lunes, 12 de octubre de 2020
Que no me entero. El dinero público qué es, ¿el échale guindas al pavo que yo le echaré a la pava qué se me yo qué le voy a echar a la pava si estoy en un que no me entero total, o el dinero que durante años los trabajadores hemos ido poniendo en manos del Estado para que luego el gobierno se lo vaya metiendo en los bolsillos a la banca privada, entre otras privadas en plan prive?
La banca acrecienta su oligopolio, regado con
42.000 millones de dinero público
Kaos en la red
Oct
11, 2020
Las nuevas fusiones acentúan el
oligopolio de un sector en el que cinco entidades copaban ya más del 68% del
mercado.
Los usuarios de servicios financieros
tienen hoy menos donde elegir que antes del estallido de la crisis de
2008. El número de entidades significativas ha pasado desde entonces de más
de sesenta a apenas una decena.
Este brutal proceso de concentración
bancaria no ha salido gratis a los contribuyentes españoles. Para hacerlo
posible se han movilizado más de 56.000 millones de euros de dinero público, de
los que el Estado no cuenta con recuperar unos 42.000 millones.
La mayoría de esos cuantiosos fondos
se han destinado al saneamiento de las cajas de ahorros que
más problemas presentaban. Pero su rescate ha supuesto también un importante
beneficio para los bancos. Sobre todo, para los más grandes, que se han quedado
con bastantes de ellas, en algunos casos limpias de polvo y paja, lo que les ha
permitido crecer muy rápido y, por el mismo precio, quitarse de en medio una
porción nada desdeñable de su competencia.
Como consecuencia de ello, el sector
se encuentra en una situación cada vez más cercana al oligopolio. Según datos del Banco
Central Europeo (BCE), las cinco primeras entidades del país
copan ya el 68,5% del mercado por activos. Antes de que se desencadenara la
crisis, en 2007, controlaban el 41%. Sólo tres países de la Unión Europea han
experimentado durante los últimos años un proceso de concentración mayor que
España: Chipre, Letonia y Lituania.
Ese 68,5% se verá superado cuando sea realidad la anunciada absorción de Bankia por CaixaBank, que hará ascender al grupo de los cinco grandes a Bankinter, ahora fuera de su perímetro. Una incorporación que puede ser efímera, ya que la unión de Unicaja y Liberbank, todavía en fase de negociación, situaría a la sociedad resultante por encima de Bankinter en cuanto al valor de sus activos.
De la desaparición de las cajas de
ahorros no se han beneficiado los cinco grandes bancos por igual. El Santander no
se quedó ninguna, aunque en la última década ha digerido dos platos
fuertes: Banesto, que tuvo marca
propia hasta 2012, y el Popular en 2017.
BBVA,
CaixaBank, Bankia y Sabadell,
sin embargo, sí aprovecharon la oportunidad y dieron un notable salto adelante,
al quedarse con buena parte de los restos del naufragio de las cajas.
BBVA se anexionó las de Sabadell,
Terrasa, Manlleu, Catalunya, Tarragona y Manresa. CaixaBank, las de Gerona,
Navarra, Burgos, Guadalajara, General de Canarias y Cajasol. Bankia, las
de Madrid, Segovia, Ávila, Rioja, Murcia, Granada, Laietana, Insular de
Canarias, Penedés, Sa Nostra y Bancaja. Y Sabadell, la Caja de
Ahorros del Mediterráneo (CAM), una de las que
en peores condiciones se encontraba.
La reestructuración del sistema
financiero ha sido subvencionada por el Estado, que desembolsó más de 56.000
millones de euros para el saneamiento de las entidades con problemas, de los
que se devolverán como mucho 14.000 millones, según los últimos cálculos
facilitados por el Banco de España.
No
fue el único dinero inyectado: el Fondo de Garantía de Depósitos (FGD),
que sufraga el propio sector, también aportó 24.000 millones, que se dan por
perdidos casi en su totalidad.
Algo menos de la mitad de los 56.000
millones de euros de ayudas públicas fueron para Bankia, incluyendo BMN,
grupo formado por las cajas de Murcia, Granada, Penedés y Sa Nostra y
que el año pasado se integró en Bankia. De los 24.000 millones utilizados para
evitar su quiebra, se espera recuperar 9.500, siempre y cuando sea vendida a un
precio razonable la participación que el Estado tiene en Bankia (61%) y que
pasará a tener en CaixaBank tras la absorción (16%).
Pero el dinero público ha servido
también para reflotar otras entidades, hoy subsumidas en grupos bancarios más
grandes. Por ejemplo, Catalunya Caixa, perteneciente desde 2014 a
BBVA, en la que el Estado se gastó 12.599 millones de euros, pero sólo han sido
devueltos 782 millones. En Novacaixagalicia (ahora Abanca)
se emplearon 9.404 millones, de los que se han recuperado 783 millones. En el
caso del Banco de Valencia, que era de Bancaja y desde 2012 forma
parte de CaixaBank, se dan por perdidos los 6.103 millones que su salvamento
costó.
El dinero público que ha ayudado a sanear el sistema, y que a la postre ha facilitado que ahora esté en menos manos, tendrá que pagarlo tarde o temprano el contribuyente, mediante la cancelación de la línea de crédito por importe máximo de 100.000 millones de euros que España obtuvo a tal fin de la Unión Europea en junio de 2012.
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domingo, 11 de octubre de 2020
El miedo no es una maldición providencial que cae del cielo sobre los comunes mortales para hacerles purgar sus pecados. El miedo es consustancial al ser humano desde que nace basado en el desconocimiento, la ignorancia, de cuanto le rodea. Por esta razón, y dado el nivel de ignorancia con el que viene al mundo, se tiene que inventar un Dios para que le explique lo que él pro sí mismo no sabe explicar. No hay en todos los seres que pueblan la tierra un ser que al nacer sea tan torpe y tan ignorantes como lo es el humano, que irremisiblemente perecería si no le proporcionaran durante meses el alimento y el abrigo necesario para vivir. Esto es lo natural en el ser humano: la ignorancia y la torpeza, y no la maldad como le atribuyen los metafísicos, los que no se atienen a la realidad de los hechos. La ignorancia y el miedo que ella produce se curan con el saber. A medida que avanza el saber retroceden tanto la ignorancia como el miedo. Pero hay otro tipo de miedo: el que se fabrica, se dosifica y se dirige para conseguir los fines previstos. Su naturaleza es la misma que la del miedo natural: la ignorancia. Esta ignorancia fabricada es más peligrosa para el ser humano que la ignorancia natural con la que nace, por cuanto que su fabricación puede hacerse de manera científica y a la medida de cada cual en función de las necesidades de amedrentar que tenga el fabricante de la ignorancia (la que produce el miedo) y en función de lo que pretenda el amedrentador del amedrentado. Para ello, y de ahí la peligrosidad del miedo fabricado, toma elementos reales, existentes, objetivos, comprobables, y que por tanto, nadie puede poner en cuestión, y tergiversando, silenciando o exagerado esa base real de la que parte fabricar el miedo, varían, añaden o quitan determinados elementos a fin de que las consecuencias lógicas que se derivarían de la base real de la que se parte sean distintas (Y a veces absolutamente falsas) a las que se derivarían de seguir un razonamiento objetivo, lógico y correcto, a fin de conseguir que la percepción social del miedo fabricado adquiera la forma y grado que desea el fabricante del mismo. El coronavirus se presenta como la materia prima ideal para fabricar miedos a medida y de duración indefinida. Por una parte, son innegables los efectos devastadores que tiene. Pero estos efectos, por ejemplo, se elevan al infinito para que el miedo llegue también al infinito, cuando en vez de esforzase por encontrar el criterio único de atajarlo y erradicarlo se presentan diecisiete criterios, al menos en España, uno por cada comunidad autónoma. Este tipo de miedo se fabrica en las fábricas de fabricar miedo como los medios de televisión, prensa y radio, dependientes de los poderes económicos, políticos e ideológicos causantes de la situación actual y primeros y directos responsables materiales del empeoramiento ininterrumpido de las condiciones de vida de la inmensa mayoría de la población, que a su vez transforman en instrumentos políticos para defender sus minoritarios intereses frente a los intereses de los trabajadores que representamos la inmensa mayoría absoluta de la población. Este miedo fabricado como el miedo natural, también se cura con el saber. Y adquirir este saber es obra exclusiva de los trabajadores, porque los que nos explotan no van a venir a enseñarnos qué tenemos que hacer para dejar de ser explotados.
Medios de Comunicación de Masas: Las fábricas del miedo
DIARIO OCTUBRE
octubre 8, 2020
Final del formulario
«Quienes nos
gobiernan, moldean nuestra mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren
nuestras ideas son en gran medida personas de las que nunca hemos oído hablar».
— Edward Bernays
Níkolas Stolpkin.— ¿Qué nos podría hacer pensar que el rol de los Grandes Medios ahora (con la «pandemia») podría ser diferente?
No hay que
engañarse. El gran rol manipulador de los Medios de Comunicación de Masas sigue
siendo el mismo. Y de ninguna forma habría de ser distinto con la actual
«pandemia».
Nunca
deberíamos olvidar que los Medios de Comunicación de Masas son extensiones
connaturales de los grandes intereses económicos, por lo que todo lo que de
allí se emita siempre hay que verlo con cierta distancia o desconfianza; y, más
aún, cuando una buena parte de lo que vemos es propaganda, verdadero «brazo
ejecutor» de las élites económicas.
Tal como
definiera el publicista y periodista Edward Bernays, a principio del siglo XX:
«La Propaganda es el mecanismo por el cual se diseminan las ideas a gran
escala, en el sentido amplio de un proyecto organizado para extender una
creencia o una doctrina en particular».
«La
propaganda moderna es el intento consecuente y duradero de crear o dar forma a
los acontecimientos con el objetivo de influir sobre las relaciones del público
con una empresa, idea o grupo».
Es cosa de
ver, actualmente, cada Medio de Comunicación de Masas, sintonizar en la misma
frecuencia propagandista. La televisión, lo diarios, la radio, internet y las
redes sociales, todos están confluyendo en un mismo cauce o en la propaganda
del momento –potenciándola–; otros se dejan influir por el efecto contagio o ya
sea por su propia inocencia, lo que podría ser entendible cuando existe cierta
confusión e ignorancia frente a un tema, o se carece de suficiente información.
Tampoco deja
de ser interesante la actual censura existente en las redes sociales, cuando se
intenta ser crítico frente al relato oficial o surgen voces autorizadas
contrarias al mismo; lo masivo-creíble suele ser censurado y lo masivo-ridículo
suele ser aceptado. Así como también el tratamiento que se le da a la
información en los Medios, cuando existen protestas o manifestaciones contra
las restricciones en «pandemia» denominándolos como: «negacionistas», «anti
vacunas», «anarquistas», etcétera.
Y tal como
funciona hasta el día de hoy: «los Medios de élite establecen un marco dentro
del cual opera el resto» (Noam Chomsky). No hay que sorprenderse sobre la
«tradicional» dependencia de los Medios en «vías de desarrollo» o
«tercermundistas», los cuales suelen replicar lo que los Grandes Medios de
Comunicación o Grandes Agencias Informativas emiten.
Para nadie
es ajeno que hoy en día –y desde que se decretó la «pandemia»– estemos siendo
día a día, sistemáticamente, bombardeados de propaganda (en distintos grados)
para de alguna forma mantener cierta atmósfera de miedo –algo muy parecido a lo
sucedido después de los atentados a las Torres Gemelas (2001)–. Y, se
preguntarán, qué hace el miedo… Pues el miedo contribuye significativamente a
silenciar y paralizar a las personas. Y es la razón por la cual, si nos fijamos
bien, no haya tanta oposición a las políticas restrictivas en nuestros
respectivos países.
No deja
tampoco de ser interesante, cómo las personas del común u otros con cierto
manejo ideológico-crítico hayan sucumbido fácilmente al poder de influencia de
los Grandes Medios. Allí donde pudiera haber cierta crítica, además, el relato
oficial de la «pandemia» no ha hecho más que silenciar o anular las voces
críticas.
Un ejemplo
paradigmático sobre cómo los Grandes Medios están actuando cuando ciertas voces
pueden llegar a contradecir sus relatos oficiales, fue lo sucedido con el
respetable virólogo francés Luc Montagnier (Premio Nobel de Medicina en 2008 por
el descubrimiento del VIH, causante del SIDA), una voz autorizada en cuanto a
virus se trata, que prácticamente tratarían de ridiculizarlo. O lo sucedido con
el médico español Luís de Benito, en una entrevista para TVE (España) en donde
se intentó imponer por sobre la voz de un entendido que trabaja desde el inicio
de la «pandemia» dentro de la «primera línea».
El miedo
como herramienta de control
Uno de los
recursos más utilizados por el Poder para poder mantener a raya a los
gobernados es atizar una atmósfera artificial de miedo o sacar provecho de un
desastre natural, político o económico, como medio para perseguir obediencia
(aceptar ciertas normas) o anular cualquier atisbo de disidencia, rebelión u
oposición. A lo largo de la historia, esa ha sido la tónica: guerras,
catástrofes, enfermedades…, y el miedo a la muerte; el cristianismo…, y el
miedo al «infierno»; el capitalismo…, y el miedo a las «crisis económicas»
(desempleo, inflación, recortes, etcétera).
Y está por
verse cómo una estructura del Poder, como el FMI, estaría desempeñando un papel
interesante con todo esto de la «pandemia» y su inclinación por ver a las
economías ahogadas para ir finalmente a su «rescate». No deja de llamar la
atención cómo silenciosamente, de vez en cuando, suena ruidosamente el FMI en
aquellos lugares donde existe cierto rechazo. Donde no existe rechazo, ¿es
innecesario dar a conocer el interés «filantrópico» del FMI? ¿El FMI habrá
desembarcado en nuestros países sin nosotros todavía enterarnos?
Sostener
ciertas amenazas o temores, periódicamente, por parte de la clase dominante,
siempre ha sido parte del paisaje a los cuales los gobernados suelen estar
expuestos para ir «renovando» o «refrescando» sus miedos. Hoy el tema en
particular de la «pandemia» viene a renovar el miedo a la muerte, a la
enfermedad, al contagio… Pero lo que lo hace ahora muy particular es su
permanencia exagerada, lo que va despertando otros temores como miedo al
futuro, miedo a perder el empleo, miedo a ser marginado económica o
socialmente, miedo a ver reducido su poder adquisitivo, etcétera. ¿Y qué mejor
para el Poder que hacer una práctica «normal» el «distanciamiento social» y
llevar puesta una molestosa mascarilla, símbolos del miedo y la sumisión?
No por nada
hoy se azuza en los Medios, en ausencia de la plena libertad, la conveniencia
del «teletrabajo», las «ventas online», la «educación digital», los
«espectáculos online», los cuales vienen a amenazar ciertas prácticas comunes
que ya estaban instaladas dentro de un contexto de plena libertad.
Entonces
cabe preguntarse:
¿El
sacrificio de nuestra plena libertad será la forma en que iremos despojándonos
poco a poco de nuestras formas tradicionales de ver el trabajo, las ventas, la
educación, los espectáculos, etcétera? ¿La plena libertad podría ser compatible
con la adopción generalizada de las nuevas «conveniencias» tecnológicas? ¿Será
posible la convivencia entre lo viejo y lo nuevo, sin descartar o imponerse a
alguno, y gozar de la plena libertad? ¿O lo nuevo, sin opción alguna, debe
terminar imponiéndose cruelmente sobre lo viejo en desmedro de lo «rezagado»?
¿Será que lo «nuevo» es el vehículo ideal («la gran oportunidad») para «ahorrar
en costes» que lo «viejo» representaba? ¿Los «nuevos» grandes intereses están
ahora en «lucha a muerte» frente a los «viejos» grandes intereses? ¿Los
«viejos» grandes intereses deben terminar adaptándose a los «nuevos» grandes
intereses?
Para nadie
es ajeno los paisajes tradicionales-vulgares del miedo que permanentemente
suelen copar los Medios informativos (delincuencia, asesinatos, violaciones,
accidentes, robos, incendios, suicidios, violencia, etcétera); como también los
paisajes periódicos del miedo con los que, de vez en cuando, suelen aparecer,
según el contexto o tiempo (la amenaza de un meteorito, calentamiento global,
el debilitamiento de la capa de ozono, enfermedades contagiosas, desastres
naturales, contaminación ambiental, etcétera). Los primeros suelen estar diaria
y permanentemente, dentro de un contexto normal; y los segundos suelen estar
periódicamente, según el momento.
Pero lo que
hace sobresalir al protagonista de hoy (la «pandemia») es su permanencia
exagerada-sostenida o de permanente rebote entre el impacto y la amenaza, o su
presencia protagónica-permanente en los Medios de Comunicación de Masas.
Todos
sabemos que los Medios de Comunicación de Masas suelen «jugar» con las
emociones del receptor: alegría, enojo, miedo, sorpresa, tristeza y disgusto,
son emociones que suelen explotar para captar la atención sobre un determinado
producto. Pero cuando estas emociones permanecen presente prolongadamente
de forma consciente, entonces se transforman en sentimientos que fácilmente
podrían afectar a las personas. Y es lo que se está viendo hoy con la
explotación particular del miedo. Cuando la imagen diaria son individuos con mascarillas,
lo que se está haciendo es transmitir miedo; lo mismo cuando diariamente se dan
a conocer cifras de infectados y muertos por COVID-19; o cuando existen
declaraciones del tipo: «el mundo cambió», «el mundo ya no será como era
antes», «nueva normalidad», «nuevos rebrotes», etcétera.
Al momento
de que los Medios de Comunicación de Masas dejen de transmitir de la manera
como lo están haciendo, recién ahí las personas podrían volver poco a poco a
formar parte de lo que las personas tenían por «normal» antes de la «pandemia».
Mientras se siga transmitiendo como se está transmitiendo, las personas del
común únicamente podrían seguir siendo víctimas del silencio y la inmovilidad.
Sería
interesante saber cuál es el desempeño actual de los Medios de Comunicación de
Masas en China con respecto a la «pandemia». ¿Por qué los Medios de
Comunicación de Masas occidentales permanecen prácticamente en silencio con
respecto a la vuelta a la normalidad en China, donde las personas supuestamente
han vuelto a juntarse masivamente, tienen clases presenciales, pueden asistir
normalmente a los restaurantes, y donde el COVID-19 está más que controlado?
¿Ese ejemplo chino, acaso no será digno de imitar en Occidente? ¿La cuasi
ausencia de información, sobre el éxito chino, se debe a que no querrían
exponer el fracaso de Occidente frente a sus rivales orientales? ¿Qué persiguen
las estructuras de Poder en Occidente?
@NStolpkin
—
Níkolas Stolpkin
Analista político nacional e internacional – Political Analyst –
Crítico de política y Cultura Contemporánea.
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sábado, 10 de octubre de 2020
¿Qué otra cosa que no sea penuria generalizada para los trabajadores y empeoramiento de las condiciones de vida cada vez más intensas y extensas para cada vez mayor cantidad de gente, también para el pequeño y mediano empresario, puede ofrecer el capitalismo a partir de 2008? Para socialdemócratas, de estos que me siguen dando la tabarra de que los niños vienen de París, cuando ya sabemos que menos de París, los niños pueden venir de un error de cálculo, incluso de un mal tropiezo en una noche cualquiera, etc.; sostenedores del capitalismo abiertamente, de estos que siguen empeñados en que siga comulgando con ruedas de molino; chulis pirulis encantadores de serpientes voladoras, de esas que vuelan de por las nubes hacia lo más arriba; músicos políticos de fanfarrias, castañuelas, panderetas, alcornoques y sonajas y los del centro político, demócratas de toda la vida de esto y lo otro. Son 250 BILLONES de dólares (En 2019) la deuda que tenemos los trabajadores y qué tenemos que pagar. Bueno, vale, para ti la perra gorda, no discutamos por esto. ¿Pero por qué tenemos que pagar los trabajadores una deuda que no hemos ni contraído ni disfrutado?
250.000.000.000.000
En 2019, antes de la pandemia.
Insurgente.org
Publicado el Oct 10, 2020
En 2019, antes de la pandemia.
No es la cifra de muertos por el
coronavirus, pero mucho más mortífera para los pueblos del Tercer Mundo y para
los que son pueblo dentro del llamado Primer Mundo.
250 billones (con b) de dólares es
la deuda global en 2019. Representa más de tres veces el
producto interior bruto mundial, es decir, lo que se produce realmente.
Durante decenios fue la causa real de la deuda externa en los países
dependientes o subdesarrollados. Nunca debe olvidarse que era una manera
indirecta y financiera de robarles los recursos vía los préstamos impagables.
Desde hace más de una década –tras dejar exangües a esos países dependiente y
neocolonizados- ese robo se ha trasladado al propio centro del capitalismo
internacional empezando por su propia periferia “primer mundista” (entre ellos,
Grecia, España,…).
Aunque nos declarasen el “fin de la
historia” y el triunfo definitivo del capitalismo, la realidad es que este hace
tiempo que ni funciona como tal desde un punto de vista productivo. Y la
impresionante burbuja de riqueza de las oligarquías financieras solo puede
sostenerse con una burbuja de deuda y de emisión ficticia de dinero cada
vez más grande. Y peligrosa, claro.
O esa burbuja nos estalla de la peor
manera: barbarie; o se planifica su estallido haciendo que esos parásitos de
las finanzas y de otros emporios empresariales corran la misma suerte que los
esclavistas y otros patricios. Revolución, sí. Y planificación socialista, sí.
O ellos o nosotros. Pero así no se podrá seguir. Ni cabe la mera indignación ni
la desesperanza paralizante. Es cuestión de debemos. Y lo racional
se abrirá camino. Lo racional: no esa absurda y criminal cifra del titular.
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viernes, 9 de octubre de 2020
Una crítica a Thomas Piketty
Kaosenlared
Oct 8, 2020
El sociólogo Alain Bihr y el
economista Michel Husson publican en este inicio de curso un libro crítico
sobre las tesis defendidas por Thomas Piketty: Thomas Piketty, una
critique illusoire du capital (París, Syllepse, Lausanne, 2020). Las
obras de Thomas Piketty han recorrido el mundo y su autor las presenta como
complementarias: Le capital au XXIe siècle (París, Seuil,
2013; en castellano, El Capital en el Siglo XXI, Ed. FCE, 2014),
seguida de Capital et idéologie (París, Seuil, 2019; en
castellano, Capital e ideología, Ed. Deusto, 2019), pero
anuncia el segundo como el que debe abrir la “caja negra” de las desigualdades
(p. 11).
Dar cuenta de la obra de Alain Bihr
(AB) y Michel Husson (MH) es un ejercicio delicado porque, para poder degustar
plenamente el sabor, es necesario haber leído los dos de Thomas Piketty (TP),
que suman 2.500 páginas aproximadamente, pero también conocer un poco a los dos
autores críticos. AB es, en particular, autor de una monumental historia del
nacimiento del capitalismo en cuatro volúmenes que superan incluso la amplitud
de los de TP, porque cuentan al menos 3.200 páginas 1/. Y MH es un
autor infatigable de libros y artículos que por sí solos constituyen una
biblioteca de trabajos económicos que utilizan los conceptos de Marx para
analizar el capitalismo contemporáneo 2/.
El libro de AB y MH supone, por lo
tanto, un doble desafío: explicar en 193 páginas lo esencial de las 2.500
páginas de TP y mostrar sus límites, al tiempo que presenta al lector el marco
teórico que inspira su propio trabajo, enorme en cantidad y en calidad. La
ambición es casi desproporcionada, pero el juego vale la pena porque la cosa
es, digámoslo desde el principio, exitosa, aunque sí plantearé algunas cuestiones
durante esta recensión. Los autores indican que AB ha escrito los capítulos 1,
“Un título engañoso”, 2, “De las sociedades ‘ternarias‘
a las sociedades de ‘propietarios‘ , o
cómo abarcar ocho siglos de historia europea”, 4, “El momento socialdemócrata o
la historia reducida a un teatro de sombras” y 6, “El ‘socialismo
participativo‘: un socialismo utópico con aires científicos”, y MH los
capítulos 3, “El Reino Unido o cómo no tratar el tema” y 5, “El momento
neoliberal: de un modelo teórico frágil a propuestas políticas truncadas”. A
estos seis capítulos les sigue un epílogo para integrar el evento “coronavirus”
pero sin que esto cambie nada a la problemática de TP.
A veces, en obras escritas por varias
manos, el conjunto carece de fluidez en sustancia y estilo. Aquí, este no es el
caso. Todo está ordenado y unificado, en buena parte, sin duda, debido a que AB
y MH tienen un punto en común con el que construir un argumento coherente:
ambos están en una aproximación teórica marxiana, desembarazada de los dogmas
del marxismo estalinista del siglo XX. Ello permite ubicar de forma inmediata
las dos principales críticas teóricas dirigidas a TP, de las que resultará un
cuestionamiento de sus propuestas políticas.
Una teoría de Thomas Piketty muy
frágil
La primera crítica es de carácter
filosófico: TP es un idealista, en el sentido filosófico, es decir,
que remite la explicación de la evolución de las sociedades a la ideología, a
las representaciones que se dan los pueblos, para justificar las desigualdades
que se están desarrollando en las diferentes sociedades. En consecuencia,
ignora cuáles son las relaciones sociales de producción, sobre las que se
injertan las ideologías. Téngase en cuenta que ignora esta realidad y que ni
siquiera conoce el concepto. Y AB y MH no tienen dificultad en detectar que TP
no sabe lo que es el capitalismo, es decir, una relación social particular de
explotación de la fuerza de trabajo por el capital, de la que surgen las
desigualdades monetarias y de poder y, como se verá, una sola reforma
tributaria no será suficiente para eliminarlas. El capitalismo es desconocido y
de ello se desprende que TP conserva una noción de capital a la que los
comentaristas se han opuesto casi unánimemente desde su primer trabajo. Por lo
tanto, el andamiaje de TP corre el riesgo de colapsar al centrarse en una
ideología de la cual, nos dice AB, no hay una definición seria: “Piketty no
habla apenas sobre el segundo concepto que moviliza el título de su obra, el de
la ideología. Esto es tanto más molesto teniendo en cuenta que el uso de este
concepto no puede darse por sentado, ya que sus usos indebidos han sido
múltiples. Y sin antes plantearse si su uso no puede ser en sí mismo…
ideológico” (p. 19).
No se puede no estar de acuerdo con
AB, y yo mismo también noté esta misma deficiencia al leer Capital et
idéologie. En un párrafo titulado “Capitalismo: un propietarismo de la era
industrial”, TP explica que “el capitalismo es una forma de propiedad”, luego
que “el propietarismo es una ideología”, de donde se desprende la conclusión:
“el capitalismo clásico de la Belle époque es la extensión del
propietarismo a la era de la gran industria y las finanzas internacionales”
(p.189-190). Este tipo de silogismo, capitalismo=propietarismo, o
propietarismo=ideología, por tanto capitalismo=ideología, es verdaderamente
insostenible. Nadamos en plena ideología, por encima del suelo. Es cierto que
no faltan, en este último libro de TP, comentarios sobre el “equilibrio
político-ideológico de poder entre los grupos sociales en presencia” (por
ejemplo, p. 227), pero estas relaciones de fuerza nunca están vinculadas con
las relaciones sociales de producción; siempre tenemos la impresión de que la
ideología nace de la ideología. Además, TP tiene una visión de la historia y su
evolución que no es en absoluto de largo recorrido como fue el advenimiento del
capitalismo y como seguramente será la salida del mismo. ¿Cómo se deben
interpretar declaraciones de TP como: “En verdad, todo depende de las
instituciones y reglas que cada comunidad humana se da a sí misma, y todo
puede cambiar muy rápidamente” (Capital et idéologie, p. 227,
subrayado por mí)… en función de las relaciones de fuerza antes citadas? O también:
“la importancia de los procesos político-ideológicos en la dinámica de los
regímenes no igualitarios, la rapidez y la multiplicidad de las posibles
transiciones y bifurcaciones” (Ibíd., p. 532). Si se trata de
explicar que se pueden introducir y llevar a cabo importantes reformas
tributarias rápidamente, estaremos de acuerdo. Pero si se trata de deducir el
paso a un post-capitalismo, la duda se instala fuertemente.
Por tanto, es útil leer los capítulos
2 y 3 de AB y MH sobre la historia europea y la del Reino Unido. Historia sobre
la que TP ignora las relaciones sociales de producción subyacentes a los tres
órdenes del Antiguo Régimen. ¿Podemos considerar universal el modelo de
sociedades ternarias divididas entre clero, nobleza y tercer estado? No, responde
AB: “Reservando por el momento el caso del área indoeuropea, diga lo que diga
Piketty no encontramos rastro de este patrón trifuncional en los imperios
árabes clásicos (omeya, abasí, fatimí, etc.), ni en los otros imperios
musulmanes (mameluco, mongol, timuríes, otomano, safávida, mongol), ni en la
China imperial (de Han a Qing) o en Japón (ni tampoco durante su período feudal
bajo el shogunato Tokugawa)” (p. 34). Y, sobre el tema del feudalismo europeo,
AB desmonta a TP: “Una vez más, ignora por completo todo el proceso
plurisecular de convulsión de las relaciones de producción y propiedad que hizo
que las sociedades europeas pasasen del feudalismo al capitalismo. Si bien no
se puede restar importancia a las convulsiones institucionales e ideológicas provocadas
por la Revolución Francesa, sin embargo esta no habría hecho más que finalizar
una empresa iniciada y ya en gran parte realizada mucho antes de que nuestros
valientes revolucionarios entraran en escena, que comenzó con el
redescubrimiento y reintroducción del derecho romano a finales del siglo XI en
la Universidad de Bolonia y su difusión en la práctica social, empezando por la
de los comerciantes y negociantes que elaboraban entre ellos una
específica lex mercatoria” (p. 53).
Para situar la segunda gran crítica
dirigida por AB y MH a TP, debemos recordar un elemento importante del Capital
en el siglo XXI. En este trabajo, TP creía haber hecho una innovación
teórica que podría enviar a Marx de vuelta al museo del pensamiento, al
proponer dos relaciones matemáticas que supuestamente tenían en cuenta la
economía capitalista, que TP ha erigido en “leyes”. La primera de estas dos
relaciones es una igualdad contable que no puede ser falsa:
la parte de los beneficios en el
producto nacional (α) es igual a la tasa de rendimiento del capital r multiplicada
por la relación capital/producción (β); se tiene entonces α = rβ
MH pregunta a continuación: ¿por qué
esta relación indiscutible está escrita en este sentido, y no en el sentido más
usual en la que la tasa de beneficio es igual a la parte de los beneficios
dividida por la intensidad capitalista es decir:
r = α / β ? (p.110-111)?
¿No implica el significado de la
escritura un sentido de causalidad? Y MH ofrece su interpretación:
“la parte de los beneficios α es un
buen indicador de la tasa de explotación y corresponde a lo que Marx llama
composición orgánica del capital” (p. 111).
Y continúa: “En resumen, el capital,
incluso (¿y sobre todo?) en el siglo XXI, funciona de la siguiente manera: los
capitalistas buscan maximizar la tasa de beneficio explotando tanto como sea
posible el trabajo asalariado, evitando que el capital acumulado no pese
demasiado en su rentabilidad. En cualquier caso, parece bastante razonable
pensar que la tasa de rendimiento del capital es un resultado del proceso de
producción, y no algo dado en otra parte, una especie de tasa de beneficio
garantizado, que sería suficiente aplicar al capital” (p. 111). Siempre se
vuelve al problema con el que TP tropieza continuamente, ya que la tasa de
beneficio no se determina fuera de la relación social de explotación y, por
tanto, no es el resultado de un proceso técnico de producción que hubiera
arbitrado entre una mayor o menor sustitución entre capital y trabajo en
función de la comparación de la elasticidad de cada uno de estos factores con
respecto a sus respectivos precios. MH explica que este solo podría ser el caso
si esta elasticidad fuera mayor que 1, lo que rara vez se verifica.
A lo largo de las páginas descubrimos
el hilo conductor de la crítica de AB y MH: TP ignora las relaciones sociales
de producción, ignora el capitalismo, confunde capital productivo y capital
fuente de ingresos (lo que, de paso, conduce a sesgar su valoración del capital
en sentido amplio, incluidos los precios de mercado de la vivienda), alinea la
rentabilidad del capital con la productividad marginal de este último (y ya se
sabe a qué aporías conduce esta noción), y desconoce la variable clave: la
productividad del trabajo, cuyo crecimiento cada vez más débil sólo puede
compensarse con el deterioro de la participación de los salarios en el valor
agregado y, por tanto, con el aumento de la de los beneficios.
De ello se desprende que la segunda
“ley” que TP cree haber descubierto, a saber, que las desigualdades aumentan
cuando la tasa de rendimiento del capital es mayor que la tasa de crecimiento
económico (r> g), es en el mejor de los casos un truismo. Pero,
en el peor de los casos, extenderlo a toda la historia económica, desde todos
los tiempos y para siempre, negando cualquier periodización, “constituye una
desviación espectacular de las normas de la prospectiva”, acusa MH (p. 126).
Por lo tanto, MH propone recurrir a
una construcción teórica completamente diferente (pp. 105 a 110). El
agotamiento de las ganancias de productividad y la caída de la participación de
los salarios en el valor agregado, el restablecimiento a pesar de todo de la
rentabilidad del capital que no se traduce en la de la inversión, hasta el
punto de provocar una tijera entre ambos y el aumento de los dividendos son los
tres “hechos estilizados” del capitalismo contemporáneo y su crisis. “Las
raíces de la crisis se encuentran, por tanto, en el ámbito de la producción”,
siendo la financiarización “un síntoma y no la causa de la pérdida de eficacia
del capitalismo” (p. 110).
Sin embargo, ahora es el momento de
hacer una primera pregunta a los autores AB y MH. Incluso si aceptamos la idea
fundamental resumida por MH, a saber, que la evolución de la productividad del
trabajo es el punto de partida de un razonamiento que nos permite comprender
las profundas transformaciones del capitalismo en la era neoliberal, ¿no se puede
integrar la idea de que las convulsiones en el orden político, institucional y
cultural, por tanto ideológico, favorecieron la rápida inversión del equilibrio
de poder entre trabajo y capital a finales de los años setenta y ochenta? De
ser así, sería una manera de asociar el concepto gramsciano de “hegemonía
cultural” con el de la relación social de producción, y así entender la
brutalidad con la que un nuevo “bloque de clases” burgués ha podido establecer
la transición al capitalismo neoliberal.
Las propuestas de Thomas Piketty,
solo reformistas
Las soluciones de TP para reducir las
desigualdades surgen de su análisis de los experimentos socialdemócratas
llevados a cabo en Estados Unidos a raíz del New Deal roosveltiano,
y en Europa, tanto en Suecia como en Alemania, Reino Unido o Francia. Su tesis
es que estos experimentos han dejado “la igualdad inconclusa” (título del
capítulo 11 de Capital et idéologie). La historia que propone TP es
la de un siglo XX marcado por dos guerras mundiales, la crisis del período de
entreguerras y la invención del impuesto sobre la renta. Las guerras y la
crisis crearon la oportunidad de hacer retroceder la propiedad privada. AB le
reprocha haber restado importancia a las luchas sociales que marcaron la fase
de acumulación de capital a finales del siglo XIX en el momento en el que
chocaron los imperialismos. En otras palabras, el advenimiento del Estado
social y fiscal no puede entenderse solo a través de las evoluciones
político-ideológicos, sino que debe vincularse a las luchas del movimiento
obrero (p. 80-81). Por mi parte, diría que TP no ignora las movilizaciones y
luchas sociales, pero nunca las vincula a las relaciones de producción
ordenadas por las demandas de acumulación del capital. Como escribe AB, se
trata de relacionar las luchas sociales con “el paso de un régimen de
acumulación predominantemente extensivo (que implica un aumento en la duración
e intensidad del trabajo) a un régimen predominantemente intensivo (que se basa
principalmente en el aumento de la productividad del trabajo, siempre más o
menos asociada a la de su intensidad)” (p. 82) 3/.
El advenimiento de la
socialdemocracia también se debe a la imposibilidad de que el capitalismo sea
regulado únicamente por el mercado. Y AB no está de acuerdo con el uso que hace
TP de la tesis de Polanyi: “No es ante todo la quiebra en los años 1920-1940 de
la ‘ideología del mercado autorregulado‘ sino, más fundamentalmente, el
de un sistema de reproducción del capital que basa su regulación únicamente en
los mecanismos del mercado” (p. 84). Yo añadiría que, en Polanyi, esta
imposibilidad es muy anterior al período de principios del siglo XX y es
intrínseco a la pretendida economía de mercado, en realidad el capitalismo.
Como las desigualdades, tema
predilecto de TP, surgen según él de la ideología y de las reglas
institucionales que las refuerzan, sin ningún vínculo con las estructuras
materiales subyacentes, es necesario abordar la ideología y así el giro se
completa: “En resumen: el fin de las sociedades de propietarios es sobre todo
la consecuencia de una transformación político-ideológica” (TP, Capital
et idéologie, p. 547). De la misma manera que TP explica el retroceso
político de la socialdemocracia por su derrota ideológica, imagina que se puede
ir más allá del capitalismo imponiéndole reformas políticas, en particular
reformas fiscales, que ciertamente no son baladíes, pero que dejan de lado la
esencia misma del capitalismo: la relación social de explotación. Por lo tanto,
TP cree que en el siglo XX, las sociedades europeas “han permanecido
nominalmente capitalistas, pero en realidad están en camino de convertirse en
sociedades socialdemócratas” (Ibíd., p. 490).
De esta deficiente visión teórica, TP
va a sacar un programa de socialismo participativo para “ir más allá del
capitalismo actual y dibujar los contornos de un nuevo socialismo participativo
para el siglo XXI, es decir una nueva perspectiva igualitaria con un objetivo
universal, basado en la propiedad social, la educación y el intercambio de
conocimientos y poderes. […] Esto requiere desarrollar nuevas formas de
propiedad social, compartir los derechos de voto y participar en la toma de
decisiones en las empresas. Esto también requiere reemplazar la noción de
propiedad privada permanente por la de propiedad temporal, mediante un impuesto
altamente progresivo sobre las propiedades importantes que permita financiar
una dotación universal de capital y así organizar una circulación permanente de
bienes y de patrimonio” (Ibíd., p. 1112).
Es un programa reformista, afirman AB
y MH, disecándolo. ¿Por qué otorgar a los trabajadores solo la mitad de los
derechos de voto en los consejos de administración de las empresas? ¿La
cogestión permite ir más allá del capitalismo, ya que este es el objetivo que
persigue TP? La propuesta de dotar a cada individuo de un capital de 120.000
euros, financiado con un impuesto basado en el patrimonio, pero pagado con los
ingresos del mismo, se topa con una gran contradicción: si los ricos en
patrimonio deben vender una parte para pagar su impuesto, el capital ficticio
–“que Piketty y sus colaboradores nunca han entendido realmente” según MH–, que
constituye la mayor parte de su patrimonio mobiliario, desaparecerá. Y MH le da
el golpe final a TP: “Esta venta masiva de acciones hará bajar su precio (¿y
quién podrá comprarlas de todos modos?)” (p. 132). Una incomprensión y una
confusión que hacen referencia a “la ausencia de una teoría del valor” (p.
133), ausencia que es el defecto de la gran mayoría de economistas formados en
la escuela neoclásica.
El programa reformista de TP,
particularmente en materia fiscal, sólo podría tolerarse con la condición dada
por MH: “En rigor, el capitalismo podría soportar medidas fiscales destinadas a
reducir las desigualdades, pero con la condición de que un nuevo auge de las
ganancias de productividad permitieran conciliar rentabilidad y redistribución.
Sin embargo, esta perspectiva parece excluida y el propio Piketty está de
acuerdo” (p. 124) 4/. Aquí nuevamente suscribimos esta crítica
teórica. Pero, llevándola hasta su punto final, ¿no es una crítica a todos los
impuestos, si examinamos el hecho de que cualquier gravamen tiene la
consecuencia, si no el objetivo, de reducir su base? La sociedad quedaría
entonces muy desamparada si esto llevara a condenar de antemano cualquier
reforma fiscal radical.
Publicado en el otoño de 2019, el
segundo libro de TP podría haberse hecho mucho más eco de la crisis ecológica,
hasta el punto de introducir una transformación de las estructuras productivas
en su socialismo participativo. “La cuestión ecológica… no se plantea”, acusa
MH (p. 137). Seamos justos con TP, quien explica: “Muy a menudo, la forma más
efectiva de reducir las emisiones es a través de estándares, prohibiciones y
reglas estrictas, con respecto a los vehículos de transporte, calefacción,
aislamiento de hogares, etc. mucho más que poner un precio más alto al carbono”
(Capital et idéologie, p. 1157). Pero estas reglas necesarias se ubican
aguas abajo de la economía, especialmente en el consumo y no dentro de las
estructuras productivas aguas arriba. Además, su apoyo a la idea de una tarjeta
de carbono individual es significativo. Solo quedaría que las cuotas
individuales de emisión de gases de efecto invernadero sean transferibles en el
mercado 5/.
Atento a las críticas que se hacen al
crecimiento del producto interior bruto (PIB), TP recalca a menudo que él nunca
habla del PIB sino de la renta nacional, sobre la base de que para calcular
esta última “se deduce del PIB todo consumo de capital, y en particular
de recursos naturales” 6/. Este argumento no se sostiene porque
TP evoca la diferencia entre un agregado bruto y un agregado neto, lo que no
tiene absolutamente nada que ver con una distancia respecto el crecimiento
económico. Y MH lo tiene fácil para ironizar sobre su incompetencia en términos
de contabilidad nacional (p. 138) 7/.
¿Podemos salvar al soldado Piketty?
AB y MH reconocen sin reservas la importancia del trabajo de recopilación de
datos realizado por TP y sus equipos de investigación. La abundancia de datos,
la extensión espacial y temporal, su disponibilidad en internet han contribuido
a construir la audiencia de TP en todo el mundo, incluso si no es el único ni
el primero en haberse centrado en las desigualdades.
Pero, en términos de análisis teórico,
las dos veces 1.200 páginas no pesan mucho según AB y MH. Pretender superar a
Marx es puerilidad o inconsciencia, si no falta de cultura. Incluso diría que
es más bien un retroceso al pre-socialismo utópico, porque, al menos, los
socialistas utópicos de principios del siglo XIX solo conocían los inicios del
capitalismo industrial, mientras que TP se beneficia de toda la historia
sociopolítica e intelectual que ha transcurrido desde entonces. Las categorías
movilizadas por TP son precisamente las que la crítica de Marx había
estigmatizado: el fetichismo del capital, de la mercancía, de la propiedad,
envuelto en una filosofía idealista del mundo y de su transformación. En lugar
de exhibir una pretensión infantil de dejar a Marx en el olvido sin haberlo leído
realmente, hubiera sido mejor, incluso si eso significaba criticarlo, al menos
entablar un debate con él o sobre él. El capital en el siglo XXI no
trata de capital; Capital e ideología es una serie de
confusiones sobre capital e ideología. Este es el mensaje del libro crítico de
AB y MH.
Como, a pesar de todo, Thomas Piketty
despliega una posición política inequívoca junto a los perdedores del
capitalismo neoliberal y, con la misma determinación, contra la clase que se
atiborra en ese capitalismo, quiero terminar mencionando una idea para
considerar que puede ser un aliado en la violenta batalla social que se gesta o
ya se desarrolla, batalla que, más allá de las figuras intelectuales, requerirá
alianzas entre varias de las capas sociales populares maltratadas por el
capitalismo. Esta idea, la extraigo del libro de AB y MH, más precisamente de
su conclusión: “Sin embargo, hoy, el capitalismo está más que nunca en las
garras de un espectro: si no el de su sobrepasamiento revolucionario en
comunismo, al menos el de su propia quiebra y su propio fin puro y simple, bajo
los efectos ecológicos y sociopolíticos de su propio desarrollo” (pp. 165-166).
“Sin embargo, hoy, el capitalismo está al final de su desarrollo histórico y de
repente se ha vuelto irreformable” (p. 172). Me aventuro a plantear dos
cuestiones que están huecas al final del libro de AB et MH y que quizás también
subyacen a los pasos tácitos o laterales de TP: primero, por qué la quiebra del
capitalismo deja a AB y MH escépticos sobre “el sobrepasamiento revolucionario
en el comunismo”, ¿significa esto que el único camino es reformista, en el
mejor de los casos radicalmente reformista? En segundo lugar, ¿está claro que
el capitalismo ha llegado “al final de su desarrollo histórico”? Encuentro más
sabia la fórmula de Robert Boyer: “El capitalismo es todavía joven, pero no
eterno” 8/.
El interés incomparable del libro de
Alain Bihr y Michel Husson sobre las tesis de Thomas Piketty desde que se ha
convertido en una cuasi-estrella de la economía es ofrecer al lector una
lección real de socio-economía, o, para decirlo como podría haberlo hecho Marx:
una verdadera lección en la crítica de la socio-economía política, donde las
relaciones sociales de producción, la ideología y las instituciones políticas interfieren,
en una perspectiva dinámica de transformación, dentro de la cual la lógica del
capital todavía deja su huella en la tormenta de los enfrentamientos de clases.
Una lección política también: la
estrategia que podría dar un giro en la dirección correcta a la tormenta
mencionada no ha sido tramada. De ahí el famoso “¿Qué hacer?” Todavía está sin
respuesta. Sin duda, el reformismo a la Piketty no es satisfactorio. Pero el
optimismo mostrado por Bihr y Husson quizás sea exagerado: “En los últimos años,
estos fenómenos dramáticos [se trata de los desastres ecológicos y
socioeconómicos] no han cesado de provocar movilizaciones sociales cada vez más
masivas y determinadas, de un extremo al otro del planeta, en el interior de
las cuales se ha reforzado la conciencia de su arraigo en las estructuras del
modo de producción capitalista y con ella la exigencia más o menos clara de que
‘el mundo [debe]cambiar de base‘ si se quiere ponerle fin
(p. 167). ¿Es cierto este “arraigo en el modo de producción capitalista” en las
consciencias? Ahí figura una buena parte de nuestras dudas intelectuales y
políticas. Y no estoy convencido de que Marx hubiera apostado un chelín por un
enraizamiento ya adquirido…
Artículo publicado en Attac France,
el 29 de septiembre de 2020 y reproducido en Á l’Encontre el 30 de septiembre
de 2020.
alencontre.org/societe/livres/le-livre-dalain-bihr-et-michel-husson-sur-ceux-de-thomas-piketty.html
Jean-Marie Harribey, ex copresidente de Attac y del Consejo
Científico de Attac, ha publicado recientemente Le trou noir du
capitalisme (Ed. Le Bord de l’eau, 2020)
Traducción: viento sur
Notas
1/ A.
Bihr, Le premier âge du capitalisme, tome 1, L’expansion
européenne, 2018; tome 2, La marche de l’Europe occidentale vers le
capitalisme, 2018 ; tome 3, vol. 1 et 2, 2019 ; el conjunto ha sido
publicado por Syllepse y Page 2. He comentado el primer tomo en J.-M. Harribey,
“À la naissance
du capitalisme, il y eut l’expansion commerciale” , Les
Possibles, n° 19, Hiver 2019. Y M. Husson hizo también una recensión del
primer tomo: “Comment est né
le capitalisme” , Politis, 27 septembre 2018
2/ Web
de Michel Husson.
3/ Este
no es el lugar para discutirlo aquí, pero creo que siempre ha surgido la
confusión por no considerar que el aumento en la intensidad del trabajo fue una
de las causas del aumento de la productividad del trabajo y, por el contrario,
la convierten en un fenómeno distinto de esta última (J.-M. Harribey, La
richesse, la valeur et l’inestimable, Fondements d’une critique socio-écologique
de l’économie capitaliste, LLL, 2013, p. 62-63).
4/ A
continuación de este juicio exacto, Michel Husson cita a Patrick Artus y su
referencia “L’épargne doit financer la croissance mondiale”, Flash, n
° 87, 29 de febrero de 2008, que es el ejemplo perfecto del galimatías
neoclásico en la que se encuentra este puente-a los-asnos: “en equilibrio, el
ahorro mundial disponible determina el nivel mundial de inversión”. Doble
error: el ahorro no determina nada y Artus compara el stock
de ahorro con el flujo de inversión. Con todo, quizás
sea mejor tener un Piketty, consecuente en su reformismo, que un Artus que, un
día, nos explica que hay que acabar con la austeridad salarial refiriéndose a
Marx (!), y al día siguiente que los salarios son demasiado altos.
5/ Esta
propuesta de permisos negociables individuales ahora cuenta
con el apoyo de algunos ambientalistas. Para una crítica, ver J-M. Harribey, “La canicule
échauffe les esprits economicistes”, Blog Alternatives
économiques, 12 de agosto de 2020.
6/ Se
encuentra esta afirmación en varios lugares, especialmente en el video de
Reporterre, “Il va y avoir
des crises sociales extrêmement violentes”, entrevista con H.Kempf,
7 de diciembre de 2019. Este problema ha sido muy bien explorado por Jean
Gadrey, “Les curieuses
réponse de Piketty à mes critiques sur la croissance et les biens
communs”, Blog Alternatives économiques, 9 de
diciembre de 2019.
7/ Michel
Husson quizás va demasiado rápido en su respuesta: “No se extrae el consumo de
recursos naturales del PIB”, dice (p. 138). La producción de recursos
(extracción de petróleo, minerales, etc.) está incluida en el PIB; pero cuando
se agregan todas las producciones para calcular el PIB, se elimina el consumo
intermedio de estos recursos. Aún así, Piketty confunde todo: consumo bruto,
neto, consumos intermedios y consumo de capital fijo. Quizás su charlatanería
sobre la renta nacional en lugar del PIB marca una connivencia con algunos de
los reconstructores de indicadores cuya seriedad es inversamente proporcional a
la cobertura de los medios.
8/ Entrevista
con C. Chavagneux, Alternatives économiques, n° 393, septiembre de
2019.
vientosur.info/el-libro-de-alain-bihr-y-michel-husson-sobre-los-de-thomas-piketty/
El paquetón de los ciento cuarenta mil millones de euros (140.000.000.000) procedentes de Europa para enjaretar la Nueva normalidad surgida con el coronavirus y que “naide” se quede atrás anunciado por el gobierno a bombo, trompetillas y repique de castañuelas y con televisión de cuerpo presente, porque no estamos hablando de una niñería, sino de un hecho histórico, y ya es cuando me da, cuando me entra un come come por dentro, un qué me sé yo qué, una mala leche (para los de mi pueblo), una mala virgen (para los de Zaragoza) y un x + y (para el resto del personal, porque a mí me gusta quedar bien con todos) y es cuando me pongo a echar cuentas, porque no queda otra, hay que echar cuentas. Y, efectivamente, estamos ante un hecho histórico, porque jamás antes tan pocos robaron tanto a tantos trabajadores en tan poco tiempo y de una tacada y sin vaselina ni nada, únicamente a base de meter miedo con el coronavirus haciendo un montadito con la propaganda, y cuando ya parece que me entra el sosiego, una luz que me ilumina (Supongo que ya habrán caído en la cuenta de que esto a la hora que es no lo puede escribir más que un iluminado, ¿o qué se piensan que escribo a oscuras con las cuatro y pico de la madrugada que son? Pues sepan que tengo mi buen flexo con sus buenos 60 W que me alumbra y me ilumina por la gracia y obra del pago a Eléctricas) y me dice: sigue, joder, que has dicho no se sabe qué de echar cuentas y nos has contado nada. Pues que ha dicho Pedro Sánchez que con esos 140 mil millones de euros se crearán 800 mil puestos de trabajo (De salarios y condiciones de trabajo no ha dicho nada, pues nada le exijamos este sentido), es decir que si fuera verdad, que puede serlo, lo mismo que yo puedo ser santo, resultaría que casi ni llegaría cubrir a los 700 mil nuevos pobres que ha creado el coronavirus, hasta hoy, falta sumar los nuevos pobres de mañana. O sea, que no estamos tratando aquí de lo que a mí me guste o no, sino de estrictas razones de supervivencia de los trabajadores. ¡Ea!, digan ustedes algo ahora, que yo ya he dicho bastante.
2,5 millones de trabajadores con empleo son pobres
diario octubre / 09.10.2020
Final del formulario
En España tener un salario no es suficiente para
sobrevivir: 2,5 millones de trabajadores con empleo son pobres, según un
informe elaborado por la Fundación Foessa para Cáritas (*).
El dato ha sido presentado con motivo de la Jornada
Mundial del Trabajo Decente. En el informe aparecen también otras cifras
preocupantes, como que la precariedad laboral afecta a 7,8 millones de hogares
o que casi la mitad de las personas que trabajan a jornada parcial desearían
hacerlo a jornada completa.
Estas situaciones obligan a que muchas de ellas no
puedan afrontar “gastos imprevistos” o que se vean en la obligación de pedir
ayuda a sus familiares. Tres de cada diez familias en inestabilidad laboral
grave carecen de dinero suficiente para afrontar gastos relacionados con la
vivienda (hipoteca, alquiler, suministros, etc.).
Dos de cada diez familias han recibido avisos de
cortes de suministros de luz eléctrica por no disponer de dinero suficiente
para pagarlos, explica el informe.
En total en España el año pasado había casi 10
millones de pobres, más de una quinta parte de la población. Pero este año el
confinamiento ha creado otros 700.000 pobres más.
La tasa de pobreza severa en España es la segunda más
alta de Europa. Asciende al 7 por ciento, dato que sólo supera Rumanía y que
duplica la media europea.
Hay pobres y habrá muchos más. Un informe del Fondo
Monetario Internacional publicado a finales del mes pasado pronosticó un rápido
incremento de la pobreza en España.
El salario no alcanza especialmente a mujeres y
migrantes. La brecha salarial sigue siendo un grave problema: de media, los
hombres ganan todavía un 21 por ciento más. Entre los trabajadores inmigrantes
(e incluso cuando ellos se encuentran en situación de “regularidad
administrativa”) la diferencia de sueldo se eleva al 24 por ciento.
(*)
https://www.foessa.es/blog/un-nuevo-focus-sobre-trabajo-decente-alerta-de-que-casi-la-mitad-de-los-trabajadores-con-jornada-parcial-no-la-desean/
FUENTE: mpr21.info




