miércoles, 10 de julio de 2024

Crece el hambre en el mundo

 

La revista india DownToEarth publica este artículo sobre el aumento del hambre en el mundo. Un ejemplo de la situación: según UNICEF, cada día 95 niños filipinos mueren por desnutrición, y un tercio de la población infantil no pasa de los cinco años.


Crece el hambre en el mundo


El Viejo Topo

10 julio, 2024

 


Por Sha Shagungun

El 30% de la población mundial sufre inseguridad alimentaria, según un nuevo estudio

Los sistemas alimentarios locales son vitales para alimentar a un planeta cada vez más hambriento y prevenir la inseguridad alimentaria y la hambruna

Los avances en la lucha contra el hambre en el mundo han dado marcha atrás. Casi el 30% de la población mundial se enfrenta a la inseguridad alimentaria y el 42% no puede permitirse una dieta sana, según un nuevo informe publicado el 2 de julio de 2024.

Según Food From Somewhere, se prevé que unos 600 millones de personas pasen hambre en 2030, por lo que el objetivo mundial de «hambre cero» está más lejos que nunca.

El documentoelaborado por el Grupo Internacional de Expertos en Sistemas Alimentarios Sostenibles (IPES-Food), subraya cómo el sistema alimentario mundial se ha visto afectado por la pandemia, la guerra entre Rusia y Ucrania y la creciente crisis climática.

Los preocupantes datos sobre el hambre en el mundo llegan en un momento en que las Naciones Unidas revisarán el estancamiento de los avances hacia el Objetivo de Desarrollo Sostenible 2 (poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible) en su «Foro Político de Alto Nivel sobre el Desarrollo Sostenible (FPAN)», que se está celebrando del 8 al 17 de julio de 2024.

El informe afirma que se trata de las primeras evaluaciones exhaustivas de la seguridad alimentaria realizadas desde la pandemia de COVID-19. En él se constata que las cadenas de suministro de alimentos controladas por las empresas han demostrado ser especialmente vulnerables en los últimos tres años a las perturbaciones del comercio, los efectos del clima y la volatilidad de los mercados, al tiempo que han socavado a menudo los medios de subsistencia de los pequeños productores.

En su lugar, las cadenas de suministro de alimentos localizadas han ofrecido un enfoque más resistente y equitativo de la seguridad alimentaria.

«Estas redes alimentarias locales, o mercados territoriales, incluyen mercados públicos, vendedores ambulantes, cooperativas, agricultura urbana y venta directa en línea, y se basan en productores y vendedores de alimentos a menor escala al servicio de las comunidades», señala el informe.

Estas cadenas de suministro de alimentos localizadas demostraron beneficios para la seguridad alimentaria, como el acceso a alimentos más diversos y nutritivos, altos grados de resistencia y adaptabilidad a las crisis, precios accesibles y sostenibilidad medioambiental.

«Las pruebas son claras: los sistemas alimentarios locales son vitales para alimentar a un planeta cada vez más hambriento y prevenir la inseguridad alimentaria y la hambruna. Proporcionan alimentos nutritivos y asequibles, y son mucho más adaptables a las crisis y perturbaciones mundiales que las cadenas de suministro industriales. Más grande no siempre es mejor. Es hora de que los gobiernos actúen con decisión y utilicen la contratación pública para reforzar a los pequeños productores sostenibles, dotar a los mercados alimentarios locales y regionales de la infraestructura que necesitan y protegerlos del dominio empresarial», declaró Shalmali Guttal, experta en alimentación del IPES, India.

Mientras las cadenas empresariales se rompían durante la pandemia de COVID-19, los «mercados territoriales» adaptaron rápidamente sus operaciones y métodos de suministro para mantener alimentadas a las comunidades.

«…apoyan los medios de subsistencia de millones de pequeños productores, sostienen diversas culturas alimentarias, impulsan la biodiversidad, promueven la cooperación comunitaria y ayudan a alimentar hasta el 70% de la población mundial utilizando menos de un tercio de las tierras y recursos agrícolas».

Sin embargo, estos mercados de alimentos se vieron penalizados por las políticas comerciales y de inversión y las subvenciones agrícolas, y a menudo carecen de infraestructuras adecuadas, como instalaciones sanitarias y de almacenamiento, según el estudio.

El grupo de expertos de IPES-Food, que pide cambios urgentes en las políticas para aumentar la resistencia ante el aumento del hambre, identificó una serie de acciones conjuntas para los gobiernos, entre las que se incluyen:

– Reorientar la contratación pública para apoyar a los pequeños productores sostenibles;

– Desplazar las subvenciones para invertir en infraestructuras y redes que sustenten los «mercados territoriales»;

– Proteger los mercados locales de la absorción empresarial.

– Fomentar una agricultura sostenible y biodiversa y dietas variadas.

Fuente: https://www.downtoearth.org

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Francia: La izquierda en el pantano del pragmatismo

 



Francia: La izquierda en el pantano del pragmatismo


Por Debates

KAOSENLARED

9 de julio de 2024 

 

La izquierda francesa agrupada en el Nuevo Frente Popular (NFP) acaba de frenar el ascenso del partido de Marine Le Pen (Asamblea Nacional), calificado de ultraderecha, gracias a la alianza de varias fuerzas, desde los socialistas y Verdes hasta la Francia Insumisa y los comunistas, entre las organizaciones más destacadas.

En NFP, Verdes y Socialistas tienen la mayoría de los diputados (94 en 182 escaños), por encima de los 71 que se le atribuyen a La Francia Insumisa de Jean-Luc Melénchon.

En cuanto al reparto de diputados, todos los partidos y alianzas están lejos de la mayoría, con lo que la izquierda deberá co-gobernar con la derecha de Macron. Además dentro del Nuevo Frente Popular, algo más de la mitad de los elegidos son neoliberales, caso de verdes y socialistas, firmemente alineados con la OTAN y la guerra.

El Frente propone en su programa la subida del salario mínimo a 1.600 euros y reducir la jubilación a los 60 años, y un sistema que permita regularizar la migración, uno de los aspectos más debatidos en los últimos años. No dicen nada de la guerra de Ucrania, lo que hace pensar que seguirán adelante con la política guerrerista.

El gran “triunfo” que festeja la izquierda europea es haber frenado a la ultraderecha, a la que menudo se refiere como “fascista”. Pero ahora va a tener que gobernar con una parte de la derecha, por lo que no habrá cambios significativos en ningún terreno, ni en la economía, ni en la política exterior, ni en relación con los inmigrantes.

Creo que la izquierda ha perdido el horizonte y ya no puede distinguir lo esencial de lo secundario. En Europa hay guerra. Esa guerra tiende a ampliarse. Ahora Ucrania está bombardeando con armamento occidental estaciones estratégicas en Rusia, acercando el momento en que se utilicen armas nucleares. Polonia y Bielorrusia están prontas para entrar en la guerra, mientras Estados Unidos, Reino Unido y la OTAN desean acelerar el conflicto.

La cumbre de la OTAN que se realiza esta semana en Washington, del 9 al 11 de junio, estará orientada a profundizar la guerra en la convicción de que es posible derrotar a Rusia o, por lo menos, desgastarla seriamente. Sin embargo, la mayoría de la opinión pública europea desea una negociación que ponga fin al conflicto. Algo que el Pentágono no parece dispuesto a aceptar.

No tomar posición respecto a la guerra y cogobernar con la derecha es el camino seguro del fracaso y de la pérdida de legitimidad. Pero el pragmatismo y el inmediatismo son demasiado potentes en las direcciones de todos los partidos que se dicen de izquierda, eluden el conflicto y apuestan al “mal menor”, que los lleva a no realizar cambios y a seguir con las políticas neoliberales y guerreristas de la Unión Europea.

La llamada “ultraderecha” es un tigre de papel, parafraseando a Mao. Ya gobierna en Italia y no ha habido cambios importantes. Pero sobre todo el mismo concepto de ultraderecha es una construcción de la derecha “moderada”, o sea del campo socialista y socialdemócrata, equivalente a los demócratas en Estados Unidos. Observemos los medios y vemos que la “unidad” contra esa derecha, o contra Trump, es cálidamente defendida por El País, Le Monde y The New York Times. Aprendieron a subordinar a las izquierdas del tipo de Podemos, Sumar o La Francia Insumisa. No sólo no les temen sino que saben usarlas para conseguir la gobernabilidad neoliberal que desean. El gobierno de Pedro Sánchez es buena prueba de ello.

Pero cuando alguien dice algo así, lo acusan de “hacerle el juego” a la ultraderecha o a Trump, y en ocasiones a Putin. Esta derecha que se disfraza de centrista, es el cerrojo ideológico que clausura el debate con quienes siguen luchando por cambios de fondo, a quienes criminalizan por salirse del libreto aceptable para los poderes.

Con ésta política de Frente Popular, la izquierda pierde su relación con los sectores populares y los inmigrantes, los verdaderos perdedores del neoliberalismo que, en buena medida, votan por esa ultraderecha a cuyos votantes no logran comprender. La dirigente alemana Sahra Wagenknecht, escindida de Die Linke (La Izquierda), acusó a sus ex camaradas con toda razón: “Es incorrecto llamar nazis a quienes por desesperación votan a la ultraderecha” (Publico, 7/07/2024).

Tan grave como eso es que la izquierda le está dando una sobrevida a Macron, al que la primera vuelta había dejado en el suelo.

Esta izquierda podría reflexionar sobre el rumbo de Lula. Para derrotar a Bolsonaro, tejió la unidad con la derecha “moderada”, a la que pertenece su vicepresidente Geraldo Alckmin. Ahora es prisionero de esa alianza que no le permite hacer los cambios que reclaman los movimientos. El pragmatismo lo está llevando a realizar un gobierno mediocre, con baja aprobación y alta desmoralización entre quienes lo apoyaron. Incluso Joao Pedro Stédile, coordinador del MST (Movimiento Sin Tierra), acaba de decir que el gobierno de Lula es “una vergüenza” porque no está haciendo nada por la reforma agraria (IHUOnline, 7/06/2024).

Sobre las ruinas del gobierno de Lula, puede volver nuevamente Bolsonaro. Entonces dirán que hay que unirse con la derecha “democrática” para impedir su victoria.

Al parecer, la imaginación y el compromiso con los pueblos no le permiten a esta izquierda ir más lejos, mientras se hunde sin remedio en el pantano del pragmatismo.

Raúl Zibechi

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martes, 9 de julio de 2024

Sumar en crisis. Unas totas

 

De nuevo, la maldita pregunta: ¿qué hacer? Aquí Albert Recio sugiere ideas sensatas, seguramente insuficientes, pero por algo se empieza. El camino es largo, pero como dijo alguien con buena cabeza, se hace camino al andar. Caminemos, pues.

TOPOEXPRESS


Sumar en crisis. Unas totas

Españas 

Albert Recio

El Viejo Topo

9 julio, 2024 



La sucesión de malos resultados electorales ha generado un clima de crisis que, a estas alturas, resulta difícil presagiar como acabará. Demasiadas veces, la gente de izquierdas dedica más energías y talento a las batallas internas que a construir un proyecto sólido. Quizás es un reflejo de su debilidad estructural, de verse forzada siempre a ir a la contra, con pocos recursos, a habitar en espacios institucionales y mediáticos marginales. Pero debería ser la conciencia de esta precariedad el principal acicate para construir, con generosidad, proyectos capaces de persistir y servir de referencia a mucha gente. Las notas que siguen solo pretenden contribuir a un debate en el que lo prioritario pasa por no tensar la situación, tratar de racionalizar los problemas, y buscar respuestas a corto, medio y largo plazo.

 

Un proyecto mal diseñado

Parte de los problemas son de índole organizativa. Sumar nace a la vez como una coalición electoral de fuerzas de izquierda y como una nueva formación política. Si ya de por sí una coalición electoral es un proyecto complicado, que exige una negociación ardua de programas y, sobre todo, de candidaturas, lo de la creación adicional de una organización política supone un grado de complejidad enorme. Como no estoy en el intríngulis del proceso opino de oídas, pero todo apunta a que la construcción del nuevo proyecto tuvo mucho que ver con la necesidad del núcleo de Yolanda Díaz de dotarse de un músculo organizativo para contrarrestar la fuerza de otras organizaciones ya existentes. El resultado es, en parte, contradictorio, puesto que se acaba por añadir más complejidad a una estructura partidista en exceso fragmentada. El ejemplo más extremo es Madrid, donde siguen coexistiendo Más Madrid e Izquierda Unida. Por el contrario, donde menos tensiones se han generado es en Catalunya, donde todo el mundo aceptó integrarse en Catalunya en Comú. El modelo actual no ha funcionado y, como siempre, la crisis organizativa se ha manifestado cuando un declive electoral ha dejado sin representación a alguna de las fuerzas de la coalición.

A corto plazo, esta cuestión organizativa sólo tiene dos salidas: o replantear Sumar como una mera coalición, estableciendo normas claras para que todo el mundo se sienta cómodo, o empezar a trabajar para formar una nueva organización que integre a las existentes. Esto último es seguramente lo deseable, pero exige una altura de miras y una generosidad que muchas veces es difícil de encontrar. No sólo por las actitudes tóxicas de algunos líderes, sino también porque una parte de las bases tiene un apego especial a su organización y recela de perder los referentes a los que está habituada. Pero ahora debería resultar claro que estamos en un proceso de fin de ciclo, que exige cambios. De no existir éstos, el riesgo es caer en el ostracismo. Si en Catalunya la unificación está más avanzada es, en buena medida, porque Iniciativa per Catalunya-Verds supo reconocer que su experiencia tocaba techo y fue generosa con la emergencia de nuevos liderazgos.

 

Liderazgos, efervescencias versus políticas institucionales

Para tener buenos resultados electorales y poder influir en las acciones políticas hacen falta buenos resultados electorales. Pero difícilmente una buena acción institucional sirve para generar una movilización electoral suficiente. Esto es especialmente importante para la izquierda alternativa, que no cuenta con los aparatos, los recursos y los medios propagandísticos de las grandes formaciones ni, tampoco, de una capacidad decisiva en muchas políticas. En el mejor de los casos, se alcanzan (salvo en algunos gobiernos locales) espacios de poder minoritarios que exigen pactos y renuncias, más allá de lo que imponen la multiplicidad de presiones legales y mediáticas orientadas a socavar la credibilidad de los izquierdistas en el poder. La acción institucional desgasta, aunque constituye un espacio esencial de toda política transformadora.

Pero los mejores resultados se obtienen al calor de líderes con un cierto carisma, que se presentan como rupturistas de la política convencional, que plantean transformaciones radicales que mucha gente las interpreta como una posibilidad real de cambio profundo. Casi siempre, coincidiendo con una coyuntura adecuada en la que el personal está dispuesto a escuchar propuestas «fuertes». El mayor avance electoral de Julio Anguita se produjo cuando ya era manifiesto el desgaste del PSOE. La subida de Podemos y el municipalismo del cambio tuvo lugar como respuesta a las políticas de austeridad, y se sustentó en activistas como Pablo Iglesias o Ada Colau, que habían cimentado su prestigio fuera de las instituciones. Incluso la misma Yolanda Díaz se hizo popular imponiendo una reforma laboral que rompía con la línea dominante. Sus candidaturas se presentaban como la posibilidad de que la calle movilizada llegara al poder. El éxito inicial fue indudable, pero a medio plazo su eficacia se reduce. Porque la posterior acción institucional erosiona su imagen, la ausencia de una organización sólida genera cansancio en mucha de la gente que se incorpora al movimiento en la fase de ascenso, y también mucha gente se desencanta al constatar que lo realizado queda lejos de lo soñado. En el peor de los casos, los egos de estos líderes acaban generando dinámicas enloquecidas que dividen, agotan y desaniman. La historia de Podemos y Pablo Iglesias es un ejemplo claro de este deterioro. En el mejor de los casos, la simple erosión de los viejos liderazgos acaba por neutralizar su éxito inicial.

No siempre existe una coyuntura adecuada. Ni tampoco se pueden fabricar líderes movilizadores. O que sean capaces de asumir que, en algún momento, deberán variar su posición y conseguir que su grupo de incondicionales lo entienda. Plantear que la continuidad de un proyecto de transformación exige, en los tiempos que corren, la capacidad de leer los movimientos reales, el desarrollo de procesos y líderes fuera de la política institucional (que además sirvan de revulsivo al anquilosamiento), de generar oleadas de entusiasmo movilizador, de reinventar el proceso cada cierto tiempo, debería ser una preocupación permanente de toda buena organización que aspire a activar la sociedad. Es especialmente importante para conseguir la implicación de la gente joven, la que se necesita para vivificar y renovar cualquier proyecto. No siempre tenemos coyunturas favorables, ni gente potente a la que promocionar. Pero hay que ayudar a que estas condiciones se den.

Propuestas generadoras de resistencias y ausencia de un proyecto integrador

La izquierda aspira a representar los intereses de la mayoría de la sociedad. A promover una propuesta racional y deseable de la organización social. A defender una sociedad donde la convivencia sea compatible con la libertad individual. Todo ello pasa por recortar los derechos del capital y la propiedad privada, por regular muchos aspectos de la vida social, por reorientar el consumo y la producción a niveles sostenibles con los límites de nuestro entorno natural, a eliminar privilegios…

Si uno lee las propuestas programáticas, hay muchas buenas ideas en todas estas direcciones. Pero la cuestión que no puede dejarse de lado es que alguna de estas propuestas choca frontalmente con hábitos y creencias compartidas de una buena parte de la base social potencial. Y es allí donde en parte la extrema derecha encuentra su caladero. Me refiero a temas como los planteados por el feminismo y el movimiento LGTBI, la cuestión migratoria y el ecologismo. En los tres ámbitos no se pueden hacer concesiones ideológicas esenciales. Son tan esenciales para construir una sociedad igualitaria como el cuestionamiento del capital y la necesidad de democracia económica. En el caso del feminismo, hay ya bastante camino avanzado (aunque quedan muchas resistencias, posiblemente más de las que se manifiestan explícitamente), pero la defensa de los derechos de los migrantes, y la necesaria reconversión ecológica, están lejos de alcanzar un consenso social amplio.

El nacionalismo extremo, el racismo, forman parte de la educación de millones de personas. Y la llegada masiva de migrantes extranjeros, animada por las desigualdades entre países, por la existencia de regímenes sociales y políticos insoportables, y por el envejecimiento de las sociedades europeas, ha propiciado un espacio social en el que la extrema derecha se mueve con enorme desparpajo. Sus bulos se expanden en una sociedad proclive a éstos, que encuentra en los que llegan al chivo expiatorio sobre el que cargar sus medios y su malestar. De la misma forma, las políticas ecológicas generan rechazos en personas que ven amenazadas sus formas de vida habitual, su actividad laboral y cuya primera reacción es la del rechazo. Esto no implica renunciar en absoluto a plantear propuestas en estos campos, pero sí a afinar los planteamientos, hacer un buen trabajo explicativo. Implica un trabajo intenso en aquellos sectores que van a ser más proclives a generar resistencias.

Tampoco hay una propuesta global de alternativa social. La vieja izquierda tenía una propuesta de reorganización social basada en la economía planificada, el igualitarismo y la abolición de la propiedad privada. Somos herederos del fracaso de la experiencia soviética, de su autoritarismo, de su burocratismo, de su conversión en dos variantes de capitalismo (una, la china, en todo caso más exitosa). Y también estamos huérfanos de una idea esencial de lo que podría ser una sociedad igualitaria, ecologista, feminista factible y deseable. Hay muchas propuestas, pero no hay ningún referente claro que permita a mucha gente ligar sus prácticas cotidianas a un proyecto deseable de largo plazo. En esto los nacionalismos tienen una gran ventaja, pues consiguen enganchar a la gente en un proyecto mítico, inconcreto, de nación independiente que recoge viejas tradiciones y que no genera contradicciones con la vida real de sus defensores. Quizá por eso la izquierda cosmopolita casi ha desaparecido de Euskadi y Galicia; en Catalunya resiste, pero se encuentra condenada a una posición secundaria y en gran parte circunscrita a la metrópoli barcelonesa.

 

Una sociedad compleja

La sociedad actual es muy diferente de aquella en la que la vieja izquierda basó sus análisis. Aún en plena transición, la estructura social podía caracterizarse por barreras sociales bien delimitadas, por una fuerte presencia de una clase obrera manual sobradamente identificada (y que tenía un complemento en modelos familiares con fuerte división sexual del trabajo), una franja de capas medias asalariadas relativamente pequeña y la persistencia de capas medias no asalariadas, fundamentalmente en el mundo agrario y el pequeño comercio.

Hoy la pintura es mucho más compleja, debido a diferentes procesos. De un lado, la reorganización de la propia economía capitalista: desindustrialización, deslocalización, cambios en los modelos organizativos de empresa y fuerte crecimiento del sector servicios. Hoy, en nuestro país, la clase obrera es fundamentalmente trabaja en los servicios. Otro factor crucial ha sido la universalización de la educación, que constituye una experiencia vital universal, pero que acaba por generar oportunidades vitales muy diversas a personas de un mismo origen social. Una parte de los jóvenes de origen obrero tienen ahora titulaciones formales, y entran en una experiencia vital diferente de los que se mantienen en actividades laborales manuales. Este proceso de diferenciación ha estado, además, favorecido por la expansión del sector público y de determinadas actividades empresariales que requieren de gente con determinados currículos educativos. Lo que hoy significa la experiencia laboral es mucho más distinto ahora que en épocas anteriores. A ello hay que añadir dos cuestiones esenciales: el cambio en las estructuras familiares y la entrada masiva de mujeres al mundo del empleo asalariado (con todo lo que conlleva de experiencia de discriminación laboral, de doble jornada, etc.) y la, también masiva, llegada de personas extranjeras, con experiencias vitales diferentes, con la distorsionadora presencia de las normas de extranjería, con la segregación ocupacional… Una parte importante de la clase obrera manual es inmigrante, a menudo sin derecho a voto ni acceso a una actividad laboral normalizada. En conjunto, un magma de población asalariada, numéricamente dominante, pero incapaz de reconocerse como clase. Muchas veces atenazada por una vida cotidiana dominada por su vida laboral y las imposiciones del consumismo (que estructura sus vidas). Que un discurso complejo como el de la nueva izquierda llegue mejor a segmentos de las clases asalariadas cultas que a la base de trabajadores de servicios es bastante comprensible. Pero no tiene sentido proponer como alternativa «volver» a políticas de clase tradicionales, porque tienen que ver con un mundo que no existe. El verdadero desafío es como construir un proyecto social transformador en lo social y lo ecológico a partir de este patchwork social complejo.

Además, se han transformado las formas de socialización y relación de la gente. Sin entrar en detalles, tenemos modelos de vida más individualizados, un acceso a la información más segmentado, menos espacios de interacción social compleja. La izquierda tradicional se apoyó en viejas prácticas religiosas y en los espacios de vida comunitaria autoconstruidos para consolidar su base social. Hoy debemos pensar en nuevas formas de conexión cuando muchas de las viejas fórmulas han dejado de funcionar. Y ello añade otra tuerca de complejidad a lo que debe hacer una izquierda con ambición transformadora.

Fin

Esta nota es demasiado larga. He tratado de compendiar lo que pienso que está en la base de los problemas de Sumar y más allá, en el declive de las izquierdas transformadoras (y en su negativo el crecimiento de la extrema derecha). Hay muchas cuestiones, y cada una requiere un tratamiento particular. Algunas podrían ser solucionables si hay buena voluntad (el encaje organizativo); otras requieren mucha persistencia y trabajo a largo plazo. Situarlas en conjunto puede tener, en el momento actual, el interés de ayudar a entender que muchos de los debates en los que a menudo nos perdemos se deben a que estamos inmersos en una telaraña densa que, en ocasiones, no nos deja ver líneas de respuesta. Partiendo de la conciencia de la complejidad, y de cuál es la naturaleza de los problemas, quizás podamos encontrar respuestas y evitar peleas inútiles. Porque en el contexto actual de derechización, crisis social y ecológica, es más necesario que nunca que nos dotemos de organizaciones, incluidas las políticas institucionales, que ayuden a impulsar otra dinámica social.

 

Fuente: mientras tanto

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Pueblo francés 1- Reacción 0. Habrá que evitar la remontada

 

Pueblo francés 1- Reacción 0. Habrá que evitar la remontada

 

 INSURGENTE.ORG / 09.07.2024



Hoy Francia nos ha dado una alegría. Tal como las plazas han reflejado, mucha gente de barrios populares (banlieus) con gran presencia de inmigración (en sus diferentes generaciones) ha dejado de abstenerse y ha contribuido a que Le Pen obtenga mucho menos de lo esperado. Siempre alegra el día ver a los reaccionarios fracasar.

Pero ahora hay que hacer política en favor de los de abajo, de las mayorías populares y trabajadoras, y no seguidista con las directivas de Bruselas, si no queremos que Marine Le Pen tenga razón y se cumpla lo que ha dicho esta noche: que su victoria solo se ha aplazado.

Mélenchon no tiene la mayoría absoluta y sabemos que se pondrá eso como excusa. Incluso dentro de su propia agrupación, no faltarán palos en la rueda. Solo hay que ver la distribución de diputados dentro del Nuevo Frente Popular con personajes “socialistas” como Hollande, figura central entre los responsables de haber alabado e impuesto el neoliberalismo mundialista y las austeridades dictadas por la “construcción europea” que solo benefician a las grandes fortunas financieras y empresariales. ¿Acaso no es una barbaridad dejar que los herederos de Vichy y del terror en la guerra de Argelia se sigan blanqueando, entre una parte de la población francesa, postulándose como los que van a acabar con esas políticas elitistas y empobrecedoras?

Habrá, pues, que movilizarse en las calles para forzar a cumplir con lo que se ha prometido, que no ha sido poco en campaña. El gobierno deberá revertir los recortes sociales y laborales, de pensiones y acabar con el aumento de la pobreza, etc. De lo contrario, jugará sin portero y la remontada de Le Pen será inevitable.

La gente llana ha hablado, pero no basta con hablar con los votos. Ojalá. Habrá que hablar también movilizándose, con los chalecos amarillos, con huelgas. Solo hay un demiurgo que pueda obligar al futuro gobierno a no hacer la política liberal de siempre en favor de los supuestos “mercados” (oligopolios en realidad): el pueblo francés haciendo suyas las calles.

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GUERRA EN UCRANIA. DESVELADO. LA VERDAD sobre el ATAQUE AL HOSPITAL DE KIEV

lunes, 8 de julio de 2024

MÁXIMA ALERTA EN UCRANIA: RUSIA SE VENGÓ DE LA OTAN CON UN GOLPE TERRIBLE

RUSIA LANZA ATAQUE MASIVO CON MISILES HIPERSONICOS SOBRE KIEV | TheMXFam

URGENTE: LA OTAN NO PUDO REACCIONAR | RUSIA ATACA KIEV: EL CORAZÓN DE UC...

La guerra inevitable

 

La amenaza de una Tercera Guerra Mundial que incluya armas nucleares la relacionamos con Ucrania. Pero ¿y si al mesiánico gobierno sionista se le escapara el control de la situación y empujara a Estados Unidos a entrar en guerra, por ejemplo con Irán?


La guerra inevitable

 

Enrico Tomaselli

El Viejo Topo

8 julio, 2024 

 

A veces, las decisiones que toman los líderes no son razonables. Evidentemente mucho depende del contexto y del pensamiento político-ideológico al que se refieren. Un ejemplo es Adolf Hitler, quien desde los años del golpe de Munich hasta las vísperas de la Operación Barbarroja siempre mostró una gran claridad política y estratégica, para terminar gradualmente en las garras de un delirio verdaderamente psicótico.

Lamentablemente algo así está sucediendo una vez más y, paradójicamente, esta vez el papel lo desempeña el líder israelí Netanyahu.

Al menos a partir del 7 de octubre de 2023, sus capacidades de liderazgo –como político veterano– se han debilitado progresivamente, y parece cada vez más gobernado por los acontecimientos, más que gobernarlos.

En este continuo giro, en el que evidentemente arrastra consigo a un país que, más allá de sus errores, se identifica en gran medida con su pensamiento, cada día se da un paso más hacia una nueva guerra, quizás más breve que la ucraniana, pero ciertamente mucho más feroz y mucho más desestabilizadora.

En cierto sentido, Israel parece condenado a la compulsión de repetición.

Obviamente, más allá de la personalidad de Netanyahu, hay un problema subyacente, que va mucho más allá de él y de su gobierno, y es la ideología sionista. No es éste el lugar para analizarla y diseccionar las enormes contradicciones que la caracterizan, pero no podemos dejar de mencionarlo ya que es en él que se basa –literalmente y en todos los sentidos– el Estado de Israel. Por lo tanto, esta huella fundacional no puede eliminarse y se refleja en las decisiones tomadas por los distintos dirigentes israelíes, desde el 48 hasta hoy. Israel simplemente no puede dejar de ser lo que es, no puede convertirse en algo distinto de sí mismo.

Pero si la existencia de un Estado sionista fuera posible –jugando, por un lado, con el sentimiento de culpa de los europeos y, por el otro, con el interés estratégico de Estados Unidos– en el mundo formado después de la Segunda Guerra Mundial, en el nuevo mundo que está surgiendo, sus posibilidades de supervivencia son cada vez más escasas.

Israel –su destino– está en una pendiente resbaladiza, y prácticamente no hay manera de enderezarla; lo único que puedes hacer es regular la velocidad de la caída, intenta amortiguar al máximo las consecuencias. Pero, y aquí entra en juego la personalidad del líder, su (y no sólo su…) irracionalidad. De hecho, el Estado judío aparentemente está haciendo todo lo posible para que las cosas le resulten más difíciles y dolorosas. No se trata tanto del exterminio sistemático de la población civil de la Franja de Gaza –esto, por desgracia, encaja perfectamente en una historia que no comenzó por casualidad con la Nakba–, sino más bien de la transición de un pensamiento político-estratégico racional (que también puede ser terriblemente feroz, pero con lucidez propia) a un  pensamiento mesiánico, que por definición está absolutamente desprovisto de cualquier conexión con la realidad.

En esta forma de delirio político se pueden incluir dos elementos clave de la conducta estratégica israelí. La ilusión de poder destruir militar y políticamente a Hamás y a la Resistencia Palestina, y la obsesión por deshacerse de Hezbollah.

Ni siquiera vale la pena detenerse en el primero de los dos: no sólo cualquier estudio de la historia político-militar, sino también y sobre todo de la propia historia de Israel, debería mostrar que se trata de un objetivo poco realista y absolutamente inalcanzable. Y no porque haya déficit de voluntad política, de capacidad militar o de adecuación de medios. Sino por una razón política precisa e inevitable.

Borrar esta consideración, reducirlo todo a una mera cuestión militar, de puro ejercicio de la fuerza, es un error colosal, que debería ser evidente a los ojos de los dirigentes israelíes. Si no estuvieran cegados por su delirio mesiánico.

La guerra, como enseña Von Clausewitz, no es simplemente (como su frase tan citada a menudo nos lleva a pensar) la transición de la política a «otros medios», sino su «continuación» con otros medios. Esto significa que la guerra es, en cada uno de sus actos incluso los más pequeños, una cuestión política; no sólo en sus objetivos últimos, sino literalmente en su continuo desarrollo. Por lo tanto, fijar objetivos inalcanzables significa socavar cualquier posibilidad de éxito. Una guerra que pretende lograr resultados imposibles es una guerra perdida desde el principio.

Pero es más bien lo segundo en lo que merece la pena centrar nuestra atención, porque todo parece indicar que el delirio psicótico que se ha apoderado de los dirigentes israelíes les está llevando hacia la guerra con el Líbano.

Vale la pena subrayar aquí cómo, una vez más, un enfoque irracional y apolítico del instrumento guerra ya es en sí mismo un factor que invalida un posible éxito. Parece bastante claro que la elección de entrar en un conflicto abierto y directo con Hezbollah no surge de una evaluación estratégica reflexiva y compartida, sino más bien de un cálculo: los dirigentes israelíes –conscientes de haberse estancado en Gaza– necesitan ganar tiempo (posponer el enfrentamiento interno) y un desvío, que desvía la atención del desastre en la Franja, y al mismo tiempo responde a una demanda de venganza y seguridad que recorre a la sociedad judía.

Además, este cálculo –y no es el único– también es en cierta medida incompleto. De hecho, está igualmente claro que todavía no existe una elección definitiva en este sentido, ya que Netanyahu y sus seguidores son muy conscientes de los riesgos, pero, sin embargo, continúan comportándose como si quisieran que así fuera. Se añade así al cálculo una especie de fatalismo. Sin embargo, todo esto produce un giro progresivo hacia la guerra, sin una determinación real de hacerla y, sobre todo, sin una estrategia real para ganarla. Al final, de hecho, el pequeño cálculo mencionado anteriormente se ve reflejado en el gran cálculo: la apuesta a que Estados Unidos intervendrá para salvar la situación.

Este otro cálculo se basa evidentemente en la convicción de que Washington no podría permitir una derrota radical de su socio estratégico en Oriente Medio, así como en la conciencia de que Estados Unidos seguramente vería con agrado la destrucción de Hezbollah, el Eje de la Resistencia y Irán.

Por el contrario, Tel Aviv también sabe que Estados Unidos no quiere un conflicto prolongado en Oriente Medio, que podría desestabilizarlo de forma desfavorable, y que sobre todo no lo quiere en este momento, porque se encuentra en una complicada fase de transición (interna e internacional), en la que debe gestionar la retirada del frente ucraniano, garantizando al mismo tiempo que esté cubierto por los europeos, y sentar las bases para la confrontación con China en el Indo-Pacífico.

Además, hablando en términos estratégicos, incluso si Estados Unidos se viera arrastrado por los pelos a un conflicto israelí-libanés, todavía tendría dos posibilidades de intervención, una de las cuales no es particularmente favorable a Netanyahu y sus asociados.

La primera opción, por supuesto, es involucrarse profundamente en el conflicto. Esto tendría la consecuencia inmediata de su rápida expansión: las bases estadounidenses en Siria, Irak y Jordania se convertirían inmediatamente en blanco de ataques mucho más intensos y precisos que los alfilerazos de los últimos meses, por no hablar de la flota en el Golfo de Adén. Lo único que Washington podría desplegar en cualquier caso es su fuerza aérea (y probablemente la de algunos países amigos: Reino Unido, Jordania, Arabia Saudita…), cuya eficacia es en cualquier caso limitada, y debería ir seguida de medidas sobre el terreno. Lo cual, si tenemos en cuenta el tipo de esfuerzo necesario para la segunda guerra contra Irak (más de 300.000 hombres), y sobre todo tenemos en cuenta la situación actual (Hezbollah + Amal + ejército libanés + Resistencia iraquí + Resistencia yemení + IRGC + Ejército iraní + ejército sirio…) parece francamente imposible. Se necesitarían al menos dos millones de hombres para una guerra (limitada) contra un despliegue regional tan vasto, liderado por Irán. Por no hablar de la presencia rusa en Siria…

En resumen, una guerra israelí-estadounidense contra Irán y sus aliados regionales está fuera de la realidad. Menos aún en el contexto actual.

La segunda opción, la viable, se adaptaría al modelo de la crisis anterior de 2006. Tras una breve fase de conflicto en la frontera, con fuertes intervenciones de la fuerza aérea estadounidense en el Líbano (y cuidando de no ampliar el conflicto), una mediación internacional para llegar a una solución de la crisis. Estados Unidos pagaría un precio por intensificar los ataques contra sus objetivos en la zona, pero sería un precio aceptable. El precio sería mucho mayor para Israel, que se enfrentaría una vez más a la derrota sobre el terreno, se vería obligado a aceptar un alto el fuego en condiciones desventajosas y con la patata caliente de Gaza todavía en sus manos.

El destino de Netanyahu (y compañía) aún estaría sellado.

Si este es el panorama general, desde un punto de vista estratégico y geopolítico, esto no excluye en absoluto que, dado que los dirigentes israelíes se encuentran en el plano inclinado de su pensamiento mesiánico, paso a paso, sin siquiera una convicción real, la guerra con Hezbollah realmente llegará.

¿Qué pasaría, en ese caso?

Lo más probable es que la primera medida israelí sea intensificar los bombardeos del sur del Líbano y de los barrios chiítas de Beirut. Es posible que en esta etapa Hezbollah despliegue sus sistemas antiaéreos de manera más masiva y la fuerza aérea israelí sufra algunas pérdidas. Inmediatamente después, las FDI avanzarían a través de la frontera, buscando ocupar centros estratégicos. Sin embargo, la frontera entre Israel y el Líbano es una zona rica en relieve y zonas forestales, que reducen la movilidad de las fuerzas blindadas. Para lograr sus objetivos tácticos (hacer retroceder a Hezbollah más allá del río Litani, que se encuentra aproximadamente entre 10 y 30 km de la frontera), las FDI deben avanzar en profundidad, a lo largo de toda la línea de contacto1, teniendo cuidado de despejar la zona a medida que avanza.

La reacción de Hezbollah ante tal ataque (no examinaremos aquí las acciones de apoyo de todo el Eje de Resistencia) presumiblemente se produciría en múltiples niveles. En primer lugar, utilizando su gran disponibilidad de misiles, desataría un ataque masivo contra Israel; los objetivos probablemente serían predominantemente militares, en particular aeropuertos, estaciones de radar y sistemas de defensa antimisiles. Pero es muy probable que ciudades como Haifa y Tel Aviv también se vean afectadas.

Sobre el terreno, aprovechando tanto la configuración orográfica como la red de refugios subterráneos y el mejor conocimiento del territorio, Hezbollah adoptará probablemente una táctica de resistencia flexible, intentando hacer avanzar al enemigo en lugares más aptos para emboscadas, hacerle alargar las líneas de reabastecimiento de combustible y golpear la retaguardia inmediata de las FDI.

Esto significa que el ejército israelí podría avanzar de forma limitada en territorio libanés, pero a costa de grandes pérdidas de hombres y equipos, mientras que el impacto en sus sistemas e infraestructuras de defensa, por no hablar del impacto psicológico en la población, sería muy fuerte. La capacidad de disuasión de las fuerzas armadas judías, ya gravemente afectadas por la operación Inundación de Al-Aqsa, quedaría destrozada, asestando un nuevo golpe, tal vez definitivo, al proyecto político sionista.

La onda expansiva de tal conflicto, incluso en su versión limitada, sería enorme y reverberaría en una vasta zona, desde Turquía hasta Somalia y desde Libia hasta Irán, poniendo a la OTAN en mayores dificultades, en un cuadrante estratégico fundamental. Si Israel decide tomar tal medida, perderá mucha más simpatía entre sus amigos occidentales que con el genocidio palestino. Y también por esta razón podría resultar un error fatal.

 

Nota

  1. El ataque israelí probablemente comenzaría desde el este, desde el salienteformado por las granjas de Sheeba y los Altos del Golán (territorios libaneses y sirios ocupados), que se insinúa entre el Líbano y Siria, pero no pudo evitar la necesidad de dirigirse al oeste, hasta el mar, con un frente de unos cincuenta kilómetros de ancho.

 

FuenteGiubbe Rosse News 

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