miércoles, 26 de enero de 2022

El descontento con la política se enquista en la España pandémica en pleno auge de la desigualdad

 

El descontento con la política se enquista en la España pandémica en pleno auge de la desigualdad

 

Por Ángel Munárriz


(La Diputada Celia Villalobos en sus horas de trabajo en el Congreso jugando al corre corre que te pillo. Y además no le da vergenza, lo cual parece lógico, porque para que de verguenza de algo primero hay qu etenerla)


Rebelion / España

24/01/2022

Fuentes: Info Libre


El pitido del descontento con la política, forjado en la desconfianza y el pesimismo, se escucha con fuerza en la España pandémica. Así lo indican los datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), el Eurobarómetro y el Pew Research Center. Además de una consistente percepción de la política como problema, durante la crisis sanitaria se consolida como nuevo foco de preocupación la inestabilidad.

Más del 70% de los españoles desconfían de los políticos, el Congreso, los sindicatos y el Gobierno. El Eurobarómetro muestra además que el descrédito es mayor que en el conjunto de la UE. La desconfianza en los partidos alcanza el 90% en España, frente al 75% en la UE. En el caso del Congreso, desconfía un 76% (60% en la UE). Más de la mitad de los encuestados españoles, más que en cualquier otro de los 17 países avanzados analizados por el Pew Research Center, creen que el sistema político necesita una «reforma completa». El 65% no están satisfechos con el funcionamiento de la democracia.

A tenor de los estudios y los análisis recabados para este artículo, el descontento está más relacionado con la percepción de una «mala» o «muy mala» situación en el país, especialmente económica, que no se corresponde con la percepción de los ciudadanos de su propia situación. El analista sobre relaciones internacionales Hernán Sáenz, coautor del estudioProtestas en el mundo, ve a la derecha en mejor disposición que la izquierda para aprovechar este humor social «agrio».

La política (inestable) como problema

Cuando llegó el covid-19 el humor social ya venía agriado por la recesión, la corrupción y los bloqueos políticos. La llamada «desafección», que incluye desconfianza hacia las instituciones y percepción de la política como problema, aparecía consolidada como un fenómeno definitorio de la sociedad española.

Un análisis de encuestas de la Fundación BBVA alertaba en 2016 de que la confianza en las instituciones democráticas perdida durante la recesión apenas se había recuperado con la mejora de los indicadores. Entre 2008 y 2016 la confianza en «los políticos» y en «el Parlamento» había caído 30 puntos porcentuales.

Las cosas no han mejorado con la pandemia. A punto de cumplirse dos años desde el estallido de una crisis sanitaria histórica, con el futuro preñado de incertidumbre y la extrema derecha condicionado un tablero político marcado por las dificultades para el acuerdo, las tripas de las encuestas del CIS muestran signos inquietantes.

En el último barómetro, un 41,2% de los encuestados respondían que cinco tipo de problemas relacionados con el papel de «la política» y «los políticos» estaban entre los tres principales problemas del país. Y ello a pesar de la pandemia y sus consecuencias, que agravan viejos problemas y crean otros nuevos.

Si la política vista como problema no es un fenómeno nuevo, sí es rupturista la fuerza adquirida por la preocupación por «la falta de acuerdos, unidad y capacidad de colaboración» y por la «inestabilidad política», todo ello agrupado en una única categoría por el CIS. Antes de la pandemia, el 0,3% de los españoles daban respuestas a las preguntas sobre el primer, segundo o tercer problema que podían etiquetarse en esa categoría de «inestabilidad». Hoy es el 9,6%. Durante la crisis sanitaria la consideración de la inestabilidad como problema se ha situado siete meses por encima del 10%, uno de ellos, diciembre de 2020, incluso sobre el 15% (15,4).

Desconfianza en la política

La Encuesta sobre tendencias sociales, publicada por el CIS en diciembre de 2021, amplía y profundiza en el retrato de la desafección. Algunos datos. El 29,2% de los encuestados expresan la «mínima confianza» en los partidos políticos. Si 1 es «mínima confianza» y 10 es «máxima confianza», el porcentaje de los que están entre el 1 y el 5 es del 81,3%. En el caso del Congreso, el porcentaje entre 1 y 5 –en el terreno de la desconfianza, podríamos decir– es del 72% (22,2% en «mínima confianza»).

¿Qué confianza merecen otros agentes de la democracia? Veamos:

– Sindicatos: el 76,1% se sitúa en la mitad baja de la escala de confianza, es decir, entre el 1 y el 5 (30,4% en «mínima confianza»).

– Gobierno: 71% entre 1 y 5 (31,3% en «mínima confianza»).

– Medios de comunicación: 68,3% entre 1 y 5 (17,6% en «mínima confianza»).

– Justicia: 59,8% entre 1 y 5 (15,8% en «mínima confianza»).

El único aprobado –más del 50% situándose entre el 6 y el 10– se lo lleva la Constitución, sobre la sólo un 37,4% sitúan su confianza entre el 1 y el 5.

En todas las categorías, en las siete, hay más encuestados que aseguran que han perdido confianza en los últimos cinco años. Esto afecta a partidos, sindicatos, Gobierno, Congreso, medios, justicia y Constitución. También hay más encuestados convencidos de que dentro de cinco años tendrán menos confianza de los que piensan que tendrán más, impresión que afectaba a todas las categorías salvo a la justicia. Se trata de una visión negativa de las instituciones democráticas que hace al mismo tiempo sentir que antes la situación era mejor y prever que será peor en el futuro. Nostalgia y pesimismo.

Hace menos de un año el Eurobarómetro mostró que los españoles presentaban mayor desconfianza en las instituciones que el conjunto de la UE. Sólo el 7% de los españoles muestra confianza en los partidos, frente a un 90% que desconfía, mientras en la UE estos porcentajes son del 21% y el 75%.

Este mayor recelo afecta también a la Administración en su conjunto, la justicia, las autoridades locales y regionales, el Gobierno y el Congreso. En el caso del Congreso, sede de la soberanía, sólo un 16% expresa confianza, frente a un 76% que desconfía (36%-60% en la UE). España sólo confía más que la media comunitaria en la propia UE y en el personal sanitario.

Insatisfacción con la marcha de la democracia

El centro de estudios Pew Research Center, uno de los más prestigiosos del mundo, ha publicado entre octubre y diciembre del año pasado datos que terminan de perfilar a España como a un país comparativamente descontento y pesimista

El 86%, 83% y 53% de los españoles son partidarios de «reformas significativas» de la política, la economía y la sanidad, respectivamente, frente a unas medias de los 17 países analizados del 56%, 51% y 45%. El Pew Research Center toma esto como un indicador de insatisfacción. Sobre todo, por un dato: un 54% de los encuestados en España, más que en cualquier otro país de los estudiados, creen que el sistema político debe ser «completamente reformado». No reformado parcialmente, sino del todo.

Partidarios de una «reforma completa» del sistema político.


Más datos. El 65% de los españoles no están satisfechos con el funcionamiento de la democracia, sólo mejor que en Grecia. La media está en el 41%. España queda con Estados Unidos, Francia, Grecia, Italia y Japón en el grupo de seis que concitan al mismo tiempo dos rasgos: satisfacción con la democracia baja y demanda de reforma alta.

Varios datos apuntan a que el descontento es mayor –como a priori parece lógico– entre los opuestos al Gobierno. Por ejemplo, el deseo de «reforma significativa» es mayor entre los que creen que la respuesta del Gobierno a la pandemia fue negativa (78% frente a 92%). En la misma línea apuntan los datos del CIS. Vox y el PP son los dos partidos cuyos votantes expresan en mayor porcentaje una «mínima confianza» no sólo en el Gobierno, sino también en el Congreso –llamativo 41% de los votantes de Vox–, los partidos y los sindicatos. En los medios, los que más expresan «mínima confianza» son los de Vox (35,9%), seguidos de los de Unidas Podemos (18,5%).

Las causas del descontento

Este carrusel de datos que desvelan descontento y desconfianza aparece en paralelo a múltiples evidencias de una pobreza/desigualdad estructural empeorada por la pandemia. Los dos últimos informes al respecto han sido esta semana: de Oxfam Intermón y Cáritas. En España hay 11 millones de personas en exclusión y 3,3 en situación de privación material severaEn 12 años ha crecido la distancia entre el 10% que más ingresa y el 10% que menos. La brecha de pobreza por origen familiar se ha ampliado un 30%. Cáritas, en último informe, lanza esta advertencia: «Se han agudizado las tendencias hacia el aislamiento y el conflicto social latente, cuando no explícito. En la medida en que esta situación afecta a la cohesión social, el reto de prevenir el deterioro de las relaciones sociales es crucial».

Se abre paso una pregunta: ¿está relacionado el auge de la desigualdad con los datos de descontento? Fernando Jiménez, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Murcia, afirma que la relación existe, pero «no es directa». Eso significa que los ciudadanos, a la hora de formar ese humor político, valoran más su impresión sobre cómo va el país que su propia situación. Es decir, prevalece la «perspectiva sociotrópica» sobre la «egotrópica», en palabras de Jiménez. Es una explicación útil para entender el descontento con la política en España, donde la gente no ve que su economía vaya mal, pero sí la del país. En el último barómetro los que ven la situación «muy mala» o «mala» suman un 64,6%, mientras los que califican así la suya propia son un 22,5%.

El Pew Research Center ha detectado que el 87% de los españoles califican de «mala» la situación, el peor resultado de los 17 analizados. Los autores del informe –Richard WikeJanell FetterolfShannon Schumacher y J.J. Moncus– vinculan el descontento con el pesimismo económico, que en el caso de España aparece como elevado. ¿Cómo de elevado? En julio del año pasado el 71% pronosticaba que a los niños de hoy les irá peor que a sus padres. Y todo ello a pesar de que un 65,6% considera su propia situación como «buena» o «muy buena» (CIS). Algo similar ocurre con la percepción de la «inestabilidad» como problema en los barómetros. Casi un 10% lo ve un problema para el país, pero sólo un 1,7% lo ve un problema para sí mismo. Es obvio que la narración mediática de los acontecimientos tiene un peso decisivo.

Pero también hay deberes políticos pendientes. Jiménez señala que, al igual que en buena parte de Occidente, en España «la Gran Recesión produjo un espectacular incremento de la insatisfacción con las instituciones democráticas». Ahora bien, añade, a diferencia de otros países –entre los que pone como ejemplo a Alemania–, en España la recuperación posterior del crédito se ha quedado corta, en línea con lo ocurrido en EEUU y Reino Unido. A su juicio, las explicaciones deben sobre todo mirar a la percepción ciudadana de la política como un espacio de crispación, polarización y «falta de disposición a resolver problemas». «Si, como en el caso de la pandemia, ves que en una situación difícil no se buscan consensos, sino que se explotan pasiones y diferencias identitarias, se produce un distanciamiento», explica.

La canalización del malestar

¿En qué se puede traducir este descontento? Puede responder con autoridad el analista sobre relaciones internacionales Hernán Sáenz, coautor del estudio Protestas en el mundo, que en más de 200 páginas escudriña datos de 2.809 protestas entre 2006 y 2020 en 101 países. El informe apunta a que, a lo largo de la última década, las expresiones de malestar se han ido enfrentando a una disyuntiva entre búsqueda de solución práctica de los problemas o exacerbación de los discursos de agravio. El estudio indica que la segunda opción ha ido ganando terreno a la primera. Tras una expansión de la protesta en todo el mundo, detonada por la crisis de 2008 y dirigida en principio contra las desigualdades, la concentración de poder y los recortes sociales, progresivamente el ánimo se ha ido agriando y cargando de impulsos excluyentes y de autoafirmación identitaria. Lo que queda ahora es una «segunda ola populista», que arrancaría entre 2013 y 2014 y que presenta demandas «mucho menos manejables y corregibles«.

En conversación con infoLibre, Sáenz afirma que ve en mejor posición a la derecha que a la izquierda para rentabilizar el humor político «agrio» que muestran las encuestas. Y ese beneficio se puede cobrar, añade, tanto en forma de movilización social –»vamos a ver a la derecha en la calle»– como de participación electoral. «Mira lo que está pasando en Francia», indica, en referencia a un escenario político en que la derecha domina la agenda y no hay partidos de izquierda con aspiraciones de victoria. A su juicio, la prueba de que la derecha está jugando en España la baza de la antipolítica para atraerse ese descontento no hay que buscarla sólo en Vox, sino de forma todavía más clara en Isabel Díaz Ayuso, que llega a jugar con la «desconfianza» en las decisiones de las autoridades a nivel estatal, «llegando incluso a desafiarlas» desde una posición institucional.

Rafael Cruz, profesor de Historia de los Movimientos Sociales en la Complutense, cree que el descontento con las instituciones es un aspecto «recurrente» desde la Transición y se muestra partidario de mirarlo con distancia. A su juicio, a pesar de lo mostrado por las encuestas, España presenta comportamientos mayoritarios de respeto por las instituciones, como la aceptación de las órdenes sanitarias y el escaso arraigo del antivacunismo. A ello se suma la canalización institucional –sobre todo a través de Podemos– del movimiento 15M. Cruz no cree que estemos a la vuelta de una traducción subversiva del malestar. Tampoco cree que el agravamiento de la desigualdad a raíz de la pandemia vaya a provocar que el descontento se concrete en ningún tipo de revolución. El asunto, dice, se canalizará en las urnas.

Fuente: https://www.infolibre.es/politica/descontento-politico-enquista-espana-pleno-auge-desigualdad_1_1217368.html

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martes, 25 de enero de 2022

La duquesa y el joyero

 

Tal día como hoy en 1882 nacía en Londres Virginia Woolf, una de las grandes renovadoras de la novela moderna y sólido referente del feminismo internacional. La recordamos a través de uno de sus cuentos emblemáticos, publicado en 1938.


La duquesa y el joyero


Virginia Woolf

El Viejo Topo

25 enero, 2022 



Oliver Bacon vivía en lo alto de una casa junto a Green Park. Tenía un departamento; las sillas estaban colocadas de manera que el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás llenaban los miradores de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio, y contenía los brandys, los whiskys y los licores que debía contener. Y, desde la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly. Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas y puntiagudas uñas, y extraía gruesas cartulinas blancas de invitación, en las que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas, vizcondesas y honorables damas. Después Oliver Bacon se aseaba; después se comía las tostadas; después leía el periódico a la brillante luz de la electricidad.

Dirigiéndose a sí mismo, decía: «Hay que ver, Oliver… Tú que comenzaste a vivir en una sucia calleja, tú que…», y bajaba la vista a sus piernas, tan elegantes, enfundadas en los perfectos pantalones, y a sus botas, y a sus polainas. Todo era elegante, reluciente, del mejor paño, cortado por las mejores tijeras de Savile Row. Pero a menudo Oliver Bacon se desmantelaba y volvía a ser un muchacho en una oscura calleja. En cierta ocasión pensó en la cumbre de sus ambiciones: vender perros robados a elegantes señoras en Whitechapel. Y lo hizo. «Oh, Oliver», gimió su madre. «¡Oh, Oliver! ¿Cuándo sentarás cabeza?»… Después Oliver se puso detrás de un mostrador; vendió relojes baratos; después transportó una cartera de bolsillo a Ámsterdam… Al recordarlo, solía reír por lo bajo… el viejo Oliver evocando al joven Oliver. Sí, hizo un buen negocio con los tres diamantes, y también hubo la comisión de la esmeralda. Después de esto, pasó al despacho privado, en la trastienda de Hatton Garden; el despacho con la balanza, la caja fuerte, las gruesas lupas. Y después… y después… Rió por lo bajo. Cuando Oliver pasaba por entre los grupitos de joyeros, en los cálidos atardeceres, que hablaban de precios, de minas de oro, de diamantes y de informes de África del Sur, siempre había alguno que se ponía un dedo sobre la parte lateral de la nariz y murmuraba «hum-m-m», cuando Oliver pasaba. No era más que un murmullo, no era más que un golpecito en el hombro, que un dedo en la nariz, que un zumbido que recorría los grupitos de joyeros en Hatton Garden, un cálido atardecer ¡Hacía muchos años…! Pero Oliver todavía lo sentía recorriéndole el espinazo, todavía sentía el codazo, el murmullo que significaba: «Mírenlo -el joven Oliver, el joven joyero- ahí va.» Y realmente era joven entonces. Y comenzó a vestir mejor y mejor; y tuvo, primero, un cabriolé; después un automóvil; y primero fue a platea y después a palco. Y tenía una villa en Richmond, junto al río, con rosales de rosas rojas; y Mademoiselle solía cortar una rosa todas las mañanas, y se la ponía en el ojal, a Oliver.

-Vaya -dijo Oliver, mientras se ponía en pie y estiraba las piernas-. Vaya…

Y quedó en pie bajo el retrato de una vieja señora, encima de la chimenea, y levantó las manos.

-He cumplido mi palabra -dijo juntando las palmas de las manos, como si rindiera homenaje a la señora-. He ganado la apuesta.

Y no mentía; era el joyero más rico de Inglaterra; pero su nariz, larga y flexible, como la trompa de un elefante, parecía decir mediante el curioso temblor de las aletas (aunque se tenía la impresión de que la nariz entera temblara, y no sólo las aletas) que todavía no estaba satisfecho, todavía olía algo, bajo la tierra, un poco más allá. Imaginemos a un gigantesco cerdo en un terreno fecundo en trufas; después de desenterrar esta trufa y aquella otra, todavía huele otra mayor, más negra, bajo la tierra, un poco más allá. De igual manera, Oliver siempre husmeaba en la rica tierra de Mayfair otra trufa, más negra, más grande, un poco más allá.

Ahora rectificó la posición de la perla de la corbata, se enfundó en su elegante abrigo azul, y cogió los guantes amarillos y el bastón. Balanceándose, bajó la escalera, y en el momento de salir a Piccadilly, medio resopló, medio suspiró, por su larga y aguda nariz. Ya que, ¿acaso no era todavía un hombre triste, un hombre insatisfecho, un hombre que busca algo oculto, a pesar de que había ganado la apuesta?

Siempre se balanceaba un poco al caminar, igual que el camello del zoológico se balancea a uno y otro lado, cuando camina por entre los senderos de asfalto, atestados de tenderos acompañados por sus esposas, que comen el contenido de bolsas de papel y arrojan al sendero porcioncillas de papel de plata. El camello desprecia a los tenderos; el camello no está contento de su suerte; el camello ve el lago azul, y la orla de palmeras a su alrededor. De igual manera el gran joyero, el más grande joyero del mundo entero, avanzaba balanceándose por Piccadilly, perfectamente vestido, con sus guantes, con su bastón, pero todavía descontento, hasta que llegó a la oscura tiendecilla que era famosa en Francia, en Alemania, en Austria, en Italia, y en toda América: la oscura tiendecilla en la Calle Bond.

Como de costumbre, cruzó la tienda sin decir palabra, a pesar de que los cuatro hombres, los dos mayores, Marshall y Spencer, y los dos jóvenes, Hammond y Wicks, se irguieron y le miraron, con envidia. Sólo por el medio de agitar un dedo, enfundado en guante de color de ámbar, dio Oliver a entender que se había dado cuenta de la presencia de los cuatro. Y entró y cerró tras sí la puerta de su despacho privado.

A continuación, abrió la cerradura de las rejas que protegían la ventana. Entraron los gritos de la Calle Bond; entró el distante murmullo del tránsito. La luz reflejada en la parte trasera de la tienda se proyectaba hacia lo alto. Un árbol agitó seis hojas verdes, porque corría el mes de junio. Pero Mademoiselle se había casado con el señor Pedder, de la destilería de la localidad, y ahora nadie le ponía a Oliver rosas en el ojal.

-Vaya -medio suspiró, medio resopló- vaya…

Entonces oprimió un resorte en la pared, y los paneles de madera resbalaron lentamente a un lado, revelando, detrás, las cajas fuertes de acero, cinco, no, seis, todas ellas de bruñido acero. Dio la vuelta a una llave; abrió una; luego otra. Todas ellas estaban forradas con grueso terciopelo carmesí, y en todas reposaban joyas: pulseras, collares, anillos, tiaras, coronas ducales, piedras sueltas en cajitas de cristal, rubíes, esmeraldas, perlas, diamantes. Todas seguras, relucientes, frías pero ardiendo, eternamente, con su propia luz comprimida.

-¡Lágrimas! -dijo Oliver contemplando las perlas.

-¡Sangre del corazón! -dijo mirando los rubíes.

-¡Pólvora! -prosiguió, revolviendo los diamantes de manera que lanzaron destellos y llamas.

-Pólvora suficiente para volar Mayfair hasta las nubes, y más arriba, más arriba, más arriba-. Y lo dijo echando la cabeza atrás y emitiendo sonidos como los del relincho del caballo.

El teléfono emitió un zumbido de untuosa cortesía, en voz baja, en sordina, sobre la mesa. Oliver cerró la caja de caudales.

-Dentro de diez minutos -dijo-. Ni un minuto antes.

Se sentó detrás del escritorio y contempló las cabezas de los emperadores romanos grabadas en los gemelos de la camisa. Una vez más se desmanteló y otra vez volvió a ser el muchachuelo que jugaba a canicas, en la calleja donde se venden perros robados, los domingos. Se transformó en aquel voluntarioso y astuto muchachito, con labios rojos como cerezas húmedas. Metía los dedos en montones de tripa; los hundía en sartenes llenas de pescado frito; escabullándose salía y penetraba en multitudes. Era flaco, ágil, con ojos como piedras pulidas. Y ahora… ahora… las saetas del reloj seguían avanzando al son del tic-tac, uno, dos, tres, cuatro… La duquesa de Lambourne esperaba por el placer de Oliver; la duquesa de Lambourne, hija de cien vizcondes. Esperaría durante diez minutos, en una silla junto al mostrador. Esperaría, por placer de Oliver. Esperaría hasta que Oliver quisiera recibirla. Oliver contemplaba el reloj alojado en su caja forrada de cuero. La saeta avanzaba. Con cada uno de sus tic-tacs, el reloj entregaba a Oliver -esto parecía- paté de foie gras, una copa de champaña, otra de brandy viejo, un cigarro que valía una guinea. El reloj lo iba dejando todo sobre la mesa, a su lado, mientras transcurrían los diez minutos. Entonces oyó suaves y lentos pasos acercándose; un rumor en el pasillo. Se abrió la puerta. El señor Hammond quedó pegado a la pared.

El señor Hammond anunció:

-¡Su gracia, la Duquesa!

Y esperó allí, pegado a la pared.

Y Oliver, al ponerse en pie, oyó el rumor del vestido de la Duquesa, que se acercaba por el pasillo. Después la Duquesa se cernió sobre él, ocupando el vano de la puerta por entero, llenando el cuarto con el aroma, el prestigio, la arrogancia, la pompa, el orgullo de todos los duques y de todas las duquesas, alzados en una sola ola. Y, de la misma forma que rompe una ola, la Duquesa rompió, al sentarse, avanzando y salpicando, cayendo sobre Oliver Bacon, el gran joyero, y cubriéndolo de vivos y destellantes colores, verde, rosado, violeta; y de olores; y de iridiscencias; centellas saltaban de los dedos, se desprendían de las plumas, rebrillaban en la seda; ya que la Duquesa era muy corpulenta, muy gorda, prietamente enfundada en tafetán de color de rosa, y pasada ya la flor de la edad. De la misma manera que una sombrilla con muchas varillas, que un pavo real con muchas plumas, cierra las varillas, pliega las plumas, la Duquesa se apaciguó, se replegó, en el momento de hundirse en el sillón de cuero.

-Buenos días, señor Bacon -dijo la Duquesa. Y alargó la mano que había salido por el corte rectilíneo de su blanco guante. Y Oliver se inclinó profundamente al estrechar la mano. En el instante en que sus manos se tocaron volvió a formarse una vez más el vínculo que les unía. Eran amigos, y, al mismo tiempo, enemigos; él era amo, ella era ama; cada cual engañaba al otro, cada cual necesitaba al otro, cada cual temía al otro, cada cual sabía lo anterior, y se daba cuenta de ello siempre que sus manos se tocaban, en el cuartito de la trastienda, con la blanca luz fuera, y el árbol con sus seis hojas, y el sonido de la calle a lo lejos, y las cajas fuertes a espaldas de los dos.

-Ah, Duquesa, ¿en qué puedo servirla hoy? -dijo Oliver en voz baja.

La Duquesa le abrió su corazón, su corazón privado, de par en par. Y, con un suspiro, aunque sin palabras, extrajo del bolso una alargada bolsa de cuero, que parecía un flaco hurón amarillo. Y por la apertura de la barriga del hurón, la Duquesa dejó caer perlas, diez perlas. Rodando cayeron por la apertura de la barriga del hurón -una, dos, tres, cuatro-, como huevos de un pájaro celestial.

-Son cuanto me queda, mi querido señor Bacon -gimió la Duquesa-. Cinco, seis, siete… rodando cayeron por las pendientes de las vastas montañas cuyas laderas se hundían entre las rodillas de la Duquesa, hasta llegar a un estrecho valle, la octava, la nona, y la décima. Y allí quedaron, en el resplandor del tafetán del color de la flor del melocotón. Diez perlas.

-Del cinto de los Appleby -dijo dolida la Duquesa-. Las últimas… Cuantas quedaban…

Oliver se inclinó y cogió una perla entre índice y pulgar. Era redonda, era reluciente. Pero, ¿era auténtica o falsa? ¿Volvía la Duquesa a mentirle? ¿Sería capaz de hacerlo otra vez?

La Duquesa se llevó un dedo rollizo a los labios.

-Si el Duque lo supiera… -murmuró-. Querido señor Bacon, una racha de mala suerte…

¿Había vuelto a jugar, realmente?

-¡Ese villano! ¡Ese sinvergüenza! -dijo la Duquesa entre dientes.

¿El hombre con el pómulo partido? Mal bicho, ciertamente. Y el Duque, que era recto como una vara, con sus patillas, la dejaría sin un céntimo, la encerraría allá abajo… Qué sé yo, pensó Oliver, y dirigió una mirada a la caja de caudales.

-Araminta, Daphne, Diana -gimió la Duquesa-. Es para ellas.

Las damas Araminta, Daphne y Diana, las hijas de la Duquesa. Oliver las conocía; las adoraba. Pero Diana era aquella a la que amaba.

-Sabe usted todos mis secretos -dijo la Duquesa mirando de soslayo a Oliver. Lágrimas resbalaron; lágrimas cayeron; lágrimas como diamantes, que se cubrieron de polvo en las veredas de las mejillas de la Duquesa, del color de la flor del cerezo.

-Viejo amigo -murmuró la Duquesa- viejo amigo.

-Viejo amigo -repitió Oliver- viejo amigo-, como si lamiera las palabras.

-¿Cuánto? -preguntó Oliver.

La Duquesa cubrió las perlas con la mano.

-Veinte mil -murmuró la Duquesa.

Pero, ¿era auténtica o falsa, aquella perla que Oliver tenía en la mano? El cinto de los Appleby, ¿pero es que no lo había vendido ya la Duquesa? Llamaría a Spencer o a Hammond.

-Tenga y haga la prueba de autenticidad -diría Oliver. Se inclinó hacia el timbre.

-¿Vendrá mañana? -preguntó la Duquesa en tono de encarecida invitación, interrumpiendo así a Oliver-. El Primer Ministro… Su Alteza Real… -La Duquesa se calló-. Y Diana… -añadió.

Oliver alejó la mano del timbre.

Miró por encima del hombro de la Duquesa las paredes traseras de las casas de la Calle Bond. Pero no vio las casas de la Calle Bond, sino un río turbulento, y truchas y salmones saltando, y el Primer Ministro, y también se vio a sí mismo con chaleco blanco, y luego vio a Diana. Bajó la vista a la perla que tenía en la mano. ¿Cómo iba a someterla a prueba, a la luz del río, a la luz de los ojos de Diana? Pero los ojos de la Duquesa lo estaban mirando.

-Veinte mil -gimió la Duquesa-. ¡Es mi honor!

¡El honor de la madre de Diana! Oliver cogió el talonario; sacó la pluma.

-Veinte… -escribió. Entonces dejó de escribir. Los ojos de la vieja mujer retratada lo estaban mirando, los ojos de aquella vieja que era su madre.

-¡Oliver! -le decía su madre-. ¡Un poco de sentido común! ¡No seas loco!

-¡Oliver! -suplicó la Duquesa (ahora era Oliver y no señor Bacon)-. ¿Vendrá a pasar un largo final de semana?

¡A solas en el bosque con Diana! ¡Cabalgando a solas en el bosque con Diana!

-Mil -escribió, y firmó el talón.

-Tenga -dijo Oliver.

Y se abrieron todas las varillas de la sombrilla, todas las plumas del pavo real, el resplandor de la ola, las espadas y las lanzas de Agincourt, cuando la Duquesa se levantó del sillón. Y los dos viejos y los dos jóvenes, Spencer y Marshall, Wicks y Hammond, se pegaron a la pared, detrás del mostrador, envidiando a Oliver, mientras éste acompañaba a la Duquesa, a través de la tienda, hasta la puerta. Y Oliver agitó su guante amarillo ante las narices de los cuatro, y la Duquesa conservó su honor -un talón de veinte mil libras, con la firma de Oliver- firmemente en sus manos.

-¿Son auténticas o son falsas? -preguntó Oliver, cerrando la puerta de su despacho privado.

Allí estaban las diez perlas sobre el papel secante, en el escritorio. Fue con ellas a la ventana. Con la lupa las miró a la luz… ¡Aquella era la trufa que había extraído de la tierra! Podrida por dentro…

-Perdóname, madre -suspiró Oliver, levantando la mano, como si pidiera perdón a la vieja retratada. Y, una vez más, fue un chicuelo en la calleja en donde vendían perros robados los domingos.

-Porque -murmuró juntando las palmas de las manos- será un fin de semana largo.

FIN

 

lunes, 24 de enero de 2022

2022: el año que viviremos peligrosamente. [Pues claro, queridísimo mío. O despierte y desmiede de los trabajadores que somos ni más ni menos que la inmensa mayoría de la población frente a la chispitilla insignificante minoritariamente minoritaria de los representantes de los grandes capitales que son quienes por el momento tienen la sartén por el mango, la sartén entera, el cuchillo, la cuchara, el mantel, la mesa sobre la que está puesto el mantel, la inmensa mayoría de la riqueza que ellos no han producido, porque la riqueza la crea el trabajo, sí chiquet, sí, el trabajo, o no despierte y desmiede de los trabajadores. He ahí la cuestión de la marcha la Lirón de que el trabajador es el creador de la riqueza y que curiosamente es el que menos disfruta de la riqueza que crea (qué cosas, ¿verdad?) y que además, como vengan mal dadas (como siempre) es el que tiene en vilo hasta su propia existencia en función de que se le ponga en las pelotas a la chispirritilla minoría minoritaria del capital que el tanto por cien de los beneficios esperados tiene que ser un tanto por cien más elevado a costa de incrementar el empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores (de los votantes del PSOE, PP, VOX, Ciudadanos y María Santísima llegada en carne mortal a la política también). La cosa tiene cojones, ¿a que sí? Lógica no tiene, pero yo digo que tiene cojones, y no me vayan a decir que no. Pues nada, que hasta aquí puedo escribir, que es más necesario que el comer un partido de izquierdas (porque sin partido de izquierdas llegaremos hasta quedarnos sin comer) como instrumento político para la defensa de los intereses de los trabajadores o nada por aquí y nada por allí. Que yo digo un partido de izquierdas, no un partido o ciento y la madre de partidos que se digan de izquierdas, porque si la cosa va a quedar en que todos nos pongamos a decir y venga a decir y vuelta a decir esto y lo otro, yo me lío la manta a la cabeza y me hecho al monte a decir que soy la Virgen de Lourdes y me quedo tan Pancho.]

 

Los conflictos político-militares se acentúan y se acercan cada vez más a una península que siempre quiso ser un continente, Europa. ¿Qué está pasando realmente? ¿Se puede evitar la guerra? ¿Es posible la “Europa Común” con Rusia y no contra ella?


2022: el año que viviremos peligrosamente


Manolo Monereo

El Viejo Topo

24 enero, 2022 

A la memoria de Marco Rizzardini, amigo y compañero de sueños. 

No salgo de mi sorpresa. La izquierda, casi toda, nada dice sobre los nuevos y viejos problemas de la seguridad, de la paz y de la guerra. Cuando digo nada, es nada. Mientras, los presupuestos militares crecen y crecen; las nuevas tecnologías se aplican vertiginosamente en la modernización de los arsenales nucleares y convencionales; aparecen nuevas formas de conflictos político-militares en las llamadas” zonas grises” donde el uso y abuso de conceptos como “guerras híbridas” se imponen sin saber con precisión qué significan. A los viejos términos conocidos como tierra, mar, aire, espacio, se le añaden el conceptualmente más complejo de ciberespacio; es decir, la red se convierte en instrumento al servicio de la rivalidad geopolítica.

Asombran la velocidad, los ritmos endiablados que anudan investigación básica, aplicación y producción en un continuo que no parece tener fin. No existen desde hacen muchos años tecnologías de doble uso: todas se aplican directa o indirectamente en un sistema que integra en un único mecanismo empresa, ciencia, tecnología, organización y estrategia-político militar. La llamada revolución en asuntos militares se convierte en permanente. No nos dejemos engañar: las clases dirigentes conocen con mucha precisión lo que pasa; simplemente que intentan, como siempre, eludir el debate y convertirlo en algo lejano, accesible solo a minorías. La llamada política de defensa (o de ataque, depende) es demasiado importante para que los ciudadanos la entiendan, la definan y la decidan.

Lo más grave es que los conflictos político-militares se acentúan y, tiene cierta importancia, se acercan cada vez más una península que siempre quiso ser un continente, Europa. ¿Qué es lo realmente está pasando? Que estamos viviendo una ruptura histórica, un cambio de época de grandes dimensiones. Sus características son básicamente cuatro: la primera, una crisis profunda de la globalización neoliberal que ha sido, no hay que olvidarlo, la pax americana, el modo de ejercer la hegemonía unipolar los EEUU; segundo, una gran transición geopolítica determinada por la crisis del poder norteamericano y la emergencia de nuevos Estados que cuestionan su dominio indiscutido e indiscutible. Tercero, una crisis ecológico-social de lo que podríamos llamar el “capitaloceno”; es decir, la tendencia a la mercantilización del conjunto de las relaciones sociales por un capitalismo depredador bajo hegemonía financiera. En cuarto lugar, la más importante, el declive de Occidente y la (re)emergencia de un Oriente que no acepta y que se revuelve contra el dominio de una civilización que ha pretendido ser la única y la indispensable.

¿Cuáles son los grandes problemas de esta transición? Hay que entenderlo bien desde el principio. Se trata del paso de un mundo unipolar hegemonizado por EEUU -y como aliado subalterno la Unión Europea-  a un mundo multipolar que reconozca a las nuevas potencias económicas, culturales, políticas y político-militares. El desafío es enorme porque implica radical redistribución del poder a nivel mundial, nuevas reglas, nuevas instituciones y nuevas formas de relacionarse las grandes potencias. La “trampa de Tucídides” es el nombre que se le da a un viejo problema, a saber, que estos cambios fundamentales implican conflictos políticos, militares, convencionales o híbridos que, tarde o temprano, llevarán a la guerra. Estados Unidos, el que manda realmente, no va a aceptar la organización de un nuevo orden internacional que cuestione su poder y que le imponga nuevas reglas. Este conflicto existencial definirá los próximos años del sistema-mundo e implicará cambios sustanciales en las relaciones entre las grandes potencias y, a no olvidar, determinarán la orientación y el sentido que se les dé a los grandes problemas globales como las desigualdades, la crisis climática y energética y una pandemia que se extiende y muta por doquier.

La Unión Europea, desde el punto de vista político-militar, es un protectorado de los Estados Unidos cuyo instrumento fundamental es la OTAN. En junio de 2022 tendrá lugar en Madrid la cumbre de la Organización Atlántica donde se aprobará su nuevo concepto estratégico y, en paralelo, se definirá por la Unión Europea lo que pomposamente se llama la “brújula estratégica”, documento donde se concretarán sus prioridades político-militares. Para entenderlo, la UE va a alinear su política de defensa y seguridad con los intereses estratégicos de los EEUU que organizan dos campos de operaciones o áreas de decisión geopolítica: uno principal dirigido a contener, asediar y someter a China; otro secundario, dirigido contra Rusia y protagonizado fundamentalmente por la OTAN. El AUKUS (el tratado entre Australia, Reino Unido y EEUU) será el eje de una amplia alianza a la que pronto se sumarán los dos protectorados militares en la zona, Japón y Corea del Sur. India y Pakistán jugarán un papel decisivo en este “gran juego” que acaba de comenzar, sin olvidar una Indonesia que quiere ser actor propio.

Hablamos de Europa; es decir, de un teatro de operaciones secundario controlado por los intereses de unos EEUU que esperan que la Rusia de Putin sea derrotada a manos de una OTAN cada vez más fuerte y con mayor proyección política. La partida hace tiempo que comenzó. Se puede decir que, con mayor o menor implicación, las instituciones europeas y la mayoría de los gobiernos de los Estados comparten esta política y se preparan para un conflicto que, si no se para pronto, terminará de nuevo llevando a Europa a una guerra de grandes proporciones. La opinión pública está siendo trabajada durante años bajo la idea de que Rusia es culpable y pone en peligro la paz en una Europa siempre democrática, dialogante y de natural pacífico. Bastaría mirar el mapa con cierta atención para saber que a la propuesta de una “Casa Común Europea” de Gorbachov se le respondió con la ampliación de la OTAN hacia el este, con el preciso objetivo de impedir la recuperación de una Rusia en declive. Como suele ocurrir, el poder siempre aspira a más poder. En una alianza plena de complicidades, EEUU y la UE intervinieron abierta y sistemáticamente en las antiguas repúblicas soviéticas para desestabilizar a los gobiernos que ellos consideraban no suficientemente alejados de Moscú, propiciando todo tipo de conflictos civiles, étnicos y, al final, militares. Antes Estados fallidos que aliados de una Rusia convertida, de nuevo, en el “El imperio del mal”.

Ante tanta geopolítica, anta tanto rearme y propaganda de guerra parecería que las poblaciones solo les queda mirar hacia arriba, hacia los que mandan y esperar que los conflictos no vayan a más y que, de llegar, nos les pille. Hay que actuar y pronto. El “partido de la guerra” puede ser derrotado y la conflagración militar, evitada. Depende de los ciudadanos y de las ciudadanas, de las clases trabajadoras y de los intelectuales críticos. Una idea central: la dinámica del conflicto, el rearme y eventualmente la guerra nada tienen que ver con los derechos humanos, la democracia o la libertad de los pueblos. La clave es otra: que Occidente, liderado por los Estados Unidos, mantenga su hegemonía política, económica y militar; para ello deben impedir, cueste lo que cueste, el surgimiento y desarrollo de nuevas potencias que cuestionen su dominio y acaben imponiendo un nuevo orden internacional contrario a sus intereses y privilegios.

Para comprender la etapa que viene hay que entender bien dos asuntos fundamentales: 1) los Estados Unidos tienen una superioridad económica, política y militar clara, nítida; 2) la concepción de estratégica del Pentágono es preventiva, de conflicto político-militar prolongado en el espacio- tiempo. El objetivo es frenar y bloquear el despliegue del eje China/Rusia que incluye: a) guerra económica, comercial y financiera en el marco de un desacople planificado de las redes de valor y de suministro que tienen su centro en China; b) los conflictos indirectos y no convencionales llamados de “zona gris” donde los  “híbridos” son una variante bien estudiada y aplicada con provecho; c) el ciberespacio como territorio privilegiado de competencia y lucha entre grandes potencias; d) la tecnología en general y su ciclo industrial-militar acelerado como variante clave de unas fuerzas operativas en despliegue multifuncional, complejo, y fuertemente autónomo ; e) la democracia y los derechos humanos como ideología que justifique la guerra y legitime los conflictos políticos–militares.

La propuesta que debería defender una Europa realmente europea no es la que hace la OTAN o la que pretende articular la UE; es decir, prepararse para la guerra, impedir el desarrollo de China o bloquear la transición a un orden multipolar más representativo, plural e igualitario. Este no es el camino. Para Europa, una nueva guerra en su suelo sería un desastre de proporciones bíblicas, el apocalipsis terminal de una cultura, de una civilización. Las preguntas de una Europa verdaderamente autónoma, soberana, como afirma Macron, deberían ser: ¿cómo evitar la guerra?, ¿cómo crear las condiciones económicas, políticas y político-militares para una paz duradera y ecológicamente sostenible? La “trampa de Tucídides” se puede eludir; la guerra se puede evitar. La paz europea no tiene alternativa. Los intereses de nuestras poblaciones, de nuestros pueblos y Estados no coinciden con los de EEUU que lucha descarada y abiertamente por su hegemonía sobre nuestro planeta.

Hay que usar de nuevo tres palabras, tres conceptos: diplomacia, desarme y seguridad mutua.

Diplomacia, como tarea centralmente política que organice un acuerdo de paz, cooperación económica y ecológico social con Rusia. No será fácil, pero se debe trabajar para ello con tenacidad e inteligencia. En un marco más amplio se podrían encontrar caminos imaginativos para solucionar conflictos como los de Ucrania. Los intereses geoeconómicos, comerciales y energéticos de Rusia y Europa son convergentes y tienden a complementarse en el tiempo. Desarme, con objetivos claros y verificables. En su centro, una Europa desnuclearizada. Seguridad mutua, que permita a Rusia y a Europa diseñar políticas que fomenten la colaboración, defensa de bienes públicos comunes y disminuyan planificadamente los riesgos.

La “Europa Común” con Rusia y no contra ella. Un gran pacto Euroasiático que ponga fin a la definición-trampa del viejo Mackinder; dicho de otro modo, dar por terminada la ocupación y el control que EEUU ejerce sobre nuestro continente común. Esta sería la auténtica autonomía estratégica de Europa transformada en sujeto soberano y actor singular de un mundo que transita hacia un orden más plural, más representativo, más igualitario. ¿Utopía? Es posible. ¿El problema? que no tiene otra alternativa que no sea la guerra.

Fuente: Nortes.

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Verdades incómodas sobre el conflicto entre Rusia y Ucrania

 

Verdades incómodas sobre el conflicto entre Rusia y Ucrania

DIARIO OCTUBRE / enero 21, 2022

 


André Abeledo FernándezEl 2 de mayo de 2014, decenas de oponentes del Gobierno NAZI-FASCISTA de Kiev murieron en esta ciudad ucraniana de Odessa abrasados por un incendio provocado en la Casa de los Sindicatos, tras protagonizar violentos enfrentamientos callejeros con extremistas del grupo radical Pravy Sektor y sus simpatizantes.



Los NAZI-FASCISTAS quemaron el edificio sindical con más de un centenar de personas dentro, la mayoría murieron quemados, entre ellos un niño de corta edad, los que se tiraban por las ventanas para huir de las llamas eran rematados a palos por los NAZIS que apoyan al gobierno Ucraniano.

Los EEUU, la OTAN y la Unión Europea apoyaron a aquel gobierno NAZI-FASCISTA Ucraniano en su enfrentamiento con las provincias rebeldes, provincias con una mayoría de población rusa, y en el enfrentamiento con la misma Rusia.

Alimentar al monstruo y fortalecerlo como buen burgués asustado lleva a que ahora el FASCISMO y el racismo también sean gobierno, o puedan serlo, en otros países de Europa.

Aquellos crímenes y otros muchos han quedado impunes en Ucrania.

La oligarquía nacionalfascista, incluyendo a sus mamporreros políticos y periodistas, defendieron al asesino Sternenko.

Aquellos crímenes que Occidente no quiso ver, aquel fascismo que Occidente apoyó, aquel conflicto donde la OTAN tomó partido por un gobierno NAZI y golpista que había tomado el poder en Kiev, es el mismo que ahora amenaza al mundo como pandemia ideológica tan peligrosa como cualquier coronavirus para toda la humanidad.

El actual conflicto en la frontera entre Ucrania y Rusia tiene una historia, un contexto, y unos motivos, que Occidente esconde a su opinión pública.

Existe una campaña antirrusa se guía por “la máxima de Goebbels de que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”, donde el objetivo del mantra de que ‘Moscú es culpable de todo’ –desde la crisis energética en Europa, hasta todo tipo de ataques informáticos, pasando por su ‘mano’ detrás del independentismo catalán–, es hacer creer a la ciudadanía occidental de que Rusia es un enemigo a batir.

Una campaña que no se limita a la desinformación, sino que acompaña hechos bien concretos, como el golpe de Estado en Ucrania y la imposición de un Gobierno de ideología nazi, al tiempo que la OTAN no deja de acumular tropas en las proximidades del territorio ruso.

¿Que haría EEUU si en sus fronteras potencias extranjeras acumulasen tropas y armamento como medida de presión y amenaza?.



Porque eso está haciendo la OTAN, amenazar las fronteras rusas y tratar de desestabilizar su economía y también a sus aliados, como en el caso de Bielorrusia, o Kazajistán.

Podemos escuchar a opinadores hablando de la libertad de Ucrania y la OTAN para aliarse, poner misiles en la frontera con Rusia, o para armar al ejército Ucraniano.

¿Pero que pasaría si Rusia y Cuba decidiesen poner sus misiles en la isla?, supongo que otra crisis de los misiles y una nueva amenaza de tercera guerra mundial. Ese es el doble rasero de los medios Occidentales a la hora de informar.

Como siempre la verdad es la primera víctima de la guerra, en este caso de la guerra fría.

Como siempre decir la verdad sigue siendo un acto revolucionario.

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La guerra no es guerra si la apoya el PSOE. La guerra no es guerra si la apoya el PSOE. [Elemental mi muy querido y simplón Guason, Guasón o Watson. Si el gobierno (por delegación de una facción de los grandes capitales) del PSOE es de un social comunismo horripilis hirripilis, según la jefaturización del PP con chufletazo de apoyo patrio de VOX en la misma tesis, per0 a su vez el PP (hablamos siempre de jefaturas) es igual de social comunista que el PSOE, lógico es que practiquen la misma política contra los trabajadores. Pero aquí está el intríngulis de la cuestión, querido y simplón elemental Guason, Guasón, Watson o como que te llames, que como el PSOE se llama de centro izquierda y el PP de centro derecha (cosa de nombre corriente y moliente) para lo que Aznar era guerra para Pedro Sánchez es que como me la maravillaría yo. Useáse, maño mío, que los costos en sangre y dineros de los platos rotos para que cuatro criminales (estos son los de siempre o sus descendientes) hagan sus negocios los pagaremos los mismos, los trabajadores, nos llamemos como nos llamemos, que en esto sí que no hay cambios. Nota descansativa: se ruega al lector volver al principio porque es que yo me canso de tanto repetir, y encima me llaman repetidor cansino, aunque no todos, hay que reconocerlo, otros me llaman hijoputa y rojo de mierda, las cosas como son. A cada cual lo suyo.]

 

La guerra no es guerra si la apoya el PSOE


INSURGENTE.ORG / 23 enero 2022

 

Vertebrar la política del Régimen del 78 en función de si el gobierno lo ostenta el PP o el PSOE, y no en que ambos son defensores acérrimos del sistema capitalista, da algunos disgustos a sus crédulos. Así, si el gobierno de turno envía tropas y logística a la guerra de Iraq, hay una movilización generalizada, con millones de personas que inundan las calles y enseñan la puerta de salida al criminal de guerra José María Aznar, pero si lo hace el PSOE, vía OTAN (¿de entrada no?), salen despavoridos sus terminales mediáticas a justificar la agresión e impedir movilizaciones contra la guerra en Ucrania.

En la cumbre de las Azores celebrada en 2003, Bush, Blair (socialdemócrata, dicen) y Aznar, acordaron intervenir en el país antes de agotar las vías pacíficas. 2.600 soldados españoles fueron enviados a Iraq entre junio de 2003 y mayo de 2004. Ahora, el gobierno moviliza soldados, cazas y barcos camino del Mar Negro pero se ve que no es para lo mismo, sino para beligerar contra el criminal ruso con sus antecedentes comunistas incluidos. El acabóse. No esperemos pues movilizaciones masivas convocadas por El País, la SER o la Sexta.

Para colofón, varios partidos con representación parlamentaria y aliados del gobierno, han firmado contra el envío de tropas a Ucrania. Eso, por la mañana, por la tarde votan con Sánchez. Lo de siempre.

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domingo, 23 de enero de 2022

Estados Unidos, la UE y sus cruzadas imperialistas: cinismo para perfumar rapiña y muerte

 

Estados Unidos, la UE y sus cruzadas imperialistas: cinismo para perfumar rapiña y muerte

DIARIOOCTUBRE / enero 22, 2022

 


Cecilia Zamudio.— Resulta que el imperialismo estadounidense puede tener bases militares instaladas por todo el planeta, tener un ejército descomunal, tener ojivas nucleares, puede rodear con bases militares un país que pretende arrodillar, puede instalar (con la complicidad de sus socios europeos) a un régimen nazifascista en Ucrania y barnizarlo de “primaveral”; puede haber sido el país que más guerras ha desatado y más países ha invadido, puede haber bombardeado Irak, Libia, Siria, Afganistán, Yugoslavia (etc.), causando millones de muertes y la destrucción de países enteros; puede tener bases de entrenamiento de torturadores paramilitares como en Colombia, desde las que salen mercenarios a desmembrar campesinos que se oponen al saqueo capitalista de los recursos; puede financiar mercenarios fanáticos religiosos en medio planeta con la finalidad de combatir a los revolucionarios y de sembrar el caos controlado para así saquear mejor lo que sus multinacionales codician, puede emprender guerras de la mano de sus socios torturadores como la guerra contra Yemen, Palestina, etc… ¡PERO, aaah!…

¡Pero, pero, PERO!…

Ningún país puede querer defenderse de semejante angelito, si no, será tildado por los medios de alienación masiva propiedad de la clase parásita, como “país guerrerista”, “país terrorista”, “país poco amante de la paz, que hay que bombardear humanitariamente”, etc.

Sobra decir que los propietarios de las grandes corporaciones mediáticas también poseen capital en las multinacionales interesadas en saquear las riquezas de los países a invadir, capital en el complejo militar-industrial, etc. Es decir: para el Capital las guerras imperialistas son un gran negocio.

El capitalismo, en una de las crisis consustanciales a su misma lógica, una crisis de dimensiones telúricas, busca reencaucharse a través de nuevas guerras imperialistas. Y parece ser que Rusia es el país elegido por el imperialismo estadounidense y europeo para esta nueva empresa de destrucción y muerte a gran escala. Desde que el imperialismo estadounidense y la Unión Europea instigaron, financiaron y finalmente instalaron al fascismo al poder en Ucrania, era bastante previsible su próximo movimiento de rapiña y muerte.

Una vez más, la clase trabajadora, a nivel internacional, debe alzar su voz contra las pretensiones imperiales de emprender otra guerra, contra la subida del fascismo auspiciado por el gran Capital, contra todos aquellos monstruos que desata el Capital para mantener su sistema de explotación triturando humanidades y planeta.

Blog de la autora:

www.cecilia-zamudio.blogspot.com

FUENTE: plumalzada@gmail.com

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