jueves, 3 de julio de 2025

Tres velocidades para las religiones en el Estado Español: así se privilegia la financiación pública de la iglesia católica

 


Tres velocidades para las religiones en el Estado Español: así se privilegia la financiación pública de la iglesia católica



Redacción Kaosenlared

3 de julio de 2025 / Por 


Mientras la Constitución Española proclama la aconfesionalidad del Estado, la realidad fiscal muestra una clara jerarquía religiosa. La financiación pública de las confesiones en el Estado Español se articula en tres niveles distintos, generando una situación de desigualdad que expertos califican de “injustificada” y “anticonstitucional”. La Iglesia católica goza de una vía de financiación exclusiva a través del IRPF, mientras otras confesiones reconocidas y miles de comunidades minoritarias quedan fuera del sistema.

 Una Iglesia con acceso directo al IRPF

Desde 2007, la Iglesia católica es la única confesión en España que accede directamente a un porcentaje del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas (IRPF). Al marcar la “X” en la casilla correspondiente de la declaración de la renta, los contribuyentes pueden destinar un 0,7% de sus impuestos al sostenimiento de la Iglesia.

Según datos de la Conferencia Episcopal Española (CEE), más de 7 millones de personas (sólo un 10,4% de los contribuyentes) marcaron esta casilla en 2023, lo que supuso cerca de 300 millones de euros de financiación directa. Según la Fundación Ferrer i Guàrdia y otras fuentes la asignación mediante la “X del IRPF” generó unos 297,7M en 2024. Si a ello se le suman exenciones fiscales, escuela concertada, patrimonio y capellanía, la Iglesia recibe más de 3.400M/año.

Sin embargo, esta vía de financiación no está disponible para otras confesiones religiosas, ni siquiera aquellas con las que el Estado ha firmado acuerdos de cooperación.

«Este trato preferente vulnera el principio de neutralidad religiosa que establece la Constitución”, advierte Alejandro Torres Gutiérrez, catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado. “No se puede justificar una financiación exclusiva para una confesión mientras se margina al resto”.

Confesiones con Acuerdo, pero sin IRPF

En 1992, el Estado español firmó acuerdos de cooperación con tres confesiones religiosas: la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España (FEREDE), la Federación de Comunidades Judías de España (FCJE) y la Comisión Islámica de España (CIE). Estos acuerdos les reconocen como interlocutores legítimos y garantizan ciertas exenciones fiscales, acceso a la enseñanza religiosa en colegios públicos y apoyo institucional.

Sin embargo, en el momento de la negociación, el acceso a la casilla del IRPF fue denegado. El argumento oficial fue que la asignación tributaria a la Iglesia católica era una fórmula “transitoria”, pendiente de una autofinanciación que nunca llegó. Más de treinta años después, la exclusividad se mantiene.

“Es evidente que la Iglesia católica ha consolidado una posición de privilegio que no se ha querido extender a otras confesiones”, señala Adoración Castro Jover, profesora de Derecho en la Universidad de Almería. “No es una cuestión de fe, sino de igualdad ante la ley”.

Las confesiones sin acuerdo: invisibilidad institucional

El tercer grupo lo forman más de 40 confesiones religiosas sin acuerdos de cooperación con el Estado. Entre ellas, hay comunidades bahá’ís, budistas, mormones, hinduistas, sikhs y un creciente número de nuevas espiritualidades. Todas comparten una realidad: no reciben ningún tipo de financiación pública, ni directa ni indirecta.

Según datos del CIS de 2023, alrededor de 1,5 millones de personas en España se identifican con alguna de estas confesiones. A pesar de representar a un número significativo de fieles, carecen de interlocución oficial, acceso a beneficios fiscales, o representación en órganos públicos de consulta.

La laicidad real exige reconocer a todas las confesiones por igual, con independencia de su historia o arraigo”, reclama Óscar Celadón Angón, autor de varios estudios sobre pluralismo religioso. “Lo contrario es perpetuar un modelo confesional encubierto”.

¿Una financiación acorde a la Constitución?

El artículo 16.3 de la Constitución Española establece que “ninguna confesión tendrá carácter estatal” y que “los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán relaciones de cooperación con las confesiones”.

Sin embargo, voces expertas sostienen que el actual sistema vulnera este principio. “La cooperación no puede significar discriminación”, afirma Torres. “El trato fiscal diferenciado convierte al Estado en un actor que privilegia una fe frente a las demás”.

Incluso organismos internacionales como el Relator Especial de Naciones Unidas sobre libertad religiosa han advertido de la necesidad de revisar los sistemas de financiación religiosa en Estados aconfesionales como España.

Radiografía de la desigualdad religiosa

Tipo de confesión

Acuerdo con el Estado

Acceso IRPF

Exenciones fiscales

Financiación directa

Iglesia católica

Sí (1979)

(300 M €/año)

Evangélicos, Judíos, Musulmanes

Sí (1992)

Otras confesiones (sin acuerdo)

No

Religiosidad en declive: datos recientes del CIS 

El porcentaje de católicos ha caído del 90% en los 70 a 55% en junio de 2025 según las estadísticas oficiales y sólo el 17% de la población se declara católica practicante (mensualmente o más), porcentaje que se reduce a apenas el 8% en el caso de jóvenes católicos entre 18 y 29 años.

Por otra parte, las personas no creyentes (ateos, agnósticos, indiferentes) son ya cerca del 42% de la población. En Cataluña, los no creyentes representan el 51%, el máximo autonómico.

¿Hacia un nuevo modelo de laicidad?

En un contexto de creciente declive y diversidad religiosa, mientras otros países europeos —como Francia, Alemania o Bélgica— han avanzado hacia sistemas más transparentes y equitativos, el Estado Español sigue atado a un modelo de privilegio heredado del nacionalcatolicismo franquista. El actual modelo de financiación pública de la iglesia católica parte del Concordato del régimen franquista de 1953, renovado tras la constitución de 1978 cuando se firmaron cuatro acuerdos con fecha 3 de enero de 1979 (asuntos jurídicos, educativos, militares y económicos), precedidos por otro en firmado en julio de 1976 sobre el capellán castrense, todos ellos criticados por su opacidad y herencia franquista y en abierta contradicción con el carácter ‘aconfesional’ señalado en la constitución.

Es en ese sentido que organizaciones como Europa Laica reclaman una reforma profunda: “No se trata de ampliar la financiación a otras religiones, sino de eliminar cualquier financiación confesional desde lo público”, defienden.

El debate no es sólo jurídico, sino también político y social. En un país donde el número de personas sin afiliación religiosa supera el 40% según el CIS y cuya constitución define al estado como aconfesional‘, la pregunta clave es: ¿debe el Estado seguir financiando religiones, ya sea directa o indirectamente?, es decir, ¿no deben ser los creyentes quienes financien sus instituciones religiosas?, y por último: ¿no debería desaparecer la enseñanza religiosa de los centros educativos?

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La victoria de Zohran Mamdani

 

La victoria de Mamdani sobre Andrew Cuomo es un punto de inflexión histórico para Palestina en la política estadounidense. Refleja una creciente fatiga con el papel de Israel en la vida estadounidense y la lenta implosión del sionismo bajo el peso de su propio exceso.


TOPOEXPRESS

La victoria de Zohran Mamdani

Abdaljawad Omar

El Viejo Topo

3 julio, 2025



LA VICTORIA DE ZOHRAN MAMDANI MARCA EL FIN DEL LUGAR CENTRAL DE ISRAEL EN LA POLÍTICA ESTADOUNIDENSE

Puede parecer, a primera vista, irrelevante –incluso absurdo– que una contienda por la alcaldía de Nueva York, o el destino electoral de una concejal en Brooklyn, dependa de la posición de cada uno respecto a Palestina. Después de todo, ¿qué tiene que ver la gobernanza municipal –zonificación, saneamiento, asequibilidad de la vivienda– con la devastación de Gaza, la hambruna de un pueblo, el espectáculo a cámara lenta de la muerte bajo los bombardeos? Y, sin embargo, esta aparente desconexión –entre la intimidad de las cuestiones locales y la enormidad de la violencia geopolítica– es precisamente la condición en la que opera la política estadounidense.

Es también en esta disyuntiva entre escala e intensidad, entre distancia geográfica y proximidad ideológica, donde se hace visible algo más fundamental.

En este contexto, la victoria de Zohran Mamdani sobre una figura tan emblemática de la continuidad institucional y el poder dinástico como Andrew Cuomo no es una mera anécdota electoral. Es un acontecimiento político. Un acontecimiento que debe leerse no a través de la métrica de la personalidad o de la mecánica de campaña, sino a través de la gramática simbólica de lo que ahora es expresable, representable y electoralmente viable. El triunfo de Mamdani indica un horizonte cambiante en el que Palestina, considerada durante mucho tiempo como el «tercer raíl» de la política estadounidense, ya no electrocuta a quienes se atreven a tocarla. Quizás no sea todavía un consenso moral dominante, pero ya no es una garantía de suicidio político.

Para que quede claro, Mamdani no se presentó como un incendiario de antisionismo impenitente. Cedió, simbólica y retóricamente, a las inquietudes de parte del electorado sionista liberal. Buscó un término medio, matizando sus compromisos morales con gestos de tranquilidad, adoptando una postura que ni se retraía de su historia de solidaridad con Palestina ni abrazaba plenamente la claridad intransigente que a menudo exige Palestina. Y eso también es revelador.

Es precisamente esta ambivalencia calibrada -esta oscilación entre la afirmación y la tranquilidad- lo que invitó a la crítica, incluso desde dentro de la propia base de Mamdani, y para aquellos que trabajaron con él en la construcción y difusión del movimiento palestino. Los equívocos de su campaña en torno a la cuestión del «derecho a existir» de Israel y su vacilante invocación de una antigua base en la política propalestina provocaron malestar. Para algunos, fue un eco de la conocida coreografía de la retirada moral: un gesto de concesión que corre el riesgo de convertirse en metástasis en postura, luego en posición y, finalmente, en principio. El temor, expresado no desde el cinismo sino desde la memoria histórica, es que una concesión invite a otra y que, con el tiempo, el peso acumulado de estas concesiones doblegue a Mamdani a la misma clase dirigente a la que su victoria parecía desafiar. Existe, en otras palabras, una profunda ansiedad de que la dialéctica de la incorporación ya esté en marcha: que el sistema, incapaz de neutralizar completamente Palestina como política, la absorba en su lugar como discurso, desinfectada, desfigurada y legible sólo a través de la gramática del «equilibrio», el «bipartidismo» y la falta de empatía por Palestina. El éxito electoral de Mamdani puede marcar el fin simbólico de Palestina como cuestión de tercera fila, pero también plantea la inquietante posibilidad de que esta normalización se produzca al precio de su radicalidad. Entrar en la corriente sanguínea de la política es también arriesgarse a ser filtrado por ella y a cederle demasiado terreno.

Su victoria, por tanto, no es sólo un respaldo a Palestina como causa, sino un testimonio del cambio de estatus de Palestina como cuestión. Ha dejado de ser una línea que no se puede cruzar para convertirse en un terreno en disputa, en el que los candidatos pueden implicarse, evadirse, afirmar o desviarse sin ser automáticamente descalificados. Este cambio es monumental. Habla de la fuerza acumulativa de décadas de organización, de las secuelas morales de la insoportable visibilidad de Gaza y del cansancio de los votantes más jóvenes y de muchos progresistas ante las frías evasivas procedimentales de sus predecesores. En ese sentido, el éxito de Mamdani no sólo tiene que ver con lo que ha dicho, sino con lo que ya no es necesario dejar de decir. Los silencios forzados se están resquebrajando, no por una ruptura revolucionaria, sino por el lento y progresivo desgaste del consenso imperial. Lo que antes debía ocultarse ahora puede nombrarse provisionalmente, aunque también se hagan concesiones simbólicas. Lo que antes marcaba el límite exterior de lo aceptable ahora se pliega -con torpeza, con cautela, pero definitivamente- en el dominio de lo político.

Para ser claros, hay contingencias, muchas, de hecho. La victoria de Mamdani no puede abstraerse de las particularidades de esta carrera. Al fin y al cabo, se enfrentaba a un ex gobernador caído en desgracia, cuyo nombre -en otro tiempo sinónimo de dominio ejecutivo en Nueva York- perdura ahora con el olor rancio del escándalo y la teatralidad agotada de la redención del establishment. Además, la campaña de Mamdani fue excepcionalmente precisa en su arquitectura. Se movía con claridad, disciplina y una cadencia comunicativa distintiva: sincera pero serena, clara pero tácticamente ágil. Su atractivo no se cultivó mediante la demagogia o el carisma cultual, sino a través de una fidelidad casi anacrónica al programa: autobuses públicos gratuitos, ampliación de las guarderías, estabilización de los alquileres, no como demandas políticas aisladas, sino como parte de un imaginario moral y político más amplio conformado por sus compromisos socialistas. El hecho de que este mensaje resonara, y no sólo en enclaves progresistas, sino entre grupos urbanos dispares -jóvenes, inmigrantes, inquilinos, trabajadores culturales, desencantados políticos- es en sí mismo una señal: no de una candidatura mesiánica, sino de un hambre más profunda. Un hambre de coherencia, de principios y de una política sin miedo a nombrar el poder, pero lo suficientemente disciplinada como para hablar de lo que se puede construir.

Pero lo que también es cada vez más palpable -aunque todavía se hable de ello en voz baja o en tono de desautorización- es una fatiga creciente dentro de los propios Estados Unidos. Una especie de agotamiento político y psíquico, tenue al principio pero ahora inconfundible, que ha empezado a acumularse en torno al lugar de Israel en la vida pública estadounidense. Entre los expertos, los podcasters y la constelación de personajes mediáticos que orbitan en torno a los centros de los medios alternativos, está surgiendo un malestar -incluso una irritación- con la obsesiva centralidad de Israel en la identidad estadounidense, en sus rituales políticos y en las compulsivas actuaciones de lealtad que exige. No se trata sólo de la confrontación dentro de la derecha con un «Estados Unidos primero» que excluye a Israel, y que incluye a Israel en el significado de «Estados Unidos primero». No está sólo en las voces en alza que centran a Palestina, aunque todavía en los márgenes, pero creciendo en poder.

Pero es también en el propio surgimiento de la cuestión -la cuestión del «derecho a existir» de Israel, de la lealtad obligatoria del político, de las declaraciones rituales de apoyo- donde se hace legible un malestar más profundo. Lo que antes se trataba como algo establecido, axiomático y sagrado, ahora está lastrado por su propia carga performativa. Estas cuestiones ya no flotan como verdades evidentes; caen bajo el peso de su propio agotamiento. Incluso plantearlas ahora es constatar que algo ha cambiado: que estas afirmaciones, repetidas hasta la saciedad, se han convertido no en signos de claridad moral, sino de bancarrota ideológica.

Cada vez más, la insistencia en Israel como prueba de fuego ya no se escucha como una señal de seriedad moral, sino como el reflejo desgastado de una clase dirigente -política, mediática, institucional- cuyas coordenadas éticas se están derrumbando bajo el peso de sus propias contradicciones. La repetición de la lealtad funciona ahora menos como un marcador de convicción que como un síntoma: de miedo, de decadencia ideológica , de un aferramiento desesperado a un orden cuyos mitos fundacionales están empezando a deshacerse. Basta con examinar el apoyo implícito del New York Times a Andrew Cuomo y su aversión apenas velada a Zohran Mamdani, un gesto no de desacuerdo político, sino de desprecio de represalia por el mero hecho de su historial propalestino. O se podría recurrir, sin hacerse ilusiones, a personajes como Tucker Carlson, cuyos comentarios sobre la obsesiva centralidad de Israel en la vida política estadounidense dirigidos al senador Ted Cruz no nacen de la solidaridad con Palestina, sino del cansancio, un cansancio sin embargo sintomático de un malestar más amplio. Seamos claros: esto no es el surgimiento de una corriente pro-palestina coherente. Ni mucho menos. Pero lo que está empezando a erosionarse es la santidad del lugar de Israel en la vida moral estadounidense. El cambio, en este momento, no es de marginalidad a centralidad para Palestina, sino de centralidad incuestionable a desplazamiento incómodo para Israel.

Por ejemplo, hay que resistirse a la tentación de suponer que el implacable despliegue de acusaciones de antisemitismo por parte de la hasbará israelí tiene como principal objetivo silenciar las críticas a Israel. Por el contrario, lo que estamos presenciando es algo mucho más interesante: el obsceno exceso de esta estrategia retórica está empezando a ser contraproducente, no porque la gente se vuelva de repente más propalestina, sino porque se está cansando, incluso disgustando, de verse obligada a realizar el ritual de la preocupación excepcional por la centralidad simbólica de Israel. Seamos claros: este cansancio no es el resultado de un despertar decolonial. Más bien, es el resultado inevitable de la sobreproducción ideológica. Cuando cada crítica se convierte en un posible delito de odio, cuando cada llamamiento al alto el fuego se califica de incitación y cuando cada protesta se considera una reunión antisemita, algo empieza a cambiar en el orden simbólico. La propia maquinaria destinada a preservar la posición hegemónica de Israel en la vida moral estadounidense comienza a deshacerse. Cuanto más insiste Israel en su estatus único, más visible se hace su violencia. Cuanto más acusa, más revela, cuanto más exige silencio o lealtad, más se debilita. Y aquí está el giro: la actual dislocación del lugar simbólico de Israel en el imaginario estadounidense no es sólo el resultado del activismo propalestino de . Es también -quizás principalmente- el resultado de las propias acciones de Israel: su insistencia en el excepcionalismo, su genocidio en curso en Gaza y su intento de arrastrar a Estados Unidos a una guerra en toda la región.

Al final, el cambio que estamos presenciando no es el triunfo de una narrativa alternativa, sino la lenta implosión de la dominante bajo el peso de su propio exceso. Lo que estamos viviendo no es simplemente una crisis de legitimidad, sino una crisis de legibilidad, un momento en el que las coordenadas que antaño hacían que el apoyo a Israel pareciera natural, moral, incluso inevitable, empiezan a difuminarse. Y, paradójicamente, no es el discurso antisionista el que ha producido esta ruptura, sino el propio sionismo: su saturación del espacio simbólico, su exigencia de estar en el centro de todo cálculo moral, su compulsión a hablar incluso cuando nadie pregunta. Esta es la lógica de la sobreproducción ideológica: cuando un sistema ya no puede sostener sus propias ficciones, no porque hayan sido refutadas, sino porque se han repetido demasiado a menudo, demasiado alto, con muy poca vergüenza. En ese momento, la ideología deja de funcionar como creencia y empieza a cuajar en farsa. Y quizá sea ahí donde nos encontramos ahora: no ante una contrahegemonía victoriosa, sino ante las ruinas de una narrativa que se agotó a sí misma insistiendo demasiado, demasiado a menudo y a expensas de todo lo demás.

FuenteMondo Weiss

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miércoles, 2 de julio de 2025

MORTAL ATAQUE DE ISKANDER DESTRUYE A DECENAS DE TROPAS UCRANIANAS. CUENT...

Sobre el coraje de hablar

 

En estas páginas hemos insistido: el genocidio que comete Israel cotidianamente es una de las páginas más negras escritas por la Humanidad desde el Holocausto. La complicidad de buena parte del Occidente supuestamente civilizado, algo repugnante


TOPOEXPRESS

Sobre el coraje de hablar

Ilan Pappe

El Viejo Topo

2 julio, 2025 



EL SILENCIO DE OCCIDENTE SOBRE GAZA

Las reacciones del mundo occidental a la situación en la Franja de Gaza y Cisjordania plantean una pregunta inquietante: ¿por qué el Occidente oficial, y en especial la Europa occidental oficial, es tan indiferente ante el sufrimiento de los palestinos?

¿Por qué el Partido Demócrata en Estados Unidos es cómplice, directa e indirectamente, de apoyar la inhumanidad cotidiana en Palestina, una complicidad tan obvia que probablemente fue una de las razones por las que perdió las elecciones, ya que el voto árabe-estadounidense y progresista en estados clave no pudo, y con razón, perdonar a la administración Biden por su papel en el genocidio en la Franja de Gaza?

Esta es una pregunta pertinente, dado que nos encontramos ante un genocidio transmitido en directo que se ha reanudado sobre el terreno. Es diferente a períodos anteriores en los que se demostró la indiferencia y complicidad de Occidente, tanto durante la Nakba como en los largos años de ocupación desde 1967.

Durante la Nakba y hasta 1967, la información no era fácil de conseguir, y la opresión posterior a 1967 fue en su mayor parte gradual y, como tal, ignorada por los medios y las políticas occidentales, que se negaron a reconocer su efecto acumulativo sobre los palestinos.

Pero estos últimos dieciocho meses son muy diferentes. Ignorar el genocidio en la Franja de Gaza y la limpieza étnica en Cisjordania solo puede describirse como intencional, no como ignorancia. Tanto las acciones de los israelíes como el lenguaje que las acompaña son demasiado visibles como para ignorarlos, a menos que políticos, académicos y periodistas decidan hacerlo.

Este tipo de ignorancia es, en primer lugar, el resultado de la eficaz presión israelí, que ha prosperado en el terreno fértil del complejo de culpa, el racismo y la islamofobia europeos. En el caso de Estados Unidos, también es el resultado de muchos años de una maquinaria de presión eficaz y despiadada que muy pocos en el mundo académico, los medios de comunicación y, especialmente, en la política se atreven a desobedecer.

Este fenómeno es conocido en investigaciones recientes como Pánico Moral, muy característico de los grupos más conscientes de las sociedades occidentales: intelectuales, periodistas y artistas.

El pánico moral es una situación en la que una persona teme defender sus creencias morales porque requeriría valentía y podría tener consecuencias. No siempre nos ponemos a prueba en situaciones que requieren valentía, o al menos integridad. Cuando sí lo hacemos, es en situaciones donde la moralidad no es una idea abstracta, sino un llamado a la acción.

Esta es la razón por la que tantos alemanes permanecieron en silencio cuando los judíos fueron enviados a los campos de exterminio, y esta es la razón por la que los estadounidenses blancos se quedaron de brazos cruzados y observaron cuando los afroamericanos fueron linchados o, antes, esclavizados y maltratados.

¿Cuál es el precio que tendrían que pagar destacados periodistas occidentales, políticos veteranos, profesores titulares o directores ejecutivos de conocidas empresas si culparan a Israel de cometer genocidio en la Franja de Gaza?

Parecen estar preocupados por dos posibles resultados. El primero es que serán condenados como antisemitas o negacionistas del Holocausto; el segundo es que temen que su respuesta honesta desencadene un debate que incluya la complicidad de su país, de Europa o de Occidente en general, en la facilitación del Genocidio y todas las políticas criminales contra los palestinos que lo precedieron.

Este pánico moral da lugar a fenómenos sorprendentes. En general, convierte a personas educadas, elocuentes y competentes en completos imbéciles cuando hablan de Palestina. Impide que los miembros más perspicaces y reflexivos de los servicios de inteligencia examinen las exigencias israelíes de incluir a toda la Resistencia Palestina en una lista de terroristas, y deshumaniza a las víctimas palestinas en los grandes medios de comunicación.

La falta incluso de un mínimo de compasión y solidaridad hacia las víctimas del Genocidio ha quedado expuesta por los dobles estándares que aplican los principales medios de comunicación occidentales, y en particular los periódicos más establecidos de los Estados Unidos, como el New York Times y el Washington Post.

Cuando el editor de Palestine Chronicle, Ramzy Baroud, perdió a 56 miembros de su familia a causa de la campaña genocida israelí en la Franja de Gaza, ninguno de sus colegas periodistas estadounidenses se dignó a hablar con él ni a mostrar interés en esta atrocidad. Por otro lado, una acusación inventada por Israel sobre una conexión entre el Chronicle y una familia en cuyo edificio de apartamentos se encontraban rehenes generó un enorme interés en estos medios y captó su atención.

Este desequilibrio entre humanidad y solidaridad es solo un ejemplo de las distorsiones que conlleva el pánico moral. No me cabe duda de que las acciones contra estudiantes palestinos o propalestinos en Estados Unidos, o contra activistas reconocidos en Gran Bretaña y Francia, así como el arresto del editor de The Electronic Intifada , Ali Abunimah, en Suiza, son manifestaciones de esta conducta moral distorsionada.

Un caso similar ocurrió recientemente en Australia. Mary Kostakidis, reconocida periodista australiana y expresentadora de SBS World News Australia, programa semanal en horario de máxima audiencia, fue llevada ante el Tribunal Federal por su desafortunada cobertura sobre la situación en la Franja de Gaza. El hecho de que el Tribunal no desestimara de inmediato la acusación demuestra lo arraigado que está el pánico moral en el hemisferio norte.

Pero hay otra cara de la moneda. Afortunadamente, existe un grupo mucho más amplio de personas que no temen asumir los riesgos que implica declarar abiertamente su apoyo a los palestinos, y que demuestran esta solidaridad incluso sabiendo que podría conllevar la suspensión, la deportación o incluso la cárcel. No son fáciles de encontrar en el mundo académico, los medios de comunicación o la política, pero son la voz auténtica de sus sociedades en muchas partes del mundo occidental.

Los palestinos no pueden permitirse el lujo de permitir que el pánico moral occidental tenga voz ni impacto. No ceder al pánico es un paso pequeño pero importante hacia la construcción de una red global para Palestina, que se necesita con urgencia: primero, para detener la destrucción de Palestina y su pueblo, y segundo, para crear las condiciones para una Palestina descolonizada y liberada en el futuro.

Fuente: Savage Minds

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Europa se somete a la industria armamentística de EEUU

 


Europa se somete a la industria armamentística de EEUU

 


Por CGT

KAOSENLARED

30 de junio de 2025 

 

La OTAN impone el 5% del PIB para gastos militares a los países miembros tras las exigencias de EEUU.

Una vez más, Europa se arrodilla ante el imperialismo americano. Se acaba de celebrar en La Haya, Países Bajos, una nueva cumbre de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). La reunión se ha producido en un contexto político mundial marcado por conflictos muy graves en distintas partes del mundo, como el genocidio de Palestina a manos del Estado sionista de Israel o el ataque de Israel y EEUU contra Irán. Tanto EEUU como Israel vuelven a incumplir nuevamente los tratados de Derecho Internacional.

En esta cumbre se acaba de establecer, entre los países miembros, el aumento del gasto militar para los próximos años, al menos hasta 2029, cuando se llevaría a cabo una revisión del mismo. Este gasto estará fijado en un 5 % del Producto Interior Bruto (PIB), que a su vez estaría desglosado en un 3,5 % destinado a equipos militares y en un 1,5 % dedicado a la defensa, la seguridad y la ciberseguridad. Las empresas pertenecientes al sector de la industria armamentística –esencialmente las estadounidenses- se verán muy beneficiadas gracias a este negocio en el que bajo el paraguas de los “daños colaterales” se asesina, se mata de hambre, se hace desaparecer, se colonizan o se asfixian culturas de seres humanos en todo el planeta. Y es que la «Alianza Atlántica», desde su nacimiento tras la II Guerra Mundial con el objetivo de disuadir los conflictos armados de tales envergaduras, siempre termina alineándose descaradamente con los propios intereses de Estados Unidos. Como pasara en la novela “de ficción” de G. Orwell, 1984, la OTAN convertida en el “Ministerio de la Paz” emite su propaganda del miedo para avisar al mundo que para continuar viviendo en “libertad” es necesario “rearmarse” y adoptar una mentalidad “de guerra”. Para ello, el secretario general de la organización, Mark Rutte, ha dejado claro que es la hora de aportar más presupuesto para construir una OTAN mejor –más fuerte y “eficaz” en sus propósitos-.

El papel del Estado español con el PSOE al frente de su gobierno: “De entrada, el 5 % NO”.

Dadas las circunstancias, el Ejecutivo de Pedro Sánchez (PSOE), se ha visto obligado a salir al paso de las “exigencias” de la ‘Alianza Atlántica’ sobre el aumento del gasto militar que todos los Estados miembros de este organismo van a tener que llevar a cabo en los próximos años.

Los recursos que van a destinarse a “rearmar” a los ejércitos se van a recortar de otros servicios o necesidades más importantes para las poblaciones, y ya sabemos por experiencias anteriores que esto significa la llegada de años muy duros, donde sistemas como el sanitario, el educativo, el de pensiones, etc., se verán afectados por ello.

Sánchez ha estado días afirmando que no destinará el total que la OTAN exige a sus miembros para ejércitos, infraestructuras y seguridad en general. Y lo ha justificado alegando que comprometer el Estado del bienestar español a costa de destinar un 5 % del PIB al gasto militar

puede ser “contraproducente” porque “amenazaría” los derechos sociales de nuestra sociedad. Sin embargo, su Ejecutivo sí estaría dispuesto a destinar el 2,1 % del PIB, asegurando que con ello se cubrirían los “objetivos de capacidades militares”, algo que en el seno de la “Alianza Atlántica” no terminan de ver.

El actual presupuesto (PGE de 2023) destinado por España a Defensa es de 12.825 millones de euros. La actualización de esta subida supondrá una inversión para este año de 84.000 millones de euros y para el siguiente de 88.500 millones de euros. “De entrada” están diciéndonos que no van a aportar más dinero al gasto militar, pero podemos ver que progresivamente la idea es aplicar una medida a cuentagotas, poco a poco, para que la población vaya aceptándola y la llegue a ver incluso razonable. Es una estrategia de manipulación muy antigua, pero que sigue dando buenos resultados al Estado y a sus gobiernos.

El Ejecutivo de Sánchez -que actualmente está asediado por los presuntos casos de corrupción que rodean al entorno directo, tanto político como personal, del propio presidente-, pretende utilizar estas últimas declaraciones sobre la negativa del Gobierno a destinar más dinero a la OTAN, para continuar jugando con la ciudadanía y crear una cortina de humo en unos momentos donde su gestión al frente del Estado está siendo cuestionada por cada vez más sectores sociales. De este modo, los derechos sociales vuelven a ser una moneda de cambio para continuar haciendo exactamente lo mismo que ya se pactó con la entrada de España en la ‘Alianza Atlántica’.

Desde CGT nuestra postura sigue siendo clara: sin ejércitos no habría guerras de ningún tipo. Los gastos destinados a los delirios belicistas de los poderosos llevan aparejado el sufrimiento a causa de enfermedades, heridas, hambre, el desvastamiento del entorno natural, violaciones de los Derechos Humanos, etc. que producen los conflictos armados entre las más vulnerables, por lo que no sólo nos parecen innecesarios sino que hay que eliminarlos . Es una cuestión de respeto de las vidas de las personas y respeto de la vida del planeta.

Como organización internacionalista, anarcosindicalista y combativa realizamos un llamamiento a toda la sociedad con el objetivo de oponernos a todas y cada una de las iniciativas que se lleven a cabo, tanto para promover o sustentar el gasto en más efectivos materiales y/o humanos destinados a continuar sirviendo a los intereses de la burguesía y de las grandes corporaciones capitalistas, y en contra de los propios del pueblo y de sus gentes.

CGT rechaza cualquier tipo de pacto que “de entrada” diga NO a una guerra o al gasto militar y acabe cediendo de manera paulatina al aumento del gasto. Estamos escarmentados ya que proviene de quienes llevan décadas contradiciéndose y vendiendo a la clase trabajadora en los foros de debate y decisión de Europa, y del resto del mundo.

Secretariado Permanente del Comité Confederal de CGT

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martes, 1 de julio de 2025

DIRECTO. PÁNICO EN UCRANIA. COLAPSO. RUSIA A POR SUMY Y ODESA. TRUMP MUS...

LAS TROPAS RUSAS EXPULSAN A UCRANIA EN CHASIV YAR. ADEMÁS ENTRAN EN DNIP...

La Brutal Realidad del Frente Oriental

La Casa Real de los Borbones necesita más dinero: acaba de declararse en «números rojos»

 

La Casa Real de los Borbones necesita más dinero: acaba de declararse en «números rojos»

 

INSURGENTE.ORG / 01.07.2025

 

La Casa del Rey cerró el 2024 con pérdidas de 99.591,80 euros . Así consta en las cuentas de la Zarzuela que se han hecho públicas este lunes y que tienen el aval del Tribunal de Cuentas. Para comparar, en 2023 la misma institución terminó el ejercicio con un balance positivo de casi 380.000 euros. Felipe VI contará con un presupuesto para 2025 calcado al del año anterior, ya que se mantienen prorrogados los presupuestos de 2023. Entre su sueldo y el de Letizia se repartirán 554.714 euros. La Casa del Rey recibió 8,43 millones de euros en forma de subvención, divididos en 277.361 y 152.539, respectivamente. La Reina Emérita, Sofía, recibirá 124.814 euros. No les alcanza.

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Ya en la calle el Topo del verano

 

Además de esta entrevista, el Topo contiene artículos de H. Polo, Víctor M. Sánchez, Moreno Pasquinelli, Eduardo Luque, Fernando Álvarez-Uría, Eduardo Ibáñez, y el dossier Memorias y legados del 15M, con textos de Jaime Paulino, Guillermo Zapata y Javier Enríquez.


  • Ya en la calle el Topo del verano

Javier Enríquez Román

El Viejo Topo

1 julio, 2025 


Además de esta entrevista, el Topo contiene artículos de H. Polo, Víctor M. Sánchez, Moreno Pasquinelli, Eduardo Luque, Fernando Álvarez-Uría, Eduardo Ibáñez, y el dossier Memorias y legados del 15M, con textos de Jaime Paulino, Guillermo Zapata y Javier Enríquez.

EL FANTASMA DEL 15M

 Entrevista a Amador Fernández-Savater y Ernesto García López

 Por Javier Enríquez Román


Amador es investigador independiente, activista y editor. Sus actividades pueden seguirse en www.filosofiapirata.net. Su último libro es Capitalismo libidinal; antropología neoliberal, políticas del deseo, derechización del malestar (Ned, 2024). Ernesto es escritor, artista plástico y antropólogo. Sus investigaciones se centran en los estudios sobre movimientos sociales y cultura política. Su último libro es Hospital del aire (Candaya, 2022). Su voz es solo una.

El año pasado publicasteis un artículo escrito donde reflexionabais (quizá con cierta nostalgia) sobre las preguntas que han dejado atrás el 15M… Una serie de problemas no resueltos, de posibilidades históricas incumplidas. Describíais al 15M como un espectro, como un fantasma, como la triste presencia de una ausencia. ¿Podríais desarrollar un poco esta idea?

—¡No, no, para nada triste! Más bien quería ser inquietante, desafiante, mirando hacia adelante. La melancolía, como explicara tan bien Freud, nos fija a algo que fue y ya no es, congelándonos en la reivindicación de un pasado idealizado, de algo que se quisiera recuperar, de algo a repetir.

El fantasma del 15M, que nosotros invocamos en ese artículo, es de un orden muy distinto. Es, efectivamente, un fantasma, algo que “no está”, una ausencia, decir eso nos permite escapar a todas las disputas de atribución, pero que sin embargo tiene una existencia, una existencia “espectral”. Acecha al presente, lo inquieta, impidiéndole cerrarse, completarse, “dormir tranquilo”, trayendo recuerdos de otras posibilidades de vida política, sueños y anhelos, preguntas y problemas abiertos, desafíos que retomar…

Los espectros figuran, como dices, posibilidades históricas incumplidas, cuestiones que aún nos interpelan. En ese artículo nos interrogábamos, con ayuda del fantasma del 15M, sobre algunas de ellas: ¿cómo pueden articularse los diferentes malestares del presente, lo público y lo común, lo masivo y lo radical, la utopía y la normalidad? No se trata de repetir nada, de insistir con las mismas respuestas, sino de retomar las preguntas, una serie de desafíos pendientes. Hacia adelante y no hacia atrás.

Algunos políticos, filósofos, periodistas… que vieron con buenos ojos el 15M, como César Rendueles o Daniel Bernabé, ahora parecen renegar del movimiento (o mostrar un cierto distanciamiento), indicando que fue una experiencia de clases medias, de jóvenes universitarios, muy enfadados por ver su futuro truncado tras la crisis del 2008. ¿Qué os parece esta interpretación?


—El problema que tienen las miradas demasiado macrosociológicas, de corte estructuralista, es que tienden a homogeneizar y estabilizar fenómenos que son internamente diversos y heterogéneos. Es por ello que preferimos tantear otras aproximaciones que nos podrían ayudar a reevaluar el 15M y convocar a su fantasma, sus potencialidades, en lugar de tirar a la basura lo que fue desde miradas tristes, muy elaboradas en retrospectiva, que zanjan las cosas en lugar de mantenerlas abiertas.

Recordemos, traigamos de nuevo por un momento el recuerdo: cientos de ciudades, coaligadas sincrónicamente en una misma práctica ciudadana que tenía en «Ciudad Sol” algo así como su pulmón energético. Cada ciudad montaba su asamblea, y lo hacía con los ingredientes propios de cada territorio. No era lo mismo la declinación madrileña que la barcelonesa, no era lo mismo habitar unos grupos de trabajo y comisiones en un territorio que en otro. No era lo mismo dinamizar el espacio asambleario en Zaragoza que en Granada. Lo general cristalizaba en lo local, y lo local reinterpretaba lo general. Existía un clima compartido, por supuesto, unas metodologías comunes, pero cómo se declinaba cada una de ellas variaba infinitamente en función de los cuerpos que habitaban cada uno de esos espacios públicos. Tenemos numerosos ejemplos de cómo unas cosas funcionaban en una ciudad y, sin embargo, fracasaban estrepitosamente en otras. La política de las plazas consistía en una especie de sístole/diástole que irrigaba un cuerpo de afectos general, pero traducido a partir de experiencias subjetivas e intersubjetivas muy diferentes.

Más tarde, con el levantamiento de las plazas, vino lo que podríamos denominar una «fase de capilarización y descentralización”. Fue de 2011 a 2013. El protagonismo pasó a los barrios, a la pléyade de luchas concretas, colectivos y minorías activas que hicieron del 15M su santo y seña, su savia, pero desde una traducción libérrima, no unitaria, no homogénea. Ahí estuvieron las luchas por el agua pública, el Rodea el Congreso, las mareas en defensa de lo público, la explosión de la PAH y Stop desahucios, la auditoría ciudadana de la deuda, las asambleas distritales, las «tomas” (toma la tele, toma la huelga, toma el orgullo, toma la universidad, etc.), el surgimiento de medios de comunicación propios, el impulso del hacktivismo, los grupos de desobediencia civil, los yayoflautas, la explosión del artivismo, el surgimiento de las cooperativas integrales, la extensión de la economía social y solidaria, la politización generalizada de la calle, la conexión con las redes internacionales (Occupy, marea granate, etc.), la creación de las marchas por la dignidad que llegaron a juntar a más de un millón de personas en Madrid… Un clima, un proceso, que bien podríamos calificar de «politización de la vida».

Por último, tenemos una “fase de crisis, debilitamiento y mutación”, sobre todo a partir del otoño de 2013, que duró hasta la irrupción de Podemos en 2014. Desde nuestra perspectiva, es un momento decisivo, de bifurcación histórica, donde se dieron diferentes fenómenos que merecen la pena rescatar. Por un lado, encontramos un evidente desfallecimiento de la protesta callejera. Se ha acusado injustamente a Podemos de haber vaciado las calles, pero las calles ya estaban razonablemente vacías desde el invierno de 2013, cuando las movilizaciones toparon con límites y desgastes claros. Muchas asambleas barriales se habían quedado mermadas, muchos colectivos andaban ya en franco retroceso, había una atmósfera de agotamiento, pesimismo, falta de expectativas. El gobierno de Rajoy aguantaba, la crisis arreciaba con virulencia, la burorrepresión alcanzó cotas intimidantes.

Fue entonces cuando empezaron a surgir las primeras reflexiones, dentro de los propios movimientos made in 15M, en torno a la herramienta electoral. Recordemos la “asamblea de las descalzas” en Madrid, el movimiento “Carta por la democracia”, la génesis de Alternativas desde Abajo, el surgimiento del Partido X. Si algo tenían en común todas estas iniciativas dispersas y descoordinadas era poner encima de la mesa un asunto tabú hasta ese momento: el uso de la vía electoral. Y cada una de ellas lo planteaba desde enfoques diferentes, a través de palancas también muy disímiles entre sí. Lo único que las reunía es que en todas ellas se apostaba por formas de organización partidaria innovadoras, con exigentes metodologías democráticas abajo-arriba, y una relativa prevalencia de la política local frente a la política nacional. Este caladero constituyó el líquido amniótico dentro del cual surgieron luego las candidaturas ciudadanas para las elecciones locales y eso que se llamó el movimiento municipalista. Podemos vino en paralelo, cual aerolito, y respondía a otra lógica, irrumpió desde un ethos completamente distinto.

¿Fue todo aquello, esa multiplicidad de tiempos, de espacios, de iniciativas, de sujetos, el producto de jovencitos de clase media descontentos con sus proyectos aspiracionales? Creemos que no. Apostamos por reevaluar el 15M desde una decidida mirada heterogeneizadora, que vaya más allá de una reducción homogénea, y grotesca, de la riqueza expresiva de los fenómenos que allí se dieron, capaz de restituir los muchos mundos sociales que habitaron en su realidad histórica. Frente a las historias teleológicas del 15M, que se escriben como si el final estuviese ya escrito en un origen, hay que narrar una trayectoria menos lineal, más diversa, llena de problemas y contradicciones, donde hubo caminos abiertos que no se transitaron, posibles que quedaron sin realizar, virtualidades que podríamos retomar hoy. Fantasmas.

Entonces no creéis que las limitaciones que impidieron al 15M (y sus derivadas) consolidarse como una fuerza transformadora, duradera, estaban ya en sus primeros momentos…

—Esta cuestión enlaza con la anterior. ¿Había algún tipo de límite estructural en el 15M, en su composición sociológica, en su realidad de clase, en su origen o identidad profunda, que determinase su devenir, su evolución, sus vidas posteriores? Creemos que un movimiento social son prácticas, prácticas que transforman lo dado, lo que hay, los seres humanos que existen, sus relaciones y valores. No crean o inventan de la nada, sino que toman apoyo en realidades, experiencias comunes, vivencias y trayectorias, malestares y anhelos, pero no sólo reflejan lo dado, sino que lo elaboran, lo recrean, lo reinventan. La aptitud para reelaborar, en términos materiales y simbólicos, las marcas que somos, las heridas que tenemos, los cuerpos que nos han sido dados. En ese sentido, más atento al cambio que a la identidad, a las metamorfosis que al origen, a la apertura que al cierre identitario, los “límites” de un movimiento deben ser encontrados en su propio devenir, en los obstáculos que se encontraron y no se supieron franquear o atravesar, en los desafíos que les rebasaron. La derrota, o el fracaso, siempre es concreto, singular, específico. Hay que escuchar el combate que se dio, no presuponer la respuesta en un origen fijado de antemano.

La polarización hoy en día, tanto en España como en buena parte de occidente, es brutal. Siempre habéis defendido que el 15M fue una “alianza entre extraños” y ponéis como ejemplo la solidaridad en Madrid ante el desalojo de la acampada de Barcelona: “¡Barcelona, no estás sola!”. ¿Por qué estos puentes parecen haberse roto?

—Habría muchas líneas posibles de respuesta, vamos a seguir ahora una: el cuestionamiento de las “políticas de la identidad” que amenazan con bloquear la emergencia de lo común diverso y heterogéneo. Un cuestionamiento que no nos planteamos “desde fuera”, al modo de quien se burla en modo altanero de lo woke o de la trampa de la diversidad, sino como un impasse siempre posible de los movimientos, de los sujetos mismos que los configuran, de cada uno de nosotros.

¿Qué pasa, qué nos pasa, cuando participamos en un movimiento de emancipación, a la escala que sea? Diríamos que se produce, en nosotros y en la sociedad misma, una apertura, un desplazamiento. Nos movemos de las categorías en las que estamos normalmente encerrados: sociológicas, geográficas, profesionales. Hay encuentro entre quienes no estaban destinados a encontrarse y creación colectiva de nuevas formas de habitar el mundo, nuevas formas de vida.

La emancipación implica la subversión de los papeles, de las funciones y de los roles sociales establecidos. Un desorden fecundo. El poder teme esto más que nada y pone todo su empeño cotidiano en mantener el orden de las clasificaciones. Clavar a cada cual en su lugar, impedir los cruces y las alianzas imprevistas. Ya sea por medio de la fuerza bruta o de los estereotipos que difunden la desconfianza en el otro, por medio de la policía o de los medios de comunicación, se trata siempre de lo mismo: aísla y vencerás.

Ocurre sin embargo que, en los últimos tiempos, una fuerte pulsión identitaria atraviesa a los propios grupos y movimientos de emancipación desde dentro. Las identidades, en lugar de tomarse como un punto de partida, se consideran como puntos de llegada. Nos percibimos unos a otros a partir de nuestras etiquetas y categorías, desde la desconfianza y la acusación. El otro es lo que es a priori (hombre/mujer, heterosexual/homosexual, blanco/negro, clase media/popular) y no ya lo que podría ser. No lo que podríamos hacer juntos.

Tomándonos unos a otros por lo que somos, sólo difundimos la mirada del poder. Porque las identidades a priori son los marcajes del poder en nuestros cuerpos: marcajes de raza, de género o de clase. Al vernos a nosotros mismos (y a los demás) únicamente desde ahí, en lugar de escuchar también los desplazamientos, las huidas y las traiciones que nos atraviesan, nos tratamos como meros efectos de poder, sin potencias de cambio. Sin contagio y encuentro entre diferentes (hombres y mujeres, clases medias y populares, urbanos y rurales, con toda su parte inevitable de choque, tensión y malentendido), el poder mantiene intacta la capacidad de gestionar cada casilla por separado.

Amador, en ocasiones refieres a la necesidad de “pensar en plural”, dejar de entender el poder como un monopolio del Estado. Pero también reconoces que, por ejemplo, una buena ley estatal puede frenar todos los desahucios, mientras que la capacidad de una plataforma es limitada. ¿Cómo veis actualmente la dualidad entre institucionalidad y movimientos sociales?

—Héctor Illueca, que fuera vicepresidente de la Comunitat Valenciana y muy cercano a Pablo Iglesias, defendió hace poco que la única forma de reconstruir la izquierda es volver al Estado Nación, es decir, reforzar la presencia en las instituciones.

Con el BOE no alcanza. Dicho de otra manera, si ciframos toda la esperanza de reconstrucción de la izquierda a su más o menos exitosa participación en la gestión pública de un Estado-Nación, mucho nos tememos que la llegada de la extrema derecha será, tarde o temprano, una realidad incontenible. Las cifras macroeconómicas que exhibe el gobierno una y otra vez no se están traduciendo necesariamente en un cambio sustancial de las condiciones de vida de los sectores más vulnerables. La tasa de pobreza o exclusión social AROPE alcanza el 25,8% de la població, un cuarto del total de la ciudadanía. La pobreza laboral golpea de manera inmisericorde a más de un 12% de las personas trabajadoras según Oxfam Intermón. El 60% de los hogares españoles tiene problemas serios con la vivienda. Etcétera.

Estos elementos nos indican que más allá de la participación en las instituciones públicas, cosa que desde luego vemos importante y estratégica, se necesita algo más. Ahora bien, ese algo más… ¿qué sería? Cabrían diferentes posibilidades. Hay voces que indican que todo se debe a la batalla cultural, al desigual ecosistema mediático, a la producción del relato, y a que los humores colectivos se construyen y deconstruyen, cual resultado de una ingeniería social empirista, por medio de aparatos ideológicos más o menos eficaces. Esa sería, por ejemplo, la estrategia actual del binomio Podemos-Canal Red. Nuestra posición es diferente, sin restar un ápice de importancia a la necesidad de la izquierda de estar en las instituciones y, al mismo tiempo, de disponer de sus propios mecanismos de comunicación, consideramos que la crisis es más profunda.

Somos partidarios de entender que la politización es un fenómeno que se encarna en los cuerpos y los deseos, en las dimensiones ordinarias de la vida social, en las dimensiones racionales y pulsionales del ser humano, a través de vínculos colectivos y procesos de subjetivación, y que los sujetos sociales son algo más que meros animales lingüísticos. La ideología no sería tanto un tipo de discurso, un conjunto rígido de ideas, sino más bien un codificador de necesidades y deseos genuinos. Otorgan sentido a la práctica cotidiana, somatizan relaciones vividas, articulan experiencias conscientes e inconscientes, son siempre performativas, pragmáticas, y beben más de lo afectivo que de lo cognitivo. Dicho de un modo más simple, lo ideológico sería un campo de fuerzas donde tiene mayor peso la composición de afecciones (en el sentido spinoziano) que la mera agrupación de intereses.

Si partimos de esta idea, para nosotros el desafío consistiría en no renunciar a esa composición de deseos y afecciones que se dan en la vida ordinaria. Es decir, asumir que la recomposición de la izquierda, lejos de ser una estrategia política, va mucho más allá de la canalización, expresión o representación de ciertos intereses y necesidades, sino de contribuir, en el día a día concreto, a la experimentación de la potencia transformadora de lo real. Esto es, politizar la vida. Lo que ocurre es que politizar la vida no necesariamente se produce en los lugares que tradicionalmente denominamos «políticos», sino que se enraíza en todos y cada uno de los pliegues de lo social. Esto fue un aprendizaje del 15M. El ciclo de protesta se engendró en la heterogeneidad social, en la ayuda mutua allí donde tuviera que darse (un huerto, una plaza, un centro de salud, un grupo de afinidad, etc.). Las alteridades son irreductibles, siempre estarán ahí, y se necesita alguna estrategia que desestabilice las categorías de anclaje social y avance hacia posibilidades no exploradas de accionar colectivo.

En definitiva, entender que eso que llamamos izquierda, o se funde con la vida, con los dolores y complejidades ambiguas de la vida, o difícilmente podrá interpelar a las mayorías sociales. Si todo queda circunscrito a la representación, a la identidad nacional, a la presencia en las instituciones públicas, mucho nos tememos que abandonará los lugares de experimentación e imaginación política.

Os he leído decir que la experiencia vivida trata de regresar y reactivarse. ¿Creéis que es posible una suerte de revival del movimiento quincemayista? Si fuese el caso, ¿tomaría otras orientaciones políticas? Algunas voces llevan tiempo anunciando una suerte de 15M de derechas o reaccionario. ¿Qué podemos hacer para revertir esta situación en que los jóvenes se acercan masivamente a opciones políticas como las de VOX?

—Le preguntamos a un amigo sevillano por el ascenso de Vox en su tierra, cómo lo vivía, cómo lo explicaba. Nos dijo: “es muy sencillo: ahí donde había un grupo del 15M, o más tarde un círculo de Podemos, ahora hay un grupo de Vox”. Metidos en los barrios, traduciendo sus problemas y necesidades a lenguaje reaccionario, dotando al símbolo general abstracto de la bandera española de contenidos concretos y cotidianos. Desmontamos pieza a pieza nuestros mundos para meterlos como proyectiles en las catapultas del «asalto institucional», y ese vacío lo puebla ahora Vox y su traducción derechizada del malestar cotidiano de la gente.

La pelea por la “hegemonía social” se disputa en los territorios de vida, en todos los entornos laborales, locales y familiares en los que hacemos experiencia, en cualquiera de los lugares cotidianos donde se configura nuestra manera de ver y sentir el mundo. Si te conviertes en una maquinaria meramente representativa desanclada de los dolores y la vida social. Si te vuelves una caja de resonancia de tu propia identidad y discurso, sin estar inserto materialmente, corporalmente, afectivamente, somáticamente, en el cuerpo de lo social, en lo ordinario de la vida minúscula, recluido en estructuras de partido autorreferenciales, transformado en mero aparato ideológico canalizado por los medios de comunicación, ahí tus posibilidades de ser una fuerza transformadora se debilitan.

No hay atajos. No hay soluciones de vía única. No hay recetas mágicas. Nadie tenemos la solución. Se han demostrado fracasadas las estrategias ingenieriles de la política. El desafío consiste en coproducir mundo y hacerlo de la manera más integradora posible, apostando por la heterogeneidad social, por la innovación organizativa, experimentando y fracasando caminos de participación, reinventando el ritmo y el tiempo de lo político, poniendo en suspenso inercias y liderazgos, dispuestos a estar abiertos a la contingencia, entendiendo que la emancipación es un campo habitado por lugares de sombra, ambiguos, incomprensibles a veces, indeterminados. Pensar contra nosotros mismos y asumir la incerteza de lo real. En definitiva, estar dispuestos a renunciar a nuestras propias (y supuestas) verdades.

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