martes, 8 de noviembre de 2022

 


La herejía de la Revolución rusa


Publicado el 8 de noviembre de 2022 / Por Otros medios/kaosenlared


Este 7 de noviembre se cumplen 104 años de la Revolución de Octubre, una mezcla de fechas que se debe a la discrepancia entre el calendario gregoriano usado hasta hoy y el juliano que regía en la Rusia de los zares. El paso de más de un siglo amerita comenzar por la pregunta: ¿por qué seguimos discutiendo sobre ella? Ángulos para ensayar una respuesta hay muchos pero acá nos interesa el más, si se quiere, “general”: la Revolución Rusa partió en dos la historia mundial. Si la Gran Guerra de 1914 había sido un golpe decisivo a la idea de “progreso”, tan cara al relato capitalista, la Revolución de Octubre expuso algo mucho más peligroso: una alternativa. Por primera vez, clases explotadas y oprimidas, despojadas del poder económico, del acceso a la cultura, pasaban a convertirse en clases dominantes a través de los Consejos de diputados obreros y campesinos (soviets), los cuales expresaban una inédita capacidad de autoorganización de las masas. La característica fundamental “semifantástica” –decía Trotsky en la Historia de la Revolución rusa– de esta revolución consistió en la enorme madurez de la clase trabajadora rusa respecto a todas las antiguas masas urbanas que habían protagonizado revoluciones hasta entonces. El partido bolchevique, que agrupaba sus sectores más perspicaces y decididos, lograba conducir con éxito la toma del poder, y aquellos soviets se constituían en el pilar de una democracia de otra clase, donde los “desarrapados” ahora estaban llamados a definir no solo el rumbo político de la sociedad sino la planificación de la economía sobre la base de la propiedad estatal de los medios de producción. Nacía la primera república de los trabajadores de la historia.

De esta forma, en 1917 las trabajadoras y trabajadores de Rusia desmentían la pretensión “universalista” de la burguesía que postulaba sus intereses particulares como intereses de “toda la humanidad”. Quedaba expuesto aquello que decía Marx sobre que, bajo el capitalismo, “la aplicación práctica del derecho humano de la libertad es el derecho humano de la propiedad privada”. Léase fábricas, bancos, empresas y demás medios de producción –sociales– en manos de un puñado de capitalistas, y frente a ellos, masas de trabajadores y trabajadoras “libres” de vender su fuerza de trabajo o morirse de hambre. Un “universalismo” nutrido también de la expoliación y opresión del resto de los pueblos del mundo, desde África hasta los confines de Asia y América. El mismo que bajo las banderas de la “civilización” había llevado a aquella Gran Guerra Mundial en la que cada potencia pugnaba por aumentar su parte de botín. La mayor matanza de historia de la humanidad hasta entonces, que luego quedaría relegada al lugar de “Primera” y superada en toda su barbarie por la “Segunda”.

En ese contexto, la “Declaración de los derechos del pueblo trabajador y explotado”, convertida en texto constitucional de la nueva república soviética en 1918, proclama: “como misión esencial abolir toda explotación del hombre por el hombre”, “hacer triunfar el socialismo en todos los países”, “declara patrimonio de todo el pueblo trabajador toda la tierra”, “ratifica el paso de todos los bancos a propiedad del Estado obrero y campesino”, plantea la “completa ruptura con la bárbara política de la civilización burguesa, que basaba la prosperidad de los explotadores de unas pocas naciones elegidas en la esclavitud de centenares de millones de trabajadores” de todo el mundo. También el derecho a la autodeterminación de los pueblos que antes se encontraban bajo el yugo del imperio zarista con el “propósito de crear una alianza efectivamente libre y voluntaria” y por lo tanto el derecho de los obreros y campesinos de cada nación a decidir si deseaban unirse o no y en qué condiciones a la federación. A su vez, bajo la nueva república los derechos dejan de ser de “el hombre”, se instaura la igualdad legal entre hombres y mujeres, se reconocen las uniones de hecho, se establece el derecho al divorcio y al aborto, se crean guarderías, lavanderías y comedores comunitarios, se elimina la criminalización de la homosexualidad y la persecución a las mujeres en situación de prostitución.

Estos gestos imperdonables abrieron una verdadera caja de pandora, y con ella una oleada revolucionaria internacional. Uno de sus grandes centros fue Alemania, que a diferencia de la decadente Rusia zarista, era una de las principales potencias mundiales. La idea que movilizó a Lenin y Trotsky fue que el triunfo de la revolución alemana, con su poderosa clase obrera, su industria y tecnología, uniéndose a la vasta Rusia soviética, podría constituir el pivote de la revolución mundial. De hecho, los destinos de la revolución alemana y la rusa, estuvieron estrechamente ligados. Un vínculo que a la historia oficial le conviene olvidar. Pero lo cierto es que a partir de octubre/noviembre de 1918, con la insurrección de los marinos de Kiel –que simplemente se negaban a morir por el “honor” del Káiser–, la lucha de clases se extendió como reguero de pólvora por Alemania erigiendo a su paso Consejos de Obreros y Soldados por todo el país. Pero una burocracia, anterior a la stalinista, salvó a la burguesía: la de la socialdemocracia alemana encabezada por Friedrich Ebert. Personaje a quién Carl Schorske, el gran historiador de la socialdemocracia, bautizó “el Stalin de la socialdemocracia”, aunque hasta hoy presta su ilustre nombre a una tradicional fundación promotora de los “valores democráticos”. Claro que tampoco había en aquel país un partido como el bolchevique. Los grandes líderes revolucionarios como Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht fueron masacrados a instancias de Ebert y aquellos “valores” de la democracia.

El aislamiento internacional producto de esta derrota fue un duro revés para la República de los Soviets. Meses antes había arrancado la guerra civil en Rusia con el levantamiento de la Legión Checoslovaca en mayo de 1918. Pronto los revolucionarios se verán enfrentados a 14 ejércitos imperialistas coaligados con las fuerzas contrarrevolucionarias de la vieja sociedad. Para la defensa de la revolución, los bolcheviques, con Trotsky a la cabeza, pondrán en pie un ejército de más de 5 millones de obreros y campesinos. La guerra civil se prolongará por más de treinta meses hasta que en noviembre de 1920 la derrota de las tropas al mando del barón Wrangel decidirá el resultado de la guerra a favor de los revolucionarios. Mientras tanto, la revolución alemana tendría nuevos capítulos. Ya creada la Internacional Comunista en 1919, uno de sus grandes partidos será justamente el alemán. En 1923 se abrirá un nuevo proceso revolucionario, cuya derrota marcará un punto de inflexión, no solo en Alemania sino también en Rusia. Será uno de los elementos que contribuya al fortalecimiento en la URSS de una burocracia que con los años se convertirá en casta gobernante y se valdrá del poder del Estado para conservar sus privilegios, dando lugar al fenómeno del stalinismo.

Lenin, que muere en 1924, había dedicado los últimos tiempos de su vida a la lucha contra esta burocracia que comenzaba a enquistarse en el Estado de los soviets y el partido bolchevique. Trotsky continuará esta pelea, con diversas alianzas a través de los años; su biografía va a quedar asociada a la lucha sin cuartel contra el stalinismo para recuperar el poder para los soviets en Rusia y extender la revolución a nivel internacional. Recuerda Christopher Hitchens que “Winston Churchill, en un ácido retrato de Grandes contemporáneos, describió a Trotsky, incluso en un exilio impotente, como el ‘ogro’ de la subversión internacional”. Se trataba –una vez más– de activar el “freno de emergencia”, como diría Walter Benjamin, para detener la marcha hacia el abismo de la barbarie capitalista. Finalmente la derrota del largo proceso de la revolución alemana que había comenzado allá por 1918 solo pudo llegar de la mano de Hitler en 1933. El triunfo de nuevas revoluciones hubiera podido ahorrarle a la humanidad la barbarie de Auschwitz y el gulag, y evitar la masacre a gran escala que tuvo lugar con la Segunda Guerra Mundial, pero el capitalismo, para desgracia de la humanidad, sobrevivió.

De la caída del muro de Berlín a la caída del muro de Wall Street

La gran herejía de la República de los Soviets fue, nada más ni nada menos, que mostrar la posibilidad de otra historia y que no había ningún “interés general”, ni nada “natural” en que un puñado de capitalistas concentre la propiedad de los medios de producción y reproducción sociales, en que toda la sociedad tenga que estar organizada en función de sus ganancias, o en que la mayor parte de los pueblos del mundo estén oprimidos por un selecto grupo de potencias para que se puedan mover los engranajes del capitalismo “global”. Desde luego, cuando una verdad así se encarna en la historia, es difícil ocultarla. Tomó casi todo el resto del siglo XX. Fueron necesarios Hitler y Stalin, las bombas atómicas del imperialismo “democrático” norteamericano en Hiroshima y Nagasaki, los bombardeos masivos sobre la población civil en Dresde a la salida de la Segunda Guerra Mundial. También las diferentes burocracias que emularon al stalinismo en las revoluciones de posguerra, la derrota decenas y decenas de procesos revolucionarios, en las colonias y semicolonias, en los centros imperialistas, y de aquellas que se levantaron contra las burocracias al otro lado de la “Cortina de Hierro”. A su vez, frente a la lucha de clases en “Occidente” y especialmente en Europa, el capitalismo ensayó la idea un “Estado de bienestar” para aminorar el contraste, y en la periferia, ante las enormes luchas de los pueblo oprimidos, el llamado proceso de “descolonización” allanándose a la independencia formal de múltiples países para tratar de atemperar las rebeliones contra la dominación imperialista.

Difícil entender algo de todo esto sin dimensionar la relevancia histórica de la Revolución rusa. De allí la euforia que trajo la Restauración burguesa, con mayúscula, a partir de la última década del siglo pasado. Tiempos en que Francis Fukuyama decretara el “fin de la historia” (de la lucha de clases), que vino con “el fin” de la clase obrera, del trabajo, de las ideologías, de los Estados nacionales, etc., y el prefijo “post” despegará a la popularidad para designar todo, desde el “posmodernismo” hasta, como no podía ser de otra manera, el “posmarxismo”. Toneladas de propaganda se utilizaron para identificar al “comunismo” como proyecto emancipatorio con las dictaduras burocráticas parasitarias de los ex Estados obreros. La historiografía liberal-conservadora, Orlando Figes, Richard Pipes, Robert Service, etc., gastó ríos de tinta para darle entidad a ese planteo. Una vez “ordenada” nuevamente la historia y supuestamente exorcizada la herejía de la Revolución de Octubre, el capitalismo, en modo “neo” liberal, se sintió en condiciones –y ante la necesidad determinada por sus requerimientos de acumulación– de desmantelar los muros de contención del viejo “Estado de bienestar” y volver a ajustar las cadenas de los países de la periferia con el llamado “Consenso de Washington”.

Pero aquella euforia no era solo espiritual sino bien material. La restauración capitalista en aquellos Estados donde se había expropiado a la burguesía abrirá enormes espacios “nuevos” para la valorización del capital. A Rusia, ex segunda potencia mundial, le correspondió el desmantelamiento de buena parte de su industria y pasar a depender de las exportaciones de gas y petróleo. Pero el caso de China fue muy diferente. Se transformará en un motor central del capitalismo que explica buena parte del devenir de la economía mundial hasta hoy. A su vez, la incorporación de cientos de millones de nuevos trabajadores al mercado mundial con muy bajos salarios va posibilitar el avance sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora a nivel global y el aumento de la plusvalía absoluta obtenida por el capital para contrarrestar la caída de su tasa de ganancia. La paradoja es que China debe su existencia actual a la unificación e independencia del país conquistada por la revolución de 1949 que expropió a la burguesía y avanzó en la planificación (burocrática) de la economía. Es decir, que solo gracias a haberse apropiado mediante la restauración capitalista de aquello que se generó en contra suya, la burguesía imperialista logró una de sus principales fuentes de desarrollo del último tiempo, basada en enormes niveles de explotación y precarización, que poco tienen que envidiarle a los de dos siglos atrás.

Todo este fin de la historia es el que está llegando, valga la redundancia, a su fin desde la caída del “muro de Wall Street” con la crisis de 2008. China pasó a ser parte de la disputa por los mercados internacionales. Los cientos de millones de trabajadores incorporados en su momento al mercado mundial para bajar los salarios ya no impiden la escasez de inversiones rentables. Estos límites cada vez más estrechos a la valorización del capital están en la base de los desequilibrios geopolíticos. La financiarización de la economía que oficia de válvula de escape llevó el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008, cuya “salida” fue inyectar más y más dinero para salvar a los bancos y las corporaciones. Como resultado tenemos un salto enorme en términos de desigualdad, a niveles comparables a los existentes durante las primeras décadas del siglo XX, que está en la base de los ciclos de revueltas que vienen atravesando gran parte del globo desde aquel entonces. La dinámica ecodestructiva del capitalismo tiene como uno de sus grandes símbolos en la actualidad a la pandemia del covid-19, y ha dado lugar a una situación completamente inédita para la humanidad: la tendencia hacia la descomposición de sus condiciones naturales de producción y reproducción. Por si faltaba una muestra de la crisis de la “globalización” capitalista, el llamado “gran atasco” de las cadenas de producción globales está allí para ratificarla.

Dicho esto, podemos volver a la pregunta inicial sobre la vigencia de la Revolución de Octubre.

La actualidad de una herejía contra el capitalismo

En contraste con todo este escenario del fin del “fin de la historia”, pareciera “más fácil imaginar el fin del mundo que el final del capitalismo”, como dijera alguna vez Fredric Jameson. Entonces ¿qué amerita seguir discutiendo la Revolución de Octubre pasado más de un siglo? O dicho de otra manera, ¿por qué el ataque al comunismo sigue siendo uno de los caballitos de batalla de la derecha que van desde Trump a Bolsonaro hasta personajes de reparto como Milei? En primer lugar, porque muestra –y nos recuerda– que no es “natural” que un puñado de milmillonarios que acumule la riqueza equivalente a la que posee la mitad de la humanidad; que vivamos en el “planeta de los slums” (villas miseria, favelas), como lo llamó Mike Davis, que alberga a alrededor de 1 de cada 6 habitantes del mundo; que el Mediterráneo se haya convertido de una gigantesca fosa común para migrantes que huyen de la guerra y la miseria; entre otras maravillosas postales de la “globalización” contemporánea.

Ahora bien, las grandes revoluciones –empezando por la Revolución rusa– que han logrado triunfar durante el siglo pasado, lo han hecho en países atrasados, semicoloniales o coloniales. Misteriosamente para el capitalismo que se ufana de ser la gran vía de “desarrollo”, solo dos países pasaron de aquella situación a estar entre las principales potencias mundiales en el siglo XX y lo que va del siglo XXI: Rusia y China, en los cuales casualmente hubo revoluciones que expropiaron los medios de producción a la burguesía. Sin embargo, el comunismo propiamente dicho no puede surgir dentro de los límites de los países atrasados, ya que no consiste en una mejor distribución de la escasez, que no hace más que reavivar la lucha por la subsistencia y el hobbesiano “todos contra todos” al que nos tiene acostumbrados el capitalismo. La burocracia que se erigió por sobre la clase trabajadora en aquellos procesos, en última instancia, fue hija de aquella lucha por la subsistencia producto del atraso y el aislamiento; por eso resaltábamos el especial entrelazamiento de los destinos de la Revolución rusa y la alemana. El siglo XX ya demostró la inviabilidad de la utopía reaccionaria del estalinismo de construir el “socialismo en un solo país”. Dicho esto, podemos preguntarnos: si bajo la bota de aquella burocracia la sustitución de la propiedad privada y de la anarquía capitalista por la propiedad estatal de los medios de producción y la planificación económica permitieron que la URSS pasara de ser un país capitalista atrasado con resabios semifeudales a convertirse en la segunda potencia mundial, cuán enormes son las posibilidades que se abrirían hoy para la construcción del comunismo si el aparato tecnológico y la enorme riqueza de países como Estados Unidos, Alemania o Japón fuesen tomados en sus manos por los trabajadores.

Y acá entra otro problema fundamental “naturalizado” por la burguesía: qué entendemos por “riqueza”. En el capitalismo la producción está organizada y tiene como fin no la satisfacción de las necesidades sociales, sino la ganancia. La misma surge del tiempo de trabajo no pago que le roba el capitalista al trabajador, de esa diferencia –“plusvalía”– entre el valor de la fuerza de trabajo y lo que esta efectivamente produce en determinada jornada laboral. Así, los avances actuales de la ciencia, de la tecnología y de la cooperación del trabajo que posibilitan producir lo mismo en menor tiempo, no se traducen en mayor tiempo de ocio, en una reducción progresiva del tiempo dedicado al trabajo como imposición, sino en crecientes fortunas de “milmillonarios” en un polo, y en el otro polo, en desocupación, subocupación y “masas marginales” por un lado, y sobreocupación, jornadas extenuantes y trabajadores “rotos” por el otro. Es que si bien la fuerza de trabajo para el capitalista es un “costo”, no puede prescindir de ella porque es su única fuente de ganancia genuina, y tampoco de la desocupación que le es indispensable para presionar a la baja de los salarios. Por eso, como señala Marx, el capitalismo pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza.

Pero esta forma de medir la riqueza no es más que una imposición miserable que solo se sostiene por la persistencia del capitalismo. No hay nada “inevitable” en la apropiación por el capital del tiempo disponible en forma de plusvalía. Tampoco hay nada “natural” en la producción y el uso por parte del capital de una población excedente (desocupada) que ofrece tiempo de trabajo disponible como palanca para asegurar que la oferta y la demanda de fuerza de trabajo sean siempre favorables al capital. La alternativa a esto, como decía Marx, pasa porque la masa de trabajadores se apropie ella misma de su propio trabajo excedente, convertirlo en “tiempo libre”, en tiempo de ocio, una palabra que por obvias razones la “ética” del capitalismo siempre buscó degradar pero que incluye –y de hecho es lo único que hace posible–, entre otras cosas, el desarrollo de la cultura, la ciencia y el arte e incluso el propio ejercicio democrático de la política para las y los trabajadores. Y allí está para atestiguarlo la incomparable efervescencia en todos estos terrenos durante los primeros años de la Revolución rusa, la experimentación artística de todo tipo, las disputas entre vanguardistas y proletkultistas, el “soviet teatral”, los encendidos debates sobre la educación, sobre psicología, sobre ciencia, sobre derecho y todo tipo de debates que siguen despertando el interés hasta hoy. Todo esto, cabe agregar, en un país atrasado, que atravesaba una situación dificilísima, venía de la guerra mundial y estaba bajo el ataque de 14 ejércitos imperialistas.

Solo hace falta algo de imaginación histórica para proyectar una idea aproximada de la potencialidad para liberar las facultades creadoras del ser humano y conquistar una relación más armónica con la naturaleza que tendría esta otra forma de medir la riqueza por el tiempo de ocio y no por el tiempo de trabajo con el actual estado de la ciencia, de la tecnología y de las fuerzas productivas. Retomando la frase de Jameson, podríamos resumir nuestra respuesta al por qué seguir discutiendo la Revolución de Octubre 104 años después en pocas palabras: porque nos permite pensar el fin del capitalismo en lugar del fin del mundo. Esa es su gran herejía. Claro que solo se trata su aspecto más general, también dejó enormes conclusiones sobre el camino para hacerla realidad –que hemos abordado en otros lugares–, pero en tiempos donde los discursos neorreformistas, “populistas de izquierda”, “posneoliberales” no se cansan de apelar a la miseria de lo (im)posible –seguir con el capitalismo hasta el precipicio–, es un buen lugar por donde empezar.

Matías Maiello

 

Fuente: Izquierda Diario

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Vox, PP y la nueva Ley de Memoria Democrática

 

Las heridas del pasado serán heridas del futuro: seguirán siempre abiertas. Pero al PP y Vox les da igual la historia. Eso dice Cervera, y es una verdad fácilmente constatable. Quizás los que quieren ignorar la historia querrían que se repitiera.


Vox, PP y la nueva Ley de Memoria Democrática

 

Alfons Cervera

El Viejo Topo

8 noviembre, 2022 


Hace unos días se puso en marcha la nueva 
Ley de Memoria Democrática. Ha costado aprobarla. Qué difícil resulta en nuestro país hablar del pasado más cercano. Podemos hablar tranquilamente de la Edad Media o de cuando se paseaban a sus anchas por el monte las aves gigantes y los dinosaurios. Pero cuando se intenta hablar de la guerra civil y sus alrededores, la cosa ya no es tan sencilla. O se guarda silencio o lo que es peor: nos hinchamos a contar mentiras.

Siempre estamos con la misma canción: hay que olvidar ese pasado y cerrar sus heridas. Y ya está. Ésa es la lección. Cuando en un Instituto de Enseñanza Secundaria se llegue (si se llega) a ese periodo histórico, hay que saltárselo. Y a otra cosa, mariposa. Y ojo con lo que se diga en las clases porque ahí estará la vigilancia de algunas familias (sobre todo ahora, con la aprobación de la nueva Ley y la negativa del PP y Vox a aceptarla) para protestar si su prole llega a casa diciendo que en clase han dicho que la guerra en España vino por un golpe de Estado contra la República. Y que después de la guerra llegó la dictadura franquista, con sus cárceles y sus miles de muertos y que muchos de esos muertos aún siguen en las cunetas o en las fosas comunes que se están descubriendo todos los días para que sus familias puedan descansar, aunque sea un poco y tan tarde, después de tanto sufrimiento. Son años de angustia esperando ese momento. Y el silencio lo único que hace –como escribía Mario Benedetti– es añadir más angustia a la angustia de la espera interminable.

Ya sé que buena parte del profesorado no se salta la realidad de los hechos históricos. También sé que otra parte de ese profesorado sí que lo hace. He sido testigo de esa anomalía en alguna ocasión. Una vez lo escuché en directo: “El profesorado ha de ser neutral”. O sea, que si se habla en clase de que hubo un golpe de Estado contra la legitimidad de la Segunda República, por ejemplo, es que falla la neutralidad. Así que mejor callárselo. Lo que tiene que haber en la enseñanza de la historia no es neutralidad ni gaitas. Lo que tiene que haber en esa enseñanza es sólo una cosa: el rigor más exigente a la hora de contarla.

Los de Vox son una plaga contra la memoria del sufrimiento. Ellos no sufren. Al revés, quieren que vuelva la dictadura, hacen lo que pueden para que las fosas comunes sigan cerradas a cal y canto. No les interesa que salgan los nombres de los verdugos. Seguro que bastantes de esos nombres les resultan conocidos. Y cercanos. Mejor el silencio, por lo tanto. Mejor las mentiras que aseguran que Franco salvó a España de la «barbarie» republicana. Mejor seguir contando que la dictadura franquista fue lo mejor que le ha pasado a España en los últimos años de nuestra historia. Los únicos muertos buenos son los suyos. A los demás que se los sigan comiendo los gusanos en sus tumbas, muchas de ellas aún desconocidas. Menuda plaga. Digo de

¿Pero qué dice el PP en estos asuntos? Pues que si gobierna, ya tiene dispuesta la derogación de la Ley de Memoria Democrática y escrita su Ley de Concordia. Como si la democracia estuviera contra la concordia. Son excusas de mal pagador. En estos asuntos, dicen más o menos lo mismo que Vox. Que la historia se calle, que sigamos con las mentiras. Lo acabamos de ver hace unos días en Teulada y Alfafar, dos pueblos valencianos gobernados por el Partido Popular. En el primero, el consistorio gobernado por el PP y dos concejales exsocialistas había denegado la ayuda a un proyecto del alumnado de Secundaria: un estudio sobre personas de la comarca alicantina de la Marina Alta que sufrieron el horror de Mauthausen. El proyecto incluía la realización de un viaje al campo nazi, también de un documental y la edición de un libro. Después de negar la ayuda solicitada, han rectificado ante la avalancha de críticas que cayeron sobre esa negativa. Una negativa que venía calcada de la de Rajoy cuando presumió, orgulloso él, de que no había destinado un solo euro de los presupuestos del Estado a la Memoria Histórica. El ilusionante trabajo estudiantil lo había asumido el ejecutivo municipal de Benitatxell. Cuando ha llegado la rectificación, ya se había perdido una subvención por llegar la solicitud fuera de plazo. En todo caso, parece que al final la cosa pinta bien y el consistorio en pleno ha aprobado respaldar el proyecto sobre las personas de la comarca que sufrieron los horrores de Mauthausen. Desde la propia alcaldía aseguran que no saben quién o quiénes del equipo de gobierno negaron su apoyo en nombre del ejecutivo local. Todo líos. Con lo fácil que es decir sí o no y dejar de marear la perdiz cuando se trata de algo que tenga que ver con la Memoria Democrática.

Y muy cerquita de València, en Alfafar, más de lo mismo. Una exposición, preparada por los historiadores Joan Josep Baixauli y Josep Mª Tarazona sobre la represión franquista en el pueblo, ha sido prohibida por el gobierno local del PP. Finalmente, como pasara en Teulada, ha sido acogida por el ayuntamiento de la vecina Benetússer. Y otra vez la cantinela de siempre para las excusas: “queremos mirar al futuro cerrando heridas del pasado”. Las heridas del pasado se cierran contándolas. Si no se cuentan seguirán donde siempre: en la invisibilidad, en la más cruel de las inexistencias. Las heridas del pasado serán heridas del futuro: seguirán siempre abiertas. Pero al PP y Vox les da igual la historia, el derecho al duelo que nos exige una memoria machacada, el sufrimiento de quienes no son los suyos. Sólo quieren que las heridas del pasado sigan abiertas, que las víctimas del franquismo sigan silenciadas, que la victoria de los suyos en 1939 siga siendo la misma victoria tantos años después de aquel horror, que no salgan a la luz pública los nombres de los asesinos. Lo tienen bien claro y lo dicen bien claro: ellos ganaron la guerra y la van a seguir ganando por mucha Ley de Memoria que apruebe la propia democracia. Entre dictadura y democracia no tienen ninguna duda: dictadura.

Entre la palabra y el silencio también lo tienen claro. Eligen el silencio. Los versos de la inmensa Paca Aguirre: “Callar. No decir lo que abrasa”. Y lo que les abrasa, al PP y a Vox, es la verdad. Esa palabra les quema en la garganta. La única historia que les interesa que se cuente es la que a ellos les gusta, aunque esté llena de mentiras. Sólo con gritar emocionados “¡Viva Franco!” tienen bastante. Ese grito resume la historia que les gustaría que se contara en las escuelas. Sólo ese grito. Sólo.

Fuente: Infolibre.

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lunes, 7 de noviembre de 2022

¡¡¡Pasajeros al tren!!!

 

¡¡¡Pasajeros al tren!!!

 

 

DIARIO OCTUBRE / noviembre 7, 2022

 

Editorial Noviembre 2022 de Unidad y Lucha

 

Estamos en una gran estación de ferrocarril y por los altavoces suena aquel pretérito llamamiento de viajeros al tren…y, de repente, cunde la desesperación. No hay tiempo para pensarlo,  tampoco para consultar a nadie, pero hay que acertar y no montarse en el vagón equivocado. La diferencia está en llegar al destino o no hacerlo.

 

Es este un símil con el que pretendemos explicar la situación que enfrentamos ahora y en la que son muchas las voces que, desde la legítima aspiración a la necesaria movilización de las masas, alzan su voz y lanzan propuestas sin valorar la totalidad de la realidad en la que se interviene y se quiere transformar.

Errare humanum est y no pasaría nada – o casi nada-, si el destino equivocado no acaba en el pantano o nos lleva en dirección contraria a la deseada. Pero mejor practicar el más científico método de ensayo error y trabajar con hipótesis que, aunque finalmente puedan fracasar, se sustentan en algo más que en la reacción más inmediata e instintiva a los acontecimientos.

Pero, para marcar la dirección correcta al andén y sacar conclusiones prácticas lo más acertadas posibles para enfrentar la coyuntura actual, lo primero que debiera haber es un amplio consenso entre las fuerzas revolucionarias en torno a que la carestía de la vida no es más que la expresión más evidente de las crecientes dificultades materiales en las que vive inmersa la clase trabajadora, fruto de la desvalorización de la fuerza de trabajo y la precariedad laboral. En definitiva, sobreexplotación que es el recurso más a la mano de una burguesía con dificultades para mantener su tasa de ganancia, como consecuencia de una crisis general del capitalismo de carácter estructural.

Igualmente que las políticas belicistas contra la soberanía de los pueblos del Bloque liderado por los EE.UU y nucleado en torno a la OTAN con el acuerdo y servidumbre de la UE, impone un incremento de gastos militares y de sanciones y bloqueos económicos que, además de ilegítimos, se vuelven en muchos casos contra el día a día de su población.

Si partimos de estos consensos y tenemos el temple necesario –y añadimos la inteligencia política suficiente- para no entrarle al primer espantajo que se cruce en el camino y sí utilizar el análisis materialista para trazar el camino que queremos recorrer, serán muchas más las posibilidades de no errar el camino y, aunque no nos permita llegar a la Estación Término del Socialismo, del Poder Obrero y Popular, sí pueda acercarnos a ella. Expresado en términos propios del marxismo-leninismo: análisis concreto de la realidad concreta para desarrollar un programa fundamentado en unas alianzas y un desarrollo de la táctica, coherentes con la estrategia y los principios.

Un reto impostergable que necesariamente requiere conocer la subjetividad actual de las clases sociales y marcar la ruta que, en un proceso complejo y absolutamente dialéctico, haga crecer la capacidad de organización de las masas, especialmente de la clase trabajadora en su confrontación diaria con el capital, y la referencialidad social de la militancia comunista.

Un proceso en el que, como nos ha enseñado la historia de la lucha de clases, serán las masas las protagonistas y en el que conquistarán derechos porque avanzará su conciencia y su vinculación con la ideología revolucionaria.

Un escenario nada improvisado en el que la realidad, una vez se pone en marcha el motor de la Historia, no espera a nadie y en que la Vanguardia política no puede ni quedarse al margen, ni olvidar nunca cuál es su responsabilidad.

Por eso, afirmamos que ni todos los escenarios de movilización de masas son una oportunidad, ni todas las consignas que convocan multitudes son útiles. A la reacción, al fascismo y al lumpen se le combate reforzando estructuras propias y no tratando de reconducirlos en su terreno.

Organizar para movilizar es la consigna.

Intervenir en los conflictos y radicalizarlos para evidenciar los verdaderos intereses de clase que esconden y permeabilizar el programa socialista, es la tarea inmediata.

Generar liderazgos que encabecen y dirijan todas estas luchas obreras y populares, es una necesidad concreta.

Son estos los elementos de análisis en los que corresponde embarcarse conforme a un plan de trabajo a la ofensiva.

1.      Revisiones salariales que compensen todo lo perdido por la inflación, sí; pero además crítica al pacto social y a las políticas de conciliación de clases y desmovilización que nos han llevado hasta esta situación. Organizar la respuesta sobre la plena soberanía de la asamblea obrera. Unidad Obrera.

2.      Denuncia de la carestía de la vida, sí; pero sin caer en el asistencialismo y vinculando el incremento de los precios a la quiebra de un sistema caduco incapaz para garantizar(se) lo necesario y a la especulación del capital. Nacionalización de las empresas energéticas y de distribución de alimentos y productos de primera necesidad.

3.      No al incremento del 25% del gasto militar. Ni OTAN, ni bases militares. Abandono inmediato de todas las tropas desplegadas en el extranjero. Más gasto militar son menos prestaciones sociales.

Son solo algunos ejemplos de la multitud de oportunidades que brinda esta sociedad basada en la explotación y la opresión, para levantar las más diversas banderas de lucha. Banderas de unidad y no de división por identidades, en las que siempre deben primar los intereses y necesidades de la clase trabajadora por encima de cualquier otra consideración.

En el centro de trabajo o en el barrio, promoviendo estas plataformas y colectivos, levantando experiencias de lucha concreta que traspasan el espacio de la mesa de reunión en la que nos juntamos la militancia de la distintas organizaciones, es donde se puede concretar de forma fecunda la unidad de acción de las fuerzas revolucionarias y tejer las alianzas necesarias.

LA NECESARIA CONSIGNA

Un ejemplo sería la ya usada de Paz, Pan y Trabajo. Ni mucho menos tiene que ser la elegida, pero necesitamos con urgencia una que convoque a las masas y, al mismo tiempo, por su contenido, no solo las distancie del oportunismo y el fascismo, sino que sea capaz de vincular a amplios sectores del campo revolucionario y del movimiento obrero y popular a un propósito común. Tú lucha decide, también resume el propósito que nos convoca frente a un ciclo histórico que se abre con fuerza ante nuestros ojos y en el que no podemos dejar de intervenir.

Solo una acción coordinada y decidida de la militancia entre la clase obrera y los más diversos sectores del pueblo, generará la experiencia de lucha y los cuadros necesarios para llevar adelante la necesaria contraofensiva que acorrale al Capital y a todas sus políticas. Lo contrario es la Barbarie en una realidad de creciente pobreza y explotación en una sociedad, la del capital, que exige cada día menos derechos laborales, sociales y civiles.

Hoy, como siempre, TOMA PARTIDO, TU LUCHA DECIDE.

FUENTE: unidadylucha.es

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REINO UNIDO. Las protestas en las calles contra la crisis continúan

 

REINO UNIDO. Las protestas en las calles contra la crisis continúan

 

INSURGENTE.ORG / 7 noviembre 2022

 


Al grito de “Gran Bretaña está rota”, decenas de miles marcharon ayer en Londres contra el gobierno conservador del primer ministro británico, Rishi Sunak, exigieron elecciones generales anticipadas y tomar medidas contra la crisis del costo de la vida. En tanto, el propio líder laborista, Sunak prometió que el presupuesto que presentará a mediados de noviembre será “justo” pero… reiteró que se deberán tomar decisiones “difíciles” frente a la crisis económica.

Una coalición de sindicatos y organizaciones comunitarias participó el sábado en la protesta organizada por la Asamblea del Pueblo, en el centro de Londres.

El grupo dijo que los manifestantes exigían elecciones generales inmediatas, acciones sobre salarios bajos y la derogación de las leyes laborales «antisindicales».

El manifestante Adam Robinson dijo que la gente “seguiría gritando” hasta que el gobierno escuchara, y comparó el movimiento con los disturbios por impuestos electorales de 1990, a los que atribuyó la caída del poder de la entonces primera ministra Margaret Thatcher.

“Realmente estoy empezando a sentir el pellizco como sé que mucha gente lo está”, el maestro de secundaria de 51 años de edad de Maidstone en Kent, quien se encuentra entre los que podrían declararse en huelga a principios del próximo año.

“El gobierno actual es un desastre absoluto, no es adecuado para su propósito, está dañando a nuestro país, y creo que es importante que nos unamos para hacer que nuestras voces se escuchen y decir que no vamos a aguantar esto. cosas más.

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Sentimiento antifrancés en el norte de África

 

El sentimiento antifrancés sigue creciendo en el Sahel. Al fin y al cabo, la presencia francesa no ha servido para desembarazarse del yihadismo y sí en cambio para favorecer algunos golpes de estado. En el norte, Marruecos marca distancias con París.


Sentimiento antifrancés en el norte de África


Vijay Prashad

El Viejo Topo

7 noviembre, 2022 

 

En noviembre de 2021, un convoy militar francés se dirigía a Mali pasando por Burkina Faso y Níger. No llegó muy lejos. Fue detenido en Téra, Níger, y antes de eso, en varios puntos de Burkina Faso (en Bobo-Dioulasso y Kaya, así como en Ouagadougou, la capital del país). Dos civiles murieron como consecuencia de los enfrentamientos entre el convoy francés y los manifestantes “enfadados por la incapacidad de las fuerzas francesas para reprimir el terrorismo en la región”. Cuando el convoy entró en Malí, fue atacado cerca de la ciudad de Gao.

El coronel Pascal Ianni, portavoz del Estado Mayor de la Defensa francés, declaró a Julien Fanciulli, de France 24, que había mucha “información falsa circulando” sobre el convoy francés. La culpa de los atentados se atribuyó a los “terroristas”, es decir, a los grupos islámicos que siguen controlando amplias zonas de Malí y Burkina Faso. Estos grupos se han visto envalentonados y endurecidos por la guerra de 2011 contra Libia, llevada a cabo por la Organización del Tratado del Atlántico Norte y alentada por Francia. Lo que el coronel Ianni no quiso admitir es que las protestas que siguieron al convoy revelaron la profundidad del sentimiento antifrancés en todo el norte de África y la región del Sahel.

Desde hace más de dos años se producen golpes de Estado en la región: entre el Golpe en Malí (agosto de 2020) y el de Burkina Faso (septiembre de 2022), se dió el Golpe de Guinea (septiembre de 2021), otros dos en Malí (agosto de 2020 y mayo de 2021), y otro más en Burkina Faso (enero de 2022). Todos fueron impulsados en gran parte por el sentimiento antifrancés en el Sahel. En mayo de 2022, los líderes militares de Malí expulsaron las bases militares francesas establecidas allí en 2014, mientras que el proyecto político de Francia –G5 Sahel– se tambalea en esta atmósfera de hostilidad. Las protestas contra los franceses en Marruecos y Argelia no han hecho más que aumentar el sentimiento antifrancés que se extiende por el continente africano, y el presidente francés Emmanuel Macron recibió una lluvia de insultos cuando intentaba recorrer las calles de Orán, en Argelia, en agosto de 2022.

Hostilidad

“La situación en las antiguas colonias francesas (Burkina Faso, Chad, Costa de Marfil, Níger y Malí) es diferente de la situación en el norte de África”, me dijo Abdallah El Harif, del partido Camino Democrático de los Trabajadores, de Marruecos. “Las malas relaciones entre el régimen de Marruecos y Francia se deben a que el régimen marroquí ha desarrollado importantes relaciones económicas, políticas y de seguridad con los regímenes de África Occidental a costa de los franceses”, dijo. Sobre las antiguas colonias francesas a lo largo del Sahel en particular, El Harif mencionó que se habían producido “muchas insurrecciones populares” contra la continua presencia colonial francesa en estos países. Con el distanciamiento de Marruecos de Francia, París está enfadado por sus crecientes lazos con los Estados Unidos, mientras que en la región del Sahel la gente quiere expulsar a Francia de sus vidas.

La monarquía marroquí ha reaccionado en silencio a los golpes de Estado en el Sahel, sin querer asociarse con la suerte de “sentimiento antifrancés” en la región. Tal asociación llamaría la atención sobre la estrecha relación de Marruecos con los Estados Unidos. Esta relación ha proporcionado dividendos a la monarquía: equipamiento militar de los Estados Unidos y permiso para que Marruecos continúe con su ocupación del Sáhara Occidental, incluida la extracción de los preciosos fosfatos de la región (a cambio de que Marruecos estreche relaciones con Israel). Cada año, desde 2004, Marruecos ha acogido un ejercicio militar estadounidense, el León Africano. En junio de 2022, 10 países africanos participaron en el León Africano 2022, con observadores de Israel (por primera vez) y de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Marruecos, me dijo El Harif, “ha desarrollado enormemente sus relaciones militares con los Estados Unidos”. Francia ha quedado al margen de estas maniobras, lo que ha molestado a París. Al dejar atrás a las multitudes abucheadas en Orán, Argelia, el presidente Macron dijo que visitaría Marruecos a finales de octubre.

En la región del Sahel, a diferencia de Marruecos, existe un creciente sentimiento popular contra la injerencia colonial francesa (llamada Françafrique). El ex presidente de Chad, Idriss Déby Itno, fallecido en 2021, declaró a Jeune Afrique en 2019 que “la Françafrique se ha acabado. La soberanía es indiscutible, debemos dejar de pegar esta etiqueta de patio trasero francés a nuestros países”. “Los franceses controlan la moneda de estos Estados”, me dijo El Harif. “Tienen muchas bases militares [en la región del Sahel], y sus empresas saquean los recursos naturales de estos países, mientras fingen combatir el terrorismo”. Cuando surgen desafíos políticos, los franceses se han confabulado para asesinar a los líderes que desafían su autoridad (como el burkinés Thomas Sankara en 1987) o los han hecho detener y encarcelar (como el marfileño Laurent Gbagbo en 2011).

¿Por qué se acabó Françafrique?

En una entrevista reciente con Atalayar, el ex embajador de Francia en Malí, Nicolas Normand, achacó el aumento del sentimiento antifrancés a “las reiteradas acusaciones antifrancesas del primer ministro de Malí y a la virulenta campaña mediática llevada a cabo por Rusia en las redes sociales, en la que se acusa a Francia de saquear Malí y de apoyar en realidad a los yihadistas fingiendo que los combate, con vídeos falsos”. De hecho, el primer ministro de Malí antes del 22 de agosto de 2022, Choguel Maïga, hizo fuertes declaraciones contra la intervención militar francesa en su país. En febrero de 2022, Maïga declaró a France 24 que el Gobierno francés “ha intentado dividir su país alimentando las reivindicaciones de autonomía en el norte”. El cantante maliense Salif Keïta publicó un vídeo en el que decía: “¿No sois conscientes de que Francia financia a nuestros enemigos contra nuestros hijos?”, acusando a Francia de colaborar con los yihadistas.

Mientras tanto, sobre la acusación de que el grupo ruso Wagner estaba operando en Malí, Maïga respondió en una entrevista con France 24diciendo que “La palabra Wagner… son los franceses los que dicen eso. Nosotros no conocemos a ningún Wagner”. Sin embargo, en febrero dijo que Malí estaba trabajando “con cooperadores de Rusia”. A raíz de una investigación realizada por Facebook en 2020, la compañía eliminó varias cuentas falsas que rastreadas conducían a Francia y Rusia y que “estaban compitiendo reñidamente en la República Centroafricana”.

En un importante artículo publicado en Le Monde en diciembre de 2021, el investigador principal del Centro de Estudios Africanos de la Universidad de Leiden, Rahmane Idrissa, señaló tres razones para el aumento del sentimiento antifrancés en el Sahel. En primer lugar, Francia, dijo, “está pagando la factura en el Sahel por medio siglo de intervenciones militares en el África subsahariana”, incluyendo la protección de Francia a regímenes “generalmente odiosos para la población”. En segundo lugar, el fracaso de la guerra contra los yihadistas ha desilusionado a la opinión pública respecto a la utilidad del proyecto francés. En tercer lugar, y esto es clave, Idrissa argumentó que la incapacidad de los gobernantes militares de la región “para movilizar a la población contra un enemigo (los yihadistas)”, contra el que no tienen ninguna estrategia real, ha hecho que esta ira se dirija hacia los franceses. La salida de los franceses, por muy bienvenida que sea, “no resolverá ciertamente la crisis yihadista”, señaló Idrissa. El pueblo se sentirá “soberano”, escribió, “aunque una parte del territorio siga en manos de las bandas terroristas”.

Fuente: Globetrotter.

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domingo, 6 de noviembre de 2022

España: El Gobierno pretende controlar la inflación a costa de reducir los salarios

 

España: El Gobierno pretende controlar la inflación a costa de reducir los salarios

 

DIARIO OCTUBRE / noviembre 4, 2022

 

Remontémonos al año 2010: José Luis Rodríguez Zapatero impone un recorte del 5% en el salario de los trabajadores públicos y se convierte en el primer presidente que rebaja el sueldo de los funcionarios.

 

Hasta el momento, ningún gobierno había reducido los salarios públicos, aunque sí los habían congelado; primero el de Felipe González en el 94 y posteriormente el de José María Aznar en el 97, lo que obtuvo, por cierto, una contundente respuesta en forma de huelga en la función pública.

Después del recorte de Zapatero, se suceden años de congelación salarial, seguida por la retirada de la paga extra de las navidades de 2012, ejecutada por Rajoy, tras la que llegan más años de congelación; después, subidas salariales irrisorias del 1% en 2016 y 2017 y del 1,75% y 2,5% en 2018 y 2019 respectivamente, años en los que los capitalistas españoles dejan atrás definitivamente la crisis de 2008. Los dos siguientes años se cierran con ligeras subidas del 2 y del 0,9%. Para 2022, el Gobierno decreta sin negociación con las organizaciones sindicales una subida del 2%, pero la inflación se dispara en los últimos meses del año y el incremento salarial previsto se convierte en una pérdida de poder adquisitivo ante el incontrolado incremento de los precios.

Es necesario hacer este reciente recorrido histórico de los salarios del sector público para comprobar cómo se ha fraguado una perdida de poder adquisitivo que no se reduce únicamente a la última década, sino que viene de lejos. Pero volvamos al presente. Año 2022. Inflación por las nubes con registros que no se veían desde hace décadas. La subida impuesta del 2% se torna ridícula con una tasa de variación anual del IPC del mes de septiembre que se sitúa en el 8,9% y ante una situación que puede derivar hacia una forma de estallido social, la socialdemocracia entra en juego cumpliendo su papel histórico de garantizar la paz social mediante el reparto de migajas.

El Acuerdo contempla un incremento salarial fijo durante el período 2022-2024 que se situaría en el 8% y que se podría incrementar hasta un máximo de un 9,5% según diversas variables. Unas cifras que se manifiestan ridículas ante los datos de la inflación que se situaba en el 9% en septiembre, tras varios meses por encima de los dos dígitos y con un IPC armonizado que se sitúa en el 9,3% en comparación con el mismo mes de 2021.

Conscientes de que ni se les pasa por la cabeza elevar los salarios al ritmo de la inflación con una propuesta únicamente para el año 2023, el Gobierno socialdemócrata realiza una oferta a tres años. Conscientes de que su propuesta salarial es ridícula si la comparamos con los precios, el Gobierno lo vende no como un simple acuerdo salarial, sino que supone, en su relato, nada más ni nada menos, el fin de los recortes del Gobierno de Rajoy y la eliminación definitiva de las medidas del funesto RDL 20/2012, de 13 de julio. Cabría preguntarse por qué el gobierno progresista ha tardado 5 años desde que llegó al ejecutivo en derogar un decreto tan sumamente perjudicial para los intereses de los trabajadores del sector público.

Además, la propuesta recoge algún elemento de digitalización y teletrabajo por aquí, algún guiño a la igualdad de género y de atracción y retención del talento por allá, y una vez alcanzado el Acuerdo con los sindicatos CCOO y UGT, el Gobierno lo vende como un “compromiso de impulsar una Administración del siglo XXI”. Si lo que pretendían era avanzar en el empobrecimiento generalizado de los trabajadores, tan propio de este siglo, el acuerdo sin duda lo consigue.

Los promotores del acuerdo lo dan por bueno dada la compleja situación internacional y la inestabilidad política. Es momento, de nuevo, “de arrimar el hombro, de ser conscientes de la difícil realidad que vivimos y de no ser tan ambiciosos. No se trata de un acuerdo para avanzar, sino para no retroceder más”. Pero es que cuando no es la crisis financiera, es la pandemia y cuando no la guerra. Este sistema siempre cuenta con chivos expiatorios que permiten justificar el constante empobrecimiento al que se sometido la mayoría social.

Sin embargo, suscribir un acuerdo salarial por debajo del IPC es asumir la pérdida de poder adquisitivo de los trabajadores públicos, que se añade a décadas de pérdida constante de poder adquisitivo, 20% solo en los últimos 10 años. Hay que tener en cuenta que entre septiembre de 2021 y mayo de 2023, la inflación estará en torno al 20%. Aceptar propuestas salariales como la realizada por el Gobierno, muy por debajo de la inflación, supone transigir con recortes encubiertos. Y lo peor, es que se llega a este acuerdo sin un proceso movilizador; se ha prescindido de la fuerza de la clase obrera en la negociación.

La estrategia del Gobierno es clara: pretende “controlar” la inflación mediante la contención salarial; primero en el sector público, donde controla directamente los salarios, marcando así la tendencia y los límites para las luchas que se pueden dar en las negociaciones de los salarios del sector privado, donde recordemos que las subidas salariales pactadas en los convenios colectivos hasta julio aumentaron únicamente un 2,56%, con una brecha cada vez mayor entre los sueldos y la inflación.

En resumen, nada nuevo bajo el sol: el Gobierno decide empobrecer a la clase obrera y pauperizar los servicios públicos, mientras los capitalistas aumentan sus márgenes de beneficio. Es necesario decir las cosas claras y romper con la lógica del mal menor: ni el Gobierno es un aliado, ni es preciso apoyarle ante el temor de la llegada de las fuerzas más reaccionarias. La única garantía de frenar a la reacción es organizarse ante cualquier ataque de los capitalistas y sus gestores, incluso de aquellos que se disfrazan de amigos pero que gobiernan contra la mayoría social.

FUENTE: nuevo-rumbo.es

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Escrivá, aprendiz aventajado de Romanones. [¿Privatización? La verdad es que yo me sé chistes bastante más buenos. Y ahora, si nos dejamos de eufemismos, triquiñuelas semánticas y telemendengues varios, a las privatizaciones de las pensiones (igual que otras tantas) hay que llamarle robo de los dineros de los trabajadores por parte de los grandes capitales mediando sus secuaces políticos, los que muy hipócrita y cínicamente, dicen ser los representantes de los que resultan robados, los trabajadores. Colorín colorado, este cuento no se ha acabado, porque los grandes capitales, con sus alpargateros de la política, para mantener en pie el capitalismo tienen que seguir robando a los trabajadores todavía más. Quien tenga los ojitos y las orejitas que Dios le dio póngase a mirar y escuchar, porque de otro modo el zoquetazo que le espera no es flojo.]

 

Dar gato por liebre suele ser una especialidad de nuestros políticos. Y en el tema de las pensiones, sobre el que todos sabemos que el proyecto final –aunque sea a largo plazo– es el de la privatización total, el felino suele estar bien disfrazado


Escrivá, aprendiz aventajado de Romanones


Ildefonso Suárez Garrido

El Viejo Topo

6 noviembre, 2022 

 

Se atribuye al tres veces presidente del gobierno del periodo de La Restauración, Romanones, la siguiente frase dirigida a los diputados del Congreso: “Vosotros aprobad las leyes y dejadme a mí los reglamentos”.

Bajo esta frase subyace la idea de que las leyes son un texto teórico, pero que su práctica (la realidad de su aplicación) recae en el reglamento de las mismas. Un Reglamento que “bien articulado” puede alterar completamente el sentido de la Ley e introducir cambios que beneficien selectivamente a grupos políticos o financieros determinados.

Esto es lo que ha ocurrido con la Ley de impulso de los Planes de Pensiones de Empleo (en realidad, planes privados de pensiones) y su reglamento. En el proyecto de Reglamento que se sometió a información pública, ya se aumentó la comisión financiera prevista por manejar los fondos de pensiones que se crearan al 0,4% en lugar del 0,3% que siempre había hecho el gobierno. El “truco” estuvo en establecer un 0,3 para las entidades gestoras de los fondos y un 0,1% para las entidades depositarias, que pertenecerán al mismo grupo. Pensemos que en la motivación de la necesidad de la Ley se prevé que en unos años (bastantes) estos fondos alcancen los 300.000 millones de euros. ¡Bingo!, sin comerlo ni beberlo ya son 300 millones anuales de beneficios anuales más para la gran banca sin hacer nada.

Pero en el Reglamento definitivo ha vuelto a saltar la sorpresa o la puñalada trapera, según se mire. Por arte de birlibirloque aparece la posibilidad de cobrar nuevas comisiones de hasta un 0,55% más si los gestores del fondo deciden invertir literalmente en “..en otros fondos de pensiones abiertos, instituciones de inversión colectiva o en entidades de capital riesgo que no pertenezcan al mismo grupo de la entidad gestora..”. Dicho en “román paladino” si un fondo decide invertir en otros fondos de pensiones, letras del tesoro, productos derivados de gran riesgo, u otros instrumentos que no sean propios, podrá repercutir, aparte del 0,4% hasta un 0,55% añadido. La repera, traca y champán. De golpe pueden ser 1.650 millones de € anuales más a repartirse entre todas las entidades financieras.

Conociendo los criterios “morales y solidarios” de la Banca y otras entidades financieras, ¿alguien duda que se pondrán de acuerdo en hacer inversiones cruzadas para “rentabilizar” sus comisiones? ¿Qué organismo controlará que esto no se produzca? ¿Dónde queda el tope del 0,3% de comisión máxima para estos planes tan cacareados por el gobierno? ¿Cómo es posible un cambio tan importante entre el primer Reglamento expuesto a información pública y el definitivo publicado en el BOE? ¿Qué personas o grupos de intereses presentaron estas propuestas de modificación tan ventajosas para la oligarquía financiera y tan perjudiciales para los posibles depositantes? ¿Por qué el gobierno se ha olvidado del 0,3% máximo? ¿Conocían los diputados y diputadas que votaron favorablemente la ley que en el Reglamento se iban a aumentar de tapadillo las comisiones a cobrar?

Me temo lo peor, ni lo conocían, porque no se les dijo, ni lo conocen porque no se leen los reglamentos. Pero este es un caso de libro en el que el reglamento altera considerablemente el espíritu de la Ley, con la que por otra parte no estoy de acuerdo en su totalidad porque supone un “caballo de Troya” para el debilitamiento y destrucción del Sistema Público de Pensiones, pero ese es otro tema. De nuevo, han ganado los grandes grupos financieros, porque las comisiones definitivamente aprobadas no se alejan de lo que hoy es el mercado privado, y se ha tomado el pelo al conjunto ciudadano y especialmente a quienes creyeron a pies juntillas que los lobbies financieros se conformarían con un, para ellos, ridículo 0,3%. ¡Es el mercado amigo!, que diría el exministro del PP Rato.

Si yo fuera diputado de los de haber votado a favor, me sentiría engañado y frustrado. Con mi voto se ha aprobado una Ley que se ha visto alterada en una parte sustancial con el Reglamento, con “nocturnidad y alevosía”. Desconozco los intríngulis jurídicos, pero me choca que el reglamento haya sido publicado en el BOE en la sección de Presidencia y no en la del Ministerio de Escrivà y desde el Consulado General de España en Fráncfort. ¿Tanta prisa hay? ¿Hay cola ya para formar estos fondos y crear las entidades gestoras?

En definitiva, una jugada maestra, por torticera, del ministro Escrivà y, en definitiva, de todo el gobierno, un triunfo para la oligarquía financiera, y un mal trago para el Sistema Público de Pensiones y para los futuros pensionsitas.

Sr Escrivà, no le deseo suerte en la implantación de estos mal llamados Planes de Pensiones de Empleo que tanto ha peleado. Nos va nuestro futuro a las personas que nunca hemos representado, como usted, los intereses de la Gran Banca.

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