sábado, 14 de noviembre de 2020
Historia. La historia no cambia porque los trabajadores estamos siempre en la misma historia: sin saber de historia. La historia cambiará cuando empiece a cambiar la estructura económica en la que se asienta (misma estructura económica misma historia con a lo sumo otros collares pero con los mismos perros). Pero esto ya es otra historia que comenzará cuando los trabajadores entendamos la economía que estamos utilizando todos los días de forma inconsciente. Esto se dirige al que quiera y sepa leer, al que no quiera ni sepa leer no lo molestamos.
La gran guerra y la
burguesía barcelonesa: opciones políticas y componentes ideológicos
Soledad Bengoechea
Vientosur
13.11.2020
Huelga de la Canadiense 1919
Soledad Bengoechea
Vientosur
13.11.2020
En los 10 años que separan el inicio
de la Gran Guerra (1914-1918) hasta la llegada de Primo de Rivera al poder
(1923) aparecieron nuevas opciones políticas. En aquel tiempo, las calles de
Barcelona se teñían de sangre obrera y patronal mientras las clases acomodadas
auspiciaban y luego bendecían el golpe de estado. En este artículo se trata,
someramente, el comportamiento de la patronal barcelonesa en el terreno abonado
de finales de 1918 y principios de 1919. Atemorizada ante la creciente amenaza
que significaba el incremento de la CNT, los empresarios idearon diferentes
alternativas para neutralizarla buscando en el cajón de sastre de las
estrategias tradicionales y en nuevas fórmulas que aparecían en aquellos años
convulsos. En lugar de propiciar un partido único, como ocurrió en el caso de
Italia, su estrategia fue crear un Sindicato Patronal Único: la Federación
Patronal de Barcelona, semejante a la Confindustria italiana fundada en 1910.
La Federación Patronal estaba articulada en asociaciones patronales que habían
nacido a finales del siglo XIX, y hablaba de revolución, de nacionalismo, de
orden, de jerarquía, de disciplina. Este Sindicato Patronal planteaba una
postura que la plana mayor del empresariado la respaldada: el corporativismo,
basado en la sindicación obligatoria y única para patronos y obreros. El Estado
debía ser privado de la conducción de la política económica, que pasaría a ser
pilotada por ellos. La Federación Patronal tuvo apoyos externos: la
financiación del gran capital, así como un fuerte aparato militar y policial. E
incluso se benefició de la complicidad de una milicia paramilitar, la burguesía
armada del Somaten, que le respaldó en los momentos de mayor conflictividad,
cuando se temió el levantamiento del pueblo, negando al Estado el monopolio de
la violencia. Y contó, también, con un sindicato amarillo, los Sindicatos
Libres, que provenía del tradicionalismo.
Nuevas maneras de hacer política: las asociaciones políticas, los militares. El antiparlamentarismo
Cuando estalló la Gran Guerra, en la que España se mantuvo neutral, los empresarios catalanes percibieron enseguida la posibilidad de realizar grandes negocios en el sector de la exportación. Se hacía evidente que los países en liza necesitarían mantas para las trincheras, uniformes, botas y correajes para los soldados, etc. No obstante advertían un problema: en el gobierno estaba el conservador Eduardo Dato y temían que no contemplase estas nuevas posibilidades. Ello acentuó un sentimiento inherente en la burguesía catalana: las asociaciones económicas tenían que incidir en los órganos de gobierno, compartiendo o sustituyendo las funciones propias de los partidos políticos. El mismo año de comenzada la guerra más de treinta representares de las corporaciones económicas catalanas más importantes, encabezadas por el presidente de la Mancomunitat, Enric Prat de la Riba, enviaron sus quejas al rey. Ponían de manifiesto su recelo hacía la actuación de unos gobiernos que “sea por radicar lejos de las regiones periféricas en donde España alcanza su máxima intensidad económica […] en vez de actuar como los gobiernos de los demás estados, no llega a darse cuenta de los conflictos mientras se preparan”. El final de la guerra puso fin a la expansión económica y la crisis de los sectores que más habían crecido durante el conflicto. En Vizcaya en las industrias siderúrgicas y metalúrgicas. En Cataluña en el textil. Al optimismo inicial siguió la decadencia. Los beneficios acumulados sirvieron de poco. Durante estos años, un discurso muy crítico respecto a los partidos políticos se fue acentuando, al tiempo que desde las corporaciones económicas se fortalecía una oratoria que planteaba canales corporativos. Una mayoría de los líderes de estas corporaciones eran políticos que jugaban en dos frentes distintos pero complementarios: desde su posición de políticos presentaban proyectos al Parlamento; por su condición de industriales utilizaban vías más directas (escribían al rey, al presidente del gobierno, al ministro de hacienda). Dado que las propuestas que los políticos catalanes en el Parlamento a veces se veían frustradas por la oposición, a partir de la especial coyuntura abierta por la guerra los industriales utilizarían los canales de tipo más directo como práctica cotidiana.
Otro fenómeno característico de estos
años fue el reforzamiento del pretorianismo. Durante el verano de 1917, en
España -pero sobre todo en Cataluña- tuvo lugar una grave crisis política y una
huelga general que cuestionaba el sistema. Aunque los generales se
desvincularon del movimiento de oficiales de las Juntas de Defensa, que tenían
un interés estrictamente corporativo, el poder militar iría en aumento a medida
que se desgastaba el Parlamento. En otro orden de cosas, se ha de tener en
cuenta que el rey también era el jefe supremo de los ejércitos. Por tanto, y
como hacían muchos empresarios, los militares acudían al monarca en lugar de a
las Cortes para defender sus intereses. Asimismo, el menosprecio que muchos
militares sentían hacia la clase política era el nexo que les acercaba a buena
parte de la burguesía catalana, una parte de la cual constituía la base de la
Lliga Regionalista, partido catalán fundado en 1901. Los patronos utilizarían
este malestar de los militares; los militares se aprovecharían del creciente
sentimiento de rebeldía antigubernamental inherente a la patronal. En estos
años, en diferentes ocasiones, la obsesión del peligro “rojo” hizo perder de
vista al gobierno el peligro que representaba el tamden de patronos y
militares.
Durante la primavera de 1918, los
“junteros” se volvieron a insubordinar. Su protesta movilizó la burguesía
catalana y sus propuestas se encarrilaron en dos direcciones: una apostaba por
un gobierno de militares, pero dirigido por un civil; otra por una dictadura
militar. La actitud del monarca consiguió frenar la insubordinación, sobre todo
al poner al conservador Antonio Maura al frente de un gobierno de
concentración. La Lliga pudo colocar a Francesc Cambó de ministro de Fomento.
Cambó había apostado siempre por gobiernos de concentración que permitieran a
los catalanes tener un peso en la política española; solo así podría obtener de
forma pacífica un estatuto de autonomía.
A finales de 1918, cuando finalizaba la guerra europea, por las calles barcelonesas corrían rumores de caídas de imperios que parecían inamovibles, al tiempo que las noticias que llegaban del triunfo de los bolcheviques exacerbaban los ánimos de una clase obrera enrolada masivamente en el sindicato anarcosindicalista revolucionario CNT, que percibía ya el paro a que la condenaba el fin de las exportaciones. A mediados de noviembre, en pleno otoño, Maura dejaba el poder y entre algunos sectores de la burguesía barcelonesa cobraba vida una propuesta que hablaba de crear un frente patriótico que coordinase todas las derechas españolas. La línea de la oferta era indiscutiblemente contrarrevolucionaria, no ocultaba que su finalidad era poner fin al sistema liberal e imponer una dictadura que acabase con una temida revolución. El proyecto lo hizo público un tradicionalista, el conde de Santa María de Pomés, en una conferencia que al caer la tarde pronunció en la sala de actos del Centro de Defensa Social, entidad formada por miembros marcadamente tradicionalistas, ante un selecto grupo de burgueses. Ataviado con el traje oscuro de rigor, subió a la palestra. Al avanzar en el discurso su voz se elevó hacia notas agudas, estridentes. La creciente determinación de acabar con la democracia parlamentaria, utilizando la violencia si era necesario, se hizo explícita en una de las frases pronunciadas por el aristócrata al comentar una alocución que el tradicionalista Donoso Cortés había pronunciado setenta años antes en el Parlamento, que entre otras cosas decía: “La significación de España en el mundo a la hora de la paz y de las derechas españolas a la hora de la guerra”. Teniendo como modelo a Cortés, Pomés señalaba “cuando la legalidad basta para salvarla [la sociedad], la legalidad. Cuando no basta, la dictadura”. En aquel contexto, contando con el apoyo de muchos industriales catalanes, se fundó un nuevo partido, La Unión Monárquica Nacional (UMN), que pretendía ser el eje de una federación de las derechas más duras de orientación españolista. Emergía la reclamación de un poder autoritario para contrarrestar la amenaza de una revolución. Un dirigente de la UMN fue el fabricante de pianos Jaime Cussó, que presidió el Fomento del Trabajo Nacional desde febrero de 1918 hasta 1922, es decir, durante los años más duros que en el aspecto social vivió la ciudad de Barcelona.
Autonomía y corporativismo
Al tiempo que los sectores
monárquicos y españolistas intentaban colocar las bases de una gran coalición
electoral que aglutinase todas las clases conservadoras, es decir, mientras
tradicionalistas y monárquicos de la UMN se agitaban buscando una unión de las
derechas que fuese capaz de parar una temida revolución instigada por la CNT,
el rey estimulaba a Cambó a tirar adelante la autonomía catalana -presentación
del primer proyecto de estatuto- con el fin de superar la múltiple crisis
política y social existente en España, como señala Borja de Riquer en su obra
“Alfonso XIII y Cambó. La monarquía y el catalanismo político”. Bajo el impacto
de los proyectos del presidente norteamericano Wilson, los regionalistas, por
un lado, con el apoyo de sectores del republicanismo moderado por otro,
buscaron ahora una victoria parcial en la lucha por alterar la estructura del
estado centralista, y se lanzaron a la tercera campaña autonomista del siglo.
La Mancomunitat asumió el proyecto como propio, consignando unas bases para la
elaboración del estatuto. Para reforzar la petición autonomista, jóvenes
catalanistas salieron a la calle, y por las Ramblas se sucedían sus
manifestaciones con el correspondiente enfrentamiento contra grupos
españolistas, muchos de los cuales estaban compuestos por oficiales del
ejército.
Todo ello ocurría a finales de
noviembre de 1918, mientras las hojas de los árboles alfombraban las calles de
Barcelona. Aunque el gobierno se negaba a parlamentar sobre el estatuto de
autonomía, desde la Mancomunitat se comenzó a redactarlo. Había un punto muy
interesante: se querían crear unos organismos técnicos interventores que
actuasen como mediadores en los conflictos sociales. Desde algunas plumas de
intelectuales y desde grupos industriales se pedía que la Mancomunitat tuviese
funciones legislativas, que este organismo contase con plena autoridad en
materia obrera (algo que en 1919 se volvería a pedir ante lo que se calificaba
de inacción del gobierno en el tema de la represión de los
anarcosindicalistas). En este contexto, el sentimiento de no estar tutelados
por el estado y la desconfianza hacia el parlamentarismo llevaron a ciertos
sectores burgueses a elaborar distintos discursos. Desde el tradicionalismo se
esperaba que la autonomía contemplase un proyecto corporativo, es decir, que se
facilitase la reaparición de los antiguos gremios medievales –donde
supuestamente desaparecería la lucha de clases- y el restablecimiento del
derecho catalán.
Por
esas mismas fechas, dos corporaciones económicas muy relevantes, como la Cámara
de Comercio de Barcelona y el Fomento del Trabajo Nacional, también dirigieron
sendos escritos a la Mancomunitat y al propio gobierno. Les presentaban un
proyecto nuevo, un proyecto corporativo: la sindicación profesional obligatoria
y única para patronos y obreros. La finalidad de la propuesta era llegar a
constituir órganos de representación de patronos y obreros que fuesen los que
resolviesen las cuestiones de índole laboral y social. Es decir, se planteaba
una organización corporativa de la política. La sindicación obligatoria y
única, en el fondo el corporativismo que años después se instauraría bajo la
dictadura del general Franco, prohibiría la existencia de sindicatos
independientes. El sistema corporativo trataba de despojar a los trabajadores
de sus órganos de representación, intentaba realizar, según principios
tecnocráticos y solidaristas, la colaboración de las clases productoras bajo el
control del régimen, pero preservando la propiedad privada y la división de
clases. En definitiva, se trataba de defender los intereses de clase de la
burguesía mediante una concepción orgánica del poder que emanaría desdearriba. Ello significaría, principalmente, privar a los
obreros del sindicato CNT, al tiempo que sometería a todos los patronos a unas
mismas normas asociativas.
Desde el gobierno del liberal conde
de Romanones se hizo un intento de institucionalizar las relaciones de trabajo
y de abordar el problema social y presentó al Instituto de Reformas Sociales
(IRS), creado en el año 1903, el proyecto de sindicación forzosa. Ello ocurrió
un frío día de enero. El IRS se opuso al proyecto. Negativa que tenía dos
explicaciones: por una parte, el peso de los socialistas en esta organización
(ellos tenían el sindicato UGT); de otra, la resistencia de la patronal en
otros lugares de España donde la UGT y los sindicatos católicos, reformistas,
no revolucionarios, eran mayoría.
Esta negativa, y las dificultades que existían para conseguir el estatuto de autonomía, movilizaron a uno de los fundadores de la Lliga Regionalista, Lluis Ferrer-Vidal. Este industrial y político era un hombre alto, algo entrado en carnes, de porte afable. Usaba gafas, lucía un gran bigote negro y exhibía una notable alopecia. Ingeniero, publicista y político catalanista, era un hombre de gran cultura y estaba dotado de un indudable carisma. Durante su vida, estrechó relaciones con las corporaciones económicas catalanas más importantes: presidió el Fomento del Trabajo Nacional, la Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País y la Cámara de Industria de Barcelona. El sentimiento de no estar tutelado por el estado y la desconfianza hacia el parlamentarismo llevaron a Ferrer-Vidal a solicitar el establecimiento de un corporativismo solo para el mundo industrial catalán. Lo hizo en un artículo titulado “Sindicalismo, no. Sindicación, sí”. El proyecto, en gran parte extraño a la política, apelaba y reivindicaba el pensamiento del obispo Torras i Bages y el del presidente de la Mancomunitat, Enric Prat de la Riba. Estaría asentado sobre unos sindicatos obligatorios, pero después estos sindicatos, que eran considerados como herramientas de lucha, quedarían diluidos en la corporación. En su seno, amos y obreros ostentarían la categoría de productores. Estas peticiones se daban en un contexto europeo revolucionario. La Revolución de Noviembre alemana de 1918, por ejemplo, fue un momento crucial en la historia contemporánea, que convirtió en una posibilidad real el ascenso de los trabajadores al poder.
Al mismo tiempo que las grandes corporaciones económicas y la Lliga Regionalista emitían, al menos de palabra, la pretensión de volver a un pasado supuestamente idílico, sin lucha de clases, aparecía en Barcelona otro discurso, un discurso con los que unos sectores sociales querían abrirse paso. Las clases medias, extrañas a la política, luchaban por encontrar un lugar entre la gran burguesía y el proletariado. Habían aumentado con el desarrollo capitalista y en tiempos de crisis se prestaban a la lucha antiproletaria. El discurso no miraba atrás, sino que trataba de adaptar el estado a las nuevas condiciones de desarrollo capitalista. Tampoco buscaba las soluciones en el ámbito catalán; su punto de mira era toda España: era el discurso autoritario que elaboraban algunos patronos sindicalistas, durante unos años que Pere Gabriel ha calificado de tiempos de sindicatos.
Eran tiempos de sindicatos obreros y patronales
Como se comentaba anteriormente, en
una Barcelona sometida a la crisis económica de finales de la Gran Guerra, las
noticias que hablaban del triunfo de los bolcheviques habían sido un factor más
de desastibilización. La ciudad era un polvorín y los anarcosindicalistas, enardecidos
ante la visión de un futuro triunfo revolucionario, durante los meses de junio
y julio de 1918 habían celebrado el llamado Congreso de Sants. Durante sus
actos se organizaron en sindicatos únicos de ramos o industria, con lo cual se
pensaba ganar más agilidad organizativa para la lucha. La ilusión de que la
revolución era un horizonte aprensible, sobre todo si se conseguía generar una
dinámica vaguística en toda España, llevó a los líderes cenetistas (Salvador
Seguí (el Noi del Sucre), Ángel Pestaña) a realizar un viaje de propaganda que
dio como resultado ganar una cantidad de adeptos considerable (la CNT siempre
planteó la revolución social como española, y no solamente catalana, pero
Cataluña era percibida como una región fundamental para la revolución general
al reunir las condiciones idóneas para ser su motor). Mientras, en Cataluña, la
afiliación crecía de día en día de tal manera que en 1919 la CNT afirmaba tener
más de cuatrocientos mil afiliados. A partir de ahora, el anarcosindicalismo se
convirtió en un reto singular, en el caballo de batalla del empresariado. Los
documentos que emanan de la patronal revelan, a menos de palabra, que sus
enemigos eran los cenetistas, no los obreros en general. Ante una clase obrera
sindicalizada los empresarios se prepararon para dar una respuesta también de
tipo sindical.
El proceso de sindicación patronal no
era un fenómeno nuevo, ceñido a la problemática de la Gran Guerra; se ha de
mirar hacia atrás. Pero la especial coyuntura abierta con la guerra aceleró su
desarrollo. Así, si bien desde finales del siglo XIX la gran patronal, pero
también la mediana y la pequeña y sectores del artesanado como el textil, el
metal y la construcción se organizaban en sindicatos de oficio, fue a partir de
1910 cuando comenzaron a articularse en federaciones. Los industriales de la
construcción, sometidos a continuas tensiones con unos obreros muy combativos
(trabajaban temporalmente, sufrían accidentes…), al tiempo que muy ligados a
los vaivenes de la política local (por ejemplo, era importante conseguir
contratos para la realización de obras públicas y obtener favores para la
edificación de determinados bloques de viviendas, etc.) fueron uno de los
grupos patronales más beligerantes. Ellos, en momentos concretos, coyunturales
(junto con los patronos del metal que se negaban a conceder a los obreros una
reducción de la jornada laboral argumentando que no podrían competir con el
extranjero), constituyeron el núcleo de la Federación Patronal de Barcelona.
Dentro de la Federación, desde antes de la guerra, fueron ganando posiciones
unos argumentos que hablaban de acción directa, de articular la totalidad de
“las clases medias” y de exportar su modelo organizativo, de tipo sindical,
fuera de Cataluña, al igual que pretendían los hombres de la CNT. El discurso
patronal era el siguiente: si se había de evitar –o ganar- una revolución
provocada por una huelga general se necesitaba el respaldo de todo el
empresariado español para responder con un locaut también general. Con esta
ilusión, ya en 1914, con la idea de influir corporativamente en los órganos
estatales, bajo la batuta de patronos catalanes, madrileños y aragoneses se
había constituido en Madrid la Confederación Patronal Española. No es difícil
imaginar la presión que, a lo largo de los años, esta organización haría sobre
los políticos. ¿O, tal vez la política es plenamente autónoma respecto a la
economía? El hecho es que Cataluña, la zona de España más industrializada de
entonces, no solía tener políticos en Madrid, pero sí que lideraba esta
patronal. Bueno, la historia es un proceso complejo.
Durante la esplendorosa primavera de 1918, mientras los cenetistas anunciaban la celebración de su próximo Congreso, se producía un cambio en la dirección del sindicato patronal de la construcción barcelonés: Félix Graupera Lleonart, de cuarenta y cinco años de edad, propietario y contratista de obras, se hacía con su dirección. Era un hombre de carácter fuerte, con un rostro adornado con un gran bigote negro. El 5 de enero de 1920, en pleno locaut, fue víctima de un atentado en una calle de Barcelona, del que salió ileso. No tuvo tanta suerte años después. En el verano de 1936, poco después de iniciada la guerra civil española, unos anarquistas acabaron con su vida en Arenys de Mar, lugar donde veraneaba. Pero volvamos a la primavera de 1918. La Federación Patronal de Barcelona, en manos de Graupera, se convirtió en una organización de carácter autoritario. Para ello hacía un discurso imperativo: también demandaba la sindicación obligatoria y única para patronos y obreros. Igualmente, con la ilusión de conseguir la máxima cohesión patronal, Graupera ponía todo su empeño para que en la Federación Patronal no tuviesen cabida las discrepancias o disensiones, y para que la organización ofreciese el máximo de servicios a los federados (las llamadas listas negras de obreros, caja de resistencia para poder resistir las huelgas y hacer frente a los locauts), e incluso llegó a dar protección a los obreros “adictos”. También pretendía que su sindicato (y la Confederación Patronal Española) tuviese una representación oficial que fuese escuchada en los organismos políticos sociales. Esta pretensión, ambiciosa, requería una serie de medidas, entre otras cosas porque este deseo implicaba que la organización tendría que contar con una administración de carácter burocrático. Además de la caja de resistencia, la Federación dispondría de un fondo monetario importante para hacer frente a los gastos de la entidad. A partir de que estas medidas, dos abogados, los hermanos Fernando y Tomás Benet, comenzaron a tener protagonismo en el seno de la organización.
En el
contexto de la huelga de ”La Canadiense”, que tuvo lugar durante el invierno y
la primavera de 1919, en Barcelona apareció una nueva forma organizativa en el
campo sindical. Como consta en el Archivo del del Gobierno Civil de Barcelona,
apadrinados por un militar, el comandante Bartolomé de Roselló –que también era
funcionario de Gobernación Civil- en esa época se fundaron los Sindicatos
Libres (al mismo tiempo, el 23 de marzo de 1919, bajo la
batuta de Mussolini, en Italia se fundaban los “Fasci italiani di
combattimento”). Los Sindicatos Libres –muy minoritarios en sus inicios-
estaban liderados por un grupo de jóvenes carlistas radicales, y surgían
coincidiendo con la llamada a la acción del pretendiente legitimista don Jaime.
No era desconocida la larga trayectoria de violencia de los tradicionalitas; de
hecho, hasta entonces, ellos y los mauristas habían sido los únicos grupos de
derechas que tenían una retórica de agitación en las calles. Ante la negativa
del gobierno de conceder la sindicación forzosa, la apuesta por los Libres
revela el deseo de determinados sectores sociales (probablemente algunos grupos
patronales y militares, incluso elementos ligados a Gobernación Civil) de dar
paso a un sindicalismo diferente del confederal. No se puede obviar que la
oferta tenía la voluntad de combinar dos estrategias la integradora y la
represiva. Por un lado hay que tener en cuenta el carácter violento de los
Sindicatos Libres. La acción de sus pistoleros fue sistemáticamente sufrida y
contestada por los anarcosindicalistas y por terroristas vinculados a la CNT.
Pero también hay que tener en cuenta que los Libres llegaron a rivalizar con la
CNT también en el terreno estrictamente sindical minando así la fuerza hasta
entonces incontestable del sindicato anarcosindicalista.
Con
anterioridad se ha puesto de manifiesto como los Sindicatos Libres se fundaron
en la primavera de 1919, al tiempo que las escuadras fascistas italianas. En
Cataluña no había masas de veteranos desmovilizados a las cuales acceder para
rellenar las filas de las organizaciones paramilitares; eso favoreció que se
recurriese a grupos históricamente beligerantes, como el tradicionalismo, a
algún sector de militantes de sindicatos católicos, a obreros que por su oficio
estaban próximos a los patronos –como los chóferes-, al gran número de parados,
a otros trabajadores “adictos” o que no querían afiliarse a la CNT pero, no
obstante, necesitaban un “paraguas” donde guarecerse. No todos los obreros eran
revolucionarios. Por otra parte, y en esta misma línea, también en Italia en el
año 1910 se había fundado la Confindustria con el objetivo de tutelar los
intereses de las empresas industriales ante los sindicatos de trabajadores. Se
dice que la Confindustria fue acusada de haber apoyado económicamente al fascismo. Pues
bien, tenía las características de sindicato patronal, como aquí la Federación
Patronal.
He aquí una muestra, sorprendente a,
repecto:
“Los fascistas [italianos], ya algo
más engrosadas sus filas, luchaban denodadamente para neutralizar y combatir
estos efectos. Pero vino entonces un nuevo factor a alentarles el combate.
Fueron los burgueses, los industriales y los terratenientes, los que prestaron
su ayuda a los fascios locales que ya empezaban a frecuentar contactos entre
sí. Y sin vacilaciones se reanudó bárbaramente, con ferocidad inaudita, la
batalla contra los comunistas primero, contra los socialistas después, y más
tarde contra todo lo que no significara un sentimiento acendrado de
italianidad, de arraigo a la patria y al lar nativo”.
“Los nuevos ideales políticos”,
“Producción, Tráfico y Consumo” (órgano de la Federación Patronal de
Barcelona/Cataluña).
La idea de un locaut se impone
Durante
los últimos meses de 1918, se ha dicho ya, el fin de la Gran Guerra anunciaba
un nuevo orden mundial. En Barcelona, la conflictividad aumentaba de día en
día. Las clases acomodadas se habían dado cuenta de que no podían combatir la
subversión solo con medidas represivas, sino que era preciso también luchar en
el terreno de las ideas: era preciso integrar las masas –de patronos y obreros-
con ofertas políticas. Como se ha visto, se mezclaban nuevas y viejas fórmulas
integradoras, sin olvidar que, si todo ello fallaba, quedaba la salida de
aumentar la represión. En aquel ambiente, se buscaba un “Mesías, un Redentor”.
Significativamente, este Mesías tenía que salir del mundo empresarial, no de
los partidos políticos. Como señalaba uno de sus dirigentes, un industrial de
la construcción: “Que inspire una confianza y una fe ciega en
cuanto diga y cree que debe hacerse para contrarrestar el crecimiento y desarrollo
del sindicato obrero”.
En ese contexto, la Federación Patronal seguía una línea dura, de carácter autoritario; ya no escondía sus verdaderas intenciones: suplantar algunas competencias del gobierno planteando un contrato de trabajo que debería ser implantado cuando “ella estime conveniente”. Con este discurso, claramente beligerante, los patronos federados se alejaban de las vías políticas porque la imposibilidad de llevar a cabo tal medida por procedimientos pacíficos y legales era evidente. Entonces, la Federación Patronal empezó a hablar de decretar un locaut, un paro patronal que comenzaría en Barcelona pero que llegaría a paralizar toda España. La ilusión era que un clima de desorden podría crear un ambiente favorable para la ascensión de ofertas totalitarias. El locaut se decretó en un Segundo Congreso Patronal celebrado en Barcelona en octubre de 1919. Asistieron más de 4000 mil congresistas de toda España que dejaron claras sus expectativas: “El motivo de la reunión del Congreso es el abandono en que el Gobierno ha tenido hasta ahora a la clase patronal. Estamos dispuestos a todo, incluso a ir a la revolución”. Esta declaración de intenciones tenía un riesgo. Por ello, una de las primeras medidas que esta organización tomó fue la de crear una comisión secreta que permitiría una mayor capacidad de movimientos y una seguridad a los hombres que tendrían que adoptar las decisiones más importantes. Este carácter secreto impide conocer con exactitud de donde salieron las órdenes que iría dando la Federación. Solo destacar que, durante todo el locaut el mismo alcalde de Barcelona, Antoni Martínez Domingo, que al tiempo era el presidente de la Junta Local de Reformas Sociales, se quejaba de desconocer quienes eran los hombres que habían decretado el locaut, que comenzó el 3 de noviembre de 1919 y finalizó el 26 de enero de 1920. Incluso admitía desconocer cual era el ramo industrial más importante que estaba detrás de tal acción de fuerza.
La vía del locaut tomaba fuerza. Además de ser una herramienta política desestabilizadora, responder con esa medida a las huelgas obreras se consideraba una estrategia revolucionaria; era la otra cara de la huelga general. También el locaut era una medida efectiva para ser aplicado en un momento de sobreproducción e, incluso, la ocasión idónea para rebajar salarios y deshacerse de los obreros más conflictivos. Por la Navidad de 1918, mientras en algunas casas de Barcelona se ponían belenes y se cantaban villancicos, la Federación Patronal fortaleció más su organización. Fue entonces cuando a sus cajas llegaron fondos considerables. Y cuando se afilió a la organización una asociación patronal muy importante: el Centro de Contratistas de Obras Públicas, liderado por Joan Miró Trepat, de la empresa Construcciones y Pavimentos, S.A. Fuentes obreras acusaron repetidamente a este personaje de ser el inductor y protector de bandas de pistoleros capitaneadas por Bravo Portillo o el barón de Koëning. Fuera o no fuera cierta esta incriminación, lo que si es relevante es que Miró tuvo un papel importante en esa asociación hasta el punto en que en algunos documentos de archivo aparece como el líder de la Federación Patronal. De lo que tampoco hay duda es que la empresa entró en la Federación pisando fuerte: su cotización mensual permitió aumentar el personal que trabajaba en ella. Esta cuestión nos lleva a tratar el tema de la financiación de la Federación. A medida que pasaba el tiempo, los fondos con los que contaba aumentaron vertiginosamente. En palabras de sus dirigentes: “Una compañía pagaba anualmente 150.000 pesetas y otra, de entrada, había aportado 100.000”. Es evidente que el gran capital financiaba esta organización dirigida por las clases medias.
Contando con esta financiación la Federación Patronal no dudó en declarar el locaut. Poseía recursos suficientes para tutelar las empresas que pudiesen presentar problemas ante la paralización de la ciudad. En un estudio publicado en este mismo blog, ya puse de manifiesto quién estaba en aquellos momentos detrás de la Federación Patronal: Sabemos que la lideraban patronos de la construcción, algunos de ellos de la importancia de un Miró y Trepat, en representación de la no menos relevante Asociación de Contratistas de Obras Públicas de Cataluña, y que también la engrosaban patronos de la madera, los carreteros, los cocheros, los industriales del hierro, los navieros y, aun, los empresarios de entidades productoras de energía. Además, por noticias emanadas del Fomento del Trabajo Nacional, también conocemos cómo se había enrolado en la Federación Patronal la misma Federación de Fabricantes de Hilados y Tejidos de Cataluña. Pues bien, los directivos de esta organización eran empresarios textiles que ocupaban cargos relevantes en el Fomento del Trabajo Nacional. Por conducto de la Cámara Industrial, se sabe que “poco a poco [en 1919] fueron sumándose a la Federación Patronal las demás fuerzas patronales organizadas en Cataluña, pues era tal la situación del trabajo en Cataluña, que la Federación Patronal podía contar con la adhesión espiritual y material de todos los patronos, incluso de aquellos que por convicción y temperamento eran enemigos de las asociaciones de resistencia ya que ello era consecuencia fatal del abandono del Poder público, que entregaba a la propia defensa a un sector social”.
Durante los acontecimientos de la huelga de “La Canadiense”, y de la huelga general que la siguió, las clases acomodadas de Barcelona habían sentido verdadero temor. Parecía que la revolución acechaba por todos los rincones. Entonces dejaron de lado el tema del estatuto de Autonomía para centrarse en la salvaguarda de sus intereses. Aquellos acontecimientos fueron los motores que les llevaron a elaborar dos estrategias encaminadas a salvar el sistema: fortalecer el sindicato patronal liderado por la construcción, y establecer una serie de compromisos con un militar que se convirtió en una figura clave en Barcelona durante el año 1919: el Capitán general de Cataluña Joaquín Milans del Bosch, precisamente uno de los fundadores de la “Canadiense”. Milans era una persona respetable, un militar ilustre, un ferviente patriota que no puso reparos en defender los intereses de la burguesía. Patronal y Capitanía formaron un tamden perfecto: para los militares, el sindicato patronal representaba el aval financiero y social que necesitaba; para los patronos, Milán significaba la salida de las armas; era evidente que para sostener el autoritarismo de la Federación Patronalhacía falta un fuerte aparato militar.
Este contexto se inscribe dentro del período caracterizado por el fenómeno llamado “terrorismo –o pistolerismo- barcelonés”. Fue inseparable del escenario internacional, al tiempo que en un marco de la radicalización de los llamados grupos de acción anarquistas, de la concreción de un Sindicato Patronal Único, de la creación de los Sindicatos Libres y de los lazos establecidos entre patronos y militares. La compenetración de estos dos sectores sociales –patronos y militares- llegó al límite cuando en 1919 miles de hombres salieron armados a las calles barcelonesas enrolados en la milicia burguesa del Somaten bajo las órdenes del propio Milans. Muchos de estos hombres eran dirigentes de la Lliga Regionalista, que dejaron de lado el supuesto españolismo del militar para ofrecerle su apoyo. Era fácil imaginar que se estaba engendrando un clima de violencia. Como meses después declaraba Cambó: “Cuando en el mes de marzo último estalló la huelga general nosotros, los regionalistas, prestamos nuestro concurso leal a la autoridad, sin mirar que esta fuera encarnada por el general Milans del Bosch, del cual teníamos recibidos toda clase de agravios”. Al mismo tiempo, desde la Federación se impulsaba un cuerpo de policía paralela, también a las órdenes de Bravo Portillo, hombre de confianza de Milans. Bravo y sus hombres detuvieron un gran número de obreros, y Milans y la patronal les concedieron la suficiente autoridad para administrar la represión y controlar los poderes civiles, así como para hacer temblar el gobierno de Romanones ante la amenaza del ejército.
La buena sintonía que se estableció
entre la patronal y Milans del Bosch puede apreciarse nítidamente en las notas
de prensa de la época. Veamos sucintamente uno de los actos de reconocimiento
de la Federación Patronal al Capitán General. Algo que ya puse de manifiesto en
un artículo anterior publicado en este blog. Un acto que constituyó un
espectáculo de afirmación monárquica y españolista. Aunque asistían los
dirigentes de la Liga Regionalista, un partido catalanista, toda la burguesía,
grande o pequeña, capitanes de industria, empresarios, tenderos, comerciantes,
profesionales liberales se gritaron consignas a favor del ejército, de España y
de la Corona. Y lo que realmente es muy preocupante: en el ambiente se
percibían rumores que clamaban «abajo los políticos». ¿Qué indica todo esto?
Que entre las urnas y los sables la opción de la Federación era clara. No era
un secreto para nadie que los patronos y los militares estaban amenazando al
gobierno con un golpe de estado. Pero de momento no lo consiguieron. ¿Por qué?
Bueno, es posible que también tuvieran que contar con el beneplácito del rey.
Ello solo se consiguió unos años después, en septiembre de 1923.
Esta actuación sirvió de paradigma
para actuaciones posteriores. A partir de ahora, y hasta la llegada de Primo de
Rivera en 1923, Barcelona se convirtió en una amenaza latente para los
sucesivos gobiernos, hasta tal punto que estos tuvieron que ceder que
Gobernación Civil de Barcelona se convirtiera, de hecho, en una dependencia de
capitanía, desde la que se fomentó una especie de terrorismo de estado. Desde
entonces, la envejecida fórmula del estado de la Restauración tuvo que aceptar
su debilidad y el hecho de que si quería sobrevivir tenía que dejar subsistir,
e incluso definir claramente, una esfera independiente de su acción, dejando
paso al ejército.
Una sucinta reflexión
Después de todo lo expuesto parece
necesario plantarse una serie de cuestiones: ¿por qué después de estas
alternativas unitarias de la derecha y de la extrema derecha un sindicato
patronal único liderado, formalmente, por unos industriales de la construcción
que hacían continuos llamamientos a las clases medias consiguió imponer sus
condiciones? ¿Por qué razón el Fomento del Trabajo Nacional, que en 1914 había
intentado constituirse como una única corporación circunscrita al territorio
catalán, parecía que dejaba el control de los acontecimientos en manos de la
Federación Patronal? Parecía, sí, porque, en realidad, a la altura de 1919 el
Fomento del Trabajo Nacional también estaba detrás de todas las maniobras de la
Federación. En realidad, ésta hacía funciones de ser su sindicato patronal. Las
preguntas son complejas pero asumiendo el reto, en base a investigaciones
previas, pasamos a destacar algunos de los elementos que parecen determinantes
para entender las cuestiones planteadas. En este sentido, no se puede olvidar
que los estatutos del Fomento le prohibían inmiscuirse en conflictos sociales,
es decir, el Fomento no podía actuar como un sindicato de resistencia. En esta
línea, también, se ha de recalcar el peso que en Cataluña tenía el sindicalismo
–obrero y patronal-, es decir, es necesario incidir en el hecho de que en
aquellos momentos la sociedad catalana se encontraba más cohesionada en torno a
los sindicatos que no de los partidos políticos; eso, evidentemente, favorecía
el triunfo de una opción sindical patronal, relegando a un segundo plano la
oferta de un partido único de derechas.
El hecho de que el desarrollo
organizativo del sindicato patronal hubiese sido paralelo y mimético del que
habían llevado a cabo los anarcosindicalistas hacía que ambos presentasen unas
características similares. Esta vertebración permitiría al sindicato patronal
tener una mayor agilidad para la lucha contra los cenetistas, por encima de
cualquier otro modelo organizativo. Por otra parte, en este ascenso de la
Federación no se puede obviar el carácter autoritario de sus líderes
carismáticos (Félix Graupera, Joan Miró y Trepat, Tomás y Fernando Benet,
Felipe Pons Solanas, entre otros). Ello entrañaba amenazas de futuras
coacciones e incluso la de recorrer a la violencia, no solo contra los obreros,
sino contra los patronos que no siguieran sus consignas mientras les sometían a
una férrea disciplina. Por ultimo, no se puede obviar que dentro de la
Federación iban ganando terreno los sectores más españolistas, que consiguieron
el apoyo de la Confederación Patronal Española, con sede en Madrid, y, sobre
todo, el soporte del Capitán General de Cataluña. Todos estos elementos son
fundamentales para entender como un sindicato patronal se hizo con el control
de la ciudad.
Añadamos otras precisiones. Por un lado, no puede menospreciarse el hecho de que el sindicato patronal presentaba unas características de cajón de sastre. Es decir, a diferencia de un partido político un sindicato pone más el acento en la organización que en la ideología. Por ello, su pragmatismo doctrinal le permitía asumir y representar diferentes posicionamientos. La facultad de representar todos los intereses queda perfectamente constatada en dos puntos claves: en el tema del nacionalismo y en la misma concepción del diseño del modelo político estatal, ya fuera monárquico o republicano. A pesar de que la Federación nunca se definió como monárquica –de hecho muchos de sus afiliados más representativos eran republicanos- (Julio Marial Tey, Pich y Pon, Alexandre Plana, Artur Gallart i muchos otros), estuvo muy próxima a la Unión Monárquica Nacional, de la que a veces parecía su brazo de acción. Por otra parte, si bien tradicionalmente algunos de los gremios adheridos a la Federación se mostraban abiertamente catalanistas (como el Gremi de Ferrers, de Pintors), se ha visto como hacía años la Federación había apostado por un proyecto estatal. Pues bien, a pesar de que desde 1919 la posición españolista prevaleció, se ha comprobado como los regionalistas daban soporte a la decisión tomada por Milans del Bosch, revelando su pragmatismo político al relegar sus peticiones autonomistas para dar prioridad a salvaguardar el orden. De hecho, a medida que avanzaba la conflictividad social y aumentaba el recelo de los regionalistas hacia la democracia liberal, se afianzaba una unión que a muchos le parecería contra natura: una unión de los catalanistas con los hombres de la Unión Monárquica Nacional, una unión de las derechas catalanes en contra del gobierno, una cohesión que marcaba distancias con los partidos dinásticos.
Siguiendo en esta línea
interpretativa, se puede resaltar otro punto: tradicionalmente a las industrias
de la construcción han ido a parar capitales procedentes de otros sectores. Por
ejemplo, por motivos de trabajo, los industriales de la edificación mantenían
relaciones muy estrechas con el empresariado del metal, e incluso con
profesionales liberales, como arquitectos, ingenieros, etc. Igualmente, el hecho
de que algunos industriales del textil hiciesen inversiones inmobiliarias
permitía que hubiese vinculaciones entre los patronos de estos sectores, al
tiempo que potenciaba la defensa de unos intereses comunes. El mismo Fernando
Fabra y Puig, marqués de Alella, propietario de la vivienda donde tenía la sede
la Federación Patronal (Rambla de Canaletes, 6), era un importante industrial
textil, pero, a la vez, tenía intereses en otras industrias, entre ellas la de
la construcción (concretamente en Construcciones y Pavimentos, afiliada a la
Federación Patronal).
No hay duda, por otra parte, que si
bien por un lado el talante combativo de la Federación podía inquietar a los
regionalistas, contaba también con unas bases que tenían una gran disposición
para la movilización, compuestas por pequeños y medianos patronos,
comerciantes, artesanos. Probablemente, la divergencia en el tema del
nacionalismo entre la Lliga y la Unión Monárquica impulsó al gran capital a
apoyar a estas clases medias emergentes enroladas en un Sindicato Patronal
Único. Eran pequeños burgueses que temían perderlo todo y que por ello
aspiraban a una mayor participación y dirección de la vida social y política
nacional y que por ello también prometían actuar en la calle con en fin de
combatir el desafío obrero y de defender el proyecto de sindicación obligatoria
y única –sin esperar así que se aprobasen los trámites parlamentarios propios
del sistema parlamentario.
En definitiva, el fenómeno aquí
analizado resalta por su novedad y originalidad, dentro de los límites en
cuanto que un fenómeno histórico pueda ser original. Una élite emergente, las
clases medias, que si bien en un principio tuvo una reacción autónoma de la
gran burguesía, más tarde podría considerarse que fue “la tropa de la reacción”.
No se puede obviar que los que en realidad dominaron la situación fueron los
hombres del gran capital enrolados en el Fomento del Trabajo Nacional y en
otras asociaciones burguesas. El conjunto no reconocía la autoridad política
que detentaba el poder, contestaba el sistema establecido y quería establecer
un sistema corporativo. Y no dudaba en hacer esta propuesta para el conjunto de
España.
Es notorio que el espíritu de
revuelta contra el orden establecido empujó a las clases medias y a la
burguesía, convencidas ya de no ser tuteladas por el gobierno, a organizar
formas de autodefensa para reafirmar los derechos de la propiedad. El discurso
no ocultaba su aversión por la democracia y el estado liberal. Pero este
movimiento, que se autodefinía como revolucionario, fue truncado por el régimen
autoritario de Primo de Rivera en 1923, que estableció un corporativismo basado
en la sindicación libre dentro de la corporación obligatoria. La CNT se
clausuró y los Sindicatos Libres y la UGT experimentaron un gran crecimiento.
Todo ello tuvo como escenario aquella Barcelona de los años de la primera
posguerra europea.
Soledad
Bengoechea, miembro del Grupo de Investigación
Consolidado “Treball, Institucions i Gènere” (TIG), de la UB y de ·TOT
Historia. Associació Cultural”.
Referencias: este artículo se ha elaborado a partir del libro de la
autora: “El locaut de Barcelona (1919-1920)”, Curial, 1998, después de
introducir actualizaciones.
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viernes, 13 de noviembre de 2020
Historia de la Revolución Rusa
Rosa Luxemburgo. Obras Escogidas, 11
de 17
Izquierda
Revolucionaria
www.marxismo.org
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4. La Asamblea Constituyente
Analicemos más a fondo el problema tomando algunos ejemplos.
La tan conocida disolución de la Asamblea
Constituyente en noviembre de 1917 jugó un rol destacado en la política de los
bolcheviques. Esta medida fue decisiva en la posición que tomaron
posteriormente; en cierta medida, representó el momento culminante de su
táctica.
Es un hecho que Lenin y sus camaradas exigían furiosamente el llamado a la Asamblea Constituyente hasta su triunfo de octubre. La política del gobierno de Kerenski194 de escabullirle el bulto a la cuestión constituía uno de los blancos preferidos de crítica de los bolcheviques y la base de algunos de sus más violentos ataques. Por cierto, Trotsky, en su interesante folleto De Octubre a Brest-Litovsk, dice que “la Revolución de Octubre representó la salvación de la Asamblea Constituyente”, tanto como la salvación de la revolución de conjunto. “Y cuando dijimos —continúa— que no se podía llegar a la Asamblea Constituyente a través del Parlamento Preliminar de Tseretelli sino solamente a través de la toma del poder por los Soviets, teníamos completa razón.”
Y luego, pese a estas declaraciones, el
primer paso de Lenin después de la Revolución de Octubre fue... la disolución
de esta misma Asamblea Constituyente a la cual se suponía se le abría el
camino. ¿Qué razones podían determinar un giro tan asombroso? Trotsky discute
todo el asunto en el folleto antes mencionado. Expondremos aquí sus argumentos:
“Así como en los meses anteriores a la
Revolución de Octubre las masas fueron hacia la izquierda y los obreros,
soldados y campesinos se volcaron espontáneamente hacia los bolcheviques,
dentro del Partido Social Revolucionario este proceso se expresó en el
fortalecimiento del ala izquierda a costa de la derecha. Pero en la lista de
candidatos de los socialrevolucionarios los viejos nombres del ala derecha
todavía ocupaban las tres cuartas partes de los puestos [...]
”Además se dio la circunstancia de que las
elecciones se realizaron en el curso de las primeras semanas posteriores a la
Revolución de Octubre. Las noticias del cambio que había ocurrido se expandían
muy lentamente, en círculos concéntricos que iban desde la capital a las
provincias y desde las ciudades a las aldeas. Las masas campesinas, en muchos
lugares, apenas tenían noción de lo que sucedía en Petrogrado y Moscú. Votaban
por Alexander
Kerenski (1881-1972): socialrevolucionario ruso.
Patriota durante la guerra. Vicepresidente del Soviet de Petrogrado, ocupó varios puestos ministeriales durante
1917. Primer ministro del gobierno provisional. Derrocado por la Revolución de
Octubre, murió en el exilio en EE.UU.![]()
‘Tierra y libertad’ y elegían como representantes a los comités locales a los que permanecían bajo la bandera de los narodniki. Votaban, en consecuencia, por Kerenski y Avxentiev, que habían disuelto los comités locales y arrestado a sus miembros [...] Este estado de cosas da una idea clara de hasta qué punto la Asamblea Constituyente había quedado atrás en el desarrollo de la lucha política y de los agrupamientos partidarios.”
Todo esto está muy bien y resulta bastante convincente. Pero uno no puede menos que preguntarse cómo personas tan inteligentes como Lenin y Trotsky no llegaron a la conclusión que surge inmediatamente de los hechos mencionados. Dado que la Asamblea Constituyente fue electa mucho antes del cambio decisivo, la Revolución de Octubre, y que su composición reflejaba el pasado ya desvanecido y no la nueva situación, se deduce automáticamente que tendría que haberse anulado la Asamblea Constituyente ya superada y llamado, sin dilación, a elecciones para una nueva Constituyente. No querían confiar, y no debían hacerlo, el destino de la revolución a una asamblea que reflejaba la Rusia kerenskista de ayer, del periodo de las vacilaciones y las alianzas con la burguesía. Por lo tanto, lo único que quedaba por hacer era convocar una asamblea que surgiera de la Rusia renovada que tanto había avanzado.
En lugar de esto, Trotsky extrae de las características específicas de la Asamblea Constituyente que existía en octubre una conclusión general respecto a la inutilidad, durante la revolución, de cualquier representación surgida de elecciones populares universales.
“Gracias a la lucha abierta y directa por el poder —escribe— las masas trabajadoras acumulan en un tiempo brevísimo una gran experiencia política, y en su desarrollo político trepan rápidamente un peldaño tras otro. Cuanto más extenso es el país y más rudimentario su aparato técnico, menores son las posibilidades del farragoso mecanismo de las instituciones democráticas de seguir el ritmo de este desarrollo.”
Aquí nos encontramos con un cuestionamiento al “mecanismo de las instituciones democráticas” como tal. A esto debemos objetar inmediatamente que en esa estimación de las instituciones representativas subyace una concepción algo rígida y esquemática a la que la experiencia histórica de toda época revolucionaria contradice expresamente. Según la teoría de Trotsky, toda asamblea electa refleja de una vez y para siempre sólo la mentalidad, madurez política y ánimo propios del electorado justo en el momento en que éste concurre a las urnas. De acuerdo con eso, un cuerpo democrático es el reflejo de las masas al final del periodo electoral, del mismo modo que los espacios celestes de Herschel siempre nos muestran los cuerpos celestiales no como son en el momento en que los contemplamos, sino como eran en el momento en que enviaron a la tierra sus mensajes luminosos desde las inconmensurables distancias espaciales. Se niega aquí toda relación espiritual viva, toda interacción permanente entre los representantes, una vez que han sido electos, y el electorado.
Sin embargo, ¡hasta qué punto lo contradice toda la experiencia histórica! La experiencia demuestra exactamente lo contrario; es decir, que el fluido vivo del ánimo popular se vuelca continuamente en los organismos representativos, los penetra, los guía. Si no, ¿cómo sería posible el espectáculo, que a veces presenciamos en todo parlamento burgués, de las divertidas volteretas de “los representantes del pueblo”, que se sienten súbitamente inspirados por un nuevo “espíritu” y pronuncian palabras totalmente inesperadas; o encontrarse en determinadas oportunidades con que las momias más resecas se comportan como jovencitos o con los pequeños Scheidemänchenn más diversos que de golpe empiezan a usar un tono revolucionario; todo esto siempre que hay alboroto en las fábricas y talleres y en las calles?
¿Y habrá que renunciar, en medio de la revolución, a esta influencia siempre viva del ánimo y nivel de madurez política de las masas sobre los organismos electos, en favor de un rígido esquema de emblemas y rótulos partidarios? ¡Todo lo contrario! Es precisamente la revolución la que crea, con su hálito ardiente, esa atmósfera política delicada, vibrante, sensible, en la que las olas del sentimiento popular, el pulso de la vida popular, obran en el momento sobre los organismos representativos del modo “más maravilloso. De este hecho dependen, con toda seguridad, los tan conocidos cambios de escena que invariablemente se presentan en las primeras etapas de toda revolución, cuando los viejos reaccionarios o los extremadamente moderados, que surgieron de una elección parlamentaria con sufragio limitado realizada bajo el antiguo régimen, súbitamente se transforman en los heroicos y ardientes voceros del alza. El ejemplo clásico es el del famoso “Parlamento Largo” de Inglaterra: fue electo y se reunió en 1642, permaneciendo en su puesto durante siete años completos. En ese periodo reflejó en su vida interna todas las alteraciones y desplazamientos del sentimiento popular, de la madurez política, de las diferenciaciones de clase, del progreso de la revolución hasta su culminación, desde la devota adoración a la corona del principio, cuando el orador permanecía de rodillas, hasta la abolición de la Cámara de los Lores, la ejecución de Carlos y la proclamación de la república.
¿Y acaso no se repitió la misma transformación maravillosa en los Estados Generales franceses, en el parlamento sujeto a la censura de Luis Felipe, e incluso (y este último ejemplo, el más impactante, le fue muy cercano a Trotsky) durante la Cuarta Duma rusa que, electa en el año de gracia de 1909, bajo el más rígido dominio de la contrarrevolución, sintió súbitamente el aliento ardiente de la revuelta que se preparaba y se convirtió en el punto de partida de la revolución?
Todo esto demuestra que “el farragoso
mecanismo de las instituciones democráticas” cuenta con un poderoso correctivo,
es decir con el movimiento vivo de las masas, con su inacabable presión. Y
cuanto más democráticas son las instituciones, cuánto más vivo y fuerte es el
pulso de la vida política de las masas, más directa y completa es su
influencia, a pesar de los rígidos programas partidarios, de las boletas
superadas (listas electorales), etcétera. Con toda seguridad, toda institución
democrática tiene sus límites e inconvenientes, lo que indudablemente sucede
con todas las instituciones humanas. Pero el remedio que encontraron Lenin y
Trotsky, la eliminación de la democracia como tal, es peor que la enfermedad
que se supone va a curar; pues detiene la única fuente viva de la cual puede
surgir el correctivo a todos los males innatos de las instituciones sociales.
Esa fuente es la vida política activa, sin trabas, enérgica, de las más amplias
masas populares.
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El lobo no va a venir, no jodamos. No comencemos asustando a nuestros queridos representados, que más que asustar lo que hay que hacer es sumirlos todavía más en la inopia personal, económica, política e ideológica, para lo cual vamos a empezar con unas vivas: ¡Viva España! ¡Viva La República! ¡Viva Franco! ¡Viva el comunismo! ¡Viva que no viva España! ¡Viva que no viva La República! ¡Viva que no viva Franco! ¡Viva que no viva el comunismo! ¡Viva o que no viva o que haga lo que quiera Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amén! Digo, pues, que no hay que atemorizar (más) porque el lobo no va a venir. El lobo ya está aquí. Llegó en 2008 y lo trajo de la manita la crisis del sistema capitalista de la que no salió nunca y de la que no se va a salir en tanto en cuando el modo de producción capitalista siga siendo el modo de producción dominante, y ello quiere decir, agárrese mi querido lector, que viene susto: que el modo de producción capitalista hay que sustituirlo por el nuevo modo de producción socialista, que seguimos en el susto, no se me vaya del asunto por favor, y esa sustitución de un modo de producción por otro y, además y sin ninguna excusa posible, la tenemos que hacer nosotros, los trabajadores. Tal cual lo acaba de leer, los trabajadores, y no mi Borja Luis, que las cosas como son, mi Borja Luis sabe mucho (creemos nosotros los trabajadores) de política, economía, organización social y eco, eco, eco socialismo, eco, eco, eco verde que te quiero verde y eco, eco, eco puturrú de fuá, pero el saber este de mi Borja Luis es un saber libresco, un saber de cartón que no está pensado para resolver los problemas originados por el sistema capitalista sino para mantener en pie el sistema capitalista que es precisamente lo que tenemos que sustituir, o sea, que lo que mi Borja Luis sabe es el saber contrario a los intereses de las clases trabajadoras, porque ¿sabe usted?, esto va de clases sociales. Va de la clase social que trabaja y que con su trabajo crea cuanta riqueza existe y de la clase social (exageradamente exigua) que no solo no trabaja sino que sin trabajar se apropia de la mayor parte de la riqueza que creamos los trabajadores. No se me vaya, mi querido lector, no se me vaya, que sin salir del susto en el que estamos queda al menos otro susto que sintiéndolo mucho yo le tengo que dar. Atento pues al siguiente susto: HAY QUE LEER, que los libros no pican, mejor dicho, libro que usted se lea no le pica a usted sino al que le está explotando, pero claro, tampoco se trata de leer por leer, sino de leer como ayuda para entender la realidad y, de discutir las interpretaciones personales que surjan de las lecturas realizadas para ver la forma de solucionar los problemas que brotan de la realidad. Porque las lecturas si de verdad lo son se tienen que demostrar en la práctica, aplicándolas a la práctica para resolver los problemas que surgen de la realidad, no de mi cabeza. Y que hoy no ganamos para sustos, oiga. Hasta yo me acabo de asustar, porque sin haber dicho ni media palabra de la democracia resulta que esta acaba de enseñar la patita por debajo de la puerta con lo último que acabo de exponer: saber (lectura) y discusión acerca de lo que se sabe para ver entre todos la mejor forma de resolver las cuestiones que se presenten es ni más menos que la esencia de la democracia. Democracia, sin adjetivo. Saber dónde estamos; saber de qué hay que partir y con qué hay que contar para salir de la situación en la que nos encontramos es el antídoto contra todos los miedos de las clases trabajadoras, y para hacer que los miedos de esta se trasladen, en el caso de España, al 0,0035% de su población (unas 1.400 familias) que controla más del 80% de toda la riqueza nacional, y que en estos momentos nos están atemorizando al 99,9965% de la población que andamos por unos 40 millones de personas y que disponemos de menos del 20% de la riqueza nacional a pesar de ser los creadores del 100% de la misma. No se me vaya asustar por este dato querido lector, que ya dijimos antes que la cosa iba de clases sociales. Indígnese, pero no se me asuste. Y vamos al libro y a la discusión de cabeza, sin pensarlo dos veces.
Acampada Zaragoza inaugura la
Universidad del Pueblo en la Calle con un taller sobre Economía Política
(Crónica de Aragón, 25.05.2011). El Autor de la entrada de es artículo en la Plaza del
Pilar de Zaragoza explicando a los Acampados del 15-M en que consiste y como se
originan las crisis capitalistas, junto a la imposibilidad material el modo de producción capitalista para superar
su última y definitiva crisis de 2008 antes de su extinción como modo de producción
histórico dominante. Todo lo que no sea empezar por explicar a la gente normal
que es el modo de producción capitalista: su origen, desarrollo y extinción
(como cualquier otro modo de producción) para salir de la crisis de 2008, que
es la de 2020 pero más agravada, como va a seguir siéndolo, será lo mismo que
quien se pone gafas de sol para que se le pase el hambre.
Diego Herchhoren
Diario Octubre
11.03.2017
La Unión Europea está configurada hoy como un
superestado, pero sin que exista contrato social alguno o control democrático.
Si bien sus estructuras son a su vez elegidas por los Jefes de Estado y de
Gobierno de los países miembros, la gestión y aplicación diaria de las
políticas comunitarias están delegadas en una tecnocracia que no responde ante nadie.
La llamada “Constitución” europea no es tal, sino que es un
Tratado entre Estados donde éstos suprimen sus competencias clásicas en favor
de una estructura burocrática opaca, cerrada y que en general nadie sabe cómo
se elige y por qué.
Entre estas últimas decisiones está
la de constituir por decreto la llamada “Europa de las dos velocidades”,
donde los centros económicos comunitarios, Alemania y Francia, han señalado una
hoja de ruta donde ambos Estados van a reorientar 180º su brújula. Alemania se prepara tras las próximas elecciones para un enfrentamiento
directo, por ahora comercial, con EEUU, y Francia se está
organizando para el desalojo del Elíseo de la última etapa de injerencia yanqui
en la política nacional gala, con la probable victoria en las elecciones
presidenciales de Marine Le Pen.
Esto afecta directamente a España y a otros países
del sur de Europa, a los que se les ha obligado a sucumbir ante la deuda
privada convirtiéndola en pública, lo que ha permitido sanear los balances de
los principales bancos y ha convertido al tesoro español en una especie
de “tesoro fallido” donde ya no hay garantías de que en el plazo
de 2 años se pueda hacer frente a las obligaciones más básicas, esto es,
pensiones y salarios públicos. La moderación salarial y la reducción de los
ingresos entre las capas populares ya no tiene como objetivo únicamente
transferir ganancias a la oligarquía financiera española, sino que están
pretendiendo evitar de manera chapucera una crisis hiperinflacionaria que
parece inevitable en un plazo breve.
Objetivo maquillar el PIB: putas y
drogas
Si bien esto parece una teoría económica difícil de
entender, nada más lejos de la realidad. Si un banco central activa la
impresora de billetes como mecanismo de pago a acreedores, y estos billetes no
están respaldados por una actividad económica con agregado de valor, se produce
una espiral de desconfianza en esos billetes, que terminan siendo desechados
por los operadores del mercado. Esa confianza tiene que ver con dos cosas: con
la actividad económica del área donde se distribuye o en su defecto, con la
capacidad militar de quien la impone, como viene ocurriendo con el dólar desde
la década de 1970.
Los chicos de Lehman Brothers que hoy están al
frente del gobierno español en la sombra son especialistas en esto. Junto a
Goldman Sachs, son los maestros de los maquillajes de las cuentas públicas que
permiten mantener el respirador artificial de una economía en quiebra técnica.
El objetivo es doble: hacer previsiones de crecimiento absolutamente irreales,
otorgando altas calificaciones a las emisiones de deuda, y por otro reducir los
flujos de efectivo en circulación.
Los ejemplos de lo primero es, por ejemplo, el “decreto
del fin de la crisis“ que Goldman Sachs ha difundido recientemente o
la decisión adoptada por el gobierno de Mariano Rajoy de incorporar al Producto
Interior Bruto español las previsiones de consumo en dos áreas vitales del
ciclo degenerativo de la economía española: la prostitución y las drogas. Pero
una emisión monetaria tan grande como la derivada del rescate financiero
supondría una pérdida de valor del euro de tal magnitud, que si no se sacan de
circulación miles de millones de papel moneda del bolsillo de las economías
populares, el Euro se convertiría en lo que realmente es: dinero basura. Por
ello se están adoptando medidas tendentes a reducir su circulación,
consistentes en:
1.
Medidas de penalización del uso de efectivo.
2.
Retirada de los billetes de 500 euros
bajo la excusa de la lucha contra el blanqueo de capitales.
3.
Imposición de comisiones a las
operaciones en ventanilla.
4.
Contención salarial.
En síntesis, para que el Euro
funcione, España tiene que convertirse en un cementerio sin actividad económica
alguna; España no debe generar valor de ninguna clase y todos los sectores
productivos que puedan generar una amplia demanda de bienes y servicios
(ciencia y tecnología, minería, siderurgia…) deben ser suprimidos.
Si lo analizamos es exactamente la misma medida
que, en bruto, adoptó el entonces superministro de economía argentino Domingo
Cavallo en los días previos al estallido social de diciembre de 2001. Aquella
medida de fuerza impulsada por el Fondo Monetario Internacional, y ejecutada
por los golden boys porteños fracasó. De manera similar lo
hicieron en Chipre recientemente. Aprendiendo de aquellos errores, los
liberales españoles están haciendo aquello mismo pero de manera sigilosa. Una
vez España haya absorbido toda la deuda eterna que quede por adquirir,
será “suspendida” o limitada en su participación en la Unión
Europea, que terminará siendo un bloque político económico distinto, con la
mirada puesta en Rusia.
Los frentes judiciales abiertos y el incumplimiento
español frente a las sentencias del Tribunal de Justicia de la Unión Europea
son la excusa perfecta para adoptar una posición sancionadora que tanto la UE
como el gobierno español necesitan: expulsar a España. Para la UE es el
mecanismo idóneo para quitarse de encima una lacra que perjudica sus balances,
y para la gañanería española en el poder, es la mejor prueba de sumisión al
sector financiero de las citys de Londres y Wall Street.
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