lunes, 30 de marzo de 2020
LA DESINFORMACIÓN TAMBIÉN SE APLICA AL CORONAVIRUS
Los daños sociales de la desinformación
Por Fernando Buen Abad Domínguez | 21/06/2019 | Mentiras y medios
Fuentes: Rebelión/Instituto
de Cultura y Comunicación UNLa
No se tipifican
ni penalizan, con los rigores éticos o jurídicos más obvios, los daños que
produce la desinformación y que son siempre muy severos contra el tejido social
todo, ocurran donde ocurran. No hay atenuantes. A estas alturas de la historia
la agenda temática indispensable para cualquier sociedad no es un misterio ni
un enigma indescifrable. No hay territorio en el planeta que no tenga urgencia
de saber qué pasa (verdaderamente) con la economía, no como la trama de
negociados procaces culpables de la miseria sino como la realidad cruda y dura
del paradero de las riquezas producidas por los trabajadores. Y sobre eso reina
la inanición informativa. No hay territorio que no requiera saber, con
nitidez escrupulosa, qué hacen los «políticos», no por el entramado tóxico del
trafico de influencias, favores u odios entre ellos, sino por la calidad y la
cantidad de los problemas sociales que deben atender bajo mandato democrático.
No hay palmo de planeta que pueda confiar en su estructura social sin conocer
la dinámica completa del avance de sus derechos y sus responsabilidades frente
a la complejidad misma de su dialéctica histórica, en las ciencias, en las
artes, en la conflictividad y principalmente en la evolución de sus luchas,
todas y cada una, en el espectro complejo de las conductas en comunidad. Y eso es
de lo que más se silencia y tergiversa. Desfigurar los hechos es también
desinformar.
Hace mucho
tiempo, en los métodos y los instrumentales científicos de la producción
informativa, dejó de tener valor la excusa de la ignorancia. Lo que se publica
-o lo que se silencia- tiene la marca de los grupos de «inteligencia», públicos
o privados, que operan dentro y fuera de los medios de información. Ahí se
cuecen los datos, su extensión, su profundidad su calidad y su cantidad. Ahí se
definen los temas y se define el «canon» informativo obligatorio que una
sociedad requiere para su desempeño cotidiano. Pero, bajo el capitalismo, que
ha convertido la información también en mercancía, secuestrada para
tribulaciones políticas o mercenarias, el «canon» (el conjunto mínimo
obligatorio de información) no obedece a la producción social de conocimiento
colectivo sino a la lógica de la ignorancia de mercado.
Tal «canon» y
su dialéctica histórica, son hoy una referencia ineludible para medir la
calidad y cantidad de la producción, la distribución y la interlocución con la
información ofertada. Hay perfiles etarios, de género, de oficio, de
orientaciones políticas, estéticas o científicas. Hay datos poblaciones
suficientes, relevamientos geográficos, climatológicos económicos, políticos y
culturales abundantes, como para proveer a las sociedades enteras con
informaciones pertinentes, oportunas, amplias y críticas. Sin excusas, sin
pretextos y sin omisiones. Y, sobre todo, proveer al «canon» con verdad
científica, diversa, rica, consensuada y enriquecida permanentemente. Hay
métodos avanzados para garantizarlo a pesar de que la niebla de mediocridad y
servilismo que cubre a la mayoría de los «medios» no permita que se conozca la
fuerza de la ciencia al servicio de la información social cotidiana.
Desinformar no
sólo es suspender la «transmisión» de «datos», es también sepultar un canon
social informativo obligatorio. Es reducir el acto de informar al capricho
convenenciero de los fabricantes de «noticias». Es redactar corpus cercenados,
al antojo de una ofensiva contra la consciencia de los interlocutores, para
entregarles una visión (o noción) de la realidad deformada, desfigurada,
desinformada. Es un fraude de punta a punta. No es una «omisión» más o menos
interesada o tendenciosa…no es una «falla» del método; no es un accidente de la
lógica narrativa; no es un incidente en la composición de la realidad; no es
una «peccata minuta» del «descuido»; no es una errata del observador; no es
miopía técnica ni es, desde luego, «gaje del oficio». Es lisa y llanamente una
canallada contra el conocimiento, un delito de lesa humanidad. Es como privar a
los pueblos de su Derecho a la Educación.
A estas alturas
de la Historia y, especialmente de la historia de los «medios de comunicación»,
es insustentable e insoportable cualquier escusa para informar oportuna, amplia
y responsablemente. No hay derecho que justifique la acción deliberada de
silenciar lo que ocurre y, en el poco probable caso de que un medio de
información no se entere de los que ocurre, ese medio realmente no merece
respeto alguno. La excusa de «no saber», de «no conocer», de «no tener
información» para, por ello, no asumir la responsabilidad profesional y ética
que le compete a un medio informativo… es francamente sospechosa y ridícula.
¡Renuncien! Ningún pueblo debería soportar la ineficiencia inducida de un
medio, concesionado por tal sociedad, para el ejercicio profesional y
obligatorio de transmitir la información que es propiedad social. Hay
tecnología y metodología suficientes que invalidan toda palabrería esmerada en
excusar las intenciones míseras de los que desinforman. Incluso si lo hacen
mintiendo con emboscadas finamente elaboradas en laboratorios de guerra
psicológica.
«Artículo:
19 Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este
derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de
investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin
limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.» Declaración
Universal de los Derechos Humanos. A la vista de todas las canalladas
inventadas por el capitalismo para violar el legítimo derecho de los pueblos a
la mejor información evaluada ética y científicamente por las sociedades, bien
vendría instruir una revolución jurídico-política hacia una nueva Justicia
Social irreversible que tuviera como ejes prioritarios los que competen a la
Cultura y a la Comunicación como inalienables. O dicho de otro modo, que nunca
más la Cultura, la Comunicación ni la Información puedan ser reducidas,
retaceadas ni regateadas por el interés de la clase dominante contra las
necesidades de las clases oprimidas, impunemente.
Rebelión ha
publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su
libertad para publicarlo en otras fuentes.
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LA CRISIS DE 2008, ADEMÁS DE LA PROPINA DE 60 MIL MILLONES DE EUROS A LA BANCA LA SEGUIMOS PAGANDO LOS TRABAJADORES. LA QUE DICEN QUE VIENE CON EL CORANOVIRUS, QUE NO ES SINO CONTINUACIÓN DE LA DE 2008 TAMBIEN LA PAGAREMOS LOS TRABAJADORES POR OBRA Y GRACIA DEL GOBIERNO. SEGURAMENTE EN EL NUEVO TIEMPO POLÍTICO QUE SE ABRE LE TENGAMOS QUE DISCUTIR A LA CGT CUESTIONES EN EL PLANO TEÓRICO, PERO DE MOMENTO ES, SI NO LA ÚNICA, UNA DE LAS PRIMERAS EN ENCABEZAR LA DEFENSA DE LOS TRABAJADORES, QUE ES TANTO COMO DECIR LA DEFENSA DE LA INMENSA MAYORIA DE LA POBLACIÓN, Y ANTE ESO NO CABE MÁS QUE QUITARSE EL SOMBRERO, SALUDARLA, Y APOYAR SUS INICIATIVAS, CADA UNO COMO PUEDA
Valoración de urgencia ante el anuncio del presidente del Gobierno de paro de las actividades económicas no esenciales
Comunicado del Secretariado Permanente de la CGT-Catalunya
kaosenlared
El «permiso
retribuido revisable» supone que nuevamente seremos los trabajadores y
las trabajadoras quienes asumiremos el coste de la parada de la
actividad ya que, como ha dicho el mismo Pedro Sánchez: «los
trabajadores/as tendremos que recuperar las horas de trabajo no
trabajadas «.
Hace unos
minutos acabamos de asistir al anuncio que Pedro Sánchez ha hecho que
entre los días 30 de marzo y 9 de abril se detienen las actividades
económicas no esenciales y que los trabajadores / as pasarán a una
situación de «permiso retribuido recuperable «. Al respecto, desde CGT
queremos hacer pública una primera valoración de urgencia que
ampliaremos cuando conozcamos la letra exacta de la medida una vez
publicada en el BOE:
1-Ya hace tiempo que nuestro sindicato reclamamos un paro de todas las actividades económicas no esenciales para
el mantenimiento de la vida de las personas y la lucha contra la
pandemia. No obstante, las medidas anunciadas por el presidente del
gobierno no responden en absoluto a esta exigencia.
2-El «permiso
retribuido revisable» supone que nuevamente seremos los trabajadores y
las trabajadoras que asumiremos el coste de la parada de la actividad ya que, como ha dicho el mismo Pedro Sánchez: «los trabajadores / as tendremos que recuperar las horas de trabajo no trabajadas «.
Esta medida conllevará o a perder días de vacaciones o a perder días de
descanso semanal o alargar las jornadas laborales. En definitiva, se
trata de una carta blanca a los empresarios al permitir, cuando salgamos
de la actual situación de emergencia, medidas para aumentar flexibilidad de nuestra jornada laboral que hasta ahora no tenían.
3- La medida impone una nueva reforma laboral
al dejar en entredicho el principio que regía hasta ahora de que las
vacaciones se establecen de forma pactada entre trabajador/a y empresa y
que las bolsas de horas (una medida que como CGT siempre hemos
rechazado) en todo caso se pactan en el marco de la negociación
colectiva. El gobierno se lo acaba de cargar introduciendo una medida,
el «permiso retribuido recuperable» que hasta ahora no estaba recogido
en ninguna normativa legal.
Desde
la Confederación General del Trabajo (CGT) de Cataluña seguiremos
defendiendo que esta crisis no la hemos de pagar a los trabajadores y
que no debe suponer un recorte de derechos ni laborales ni sociales.
Sábado, 28 de marzo de 2020
Secretariado Permanente de la CGT
Secretariado Permanente de la CGT
domingo, 29 de marzo de 2020
LA CRISIS DE 2008 SUPUSO EL PRINCIPIO DEL FIN DEL CAPITALISMO; EL CORANOVIRUS ABRE LA PUERTA DE UNA NUEVO TIEMPO: LA ÉPOCA EN LA QUE EL CAPITALISMO SERÁ SUSTITUIDO POR EL SOCIALISMO
Covid-19, capitalismo y fin de la normalidad
Jaime Pastor
Vientosur
27.03.2020
Tomando
prestado el título de la obra de James K. Galbraith, El fin de la normalidad,
parece ya indiscutible que ésta se acabó definitivamente y que ahora nos
hallamos en un punto de inflexión inédito en nuestra historia contemporánea y,
sobre todo, en la de un capitalismo globalizado que se había impuesto como el
único sistema posible. Porque ahora es este el que ha de ser cuestionado con
más contundentes razones.
Si en el ámbito
científico hay debate sobre los orígenes de la pandemia, sí parece haber
evidencias suficientes de que la difusión se encuentra estrechamente
relacionada con “la olla a presión evolutiva de la agricultura y la
urbanización capitalista” (Contagio social: guerra de clases microbiológica en China) y
con factores como “la alteración global de ecosistemas asociada a la crisis
ecosocial y climática, la deforestación del Sudeste asiático, los cambios
masivos en el uso de la tierra, la fragmentación de los hábitats, la
urbanización, el crecimiento masivo del turismo y de los viajes en avión, la
debilidad y mercantilización de los sistemas de salud pública”, como explica
Joan Benach: "El coronavirus és una amenaça per als barris més
pobres". Un conjunto de factores, en suma, que exigen una impugnación
radical del modelo civilizatorio injusto e insostenible que ha ido conformando
el capitalismo a lo largo de su historia y que ha llegado a su punto más alto
bajo el neoliberalismo.
Un capitalismo
que ni siquiera se ha mostrado compatible con la tarea de garantizar un derecho
universal tan fundamental como el de la salud. Todo lo contrario: lo ha ido
restringiendo mediante el saqueo, la privatización, los recortes y la
sobreexplotación de la sanidad pública y sus trabajadores y trabajadoras para
ir poniéndola en manos privadas, únicamente motivadas por la lógica del máximo
beneficio. Todo esto es lo que ha ido creando las condiciones del colapso del
sistema que se está produciendo ahora en el mal llamado y presuntamente
modélico Primer Mundo, con la consiguiente tragedia humana que estamos
observando con creciente indignación todos estos días.
Así que, si
antes de esta crisis cabían dudas, ya no debería haberlas para convencerse de
que hemos entrado en la era del capitalismo del desastre (Klein), con la
crisis climática como la principal amenaza a la vida en el planeta, pero con el
que interactúan otras, como la sanitaria, junto a las derivadas de la
agravación de desigualdades de todo tipo que convierten a un número creciente
de personas en desechables. Y con un panorama de salida de la crisis aún
peor ante la inminente entrada en una nueva Gran Recesión, probable ya antes de
la irrupción del Covid-19, que llegará con mayor fuerza debido al enorme
aumento de la deuda global que se está generando y con la consiguiente presión
de los grandes poderes económicos transnacionales para que los Estados les rescaten
de nuevo y, a su vez, éstos compitan más entre sí en medio de la inestabilidad
geopolítica general.
En medio de
este repliegue nacional-estatal casi generalizado, podemos encontrarnos pronto
–incluso en una Unión Europa que está mostrando toda su impotencia cuando se
trata de dar una respuesta solidaria, como explican Manuel Garí y Fernando
Luengo Unión Europea, una nueva decepción- ante una
ofensiva austeritaria neoliberal más dura que la anterior. Si bien es posible
que esa nueva vuelta de tuerca vaya acompañada, en el mejor de los casos, de
algunas medidas compasivas temporales dirigidas a neutralizar el
malestar social, como está ocurriendo ahora, pero que no van a compensar la
brutalidad del recurso a los ERTE por parte de la patronal, como se recuerda en
este artículo: España se va al ERTE: el gobierno rescata a las grandes
empresas con beneficios. Un malestar que ya se estaba expresando
antes de la pandemia mediante revueltas populares en muchos lugares del
planeta, estimuladas por las movilizaciones impulsadas desde el ecologismo y el
feminismo, y que esperemos se reactiven frente a esa probable estrategia del
shock, ya sea bajo una u otra variante nacional-estatal en función de las
diferentes relaciones de fuerzas sociales y políticas.
Una (sin)razón
del mundo en quiebra
Con todo, no va
a ser fácil que un neoliberalismo que se había convertido en nueva razón del
mundo (Laval y Dardot) recupere la legitimidad perdida en esta crisis. En
efecto, hemos visto cómo la respuesta a la pandemia se ha mostrado incompatible
con la cultura del individualismo propietario y del emprendimiento y exige
buscar soluciones colectivas en defensa de lo público –a no confundir con lo
estatal–, de los bienes comunes, de la solidaridad y el apoyo mutuo en los
cuidados. Entre esos bienes públicos, la reivindicación de una sanidad pública,
universal, gratuita, de calidad y bajo control social en cualquier parte del
mundo es ahora la más urgente. Una lucha que ya se está manifestando mediante
una cantidad enorme de iniciativas desde abajo que, incluso en condiciones de
confinamiento y haciendo de la necesidad virtud, anuncian un salto adelante en
la construcción y refuerzo de redes de auto-organización comunitaria en muchas
ciudades, barrios y pueblos de todo el Estado.
También, la
obligada paralización de una larga lista de actividades económicas, muchas
veces bajo la presión de la clase trabajadora en torno al eslogan Nuestras
vidas valen más que vuestros beneficios, como ha ocurrido en la industria o
en la construcción, para ir reduciéndola a las esenciales, está permitiendo dar
credibilidad a propuestas de decrecimiento selectivo –incluyendo el
cuestionamiento del modelo de consumo, distinguiendo entre necesidades y falsos
deseos-, procedentes del ecologismo; a la revalorización del trabajo de
cuidados que viene exigiendo desde hace tiempo el feminismo; a la
prefiguración, en resumen, de una economía moral alternativa frente al
fetichismo del crecimiento económico y la economía política del capital.
No va a ser
fácil, por tanto, para los think tank neoliberales repetir la historia
de 2008 buscando culpabilizar demagógicamente a los y las de abajo por haber
“vivido por encima de nuestras posibilidades” y convertir en su versión
ordoliberal al Estado en salvador de las grandes corporaciones. El marco
hegemónico está en disputa y con ello emerge la sensación colectiva de que esta
crisis lo cambia todo o, al menos, debería cambiarlo. Empezando por la
socialización de los sectores estratégicos de la economía, de la producción y
reproducción de la vida y, por tanto, apuntando hacia una respuesta a la crisis
que, frente al keynesianismo perverso que anuncian los Estados en
beneficio del 1%, ponga por delante la necesidad de una redistribución radical
de la riqueza de arriba abajo y Planes de Choque Social similares a los que
están proponiendo más de 200 colectivos sociales en el caso español.
Habrá que poner
todo el esfuerzo en impedir la vuelta a la normalidad anterior a esta
crisis, exigiendo una ruptura radical con el ya viejo sentido común y forzando
el desmantelamiento del conjunto de las políticas que han predominado durante
la larga onda neoliberal. No se trata, por ejemplo, de que se suspendan
temporalmente la Ley de Estabilidad Presupuestaria o el artículo 135 de la
Constitución española, sino de derogarlas, como ya han propuesto algunas
fuerzas de izquierda en el reciente debate en el parlamento español.
Porque ahora sí
parece evidente que el tiempo del reformismo sin reformas que ha
representado el social-liberalismo ha terminado. Discursos como el de Pablo
Casado están mostrando ya el temor de las derechas a que después de esta crisis
se vean cuestionados todos los recortes y privilegios realizados en nombre de
la preservación de la sagrada propiedad privada; y no habrá que dejarse
amedrentar, sino todo lo contrario. Porque vamos a asistir a una mayor
polarización de intereses, valores y razones en conflicto, y no valdrán ya las
medias tintas. Habrá que proponer medidas que, de una vez por todas, conduzcan
a una transición radical hacia una ruptura civilizatoria, reformas que
cuestionen la lógica de este capitalismo cada vez más destructivo en el que
estamos inmersos y no sirvan simplemente para un lavado de cara de este sistema.
Seguridad(es)
humana(s) vs. Neoliberalismo de excepción
Existe, en
cambio, otro campo de lucha más complejo y difícil de afrontar pedagógicamente
a raíz de las medidas adoptadas por los gobiernos en la lucha contra la
pandemia. Es el que tiene que ver con la suspensión de derechos fundamentales,
derivada de la aplicación del estado de alarma o de alerta según los países.
Porque, si bien está justificada la adopción de medidas de confinamiento y
otras dirigidas al objetivo de frenar el contagio (aunque algunas de ellas sean
consecuencia de la ausencia de una política preventiva que debía haber tenido
en cuenta las alertas procedentes de al menos una parte de la comunidad
científica), no lo son el recurso a un discurso belicista, con el protagonismo
de altos mandos militares en ruedas de prensa y su apelación a la ciudadanía a
convertirse en soldados, ni el protagonismo del ejército en tareas
asistenciales que podrían haber sido asumidas por servicios de protección civil
si se les hubiera preparado para ello con antelación, como argumenta Pere
Ortega en El coronavirus y las fuerzas armadas.
Detrás de esa
opción autoritaria está la falsa concepción de la lucha contra la pandemia como
una guerra y, con ella, la intención de ir restringiendo sin proporcionalidad
alguna nuestras libertades y derechos en nombre de una “unidad patriótica” (con
el corrupto Felipe VI al frente) que pretende ignorar que la pandemia sí
entiende de clases sociales, de géneros, de color de piel, de edades, de
diversidad funcional, de territorios y de otras desigualdades. Un discurso que
está sirviendo de coartada para exigir un cierre de filas total y, en
particular, la exhibición y el abuso de la fuerza por miembros de las fuerzas
policiales y militares en las calles e incluso, lo que es peor, el fomento de
un populismo punitivo contra personas y grupos sociales vulnerables, como ya se
ha denunciado desde colectivos jurídicos.
No enfrentamos,
por tanto, a la amenaza real de un nuevo salto adelante en el proceso de
desdemocratización que ya sufríamos antes de este estado de alarma y por eso es
muy necesario fomentar desde ahora lo que Jordi Muñoz ha definido, en Tres preguntas para después de la pandemia, como una “cultura
democrática de excepción” que permita contrarrestar una cultura de súbditos
obedientes a un Estado autoritario y recentralizador que aspira a salir más
reforzado después de esta crisis.
En resumen, en
este estado de alarma debemos vigilar a quienes nos vigilan si queremos
evitar que la excepción se convierta en norma y también aquí se extienda la
tendencia al Panóptico digital en marcha. Un peligro nada irreal sino cada vez
más cercano, como estamos viendo bajo sus formas extremas en países como China,
la gran potencia que, por cierto, puede salir ganadora a corto plazo de esta
crisis dentro del juego geopolítico global. Emerge un nuevo paradigma de control
social de la disidencia, como denuncia el colectivo Chung, ya que “a medida que
la crisis secular del capitalismo adquiera un carácter aparentemente no
económico, nuevas epidemias, hambrunas, inundaciones y otros desastres naturales
se utilizarán para justificar la ampliación del control estatal, y a respuesta
a esas crisis funcionarán cada vez más como una oportunidad para ejercer nuevas
herramientas no probadas para la contrainsurgencia”.
Todo esto en
nombre de un concepto estrecho de seguridad, asimilado a la preservación del
orden público en un mundo orwelliano y en la nueva economía de guerra
capitalista que se nos quiere vender. Frente al mismo habrá que propugnar un
concepto complejo y multidimensional de seguridades humanas (que habría
que hacer extensivas a otros seres sintientes y sufrientes), como ya
reivindicaba, entre otras voces premonitorias, Elmar Altvater, defensor, por
cierto, de un horizonte cada vez más necesario de comunismo solar.
27/03/2020
Jaime Pastor, politólogo, editor de viento sur
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PENSAR LA PANDEMIA Y LA CUARENTENA
Pensar la pandemia y la cuarentena
Por Federico Mare
REBELION|
Fuentes: La 5ª Pata
29/03/2020
Este texto no es una nota periodística de información general. Mucho
menos un artículo de análisis epidemiológico, de divulgación médica o de
prevención contra el coronavirus. Se trata, más bien, de un ensayo
misceláneo en torno a la pandemia y la cuarentena de estos días, escrito
desde una mirada sociológica y político-filosófica. Algo así como un
mosaico de reflexiones críticas sobre el COVID-19, la emergencia
sanitaria y los efectos –solo algunos, no todos– que ambos han tenido en
la sociedad y la cultura, especialmente –pero no solo– en Argentina,
país donde vivo.
He reunido, ampliado y corregido en este ensayo una serie de posteos
que fui publicando en Facebook durante estos últimos días. Son, pues,
prosas de urgencia, textos redactados en caliente, en medio de
una vorágine de noticias periodísticas, medidas gubernamentales y
reacciones sociales que iba poniendo patas para arriba mi cotidianeidad.
Nunca imaginé que esos garabateos casi impulsivos de parresía iban
a decantar en un ensayo. Comencé a imaginar ese desenlace cuando, con
sorpresa y algo de perplejidad, descubrí que muchas personas los leían,
comentaban o compartían. Contra todo pronóstico, uno de ellos se
viralizó, llegando hasta México, España, Perú, Chile y otros países. Si
ha sucedido esto, colegí, es porque se ha puesto en palabras un sentipensar común, necesario. Fue recién entonces cuando decidí preparar y publicar este ensayo.
Aunque hice retoques, desarrollos o adiciones aquí y allá, preferí no
reescribirlo desde cero. Algo me dijo que era mejor, que podía ser
mejor, respetar la inmediatez y frescura que posee la redacción en esa virtualidad dinámica que
son las redes sociales; virtualidad signada por el diálogo multilateral
y la polémica candente. Mi gratitud para con quienes, desde la
alteridad respetuosa del consenso o el disenso, brindaron el marco de coralidad dentro
de la cual se engendró, nutrió y desarrolló este escrito. Un
agradecimiento especial a mi amigo y camarada Ariel Petruccelli,
historiador y teórico marxista de la UNComahue (Neuquén, Argentina),
quien me ayudó a problematizar y matizar algunas de mis ideas.
Pandemia y teorías conspirativas
Muchas son las teorías conspirativas sobre el origen del coronavirus:
Dios ha castigado a la humanidad por sus pecados, China ha usado un
arma bacteriológica contra Occidente para conquistar la hegemonía
global, los Estados Unidos sembraron un nuevo virus en China para frenar
el ascenso económico del gigante asiático, el COVID-19 es una bioarma
diseñada por un laboratorio del gobierno chino que se propagó
accidentalmente, la «sinarquía» del NWO pretende acabar con la
superpoblación mundial, el neoliberalismo busca deshacerse de la gente
anciana para lograr un ajuste a gran escala en el sistema previsional,
etc. etc. Entre tanto alarmismo y paranoia, conviene recordar una verdad
de Perogrullo que invita a la prudencia y la mesura: todas estas
hipótesis no pueden ser válidas, porque en muchos aspectos son
incompatibles. Hay algo aún más inquietante que la proliferación
irresponsable de elucubraciones complotistas sobre la pandemia: que
muchas personas den por ciertas, al mismo tiempo, varias teorías o
versiones que se excluyen lógicamente entre sí.
Todo lo dicho no excluye esta otra verdad: la humanidad es
tecnológicamente capaz, desde hace rato, de producir armas biológicas o
bacteriológicas del alta complejidad y letalidad; y cuando todavía no lo
era, tuvo en muchas ocasiones la astucia de inventar bioarmas más
sencillas como arrojar, con catapultas, serpientes venenosas o carroña
contaminada a ciudades o fortalezas asediadas (tal como testimonia,
entre otros, el general romano Sexto Julio Frontino –experto en tácticas
militares y autor de las célebres Strategemata– a fines del
siglo I). No solo eso: desde tiempos muy antiguos, hemos sido moralmente
capaces de asesinar en masa, mediante variados métodos (guerras,
genocidios, etc.), a nuestrxs semejantes, por codicia, ambición, odio,
fanatismo, crueldad, venganza y otros motivos. Las atrocidades
perpetradas por el imperio asirio, por Roma, por Gengis Kan, por los
cruzados, por la Inquisición, por Cortés y Pizarro, por todas las
potencias coloniales europeas, por Shaka Zulú, por Hitler y Mussolini,
por Stalin, por el Japón de Hirohito, por las dictaduras
latinoamericanas, por el déspota ugandés Idi Amin, por la Sudáfrica del Apartheid,
por los jemeres rojos, por los Estados Unidos, por el fundamentalismo
islámico, por la derecha sionista de Israel, eximen de todo comentario.
Después de horrores inefables como la conquista de América, la Shoá o
el bombardeo atómico sobre Hiroshima y Nagasaki, nadie puede estar
seguro o segura que la humanidad, a pesar de su modernidad, no vaya a
hacer algo igual o peor. Nuestra especie parece no tener ya un non plus ultra tecnológico y moral.
Ahora bien: que la humanidad tenga la aptitud de cometer matanzas o
masacres, no significa que toda mortandad sea intencional, premeditada,
planificada. Quizás sí, quizás no. Es algo que no se puede saber a priori. Es algo que debe ser averiguado a posteriori en
cada caso particular, a través de la recolección y análisis de
evidencias. Podemos tener cierto escepticismo o recelo pesimistas
respecto al origen de la pandemia. Cabe dudar de si se trata de un
flagelo accidental o ex professo. Lo que no debemos hacer es
dar por cierto lo segundo si no tenemos pruebas, y eso es lo que está
ocurriendo ahora con las teorías conspirativas sobre la génesis del
COVID-19.
También hay que decir esto: que la pandemia no haya sido
criminalmente inducida, que no sea consecuencia de un plan maquiavélico
de gobiernos o corporaciones, no significa que sea ajena a causalidades o
factores sociales. En Italia, por ejemplo, las políticas neoliberales
de ajuste en salud han contribuido al desmadre catastrófico de la tasa
de contagio. Además, aun cuando la pandemia tuviera –como parece por
ahora– un origen meramente accidental, eso no excluye la posibilidad de
que distintos sectores del establishment se aprovechen de la
crisis sanitaria desatada: gobernantes haciendo demagogia o suspendiendo
las libertades públicas –con toques de queda, por ej.– más de lo
estrictamente necesario, derechas racistas fogoneando la xenofobia (la
sinofobia especialmente), empresas y comerciantes lucrando con la
desesperación de la gente, etc. Las explicaciones de tipo funcional son
totalmente legítimas, siempre y cuando posean algún sustento racional y
empírico, y siempre y cuando se tenga bien claro la diferencia entre
explicar la génesis u origen de un fenómeno, y explicar su pervivencia,
desarrollo, mutación o intensificación.
Si hay alguien que debe estar feliz con la pandemia del coronavirus, o
aliviado en todo caso, es Sebastián Piñera, el impopular presidente de
Chile atornillado al sillón de O’Higgins. Lo que la represión no ha
logrado en tantos meses, quizás lo logre en un par de días o semanas la
cuarentena: distraer y desmovilizar a la sociedad chilena, que lo tenía
contra las cuerdas. Al menos un poco y transitoriamente, pensará el
mandatario, tan proclive, desde el inicio de la revuelta popular en
octubre, a declarar el estado de excepción (mientras escribo estas
líneas, Piñera ha decretado el toque de queda nocturno en todo Chile
para –aduce– garantizar la cuarentena total). El tiempo dirá… Por lo
pronto, en las últimas protestas ya se ha notado una merma considerable
de manifestantes. El miedo al COVID-19, que forzosamente irá creciendo a
medida que suban las tasas de contagio y letalidad (hoy todavía bajas),
amenaza con paralizar la revuelta popular del país trasandino.
Pandemia, infodemia y sesgos ideológicos
Cuando leemos o escuchamos que la letalidad o mortalidad del
coronavirus, en los países más afectados (Italia, China, Irán, España),
oscila entre el 4 y 8%, tengamos en cuenta que esa estimación no es en
base a la población total, sino, solamente, en base a los casos confirmados de
infección. En Italia, donde hubo más decesos, la proporción respecto a
la población total no llega al 0,005% (49,3 en un millón). En China,
donde se inició la pandemia, es de 0,00022% (2,2 en un millón).
Dimensionemos también cuál es la proporción de casos confirmados
respecto a la población total: en Italia no llega al 0,07% (679 cada
millón de habitantes). En España e Irán, no alcanza el 0,04%…
A nivel mundial, la letalidad del COVID-19 ronda el 3%. Pero de
nuevo: recordemos que ese 3% es en relación a los casos confirmados de
contagio, no en relación al total poblacional. Existen en todo el orbe, a
la fecha, unas 304 mil personas infectadas de coronavirus, oficialmente.
¿Muertes? Cerca de 13 mil. Considerando que la población mundial
treparía ya a 7.700 millones, eso significa que la pandemia ha afectado a
algo menos del 0,004% de los hombres y mujeres del planeta, y que ha
matado a algo menos del 0,0002%.
Me parece importante aclarar esto porque circula por WhatsApp, redes
sociales, páginas de Internet, medios de prensa y foros virtuales una
inmensa cantidad de mensajes alarmistas donde no se brinda ninguna
precisión sobre cuál es la base demográfica de los cálculos. Insisto: no
es lo mismo 3 decesos cada 100 habitantes, que 3 decesos cada 100
personas infectadas. Se advierte mucha confusión en materia infodemiológica.
Esa confusión se debe, en gran medida, a la irresponsabilidad de
quienes comunican. Por ej., médicos que graban y difunden audios por
WhatsApp en los que dan por sentado que la gente ya sabe que los
porcentajes de letalidad son en relación a los casos de contagio, y no
al total de población. Tengamos más cuidado en lo que informamos. Hace
rato que la OMS viene alertando sobre los perjuicios que genera la infodemia, esto es, la propagación de información sanitaria totalmente falsa, parcialmente errónea o insuficientemente clara.
No obstante, debe admitirse también que las estadísticas mundiales de
casos confirmados no reflejan la gravedad de la pandemia en su exacta
dimensión debido a que, al parecer, cerca del 80% de las personas
contagiadas no son afectadas en su salud por el virus, pero sí pueden
propagarlo en tanto portadoras. Esta aclaración, de cualquier modo, no
contradice la cautela de los párrafos anteriores. Solo la matiza. En el
mundo siguen muriendo muchísimas más personas por causas ajenas al
COVID-19, que a causa del COVID-19: infarto, cáncer, diabetes,
tuberculosis, cólera, accidentes de tránsito, asesinatos, suicidios,
etc. No hay comparación posible en este sentido. Se impone, pues, la
necesidad de poner coto al tremendismo.
No se propone aquí subestimar el coronavirus. En absoluto. Lo que
aquí se sugiere es evitar exagerar su gravedad, a caballo de la
paranoia, el pánico, la desinformación, el morbo y el sensacionalismo.
Si la irracionalidad es lo que prevalece, la parálisis o el error le
ganan la partida al cuidado preventivo responsable y solidario, único
modo posible de revertir la pandemia hasta tanto se desarrolle la
vacuna. En una entrevista que le hicieran en un programa de TV tucumano,
el doctor Alfredo Miroli, inmunólogo, habló de tener “prudente temor”,
evitando el “patológico terror”. En síntesis, ni subestimación ni
exageración del COVID-19: justa calibración es lo que hace falta.
Cabe preguntarse: ¿habría tanto terror mortis frente al
coronavirus si este fuese una típica enfermedad de la pobreza y la
periferia, como el cólera o el paludismo, que causan estragos mucho
mayores? La malaria, por ej., se cobra un millón de muertes al año; la
diarrea, casi dos millones; la tuberculosis, al menos un millón y medio…
El COVID-19 aún no ha llegado a las 14 mil defunciones… Pero claro:
Italia no es Mozambique o Haití, ni España es Camboya o Nicaragua; y las
clases altas y medias que pueden cultivar el turismo internacional o
los viajes de negocios, llevando o trayendo el coronavirus, nada tienen
que ver con el «pobrerío oscuro» que habita en zonas rurales y
urbano-marginales del planeta.
Es sintomático, en este aspecto, lo poco y nada que se está hablando
del impacto de la pandemia en Irán, una de las naciones más grandes y
pobladas del Medio Oriente: alrededor de 20 mil o 21 mil casos
confirmados y más de 1.500 muertes. La cobertura periodística y el
interés del público ha sido muy dispar. Francia, Alemania y Estados
Unidos importan: son países centrales, occidentales y ricos, miembros de
la OTAN. Irán no importa: es un país «tercermundista» y pobre,
islámico, acusado de terrorismo. No se mide con la misma vara, no. Hay
vidas que valen más que otras, conforme a criterios de clase y
étnico-geopolíticos (no siempre explicitados pero siempre operantes). La
pandemia no está libre de sesgos ideológicos.
Cuarentena y teletrabajo
La cuarentena no son vacaciones, nos recuerdan nuestras
autoridades gubernamentales y patronales con insistencia, y a veces con
cierto tono admonitorio o socarrón. Muy cierto. Si resulta riesgoso
salir del hogar para ir a trabajar o estudiar, también resulta riesgoso
salir de esparcimiento, al menos si el esparcimiento conlleva contacto
con muchas personas: shoppings, discotecas, estadios, cines, plazas,
fiestas, etc. Los países que no entendieron eso, lo están pagando caro.
Pero tampoco la cuarentena debiera ser pretexto para el trabajo a
domicilio carente de toda utilidad, meramente burocrático, sin más razón
de ser que el afán directivo –privado o estatal– de evitar a toda
costa, por inercia o mezquindad, o por malicia o rencor, que lxs
trabajadores se den el gusto de «holgazanear» o «no hacer nada» en sus
casas. Qué pasión triste –parafraseando a Spinoza– es esta de combatir el ocio con tareas a distancia absurdamente innecesarias.
Traigo un ejemplo a colación: la educación virtual en Mendoza,
Argentina, que de un día para el otro la DGE pretende que se improvise
en las escuelas como «panacea» a los problemas pedagógicos que plantea
la cuarentena, la suspensión de las clases. Es una reflexión crítica que
compartí en el grupo institucional de WhatsApp de uno de los CENS donde
trabajo como profesor:
La mayoría de nuestrxs estudiantes son muy humildes. No tienen computadora ni Internet en sus casas. Celulares sí, pero, por lo general, se trata de modelos viejos y pequeños, poco adecuados para la redacción extensa y la realización de trabajos prácticos u otras actividades didácticas. Sus posibilidades de navegar en Internet o de acceder a sus correos electrónicos también suelen ser muy limitadas. Por lo que noté, se manejan con tarjetas prepagas, y los paquetes de datos les duran poco y nada. La educación a distancia, el aula virtual, etc., pueden funcionar muy bien en otros contextos, como los colegios privados o de la UNCuyo, donde asisten adolescentes de clase media y alta que cuentan con otros recursos tecnológicos: computadoras y wifi en sus hogares, celulares de última generación, abonos con muchos gigas… La DGE no tiene nada claro cuál es la realidad socioeconómica en las escuelas urbano-marginales de Mendoza. Es una tecnocracia encerrada en un termo. Hay diferencias de contexto muy pero muy grandes entre un CENS como el nuestro, ubicado en una barriada periférica, y un colegio universitario del centro. No tengo problemas en preparar actividades para que mis estudiantes realicen en sus casas. Lo voy a hacer. Pero es muy poco probable que esos materiales les lleguen, y que luego puedan enviármelos para su revisión o corrección.
Otro asunto importante: se supone que estamos en la etapa de diagnóstico… Eso significa que no deberíamos enseñar nuevos contenidos, sino indagar y repasar los saberes previos de nuestrxs estudiantes. La DGE insiste en que enseñemos a distancia, no obstante la cuarentena, pero, al mismo tiempo, parece haber olvidado por completo la instancia pedagógica del diagnóstico.
En fin, me parece muy improvisado, caótico, confuso y absurdo el proceder de la DGE. Quienes trabajamos cotidianamente en las escuelas (ya sea en tareas de docencia y asesoría pedagógica como en tareas directivas, administrativas y técnicas) pagamos el pato de toda esa inoperancia. Pareciera que la DGE no tiene más preocupación que la de recordarnos que una cuarentena no son vacaciones… Vuelve a aflorar en esto, una vez más, el viejo prejuicio conservador según el cual lxs trabajadores de la educación somos «haraganes» e «hijxs del rigor». El trabajo a domicilio y la educación a distancia requieren ciertas condiciones, ciertos recursos… La DGE no se ocupó de nada de eso. No hubo planificación, ni inversión, ni preparación. No hubo nada. Solo desidia. Y ahora, de golpe, pretende que las escuelas hagan magia.
Hay también, por otro lado, mucho de sobreactuación en esto
de contar lo maravillosamente bien que nos va en adaptarnos a la
cuarentena, en describir el ingenio y la inventiva que tenemos para
sortear los contratiempos que generan las medidas de suspensión y
aislamiento en el trabajo, la educación, el transporte, la salud, el
aprovisionamiento, el cuidado de menores y mayores, etc. Creo que nos
está faltando honestidad intelectual –y acaso un poco de humildad– para
entender y asumir que la emergencia indefectiblemente conllevará
postergaciones de toda índole en nuestras vidas. Lo que quiero decir con
esto es que muchos quehaceres no podrán ser hechos a distancia,
virtualmente, y que habrá que diferirlos o posponerlos para cuando la
crisis sanitaria haya pasado. No se puede hacer magia, aunque
gobernantes, tecnócratas, patrones y jefes nos presionen todo el tiempo
con el memento sarcástico «recuerden que la cuarentena no son
vacaciones». Comprendamos y aceptemos, con realismo y sin desesperación,
que muchas cosas habrán de quedar en el freezer por un tiempo, aunque eso no le guste a quienes mandan. Opino que nos está faltando un baño de estoicismo.
No en todos los casos, pero sí en muchos, el teletrabajo que hoy se
improvisa bajo cuarentena es solo burocracia improductiva: papeleo
virtual que no reporta ningún beneficio real, y que solo responde a la
lógica patronal-punitiva «no estamos de vacaciones». El trabajo
asalariado, de por sí alienante por las razones que explicara Marx, se
vuelve aún más alienante cuando, disociado de las condiciones materiales
que lo harían viable y útil, pierde toda conexión con las necesidades
sociales. Cuando el homeworking queda reducido a un simulacro
desesperado y fantasmagórico de continuidad laboral, sin más sentido que
el de reprimir o frustrar la «vagancia» de los «recursos humanos», el
capitalismo muestra una de sus facetas más mezquinas, absurdas y
enajenantes.
No dejemos que el poder, so pretexto de una emergencia sanitaria cuya
gravedad nadie cuestiona, demonice y aplaste el ocio con una avalancha
de requerimientos y tareas a distancia impracticables e inservibles.
Defendamos la skholè (rescato la palabra griega para darle más fuerza al concepto) del vigilantismo filisteo de las gerencias y tecnocracias. Sin skholè –en
la Grecia antigua lo sabían muy bien– no hay ciencia, ni arte, ni
filosofía. Sin ociosidad no existe la posibilidad de leer, de formarnos,
de cultivar el autodidactismo, de reflexionar, de crecer
intelectualmente… El ocio constituye una pasión alegre, en estricto sentido spinoziano: es decir, una pasión que nos perfecciona.
La skholè, en palabras de un notable sociólogo francés, es
“tiempo libre y liberado de las urgencias del mundo, que posibilita una
relación libre y liberada con esas urgencias y ese mundo”. El ocio
sirve, entre otras cosas, para releer y actualizar libros esenciales,
como las Meditaciones pascalianas (1997) de Pierre Bourdieu,
obra de la que extraje la cita anterior. Releer y actualizar libros
esenciales es, me parece, un modo muy productivo de utilizar el tiempo
libre de la cuarentena. O en todo caso, un modo menos inútil que
«trabajar a distancia» para alimentar la maquinaria burocrática.
¿La cuarentena un privilegio de clase?
Se ha viralizado en las redes sociales, con bombos y platillos, un
meme que dice “poder quedarse en casa también es un privilegio de
clase”. Nos recuerda o explica que cumplir la cuarentena “mirando
Netflix o leyendo libros es la realidad privilegiada de unos pocos”. No
solo eso: “romantizar el aislamiento puede ser un insulto para una gran
parte de la sociedad, que si no trabajan, no comen”. Y concluye: “poder
adherir al «yo me quedo en casa» también es privilegio de unos pocos”.
Hace años que vengo leyendo dispositivos retóricos de este tipo,
construidos sobre la premisa de que tal o cual cosa «también es un
privilegio de clase»: vacaciones pagas, viajes turísticos, empleo
formal, estudios universitarios, obras sociales, salario acorde a la
canasta básica, alimentos saludables, vivienda propia y confortable,
actividad intelectual, goce estético, práctica de ciertos deportes… En
fin, todo aquello que podríamos englobar como satisfacción de necesidades secundarias, e incluso, a veces, necesidades básicas.
Sé que es políticamente incorrecto decirlo, pero necesito decirlo:
estoy harto de esta clase de memes. Hay algo de verdad necesaria en
ellos, no lo niego: la empatía y solidaridad con quienes menos tienen.
Pero también mucho de falacia contraproducente. Está fuera de toda
discusión seria que la población asalariada y con trabajo formal –aun el
precarizado– está mejor que aquella otra condenada por el sistema
capitalista al desempleo, la informalidad, el cartoneo, la
venta ambulatoria o la mendicidad. Existen, entre una y otra,
significativas diferencias en nivel de ingresos, en hábitat, en salud y
nutrición, en educación y esparcimiento, en capacidad de consumo y
ahorro, etc. Pero, en la mayoría de los casos, no corresponde calificar
esa brecha como privilegio, ni en términos sociológicos ni en
términos ético-políticos (privilegio en su denotación o connotación
negativa, que es la más corriente).
¿Es justo, por ej., considerar a una enfermera, un operario de
fábrica, una profesora suplente del secundario o un barrendero municipal
como una persona «privilegiada» solo porque tiene un empleo formal que
lo sitúa técnicamente, en las estadísticas oficiales, por arriba de la
línea de la pobreza? Por supuesto que hay personas que están peor que
las que acabo de mencionar: gente en situación de calle, relegada a la
pobreza o la indigencia, que padece hambre y otras injusticias. Pero, me
pregunto, ¿el hecho de no estar tan mal es siempre sinónimo de privilegio? Honestamente, me parece un disparate, un despropósito.
Se ha tergiversado y banalizado en exceso la palabra «privilegio»,
con mucho descuido de la semántica y la sociología. Un privilegio de
clase no se reduce a un mero estar mejor que otrxs. Privilegio de clase es un estar mejor que otrxs, a expensas de otrxs,
o de alguna otra forma éticamente cuestionable. Es decir, el término
«privilegio» solo corresponde cuando hay explotación u otra injusticia.
Tildar de privilegiadas a millones y millones de personas que trabajan
duro por un salario (muchas veces bajo condiciones precarizadas y sin
llegar siquiera al piso de la canasta básica), solo porque existen
personas que están peor, me parece una moda intelectual nefasta, cuyo
efecto práctico es el de legitimar o justificar la nivelación para abajo,
el aplanamiento de derechos. Es dar a entender que las primeras son las
culpables de la postergación de las segundas, un desquicio que alimenta
la guerra de pobres contra muy pobres mientras que las clases dominantes que nadan en la opulencia, y que sí son privilegiadas, se destornillan de risa.
Es hora de terminar con la cantinela culpógena de que el trabajo
asalariado, con su modesta satisfacción de necesidades vitales,
constituye un «privilegio de clase». En el capitalismo, la única clase
verdaderamente privilegiada es aquella que extrae plusvalor de
las masas productoras, aquella que acumula riquezas a través del
parasitismo, a través de la explotación. Es la burguesía la responsable
de la pobreza extrema de quienes quedaron al margen del mercado laboral
formal.
No digamos que cualquier trabajador o trabajadora en cuarentena –una
maestra rural con hijxs menores, un recolector de residuos sexagenario,
una cajera de supermercado con dolencias pulmonares, un celador que debe
cuidar a su madre anciana, etc.– está disfrutando «románticamente» de
un «privilegio de clase», porque hay quienes –un cartonero, una
vendedora ambulante, un campesino– no pueden darse el lujo de dejar de
trabajar y ver una serie de Netflix o leer un libro. No naturalicemos el
reaccionario sofisma según el cual el trabajo asalariado, y la
satisfacción de necesidades básicas o secundarias, es una prerrogativa
elitista, mal habida y vergonzante. El adversario no es el segmento
menos pauperizado de la clase trabajadora. El adversario es la clase
capitalista que explota o excluye a las mayorías populares. No
romanticemos el sentimiento de culpa. La lucha es contra el capitalismo,
no contra el buen vivir.
Llegará el día en que se teorice –para deleite de los oídos
patronales y neoliberales– lo que ya están dando a entender desde hace
rato con ejemplos prácticos cada vez más desatinados: que tener derechos
laborales «también es un privilegio de clase», porque hay gente que no
los tiene: descanso dominical, vacaciones pagas, indemnización por
despido, aguinaldo, licencia por razones particulares, etc. Será distópico.
Los derechos que no están universalmente garantizados no son
privilegios. Son eso: derechos que no están universalmente garantizados.
El desafío político que tenemos por delante no es crear culpa en la
conciencia de quienes ya los gozan legítimamente, sino luchar hasta
lograr su universalización (universalización no solo jurídico-formal, sino también, y sobre todo, real, efectiva, práctica).
Recurramos a un ejemplo ficticio inspirado en la realidad: María.
María es una joven humilde de ascendencia boliviana, madre soltera, que
vive en una barriada del oeste de Godoy Cruz, Gran Mendoza. Trabajando
de empleada doméstica, hizo un contacto a través del cual consiguió un
empleo formal en un shopping, para limpiar los baños y el patio de
comidas. Tiene un trabajo más o menos estable, pero muy duro y
precarizado. Gana un salario que no llega a la canasta básica. Víctima
de un abuso sexual que teme denunciar, queda embarazada y elige no ser
madre de nuevo. Con mucho esfuerzo, sacando un préstamo personal, logra
pagar un aborto seguro en una clínica privada.
Pregunta: ¿vamos a considerar a María una «privilegiada de clase»
solo porque no es una indigente en situación de calle que murió en un
aborto clandestino mal realizado? Me parece muy errado y peligroso ese
razonamiento… El privilegio de clase no se reduce, insisto, a un estar mejor que otras personas (o no tan mal como ellas). Es un estar mejor que otras personas a costa de esas personas, explotándolas, como hace la clase capitalista; o bien, cualquier otro estar mejor que
esté viciado de injusticia e ilegitimidad. María no explota a nadie.
Trabaja y sufre la explotación. Aunque no todo el mundo los tenga, sus
derechos laborales no son privilegios de clase.
Desde los tiempos de la Ilustración y la Revolución Francesa, la
palabra «privilegio» suele entrañar una carga semántica profundamente
negativa, peyorativa, ya sea por denotación o connotación. No siempre,
por supuesto. También hay un sentido más coloquial y neutro del término,
como cuando alguien dice: tuve el privilegio de asistir al último show de los Beatles, en la terraza del Apple Corps.
Pero cuando se habla de «privilegio de clase», con todas sus
implicancias o resonancias sociológicas, no parece tratarse de una
noción tan ingenua e inocua… Usarla con ligereza, confusa o
ambiguamente, es algo que debiéramos evitar hacer, sobre todo en
contextos de discusión pública donde hay cuestiones delicadas en juego,
como una emergencia sanitaria por pandemia, el problema de la
distribución de la riqueza o la avanzada del neoliberalismo contra los
derechos sociales conquistados.
Pandemia y cuarentena, distopía y utopía (a modo de conclusión)
En circunstancias como esta, de pandemia y cuarentena, donde la vida
cotidiana sufre de golpe toda clase de desórdenes y problemas
insospechados, uno comprende, en medio de tanta fragilidad e
incertidumbre, de tanto absurdo y estrés, que las distopías del cine y
la literatura no necesariamente son los futuribles de un pesimismo
abstracto y delirante. Pueden ser también los futuribles de un realismo
bien situado aquí y ahora. Un realismo lúcido, crítico, comprometido, capaz de usar el artilugio retórico de la hipérbole para visibilizar –alertarnos de– todos los males y las amenazas de este mundo que habitamos.
Fenómenos de crisis como esta pandemia serán cada vez más frecuentes,
porque el derrumbe del capitalismo está a la vuelta de la esquina de la
historia. La concentración de la riqueza, el calentamiento global, la
superpoblación, el consumismo, la contaminación, el extractivismo, la
recomposición del mapa geopolítico mundial con el descenso de Estados
Unidos y el ascenso de China, etc., conforman un cóctel explosivo. Se
avecina un colapso civilizatorio.
Ojalá sepamos aprovechar ese colapso para hacer la revolución
socialista. Una revolución socialista con nuevas premisas, de vocación
antiautoritaria y antiburocrática, que no nos conduzca otra vez a los
errores y horrores del estalinismo. Ojalá, sí. Porque también existe el
riesgo de que el capitalismo, al colapsar, sea sucedido por un orden
económico-social aún peor… Todo indica que será la crisis ambiental la
que, finalmente, precipite el hundimiento de la economía y la sociedad
burguesas. Parece poco probable, al menos por ahora, el estallido de una
revolución anticapitalista de alcance masivo y planetario. Me inclino
por la opción inversa: el derrumbe del capitalismo podría hacer posible
un gran estallido revolucionario. Pero claro: posible no es sinónimo de
inevitable. Todo dependerá de la acumulación de fuerzas que se logre al
interior de la izquierda antisistémica.
Que la pandemia y todos los males del mundo nos convenzan, cuanto
antes, de la inviabilidad civilizatoria del capitalismo, pues vamos
camino al precipicio. Es tiempo ya de cerrar la caja de Pandora. Es hora
de soñar de nuevo con la Utopía.
*++
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