sábado, 28 de agosto de 2021

¿Qué es el movimiento obrero?

 

Hoy se cumplen tres años del fallecimiento de Josep Fontana. Maestro en el pensar históricamente, profundo estudioso, trabajador infatigable y marxista comprometido, lo recordamos con este breve y agudo texto sobre el papel actual de los sindicatos.


¿Qué es el movimiento obrero?

 


Josep Fontana

El Viejo Topo

28 agosto, 2021 


A comienzos de junio un lector de La Lamentable me pidió que explicara qué entiendo por movimiento obrero. Si se tratara de una sencilla definición, bastaría con decir que pienso que es la acción coordinada de quienes viven de un salario el cual ganan con su trabajo (no necesariamente «manual», como dice el Diccionari del IEC). Pero supongo que la demanda de aclaración iba más lejos.

Como historiador le diría que el movimiento obrero organizado en sindicatos nace en Europa en la primera mitad del siglo XIX (en Cataluña, en 1840) y que de su acción ha dependido la mayor parte de los avances sociales que se consiguieron en los siglos XIX y XX, desde la limitación de las jornadas de trabajo o el salario mínimo, hasta el sistema de pensiones: avances de los cuales no sólo se han beneficiado los trabajadores, sino el conjunto de la población. Sin la fuerza negociadora de los sindicatos nunca habría habido «Estado del bienestar».

Un trabajo de Colin Gordon, del Economic Policy Institute, muestra cómo en Estados Unidos se produjo una paulatina mejora de los ingresos medios de las capas populares entre 1945 y 1978, al mismo tiempo que crecía la afiliación a los sindicatos y que éstos ejercían su papel moderador, no sólo en la negociación de los salarios, sino en cuestiones de política que beneficiaban a todos. En nuestro país, por ejemplo, sin la fuerza que alcanzaron los sindicatos clandestinos durante el franquismo, no habría habido «Transición». Fue el temor a su capacidad de movilización lo que obligó a los herederos del franquismo a negociar con los partidos de izquierda (que luego se encargaron, a su vez, de traicionar a los sindicatos… pero esta es otra historia).

El problema es que desde mediados de los años 70, cuando políticos y empresarios se convencieron de que no había ningún temor a una subversión revolucionaria del orden establecido, se rompió el pacto que había mantenido la paz social en estos años y se inició la lucha a muerte contra los sindicatos: una lucha iniciada por la señora Thatcher en Inglaterra y por el presidente Ronald Reagan en Estados Unidos, pero que no tuvieron inconveniente en continuar después sus sucesores «de izquierda», como el famoso «trío de la benzina» que integraron Bill Clinton, Tony Blair y Felipe González, inventores de un socialismo  pasteurizado.

La lucha fue implacable en Estados Unidos, donde puede considerarse que el sindicalismo ha desaparecido de las empresas privadas y sólo continúa entre los trabajadores públicos (policías, bomberos, enfermeras, maestros, etc.), ferozmente atacados por políticos conservadores republicanos (y abandonados por los demócratas), lo cuales han conseguido, por ejemplo, que los votantes populares crean que los trabajadores sindicados son unos privilegiados, que gracias a los sindicatos que les defienden tienen mejores sueldos, unas pensiones aseguradas y cuentan con más seguridad de no ser echados arbitrariamente a la calle.

En casos concretos, por ejemplo en lo que se refiere a la escuela, todo esto sirve para atacar a la enseñanza pública, alegando que es de mala calidad porque los sindicatos impiden que se echen a los malos maestros, y que lo bueno son las escuelas concertadas, o privadas, donde los directores pueden deshacerse sin ningún impedimento de los profesores que les estorban (huelga decir que en estas condiciones resulta muy fácil asegurarse que los maestros no enseñan nada que estimule el pensar). Por decirlo literalmente: el apartado sobre educación que el Partido Republicano de Texas presenta de cara a las elecciones de este año, dice explícitamente que se opone a que se enseñen métodos de pensamiento crítico que tienen como finalidad «poner en duda las creencias establecidas de los estudiantes y minar la autoridad de los padres». De pensar por su cuenta, nada.

En Estados Unidos, por lo menos, la política de aniquilación de los sindicalistas es brutal, pero no sangrienta. En otros lugares las cosas se hacen sin tantos miramientos. En la Colombia del presidente Uribe, amigo estimadísimo de Estados Unidos, fueron asesinados 2.515 dirigentes sindicales desde 1986. No exactamente por motivos políticos, sino para realizar una «reforma laboral». La compañía bananera norteamericana Chiquita Brand, por ejemplo, no tuvo inconveniente en reconocer en 2007 «que había pagado y armado a grupos paramilitares colombianos que asesinaron a dirigentes sindicales, organizadores sociales y trabajadores de sus plantaciones».

Estados Unidos no ha condenado estas prácticas de sus amigos colombianos, como tampoco lo hacen hoy en Honduras, donde hay tropas norteamericanas que se supone se ocupan de la droga, mientras que en los dos últimos años ha habido por lo menos 43 asesinatos de dirigentes sindicales y campesinos. No sería lógico, por otra parte, que se opusieran a ello, cuando ha habido antecedentes que justifican su tolerancia. El 20 de septiembre de 1995 el Senado de Estados Unidos reconoció lo siguiente: «Hay una evidencia considerable que en 1981 un escuadrón de la muerte del ejército de Honduras fue creado con el conocimiento y la asistencia de Estados Unidos […] y llevó a cabo una campaña sistemática de secuestros, torturas y asesinatos contra supuestos subversivos, que no eran sino organizadores sindicales, activistas de los derechos humanos, periodistas, abogados, estudiantes y profesores. La mayor parte de ellos estaban asociados a actividades que serían legales en cualquier democracia».

Es cierto que estamos en unos momentos en que los sindicatos dan cada vez menos miedo, y son por lo tanto menos eficaces en la tarea de moderación de la ola de explotación que padecemos. Sin embargo, defenderlos significa defender la continuidad de unos derechos sociales que ellos son entre los pocos en defender: derechos que se ganaron en dos siglos de luchas sociales, en las cuales fueron muchos quienes se jugaron la libertad y la vida, para ellos y para quienes vinieran detrás, y que hoy nos están siendo arrebatados día a día.

No es que yo me haga ilusiones de que puedan recuperar su antigua fuerza y enderezar el camino que nos lleva al desastre. El enemigo aprende los métodos de quienes se le oponen y acaba consiguiendo neutralizarlos; pero mientras sea posible, su resistencia nos ayuda a todos. Muy importantes han de ser los sindicatos cuando sus contrincantes están dispuestos a llegar incluso al asesinato para liquidarlos.

La gran lección que deberíamos aprender es que ninguna ganancia social nos ha sido regalada, sino que todas se han conseguido luchando. Si la fuerza de los sindicatos flaquea, habrá que organizar nuevos movimientos sociales que inventen nuevas formas de acción para oponernos al desguace de nuestros derechos y evitar que nos lleven otra vez a un mundo de señores y siervos. Que es por este camino por donde van las cosas.

Fuente original: «Què és el moviment obrer?»La Lamentable, 11 julio 2012, traducido por Jordi Domènech

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Según un grupo de expertos de Harvard. La probabilidad de que se produzca otra pandemia es “mayor que nunca” [Para ver que saco en claro de este asunto me tengo que echar unos trotes con el caballo de Santiago Abascal, así, de tú a tú; unas cervezas a moco tendido con la señora Ayuso de Madrid, que en lo tocante a cervezas sabe un rato, no como el primo de Rajoy, que ni siquiera sabe si lloverá manaña en Sevilla, y unas parrafadas con el patrio Casado del PP; con la ecoloqué y la ecolocual; con el tío del Flan chino el mandarín, caperucita roja y el Lobo feroz a ver que tal, a ver por dónde me salen, porque para mí, lo que yo me barrunto, es que todo es cosa del modo de producción capitalista que no lo puede salvar ni Dios a partir de 2008, a pesar de los reconstituyentes que desde entonces le están metiendo al cuerpo a base de un zurriagazo de millones por aquí y otro escopetazo de millones por allá más los millones que le están al caer, porque Santa Lucia, con la que yo intimo que es una barbaridad, tío colegui (y a nadie le importa como nos las averiguamos para mantenernos en la intimidad íntimamente unidos), pobrecita mía, no es capaz de ver nada. ]

 

Según un grupo de expertos de Harvard

La probabilidad de que se produzca otra pandemia es “mayor que nunca”

 

Por María Fernanda Lizcano

Rebelión

28/08/2021 

Fuentes: Mongabay [Imagen: Personal de salud en Santa Rosa de Serjali, en Sepahua, Ucayali, Perú. Foto: Microred de salud Sepahua.]

– La destrucción de bosques tropicales, la intensificación de la ganadería y el comercio de especies silvestres, son algunos de los factores que, según los científicos, contribuyen a la propagación de patógenos.

– Un reciente informe advierte de que las soluciones para evitar una nueva pandemia son más baratas y efectivas que las inversiones en pruebas de diagnóstico, vacunas y medicamentos. Representan solo el 2 % de los costos económicos que se invierten en la respuesta al Covid-19.

Nadie quiere más pandemias, pero la probabilidad de que aparezca otra es “mayor que nunca”. El cambio en el uso del suelo, la destrucción de los bosques tropicales, la expansión de las tierras agrícolas, la intensificación de la ganadería, la caza, el comercio de animales silvestres, y la urbanización rápida y no planificada son algunos de los factores que influyen en la propagación de virus con potencial pandémico.

Esa es la conclusión principal del informe del Grupo de Trabajo Científico para la Prevención de Pandemias, un equipo creado por el Instituto de Salud Global de Harvard y el Centro para el Clima, la Salud y el Medio Ambiente Global de la Escuela de Salud Pública T.H. Chan de Harvard. En el documento, que reúne la evidencia científica existente y brinda recomendaciones para evitar una nueva pandemia, los investigadores advierten que la agricultura está asociada a más del 50 % de las enfermedades zoonóticas que han afectado a los humanos desde 1940. Esta cifra plantea desafíos, pues el informe menciona que con el crecimiento de la población mundial y el incremento de la inseguridad alimentaria, resulta urgente invertir en una agricultura sostenible, conservar los recursos hídricos, evitar un mayor cambio en el uso de la tierra y reducir la pérdida de biodiversidad.

“Si se reforesta, si se regulan los mercados de animales salvajes, entre otros, estamos contribuyendo a disminuir la probabilidad de que esos virus —muchos que aún no están caracterizados— lleguen a los humanos. Así disminuimos el riesgo”, asegura Marcos Espinal, director de Enfermedades Transmisibles y Determinantes Ambientales de la Salud, de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), a Mongabay Latam. Él no tiene dudas: trabajar en la prevención reducirá costos en términos económicos, sociales y en vidas humanas.

Existe preocupación entre los científicos por el cambio de paisaje debido a la presencia de agricultura y ganadería. Foto: Archivo Camila González.

Bosques protectores

En el 2020 se perdieron 12,2 millones de hectáreas de bosques tropicales en el mundo. Esta cifra, presentada este año por Global Forest Watch, demuestra el desafío al que la humanidad se enfrenta y al que se refieren los autores del informe. Los científicos proponen invertir en la conservación de los bosques tropicales —en especial los que están intactos o en buen estado de conservación—, como una de las medidas obligatorias para evitar una nueva pandemia.

¿La razón? Cuando los animales son despojados de sus territorios tienen que buscar nuevos lugares para vivir y así se crean oportunidades para que los patógenos busquen nuevos huéspedes. “Cuando se deforesta un bosque, el animal sale de su hábitat y trata de buscar un lugar donde pueda subsistir —comenta Marcos Espinal, coautor de la investigación—. Ese animal, que no está completamente examinado, puede tener virus, tener patógenos que uno no conoce”.

Al acabar con los bosques se crea un desbalance en un ecosistema que antes estaba en equilibrio, ocasionando que los grandes mamíferos huyan y queden las especies que se adaptan fácilmente a los ecosistemas transformados, que se reproducen más rápido y en menor tiempo, y que se conocen como especies sinantrópicas. «Se ha visto que esos mamíferos que quedan son buenos hospederos. […] Esos cambios desequilibran toda la cadena trófica y favorecen a un grupo de organismos que tiene unas características que los hacen muy buenos hospederos y pueden amplificar los virus rápidamente”, explica Camila González Rosas, bióloga, doctora en Ciencias y docente del Centro de Investigaciones en Microbiología y Parasitología Tropical de la Universidad de los Andes, a Mongabay Latam.

El informe advierte que se ha descubierto que animales como murciélagos, roedores y primates albergan una mayor proporción de virus zoonóticos que otros grupos.

Camila González ha estudiado la presencia de patógenos en primates. Foto: Giovanni Randazzo.

Buscar soluciones de fondo, como la conservación de los bosques tropicales y frenar la pérdida de biodiversidad, no solo evitará el riesgo de una nueva pandemia, sino que ayudará a cumplir las metas urgentes en cambio climático, como limitar el aumento de la temperatura del planeta a 1,5°C. En su más reciente informe, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) advirtió que de no disminuir en al menos un 45 % las emisiones de gases de efecto invernadero al 2030 y eliminarlas a 2050, la humanidad se enfrentará a una catástrofe climática.

“Las acciones a tomar para evitar una nueva pandemia son tan contundentes como las del cambio climático. Los virus están saliendo porque estamos haciendo cosas que no deberíamos hacer. Abusamos de la capacidad de los sistemas de ser resilientes y estamos apuntando a un límite de no retorno. Las cosas difícilmente cambiarán mientras el desarrollo económico siga por encima de todas las prioridades. No es que se generen virus diferentes, simplemente lo que estaba contenido en un equilibrio natural, lo estamos sacando”, puntualiza González.

El límite de la frontera agropecuaria

La investigación del equipo de trabajo de la Universidad de Harvard también constató que la propagación de los virus de la fauna silvestre hacia las personas, a veces a través del ganado, es una de las causas principales del riesgo de pandemia. Esa conclusión tiene sentido para la bióloga Camila González, quien explica que entre más densidad poblacional de animales se ponga en los ecosistemas transformados, mayores oportunidades tendrán los patógenos para salir y llegar a los humanos.

El foco de deforestación en Flor de Ucayali, Perú, se inicia en el límite de este pueblo con el caserío Santa Sofía. Foto: Feconau.

“Si tumbas el bosque y metes una gran cantidad de animales [vacas, por ejemplo], lo que haces es poner una autopista para que el patógeno salga y llegue a los humanos. Le das una cantidad de hospederos susceptibles para que infecte. […] Con más hospederos, aumenta la propagación del virus”, dice.

Por eso, otra de las recomendaciones de los científicos de Harvard es mejorar la bioseguridad para el ganado y los animales de granja, especialmente cuando la cría se realiza cerca de asentamientos humanos. “Los bosques, la depredación, el mercado de animales salvajes y hasta el mal uso de animales domésticos —porque existe, por ejemplo, la rabia humana transmitida por perros—, son factores que influyen en la probabilidad de una pandemia. Es una confluencia de factores”, indica Espinal, resaltando que otro de los desafíos es el control de la caza y de los mercados de animales salvajes, donde matan a los animales silvestres y venden sus carnes sin una higiene adecuada. Estas condiciones favorecen el salto de posibles patógenos a los humanos y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ya ha advertido que el 75 % de todas las enfermedades infecciosas emergentes provienen de la vida silvestre.

Fortalecer una agricultura sostenible y evitar el desperdicio de alimentos serán medidas fundamentales, precisa el informe, para reducir la pérdida de biodiversidad, conservar los recursos hídricos y prevenir nuevos cambios en el uso de la tierra, al tiempo que se promueve la seguridad alimentaria y el bienestar económico. En conclusión: ser más productivos con los recursos que se tienen actualmente, pues si bien hoy se produce comida para más de 10 000 millones de personas, también se desperdicia casi un tercio de los alimentos, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Deforestación en los bosques de Colombia. Foto: Fundación Natura.

La prevención cuesta menos

Aún se desconoce mucho sobre las enfermedades que se transmiten de los animales a humanos o viceversa pero Manish Kakkar, especialista en salud pública de Nueva Delhi (India) y coautor de la investigación, considera que esta es la oportunidad para hacer más análisis que permitan desarrollar estrategias específicas para cada país, que tengan como objetivo buscar soluciones de fondo y no solo responder a un brote.

“Espero que se analicen detenidamente las recomendaciones del equipo para tener claros los próximos pasos y así estar mejor preparados para la próxima pandemia, porque no se trata de si habrá otra, sino de cuándo ocurrirá”, manifiesta Kakkar.

Si bien las inversiones en el sistema sanitario, en pruebas de diagnóstico, medicamentos y vacunas son importantes para contener los brotes de enfermedades cuando ya se han producido, el informe resalta que no solucionan el problema de la propagación ni evitan el riesgo de que ocurra una pandemia. Son medidas que, además, resultan insuficientes y no benefician a todos los países por igual pues, mientras que en los países de bajos ingresos menos del 2 % de las personas han recibido al menos una dosis de la vacuna —según Human Rights Watch—, en los países ricos ya están pensando en una tercera dosis como refuerzo. “Incluso en los países más ricos la cobertura de la vacuna está lejos de alcanzar los niveles necesarios para controlar la variante Delta”, subraya el informe.

Pruebas PCR de COVID-19 para miembros de la nacionalidad siekopai, comunidad de Bella Vista, Territorio Siekopai, Sucumbios, Amazonia ecuatoriana, el 29 de abril 2020. Foto Luke Weiss / Amazon Frontlines y Alianza Ceibo.

Aaron Bernstein, director interino del Centro para el Clima, la Salud y el Medio Ambiente Global de Harvard T.H. Chan School of Public Health y líder del grupo de trabajo científico, considera que tomar soluciones que traten el problema de fondo como frenar la destrucción de los bosques tropicales y la pérdida de biodiversidad, regular el mercado de animales salvajes, fomentar una agricultura sostenible y evitar el desperdicio de alimentos, tienen múltiples beneficios. Por un lado, son considerablemente más baratas; por el otro, ayudarán a detener la propagación de enfermedades de animales a humanos, así como a estabilizar el clima del planeta y revitalizar su biósfera. Esto será esencial no solo para la salud sino para mantener un bienestar económico, pues, de acuerdo con el científico, el COVID-19 provocó una pérdida mundial estimada en unos 40 000 millones de dólares al año.

Bernstein asegura que actualmente se han gastado más de 6 billones de dólares en “pañitos de agua tibia”. “No importa cuánto gastemos en vacunas, nunca podrán inmunizarnos completamente contra futuras pandemias», dice. En investigaciones anteriores, Bernstein ha encontrado que reducir la deforestación y regular el comercio de animales silvestres cuesta 22 000 millones de dólares al año, lo que representa solo el 2 % de los costos económicos y de mortalidad que el mundo invierte hoy en día en respuesta al COVID-19.

Por último, el informe recomienda aprovechar las inversiones en el fortalecimiento del sistema de salud para avanzar en la conservación. Los investigadores de Harvard resaltan que un ejemplo de éxito es Borneo, una isla asiática donde una década de trabajo permitió reducir la deforestación en un 70 %, proporcionar acceso a la atención médica a más de 28 400 personas y reducir sustancialmente la malaria, la tuberculosis y otras enfermedades comunes de la infancia.

Los  peces muertos por contaminación del agua son un reflejo de mal manejo de la salud ambiental en muchos territorios latinoamericanos. Foto: Nacionalidad siekopai.

Será clave además —plantean los científicos— aprovechar las inversiones en los sistemas sanitarios y apoyar las plataformas de One Health (Una sola salud), un concepto que hace alusión a buscar el equilibrio entre la salud humana, ambiental y animal. Solo de esta manera, dicen, se podrá avanzar conjuntamente en la conservación, la salud y la prevención de contagios.

“En este informe presentamos toda la evidencia, pero también hacemos recomendaciones, de tal forma que los líderes regionales, los políticos y los jefes de Estado pongan atención y traten de invertir, no solo en la respuesta a la pandemia, sino también en la prevención. Queda claro que la principal inversión que debe hacer la humanidad para llegar a la raíz de los problemas es proteger el mundo natural, de esto depende la salud y el bienestar económico”, finaliza Marcos Espinal.

Fuente: https://es.mongabay.com/2021/08/expertos-de-harvard-probabilidad-de-que-se-produzca-otra-pandemia/

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La Guerra en INDOCHINA: Vietnam, Camboya y Laos

viernes, 27 de agosto de 2021

Compañías eléctricas: Torres mucho más altas han caído

 

Compañías eléctricas: Torres mucho más altas han caído

 

 Tomás F. Ruiz

  Fuentes: Rebelión / España

27/08/2021 


Lo que nuestro país está viviendo bajo el terror de las empresas eléctricas es que sólo puede comparase a una película de zombis sedientos de sangre de las que, en los años sesenta, solía firmar George A. Romero.

Todo el mundo se pregunta cómo el Estado español, con todo su aparato fiscalizador y regulador de fraudes, aparato que tan eficiente resulta a la hora de multar a ciudadanos de a pie, no ha sido capaz de frenar el tsunami de voraces zombis en que las temibles “facturas de la luz” se han convertido para una mayoría de la población.

Damos por sentado, pues no queda otra explicación, que las Iberdrolas, Endesas, Fenosas (ahora Naturgys) y demás firmas depravadas que se reparten el mercado de la electricidad en España, pagan sustanciosas comisiones a los señores diputados para que mantengan la boca cerrada mientras sus tarifas traspasan la estratosfera y saquean abiertamente los bolsillos de las familias españolas consumidoras de gas o electricidad (esto es el 99.99 por ciento de la población).

Cabe también imaginar que estas comisiones son las mismas, o incluso mayores, de las que las empresas eléctricas españolas pagan a jueces, magistrados, senadores, presidentes de consejos generales judiciales, mandatarios comunitarios o ediles corruptos, que es de lo que más hay, pues los cargos públicos españoles no se venden por un plato de lentejas, como hizo el Esaú bíblico, desesperado por el hambre y preso de la voracidad.

La absoluta condescendencia entre la clase política española y las voraces firmas energéticas resulta tan evidente que ya nadie se atreve a ponerla en tela de juicio. Sencillamente, nuestros representantes “democráticos” (los diputados de unas cortes franquistas que aún funcionan a pleno rendimiento en este país) han cogido la parte del pastel que les han ofrecido las compañías eléctricas sin ningún remordimiento y se la han echado al bolsillo a cambio de su silencio. Nuestros corruptos políticos, que con una sencilla votación podrían haber impedido este brutal atentado contra los derechos del consumidor de electricidad, se han comportado como cómplices abyectos del injustificable saqueo que se está cometiendo. Como siempre, poderoso caballero es don dinero.

Los pocos diputados que no han puesto la mano a las excelsas gratificaciones que les han ofrecido las firmas energéticas y han elevado su voz contra el abuso, han sido como una voz en el desierto; una voz claudicante ante la que la mayoría del hemiciclo se ha tapado los oídos. Tener el Estado secuestrado por un comando de terroristas energéticos, con la indefensa población como rehén, no parece preocuparles mucho. Se han dado situaciones tan esperpénticas como el caso de Madrid, donde la presidenta de la comunidad, en su inaccesible estulticia, se ha atrevido a bromear ante la terrible ola de calor que hemos padecido: si no os gustan las tarifas energéticas que tenéis que pagar para hacer funcionar los ventiladores o el aire acondicionado, os vais al parque a refrescaros a la sombra de un chopo. Previamente, todo hay que decirlo, la zómbica Ayuso ha hecho frente común con el alcalde Almeida (alias Dick-face). Entre ambos han dejado de regar las zonas verdes de los parques madrileños periféricos hasta convertirlas en páramos de devastación y sequedad…¿No queríais lentejas? Ahí tenéis dos platos.

Examinando esta situación de expolio ilimitado que sufre nuestro bolsillo ante las voraces facturas de la luz, supongo que habría que pedirle cuentas al rey; pero lamentablemente, de su parte bien poco podemos esperar. Siguiendo la tradición “comisionista” que heredó de su padre, el rey tendrá que recibir también un buen pedazo del botín recaudado por las eléctricas para no hacer en sus vacuos discursos ninguna referencia a la voracidad de las firmas energéticas. En realidad, son ellas las dueñas absolutas de todo el país. Ellas son las que mandan en España y no su Excelentísima y Corruptísima Majestad.

Es frecuente entre los codiciosos diputados, cansados de recibir sólo el sueldo que cobran por sentar su ilustre culo en el escaño que les corresponde, aspirar a tener, apenas abandone su carrera política, un rentable puesto directivo en los consejos de administración de las Iberdrolas, Endesas o Fenosas (o cualquier otra firma de la misma iniquidad). No podemos dejar pasar de lado el ejemplar caso del psicópata Rodolfo Martin Villa, que comenzó como oficial en las SS del Estado español (los GAL) y gracias a las ejemplares matanzas que cometió desde su cargo ministerial (la masacre de Vitoria en el 76 como la más sonada), acabó siendo nombrado presidente de Endesa.

Está claro que, habiendo tanto intermediario de por medio, las aberrantes facturas de la luz que pagamos los ciudadanos de a pie en España tienen que alcanzar precios astronómicos. Al pan, pan y al vino, vino.

No sé por qué me viene a la cabeza una obra clásica como la de “Fuenteovejuna”, del genial Lope de Vega, en la que se plantea la legitimidad de levantarse en armas ante los abusos de un codicioso y despiadado comendador. En ella es el pueblo de Fuenteovejuna al unísono el que, resuelto a no soportar por más tiempo la humillación a que está siendo sometido, se subleva contra la autoridad, toma el palacio del diabólico comendador y lo defenestra. Cuando los reyes católicos, informados del magnicidio cometido, acuden al pueblo a imponer justicia y preguntan quién mató al comendador, la respuesta es unánime entre todos sus vecinos: “¡Fuenteovejuna, Señor!” Los reyes se dan por satisfechos y perdonan al pueblo que se tomó la justicia por su mano y asesinó al tirano que lo oprimía. La situación es ficticia, pues desde que España existe todos los que se han sublevado contra la autoridad real han sido siempre ajusticiados. No obstante, el texto de la misma Declaración Internacional de Derechos Humanos justifica una sublevación popular cuando la tiranía y la opresión se hacen insoportables: “Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.

Me viene también a la cabeza la forma en que arreglaban los abusos de poder en la Roma imperial. William Shakespeare escribió sobre esto una de sus obras maestras: “Julio César”. En ella los senadores traman en secreto un complot para acabar con el césar, ya que no había otra forma de derrocar la desmedida acumulación de poder a que había llegado el inalcanzable emperador. Uno tras otro, sistemáticamente, los senadores van clavando su cuchillo en el césar; por las heridas se escapa su sangre, el energético fluido que hace funcionar su tiránico régimen, hasta que consiguen derribarlo con una última cuchillada, la que su propio hijo Brutus le da.

Seguro que más de uno, tras leer este texto, me está inculpando de incitación a la violencia y el odio contra las detestables compañías de electricidad. Nada más lejos de mi intención aunque, si lográramos ponernos todos de acuerdo y no consumir nada de su suministro eléctrico durante tan sólo un mes, la puñalada que asestaríamos a estas inmundas y codiciosas compañías sería mortal… Torres mucho más altas han caído y, con organización, apoyo y solidaridad, bestias mucho más inmundas que estas Iberdrolas, Endesas o Fenosas se podrían exterminar.

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Ideas para una cultura de la paz

 

Hoy hace nueve años fallecía Paco Fernández Buey. Luchador incansable contra el cansancio y la catástrofe, comunista libertario, marxista singular, siempre comprometido con los más desfavorecidos. Sigue presente en nuestra memoria y nuestras luchas.

Ideas para una cultura de la paz



Francisco Fernández Buey

El Viejo Topo

25 agosto, 2021 

“Ideas para una cultura de la paz” es el título de la aportación de FFB al libro: E. Prat (ed.). El moviment per la pau a Catalunya: passat, present i futur, Barcelona, Generalitat de Catalunya/UAB, 2007, pp. 260-267. El texto fue escrito unos dos años antes, en 2005.

I

Entiendo que una cultura de la paz debería arrancar hoy en día del llamado Manifiesto Russell-Einstein firmado por un grupo de científicos responsables en 1955. En él se decía que la humanidad necesita una nueva manera de pensar en la época de las armas nucleares o de destrucción masiva. A pesar de los importantes cambios que se han producido en el mundo desde 1955 seguimos viviendo en esa época, en la época de las armas de destrucción masiva. Aunque a veces se nos olvida, el riesgo de que tales armas sean usadas continúa siendo una espada de Damocles que se cierne sobre la humanidad en su conjunto.

Por tanto, de la conciencia de esta situación debería partir hoy en día una cultura de la paz tanto en el ámbito institucional como en el ámbito, más general, de la educación de los ciudadanos.

II

Pero ¿qué quería decir los científicos y pensadores responsables de 1955 cuando hablaban de una nueva manera de pensar a la altura de tales circunstancias? En el Manifiesto no se extienden mucho sobre eso, pero sí enuncian tres ideas sustanciales que la cultura de la paz debería retener: 1) La necesidad de la abolición de la guerra para no llegar a una situación exterminista; 2) La necesidad de un acuerdo entre los gobiernos sobre la renuncia a usar las armas de destrucción masiva; y 3) Dar concreción a la palabra humanidad para que ésta deje de ser vaga y abstracta y signifique algo concreto.

Las dos primeras cosas son hoy criterios para juzgar sobre una cultura de paz en el ámbito de las instituciones. De manera que podría decirse que sin declaración formal y solemne de la renuncia a la guerra para la solución de los conflictos y sin la declaración, también formal y solemne de la renuncia al empleo de las armas de destrucción masiva no hay cultura de la paz que valga, al menos desde esta perspectiva que estoy proponiendo.

Por supuesto, caben otras perspectivas distinta de ésta, pero dudo que haya otras que respondan a la nueva manera de pensar a la altura de las circunstancias.

III

La tercera de las sugerencias del Manifiesto de 1955, o sea la idea de concretar qué puede significar para nosotros la palabra humanidad, rebasa, desde luego, el ámbito institucional, el ámbito de actuación de los gobiernos, y apunta directamente a lo que podríamos llamar la cultura de la paz de la ciudadanía en general. Esta idea podría desarrollarse así: dado que las armas de destrucción masiva ponen en peligro la continuación de la humanidad como especie, necesitamos conciencia de especie. Y esto quiere decir: conciencia de que, más allá de las diferencias culturales, étnicas, etc., los humanos formamos parte de una misma especie cuya existencia conviene conservar sobre la faz de la tierra.

En el ámbito de la educación de la ciudadanía esto tiene una implicación: dar la primacía a un humanismo concreto que resalta los rasgos y valores compartidos por los humanos sobre aquellos otros que a lo largo del tiempo nos han hecho vernos como pseudo-especies diferenciadas y por lo general enfrentadas como si realmente se tratase de especies distintas.

Esto es lo que habría que empezar enseñando en las escuelas, y no solo en las aulas específicamente dedicadas a la cultura de la paz sino en el sistema educativo en general.

IV

Hemos de reconocer, sin embargo, que estas tres ideas –renuncia a la guerra, renuncia al uso de armas de destrucción masiva y conciencia de especie– constituyen algo así como un desiderata que choca en la práctica con varios obstáculos que una cultura de la paz no puede obviar. De esos obstáculos unos eran ya previsibles en 1955 y otros han ido surgiendo con los cambios que se han producido en el mundo desde entonces.

El primero de estos obstáculos, previsible ya en 1955, es la negativa de los gobiernos de las principales potencias a renunciar a la guerra (aunque tal intención está recogida en documentos importantes de la ONU y de la UNESCO) y a renunciar solemnemente al uso de las armas de destrucción masiva. Por entonces, en un mundo bipolar, se aducía que eso era utópico si no renunciaba al mismo tiempo la otra parte en conflicto. Pero pasaron los años y cuando la “otra parte” no existía ya se adujo que no se podía renunciar porque estaban surgiendo nuevos enemigos. Esto es lo contrario de una nueva forma de pensar. Es la misma forma de pensar de siempre sobre guerra y paz.

Por tanto, una cultura de la paz consciente de este obstáculo tiene que desconfiar de las instituciones gubernamentales cuando éstas hablan de paz y de cultura de la paz pero siguen actuando como si la guerra fuera inevitable. De donde se sigue que hay que poner el acento en la educación (reglada o no reglada) de los ciudadanos por abajo y, a veces (sobre todo en los países que tienen armas de destrucción masiva, pero no solo en ellos) contra las instituciones.

V

Esta es una de las razones por las que la objeción de conciencia y la desobediencia civil están ético-políticamente justificadas. Y, siendo así, se puede añadir que la objeción de conciencia y la desobediencia civil a las políticas militares de los gobiernos tiene que ser parte sustancial de la cultura de la paz en la actualidad.

A veces se dice que la objeción de conciencia y la desobediencia civil están justificadas en regímenes o sistemas autoritarios o totalitarios en los que hay servicio militar obligatorio y no hay libertad de expresión, pero deja de tener justificación en las democracias constitucionales porque en éstas el ciudadano puede expresar su opinión y, una vez expresada, obedecer a la ley de las mayorías. Pero hay razones de peso para argumentar que la objeción y la desobediencia, sobre todo en lo que hace a las armas y al uso de las mismas, siguen siendo piedras de toque para medir la calidad de las democracias. Y desde tales razones habría que concluir que una educación para la paz hoy en día no puede dejar de solventar este asunto.

Para decirlo abreviadamente: la argumentación razonada de la objeción de conciencia y de la desobediencia civil tienen que ser parte sustancial de una cultura de la paz a la altura de los tiempos, o sea, a la altura de la nueva forma de pensar que se necesita en la época de las armas de destrucción masiva.

VI

El segundo de los obstáculos a los que ha de hacer frente una cultura de la paz que se inspire en el Manifiesto de 1955 es una implicación importante que los autores de mismo deducen de la abolición de la guerra como desiderata. La implicación, en palabras de los firmantes del Manifiesto, es esta: “desagradables limitaciones a la soberanía nacional”. O sea: que para abolir la guerra en la época de las armas de destrucción masiva, lo cual es una necesidad si no se quiere entrar en una fase exterminista, hay que tocar una de las piezas angulares del sistema político mundial optando por la limitación de la soberanía nacional y la cesión de al menos parte de esa soberanía a lo que Russell y Einstein venían llamando desde décadas atrás gobierno mundial.

Que esta implicación era ya un obstáculo más que previsible en el momento mismo en que fue formulada lo prueba el hecho de que al menos uno de los firmantes, el profesor Joliot-Curie objetó el texto y pidió añadir estas palabras a título personal: “que tales limitaciones [a la soberanía nacional] deben ser convenidas por todos y en los intereses de todos”.

VII

Limitar las soberanías nacionales y optar por un gobierno mundial como forma de salvar a la humanidad en la época de las armas de destrucción masiva es realmente una forma nueva y radical de pensar que choca de frente con todas las formas de pensar en lo que solemos llamar modernidad europea. Y es una cuestión aún por decidir (no solo en la práctica sino también en las discusiones teóricas) en el ámbito de la cultura de la paz que se ha ido construyendo desde los años cincuenta del siglo pasado.

Creo que esta cuestión no debería ser obviada en el ámbito educativo, precisamente por su importancia, pero que, justamente porque no hay un consenso generalizado al respecto, debería ser planteada en las escuelas, en el bachillerato y en la universidad como una cuestión abierta. Dicho de otra manera: que en la construcción actual de una cultura de la paz habría que proporcionar con prudencia y ecuanimidad las razones y argumentos para que los ciudadanos puedan pensar por su cuenta sobre la misma.

VIII

Entre las razones y argumentos que habría que poner en el platillo de la balanza para que los ciudadanos o aspirantes a ciudadanos sepan a qué atenerse se podrían enumerar los siguientes: 1º Que la ONU, tal como la conocemos, no es propiamente un “gobierno mundial” en el sentido en que lo pensaban los redactores del Manifiesto de 1955; 2º Que los Pactos o Alianzas militares existentes hasta ahora y a los que tales o cuales países han cedido (o ceden) parte de la soberanía en cuestiones militares tampoco se corresponden a lo propuesto en el Manifiesto, primero porque han sido o son parciales, regionales, y segundo porque ni en su creación ni en su desarrollo han admitido las premisas (abolición de la guerra y renuncia al uso de las armas nucleares) sino más bien lo contrario; 3º Que, mientras tanto, ha habido una justificación explícita (en el caso de la Unión Soviética) o implícita (en el caso de los EE.UU.) de la limitación de las soberanías nacionales que pervierte la idea misma de limitación de las soberanías nacionales (al limitarlas contra la voluntad de los ciudadanos de tales o cuales naciones); 4º Que no está escrito en parte alguna que el Estado o Superestado al que daría lugar la idea de un “gobierno mundial” tenga que ser ético-políticamente mejor que los estados nacionales conocidos.

IX

Lo que se dice en el punto VIII sugiere ya que la conformación de la cultura de la paz en el momento actual tiene que prestar atención a lo que ha sido la historia de la misma cultura de la paz en las últimas décadas. Quiero decir que la explicación de lo que ha sido la historia reciente del antimilitarismo y del pacifismo ha de ser parte sustancial de esa misma cultura en construcción. Y esto al menos por tres razones que creo que habría que tener en cuenta.

Primera: porque a veces seguimos empleando las mismas palabras para recubrir conceptos distintos, con lo cual el concepto se pervierte. Esto es lo que pasado con la noción de limitación de las soberanías nacionales usada por Russell y Einstein. Una vez más estamos ante un concepto deshonrado. Y para volver a honrarlo hay que hacer historia en serio.

Segunda razón: porque entre 1955 y 2005 ha ocurrido algo inesperado (al menos para los redactores del Manifiesto), a saber: que la terrorífica guerra librada con armas de destrucción masiva no llegó a ocurrir (aunque la humanidad estuvo a un tris de eso en 1962 y en 1984-85) y, sin embargo, se han producido desde entonces un número considerable de guerras libradas mayormente con “armas convencionales”, como suele decirse. Lo que implica que la actual cultura de la paz no se puede limitar al asunto prioritario (al gran asunto, como se diría en 1955) sino que tiene que atender también a la crítica de las otras guerras y de sus causas.

Y tercera: porque la globalización acelerada desde que se acabó el mundo bipolar, que era el contexto del Manifiesto de 1955, ha cambiado por completo a los agentes y ha hecho pasar a primer plano otros motivos ideológicos muy distintos de los imperantes entonces. Esto no quiere decir que las causas de fondo de las últimas guerras, tantas veces denunciadas desde 1990, sean completamente distintas de las anteriores (la lucha por el control de las materias primas en el final de la era del petróleo es más importante que el choque entre civilizaciones). Solo quiere decir que el tipo de recubrimiento ideológico de esto (los aducidos motivos religiosos, étnicos, culturales, etc.), que hubiera dejado perplejos a Einstein y a Russell, tiene que ser obligatoriamente objeto de reflexión para una cultura laica y mundialista de la paz.

X

Al llegar aquí volvemos a encontrarnos con un tema clásico del movimiento pacifista del siglo XX: el de si la lucha por la paz ha de ser siempre lucha por algo más que la paz. Desde luego, si por cultura de la paz hay que entender no solo algo distinto de la aceptación del descansa en paz de los cementerios (al que aludía Kant en su célebre tratado) sino también algo más que mera ausencia de guerra librada con armas de destrucción masiva, entonces hay que preguntarse que puede ser ese algo más en nuestros días.

En este punto todos los sectores del movimiento pacifista desde la década de los sesenta fueron mucho más allá de lo que escribieron los científicos en 1955, puesto que éstos, con buen acuerdo, limaron sus diferencias ideológicas para ocuparse de lo esencial: el riesgo exterminista. Es probable, tal como están las cosas, que la actual cultura de la paz tenga que seguir un camino parecido a ese, no tanto por autocontrol frente a las principales ideologías del momento, como en su caso, cuanto por perplejidad sobre ese algo más que la paz en el nuestro.

A pesar de lo cual, y tirando del hilo de la conciencia de especie, se me ocurre que un principio elemental, por pre-político que sea, de la cultura de la paz en esta época tendría que ser dejar de ver el mundo en los manidos términos del ellos y el nosotros para pasar al reconocimiento recíproco. Enseñar a criticar, en suma, la barbarie de los nuestros, que son quienes detentan mayormente las armas de destrucción masiva antes de pasar a criticar el fundamentalismo de los otros. Para entendernos: empezar por criticar la propia “caverna” es una condición previa para una cultura de la paz hoy en día [NC1].

 

Fuente: Texto escrito en 2005 y recogido en el volumen de M. Sacristán y F. Fernández Buey Barbarie y resistencias. Sobre movimientos sociales críticos y alternativos.

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miércoles, 25 de agosto de 2021

Los esclavos negros de Sevilla

 

Los esclavos negros de Sevilla

 

Por Gabe Abrahams 

Rebelion

25/08/2021 

 


Fuentes: Rebelión

“Hay infinita multitud de negras y negros de todas las partes de Etiopía y Guinea, de los cuales nos servimos en Sevilla y son traídos por la vía de Portugal”, explicaba el cronista Luiz de Peraza, en el primer tercio del siglo XVI.

En Sevilla, fueron tan numerosos los esclavos negros que un contemporáneo de Luiz de Peraza también escribió que los habitantes de la ciudad “se parecían a los trebejos del ajedrez: había tantos prietos -negros- como blancos”.

Los cronistas de la época dejaron testimonio de que, por Sevilla, uno se encontraba a cada paso con esclavos negros, mulatos, blancos de color loro que recorrían calles, plazas, mercados, fuentes, puertas y las Gradas de la Catedral, entre otros lugares.

Y es que Sevilla, junto a Lisboa, fue la ciudad de Europa con más esclavos negros durante el siglo XVI, porque tuvo el mayor mercado de esclavos de Europa. Las Gradas de la Catedral y la Plaza de San Francisco fueron los principales lugares en los que se desarrolló la actividad esclavista en la capital sevillana.

El negocio de los esclavos negros provocó que estos fueran muy numerosos en Sevilla, alcanzando una cifra altísima. Según un censo realizado por funcionarios eclesiásticos en 1565, había en aquel momento cerca de 7.000 negros esclavos en su censo, sin incluir a los negros que practicaban el Islam, a negros o mulatos libres, etc. Una población que, contando a todos esos grupos, se acercaba al veinte por ciento del total.

En el siglo XV, las rutas esclavistas que nutrían el mercado de Sevilla procedían de Portugal vía el Algarbe, mientras que en el siglo XVI las rutas fueron las africanas, portuguesas y americanas.

El trabajo del esclavo negro sevillano era de diferente signo. La mayoría se dedicaban al servicio doméstico y a tareas propias de los criados. Había porteros, amas de cría, fundidores, curtidores, olleros, albañiles…

No fue el esclavo un “lujo” reservado a la nobleza. Cualquier artesano sevillano, por ejemplo, era dueño de uno o más esclavos negros a los que explotaba en su negocio o por medio del trabajo en su casa.

La Iglesia católica no pidió, en un principio, erradicar la esclavitud, justificando su postura en que esta era aceptada por la Biblia, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Pablo pidió a los esclavos: “Obedeced en todo a vuestros amos terrenales”. Y exigió a los amos: “Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros esclavos” (Epístola a los Colosenses 3, 22 ss.). Con el pasar del tiempo, la Iglesia católica suavizó su postura y se esforzó en ayudar a los esclavos.

En 1393, el arzobispo sevillano Gonzalo de Mena fundó la Hermandad de los Negritos para auxiliar a los esclavos negros de Sevilla e hizo construir un hospital y una capilla para ellos, junto a la actual calle del Conde Negro. Este clérigo, además, defendió en muchos casos los intereses de los esclavos negros sevillanos contra sus amos.

En los siglos XVI y XVII, la Iglesia católica intentó integrar a los esclavos negros de Sevilla en el resto de la sociedad sevillana, por medio de su participación en las celebraciones religiosas. En la celebración del Corpus, algunas mujeres de color tocaban y bailaban, pagadas por el propio Cabildo de la ciudad. Están documentados al menos 21 grupos de danzas de esta naturaleza en la capital sevillana desde mediados del siglo XVI hasta mediados del XVII, con los significativos nombres de Los Negros, Los Negros de Guinea, La cachumba de los negros, Los Reyes Negros, etc.

También se formaron cofradías integradas por negros y mulatos que desfilaron por las calles de Sevilla durante la Semana Santa. Basta enumerar a la Hermandad de los Negros de Triana, la Hermandad de los Mulatos de San Ildefonso y la Hermandad de Nuestra Señora de los Ángeles Coronada, vulgo “Negritos”.

Algunas de las hermandades de negros y mulatos perduraron a través de los siglos. Aún hoy existe en Sevilla una de las hermandades citadas, la famosa Hermandad de los Negritos, que fundó en 1393 Gonzalo de Mena. Hasta mediados del siglo XIX, solo participaron en ella negros y mulatos.

Con el pasar de los siglos, la esclavitud que tantas injusticias y sufrimientos causó a millones de seres humanos en todo el mundo fue abolida y los esclavos negros de Sevilla y sus descendientes, por medio de matrimonios mixtos, se integraron en la sociedad sevillana y en ella se difuminaron.

Los esclavos negros de Sevilla forman parte de la historia de la esclavitud. Representan un pasado incómodo para la ciudad, sobre el que se pasa de puntillas, sobre el que no se quiere profundizar. Hasta la fecha, no ha habido ningún gobierno de la ciudad, de Andalucía o del Estado español que haya querido reconocer este capítulo oscuro de la historia de la capital andaluza.

La historia de los esclavos negros de Sevilla contiene lecciones para el presente. La más importante de todas ellas es la necesidad de respetar la igualdad. Nadie debería ser discriminado por pertenecer a una raza o etnia determinada, y mucho menos ser esclavizado o explotado por ello.

Todos, absolutamente todos, tenemos una deuda pendiente con los esclavos negros de todo el mundo, también con los injustamente olvidados esclavos negros sevillanos.

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Afganistán. La retirada soviética

Observaciones sobre las enseñanzas a sacar de los conflictos del Norte

 

Tal día como hoy de 1943 moría a los 34 años la filósofa y activista francesa Simone Weil. La recordamos con este interesante informe escrito a comienzos de 1937 sobre las condiciones de la clase obrera.

Observaciones sobre las enseñanzas a sacar de los conflictos del Norte



Simone Weil

El Viejo Topo

24 agosto, 2021 

[Pasado el verano de 1936, el desencanto comienza a ganar a la clase obrera y a los ámbitos que han apoyado al gobierno del Frente popular. Aparte de la oposición entre partidarios y adversarios de la no intervención en España, aparecen otras divisiones entre aquellos que desean atenerse a la realización del programa y aquellos que esperan un cambio más radical del orden social. La situación económica y financiera se degrada. La patronal quiere reconquistar el terreno que ha perdido, los precios aumentan. A comienzos de septiembre, se producen huelgas en las industrias textiles del Norte, dirigidas por jefes combativos. Simone Weil le pide a la CGT que la envíen al lugar para realizar una investigación. E/ 27 de diciembre de 1936, se encuentra en Lille y redacta varios textos (OC, II, 2, pp. 410-421) destinados probablemente a la elaboración del informe aquí publicado.]

[Comienzos de 1937]

 LA CUESTIÓN DE LA DISCIPLINA, DE LA CALIDAD Y DEL RENDIMIENTO

Existe tanto mayor interés en examinar seriamente esta cuestión, por cuanto ella se sitúa más o menos de una forma parecida en toda la industria francesa. En el Norte dicho problema se ha convertido rápidamente en el objetivo esencial de los conflictos. Los patrones han luchado por las sanciones con extraordinario tesón, como si defendieran la causa de la autoridad en Francia entera; los trabajadores lo han hecho con el sentimiento de defender las conquistas morales de junio para toda la clase obrera francesa. Sería absurdo considerar, como se ha creído hasta ahora en las declaraciones oficiales, que las quejas de los patrones son completamente falsas, porque no lo son. Son ciertamente exageradas, pero contienen una parte innegable de verdad.

Es fácil entender el planteamiento del problema: antes de junio, las fábricas vivían bajo el régimen del terror. Este terror conducía fatalmente a los empresarios, incluso a los mejores, a las soluciones fáciles. El nombramiento de encargados era algo que se había convertido en algo indiferente; no tenían necesidad de hacerse respetar porque tenían el poder de hacer postrar a todos a sus pies; con frecuencia tampoco tenían necesidad de competencia técnica porque lo que se perseguía era conseguir la disminución del precio de coste a través del aumento del ritmo de trabajo y de la reducción del salario. Toda la organización del trabajo se había montado de tal manera que apelara, en los obreros, a los móviles más bajos: el miedo, el deseo de ser bien vistos, la obsesión del centavo, los celos entre los compañeros. El mes de junio, en cambio, aportó a la clase obrera una transformación moral que ha suprimido todas las condiciones sobre las cuales se fundamentaba la organización de las fábricas. Había sido preciso proceder a una reorganización, pero los patrones no lo han hecho.

El Movimiento de junio ha sido, ante todo, una reacción de desahogo, y este aflojamiento de las ataduras todavía dura. El miedo, las envidias, la carrera por las primas han desaparecido en un gran porcentaje luego de que, en el curso de los años que precedieron a junio, la conciencia profesional y el amor al trabajo fueron debilitados considerablemente entre los obreros a causa de la descalificación progresiva y por una opresión inhumana que implantaba en el corazón el odio a la fábrica. Frente a este desahogo general, los empresarios se han visto paralizados, porque no han sabido comprender. Han continuado haciendo funcionar las fábricas conforme a los hábitos adquiridos; la única innovación, puramente negativa y producida por el temor, ha consistido en suprimir prácticamente las sanciones (en mayor o menor medida en algunos lugares, totalmente en otros). A partir de ese momento, era inevitable que existiera un cierto juego de rodaje de transmisión entre la evolución de la autoridad patronal y una cierta fluctuación de la producción.

Asimismo, se ha producido a partir de junio una transformación psicológica, tanto en el sector obrero como en el empresarial. Se trata de un hecho de importancia capital. La lucha de clases no es simplemente una función de intereses, sino que la manera en que se desarrolla depende también en gran parte del estado de ánimo que reine en tal o cual medio social.

En el sector obrero, la naturaleza misma del trabajo parece haber cambiado según las fábricas, en mayor o menor medida. Sobre el papel, se mantiene el trabajo a destajo, pero las cosas se efectúan dentro de una modalidad que jamás se ha visto; en todo caso, el ritmo de trabajo ha perdido su carácter obsesivo y los obreros tienden a recuperar uno más natural. Desde el punto de vista sindical, que es el que compartimos, existe de manera indiscutible algún progreso moral, tanto mayor en la medida en que el aumento de la camaradería ha contribuido a este cambio entre los obreros, suprimiendo el deseo de aventajarse unos a otros. Aunque al mismo tiempo, a favor de la relajación de la disciplina, se ha desarrollado en ciertos lugares la bien conocida mentalidad del obrero que ha encontrado una «forma de despistarse». Y es que, desde el punto de vista sindical, más grave que la disminución de la productividad –lo que innegablemente ocurre en ciertas fábricas– es una disminución de la calidad del trabajo debido al hecho de que los controladores y verificadores no sufren en el mismo grado la presión patronal, y se han vuelto en cambio más sensibles a sus camaradas, haciendo frecuentemente la «vista gorda» a las piezas defectuosas. En cuanto a la disciplina, los obreros han conocido las ventajas de la benevolencia y se han aprovechado de ella de vez en cuando. De manera especial, se comprueba una resistencia a obedecer a los contramaestres no adheridos a la CGT. En algunos puntos, particularmente en Maubeuge, los contramaestres han perdido casi por completo el poder ante sus subordinados. Existen muchos casos de desobediencia que la dirección se ha visto obligada a dispensar y, asimismo, en horas laborales, casos frecuentes de reuniones por equipos, o por talleres, por motivos insignificantes.

Los contramaestres, habituados a dar órdenes brutalmente, y que antes de junio no habían tenido jamás necesidad de persuadir, se encontraron de pronto desorientados: ubicados entre los obreros y la dirección –ante la cual son responsables, pero que no los apoya–, su situación es muy difícil, especialmente desde el punto de vista moral. Por ello, han pasado poco a poco, en su mayor parte y sobre todo en Lille, al sector «anti-obrero «, aun cuando posean el carnet de la CGT. En Lille se ha observado que hacia el mes de octubre empezaban a utilizar otra vez formas autoritarias. En cuanto a los directores y a los empresarios, hasta ahora han dejado hacer, lo han soportado todo sin decir nada; pero los agravios y rencores se han acumulado en su espíritu, y el día en que para coronar todo ha estallado una huelga aparentemente sin objetivo, se les ha visto decididos a destrozar el sindicato aun al precio de cualquier sacrificio. A partir de este momento, el conflicto tuvo como objetivo las conquistas de junio, que por un lado se trataba de conservar y por otro de destruir, cuando hasta ahora nadie las había puesto en cuestión. Y los empresarios, viendo cómo la miseria consumía poco a poco a los huelguistas, adquirieron mayor conciencia de su poder, cosa que habían perdido precisamente en junio.

La desafección de los técnicos en la lucha codo a codo con el movimiento obrero fue en el resto de los lugares una de las causas principales que decidió al empresario a recuperar confianza en su propia fuerza. Esta progresiva desafección, que ya se podía prever a partir de junio como imposible de evitar totalmente, ha tomado proporciones desastrosas para el movimiento sindical. Los empresarios ya no temen, como en junio, que la fábrica funcione sin ellos. La experiencia se ha realizado en Lille. En una fábrica de 450 obreros en que se había implantado el lock-out, con motivo de que los obreros no querían aceptar el despido del delegado principal, el patrón abandonó la fábrica; los técnicos y oficinistas, todos sindicados a la CGT, lo siguieron; y los obreros, luego de intentar hacer funcionar solos la fábrica durante dos días, tuvieron que desistir. Una experiencia de este tipo hace variar de manera decisiva la relación de fuerzas.

 

PAPEL DE LOS DELEGADOS OBREROS

Los delegados obreros han jugado un papel de primera línea en esta evolución. Elegidos para velar por la aplicación de las leyes sociales, rápidamente se convirtieron en un poder dentro de las fábricas, apartándose de su misión teórica. La causa debe buscarse, por un lado, en el pánico que tienen los patrones a partir de junio y que los ha conducido en algunas ocasiones a una actitud cercana a la abdicación; y, por otro lado, en el cúmulo de atribuciones propias del delegado, así como de otras funciones sindicales jamás previstas por texto alguno. Los delegados han ido apareciendo poco a poco ante los obreros como una emanación de la obediencia pasiva, y al estar poco entrenados en la práctica de la democracia sindical, se han acostumbrado a recibir sus órdenes.

La asamblea de delegados de una fábrica o de una localidad reemplaza así, de hecho y en cierta medida, a la asamblea general por una parte, y por otra a los organismos propiamente sindicales. Ha sido así como en Maubeuge los delegados de una fábrica, reunidos para examinar los medios de imponer al patrón la aceptación de un convenio colectivo, propusieron una disminución general de la producción a la asamblea de delegados; al día siguiente ocurrió que uno de los delegados de la fábrica tomó por su cuenta la decisión de ordenar a un equipo la disminución del ritmo de trabajo. En Lille, cuando la junta sindical decidió la generalización de la huelga, convocó a los delegados para transmitirles la orden. Un delegado que ordene un paro al sector que representa es secundado inmediatamente. De esta manera, los delegados tienen un doble poder: uno frente a los patrones, puesto que pueden apoyar todos los reclamos, aun los más pequeños y absurdos, a través de la amenaza de paro; otro, frente a los obreros, porque pueden apoyar o no la petición de tal o cual de ellos, impedir o no que se les imponga una sanción, e incluso en algunos casos reclaman despidos.

Algunos hechos concretos ocurridos en Maubeuge pueden dar una idea de los abusos a que se ha llegado. En una fábrica, los delegados hicieron expulsar a un sindicado cristiano; el director lo reintegró a su puesto, y los delegados, para vengarse, comenzaron a prohibir a tal o cual equipo la ejecución de un trabajo urgente. No hubo sanción para ellos. Otro caso: habiendo cantado un equipo La Internacional al paso de unos visitantes, y habiéndose llamado el delegado al despacho del director para que diera explicaciones, dicho delegado antes de ir al despacho ordenó parar el trabajo. No hubo tampoco ninguna sanción. Otro caso: los delegados ordenan una huelga sin consultar al sindicato. Otro, los delegados ordenan disminuir el trabajo para obtener el despido de sindicados cristianos. Otro: varios delegados ordenan sitiar un taller durante las horas de trabajo para obligar al despido de otro delegado de la CGT, al que acusan de haberse vendido a la dirección. Los delegados deciden también sobre el ritmo de trabajo, de manera tal que tan pronto lo hacen descender por debajo de lo que representa un trabajo normal, como lo hacen subir hasta el punto de que los obreros no lo pueden seguir.

Hasta en aquellos lugares en donde los abusos no han llegado a tales extremos, los delegados han tenido frecuentemente tendencia a aumentar la importancia de su cometido por encima de lo necesario. Tanto recogen las reclamaciones legítimas como las absurdas, las importantes o las ínfimas, y hostigan a los encargados y a la dirección con la amenaza del paro en la boca, y crean en los jefes –sobre los que actúan ya de por sí pesadamente las preocupaciones puramente técnicas– un estado nervioso intolerable. Puede uno preguntarse, en algún caso, si se trata de impericia, o si no existe en ciertas ocasiones una táctica deliberada, como parece indicarlo la frase pronunciada un día por un delegado obrero de otra región, que se envanecía de amenazar diariamente a su jefe de taller, sin tregua, para no dejarle jamás un momento libre para recuperar fuerzas. Por otra parte, el poder que poseen los delegados ha creado últimamente cierta separación entre ellos y los obreros calificados, pues la camaradería está mezclada con una muy evidente. condescendencia, y con frecuencia a estos obreros los tratan un poco como si fueran sus superiores jerárquicos. Esta separación es tanto más acentuada, por cuanto los delegados olvidan a menudo dar cuenta de sus gestiones. Por último, como ellos son prácticamente irresponsables, dado que han sido elegidos por un año, y como usurpan de hecho funciones propiamente sindicales, llegan naturalmente a controlar al sindicato. Tienen la posibilidad de ejercer sobre los obreros una presión considerable, y son ellos quienes determinan en la práctica la acción sindical, por el hecho de que pueden provocar a voluntad incidentes, conflictos, disminuciones de trabajo e incluso huelgas.

CONCLUSIÓN

Todas estas observaciones afectan al Norte, pero existe un estado de cosas más o menos general que se presenta en todos los rincones de Francia. Importa, pues, sacar de ello conclusiones prácticas para la acción sindical.

1.º El estado de exasperación contenida y silenciosa en que, un poco por todas partes, se encuentran muchos jefes, directores de fábricas y patrones, hace extremadamente peligrosa cualquier huelga en el período actual. Allí donde los jefes y patrones están aún decididos a soportar cualquier cosa para evitar la huelga, puede ocurrir que una vez lanzada la misma los oriente bruscamente hacia la resolución de eliminar el sindicato, incluso a riesgo de hundir la fábrica. Porque cuando un patrón ha llegado a este extremo, tiene siempre el poder de aplastar al sindicato infligiendo a sus obreros los sufrimientos del hambre. No puede detenerse más que por la amenaza de ser expropiado; pero incluso esta amenaza, que se intuía en junio, no existe, ya que por una parte se sabe que el gobierno no requisará las fábricas, y por otra los patrones logran cada vez más separar a los técnicos de los obreros. Así, incluso una huelga en apariencia victoriosa, puede resultar funesta al sindicato si es larga, tal como se ha visto en la fábrica Sautter-Harlé, y como podemos llegar a ver en el Norte; ya que el patrón, después de que el trabajo se ha reemprendido, puede proceder siempre a despidos masivos sin que los obreros, agotados por la huelga, tengan fuerza para reaccionar.

Todos estos peligros serían todavía mayores cuando se tratara de huelgas sin objetivos precisos, tal cómo ha ocurrido en Lille, Pompey y Maubeuge; huelgas que a los patrones y al público les dan la impresión de una ciega agitación de la cual puede esperarse todo y que es preciso suprimir a cualquier precio.

La ley sobre arbitraje obligatorio es, pues, en las actuales condiciones, un recurso precioso para la clase obrera, y la acción sindical debe tender esencialmente a utilizarla en todo momento.

2.º Restablecer la subordinación normal de los delegados al sindicato es una cuestión que ha venido a ser de vida o muerte para nuestro movimiento sindical. A este efecto, pueden hallarse diversos medios; y creo necesario utilizarlos a todos, incluso a los más enérgicos.

El más eficaz consistiría en instituir sanciones sindicales; se podría, por un lado, divulgar entre los delegados y obreros textos que indiquen clara y enérgicamente el límite de las atribuciones y el poder de los delegados; por otro, llevar al conocimiento de los empresarios que los delegados están subordinados al sindicato.

3.º No se debe ignorar el problema de la disciplina del trabajo y del rendimiento, debiéndose contribuir a una normalización y a una continuidad de la producción.

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