reformista- sin cuestionar el régimen de explotación coloca a la clase trabajadora a remolque del capital y la condena a la opresión y al sometimiento de la clase dominante, sin posibilidad alternativa de emancipación social.  La defensa de los intereses inmediatos —lucha económica— y la de los intereses estratégicos —lucha por el socialismo— debe realizarse no con un material humano fantástico ni especialmente creado por nosotros, sino con el que nos ha dejado como herencia el capitalismo. Con sus limitaciones, con las influencias negativas de valores propiciados por la burguesía para asegurar su dominio —individualismo, consumismo, etc.—, pero también con su innata rebeldía frente a la opresión y la explotación.

–  Es también un sindicalismo democrático y asambleario. La primacía de la asamblea como órgano de toma de decisiones en el desarrollo de la actividad sindical es un principio básico del sindicalismo de clase. Es el instrumento fundamental para poder suscribir acuerdos con la patronal. Este proceder democrático otorga el protagonismo a los miembros de la clase asalariada, con total independencia de su afiliación, de sus ideas o pensamiento, de su cualificación profesional. Es la forma más eficaz de acumular fuerzas en las batallas contra el capital. La representación obrera —delegados de personal y miembros de Comité de Empresa—, actúa frente a la empresa no en sustitución de sus compañeros de trabajo, sino como portavoces de estos.

– Un sindicalismo unitario y de masas. La movilización y la presión como instrumentos imprescindibles para arrancar derechos y mejoras en las condiciones de trabajo o, como ahora ocurre con frecuencia, para frenar la agresividad del capital en la crisis del sistema, obligan a buscar la unidad del proletariado y a establecer vínculos con los movimientos sociales resistentes a los recortes de prestaciones y derechos que promueven los gobiernos reaccionarios. La solidaridad resulta primordial en el sindicalismo de clase, ya que aquel es sobre todo un sentimiento humano profundo que unifica voluntades y contribuye a que la clase trabajadora se sientan parte de un todo. Parte de una misma clase social. Deja constancia de ser víctimas de una misma y única explotación y opresión. Y ayuda a comprender que el proletariado tiene un mismo enemigo de clase. La solidaridad hace sentir, además, un legítimo orgullo de pertenencia común a la clase social obrera.

– Finalmente, es un sindicalismo independiente de la burguesía. El sindicalismo reformista o burgués que, desde la transición hasta hoy, promueven cierta dirigencia de las organizaciones sindicales “mayoritarias”, ha sido posible, entre otros factores, por la financiación de esas entidades sindicales mediante subvenciones de los gobiernos de la burguesía. La entrega de estos cuantiosos fondos no es nunca altruista. Es radicalmente interesada. Han colocado y colocan a los dirigentes de los sindicatos mayoritarios a remolque de la patronal. Se pierde toda independencia de clase. Las subvenciones abren, además, el camino al oportunismo incrustado en las filas sindicales para la práctica de irregularidades, algunas con merecido reproche penal. Ese sindicalismo de colaboración de clases es una auténtica desgracia para la clase obrera.

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La transformación de los periodistas en apéndices de la policía: el caso Earl Caldwell

 

La transformación de los periodistas en apéndices de la policía: el caso Earl Caldwell

 

DIARIO OCTUBRE / septiembre 2, 2024

 

En el otoño de 1968 el periodista Earl Caldwell regresaba a la sede del New York Times después de un reportaje en California. No llevaba en su escritorio más de cinco minutos cuando una recepcionista le dijo que había dos hombres en la oficina que querían hablar con él. Eran del FBI.

Los policías querían saber más sobre un artículo que Caldwell acababa de escribir sobre el armamento de los Panteras Negras. Recientemente la redacción había asignado a Caldwell a cubrir a los Panteras Negras para el New York Times. Era su primer artículo sobre el movimiento político. Los policías le dijeron que querían más información sobre las armas sobre las que había escrito y más información sobre los Panteras en general.

El preriodista les dijo que todo lo que necesitaban saber estaba en el reportaje. Un año y medio después recibió una citación para comparecer ante un gran jurado y testificar sobre todo lo que sabía sobre los Panteras Negras, incluidas sus fuentes confidenciales.

En ese momento de su carrera, Caldwell ya era el pionero de los periodistas negros. Fue el único reportero que estuvo en Memphis cuando Martin Luther King fue asesinado el 4 de abril de 1968. Ocurrió durante la primera misión de Caldwell con él. Fue también la primera vez que el New York Times enviaba a un reportero negro para cubrir las conferencias del defensor de los derechos de los negros.

“Le dije a mi editor que no quería estar en el sur”, recuerda Caldwell, por los prejuicios y la violencia raciales, “pero tampoco quería dejar pasar la oportunidad de cubrir a King. Fue surrealista estar allí y ver cómo se desarrollaba todo aquello”.

Después del asesinato de King, Caldwell pasó a cubrir los disturbios raciales que se estaban produciendo en todo el país para el New York Times. Fue durante aquella época cuando empezó a cubrir a los Panteras Negras, centrándose en San Francisco. Pasó más de un año informando sobre la organización en California.

“Los Panteras Negras eran realmente buenos difundiendo su mensaje”, dice Caldwell. “Me dieron un buen acceso porque querían que la gente supiera de qué iban”. Cubrió una amplia gama de historias sobre ellos, incluido su trabajo de divulgación, enfrentamientos con los antidisturbios y con otros movimientos negros.

“Realmente me llevé bien con ellos y estaba orgulloso de las historias que pude contar”, dice.

A medida que la cobertura de Caldwell sobre los Panteras Negras se hizo más intensa, también creció el interés del FBI en su trabajo. La policía siguió solicitando reuniones con él, con vistas a obtener información sobre el movimiento. Intentaron persuadirlo de que los Panteras Negras eran peligrosos.

Los derechos siempre se enredan en los pleitos

Caldwell se mantuvo firme y se negó. El New York Times contrató a un bufete de abogados para defender la publicación de las noticias, pero pronto se preocupó por la posición del bufete en la defensa de la libertad de expresión, ya que se dio cuenta de que los abogados querían entregar parte de la información al FBI. Caldwell dice que no había forma de que se convirtiera en un soplón de la policía. “Va en contra de todo lo que uno defiende en el periodismo”, dijo.

Cuando Caldwell recibió la citación del FBI, consultó con otros periodistas negros y finalmente buscó el asesoramiento del Fondo de Defensa Legal de la NAACP, que lo puso en contacto con el abogado Anthony Amsterdam. Por su propia voluntad, se negó a comparecer ante el gran jurado, y Amsterdam compareció en su lugar. Argumentó que no debía comparecer y que la Primera Enmienda protege las fuentes y la información, así como la elaboración del reportaje. Amsterdam también defendió la importancia del trabajo de los periodistas negros y “cómo podríamos traer una respuesta y contarle a Estados Unidos sobre estas preguntas que eran tan importantes en ese momento”, recordó Caldwell.

El caso llegó al Tribunal de Apelaciones de Estados Unidos, que falló a favor de Caldwell y acordó que no tenía que compartir su información confidencial con la policía. Sin embargo, fue una victoria efímera, ya que el gobierno apeló ante el Tribunal Supremo, que lo abordó junto con otros dos casos similares sobre el derecho a la libertad de expresión en febrero de 1972.

Los otros dos casos involucraban a Paul Pappas, un reportero de televisión de Massachusetts que también cubría a los Panteras Negras y que también había rechazado una citación para informar sobre ellos a la policía, y a Paul Branzburg, un reportero del Louisville Courier Journal que había estado informando sobre el cultivo de hachís. En su reportaje Branzburg entrevistaba a personas que lo cultivaban, pero sin revelar su identidad. Al igual que Caldwell y Pappas, se negó a informar a la policía después de que lo llamaran a comparecer ante un gran jurado.

¿Deben los periodistas hacer el trabajo de la policía?

El 29 de junio de 1972 en la sentencia del caso Branzburg, el Tribunal Supremo falló contra de los periodistas porque era inapropiado “conceder a los periodistas un privilegio testimonial del que no gozan otros ciudadanos”. Pero los jueces estaban divididos 5 contra 4 sobre la resolución, y ​​los que disentían argumentaban que la policía no tiene derecho a utilizar a los periodistas para que hagan un trabajo que les corresponde a ellos.

La sentencia significaba que Caldwell podía ir a la cárcel, pero el gobierno había conseguido lo que quería. No lo volvió a perseguir. El periodista continuó trabajando en el New York Times, cubriendo el juicio de Angela Davis en 1970, los “asesinatos de niños en Atlanta” y la campaña presidencial del reverendo Jesse Jackson en 1984. En 1979 se convirtió en el primer periodista negro en tener su propia columna en un periódico importante, tras pasarse al New York Daily News.

Tras la sentencia se desató un movimiento de protestas en todo Estados Unidos para proteger el derecho de los periodistas al secreto profesional.

Fuente: mpr21.info

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ONG denuncian las complicidades del Estado español y la banca en el genocidio de Gaza

 

Naciones Unidas contabiliza el asesinato de 130 palestinos al día desde octubre de 2023


ONG denuncian las complicidades del Estado español y la banca en el genocidio de Gaza

 


Por Enric Llopis

Rebelion / España

 02/09/2024

 

Fuentes: Rebelión [Imagen: agencia de Naciones Unidas para las personas refugiadas palestinas (UNRWA)]


Se suceden las denuncias (una media de 130 personas al día asesinadas -por el ejército israelí- en la Franja de Gaza durante los diez últimos meses, informó el 15 de agosto Naciones Unidas); Human Rights Watch remarcó el 26 de agosto, en un informe, las torturas perpetradas por el Estado de Israel al personal médico en Gaza; uno de los testimonios recopilados es el de Eyad Abed, cirujano de 50 años, detenido mientras laboraba en un hospital gazatí:

“Cada minuto nos golpeaban. Por todo el cuerpo, en zonas sensibles entre las piernas, el pecho, la espalda. Nos daban patadas por todo el cuerpo y en la cara. Utilizaban la parte delantera de las botas, que tenía una punta de metal, y luego sus armas. Tenían mecheros (…)”.

El mismo día, 60 organizaciones de periodistas y derechos humanos remitieron una carta al Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Josep Borrell (PSOE), en la que se reclamaba la ruptura del Acuerdo de Asociación de la UE con Israel; entre otros motivos, por el asesinato de más de un centenar de periodistas y los crímenes de guerra en Gaza (Agencia Efe).

¿Existen complicidades en los actos de barbarie? Diputados del Grupo Sumar presentaron en el Congreso español, el 9 de julio, diferentes preguntas a la Presidencia del Gobierno -y los ministerios con competencias- sobre la compraventa de armas al Estado de Israel desde el comienzo del genocidio, en octubre de 2023.

El portavoz Enrique Santiago, de Izquierda Unida (IU), detalló que la iniciativa se sustentaba en los datos del Centre Delàs d’Estudis per la Pau y diversos medios informativos; así, “España ha seguido importando armas de Israel y adjudicando contratos a empresas de seguridad y defensa israelíes o a sus filiales” (en el estado español); por ejemplo, la exportación de municiones en los meses de noviembre y diciembre, así como la compra de armas a empresas de Israel.

La pregunta parlamentaria incluía casos concretos; como la adjudicación de contratos –por parte del Estado español- a importantes compañías israelís de la producción bélica: el sistema de lanzacohetes SILAM (empresa Elbit) o los misiles SKIPE (empresa pública Rafael y su filial española PAP Tecnos).

A comienzos de 2024, Amnistía Internacional (AI) informó que –durante el primer semestre de 2023- el Estado español había autorizado 22 licencias para la exportación de material de defensa a Israel por una suma de más de 44 millones de euros (datos del Ministerio de Economía y Comercio).

Se trata, en concreto, de sistemas de dirección de tiro, blindados, material para la aviación o equipos electrónicos y de formación de imágenes; en cuanto a las exportaciones realizadas (más de 700.000 euros entre enero y junio de 2023), AI destaca los sistemas de dirección de tiro (636.637 euros) y las bombas, torpedos, cohetes, misiles, otros dispositivos y cargas explosivas, por valor de 76.760 euros.

¿Existe alguna responsabilidad atribuible a la banca española? Promovida en 2006 por el Centre Delàs, el Observatori del Deute en la Globalització (ODG) y la ONG Setem, la Campaña Banca Armada denunció en las juntas de accionistas de las cuatro grandes entidades financieras –BBVA, Banco Santander, Caixabank y Banco Sabadell- “sus vínculos con empresas de armamento, incluyendo empresas que venden armas a Israel”.

En la Junta del BBVA, celebrada el pasado 15 de marzo, activistas de Banca Armada y el Movimiento de Solidaridad con Palestina detallaron la financiación del banco a empresas que colaboran con los asentamientos ilegales en Cisjordania y Gaza, además de compañías de armamento que producen y venden a Israel (préstamos y títulos financieros a Boeing –bombas, Cazas F-15, y helicópteros Apache AH-64-; General Dynamics –bombas y munición de artillería-; Leonardo y Rolls Royce).

También con datos del informe Untenable Investments, de Don’t Bank on the Bomb (febrero de 2024), los activistas hicieron una denuncia similar en la junta del Banco Santander (22 de marzo); dieron cuenta de la concesión de préstamos –entre 2021 y 2023- a Boeing; Rolls Royce –fabricación de tanques; y Leonardo –cañones instalados en buques de guerra-; se trataría de empresas “que contribuyen y se están beneficiando de la guerra contra Gaza”.

Las implicaciones pueden comprobarse, asimismo, en el informe La complicidad del sector financiero español en la ocupación de Palestina. El caso de la energía solar y el greenwasing, de los investigadores Nora Miralles, Carlos Díaz y Felip Daza (Observatorio de Derechos Humanos y Empresas en la Mediterrànea –ODHE-, 2023); el reporte detalla que el ejecutivo israelí ha establecido como objetivo alcanzar el 30% de la energía –en 2030- a partir de fuentes renovables.

Los proyectos de energía solar de Israel se concentran en el territorio ocupado palestino (TPO) del Valle del Jordán, también en el desierto del Naqab; en ese contexto, el documento señala la relación entre los bancos españoles y la empresa israelí SolarEdge (“proveedora de proyectos solares en Shdemot Mehola y Petza’el en el Valle del Jordán, fue financiada en el año 2009 por General Electric, que mantiene vínculos con el Banco Santander”).

Además, según el informe, SolarEdge consta en los fondos de inversión de Ibercaja, forma parte de los activos en Bolsa de Bankia (desde 2021 Caixabank) y en la cartera de inversiones del BBVA.

Otra de las compañías israelís mencionadas es Arava Power (participada por la multinacional alemana Siemens), que desarrolló el proyecto de campo solar Ketura Sun en el desierto del Naqab; en esta iniciativa, “efectuó una operación de financiación de la deuda de 5 millones de dólares desde el fondo de crédito israelí Viola Credit, que opera con el Banco Santander”.

Respecto a Siemens AG, “está presente en la cartera de inversiones de la mayoría de los grandes bancos españoles y las aseguradoras Mapfre y Catalana Occidente”; la multinacional ha actuado como proveedora de la israelí Enlight Renewable Energy, responsable del proyecto solar de Halutziot, así como de parques de energía eólica en el desierto del Naqab y en los TPO de Cisjordania, subrayan Nora Miralles, Carlos Diaz y Felip Daza. 

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URGENTE! Las Tropas Rusas Inician el Asalto a Vuhledar Mientras El CERCO...

domingo, 1 de septiembre de 2024

MILITAR ESPAÑOL QUE LUCHA EN UCRANIA: LA VICTORIA DE RUSIA ESTÁ CADA VEZ...

¿Turismo? Acelerar el movimiento, consumir el mundo. Entrevista a Josep Burgaya

 

Este mes, como siempre, publicamos en abierto un texto de la revista El Viejo Topo. Hoy compartimos con vosotros una entrevista con Josep Burgaya a propósito del imperativo de la movilidad y la turistificación en nuestras sociedades actuales.

TOPOEXPRESS

¿Turismo? Acelerar el movimiento, consumir el mundo. Entrevista a Josep Burgaya

Salvador López Arnal

El Viejo Topo

1 septiembre, 2024 



 

Este mes, como siempre, publicamos en abierto un texto de la revista El Viejo Topo. Hoy compartimos con vosotros una entrevista con Josep Burgaya a propósito de la turistificación en la actualidad.

Doctor en Historia Contemporánea por la UAB, Josep Burgaya es ensayista y articulista, además de profesor de la Universidad de Vic. Ha participado en numerosos congresos y habitualmente realiza estancias en universidades extranjeras. Entre sus obras cabe citar Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (2020), La máquina digital. Feudalismo hipertecnológico en una democracia sin ciudadanos (2021) y Tiempos de confusión. De la clase adscriptiva a la identidad electiva (2023). Centramos esta conversación en su reciente publicación: Homo movens. El imperativo de la movilidad y la turistificación del mundo.


 

¿Qué es el Homo movens? ¿Quiénes son (somos) Homo movens?

—Es todo ciudadano, cualquiera de nosotros, al que se le ha impuesto una movilidad constante tanto como imperativo económico, como social o cultural. Esta pulsión al movimiento no tiene nada que ver con la ancestral tendencia a querer conocer los contornos, en ir más allá del territorio de confort. Tiene poco que ver con el conocimiento o el disfrute cultural. Se genera toda una economía del movimiento. Esta tendencia inducida al desplazamiento se erige como un gran negocio con el que retornamos gran parte de nuestras rentas. Por el camino padecemos de ansiedad para estar a la altura, frustración porque nada era lo que se nos prometió. Y todo ello, aparte de insostenible, en poco contribuye a nuestro bienestar y a nuestra búsqueda de la felicidad.

 

Pero si no contribuye a nuestro bienestar y a nuestra búsqueda de la felicidad, ¿por qué caemos en la trampa del fluir permanente?

—Porque es la cultura imperante. Los valores de nuestra sociedad los genera el márquetin y la publicidad. Moverse es una aspiración y a la vez una finalidad. Nos domina la ansiedad y esto nos lleva a intentar surfear el mundo, nuestra frustración laboral y personal, creyendo en la ficción que formamos parte de un mundo global y cosmopolita. En realidad, quemamos el tiempo y en nuestra vida activada, no hay tiempo para la reflexión, el pensamiento o la poesía.

 

Aunque has contestado en parte: ¿en qué consiste el imperativo de la movilidad al que hace referencia en el subtítulo del ensayo? ¿Está instalado en el ADN, en los memes del humano contemporáneo?

—Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, más allá de las sociedades de cazadores-recolectores que tenían que ser nómadas por obligación, las sociedades se han establecido de manera sedentaria y su ocupación principal no ha sido conocer mundos ignotos sino defender su “territorio”. La vida de la mayor parte de la gente que ha habitado este mundo, como mínimo hasta la industrialización, se ha desarrollado en un espacio de pocas leguas. Más allá habitaba lo desconocido, el temor y la inseguridad. El viaje fue siempre algo de minorías acomodadas y un poco dadas a la busca de las emociones de lo distinto. El número de viajeros, más allá de fenómenos colonizadores, fue siempre ínfimo. Es a finales del siglo XX que, de la mano de la globalización, internet y los vuelos baratos, se produce un crecimiento exponencial del desplazamiento y se impone la cultura del movimiento. Una especie de huida constante de nosotros mismos sobre la que se construye uno de los sectores industriales más importantes del mundo.

 

¿A qué alude con la ‘turistificación del mundo’? ¿Mundo es mundo en este caso?

—A un fenómeno de transformación de grandes partes del planeta, y especialmente de las ciudades, que al ponerse al servicio de esta industria se ven modificados y pierden su autenticidad, convirtiéndose en parques temáticos que ya no están al servicio del bienestar de sus pobladores, sino de sus visitantes. La economía, el espacio público, los servicios y el bienestar mudan. Las ciudades se encarecen, se gentrifican y expulsan a sus ciudadanos, los cuales tienen que hacer frente a precios mucho más elevados en vivienda, hostelería y alimentación, y no les queda más remedio que huir hacia las periferias. Se sienten desposeídos, expulsados de un entorno que generaron y les pertenecía. No es solamente la masificación y la pérdida de la tranquilidad lo que provocan las grandes hordas viajeras. Cambian el “lugar”, lo plastifican y lo envuelven para convertirlo en un producto de consumo que nada tienen que ver con la realidad que podía resultar atractiva.

 

¿Hacer turismo es viajar?

—No, ni mucho menos. El viaje era algo relevante para conocer, en su normalidad, otra realidad y el que la preparación y el proceso de traslado (el itinerario) resultaba tan fundamental como el destino. Turismo es ir a un lugar prefabricado porque nos lo imponen las pautas de consumo del capitalismo actual, donde el proceso para “llegar” debe ser mínimo. Consumimos destinos en forma de fotografías. Viajar era conocer, hacer el turista es disponer de una foto más en nuestro currículo consumidor con tal de adquirir, al menos aparentemente, un halo de cosmopolitismo y conocimiento que en realidad no adquirimos. Podríamos comprar unas postales y quedarnos en casa. El medio ambiente, como mínimo, lo agradecería. El problema, es que ya no es posible el viaje. Todos somos turistas, lo queramos o no. El nicho de mercado del “viaje auténtico” es lo mismo, pero pagando más. Turistas los hay en todas partes y, a menudo, quienes nos atienden son trabajadores migrantes extremamente mal pagados.

 

Le pregunto más tarde por esos bajos salarios. ¿Turismo es progreso (en algunos de sus sentidos positivos) o más bien es todo lo contrario?

—La masificación turística, la turistificación, no es progreso sino un signo de debilidad. Un cierto grado de recepción turística, que no sobrepase el 2% del PIB, es compatible con modelos de desarrollo avanzados. La dependencia de este sector por encima del 10% (en España es de un 13% y en Barcelona del 14%) resulta una apuesta perdedora. Es un sector muy frágil y cambiante, sensible a las sensaciones de seguridad/inseguridad, que depende de mano de obra barata, que destruye los destinos, encarece vivienda y servicios y que gran parte del movimiento de riqueza que promueve va a parar a grandes compañías internacionales y no a los destinos. La función de España y de Barcelona como gran centro de acogida turística resulta de país pobre y, en realidad, empobrece. Va en detrimento de apuestas más estratégicas, con mayor productividad y más valor añadido.

 

Pero, en el caso de Barcelona por ejemplo, ¿quiénes, qué sectores sociales apostaron por convertirla en “la millor botiga del món”?

—La burguesía actual es de mirada más bien corta. Se comporta como los personajes de Santiago Rusiñol. Mentalidad de tenderos y de “peix al cove”. Jordi Pujol los representaba muy bien. Una idea de país y de ciudad meramente provinciana, faltada de toda grandeza. Se conforman con ser empleados de las grandes multinacionales o bien acoger las franquicias de las marcas o de los hoteles internacionales. Que Joan Gaspart haya representado, durante años, al empresariado turístico explica muchas cosas. Lo realmente curioso es que la política, especialmente la de izquierdas, haya comprado a estos personajes e intereses.

 

Le pido un comentario de texto sobre una de las citas (de Gerhard Nebel) con las que abre el libro: “Un país que se abre al turismo se cierra metafísicamente. A partir de entonces ofrece un decorado, pero ya no su potencia mágica. El turismo es uno de los grandes movimientos nihilistas, una de las grandes epidemias de occidente”.

—Lo que se llama apertura turística es, en realidad, una entrega. El turismo no genera nada nuevo y empequeñece y deforma lo que ocupa. Y, es cierto, incluso el patrimonio artístico que poseemos pasa a ser un decorado de cartón-piedra. La pregunta básica continúa siendo: ¿a quién deben servir los territorios o las ciudades, a sus habitantes o bien ser el espacio en que construir un negocio que los destruye? La intensidad del movimiento imposibilita la vida sobre el territorio, a la vez que el destino turístico pierde el encanto que algún día tuvo. Es un fenómeno imposible a la escala hacia la que vamos y no tiene nada de creativo. En realidad, a los que lo practicamos como si no hubiera un mañana, no nos aporta nada más que la práctica de un pasatiempo. Es un ocio, una distracción, con muchos efectos colaterales, de muchas externalidades negativas.

 

¿Qué importancia tiene en un país medio como España la industria del turismo?

—Tiene mucha importancia, demasiada. Fue una apuesta franquista para captar ahorro europeo que, desarrollado sin planes ni sistemas de contención, arrasó con todo. El turismo de “sol y playa” ha destruido gran parte de la zona costera mediterránea en forma de un continuum urbano sin criterio, consumidor de territorio y escasamente sostenible. El sol y los precios baratos seducían a los europeos ávidos de playa y de la “falsa autenticidad” del sur del continente. Se recalificó todo lo susceptible de serlo y mucho más. Nació una industria local formada por grandes hoteleros y constructores a los cuales se plegaban los ayuntamientos. España depende, de manera escandalosa, del turismo, lo que implica, además, una enorme dependencia de los grandes touroperadores y de las plataformas de internet. Accedemos, mayoritariamente, a un turismo de bajo coste y poca capacidad adquisitiva. Hay que forzar mucho las cosas para mantener bajos precios, papel que le corresponde a los bajos salarios que se paga a la mano de obra inmigrante del sector de la hostelería. Si no, las hordas se desviarán hacia Croacia, Grecia, Túnez o Marruecos. Es una apuesta perdedora, muy adictiva, de la que resulta difícil salirse. Nadie, políticamente, quiere poner coto a un sector tan influyente.

 

De acuerdo, pero imaginemos que alguien nos dice: sus críticas son interesantes, razonables, pero no hay otra. España debe jugar ese papel en la economía internacional. No hay más, no puede ocupar otras posiciones, somos lo que somos: sol, turismo y poca cosa más. Pensar en otra situación es utopía, una bonita utopía irrealizable.

—Sí, pero esto no es cierto. España puede desarrollar, y de hecho lo hace, otras actividades. Disponemos de recursos naturales, de capital humano, de tecnología y una gran tradición industrial. No estamos condenados a encadenarnos a la industria turística, la cual, se quiera o no, debe ir disminuyendo paulatinamente su papel. En el low cost, no podemos competir a no ser que demos por bueno el “nuevo esclavismo” instaurado en el sector abusando de la mano de obra migrante. Cierto que en la distribución internacional de la producción se nos quiera atribuir esta función, pero debemos resistirnos. Hace 50 años Finlandia debía de proveer de madera y bacalao a Europa Occidental. Hoy lo es de tecnología y conocimiento.

 

¿Qué opinión le merecen los movimientos de oposición a la llegada de más turistas a sus ciudades, a sus comunidades? Pienso en Canarias o en Amsterdam, por ejemplo, aunque también ha habido protestas en ciudades como Barcelona, Madrid, Venecia o Nápoles. ¿Es simple y pasajera turismofobia indocumentada?

—Los movimientos críticos con el turismo resultan lógicos y han tardado mucho en hacerse patentes. Hay ciudades y territorios como las Islas, que ya no tienen más capacidad de carga. Ya no se puede vivir y pagar unos costes desorbitados. La dinámica arrolladora del fenómeno turístico hace morir de éxito los principales destinos. Y el problema es que vamos a más. Si no crecen las cifras se considera inapropiado para el sector, pero también para buena parte de los gobernantes. Ámsterdam o Venecia ya realizan márquetin inverso para hacer desistir a los visitantes. Con 600.000 habitantes, Ámsterdam recibe 20 millones de visitantes, los cuales se concentran en unos pocos espacios. En Venecia ya solamente quedan 50.000 habitantes, no se puede vivir allí si no tienes un negocio turístico. Hay tornos de entrada, es aberrante. Algo similar se puede decir de Barcelona, con 30 millones de visitantes. El concepto de “turismofobia”, que el periodismo ha comprado, me resulta inaceptable. No es desprecio al visitante o a lo nuevo como si fuéramos unos provincianos, es la necesidad de recuperar el carácter vivible de la ciudad. No es repudio a lo extranjero, sino a la falta de planificación y pacificación del fenómeno turístico.

 

Pero ¿cómo se podía regular, si se trata de eso, el número de visitantes a España? ¿Encareciendo los costes turísticos, por ejemplo?

—Creo que el low cost ha sido y es una apuesta nefasta. Hay que ir a otro tipo de turismo que, con otros precios, se autorregulará disminuyendo el número de viajes per cápita, que es de lo que se trata. Solamente encarecer implica hacer una apuesta clasista. De todas maneras, el freno y pacificación del turismo debe ser algo global que requiere que internalice los costes ambientales reales, que se dé primacía en las ciudades a sus habitantes, de proteger los espacios naturales, de desalojar una parte importante de la primera línea de costa, que cualquier nuevo equipamiento deba demostrar su “neutralidad” de carbono…

 

Mirando con luces medias y largas, el turismo, tal como lo estamos viviendo estos últimos años, ¿es sostenible? Si no es, ¿por qué?

—No, el concepto de “turismo sostenible” es un oxímoron. Sacamos el mago de la botella al difundir que todos podríamos viajar constantemente, de manera barata y sin efectos secundarios. Resulta una idiotez. En el último año, hicieron turismo al extranjero unos 1.500 millones de personas. Cada año hay más clases medias emergentes que se lo pueden permitir, especialmente en países asiáticos. Si no hacemos nada, en 2030 se desplazarán más de 2.200 millones. Los aeropuertos y sistemas de comunicación están saturados. El impacto medioambiental resulta enorme. Nada como la aviación contribuye más al cambio climático. Ya sé que es una mala noticia y que pude inducir a creer que practicamos un cierto elitismo, pero el turismo actual no es generalizable a 7.000 millones de personas. Si la contención se hace con el precio, volverán a viajar especialmente las clases pudientes. Hay que racionalizarlo y, esto, significa un decrecimiento viajero per cápita. El aeropuerto de Barcelona, o el de Madrid, no dan para más. ¿Seguro que resulta racional doblarlos?

 

¿Quiénes sacan tajada de todo esto? ¿Quiénes se benefician más de una industria que algunos críticos llaman el quinto o sexto jinete de la Apocalipsis?

—Fundamentalmente es una industria de la que se aprovechan las grandes plataformas de internet (Booking, e-Dreams, Airbnb…), los grandes grupos hoteleros transnacionales y las compañías aéreas, especialmente las especializadas en low cost. Ahí se queda el 80% del gasto turístico. A partir de ahí, a nivel local, son hoteleros y el sector de la restauración, además de los que controlan los apartamentos y alquileres turísticos. En estos últimos, también hay grandes grupos de tenedores nacionales e internacionales, además de los locales que explotan unas pocas plazas. El sector local de la industria se nutre básicamente de los 100 euros de promedio que gastan diariamente los visitantes. El gran negoció no está en la destinación. En cambio, el lugar tiene que hacer frente a todos los efectos colaterales.

Estamos ante la privatización y degradación de un bien colectivo.

 

Se habla en ocasiones de que Barcelona-2024 más que una ciudad es, esencialmente, un “parque temático”, sobre todo en determinados nudos de la ciudad. ¿Es así, no es algo exagerada la afirmación?

—Barcelona fue una ciudad con muchos atractivos reales, pero también simbólicos relacionados con la cultura y la modernidad. Ahora es un parque de atracciones con algunos vestigios de reclamo cultural y patrimonial. La afirmación no es para nada exagerada. La desmesura del crecimiento de esta actividad incluso puede llevar a perder esta condición. Cuando se visita masivamente la Sagrada Familia, en realidad se siente el atractivo de una “rareza”, más que un goce arquitectónico. La fijación en Gaudí es una desmesura que, en el caso del templo expiatorio, aún resulta más increíble dado que no deja de ser una recreación faraónica de su proyecto. Barcelona ya no es lo que fue, ni tampoco puede volver a serlo. Las características atractivas de una ciudad se pierden para siempre cuando ésta se turistifica.

 

¿Qué hay de cierto en que los trabajadores vinculados a la industria turística son uno de los sectores peor remunerados, con salarios más bajos, con peores condiciones laborales, con menos posibilidades de conciliar vida laboral y vida familiar?

—Los costes bajos que exige la industria turística se sostienen sobre bajos salarios. El salario medio del sector no supera los 18.000 euros anuales. Por comparar, en la industria supera los 40.000 euros. Un mundo de salarios mínimos cuando se hacen contratos dentro de la ley. Resulta evidente que es un sector en el que aún hay mucho trabajo en negro y cargas horarias desorbitadas y fuera de convenio colectivo. Trabajos duros y jornadas de sobreexplotación. Es el caso de “las kellys” que limpian y arreglan las habitaciones hoteleras. Estas condiciones resultan poco aceptables para los trabajadores locales, y es por ello que el sector se sostiene sobre la “adaptabilidad laboral” de los contingentes migratorios. Extranjeros atendiendo extranjeros. Situaciones sociales y económicas diferentes que se encuentran en “otro lugar”.

 

¿Cuáles son los principales efectos (positivos y negativos) de los pisos turísticos? ¿Es un sector convenientemente regulado? ¿Podría haber más control?

—Los apartamentos de uso turístico tienen un impacto muy negativo sobre el acceso a la vivienda de la ciudadanía. Al sacar de la oferta de alquiler convencional tal cantidad de viviendas, el impacto sobre los precios de alquiler resulta muy grande. También impacta en el mercado de compraventa. Grandes tenedores se hacen con nuevos o viejos edificios para uso turístico. Un fenómeno especulativo que condiciona, y mucho, el mercado de la vivienda teniendo en cuenta que, a la vez, no hay políticas públicas sólidas y eficientes para promover vivienda de carácter público. El sector de alquileres turísticos tiene que estar férreamente regulado y controlado. Hacerlo sobre las plataformas como Airbnb resulta crucial. Aunque técnicamente pueda resultar difícil y que la perspectiva de negocio convierte a los especuladores en muy imaginativos, se puede y se debe hacer mucho más.

 

¿Mucho más? Por ejemplo…

—La turistificación presiona el mercado de la vivienda, por lo que se requieren políticas públicas que hagan posible que la consecución de una vivienda digna y accesible económicamente no sea imposible. Hay que penalizar a los grandes tenedores, expropiar las viviendas “cautivas” en manos de los bancos, impedir la especulación extranjera, establecer ayudas, créditos suaves, aumentar las promociones de vivienda protegida, obligar a la construcción de vivienda social a los grandes promotores, tasar precios máximos, proteger a los inquilinos, impedir los desalojos con efectos sociales nocivos… Airbnb debería estar literalmente prohibido, mientras que las posibilidades de uso turístico de viviendas privadas, muy restringido.

 

Habla en el libro de un turismo básicamente sexual. ¿Qué tipo de turismo es ese? ¿Quiénes lo practican? ¿Cuáles son los principales lugares de destino?

—Sexo y turismo siempre han tenido relación. Todo período vacacional va ligado a un imaginario de aventura sexual. Será luego cierto o no, pero las ofertas de destinaciones turísticas nos inducen a pensar en ello. Los “amores de verano” forman parte de nuestro imaginario romántico. Pero aparte de esto, hay un turismo declaradamente de tipo sexual, que tiene que ver, se disimule más o menos, en poder acceder a prostitución barata e idealizada en territorios lejanos. Cuba, Tailandia, Brasil, países del Este de Europa… tienen, entre otros, este predominio en el inconsciente colectivo como destinación. El carácter de comercio sexual organizado se maquilla aduciendo que son lugares de “mente más abierta” y mayor liberalidad. Engaño o autoengaño. Una forma de alargar el carácter colonial de algunos territorios.

 

Asocia el turismo con la crítica marxiana al fetichismo de la mercancía. ¿Nos puede hacer una síntesis? ¿Qué es eso de la alienación mercantilizada?

—El imperativo del movimiento sobre el que se sostiene la práctica del turismo es claramente un caso de alienación. Viajamos de manera encorsetada, fomentada y mercantilizada. El resultado es una extracción de rentas sin que haya satisfacción de necesidad alguna y que, a veces, contribuye a profundizar nuestra frustración. Es la cara B del trabajo, una forma de “felicidad paradójica” según el concepto de Gilles Lipovetsky. La finalidad del turismo no es nuestro bienestar, felicidad o descanso. Es un negocio que descansa sobre una cultura que nos impone este movimiento como parte de nuestra cultura aspiracional. En el sentido marxista, la mercancía tiene una función que va mucho más allá de su función o necesidad. Poseerla, nos induce a creer que formamos parte de un imaginario de élite del que, en realidad, estamos lejos de pertenecer.

 

Cuando se habla de gentrificación, ¿de qué se habla exactamente?

—De procesos de especulación en determinados barrios urbanos, especialmente en el centro histórico de las ciudades, que pasa por desplazar a sus habitantes hacia los márgenes de la ciudad para construir viviendas de alto standing, hoteles y zonas de consumo de lujo. En general, previo a este, se impone un proceso de degradación del barrio para “justificar” una intervención pública de saneamiento, monumentalización y entrega de las posibilidades de negocio a grupos inmobiliarios. Un proceso clave en Barcelona, en Madrid o Nueva York. La gente sencilla que habitaba unos decadentes centros mientras los pudientes se iban a las ciudades-jardín de los extrarradios, ahora son expulsados porque los turistas y los sectores sociales acomodados quieren volver al centro y gozar de la ciudad-servicio después de décadas de aburrimiento con el cortacésped de las urbanizaciones. En este proceso hay grandes ganadores, pocos, y muchos perdedores que ven encarecerlo todo y se ven inducidos a marchar. Un proceso de desposesión. El centro y algunos barrios ya no es lugar para pobres.

 

Habla en algún momento de una “clase nómada” de trabajadores del mundo de Internet. ¿Qué tipo de clase es esa? ¿Por qué nómada?

—Internet ha posibilitado que algunas profesiones no tengan nada que ver en dónde se reside. Solamente se necesita una buena conexión a internet y que la ciudad sea atractiva. Son los nómadas digitales, hípsters que participan de manera extrema de la cultura de la movilidad. Son los auténticos homo movens. No son de ninguna parte y se instalan, siempre provisionalmente, en las ciudades globales con un cierto caché de modernidad. Tienen buena capacidad adquisitiva y pretenden vivir intensamente el ocio de donde paran. Pueden vivir en Barcelona –en este momento hay más de 100.000 con estas características–, pero también en Lisboa, Ámsterdam, Londres, Rio o Bali. No crean estructuras tecnológicas en donde se ubican y no dejan nada. Solamente han contribuido a la gentrificación, al aumento de precios y a la turistificación. No buscan conocer la ciudad “auténtica” sino encontrar la idea que se han hecho de ella.

 

Suponga que un trabajador/a, muy poco viajado hasta el momento, argumenta / protesta en los siguientes términos: “¡Mecachis en la mar salada! Hasta hace muy poco han viajado básicamente las “clases propietarias” y, desde hace unas décadas, un amplísimo sector de las clases medias. Y ahora que nosotros, los menos pudientes, los currantes de toda la vida, sobre todo cuando nos jubilamos, podemos hacer algún viaje, nada que ver con viajes de lujo, nos vienen unos teóricos o filósofos del “ser y su incesante fluir” y nos dicen que es necesario parar, que no queda otra, que hay que viajar mucho menos (y lo dicen pese a que muchos de ellos no paran de viajar para aquí y para allá). ¿Dónde está la justicia? ¿Por qué no dejan de viajar ellos? ¡Qué se han creído estos nuevos déspotas eco-ilustrados!”. ¿Qué le parece esta posición? ¿Qué podríamos decirle?

—Las pulsiones o intereses personales, que pueden estar bien justificados, en muchos casos resultan imposibles cuando lo valoramos y analizamos de manera agregada. Todo el mundo tiene el “derecho” de viajar a Venecia, por poner un ejemplo, pero de manera agregada no es posible que miles de millones de personas se trasladen, a la vez, a este mismo destino. Resulta imposible. La actividad turística, como tantas otras cosas, hay que analizarla y valorarla por su impacto agregado, por lo que puede conllevar la suma de voluntades. Es aquí donde se imponen restricciones que son inevitables. Lo mismo pasa con todo lo que induce al impacto sobre el clima. Yo, individualmente, no genero el calentamiento global, pero mis hábitos de consumo y comportamiento, una vez generalizados, son imposibles de sostener. Y es cierto que uno de los sectores que más impacta sobre la imposibilidad del turismo, aparte de los jóvenes, son los jubilados. Salud y poder adquisitivo se lo permiten. Hacen lo que quizás no pudieron hacer de jóvenes, pero no resulta posible mantenerlo y aún generalizarlo mucho más. Quizás, todos deberíamos plantearnos si necesitamos viajar tanto, y que buscamos en esta especie de huida hacia ninguna parte.

 

En los compases finales del libro, habla usted de exigir “planteamientos políticos sólidos destinados a priorizar desarrollos económicos sostenibles y que creen estructuras con recorrido, en lugar de la filosofía del “toma el dinero y corre”, que es esta y no otra la estrategia que subyace en este sector y en el estado actual del capitalismo”. ¿Quiénes defienden esos planteamientos críticos? ¿Observa usted en el panorama político actual fuerzas que razonen y actúen en los términos que usted señala? ¿No es esa, en definitiva, la naturaleza del capitalismo? ¿No es pedir peras al rosal razonar y pensar en esos términos?

—Estoy de acuerdo que esto entra en la lógica del capitalismo actual. Siempre crecer, siempre correr, aunque sea hasta el abismo. Yo me quedo con la idea de Keynes de que, mientras no podamos superar el sistema económico actual, al menos hay que protegerlo de sí mismo. Porque tiende a la autodestrucción y, por el camino, a la trituración de la sociedad. Nos guste, o no, el turismo es una industria que debe decrecer, especialmente en los países que, como España, se han hipotecado con él. Quizás es un poco tarde, y de las adicciones cuesta curarse. Políticamente, hasta para la izquierda, resulta más cómodo jugar a ser business friendly que a desarrollar análisis críticos sobre sectores y actividades. Pero, habrá que hacerlo. Cuanto más tardemos más difícil será afrontarlo. Quizás, cuando se haga, ya se habrá destruido por parte del turismo todo el capital económico, social y cultural sobre el que se estableció. El entorno de Chernóbil como metáfora.

 

¿Quiere añadir algo más?

—Deberíamos controlar algunas pulsiones inducidas, como la del movimiento continuado y la aceleración, porque son poco más que la mercantilización absoluta de nuestro tiempo. Abandonar caminos trillados, que no son más que túneles, y construir una vida a nuestra medida. Un modo slow (lento) en el que la tecnología y el movimiento tuvieran un lugar mucho más modesto. Las ciudades y territorios Smart (inteligentes) van a ser en realidad los que se desarrollen al servicio de sus ciudadanos. Desmercantilizemos nuestras vidas.

 

—Adelante con la desmercantilización. Gracias por el libro y por la entrevista.

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