martes, 9 de abril de 2024

El genocidio como ruido de fondo. [Hay que colgar en la libretilla de asesinatos impulsados por las bestias insensibles del capital domínate (enemigos mortales de la sociedad), solamente en Gaza, 33.205 asesinatos (en los últimos meses) de palestinos y 75.933 personas heridas. Y llamar la atención de los trabajadores, que somos los trabajadores y no Mariquita la Yeyé, los que en definitiva pagamos y financiamos tales asesinatos, aparte de que también somos los trabajadores la carne de cañón que muere y mata a otros trabajadores para engordar los bolsillos y buches de las bestias insensibles del capital. Cuestión de que los trabajadores tomemos conciencia (conocimiento claro y objetivo) de cuáles son nuestros interese y cuales no son nuestros intereses (los del capital). Cuestión de organización social, política y económica de los trabajadores sin representantes de la representación representativa del negocio de la representación, porque sabe usted, yo te consenso lo que quieras que te consense si con ese consenso te robo y te engaño. Es más, porque yo soy un hombre de consenso, te voy a dar otra de consenso a condición de que te tengo que robar más que antes, y así hasta que quieras. Hasta la próxima III Guerra Mundial, para que veas mi buena voluntad.]

 

Nos acostumbramos al ruido de fondo, de modo que llegamos a ni siquiera oírlo. Como los nazis en Auschwitz con la barbarie, tal como se nos narra en el premiado film La zona de interés. Como hacen tantos ahora, ante el genocidio que se está cometiendo en Gaza.


El genocidio como ruido de fondo


Naomi Klein

El Viejo Topo

9 abril, 2024 

 


Es una tradición de los Oscar: un discurso político atraviesa el velo de la mundanalidad y la autocelebración. Se producen reacciones antagónicas. Algunos elogian al orador, otros lo consideran el usurpador egoísta de una noche de fiesta. Luego todos pasan página.

Sin embargo, sospecho que el impacto de las palabras del director Jonathan Glazer, que detuvieron el tiempo en la ceremonia de entrega de premios de Los Ángeles el 10 de marzo, durará mucho más y su significado será analizado durante años.

Glazer recogía el premio a la mejor película internacional por La zona de interés, inspirada en la historia de Rudolf Höss, el comandante del campo de concentración de Auschwitz. La película sigue la idílica vida familiar de Höss con su esposa e hijos, que se desarrolla en una casa señorial con jardín adyacente al campo de concentración.

Glazer describió a sus personajes no como monstruos, sino como “horrores irreflexivos, burgueses y ambiciosos”, personas capaces de convertir el mal en ruido de fondo.

Antes de la ceremonia del 10 de marzo, La zona de interés ya había sido aclamada por numerosas estrellas del mundo del cine. Alfonso Cuarón, el director ganador del Oscar por Roma, la llamó “probablemente la película más importante de este siglo”.

Steven Spielberg la describió como “la mejor película sobre el Holocausto que he visto desde la mía”, en referencia a La lista de Schindler, que ganó el Oscar hace treinta años. Pero si bien el triunfo de La Lista de Schindler representó un momento de unidad para la mayoría de la comunidad judía, La zona de interés llega en un momento diferente.

Hoy en día existe un intenso debate sobre cómo deben recordarse las atrocidades nazis: ¿debe considerarse el Holocausto sólo un drama de los judíos o como algo más universal? ¿Fue una laceración única de la historia europea, o un regreso a casa de los genocidios coloniales, junto con la lógica y las teorías raciales que estaban en su base? ¿Ese “nunca más” significa nunca más para todos o nunca más para los judíos, una promesa que hace que Israel sea intocable?

Estos conflictos sobre el universalismo, el excepcionalismo y la comparación del trauma están en el centro de la acusación de genocidio de Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia y están desgarrando a las comunidades judías de todo el mundo.

En un minuto, Glazer tomó partido con valentía en cada una de estas disputas. “Todas nuestras decisiones fueron tomadas para reflexionar y confrontar el presente, no para decir ‘mira lo que hicieron entonces’, sino ‘mira lo que hacemos ahora’”, dijo, descartando la idea de que comparar los horrores de hoy con los crímenes nazis significa en sí mismo minimizar y no dejar dudas de que era su intención trazar una continuidad entre el monstruoso pasado y nuestro monstruoso presente.

Y fue más allá: “Estamos aquí como hombres que se niegan a permitir que sus identidades judías y el Holocausto sean manipulados por una ocupación que ha arrastrado al conflicto a tantas personas inocentes, tanto las víctimas del 7 de octubre en Israel como las del ataque en marcha en Gaza.»

Para el director, Israel no puede salirse con la suya y no es ético utilizar el trauma del Holocausto como justificación o cobertura de las atrocidades cometidas hoy por el Estado israelí.

Otros han esgrimido estos argumentos en el pasado, y muchos han pagado un alto precio, especialmente si son palestinos, árabes o musulmanes.

Glazer lanzó su bomba retórica protegido por una armadura de identidad: se presentó ante el público como un judío blanco de éxito –con otros dos judíos blancos de éxito a su lado– que, juntos, habían hecho una película sobre el “Holocausto”. Y este privilegio no lo protegió de la ola de calumnias que distorsionaron sus palabras al afirmar que repudiaba su identidad judía, acusación que fortalece la tesis del director.

Igualmente significativo es lo que ocurrió después de su discurso. Tan pronto como Glazer lo terminó –dedicando el premio a Aleksandra Bystroń Kołodziejczyk, una mujer polaca que llevaba comida en secreto a los prisioneros de Auschwitz y que luchó contra los nazis en las filas del ejército polaco–, aparecieron en escena los actores Ryan Gosling y Emily Blunt.

Sin siquiera una pausa comercial, fuimos catapultados a una broma sobre el fenómeno «Barbenheimer», con Gosling diciéndole a Blunt que Oppenheimer, la película sobre la invención de un arma de destrucción masiva que ella protagonizó, había tenido tanto éxito como Barbie en la taquilla, y Blunt acusando a Gosling de pintarse abdominales falsos.

Al principio temí que esta improbable yuxtaposición debilitara la intervención de Glazer: ¿cómo podrían coexistir las desgarradoras realidades que acabo de invocar con esta energía más propia del baile de una escuela secundaria de California?

Entonces lo entendí: el brillante artificio que enmarcaba ese discurso en realidad ayudó a reiterar el concepto. “El genocidio se convierte en el trasfondo de sus vidas”: así describió Glazer la atmósfera de su película, donde los personajes afrontan sus problemas cotidianos (niños que no duermen, una madre insaciable, infidelidad) a la sombra de las chimeneas que arrojan restos humanos.

Estas personas no ignoran que más allá de su patio trasero está funcionando una máquina de muerte a escala industrial. Simplemente aprendieron a vivir una vida plena en el contexto del genocidio.

Éste es el aspecto de la película de Glazer que parece más contemporáneo. Después de más de cinco meses de masacres diarias en Gaza, con Israel ignorando las órdenes de la Corte Internacional de Justicia y gobiernos occidentales reprendiéndolo de buen humor y continuando enviándole armas, el genocidio vuelve a convertirse en ruido de fondo.

Glazer enfatizó que el tema de su película no es el Holocausto, sino algo más duradero y omnipresente: la capacidad humana de vivir con atrocidades, de hacer las paces con ellas, de beneficiarse de ellas.

En su estreno en mayo, antes del ataque de Hamas el 7 de octubre y antes de la agresión de Israel en Gaza, se podría considerar la película como una obra intelectual que debe contemplarse con distanciamiento. Las personas que saludaron a La zona de interés con seis minutos de aplausos entre el público del Festival de Cine de Cannes probablemente se sintieron seguras al aceptar el desafío de Glazer.

Quizás algunos hayan reflexionado sobre lo mucho que nos hemos acostumbrado a ver nuevos barcos llenos de personas abandonadas a ahogarse en el Mediterráneo. O tal vez habrán pensado en los jets privados que los llevaron a Francia y en cómo sus emisiones están relacionadas con la desaparición de fuentes de sustento para los pobres en lugares lejanos.

Glazer quería que su película provocara este tipo de pensamientos incómodos. Sin embargo, desde que llegó a los cines en diciembre, nos ha conmovido mucho más el desafío con el que el director invitaba a los espectadores a contemplar el Höss que llevamos dentro.

La mayoría de los artistas intentan interceptar el espíritu de la época, pero La zona de interés puede haber adolecido de algo raro: un exceso de relevancia y actualidad.

En una de las escenas más memorables de la película, llega a la casa de los Höss un paquete con ropa y ropa interior de mujer robadas a los internos del campo. La esposa del comandante, Hedwig (interpretada por Sandra Hüller), estipula que todos, incluidas las criadas, pueden elegir una prenda. Se guarda un abrigo de piel e incluso prueba el lápiz labial que encuentra en un bolsillo.

Es esta intimidad con los muertos lo que resulta escalofriante. Y no tengo idea de cómo alguien puede ver esta escena y no pensar en los soldados israelíes que se filmaron revisando la ropa interior de los palestinos en Gaza o alardeando de robar zapatos y joyas para sus novias o tomándose selfies grupales con los escombros de Gaza de fondo.

Hay tantos ecos que la obra maestra de Glazer parece un documental. Es como si, filmando La zona de interés al estilo de un reality show, con cámaras ocultas en la casa y el jardín (el director habló de “Gran Hermano en la casa nazi”), la película hubiera anticipado el primer genocidio transmitido en directo.

Todos los que conozco que vieron la película no pudieron pensar en otra cosa que no fuera Gaza. No se trata de establecer una comparación con Auschwitz. No hay dos genocidios idénticos. Pero la verdadera razón por la que se construyó el edificio del derecho internacional humanitario fue precisamente para darnos las herramientas para reconocer ciertos elementos distintivos.

Y algunos de ellos –el muro, el gueto, las matanzas en masa, la intención de exterminio declarada reiteradamente, el hambre, el saqueo, la deshumanización y la humillación– se están repitiendo. Y de la misma manera, así es como el genocidio se convierte en un trasfondo, así es como aquellos de nosotros que estamos un poco más lejos de esos muros podemos bloquear las imágenes, apagar los gritos y simplemente seguir adelante.

Y es por eso que la Academia reforzó el mensaje de Glazer con ese cambio abrupto a “Barbenheimer”. La atrocidad vuelve a ser ruido de fondo.

¿Qué podemos hacer para detener la normalización? Muchos están ofreciendo sus respuestas con protestas, desobediencia civil, enviando convoyes de ayuda a Gaza o recaudando fondos. Pero no es suficiente.

Al ver los Oscar, donde Glazer fue el único en la pasarela de los ricos que habló sobre Gaza, recordé que habían pasado dos semanas desde que Aaron Bushnell, un soldado de 25 años de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, se prendió fuego frente a la embajada de Israel en Washington.

No quiero que nadie más lleve a cabo esa atroz forma de protesta. Pero conviene meditar sobre la afirmación que dejó Bushnell, palabras que considero un final contemporáneo de la película de Glazer: “Muchos de nosotros nos preguntamos: ‘¿Qué haría si viviera durante la esclavitud? ¿O durante el apartheid? ¿Qué haría yo si mi país estuviera cometiendo genocidio? La respuesta es: lo está haciendo. Ahora mismo.»

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LLAMAMIENTO CONTRA LA GUERRA DE LA OTAN

 


LLAMAMIENTO CONTRA LA GUERRA DE LA OTAN


 8 de abril de 2024  Coordinación Estatal Contra la OTAN y las BASES (CECOB) 

HOJAS PARA EL DEBATE

 

Como ya está sucediendo en otros países europeos, la reintroducción del servicio militar obligatorio va a suponer que la juventud europea – una vez más – va a actuar como carne de cañón en una guerra que nada tiene que ver con nuestros intereses como pueblos.  

Estimados compañeros y compañeras: 

Cada día que pasa es más evidente que la OTAN y los gobiernos de la UE han decidido preparar una guerra contra Rusia en suelo europeo. La presidenta de la Comisión Europea y el Secretario General de la OTAN así lo están reclamando y el presidente francés ha anunciado su intención de enviar tropas a Ucrania, lo que involucraría al resto de miembros de la Alianza Atlántica. No han explicado quien tomó esas decisiones, pero en ningún caso ha habido una consulta pública sobre un tema de la máxima transcendencia, en el que la población pone en juego sufrimientos inimaginables y la vida y su propia existencia como pueblo, si se llegara a desencadenar un conflicto nuclear, para el que ya se están preparando. 

La justificación para provocar ese desastre descomunal es el riesgo inminente de que Rusia invada Europa, aunque no es la primera vez que una mentira sirva para desencadenar una guerra atroz. No hay nada que lo justifique: Rusia no tiene nada que ganar, pero Europa sí. Rusia tienen todo aquello que Europa necesita; gas, petróleo, minerales estratégicos y un inmenso territorio en Asia, que conecta con China, India y el Sudeste asiático, lo que le ha permitido salir indemne de las  “sanciones” occidentales, mientras Europa sufre sus consecuencias y EE.UU. se enriquece.  En los últimos 100 años, Europa y Estados Unidos han intentado sistemáticamente apoderarse de Rusia; lo hicieron durante la guerra civil tras la revolución de octubre y durante la segunda guerra mundial, y en 1993 apoyaron un golpe de Estado para colocar en la presidencia a Boris Yeltisn, un aliado totalmente sometido a los intereses occidentales: el resultado fue la matanza de numerosos parlamentarios y una presidencia dictatorial que terminó de arruinar a Rusia.  Tras este episodio, EE.UU., con la complicidad de Europa, ha impulsado las “revoluciones de colores” en el entorno de Rusia, especialmente en Ucrania, en donde aupó al poder a las fuerzas nazis. Y desde hace más de 20 años ha impulsado la expansión de la OTAN hacia el este en un claro acoso militar a Rusia. 

La OTAN siempre ha estado en guerra con Rusia, aunque en este momento lo hace de forma más activa enviando armas y municiones, dando apoyo táctico y de inteligencia, conducción estratégica y enviando mercenarios y fuerzas encubiertas. El fracaso absoluto de la ofensiva contra Rusia requiere ya la intervención directa y abierta de la OTAN porque “no se puede permitir que Rusia gane la guerra”. 

De nuevo EE.UU. promueve un conflicto que está lejos de sus fronteras, aunque esta vez no es en un país de la periferia, sino en el centro. Una vez más, como en la I y II Guerras mundiales, alejados del riesgo, pero como entonces, aumentará exponencialmente las ganancias: el sufrimiento, el dolor, la muerte y la miseria los pondrán otros, pero la industria de la guerra, el complejo militar industrial y otras corporaciones obtendrán enormes beneficios. 

Para ello anuncian la puesta en marcha de una “Economía de guerra”, que significa dar prioridad absoluta a los gastos militares sobre cualquier otra consideración. Esto supone, que en una situación de grave crisis como la actual, con niveles muy altos de paro y de subempleo – en definitiva, de pobreza de amplias capas de la población – la clase trabajadora va a pagar los gastos de preparación para la guerra con un deterioro aún más profundo de sus condiciones de vida. 

Y como ya está sucediendo en otros países europeos, la reintroducción del servicio militar obligatorio va a suponer que la juventud europea – una vez más – va a actuar como carne de cañón en una guerra que nada tiene que ver con nuestros intereses como pueblos.  

Por último, la posición geoestratégica española y la existencia de instalaciones clave en nuestro territorio (las bases de Rota, Morón y Bétera y el CAOC de Torrejón) lo convierten en un escenario bélico preferente, con un enorme riesgo para la población, especialmente para los más vulnerables y los más jóvenes que, según se pide en Europa, deberían incorporarse obligatoriamente a filas. La pertenencia del Estado español a la OTAN, hipotecando todo resquicio de soberanía nacional e incumpliendo flagrantemente las condiciones del Referéndum, nos ata a los intereses del imperialismo anglosajón, que nos son totalmente ajenos, mientras la mayoría de las fuerzas políticas, intelectuales, académicas y todo tipo de medios de comunicación, ignoran esta escalada y los riesgos que asumimos. 

Ante esta grave situación, es preciso que los pueblos del Estado español, cuya experiencia de guerra es especialmente trágica y traumática y que supieron encontrar en la campaña contra la OTAN el camino para expresar conjuntamente nuestro sentimiento anti-imperialista, lo volvamos a hacer cuando el riesgo de una guerra mundial en suelo europeo es cada vez más evidente. En la actualidad, la lucha del pueblo palestino y la gigantesca respuesta de solidaridad que ha despertado en todo el mundo anticipan la posibilidad de un gran avance en la conciencia antiimperialista de los pueblos y en la percepción de las conexiones del imperialismo con el sionismo y con el fascismo. Por otro lado, desde nuestro suelo, desde nuestros mares y cielos, y con nuestro dinero, el gobierno está colaborando y favoreciendo el genocidio sionista contra el pueblo palestino, y lo está haciendo en nuestro nombre. Por ello, la lucha contra la OTAN y por el desmantelamiento de las bases militares extranjeras en el Estado español – desde las que se suministran armas y se perpetran los ataques contra el pueblo palestino y el Eje de la Resistencia – forma parte inseparable de la solidaridad con la lucha del pueblo palestino.  Es preciso hoy recuperar esa conciencia y parar la escalada que hoy está en marcha. Más allá de valoraciones y análisis que expresan otras posiciones políticas diferentes sobre temas internacionales, es preciso encontrar puntos mínimos de acuerdo entre distintas formaciones políticas y sociales que permitan una unidad de acción debidamente coordinada, superando la paralizante atomización existente.  

Será únicamente la movilización popular la que levante la conciencia que logre evitar que la escalada continúe. Creemos que la responsabilidad que tenemos ante nuestros pueblos nos lo exige.  La guerra, una vez que esté en marcha, no se puede parar. 

Por todo ello, desde la Coordinación Estatal Contra la OTAN y las Bases estamos lanzando este llamamiento para establecer cuanto antes mecanismos efectivos lo más amplios posibles para movilizaciones basadas en los siguientes principios mínimos para la unidad de acción:

· Reducción drástica de los gastos militares.  

· Por los derechos laborales y los servicios públicos de calidad. 

· No a la participación de las fuerzas armadas españolas en la guerra con otro país. El ejército debe tener exclusivamente carácter defensivo.  

· Salida inmediata del Estado español de la OTAN y cierre de las bases norteamericanas. Quienes estéis interesados en participar, escribidnos a cecob@contraotanybases.org y en breve nos pondremos en contacto con vosotros para considerar mecanismos de coordinación para la movilización. 

2 de abril de 2024 

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El Día Que Alemania Se Convirtió en Un Infierno en la Tierra

lunes, 8 de abril de 2024

Rusia en la teoría leninista del imperialismo y la operación militar especial

 

Rusia en la teoría leninista del imperialismo y la operación militar especial

 

DIARIO OCTUBRE / abril 7, 2024

 

Galko Viktor Ivanovich Doctor en Ciencias económicas,
Profesor, Presidente de la Fundación de la Academia Obrera,
Miembro del Partido de los Trabajadores de Rusia

Viktor Ivanovich Galko.— La teoría leninista del imperialismo es la clave para comprender las tareas de la clase obrera moderna. También es necesario para comprender el equilibrio de poder en la arena internacional, para comprender de dónde vienen las acciones para implementar la dictadura terrorista abierta en la política exterior por parte de los círculos más reaccionarios y chovinistas del capital financiero.

 

El mundo del capital entró en el capitalismo monopolista a finales de los siglos XIX y XX y ha estado en esta fase desde entonces. Hoy en día, todos los países de la parte capitalista del mundo están “integrados” en el imperialismo, son sus componentes. Pero su lugar y papel en el sistema imperialista son diferentes.

La fase monopolista del capitalismo se caracteriza por la división de los países en un pequeño puñado de bandidos imperialistas y un gran grupo de países dependientes explotados y oprimidos por estos depredadores imperialistas. En su obra” el Imperialismo, como etapa superior del capitalismo”, Lenin señaló: “el capitalismo ha destacado ahora un puñado (menos de una décima parte de la población de la tierra, menos de un quinto, calculando “por todo lo alto”) de Estados particularmente ricos y poderosos, que saquean a todo el mundo con el simple “corte del cupón”. — todo el mundo”.

El capital financiero de los países imperialistas ha creado un sistema de dominación que les permite robar y controlar no solo a capitalistas individuales, sino también a países enteros. “El capital financiero es una fuerza tan grande, se podría decir, decisiva en las relaciones económicas y en todas las relaciones internacionales, que es capaz de subordinar a sí mismo y, de hecho, subordina incluso a los Estados que gozan de la más completa independencia política”.

Algunos autores, haciendo reverencias protocolarias a V. I. Lenin, en realidad sustituyen la metodología leninista de la investigación del imperialismo. Una posición similar se expresa en El artículo de I. Ferberova y A. Ustalykh. Veamos sus declaraciones. Así, escriben:”en Rusia ha llegado la era del capitalismo monopolista”. Esta frase delata a los autores por completo. Pensar que un país que se ha convertido en capitalista por la contrarrevolución que ha tenido lugar en él debe pasar por las etapas de desarrollo del capitalismo desde la libre competencia hasta el capitalismo monopolista es una burla del enfoque científico.

Un país así cae inmediatamente en el campo capitalista, y el último ha sido imperialista durante más de cien años. Rusia pasó por un período de capitalismo pre-monopolista, pero fue hace mucho tiempo, en el siglo XIX. Luego, en Rusia, pasaron muchos eventos de escala histórica: la ruptura de la cadena imperialista: la Revolución Socialista, la construcción y el desarrollo del Socialismo, la contrarrevolución burguesa y la restauración del capitalismo.

Llamamos la atención una vez más sobre que después de la contrarrevolución, Rusia se encontró en el campo capitalista, y éste es imperialista. En este sentido, es necesario responder a otra pregunta: ¿en qué estado se encuentra Rusia en el campo capitalista: un depredador imperialista o un país dependiente de los ladrones imperialistas? La respuesta viene dada por una consideración del lugar y el papel de Rusia en el sistema imperialista. Científicos e investigadores progresistas (M. V. Popov, V. S. Shcherbakov, E. S. Volkova, E. N. Morozova, V. I. Shamardin, etc.) realizaron un gran trabajo sobre este problema.

En su deseo de demostrar que Rusia ha formado su capital financiero, los autores del artículo reemplazan la definición leninista de capital financiero. Escriben: “el capital Financiero (de nuevo, de acuerdo con su definición científica) es el capital formado por la fusión del capital de los monopolios industriales y los bancos”. Inmediatamente citan a Lenin, supuestamente en apoyo de su posición. Lenin: “Concentración de la producción; monopolios que surgen de ella; la fusión de los bancos con la industria es la historia del surgimiento del capital financiero y el contenido de este concepto”.

Los autores del artículo, al reorganizar las palabras del pensamiento leninista en diferentes lugares, no entienden y parecen ni siquiera pensar en la secuencia necesaria de la formación y el contenido del capital financiero revelado por Lenin. Como resultado, todos los ejemplos citados por ellos, que supuestamente indican la presencia de su capital financiero en Rusia, demuestran lo contrario. En particular, escriben que el grupo industrial Gazprom posee Gazprombank, Rosneft posee el banco VBRR, etc. ¡Efectivamente! En Rusia no se produce la fusión del capital monopolista bancario con los monopolios industriales, con el papel determinante del primero, sino todo lo contrario. En la estructura de estos grupos, llamados financieros e industriales, hay entidades bancarias que realizan algunas operaciones para la empresa matriz.

Del informe financiero de Gazprom para el año 2021 (el último informe en el que se descifran los préstamos del monopolio), está claro que solo hay uno (!), el ruso VTB. Su participación es del 2,4% (13,9 mil millones de rublos). En cuanto a Gazprombank, se abrió a Gazprom una línea de crédito de 100 mil millones de rublos, mientras que Gazprom no tomó un rublo de ella.

El papel y la influencia de los bancos rusos aquí es mínimo. La cantidad abrumadora de préstamos – 564,3 mil millones de rublos (97,6 %) fue proporcionada por los bancos extranjeros más grandes de los países capitalistas. Entre los acreedores de Gazprom se encuentran bancos como JP Morgan AG, Commerz Bank AG, Sumitomo Mitsui Banking Corporation, BNP Paribas, etc. Son los mayores monopolios bancarios de los países imperialistas (Estados Unidos, Alemania, Francia, Japón). Lo que demuestra, en todo caso, si no la fusión de los monopolios bancarios extranjeros con los monopolios rusos de materias primas, sí el control y, a través de él, la subordinación del capital ruso al capital monopolista extranjero. Parte de las ganancias de Gazprom en forma de intereses bancarios van a los bolsillos de los líderes bancarios extranjeros. La conclusión de M. V. Popov es perfectamente correcta: “hasta hace poco, las empresas industriales más Grandes de Rusia dependían financieramente, principalmente del capital bancario monopolista extranjero, y por lo tanto no se formó el capital financiero ruso que convierte al país en una potencia imperialista”.

Los autores del artículo criticado ignoran por completo el desarrollo del contenido del imperialismo dado por Lenin. Recorrieron de puntillas solo el comienzo de la obra “El Imperialismo, como etapa superior del capitalismo” y no se molestaron en llegar al final, arrebataron parte de los signos y los distorsionaron.

El concepto de capital financiero de Lenin no está congelado, sino que se desarrolla, lo que refleja su desarrollo real. El capital financiero tiende a ir más allá de sus fronteras nacionales, principalmente a través de la exportación de capital, lo que lleva a la división económica y territorial y la reorganización del mundo entre las principales potencias imperialistas. Los signos del imperialismo no son sucesivos, sino interrelacionados, que se derivan unos de otros. Sólo aquellos países capitalistas que han dividido y “saqueado – con un simple “corte de cupones” – el mundo entero” son imperialistas, y el capital de estos países es capital financiero, corresponde al concepto y no solo al nombre.

Los instrumentos de la dominación mundial del capital financiero de los Estados Unidos y sus secuaces son la exportación de capital, el sistema de pagos bancarios internacionales, los instrumentos monetarios y financieros. Las llamadas instituciones financieras internacionales-el Fondo Monetario Internacional, el banco mundial, la OMC, etc.-también son órganos y herramientas para esclavizar y robar por Estados Unidos y sus satélites a países dependientes. El papel de Rusia en ellos es insignificante.

La historia muestra que la distribución de fuerzas entre las potencias imperialistas ha cambiado en comparación con el comienzo del siglo XX. Hoy en día, el tiburón imperialista más grande es Estados Unidos. En su calle nadan tiburones más pequeños. Desempeñan un papel importante para el depredador más grande: acorralar a la víctima, participar en su acorralamiento, ayudar al tiburón principal a destrozar a la víctima en pedazos. Al mismo tiempo, en el mundo de los depredadores, puede haber fricción entre ellos: quién obtendrá la pieza más grande, a quién elegir como la próxima víctima, etc.

En las condiciones de la ley del desarrollo económico y político desigual, aparecen nuevos “jugadores” en el campo, otros se desvanecen en las sombras, se produce un cambio en la correlación de fuerzas de los países imperialistas y sus agrupaciones. La feroz lucha competitiva por la preservación y redistribución de los mercados de materias primas y ventas, esferas de influencia continúa constantemente.

Rusia es un país capitalista grande (principalmente por su tamaño), que vive en gran parte debido a las enormes reservas creadas durante el período de la URSS. Al igual que otros países capitalistas intenta ocupar un lugar bajo el “sol” capitalista. Porque todo pequeño capitalista aspira a ser grande, el más grande, y aún más grande, el monopolista. Pero llamar a Rusia imperialista hoy sería una exageración.

En las condiciones de la estructura unipolar de la parte capitalista del mundo, los círculos más reaccionarios y chovinistas del capital financiero estadounidense comenzaron a abandonar las normas democráticas y dictar sus condiciones directamente, a través de una dictadura terrorista abierta. Esta política del imperialismo liderado por los Estados Unidos en la arena internacional es fascismo.

Los autores del artículo criticado intentan hablar sobre la posibilidad del fascismo en la Rusia moderna. Al mismo tiempo, guardan silencio sobre el verdadero depredador imperialista que lleva muchos años practicando el fascismo en la política exterior: los Estados Unidos. Objetivamente, esta posición es un intento de llevar a la sombra al principal ladrón imperialista, que hoy lleva a cabo acciones militares para destruir a Rusia con las manos de sus siervos ucranianos.

El editorial de popular Pravda señala con razón: “para luchar por sus intereses fundamentales en las condiciones del capitalismo, la clase obrera rusa necesita derechos políticos y libertades, es decir, la democracia burguesa en Rusia. Es por eso que el partido obrero de Rusia apoya la operación militar especial, que es una forma de lucha de la Rusia democrático-burguesa contra el fascismo estadounidense, en su política exterior, en Ucrania. Rusia está de nuevo a la vanguardia de las fuerzas antifascistas.

Dentro de nuestro país, la principal fuerza Antifascista es precisamente la clase obrera, que forja las armas de la victoria y envía a sus representantes a la línea de contacto con los secuaces ucranianos del fascismo estadounidense. Por lo tanto, el partido obrero de Rusia aboga por que los trabajadores y las organizaciones sindicales busquen la adopción de convenios colectivos que mejoren la situación de los trabajadores en las condiciones actuales”.

La negación de la metodología leninista de la investigación del imperialismo no sólo conduce a errores teóricos. Conduce a la desorientación y al desarme de la clase obrera rusa frente al fascismo estadounidense. Sigue siendo relevante el llamamiento del partido Obrero de Rusia a la clase obrera de Rusia, a todos los trabajadores, para que intensifiquen la lucha contra los fenómenos y tendencias que utilizan las fuerzas proamericanas, incluso dentro del país, para destruir a Rusia.

Entre otras cosas, los autores del artículo no se molestaron en verificar la información que reciben de los lectores. Así escriben: “Mikail Shishkhanov es casi completamente (98,6%) dueño de Binbank. Cabe señalar que BINBANK ha desaparecido hace mucho tiempo, ha sido liquidado (https://cbr.ru/finorg/foinfo/?ogrn=1025400001571 ). Según ellos, RZD (los ferrocarriles rusos) tienen una participación considerable en el banco” KIT Finance”, y el Holding “Doninvest” incluye el banco del mismo nombre. KIT Finance (el banco de inversiones) fue liquidado (https://cbr.ru/finorg/foinfo/?ogrn=1027800000062), y la licencia de “Doninvest” fue revocada por orden del Banco de Rusia hace 9 años. (https://cbr.ru/banking_sector/credit/coinfo/?id=600000024)

FUENTE: fra-mos.ru

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Libertad para vender tu cuerpo a trozos

 

Progresismo liberal, izquierda fucsia, izquierda posmoderna, izquierda woke… calificativos que ocultan una visión reaccionaria enmascarada por aires de modernidad. Este artículo es largo, pero merece ser leído hasta el final. Merece la pena.


Libertad para vender tu cuerpo a trozos


Carlo Formenti

El Viejo Topo

8 abril, 2024 



En el mundo existen dos industrias que explotan los cuerpos de millones de mujeres, exponiéndolas a tasas muy altas de nocividad (a menudo con consecuencias fatales). La condición de estos «trabajadores» no es mucho mejor que la de los negros en los campos de algodón del sur de Estados Unidos antes de la abolición de la esclavitud. Son la industria de la prostitución y la industria de la subrogación. Veamos algunos datos. Sólo en Alemania, la industria de la prostitución emplea a 400.000 mujeres, cuenta con 1,2 millones de clientes y genera un flujo de caja anual de 6.000 millones de euros. La tasa de mortalidad es 40 veces superior a la media y las prostitutas corren un riesgo 18 veces mayor que otras mujeres de ser asesinadas en el ejercicio de su «profesión». Según la OIT (Organización Internacional del Trabajo) los beneficios de la trata de seres humanos (mujeres y menores) se estiman en 28,7 mil millones de dólares al año. Finalmente, una investigación realizada entre 800 mujeres en nueve países encontró que el 71% había sido atacada por clientes, el 63% había sido violada, el 68% padecía trastorno de estrés postraumático, el 89% dijo que le gustaría cambiar su vida si tuviera la oportunidad. Pasemos a la industria de la gestación subrogada. Sólo en la India (el mayor proveedor mundial de úteros alquilados) el volumen de negocios fue de 449 millones de dólares en 2006. Aquí el daño físico es menor (aunque no despreciable) pero muy elevado a nivel psicológico: la separación repentina del niño que llevaban durante nueve meses, de los que nunca más podrán volver a saber, es para muchas una experiencia traumática que la mísera compensación no basta para aliviar.

Estos datos los revela la sueca Kajsa Ekis Ekman, autora de un libro (Ser y ser compradoProstitución, maternidad subrogada e identidad dividida) que acaba de publicar Meltemi y que, además de documentar la cruda realidad que acabamos de destacar, derriba los argumentos con los que lo que podríamos definir como la santa alianza entre neoliberales e izquierdistas posmodernos (incluyendo parte del movimiento feminista) lucha por legitimar la prostitución y la gestación subrogada en países donde ya están legalizadas y por promover su legalización donde están prohibidas.

 

¿Prostitutas? no, trabajadoras sexuales

La tesis básica de los liberales y izquierdistas posmodernos de derecha (socialistas, verdes y feministas) que luchan por la legalización es que la prostitución es un trabajo como cualquier otro. La venta de servicios sexuales (sic.) no viola derecho alguno; al contrario, es un derecho en sí mismo, es decir, el «derecho» a vender el propio cuerpo. Los verdaderos problemas son otros: situación laboral, sindicalización, salarios adecuados, autodeterminación, seguridad sanitaria, etc. Según esta narrativa, el mundo de la prostitución no enfrenta a mujeres contra hombres sino a vendedores y clientes, por lo que los dueños de los burdeles (privados o públicos donde existe regulación estatal) se convierten en empresarios y proveedores de servicios.

La izquierda posmoderna contribuye a esa narrativa construyendo la imagen de la trabajadora sexual como una persona fuerte e independiente, que sabe lo que hace y no deja que nadie la presione, mientras que los teóricos queer la glorifican como un sujeto que transgrede las normas, rompe fronteras y cuestiona los roles de género. Entre estos apoyos de agitación de «putas heroicas», Ekman cita, entre otros, a los activistas de COYOTE (Call Off Your Old Tired Ethics), un grupo estadounidense fundado por una facción liberal del movimiento hippie. Todas estas personas realizan, a sabiendas o no, el trabajo sucio de un orden neoliberal que se complace en despejar la idea de la prostituta como víctima, porque admitir la existencia de víctimas implica reconocer la necesidad de una sociedad justa y una red de asistencia social, eliminar el concepto significa, a la inversa, legitimar el statu quo, las divisiones de clases y la desigualdad de género: si no hay víctimas no puede haber verdugos.

Académicos, periodistas y críticos comprometidos en la construcción de esta imagen eufemística y glorificada de la trabajadora sexual, trabajan duro para «dar voz» a las partes interesadas y elegirse a sí mismos como representantes de sus intereses, necesidades y puntos de vista, identificándose con ellos incluso si, Como comenta sarcásticamente Ekman, ninguno de estos sujetos se ha prostituido jamás, del mismo modo que ciertos héroes de salón alaban la guerra sin haber visto nunca el frente. ¿Qué pasa con los sindicatos? Dado que, en general, el tema de la sindicalización capta el favor de los círculos sindicales tradicionales y de izquierda, los llamados sindicatos de trabajadoras sexuales, como pudo comprobar la autora entrevistando a varios exponentes, son señuelos creados para interceptar la financiación: Los miembros, si existen, son muy pocos, a menudo trafican con hombres y trans, a veces incluso proxenetas y maîtress.

En resumen, las narrativas recién evocadas desempeñan el papel de decorar el mundo de la prostitución con imágenes tomadas del mundo de las escorts de alto nivel en los países occidentales, al tiempo que arrojan un velo de ignorancia sobre una realidad de violencia, opresión y desesperación que involucra a millones de personas y alcanza niveles inimaginables en el Tercer Mundo y en algunos países ex socialistas.

¿Trata de niños? ninguna concepción inmaculada

La gestación subrogada es una industria legal en crecimiento en EE. UU., Ucrania, Inglaterra, India, Hungría, Corea del Sur, Israel, Holanda y Sudáfrica, pero la delantera la lleva la India. En el mercado de este gran país las cosas funcionan así: los óvulos de las mujeres blancas se inseminan con el esperma de los hombres blancos y el óvulo se implanta en el útero de las mujeres indias; los niños no mostrarán rastro de la mujer que los parió, no llevarán su nombre ni la conocerán; tras dar a luz, las mujeres firman un contrato renunciando al hijo y reciben entre 2.500 y 6.500 dólares. Los clientes suelen ser estadounidenses, europeos, australianos, japoneses o indios ricos, parejas heterosexuales, gays, lesbianas y hombres solteros. ¿Qué nos impide considerar todo esto como una forma extendida de prostitución, con la única diferencia de que se vende el útero en lugar de la vagina? Para evadir esta cuestión, se movilizan dos narrativas complementarias: en la derecha, se exalta el sacrificio de la madre sustituta que se desgasta para hacer la felicidad de una unión estéril; desde la izquierda se celebra la práctica «transgresora» que derriba el estereotipo de familia tradicional.

Después de haber afirmado que el embarazo en cuestión no es una maternidad «real», sino un servicio y que, al estipular un contrato, la madre subrogada confirma su condición de persona con libre albedrío individual (¡una persona es alguien que posee su propio cuerpo!), los apologistas liberales endulzan la píldora presentando a la madre sustituta como un alma bondadosa, un hada madrina que ayuda a los clientes a conseguir lo que quieren. Los más atrevidos llegan incluso a perturbar la tradición judeocristiana de «angelicalizar» el mercantilismo citando a la sierva Agar que llevó en su seno al hijo de Sara y Abraham o al sacrificio de la virgen María que llevó en su seno al hijo del Señor. Pero a medida que los argumentos se vuelven más prosaicos, salen a la luz las contradicciones. ¿Es la gestación subrogada un servicio como cualquier otro? ¿Pero cuál es el producto? Un niño, que se vuelve así comparable a un coche o a un teléfono móvil. ¿Acaso un hogar de clase alta, se dice, no le dará al niño la mejor educación posible y una vida mejor que la que podría ofrecerle una miserable madre biológica? En definitiva, con el cálculo económico resurge el espectro de la trata de niños.

Pero siempre existe la posibilidad de movilizar argumentos de izquierda. Para los teóricos queer y los activistas RGBTQ, la gestación subrogada, como la prostitución, es una práctica transgresora que desafía los modelos conservadores y obsoletos; es la historia feminista de mujeres que se rebelan contra la maternidad tradicional redimiendo a otras mujeres del infierno asociado a la imposibilidad de tener hijos. Incluso hay quienes (como Kutte Jonsson citado por Ekman) comparan la lucha por la legalización de la gestación subrogada con la de los años 70 por los salarios del trabajo doméstico, argumentando que no se debe privar a las mujeres de la oportunidad de utilizar su cuerpo a cambio de un pago, por lo que la gestación subrogada sería, al mismo tiempo, un derecho y una petición de emancipación.

En resumen: la alianza entre neoliberales e izquierdistas posmodernos funciona muy bien también en este caso pero, antes de entrar en el fondo de las reflexiones teóricas con las que Ekman fundamenta su acusación, vale la pena demostrar cuáles son los monstruos de esta unidad de intención amorosa entre izquierda y derecha. Por eso, en el siguiente párrafo, he recopilado una lista de las citas de los argumentos de los apologistas de la prostitución y la subrogación que más me llamaron la atención mientras leía el libro de Ekman.

Flor feminista liberal

«Estas mujeres (prostitutas) toman el mando sobre los hombres y actúan según estrategias de poder» (Petra Ostergren).

«Todo tipo de sexo no convencional es revolucionario» (Gayle Rubin, antropóloga estadounidense).

La socióloga Lara Agustín llama a las víctimas de trata de personas «trabajadores sexuales migrantes».

Respecto a la prostitución infantil en Tailandia, la antropóloga social Heather Montgomery escribe: «No creo que los modelos psicológicos occidentales puedan aplicarse a niños de otros países y seguir siendo útiles» (es decir, ¿los niños tailandeses se lo pasan genial en los burdeles de pedófilos?).

“Vender tu cuerpo es un derecho humano” (Jenness).

«Los proxenetas no son necesariamente el enemigo, pueden ser necesarios para proteger a las trabajadoras sexuales, ya que la policía no puede hacerlo» (Ana Lopes, sindicalista).

“La gestación subrogada disuelve la idea ‘natural’ de la maternidad, la paternidad y lo que es una familia” (Torbjorn Tannsjo, filósofo)

“La prohibición (de la gestación subrogada) es una prueba de que tenemos una visión biológica de la paternidad heteronormativa y orientada a la pareja” (Soren Juvas, activista por la legalización).

«Incluso las diferencias de clase y raciales quedan de lado cuando se trata de infertilidad» (Hélena Ragoné, investigadora; es decir: al cliente blanco no le importa que su hijo crezca en el vientre de una mujer negra pobre).

«Ser explotado tiene ventajas, especialmente cuando se vive en la pobreza total» (Wilkinson, filósofo inglés).

“Lo que se vende es un paquete de derechos de los padres, no del niño” (Wilkinson, filósofo inglés).

“La gestación subrogada no es vender niños sino construir familias a través del mercado” (Elly Teman, antropóloga).

Cosificación

Las narrativas que defienden la legalización, escribe Ekman, trazan una línea clara entre el bien y el mal. Del lado del bien ponen: la prostituta rebautizada como trabajadora sexual, el sexo libertario, el libre albedrío, el derecho a disponer del propio cuerpo, los derechos de los grupos oprimidos, los gays, la economía de mercado, el progreso, la transgresión, etc. Del lado del mal: feministas y activistas políticas paleomarxistas, moral, hipocresía, estigmatización del diferente, esencialismo, control estatal, etc. Sin embargo, la autora se ve obligada a admitir que incluso las feministas que no pertenecen al ala liberal-progresista del movimiento se dejan chantajear por esta polarización, para no ser retratadas como brujas moralistas y bastardos patriarcales. prefieren permanecer en silencio o alinearse con la narrativa dominante.

La trampa conceptual que impide a las feministas distanciarse de las narrativas del ala liberal progresista del movimiento es el engorroso legado ideológico que llevan consigo desde 1968, resumido en el lema el cuerpo es mío y hago con él lo que quiero. Eslogan que, tanto en el caso de la prostitución como en el de la gestación subrogada, resulta contraproducente para las intenciones de quienes lo acuñaron. De hecho, se utiliza para legitimar otra afirmación: estoy vendiendo una parte de mi cuerpo, no mi yo. El problema, comenta Ekman, es que la vagina y el útero están ligados a una persona, así que cuando digo que vendo ciertas partes de mi cuerpo, elimino el hecho de que nadie es dueño de su propio cuerpo porque todos somos nuestros propios cuerpos. Si la vagina y el útero son cosas, la prostituta y la madre sustituta se componen de dos partes: el sujeto que vende y el objeto vendido y la libertad de la primera implica la esclavitud de la segunda.

Para describir los efectos psicológicos de esta duplicación, Ekman analiza los métodos de distanciamiento que la prostituta, a partir del momento en que firma un acuerdo con el cliente, se ve inducida a implementar respecto de su propio cuerpo, así como de sus propias sensaciones y emociones. Se trata de una serie de prácticas de autodefensa que generan malestar y trastornos mentales y, a la larga, pueden provocar auténticas personalidades divididas.

Para profundizar en el tema, el autor cuestiona el concepto de extrañamiento en Lukács[1] y el de mercantilización en Marx. Para Lukács el concepto de cosificación describe ese aspecto de la sociedad capitalista por el cual los objetos aparecen dotados de vida propia frente a sujetos reducidos a la impotencia. Por un lado tenemos al individuo «liberado» de la relación inmediata y directa con la tierra, los medios de producción y los medios de sustento; por el otro, su fuerza de trabajo, que toma la forma de una mercancía, es decir, algo que posee y se ve inducido a vender para reproducirse. Esta relación imprime su estructura en toda la conciencia humana: las cualidades y capacidades ya no están conectadas a la unidad orgánica de la persona, sino que aparecen como cosas que uno posee y exterioriza como los objetos del mundo exterior.

Por su parte, Marx, dado que el capitalismo debe buscar constantemente nuevas áreas de mercantilización para perdurar, escribe que la mercantilización siempre oculta la relación social entre dos partes. En el caso de la prostitución, pero también en el de la gestación subrogada, comenta Ekman, esto debe entenderse en un sentido literal: la relación se cancela y sólo quedan los bienes. Finalmente, para demostrar aún más la congruencia de las categorías marxistas con respecto a los fenómenos sociales que analiza, escribe que la maternidad subrogada podría considerarse como un caso particular del intento de regular la relación entre el proletariado y las clases altas a través de un contrato que permita debe ser desconcertado como entre «iguales».

El legado (¿equivocado?) de 1968. Consideraciones finales

Hasta este punto, es decir, mientras la discusión se mantenga en el terreno de la denuncia y la crítica cultural-filosófica de las tesis de los liberales e izquierdistas posmodernos, los argumentos de Ekman me parecen impecables. Por el contrario, cuando la controversia pasa al terreno ideológico-político, aparecen algunas aporías. La primera se manifiesta cuando el autor intenta dar una motivación psicológica a la conversión de la izquierda a la ideología liberal. Cuando el capitalismo logró una hegemonía global indiscutible, escribe, partes de la izquierda «reaccionaron disfrazando la derrota como un triunfo». Así la búsqueda de lo provocativo, rebelde y subversivo se mueve desde el exterior hacia el interior del sistema, hasta el punto de teorizar (Ekman no los cita, pero aquí sí las teorías de Negri y otros autores postoperaistas que balbucean sobre » comunismo capitalista» encajan perfectamente) que el orden existente ya es subversivo en sí mismo y/o reconocer en cada manifestación de intolerancia social, incluso las más conservadoras y reaccionarias, núcleos de resistencia y contrapoder. La descripción del fenómeno es perfecta, pero ¿estamos seguros de que las razones del punto de inflexión son de carácter psicológico, una especie de reacción de autoconsuelo para no hundirse en la depresión?

La tesis me parece débil, y aún más débil es la forma en que Ekman describe el impacto de los movimientos libertarios y antiautoritarios del 68 en los sistemas de poder político, económico, académico y mediático, que, escribe, «tenían redefinirse para justificar su existencia». Así, dado que la autoridad ya no podía considerarse como algo bueno en sí misma ni podía presentarse como algo dado «de la naturaleza», la única manera de legitimar el poder habría sido negarlo, o al menos eufemizarlo. De aquí surge la simbiosis entre la derecha neoliberal y la izquierda posmoderna por la que capitalistas despertados[2], medios de comunicación, intelectuales y políticos compiten por construir una imagen de ser diferentes, disidentes o marginados.

En una lectura superficial podría parecer que las tesis de Ekman convergen con las de Boltanski y Chiapello[3] y/o con las de la filósofa feminista Nancy Fraser[4]. Esto es parcialmente cierto en el caso del segundo, pero no en el del primero. De hecho, no sostienen que el neocapitalismo se habría adaptado a la ideología, los principios y los valores de los movimientos antiautoritarios; argumentan mucho más correctamente que la ideología, los principios y los valores de esos movimientos eran en sí mismos. funcional a las necesidades de autorreforma de un capitalismo en rápida transformación a nivel económico (financiarización), tecnológico (informatización) y sociocultural (terciarización y feminización del trabajo, subcontratación del trabajo ejecutivo en los países en desarrollo y concentración de lo «inmaterial» y el trabajo «creativo» en las metrópolis occidentales).

Una transformación que requería métodos y modelos organizativos completamente nuevos de gestión de la mano de obra cualificada, compatibles con las aspiraciones de aquella clase media en formación que en 1968 se había rebelado contra los viejos mecanismos de poder político, académico y familiar. Una vez finalizado el ciclo de luchas obreras con las que estos estratos habían compartido brevemente objetivos y consignas, pasaron de la «crítica social» a la «crítica artística»[5], rompiendo el bloque social con los trabajadores manuales y enrolando en el ejército a los neocapitalistas que, Para extender el proceso de mercantilización a la totalidad de las relaciones sociales, era necesario barrer toda la vieja basura burguesa (incluidas la familia y las costumbres sexuales tradicionales). Millones de miembros de las clases medias «reflexivas» estaban listos para marchar bajo la bandera de la libertad y la emancipación individuales y ayudar al capital a lograr el objetivo descrito por Marx en el Manifiesto: derribar todas las barreras físicas, morales, ideológicas y culturales que limitan las ganancias. oportunidades.

El obstáculo que impide incluso a feministas anticapitalistas como Ekman y Fraser captar plenamente las raíces de esta transición histórica consiste en el hecho de que no se dan cuenta de que en la vieja basura burguesa de la que el neocapitalismo necesita deshacerse también está ese paternalismo que siguen representando como el principal objetivo. Por lo tanto, estos autores se ven obligados a hacer todo lo posible para demostrar la existencia de una relación orgánica y estructural entre capitalismo y patriarcado[6]. Esto es bastante evidente en el caso de la gestación subrogada. Ekman habla de un nuevo tipo de mito de creación patriarcal, en el sentido de que el padre no es el hombre que engendra un hijo sino el que lo compra, y añade que la gestación subrogada puede verse como una forma extendida de prostitución ya que alguien (a menudo un hombre, añade) paga por utilizar el cuerpo de la mujer. Finalmente escribe que, por parte de los partidarios de la legalización, no se cuestiona el vínculo biológico del padre: no se le acusa de defender la biología ni el núcleo familiar, las críticas se dirigen sólo a ella. Se trata de argumentos forzados, por no decir engañosos. Aquí, de hecho, está claro que es más bien Ekman quien intenta llamar la atención sobre el padre, obviando el hecho de que el deseo de tener hijos, en la gran mayoría de los casos (con excepción de las parejas homosexuales), ve a la mitad femenina como el principal protagonista de la pareja. Ciertamente no es casualidad que (ver arriba) los argumentos de los fanáticos masculinos de la legalización sean en su mayoría económicos, mientras que los de las fanáticos femeninas (que son una gran mayoría, a juzgar por las citas seleccionadas de la propia Ekman) exaltan el deseo femenino de maternidad. que «subvierte” las reglas de la familia tradicional. Es la narrativa feminista la que asocia a las mujeres que se rebelan contra la maternidad tradicional con el sufrimiento de no tener hijos, lo que la maternidad subrogada remedia. Es la historia de un deseo que se transfigura en necesidad para finalmente hacerse pasar por un «derecho humano» que sólo el mercado puede satisfacer[7]. Me parece obvio que aquí no se trata de dominación patriarcal sino de dominación de clase y racial, una dominación que las «leyes» del mercado capitalista permiten ejercer a las parejas blancas ricas (mujeres y hombres) a costa de las mujeres pobres. y mujeres de color.

Obviamente se podría objetar que, en el caso de la prostitución, es difícil negar que se trata de un fenómeno patriarcal más que (o al menos tanto como) capitalista. También porque fenómenos como el turismo sexual y otras formas de violencia y la opresión que los varones ejercen sobre los cuerpos de las mujeres y los menores cargan el tema de fuertes valores emocionales. Dicho esto, a partir de este punto unilateral de la vida terminamos desviando la atención de la forma específica que adopta el fenómeno de la prostitución en la sociedad capitalista. Una sociedad que desintegra los vínculos comunitarios y familiares, transformando a hombres y mujeres de las clases bajas en átomos condenados a la pobreza y la soledad, y generando esa miseria sexual generalizada de la que la prostitución, con su complemento de violencia de género, es uno de los corolarios.

Pero la pregunta es más general. La relación entre el modo de producción capitalista y los residuos antropológicos, sociales y culturales de las sociedades precapitalistas es compleja, en el sentido de que el capitalismo explota los residuos en cuestión hasta poder ponerlos al servicio de la acumulación (ver el uso de la esclavitud en la América del siglo XIX) mientras se deshace de ellos tan pronto como entran en conflicto con su vocación como dispositivo de subversión permanente de todas las formas y relaciones sociales. El salto cualitativo asociado a los fenómenos enumerados anteriormente (terciarización y feminización del trabajo, subcontratación del trabajo ejecutivo en los países en desarrollo y concentración del trabajo «inmaterial» y «creativo» en las metrópolis occidentales, etc.) es incompatible con la persistencia de la familia patriarcal. estructuras. El capital necesita romper estas estructuras individualizando y atomizando la fuerza laboral, hombres y mujeres, para hacerla más chantajeable; necesita hacer barridos con los valores «machistas» del trabajador tradicional feminizándolo, rompiendo su combatividad y orgullo profesional (las mujeres de clase media tienen habilidades que las hacen mucho más aptas para la producción terciaria).

La propaganda políticamente correcta[8] que los medios de comunicación, los intelectuales y los políticos difunden generosamente es el arma letal destinada a aplastar cualquier residuo de ideología patriarcal. El hecho de que las mujeres sigan cobrando salarios más bajos de media, ocupen menos puestos de responsabilidad, etc. no tiene nada que ver con el patriarcado: es el sistema utilizado por el capital para dividir y poner en competencia a los trabajadores de ambos sexos (la feminización del trabajo no es un factor de equiparación de mujeres a hombres, sino de equiparación de hombres a mujeres, es un juego descendente). Evidentemente esto no quita nada a la extraordinaria contribución que el libro de Kajsa Ekis Ekman ofrece a la lucha contra dos fenómenos repugnantes como son la reducción del cuerpo femenino a objeto de placer y máquina reproductora. Tampoco quita nada a su denuncia de la complicidad de la izquierda posmoderna con el proyecto neoliberal de mercantilización total de todo tipo de relación humana. Estas glosas finales mías sólo pretenden ser un estímulo crítico para comprender la sobredeterminación de todas las formas de vida precapitalistas por parte del mercado.

[1] Ekman se refiere en particular a Lukács en Historia y conciencia de clase (Tasco, Milán 1997) mientras que no parece conocer la obra «definitiva» del filósofo húngaro, Ontología del ser social (4 vols. Meltemi, Milán 2023). lo que tal vez le hubiera servido para superar algunas limitaciones presentes en su análisis filosófico-político (ver la última parte de este artículo).

[2] He estado trabajando en el fenómeno del llamado capitalismo del despertar (ver C. Rhodes, Capitalismo despierto, Fazi, Milán 2023), es decir, capitalistas «progresistas» que aplican los principios de corrección política a la gestión de sus negocios. hace en estas páginas:https://socialismodelsecoloxxi.blogspot.com/2023/09/a-proposito-del-cosiddetto-capitalismo.html .

[3] Véase L. Boltanski, E. Chiapello, El nuevo espíritu del capitalismo, Mimesis, Milán-Udine 2014.

[4] Véase N. Fraser, Fortune of Feminism , Nueva York 2013; ver también (con R. Jaeggi), Capitalismo, Meltemi, Milán 2019.

[5] Boltanski y Chiapello definen la crítica artística como la cultura antiautoritaria, libertaria y antisexista del ala intelectual y estudiantil de los movimientos de 1968, distinguiéndola de la crítica social del movimiento obrero.

[6] El análisis teórico de Nancy Fraser es típico en este sentido. Su reflexión integra la de la «crisis de los cuidados» en el concepto de crisis capitalista. Es decir, desplaza las principales contradicciones del sistema fuera del modo de producción y las relaciones de mercado, o más bien las reubica en la frontera entre producción y reproducción. Este enfoque, si bien presenta ciertas analogías con las tesis de autores como Polanyi, Luxemburg, Laclau y otros, se diferencia de ellos en que, por un lado, sostiene que desde el principio la sociedad capitalista ha separado el trabajo de reproducción social, el externo y el externo. a la economía, del trabajo de producción económica, por otro lado afirma que las actividades no económicas representan una condición previa para la existencia misma del sistema económico. Por tanto, dado que la tendencia capitalista hacia la acumulación ilimitada desestabiliza los procesos de reproducción social, es en la frontera que separa producción y reproducción donde surge una crisis de cuidados de una intensidad sin precedentes. Esta crisis es el escenario que genera las condiciones para la convergencia entre la emancipación femenina y la mercantilización del trabajo reproductivo, una convergencia que es el caldo de cultivo de ese «neoliberalismo progresista» al que el feminismo dominante proporciona justificación ideológica. Fraser, aunque duramente crítico con este feminismo neoliberal, se estanca en el intento de poner la justicia distributiva y la justicia de reconocimiento al mismo nivel pero, como se trata de dos discursos que encarnan paradigmas teóricos diferentes, la aspiración a «reequilibrarlos» se convierte inevitablemente en resulta en la hegemonía de uno sobre el otro. Ergo: Fraser también termina siendo víctima del enfoque posmodernista, lo cual es inevitable tan pronto como partimos del supuesto de que las demandas de reconocimiento tienen, no menos que las demandas de justicia distributiva, razones estructurales, ya que las estratificaciones internas de la clase de los explotados según criterios de género y raza respondería a una necesidad precisa del modo de producción capitalista. Rebatiendo esta visión en un diálogo con Fraser, Rahel Jaeggi (ver nota 4) afirma que, de un análisis teórico de inspiración marxista, no se puede deducir ninguna razón estructural por qué los explotados deben ser categorizados sobre la base de fronteras de género y/o raciales: “¿Qué pasaría si el capitalismo, uno se pregunta, tuviera como objetivo expropiar y ‘reproductivizar’ a casi todo el mundo, exigiendo mano de obra en esas moradas ocultas de toda la población que no posee capital? , más allá de lo que ya les exige mediante la explotación del trabajo asalariado? ¿No sería el resultado un capitalismo no racista y no sexista? Ante esta objeción, Fraser se ve obligado a admitir que la hipótesis es «lógicamente posible», tras lo cual intenta salirse con la suya diciendo que, no obstante, puede excluirse «a todos los efectos prácticos». La cuestión es que el feminismo no puede admitir que el sexismo y el racismo no son en sí mismos estructuralmente necesarios para el modo de producción capitalista, ya que correría el riesgo de parecer una lucha de retaguardia contra ciertos arcaísmos culturales y contra las fuerzas políticas que los encarnan. En resumen: el problema conceptual que penaliza los análisis de todas las intelectuales feministas es el de la presunta necesidad estructural de la discriminación de género para la supervivencia del modo de producción capitalista; un tropiezo que les imposibilita emanciparse completamente de la hegemonía liberal.

[7] Este giro en el eje deseo-necesidad-derecho fue el punto central que alimentó la crítica que el abajo firmante, junto con Onofrio Romano y otros amigos, planteó contra las tesis defendidas por Stefano Rodotà en su El derecho a tener derechos (Laterza, Roma -Bari 2012).

[8] Sobre el carácter violento, autoritario y antidemocrático de la cultura políticamente correcta, ver J. Friedman, Políticamente correcto. El conformismo cultural como régimen, Mimesis, Milán-Udine 2018.

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