jueves, 11 de julio de 2024
miércoles, 10 de julio de 2024
Crece el hambre en el mundo
La revista india
DownToEarth publica este artículo sobre el aumento del hambre en el mundo. Un
ejemplo de la situación: según UNICEF, cada día 95 niños filipinos mueren por
desnutrición, y un tercio de la población infantil no pasa de los cinco años.
Crece el hambre en el mundo
El Viejo Topo
10 julio, 2024
Por Sha
Shagungun
El 30% de la población mundial sufre inseguridad alimentaria, según un
nuevo estudio
Los sistemas
alimentarios locales son vitales para alimentar a un planeta cada vez más
hambriento y prevenir la inseguridad alimentaria y la hambruna
Los avances en
la lucha contra el hambre en el mundo han dado marcha atrás. Casi el 30% de la
población mundial se enfrenta a la inseguridad alimentaria y el 42% no puede
permitirse una dieta sana, según un nuevo informe publicado el 2 de julio de
2024.
Según Food From
Somewhere, se prevé que unos 600 millones de personas pasen
hambre en 2030, por lo que el objetivo mundial de «hambre cero» está más lejos
que nunca.
El documento, elaborado
por el Grupo Internacional de Expertos en Sistemas Alimentarios Sostenibles
(IPES-Food), subraya cómo el sistema alimentario mundial se ha visto afectado
por la pandemia, la guerra entre Rusia y Ucrania y la creciente crisis
climática.
Los
preocupantes datos sobre el hambre en el mundo llegan en un momento en que las
Naciones Unidas revisarán el estancamiento de los avances hacia el Objetivo de
Desarrollo Sostenible 2 (poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y
la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible) en su «Foro
Político de Alto Nivel sobre el Desarrollo Sostenible (FPAN)», que se está
celebrando del 8 al 17 de julio de 2024.
El informe
afirma que se trata de las primeras evaluaciones exhaustivas de la seguridad
alimentaria realizadas desde la pandemia de COVID-19. En él se constata que las
cadenas de suministro de alimentos controladas por las empresas han demostrado
ser especialmente vulnerables en los últimos tres años a las perturbaciones del
comercio, los efectos del clima y la volatilidad de los mercados, al tiempo que
han socavado a menudo los medios de subsistencia de los pequeños productores.
En su lugar,
las cadenas de suministro de alimentos localizadas han ofrecido un enfoque más
resistente y equitativo de la seguridad alimentaria.
«Estas redes
alimentarias locales, o mercados territoriales, incluyen
mercados públicos, vendedores ambulantes, cooperativas, agricultura urbana y
venta directa en línea, y se basan en productores y vendedores de alimentos a
menor escala al servicio de las comunidades», señala el informe.
Estas cadenas
de suministro de alimentos localizadas demostraron beneficios para la seguridad
alimentaria, como el acceso a alimentos más diversos y nutritivos, altos grados
de resistencia y adaptabilidad a las crisis, precios accesibles y
sostenibilidad medioambiental.
«Las pruebas
son claras: los sistemas alimentarios locales son vitales para alimentar a un
planeta cada vez más hambriento y prevenir la inseguridad alimentaria y la
hambruna. Proporcionan alimentos nutritivos y asequibles, y son mucho más
adaptables a las crisis y perturbaciones mundiales que las cadenas de
suministro industriales. Más grande no siempre es mejor. Es hora de que los
gobiernos actúen con decisión y utilicen la contratación pública para reforzar
a los pequeños productores sostenibles, dotar a los mercados alimentarios
locales y regionales de la infraestructura que necesitan y protegerlos del
dominio empresarial», declaró Shalmali Guttal, experta en
alimentación del IPES, India.
Mientras las
cadenas empresariales se rompían durante la pandemia de COVID-19, los «mercados
territoriales» adaptaron rápidamente sus operaciones y métodos de suministro
para mantener alimentadas a las comunidades.
«…apoyan los
medios de subsistencia de millones de pequeños productores, sostienen diversas
culturas alimentarias, impulsan la biodiversidad, promueven la cooperación
comunitaria y ayudan a alimentar hasta el 70% de la población mundial
utilizando menos de un tercio de las tierras y recursos agrícolas».
Sin embargo,
estos mercados de alimentos se vieron penalizados por las políticas comerciales
y de inversión y las subvenciones agrícolas, y a menudo carecen de infraestructuras
adecuadas, como instalaciones sanitarias y de almacenamiento, según el estudio.
El grupo de
expertos de IPES-Food, que pide cambios urgentes en las políticas para aumentar
la resistencia ante el aumento del hambre, identificó una serie de acciones
conjuntas para los gobiernos, entre las que se incluyen:
– Reorientar la
contratación pública para apoyar a los pequeños productores sostenibles;
– Desplazar las
subvenciones para invertir en infraestructuras y redes que sustenten los
«mercados territoriales»;
– Proteger los
mercados locales de la absorción empresarial.
– Fomentar una
agricultura sostenible y biodiversa y dietas variadas.
Fuente: https://www.downtoearth.org
Francia: La izquierda en el pantano del pragmatismo
Francia:
La izquierda en el pantano del pragmatismo
Por Debates
KAOSENLARED
9 de julio de 2024
La izquierda francesa
agrupada en el Nuevo Frente Popular (NFP) acaba de frenar el ascenso del
partido de Marine Le Pen (Asamblea Nacional), calificado de ultraderecha,
gracias a la alianza de varias fuerzas, desde los socialistas y Verdes hasta la
Francia Insumisa y los comunistas, entre las organizaciones más destacadas.
En NFP, Verdes y
Socialistas tienen la mayoría de los diputados (94 en 182 escaños), por encima
de los 71 que se le atribuyen a La Francia Insumisa de Jean-Luc Melénchon.
En cuanto al reparto de
diputados, todos los partidos y alianzas están lejos de la mayoría, con lo que
la izquierda deberá co-gobernar con la derecha de Macron. Además dentro del
Nuevo Frente Popular, algo más de la mitad de los elegidos son neoliberales,
caso de verdes y socialistas, firmemente alineados con la OTAN y la guerra.
El Frente propone en su
programa la subida del salario mínimo a 1.600 euros y reducir la jubilación a
los 60 años, y un sistema que permita regularizar la migración, uno de los
aspectos más debatidos en los últimos años. No dicen nada de la guerra de
Ucrania, lo que hace pensar que seguirán adelante con la política guerrerista.
El gran “triunfo” que
festeja la izquierda europea es haber frenado a la ultraderecha, a la que
menudo se refiere como “fascista”. Pero ahora va a tener que gobernar con una
parte de la derecha, por lo que no habrá cambios significativos en ningún
terreno, ni en la economía, ni en la política exterior, ni en relación con los
inmigrantes.
Creo que la izquierda ha
perdido el horizonte y ya no puede distinguir lo esencial de lo secundario. En
Europa hay guerra. Esa guerra tiende a ampliarse. Ahora Ucrania está
bombardeando con armamento occidental estaciones estratégicas en Rusia,
acercando el momento en que se utilicen armas nucleares. Polonia y Bielorrusia
están prontas para entrar en la guerra, mientras Estados Unidos, Reino Unido y
la OTAN desean acelerar el conflicto.
La cumbre de la OTAN que se
realiza esta semana en Washington, del 9 al 11 de junio, estará orientada a
profundizar la guerra en la convicción de que es posible derrotar a Rusia o,
por lo menos, desgastarla seriamente. Sin embargo, la mayoría de la opinión
pública europea desea una negociación que ponga fin al conflicto. Algo que el
Pentágono no parece dispuesto a aceptar.
No tomar posición respecto
a la guerra y cogobernar con la derecha es el camino seguro del fracaso y de la
pérdida de legitimidad. Pero el pragmatismo y el inmediatismo son demasiado
potentes en las direcciones de todos los partidos que se dicen de izquierda,
eluden el conflicto y apuestan al “mal menor”, que los lleva a no realizar
cambios y a seguir con las políticas neoliberales y guerreristas de la Unión
Europea.
La llamada “ultraderecha”
es un tigre de papel, parafraseando a Mao. Ya gobierna en Italia y no ha habido
cambios importantes. Pero sobre todo el mismo concepto de ultraderecha es una
construcción de la derecha “moderada”, o sea del campo socialista y
socialdemócrata, equivalente a los demócratas en Estados Unidos. Observemos los
medios y vemos que la “unidad” contra esa derecha, o contra Trump, es
cálidamente defendida por El País, Le Monde y The New York Times. Aprendieron a
subordinar a las izquierdas del tipo de Podemos, Sumar o La Francia Insumisa.
No sólo no les temen sino que saben usarlas para conseguir la gobernabilidad
neoliberal que desean. El gobierno de Pedro Sánchez es buena prueba de ello.
Pero cuando alguien dice
algo así, lo acusan de “hacerle el juego” a la ultraderecha o a Trump, y en
ocasiones a Putin. Esta derecha que se disfraza de centrista, es el cerrojo
ideológico que clausura el debate con quienes siguen luchando por cambios de
fondo, a quienes criminalizan por salirse del libreto aceptable para los
poderes.
Con ésta política de Frente
Popular, la izquierda pierde su relación con los sectores populares y los
inmigrantes, los verdaderos perdedores del neoliberalismo que, en buena medida,
votan por esa ultraderecha a cuyos votantes no logran comprender. La dirigente
alemana Sahra Wagenknecht, escindida de Die Linke (La Izquierda), acusó a sus
ex camaradas con toda razón: “Es incorrecto llamar nazis a quienes por
desesperación votan a la ultraderecha” (Publico, 7/07/2024).
Tan grave como eso es que
la izquierda le está dando una sobrevida a Macron, al que la primera vuelta
había dejado en el suelo.
Esta izquierda podría
reflexionar sobre el rumbo de Lula. Para derrotar a Bolsonaro, tejió la unidad
con la derecha “moderada”, a la que pertenece su vicepresidente Geraldo
Alckmin. Ahora es prisionero de esa alianza que no le permite hacer los cambios
que reclaman los movimientos. El pragmatismo lo está llevando a realizar un
gobierno mediocre, con baja aprobación y alta desmoralización entre quienes lo
apoyaron. Incluso Joao Pedro Stédile, coordinador del MST (Movimiento Sin
Tierra), acaba de decir que el gobierno de Lula es “una vergüenza” porque no
está haciendo nada por la reforma agraria (IHUOnline, 7/06/2024).
Sobre las ruinas del
gobierno de Lula, puede volver nuevamente Bolsonaro. Entonces dirán que hay que
unirse con la derecha “democrática” para impedir su victoria.
Al parecer, la imaginación y el compromiso con los pueblos no le permiten a esta izquierda ir más lejos, mientras se hunde sin remedio en el pantano del pragmatismo.
Raúl Zibechi
martes, 9 de julio de 2024
Sumar en crisis. Unas totas
De nuevo, la maldita
pregunta: ¿qué hacer? Aquí Albert Recio sugiere ideas sensatas, seguramente
insuficientes, pero por algo se empieza. El camino es largo, pero como dijo
alguien con buena cabeza, se hace camino al andar. Caminemos, pues.
TOPOEXPRESS
Sumar en crisis. Unas totas
El Viejo Topo
9 julio, 2024
La sucesión de
malos resultados electorales ha generado un clima de crisis que, a estas
alturas, resulta difícil presagiar como acabará. Demasiadas veces, la gente de
izquierdas dedica más energías y talento a las batallas internas que a
construir un proyecto sólido. Quizás es un reflejo de su debilidad estructural,
de verse forzada siempre a ir a la contra, con pocos recursos, a habitar en
espacios institucionales y mediáticos marginales. Pero debería ser la
conciencia de esta precariedad el principal acicate para construir, con
generosidad, proyectos capaces de persistir y servir de referencia a mucha
gente. Las notas que siguen solo pretenden contribuir a un debate en el que lo
prioritario pasa por no tensar la situación, tratar de racionalizar los problemas,
y buscar respuestas a corto, medio y largo plazo.
Un proyecto mal diseñado
Parte de los
problemas son de índole organizativa. Sumar nace a la vez como una coalición
electoral de fuerzas de izquierda y como una nueva formación política. Si ya de
por sí una coalición electoral es un proyecto complicado, que exige una
negociación ardua de programas y, sobre todo, de candidaturas, lo de la
creación adicional de una organización política supone un grado de complejidad
enorme. Como no estoy en el intríngulis del proceso opino de oídas, pero todo
apunta a que la construcción del nuevo proyecto tuvo mucho que ver con la
necesidad del núcleo de Yolanda Díaz de dotarse de un músculo organizativo para
contrarrestar la fuerza de otras organizaciones ya existentes. El resultado es,
en parte, contradictorio, puesto que se acaba por añadir más complejidad a una
estructura partidista en exceso fragmentada. El ejemplo más extremo es Madrid,
donde siguen coexistiendo Más Madrid e Izquierda Unida. Por el contrario, donde
menos tensiones se han generado es en Catalunya, donde todo el mundo aceptó
integrarse en Catalunya en Comú. El modelo actual no ha funcionado y, como
siempre, la crisis organizativa se ha manifestado cuando un declive electoral
ha dejado sin representación a alguna de las fuerzas de la coalición.
A corto plazo,
esta cuestión organizativa sólo tiene dos salidas: o replantear Sumar como una
mera coalición, estableciendo normas claras para que todo el mundo se sienta
cómodo, o empezar a trabajar para formar una nueva organización que integre a
las existentes. Esto último es seguramente lo deseable, pero exige una altura
de miras y una generosidad que muchas veces es difícil de encontrar. No sólo
por las actitudes tóxicas de algunos líderes, sino también porque una parte de
las bases tiene un apego especial a su organización y recela de perder los
referentes a los que está habituada. Pero ahora debería resultar claro que
estamos en un proceso de fin de ciclo, que exige cambios. De no existir éstos,
el riesgo es caer en el ostracismo. Si en Catalunya la unificación está más
avanzada es, en buena medida, porque Iniciativa per Catalunya-Verds supo
reconocer que su experiencia tocaba techo y fue generosa con la emergencia de
nuevos liderazgos.
Liderazgos, efervescencias versus políticas institucionales
Para tener
buenos resultados electorales y poder influir en las acciones políticas hacen
falta buenos resultados electorales. Pero difícilmente una buena acción
institucional sirve para generar una movilización electoral suficiente. Esto es
especialmente importante para la izquierda alternativa, que no cuenta con los
aparatos, los recursos y los medios propagandísticos de las grandes formaciones
ni, tampoco, de una capacidad decisiva en muchas políticas. En el mejor de los
casos, se alcanzan (salvo en algunos gobiernos locales) espacios de poder
minoritarios que exigen pactos y renuncias, más allá de lo que imponen la
multiplicidad de presiones legales y mediáticas orientadas a socavar la
credibilidad de los izquierdistas en el poder. La acción institucional
desgasta, aunque constituye un espacio esencial de toda política
transformadora.
Pero los
mejores resultados se obtienen al calor de líderes con un cierto carisma, que
se presentan como rupturistas de la política convencional, que plantean
transformaciones radicales que mucha gente las interpreta como una posibilidad
real de cambio profundo. Casi siempre, coincidiendo con una coyuntura adecuada
en la que el personal está dispuesto a escuchar propuestas «fuertes». El mayor
avance electoral de Julio Anguita se produjo cuando ya era manifiesto el
desgaste del PSOE. La subida de Podemos y el municipalismo del cambio tuvo
lugar como respuesta a las políticas de austeridad, y se sustentó en activistas
como Pablo Iglesias o Ada Colau, que habían cimentado su prestigio fuera de las
instituciones. Incluso la misma Yolanda Díaz se hizo popular imponiendo una
reforma laboral que rompía con la línea dominante. Sus candidaturas se
presentaban como la posibilidad de que la calle movilizada llegara al poder. El
éxito inicial fue indudable, pero a medio plazo su eficacia se reduce. Porque
la posterior acción institucional erosiona su imagen, la ausencia de una
organización sólida genera cansancio en mucha de la gente que se incorpora al
movimiento en la fase de ascenso, y también mucha gente se desencanta al
constatar que lo realizado queda lejos de lo soñado. En el peor de los casos,
los egos de estos líderes acaban generando dinámicas enloquecidas que dividen,
agotan y desaniman. La historia de Podemos y Pablo Iglesias es un ejemplo claro
de este deterioro. En el mejor de los casos, la simple erosión de los viejos
liderazgos acaba por neutralizar su éxito inicial.
No siempre
existe una coyuntura adecuada. Ni tampoco se pueden fabricar líderes
movilizadores. O que sean capaces de asumir que, en algún momento, deberán
variar su posición y conseguir que su grupo de incondicionales lo entienda.
Plantear que la continuidad de un proyecto de transformación exige, en los
tiempos que corren, la capacidad de leer los movimientos reales, el desarrollo
de procesos y líderes fuera de la política institucional (que además sirvan de
revulsivo al anquilosamiento), de generar oleadas de entusiasmo movilizador, de
reinventar el proceso cada cierto tiempo, debería ser una preocupación
permanente de toda buena organización que aspire a activar la sociedad. Es
especialmente importante para conseguir la implicación de la gente joven, la
que se necesita para vivificar y renovar cualquier proyecto. No siempre tenemos
coyunturas favorables, ni gente potente a la que promocionar. Pero hay que
ayudar a que estas condiciones se den.
Propuestas generadoras de resistencias y ausencia de un proyecto integrador
La izquierda
aspira a representar los intereses de la mayoría de la sociedad. A promover una
propuesta racional y deseable de la organización social. A defender una
sociedad donde la convivencia sea compatible con la libertad individual. Todo
ello pasa por recortar los derechos del capital y la propiedad privada, por
regular muchos aspectos de la vida social, por reorientar el consumo y la producción
a niveles sostenibles con los límites de nuestro entorno natural, a eliminar
privilegios…
Si uno lee las
propuestas programáticas, hay muchas buenas ideas en todas estas direcciones.
Pero la cuestión que no puede dejarse de lado es que alguna de estas propuestas
choca frontalmente con hábitos y creencias compartidas de una buena parte de la
base social potencial. Y es allí donde en parte la extrema derecha encuentra su
caladero. Me refiero a temas como los planteados por el feminismo y el
movimiento LGTBI, la cuestión migratoria y el ecologismo. En los tres ámbitos
no se pueden hacer concesiones ideológicas esenciales. Son tan esenciales para
construir una sociedad igualitaria como el cuestionamiento del capital y la
necesidad de democracia económica. En el caso del feminismo, hay ya bastante
camino avanzado (aunque quedan muchas resistencias, posiblemente más de las que
se manifiestan explícitamente), pero la defensa de los derechos de los
migrantes, y la necesaria reconversión ecológica, están lejos de alcanzar un
consenso social amplio.
El nacionalismo
extremo, el racismo, forman parte de la educación de millones de personas. Y la
llegada masiva de migrantes extranjeros, animada por las desigualdades entre
países, por la existencia de regímenes sociales y políticos insoportables, y
por el envejecimiento de las sociedades europeas, ha propiciado un espacio
social en el que la extrema derecha se mueve con enorme desparpajo. Sus bulos
se expanden en una sociedad proclive a éstos, que encuentra en los que llegan
al chivo expiatorio sobre el que cargar sus medios y su malestar. De la misma
forma, las políticas ecológicas generan rechazos en personas que ven amenazadas
sus formas de vida habitual, su actividad laboral y cuya primera reacción es la
del rechazo. Esto no implica renunciar en absoluto a plantear propuestas en
estos campos, pero sí a afinar los planteamientos, hacer un buen trabajo
explicativo. Implica un trabajo intenso en aquellos sectores que van a ser más
proclives a generar resistencias.
Tampoco hay una
propuesta global de alternativa social. La vieja izquierda tenía una propuesta
de reorganización social basada en la economía planificada, el igualitarismo y
la abolición de la propiedad privada. Somos herederos del fracaso de la
experiencia soviética, de su autoritarismo, de su burocratismo, de su
conversión en dos variantes de capitalismo (una, la china, en todo caso más
exitosa). Y también estamos huérfanos de una idea esencial de lo que podría ser
una sociedad igualitaria, ecologista, feminista factible y deseable. Hay muchas
propuestas, pero no hay ningún referente claro que permita a mucha gente ligar
sus prácticas cotidianas a un proyecto deseable de largo plazo. En esto los
nacionalismos tienen una gran ventaja, pues consiguen enganchar a la gente en
un proyecto mítico, inconcreto, de nación independiente que recoge viejas
tradiciones y que no genera contradicciones con la vida real de sus defensores.
Quizá por eso la izquierda cosmopolita casi ha desaparecido de Euskadi y
Galicia; en Catalunya resiste, pero se encuentra condenada a una posición
secundaria y en gran parte circunscrita a la metrópoli barcelonesa.
Una sociedad compleja
La sociedad
actual es muy diferente de aquella en la que la vieja izquierda basó sus
análisis. Aún en plena transición, la estructura social podía caracterizarse
por barreras sociales bien delimitadas, por una fuerte presencia de una clase
obrera manual sobradamente identificada (y que tenía un complemento en modelos
familiares con fuerte división sexual del trabajo), una franja de capas medias
asalariadas relativamente pequeña y la persistencia de capas medias no
asalariadas, fundamentalmente en el mundo agrario y el pequeño comercio.
Hoy la pintura
es mucho más compleja, debido a diferentes procesos. De un lado, la
reorganización de la propia economía capitalista: desindustrialización,
deslocalización, cambios en los modelos organizativos de empresa y fuerte
crecimiento del sector servicios. Hoy, en nuestro país, la clase obrera es
fundamentalmente trabaja en los servicios. Otro factor crucial ha sido la
universalización de la educación, que constituye una experiencia vital
universal, pero que acaba por generar oportunidades vitales muy diversas a
personas de un mismo origen social. Una parte de los jóvenes de origen obrero
tienen ahora titulaciones formales, y entran en una experiencia vital diferente
de los que se mantienen en actividades laborales manuales. Este proceso de
diferenciación ha estado, además, favorecido por la expansión del sector
público y de determinadas actividades empresariales que requieren de gente con
determinados currículos educativos. Lo que hoy significa la experiencia laboral
es mucho más distinto ahora que en épocas anteriores. A ello hay que añadir dos
cuestiones esenciales: el cambio en las estructuras familiares y la entrada
masiva de mujeres al mundo del empleo asalariado (con todo lo que conlleva de
experiencia de discriminación laboral, de doble jornada, etc.) y la, también
masiva, llegada de personas extranjeras, con experiencias vitales diferentes,
con la distorsionadora presencia de las normas de extranjería, con la
segregación ocupacional… Una parte importante de la clase obrera manual es
inmigrante, a menudo sin derecho a voto ni acceso a una actividad laboral
normalizada. En conjunto, un magma de población asalariada, numéricamente
dominante, pero incapaz de reconocerse como clase. Muchas veces atenazada por
una vida cotidiana dominada por su vida laboral y las imposiciones del
consumismo (que estructura sus vidas). Que un discurso complejo como el de la
nueva izquierda llegue mejor a segmentos de las clases asalariadas cultas que a
la base de trabajadores de servicios es bastante comprensible. Pero no tiene
sentido proponer como alternativa «volver» a políticas de clase tradicionales,
porque tienen que ver con un mundo que no existe. El verdadero desafío es como
construir un proyecto social transformador en lo social y lo ecológico a partir
de este patchwork social complejo.
Además, se han
transformado las formas de socialización y relación de la gente. Sin entrar en
detalles, tenemos modelos de vida más individualizados, un acceso a la
información más segmentado, menos espacios de interacción social compleja. La
izquierda tradicional se apoyó en viejas prácticas religiosas y en los espacios
de vida comunitaria autoconstruidos para consolidar su base social. Hoy debemos
pensar en nuevas formas de conexión cuando muchas de las viejas fórmulas han
dejado de funcionar. Y ello añade otra tuerca de complejidad a lo que debe
hacer una izquierda con ambición transformadora.
Fin
Esta nota es
demasiado larga. He tratado de compendiar lo que pienso que está en la base de
los problemas de Sumar y más allá, en el declive de las izquierdas
transformadoras (y en su negativo el crecimiento de la extrema derecha). Hay
muchas cuestiones, y cada una requiere un tratamiento particular. Algunas
podrían ser solucionables si hay buena voluntad (el encaje organizativo); otras
requieren mucha persistencia y trabajo a largo plazo. Situarlas en conjunto
puede tener, en el momento actual, el interés de ayudar a entender que muchos
de los debates en los que a menudo nos perdemos se deben a que estamos inmersos
en una telaraña densa que, en ocasiones, no nos deja ver líneas de respuesta.
Partiendo de la conciencia de la complejidad, y de cuál es la naturaleza de los
problemas, quizás podamos encontrar respuestas y evitar peleas inútiles. Porque
en el contexto actual de derechización, crisis social y ecológica, es más
necesario que nunca que nos dotemos de organizaciones, incluidas las políticas
institucionales, que ayuden a impulsar otra dinámica social.
Fuente: mientras tanto
Pueblo francés 1- Reacción 0. Habrá que evitar la remontada
Pueblo francés 1- Reacción 0.
Habrá que evitar la remontada
INSURGENTE.ORG / 09.07.2024
Hoy Francia nos ha dado una alegría. Tal como las plazas han reflejado, mucha gente de barrios populares (banlieus) con gran presencia de inmigración (en sus diferentes generaciones) ha dejado de abstenerse y ha contribuido a que Le Pen obtenga mucho menos de lo esperado. Siempre alegra el día ver a los reaccionarios fracasar.
Pero ahora hay que
hacer política en favor de los de abajo, de las mayorías populares y
trabajadoras, y no seguidista con las directivas de Bruselas, si no queremos
que Marine Le Pen tenga razón y se cumpla lo que ha dicho esta noche: que su
victoria solo se ha aplazado.
Mélenchon no tiene la
mayoría absoluta y sabemos que se pondrá eso como excusa. Incluso dentro de su
propia agrupación, no faltarán palos en la rueda. Solo hay que ver la
distribución de diputados dentro del Nuevo Frente Popular con personajes
“socialistas” como Hollande, figura central entre los responsables de haber
alabado e impuesto el neoliberalismo mundialista y las austeridades dictadas
por la “construcción europea” que solo benefician a las grandes fortunas
financieras y empresariales. ¿Acaso no es una barbaridad dejar que los
herederos de Vichy y del terror en la guerra de Argelia se sigan blanqueando,
entre una parte de la población francesa, postulándose como los que van a
acabar con esas políticas elitistas y empobrecedoras?
Habrá, pues, que
movilizarse en las calles para forzar a cumplir con lo que se ha prometido, que
no ha sido poco en campaña. El gobierno deberá revertir los recortes sociales y
laborales, de pensiones y acabar con el aumento de la pobreza, etc. De lo
contrario, jugará sin portero y la remontada de Le Pen será inevitable.
La gente llana ha hablado, pero no basta con hablar
con los votos. Ojalá. Habrá que hablar también movilizándose, con los chalecos
amarillos, con huelgas. Solo hay un demiurgo que pueda obligar al futuro
gobierno a no hacer la política liberal de siempre en favor de los supuestos
“mercados” (oligopolios en realidad): el pueblo francés haciendo suyas las
calles.
lunes, 8 de julio de 2024
La guerra inevitable
La amenaza de una Tercera Guerra Mundial que incluya armas
nucleares la relacionamos con Ucrania. Pero ¿y si al mesiánico gobierno
sionista se le escapara el control de la situación y empujara a Estados Unidos
a entrar en guerra, por ejemplo con Irán?
La guerra inevitable
El Viejo Topo
8 julio, 2024
A veces, las decisiones que toman los líderes no son razonables. Evidentemente mucho depende del contexto y del pensamiento político-ideológico al que se refieren. Un ejemplo es Adolf Hitler, quien desde los años del golpe de Munich hasta las vísperas de la Operación Barbarroja siempre mostró una gran claridad política y estratégica, para terminar gradualmente en las garras de un delirio verdaderamente psicótico.
Lamentablemente
algo así está sucediendo una vez más y, paradójicamente, esta vez el papel lo
desempeña el líder israelí Netanyahu.
Al menos a
partir del 7 de octubre de 2023, sus capacidades de liderazgo –como político
veterano– se han debilitado progresivamente, y parece cada vez más gobernado
por los acontecimientos, más que gobernarlos.
En este
continuo giro, en el que evidentemente arrastra consigo a un país que, más allá
de sus errores, se identifica en gran medida con su pensamiento, cada día se da
un paso más hacia una nueva guerra, quizás más breve que la ucraniana, pero
ciertamente mucho más feroz y mucho más desestabilizadora.
En cierto
sentido, Israel parece condenado a la compulsión de repetición.
Obviamente, más
allá de la personalidad de Netanyahu, hay un problema subyacente, que va mucho
más allá de él y de su gobierno, y es la ideología sionista. No es éste el
lugar para analizarla y diseccionar las enormes contradicciones que la
caracterizan, pero no podemos dejar de mencionarlo ya que es en él que se basa
–literalmente y en todos los sentidos– el Estado de Israel. Por lo
tanto, esta huella fundacional no puede eliminarse y se
refleja en las decisiones tomadas por los distintos dirigentes israelíes, desde
el 48 hasta hoy. Israel simplemente no puede dejar de ser lo que es, no puede
convertirse en algo distinto de sí mismo.
Pero si la
existencia de un Estado sionista fuera posible –jugando, por un lado, con el
sentimiento de culpa de los europeos y, por el otro, con el interés estratégico
de Estados Unidos– en el mundo formado después de la Segunda Guerra Mundial, en
el nuevo mundo que está surgiendo, sus posibilidades de
supervivencia son cada vez más escasas.
Israel –su
destino– está en una pendiente resbaladiza, y prácticamente no hay manera de
enderezarla; lo único que puedes hacer es regular la velocidad de la caída,
intenta amortiguar al máximo las consecuencias. Pero, y aquí entra en juego la
personalidad del líder, su (y no sólo su…) irracionalidad. De hecho, el Estado
judío aparentemente está haciendo todo lo posible para que las cosas le
resulten más difíciles y dolorosas. No se trata tanto del exterminio
sistemático de la población civil de la Franja de Gaza –esto, por desgracia,
encaja perfectamente en una historia que no comenzó por casualidad con la Nakba–,
sino más bien de la transición de un pensamiento político-estratégico racional
(que también puede ser terriblemente feroz, pero con lucidez propia) a
un pensamiento mesiánico, que por definición está
absolutamente desprovisto de cualquier conexión con la realidad.
En esta forma
de delirio político se pueden incluir dos elementos clave de la conducta
estratégica israelí. La ilusión de poder destruir militar y políticamente a
Hamás y a la Resistencia Palestina, y la obsesión por deshacerse de Hezbollah.
Ni siquiera
vale la pena detenerse en el primero de los dos: no sólo cualquier estudio de
la historia político-militar, sino también y sobre todo de la propia historia
de Israel, debería mostrar que se trata de un objetivo poco realista y
absolutamente inalcanzable. Y no porque haya déficit de voluntad política, de
capacidad militar o de adecuación de medios. Sino por una razón política
precisa e inevitable.
Borrar esta
consideración, reducirlo todo a una mera cuestión militar, de puro ejercicio de
la fuerza, es un error colosal, que debería ser evidente a los ojos de los
dirigentes israelíes. Si no estuvieran cegados por su delirio mesiánico.
La guerra, como
enseña Von Clausewitz, no es simplemente (como su frase tan citada a menudo nos
lleva a pensar) la transición de la política a «otros medios», sino
su «continuación» con otros medios. Esto significa que la
guerra es, en cada uno de sus actos incluso los más pequeños, una cuestión
política; no sólo en sus objetivos últimos, sino literalmente en su continuo
desarrollo. Por lo tanto, fijar objetivos inalcanzables significa socavar cualquier posibilidad
de éxito. Una guerra que pretende lograr resultados imposibles es una guerra
perdida desde el principio.
Pero es más
bien lo segundo en lo que merece la pena centrar nuestra atención, porque todo
parece indicar que el delirio psicótico que se ha apoderado de los dirigentes
israelíes les está llevando hacia la guerra con el Líbano.
Vale la pena
subrayar aquí cómo, una vez más, un enfoque irracional y apolítico del
instrumento guerra ya es en sí mismo un factor que invalida un posible éxito. Parece
bastante claro que la elección de entrar en un conflicto abierto y directo con
Hezbollah no surge de una evaluación estratégica reflexiva y compartida, sino
más bien de un cálculo: los dirigentes israelíes –conscientes de haberse
estancado en Gaza– necesitan ganar tiempo (posponer el enfrentamiento interno)
y un desvío, que desvía la atención del desastre en la Franja, y al
mismo tiempo responde a una demanda de venganza y seguridad que recorre a la
sociedad judía.
Además, este
cálculo –y no es el único– también es en cierta medida incompleto. De hecho,
está igualmente claro que todavía no existe una elección definitiva en este
sentido, ya que Netanyahu y sus seguidores son muy conscientes de los riesgos,
pero, sin embargo, continúan comportándose como si quisieran que así fuera. Se
añade así al cálculo una especie de fatalismo. Sin embargo, todo esto produce
un giro progresivo hacia la guerra, sin una determinación real de hacerla y,
sobre todo, sin una estrategia real para ganarla. Al final, de hecho, el
pequeño cálculo mencionado anteriormente se ve reflejado en el gran cálculo: la
apuesta a que Estados Unidos intervendrá para salvar la situación.
Este otro
cálculo se basa evidentemente en la convicción de que Washington no podría
permitir una derrota radical de su socio estratégico en Oriente Medio, así como
en la conciencia de que Estados Unidos seguramente vería con agrado la
destrucción de Hezbollah, el Eje de la Resistencia y Irán.
Por el
contrario, Tel Aviv también sabe que Estados Unidos no quiere un conflicto
prolongado en Oriente Medio, que podría desestabilizarlo de forma desfavorable,
y que sobre todo no lo quiere en este momento, porque se encuentra
en una complicada fase de transición (interna e internacional), en la que debe
gestionar la retirada del frente ucraniano, garantizando al mismo tiempo que
esté cubierto por los europeos, y sentar las bases para la
confrontación con China en el Indo-Pacífico.
Además,
hablando en términos estratégicos, incluso si Estados Unidos se viera
arrastrado por los pelos a un conflicto israelí-libanés, todavía tendría dos
posibilidades de intervención, una de las cuales no es particularmente
favorable a Netanyahu y sus asociados.
La primera
opción, por supuesto, es involucrarse profundamente en el conflicto. Esto
tendría la consecuencia inmediata de su rápida expansión: las bases
estadounidenses en Siria, Irak y Jordania se convertirían
inmediatamente en blanco de ataques mucho más intensos y precisos que
los alfilerazos de los últimos meses, por no hablar de la flota en el
Golfo de Adén. Lo único que Washington podría desplegar en cualquier caso es su
fuerza aérea (y probablemente la de algunos países amigos: Reino Unido,
Jordania, Arabia Saudita…), cuya eficacia es en cualquier caso limitada, y
debería ir seguida de medidas sobre el terreno. Lo cual, si tenemos en cuenta
el tipo de esfuerzo necesario para la segunda guerra contra Irak (más de
300.000 hombres), y sobre todo tenemos en cuenta la situación actual (Hezbollah
+ Amal + ejército libanés + Resistencia iraquí + Resistencia yemení + IRGC +
Ejército iraní + ejército sirio…) parece francamente imposible. Se necesitarían
al menos dos millones de hombres para una guerra (limitada) contra un
despliegue regional tan vasto, liderado por Irán. Por no hablar de la presencia
rusa en Siria…
En resumen, una
guerra israelí-estadounidense contra Irán y sus aliados regionales está fuera
de la realidad. Menos aún en el contexto actual.
La segunda
opción, la viable, se adaptaría al modelo de la crisis anterior de 2006. Tras
una breve fase de conflicto en la frontera, con fuertes intervenciones de la
fuerza aérea estadounidense en el Líbano (y cuidando de no ampliar el
conflicto), una mediación internacional para llegar a una solución de la
crisis. Estados Unidos pagaría un precio por intensificar los ataques contra
sus objetivos en la zona, pero sería un precio aceptable. El precio sería mucho
mayor para Israel, que se enfrentaría una vez más a la derrota sobre el
terreno, se vería obligado a aceptar un alto el fuego en condiciones
desventajosas y con la patata caliente de Gaza todavía en sus manos.
El destino de
Netanyahu (y compañía) aún estaría sellado.
Si este es el
panorama general, desde un punto de vista estratégico y geopolítico, esto no
excluye en absoluto que, dado que los dirigentes israelíes se encuentran en el
plano inclinado de su pensamiento mesiánico, paso a paso, sin siquiera una
convicción real, la guerra con Hezbollah realmente llegará.
¿Qué pasaría,
en ese caso?
Lo más probable
es que la primera medida israelí sea intensificar los bombardeos del sur del
Líbano y de los barrios chiítas de Beirut. Es posible que en esta etapa
Hezbollah despliegue sus sistemas antiaéreos de manera más masiva y la fuerza
aérea israelí sufra algunas pérdidas. Inmediatamente después, las FDI
avanzarían a través de la frontera, buscando ocupar centros estratégicos. Sin
embargo, la frontera entre Israel y el Líbano es una zona rica en relieve y
zonas forestales, que reducen la movilidad de las fuerzas blindadas. Para
lograr sus objetivos tácticos (hacer retroceder a Hezbollah más allá del río
Litani, que se encuentra aproximadamente entre 10 y 30 km de la frontera), las
FDI deben avanzar en profundidad, a lo largo de toda la línea de contacto1, teniendo cuidado de despejar la
zona a medida que avanza.
La reacción de
Hezbollah ante tal ataque (no examinaremos aquí las acciones de apoyo de todo
el Eje de Resistencia) presumiblemente se produciría en múltiples niveles. En
primer lugar, utilizando su gran disponibilidad de misiles, desataría un ataque
masivo contra Israel; los objetivos probablemente serían predominantemente
militares, en particular aeropuertos, estaciones de radar y sistemas de defensa
antimisiles. Pero es muy probable que ciudades como Haifa y Tel Aviv también se
vean afectadas.
Sobre el
terreno, aprovechando tanto la configuración orográfica como la red de refugios
subterráneos y el mejor conocimiento del territorio, Hezbollah adoptará
probablemente una táctica de resistencia flexible, intentando hacer avanzar al
enemigo en lugares más aptos para emboscadas, hacerle alargar las líneas de
reabastecimiento de combustible y golpear la retaguardia inmediata de las FDI.
Esto significa
que el ejército israelí podría avanzar de forma limitada en territorio libanés,
pero a costa de grandes pérdidas de hombres y equipos, mientras que el impacto
en sus sistemas e infraestructuras de defensa, por no hablar del impacto
psicológico en la población, sería muy fuerte. La capacidad de disuasión de las
fuerzas armadas judías, ya gravemente afectadas por la operación Inundación
de Al-Aqsa, quedaría destrozada, asestando un nuevo golpe, tal vez
definitivo, al proyecto político sionista.
La onda
expansiva de tal conflicto, incluso en su versión limitada, sería enorme y
reverberaría en una vasta zona, desde Turquía hasta Somalia y desde Libia hasta
Irán, poniendo a la OTAN en mayores dificultades, en un cuadrante estratégico
fundamental. Si Israel decide tomar tal medida, perderá mucha más simpatía
entre sus amigos occidentales que con el genocidio palestino. Y también por
esta razón podría resultar un error fatal.
Nota
- El ataque israelí probablemente comenzaría desde el este, desde
el salienteformado por las granjas de Sheeba y los Altos del
Golán (territorios libaneses y sirios ocupados), que se insinúa entre el
Líbano y Siria, pero no pudo evitar la necesidad de dirigirse al oeste,
hasta el mar, con un frente de unos cincuenta kilómetros de ancho.
Fuente: Giubbe Rosse News




