miércoles, 8 de diciembre de 2021

Las mujeres sostienen más de la mitad del cielo


Las mujeres de la India han sido parte fundamental del movimiento campesino, del de la clase trabajadora y del movimiento para ampliar la democracia. Y ha permanecido resiliente, adaptándose a las cambiantes condiciones socioeconómicas.


Las mujeres sostienen más de la mitad del cielo

 

Vijay Prashad

El Viejo Topo

8 diciembre, 2021  


©Imagen de portada: Daniela Ruggeri (Argentina) / Tricontinental: Instituto de Investigaciones Sociales , Trabajadores del cuidado infantil protestan por el trato injusto del gobierno de Modi hacia las mujeres y los trabajadores.


Recordatorio: Las y los campesinos y trabajadores agrícolas de India siguen movilizadxs en todo el país debido a tres proyectos de ley agrícola que fueron aprobados por el gobierno de extrema derecha del Partido Bharatiya Janata en septiembre de 2020. En junio de 2021, nuestro dossier resumía claramente la situación:

Está claro que el problema de la agricultura india no es demasiado apoyo institucional, sino desarrollo inadecuado y desigual de las instituciones, así como la falta de voluntad de estas para abordar las desigualdades inherentes a la sociedad aldeana. No hay evidencia de que las empresas agroalimentarias desarrollen infraestructura, mejoren los mercados agrícolas o provean apoyo técnico a lxs campesinxs. Todo esto es muy claro para ellxs.

Las protestas campesinas, que comenzaron el octubre de 2020, son un signo de la claridad con la que han reaccionado a la crisis agraria y a estas tres leyes que solo la profundizarán. Ningún intento del gobierno —incluso el de incitar a lxs campesinxs por cuestiones religiosas— ha logrado romper la unidad campesina. Hay una nueva generación que ha aprendido a resistir y está dispuesta a llevar su lucha a toda la India.

En enero de 2021, la Corte Suprema de India atendió una serie de peticiones sobre las protestas de lxs agricultorxs. El presidente de la Corte Suprema, S. A. Bobde, reaccionó ante ellas con esta sorprendente observación: “No entendemos por qué mantienen a los ancianos y a las mujeres en las protestas”. La palabra “mantienen” hace ruido. ¿Cree el presidente de la Corte Suprema que las mujeres no son agricultoras y que las agricultoras no acuden a las protestas por voluntad propia? Eso es lo que implica su comentario.

Una mirada rápida a una reciente encuesta de población activa muestra que el 73,2% de las trabajadoras que viven en zonas rurales se dedican a la agricultura: son campesinas, trabajadoras agrícolas y artesanas. Mientras tanto, solo el 55% de los trabajadores varones que viven en zonas rurales se dedican a la agricultura. Es revelador que solo el 12,8% de las mujeres agricultoras sean propietarias de tierras, lo que ilustra la desigualdad de género en la India y es lo que probablemente provocó el comentario sexista del presidente de la Corte Suprema.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) señaló hace una década que “solo con cerrar la brecha de género en los insumos agrícolas podrían salir del hambre entre 100 y 150 millones de personas”. Dado el inmenso problema del hambre en nuestro tiempo –como se destacaba en el boletín de la semana pasada– las mujeres en la agricultura deben ser, como señala la FAO, “escuchadas como compañeras en igualdad de condiciones”.

De Tricontinental Research Services (Delhi) llega un nuevo y magnífico dossier sobre la situación de las mujeres en India, Las mujeres indias en un arduo camino hacia la igualdad (Nº 45, octubre de 2021). El texto comienza con una imagen de cinco mujeres trabajando en un horno de ladrillos. Cuando vi ese dibujo, recordé un cálculo realizado por Brinda Karat, una dirigente del Partido Comunista de la India (Marxista), sobre el trabajo de las mujeres en la construcción. Bina, una joven que trabaja en Ranchi, la capital de Jharkhand, lleva entre 1.500 y 2.000 ladrillos a lxs albañiles de un edificio de varios pisos. Bina transporta al menos 3.000 kg de ladrillos al día, cada uno de los cuales pesa 2,5 kg, pero gana una miseria de menos de 150 rupias (2 dólares) al día y sufre fuertes dolores en el cuerpo. “El dolor se ha convertido en una parte intrínseca de mi vida. No recuerdo ni un solo día sin él”, dijo Bina a Karat.

Recordatorio: Las mujeres de India han sido parte fundamental del movimiento campesino, del movimiento de la clase trabajadora y del movimiento para ampliar la democracia. ¿Es necesario decirlo? Parece que algo tan evidente requiere una repetición constante.

Durante esta pandemia, las trabajadoras de la sanidad pública y de las guarderías han desempeñado un papel esencial en la cohesión de la sociedad, todo esto mientras se las menosprecia y se trivializa su trabajo. El 24 de septiembre de 2021, diez millones de trabajadoras de programas –o de las que trabajan para los programas gubernamentales, como las trabajadoras de la sanidad pública (Accredited Social Health Activist o ASHA) y de las guarderías (anganwadi workers)– se declararon en huelga para exigir un empleo formal y una mejor protección de su trabajo durante la pandemia de COVID-19. Dijeron que había que impulsar un “impuesto a los superricos”, derogar las leyes agrícolas, detener la privatización del sector público y defender a las trabajadoras.

En los últimos años, las trabajadoras de ASHA se han quejado del acoso sistemático, incluido el acoso sexual. En 2013, el gobierno indio promulgó la Ley de Acoso Sexual a las Mujeres en el Lugar de Trabajo para proteger a los trabajadores formales e informales. No se han establecido normas para las trabajadoras de ASHA y otros programas gubernamentales, ni estas trabajadoras pueden elevar sus experiencias de acoso a las primeras páginas de los medios de comunicación corporativos.

Nuestro dossier disecciona cuidadosamente la vigencia del acoso y la violencia patriarcales, asegurándose de identificar las diferentes formas en que esos comportamientos tóxicos afectan a las mujeres de diferentes clases. Las mujeres de la clase trabajadora en los sindicatos y en las organizaciones de izquierda han construido una especie de sensibilidad de masas; como resultado, sus luchas incorporan ahora demandas contra el patriarcado que de otra manera habían estado alejadas de sus vidas. Por ejemplo, muchas mujeres de la clase trabajadora tienen ahora claro que deben conseguir licencia de maternidad, el mismo salario por el mismo trabajo, guarderías garantizadas y mecanismos de reparación y prevención del acoso sexual en los lugares de trabajo. Estas reivindicaciones se trasladan a la familia y a la comunidad, donde otras luchas –como la de la violencia patriarcal en el hogar– amplían el horizonte de los movimientos democráticos en la India.

El dossier se cierra con sabias palabras sobre la importancia del movimiento campesino para el movimiento de las mujeres:

Aunque el movimiento de mujeres de la India ha sufrido muchos altibajos a lo largo de las décadas, ha permanecido resiliente, se ha adaptado a las cambiantes condiciones socioeconómicas e incluso se ha expandido. La situación actual puede presentar una oportunidad para fortalecer los movimientos de masas y orientar la atención hacia los derechos y los medios de vida de las mujeres y la clase trabajadora. La movilización del movimiento campesino indio que comenzó antes de la pandemia y continúa fuerte, ofrece la oportunidad de orientar el discurso nacional hacia esa agenda. La tremenda participación de mujeres rurales que viajaron desde diferentes estados para sentarse por turnos en los límites de la capital nacional durante días es un fenómeno histórico. Su presencia en el movimiento campesino da esperanza al movimiento de mujeres en un futuro pospandémico.

Recordatorio: Ninguna de las consignas surgidas en los campamentos campesinos es única. La mayoría de ellas son reivindicaciones que vienen de hace tiempo. Las reivindicaciones formuladas por las agricultoras en los lugares de protesta y ampliadas por los sindicatos de agricultores hacen eco del Proyecto de Política Nacional para las Mujeres en la Agricultura, presentado por la Comisión Nacional de la Mujer en abril de 2008. Esta política incluía las siguientes demandas clave, todas ellas aplicables en la actualidad:

Garantizar que las mujeres tengan acceso y control sobre los recursos, incluidos los derechos sobre la tierra, el agua y los recursos de pastos/bosques/biodiversidad.

Garantizar la igualdad de salarios por el mismo trabajo.

Pagar precios mínimos de apoyo a los productores primarios y garantizar la disponibilidad de suficientes cereales alimentarios a precios asequibles.

Fomentar la incorporación de las mujeres a las industrias relacionadas con la agricultura (incluyendo la pesca y el trabajo artesanal).

Proporcionar programas de formación para mujeres que incluyan prácticas y tecnologías agrícolas que consideren los conocimientos que poseen las mujeres, así como las prácticas que llevan a cabo.

Proporcionar disponibilidad adecuada e igualitaria de servicios como el riego, el crédito y los seguros.

Alentar a lxs productores primarios a producir y comercializar semillas, productos forestales y lácteos, y ganado.

Evitar que los medios de subsistencia de las mujeres sean desplazados sin proporcionarles alternativas viables.

El movimiento de mujeres de izquierda ha vuelto a poner estas demandas sobre la mesa, pero el gobierno de derecha no las escuchará.

Fuente: Alainet.org

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El Gobierno valenciano recupera la gestión pública de las resonancias privatizadas por Zaplana que han causado sobrecostes de hasta 160 millones

 

El Gobierno valenciano recupera la gestión pública de las resonancias privatizadas por Zaplana que han causado sobrecostes de hasta 160 millones

 

Por Carlos Navarro Castelló

KAOS EN AL RED / DICIEMBRE 2021



La Conselleria de Sanidad asumirá el control de las pruebas a mediados de este mes, así como a los 120 empleados de la unión de empresas que gestiona un servicio privatizado en el año 2000 por el expresidente valenciano del PP, Eduardo Zaplana, un modelo que según un informe de la Sindicatura de Comptes ha supuesto un sobrecoste para las arcas públicas de entre 3,3 y 16,7 millones de euros entre 2008 y 2018

La privatización de servicios públicos esenciales que se convierten en millonarios negocios a riesgo cero para las empresas que los gestionan fue una de las señas de identidad del expresidente del Gobierno valenciano del PP Eduardo Zaplana, un modelo que el actual Gobierno del Pacto del Botánico va desmantelando a medida que vencen los contratos adjudicados hace años por los populares.

El que fuera también ministro de Trabajo y portavoz del Gobierno impulsó el primer caso de hospital público de gestión privada en Alzira, un modelo que el PP extendió a Torrevieja, Dénia, Elche y Manises, y que ha supuesto un coste no previsto de 118 millones de euros para las arcas públicas. El Consell que preside Ximo Puig ya ha recuperado la gestión de los departamentos de Alzira y Torrevieja.

El Gobierno valenciano, a través de la Conselleria de Economía, ha iniciado también la recuperación de la gestión de las estaciones de la Inspección Técnica de Vehiculos (ITV), al vencer el contrato de 25 años otorgado en 1997 por el propio Zaplana y por el que está imputado en el marco del caso Erial.

Ahora, la Conselleria de Sanidad Universal y Salud Pública se dispone a recuperar otro de los pelotazos propiciados por el expresidente en el año 2000, cuando decidió ceder al sector privado los diagnósticos de resonancia magnética en los hospitales públicos.

Aunque con tres años de retrasos con respecto a la finalización del contrado (año 2018) por la falta de formación del personal, el departamento que dirige Ana Barceló recuperará la gestión directa de este servicio a mediados de diciembre, así como a los 120 empleados de la unión de empresas que actualmente dan el servicio, en concreto el Grupo Ascires (Eresa e Iberdiagnosis), Clínica Benidorm, y Ribera Salud.

El modelo impulsado por Zaplana ha supuesto un importante quebranto para las arcas públicas. En concreto, según un informe de la Sindicatura de Comptes del año 2013, con el PP al frente del Consell, el “ahorro potencial anual” del servicio entre 2008, año en que se adjudicó, y 2018, cuando vencía, oscilaría entre 3,3 y 16,7 millones de euros si la Sanidad pública valenciana prestara el servicio “con medios propios”. Es decir, el sobrecoste en los 10 años de contrato habría oscilado entre los 30,3 millones y los 160,7 millones en un contrato que de inicio se adjudicó por un importe de 497 millones. El coste medio por exploración fue de 257,1 euros en 2012 y se reduciría a 108,3 euros si fuera de gestión directa.

El informe aborda también los controles que la conselleria ejerce sobre la prestación concertada, detecta “numerosas incidencias relacionadas con una incorrecta valoración de las pruebas realizadas” y concluye que “no se dispone de información suficiente para evaluar si la empresa concertada ha cumplido los plazos establecidos en los pliegos para la realización de exploraciones”.

En los siete años anteriores en los que el servicio también fue de gestión privada practicamente por las mismas empresas, también se produjeron sobrecostes millonarios. En el año 2008, el diputado socialista Ignacio Subías puso números a estas valoraciones y denunció el sobrecoste de 100 millones de euros -un 60% respecto al dinero inicialmente estimado- que había supuesto a las arcas públicas privatizar las resonancias magnéticas.

El primer concierto, que expiraba en septiembre de 2008 y que se puso en marcha en enero de 2001, contemplaba un gasto de 167 millones de euros. Cada año se había ido sobrepasando el gasto previsto, y por ello los ingresos de las concesionarias, hasta el punto de que en 2006 ya se habían rebasado los 167 millones.

Subías justificó esta circunstancia en la falta de control en las exploraciones. Mientras las recomendadas por la Sociedad Española de Radiología Médica (Seram) son 30 por 1.000 habitantes, en la Comunidad Valenciana se realizan 70, más del doble.

Fuente: El Diario

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Organizar la lucha obrera y popular contra los presupuestos de la socialdemocracia (España)

 

Organizar la lucha obrera y popular contra los presupuestos de la socialdemocracia

 

DIARIO OCTUBRE / diciembre 5, 2021



Comenzaremos este artículo ahondando en aquellos aspectos de los Presupuestos Generales del Estado (PGE) del 2022, que más escandalosamente y con mayor evidencia están al servicio de los intereses de la oligarquía monopolista: en la partida destinada a los gastos militares, que resaltaremos obedecen en gran parte al compromiso de España con la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), instrumento militar al servicio del imperialismo norteamericano; a incrementar en más de un 80% su actual gasto militar en los próximos años, hasta rondar los 18.000 millones de euros.

Analizaremos los Gastos Militares del 2021 para prever que los del próximo año estarán provistos de la misma impudicia de quienes dicen con la boca pequeña que quieren hacer (como siempre) los presupuestos más sociales y solidarios, mientras acarician (como siempre) el lomo de la hidra capitalista.

Mirando los datos del Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE, organismo que permite conocer y dar seguimiento a la evolución mensual del sector real de la economía), llama especialmente la atención que el gasto inicial de Defensa es del 55% del presupuesto previsto (quedando por ejecutar aún el 45%), y ya llevan un exceso de gasto comprometido de 1.337,22 millones de euros. Cifra mayor de lo presupuestado en un 15,78% de desvío respecto al crédito inicial aprobado en los PGE.

Destacaremos los 234,28 millones del incremento en ”Gastos Corrientes” del Ministerio de Defensa, llamando si cabe más la atención ya que el conjunto de los presupuestos del estado por este capítulo ha decrecido en 126,62 millones: un 4,5% de disminución, creciendo únicamente en Defensa; contrastando con la merma del Ministerio de Sanidad en la cifra de 172,12 millones, porque, como se sabe, Sanidad necesita mucho menos de lo que presupuesta para gastos corrientes, mientras Defensa siempre necesita mucho más de todo.

Continuamos con el relato de la propuesta del reformismo en materia de asistencia social para desenmascarar la propaganda vende-humos del “gobierno más progresista de la galaxia”. Así, su preocupación por lo social, buscando “una mejor distribución de la riqueza” con las mismas relaciones con la burguesía, hace de la ensoñación utópica del buenismo oportunista vende- obreros y obreras de los socios de la socialdemocracia tradicional, si cabe más mentiroso y con mayor habilidad demostrada del disfraz, del birlibirloque político.

El exvicepresidente del ejecutivo del Gobierno de España, Pablo Iglesias, calificó al Ingreso Mínimo Vital (IMV) como “el mayor avance en derechos sociales en la historia de España desde la aprobación de la ley de dependencia”, afirmando que serían 2,3 millones de personas las beneficiarias y el compromiso de que nadie que lo requiriese se quedaría sin recibirlo. En cambio, esta renta básica se ha trasformado en un fraude más. De este modo, a agosto del 2020, de un cómputo de más de 600.000 solicitudes sólo se habían aprobado 3.966; resolviéndose de forma favorable solamente 336.933 solicitudes de un total de 1,4 millones de expedientes. Una cifra que supone un exiguo 23,1% de expedientes aprobados.

Por supuesto, estos datos en materia social y militar dejan claro y meridiano que sólo el pueblo organizado salva al pueblo. Nada debemos esperar favorable a los intereses de la clase obrera y las capas populares, ya que el reformismo es quien disfraza la actual situación de crisis capitalista y frena la capacidad de lucha de la clase trabajadora mediante el “pacto social”, sus políticas de conciliación de clases y su compromiso de gestión responsable de la democracia burguesa. Nuestra obligación es denunciar su juego de entrega, desmaquillarlos para derrotarlos y hacer avanzar nuestras propuestas.

Para ello, un Plan Urgente de Emergencia Social debe ser la exigencia del pueblo trabajador, que garantice sanidad exclusivamente pública, trabajo y pensiones dignas, administración pública de la vivienda frente a los fondos buitre. Un Plan que abra camino a la devolución al sector público de las privatizaciones, prioritariamente en la sanidad, teniendo en cuenta la de derogación de la Ley 15/97.

Debemos tener presente que organizar la lucha colectiva bajo la dirección política del Partido Comunista es lo que hará cambiar la correlación de fuerzas imprescindible para alcanzar la influencia necesaria que, en un proceso dialéctico, nos permita desterrar la hegemonía cultural burguesa y con ello dignificar las condiciones materiales de vida de nuestra clase, y finalmente su emancipación.

Escrito por: M.Y. GO

FUENTE: unidadylucha.es

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Finaliza la reunión virtual entre Putin y Biden

martes, 7 de diciembre de 2021

El estado de vigilancia en los países libres

 

Noam Chomsky cumple hoy noventa y tres años. Insigne lingüista, filósofo y activista reconocido por su activismo político, caracterizado por una fuerte crítica del capitalismo contemporáneo y de la política exterior de los Estados Unidos.


El estado de vigilancia en los países libres

 

Noam Chomsky

El Viejo Topo

7 diciembre, 2021 

 


En los últimos tiempos, hemos aprendido mucho sobre la naturaleza del poder del Estado y las fuerzas que impulsan sus políticas, además de aprender sobre un asunto estrechamente vinculado: el sutil y diferenciado concepto de la transparencia.

La fuente de la instrucción, por supuesto, es el conjunto de documentos referidos al sistema de vigilancia de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, por sus siglas en inglés) dados a conocer por el valeroso luchador por la libertad, el señor Edward J. Snowden, resumidos y analizados de gran forma por su colaborador Glenn Greenwald en su nuevo libro No Place to Hide (Sin lugar donde esconderse).

Los documentos revelan un notable proyecto destinado a exponer a la vigilancia del Estado información vital acerca de toda persona que tenga la mala suerte de caer en las garras del gigante, que viene a ser, en principio, toda persona vinculada con la moderna sociedad digital.

Nada tan ambicioso fue jamás imaginado por los profetas distópicos que describieron escalofriantes sociedades totalitarias que nos esperaban.

No es un detalle menor el hecho que el proyecto sea ejecutado en uno de los países más libres del planeta y en radical violación de la Carta de Derechos de la Constitución de Estados Unidos, que protege a los ciudadanos de persecuciones y capturas sin motivo y garantiza la privacidad de sus individuos, de sus hogares, sus documentos y pertenencias.

Por mucho que los abogados del gobierno lo intenten, no hay forma de reconciliar estos principios con el asalto a la población que revelan los documentos de Snowden.

También vale la pena recordar que la defensa de los derechos fundamentales a la privacidad contribuyó a provocar la revolución de independencia de esta nación. En el siglo XVIII el tirano era el gobierno británico, que se arrogaba el derecho de inmiscuirse en el hogar y en la vida de los colonos de estas tierras. Hoy, es el propio gobierno de los propios ciudadanos estadounidenses el que se arroga este derecho.

Todavía hoy Gran Bretaña mantiene la misma postura que provocó la rebelión de los colonos, aunque a una escala menor, pues el centro del poder se ha desplazado en los asuntos internacionales. Según The Guardian y a partir de documentos suministrados por Snowden, el gobierno británico ha solicitado a la NSA analizar y retener todos los números de faxes y teléfonos celulares, mensajes de correo electrónico y direcciones IP de ciudadanos británicos que capture su red,

Sin duda los ciudadanos británicos (como otros clientes internacionales) deben estar encantados de saber que la NSA recibe o intercepta de manera rutinaria routers, servidores y otros dispositivos computacionales exportados desde Estados Unidos para poder implantar instrumentos de espionaje en sus máquinas, tal como lo informa Greenwald en su libro.

Al tiempo que el gigante satisface su curiosidad, cada cosa que cualquiera de nosotros escribe en un teclado de computadora podría estar siendo enviado en este mismo momento a las cada vez más enormes bases de datos del presidente Obama en Utah.

Por otra parte y valiéndose de otros recursos, el constitucionalista de la Casa Blanca parece decidido a demoler los fundamentos de nuestras libertades civiles, haciendo que el principio básico de presunción de inocencia, que se remonta a la Carta Magna de hace 800 años, ha sido echado al olvido desde hace mucho tiempo.

Pero esa no es la única violación a los principios éticos y legales básicos. Recientemente, el New York Times informó sobre la angustia de un juez federal que tenía que decidir si permitía o no que alimentaran por la fuerza a un prisionero español en huelga de hambre, el que protestaba de esa forma contra su encarcelamiento. No se expresó angustia alguna sobre el hecho de que ese hombre lleva 12 años preso en Guantánamo sin haber sido juzgado jamás, otra de las muchas víctimas del líder del mundo libre, quien reivindica el derecho de mantener prisioneros sin cargos y someterlos a torturas.

Estas revelaciones nos inducen a indagar más a fondo en la política del Estado y en los factores que lo impulsan. La versión habitual que recibimos es que el objetivo primario de dichas políticas es la seguridad y la defensa contra nuestros enemigos.

Esa doctrina nos obliga a formularnos algunas preguntas: ¿la seguridad de quién y la defensa contra qué enemigos? Las respuestas ya han sido remarcadas, de forma dramática, por las revelaciones de Snowden.

Las actuales políticas están pensadas para proteger la autoridad estatal y los poderes nacionales concentrados en unos pocos grupos, defendiéndolos contra un enemigo muy temido: su propia población, que, claro, puede convertirse en un gran peligro si no se controla debidamente.

Desde hace tiempo se sabe que poseer información sobre un enemigo es esencial para controlarlo. Obama tiene una serie de distinguidos predecesores en esta práctica, aunque sus propias contribuciones han llegado a niveles sin precedentes, como hoy sabemos gracias al trabajo de Snowden, Greenwald y algunos otros.

Para defenderse del enemigo interno, el poder del Estado y el poder concentrado de los grandes negocios privados, esas dos entidades deben mantenerse ocultas. Por el contrario, el enemigo debe estar completamente expuesto a la vigilancia de la autoridad del Estado.

Este principio fue lúcidamente explicado años atrás por el intelectual y especialista en políticas, el profesor Samuel P. Huntington, quien nos enseñó que el poder se mantiene fuerte cuando permanece en la sombra; expuesto a la luz, comienza a evaporarse.

El mismo Huntington lo ilustró de una forma explícita. Según él, “es posible que tengamos que vender [intervención directa o alguna otra forma de acción militar] de tal forma que se cree la impresión errónea de que estamos combatiendo a la Unión Soviética. Eso es lo que Estados Unidos ha venido haciendo desde la doctrina Truman, ya desde el principio de la Guerra Fría”.

La percepción de Huntington acerca del poder y de la política de Estado era a la vez precisa y visionaria. Cuando escribió esas palabras, en 1981, el gobierno de Ronald Reagan emprendía su guerra contra el terror, que pronto se convirtió en una guerra terrorista, asesina y brutal, primero en América Central, la que se extendió luego mucho más allá del sur de África, Asia y Medio Oriente.

Desde ese día en adelante, para exportar la violencia y la subversión al extranjero, o aplicar la represión y la violación de garantías individuales dentro de su propio país, el poder del Estado ha buscado crear la impresión errónea de que lo que estamos en realidad combatiendo es el terrorismo, aunque hay otras opciones: capos de la droga, ulemas locos empeñados en tener armas nucleares y otros ogros que, se nos dice una y otra vez, quieren atacarnos y destruirnos.

A lo largo de todo el proceso, el principio básico es el mismo. El poder no se debe exponer a la luz del día. Edward Snowden se ha convertido en el criminal más buscado por no entender esta máxima inviolable.

En pocas palabras, debe haber completa transparencia para la población pero ninguna para los poderes que deben defenderse de ese terrible enemigo interno.

Traducción de Jorge Majfud

Fuente: Alainet.org.

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Octogésimo aniversario del ataque japonés a Pearl Harbour, 7 de diciembre de 1941. ¿Fue el ataque a Pearl Harbor un ataque por sorpresa?

 

Octogésimo aniversario del ataque japonés a Pearl Harbour, 7 de diciembre de 1941


¿Fue el ataque a Pearl Harbor un ataque por sorpresa?

 

Por Jacques R. Pauwels

Rebelion

 07/12/2021 

Fuentes: Rebelión


Con motivo del octogésimo aniversario del ataque japonés a Pearl Habour el 7 de diciembre de 1941, un acontecimiento fundamental para el devenir de la Segunda Guerra Mundial, reproducimos el capítulo dedicado a este acontecimiento del libro de Jacques R. Pauwels, «Los grandes mitos de la historia moderna. Reflexiones sobre la democracia, la guerra y la revolución», Boltxe Liburuak, diciembre de 2021 [Traducido al castellano por Beatriz Morales Bastos].

El mito:

Estados Unidos se implicó activamente en la Segunda Guerra Mundial debido al ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Hacía tiempo que el presidente Franklin Delano Roosevelt (FDL) quería entrar en guerra contra la Alemania nazi, pero no podía hacerlo porque los aislacionistas dominaban el Congreso. Sin embargo, después del traicionero ataque por sorpresa japonés contra Pearl Harbor el Congreso reconsideró su postura y accedió a declarar la guerra a Japón, lo que significaba también la guerra contra el aliado alemán del País del Sol Naciente.

La realidad:

Los dirigentes políticos y militares estadounidenses, incluido el presidente Roosevelt, no querían la guerra contra la Alemania nazi, pero sí contra Japón. El Tío Sam llevaba ya mucho tiempo preparándose para esa guerra, y anhelaba ganarla rápida y fácilmente. Provocaron deliberadamente a Tokio para que atacara Pearl Harbor de modo que el conflicto se pudiera presentar ante el Congreso y ante la opinión pública estadounidense como uno puramente defensivo. Después de este ataque el Congreso declaró la guerra a Japón, pero no a la Alemania nazi, que no tenía nada que ver con esa agresión. Fue Hitler quien de forma totalmente inesperada declaró la guerra a Estados Unidos, a pesar de que no tenía obligación de hacerlo según los términos de su alianza con Japón. De este modo Estados Unidos también se encontró en guerra contra Alemania, algo que no había previsto y para lo que no se había elaborado plan alguno.

La Gran Depresión fue esencialmente una crisis de sobreproducción combinada con una demanda insuficiente. En Estados Unidos el presidente Roosevelt trató de estimular la demanda con una combinación de medidas «keynesianas», incluidas obras públicas, que se conoció con el nombre de New Deal. Los programas de creación de trabajos cuya única finalidad era mantener a alguien ocupado se suponía que creaban empleo y de ese modo aumentaban el poder adquisitivo agregado. En este sentido, la construcción de presas ha recibido tanta publicidad como la de autopistas en la Alemania de Hitler, pero, de nuevo como en el caso de Alemania, aunque hay que reconocer que en menor medida, los grandes proyectos de armamento, por ejemplo, la construcción de portaaviones y bombarderos, también estimularon la producción, el empleo y, en última instancia, aumentaron la demanda.

Con todo, fue la propia guerra la que hizo que la economía estadounidense saliera de la crisis y experimentara un auge sin precedentes. En adelante había que producir aviones, barcos, tanques, camiones y todo tipo de equipamientos marciales no solo para el propio Estados Unidos, sino también, por medio del Programa de Préstamo y Arriendo, primero para los británicos y sus aliados y por último incluso para la Unión Soviética. Y no debemos olvidar que al menos hasta Pearl Harbor los trusts del petróleo estadounidenses también se beneficiaron de sus ventas a todos los países beligerantes, incluida Alemania. Y de este modo, gracias a la guerra en Europa, Estados Unidos pudo salir de la pesadilla de la Gran Depresión. La producción y el empleo se dispararon, lo mismo que los beneficios. En este contexto, el Estados Unidos corporativo también buscó en otros lugares del mundo mercados para sus productos acabados, oportunidades para reinvertir lucrativamente el capital que se iba acumulando y por último, pero no menos importante, materias primas como caucho y petróleo.

Medio siglo antes, a finales del siglo XIX, Estados Unidos se había unido a los demás grandes países industriales del mundo en una muy competitiva «pelea» mundial por los mercados y los recursos, y se convirtió así en una potencia «imperialista» como Gran Bretaña y Francia. Por medio de una agresiva política exterior de presidentes como Theodore Roosevelt, primo de Franklin Delano Roosevelt (FDR), y de una «espléndida guerrita» contra España, Estados Unidos había logrado el control de antiguas colonias españolas como Puerto Rico, Cuba y Filipinas, y también de la hasta entonces independiente isla nación de Hawai. De este modo el Tío Sam empezó a tener mucho interés por el océano Pacífico, sus islas y las tierras en sus lejanas orillas, el Lejano Oriente, donde era especialmente atractiva China, que desde el punto de vista de un hombre de negocios era un «mercado» con un potencial ilimitado y un país vasto aunque débil, en el que al parecer podía penetrar económicamente una potencia imperialista con suficiente poder y ambición para hacerlo [1].

En el Lejano Oriente, y en particular respecto a China, Estados Unidos se enfrentaba a la competencia de una agresiva potencia rival que quería hacer realidad sus propias ambiciones imperialistas en esa parte del mundo: Japón, el País del Sol Naciente. Desde hacía décadas las relaciones entre Washington y Tokio no habían sido buenas, pero empeoraron durante la década de 1930 marcada por la Depresión, en la que se endureció la rivalidad por mercados y recursos. Japón estaba aún más necesitado de petróleo y de materias primas similares para alimentar sus fábricas, y también de mercados para sus productos acabados y para su capital de inversión. Tokio llegó incluso a hacer la guerra a China y a crear un Estado cliente, Manchukuo, rico en materias primas, en la parte norte de ese gran pero débil país. Lo que molestaba a Estados Unidos no era que los japoneses oprimieran, explotaran y despreciaran a sus vecinos chinos (y coreanos) a los que consideraba subhumanos, sino que parecieran estar decididos a convertir a China y al resto del Lejano Oriente, incluidos los ricos en recursos Sudeste de Asia e Indonesia, en lo que denominaban un dominio económica propio, una «economía cerrada» en el que no tenía cabida la competencia estadounidense [2].

Al igual que la clase alta de su país en general, los hombres de negocios estadounidenses estaban muy frustrados por la posibilidad de ser excluidos del lucrativo mercado del Lejano Oriente por los «japos», un «raza amarilla» supuestamente inferior a la que los estadounidenses en general ya habían empezado a despreciar en el siglo XIX (lo mismo que a los «ojos de rendija», como llamaban despectivamente a las personas chinas (como los estadounidenses habían tachado a los japoneses y a los chinos de personas inferiores desde el punto de vista racial que representaban un «peligro amarillo», durante la guerra les iba a resultar difícil explicar a sus soldados y civiles la diferencia entre sus aliados chinos y sus enemigos japoneses [3].

Con el estallido de la guerra en Europa entró en juego un factor nuevo e importante. La derrota de Francia y los Países Bajos en 1940 a manos de la Alemania nazi planteó la pregunta de qué iba a ocurrir con sus colonias en el Lejano Oriente, es decir, Indochina, rica en caucho, e Indonesia, bendecida con petróleo. Como sus madres patrias estaba ocupadas por los alemanes, estas colonias parecían deliciosos frutos maduros, listos para que los recogiera uno de los competidores que quedaban en el juego de las grandes potencias, pero ¿cuál?

Es indudable que a los alemanes no les faltaban ganas, pero primero tenían que ganar la guerra en Europa e imponer a los perdedores un acuerdo similar al de Versalles. Pero las posibilidades de un triunfo alemán se estaban desvaneciendo rápidamente ya en el verano de 1941, cuando la Wehrmacht no logró el ansiado triunfo contra los soviéticos. Por lo que se refiere a los británicos, seguían muy ocupados con la guerra contra la Alemania nazi y tenían razones para temer por sus propias posesiones en el Lejano Oriente, como Hong Kong, Malasia y Singapur.

Sin embargo, un candidato muy probable era Japón, una potencia con grandes ambiciones, especialmente en su parte del mundo, y con un enorme apetito de caucho y petróleo. ¿Podría Estados Unidos tolerar una expansión japonesa en el Sudeste de Asia además de un monopolio japonés del «mercado» chino? Era muy improbable porque significaría la hegemonía japonesa en el Lejano Oriente, y el fin de las ambiciones y sueños transpacíficos del Tío Sam. Con todo, justo este panorama pareció empezar a cobrar forma cuando el gobierno colaboracionista de Francia en Vichy transfirió el control de Vietnam a Japón en 1940 y cuando en el verano del año siguiente Japón se hizo con toda la «Indochina francesa».

Los responsables estadounidenses consideraron entonces que había que actuar urgentemente antes de que la rica en petróleo Indonesia cayera también en manos de los japoneses y todo el Lejano Oriente desapareciera de la pantalla del radar estadounidense. Además, si el País del Sol Naciente se apoderaba de los yacimientos de petróleo de Indonesia, dejaría de depender de las importaciones de Estados Unidos de esta materia prima de vital importancia, lo que reduciría drásticamente los ingresos de los trust del petróleo estadounidenses que en 1939 manejaban entre el 75% y el 80% de las importaciones totales de «oro negro» por parte de Japón [4].

Aunque en la década de 1930 la élite estadounidense se oponía mayoritariamente a la guerra contra la Alemania nazi, cada vez era más favorable a la posibilidad de un conflicto contra Japón. Se veía al País del Sol Naciente a través de un prisma tintado de racismo como un país advenedizo esencialmente débil, cuyo poder era «más alarde que fundamento» y cuyos «dirigentes estaban dispuestos a retroceder ante la superior determinación del hombre blanco», en palabras del historiador estadounidense Michael S. Sherry. Este historiador también menciona al Secretario de la Guerra, Henry L. Stimson, «que señaló que en conflictos pasados los japoneses se habían “arrastrado” y batido en retirada como “cachorros azotados” cuando Estados Unidos se mantuvo firme». El Secretario de la Marina, Frank Knox, estaba convencido de que el poderoso Tío Sam podría «borrar fácilmente [a Japón] del mapa en tres meses». En vista de todo esto podemos entender por qué los planes de guerra contra Japón estaban preparados desde hacía tiempo [5].

Con esta guerra en mente se habían fabricado los portaaviones y los bombarderos estratégicos ya en la década de 1920. Y en la década de 1930 se habían creado los bombarderos, capaces de «atacar a través de los mares». La «fortaleza volante» B-17 despegó por primera vez en 1935 (la idea de que Estados Unidos no estaba en absoluto preparado para la guerra en el momento de Pearl Harbor es otro mito con el que hay que terminar). Estas armas proporcionaron al Tío Sam un brazo militar lo suficientemente largo como para llegar al otro lado del Pacífico, donde Filipinas, estratégicamente situadas cerca tanto de Japón como de China, Indochina e Indonesia, podían servir de base de operaciones muy útil Se creía que Japón, con sus «ciudades hechas de madera y de papel», estaba totalmente indefenso ante los poderosos bombarderos estadounidenses [6].

Los dirigentes políticos, militares y económicos de Estados Unidos querían la guerra contra Japón y el presidente FDR, cuya riqueza familiar se había construido, al menos en parte, gracias el comercio del opio con China, se mostró bastante dispuesto a proporcionar esa guerra (el amor por la paz de FDR se suele sobrestimar, lo mismo que el de la mayoría de los demás presidentes estadounidenses, como Wilson y Obama, a que se le concedió el Premio Nobel de la Paz sin razón alguna). Evidentemente, en respuesta a una consulta del presidente, el almirante Thomas C. Hart, comandante de la flota asiática de Estados Unidos con base en Manila, informó a Roosevelt de que «se cree que es sensata la idea de una guerra con Japón». En verano de 1941 FDR también autorizó el plan JB 355, una operación de «falsa bandera» para bombardear Japón con aviones aparentemente pertenecientes a China, que estaba oficialmente en guerra con Japón. Pero el plan nunca se llevó a cabo, posiblemente porque los excelentes cazas Zero japoneses habrían derribado fácilmente los bombarderos de medio alcance, los Lockheed Hudson, y en ese caso se podría descubrir que la «operación negra» era una agresión estadounidense, de facto un acto de guerra estadounidense [7].

Con todo, Washington no se podía permitir que se le viera iniciar una guerra contra Japón. Al presuntamente aislacionista Congreso y a una opinión pública estadounidense con pocas ganas de guerra solo se les podía «vender» una guerra defensiva. Además, un ataque estadounidense a Japón también habría exigido a la Alemania nazi acudir en ayuda de Japón según los términos de su alianza, mientras que un ataque japonés a Estados Unidos no. Según los términos del Tratado Tripartito firmado por Japón, Alemania e Italia en Berlín el 27 de septiembre de 1940, los tres países se comprometían a ayudarse mutuamente cuando una de las tres potencias firmantes fuera atacada por otro país, pero no cuando uno de ellos atacara a otro país. Por otra parte, como Hitler ya estaba en una situación desesperada en la Unión Soviética, se creía que no estaría dispuesto a enfrentarse a un nuevo enemigo del calibre de Estados Unidos. Se pudo apreciar la reticencia de Berlín a implicarse en una guerra contra Estados Unidos en su moderación ante una serie de incidentes en los que se vieron involucrados barcos estadounidenses y submarinos alemanes en el Atlántico en el otoño de 1941. A veces se afirma erróneamente que estos incidentes, denominados de forma exagerada «guerra naval no declarada», reflejan el deseo de FDR de entrar en guerra contra la Alemania nazi.

Puede que Roosevelt hubiera sobrestimado la aversión a la guerra de la opinión pública estadounidense. La mayoría de los estadounidenses no quería una guerra contra Alemania, pero un conflicto con Japón era harina de otro costal. Según Sherry, las encuestas de opinión demostraron que la mayoría de los estadounidenses compartía los prejuicios racistas de la élite contra los «japos», despreciaba a los países del Lejano Oriente y afrontaba la posibilidad de una guerra contra semejante enemigo «con entusiasmo, casi con displicencia». Cita un artículo de la revista Life titulado «US Cheerfully Faces War with Japan» [Estados Unidos afronta alegremente la guerra contra Japón] publicado la víspera del ataque a Pearl Harbor, en el que se informaba de que los estadounidenses pensaban «con razón o sin ella, que los japoneses eran pan comido». Por lo tanto, el tipo de guerra que se esperaba era una nueva edición de la «espléndida guerrita» de 1898 contra España, es decir, una guerra contra un solo enemigo que se suponía era relativamente débil, pero también una guerra que se pudiera presentar como de naturaleza defensiva. Por consiguiente, había que provocar a Japón para que cometiera un acto de agresión. Al discutir en una reunión del gobierno acerca de «si el pueblo nos apoyaría en caso de que atacáramos a Japón», Roosevelt «insinuó que Estados Unidos podría atacar primero, quizá después de que un incidente ofreciera un pretexto para hacerlo» [8].

En verano de 1941 Washington empezó a trabajar sobre cómo provocar a Japón para que iniciara una guerra. Pareció que se había perdido una oportunidad cuando los japoneses ocuparon la mitad sur de Vietnam el 28 de julio, un paso que los estadounidenses consideraron el preludio de una invasión de las Indias Orientales Holandesas y un control japonés casi total del Sudeste de Asia. Había que impedir lo antes posible ese funesto panorama.

El momento pareció propicio por otra razón, ya que los sabuesos de la Wehrmacht, a los que se había soltado en la Unión Soviética solo un mes antes, podrían estar ocupados ahí mucho más tiempo del esperado. Los británicos pudieron así respirar más tranquilos, lo que permitió a Washington cambiar su atención del Atlántico al Pacífico y centrarse en los «japos». Se esperaba que el ejército japonés, cuya base estaba a lo largo de la frontera entre Manchukuo y Siberia, podría emprender de nuevo hostilidades contra la Unión Soviética, como ya había ocurrido en 1939, lo que haría que el interior japonés fuera vulnerable desde su periferia sur y este. El 15 de julio de 1941 el embajador estadounidense en Tokio informó a Washington que se rumoreaba que las tropas japonesas se estaban concentrando cerca de centros estratégicos soviéticos como Vladivostok [9]. Incluso unos meses después, en octubre, «las estimaciones militares estadounidense […] todavía consideraban que el ataque a Rusia era la acción japonesa más probable y que el ataque a instalaciones estadounidense era muy poco probable» [10].

Un sector de los dirigentes japoneses, personificado por el ministro de Exteriores, Yosuke Matsuoka, sí defendía atacar a la Unión Soviética, pero muchos generales se oponían. Se decidió observar desde la barrera hasta que la derrota soviética fuera segura. Se estacionaron tropas adicionales en Manchukuo para participar en el ataque en cuanto «cayera al suelo el caqui maduro» . Esa oportunidad nunca se iba a presentar [11], pero debieron de haber sido los ecos de estos preparativos los que convencieron a los estadounidenses de que Japón estaba dispuesto a unirse a Alemania en la guerra contra la Unión Soviética [12]. En todo caso, con el grueso del ejército japonés abandonado, por así decirlo, en el interior de China y supuestamente a punto de verse envuelto en un conflicto con los soviéticos, los dirigentes de Washington consideraron que podían esperar una victoria rápida y fácil contra una nación insular que estaba indefensa ante las poderosas fuerzas navales y aéreas estadounidenses, especialmente sus bombarderos.

Para conseguir el tipo de guerra «defensiva» que no provocara la intervención alemana y se tuviera la seguridad de que era aprobada por los aislacionistas del Congreso, Roosevelt tenía que «provocar a Japón para que cometiera un acto de guerra manifiesto contra Estados Unidos», como ha señalado Robert B. Stinnett en un detallado y bien documentado estudio [13]. En efecto, en caso de que hubiera un ataque por parte de Japón la opinión pública estadounidense se iba a unir sin lugar a dudas tras la bandera; ya lo había hecho antes, en concreto al empezar la Guerra Hipano-Estadounidense, cuando el acorazado estadounidense Maine se había hundido misteriosamente en el puerto de La Habana durante una visita, un hecho del que se culpó a España. Y lo hizo de nuevo después de otra provocación planeada, el incidente del golfo de Tonkin en 1964. Y Roosevelt y sus asesores debieron de darse cuenta de que la opinión pública estadounidense se podía haber opuesto a la guerra contra Alemania, pero no contra Japón. Además, si Japón iniciaba las hostilidades, el Reich no estaba obligado a acudir en su ayuda. Por consiguiente, los aislacionistas del Congreso, que eran no intervencionistas respecto a Alemania, pero no respecto a Japón, no tuvieron que temer que un conflicto con Japón significara también una guerra contra Alemania.

Como el presidente Roosevelt había decidido que «se debe ver a Japón dar el primer paso», hizo de «provocar a Japón para que cometiera un acto de guerra manifiesto la principal política que guió sus actos hacia Japón a lo largo de 1941», como escribe Stinnett [14], El presidente debió de hablarlo con Churchill. El 17 de agosto de 1941 este informó a su gobierno que FDR le había dicho que «emprendería la guerra,pero no la declararía» y que «se iba a hacer todo lo posible para forzar un incidente». Churchill concluyó que esperaba que la actitud de Roosevelt respecto a Japón fuera «cada vez más provocativa» [15]. Entre las estratagemas utilizadas estaba el desplegar barcos de guerra cerca de las aguas territoriales japonesas, e incluso dentro, al parecer con la esperanza de provocar un incidente que pudiera servir de casus belli. Igual de provocador fue el traslado a Filipinas a finales del verano de 1941 de un escuadrón de bombarderos B-17, que podía atacar Japón desde ahí.

El Secretario de la Guerra Stimson escribió eufórico a FDR acerca de esos bombarderos que «de pronto nos encontramos con que se nos ha conferido la posibilidad de gran poder« y claramente quería decir poder respecto a Japón. En un intento de contribuir a que este tipo de confianza y optimismo se filtrara a la opinión pública estadounidense y de prepararla para la guerra, en octubre de 1941 la revista Fortune publicó un artículo sobre el bombardero B-17. Su buena noticia era que, si «se utilizaba de forma contundente contra fábricas y civiles, esa arma destruiría el poder de producción [del enemigo] y, en última instancia, su voluntad de resistir, con lo que se le exigiría una rendición, aunque sus ejércitos permanecieran invictos». A finales de ese mismo mes otra revista estadounidense, United States News, publicó un mapa del Lejano Oriente en el que se veían unos bombarderos que se dirigían a Tokio desde Guam, Singapur, Hong Kong y, por supuesto, Filipinas, La publicación de este material puede haber sido una mera coincidencia, pero también es posible, e incluso más probable, que pretendiera contribuir a provocar a Japón para que atacara de forma preventiva las bases desde las que las fuerzas aéreas o navales podrían lanzar un ataque [16].

En Manila, donde estaban estacionados ahora los B-17, muy amenazadoramente desde el punto de vista japonés, George Marshall, Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, celebró una rueda de prensa el 15 de noviembre de 1941 en la que informó sin rodeos a un grupo de destacados periodistas estadounidenses (a los que de forma poco realista «hizo jurar que guardarían el secreto») que «preparamos una guerra contra Japón». Añadió que las bombas incendiarias lanzadas por los B-17 iba a borrar de la faz de la tierra «las ciudades de papel» de Japón y a matar de paso a miles de civiles, lo que bastaría para hacer que los supuestamente cobardes «japos» izaran la bandera blanca [17]. Era improbable que la revelación «confidencial» de Marshall no llegara a oídos de los japoneses; aunque aparentemente no era más que un plan estúpido, es más probable que fuera deliberado, una argucia que formaba parte de la estrategia de provocación de FDR.

No obstante, posiblemente fue más eficaz todavía la implacable presión económica que se ejerció sobre Japón, un país que necesitaba desesperadamente materias primas y, por tanto, es posible que considerara que esos métodos eran particularmente provocativos. Esta estrategia equivalía a una despiadada forma de guerra económica que, una vez más, reflejaba desprecio por Japón, al que se consideraba «un tigre de papel que se iba a desmoronar en respuesta a una fuerte presión estadounidense». Muchos dirigentes estadounidenses esperaban que ni siquiera fuera necesaria la acción militar para lograr el objetivo de eliminar al gran rival transpacífico de Estados Unidos y que las meras amenazas serían suficientes. En su rueda de prensa en Manila el 15 de noviembre Marshall había expresado la esperanza de que bastaría la disuasión para hacer el trabajo, de modo que no sería necesario bombardear las ciudades japonesas. Se consideraba cobardes a los japoneses, pero también «astutos calculadores» que «sopesarían ganancias y pérdidas, y decidirían [a la hora de calcular las pérdidas potenciales a consecuencia de la acción militar estadounidense] que las últimas eran demasiado importantes». Así, el gobierno Roosevelt congeló todos los activos japoneses en Estados Unidos y en colaboración con los ingleses y los holandeses impuso unas severas sanciones económicas a Japón, incluido un embargo a las exportaciones tanto de chatarra y otros metales vitales para la industria del acero de Japón como de productos petroleros, lo que en realidad sirvió para aumentar las ganas de Japón de controlar la rica en petróleo colonia holandesa de Indonesia [18].

El objetivo de las constantes provocaciones estadounidenses a Japón era conseguir que sus dirigentes fueran a la guerra, ya que la única otra alternativa viable era «renunciar al estatus de gran potencia [de su país] y relegarlo a una dependencia estratégica permanente de un Washington hostil». No es de extrañar que decidieran que era «mejor luchar que capitular» puesto que les perecía que «la guerra (incluso una guerra perdida) era […] a todas luces preferible a la humillación y el hambre» [19]. El embajador estadounidense en Tokio advirtió reiteradamente de ello e insistió en que las sanciones podrían «obligar a Japón a arriesgarse a un “hara-kiri nacional”» [20], pero fue ignorado porque en Washington se deseaba la guerra. El 26 de noviembre el Secretario de Estado Cordell Hull envió a Tokio una categórica «Nota de diez puntos», conocida como la «Nota Hull», que incluía exigencias que se sabía eran inaceptables, como la retirada de sus tropas de China e Indochina. En aquel momento los japoneses se hartaron y decidieron emprender su propia acción militar. Al recordar las provocaciones por parte de Estados Unidos en otoño de 1941, FDR iba a confesar más tarde a un amigo que «este pinchar continuamente con alfileres a las serpientes cascabel acabó haciendo que este país mordiera». Y, efectivamente, cuando recibieron la «Nota de diez puntos» fue cuando las «serpientes de cascabel» de Tokio decidieron que ya bastaba y se prepararon para «morder», esto es, para optar por la guerra en vez de por la sumisión [21].

Ya a finales de octubre de 1941 se rumoreaba entre la comunidad estadounidense en Manila que la tropa japonesa iba camino de Pearl Harbor [22]. Todavía no era el caso, aunque el 26 de noviembre de 1941 se ordenó a una flota japonesa navegar hacia Hawai para atacar la impresionante colección de barcos de guerra que FDR había decidido estacionar ahí en 1940 (de forma tan provocadora como tentadora por lo que respecta a los japoneses). En Tokio se esperaba que un ataque certero a la base naval situada en medio del Pacífico impediría a los estadounidenses intervenir de forma eficaz en el Lejano Oriente en un futuro inmediato, lo que brindaría a Japón una buena oportunidad de establecer firmemente su supremacía en el Lejano Oriente, por ejemplo, añadiendo Indonesia a su colección de trofeos, apoderándose de Filipinas, etc.

De este modo se iba a crear un hecho consumado respecto al cual Estados Unidos no iba a poder dar marcha atrás una vez que se recuperara del golpe recibido en Pearl Harbor, especialmente porque se vería privado de su cabeza de puente en el Lejano Oriente, Filipinas. No obstante, los estadounidenses habían descifrado los códigos japoneses, de modo que los hombres que estaban en lo más alto de la cúpula de poder en Washington sabían exactamente dónde estaba la armada japonesa y qué intenciones tenía [23]. Pero no se permitió que esta información llegara a los niveles más bajos y no se advirtió a los comandantes en Hawai, lo que permitió que se produjera el «ataque sorpresa» a Pearl Harbor aquel funesto domingo 7 de diciembre de 1941 [24].

Al día siguiente a FDR le resultó fácil convencer al Congreso de que declarara la guerra a Japón y, como era de esperar, el pueblo estadounidense, conmocionado por lo que parecía ser un ataque a traición, que él no podía saber que lo había provocado su propio gobierno, se unió tras la bandera de barras y estrellas. Como ha señalado el historiador estadounidense Michael S. Sherry, los estadounidenses consideraron que el ataque japonés era una traición (o, como dijo FDR, una «infamia»), tanto más cuanto que ellos mismos habían soñado previamente con «lanzar bombas sobre Japón, quizá en un ataque sorpresa» [25].

Estados Unidos estaba preparado para emprender la guerra contra Japón y las posibilidades de una victoria relativamente fácil no se vieron mermadas por las pérdidas sufridas en Pearl Harbour que, aunque eran aparentemente graves, estaban lejos de ser catastróficas. Los barcos hundidos eran viejos, «en su mayoría […] viejas reliquias de la Primera Guerra Mundial» y no eran en absoluto indispensables en la guerra contra Japón. Los barcos de guerra modernos, por su parte, incluidos los portaaviones, cuyo papel en la guerra iba a resultar fundamental, no habían sufrido daños: justo antes del ataque Washington les había ordenado convenientemente abandonar la base y estaban a salvo en alta mar cuando se produjo el ataque japonés [26].

Con todo, el plan no funcionó exactamente como se había previsto porque unos días después de Pearl Harbor, el 11 de diciembre, Hitler declaró inesperadamente la guerra a Estados Unidos por las razones que hemos aclarado en el capítulo anterior. Es cierto que las relaciones de Estados Unidos con Alemania habían empeorado desde hacía algún tiempo debido a la ayuda prestada Gran Bretaña a través del Programa de Préstamo y Arriendo, que fue aumentando hasta la «guerra naval no declarada» del otoño de 1941. Sin embargo, con su guerra contra Gran Bretaña lejos de estar acabada y su cruzada contra la Unión Soviética que no iba tal como estaba previsto, Hitler no deseaba enfrentarse a un enemigo nuevo y poderoso.

A la inversa, aunque había muchas razones humanitarias de peso para emprender una cruzada contra el verdaderamente malvado «Tercer Reich», la élite política, militar y económica estadounidense no quería declarar la guerra a Alemania. Las principales corporaciones estadounidenses estaban haciendo unos negocios fabulosos con la Alemania nazi, por ejemplo, suministrándole el petróleo que tanto necesitaban sus panzers y stukas, y beneficiándose también de la guerra que Hitler había provocado ya que vendían equipamiento de guerra a Gran Bretaña dentro del Programa de Préstamo y Arriendo. Además, muchos miembros de la clase alta estadounidense, que ignoraban la trascendencia de la batalla de Moscú, todavía esperaban que Hitler acabara destruyendo una Unión Soviética a la que despreciaban tanto como Hitler. No se deseaba una guerra contra Alemania y las fuerzas armadas estadounidenses habían preparado planes minuciosos para una guerra tanto contra Japón como contra Gran Bretaña (más Canadá) e incluso contra México, pero no contra la Alemania nazi [27]. Así que la declaración de guerra de Alemania fue una sorpresa muy desagradable para la Casa Blanca.

Al abordar el tema de Pearl Harbor, el popular historiador estadounidense Stephen F. Ambrose ha puesto de relieve que Estados Unidos no «entró» en guerra sino que fue «arrastrado» a ella «a pesar de los actos del presidente estadounidense más que debido a ellos» [28]. Tiene razón en el sentido de que, en efecto, el Tío Sam fue «arrastrado» a la guerra en Europa en contra de su voluntad. Esto plantea una pregunta muy interesante pero a la que no se puede responder: ¿cuándo habría entrado Washington en la guerra contra la Alemania nazi si el propio Hitler no hubiera actuado como hizo el 11 de diciembre de 1941? ¿Quizá nunca?

En cualquier caso, después de Pear Harbor los estadounidense se encontraron inesperadamente con que tenían que hacer frente a dos enemigos en vez de a uno solo. Y ahora tenían que luchar una guerra mucho más grande de lo esperado, es decir, una guerra para la que no se habían elaborado planes, una guerra en dos frentes, una guerra tanto europea como asiática, una verdadera guerra mundial en vez de otra rápida y fácil «espléndida guerrita». Además, el País del Sol naciente iba a resultar ser un hueso mucho más duro de roer de lo que habían esperado los dirigentes políticos y militares estadounidenses, convencidos de la inferioridad de los «japos». Este hecho quedó muy claro el mismo 8 de diciembre de 1941, el día después de Pearl Harbor, cuando los japoneses atacaron Filipinas y destruyeron muchos bombarderos B-17 en tierra. A los estadounidenses les iba a costar muchos años cumplir finalmente su viejo sueño de borrar desde el aire las ciudades japonesas.

El ataque japonés contra Pearl Harbor fue provocado porque se quería un conflicto armado contra Japón, aunque se necesitaba que pareciera una guerra defensiva. La idea de que fue por «sorpresa» es un mito, aunque la declaración alemana de guerra que siguió al ataque en Hawai fue, sin lugar a dudas, una desagradable sorpresa.

Notas:

[1] Véase, por ejemplo, Zinn, p. 290-313.

[2] Hearden, p. 105.

[3] «Anti-Japanese sentiment», http://en.wikipedia.org/wiki/Anti-Japanese_sentiment [en castellano https://es.wikipedia.org/wiki/Sentimiento_antijaponés].

[4] Record, p. 13 y siguientes.

[5] Sherry (1987), pp. 100-91; Knox aparece citado en Buchanan. El ejército estadounidense había elaborado unos planes minuciosos de guerra contra Japón, lo mismo que contra Gran Bretaña y México (más Canadá), pero no contra la Alemania nazi, véase Rudmin.

[6] Sherry (1987), pp. 52-53, 58-61, 100-104.

[7] Weber; véase también «JB 355. Rosevelts [sic] plan to attack Japan months before Pearl Harbor». En un estudio deAlan Armstrong este plan se presenta como un proyecto que podía haber impedido el «ataque sorpresa» a Pearl Harbor.

[8] Citado en Sherry (1995), p. 62.

[9] Telegrama del embajador en japón (Grew) al Secretario de Estado, 15 de julio de 1941, Foreign Relations of the United States Diplomatic Papers, 1941, General, the Soviet Union, Volumen I, https://history.state.gov/historicaldocuments/frus1941v01/d742.

[10] Sherry (1995), p. 108.

[11] A más tardar a principios de octubre los dirigentes de Tokio ya había tomado definitivamente la decisión de no atacar la Unión Soviética, tal como iba a informar a Moscú ese mismo mes el espía soviético Richard Sorge, véase Hasegawa, p. 17

[12] Hasegawa, pp. 16-17.

[13] Stinnett, p. 6.

[14] Stinnett, p. 9.

[15] Citado en Baker, pp. 380-381.

[16] Baker, pp. 402, 423.

[17] Sherry (1987), pp. 105-108; Sherry (1995), p. 61.

[18] Record, p. 13 y siguientes; Sherry (1987), p. 101. Se cita a Marshall en Sherry (1995), p. 62.

[19] Record, pp. 21, 23.

[20] Baker, p. 425.

[21] Hillgruber, pp. 75, 82-83; Irye, p. 149-150, 181-182; Stoler, p. 32.

[22] Baker, p. 415.

[23] Stinnett, op. cit., pp. 60-82.

[24] Stinnett, pp. 5, 9-10, 17-19, 39-43; Buchanan.

[25] Sherry (1995), p. 62.

[26] Stinnett, pp. 152-154.

[27] Rudmin. En los planes de guerra contra Gran Bretaña y su Dominio Canadiense se incluía bombardear ciudades como Toronto y utilizar gas venenoso.

[28] Ambrose, p. 66.

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