viernes, 27 de agosto de 2021

Compañías eléctricas: Torres mucho más altas han caído

 

Compañías eléctricas: Torres mucho más altas han caído

 

 Tomás F. Ruiz

  Fuentes: Rebelión / España

27/08/2021 


Lo que nuestro país está viviendo bajo el terror de las empresas eléctricas es que sólo puede comparase a una película de zombis sedientos de sangre de las que, en los años sesenta, solía firmar George A. Romero.

Todo el mundo se pregunta cómo el Estado español, con todo su aparato fiscalizador y regulador de fraudes, aparato que tan eficiente resulta a la hora de multar a ciudadanos de a pie, no ha sido capaz de frenar el tsunami de voraces zombis en que las temibles “facturas de la luz” se han convertido para una mayoría de la población.

Damos por sentado, pues no queda otra explicación, que las Iberdrolas, Endesas, Fenosas (ahora Naturgys) y demás firmas depravadas que se reparten el mercado de la electricidad en España, pagan sustanciosas comisiones a los señores diputados para que mantengan la boca cerrada mientras sus tarifas traspasan la estratosfera y saquean abiertamente los bolsillos de las familias españolas consumidoras de gas o electricidad (esto es el 99.99 por ciento de la población).

Cabe también imaginar que estas comisiones son las mismas, o incluso mayores, de las que las empresas eléctricas españolas pagan a jueces, magistrados, senadores, presidentes de consejos generales judiciales, mandatarios comunitarios o ediles corruptos, que es de lo que más hay, pues los cargos públicos españoles no se venden por un plato de lentejas, como hizo el Esaú bíblico, desesperado por el hambre y preso de la voracidad.

La absoluta condescendencia entre la clase política española y las voraces firmas energéticas resulta tan evidente que ya nadie se atreve a ponerla en tela de juicio. Sencillamente, nuestros representantes “democráticos” (los diputados de unas cortes franquistas que aún funcionan a pleno rendimiento en este país) han cogido la parte del pastel que les han ofrecido las compañías eléctricas sin ningún remordimiento y se la han echado al bolsillo a cambio de su silencio. Nuestros corruptos políticos, que con una sencilla votación podrían haber impedido este brutal atentado contra los derechos del consumidor de electricidad, se han comportado como cómplices abyectos del injustificable saqueo que se está cometiendo. Como siempre, poderoso caballero es don dinero.

Los pocos diputados que no han puesto la mano a las excelsas gratificaciones que les han ofrecido las firmas energéticas y han elevado su voz contra el abuso, han sido como una voz en el desierto; una voz claudicante ante la que la mayoría del hemiciclo se ha tapado los oídos. Tener el Estado secuestrado por un comando de terroristas energéticos, con la indefensa población como rehén, no parece preocuparles mucho. Se han dado situaciones tan esperpénticas como el caso de Madrid, donde la presidenta de la comunidad, en su inaccesible estulticia, se ha atrevido a bromear ante la terrible ola de calor que hemos padecido: si no os gustan las tarifas energéticas que tenéis que pagar para hacer funcionar los ventiladores o el aire acondicionado, os vais al parque a refrescaros a la sombra de un chopo. Previamente, todo hay que decirlo, la zómbica Ayuso ha hecho frente común con el alcalde Almeida (alias Dick-face). Entre ambos han dejado de regar las zonas verdes de los parques madrileños periféricos hasta convertirlas en páramos de devastación y sequedad…¿No queríais lentejas? Ahí tenéis dos platos.

Examinando esta situación de expolio ilimitado que sufre nuestro bolsillo ante las voraces facturas de la luz, supongo que habría que pedirle cuentas al rey; pero lamentablemente, de su parte bien poco podemos esperar. Siguiendo la tradición “comisionista” que heredó de su padre, el rey tendrá que recibir también un buen pedazo del botín recaudado por las eléctricas para no hacer en sus vacuos discursos ninguna referencia a la voracidad de las firmas energéticas. En realidad, son ellas las dueñas absolutas de todo el país. Ellas son las que mandan en España y no su Excelentísima y Corruptísima Majestad.

Es frecuente entre los codiciosos diputados, cansados de recibir sólo el sueldo que cobran por sentar su ilustre culo en el escaño que les corresponde, aspirar a tener, apenas abandone su carrera política, un rentable puesto directivo en los consejos de administración de las Iberdrolas, Endesas o Fenosas (o cualquier otra firma de la misma iniquidad). No podemos dejar pasar de lado el ejemplar caso del psicópata Rodolfo Martin Villa, que comenzó como oficial en las SS del Estado español (los GAL) y gracias a las ejemplares matanzas que cometió desde su cargo ministerial (la masacre de Vitoria en el 76 como la más sonada), acabó siendo nombrado presidente de Endesa.

Está claro que, habiendo tanto intermediario de por medio, las aberrantes facturas de la luz que pagamos los ciudadanos de a pie en España tienen que alcanzar precios astronómicos. Al pan, pan y al vino, vino.

No sé por qué me viene a la cabeza una obra clásica como la de “Fuenteovejuna”, del genial Lope de Vega, en la que se plantea la legitimidad de levantarse en armas ante los abusos de un codicioso y despiadado comendador. En ella es el pueblo de Fuenteovejuna al unísono el que, resuelto a no soportar por más tiempo la humillación a que está siendo sometido, se subleva contra la autoridad, toma el palacio del diabólico comendador y lo defenestra. Cuando los reyes católicos, informados del magnicidio cometido, acuden al pueblo a imponer justicia y preguntan quién mató al comendador, la respuesta es unánime entre todos sus vecinos: “¡Fuenteovejuna, Señor!” Los reyes se dan por satisfechos y perdonan al pueblo que se tomó la justicia por su mano y asesinó al tirano que lo oprimía. La situación es ficticia, pues desde que España existe todos los que se han sublevado contra la autoridad real han sido siempre ajusticiados. No obstante, el texto de la misma Declaración Internacional de Derechos Humanos justifica una sublevación popular cuando la tiranía y la opresión se hacen insoportables: “Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión”.

Me viene también a la cabeza la forma en que arreglaban los abusos de poder en la Roma imperial. William Shakespeare escribió sobre esto una de sus obras maestras: “Julio César”. En ella los senadores traman en secreto un complot para acabar con el césar, ya que no había otra forma de derrocar la desmedida acumulación de poder a que había llegado el inalcanzable emperador. Uno tras otro, sistemáticamente, los senadores van clavando su cuchillo en el césar; por las heridas se escapa su sangre, el energético fluido que hace funcionar su tiránico régimen, hasta que consiguen derribarlo con una última cuchillada, la que su propio hijo Brutus le da.

Seguro que más de uno, tras leer este texto, me está inculpando de incitación a la violencia y el odio contra las detestables compañías de electricidad. Nada más lejos de mi intención aunque, si lográramos ponernos todos de acuerdo y no consumir nada de su suministro eléctrico durante tan sólo un mes, la puñalada que asestaríamos a estas inmundas y codiciosas compañías sería mortal… Torres mucho más altas han caído y, con organización, apoyo y solidaridad, bestias mucho más inmundas que estas Iberdrolas, Endesas o Fenosas se podrían exterminar.

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Ideas para una cultura de la paz

 

Hoy hace nueve años fallecía Paco Fernández Buey. Luchador incansable contra el cansancio y la catástrofe, comunista libertario, marxista singular, siempre comprometido con los más desfavorecidos. Sigue presente en nuestra memoria y nuestras luchas.

Ideas para una cultura de la paz



Francisco Fernández Buey

El Viejo Topo

25 agosto, 2021 

“Ideas para una cultura de la paz” es el título de la aportación de FFB al libro: E. Prat (ed.). El moviment per la pau a Catalunya: passat, present i futur, Barcelona, Generalitat de Catalunya/UAB, 2007, pp. 260-267. El texto fue escrito unos dos años antes, en 2005.

I

Entiendo que una cultura de la paz debería arrancar hoy en día del llamado Manifiesto Russell-Einstein firmado por un grupo de científicos responsables en 1955. En él se decía que la humanidad necesita una nueva manera de pensar en la época de las armas nucleares o de destrucción masiva. A pesar de los importantes cambios que se han producido en el mundo desde 1955 seguimos viviendo en esa época, en la época de las armas de destrucción masiva. Aunque a veces se nos olvida, el riesgo de que tales armas sean usadas continúa siendo una espada de Damocles que se cierne sobre la humanidad en su conjunto.

Por tanto, de la conciencia de esta situación debería partir hoy en día una cultura de la paz tanto en el ámbito institucional como en el ámbito, más general, de la educación de los ciudadanos.

II

Pero ¿qué quería decir los científicos y pensadores responsables de 1955 cuando hablaban de una nueva manera de pensar a la altura de tales circunstancias? En el Manifiesto no se extienden mucho sobre eso, pero sí enuncian tres ideas sustanciales que la cultura de la paz debería retener: 1) La necesidad de la abolición de la guerra para no llegar a una situación exterminista; 2) La necesidad de un acuerdo entre los gobiernos sobre la renuncia a usar las armas de destrucción masiva; y 3) Dar concreción a la palabra humanidad para que ésta deje de ser vaga y abstracta y signifique algo concreto.

Las dos primeras cosas son hoy criterios para juzgar sobre una cultura de paz en el ámbito de las instituciones. De manera que podría decirse que sin declaración formal y solemne de la renuncia a la guerra para la solución de los conflictos y sin la declaración, también formal y solemne de la renuncia al empleo de las armas de destrucción masiva no hay cultura de la paz que valga, al menos desde esta perspectiva que estoy proponiendo.

Por supuesto, caben otras perspectivas distinta de ésta, pero dudo que haya otras que respondan a la nueva manera de pensar a la altura de las circunstancias.

III

La tercera de las sugerencias del Manifiesto de 1955, o sea la idea de concretar qué puede significar para nosotros la palabra humanidad, rebasa, desde luego, el ámbito institucional, el ámbito de actuación de los gobiernos, y apunta directamente a lo que podríamos llamar la cultura de la paz de la ciudadanía en general. Esta idea podría desarrollarse así: dado que las armas de destrucción masiva ponen en peligro la continuación de la humanidad como especie, necesitamos conciencia de especie. Y esto quiere decir: conciencia de que, más allá de las diferencias culturales, étnicas, etc., los humanos formamos parte de una misma especie cuya existencia conviene conservar sobre la faz de la tierra.

En el ámbito de la educación de la ciudadanía esto tiene una implicación: dar la primacía a un humanismo concreto que resalta los rasgos y valores compartidos por los humanos sobre aquellos otros que a lo largo del tiempo nos han hecho vernos como pseudo-especies diferenciadas y por lo general enfrentadas como si realmente se tratase de especies distintas.

Esto es lo que habría que empezar enseñando en las escuelas, y no solo en las aulas específicamente dedicadas a la cultura de la paz sino en el sistema educativo en general.

IV

Hemos de reconocer, sin embargo, que estas tres ideas –renuncia a la guerra, renuncia al uso de armas de destrucción masiva y conciencia de especie– constituyen algo así como un desiderata que choca en la práctica con varios obstáculos que una cultura de la paz no puede obviar. De esos obstáculos unos eran ya previsibles en 1955 y otros han ido surgiendo con los cambios que se han producido en el mundo desde entonces.

El primero de estos obstáculos, previsible ya en 1955, es la negativa de los gobiernos de las principales potencias a renunciar a la guerra (aunque tal intención está recogida en documentos importantes de la ONU y de la UNESCO) y a renunciar solemnemente al uso de las armas de destrucción masiva. Por entonces, en un mundo bipolar, se aducía que eso era utópico si no renunciaba al mismo tiempo la otra parte en conflicto. Pero pasaron los años y cuando la “otra parte” no existía ya se adujo que no se podía renunciar porque estaban surgiendo nuevos enemigos. Esto es lo contrario de una nueva forma de pensar. Es la misma forma de pensar de siempre sobre guerra y paz.

Por tanto, una cultura de la paz consciente de este obstáculo tiene que desconfiar de las instituciones gubernamentales cuando éstas hablan de paz y de cultura de la paz pero siguen actuando como si la guerra fuera inevitable. De donde se sigue que hay que poner el acento en la educación (reglada o no reglada) de los ciudadanos por abajo y, a veces (sobre todo en los países que tienen armas de destrucción masiva, pero no solo en ellos) contra las instituciones.

V

Esta es una de las razones por las que la objeción de conciencia y la desobediencia civil están ético-políticamente justificadas. Y, siendo así, se puede añadir que la objeción de conciencia y la desobediencia civil a las políticas militares de los gobiernos tiene que ser parte sustancial de la cultura de la paz en la actualidad.

A veces se dice que la objeción de conciencia y la desobediencia civil están justificadas en regímenes o sistemas autoritarios o totalitarios en los que hay servicio militar obligatorio y no hay libertad de expresión, pero deja de tener justificación en las democracias constitucionales porque en éstas el ciudadano puede expresar su opinión y, una vez expresada, obedecer a la ley de las mayorías. Pero hay razones de peso para argumentar que la objeción y la desobediencia, sobre todo en lo que hace a las armas y al uso de las mismas, siguen siendo piedras de toque para medir la calidad de las democracias. Y desde tales razones habría que concluir que una educación para la paz hoy en día no puede dejar de solventar este asunto.

Para decirlo abreviadamente: la argumentación razonada de la objeción de conciencia y de la desobediencia civil tienen que ser parte sustancial de una cultura de la paz a la altura de los tiempos, o sea, a la altura de la nueva forma de pensar que se necesita en la época de las armas de destrucción masiva.

VI

El segundo de los obstáculos a los que ha de hacer frente una cultura de la paz que se inspire en el Manifiesto de 1955 es una implicación importante que los autores de mismo deducen de la abolición de la guerra como desiderata. La implicación, en palabras de los firmantes del Manifiesto, es esta: “desagradables limitaciones a la soberanía nacional”. O sea: que para abolir la guerra en la época de las armas de destrucción masiva, lo cual es una necesidad si no se quiere entrar en una fase exterminista, hay que tocar una de las piezas angulares del sistema político mundial optando por la limitación de la soberanía nacional y la cesión de al menos parte de esa soberanía a lo que Russell y Einstein venían llamando desde décadas atrás gobierno mundial.

Que esta implicación era ya un obstáculo más que previsible en el momento mismo en que fue formulada lo prueba el hecho de que al menos uno de los firmantes, el profesor Joliot-Curie objetó el texto y pidió añadir estas palabras a título personal: “que tales limitaciones [a la soberanía nacional] deben ser convenidas por todos y en los intereses de todos”.

VII

Limitar las soberanías nacionales y optar por un gobierno mundial como forma de salvar a la humanidad en la época de las armas de destrucción masiva es realmente una forma nueva y radical de pensar que choca de frente con todas las formas de pensar en lo que solemos llamar modernidad europea. Y es una cuestión aún por decidir (no solo en la práctica sino también en las discusiones teóricas) en el ámbito de la cultura de la paz que se ha ido construyendo desde los años cincuenta del siglo pasado.

Creo que esta cuestión no debería ser obviada en el ámbito educativo, precisamente por su importancia, pero que, justamente porque no hay un consenso generalizado al respecto, debería ser planteada en las escuelas, en el bachillerato y en la universidad como una cuestión abierta. Dicho de otra manera: que en la construcción actual de una cultura de la paz habría que proporcionar con prudencia y ecuanimidad las razones y argumentos para que los ciudadanos puedan pensar por su cuenta sobre la misma.

VIII

Entre las razones y argumentos que habría que poner en el platillo de la balanza para que los ciudadanos o aspirantes a ciudadanos sepan a qué atenerse se podrían enumerar los siguientes: 1º Que la ONU, tal como la conocemos, no es propiamente un “gobierno mundial” en el sentido en que lo pensaban los redactores del Manifiesto de 1955; 2º Que los Pactos o Alianzas militares existentes hasta ahora y a los que tales o cuales países han cedido (o ceden) parte de la soberanía en cuestiones militares tampoco se corresponden a lo propuesto en el Manifiesto, primero porque han sido o son parciales, regionales, y segundo porque ni en su creación ni en su desarrollo han admitido las premisas (abolición de la guerra y renuncia al uso de las armas nucleares) sino más bien lo contrario; 3º Que, mientras tanto, ha habido una justificación explícita (en el caso de la Unión Soviética) o implícita (en el caso de los EE.UU.) de la limitación de las soberanías nacionales que pervierte la idea misma de limitación de las soberanías nacionales (al limitarlas contra la voluntad de los ciudadanos de tales o cuales naciones); 4º Que no está escrito en parte alguna que el Estado o Superestado al que daría lugar la idea de un “gobierno mundial” tenga que ser ético-políticamente mejor que los estados nacionales conocidos.

IX

Lo que se dice en el punto VIII sugiere ya que la conformación de la cultura de la paz en el momento actual tiene que prestar atención a lo que ha sido la historia de la misma cultura de la paz en las últimas décadas. Quiero decir que la explicación de lo que ha sido la historia reciente del antimilitarismo y del pacifismo ha de ser parte sustancial de esa misma cultura en construcción. Y esto al menos por tres razones que creo que habría que tener en cuenta.

Primera: porque a veces seguimos empleando las mismas palabras para recubrir conceptos distintos, con lo cual el concepto se pervierte. Esto es lo que pasado con la noción de limitación de las soberanías nacionales usada por Russell y Einstein. Una vez más estamos ante un concepto deshonrado. Y para volver a honrarlo hay que hacer historia en serio.

Segunda razón: porque entre 1955 y 2005 ha ocurrido algo inesperado (al menos para los redactores del Manifiesto), a saber: que la terrorífica guerra librada con armas de destrucción masiva no llegó a ocurrir (aunque la humanidad estuvo a un tris de eso en 1962 y en 1984-85) y, sin embargo, se han producido desde entonces un número considerable de guerras libradas mayormente con “armas convencionales”, como suele decirse. Lo que implica que la actual cultura de la paz no se puede limitar al asunto prioritario (al gran asunto, como se diría en 1955) sino que tiene que atender también a la crítica de las otras guerras y de sus causas.

Y tercera: porque la globalización acelerada desde que se acabó el mundo bipolar, que era el contexto del Manifiesto de 1955, ha cambiado por completo a los agentes y ha hecho pasar a primer plano otros motivos ideológicos muy distintos de los imperantes entonces. Esto no quiere decir que las causas de fondo de las últimas guerras, tantas veces denunciadas desde 1990, sean completamente distintas de las anteriores (la lucha por el control de las materias primas en el final de la era del petróleo es más importante que el choque entre civilizaciones). Solo quiere decir que el tipo de recubrimiento ideológico de esto (los aducidos motivos religiosos, étnicos, culturales, etc.), que hubiera dejado perplejos a Einstein y a Russell, tiene que ser obligatoriamente objeto de reflexión para una cultura laica y mundialista de la paz.

X

Al llegar aquí volvemos a encontrarnos con un tema clásico del movimiento pacifista del siglo XX: el de si la lucha por la paz ha de ser siempre lucha por algo más que la paz. Desde luego, si por cultura de la paz hay que entender no solo algo distinto de la aceptación del descansa en paz de los cementerios (al que aludía Kant en su célebre tratado) sino también algo más que mera ausencia de guerra librada con armas de destrucción masiva, entonces hay que preguntarse que puede ser ese algo más en nuestros días.

En este punto todos los sectores del movimiento pacifista desde la década de los sesenta fueron mucho más allá de lo que escribieron los científicos en 1955, puesto que éstos, con buen acuerdo, limaron sus diferencias ideológicas para ocuparse de lo esencial: el riesgo exterminista. Es probable, tal como están las cosas, que la actual cultura de la paz tenga que seguir un camino parecido a ese, no tanto por autocontrol frente a las principales ideologías del momento, como en su caso, cuanto por perplejidad sobre ese algo más que la paz en el nuestro.

A pesar de lo cual, y tirando del hilo de la conciencia de especie, se me ocurre que un principio elemental, por pre-político que sea, de la cultura de la paz en esta época tendría que ser dejar de ver el mundo en los manidos términos del ellos y el nosotros para pasar al reconocimiento recíproco. Enseñar a criticar, en suma, la barbarie de los nuestros, que son quienes detentan mayormente las armas de destrucción masiva antes de pasar a criticar el fundamentalismo de los otros. Para entendernos: empezar por criticar la propia “caverna” es una condición previa para una cultura de la paz hoy en día [NC1].

 

Fuente: Texto escrito en 2005 y recogido en el volumen de M. Sacristán y F. Fernández Buey Barbarie y resistencias. Sobre movimientos sociales críticos y alternativos.

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miércoles, 25 de agosto de 2021

Los esclavos negros de Sevilla

 

Los esclavos negros de Sevilla

 

Por Gabe Abrahams 

Rebelion

25/08/2021 

 


Fuentes: Rebelión

“Hay infinita multitud de negras y negros de todas las partes de Etiopía y Guinea, de los cuales nos servimos en Sevilla y son traídos por la vía de Portugal”, explicaba el cronista Luiz de Peraza, en el primer tercio del siglo XVI.

En Sevilla, fueron tan numerosos los esclavos negros que un contemporáneo de Luiz de Peraza también escribió que los habitantes de la ciudad “se parecían a los trebejos del ajedrez: había tantos prietos -negros- como blancos”.

Los cronistas de la época dejaron testimonio de que, por Sevilla, uno se encontraba a cada paso con esclavos negros, mulatos, blancos de color loro que recorrían calles, plazas, mercados, fuentes, puertas y las Gradas de la Catedral, entre otros lugares.

Y es que Sevilla, junto a Lisboa, fue la ciudad de Europa con más esclavos negros durante el siglo XVI, porque tuvo el mayor mercado de esclavos de Europa. Las Gradas de la Catedral y la Plaza de San Francisco fueron los principales lugares en los que se desarrolló la actividad esclavista en la capital sevillana.

El negocio de los esclavos negros provocó que estos fueran muy numerosos en Sevilla, alcanzando una cifra altísima. Según un censo realizado por funcionarios eclesiásticos en 1565, había en aquel momento cerca de 7.000 negros esclavos en su censo, sin incluir a los negros que practicaban el Islam, a negros o mulatos libres, etc. Una población que, contando a todos esos grupos, se acercaba al veinte por ciento del total.

En el siglo XV, las rutas esclavistas que nutrían el mercado de Sevilla procedían de Portugal vía el Algarbe, mientras que en el siglo XVI las rutas fueron las africanas, portuguesas y americanas.

El trabajo del esclavo negro sevillano era de diferente signo. La mayoría se dedicaban al servicio doméstico y a tareas propias de los criados. Había porteros, amas de cría, fundidores, curtidores, olleros, albañiles…

No fue el esclavo un “lujo” reservado a la nobleza. Cualquier artesano sevillano, por ejemplo, era dueño de uno o más esclavos negros a los que explotaba en su negocio o por medio del trabajo en su casa.

La Iglesia católica no pidió, en un principio, erradicar la esclavitud, justificando su postura en que esta era aceptada por la Biblia, tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento. Pablo pidió a los esclavos: “Obedeced en todo a vuestros amos terrenales”. Y exigió a los amos: “Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros esclavos” (Epístola a los Colosenses 3, 22 ss.). Con el pasar del tiempo, la Iglesia católica suavizó su postura y se esforzó en ayudar a los esclavos.

En 1393, el arzobispo sevillano Gonzalo de Mena fundó la Hermandad de los Negritos para auxiliar a los esclavos negros de Sevilla e hizo construir un hospital y una capilla para ellos, junto a la actual calle del Conde Negro. Este clérigo, además, defendió en muchos casos los intereses de los esclavos negros sevillanos contra sus amos.

En los siglos XVI y XVII, la Iglesia católica intentó integrar a los esclavos negros de Sevilla en el resto de la sociedad sevillana, por medio de su participación en las celebraciones religiosas. En la celebración del Corpus, algunas mujeres de color tocaban y bailaban, pagadas por el propio Cabildo de la ciudad. Están documentados al menos 21 grupos de danzas de esta naturaleza en la capital sevillana desde mediados del siglo XVI hasta mediados del XVII, con los significativos nombres de Los Negros, Los Negros de Guinea, La cachumba de los negros, Los Reyes Negros, etc.

También se formaron cofradías integradas por negros y mulatos que desfilaron por las calles de Sevilla durante la Semana Santa. Basta enumerar a la Hermandad de los Negros de Triana, la Hermandad de los Mulatos de San Ildefonso y la Hermandad de Nuestra Señora de los Ángeles Coronada, vulgo “Negritos”.

Algunas de las hermandades de negros y mulatos perduraron a través de los siglos. Aún hoy existe en Sevilla una de las hermandades citadas, la famosa Hermandad de los Negritos, que fundó en 1393 Gonzalo de Mena. Hasta mediados del siglo XIX, solo participaron en ella negros y mulatos.

Con el pasar de los siglos, la esclavitud que tantas injusticias y sufrimientos causó a millones de seres humanos en todo el mundo fue abolida y los esclavos negros de Sevilla y sus descendientes, por medio de matrimonios mixtos, se integraron en la sociedad sevillana y en ella se difuminaron.

Los esclavos negros de Sevilla forman parte de la historia de la esclavitud. Representan un pasado incómodo para la ciudad, sobre el que se pasa de puntillas, sobre el que no se quiere profundizar. Hasta la fecha, no ha habido ningún gobierno de la ciudad, de Andalucía o del Estado español que haya querido reconocer este capítulo oscuro de la historia de la capital andaluza.

La historia de los esclavos negros de Sevilla contiene lecciones para el presente. La más importante de todas ellas es la necesidad de respetar la igualdad. Nadie debería ser discriminado por pertenecer a una raza o etnia determinada, y mucho menos ser esclavizado o explotado por ello.

Todos, absolutamente todos, tenemos una deuda pendiente con los esclavos negros de todo el mundo, también con los injustamente olvidados esclavos negros sevillanos.

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Afganistán. La retirada soviética

Observaciones sobre las enseñanzas a sacar de los conflictos del Norte

 

Tal día como hoy de 1943 moría a los 34 años la filósofa y activista francesa Simone Weil. La recordamos con este interesante informe escrito a comienzos de 1937 sobre las condiciones de la clase obrera.

Observaciones sobre las enseñanzas a sacar de los conflictos del Norte



Simone Weil

El Viejo Topo

24 agosto, 2021 

[Pasado el verano de 1936, el desencanto comienza a ganar a la clase obrera y a los ámbitos que han apoyado al gobierno del Frente popular. Aparte de la oposición entre partidarios y adversarios de la no intervención en España, aparecen otras divisiones entre aquellos que desean atenerse a la realización del programa y aquellos que esperan un cambio más radical del orden social. La situación económica y financiera se degrada. La patronal quiere reconquistar el terreno que ha perdido, los precios aumentan. A comienzos de septiembre, se producen huelgas en las industrias textiles del Norte, dirigidas por jefes combativos. Simone Weil le pide a la CGT que la envíen al lugar para realizar una investigación. E/ 27 de diciembre de 1936, se encuentra en Lille y redacta varios textos (OC, II, 2, pp. 410-421) destinados probablemente a la elaboración del informe aquí publicado.]

[Comienzos de 1937]

 LA CUESTIÓN DE LA DISCIPLINA, DE LA CALIDAD Y DEL RENDIMIENTO

Existe tanto mayor interés en examinar seriamente esta cuestión, por cuanto ella se sitúa más o menos de una forma parecida en toda la industria francesa. En el Norte dicho problema se ha convertido rápidamente en el objetivo esencial de los conflictos. Los patrones han luchado por las sanciones con extraordinario tesón, como si defendieran la causa de la autoridad en Francia entera; los trabajadores lo han hecho con el sentimiento de defender las conquistas morales de junio para toda la clase obrera francesa. Sería absurdo considerar, como se ha creído hasta ahora en las declaraciones oficiales, que las quejas de los patrones son completamente falsas, porque no lo son. Son ciertamente exageradas, pero contienen una parte innegable de verdad.

Es fácil entender el planteamiento del problema: antes de junio, las fábricas vivían bajo el régimen del terror. Este terror conducía fatalmente a los empresarios, incluso a los mejores, a las soluciones fáciles. El nombramiento de encargados era algo que se había convertido en algo indiferente; no tenían necesidad de hacerse respetar porque tenían el poder de hacer postrar a todos a sus pies; con frecuencia tampoco tenían necesidad de competencia técnica porque lo que se perseguía era conseguir la disminución del precio de coste a través del aumento del ritmo de trabajo y de la reducción del salario. Toda la organización del trabajo se había montado de tal manera que apelara, en los obreros, a los móviles más bajos: el miedo, el deseo de ser bien vistos, la obsesión del centavo, los celos entre los compañeros. El mes de junio, en cambio, aportó a la clase obrera una transformación moral que ha suprimido todas las condiciones sobre las cuales se fundamentaba la organización de las fábricas. Había sido preciso proceder a una reorganización, pero los patrones no lo han hecho.

El Movimiento de junio ha sido, ante todo, una reacción de desahogo, y este aflojamiento de las ataduras todavía dura. El miedo, las envidias, la carrera por las primas han desaparecido en un gran porcentaje luego de que, en el curso de los años que precedieron a junio, la conciencia profesional y el amor al trabajo fueron debilitados considerablemente entre los obreros a causa de la descalificación progresiva y por una opresión inhumana que implantaba en el corazón el odio a la fábrica. Frente a este desahogo general, los empresarios se han visto paralizados, porque no han sabido comprender. Han continuado haciendo funcionar las fábricas conforme a los hábitos adquiridos; la única innovación, puramente negativa y producida por el temor, ha consistido en suprimir prácticamente las sanciones (en mayor o menor medida en algunos lugares, totalmente en otros). A partir de ese momento, era inevitable que existiera un cierto juego de rodaje de transmisión entre la evolución de la autoridad patronal y una cierta fluctuación de la producción.

Asimismo, se ha producido a partir de junio una transformación psicológica, tanto en el sector obrero como en el empresarial. Se trata de un hecho de importancia capital. La lucha de clases no es simplemente una función de intereses, sino que la manera en que se desarrolla depende también en gran parte del estado de ánimo que reine en tal o cual medio social.

En el sector obrero, la naturaleza misma del trabajo parece haber cambiado según las fábricas, en mayor o menor medida. Sobre el papel, se mantiene el trabajo a destajo, pero las cosas se efectúan dentro de una modalidad que jamás se ha visto; en todo caso, el ritmo de trabajo ha perdido su carácter obsesivo y los obreros tienden a recuperar uno más natural. Desde el punto de vista sindical, que es el que compartimos, existe de manera indiscutible algún progreso moral, tanto mayor en la medida en que el aumento de la camaradería ha contribuido a este cambio entre los obreros, suprimiendo el deseo de aventajarse unos a otros. Aunque al mismo tiempo, a favor de la relajación de la disciplina, se ha desarrollado en ciertos lugares la bien conocida mentalidad del obrero que ha encontrado una «forma de despistarse». Y es que, desde el punto de vista sindical, más grave que la disminución de la productividad –lo que innegablemente ocurre en ciertas fábricas– es una disminución de la calidad del trabajo debido al hecho de que los controladores y verificadores no sufren en el mismo grado la presión patronal, y se han vuelto en cambio más sensibles a sus camaradas, haciendo frecuentemente la «vista gorda» a las piezas defectuosas. En cuanto a la disciplina, los obreros han conocido las ventajas de la benevolencia y se han aprovechado de ella de vez en cuando. De manera especial, se comprueba una resistencia a obedecer a los contramaestres no adheridos a la CGT. En algunos puntos, particularmente en Maubeuge, los contramaestres han perdido casi por completo el poder ante sus subordinados. Existen muchos casos de desobediencia que la dirección se ha visto obligada a dispensar y, asimismo, en horas laborales, casos frecuentes de reuniones por equipos, o por talleres, por motivos insignificantes.

Los contramaestres, habituados a dar órdenes brutalmente, y que antes de junio no habían tenido jamás necesidad de persuadir, se encontraron de pronto desorientados: ubicados entre los obreros y la dirección –ante la cual son responsables, pero que no los apoya–, su situación es muy difícil, especialmente desde el punto de vista moral. Por ello, han pasado poco a poco, en su mayor parte y sobre todo en Lille, al sector «anti-obrero «, aun cuando posean el carnet de la CGT. En Lille se ha observado que hacia el mes de octubre empezaban a utilizar otra vez formas autoritarias. En cuanto a los directores y a los empresarios, hasta ahora han dejado hacer, lo han soportado todo sin decir nada; pero los agravios y rencores se han acumulado en su espíritu, y el día en que para coronar todo ha estallado una huelga aparentemente sin objetivo, se les ha visto decididos a destrozar el sindicato aun al precio de cualquier sacrificio. A partir de este momento, el conflicto tuvo como objetivo las conquistas de junio, que por un lado se trataba de conservar y por otro de destruir, cuando hasta ahora nadie las había puesto en cuestión. Y los empresarios, viendo cómo la miseria consumía poco a poco a los huelguistas, adquirieron mayor conciencia de su poder, cosa que habían perdido precisamente en junio.

La desafección de los técnicos en la lucha codo a codo con el movimiento obrero fue en el resto de los lugares una de las causas principales que decidió al empresario a recuperar confianza en su propia fuerza. Esta progresiva desafección, que ya se podía prever a partir de junio como imposible de evitar totalmente, ha tomado proporciones desastrosas para el movimiento sindical. Los empresarios ya no temen, como en junio, que la fábrica funcione sin ellos. La experiencia se ha realizado en Lille. En una fábrica de 450 obreros en que se había implantado el lock-out, con motivo de que los obreros no querían aceptar el despido del delegado principal, el patrón abandonó la fábrica; los técnicos y oficinistas, todos sindicados a la CGT, lo siguieron; y los obreros, luego de intentar hacer funcionar solos la fábrica durante dos días, tuvieron que desistir. Una experiencia de este tipo hace variar de manera decisiva la relación de fuerzas.

 

PAPEL DE LOS DELEGADOS OBREROS

Los delegados obreros han jugado un papel de primera línea en esta evolución. Elegidos para velar por la aplicación de las leyes sociales, rápidamente se convirtieron en un poder dentro de las fábricas, apartándose de su misión teórica. La causa debe buscarse, por un lado, en el pánico que tienen los patrones a partir de junio y que los ha conducido en algunas ocasiones a una actitud cercana a la abdicación; y, por otro lado, en el cúmulo de atribuciones propias del delegado, así como de otras funciones sindicales jamás previstas por texto alguno. Los delegados han ido apareciendo poco a poco ante los obreros como una emanación de la obediencia pasiva, y al estar poco entrenados en la práctica de la democracia sindical, se han acostumbrado a recibir sus órdenes.

La asamblea de delegados de una fábrica o de una localidad reemplaza así, de hecho y en cierta medida, a la asamblea general por una parte, y por otra a los organismos propiamente sindicales. Ha sido así como en Maubeuge los delegados de una fábrica, reunidos para examinar los medios de imponer al patrón la aceptación de un convenio colectivo, propusieron una disminución general de la producción a la asamblea de delegados; al día siguiente ocurrió que uno de los delegados de la fábrica tomó por su cuenta la decisión de ordenar a un equipo la disminución del ritmo de trabajo. En Lille, cuando la junta sindical decidió la generalización de la huelga, convocó a los delegados para transmitirles la orden. Un delegado que ordene un paro al sector que representa es secundado inmediatamente. De esta manera, los delegados tienen un doble poder: uno frente a los patrones, puesto que pueden apoyar todos los reclamos, aun los más pequeños y absurdos, a través de la amenaza de paro; otro, frente a los obreros, porque pueden apoyar o no la petición de tal o cual de ellos, impedir o no que se les imponga una sanción, e incluso en algunos casos reclaman despidos.

Algunos hechos concretos ocurridos en Maubeuge pueden dar una idea de los abusos a que se ha llegado. En una fábrica, los delegados hicieron expulsar a un sindicado cristiano; el director lo reintegró a su puesto, y los delegados, para vengarse, comenzaron a prohibir a tal o cual equipo la ejecución de un trabajo urgente. No hubo sanción para ellos. Otro caso: habiendo cantado un equipo La Internacional al paso de unos visitantes, y habiéndose llamado el delegado al despacho del director para que diera explicaciones, dicho delegado antes de ir al despacho ordenó parar el trabajo. No hubo tampoco ninguna sanción. Otro caso: los delegados ordenan una huelga sin consultar al sindicato. Otro, los delegados ordenan disminuir el trabajo para obtener el despido de sindicados cristianos. Otro: varios delegados ordenan sitiar un taller durante las horas de trabajo para obligar al despido de otro delegado de la CGT, al que acusan de haberse vendido a la dirección. Los delegados deciden también sobre el ritmo de trabajo, de manera tal que tan pronto lo hacen descender por debajo de lo que representa un trabajo normal, como lo hacen subir hasta el punto de que los obreros no lo pueden seguir.

Hasta en aquellos lugares en donde los abusos no han llegado a tales extremos, los delegados han tenido frecuentemente tendencia a aumentar la importancia de su cometido por encima de lo necesario. Tanto recogen las reclamaciones legítimas como las absurdas, las importantes o las ínfimas, y hostigan a los encargados y a la dirección con la amenaza del paro en la boca, y crean en los jefes –sobre los que actúan ya de por sí pesadamente las preocupaciones puramente técnicas– un estado nervioso intolerable. Puede uno preguntarse, en algún caso, si se trata de impericia, o si no existe en ciertas ocasiones una táctica deliberada, como parece indicarlo la frase pronunciada un día por un delegado obrero de otra región, que se envanecía de amenazar diariamente a su jefe de taller, sin tregua, para no dejarle jamás un momento libre para recuperar fuerzas. Por otra parte, el poder que poseen los delegados ha creado últimamente cierta separación entre ellos y los obreros calificados, pues la camaradería está mezclada con una muy evidente. condescendencia, y con frecuencia a estos obreros los tratan un poco como si fueran sus superiores jerárquicos. Esta separación es tanto más acentuada, por cuanto los delegados olvidan a menudo dar cuenta de sus gestiones. Por último, como ellos son prácticamente irresponsables, dado que han sido elegidos por un año, y como usurpan de hecho funciones propiamente sindicales, llegan naturalmente a controlar al sindicato. Tienen la posibilidad de ejercer sobre los obreros una presión considerable, y son ellos quienes determinan en la práctica la acción sindical, por el hecho de que pueden provocar a voluntad incidentes, conflictos, disminuciones de trabajo e incluso huelgas.

CONCLUSIÓN

Todas estas observaciones afectan al Norte, pero existe un estado de cosas más o menos general que se presenta en todos los rincones de Francia. Importa, pues, sacar de ello conclusiones prácticas para la acción sindical.

1.º El estado de exasperación contenida y silenciosa en que, un poco por todas partes, se encuentran muchos jefes, directores de fábricas y patrones, hace extremadamente peligrosa cualquier huelga en el período actual. Allí donde los jefes y patrones están aún decididos a soportar cualquier cosa para evitar la huelga, puede ocurrir que una vez lanzada la misma los oriente bruscamente hacia la resolución de eliminar el sindicato, incluso a riesgo de hundir la fábrica. Porque cuando un patrón ha llegado a este extremo, tiene siempre el poder de aplastar al sindicato infligiendo a sus obreros los sufrimientos del hambre. No puede detenerse más que por la amenaza de ser expropiado; pero incluso esta amenaza, que se intuía en junio, no existe, ya que por una parte se sabe que el gobierno no requisará las fábricas, y por otra los patrones logran cada vez más separar a los técnicos de los obreros. Así, incluso una huelga en apariencia victoriosa, puede resultar funesta al sindicato si es larga, tal como se ha visto en la fábrica Sautter-Harlé, y como podemos llegar a ver en el Norte; ya que el patrón, después de que el trabajo se ha reemprendido, puede proceder siempre a despidos masivos sin que los obreros, agotados por la huelga, tengan fuerza para reaccionar.

Todos estos peligros serían todavía mayores cuando se tratara de huelgas sin objetivos precisos, tal cómo ha ocurrido en Lille, Pompey y Maubeuge; huelgas que a los patrones y al público les dan la impresión de una ciega agitación de la cual puede esperarse todo y que es preciso suprimir a cualquier precio.

La ley sobre arbitraje obligatorio es, pues, en las actuales condiciones, un recurso precioso para la clase obrera, y la acción sindical debe tender esencialmente a utilizarla en todo momento.

2.º Restablecer la subordinación normal de los delegados al sindicato es una cuestión que ha venido a ser de vida o muerte para nuestro movimiento sindical. A este efecto, pueden hallarse diversos medios; y creo necesario utilizarlos a todos, incluso a los más enérgicos.

El más eficaz consistiría en instituir sanciones sindicales; se podría, por un lado, divulgar entre los delegados y obreros textos que indiquen clara y enérgicamente el límite de las atribuciones y el poder de los delegados; por otro, llevar al conocimiento de los empresarios que los delegados están subordinados al sindicato.

3.º No se debe ignorar el problema de la disciplina del trabajo y del rendimiento, debiéndose contribuir a una normalización y a una continuidad de la producción.

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martes, 24 de agosto de 2021

Debacle en Afganistán

 

Debacle en Afganistán

 

Por Tariq Alí 

Rebelion

Fuentes: New Left Review

24/08/2021

 


La caída de Kabul ante los talibanes el 15 de agosto de 2021 es una gran derrota política e ideológica para el Imperio estadounidense.

Los atestados helicópteros que transportaban el personal de la embajada estadounidense al aeropuerto de Kabul hacían recordar sorprendentemente las escenas de Saigón (ahora Ciudad Ho Chi Minh) en abril de 1975. La velocidad con la que las fuerzas talibanes tomaron el país fue asombrosa; su perspicacia estratégica notable. Una ofensiva de una semana terminó triunfalmente en Kabul. El ejército afgano de 300.000 efectivos se derrumbó. Muchos se negaron a luchar. De hecho, miles de ellos se pasaron a los talibanes, quienes inmediatamente exigieron la rendición incondicional del gobierno títere.

El presidente Ashraf Ghani, uno de los favoritos de los medios estadounidenses, huyó del país y buscó refugio en Omán. La bandera del Emirato revivido ondea ahora sobre el palacio presidencial. En algunos aspectos, la analogía más cercana no es Saigón, sino el Sudán del siglo XIX, cuando las fuerzas del Mahdi entraron en Jartum y martirizaron al general Gordon. William Morris celebró la victoria del Mahdi como un revés para el Imperio Británico. Sin embargo, mientras los insurgentes sudaneses mataron a toda una guarnición, Kabul cambió de manos con poco derramamiento de sangre. Los talibanes ni siquiera intentaron tomar la embajada de Estados Unidos, y mucho menos atacar al personal estadounidense.

El vigésimo aniversario de la «Guerra contra el Terrorismo» terminó así con una derrota predecible y predecible para Estados Unidos, la OTAN y otros que se subieron al tren. Independientemente de cómo se consideren las políticas de los talibanes, he sido un crítico severo durante muchos años, no se puede negar su logro. En un período en el que Estados Unidos ha destruido un país árabe tras otro, nunca surgió ninguna resistencia que pudiera desafiar a los ocupantes. Esta derrota bien puede ser un punto de inflexión. Por eso los políticos europeos se quejan. Respaldaron incondicionalmente a Estados Unidos en Afganistán, y ellos también han sufrido una humillación, ninguno más que Gran Bretaña. Biden se quedó sin otra opción. Estados Unidos había anunciado que se retiraría de Afganistán en septiembre de 2021 sin cumplir ninguno de sus objetivos «liberacionistas»: libertad y democracia, igualdad de derechos para las mujeres y la destrucción de los talibanes. Aunque puede estar invicto militarmente, las lágrimas que derraman los liberales amargados confirman el profundo alcance de su pérdida. La mayoría de ellos, Frederick Kagan en el NYT (New York Times), Gideon Rachman en el FT (Financial Times), creen que la reducción debería haberse retrasado para mantener a raya a los talibanes. Pero Biden simplemente estaba ratificando el proceso de paz iniciado por Trump, con el respaldo del Pentágono, que llegó a un acuerdo en febrero de 2020 en presencia de Estados Unidos, los talibanes, India, China y Pakistán.

El establishment de seguridad estadounidense sabía que la invasión había fracasado: los talibanes no podían ser sometidos por mucho tiempo que permanecieran. La idea de que la apresurada retirada de Biden ha fortalecido de alguna manera a los militantes es una tontería. El hecho es que durante más de veinte años, Estados Unidos no ha logrado construir nada que pueda redimir su misión. La Zona Verde brillantemente iluminada siempre estaba rodeada por una oscuridad que los «Zoners» no podían comprender. En uno de los países más pobres del mundo, se gastaron miles de millones anualmente en acondicionar los cuarteles que albergaban a los soldados y oficiales estadounidenses, mientras que la comida y la ropa se transportaban regularmente desde bases en Qatar, Arabia Saudita y Kuwait. No fue una sorpresa que un enorme barrio pobre creciera en las afueras de Kabul, mientras los pobres se reunían para buscar piquetes en los cubos de basura. Los bajos salarios pagados a los servicios de seguridad afganos no pudieron convencerlos de luchar contra sus compatriotas.

El ejército, formado a lo largo de dos décadas, había sido infiltrado en una etapa temprana por partidarios de los talibanes, quienes recibieron entrenamiento gratuito en el uso de equipo militar moderno y actuaron como espías de la resistencia afgana. Ésta era la miserable realidad de la «intervención humanitaria». Aunque crédito donde se debe crédito: el país ha sido testigo de un enorme aumento de las exportaciones. Durante los años de los talibanes, la producción de opio se supervisó estrictamente. Desde la invasión de Estados Unidos, ha aumentado drásticamente y ahora representa el 90% del mercado mundial de heroína, lo que hace que uno se pregunte si este prolongado conflicto debería verse, al menos parcialmente, como una nueva guerra del opio. Se han obtenido billones de ganancias y se han compartido entre los sectores afganos que sirvieron a la ocupación. A los oficiales occidentales se les pagó generosamente para permitir el comercio. Uno de cada diez jóvenes afganos es ahora adicto al opio. Las cifras de las fuerzas de la OTAN no están disponibles.

En cuanto a la situación de la mujer, no ha cambiado mucho. Ha habido poco progreso social fuera de la Zona Verde infestada de ONG. Una de las principales feministas del país en el exilio comentó que las mujeres afganas tenían tres enemigos: la ocupación occidental, los talibanes y la Alianza del Norte. Con la salida de Estados Unidos, dijo, tendrán dos. (En el momento de redactar este informe, tal vez se pueda enmendar por uno, ya que los avances de los talibanes en el norte acabaron con facciones clave de la Alianza antes de que Kabul fuera capturada).

A pesar de las reiteradas solicitudes de periodistas y activistas, no se han publicado cifras fiables sobre la industria del trabajo sexual que creció para servir a los ejércitos ocupantes. Tampoco hay estadísticas creíbles sobre violaciones, aunque los soldados estadounidenses con frecuencia utilizaron la violencia sexual contra «sospechosos de terrorismo», violaron a civiles afganos y dieron luz verde al abuso infantil por parte de las milicias aliadas.

Durante la guerra civil yugoslava, la prostitución se multiplicó y la región se convirtió en un centro de tráfico sexual. La participación de la ONU en este negocio rentable estaba bien documentada. En Afganistán, aún no se conocen todos los detalles. Más de 775.000 soldados estadounidenses han luchado en Afganistán desde 2001. De ellos, 2.448 murieron, junto con casi 4.000 contratistas estadounidenses.

Aproximadamente 20.589 resultaron heridos en acción según el Departamento de Defensa. Las cifras de víctimas afganas son difíciles de calcular, ya que no se cuentan las «muertes de enemigos» que incluyen a civiles. Carl Conetta del Proyecto sobre Alternativas de Defensa estimó que al menos 4.200-4.500 civiles murieron a mediados de enero de 2002 como consecuencia del asalto estadounidense, tanto directamente como víctimas de la campaña de bombardeos aéreos como indirectamente en la crisis humanitaria que siguió. Para 2021, Associated Press informaba que 47.245 civiles habían muerto a causa de la ocupación. Los activistas de derechos civiles afganos dieron un total más alto, insistiendo en que 100.000 afganos (muchos de ellos no combatientes) habían muerto y tres veces ese número había resultado herido.

En 2019, el Washington Post publicó un informe interno de 2.000 páginas encargado por el gobierno federal de EE. UU. Para analizar los fracasos de su guerra más larga: «Los documentos de Afganistán». Se basó en una serie de entrevistas con generales estadounidenses (jubilados y en activo), asesores políticos, diplomáticos, trabajadores humanitarios, etc. Su evaluación combinada fue condenatoria. El general Douglas Lute, el «zar de la guerra afgana» bajo Bush y Obama, confesó que «estábamos desprovistos de una comprensión fundamental de Afganistán, no sabíamos lo que estábamos haciendo… No teníamos la más remota idea de lo que estábamos haciendo […] Si el pueblo estadounidense supiera la magnitud de esta disfunción». Otro testigo, Jeffrey Eggers, un Navy Seal retirado y miembro del personal de la Casa Blanca bajo Bush y Obama, destacó el enorme desperdicio de recursos: «¿Qué obtuvimos por este dólar billón de esfuerzo? ¿Valió $ 1 billón?… Después del asesinato de Osama bin Laden, dije que Osama probablemente se estaba riendo en su tumba de agua considerando cuánto hemos gastado en Afganistán». Podría haber agregado: «Y todavía perdimos». ¿Quién era el enemigo? ¿Los talibanes, Pakistán, todos los afganos? Un soldado estadounidense de larga data estaba convencido de que al menos un tercio de la policía afgana era adicta a las drogas y otra parte considerable eran partidarios de los talibanes. Esto planteó un problema importante para los soldados estadounidenses, como testificó un jefe anónimo de las Fuerzas Especiales en 2017: «Pensaron que iba a ir a ellos con un mapa para mostrarles dónde viven los buenos y los malos… Les tomó varias conversaciones entender que yo no tenía esa información en mis manos. Al principio, seguían preguntando: «¿Pero quiénes son los malos, dónde están?»».

Donald Rumsfeld expresó el mismo sentimiento en 2003. «No tengo visibilidad de quiénes son los malos en Afganistán o Irak», escribió. «Leí toda la información de la comunidad, y parece que sabemos mucho, pero de hecho, cuando los presionas, descubres que no tenemos nada que sea procesable. Somos lamentablemente deficientes en inteligencia humana». La incapacidad de distinguir entre un amigo y un enemigo es un problema serio, no solo a nivel schmitteano, sino práctico. Si no puedes distinguir entre aliados y adversarios después de un ataque con artefactos explosivos improvisados ​​en un mercado urbano abarrotado, respondes atacando a todos y creando más enemigos en el proceso.

El coronel Christopher Kolenda, asesor de tres generales en servicio, señaló otro problema con la misión estadounidense. La corrupción fue desenfrenada desde el principio, dijo; el gobierno de Karzai se «autoorganizó en una cleptocracia». Eso socavó la estrategia posterior a 2002 de construir un estado que pudiera sobrevivir a la ocupación. «La corrupción menor es como el cáncer de piel, hay formas de lidiar con ella y probablemente estarás bien. La corrupción dentro de los ministerios, nivel superior, es como el cáncer de colon; es peor, pero si lo detecta a tiempo, probablemente esté bien. La cleptocracia, sin embargo, es como el cáncer de cerebro; es fatal». Por supuesto, el Estado paquistaní, donde la cleptocracia está arraigada en todos los niveles, ha sobrevivido durante décadas. Pero las cosas no fueron tan fáciles en Afganistán, donde los esfuerzos de construcción de la nación fueron dirigidos por un ejército de ocupación y el gobierno central tuvo escaso apoyo popular.

¿Qué hay de los informes falsos de que los talibanes fueron derrotados para no volver nunca? Una figura de alto rango del Consejo de Seguridad Nacional reflexionó sobre las mentiras difundidas por sus colegas: «Fueron sus explicaciones. Por ejemplo, al principio decían «¿los ataques [de los talibanes] están empeorando? Eso se debe a que hay más objetivos a los que disparar, por lo que más ataques son un falso indicador de inestabilidad». Entonces, tres meses después, se volvieron a preguntar «¿los ataques siguen empeorando? Es porque los talibanes se están desesperando, así que en realidad es un indicador de que estamos ganando»» Y esto siguió y siguió por dos razones, para mantener la imagen de todos los involucrados y para que pareciera que si se eliminaban las tropas y los recursos el país se deterioraría. Todo esto era un secreto a voces en las cancillerías y ministerios de defensa de la OTAN en Europa. En octubre de 2014, el secretario de Defensa británico, Michael Fallon, admitió que «se cometieron errores militarmente, los políticos en ese momento cometieron errores y esto se remonta a 10, 13 años… [cuando se decía] No vamos a enviar tropas de combate a Afganistán, bajo cualquier circunstancia». Cuatro años después, la Primera Ministra Theresa May reasignó tropas británicas a Afganistán, duplicando sus combatientes «para ayudar a abordar la frágil situación de seguridad». Ahora, los medios de comunicación del Reino Unido se hacen eco del Ministerio de Relaciones Exteriores y critican a Biden por haber hecho el movimiento equivocado en el momento equivocado, y el jefe de las fuerzas armadas británicas, Sir Nick Carter, sugiere que podría ser necesaria una nueva invasión. Los partidarios conservadores, los nostálgicos coloniales, los periodistas títeres y los sapos de Blair hacen fila para pedir una presencia británica permanente en el estado devastado por la guerra. Lo asombroso es que ni el general Carter ni sus relevos parecen haber reconocido la escala de la crisis a la que se enfrenta la maquinaria de guerra estadounidense, como se expone en Los documentos de Afganistán. Mientras que los planificadores militares estadounidenses se han ido despertando lentamente a la realidad, sus homólogos británicos todavía se aferran a una imagen de fantasía de Afganistán.

Algunos argumentan que la retirada pondrá en riesgo la seguridad de Europa, ya que al-Qaeda se reagrupa bajo el nuevo Emirato Islámico. Pero estos pronósticos son falsos. Y el Reino Unido ha pasado años armando y ayudando a al-Qaeda en Siria, como lo hicieron en Bosnia y Libia. Tal alarmismo solo puede funcionar en un pantano de ignorancia, que el público británico, al menos, no parece haber atravesado. La historia a veces presiona verdades urgentes en un país a través de una vívida demostración de hechos o una exposición de las élites. Es probable que la retirada actual sea uno de esos momentos. Los británicos, ya hostiles a la Guerra contra el Terrorismo, podrían endurecerse en su oposición a futuras conquistas militares. ¿Qué depara el futuro?

Replicando el modelo desarrollado para Irak y Siria, Estados Unidos ha anunciado una unidad militar especial permanente, compuesta por 2.500 soldados, que estará estacionada en una base kuwaití, lista para volar a Afganistán y bombardear, matar y mutilar si fuera necesario. Mientras tanto, una delegación talibán de alto poder visitó China en julio pasado, prometiendo que su país nunca más sería utilizado como plataforma de lanzamiento para ataques contra otros estados. Se mantuvieron conversaciones cordiales con el Ministro de Relaciones Exteriores de China, que supuestamente cubrieron los lazos comerciales y económicos. La cumbre recordó reuniones similares entre muyahidines afganos y líderes occidentales durante la década de 1980: los primeros aparecieron con sus trajes wahabíes y cortes de barba reglamentarios en el espectacular telón de fondo de la Casa Blanca o el número 10 de Downing Street. Pero ahora, con la OTAN en retirada, los actores clave son China, Rusia, Irán y Pakistán (que sin duda ha brindado asistencia estratégica a los talibanes y para quienes este es un gran triunfo político-militar). Ninguno de ellos quiere una nueva guerra civil, en contraste con Estados Unidos y sus aliados después de la retirada soviética.

Las estrechas relaciones de China con Teherán y Moscú podrían permitirle trabajar para asegurar una paz frágil para los ciudadanos de este país traumatizado, con la ayuda de la continua influencia rusa en el norte. Se ha puesto mucho énfasis en la edad promedio en Afganistán: 18 años, en una población de 40 millones. Por sí solo, esto no significa nada. Pero existe la esperanza de que los jóvenes afganos luchen por una vida mejor después de cuarenta años de conflicto. Para las mujeres afganas, la lucha no ha terminado, incluso si solo queda un enemigo. En Gran Bretaña y en otros lugares, todos aquellos que quieran seguir luchando deben centrarse en los refugiados que pronto llamarán a la puerta de la OTAN. Por lo menos, el refugio es lo que Occidente les debe: una pequeña reparación por una guerra innecesaria.

16/8/2021

https://newleftreview.org/sidecar/posts/debacle-in-afghanistan

Traducción para Sin Permiso: Enrique García

Fuente de la versión en castellano: https://www.sinpermiso.info/textos/la-debacle-afgana

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lunes, 23 de agosto de 2021

Siete respuestas al colectivo Nueva Revolución

 

Siete respuestas al colectivo Nueva Revolución 

(I de II)

 

Por Iñaki Gil de San Vicente / España

Fuentes: Rebelión

23/08/2021 


1-En la transición, la derecha española tenía tres expresiones políticas: Unión de Centro Democrático, Alianza Popular y Fuerza Nueva, que no dejaban de ser tres organizaciones herederas del franquismo. Ahora la derecha vuelve a estar fragmentada en tres bloques, que podrían tener cierta analogía con aquellos. ¿Sigue siendo esta derecha heredera del régimen anterior y por eso es tan beligerante con la Memoria Antifascista?

Antes de seguir, conviene precisar los tres niveles de reflexión que tenemos que simultanear en esta entrevista, sobre todo al analizar la «transición española» desde la experiencia de un pueblo oprimido, porque su interacción nos facilita comprender que existe un nacionalismo español básico que va con diversas intensidades y caretas desde Vox hasta grupúsculos de «izquierda». No sirve de nada intentar definir qué es la derecha y qué expresiones tiene sin hacer referencia a ese españolismo sustancial: el «gobierno más progresista», PSOE-UP, está sopesando ilegalizar ahora mismo o más adelante a Izquierda Castellana con excusas antidemocráticas, cuando en realidad se trata de que todo el nacionalismo español sabe que el castellanismo es uno de sus peores enemigos porque hunde uno de los pilares básicos de la «nación española».

Por esto es necesario simultanear tres niveles de análisis: 1) en el nivel más superficial y visible, falsamente decisivo pero fetichizado por el centro-derecha y los reformismos, tenemos la Constitución del ’78 o si se quiere la democracia parlamentaria tal cual hoy es magnificada por la propaganda. 2) en el nivel intermedio y cada vez más visible para sectores críticos, existe el poder omnipotente de la monarquía católico-militar esencialmente antidemocrática, poder intocable por, para y desde la Constitución. Y 3) en el nivel profundo, decisivo por cuanto estructural pero invisibilizado, existe la dictadura del capital que teledirige los guiñoles de la monarquía y del parlamento; estos guiñoles tienen diversas autonomías más o menos relativas en determinadas cuestiones secundarias, pero jamás en las vitales para el capital, como iremos viendo.

Sobre todo en lo relacionado con la extrema derecha y el fascismo, no debemos cometer el error de subestimar el uso revolucionario que puede hacer el proletariado del parlamento, del nivel 1, desechándolo total y ciegamente; pero tampoco debemos caer en el error contrario, el fetichismo parlamentarista, sobreestimando sus muy limitadas atribuciones. La forma más efectiva de no cometer esos dos peligrosos errores de frivolidad, es una pero doble: conocer el materialismo histórico y saber que la acción parlamentaria siempre tiene que estar al servicio de la lucha de clases.

El «régimen anterior» era la forma de dominación adecuada a las necesidades del capital hasta que empezaron a agudizarse más allá de lo controlable las contradicciones que minan al Estado español desde el siglo el siglo XVI, por poner una fecha. Surgieron diferencias en el bloque de clases dominante en el «régimen anterior», incluida la Iglesia y el Ejército, porque este bloque tenía que enfrentarse a una crisis interna y externa de una magnitud hasta entonces desconocida, de manera que progresivamente y con muchas discusiones y, sobre todo, bajo la presión creciente de la lucha de las clases y naciones oprimidas, se fue imponiendo una facción que necesitaba que el nivel 3, el de la propiedad de las fuerzas productivas y el de la dictadura del capital, siguiera existiendo con cambios formales en el nivel 2, el de la monarquía franquista, y con la creación de un nivel 1, el de la «democracia».

Los cambios introducidos a la monarquía franquista, nivel 2 arriba visto, consistieron en llamarla «monarquía constitucional» en vez de franquista, pero que en realidad siguió siendo católico-militar, capitalista y española, inconciliable con la democracia en cuanto «poder del pueblo» y tan corrupta como siempre. Para que esta trampa tuviera éxito había que crear de la nada el nivel 1, el más superficial, la Constitución del ’78, e imponerla con mentiras, promesas, corrupciones, represiones y miedo. Los sectores más reaccionarios se opusieron tenazmente incluso recurriendo al terrorismo y gracias a la genuflexión centrista y reformista lograron una cuádruple victoria cualitativa: que no se depurara la estructura franquista del Estado; que siguiera la monarquía católico-militar oficialmente llamada «constitucional»; que se aniquilara toda remota posibilidad de republicanismo; y que se reforzara la dictadura del capital y la «unidad española» bajo la forma de una «democracia parlamentaria» muy amputada y auto vigilada por ella misma, porque ella misma se declara defensora del capital y de la intocable monarquía católico-militar.

Las tres derechas de entonces eran «herederas del franquismo», es cierto, pero es una verdad secundaria porque atañe sólo a la forma de la dominación del capital, ya que lo decisivo, la verdad primaria, era y sigue siendo que la inmensa mayoría de fuerzas sociopolíticas eran y son pilares del capital, como veremos. Las derechas franquistas sabían desde antes de 1978 que si cambiaban algunas cosas su poder básico no estaría en peligro, aunque sí tuvieran que ceder algunas de sus prebendas. Solamente una muy enana parte de ella, la más fanática representada por Fuerza Nueva y grupúsculos afines, quería retroceder al franquismo puro y duro. UCD y AP, representantes mayoritario y minoritario de la burguesía más españolista, aceptaban las reformas constitucionales y el maquillaje de la monarquía a cambio del fortalecimiento del poder del capital.

La virtualidad de utilizar la dialéctica entre los tres niveles –superficial, medio y raizal– vuelve a demostrarse en la desunión-unión de la actual derecha: está desunida en el nivel superficial, tiene diferencias en el mediano y está unida en lo esencial, en la raíz de la defensa a muerte de la propiedad privada. La desunión se muestra a diario y sobre todo en los momentos electorales cuando se despedazan ferozmente para comerse unas los votos de las otras; las diferencias en el nivel mediano, se muestran en sus acuerdos secretos o públicos para copar sillones siempre bajo la protección de la monarquía; y la unión incondicional se muestra en su defensa a muerte del capital y de la unidad española, que es lo mismo, e incluso en algunas insinuaciones indirectas de que atarían más en corto a la monarquía católico-militar para salvarse ellas.

Por tanto, la fragmentación en tres bloques de la derecha actual es cierta, pero es relativa en función de la gravedad menor o mayor de los peligros que afronta en su conjunto o en sus fragmentos. Tanto en su unidad como en sus diferencias, siguen siendo abierta o solapadamente más que «herederas del franquismo»: son reservas de varias intensidades de franquismo sociológico y hasta político que pueden ser activadas por el grueso del bloque de clases dominante cuando la crisis del Estado sea irresoluble por el centrismo, el reformismo y las burguesías regionalistas y autonomistas.

Debemos tener en cuenta que el franquismo se creó oficialmente en 1937 con el Decreto de Unificación de corrientes españolistas que de un modo u otro tenían una larga data, y que adquirieron más solidez con en el Manifiesto del Bloque Nacional de 1934, mucho más coherente que la demagogia de una Falange recién creada. Ello le dotó al franquismo de caretas varias que podía cambiar según sus necesidades, lo que unido al incondicional apoyo imperialista y del Vaticano, explica por qué apenas tuvo dificultades para transitar por varias fases en las que además de mostrar caretas varias también aplicó economías diferentes. No tenemos aquí espacio para exponerlas, pero el franquismo abiertamente nazi de grupúsculos de Vox es diferente a los llamados pro-yanquis, «desarrollistas», «aperturistas», etc. La derecha puede recurrir según sus necesidades a cada uno de estos «franquismos», pero nunca puede renunciar a él.

Y por esto mismo el peligro mortal para el franquismo en su contenido esencial, además de en sus continentes formales, es precisamente el del antifascismo, el de la Memoria Histórica. Aquí la unidad de clase imperialista española y monárquica se impone sin compasión sobre las nimiedades egoístas que se auto fagocitan por sillones y votos que faciliten corrupciones múltiples. La Memoria verdadera, no la falsificación mentirosa que quiere imponer la alianza entre centro-derecha y reformismo, es inaceptable porque despierta el fantasma de la lucha de clases y de liberación de las naciones oprimidas no sólo desde de la I República de 1873, sino ahora mismo, cuando la derecha y el centro-reformismo legitiman a criminales fascistas como Millán-Astray, Melitón Manzanas, Rosón en Lugo, etc., o a la Legión, paradigma del terror… o cuando justifican o no combaten la impunidad neonazi.

Es comprensible la beligerancia de la derecha contra la Memoria y el antifascismo porque reabren las llagas supurantes de su largo régimen de terror público, porque descubren cómo el franquismo destruyó toda libertad e impuso una larga noche de dolor y miedo. Por esto mismo el antifascismo y la Memoria topan con el permanente boicoteo silencioso de la Iglesia, sin la cual jamás se hubiera derramado tanta sangre ni se hubiera tardado tanto tiempo en empezar a recuperar huesos y trocitos de piel humana, bastante de ella de mujeres e infancia violada, torturada y fusilada: estamos ante uno de tantos crímenes de la historia cristiana, que llegaron al extremos de la compra y trata de recién nacidos de «familias rojas» para «educarlos en el amor a Dios y a España».

Pero también hay que decir que, sin profundizar ahora en las pocas diferencias –que no oposiciones y menos aún contradicciones– entre antifascismo y Memoria, hay que decir que ambos sacan a la luz la naturaleza explotadora y opresora de la Constitución y de la monarquía católico-militar por lo que tampoco son impulsados por el centro-reformismo. Desde la Constitución sólo puede impulsarse una «memoria» parcial y abstracta, que refuerza la dominación del bloque de clases dominante, necesitado en ocultar que esa Constitución fue y es la tapadera de estructuras franquistas nunca depuradas. Con la Memoria, otro tanto, con la gravedad de que el PSOE y el PCE abandonaron en el olvido oprobioso el genocidio fascista para no importunar a la derecha

2- La cuestión territorial ha servido de unión entre todo el espectro de la derecha, entendiendo esta desde Vox hasta una parte significativa del PSOE. ¿Sigue siendo la unidad de España el mantra que repite la derecha para ocultar las terribles desigualdades sociales que se dan en el estado?

La unidad del Estado español es un axioma y un apotegma para las fuerzas sociopolíticas y sindicales estatalistas porque su entera visión psicopolitica está determinada por el nacionalismo español, a excepción de una pequeña, honrosa y hasta heroica izquierda internacionalista. Podemos recurrir al símil del tronco españolista: las ramas más imperialistas de la derecha; las ramas constitucionalistas, autonomistas y hasta defensoras de un federalismo de papel estrujado, sin hablar de esa entelequia de «nación de naciones» formada por una «nación política integradora» y «naciones culturales periféricas»; y una ramita de «izquierda» que niega la existencia de naciones oprimidas y su derecho a la autodeterminación e independencia.

El tronco nacionalista español se levanta sobre las raíces de la explotación de mujeres trabajadoras, clases explotadas y naciones oprimidas, sobre el exterminio y saqueo colonial e imperialista, sobre el nacional-catolicismo de la Iglesia y el poder intocable de la monarquía militar. Conforme se reforzaba la dictadura del capital –nivel 3– iban surgiendo ramas diversas de ese nacionalismo raizal funcionales a las necesidades de la facción dominante del bloque de clases dominante en cada fase. Otras facciones burguesas españolas y «periféricas» elaboraban sus nacionalismos o regionalismos fuertes en la medida de lo posible. El franquismo fracasó en el intento de imponer su imperialismo al resto, y la solución fue crear en la mitad de los ’70 los niveles 2 y 1, con lo que el bloque de clases dominante lograba ampliar la oferta de matices nacionalistas españoles, autonomistas y regionalistas en el mercado de la manipulación inconsciente de la estructura psíquica de masas alienadas. El marketing político-empresarial ducho en ampliar la oferta de mercancías ideológicas ha cosechado un reciente éxito con la devaluación de independentismos de izquierda en soberanismos interclasistas.

Ha sido necesaria esta explicación previa para saber que no sólo la derecha recurre al mantra de la unidad española para justificar los ataques a las clases trabajadoras, también lo hace la alianza gubernativa entre centro-derecha y reformismo: ahora, el «gobierno más progresista» mantiene desde verano de 2018 las duras medidas anti obreras de Zapatero y Rajoy, se niega a subir los salarios, mantiene la ley Mordaza, no persigue los desahucios, tolera los abusos empresariales, etc., con la excusa de que lo primero es recuperar la «economía nacional». En pos de lo cual hay que mantener la monarquía católico- militar, contemporizar con la Gran Banca y con esa enorme transnacional que es el Vaticano, sacrificar al Pueblo Saharaui, armar a dictaduras atroces como la saudí y ayudar a «democracias» criminales como la de Colombia, buscar el hundimiento de Venezuela y Cuba, plegarse a las crecientes exigencias político-militares de los EEUU, etc.

Lo que diferencia en este asunto a la derecha del centro-reformista en el gobierno es que la primera lo dice con brutal sinceridad y lo impone allí donde tiene fuerza, mientras que la segunda lo hace con cinismo brutal para justificar que lo impone, sabiendo que cuenta con el apoyo de la burocracia sindical, del autonomismo burgués, del soberanismo interclasista y de la socialdemocracia internacional. Pero lo que debemos asumir es que tanto la derecha como el centro-reformista defienden lo que les exige la dictadura del capital con el consejo de la monarquía, escenificando «ásperos debates» en los parlamentos de turno y en el de Madrid.

3- Vox es ahora la cara más visible de ese franquismo sociológico que, casi cincuenta años después de la muerte del dictador, sigue anclado en la política española, pero ¿no sigue también el franquismo infectando muchos estamentos de nuestro poder judicial, del ejército, de los medios de comunicación?

Vox es ahora la cara más visible del franquismo sociológico más estricto tal cual puede expresarlo esta corriente en la actual coyuntura. Es más estricto desde luego que el franquismo poliédrico del PP en las pasadas elecciones de Madrid, lo que le ha permitido canibalizar mucho voto de Vox y Cs., pero también algunos del nacionalismo españolista más puro del PSOE y hasta de franjas obreras. Si se habla «microfascismos», de las «múltiples caras del fascismo», etc., hay que hacer lo mismo con el franquismo. El franquismo sociológico no sólo «infecta» estamentos de la judicatura, ejército, prensa, etc., del bloque de clases dominante –que en absoluto son «nuestros» y menos aún de las naciones oprimidas–, sino que vertebraba la cosmovisión de estos aparatos del capital antes de que los administraran las y los jueces, militares, periodistas, etc., actuales.

El franquismo, en cuanto sincretismo de las corrientes españolistas anteriores al Decreto de Unificación oficializado en Salamanca en 1937, creó el cemento ideológico que cohesionaba la estructura del Estado al servicio del capital, ideología expresada en el lema de «por el Imperio hacia Dios», que integraba en un único delirio imperial-católico los sueños de grandeza de la burguesía de un país en declive imparable. El funcionariado, los militares, y los fieles periodistas, etc., activos hasta casi finales del siglo XX se formaron desde la infancia en esas fantasías, excepto minorías admirables. Muchos de ellos esperaban ansiosos al menos un «golpe de timón» que asegurara si no la vuelta del franquismo al menos un orden autoritario que impidiera la «revancha roja». La victoria cuádruple obtenida al imponer la Constitución del ’78 les tranquilizó un poco, y a pesar del fracaso del Tejerazo suspiraron aliviados con el exquisito trato que el PSOE les daba, en comparación a los ataques antiobreros y a las represiones de los derechos de las naciones oprimidas.

La «democracia» no depuró la estructura franquista con lo que, por endogamia, esta se reprodujo en su misma salsa autoritaria, disimulando su franquismo con el barniz constitucional. Otra vez hay que admirar los pequeños grupos democráticos que resistieron y resisten en la trituradora judicial y en otras burocracias, que fueron expulsados del ejército o arrinconados en los sótanos, que fueron rechazados por prensa, etc. Pero, sobre todo, fue y es la lógica de poder y de obediencia egoísta inserta en el sistema educativo, en el Estado, en la industria, en la educación y en la sociedad la que selecciona a su personal, aceptándolo o expulsándolo. Esta lógica fue reforzada por los gobiernos de derechas, y nunca cambiada radicalmente por los del centro-reformista. Ninguno, por ejemplo, ha hecho un esfuerzo sostenido para modernizar la burocracia judicial, que es una de las más atrasadas de la Unión Europea.

Es así como se entiende la situación de pre colapso del aparato judicial y su servidumbre, la pobreza intelectual del sistema educativo público y privado, la impronta franquista del ejército, el poder político del periodismo, etc. No se trata por tanto de una «infección» desde el exterior, sino de que, por un lado y como veremos más extensamente luego, desde antes del Manifiesto de 1934 y de la Unificación de 1937, el imperialista español ya cimentaba el Estado como se demostró en la destrucción atroz de la II República, etc., basta leer la prensa española del último tercio del siglo XIX. Y por otro lado, en que ese franquismo sociológico y sus múltiples expresiones visibles e invisibles forman parte del interior de esas estructuras de poder estatal, para y extra-estatal, porque todas ellas están sujetas a la lógica ciega del capital y a las necesidades de mantener a cualquier precio su marco geoestratégico de producción/reproducción llamado “España”, o sea, al nivel 3, el decisivo, aunque en algunos problemas puedan sorprendernos con una apariencia de «democracia» en el nivel 1, importante en lo coyuntural pero de importancia menor a escala histórica.

4-Hay varios libros, como el de Miguel Urbán, “La emergencia de Vox”, en el que se analiza la irrupción de la ultraderecha en nuestro panorama político, pero, aunque el diagnostico sea certero, nos ofrece pocas herramientas para combatirlo. ¿Qué armas tenemos para enfrentar un fenómeno como este, avalado por las élites económicas, por la prensa y por los jueces?

Lo primero que tenemos que hacer es superar el doble error de creer por un lado que la implantación del franquismo en los aparatos del Estado es sólo una «infección» exterior; y por otro lado reducir el franquismo a mera «realidad sociológica», lo cual es cierto en su forma abstracta por lo que es necesario concretarla en su realidad material. Por dos caminos diferentes, ambas interpretaciones nos llevan a una derrota estratégica porque no atacamos el problema en su raíz: el franquismo como expresión de la histórica crisis estructural del Estado español en cuanto verdadera «nación fallida» según los cánones euro burgueses.

Una crisis mucho más grave y permanente que la que en los ’20 y ’30 sufrieron Alemania e Italia, por lo que no podemos limitarnos a copiar las lecciones antifascistas en estos y otros Estados por valiosas que sean, sino que debemos adaptarlas a las expresiones concretas que adquiere el franquismo tanto en su unidad estatal española como en las naciones que oprime dentro de él.

Dicho muy brevemente, lo que ahora denominamos nacional-catolicismo es, como venimos insistiendo, una constante necesaria en la formación del capitalismo español, que se fue creando con las opresiones nacionales desde al menos el siglo XIII en la península antes y después de invadir otros continentes. Desde finales del siglo XV la Inquisición ayudó a fusionar la religión, la nación y la política con la identidad del Estado, proceso que no se dio así en ningún otro Estado europeo al menos con la fuerza y persistencia que tiene en el español, ni siquiera en Portugal e Italia y mucho menos en Alemania, por citar tres países que sufrieron el fascismo genérico.

Las tensiones entre facciones de las clases dominantes empezaron a mostrar a comienzos del siglo XVI los límites insuperables que ya amenazaban al Estado español, y una facción, la vencedora a la larga, optó por apoyarse en una potencia extranjera, abriendo así la vía de buscar ayuda en el exterior para solucionar siquiera transitoriamente el verdadero problema: el «problema español». A raíz del quinto centenario del aplastamiento de la Revolución Comunera, un historiador nos ha recordado que desde entonces ninguna monarquía ha sido de directo origen ‘español’. Monarquías ‘extranjeras’; catolicismo universalista supeditado al Imperio; centralismo austracista; ultracentralismo borbónico; nacionalismo español en la Constitución de Cádiz de 1812; poder omnívoro de los capitales franceses, belgas, británicos, etc.; fugaz Casa de Saboya-Aosta; derrocamiento de la I República…

Se fue creando así esa intransigencia de Cánovas que pese a ello, por ejemplo, después de invadir el territorio vasco y destruir el histórico Derecho Foral, tuvo que reconocer la necesidad de un acuerdo en 1878 con su burguesía porque la simple ocupación militar y la represión lingüístico-cultural no bastaban para «pacificar» a las y los vascos: los Conciertos Económicos. Tuvo que hacerlo porque el Estado no daba más de sí perdiendo los restos del Imperio y, como se vería al tiempo, siendo vergonzosamente humillado en Annual por las cabilas rifeñas en 1921. Mientras tanto la lucha de clases y las reivindicaciones de las naciones oprimidas añadían presión desde dentro al nacionalismo estatal.

Es mucha la importancia de esta «cesión» táctica de Cánovas y el conjunto de crisis que se sincronizan desde ese momento, para definir la lucha actual contra el franquismo porque, sin saberlo, Cánovas reactivaba el núcleo del problema histórico irresoluble: ni el centralismo austracista ni el hipercentralismo borbónico, ni el interregno saboyano, ni el autonomismo limitado de la II República, ni la dictadura franquista apoyada por el nazifascismo y luego el imperialismo occidental, ni el Estado de las Autonomías vigilado por la Casa Real, nada de esto ha podido construir la «nación española» según el canon euro burgués de Estado-nación. Al contrario, ha ido pudriendo el problema en la medida en que las contradicciones del capitalismo mundial agudizaban los abismos que hacen del Estado una «nación fallida».

Aquí, en este fracaso permanente, radica la razón de la ferocidad de la rama franquista del tronco del nacionalismo español, también de la dureza contrainsurgente de la rama constitucionalista como se ha visto en la guerra sucia y el terror de Estado contra el independentismo vasco, o en las represiones contra otras naciones, o el racismo, o el ataque al castellanismo, etc. Hay que partir de esta realidad para poder elaborar primero la estrategia anfifascista y antifranquista, y después la lucha contra el nacionalismo centro-reformista porque las tres, a pesar de sus diferencias, sostienen a su modo los niveles 2 y 3, la monarquía católico-militar y la dictadura del capital, aunque el extremo franquista quiere acabar con el nivel 1, el del parlamentarismo.

Partiendo de aquí podemos ya avanzar algunas ideas elementales sobre el antifranquismo tanto en las naciones oprimidas como en el Estado español y Europa.

4.1.- La primera y fundamental es conocer nuestra historia como pueblo oprimido; su composición de clases, sus luchas y la influencia que en ellas ha tenido la alianza entre la burguesía autóctona y el Estado ocupante; la existencia de un franquismo autóctono y qué facciones y grados de fanatismo proestatalista tiene; qué relaciones tiene con el estatal, cuál es su ideología, y qué relaciones de unidad de clase tiene con la burguesía autonomista o regionalista, es decir, qué intereses de clase les unen en la defensa de la dictadura del capital, aunque puedan tener discrepancias en los otros dos niveles. Además, debemos estudiar qué otras ramas del tronco nacionalista español existen y qué fuerza tienen, cómo justifican la represión de nuestros derechos nacionales y cómo se oponen directa o indirectamente a nuestra lengua y cultura, etc.

4.2.- Esta es la base para, sobre ella, avanzar en una política de frente único antifascista que tenga al menos dos niveles: el decisivo y rector, buscar la unidad antifascista y de liberación nacional de clase de todas las capas sociales que componen el pueblo trabajador y su centralidad proletaria; y el segundo y secundario, supeditado al primero, cuando sea necesario buscar acuerdos tácticos antifascistas con otras fuerzas democráticas y progresistas. La estrategia hacia la independencia socialista debe dirigir la práctica del frente único en el nivel decisivo de la defensa de los derechos y necesidades elementales, de la Memoria y de la cultura y lengua propia, etc., incluida la urgencia de un Estado obrero propio; mientras que en el nivel de los acuerdos tácticos con fuerzas reformistas estas reivindicaciones deben ser presentadas de una forma más general.

4.3. A la hora de combatir al franquismo debemos explicar con ejemplos la interacción de los tres niveles con los que hemos empezado, en las convocatorias de masas, en las charlas y debates, etc., porque un peligro invisible pero efectivo de la demagogia franquista «blanda» y en menor medida de la «dura» es que en la mayoría de las situaciones pretende disimular o hasta negar su ideología fascista. Muchos sectores reformistas tienden a creer que lo que llamamos franquismo «blando» es simple «derecha democrática», lo mismo que cree que el actual gobierno PSOE-UP es el «más progresista de la historia». De este modo, lo decisivo, la dictadura del capital queda impune, y apenas se denuncia el papel contrarrevolucionario de la monarquía católico-militar. Como efecto de ello, se mantienen las negras y tormentosas nubes ideológicas del españolismo.

4.4.- Dado que una de las lecciones históricas más repetidas confirma que la mejor forma de derrotar al fascismo en general antes de que coja más fuerza, es la movilización de masas en base a un frente único que mantenga la ofensiva estratégica. Y dado que estas mismas lecciones muestran cómo el reformismo es contrario a esta lucha conjunta, se hace imprescindible avanzar en la unidad de base antifascista en todos los lugares en donde las bases de los partidos reformistas están molestas por la pasividad de su dirección. La experiencia muestra que las bases de los partidos reformistas tienden a desbordar a sus direcciones en la lucha antifascista, pero tienen dificultades psicopolíticas para romper con ellas si no existe una izquierda revolucionaria fuerte y decidida, y una flexible, amplia y radical unidad de masas antifascista. Por tanto, hay que crear las dos condiciones.

4.5.- Es prioritario anular la contaminación ideológica pequeño burguesa y de clases medias arruinadas en el proletariado, porque no sólo son incapaces de elaborar una estrategia antifascista sino porque oscilan hacia el fascismo cuando ven la pasividad reformista, la debilidad revolucionaria y el desconcierto obrero y popular. Esta lección histórica confirma la necesidad del combate teórico y sociopolítico con la ideología pequeño-burguesa, realizado siempre con la pedagogía del ejemplo práctico y con la claridad de la concepción estratégica, que siempre debe estar presente.

4.6.- Las fuerzas más eficaces contra el fascismo genérico son el proletariado en cuanto tal y el migrante en concreto, las naciones obreras oprimidas, las mujeres trabajadoras, la juventud trabajadora y estudiantil, las organizaciones y sindicatos, la intelectualidad y el profesorado crítico incluido los trabajadores de la ciencia, la prensa democrática y un parlamento progresista decidido a parar el avance fascista… Tanto el frente único con su fuerza de masas proletarias como con su secundaria capacidad de acuerdos tácticos con el reformismo han de militar sistemáticamente dentro de estos colectivos, en el interior de su vida colectiva, ayudando a organizar movilizaciones antifascistas que además prefiguren en el presente conquistas socialistas futuras.

4.7.- Por no extendernos, un decisivo universo de lucha antifascista es el relacionado con las libertades y derechos concretos, las sexo-afectivas, los derechos sexuales, el anti patriarcado, la ética marxista o simplemente libertaria, la lucha contra el fetichismo en cualquiera de sus expresiones, etc. También la divulgación del ateísmo comunista, la denuncia de la irracionalidad, la necesidad de movilizarse contra el poder del Estado Vaticano, aliado básico del español, al que ayuda en la dominación de las naciones que oprime. La izquierda revolucionaria y el antifascismo en general sufren aquí una de sus grandes debilidades que no hace sino reforzar la irracionalidad, el miedo y el autoritarismo inherente a la estructura psíquica alienada.

Nota: el colectivo Nueva Revolución ha publicado en dos entregas las respuestas al cuestionario que nos envió sobre el nacionalismo español, las derechas, el franquismo, etcétera.

EUSKAL HERRIA, 15 de agosto de 2021

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