lunes, 9 de junio de 2025

Los «incivilizados» pueden aprender a cultivar la tierra

 

Los «incivilizados» pueden aprender a cultivar la tierra

 

Jorge Majfud

Rebelion

09/06/2025 



Fuentes: Rebelión

“Uruguay pretende ‘traer algunos jóvenes palestinos de Cisjordania’ para formarlos en agricultura a través de programa de FAO, dijo Lubetkin” (Canal 12, Uruguay, 6 de junio de 2025)

El lunes 12 de mayo de 1919, el ministro de Guerra del Reino Unido, futuro ministro y héroe de la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill, refiriéndose a su propia práctica de gaseo de manifestantes y rebeldes árabes, escribió:

“No entiendo esta reticencia al uso de gas. En la Conferencia de Paz, hemos adoptado la postura definitiva de defender su mantenimiento como método de guerra permanente… Estoy firmemente a favor del uso de gas venenoso contra tribus incivilizadas. El efecto moral debería ser tan positivo que la pérdida de vidas se reduzca al mínimo. No es necesario utilizar solo los gases más mortíferos: también se pueden utilizar gases que causan grandes inconvenientes y siembran el terror…”

De los hindúes dijo que eran animales que adoraban elefantes. Consecuente, fue responsable directo y consciente de la hambruna que mató millones de personas en Bengala, en 1943, poco antes que firmase un acuerdo de alianza con Stalin en Irán para luchar contra el nazismo.

Estas palabras del héroe británico y defensor de la libertad y los Derechos Humanos, estas ideas y acciones supremacistas por entonces no eran una novedad ni provocaron ningún escándalo. El racismo supremacista y mesiánico, como el Destino manifiesto de O’Neill y El sacrificio del hombre blanco de Kipling que en el siglo XIX justificaron y promovieron matanzas de “pueblos incivilizados” y de “razas inferiores” fueron el antecedente de Hitler y el nazismo. Hitler le plagió párrafos enteros a Madison Grant para Mi Lucha y le agradeció la inspiración. La popularidad del nazismo en países como Inglaterra y Estados Unidos era profunda y extensa, sobre todo entre los empresarios ricos y entre políticos poderosos, hasta que comenzaron a perder la Segunda Guerra y, de repente, los criminales nazis fueron apenas un puñado de locos, no una masa cómplice y cobarde de hermosos y superiores civilizados con amnesia súbita.

Cien años después la historia de suprimir incivilizados, razas inferiores, pueblos maldecidos por Dios, es mil veces peor y, como entonces, parece que no es para tanto. Pero también es mil veces superior la información disponible en tiempo real, por lo cual también la responsabilidad y la vergüenza (o desvergüenza) se multiplican por mil.

Actualmente, Uruguay es uno de esos ejemplos que no alcanzan a ser trágicos por el solo hecho de su incapacidad militar y propagandística de hacer tanto mal. No porque seamos un pueblo superior, como su gobierno tan amablemente insiste en dejarlo en claro con su propio ejemplo. Lo cual no nos exime de la vergüenza por la cobardía de la negación o los titubeos morales ante los hechos más trágicos de la historia contemporánea. Cobardía y negación de la cual se eximen aquellos miles de uruguayos que no se inclinan temblorosos ante los fascistas de turno, esos que aterrorizan con total impunidad de derecha a izquierda―en ese orden.

Luego de que el presidente de Uruguay Yamandú Orsi se negó a la petición de su partido (la coalición de izquierda Frente Amplio) a definir las matanzas en Gaza como genocidio, se defendió diciendo que lo suyo son las acciones, no las palabras, y que prefiere no hablar sobre “la guerra” y aportar “soluciones concretas”, como enviar leche en polvo y arroz a Gaza… La embajada de Israel en Uruguay calificó la crítica del Frente Amplio al genocidio en Gaza como “expresiones de odio disfrazado” y advirtió de “consecuencias peligrosas”. La B’nai B’rith calificó el breve comunicado del FA como “gravísima falta moral”.

Debido a la previa crítica de artistas y militantes de la izquierda a los titubeos de su propio gobierno, el presidente volvió a intentar apagar el fuego con más combustible. En una nueva declaración a los diarios, dijo que condenaba la “escalada militar” y que la ofensiva de Netanyahu “alimenta el antisemitismo” y genera “hartazgo” en “sectores importantes” del pueblo israelí.

Es bastante obvio que el genocidio sionista puede alimentar, entre otras cosas, el antisemitismo, ya que han sido desde siempre los mismos sionistas quienes, por razones políticas, geopolíticas e ideológicas se encargaron de confundir e identificar estratégicamente sionismo con judaísmo (como identificar al KKK con el cristianismo), por lo cual hasta los cientos de miles de judíos que se oponen activamente a las matanzas de palestinos y al apartheid en Israel pueden terminar siendo víctimas responsabilizadas por algo que condenan.

¿Pero qué hay de los cientos de miles de palestinos masacrados, mutilados, traumatizados y hambreados? ¿No son ellos las víctimas directas del odio y de la violencia que insiste que “en Gaza no hay inocentes, ni siquiera los niños”, por lo cual se justifica exterminarlos antes que se conviertan en “terroristas”? ¿No serán los colonos europeos que dicen ser descendientes de un hombre llamado Abraham que vivó hace 4.000 años en lo que hoy es Irak, los verdaderos antisemitas? Un hombre que primero tuvo un hijo con su esclava a petición se su esposa infértil. Pero el hijo de Abraham y la esclava produjo el linaje de los árabes. Como algo salió mal, Sara tuvo su hijo a los 90 años por milagro del Señor, el que produjo el linaje de los israelíes (según la misma tradición que identifica a aquellos israelíes de hace 3.000 años con los actuales) una versión mejorada de la raza de su hermano. Pero dejemos esta línea surrealista de razonamiento que es sólo obvia para los fanáticos en trance perpetuo.

La sola idea de enviar leche y arroz a Gaza bajo el lema de “acciones y no palabras” oculta la profunda ignorancia de lo que ocurre con la ayuda humanitaria en Palestina o, más probablemente, el negacionismo y un conocido temor a criticar al poderoso que está cometiendo un genocidio ―digamos masacre, para no ofender la sensibilidad de los asesinos y sus apologistas.

Claro, si lo mencionas, el argumento automático es “no te he visto condenar el ataque del 8 de octubre”. Lo cual es falso y paradójico, ya que siempre es dicho por quienes jamás condenaron ni condenarán las repetidas masacres y violación sistemática de Derechos Humanos contra los palestinos y otros vecinos desde la Segunda Guerra mundial, cuando los mismos sionistas, con orgullo, se reconocían como terroristas.

El canciller uruguayo, Mario Lubetkin (ex Director de Comunicación Institucional de la FAO para América Latina) ha salido a apagar el fuego (ahora incendio) de las críticas de sus bases políticas anunciando planes para permitir la llegada al país de “algunos jóvenes palestinos de Cisjordania” para que puedan formarse en agricultura sostenible. En otro programa de radio afirmó que los jóvenes palestinos podían “pensar en el día después” convirtiéndose en entrepreneurs y comenzar su propias start-ups.

¿El día después de qué? ¿Por qué tenemos que decirles, los amos occidentales, qué deben hacer para civilizarse, como adoctrinarse y adaptarse al progreso y sumisión al capitalismo anglosajón? Claro, volver a exiliaros, lejos de su tierra y de sus propias y soberanas decisiones como individuos y como pueblo.

Aparte de la conciencia turbia de la cancillería de Uruguay, muchos no entienden ni imaginan que en Palestina hay miles de profesionales y académicos bilingües cuyas escuelas y universidades fueron bombardeadas hasta los escombros. En Israel los consideran animales de carga y en Occidente creen que pueden enseñarles a plantar olivos.

A principios del 2024 me reuní con encargados de Asuntos Internacionales de mi universidad en Estados Unidos para proponerles la creación de “becas humanitarias” para estudiantes afectados por los conflictos bélicos. Aparte de que la idea fue muy bien recibida, se hundió en la desidia de los donantes. ¡Pero qué buena idea, eso de sacar palestinos de Palestina para enseñarles a cultivar otras tierras! ¿Cómo no se les había ocurrido antes? No se trata de darles una beca a los jóvenes que lo perdieron todo bajo las bombas para que se preparen y den una lucha internacional por la soberanía de su pueblo, sino para que aprendan a cultivar la tierra, otras tierras que no tienen nada que ver con la suya que conocen como la palma de la mano y la han cultivado por miles de años de forma más que sostenible.

¿Dónde está la cantaleta que escuchamos los profesores de Occidente con una frecuencia tóxica sobre la necesidad de “formar líderes mundiales”? Cada vez que en alguna reunión critico este lema colonialista, a muchos les cuesta entenderme.

Desplazar jóvenes palestinos para que aprendan “agricultura sostenible” en Uruguay es tan buena idea que se parece a la de la “Solución final”, de la que tanto hablan miembros del gabinete de Natadasco ―y la mayoría de los israelíes; según una encuesta del periódico israelí Haaretz, el 82 por ciento de la población apoya la expulsión forzada de los palestinos de Gaza.

A esta altura no sé qué es peor, si tener un Trump en Argentina o un Biden en Uruguay.

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MARCELO COLUSSI. Habla un psicoanalista marxista

 

MARCELO COLUSSI. Habla un psicoanalista marxista

 

Insurgente.org / 09.06.2025

 

El periodista K., famoso por sus incisivos reportajes, entrevistó al prestigioso psicoanalista marxista W.M., de Croacia. Las respuestas no tienen desperdicio. Al contrario: son una imprescindible lección que debemos leer con mucha atención. Presentamos aquí la versión española, traducida con inteligencia artificial del original croata.

Periodista K.: Se dice que no se puede ser psicoanalista y marxista al mismo tiempo. ¿Es así?

Entrevistado W.M.: ¡En absoluto! Me parece que es absurdo plantearlo de ese modo, aunque sé que, efectivamente, muchas veces se hace. Sería como plantearlo al revés: ¿se puede ser psicoanalista y de derecha? Bueno… ¿por qué no? Los y las psicoanalistas tienen ideología, igual que los arquitectos, los choferes de bus, los meteorólogos o los astronautas, las madamas de un prostíbulo o los doctores en física cuántica. ¿Cómo podría prescindirse de eso, de la ideología que nos da identidad? Esa tremenda estupidez que profirió Fukuyama ante la caída del Muro de Berlín, que ahí llegábamos al fin de la historia y de las ideologías, no se sostiene, es una barbaridad, una simpleza banal. ¡Por supuesto que un psicoanalista puede ser marxista! De hecho, hasta donde yo conozco, en todo el mundo no es lo más común, -en general, son más bien de derecha-, pero por supuesto: claro que los hay marxistas. Usted está hablando con uno de ellos en este momento.

Periodista K.: ¿Y qué significa ser ambas cosas? ¿Se pueden articular estos dos pensamientos?, por cierto, revolucionarios ambos.

Entrevistado W.M.: Es complejo eso. Articularlos, en el sentido de lograr un discurso unificado tomando elementos de uno y otro, no se puede. Eso se intentó hace bastantes años con eso que se dio en llamar “freudomarxismo”. Recordemos que esa búsqueda no prosperó, quedó en el olvido. No lo hizo porque, simplemente, no se pueden unir dos campos teóricos que hablan más o menos de lo mismo -la alienación del sujeto-, pero tienen efectos prácticos diferentes. El uno, el psicoanálisis, es una práctica clínica, por tanto, muy personal. El otro, el marxismo, es una guía de acción para la acción política, para lo masivo, lo colectivo. Si bien es cierto que existen intentos de utilizar conceptos psicoanalíticos para leer fenómenos sociales -ahí están los cuatro discursos que propuso Lacan: discurso del amo, universitario, de la histérica y del analista, por ejemplo, escritos al calor del Mayo Francés de 1968- eso no tiene una aplicación práctica efectiva en el ejercicio político. Es como utilizar conceptos del psicoanálisis para leer, por ejemplo, fenómenos artísticos: es posible, pero eso tiene un valor solo de ejercicio intelectual, interesante quizá, muy rico. Pero yo diría que hasta ahí. El marxismo, eso que diseñaron Marx y Engels en el siglo XIX y que inspiró las revoluciones socialistas que conocimos en el siglo XX, es otra cosa, ni mejor ni peor, simplemente otra cosa: permite una acción transformadora en lo social. Recordemos al respecto la Tesis XI sobre Feuerbach. Por eso digo que intentar unirlos en un solo discurso no aporta, ni para la clínica, ni para la revolución. Nadie padece síntomas neuróticos, o delirios esquizofrénicos, anorgasmia o alcoholismo por las condiciones socioeconómicas de pobreza -todo eso se da por igual en todas las clases sociales-, ni se puede impulsar la revolución socialista con una lectura psicoanalítica de la sociedad en términos, por ejemplo, de los matemas lacanianos.

Periodista K.: Entonces ¿cómo se puede ser psicoanalista y marxista simultáneamente?

Entrevistado W.M.: Ser marxista es un posicionamiento ideológico. Todas y todos, como sujetos ubicados en algún lugar, sujetos deseantes y sexuados que hacemos parte de un colectivo que nos constituye -se terminó la ilusión del libre albedrío- portamos, transmitimos y reproducimos una ideología. Trabajar en un consultorio privado cobrando altos honorarios que solo un pequeño porcentaje de la población podrá pagar, o trabajar en un dispensario popular, en un hospital público o en una barriada pobre a un costo bajo, eso implica tomar partido por una ideología. Hay quien plantea que no puede haber acto analítico si no hay un pago económico; incluso, un pago alto -“el análisis tiene que costar mucho”, escuché alguna vez-. No lo veo así o, en todo caso, hay que situar ese dicho. Siempre hay un pago; no hay nada gratis. No olvidemos que Freud, en algunos casos, atendió sin cobrar honorarios, gratuitamente, y solía decir que “el análisis no debe ser caridad, pero tampoco negocio”. Pensemos en un país socialista donde la salud es pública -insisto: no es gratis, alguien la paga, y ese alguien no es otro que la gente con su trabajo, produciendo la riqueza social-; entonces allí, con un planteo de la salud no como mercancía sino como derecho humano ¿no podría haber psicoanálisis entonces? ¡Todo eso es ideología! Un psicoanalista marxista tendrá una posición tomada al respecto: en otros términos, defenderá el sistema de salud pública, en vez de priorizar la práctica privada. Y ese psicoanalista, si lo desea, también podrá trabajar -si hablamos de un país capitalista- para transformar su sociedad con un planteo socialista. Es decir: podrá militar en una fuerza de izquierda, quizá hacerse guerrillero, o candidato presidencial por un partido que participa en las elecciones democrático-burguesas con talante de izquierda. ¿Qué lo podría impedir?

Periodista K.: Usted dijo que la mayoría de psicoanalistas son de derecha. ¿Es así? Si trabajan poniendo en práctica una teoría revolucionaria, verdaderamente subversiva como es la obra freudiana, ¿por qué son de derecha?

Entrevistado W.M.: Una obra -la freudiana- no se superpone y articula automáticamente con la otra -la marxista-. Tal como usted lo dice, ambas son revolucionarias por todo lo que derriban y por lo nuevo que inauguran: el sujeto del inconsciente destronando el altar de la razón, el psicoanálisis; la lucha de clases como motor de la historia y la posibilidad de una sociedad sin clases a la que llamamos comunismo, el marxismo. La experiencia demuestra, sin embargo, que no es imperioso que quien piensa con uno de esos modelos piensa simultáneamente también con el otro. Me atrevo a decir que los seres de carne y hueso concretos portadores de estas ideas no siempre conocen ambas al mismo tiempo, y muchas veces, desde una posición, miran con desconfianza la otra. Eso pasa más aun entre los psicoanalistas. Y se entiende: ser de izquierda no es fácil. En realidad, es meterse en problemas. Mucho más fácil es seguir la caravana, ser conservador, no comprometerse con estas ideas de cambio social por las que a uno lo pueden matar. Eso ha pasado tantas y tantas veces en la historia que ni siquiera es necesario dar más ejemplos. Pero a nadie han perseguido, ni puesto preso, ni mucho menos torturado o asesinado, por ser psicoanalista. O, si sucede -como de hecho sucedió en Argentina con la dictadura del general Videla- es por una confusión de cosas: porque para una visión conservadora de ultraderecha, cualquier elemento que suene contestatario es peligrosa. Pero siempre se persiguió a psicoanalistas que tenían simpatías con la izquierda; nunca, según me he ido enterando, a quienes pertenecían a la filial argentina de la Internacional Psicoanalítica, que es más bien conservadora. Recordemos que los nazis quemaron los libros de Freud cuando anexionan Austria; lo subversivo que tiene esta teoría asusta. A un psicoanalista la derecha recalcitrante lo puede tratar de extravagante, de alternativo, pero eso no mata inmediatamente. Recuerdo que un prestigioso psicoanalista francés dijo que “el psicoanálisis es subversivo, pero no revolucionario”. ¿Tanto asusta la palabra “revolución”? Ya vemos: el anticomunismo visceral nos domina, lo tenemos metido hasta las mitocondrias. Alguna vez, sarcásticamente, el cineasta español Pedro Almodóvar dijo que “nueve de cada diez estrellas son de derecha”. Pues bien: eso podría decirse de todos los personajes que cité anteriormente: arquitectos, choferes, astronautas, físicos y un voluminoso etcétera. Si la gente, en su mayoría, fuera de izquierda, ya no habría más capitalismo. Estamos muy bien preparados para ser de derecha, conservadores, asustarnos con los cambios. Vez pasada leí por ahí, en el internet, algo que me pareció dar en el blanco, aunque pueda sonar muy duro: “en términos generales nos parecemos más a Homero Simpson que al Che Guevara”. Un psicoanalista, profesional universitario de clase media, que no pasó por una formación política marxista -como no lo pasa la inmensa mayoría de gente en el planeta- es más fácil que sea de derecha, un trabajador liberal económicamente autónomo que no se sentirá trabajador sino profesional -ser profesional pareciera ser otra categoría-, seguramente más abierto que alguien del Opus Dei, pero de derecha, a que sea comunista. La gente que trabaja por el socialismo con una firme convicción somos pocos, quizá cada vez menos en estos tiempos de reversión del campo socialista europeo, ahora que presentan estas ideas como sepultadas, superadas. Creo que no me equivoco al afirmar que la gran mayoría de gente que trabaja desde el psicoanálisis -psicólogas y psicólogos, psiquiatras y algún profesional liberal más por ahí- no es marxista. ¿Qué conoce usted más: gente marxista o gente no marxista? Ya sé que quien hace las preguntas aquí es usted, pero dejemos este interrogante como recurso retórico, heurístico. Y yo mismo la respondo: abundan infinitamente más los Homero Simpson -porque estamos preparados para ello- que los Che Guevara. Yo, para que no le queden dudas, me reconozco más un Homero que un Che.

Periodista K.: Quiero dejarlo claro entonces: ¿el psicoanálisis puede aportar para la revolución socialista?

Entrevistado W.M.: No, en absoluto. El psicoanálisis tiene que ver, básicamente, con la clínica. La revolución socialista es un proceso político donde participan las masas cuando salen de su adormecimiento. El psicoanálisis no puede contribuir a eso. Quizá pueda ayudarle a un sujeto en particular, y el mismo, quizá, pueda cambiar su punto de vista ideológico y hacerse de izquierda, un revolucionario. Puede suceder, pero eso no es una consecuencia directa, algo que se busca a través de un abordaje clínico. De hecho, no es lo común. La gente que llega a un tratamiento clínico busca calmar su malestar, sus dolencias anímicas. Punto. La clase trabajadora, por distintas cuestiones culturales, en general no busca análisis. Tampoco vamos a decir -como lo hicieron en su momento Lenin y Gramsci- que eso sea una moda pequeño-burguesa. Pero no tiene que ver directamente con la revolución obrera y campesina, con los movimientos populares. Lo cual no quiere decir que en un planteamiento de salud púbica el psicoanálisis no pueda -o no deba, mejor dicho- ser algo al alcance de todos.

Periodista K.: Entonces, ¿se beneficia en algo un psicoanalista al ser de izquierda?

Entrevistado W.M.: Excelente pregunta, que da pie para llegar a lo que quiero transmitir. Ser de izquierda, en un mundo capitalista, no trae beneficios, si entendemos por tales algo así como ganancias, lucro económico, una utilidad pecuniaria. El único beneficio, para quien tiene firme convicción en una sociedad no capitalista, es ver que la militancia puede llevar a ello. En esa militancia pondrá todo su deseo. Ese es el beneficio. Eso, sin embargo, le puede traer enormes complicaciones, porque ser de izquierda no es lo que el sistema espera. En los países del Sur eso puede significar muerte; en el Norte, donde las cosas no son tan sangrientas -pero no por ello son mejores- puede significar cierta marginación. Como sea, no es lo más cómodo del mundo ser de izquierda, ser un marxista convencido que lucha por la revolución. Por eso la gran mayoría de psicoanalistas, así como de arquitectos, y choferes, y físicos, y albañiles y la gran mayoría del paisaje humano, no anda enfrentándose al sistema. Ser de derecha es más cómodo, y punto. O ser, como se dice -equivocadamente, por supuesto- “apolítico”. Estupidez insostenible, igual que decir “asexuado”. Es decir: va más fácil no pensar con criterio de transformación revolucionaria, votar en las elecciones cada cierto tiempo y ahorrarse así problemas. En todo caso, podemos despotricar contra el gobierno de turno, y eso sí se permite, eso sería “hacer política”. Pero eso no cambia absolutamente nada. En ese sentido, los psicoanalistas -repito, más cerca de aquel ícono de la sociedad estadounidense que del guerrillero heroico, como le pasa a la prácticamente totalidad del mundo- evitan meterse en problemas. Ser marxistas les puede traer aparejados problemas prácticos en su vida como ciudadanos, y en el ámbito del trabajo profesional, en la clínica propiamente dicha, no redunda en nada respecto a la calidad del servicio que puedan prestar. Pero a los marxistas sí les puede traer mucha cuenta conocer psicoanálisis, empaparse de la teoría freudiana, aunque no se dediquen a la práctica clínica.

Periodista K.: ¿En qué sentido se pueden beneficiar los y las marxistas entonces?

Entrevistado W.M.: Punto medular éste, sin dudas. Para muchos, el psicoanálisis da al materialismo histórico nuevas herramientas para entender la alienación, la identificación con el opresor (recordemos el síndrome de Estocolmo), la manipulación de los deseos, la creación de una falsa conciencia. No niego todo esto, pero me parece que eso solo queda corto. El más importante aporte que viene del psicoanálisis para quienes apostamos por la revolución socialista yo lo encuentro en la concepción del sujeto que se abre ahí, en poder mostrar los límites con que nos encontramos en lo humano, en que no podemos esperar grandes cosas gloriosas de un Homero por separado, y pese a ello, la necesidad de trabajar por un cambio que ayude a transformar tanto la sociedad como a ese sujeto mismo, pensando en grandes mayorías, que son las que hacen los cambios. En otros términos: es un aporte no solo en el plano de lo teórico -lo cual es muy importante, sin dudas-, sino con importantísimas consecuencias prácticas, en lo político, en el día a día. Me explico. El sujeto humano, producto de una historia social (de la que da cuenta el marxismo) y de una historia subjetiva (interpretada y procesada por el psicoanálisis), no es dueño de sí mismo, sino que responde a todas esas determinaciones macro y micro. Desde hace algunos milenios, con la noción de propiedad privada, los seres humanos, prácticamente igual en todas las culturas salvando detalles circunstanciales, hemos desarrollado esto que vemos estar más cerca de Homero Simpson que del legendario guerrillero argentino-cubano. Quiero decir: giramos en torno a la idea de propiedad privada, al patriarcado, al poder como simbolización de la victoria del tener sobre el desposeer, a la fantasía de completud que todo ello nos depara. Eso, con características peculiares en cada caso, lo encontramos en todos los modelos civilizatorios. Y hoy, con un capitalismo que barre todo el planeta, lo encontramos más o menos por igual en todos los países, incluidos los que se llaman socialistas. Todo eso -la fascinación por el poder, la fascinación por la jerarquía, el patriarcado, etc.-, por supuesto que no es algo genético, biológico, sino que proviene de una construcción histórica. Si es histórica, felizmente puede cambiar (la sociedad de clases y Homero Simpson, felizmente -¡muy felizmente! habría que agregar- pueden cambiar). Hoy todos y todas quienes pertenecemos a la especie humana tenemos tras de sí esa milenaria historia. Seguimos pensando -no puede ser de otra manera, porque la historia pesa- que “estamos bien” porque tenemos más cosas -evidente cultura del tener, del poseer, que el capitalismo elevó a un grado superlativo: valgo más porque tengo más-. En Cuba, por ejemplo, están “mal” porque no poseen tanto como en su vecino imperial, o en otros países capitalistas. Alguien me dijo alguna vez -alguien de izquierda, curiosamente-: “Un doctor en física nuclear cubano gana diez veces menos de lo que gana un físico nuclear en Estados Unidos o en Europa. Por eso se va, o vive frustrado en la isla”. Está claro que seguimos repitiendo la noción de “éxito” en términos de disponer, de tener cosas. La noción de “falo” en Freud, pero mucho más aún en Lacan, gira en torno a eso: tener o no tener. ¿Me voy explicando?

Periodista K.: Creo que sí, aunque esto es bastante complicado. Pero para aclarar bien: ¿cómo pueden servir estos conceptos psicoanalíticos para un marxista, tal como usted dijo: no tanto en lo teórico sino en la praxis, en la acción política concreta? Dicho de otro modo: ¿qué aportan para alguien que trabaja en función de establecer una sociedad socialista, se supone que de justicia y equidad?

Entrevistado W.M.: Pues bien, creo que sirven mucho en torno a la consideración del poder, quizá más que esa elucubración lacaniana de los cuatro discursos que antes citábamos, por ejemplo, que puede tener alguna utilidad, pero no nos aporta directamente en la construcción de ese nuevo mundo que se busca desde el marxismo. Los conceptos psicoanalíticos, o mejor dicho: la antropología que inaugura la obra de Freud, sirve para dimensionar bien qué significa “cambiar”, qué significa “transformación revolucionaria”, sirve para entender y dimensionar más correctamente la idea de “hombre nuevo” que viene de la mano de un planteo socialista. El psicoanálisis, para algunas personas, tiene un talante pesimista, porque ve solo el lado oscuro de lo humano; por ejemplo, la pulsión de muerte, esa tendencia que nos impulsa a lo negativo. Pues bien: me parece que la visión psicoanalítica no es pesimista sino descarnadamente realista, que no es lo mismo. Toda esa ideología de la felicidad, esta cultura que nos legó Hollywood con su parodia de la vida donde siempre hay final feliz y todo es novelita rosa, eso es deleznable. Es lindo creérselo, por eso esa ideología del happy end pega mucho, y consecuentemente existe una psicología de la felicidad: “todo depende de usted, de su buena vibra, de su actitud positiva”, se llega a decir. De hecho, la modernidad capitalista se edifica sobre esa quimera de un yo que decide todo, que puede todo, prescindiendo ya de un ente divino -“Dios ha muerto”, ¿no?, dijeron prestigiosos filósofos-. El cogito cartesiano marca el camino: hay un sujeto que, con su trabajo, con su praxis, logra todo. Yo soy el autor de mi destino, y si trabajo duro, logro ser total, domino el mundo. La ideología capitalista ha entronizado esa falacia del esfuerzo personal como garantía del éxito. El psicoanálisis muestra la verdad del fenómeno humano. ¿Cuál esa verdad? Que los límites nos aterran, y que el ejercicio del poder, de cualquier cuota de poder, nos hace sentir -ilusoriamente, claro- que no tenemos límites, que podemos todo, que podemos ir más allá de la castración. Si queremos decirlo de otro modo: que somos dioses. En Argentina, ese actual empobrecido país de Sudamérica que alguna vez se sintió potencia, escuché decir, en español, que si te va bien, “sos Gardel”, es decir: la representación del “dios” todopoderoso de esas tierras, el que lo puede todo, el ícono del triunfo. Interesante ¿no? ¿Por qué el poder fascina tanto, nos atrapa, nos subyuga? Porque nos hace sentir completos, obtura la carencia existencial que nos constituye.

Periodista K.: El poder, entonces ¿es algo connatural a lo humano? ¿Es una sobredeterminación más allá de la cual no podemos ir? Dicho de una manera casi brutal: ¿es innato? Saber todo esto ¿qué aporta al marxismo?

Entrevistado W.M.: Por supuesto que el poder no es innato. En lo humano no hay nada innato, más que unos pocos reflejos que ayudan a la sobrevivencia: reflejo de succión, reflejo palpebral, etc., algunos de los cuales se pierden con el crecimiento. El poder, al menos por lo que podemos deducir del estudio de la historia, de la comparación con grupos pre-agrarios que por ahí persisten, es una construcción simbólica, histórica, eminentemente social. El sujeto del que podemos dar cuenta, el que venimos siendo hace ya varios milenios, se estructura en torno a lo fálico. Es decir: a la lógica binaria tener-no tener. ¿Me explico? Ese sujeto, el que somos nosotras y nosotros en cada caso, todo el mundo, en Francia, Australia o Cuba socialista, usted, yo, Homero Simpson, la madama del motel antes citado, el Che Guevara o el albañil que edificó esta casa, estamos cortados por la misma tijera. En otros términos: tenemos incorporado esos valores, esas estructuras que nos hacen ser machistas patriarcales, quizá racistas también, nos hacen pensar que el doctor en física que gana diez veces más que el colega cubano está mejor -lo cual es así desde la lógica del tener-. Quiero decir: ese sujeto está conformado sobre la base del poder como determinante de las relaciones humanas. Por eso cuesta tanto, pero tanto, cambiar la sociedad. Me explico mejor: construir el socialismo cuesta muchísimo, cuesta horrores, por dos motivos: primero, porque la reacción capitalista lo intenta detener a toda costa. Veamos lo que pasó en las experiencias socialistas: 25 millones de muertos en la Unión Soviética en la Segunda Guerra Mundial, casi 400,000 toneladas de napalm arrojadas sobre Vietnam, más de seis décadas de bloqueo a Cuba… Así se hace casi imposible vivir, por tanto, dificilísimo construir el socialismo. Pero pese a eso, todos esos países avanzaron. No olvidar nunca, quizá como frase-insigne, lo dicho alguna vez por Fidel Castro: “En el mundo hay 200 millones de niños de la calle. Ni uno solo vive en Cuba”. Ese es un primer nivel de dificultad, enorme, inconmensurable. Pero hay otro más profundo: luchar contra lo que somos. E insisto con eso: luchar contra el Homero Simpson que hay en cada uno de nosotros y nosotras. En los países socialistas, que viven siempre acosados por los capitalistas -acosados con bombas, bloqueos y ataques varios- también pesa en su contra el hecho que la revolución, el cambio, lo hace gente cargada con todas esas determinaciones milenarias. Y ahí se repiten los juegos de poder. Es decir: siempre aparece una Nomenklatura -o pónganle el nombre que quieran-, una nueva clase de burócratas, unos nuevos propietarios que repiten esquemas ancestrales. Miremos la Nicaragua actual, por ejemplo, donde se pasó de una experiencia que buscaba ser socialista a un presidencialismo capitalista bonapartista que da mucho para discutir. Los juegos de poder no desaparecen, y ahí está Stalin mandando a matar a Trotsky, los choques entre Podemos y Sumar en España, los conflictos mortales entre Evo Morales y Luis Arce en Bolivia, las diferencias entre los cuatro grupos guerrilleros en Guatemala que por disputas internas y de liderazgo impidieron tomar el poder ahí haciendo fracasar la revolución, o las interminables peleas dentro de los partidos de izquierdas, con continuas fragmentaciones y disputas para ver quién es “más revolucionario”, similares a las que hay en los de derecha. ¿Por qué serían distintos los cuadros de la izquierda? ¿Por qué adoptaron una nueva ética? La experiencia nos muestra que un acto de voluntaria decisión política -ingresar a militar en una fuerza de izquierda, lo cual es altamente loable- no alcanza para cambiar eso: los comandantes guerrilleros latinoamericanos, por ejemplo, siendo de izquierda, no dejaron de ser asquerosamente machistas, mientras un cuadro de la izquierda europea se refiere a “sus” países como “civilizados” en contraposición a los del Sur -¿andarán en taparrabos ahí todavía?-. Y un dirigente del Partido Comunista Italiano -lo escuché con mis propios oídos- se espanta porque su hija quiere casarse con alguien de Sicilia: “¡¿un africano, nena?!” Para redondear la idea: una revolución que intenta cambiar la historia, la revolución socialista, se hace con la materia que somos, es decir: gente machista, racista, adultocéntrica, convencida siempre de tener la verdad, poco o nada autocrítica, repitiendo el autoritarismo ancestral. No olvidemos, por ejemplo, que en África hay una burguesía negra que explota a sus “hermanos” negros igual que lo hizo “el hombre blanco” años atrás. ¿Somos “malos” instintivamente?, se podría decir, repitiendo su pregunta. No, no es así, en absoluto: somos producto de una historia. ¿Por qué ahora los altos cuadros de la Nomenklatura rusa pueden ser los nuevos empresarios capitalistas, tan depredadores y explotadores como cualquier empresario de cualquier parte del mundo, de Estados Unidos, Brasil o del África subsahariana? El marxismo puede y debe aprender de lo que, con crudeza, nos muestra el psicoanálisis: no somos precisamente blancas y mansas palomitas. Pero tampoco estamos condenados a ser siempre eso. De ahí que una verdadera revolución socialista que se mantenga y pueda avanzar hacia esa mítica sociedad sin clases, el comunismo -“sociedad de productores libres asociados” dijera Marx- es difícil que se pueda profundizar en un solo país. Ese cambio debe ser planetario. Y evidentemente, tal como están las cosas, eso no se lo ve muy cercano.

Periodista K.: Las revoluciones socialistas que ha habido en el siglo XX no fueron muy amigables con el psicoanálisis. ¿Se excluyen entonces estos dos pensamientos? ¿Cómo incorporar esto que nos dijo del sujeto humano, conflictivo y egoísta, en un ideario que nos habla de solidaridad y desprendimiento, de algo que va más allá del individualismo?

Entrevistado W.M.: Vamos con la primera respuesta: psicoanálisis y marxismo no se excluyen. La cuestión es cómo articularlos. El freudomarxismo no funcionó porque era un intento sin sustento: no se pueden mezclar dos teorías por el puro deseo de mezclarlas; evidentemente eso no llevó a ningún lado, pues no era ni una cosa ni la otra. Si bien es cierto que con el estalinismo la obra de Freud fue sacada de circulación, en un primer momento, cuando se da esa monumental explosión de cambios en la Rusia bolchevique en 1917, el psicoanálisis fue bien acogido. Trotsky, por lo pronto, lo veía con buenos ojos y lo apoyó. Sucede que el hecho de que se nos muestren los límites, que nos hagan saber, como decía Freud, que “no somos dueños en nuestra propia casa”, eso espanta, aterroriza, y no queremos enterarnos de nada al respecto. Ahora bien: la cuestión es aprender de lo que la clínica cotidiana nos muestra en forma palmaria -que los problemas anímicos son siempre problemas anímicos, más o menos los mismos, presentes siempre en la historia (en todas las civilizaciones ha habido “locos”, y angustia, y temores varios, también en las experiencias socialistas)-. Cierta cuota de malestar psíquico es intrínseca a la condición humana; eso es inexorable -lo contrario es esa grotesca payasada de Hollywood-. Pero no solo eso, sino que las mezquindades, el miedo que nos lleva a ser conservadores, el terror al cambio, la sensación de jerarquía y sentirse dios -¡sos Gardel y los músicos!, no olvidar eso-, todo eso lo muestra el psicoanálisis como parte de la condición humana. ¿Se podrá ir más lejos? Ahí está la dificultad. Sí y no. Sí se puede tomar el poder y empezar a construir una alternativa no capitalista. Eso se hizo ya varias veces en la historia, y dio resultados. La Revolución Saur de Afganistán, de 1978 -aunque la prensa comercial no hable una palabra de eso- lo muestra. Allí se empezaron a repartir las tierras con criterio equitativo, socialista, y las mujeres salieron de su ancestral aplastamiento, ya no usaban burka. Luego, por obra de la CIA, vinieron los talibanes y la contrarrevolución borró todo eso. Pero en procesos socialistas más prolongados, Unión Soviética, Cuba, la construcción del “hombre nuevo” mostró que es algo más complejo que la buena voluntad de pedir nuevos valores. Eso no se logra con un decreto gubernamental: son años, años, generaciones, muchas generaciones para lograr un cambio auténtico en las cabezas. Fíjese que pasaron milenios y todavía hay esclavos en el planeta. Milenios de tradición no son fáciles de transformar. Si no, cuando los procesos socialistas tambalean, no volverían a aparecer tan fácilmente propietarios que explotan mano de obra asalariada de otros camaradas. Y eso, hay que decirlo con franqueza, sucede. No porque el socialismo sea una quimera irrealizable, imposible, una fantástica ensoñación sin los pies en la tierra. Sucede porque la materia con que se da ese cambio es la misma de siempre: ahí está el problema. El “límite”, se podría decir, si somos rigurosos con el psicoanálisis.

Periodista K.: ¿Cómo solucionarlo entonces? ¿Qué hacer desde el marxismo para incorporar esos conocimientos que lega el psicoanálisis?

Entrevistado W.M.: Hacer un trabajo ideológico-cultural fenomenal, mucho más grande de lo que se hizo ahora. O mejor aún: hacer ese trabajo, pero no con los criterios quizá impositivos que se hizo, sino buscando nuevos métodos, nuevos caminos. La gente común es solidaria, a veces. “Los pueblos no son espontáneamente revolucionarios, pero a veces se ponen revolucionarios”, pudo leerse en una pintada callejera durante la Guerra Civil Española. La cuestión es cómo ir logrando moldear nuevos lazos sociales. Por supuesto, esto hay que pensarlo como siembra de hoy para ver cosechas en un futuro a mediano o largo plazo. La familia que hoy conocemos, esa institución -que funciona con problemas como toda institución, pero funciona- puede darnos una pista. Conocemos la moral tradicional de la familia monogámica, patriarcal, con un pater familias a la cabeza, heteronormativa, la familia que se viene dando desde hace milenios, más allá de formas culturales circunstanciales. De allí sale el sujeto que somos, con un nivel de narcisismo primario indispensable para vivir (las madres nos crían como “lo más lindo del mundo”, pero no existe el “más lindo del mundo”), y con las características de normalidad expandidas más o menos por igual en todos lados: hay malestar tolerable -eso es la normalidad psicológica- malestar que manejamos, con renuncias sociales indispensables -ahí está el incesto- pero que no nos convierten en asociales; la inmensa mayoría entramos en las normas, somos un Homero más y no deliramos: si nacemos pobres, aprendemos a resignarnos; si nacemos ricos, se nos hace fácil mandar. Si nacemos mujer, aprendemos a soportar -“parirás con dolor”, enseña el libro sagrado del catolicismo-; si nacemos varones, sabemos que “tenemos” que silbarles a las mujeres por la calle. Por eso un comandante guerrillero “debe” ser mujeriego, porque así es el mandato social para los “machos”, no importando si son de derecha o de izquierda. De todos modos, esa construcción -pienso en el libro de Engels “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”, de 1884, absolutamente válido al día de hoy- es histórica, por tanto, puede cambiar. Quiero decir, en definitiva, que podemos pensar -y debemos trabajar para ello- en la creación de nuevos modelos de humanización. El psicoanálisis nos da pistas para eso. Permítame decirle que al inicio de la revolución rusa, en sus albores, hubo los primeros intentos al respecto: la familia ampliada, la familia sin propiedad sobre los hijos, todos interesantes experimentos. Después vino la restauración estalinista, volvió a imponerse el “hombre viejo”, y el “hombre nuevo” no prosperó. Pero ya hay gérmenes de esas nuevas ideas.

Periodista K.: Entonces para el psicoanálisis ¿no es que seamos “malos” por naturaleza? Pero ¿por qué siempre se repite que un grupo poderoso se monte sobre la mayoría? Un asesor le pide a Putin “no volver a 1917”, y el presidente en ese proyecto parece estar; los oligarcas de allí son iguales a los oligarcas de cualquier parte. ¿Estamos condenados entonces?

Entrevistado W.M.: No, no hay ninguna condena. Ni somos “malos” por naturaleza. Sucede que cambiar cosas es algo muy, pero muy difícil. No imposible, por supuesto, pero sí muy cuesta arriba. O nos bombardean -pensemos en lo que dije hace un momento del napalm y el agente naranja en Vietnam- o nos bombardea la historia, nos bombardea por dentro. El psicoanálisis nos alerta acerca de lo que somos. Ojalá todo el mundo pudiera ser como Ernesto Guevara, pero eso es radicalmente imposible; la gente, los seres humanos comunes y corrientes, no somos eso, ni podemos serlo. La imagen mítica del Che pasó a ser como la de Gardel, ambos argentinos. De ahí mi comparación -odiosa si se quiere, pero necesaria- con la figura de ese energúmeno que es este personaje muy real de la televisión estadounidense. Para sintetizarlo: no podemos esperar siempre cosas gloriosas de cada sujeto individual. Muchos -quizá yo soy uno de ellos, quizá el primero- salimos corriendo ante los desafíos ensuciando calzoncillos, y permanecemos como esclavos sin rebelarnos ante el amo, nos asustamos, preferimos la sumisión. Pero el grupo, el colectivo, la masa, eso sí puede hacer cosas gloriosas. Recordemos la pintada callejera de España. La historia no la hacen grandes personajes: la hacen las masas. Tener claro eso, terminar con el culto a la personalidad -¿hay que hacerles estatuas a los grandes personajes, o hay que terminar con eso?-, reconocer que los juegos de poder están y, seguramente, seguirán estando entre nosotros, es muy importante de tener en cuenta. Querría terminar la entrevista con una cita justamente del Che: “Yo no soy un libertador. Los libertadores no existen. Son los pueblos quienes se liberan a sí mismos”.

Periodista K.: Creo que ha sido muy claro en todo lo que nos presentó hoy. Por cierto, algo que me llama mucho la atención de su parte es que, pese a hablar de temas muy profundos, muy complejos, su forma de decir las cosas no es incomprensible. Al contrario: es muy claro, muy accesible.

Entrevistado W.M.: ¡Qué bueno que me diga eso! Sin dudas, yo pretendo ser riguroso en lo que transmito, me tomo muy en serio lo que digo. Pero no por ello busco ser críptico, incomprensible. Al contrario: estoy absolutamente convencido que se puede ser muy estricto, muy apegado a la verdad en lo que se dice, pero sin la artificial necesidad de mostrarse enigmático, oscuro, inabordable. Veo que hay una cierta tendencia -¿moda se le podrá decir?- de, muchas veces, buscar deliberadamente un lenguaje casi esotérico, que solo los iniciados del cenáculo pueden entender. Me parece que hay algo de pose en eso; los franceses son particularmente afectos a eso, y mucha gente en el mundo los copia. Vea usted que Marx o Freud, por ejemplo, que son sumamente profundos en lo que escribieron, no necesitaron esa fingida aura de impenetrabilidad para transmitir sus ideas. Rechazo profundamente todo eso, que me parece una triste pantomima.

Periodista K.: Muchísimas gracias W.M.

 

Marcelo Colussi

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domingo, 8 de junio de 2025

LAS TROPAS RUSAS CRUZAN LA FRONTERA DE LA REGIÓN DE DNIPROPETROVSK Y AVA...

UCRANIA BAJO INFIERNO RUSO. EEUU ABANDONA EUROPA. TRUMP PONE UNA TRAMPA ...

La revista Marx XXI lanza nueva web con el propósito de impulsar el debate teórico socialista

 

La revista Marx XXI lanza nueva web con el propósito de impulsar el debate teórico socialista


La publicación está vinculada al Movimiento Socialista

 

INSURGENTE.ORG / 08.06.2025

 


 Sobre MarxXXI 

MarxXXI es una publicación teórica socialista, y como tal, un órgano para la lucha ideológica. Su propósito es dar espacio a análisis e investigaciones de mayor extensión y profundidad de lo que permiten formatos más propagandísticos o atados a la coyuntura.

MarxXXI nació en 2021 con el objetivo de reivindicar el marxismo y dar cabida al renovado interés por este entre una nueva generación militante desencantada por el reformismo y el movimentismo. Con los años, sus impulsores se unieron a un Movimiento Socialista que daba por entonces sus primeros pasos fuera de Euskal Herria, al que el MarxXXI ha quedado ligado desde su segunda edición. Es, por lo tanto, un proyecto militante. Ahora bien: los capítulos que conforman el MarxXXI son contribuciones teóricas individuales, y no deben confundirse con posicionamientos oficiales. Este estatus está reservado a los documentos y comunicados firmados por las diferentes organizaciones que componen el Movimiento Socialista.

Como es sabido, la iniciativa de MarxXXI nació en el seno de Contracultura, bajo cuya marca se publicaron los tres primeros volúmenes. Ahora MarxXXI comienza su andadura en solitario, desde el agradecimiento por el soporte y difusión brindado por Contracultura todo este tiempo.

Hasta ahora, hemos logrado mantener una periodicidad anual que seguimos considerando adecuada para nuestro formato de publicación. Nos alegra comunicar a nuestros lectores que cada nuevo año, por todo el tiempo que sea necesario, vendrá acompañado por su MarxXXI.

(Presentación recogida de la web MarxXXI)

§  Ppara visitar Marx XXI clicar AQUÍ

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Las armas vuelven a sonar en Libia

 

Libia (o lo que queda de ella) lleva una década sumida en el caos y la desesperación. Para alguien alejado de los acontecimientos sucedidos desde el asesinato de Gadafi lo que sucede ahí puede ser incomprensible. O trágicamente lamentable.


Las armas vuelven a sonar en Libia

 

Vijay Prashad

El Viejo Topo

8 junio, 2025 


El 12 de mayo de 2025, Abdul Ghani al-Kikli, conocido por todos en Libia como Ghnewa al-Kikli, fue asesinado durante una reunión en unas instalaciones de la milicia dirigida por la 444.ª Brigada de Combate en Trípoli. Ghnewa lideraba el Aparato de Apoyo a la Estabilidad (SSA), que había gobernado con mano de hierro partes de Trípoli y, de hecho, secciones del norte de Libia. El líder de la 444.ª Brigada, el general de división Mahmoud Hamza, felicitó a sus tropas por “derrocar el Imperio Ghnewa”. Hamza, aunque tiene sus raíces en su milicia, es el director de inteligencia militar de uno de los varios gobiernos que reclaman ser el Gobierno oficial de Libia. La muerte de Ghnewa abrió una nueva ronda de violencia en Trípoli, ya que los combatientes del SSA salieron a las calles angustiados por la muerte de su líder. Mientras el SSA se disolvía en la desesperación, la Brigada 444 ocupó los puestos y propiedades que habían quedado vacíos para reclamarlos. En ese momento, como si Libia necesitara más problemas, las Fuerzas Especiales de Disuasión RADA, lideradas por el líder islamista Abdul Raouf Kara, atacaron a la Brigada 444. Las fuerzas al-Radaa o RADA tienen sus raíces en la tradición salafista madkhali, favorecida por sectores de los Hermanos Musulmanes de Libia, y aunque el nombre de su fuerza parece gubernamental, no es más que otra milicia glorificada que se dedica a perseguir a las fuerzas políticas no islámicas en Libia.

El enfrentamiento entre la Brigada 444 y la SSA, y posteriormente con las Fuerzas Especiales de Disuasión de la RADA, provocó otra ronda de lamentaciones sobre el tribalismo y el islam en Libia. Así fue como la prensa occidental y los think tanks informaron de lo ocurrido en Trípoli. Pero esto es totalmente engañoso. El general de división Hamza respondió a las críticas de que su Brigada 444 opera como milicia con fines sectarios en su página de Facebook: “Durante años, siempre hemos velado por la seguridad y la protección de los ciudadanos, evitando el derramamiento de sangre y poniendo fin al conflicto armado. No somos partidarios de la guerra, y defendemos la santidad de la sangre de personas inocentes y la protección de la vida, la propiedad y el honor. Nuestra intervención en los últimos años para poner fin a los conflictos armados es prueba de la sinceridad de nuestras intenciones”. Se apresuró a reunirse con el primer ministro del Gobierno de Unidad Nacional de Libia, Abdul Rahman al-Dbeibeh, y le dijo que la 444.ª Brigada había asegurado las principales intersecciones de Trípoli, como las de Salahaldeen y Ain Zara. Todo parecía haber vuelto a la normalidad.

LO QUE CREÓ LA OTAN

Cuando la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) excedió el mandato de la resolución 1973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en 2011, no estableció una zona de exclusión aérea ni impidió el derramamiento de sangre en Libia, sino que destruyó las instituciones del Estado libio y proporcionó cobertura aérea a una serie de grupos milicianos. Estos grupos milicianos, financiados por diversos actores (Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí, Catar, Turquía y los Estados Unidos), colaboraron contra los restos del Estado libio, pero no tenían nada que los uniera. En el momento en que asesinaron brutalmente a Muamar el Gadafi y se hicieron con Trípoli, se volvieron unos contra otros. Las apresuradas elecciones parlamentarias convocadas para 2012 provocaron un duro conflicto entre algunas de estas facciones: la Hermandad Musulmana se coaligó en gran medida en torno al Partido Justicia y Construcción (liderado por un antiguo director de hotel, Mohamed Sowan) y el Frente Nacional para la Salvación de Libia (liderado por un exiliado de larga data, Mohamed el-Magariaf), el Partido Salafista de la Patria (liderado por el clérigo Ali al-Sallabi y el combatiente de Al Qaeda Abdelhakim Belhadj) y, posteriormente, los neoliberales de la Alianza de Fuerzas Nacionales (liderada por Mahmoud Jibril, respaldado por los Estados Unidos). Las fuerzas pro Gadafi habían sido prohibidas. Ningún líder político obtuvo la mayoría en el Parlamento, mientras que las milicias islamistas y de otro tipo comenzaron a desgarrar el país al desaparecer el monopolio del Estado sobre la fuerza armada. Se sucedieron los primeros ministros, pero ninguno tenía poder real. Toda la situación creada por la OTAN en 2011 estalló en lo que hoy se conoce como la Segunda Guerra Civil, que se prolongó desde 2014 hasta 2020.

​​Surgieron tres centros de poder. El Gobierno de Unidad Nacional y el Gobierno de Salvación Nacional operan en Trípoli, mientras que el Gobierno de Estabilidad Nacional se encuentra en Tobruk y Bayda. Las armas sonaron con fuerza cuando el general Khalifa Haftar, antiguo agente de la CIA, intentó en varias ocasiones tomar Trípoli desde el este y proporcionar una solución militar al desorden político. Pero nadie fue capaz de imponerse. Libia se sumió en el caos, los pozos petrolíferos se obstruyeron, los robos se generalizaron y las instituciones gubernamentales se deterioraron. Ninguna de las principales fuerzas políticas podía reivindicar su nacionalidad libia, con el resultado de que nadie podía elevarse por encima de sus orígenes provincianos (líderes de tal o cual milicia de tal o cual ciudad) o de su limitada base de poder (jefe de tal o cual grupo con hombres armados capaces de defender tal o cual barrio o ciudad). En ausencia de cualquier fuerza nacional (militar o política), Libia pasó la última década sumida en la violencia y la desesperación.

Ghnewa era el ejemplo perfecto del tipo de hombre que dominaba Libia. Nació en Bengasi, pero su familia es originaria de Kikla, una localidad situada en las montañas occidentales de Nefusa, a unos 150 kilómetros al suroeste de Trípoli (donde su cuerpo fue devuelto para ser enterrado el 14 de mayo). Ghnewa era propietario y trabajaba en una panadería en el barrio obrero de Abu Salim, en Trípoli, en 2011, cuando Gadafi fue derrocado. Ya se había convertido en parte de la fuerza local en ese barrio conflictivo y aprovechó esa experiencia para crear una milicia que fue tomando cada vez más el control de partes de la economía y la vida de Trípoli. La SSA era la encargada de gestionar muchas de las prisiones en las que se detenía, torturaba y vendía como esclavos a los migrantes (recientemente, la Corte Penal Internacional dictó una orden de detención contra Osama Elmasry Njeem, director de una de estas prisiones; en lugar de entregarlo, el Gobierno italiano, que tenía a Njeem bajo custodia, lo devolvió a Libia). Aunque es tentador imaginar que su muerte forma parte de un intento de limpiar las milicias, en realidad se trata de una lucha interna más amplia entre las milicias que caracterizó la Segunda Guerra Civil Libia. Las redes sociales muestran el movimiento de grupos milicianos desde Warsehfana y Zawiya, en el oeste de Libia, hacia Trípoli, quizás en apoyo del grupo RADA de Kara. No hay optimismo inmediato sobre la situación tras la muerte de Ghnewa. El panadero vivió por las armas y murió por las armas. Su vida desde la guerra de la OTAN se ha caracterizado por la violencia y la corrupción, ingredientes peligrosos que caracterizan a la Libia actual.

TEMBLORES PELIGROSOS

Pocos días después de la muerte de Ghnewa, el muftí de Libia, el jeque Sadiq al-Ghariani apareció en la cadena de televisión Tanasuh para pedir “que la gente salga a las calles por decenas de miles para reclamar elecciones y el fin de las fases de transición”. Al-Gharani, un predicador salafista, había surgido en el caos de la guerra de la OTAN para reclamar este importante puesto y, desde allí, comenzó a emitir fatwas contra Gadafi y, más tarde, contra cualquiera que se opusiera a su visión del mundo. Sigue siendo muy poderoso y mantiene estrechos vínculos con algunas de las fuerzas islamistas del país. Mientras tanto, el general Khalifa Haftar aprovechó el aniversario de lo que se conoce como el levantamiento de al-Karama (Dignidad) de 2014 para expresar su opinión de que el ejército es la institución más importante de Libia y debe ser saludado por su valentía y compromiso con la nación. Entre al-Ghariani y Haftar se encuentran las dos fuentes de poder dentro del país, aquellos que esgrimen el Corán y las armas con fines políticos. Sin embargo, incluso ellos están fragmentados.

Pero la verdadera fuente de poder reside en otra parte. Desde 2011, las Naciones Unidas han aprobado en cuarenta y cuatro ocasiones resoluciones en las que se pide la estabilidad en Libia y la no injerencia exterior. El alto el fuego de 2020, basado en el proceso de Berlín II, creó varias plataformas para la estabilidad y la soberanía, entre ellas el Grupo de Trabajo sobre Seguridad, el Grupo de Trabajo Económico y la Comisión Militar Conjunta 5+5. Estos grupos se han convertido en vehículos para la intervención de potencias extranjeras, desde los Estados Unidos hasta Turquía, interesadas en la futura producción petrolera de Libia. Simplemente no permitirán que Libia respire, porque eso significaría que podría tomar decisiones sobre el petróleo que no complacen a las fuerzas externas. En cada uno de estos grupos y en muchos otros que se han creado desde 2012, la representación libia ha sido mínima, en gran parte porque la propia Libia está fragmentada y desorientada.

Las armas vuelven a disparar en Libia. El dinero entra a raudales desde el exterior con la esperanza de que algún día el petróleo libio permita que el dinero fluya en sentido contrario. En las arenas movedizas del interior de Libia, la esperanza es mínima. El deseo es que no haya más conflictos, pero eso es poco probable. Hay demasiados hombres armados en todo el país. Y tienen demasiadas balas.

Fuente: Globetrotter y No Cold War Perspectives

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Esta era la vida REAL en la Alemania NAZI

«Roban a familias de soldados fallecidos»: Ucrania no acepta miles de cuerpos de sus militares caídos

 

«Roban a familias de soldados fallecidos»: Ucrania no acepta miles de cuerpos de sus militares caídos

 

DIARIO OCTUBRE / junio 7, 2025

 

Según Artiom Dmitruk, el líder del régimen de Kiev dio una orden personal de no aceptar los cuerpos de militares ucranianos caídos en combate.


El dictador nazi-fascista de Ucrania, Vladimir Zelenski | Mert Gokhankoc / dia images / Gettyimages.ru

 

El líder del régimen de Kiev, Vladímir Zelenski, bloqueó personalmente la recuperación de los restos de miles de militares ucranianos caídos en combate, cuyos cuerpos Moscú había ofrecido devolver a Kiev para que puedan darles sepultura, declaró Artiom Dmitruk, diputado de la Rada Suprema (Parlamento ucraniano) que tuvo que abandonar su país el año pasado tras denunciar persecución por parte de las autoridades.

«Sé que Zelenski dio una orden personal de no aceptar los cuerpos de los militares ucranianos caídos en combate», sostuvo el político en una entrevista con RT.

Según Dmitruk, Zelenski se opone a esta iniciativa y retrasa deliberadamente el reconocimiento oficial de los soldados declarados desaparecidos con el objetivo de evitar el pago de indemnizaciones por el fallecimiento, derecho al que tienen sus familias.

«Es la razón y la definición más simples, ya que Zelenski está acostumbrado a hacerse con todo este dinero y compensaciones que tienen que recibir las familias de fallecidos y de los gravemente heridos a través de sus intermediarios. Se están apropiando del dinero de las familias de los muertos y heridos», denunció.

Las familias de los soldados ucranianos caídos en combate tienen derecho a indemnizaciones gubernamentales de hasta 360.000 dólares, lo que significa que aceptar la propuesta por Rusia de devolución de 6.000 cadáveres de militares ucranianos podría costarle a Kiev más de 2.000 millones de dólares.

«No se puede esperar nada bueno de este régimen terrorista«, afirmó Dmitruk, que evoca un cambio de gobierno en Kiev como única posibilidad para abrir el camino a unas verdaderas conversaciones de paz.

En este contexto, el exasesor del fiscal general de Ucrania, Andréi Telizhenko, resaltó que Zelenski, junto con su círculo íntimo, se apropia de este dinero y luego lo blanquea en el extranjero adquiriendo bienes en Francia, Italia, el Reino Unido y Estados Unidos.

·         Tras la segunda ronda de conversaciones entre Rusia y Ucrania celebrada este lunes en Estambul, Moscú informó que se acordó la transferencia unilateral de 6.000 cuerpos congelados de soldados ucranianos y que este proceso comenzará en un futuro próximo. El líder de la delegación rusa, Vladímir Medinski, detalló entonces que Moscú está dispuesto a realizar el proceso los días 7, 8 y 9 de junio.

·         Sin embargo, esta jornada el alto cargo ruso reportó que la parte ucraniana había ignorado los acuerdos alcanzados, aplazando por tiempo indefinido la recepción de cuerpos de sus soldados y el canje de prisioneros de guerra.

·         En este contexto, instó a la parte ucraniana a llevarse los cuerpos de sus militares que le entrega Rusia, para que sus familias puedan darles sepultura. «Pedimos que se lleven por fin los cuerpos de 6.000 soldados y oficiales de las Fuerzas Armadas de Ucrania para que sus familias puedan darles una sepultura humana«, enfatizó el asesor presidencial ruso. «El primer lote de cuerpos congelados de 1.212 soldados de las Fuerzas Armadas de Ucrania ya ha llegado en frigoríficos a la zona de intercambio. El resto está en camino», añadió.

Fuente: RT

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