miércoles, 6 de diciembre de 2023

ANPE reclama un pacto para evitar la brecha educativa entre CC.AA. tras el último Informe PISA


ANPE reclama un pacto para evitar la brecha educativa entre CC.AA. tras el último Informe PISA


TERCERAINFORMACION / 08.12.2023

 

El sindicato profesional e independiente de docentes ANPE reclama, ante las grandes diferencias registradas entre las distintas comunidades autónomas en los resultados del último Informe PISA, un pacto de Estado político, social y territorial que vertebre el sistema educativo y evite las brechas existentes.

El informe, presentado este martes, refleja en algunos casos diferencias de más de 40 puntos entre la mejor y la peor comunidad autónoma, lo que, en la terminología PISA equivale a dos cursos escolares de distancia. A juicio de ANPE, los resultados ponen de nuevo de manifiesto los puntos débiles del sistema educativo español: la necesidad decoherencia y vertebración del sistema, la rigidez de la estructura, un modelo pedagógico que favorece el abandono de los alumnos y una formación profesional que merece ser puesta en valor.

En este escenario, el sindicato considera necesario lograr un acuerdo entre todos los agentes políticos y sociales que impulse verdaderamente la educación en nuestro país. ANPE se reafirma en que es imprescindible apostar decididamente por la calidad de la enseñanza pública mediante el aumento de la inversión, de forma que se asegure la adecuada dotación de medios y recursos tanto personales como materiales. Del mismo modo, considera que la atención al profesorado debe ser prioritaria y que resulta imprescindible legislar un estatuto docente que contemple sus derechos y deberes, su valoración y dignificación ante la sociedad, y una verdadera carrera profesional que haga la docencia más atractiva y motivadora.

Para la organización sindical, la educación debe convertirse en una verdadera prioridad para poder abordar con profundidad los cambios y reformas que necesita nuestro sistema educativo y asegurar el principio de igualdad de oportunidades y de cohesión social en cualquier parte del territorio nacional.

Si nos centramos en la comparativa entre países, España ha empeorado sus resultados en menor proporción que muchos países de la OCDE y arroja mejores cifras en los indicadores relativos a segregación, resiliencia, equidad y acoso que el promedio de la OCDE. En gran parte, este menor descenso en nuestro país se debe, en opinión de ANPE, a la apuesta por la presencialidad y a que los docentes españoles han realizado un gran esfuerzo, sin reconocimiento, puesto que no existe en nuestro país una carrera docente establecida. Aun así, el sindicato destaca que la profesionalidad de los docentes y su trabajo día a día en las aulas salvan las deficiencias y carencias del sistema educativo. Por ello, señala, es ineludible mejorar la profesión docente, buscando un sistema de selección, formación y reconocimiento acorde al de los países que lo pusieron en marcha hace años y que suelen obtener mejores resultados en la evaluación PISA.

Cifras del informe

El último estudio PISA se ha centrado en la evaluación de tres competencias troncales: matemática (competencia principal de este ciclo), lectora y científica, y ha incorporado otra competencia considerada innovadora, como es el pensamiento creativo. En España han participado 30.800 estudiantes, una amplia muestra representativa de la población total del alumnado de 15-16 años en todas las comunidades y ciudades autónomas.

Los resultados arrojan un descenso generalizado en todas las materias que se han examinado en el informe, desplome que es general en casi toda Europa, y la OCDE apunta a varios factores, además de los efectos del COVID y el cierre de los centros educativos.

Los resultados en Matemáticas en esta edición (473) son muy parecidos a la media de la OCDE (472 puntos) y a la de la UE (474). En Lectura, el rendimiento medio estimado de España (474) no difiere en exceso del promedio OCDE (476) ni del de la UE (475). En cuanto a Ciencias, España (485) no presenta diferencias estadísticamente significativas con el promedio OCDE (485) ni con el Total UE (484).

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martes, 5 de diciembre de 2023

¿Hay algún paranoico en el Estadio esta noche?

 

La gira de Roger Waters “This is Not a Drill” llegó a Santiago de Chile. Ahí le esperaban Inti-Illimani y la hija de Víctor Jara. Los intentos de cancelación de este excepcional músico no pudieron impedir la serie de conciertos que constituyeron la gira.


¿Hay algún paranoico en el Estadio esta noche?


Vijay Prashad

El Viejo Topo

5 diciembre, 2023 



DOS NOCHES EN SANTIAGO CON ROGER WATERS

Nadie hace un espectáculo como Roger Waters. La música, por supuesto, resplandece, pero también lo hacen el paisaje sonoro, las imágenes, la oveja y el cerdo gigantes, los láseres, las películas, la energía de los fans que –a pesar de las diferencias lingüísticas– corean… “Did you exchange a walk-on part in the war for a lead role in a cage?”. Es una explosión de emociones. La tranquila calma de Santiago se rompe con sonidos familiares y sentimientos necesarios: sí, estamos aquí; sí, existimos; sí, debemos resistir.

Santiago es una ciudad ampollada por la desigualdad social. Durante dos noches, Roger Waters tocó en el Estadio Monumental de Macul, una comuna de Santiago que es más clase media que el resto de la ciudad, pero aún así, no inmune a las agudas divisiones sociales que produjeron el masivo descontento expresado en el estallido social de 2019. Después del estallido, Roger cantó una versión de El derecho de vivir en paz, de Víctor Jara, con una letra nueva para el nuevo momento:

Oigo el Cacerolazo

Te huelo, Piñera

Todas las malditas ratas huelen igual.

El Cacerolazo es el golpe de cacerolas, una protesta histórica en América Latina que resonó nuevamente desde Buenos Aires (2001) a Santiago (2011 y luego de nuevo de 2019 a 2022). Hay una buena razón para salir a la calle y golpear cacerolas todos los días dada la permanente condición de austeridad reproducida por gente como el ex presidente de Chile Sebastián Piñera, una más de las “ratas de mierda” que hacen de la vida un infierno. Está la austeridad, la desaparición del bienestar social y el trabajo decente, y el aumento de la pobreza y la desesperanza social. Luego están las contradicciones agudizadas, la rabia que a veces da lugar a la esperanza en los locos (el presidente entrante de Argentina, Javier Milei, es uno de ellos) y en otros momentos da lugar a formas desorganizadas y organizadas de disidencia.

Una oveja sobrevuela a las decenas de miles de personas presentes en el estadio. Es el correlato físico de la canción que sale volando del escenario, un canto a la atomización de las personas en la sociedad por este Estado de Austeridad Permanente y a la necesidad de resistencia.

A través de una reflexión tranquila, y una gran dedicación

Dominar el arte del karate

Nos levantaremos

Y entonces haremos que los ojos del cabrón lloren

¿Por qué no? ¿Por qué no levantarse? Claro, corre como demonio, huye tan rápido como puedas de las fuerzas de represión que quieren gestionar las contradicciones de la austeridad. Pero entonces –como hace Roger, cuando se calma el sonido del martillo golpeando tu puerta– quítate la camiseta que dice “corre como demonio” y ponte una que diga “resiste”. Las guitarras rasgan la noche, los láseres destellan hasta el infinito, y aumentan las ganas de arrancarse el miedo al Estado de Austeridad Permanente y lanzarse a protestar. Pero las imágenes se eligen con cuidado. No se trata de una llamada a la acción sin estrategia. “Domina el arte del kárate”, canta Roger. Al igual que el karateka, se necesita un estudio dedicado, y el campo de batalla debe abordarse ciertamente con cuidado para “hacer que al cabrón se le agüen los ojos” y hacerlo con una estrategia cuidadosa.

El sonido del martillo es a la vez el de la marcha de la policía –en Chile los odiados Carabineros– y el golpeteo de las herramientas del pueblo, incluidas las cacerolas. El estadio es engullido por la locura de la guitarra eléctrica (sobre todo cuando Dave Kilminster tiene los ojos cerrados y los dedos en llamas), latidos sinfonizados que atraen a la gente al bar de Roger, una botella de mezcal sobre el piano, Roger con los brazos en alto, el cielo nocturno claro y esperanzado porque no muy lejos está el amanecer.

Derechos Humanos Universales

A unos cinco kilómetros del Estadio Monumental está el Estadio Nacional, donde hace 50 años Víctor Jara fue asesinado por el régimen golpista de Augusto Pinochet. Pocos días antes del show de Roger en Santiago, falleció la esposa de Víctor, Joan Jara, pero su hija Amanda estuvo allí para escuchar a Roger denunciando el asesinato de Víctor Jara y a Inti-Illimani abrir el show con un homenaje a Víctor, incluyendo cantar a todo pulmón una versión de El derecho, a su vez un homenaje a Ho Chi Minh y a los combatientes vietnamitas.

Donde revientan la flor

Con genocidio y napalm

Jorge Coulón, de Inti-Illimani, entonó esos versos con una kufiyah al cuello. Roger, con su guitarra acústica y su kufiyah, y con la inquietante voz de Shanay Johnson a su lado, canta: “Deja Jerusalén, deja tu carga”.

Si yo hubiera sido Dios

no habría elegido a nadie

Habría puesto mano dura

A todos mis hijos

Se habrían contentado

De renunciar al Ramadán y a la Cuaresma

El tiempo mejor empleado

En compañía de amigos

Partiendo el pan y remendando redes.

Stop the Genocide” (detengan el genocidio) en letras blancas sobre fondo rojo aparece en las pantallas encima de la banda.

Roger nació en Inglaterra en 1943 de una madre comunista, Mary Duncan Whyte (1913-2009). Su padre –el subteniente Eric Fletcher Waters, también comunista– fue asesinado en Italia en 1944 (inmortalizado en mi canción favorita, The Gunner’s Dream, de Final Cut, 1983). Cinco años después, las Naciones Unidas redactaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ese texto es la base de las creencias de Roger (“No sé cuándo lo leí por primera vez” me dice Roger después del espectáculo, pero hace referencia a él a menudo, incluso en sus espectáculos). La feroz defensa de los Derechos Humanos gobierna a Roger, su sentimiento antibelicista moldeado por la pérdida de su padre. Es esta fe universal la que impulsa la política de Roger.

“¿Hay paranoicos en el estadio?” pregunta Roger. Somos paranoicos no porque estemos clínicamente enfermos, sino porque existe un enorme abismo entre lo que sabemos que es verdad y lo que los poderes fácticos nos dicen que se supone que es verdad. Roger Waters defiende los derechos humanos, incluidos los derechos de los palestinos. Sabemos que eso es cierto porque es lo que él dice y actúa de acuerdo con esa creencia. Pero los poderes fácticos dicen que lo que Roger dice no es cierto y que, de hecho, es antisemita. Una consecuencia de los poderes fácticos es que intentaron cancelar su concierto en Frankfurt y, extrañamente, todos los propietarios de hoteles de Argentina se negaron a permitirle –a él, pero no a su banda– una habitación en sus establecimientos (tuvo que alojarse en casa de un amigo en Uruguay). Cuando Katie Halper y yo le preguntamos por este ataque, Roger respondió:

Mi plataforma es sencilla: es [la] aplicación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 para todos nuestros hermanos y hermanas del mundo, incluidos los que están entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Mi apoyo a los derechos humanos universales es universal. No es antisemitismo, que es odioso y racista y que, como todas las formas de racismo, condeno sin reservas.

Roger dice esto una y otra vez, y sin embargo, una y otra vez los poderes fácticos difaman a Roger. “No seré cancelado”, dijo Roger en Birmingham en un concierto. ¿Y por qué iba a serlo? El intento de cancelar las críticas a Israel tuvo cierta repercusión en los últimos años, pero ya no tiene peso: las atrocidades de Israel contra los palestinos de Gaza han producido nuevas generaciones de personas que ven la atrocidad de la Ocupación y se niegan a doblegarse ante los poderes fácticos.

“Necesitamos algo más que una pausa” en el bombardeo de Gaza, dijo Roger desde el escenario en Santiago, “necesitamos un alto el fuego que dure para siempre”, la banda sonora de ese sentimiento producida por el saxofón de Seamus Blake y la guitarra hawaiana de Jon Carin.

El espectáculo comienza con Pink –el protagonista de The Wall (1982)– en una silla de ruedas, cómodamente entumecido. En la segunda mitad, Roger es quien ocupa la silla de ruedas, con una camisa de fuerza, metido allí por ordenanzas del poder. ¿Es ésta la vida que realmente queremos? Mejor que no. Nos vemos en el lado oscuro de la luna.

Fuente: Globetrotter

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Literatura dramática del siglo XVIII; Plejánov, 1905

 

Literatura dramática del siglo XVIII; Plejánov, 1905

 

DIARIO OCTUBRE / diciembre 5, 2023


«El estudio de las formas de vida de los pueblos primitivos, confirma, de manera excelente aquella máxima del materialismo histórico por la que «la forma de vida, determina la conciencia del hombre». Como confirmación de ello, sería suficiente referirse a la conclusión a la que llegó Biuher en su notable estudio «Trabajo y Ritmo», donde dice: «He llegado a la convicción de que el trabajo, la música y la poesía, en la primera etapa de su evolución, se complementaban, mas el elemento fundamental de esta triada ha sido el trabajo, mientras los dos restantes sólo tenían importancia secundaria» [2]. Según el mismo autor el origen de la poesía está determinado por el trabajo, y quien conozca la literatura sobre esta materia, no acusará ciertamente a Biuher de exagerado. M. Hernes, dice sobre la ornamentación primitiva: «pudo haberse desarrollado sólo apoyándose en las actividades comerciales», y que a aquellos pueblos como por ejemplo los «Vedas» de Ceilán que no conocen aún ninguna actividad comercial, carecían de ornamentación. Véase la obra «La Historia del Arte Pictórico Primitivo en Europa» (1898). Esta conclusión es idéntica a la mencionada más arriba por Biuher.

Las objeciones que les fueron hechas por personas competentes, no se referían a los fundamentos del concepto, sino a algunos de sus aspectos secundarios. En lo esencial, Biuher, sin lugar a dudas, tiene razón. Mas su conclusión, sólo se refiere al origen de la poesía. Y, ¿qué resta por decir de su ulterior evolución? ¿Cuál es la situación de la poesía y del arte en general en las etapas superiores de la evolución social? ¿Es acaso posible determinar la existencia de una relación consecuente entre la «forma de vida» y la «conciencia del hombre», y en caso afirmativo, en qué grado? ¿Entre la técnica y la economía de la sociedad por un lado y el arte por el otro?

Buscaremos en este artículo las respuestas a estos interrogantes, apoyándonos en la historia del arte francés del siglo XVIII.

Es necesario hacer, ante todo, la siguiente prevención.

Desde el punto de vista sociológico, la sociedad francesa del siglo XVII se caracterizó, principalmente, por el hecho de haber estado dividida en clases, esta circunstancia no pudo dejar de reflejarse en la evolución del arte. En efecto, tomaremos así sea el teatro. En la escena medioeval de Francia como en el resto de la Europa Occidental, ocupaban un lugar importante las así llamadas farsas. Éstas se componían para el pueblo y se representaban ante el pueblo. Generalmente servían como el medio de expresión de sus aspiraciones y lo que es aún más digno de ser recalcado, de medio de manifestación de sus descontentos con las clases gobernantes. Pero comenzando desde el remado de Luis XIII, la farsa tiende a decaer; la consideran una diversión propia de la clase inferior; la servidumbre, pero nunca de la gente de gusto refinado «era rechazada por la gente sensata» esto fue dicho por un escritor francés en el año 1625. En lugar de la farsa, surge la tragedia, pero en Francia, ésta no tiene nada en común con los puntos de vista, tendencias y descontento de las masas populares. Ella constituye la obra de la aristocracia, expresa conceptos, gustos y tendencias de la clase superior. En seguida veremos qué profundo sello imprimió esta clase sobre su carácter. Pero, antes que nada, quisiéramos llamar la atención del lector sobre la circunstancia de que, en la época del surgimiento de la tragedia francesa, la aristocracia de ese país no se ocupaba en absoluto de trabajos productivos, vivía consumiendo los productos elaborados por la tercera clase. No es difícil comprender que este hecho no ha dejado de reflejarse en las obras de arte que surgían de las esferas aristocráticas que expresaban sus gustos. Así, por ejemplo, es sabido que los habitantes de Nueva Zelandia, cantan en algunas de sus poesías al cultivo de la batata. Se conoce también que estas canciones iban, a menudo, acompañadas de danzas que no significaban otra cosa que la representación de los movimientos que son ejecutados por el agricultor. Aquí se ve claramente, cómo la actividad productiva del pueblo, influye en su arte, y no con menos claridad se ve, que en vista de que las clases superiores no se ocupan de trabajos productivos, el arte que surge de su medio no puede tener ninguna relación directa con el proceso social de la producción. ¿Pero significa esto acaso que en una sociedad dividida en clases se debilita la relación consecuente entre la «conciencia del hombre» y su «forma de vida»? De ninguna manera, puesto que la división de la sociedad en clases es determinada por su desarrollo económico. Y si el arte creado por las clases superiores no guarda ninguna relación directa con el proceso de producción, esto se debe, al fin de cuentas, también a causas económicas. Por lo tanto, en este caso también es aplicable una explicación histórica materialista, pero se sobreentiende que aquí, no se evidencia fácilmente la innegable y consecuente relación entre la «forma de vida» y la «conciencia del hombre», entre las relaciones sociales que surgen en base al «trabajo» y el «arte». Aquí entre el «trabajo» y el «arte», se forman algunas instancias intermedias que a menudo, llama la atención de los investigadores y, por ende, dificultan la interpretación correcta de los fenómenos.

Hecha esta salvedad, entramos en nuestra materia, dirigiéndonos ante todo a la tragedia.

«La Tragedia Francesa» −dice Tenn−, en sus «Lecturas sobre Arte, aparece en los tiempos en que la próspera y ceremoniosa monarquía de Luis XIV, instituye el ambiente de cortesía, un clima elegantemente aristocrático, magníficos espectáculos, en suma, una vida palaciega, y desaparece al tiempo en que la nobleza Arce bajo los golpes de la revolución [3].

Todo esto es muy cierto, pero el proceso histórico del surgimiento y sobre todo de la decadencia de la clásica tragedia francesa, fue algo más complejo de lo que explica ese famoso teórico del arte.

Observemos este género literario bajo el aspecto de su forma y contenido.

Desde el punto de vista de la forma, en la tragedia clásica debe llamar nuestra atención las tres unidades conocidas, que dieron lugar a tantas polémicas posteriormente [4], en la época eternamente recordada, en los anales de la literatura francesa sobre la lucha entre los románticos y los clásicos. La teoría de estas unidades, fue conocido en Francia ya desde los tiempos del Renacimiento, pero sólo en el siglo XVIII, se convirtió en ley literaria y en indiscutible norma de buen gusto. «Cuando Corneille escribió su «Melita» en el 1629 −dice Lanshon− aún no sabía nada de las tres unidades». Véase la obra «Historia de la Literatura Francesa» [5]. Como partidario de la teoría de las tres unidades a mediados del siglo XVII apareció Meure [6]. En el año 1634 fue presentada su tragedia «Sofonisba» [7], primera tragedia escrita, observando dichas normas, Ella suscitó polémicas en las que los contrarios de dichas normas esgrimían argumentos, que en mucho rememoraban los razonamientos de los románticos. En defensa de las tres unidades se movilizaron los eruditos, amantes de la literatura antigua, obteniendo una victoria firme y decisiva. ¿Mas a qué se debió esta victoria? No precisamente a la «erudición» que tenía al público sin cuidado, sino a las crecientes exigencias de la clase superior, para la que se hacía insoportable las absurdas e ingenuas escenas de la época anterior. «Las unidades se basaban en una idea que había de entusiasmar a las personas bien educadas −dice Lanshon− la idea de una imitación exacta de la realidad capaz de suscitar la ilusión correspondiente. En su interpretación correcta, las unidades representan en sí, el «mínimum» de lo convencional… De esta manera, la victoria de las unidades fue el triunfo del realismo sobre la imaginación» [8].

De esta manera, el que triunfó en realidad fue el refinado gusto aristocrático, que crecía y se afirmaba junto con la «noble» y «benévola» monarquía. Los ulteriores triunfos de la técnica teatral hicieron posible la imitación exacta de la realidad, sin observar las reglas de las unidades; pero el concepto de ellas se asociaba en las mentes de los espectadores con toda una serie de elementos evocativos muy caros para ellos, razón por la que esta teoría adquirió un valor intrínseco que decantaba aparentemente sobre indiscutibles exigencias de buen gusto. Más adelante, el dominio de las tres unidades, como veremos, fue apoyado por otras causas sociales. Es por ello que dicha teoría fue defendida aun por aquellos que odiaban a la aristocracia. La lucha contra ellos se hizo muy difícil: para derrotarlos, los románticos necesitaron emplear mucho ingenio, insistencia y energía, casi revolucionaria.

Referida ya la técnica teatral, observemos lo siguiente: el origen aristocrático de la tragedia francesa imprimió también su sello sobre el arte de los actores. Todos saben, por ejemplo, que el juego de los actores dramáticos franceses aún hoy, se caracteriza por un cierto amaneramiento y ficción que impresionan al espectador no acostumbrado, de una manera algo desagradable. Quien haya visto a Sarab Bernard no nos discutirá este hecho. Este modo de representar fue heredado por los actores dramáticos de la época en que la escena francesa dominaba la tragedia clásica. La sociedad aristocrática del siglo XVII y XVIII se hubiera mostrado muy descontenta si a los actores trágicos se les hubiera ocurrido desempeñar sus roles con la sencillez y naturalidad con la que nos fascina, por ejemplo, Eleonora Dusse. El juego sencillo y natural contradecía a todas las exigencias de la estética de la aristocracia. «Los franceses no se limitan a la caracterización exterior para conferir a los actores y a la obra la nobleza y dignidad necesarias −decía con orgullo el abate Dubos−; queremos, además, que éstos hablen en un tono más sonoro y más pausado del que es usado en el lenguaje común. Es un modo más difícil, pero, en cambio, afecta mayor dignidad. La gesticulación debe corresponder al tono, porque nuestros actores deben demostrar majestuosidad y elevación en todo cuanto están haciendo [9].

¿Pero cuál es la razón por la que los actores tienen necesidad de afectar majestuosidad y elevación? Pues porque la tragedia fue un engendro de la aristocracia palaciega, cuyos principales protagonistas eran «reyes», «héroes» o personajes de «elevada posición», cuyo deber, por así decirlo, era aparentar «majestuosidad» y «elevación». El dramaturgo cuyas obras no ostentaban una dosis convencional da «elevación aristocrática», aun contando con mucho talento, no era compensado con el aplauso de los espectadores de entonces.

Es fácil deducir esto de los juicios que emitían sobre Shakespeare en la Francia de entonces y gracias a su misma influencia en Inglaterra misma, Hume consideraba que no era necesario magnificar el genio de Shakespeare: los cuerpos desproporcionados a menudo parecen más altos de lo que en realidad son; para su tiempo este autor era bueno, pero inadecuado para un auditorio refinado. Pope lamentaba que Shakespeare escribiera para un público popular y no para la «gente del gran mundo». «Shakespeare escribiría mejor −decía él− si gozara de la protección del rey y del apoyo de la corte». El mismo Voltaire, quien dentro de su actividad literaria fue el heraldo de los nuevos tiempos, hostiles al «viejo orden», y que dio, además, a muchas de sus obras contenido «filosófico», y también pagó una contribución a los conceptos estéticos de la sociedad aristocrática, consideraba a Shakespeare un genial pero grosero «bárbaro». Su juicio sobre Hamlet es sumamente notable: «Esta obra −decía− está llena de anacronismos y absurdos; en ella entierran a Ofelia sobre el mismo escenario, y esto significa un espectáculo tan monstruoso, que el famoso Harry trasladó la escena al cementerio… Esta obra abunda en vulgaridades; por ejemplo: en la primera escena el centinela dice: «No he oído ni siquiera el galopar de los ratones». ¿Se pueden admitir acaso semejantes absurdos? No hay dudas de que un soldado es capaz de expresarse de esa manera de su cuartel, pero no debe hacerlo así, en un escenario, delante de personas selectas, que hablan un lenguaje noble y en cuya presencia no puede hablarse no menos noblemente. Imagínense, señores, a Luis XIV en su Sala de Espejos, rodeado por la brillante corte y apareciendo un bufo andrajoso abriéndose paso a fuerza de empujar a héroes, grandes hombres y beldades; y es él quien recomienda abandonar a Corneille, Racine y Molière, para dar lugar a «Petruschka» −Arlequín−, porque posee destellos de talento, pero hace payasadas. ¿Cómo les parece que sería recibido este bufo?» [10].

Estas palabras de Voltaire indican no sólo el origen aristocrático de la tragedia clásica de Francia, sino también las causas de su decadencia. Observemos, de paso, que precisamente este aspecto en el punto de vista de Voltaire fue el que le repugnaba a Lessing, quien fue un consecuente ideólogo de la burguesía alemana. Esto ha sido perfectamente aclarado por F. Mehring en su libro «La leyenda sobre Lessing» [11].

Lo rebuscado se transforma en amaneramiento, y esto último excluye un detenido y serio estudio de la materia. Y no sólo el estudio, sino también el círculo de la selección de los objetivos inevitablemente se estrecha bajo la influencia de los prejuicios de clase de la aristocracia. Los prejuicios de clase y de decoro le cortaban las alas al arte. En este sentido es muy característica y aleccionadora la exigencia que reclama a la tragedia Marmontel.

«En una nación pacífica, donde priven los buenos modales −dice él−, donde cada uno se considere obligado a adaptar sus ideas y sentimientos a las costumbres y hábitos de la sociedad, donde el decoro sea ley, en una nación así, sólo podrán admitirse caracteres que se muestren suavizados por el respeto hacia el prójimo, y solamente serán admitidos aquellos vicios disimulados por el decoro».

El decoro de clase se convierte en el criterio que sirve de guía al juzgar las obras de arte, Con esto es suficiente para determinar la decadencia de la tragedia clásica, pero no lo es para explicar el surgimiento en la escena francesa de un nuevo tipo de obra dramática. Mientras tanto, observamos que durante las tres primeras décadas del siglo XVIII aparece un nuevo género literario llamado «comedia lacrimosa», la que durante algún tiempo gozó de un éxito considerable. Si es que la «conciencia» es determinada por la «forma de vida», si la llamada evolución espiritual del hombre se encuentra en una relación consecuente con su desarrollo económico, la economía del siglo XVIII debería explicarnos, entre otras cosas, la aparición de este tipo de comedia; y se pregunta: ¿estará en condiciones de hacerlo?

No sólo puede, sino que en parte ya lo ha hecho, si bien sin un método serio. Como demostración, citaremos, por ejemplo, a Gettner, quien en «Historia de la literatura francesa», considera a la comedia lacrimosa como una consecuencia del crecimiento de la burguesía francesa [12], Épocas del teatro francés. Mas el desarrollo de la burguesía, como la de cualquier otra clase, sólo. puede explicarse en relación al desarrollo económico de la sociedad. En consecuencia, Grettner, sin sospecharlo y desearlo, pues es un gran enemigo del materialismo, del cual, dicho sea de paso, tiene un criterio de lo más absurdo, recurre a la interpretación histórico-materialista; y no sólo Gettner procede de esta manera; mucho mejor que éste, reveló la relación buscada Brunnetiere en su libro «Las épocas del teatro francés».

Él dice allí: «Desde el tiempo del derrumbe de la banca Loew [13], la aristocracia pierde cada día más terreno. Pareciera que se apresurara a hacer todo cuanto es capaz de hacer para desacreditarse. Pero, por sobre todo, se está arruinando, mientras que la burguesía, la tercera clase, se enriquece, adquiriendo cada vez más importancia y mayor conciencia de sus derechos.

La desigualdad existente le causa ahora más indignación que nunca, tolera los abusos menos que antes, como lo expresó más adelante un poeta: Dentro de los corazones ha engendrado el odio a la vez que la sed de justicia.

¿Sería posible, acaso, que disponiendo la burguesía de un medio de propaganda tan influyente como es el teatro no lo utilizara, que no tomara en serio y no viera desde su faz trágica aquella desigualdad, que sólo divertía al autor de las comedias: «El burgués gentilhombre» y «Georges Dandin»? Y, sobre todo, ¿sería acaso posible que esta burguesía triunfante se resignara a la obligada representación en escena de personajes reales y aristocráticos y que ella, válganos la expresión, no aprovechara sus ahorros para encargar su propio retrato? [14]

De tal modo que la «comedia lacrimosa» ha sido el retrato de la burguesía francesa del siglo XVIII. Es muy cierto. Por algo, pues, la llaman también «drama burgués». Pero en Brunnetiere este criterio, en sí correcto, afecta, sin embargo, un carácter demasiado generalizado, por lo tanto, abstracto. Procuraremos desarrollar esto más detalladamente.

Brunnetiere dice que la burguesía no pudo conformarse con ver eternamente desde el escenario los personajes de estirpe real: reyes, emperadores. Esto es muy probable luego de las aclaraciones que dicho autor hace en la cita mencionada, Con todo, por ahora, es sólo probable; esta suposición se hará evidente después que conozcamos más de cerca, la psicología de algunas personas que hayan tenido participación activa en la vida literaria de la Francia de entonces. A este grupo perteneció, sin duda, el talentoso Beaumarchais, autor de algunas comedias lacrimosas. ¿Qué es lo que éste opinaba acerca de la «eterna representación en el escenario de reyes y emperadores solamente?».

Se oponía enérgica y apasionadamente a aquello. Se reía sarcásticamente de aquella tradición literaria, en virtud de la cual los héroes de la tragedia eran siempre reyes u otros personajes poderosos, mientras hacía una crítica severísima de la gente de la clase inferior. «Presentar a gente de la clase media soportando momentos de infortunio era de muy mal gusto, Había que ridiculizarlos siempre. Ciudadanos ridículos y un rey desdichado; he aquí todo el posible teatro; lo tomaré en cuenta [15].

Esta agria exclamación, que pertenece a uno de los ideólogos más notables de la tercera clase, confirma, por lo visto, las reflexiones psicológicas arriba mencionadas por Brunnetiere. Pero Beaumarchais no sólo quiere presentar a la gente de la clase media «en desgracia», él protesta también contra la costumbre de elegir los personajes para obras dramáticas serias entre los héroes del mundo antiguo. «¿Qué me importan un pacífico súbdito de un imperio monárquico del siglo XVIII, los acontecimientos de Atenas o de Roma? ¿Podrían interesarme seriamente la muerte de algún tirano del Peloponeso o el sacrificio de alguna joven princesa de la antigüedad, por ejemplo: Avlida? Todo esto no me atañe en absoluto; de todo esto no saco ninguna conclusión» [16].

La selección de los héroes del antiguo mundo fue una de las múltiples manifestaciones de aquel entusiasmo por la antigüedad que, en sí mismo, constituyó un reflejo ideológico de la lucha del nuevo orden social incipiente con el feudalismo. Este entusiasmo por las civilizaciones de la antigüedad pasó de la época del Renacimiento al siglo de Luis XIV, al que, como se sabe, se comparaba con el siglo de Augusto. Pero cuando la burguesía comenzó a compenetrarse del espíritu de oposición y en sus corazones engendraron, al mismo tiempo, el «odio y la sed de justicia». Entonces la admiración hacia los héroes de la antigüedad, que sus representantes ilustrados compartieran gustosos, le pareció inoportuna, y los «acontecimientos» de la historia antigua poco aleccionadores. Como protagonistas del drama burgués, aparece entonces el hombre de la «clase media» de esa época, más o menos idealizado por los apologistas de la burguesía. Esta circunstancia característica no pudo perjudicar, por supuesto, aquel «retrato».

Seguiremos adelante. Se considera a Nubell della Chossee como el verdadero creador del drama burgués en Francia, Y bien, ¿qué es lo que encontramos en sus numerosas obras? Pues, encontramos una rebelión contra algunos aspectos de la psicología aristocrática, una lucha contra algunos prejuicios o, si lo prefieren, vicios de la nobleza. Sus contemporáneos apreciaron, sobre todo, el mensaje moral que contenía sus obras [17]. Desde este punto de vista, la «comedia lacrimosa» ha sido fiel a su origen.

Es sabido que los ideólogos de la burguesía francesa que procuraron dejarnos su «retrato» dentro de sus obras dramáticas», no fueron muy originales. El «drama burgués» no fue creado por ellos, sino que fue trasladado a Francia desde Inglaterra. Allí, este tipo de obras dramáticas surgió a fines del siglo XVII, como reacción contra la terrible corrupción que dominaba entonces la escena, y que no era otra cosa que el reflejo de la decadencia moral de la aristocracia inglesa de entonces. La burguesía, que luchaba contra la aristocracia, quiso que la comedia fuera «digna de los cristianos», y comenzó a predicar su moral a través de ella. Los innovadores literarios franceses del siglo XVIII, que en general adoptaban de la literatura inglesa todo aquello que coincidía con la posición y sentimientos de la burguesía francesa de oposición, trasladaron casi íntegramente la «comedia lacrimosa» a Francia. El drama burgués de Francia predica, no menos que el inglés, las virtudes de la familia burguesa; en esto estriba uno de los secretos de su éxito. Este hecho también sirve para descifrar aquella circunstancia, inexplicable a primera vista, de por qué el drama burgués de Francia, que durante la primera mitad del siglo XVIII parece ser un género literario firmemente establecido, muy pronto pasa a segundo plano, retrocediendo ante la «tragedia clásica», la que aparentemente debía haber cedido ante aquélla.

En seguida veremos cómo se explica esta extraña circunstancia, pero antes, desearíamos señalar lo siguiente:

Diderot, quien gracias a su temperamento de innovador apasionado no pudo menos que entusiasmarse con el drama burgués, como se sabe, ensayó él mismo en el nuevo género literario −recordamos su «Hijo natural» (1757), y el «Padre de familia» (1758) [18]−; exigía que en la escena no se representara carácter sino situaciones, y precisamente situaciones sociales. Le respondían que estas últimas no determinan en sí al hombre. «¿Qué significa un juez en sí mismo? −le preguntaban−, ¿qué es un negociante en sí mismo?». Pero aquí existía un malentendido. Diderot no se refería a un juez «en sí», ni a un negociante «en sí», sino a un juez de entonces y a un negociante de entonces, y de que los jueces de entonces proporcionaban abundante material para escenas muy pintorescas, lo demuestra en forma notable la famosa comedia «Las bodas de fígaro». La demanda de Diderot sólo fue un reflejo literario de la tendencia revolucionaria de aquella «clase media francesa».

Pero precisamente el carácter revolucionario de aquella tendencia, impidió al drama burgués en Francia, triunfar definitivamente sobre la tragedia clásica.

Engendro de la aristocracia, la «tragedia clásica» dominaba indiscutiblemente en la escena francesa, mientras indiscutible y libremente dominaba la aristocracia… dentro de los límites que le había acordado la monarquía, y ella misma surgió como resultado de una lucha de clases, prolongada y tenaz, en Francia. Cuando el dominio de la aristocracia comenzó a ser objeto de disputas, cuando la «gente de la clase media» se compenetró de ideas opositoras, los viejos conceptos literarios dejaron de satisfacer a esta gente; el viejo teatro no le parecía suficientemente «instructivo»; entonces, junto a la tragedia clásica, que ya declinaba visiblemente, surgió el drama burgués. En éste, el hombre francés de la «clase media» opone sus virtudes hogareñas a la profunda corrupción de la aristocracia. Pero aquella contradicción social, que la Francia de entonces tenía necesidad de resolver, no pudo llevarse a cabo con la prédica moral. No se trataba entonces de la supresión de los vicios de la aristocracia, sino de la supresión de la misma aristocracia. Se comprende que esto no se conseguiría sin una lucha tenaz, y no menos claro es el hecho de que «El padre de familia», con toda la respetable dignidad de su moral burguesa, no pudo servir como ejemplo de un incansable y temerario luchador; el «retrato» literario de la burguesía no inspiraba heroísmo. Mientras tanto, los enemigos del viejo orden sentían necesidad de heroísmo; se daban cuenta de que había necesidad de desarrollar en la clase media una virtud cívica. ¿Dónde iban a encontrar, pues, ejemplos de tal virtud? Alí mismo donde antes buscaban ejemplos de gusto literario: en el mundo de la antigüedad.

Y he aquí que retornó el entusiasmo por los héroes de la antigüedad. Ahora el adversario de la aristocracia, como Beaumarchais, ya no dice: «¿Qué me importa un pacífico súbdito de un estado monárquico del siglo XVIII los acontecimientos de Atenas o de Roma?». Ahora aquellos acontecimientos nuevamente despiertan en el público un vivo interés, pero éste adquirió un carácter muy distinto.

Si los jóvenes ideólogos de la burguesía mostraban interés por «el sacrificio de una joven princesa de la antigüedad», este hecho pudo interesarles como material para desenmascarar la «superstición», y si llamaba su atención el hecho de la «muerte de algún tirano del Peloponeso», ésta les atraía, no por su faz psicológica, sino política. Ahora la admiración no era hacia el siglo monárquico de Augusto, sino para los héroes republicanos de Plutarco. Este último se convirtió en el libro de cabecera de los jóvenes ideólogos burgueses, como lo demuestran, por ejemplo, las memorias de la señora Rolland [20]. Y este entusiasmo por los héroes republicanos ha hecho revivir el interés por la vida de la antigüedad en general. La imitación a la antigüedad se puso de moda e imprimió un profundo sello sobre todo el arte francés de entonces. Más adelante veremos qué profunda huella ha dejado todo esto en la historia de la pintura francesa; de paso diremos que el mismo entusiasmo por lo antiguo debilitó el interés por el drama burgués, debido a lo vulgar de su contenido, y con ello postergó por mucho tiempo la muerte de la «tragedia clásica».

Los historiadores de la literatura francesa a menudo se preguntaban asombrados: ¿cómo explicar el hecho de que los precursores y activistas de la Revolución Francesa se mantenían conservadores en el terreno de la literatura, y por qué el dominio del clasicismo cayó sólo mucho tiempo después de la caída del viejo orden? Pero, en realidad, el conservadurismo literario de los vanguardistas de aquella época ha sido puramente superficial. Si bien la tragedia no cambió en su forma, sufrió un cambio radical el sentido de su contenido.

Tomaremos como ejemplo la tragedia de Sorren Spartacus, que apareció en el año 17602. Su héroe, Espartaco, se encuentra todo poseído por el anhelo de libertad. En aras de esta gran idea renuncia a casarse con la mujer amada, él no deja, a través de toda la obra, de exaltar la libertad y el amor al hombre. Para escribir tales tragedias y aplaudirlas hacía falta, precisamente, no ser conservador literario. En las viejas botas literarias se había vertido un contenido revolucionario completamente nuevo.

Las tragedias al estilo de Sorren o Lemverg −ver Guillermo Tell [23]− responden a las demandas más revolucionarias del vanguardista Diderot: ellos pintan no sólo los caracteres, sino también situaciones sociales y, sobre todo, las tendencias revolucionarias de la sociedad de aquella época. Y si este nuevo vino fue vertido en las viejas botas, se explica por el hecho de que éstas fueron legadas por aquella misma antigüedad. El entusiasmo general que ésta ejercía constituía uno de los síntomas más significativos y más característicos de las nuevas tendencias sociales. Junto a esta variedad de la tragedia clásica, el drama burgués, como bien lo define Beaumarchais «la moral en acción», parecía, y no podía ser de otra manera, muy pálida, muy insípida y demasiado conservadora por su contenido.

El drama burgués fue creado en virtud del espíritu opositor de la burguesía francesa y no servía más que para expresar sus anhelos revolucionarios. El «retrato literario» transmitía bien los rasgos transitorios del original; por eso dejó de interesar cuando el original perdió estos rasgos o cuando éstos dejaron de agradar. Eso es todo.

La tragedia clásica siguió viviendo hasta el momento en que la burguesía francesa triunfó definitivamente sobre los defensores del viejo orden, y, cuando el entusiasmo por los héroes republicanos de la antigüedad perdieron para ellos todo su significado social [24]. Y cuando llegó el momento, el drama burgués resucitó a una vida nueva, sufriendo algunas modificaciones de acuerdo a las exigencias y peculiaridades de la nueva situación social, pero que no afectaban un carácter radical. Y de este modo se afirmó definitivamente en la escena francesa.

Aun aquel que se negase a reconocer el parentesco del drama romántico con el burgués del siglo XVIII, tendrá que aceptar que las obras dramáticas de Alejandro Dumas, por ejemplo, no son otra cosa que el drama burgués del siglo XIX.

Las obras de arte y los gustos literarios de una época determinada apresan la psicología social, y en la psicología de una sociedad dividida en clases, muchas cosas nos resultarán incomprensibles y paradójicas si vamos a seguir ignorando, como hacen ahora los historiadores idealistas, la mutua relación y lucha de clases, contrariamente a las mejores tradiciones de la ciencia histórico-burguesa [25]». (Gueorgui PlejánovLa literatura dramática y la pintura francesa del siglo XVIII desde el punto de vista de la sociología, 1905)

Anotaciones de la edición:

[1] En «Die Neue Zeit» aparece la siguiente nota de introducción: Este trabajo fue escrito en agosto de 1905 y publicado un mes después en una revista moscovita. Representa un intento de aplicar el método materialista en la historia de la literatura y el arte. No soy yo quien debe juzgar si ese intento ha sido logrado, pero debo observar que nuevos trabajos en el ámbito de la historia de la literatura, confirman plenamente mi opinión. Es así como el Sr. Gueff en su interesante trabajo; «El drama en Francia en el siglo XVIII», cuya introducción data de marzo de 1907, llega a la siguiente conclusión:

«Cuando más se penetra en la historia del origen del drama, más se observa que las influencias literarias, desempeñan sólo un rol secundario y que están sometidas a factores sociales, que son más generales y más fuertes».

En la investigación que Gueff hace de estos factores, ha llegado a las mismas conclusiones que yo −comparen todo el tercer capítulo sobre las condiciones generales del surgimiento del drama, su razón de ser e importancia−. Él dice, por ejemplo: «Si en la tragedia de Racine, ésta altera la armonía, se debe al hecho de que en aquella época, fue alterado el equilibrio entre las distintas clases de la sociedad». Lo mismo he dicho yo en el año 1905.

Espero que las futuras investigaciones en el género de la historia del arte descriptivo, también confirmen lo que dije acerca del desarrollo del arte pictórico en Francia. (Die Neue Zeit, N°16, pág, 542). F. Faiffe «Le Drame en France au XVIII esiécle». (París 1910) (Con observaciones de G. Plejánov que se conservaron en su biblioteca) (Ver la «Herencia literaria de Plejánov» t. III, págs. 348-51).

[2] Ver Biuher: «Trabajo y Ritmo» (1923) (pág. 264).

[3] Ver L Tenn: «Lecciones sobre el arte» (S, P. 1912, pág. 15).

[4] En «Die Neue Zeit», aparece la siguiente nota: Hacía falta la unidad de acción tiempo y lugar. Todo el drama tenía que transcurrir, durante el mismo día, en el mismo lugar, sin cambio de decoraciones. (Nº16, pág. 54).

[6] En todas las publicaciones anteriores decía equivocadamente: «Siglo XVIII» La teoría clásica de las tres unidades Meure formuló en la introducción a su obra «Silvanira» en el año 1631.

[7] El argumento de la tragedia fue adaptada de Tito Livio, en ella se relata la historia de la rivalidad entre dos príncipes númidas, enamorados de una reina de Cartago: Sofonisba.

[8] Ver G. Lanshon, «Historia de la Literatura Francesa del siglo XVII», pág. 65.

[9] Es la cita del libro de historiador, académico y diplomático francés, Abate Dubos: «Reflexiones críticas sobre la poesía y pintura». París, 1719, C, Mariet. Ver: «La Herencia literaria de Plejánov». t III, págs. 93, 94 y 405.

[10] Las observaciones hechas por Guibbon, Garrik, Hume, Pope y Voltaire sobre Shakespeare, fueron extraídas por Plejánov del libro: J. J. Jusserand: «Shakespeare en Francia durante el antiguo régimen», París, 1898, págs. 246-48, 308-9. En el libro de Jusserand hay referencias sobre las fuentes: «Historia de Inglaterra en el período del reinado de Jacobo I y Carlos I». Edimburgo, 1754, Pope: «Prefacio a las obras de Shakespeare», 1725; Voltaire: «Informes de la Academia Francesa de 1672-1793». París, 1895, t. III, pág. 399. Las observaciones de Voltaire figuran en «Cartas de Voltaire a la academia francesa, leídas en la reunión del 25 de agosto de 1776». Voltaire: «Obras completas». Obras Completas. T., París, Editores, Hnos. Garnier, 1880, págs. 368-9-70.

[11] Ver el Cap. IV de la segunda parte de «Leyendas sobre Lessing» «Lessing en Berlín y Wittenberg», F. Mehring: «Trabajos crítico-literarios» en dos tomos, t. I: «La Leyenda sobre Lessing», «Artículos Crítico-Literarios», Moscú, 1934, pág. 333 y siguientes. Sobre el modo de ver de Lessing a Voltaire, Mehring escribe: «Los vinculaban múltiples intereses espirituales y posiblemente hasta algunas relaciones personales. Lessing muchas veces se ha referido a Voltaire con un gran respeto, lo que no le impedía escribir sobre él, epigramas contundentes. Lessing hablando de Voltaire hace la comparación, no entre el gran talento y el hombre no tan bueno, sino entre el poeta palaciego y el escritor burgués. Precisamente este enfoque sociológico, determinó la relación entre Lessing y Voltaire en el año 1750. Él castigaba el palaciego contaminado de los vicios de la corte, al mismo que aprendía del historiador, escritor y poeta, en cuya persona, aquel tercer estado, que ya dominaba todo, encontró su más elocuente heraldo. «Obras completas», págs. 335-6. El mismo pensamiento aparece en F. Mehring en el artículo «Palabras sobre Voltaire», ídem, 741.

[12] Plejánov tiene en cuenta el libro de Guettner: «La Historia de la Literatura General del siglo XVIII», t. III, S. P. B., 1897, págs. 84-5.

[13] En el año 1718 el gobierno francés fundó el Banco del reino, bajo la dirección del aventurero John Lew, con el propósito de encontrar, de este modo, una solución a la crítica situación financiera. El Banco Lew, saldaba las deudas del Estado, con billetes de banco, que carecían de respaldo oro. Arbitrariamente iba aumentando la emisión de billetes financiando con ellos, ampliamente, la expansión colonial, como asimismo a una gran compañía de accionistas, creada por el mismo Lew, el banco desencadenó, de este modo, un aumento inusitado en las especulaciones de bolsa y por ende, un gran enriquecimiento de la burguesía. En el año 1720 el banco quebró, pero el gobierno francés, alcanzó durante esos años, amortizar la deuda del Estado, con billetes totalmente desvalorizados.

[14] «Las Épocas del Teatro Francés» (1636-1850) Ferdinand Brunnetiere. París, 1896, pág. 287. Un extracto de libro, se conservó en el Archivo de Plejánov (Cuaderno 38, pág. 113).

[15] «Carta sobre la crítica del Barbero de Sevilla». Ver esta mesurada carta, respecto al fracaso y crítica del «Barbero de Sevilla» en el libro: Beaumarchais: «Obras Escogidas». Año 1954, pág. 263. «La Carta» fue precediendo a la comedia «El Barbero de Sevilla».

[16] «Reflexiones sobre el género Dramático Serio», Obras, t. I, pág. 11, Ídem, págs. 47-8. Las reflexiones sirvieron como introducción del drama «Eugenia». Avlida, ciudad de la antigua Grecia, fue de acuerdo a la leyenda, el punto de concentración de la flota que se dirigía en sus campañas contra Troya en la tragedia de Eurípides: «Ifigenia en Avlida», la hija del rey, Ifigenia, la princesa de Avlida es ofrecida en sacrificio a la Diosa Artemisa, para conseguir que ayude a los griegos a obtener la victoria sobre Troya. Sobre la misma fábula, bajo el mismo título, Racine escribió el drama, al que en este caso se opone Beaumarchais.

[17] D’Alembert dice sobre Nubelle della Chosse: «Así como en su actividad literaria, en su vida privada, él sostenía la norma de que la sabiduría la posee el hombre, cuyos deseos y ambiciones están en proporción a sus medios. Es una apología de lo equilibrado, moderado y prolijo». Plejánov adoptó esta cita de D’Alembert del libro: «G. Lacon: Nubelle della Chosse y la Comedia Lacrimosa», París, 1887, pág. 134. El libro señalado por Plejánov, se conservó en su biblioteca.

[18] Las obras de Diderot, especialmente: «El Padre de Familia» han gozado, en su tiempo, de gran éxito. En breve lapso fue traducida a las lenguas: inglesa, alemana, holandesa y rusa.

[19] Ver Diderot «Conversaciones sobre «Hijo Natural». Plática 2ª En el libro de Diderot «Antología de sus obras», en 10 tomos. t V., «Teatro y Dramaturgia, 1936, pág. 160.

[20] Ver en la traducción rusa: «Las memorias personales de la Sra. Rolland» S. P. B., 1893, págs. 111-2.

[21] Observación de «Dei Neue Zeit»: Ver por ejemplo: «Luis Gonce», «Escultura y grabado en Francia en el siglo XIX», París, 1892, pág. 4. Para Gonce, este fenómeno ofrece interés. Ver también Anton Springer: «Historia de las Artes Pictóricas del siglo XIX», Leipzig, 1858, pág. 206. La Gran Revolución Francesa que ha determinado una inmensa influencia en otros ámbitos, muy poco o casi nada, se ha manifestado en el arte». (Die Neue Zeit, Nº16, pág. 550).

[22] La tragedia de Sorreno «Espartaco», tuvo gran y duradero éxito. En el papel de Espartaco, en «Teatre Français» se destacaron los célebres actores trágicos. Lequenn y Talma.

[23] El «Guillermo Tell» de Lennverg, gozaba en Francia de un éxito excepcional, por decreto del 2 de agosto de 1793, el gobierno incluyó dicho espectáculo dentro del repertorio privilegiado, que debían mantener todos los teatros de París.

[24] «La sombra de Licurgo», sin sospecharlo ella misma, protegía a las tres unidades» (El Teatro en Francia, pág. 334). No se puede expresar mejor. Pero en vísperas de la Gran Revolución, los ideólogos de la burguesía, no veían en esta sombra, nada de conservador. Por el contrario, veían en ella, solamente una virtud: cívica-revolucionaria. Esto es necesario que se recuerde.

FUENTE: bitacoramarxistaleninista.blogspot.com

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lunes, 4 de diciembre de 2023

Julián Grimau

 

«Me llamo Julián Grimau García. Soy miembro del Partido Comunista en España y me encuentro en España cumpliendo una misión de mi Partido». Eso fue todo lo que sus interrogadores pudieron sacarle, tras atroces torturas. Su fusilamiento conmovió al mundo.


Julián Grimau


Francisco Erice

El Viejo Topo

4 diciembre, 2023 

 


JULIÁN GRIMAU, UN CRIMEN DE ESTADO CONTRA LA RECONCILIACIÓN NACIONAL

Sucedió en la madrugada del 20 de abril de 1963, hace ahora sesenta años. En un campo de tiro en Carabanchel, con rasgos propios de un ritual de los viejos tiempos (incluyendo los faros de tres vehículos iluminando en semicírculo el macabro escenario), caía abatido por los disparos de un pelotón de fusilamiento Julián Grimau García, justamente calificado como «el último muerto en España de la guerra civil». Grimau, según el testimonio de su defensor militar, el joven, honesto y pundonoroso capitán Alejandro Rebollo, murió dignamente, con la serenidad que era propia de su carácter, sin gritos ni aspavientos y sin dejar que le vendaran los ojos. Acababa de cumplir 52 años y acumulaba ya una larga trayectoria de servicios al que era su partido desde octubre de 1936, el PCE; primero como exiliado en Latinoamérica y, desde 1947, en Francia, donde había ido implicándose de manera cada vez más intensa en los trabajos de contacto con el interior.

Desde 1957 combinaba estar tareas desde el país vecino con estancias clandestinas en España, donde el partido necesitaba el apoyo de cuadros para su rápida reconstrucción. Grimau, al que quienes lo conocieron califican como hombre con alto sentido del deber y la lealtad, se negaba obstinadamente a ser, como él decía, un «capitán Araña» que expusiera a los mayores riesgos a sus colaboradores mientras él se preservaba de la represión en una cómoda retaguardia[1]. En sus estancias frecuentes, más o menos prolongadas, en España, según el libro-ajuste de cuentas de Jorge Semprún con su antiguo partido, Grimau pecaba de cualquier cosa menos de precavido. Incluso recibía, por ello, reproches del mismo Semprún, muy ducho en temas de clandestinidad, crítico con su arriesgado hiper-activismo; censuras que Grimau solía responder con una sonrisa a modo de disculpa[2].

EL CONTEXTO DEL PROCESO

Grimau era, en cierto modo, la primera pieza de importancia que se cobraba el régimen tras muchos meses cargados de sinsabores. Primero habían sido las huelgas asturianas de la primavera de 1962, auténtico parteaguas de la oposición al franquismo, que habían generado un movimiento de solidaridad en toda España y que habían mostrado el insólito espectáculo de todo un ministro acudiendo al escenario de los hechos y negociando con la representación legítima, pero no legal, de los trabajadores. Luego, en junio, en la estela de estos acontecimientos, tuvo lugar lo que el régimen denominó «Contubernio de Munich», reunión auspiciada por el Movimiento Europeo, en la que 118 representantes de la oposición no comunista en el exilio y el interior condenaban la dictadura y reivindicaban libertades democráticas para España[3]. Por si esto fuera poco, a final de año, la Comisión Internacional de Juristas de Ginebra, un organismo que distaba mucho de ser radical e incluso había sido utilizado por Occidente como ariete contra países del bloque soviético, publicaba su informe crítico El imperio de la ley en España.

Cada uno de estos acontecimientos, y en especial la suma de todos ellos y algunos más, provocaban un enorme daño a la imagen internacional del régimen, en un momento en que este intentaba integrarse de alguna manera en el proceso de unificación europeo, cuyos requisitos políticos básicos, más allá de lo económico, distaba mucho de poder cumplir.

En sentido más amplio, por tanto, el contexto de los hechos debe entenderse en una doble dimensión: la readaptación político-económica del régimen a nuevos tiempos y escenarios, y la emergencia creciente de la oposición obrera y popular. En el primero de estos órdenes de cosas, el salto que para el régimen supuso el Plan de Estabilización y los comienzo del desarrollismo implicaba, como señalamos, una apertura de la economía española y un acercamiento a los países de Europa occidental, que vivían entonces las primeras etapas de la construcción el Mercado Común; aproximación que el obstáculo político de un régimen superviviente de la derrota de los fascismos hacía difícil vender a sus propias opiniones internas, incluso por parte de gobiernos conservadores, más o menos copartícipes con el de España de la geopolítica de la guerra fría y las lógicas del capitalismo transnacionalizado. Ello no impedía la profundización de las relaciones comerciales y un sistema de discretas complicidades que pueden ilustrarse por ejemplo, con la coincidencia de la vista del ministro de Hacienda francés Giscard d’Estaing a España coincidiendo con la ejecución de Grimau; el político francés tuvo, entonces, que reducir su agenda y fue compensado con una condecoración que, al pretender su beneficiario exhibir ingenua y orgullosamente, tuvo de ser verbalmente repudiada por el general De Gaulle, nada enemigo, por cierto, de esta cruda y sutil política de intereses. España podía ser un amigo con objetivos económicos y geopolíticos compartidos, pero era una amistad poco presentable ante la opinión pública de países donde las fuerzas políticas cuyos grupos homólogos en España eran sometidos a cárcel, represión y como mínimo la ilegalidad, formaban parte de gobiernos y parlamentos o, al menos, de un reconocimiento legal derivado, entre otras cosas, de su activo papel en la resistencia antifascista[4].


Pero incluso semejantes esfuerzos de normalización, por muy discretos y parciales que fueran, requerían algunos cambios, cosméticos en lo esencial, pero no irrelevantes en lo que atañe al funcionamiento institucional, o incluso en las fisuras que eventualmente podían introducir en el sistema y por el que siempre podían infiltrarse los enemigos de la «verdadera España», la del 18 de Julio. El franquismo necesitaba ante todo mejorar su imagen, construir la apariencia de un «Estado de derecho» adaptado, eso sí, a las peculiaridades y tradiciones españolas. En 1958, la operación neo-falangista de volver a las esencias del pasado era abortada con la Ley de Principios del Movimiento Nacional, fuertemente apoyada por los católico-franquistas (incluida la cúpula episcopal). La norma legal ya no hablaba de «partido único», pero reafirmaba el confesionalismo del régimen y asumía como horizonte de futuro una «Monarquía tradicional, católica, social y representativa», con un sistema de participación no basado en los principios del individualismo liberal, sino en una «democracia orgánica» sustentada en las entidades naturales (familia, municipio y sindicato). España exhibía ante el mundo, en palabras del propio Caudillo, un sistema de «derechos humanos y de libertades» que los tribunales hacían cumplir, aunque siempre compatibles con el orden y la autoridad y, ante todo, impregnadas de un fuerte sentido cristiano. A partir de estos momentos, sin dejar de hablar ocasionalmente o recurrir cuando era preciso a la legitimidad de origen (la victoria en la guerra civil), la dictadura franquista prefería enfatizar cada vez más la legitimidad de ejercicio (haber logrado la paz y –desde los años sesenta– el desarrollo económico).

Estas adaptaciones obligadas de un régimen que siempre supo «cambiar para que todo siguiera igual», y que le proporcionaron varios lustros más de supervivencia e incluso la posibilidad de ir incrementando su base social de apoyo en determinados sectores, se extendieron también a otros campos, como el laboral, en el que la necesaria flexibilización económica requería la válvula de escape y el mecanismo de la negociación colectiva; aunque limitada y llena de cortapisas y sustentada, claro está, en los mecanismos seudo-representativos del Sindicato Vertical. E incluso, de manera más tortuosa y contradictoria, estimularon la modificación de los mecanismos represivos que conduciría a la creación del Tribunal de Orden Público, precisamente tras la ejecución de Grimau; jurisdicción especial al fin y al cabo, pero de carácter civil, ya que sustraía a la mayor parte de los presos políticos de los consejos de guerra y permitía al menos algunos recursos de defensa con la participación de defensores civiles, que el combativo grupo de abogados del PCE sabría aprovechar en los años siguientes para abrir un nuevo frente de lucha contra la dictadura[5].

Sin embargo, quien contribuía decisivamente a desmontar esta imagen amable del régimen, que el nuevo y dinámico ministro de Información y Turismo Manuel Fraga se encargó particularmente de construir y difundir, fue la oposición política y social, particularmente la desarrollada en el interior, pero con resonancias exteriores que proyectaban su lucha y recababan acciones de solidaridad en todo el mundo. En ella, al menos desde mediados de los años cincuenta, el papel más activo y hegemónico (aunque no único) lo desempeñó el PCE. La Política de Reconciliación Nacional, formulada en finalmente en 1956, situó a los comunistas, en los años siguientes, en el centro de la lucha antifranquista. El trasfondo de la misma era una propuesta de alianzas para aislar al régimen que permitiera superar la línea divisoria de las fuerzas y sectores enfrentados en la guerra civil; por ejemplo, y ante todo, aproximándose al mundo católico, en cuyo seno había ido creciendo una nueva generación militante que abominaba del nacionalcatolicismo y hacía acto de presencia, codo con codo con otros luchadores antifranquistas, en huelgas y movilizaciones. A la vez, y con una alternativa de vía pacífica para alcanzar la democracia mediante un amplio pacto político y social que permitiera la ruptura con el régimen, situaba la oposición al franquismo en los terrenos en que este resultaba más vulnerable: no en la conspiración cerrada y claustrofóbica de las vanguardias, sino en el impulso de la movilización de masas, amplia, lo más abierta posible y unitaria; no en las acciones violentas, donde la dictadura siempre llevaba las de ganar, sino en una propuesta de transición sin una nueva guerra o algo que se le pareciera, y con la que pudieran sentirse identificados sectores cada vez más amplios de la sociedad española. Todo ello se envolvía con una retórica humanista de superación de las trincheras de la guerra y de compromiso de resolución pacífica de los problemas del país capaz de despertar amplias adhesiones[6].

Es cierto que la idea de la Reconciliación Nacional se caracterizaba por una notable vaguedad y una no menos apreciable ambigüedad, y que dio lugar a plasmaciones muy diversas, en la propuesta y la acción práctica, que complejizan y matizan su alcance y limitaciones. Por ejemplo, con su «recuperación» y utilización al servicio de la política de consenso en la Transición, cuestión que no es este el momento y el lugar para discutir. Pero su formulación y puesta en práctica desde 1956, pese a algunos errores tácticos y algunos sesgos excesivamente optimistas en cuanto a las expectativas de cambio del régimen, propició un despliegue de la política del PCE que acabó por convertirlo en el partido antifranquista por antonomasia. El VI Congreso (Navidad de 1959) ratificó esta política y diseñó una propuesta de asalto a la dictadura que mostraría luego sus insuficiencias, pero que colocaba la movilización social (hipotéticamente conducente a la huelga general y la huelga nacional política) y la unidad como bases de acción antifranquista. El partido se fue implantando, de manera desigual y pese a la persistencia de una dura represión, pero sobre todo se desarrolló la movilización obrera (Oposición Sindical, comisiones de obreros que aún no lograban estabilizarse) y estudiantil (creación de la Federación Democrática de Estudiantes -FUDE-), que fue luego extendiéndose a otros sectores campesinos, ciudadanos, intelectuales, culturales o profesionales hasta configurar, desde finales de los años sesenta, una poderosa red de plataformas, entidades y núcleos y formas de acción militantes que iba progresivamente abriendo espacios de libertad, cercando al régimen y amenazando su continuidad tras la muerte del dictador[7].

Las huelgas de 1962 no pueden entenderse sin este contexto, en el que confluían las contradicciones sociales generadas por el desarrollismo con los cambios de expectativas en amplios sectores de la sociedad española (y no sólo en la clase obrera) y con la progresiva articulación y capacidad de acción mostrada por la oposición al régimen, particularmente la de los comunistas. No eran, por tanto, una especie de tempestad en un cielo sereno, sino el fruto de un lento, desigual y contradictorio proceso de acumulación de fuerzas. Lo más sorprendente fue, sin embargo, su intensidad y su extensión desde las cuencas mineras asturianas al resto del país, donde las muestras de apoyo y solidaridad, con diversos niveles de implicación, se manifestaron como nunca antes, desde la guerra civil, había sucedido. Los gritos de «Asturias sí, Franco no» recorrieron España, haciendo pensar a los más duros de entre los vencedores de la guerra, que el enemigo que creían definitivamente derrotado volvía a levantar peligrosamente la cabeza. Porque la dictadura podía mostrar muchos signos aparentes de moderación y cambio, pero mantenía incólumes y activos –y así sucedería hasta el final– sus dispositivos y aparatos represivos.

Los sucesos asturianos permitieron presenciar el espectáculo insólito de todo un ministro desplazándose a Asturias y negociando con los representantes legítimos, pero no legales, de los trabajadores, que arrancaron además importantes concesiones. Por eso la «debilidad» que, a juicio de los sectores más duros del régimen, se había mostrado entonces, no debía volver a repetirse. De ahí, entre otras cosas, que el trato dispensado a algunos de los asistentes al coloquio de Munich (deportaciones y algunas otras medidas intimidatorias) distara de las tradicionales amonestaciones o advertencias aplicadas a opositores inocuos en cuanto a su peligrosidad en la oposición interior, pero que enturbiaban la imagen de la dictadura ante los poderes europeos a los que esta pretendía aproximarse. Cuando en el mes de agosto se produjera un nuevo rebrote en las cuencas mineras de Asturias, la represión se aplicó ya sin cortapisas ni comedimientos, como solía hacerse cuando los rebeldes eran obreros y no «notables», profesionales o personajes más o menos públicos: 126 trabajadores (mineros casi todos y militantes o simpatizantes comunistas en su mayor parte) fueron deportados, centenares de ellos despedidos, y el movimiento quedó descabezado durante algún tiempo.

Cuando, en el mes de diciembre, la Comisión Internacional de Juristas de Ginebra presentaba su demoledor informe de menos de un centenar de páginas, la reacción del régimen volvía a mostrarse furibunda. No sólo se prohibió, obviamente, su difusión en España, sino que se movilizó al cuerpo diplomático para que saliera, en tromba, a defender el honor mancillado del régimen español, y el ministro de Justicia (Iturmendi) y el de Información y Turismo (Fraga) convocaron una rueda de prensa denunciando las «calumnias comunistas y filocomunistas». Iturmendi negó que en España hubiera presos políticos (solo delincuentes subversivos), y Fraga destacó por su virulencia habitual, arremetiendo contra Marcos Ana, afortunadamente fuera del alcance de sus garras, al que calificó de «auténtico asesino»; y, de manera parecida, proyectó sus diatribas contra Ramón Ormazábal y Julián Grimau, cuando este último acababa de caer en manos de la policía unas semanas antes, iniciando así su lento calvario.

DETENCIÓN, JUICIO Y CASTIGO

La detención de Grimau el 7 u 8 de noviembre fue consecuencia de las debilidades ante la policía de un militante que ni siquiera conocía la personalidad del delatado, aunque sí le constaba que se trataba de un alto dirigente. Era una oportunidad de oro para que el régimen mostrara sus dientes ante quienes comenzaban a cuestionarlo. Grimau, militante disciplinado ante todo, actuó desde el principio siguiendo el protocolo exigido en estos casos a los dirigentes del partido: reconocer su personalidad y condición partidaria y negarse a dar más información. Así lo escribió de su puño y letra en un papel en blanco que solicitó al efecto: «Me llamo Julián Grimau García. Soy miembro del Partido Comunista en España y me encuentro en España cumpliendo una misión de mi Partido». A partir de ese momento, se negó a revelar cualquier dato comprometedor, y la policía se ensañó con él, como solía hacer con los comunistas, incluyendo al médico-verdugo que le preguntaba con sorna, durante los interrogatorios, si prefería que le pegara como policía o como médico. Lo más conocido de los hechos en estos primeros días fue la defenestración del preso, que, honestamente, él aseguraba no recordar por haber perdido el conocimiento con los golpes, pero que resulta difícil de explicar como un intento de suicidio, dadas las condiciones de custodia (esposado), su estado físico y la forma de la ventana por la que supuestamente se había arrojado. Lo cierto es que, a partir de entonces, además de otras secuelas, Grimau mostraba un hundimiento de considerable tamaño del frontal izquierdo de la cabeza, explicable bien por la caída, bien por el golpe de un culatazo de pistola o fusil.

El problema para el régimen era que Grimau, miembro de los servicios policiales de la República, no figuraba en el amplio volumen de testimonios que formaba parte de la Causa General, el corpus documental utilizado por el franquismo para mostrar la «barbarie roja» y castigar a sus enemigos, ni se conocían testigos personales contra él. Hubo que «construir» literalmente su figura de represor, mediante declaraciones de dudosa fiabilidad, que ni siquiera fueron luego ratificadas por sus emisores en el juicio, para convertirlo en el supuesto chekista de la Plaza Berenguer el Grande de Barcelona. Para llevar a cabo esta operación, se recurrió a los siempre eficaces servicios de Manuel Fraga Iribarne, ministro de Información, responsable también del informe vejatorio y calumnioso contra Marcos Ana o del contrainforme al texto de la Comisión de Juristas de Ginebra, publicado con el significativo título España, Estado de Derecho. El de Julián Grimau llevaba un encabezamiento de ridículas y pretenciosas resonancias dostoyevskianas: Crimen o castigo.

Con esta información, la peculiar acusación de «rebelión militar continuada» y las infinitas dificultades puestas a la defensa, la suerte estaba echada. Juan José del Águila ha puesto de relieve el cúmulo de irregularidades procesales del «caso Grimau», que corroboran los testimonios de su «defensor civil», el abogado comunista Amandino Rodríguez Armada, y su «abogado militar», el capitán Alejandro Rebollo[8]. La defensa de Rebollo, según la crónica emocionada de la abogada comunista María Luisa Suárez, que presenció el juicio, fue «bien argumentada jurídicamente, con una hermosa oratoria, llena de humanidad»[9]. Como consecuencia de ello y de la amistad contraída con Grimau, al que acompañó en las últimas horas de su vida, Rebollo vio truncada su carrera militar y hubo de abandonar el Ejército. El acusado negó los cargos y afirmó haber actuado limpiamente al servicio del régimen legítimo de la República, sin ejecutar actos (torturas, asesinatos) que –afirmó– iban contra sus convicciones morales. Por lo demás, el juicio estaba sentenciado de antemano, sin garantías para el reo y, para mayor ignominia, con la presencia en la sala de una auténtica jauría de miembros de la Brigada Político Social que provocaron incidentes insultando a gritos al acusado. Para colmo de irregularidades, el ponente militar (Manuel Fernández Martín), único miembro de este tipo de tribunales que solía tener experiencia jurídica, había falsificado su título de abogado, como se demostró más tarde.

Tanto la detención como, sobre todo, la posterior condena y ejecución de Julián Grimau produjeron una fuerte conmoción en todo el mundo. Su partido y los organismos de solidaridad, obviamente, contribuyeron a proyectarla y canalizarla. Hubo manifestaciones, irrupciones en embajadas, mítines y protestas por doquier; según la enfática afirmación de Mundo Obrero, «un inmenso clamor de consternación y cólera se extendió por el mundo». Fraga, siempre fiel a sí mismo y por tanto sin el menor atisbo de arrepentimiento, recordaba aún en sus Memorias, publicadas en 1980, que en vísperas del consejo de guerra llegaron a su despacho «una montaña de radios y telegramas, en relación con el caso Grimau, el dirigente comunista conectado con graves acciones de las ‘chekas’ durante nuestra guerra»: «la organización comunista internacional –añade– funcionó con su acostumbrada perfección, y la campaña tuvo una fuerza enorme».

En Francia, los monumentos a los caídos en la guerra se llenaban de flores por Grimau, mientras Angelita, su viuda, intervenía en la televisión pidiendo que «la sangre derramada por Julián Grimau sea la última». Dionisio Ridruejo publicó en Le Monde su valiente artículo «La guerra continúa», donde afirmaba que Franco deseaba mantener viva la contienda para perdurar él mismo, y que matar a alguien que se le había escapado en 1939 era «como volver a matar a todos los muertos». Calles y colegios de diversos países adoptaron el nombre del supliciado. En Italia, el órgano del PCI, L’Unità, le dedicó un número especial, y hasta la Democracia Cristiana le ofreció una misa como «mártir de la libertad». En Bruselas se llegó a plantear la posibilidad de ubicar un monumento suyo junto al de Ferrer i Guardia, el pedagogo radical objeto de otro crimen de Estado en 1909, simbolizando con ambos casos la pervivencia de la España inquisitorial. Personalidades de todo el mundo (de Kruschev al Papa, el presidente Kennedy o la reina de Inglaterra, entre otros muchos) solicitaron en vano clemencia, ante un imperturbable Caudillo que quiso esta vez reeditar el viejo pacto de sangre obligando a los miembros de su gobierno a implicarse en la decisión; ocioso es decir qué postura adoptaron unánimemente, aunque el ministro de Asuntos exteriores, Castiella, advirtió de que el caso podría provocar problemas en el exterior[10].

En el interior del país, las protestas fueron fácilmente contenidas, pese a la indignación y el dolor de la militancia comunista y de muchos demócratas. Se buscó y se logró la mediación de personajes como el ya nonagenario Ramón Menéndez Pidal, Joaquín Ruiz Jiménez y hasta dignatarios eclesiásticos, que tampoco pudieron modificar la impasibilidad del Caudillo. Sólo quedaron, como hitos de una dignidad que se resistía a ceder, algunos gritos aislados en las cárceles; unos cuantos carteles clandestinos; el minuto de silencio de Juan Antonio Bardem en el rodaje de su película «Nunca pasa nada»; la convocatoria de una manifestación en Las Ramblas de Barcelona por parte de Manuel Sacristán, cuyos 17 asistentes (incluido él mismo) fueron inmediatamente detenidos; o la carta enviada al diario Ya por el poeta Carlos Álvarez que, frente a observaciones particularmente injuriosas de uno de los redactores, hablaba del «asesinato de Grimau» y se atrevía nada menos que a recordar las relaciones del franquismo con el nacionalsocialismo, lo cual dio lugar al procesamiento y encarcelamiento del poeta. La dirección del PCE desautorizó estos actos suicidas, e incluso las propuestas de huelgas de hambre o acciones de protesta de presos, que hubieran supuesto meses o años de prolongación de condenas a quienes llevaban ya muchos lustros de reclusión y sufrimiento penitenciario.

No obstante, las repercusiones del asesinato legal de Grimau no fueron desdeñables. En el ámbito internacional, las demandas franquistas de integración en Europa sufrieron un nuevo parón. Y el régimen, a la postre, tuvo que promulgar la ley que creaba un tribunal especial (el TOP) en el que la imagen tenebrosa y sangrienta de los consejos de guerra era sustituida por ciertas apariencias de civilidad.

En cambio, el PCE no cambió ni un ápice su propuesta de Reconciliación ni sus políticas de alianzas y movilización social. Para el régimen, el efecto de galvanización de su base política y social pudo ser positivo, así como la muestra de solidez y firmeza que pretendía transmitir; pero en modo alguno amedrentó a una oposición que iba creciendo, organizándose e invadiendo nuevos espacios. Algunos antifranquistas presos (anarquistas, miembros del Felipe –el Frente de Liberación Popular– u otros) llegaron a pedir entonces su ingreso en el PCE; los nombres de Sagaseta, Conill o Eliseo Bayo son bastante conocidos en ese sentido, pero no son los únicos.

Grimau, por su parte, pasó de la historia a la leyenda o el mito. Centenares, quizás miles, de militantes le dedicaron sus emotivos y rudimentarios poemas romanceados, muchos de los cuales pueden encontrarse en la documentación del PCE conservada en su archivo histórico. Grimau podía condensar el sentimiento dolorido de una militancia baqueteada, entre otras cosas porque representaba muy bien el perfil no del jefe carismático o el líder brillante, sino del hombre sencillo, sereno y abnegado, siempre dispuesto a darlo todo por su partido. Pero su martirio asumió también tonos más épicos, glosados por cantantes como Leo Ferré, Sánchez Ferlosio («malditos los que viven de la venganza») o Violeta Parra, que concluía su invocación inicial («¿Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma / que le están degollando a su paloma?») con la tradicional y tantas veces repetida metáfora de la sangre como sustento o elemento germinal («…lindo se dará el trigo / por los sembraos, / regado con tu sangre, / Julián Grimau»).

En los primeros años, la fecha de su muerte fue objeto de recordatorios en la prensa comunista. Pero luego vino el olvido. Y cuando llegó la Transición y la familia de Grimau pidió el apoyo del partido para rehabilitar su memoria, Carrillo aseguró que «no era el momento», mientras que sí lo era, según su peculiar concepción de la realpolitik, de que el secretario del PCE apareciera dando la mano a Fraga, que lo presentó en el Club Siglo XXI asegurando, ante la benevolente complacencia del interesado, que Carrillo era «un hombre de cuidado», «un comunista de pura cepa»[11]. No era de extrañar, a tenor de la anécdota relatada por Jordi Solé Tura, trabajador, en 1963, en Radio España Independiente. La Pirenaica, en cuyo colectivo la muerte de Grimau se vivió como una inmensa tragedia, emitió varios programas en los que se iban nombrando los ministros de la dictadura y se repetía cada vez el apelativo «asesino». Carrillo desaprobó estos programas y aseguró que no todos los ministros estaban de acuerdo con la sentencia, y que con algunos a lo mejor había que terminar entendiéndose para facilitar el cambio en el país.

El interesante relato novelado de José Luis Losa sobre la clandestinidad comunista en Madrid en los años que preceden a la muerte de Grimau reproduce además las acusaciones mutuas entre Semprún y Carrillo sobre sus posibles responsabilidades en el caso: el primero mostrando el supuesto desinterés del secretario general en las horas supremas que precedieron al fusilamiento, y el segundo sugiriendo, más o menos sibilinamente, que Semprún fue sacado antes de tiempo de España por petición de su esposa, dejando así expuesto a Grimau a su terrible destino. El dolor de Ángela Martínez Campillo, la viuda y «la primera víctima de la Transición», sería, a juicio de Losa, lo más auténtico, «de esta historia sobre la simulación, la desmemoria, la mentira»[12].

Como es bien sabido, la sangre de Grimau no fue precisamente la última derramada por la dictadura. Pocos meses después, en otro de esos procesos de dudosas credenciales jurídicas y habitual crueldad que tanto gustaban al régimen, eran condenados a muerte y ejecutados los anarquistas Granados y Delgado. La sangre de luchadores antifranquistas siguió siendo «legalmente» derramada hasta las vísperas de la propia muerte del Dictador, y la violencia policial y parapolicial en las calles continuó generando víctimas después de esta e incluso durante la Transición, como herencia envenenada de un régimen nacido de la violencia que se resistía a desaparecer[13]. Fue en esta Transición en la que, para muchos, la política de la Reconciliación se convirtió en algo más, o algo distinto, de aquello para lo que estaba pensada: en la coartada de concesiones que implicaban el olvido de quienes pagaron el precio más duro por su compromiso.

INTENTOS FRACASADOS DE REVISIÓN. LAS HIPOTECAS DE LA TRANSICIÓN

Lo textos de Dolores Ibárruri y de Lola Grimau constituyen testimonios impresionantes de lo que significó el proceso y supuso la muerte de Grimau. El primero es un alegato moral en favor de la vida de Julián, una acusación contra la inhumanidad de jueces y verdugos y un llamamiento a la reconciliación, a poner fin, en suma, a la «lucha cainita» entre españoles. En él no se ahorran ni siquiera invocaciones a Pilar Primo de Rivera y a miembros del Consejo Nacional del Movimiento, que al parecer –al menos en el caso de Pilar– habían manifestado su desacuerdo con la condena.

El segundo recoge las palabras de una de las dos hijas de Grimau, pronunciadas en el homenaje que, finalmente, decidió brindarle el PCE a los 60 años de su muerte. Lola recuerda la vergonzosa cicatería del partido con su madre, en el exilio y luego durante la Transición, así como los cuatro intentos fallidos de rehabilitación moral y revisión del proceso, llevados a cabo por la familia con ayuda de algunos abogados y amigos, antes de que la Ley de Memoria Democrática actual declarara la nulidad de los juicios franquistas. Estos intentos, que han sido reconstruidos por Juan José del Águila, resultan esclarecedores de muchas de las lógicas de la Transición y de nuestra historia reciente[14].

El primero fue un recurso de nulidad de actuaciones presentado en 1966, al saberse que el ponente militar carecía de facultades legales para actuar como tal. Tras no ser aceptado por el Consejo Supremo de Justicia Militar alegando que las actuaciones contra el letrado que había falsificado su título estaban todavía en curso, se presentó meses siguientes un nuevo recurso que, como cabía esperar, volvió a ser rechazado, considerando insuficientes las causas alegadas.

El tercer intento, que a juicio de J. J. del Águila, pone de manifiesto el «tutelaje militar» de la Transición y la primera post-Transición, tuvo lugar en 1987, casi diez años después de que hubiera sido aprobada la Constitución, cuando, además, la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985 preveía la desaparición del ya citado organismo de justicia militar; el resultado y los argumentos volvieron a ser sustancialmente semejantes a los de 1966. El último fue el Recurso de Revisión instado por el Fiscal General del Estado, Javier Moscoso, en abril de 1989 ante la Sala Quinta del Tribunal Supremo, que una vez más fue rechazado con rebuscados argumentos jurídicos, aunque esta vez con el voto discrepante de uno de los magistrados, José Jiménez Villarejo.

En abril de 2002, Izquierda Unida presentó en el Congreso una Proposición no de Ley para la rehabilitación pública de la figura de Grimau. El portavoz de IU, Luis Carlos Rejón, afirmó entonces que «sería duro que, cuando tenemos democracia, uno de los verdugos esté rehabilitado y la victima no». Obviamente, Rejón se refería a Manuel Fraga, a la sazón presidente de la Xunta de Galicia. En este caso, fue el rodillo parlamentario del Partido Popular el que rechazó la iniciativa La argumentación de su portavoz es bastante representativa del alcance de la Transición y el uso espurio de la idea de Reconciliación por parte de la derecha política de nuestro país: la iniciativa podía convertirse en un juicio histórico contra un «padre de la Constitución» y significaría tanto como reabrir un proceso para revisar la transición democrática[15].

Notas

[1] Una excelente reconstrucción de los hechos y sus repercusiones, en Pedro Carvajal, Julián Grimau. El último muerto de la guerra civil, Madrid, Aguilar, 2003.

[2] Jorge Semprún, Autobiografía de Federico Sánchez, Barcelona, Planeta, 1977.

[3] Francisco Aldecoa (ed.), El Contubernio de Munich sesenta años después, Madrid, La Catarata, 2022.

[4] Consideraciones sobre estas cuestiones y las siguientes relativas al régimen, en Francisco Erice, Militancia clandestina y represión. La dictadura franquista frente a la represión comunista (1956-1963), Gijón, Trea, 2017, pp. 42-66.

[5] Juan José del Águila, EL TOP. La represión de la libertad (1963-1977), Barcelona, Planeta, 2001. Claudia Cabrero y otros, Abogados contra el franquismo. Memoria de un compromiso político (1939-1977), Barcelona, Crítica, 2013.

[6] Carme Molinero, «La política de reconciliación nacional. Su contenido durante el franquismo, su lectura en la Transición», en Ayer, nº 66, 2007, pp. 201-225. Francisco Erice, «Los condicionamientos del giro táctico del PCE en 1956: el contexto de la Política de Reconciliación Nacional», en Papeles de la FIM, nº 24, 2006, 2ª época, pp. 129-150.

[7] Véanse aportaciones de Francisco Erice y de Carme Molinero y Pere Ysàs, en F. Erice (dir), Un siglo de comunismo en España. I, Historia de una lucha, Madrid, Akal, 2021, pp. 141-255. Sobre grupos de intelectuales, Felipe Nieto y Giaime Pala, «Los intelectuales comunistas durante la dictadura franquista», en F. Erice (dir.), Un siglo de comunismo en España II. Presencia social y experiencias militantes, Madrid, Akal, 2022, pp. 399-431.

[8] J. J. del Águila, El TOP…, pp. 75-177.

[9] María Luisa Suárez Roldán, Recuerdos, nostalgias y realidades. Sobre la defensa de las víctimas del franquismo, Albacete, Bomarzo, 2011, pp. 113-121.

[10] F. Erice, Militancia clandestina…, pp. 241-245. Marcos Ana, Decidme cómo es un árbol. Memorias de la prisión y la vida, Barcelona, Umbriel, 2007, pp. 269-276. Julián Grimau: el hombre, el crimen, la protestas, París, Éditions Sociales, 1973. Manuel Fraga Iribarne, Memoria breve de una vida pública, Barcelona, Planeta, 1980, p. 69.

[11] Gregorio Morán, Miseria, grandeza y agonía del PCE, 1939-1985, Madrid, Akal, 2017, pp. 974-975.

[12] José Luis Losa, Caza de rojos. Un relato urbano de la clandestinidad comunista, Madrid, Espejo de Tinta, 2005, especialmente su parte final.

[13] Ejemplos en Varios autores, «Los crímenes del franquismo», en Crónica popular, Madrid, Suplemento nº 5, Madrid, 2014.

[14] Juan José del Águila, «Cuatro intentos frustrados de revisar la sentencia que condenó a muerte a Julián Grimau», en Crónica Popular, Madrid, Suplemento nº 5, pp. 114-131.

[15] P. Carvajal, Julián Grimau…, pp. 260-262.

Fuente: EspaiMarx.

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