martes, 6 de abril de 2021

Ocho fallos estructurales de la visión occidental del mundo

 

Ocho fallos estructurales de la visión occidental del mundo


[Imagen: Txus Cuende]

 

Por Jeremy Lent

Rebelión

Fuentes: 15-15-15

06/04/2021 

Imagine que vive en una casa cuyos cimientos tienen daños estructurales. Al principio puede que usted no lo note mucho. De vez en cuando, puede que aparezcan algunas grietas en las paredes. Si se ponen muy mal, dará usted una nueva capa de pintura sobre ellas, y todo quedará otra vez perfecto, al menos por un tiempo.

Pero ¿y si su casa está asentada sobre una zona de terremotos? Quienes vivimos en California sabemos lo que es llamar al ingeniero de estructuras y que te diga que la casa tiene que ser reformada si quieres que sobreviva al Big One. A veces es necesario trabajar en sus cimientos, cuando hay defectos ocultos sobre los que hemos construido nuestra casa.

Podemos pensar que nuestra visión del mundo occidental es una casa cognitiva en la que vivimos —un edificio de ideas que capa a capa se ha construido sobre anteriores edificaciones, acumuladas por las generaciones pasadas. Nuestra civilización global se enfrenta a la amenaza de su propio Big One, un Gran Terremoto, en forma de cambio climático, el agotamiento de los recursos y la extinción de las especies. Si nuestra visión del mundo está construida sobre cimientos temblorosos, necesitamos saberlo: necesitamos descubrir las grietas y repararlas antes de que sea demasiado tarde.

Nuestra visión del mundo es un conjunto de asunciones que tenemos sobre cómo son las cosas: cómo funciona la sociedad, su relación con el mundo natural, lo que es valioso y lo que es posible. Ese conjunto permanece a menudo incuestionable e implícito, pero es profundamente sentido y subyace a muchas de las decisiones que tomamos en nuestras vidas.

Formamos nuestra visión del mundo implícitamente conforme crecemos, a partir de la familia, los amigos, y de la cultura, y una vez construida, apenas somos conscientes de ella a menos que se nos presente una visión diferente del mundo en comparación. El origen inconsciente de nuestra cosmovisión la convierte en casi inflexible. Eso es perfecto cuando trabaja para nosotros. Pero ¿qué ocurre si nuestra visión del mundo está causando que actuemos forzosa y colectivamente en maneras que en realidad están minando el futuro de la humanidad? En ese caso, es importante que tengamos una mayor conciencia de ella.

En la investigación de mi libro The Patterning Instinct: A Cultural History of Humanity’s Search for Meaning he excavado esas capas ocultas de nuestra moderna cosmovisión y he encontrado que muchas de las ideas que consideramos sacrosantas se apoyan en cimientos dañados. Hay mitos que emergieron de asunciones erróneas hechas en diferentes momentos y lugares de la historia. Se han repetido con tanta frecuencia que mucha gente jamás ha pensado en cuestionarlas. Pero es necesario hacerlo, porque las bases de nuestra civilización y su perspectiva, son estructuralmente defectuosas.

La buena noticia es que, de cada defecto estructural, podemos encontrar un principio alternativo que ofrece una base sólida para un florecimiento sostenible y a largo plazo. Nuestra mayor esperanza como civilización que sobreviva a ese Gran Terremoto que viene, es reconocer esos defectos subyacentes, y trabajar juntos para reconstruir una visión global con basamentos más seguros. Hay ocho fallas profundas que he encontrado, junto con sus principios alternativos que, en conjunto, podrían crear la base de una civilización floreciente para las generaciones futuras.

Fallo estructural 1: Los seres humanos son fundamentalmente egoístas

La economía moderna se basa en la asunción —respaldada por teorías biológicas obsoletas— de que los seres humanos se mueven predominantemente por su propio interés, y que sus acciones egoístas en conjunto son la fuente de muy buenos resultados para la sociedad. En palabras del biólogo de la vieja escuela Richard Alexander, “la ética, la moral, la conducta , y la psique humana sólo pueden entenderse si vemos las sociedades como conjuntos de individuos, cada uno de ellos en busca de su propio interés”. La historia geopolítica del siglo XX se usa como prueba de esta filosofía. El Comunismo fracasó, se nos dice, porque estaba basado en una visión no realista de la naturaleza humana, mientras que el Capitalismo triunfó porque se fundamenta en el uso de la naturaleza egoísta de cada individuo para el bien final de la sociedad.

Nuevo fundamento: Los seres humanos son fundamentalmente cooperativos.

De hecho, la Antropología moderna y la Neurociencia muestran que la cooperación, la identidad grupal, y el sentido de la justicia son rasgos definitorios de la humanidad. En contraste con los chimpancés, obsesionados por competir entre ellos, los humanos evolucionaron para convertirse en los primates más cooperativos, a través de su habilidad para compartir con otros sus intenciones, y para reconocer al mismo tiempo que los otros ven el mundo desde diferentes perspectivas. Esto permitió a los primeros humanos trabajar colaborativamente en tareas complejas, creando comunidades que compartían valores y prácticas que se convirtieron en la base de la cultura y la civilización.

Un elemento esencial en la habilidad de los humanos para trabajar juntos es el sentido evolucionado de justicia. Sentimos la justicia tan intensamente que preferimos abandonar antes que permitir que alguien se aproveche injustamente de nosotros. El sentido intrínseco de la justicia es, según indican psicólogos evolutivos prominentes, el ingrediente extra que condujo al éxito evolutivo de nuestra especie y que creó la base cognitiva de valores cruciales de nuestro mundo moderno, como la libertad, la igualdad y el gobierno representativo.

En un 99% del tiempo de historia humana, vivimos juntos en grupos de cazadores recolectores, en los que predominaba un ethos igualitario. Si un cazador de éxito empezaba a ser socialmente más dominante, el resto del grupo se aliaba para mantener su ego bajo control. Una ética compartida prevalecía en todos los aspectos de la vida. Cuando un antropólogo preguntó a un cazador recolector en el remoto Amazonas por qué en su grupo no ahumaban o secaban la carne para almacenarla, pese a saber cómo hacerlo, respondió: “Yo almaceno mi carne en el estómago de mi hermano”.

Fallo estructural número 2: Los genes son fundamentalmente egoístas

En un nivel más profundo, la idea de que los mismos genes son egoístas ha calado en la conciencia colectiva. Desde que en 1976 publicara Richard Dawkins El Gen Egoísta, la gente ha llegado a creer que la evolución es el resultado de la competición entre genes, siguiendo un impulso sin remordimientos por replicarse a sí mismos. La competición más ruda es vista como la fuerza que separa a los ganadores de los perdedores en la evolución.

Incluso el altruismo es interpretado como una forma sofisticada de conducta usada por un organismo para propagar sus propios genes de modo más eficaz. El biólogo Robert Trivers generó una noción de lo que denominó el “altruismo recíproco”, como una antigua estrategia evolutiva presente en la conducta de peces y pájaros, e interpretó el altruismo humano del mismo modo: “Bajo ciertas circunstancias”, escribió, “la selección natural favorece estas conductas altruistas porque a largo plazo benefician al organismo que las lleva a la práctica”.

Nuevo fundamento: La naturaleza es una red

Este argumento ha quedado muy desacreditado como interpretación simplista de la evolución. En su lugar, los biólogos están desarrollando una visión más sofisticada de la evolución, como una serie de sistemas complejos e interconectados, en los que los genes, los organismos, la comunidad, la especie, y el entorno interactúan todos unos con otros, tanto competitivamente como cooperativamente, en una red que se extiende en el tiempo y en el espacio. Los ecosistemas se mantienen saludables por su interacción intensamente sincronizada entre muy diferentes especies. Los árboles en un bosque, hemos descubierto, se comunican unos con otros en una red compleja que los mantiene colectivamente con salud —un sistema al que se ha denominado la wood wide web.

En lugar de un campo de batalla de genes egoístas compitiendo para superar unos a los otros, los biólogos modernos ofrecen una nueva visión de la naturaleza como una red de sistemas interconectados, que dinámicamente se optimizan en diferentes niveles de la selección evolutiva. Este reconocimiento de que las redes colaborativas son parte esencial de los ecosistemas sostenibles puede inspirar nuevas vías para estructurar la tecnología humana y la organización social para un futuro florecimiento.

Fallo estructural 3: Los humanos están separados de la naturaleza

Más profundo que los anteriores fallos estructurales es este otro: la creencia implícita en que los humanos están separados de la naturaleza. La fuente de esta idea puede rastrearse hasta los antiguos griegos. Platón veía al ser humano como una entidad dividida, en la que un alma eterna se hallaba encerrada en un cuerpo mortal. El fin último de la filosofía era dejar atrás el cuerpo e identificarse solo con el alma que nos vinculaba a la divinidad. Dos milenios y medio después, Descartes actualizó el mito de Platón con su idea de que la verdadera esencia de la persona es su pensamiento, mientras que el cuerpo no es asunto de valor intrínseco alguno.

La implicación de esta división cartesiana es que el resto de los animales naturales, las plantas, y todo lo demás, no tiene valor porque no piensa como un ser humano. Al desacralizar la naturaleza, se permitió a los humanos utilizarla sin remordimientos para sus intereses propios. El Viejo Testamento proporcionó más justificación teológica a este mito, con el mandato de Dios a Adán y Eva de que debían “dominar” la tierra y “reinar” sobre todo ser viviente en ella.

El proyecto de la ciencia, que despegó en el siglo XVII, via a partir de ahí cada aspecto del mundo material como el libre juego para la recogida de datos, la investigación, y la explotación. Francis Bacon inspiró a generaciones de científicos con su llamada a “conquistar la naturaleza”. Los arengó para que “unieran fuerzas contra la naturaleza de las cosas, para que estallaran en la ocupación de sus castillos y sus fortalezas, y extendieran los límites del imperio humano”.sepa

Nuevo fundamento: Los seres humanos son parte integral de la naturaleza

Estas ideas están tan intrincadas en la psique moderna que es fácil olvidar que son exclusivas de la visión europea del mundo. Otras culturas a lo largo de la historia han visto a los humanos compartiendo el mundo en igualdad con todas las otras criaturas. La tierra es su madre, el cielo su padre. Aquellos que deseen estar en armonía con la naturaleza, en palabras del Tao Te Chin, deben ser “reverentes, como los invitados”.

Los hallazgos de la Biología moderna y de la Neurociencia validan el conocimiento implícito de las tradiciones tempranas. Los humanos son de hecho organismos mentales-corporales integrados, que contienen en su interior ecosistemas y que igualmente participan en los más amplios ecosistemas de la naturaleza. Cuando destruimos la complejidad del mundo natural, minamos el bienestar de todos los organismos, incluido el nuestro propio. En las profundas palabras de un slogan en la COP21 de Paris, “No defendemos la naturaleza. Somos naturaleza que se defiende a sí misma”.

Fallo estructural 4: La naturaleza es una máquina

Junto a la separación de los humanos respecto a la naturaleza, otro mito cultural exclusivamente europeo proclama que la naturaleza es una máquina. Desde la revolución científica del siglo XVII, la visión de la naturaleza como una máquina compleja se ha extendido mundialmente, llevando a algunas de las más brillantes mentes de nuestro tiempo a perder de vista que esta frase es una metáfora, y a creer erróneamente que la naturaleza es realmente una máquina.

Representación del pato digeridor de Vaucanson, en la revista Scientific American (1899). Fuente: Wikimedia Commons.

Ya en 1605, Kepler encuadraba su vida de investigador en esta idea, al escribir: “Mi intención es mostrar que la máquina celestial es más comparable al mecanismo de un reloj que a un organismo divino”. Del mismo modo, Descartes declaraba: “No reconozco diferencia alguna entre las máquinas hechas por artesanos y los diversos cuerpos que la naturaleza compone por sí misma”.

En décadas recientes, Richard Dawkins ha difundido una versión actualizada de este mito cartesiano, escribiendo con gran éxito que “la vida son simplemente bytes y más bytes de información digital”, y añadiendo: “Esto no es una metáfora, es la pura verdad. No sería más evidente si llovieran discos duros”. Si abrimos cualquier revista científica, veremos genes descritos como programadores que “codifican” ciertos rasgos, en tanto la mente es considerada un “software” para el “hardware” del cuerpo, que es programado de determinadas maneras. Esta ilusión maquinística es ubicua, engañando a tecno-visionarios en busca de la inmortalidad, para que hagan una copia de seguridad de su mente, así como a tecnócratas que esperan resolver el cambio climático mediante geo-ingeniería.

Nuevo fundamento: La naturaleza es un fractal auto-regenerativo

Los biólogos señalan principios intrínsecos a la vida que se apartan categóricamente de la más compleja de las máquinas. Los organismos vivos no pueden ser descompuestos, como un ordenador, en hardware y software. La composición biofísica de una neurona está intrínsecamente ligada a sus computaciones: la información no existe separadamente de su construcción material.

En décadas recientes, los pensadores de sistemas han transformado nuestra comprensión de la vida, mostrándola como un sistema auto-regenerativo y auto-organizado, que se extiende como un fractal a una escala siempre creciente, de una simple célula a un sistema global de vida en la Tierra. Todo en el mundo natural es más dinámico que estático, y los fenómenos biológicos no pueden predecirse con precisión: en lugar de leyes fijas, necesitamos investigar los principios organizativos subyacentes de la naturaleza.

Esta nueva concepción de la vida nos lleva a reconocer la interdependencia intrínseca de todos los sistemas vivientes, incluído el humano. Nos ofrece las bases de un futuro sostenible en el que la tecnología es utilizada no para conquistar la naturaleza o para reorganizarla, sino para armonizarnos con ella haciendo así nuestra vida más floreciente y llena de sentido.

Fallo estructural número 5: El PIB es una buena medida de prosperidad

Oímos continuamente que el Producto Interior Bruto es un indicio claro del éxito de un país. Sin embargo lo que en realidad mide el PIB es la velocidad a la que transformamos la naturaleza y las actividades humanas en economía monetaria, sin considerar si esa transformación es beneficiosa o nociva. El defecto esencial de tomar el PIB como medida de la riqueza de un país está en que no establece distinción entre las actividades que promueven el bienestar y aquellas que lo reducen. Cualquier cosa que genere actividad económica del tipo que sea, buena o mala, cuenta para el PIB.

Cuando alguien cosecha de su jardín vegetales y los cocina para un amigo, ello no genera impacto alguno en el PIB, y en cambio, comprar una comida similar de la sección de congelados del supermercado implica un intercambio de dinero, y por ello se registra en el PIB. Con este extraño sistema de contabilidad, la polución tóxica puede ser triplemente beneficiosa para el PIB: primero cuando una compañía química genera al producir residuos nocivos; segundo, cuando es preciso limpiar dichos residuos; y tercero, si causan daños en las personas, requiriendo tratamiento médico.

La medida del PIB no solamente es anómala, sino peligrosa para el futuro de la humanidad, porque sus métricas tienen un impacto profundo en lo que la sociedad intenta conseguir. Se vota o deja de votar a líderes nacionales para gobernantes según contribuyen o no al crecimiento del PIB. Reconociendo esto, varios grupos, incluida la ONU y la Unión Europea, están explorando modos alternativos de medición de la verdadera riqueza de una sociedad. El estado de Bután fue el pionero al crear su índice de Felicidad Interior Bruta, que incorpora valores como el bienestar espiritual, la salud, y la biodiversidad.

Nuevo fundamento: Medir el progreso genuino de un país

Gráfica comparando el PIB per cápita y el GPI en los EE. UU. entre 1950 y 2000. Imagen: Trinifar. Fuente: Wikimedia Commons.

Estas medidas alternativas ofrecen una historia muy diferente de la experiencia humana en los últimos cincuenta años, que la que nos muestra el PIB. Los investigadores han desarrollado una medición denominada Indicador del Progreso Genuino (GPI, por sus siglas en inglés), que registra aspectos negativos como la desigualdad de ingresos, la polución ambiental, o el crimen, así como aspectos positivos como las actividades de voluntariado o el trabajo doméstico, como producción nacional. Cuando se aplicó este índice a diecisiete países del mundo, se descubrió que, aunque el PIB ha crecido continuamente desde 1950, el GPI mundial alcanzó un pico en 1978 y no ha hecho sino decrecer desde entonces.

Una vez que comencemos a medir el éxito de nuestros políticos basándonos en el GPI, y no en el PIB, será más factible que el mundo se mueva hacia un modo de vida más sostenible antes de que sea demasiado tarde.

Fallo estructural número 6: La Tierra puede sostener el crecimiento ilimitado

Los mercados financieros mundiales se basan en la creencia de que la economía global seguirá creciendo indefinidamente, y sin embargo esto es imposible. Cuando la teoría económica moderna se desarrolló en el siglo XVIII, parecía razonable ver los recursos naturales como ilimitados porque, a todos los efectos de entonces, lo eran. Sin embargo, tanto el número de seres humanos como la velocidad a la que consumen ha explotado dramáticamente en los pasados cincuenta años, de modo que esta asunción es hoy lamentablemente falsa.

A la velocidad actual de crecimiento de 77 millones de personas por año —equivalente a una nueva ciudad de un millón de habitantes cada cinco días—, los demógrafos prevén un mundo con casi 10 mil millones de habitantes para 2050. La gente de todo el globo, bombardeada con las imágenes del modo de vida de los países ricos, comprensiblemente aspiran al mismo nivel de confort para sí mismos. Empujada por ese apetito insaciable de crecimiento, la economía mundial proyecta cuadruplicarse para 2050.

Los científicos han calculado que los humanos se apropian actualmente de un 40% de la energía disponible para sostener la vida en la Tierra —denominada Productividad Primaria Neta— para su propio consumo. Los seres humanos usamos más de la mitad del agua potable mundial y hemos transformado el 43% de la tierra en terreno agrícola o urbano. Para sostener nuestra velocidad actual de expansión, la apropiación por los humanos de la Productividad Primaria Neta debería duplicarse o triplicarse a mitad de siglo. Si echamos cuentas, esto no puede conseguirse en un sólo planeta tierra. En palabras del teórico de sistemas Kenneth Boulding: “Quien crea que el crecimiento exponencial puede continuar siempre en un mundo finito es o un loco o un economista”.

Nuevo fundamento: Crecer en calidad, no en consumo

La solución es transformar nuestra cultura subyacente —dejar de buscar el crecimiento del consumo— y en su lugar buscar el crecimiento de la calidad de nuestra vida. Podemos escoger participar en una economía circular, en la que prestamos, compartimos, reutilizamos o reciclamos —y cuando compremos algo nuevo, asegurémonos de que proviene de un proceso sostenible.

Pero del mismo modo que cambiar las bombillas no va a detener el cambio climático, la economía circular por sí sola no impedirá el colapso de la civilización bajo su propio peso. Necesitamos llegar a la fuente de esa carrera frenética por el perpetuo crecimiento: la dominación de nuestra economía por las empresas globales impelidas por el mandato de maximizar los ingresos de sus accionistas por encima de toda otra consideración. Despertar la conciencia pública sobre cómo esas fuerzas no humanas están conduciendo a la humanidad a la catástrofe, es una de las tareas más esenciales para todos los que nos preocupemos por el futuro floreciente de las nuevas generaciones.

Fallo estructural número 7: La tecnología es la solución

Los tecno-optimistas frecuentemente ridiculizan a Thomas Malthus, un clérigo inglés del siglo XVIII que fue el primero en advertir sobre los peligros del crecimiento exponencial. Para cada problema que emerge, aseguran, la tecnología ofrece una solución. Sin embargo, las soluciones basadas puramente en la tecnología tienden a dejar de lado los elementos estructurales profundos, a menudo creando incluso mayores problemas en el camino.

Un ejemplo es la Revolución Verde del final de los años 60, que, se dice, salvó a casi mil millones de personas de morir de hambre, exportando la agricultura altamente industrializada al mundo en vías de desarrollo. Sus consecuencias inesperadas amenazan ahora el futuro de la humanidad. El uso ubicuo de los fertilizantes artificiales ha generado masivas zonas muertas en los océanos, por los escapes de nitrógeno y la reducción severa de las capas superficiales terrestres; el uso indiscriminado de pesticidas químicos ha roto los ecosistemas; y la agricultura industrial contribuye con un tercio de las emisiones de gases de efecto invernadero a causar el cambio climático.

Una razón por la que nos enfrentamos a una crisis global de sostenibilidad es que nuestra cultura alimenta actitudes destructivas hacia la Tierra. La tecnología ha traído una plétora de mejoras en la experiencia humana, pero al mismo tiempo, ha empujado la creencia subyacente occidental de que “conquistar la naturaleza” es el principal vehículo del progreso. La naturaleza, sin embargo, no es un enemigo que conquistar, y cada paso que damos en esa dirección desestabiliza más y más la intrincada relación entre los humanos y nuestra única fuente de vida y de futuro floreciente, la Tierra.

Nuevo fundamento: El cambio sistémico y no el arreglo tecnológico

En lugar de confiar solamente en la tecnología, las soluciones verdaderamente efectivas trabajan con las bases sistémicas de nuestras crisis, transformando las prácticas que han causado el problema en primera instancia. La agroecología, por ejemplo, un enfoque de la agricultura basado en los principios de la ecología, contempla la tierra como un sistema profundamente interconectado, reconociendo que la salud de los seres humanos y la de la naturaleza son interdependientes. La agroecología diseña y gestiona los sistemas de alimentación para que sean sostenibles, aumentando la fertilidad del suelo, reciclando nutrientes, e incrementando la eficiencia de la energía y del agua.

Ya ampliamente incorporada en Hispanoamérica, la agroecología está ganando rápida aceptación en los EE. UU. y en Europa, y tiene la capacidad para reemplazar el sistema agro-industrial. La agroecología puede incluso ayudar a captar el exceso de carbono en la atmósfera. El Instituto Rodale ha calculado que la práctica regenerativa orgánica de la agroecología, como el compostado, el barbecho y rotación de cosechas así como el uso de cosechas protectoras del suelo pueden captar más del 100% de las emisiones anuales de CO2, si se generalizan en el mundo.

Fallo estructural 8: El universo no tiene sentido

La mayoría de la ciencia trabaja a partir de un enfoque reduccionista: en ella se ve el mundo como un ensamblaje de partes que pueden analizarse por separado. Este método ha conducido a un enorme progreso en muchos campos, pero su propio éxito ha causado que muchos científicos contemplen la naturaleza como nada más que una colección de partes, una perspectiva que conduce inevitablemente al nihilismo espiritual. En las palabras del Premio Nobel de Física Seven Weinberg, “cuanto más sabemos del universo, más vacío de sentido se nos aparece”. En último término, la corriente moderna de pensamiento se fundamenta en la desconexión: la separación de la mente y del cuerpo, del individuo y su comunidad, y del ser humano y la naturaleza.

Nuevo fundamento: El universo es una red de sentido

Sin embargo, en décadas recientes, las intuiciones de la Teoría de la Complejidad y de la Biología de Sistemas apuntan hacia una nueva concepción de un universo conectado, que es tanto científicamente rigurosa como espiritualmente rica en significado. En esta comprensión, las conexiones entre las cosas son frecuentemente más importantes que las cosas mismas. Al subrayar los principios subyacentes que se cumplen en todos los seres vivos, esta concepción nos ayuda a darnos cuenta de nuestra interdependencia intrínseca con toda la naturaleza.

En lugar de los fallos cognitivos estructurales que han conducido a la humanidad al abismo, la perspectiva sistémica invita a una nueva comprensión de la naturaleza como una “red de sentido”, en la que la misma interconexión de toda vida, da sentido y resonancia también a nuestra conducta individual y colectiva. Cuando aplicamos este marco mental a nuestra vida, el sentido brota, del modo como estamos relacionados con todo lo que nos rodea. El sentido se convierte así en una función de la interconexión —y el sentido de la vida, en una propiedad emergente de la red de conectividad que es el universo—. Vivir con esta profunda comprensión, nos hace sentir que estamos verdaderamente en casa en el universo.

Establecer las bases del florecimiento

No es necesariamente una tarea fácil: reestructurar las bases para prepararnos para el Gran Terremoto, mientras tantos otros están preocupados escogiendo los colores nuevos para pintar las grietas que aparecen en los muros. Sin embargo, una vez nos hacemos conscientes de los fallos estructurales en la cultura dominante, no podemos ignorarlos. Empezamos a ver manifestaciones de los mismos por todas partes.

No es una tarea fácil, quizás, pero puede ser profundamente transformadora. Es una necesidad acuciante, la reconstrucción de nuestro sistema de valores, que puede llevarnos a la posilibidad de encontrar un sentido profundo, mediante la conexión con nosotros mismos, con los demás y con el mundo natural. Estas nuevas bases, fundamentadas en ver el cosmos esencialmente como una red de significado, tiene el potencial de ofrecer un futuro sostenible de dignidad humana compartida y de florecimiento del mundo natural.

JEREMY LENT. Sus escritos investigan los patrones de pensamiento que han conducido a nuestra civilización a la actual crisis de sostenibilidad. Es fundador de la iniciativa sin ánimo de lucro Liology Institute dedicada a promover una cosmovisión integrada, al tiempo rigurosamente científica y con un sentido intrínseco, que pueda capacitar a la Humanidad para salir adelante de una manera sostenible sobre la Tierra. Su libro The Patterning Instinct: A Cultural History of Humanity’s Search for Meaning (2017), profundiza en las raíces históricas de nuestra cosmovisión moderna. Su último libro lleva por título: The Web of Meaning: Integrating Science and Traditional Wisdom to Find Our Place in the Universe.

 (Publicado originalmente en la revista Tikkun. Traducido con permiso por Eva Aladro Vico y revisado por Manuel Casal Lodeiro)

Fuente: https://www.15-15-15.org/webzine/2021/03/27/una-casa-sobre-suelo-movedizo-ocho-fallos-estructurales-de-la-vision-occidental-del-mundo/

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lunes, 5 de abril de 2021

La significación del sexo en el desarrollo del individuo

 

La significación del sexo en el desarrollo del individuo 



Por Manuel Sogas

     La idea del sexo como característica intrínseca e inherente a la naturaleza humana no parece que pudiera ser discutida por nadie desde un punto de vista racional…

… y lógicamente válido, dada su absoluta necesidad para la reproducción de la especie humana que es llevada a cabo por la relación sexual entre una mujer y  un hombre. Pero sin embargo, su percepción tanto personal como social ha tenido diferentes significados a lo largo del tiempo, sin que ello naturalmente haya podido afectar a su naturaleza ni a la importancia biológica como sistema de reproducción hasta alcanzar la nueva dimensión social y política con que hoy se presenta en prácticamente todos los estamentos sociales, si bien esta consideración en sus diferentes y a veces contradictorias percepciones resulta más aceptada en el plano teórico y legal que en  la práctica.

     El desarrollo de los medios de telecomunicaciones ha contribuido de una forma  singular a la divulgación de la noción de sexo. No obstante, y a pesar de esta gran divulgación no se ha visto acompañado su tratamiento en igual proporción ni con la rigurosidad ni con la profundidad que le correspondería, dada la relevancia social y política adquirida, sino que más bien y por el contrario, ha contribuido a extender su superficialidad y banalización no exentas de fetichismo consumista. A la palabra sexualidad se le relaciona con los genitales y a estos a su vez con el sexo [[i]], lo que contribuye a empañar y oscurecer su significado más que a esclarecerlo.

    En este sentido afirma Cardinal: “Al sexo se le trata dentro de una confusión entre la ignorancia y la sofisticación, la negación y la indulgencia, la represión y el estímulo, el castigo y la explotación, el secreto –sucio secretito-, como decía Henry Miller; la exhibición y la comercialización. Se le asocia a una duplicidad e indecencia que no conduce ni a la honestidad intelectual ni a la dignidad humana.” (P. A. Serna Carmona), lo que le hace aparecer con un carácter punitivo y receloso en los diferentes ámbitos sociales como el familiar o religioso, que lo delimitan entre lo normal y lo anormal, entre lo permitido y lo prohibido y entre lo que se puede hablar y lo que se debe ocultar.

    Foucault señala (1991) que el sexo no siempre tuvo un carácter restringido y sancionador. En la Europa del siglo XVII “las prácticas no buscaban el secreto; las palabras se decían sin excesivas reticencia, y las cosas sin demasiado disfraz; se tenía una tolerante familiaridad con lo ilícito. Los códigos de grosero de lo obsceno y de lo indecente si se los compara con los del siglo XIX, eran laxos. Gestos directos, discursos sin vergüenza, trasgresiones visibles, anatomías exhibidas y fácilmente entremezcladas, niños desvergonzados vagabundos sin molestia ni escándalo entre las risas de los adultos: los cuerpos se pavoneaban.”

    De igual manera que Foucault se expresa Calame en su obra “Eros en la Antigua Grecia”, en la que expone la noción que tenían los griegos acerca del sexo como origen de un placer infinito de un profundo carácter divino. Los griegos adoraban la belleza, y por ello no estaba mal visto quedar anonadado ente un hombre o mujer hermosa, con independencia del género que tuviera el observador.

    Asimismo señala que la antigua sociedad romana fue muy permisiva respecto del sexo, dado que este junto a la moral estaban mediados por el control. Así, un ciudadano romano podía tener relaciones sexuales con su esposa, con una prostituta en un burdel o con otro hombre en los baños públicos, con la condición para librarse de toda crítica que mantuviera cada cosa en su sitio, sin que nadie ocupara el lugar de otro.

    En la época victoriana cambió radicalmente la percepción del sexo con el discurso del pecado y lo prohibido que desemboca en un proceso de represión en torno al mismo, y de esta manera “la sexualidad es cuidadosamente encerrada. Se muda, la familia conyugal la confisca y absorbe  por entero en la seriedad de la función reproductora. En torno al sexo, silencio. Dicta la ley, la pareja legítima y procreadora” (P. A. Serna Carmona: 2013), apareciendo junto a este proceso otro en sentido inverso: su práctica de forma oculta, lo que suponía la trasgresión a la ley con lo que apareció una nueva forma de placer, dejando en evidencia que: “Tal vez hay otra razón que torna tan gratificante para nosotros el formular, en términos de represión, las relaciones del sexo y del poder lo que podría llamarse el beneficio del locutor. Si el sexo está reprimido, es decir, destinado a la prohibición, a la inexistencia y al mutismo, el solo hecho de hablar de él, y de hablar de su  represión, posee como un aire de trasgresión deliberada. Quien usa ese lenguaje hasta cierto punto se coloca fuera del poder; hace tambalearse la ley; anticipa, aunque sea poco, la libertad futura.” (P. A. Serna Carmona: 2013).

    La idea de trasgresión deliberada incita al debate sobre el sexo que se convierte en una cuestión social, política y económica que sobrepasa lo privado y despierta el interés político, adquiriendo en los siglos XX y XXI unos valores muy diferentes a los que tenía en la época victoriana, llegándose a plantear en los escenarios académico, político y social, hasta que en 1997 la sexualidad queda reconocida como un derecho en la Declaración del XII Congreso Mundial de Sexología celebrado en España, Valencia, donde queda establecido como “Una parte integral de la personalidad de todo ser humano. Su desarrollo pleno depende de la satisfacción de las necesidades humanas básicas como el deseo de contacto, intimidad emocional, placer, ternura y amor que se construye a través de la interacción entre el individuo y las estructuras sociales. El desarrollo pleno de la sexualidad es esencial para el bienestar individual, interpersonal y social. Los derechos sexuales deben ser derechos humanos universales basados en la libertad, dignidad e igualdad para todos los seres humanos. Los derechos sexuales deben ser reconocidos, promovidos, respetados y defendidos por todas las sociedades con todos sus medios.” (P. A. Serna Carmona: 2013). En esta declaración se promulgan once derechos sexuales: el derecho a la libertad sexual, a la autonomía sexual, a la integración sexual y seguridad del cuerpo sexual, a la privacidad sexual, a la equidad sexual, al placer sexual, a la expresión sexual emocional, a la libre asociación sexual, a tomar decisiones reproductivas libres y responsables, a la información basada en el conocimiento científico, a la educación sexual comprensiva y el derecho a la atención clínica de la salud sexual, configurándose de esta manera como categoría de derecho con lo que la sexualidad adquiere una nueva dimensión que le plantea al Estado la necesidad de tener que procurarse los medios necesarios que garanticen el cumplimiento de ese nuevo derecho, pero la práctica viene a demostrar que si ni siquiera la comprensión de los derechos sexuales mencionados están bien interpretada en todas partes y mucho menos su aplicación a la realidad.

      Sin la intención ahora entrar en las causas originarias y profundas que pudieran explicar esa no correspondencia entre la teoría y la práctica de los derechos sexuales, sí se menciona una de las  más próximas e inmediatas que ha sido señalada por P. A. Serna Carmona (2013) atribuida al hecho de que la noción de los derechos sexuales no aparecen como derechos en sí mismos, sino como derechos de segundo orden ligados siempre a otras categoría del derecho que sí tienen reconocida tal categoría en sí mismo, como puede ser el derecho a la salud o la educación, lo que a nuestro juicio partiría de la carencia efectiva de la definición del concepto de naturaleza humana de una manera profunda que es sustituida por una definición formal cargada de elementos ideológicos en función de los intereses de las clases sociales dominantes, obviando interesadamente o no, el poder indiscutible para la deformación de la realidad que contiene cualquier planteamiento en el que dominen los elementos ideológicos, sean de “izquierdas” o de “derechas”,  y de esta manera se llegan a considerar características naturales del individuo que en realidad no las son, pero que a pesar de no serlas son tomadas como si lo fueran porque el uso de la costumbre ha llegado a naturalizarlas.

     Es tarea prioritaria y urgente, a nuestro juicio, la de la denominada comunidad científica que tiene a su cargo el establecimiento del saber oficial en la sociedad, el que proceda a la definición rigurosa de todos aquellos conceptos sobre los que luego son tratados en la sociedad  y que tienen trascendencia real en la vida practica, de  manera que esté exenta de prejuicios ideológicos y sin tener en cuenta previamente a qué intereses sociales podrían o no servir, tarea esta última que le corresponde resolver y determinar democráticamente a los diferentes grupos sociales de los que está compuesta toda sociedad, y dentro del ámbito político que es al que le corresponde. El mismo problema de falta de definición rigurosa de conceptos nos lo encontraremos líneas más abajo cuando se llegue a la noción de desarrollo humano.

     Citando ahora de forma sumarísima algunas ideas del pensamiento marxista con carácter indicativo del camino que necesariamente habrá de seguirse en las ciencias sociales si es que se pretende resolver los problemas y no justificarlos y relacionadas con la noción de naturaleza humana, según nuestro juicio, se mencionan las siguientes:

     “En contraste con Kierkegaard y otros Marx contempla al hombre en toda su extensión, como miembro de una sociedad y de una clase dadas, y, al mismo tiempo, como cautivo de estas. La plena realización de la humanidad del hombre y su emancipación de las fuerzas sociales que le aprisionan está ligada, para Marx, al reconocimiento de estas fuerzas y al cambio social basado en este reconocimiento.” [[ii]].

    Marx diferencia entre “la naturaleza humana en general” y “la naturaleza humana condicionada”, distinguiendo a su vez “dos tipos de impulsos y apetitos humanos”: los constantes e invariables, como el hambre y el instinto sexual, que sin modificar su esencia pueden variar sus formas de realización y tendencias en función de las culturas de las que se trate, y de los apetitos relativos, los que no siendo integrantes de la naturaleza humana “deben su origen a ciertas estructuras sociales y a ciertas condiciones de producción y comunicación (…), la necesidad de dinero es, pues, la necesidad real creada por la economía moderna y la única necesidad que esta crea (…), se convierte así (esta necesidad) en una servidumbre ingeniosa y siempre calculadora a los instintos humanos, depravados, antinaturales e imaginarios  que en el transcurso del tiempo y por falta de reflexión, el individuo las llega a tomar, efectivamente, como elementos natrales de su propia naturaleza.” [[iii]].

    Así, por ejemplo, en la organización social en la que predominan las relaciones de producción capitalistas, se producen impulsos relativos como incentivos humanos principales “el deseo de dinero y propiedad; otras condiciones económicas pueden producir exactamente los deseos opuestos, como el ascetismo y el desprecio por los bienes terrenales, como sucede en muchas culturas orientales.” [[iv]].

    La Organización de las Naciones Unidas (ONU) concibe la sexualidad desde diferentes perspectivas. Una de ellas es la consideración como problemas de salud para combatir el VIH/Sida, la malaria y otras enfermedades; otra, su abordaje en conexión con el Informe de Desarrollo Humano de 1995, denominada la revolución hacia la igualdad en la condición de los sexos, en donde es considerada desde la categoría de géneros y desde la aceptación de la igualdad entre los mismos. (P. A. Serna Carmona: 2013) e igualmente se habla de un reconocimiento a las comunidades de LGTB.

   El concepto de Desarrollo Humano que aquí se considera es el dado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que anualmente se elabora para más de 177 países y que se interpreta como el proceso por el que pasa una sociedad cuando en ésta hay mejoras en las condiciones de vida de sus ciudadanos y estas mejoras no implican necesariamente un incremento de los bienes de los que disponen, los cuales indudablemente, les van a ayudar a satisfacer sus necesidades básicas como pueden ser la alimentación, vivienda y transporte. Implicando también la creación de un entono en el que se respeten los derechos humanos de todos y cada uno de los ciudadanos residentes en el país, su derecho a la educación y a tener una vida digna, de modo que un mayor desarrollo humano que puede entenderse como sinónimo de un alto grado de libertad y cantidad de opciones que se dispongan para ser o hacer lo que desee. [[v]]

     El origen del concepto de Desarrollo Humano data del año 1990 cuando “Mahbub ul Haq lanzó el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Este programa no únicamente pretendía tener en cuenta factores puramente económicos correspondientes a la riqueza de un país, sino que, también, qué políticas aplica el Estado que estén centradas en las personas, especialmente en cuanto a calidad de vida y educación se refiere.” (N. Montagud Rubio. Obra citada).

    Con “el Índice de Desarrollo Humano (IDH) se tiene en cuenta diferentes factores que se consideran necesarios (Esperanza de vida; educación y riqueza) para que las personas vivan plenamente en el país que es ha tocado vivir (…), es un indicador nacido de la mano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) que sirve para evaluar cómo se desarrolla una sociedad. Consiste en una medida aritmética que sintetiza los avances e hitos de cada país que le llevan a disponer de una mejor sociedad, analizados en base a tres dimensiones principales: esperanza de vida, educación y riqueza económica.” (N. Montagud Rubio. O.C.).

    El (IDH) se elabora anualmente para cada país en función del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en base a los datos anuales que recoge la ONU de cada país y para cada programa de cada país relacionado con la esperanza de vida; años de escolarización y renta, cuyas fuentes respectivas de información son las siguientes: UNDESA; UNESCO, ICF Macro Demographic and Health Surveys, UNICEF y encuestas de la Organización de Cooperación para el Desarrollo Económico (OCDE) y, el Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la United Nations Statistics División. (N. Montagud Rubio. O.C.).

    El principal objetivo de este indicador es el de obtener datos objetivos sobre el nivel de vida que hay en cada país del mundo para, de esta forma, detectar posibles carencias y dirigir futuros programas de ayudas internacional en la resolución de las mismas. Entre estas ayudas puede contar el ofrecer recursos monetarios para activar la economía, además de ayudar al país en la dotación de estructuras educativas y sanitarias para mejorar el nivel cultural y sanitario de la población.

     Esta noción de desarrollo humano tiene diferentes interpretaciones por parte de distintos autores, y en función de la interpretación que cada uno de ellos hace se inscribe la cuestión de la sexualidad que también es considerada de formas variadas. Así, Sen por su parte considera el desarrollo humano desde la perspectiva de las capacidades que cada persona tiene para satisfacer sus necesidades, intereses y deseos, para cuyos fines utiliza los recursos y medios disponibles en el contexto en el que vive para alcanzar de ese modo una mejor calidad de vida.

    Martha Ussbaun se manifiesta en el mismo sentido que Sen, la que en su trabajo sobre las mujeres y el desarrollo humano: El enfoque de las capacidades, propone que las capacidades son dimensiones importantes y específicas de la vida humana, las cuales constituyen los instrumentos con los que cada persona puede conseguir su propia concepción de lo valioso.

     Otra óptica para definir el desarrollo humano es la de Manfred Max Neef que propone una matriz de necesidades y satisfactores en las que identifica las necesidades humanas que divide según categorías existenciales como: ser, tener, hacer, estar, sexualidad, hacer el amor y sensualidad, y según categorías axiológicas como: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad.

    Con este planteamiento se establece una manera diferente de  tratar la cuestión sexual, puesto que parte del principio de las necesidades, con lo que elude los reduccionismos biológicos o etiológicos, y de esta manera pone en primer plano que la calidad de vida dependerá de las posibilidades que tenga la persona de satisfacer adecuadamente sus necesidades humanas.

    Según entiende el propio Max Neef (1986) “cualquier necesidad humana fundamental que no es adecuadamente satisfecha revela pobreza humana. La pobreza de subsistencia (debido a la alimentación y abrigo insuficiente); de protección (debido a sistemas de salud ineficientes, a la violencia, la carrera armamentista, etc.); de afecto (debido al autoritarismo, la opresión, las relaciones de explotación con el medio natural, etc.); de entendimiento (debido a la imposición de valores extraños a culturas locales y regionales, emigración forzada, exilio político, etc.) y así sucesivamente.” (P. A. Serna Carmona: 2013. Obra citada).

    Al quedar planteada la cuestión sexual como necesidad para el desarrollo humano (desde la perspectiva que aquí se viene considerando) implica necesariamente el planteamiento de la necesidad de su correspondiente satisfacción como requisito imprescindible para que ese desarrollo no se estanque y menos todavía quede interrumpido, y esta noción del sexo es la que lleva a Krmpotic a su teoría de las necesidades mínimas (1999) que divide en dos grupos: “las necesidades individuales y las necesidades sociales: Las primeras hacen referencia al estado de un individuo con respecto a los medios necesarios o útiles para su existencia y desarrollo; la utilidad está dada por la función de preferencia la cual es subjetiva: prima entonces la soberanía privada del consumidor y las segundas se refieren no al individualismo, sino al estado de la sociedad en relación con tales medios útiles para la existencia; estos medios no solo son bienes de consumo sino también de producción”. (P. A.  Serna Carmona: 2013. O. C.).

     Thorstein Veblen (1857-1929), sociólogo norteamericano realizó acertadas críticas sobe al sociedad y la economía de su época, y tras un profundo análisis de la sociedad de consumo llegó a la conclusión de que “el consumo de bienes no satisface  las verdaderas necesidades humanas, ni logra una plenitud de la vida, sino que sirve para mantener el prestigio social, el status…” [[vi]]

     El concepto de lo sexual como necesidad a satisfacer Krmpotic lo equipara a un bien a conseguir dotándolo de carácter destinado al consumo como si se tratara de una mercancía normal que hace su recorrido habitual a través del tráfico del mercado hasta llegar a su punto final en el que es consumido, y por ello, lógicamente, lo liga a la producción capitalista cuyo fin primordial es la de producir bienes con valor de cambio para el mercado como procedimiento para lograr el acrecentamiento de los capitales invertidos. No aparecen diferencias entre un bien de uso y un bien de cambio, si bien es cierto que todo valor de cambio tiene que poseer una parte de bien de uso, puesto que tiene que ser útil para satisfacer una necesidad, sea esta natural o creada artificialmente, puesto que si el bien con valor de cambio no satisficiera ninguna necesidad (único propósito objeto bien de uso) nadie lo querría comprar, dado que no tendría utilidad para nadie, y el consecuencia el capitalista tampoco lo querría producir.

    A nuestro juicio el planteamiento de Krmpotic es completamente erróneo, cuyo error desde nuestra óptica, parte del mismo momento en que sitúa en un plano de igualdad a la necesidad vital del sexo (que él denomina necesidad mínima) con la mercancía que circula con normalidad por el mercado capitalista, que es precisamente lo que le lleva de forma “natural” a tenerla que relacionar con la producción como consecuencia lógica, y ello induce a pensar como acertadamente afirma P.A. Serna Carmona (2013) que “… se abre una puerta a todo discurso capitalista, donde se le da al consumo un papel protagónico, no sólo en la economía sino también en las esferas sociales y políticas”, a lo que parece oportuno añadir por nuestra parte, que queriéndolo o no, de forma voluntaria o involuntaria, en Krmpotic existe cuando menos una intencionalidad implícita por naturalizar el modo de producción capitalista desde el siguiente punto de vista: si el ser humano es algo natural y una de sus necesidades también natural se la aporta el capitalismo, este puede ser considerado tan natural como el ser humano, lo que supone ni más ni menos, que una aberración científica y un disparate histórico.

   Cualquier intento de establecer un mínimo de necesidades humanas sin haber establecido previamente en qué consiste la naturaleza humana no pasa de ser un sin sentido lógico, porque cualquiera podría establecer arbitrariamente numerosas “necesidades mínimas” para cualquier individuo sin necesidad de atribuir necesariamente a tal pretensión malevolencia alguna. Para ello bastará con que no sepa diferenciar lo que es una necesidad natural de una necesidad no natural que por la costumbre él ha naturalizado. Por ejemplo, un individuo habituado a la lectura considerará perfecta y lógicamente como necesidad mínima necesaria para él el hecho de la lectura, al tiempo que otro individuo a la lectura la puede considerar también lógica y perfectamente como una absoluta e inútil pérdida de tiempo. Tampoco parece muy acertada la atribución a las preferencias o gustos personales del individuo para satisfacer sus necesidades mínimas como hace Krmpotic. Quien pase hambre involuntariamente parece evidente que no ha dejado de comer por gusto o preferencia personal.

     Krmpotic confunde o no distingue entre “necesidades mínimas” que son difíciles de determinar y absolutamente variables respecto de unos individuos a otros, de unos lugares a otros y de unos tiempos a otros, y necesidades vitales o naturales que son absolutamente determinables e invariables para cada elemento de la especie humana en cualquier circunstancia de lugar y tiempo por ser consustanciales, inseparables, del ser humano.

   Trasladar las necesidades vitales y no las “necesidades mínimas” según Krmpotic al campo de la naturaleza humana que es al que corresponde, como la alimentación y el sexo, supone inmediatamente negar radicalmente al individuo la subjetividad, gusto o preferencia personal como procedimiento para satisfacción de las mismas como afirma Krmpotic, dado que las leyes de la naturaleza que son las mismas que actúan sobre el ser humano se cumplen de manera imperativa, objetivamente, quiéralo así el individuo o no. Las únicas posibilidades que pudieran caer dentro del libre albedrio, gusto o preferencia personal del individuo respecto a sus necesidades vitales para satisfacerlas y, dentro siempre de determinados límites, es la forma de realizar el modo de su satisfacción. Por ejemplo, un individuo puede elegir entre comer carne cruda o cocinada utilizando las manos y el desgarramiento con los dientes o bien utilizando cuchillo y tenedor, pero lo que no puede hacer por mucho que lo desee o sea su gusto personal es comer noventa y cinco veces al día o, por el contario, dejar de comer más allá del tiempo que le permita su organismo seguir con vida sin comer. Respecto del sexo con algunos matices se podría decir lo mismo: puede elegir libre y voluntariamente la abstención de la realización del acto sexual de forma absoluta, en cuyo caso sus facultades y potencialidades sexuales quedarían sin desarrollar por la falta de ejercicio, y en consecuencia, su desarrollo personal quedaría menguado. Pero lo que tampoco podría hacer por mucho que fuera su deseo y gusto personal, sería realizar el acto sexual doscientas veces al día.

   Por desarrollo humano debería entenderse, a nuestro juicio, la plena realización del hombre de todas las facultades y potencialidades tanto materiales como espirituales que posee, lo que le llevaría a convertirse en el agente principal e insustituible de todo tipo de actividad económica, política e ideológica, es decir, autor de su propio destino, lo que exige la desaparición de todas sus ataduras que limiten o impidan su desarrollo integral, lo que directamente implica la extinción previa del modo de producción capitalista que impide el pleno desarrollo integral humano, puesto que este es considerado por el capitalismo como un objeto más, una mercancía, con la que tiene que traficar de manera indefectible para poder incrementar los capitales invertidos. La noción de desarrollo humano en un mundo humanizado por el trabajo consciente, libre y voluntario, que posibilite de forma real el desarrollo de todas las facultades y potencialidades que como tal tiene el sujeto, según la teoría marxista.

    Desde la óptica marxista consideramos que podría darse por refutada radical y categóricamente la postura de Krmpotic que se viene comentando, al tiempo que sirven como señal del camino a recorrer para resolver las aparentes paradojas que muy bien señala P. A. Serna Carmona (2013) entre el reconocimiento teórico prácticamente reconocido en todas partes en la cuestión del sexo como derecho, y su no aplicación en la práctica en un gran número de países.

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[[i]] Paula Andrea Serna Carmona. La sexualidad y el desarrollo humano: aproximación para una posible articulación. Revista Cultural del Cuidado. Vol. 10, nº. 2, diciembre 2013.

[[ii]] Erich Fromm. Marx y su concepto del hombre. Fondo de Cultura Económica, págs. 7-8, México, 1962.

[[iii]] Erich Fromm. Obra citada, pág. 37.

[[iv]] Erich Fromm. Obra citada, pág. 24.

[[v]] Nahum Montagud Rubio. Índice de Desarrollo Humano (IDH): qué es y cómo se calcula. Psicologíaymente.com

[[vi]] https://diegofirmiano.wordpress.com/2013/01/23/el-ataque-de-thorstein-veblen-a-la-cultura/

[[1]] Paula Andrea Serna Carmona. La sexualidad y el desarrollo humano: aproximación para una posible articulación. Revista Cultural del Cuidado. Vol. 10, nº. 2, diciembre 2013.

[[1]] Erich Fromm. Marx y su concepto del hombre. Fondo de Cultura Económica, págs. 7-8, México, 1962.

[[1]] Erich Fromm. Obra citada, pág. 37.

[[1]] Erich Fromm. Obra citada, pág. 24.

[[1]] Nahum Montagud Rubio. Índice de Desarrollo Humano (IDH): qué es y cómo se calcula. Psicologíaymente.com

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Necesitamos una “vacuna social”

 

Las causas fundamentales que determinan la salud de una población no son, como muchos piensan, la biología y genética, los "estilos de vida" o la atención sociosanitaria sino las causas sociales. Estas son generadoras de las desigualdades en salud.

Necesitamos una “vacuna social”


El Viejo Topo

5 abril, 2021

¿Cuáles son las causas de la salud? ¿Por qué enfermamos y se crean desigualdades?

Las causas fundamentales que determinan la salud de una población no son, como muchos piensan, la biología y genética, los «estilos de vida» o la atención sociosanitaria sino las causas sociales. ¿Por qué? Pues porque los factores biológicos y genéticos casi siempre se «activan» o no según el entorno, porqué las conductas asociadas con la salud, como los hábitos alimentarios o fumar, son condicionadas por la familia y el ámbito social, y porqué la atención sanitaria, a pesar de ser un servicio fundamental cuando enfermamos, contribuye relativamente poco a la salud de la población y también depende de factores socio-políticos. ¿Por qué enfermamos pues? Sobre todo a causa de los «determinantes ecosociales»: la precarización laboral, la vivienda, o la contaminación ambiental por mencionar tres factores solamente. Estos factores inciden desigualmente en los distintos grupos sociales según su clase social, género, etnia, situación migratoria y lugar donde se vive, generando desigualdades en salud. Pongamos un ejemplo. Las mujeres de las clases sociales populares tienen más obesidad debido a que, por razones sociales e históricas, sufren más discriminación y explotación laboral. Con el tiempo, muchas de estas mujeres expresarán la situación de desigualdad social en forma de trastornos metabólicos, diabetes y muerte prematura. Es por eso que decimos que la sociedad entra desigualmente dentro de nuestros cuerpos expresándose biológicamente en forma de enfermedad.

¿Los determinantes sociales de la salud se vinculan de forma intrínseca con el capitalismo?

El factor crucial que origina todo el encadenado causal de porqué estamos sanos, enfermamos o morimos prematuramente es la política. ¿Por qué? Pues porqué las ideologías y las desiguales relaciones de poder político condicionan las políticas públicas que se realizan con respecto a las políticas fiscales, el empleo, la vivienda, el medio ambiente, la sanidad, o los servicios sociales, entre otras. Cada una de estas políticas está interrelacionada y genera cambios en las formas de vivir, trabajar, consumir, relacionarnos y el entorno que, por una u otra vía, aunque no lo vemos o no seamos conscientes, afectarán nuestra vida y finalmente la salud. Además, las decisiones políticas se asocian al sistema económico y cultural que vivimos. Como ha apuntado Lula da Silva: «todo depende de la política». Pongamos un ejemplo para comprender la causalidad sistémica e histórica que va desde el capitalismo a la salud. Los parados tienen más probabilidad de estar deprimidos y abusar del alcohol. Si la situación se prolonga tienen más probabilidad de suicidarse o de sufrir una enfermedad hepática. Ahora bien, como dejaron claro los estudios de Marx o Kalecki, el paro es consustancial al capitalismo, por lo que hay un hilo más o menos directo desde la salud al capitalismo. La salud colectiva es pues un producto social muy ligado a la economía política.

Me parece una visión tan interesante como poco conocida. ¿Podría poner más ejemplos?

Sí claro, hay muchos ejemplos relacionados con la historia y evolución del capitalismo, como el neo-colonialismo, las prácticas mercantiles de los grandes oligopolios o el patriarcado. Un ejemplo es como, en pocos años, el uso masivo de azúcares añadidos a la producción industrial de alimentos «basura» realizado por las grandes corporaciones de la llamada Big Food ha creado una epidemia de sobrepeso y obesidad mundial (tal vez 1.500 millones de personas), a la vez que esto convive con el hambre y la malnutrición (alrededor de 1.000 millones de personas). Otro ejemplo es la epidemia de tabaquismo surgida durante el siglo XX, muy estrechamente relacionada con prácticas comerciales, de relaciones públicas y marketing de las corporaciones de la Big Tobacco, y el impacto criminal que desgraciadamente siguen teniendo: se estima que en el siglo XXI habrá alrededor de 1.000 millones de muertes relacionadas con el tabaco, sobre todo en los países pobres y las clases más empobrecidas del planeta. Un tercer ejemplo son las alteraciones hormonales y los cánceres producidos por la masiva exposición a productos químicos sintéticos generados y comercializados por la industria química. Y más recientemente tenemos la pandemia del coronavirus, que hace que muchas mujeres vivan bajo una crisis de salud permanente, con semanas laborales -dentro y fuera de casa- interminables que, como dice Silvia Federici, es casi equiparable a las obreras de la revolución industrial.

En el contexto de la pandemia, ¿dónde hay que situar el discurso tan reiterado por las autoridades desde el inicio de la pandemia sobre la «responsabilidad individual» para evitar el contagio? ¿Es una manera de desplazar el peso de los determinantes sociales de la salud sobre el estilo de vida personal?

El discurso hegemónico, fomentado por el poder político y reproducido por los principales medios de comunicación, habla de virus, atención médica, hospitales, tratamientos, y vacunas. En cambio, se habla menos de la prevención, y cuando se hace casi siempre tiene que ver con la responsabilidad personal. Cuando hablamos de un problema colectivo como la pandemia, con causas estructurales asociadas a la salud pública, hacer hincapié en los factores personales «culpabiliza» y no es suficientemente efectivo. Además, el individualismo nos aísla y no soluciona los problemas. ¿Qué diríamos si para hacer frente a la crisis ecológica y climática estructural que padecemos dijéramos que la solución fundamental es que cada uno recicle y ahorre algo de energía en casa? ¿Qué diríamos si para hacer frente a la epidemia tabáquica existente dijéramos que es un «problema personal» en lugar de poner leyes restrictivas, controlar los precios del tabaco o prohibir su publicidad, entre otras medidas de salud pública? Tener responsabilidad individual ante un riesgo es siempre algo importante, pero cuando hablamos de temas poblacionales como la salud pública, es imprescindible una mirada colectiva que permita comprender y actuar ante las causas sociales de fondo.

Hacía años que muchos expertos avisaban que se produciría una pandemia así. ¿Por qué el sistema de salud no estaba preparado? ¿Era demasiado hospitalocéntrico?

Desde hace al menos cuatro décadas muchos especialistas advertían que los cambios socio-ecológicos globales estaban generando un aumento de enfermedades infecciosas. Los científicos lo dijeron en sus artículos, divulgadores como Bill Gates lo comentaron, muchas instituciones internacionales, incluida la OMS, lo advirtieron. Me parece que hay tres razones principales. Primero, por la dinámica tuerta, de corto plazo, de gobiernos que demasiado a menudo actúan en forma reactiva. Es decir, se preocupan cuando truena santa Bárbara y ya tenemos un desastre encima, pero lo hacen mucho menos en planificar y anticipar problemas que pueden o no pasar. Y es que la prevención es mucho menos visible y agradecida que una actuación inmediata y a menudo se la califica de ser una acción poco o nada eficiente. Segundo, por la progresiva mercantilización y precarización durante décadas de la sanidad pública y los servicios sociales, facilitada por una visión de la salud neoliberal y las presiones del complejo farmacéutico empresarial. Tras la crisis de 2008, las políticas de «austeridad» han ido agravando la situación. Y tercero, porque se nos ha repetido que teníamos uno de los mejores sistemas de sanidad pública del mundo, y es cierto que es bueno si lo comparamos con muchos países, pero es un modelo biomédico y reduccionista, “hospitalocéntrico” y medicalizador, que se fija mucho en las enfermedades, los órganos y la tecnología y demasiado poco en el ser humano, la atención primaria, los servicios sociales, los determinantes sociales, las desigualdades y la salud pública, donde se ubican disciplinas tan esenciales como por ejemplo la salud mental, la salud laboral o la salud ambiental, entre otras muchas. Conviene repetirlo tantas veces como sea necesario: la «sanidad pública» no es igual a la «salud pública», una disciplina que tiene como objetivo vigilar y prevenir la enfermedad, y proteger, promover y restaurar la salud de toda la población pero que cuenta con muy pocos recursos (1,5 a 2% del presupuesto de salud). Paradójicamente, por tanto, la salud pública ha sido la gran ausente de esta pandemia.

Un gran número de países europeos han apostado por hacer confinamientos y restricciones, mientras que en muchos países asiáticos y Oceanía se ha apostado por la estrategia «COVID-0». ¿Cuáles han sido las diferentes estrategias que se han puesto en práctica en el mundo? ¿Por qué se ha actuado de forma tan diferente?

Si lo decimos en forma muy esquemática, podemos decir que ha habido tres modelos principales para hacer frente a la pandemia. Existe el modelo «preventivo-institucional» de muchos países asiáticos y Oceanía, como Taiwán o Nueva Zelanda, previamente alertados por anteriores pandemias. Han actuado radicalmente para eliminar la transmisión comunitaria con la estrategia ‘COVID-0’ y han hecho intervenciones rápidas y contundentes: pruebas y rastreo masivos, aislamiento de contactos, controles fronterizos estrictos y mensajes y un importante refuerzo de la salud pública. Aparte de tener un impacto en salud muy pequeño, la crisis económica debida a la pandemia también ha sido inferior. Señalemos también el éxito de Cuba o la región de Kerala en la India donde la acción colectiva comunitaria ha jugado un papel relevante. El segundo modelo es el «reactivo-empresarial» de los países occidentales y americanos, que se han centrado en un permanente bloqueo/liberación de actividades y confinamientos para minimizar los daños económicos, tratando de reducir el impacto en la salud solamente cuando el sistema sanitario, colapsado para atender a las necesidades de la población, llegaba a una situación límite. Y el último modelo es el que podemos llamar «necrofílico» representado por Trump y Bolsonaro (también Boris Johnson al principio), caracterizado por haber recortado y desmantelado todo lo que tuviera que ver con la salud pública, con una estrategia autoritaria de corte neofascista muy asociada a los intereses del capital financiero y las empresas farmacéuticas, y con un fuerte desprecio por la vida de aquellos que «no son dignos de vivir», si lo queremos decir a la manera como lo decían los nazis.

Usted ha criticado la gestión de la pandemia por parte de los Gobiernos en relación a que ha llevado a cabo acciones reactivas y deficientes. ¿Cree que se podía haber hecho mejor?

Creo que el gobierno español y el catalán (y otras comunidades autónomas, especialmente Madrid) han hecho frente a la pandemia de manera deficiente. Al principio, se pudo aducir con razón que cogió por sorpresa, y que no había, como ha reconocido el ex secretario de salud catalán Joan Guix, ni la preparación ni los recursos humanos y materiales para actuar ante un riesgo que casi todo el mundo había minimizado. Se ha abusado de eslóganes publicitarios («hay que parar juntos al virus» o «ganar esta guerra»), se ha repetido que se estaba haciendo todo lo posible para controlar la pandemia haciendo hincapié en la responsabilidad individual, improvisando, haciendo políticas reactivas, con poco liderazgo y un ojo siempre puesto en las presiones empresariales. Pero pasados ​​los meses, parece claro que ha faltado humildad y previsión, y que ha habido una incapacidad de actuar con diligencia y efectividad ante una situación de emergencia, sin que haya habido inversiones masivas en sanidad y salud pública (atención primaria, servicios sociales, rastreadores, tests, etc). Siempre es más fácil hablar que hacer, y hay que decir que en algunos lugares se han hecho bastantes acciones, como por ejemplo el Ayuntamiento de Barcelona, ​​que ha hecho un esfuerzo social importante, pero creo que en general, en una situación de grave emergencia y de colapso de los servicios sanitarios y sociales, ha faltado planificación, coraje, y capacidad de decisión para actuar ante una situación de emergencia poblacional. Esto quiere decir que se ha hecho hincapié en la «solución» de hacer confinamientos y restricciones, total o parciales, cuando la pandemia se acelera y crece, en lugar de poner en marcha una estrategia radical, utilizando con rapidez y eficiencia todos los instrumentos de que dispone la salud pública y comunitaria: planificación, vigilancia y análisis epidemiológico, educación sanitaria comunitaria, análisis de los determinantes sociales y equidad, implicación masiva de la comunidad, entre otras herramientas y estrategias. En definitiva, los países occidentales optaron por una visión de «convivir con el virus» con confinamientos y restricciones, en lugar de querer controlarlo y eliminarlo con una estrategia integral de salud pública «COVID-0». Esto ha producido un desastre social y de salud pública, con numerosas consecuencias que sólo empezamos a conocer.

¿Cuáles deberían haber sido a su juicio las acciones más prioritarias? ¿Qué decir del futuro?

Con el paso del tiempo espero que tendremos una evaluación crítica e integral de lo que se ha hecho, pero creo que hay seis puntos prioritarios. Primero, ha faltado una visión más sistémica e integrada de la pandemia, con un conocimiento de salud pública y las ciencias sociales más adecuado y profundo de lo que se ha tenido. Segundo, una mejor gestión con más liderazgo y coordinación, y con una visión más preventiva que reactiva. Tercero, una acción más transparente y democrática, con campañas educativas comunitarias desde el principio, con temas clave como la prevención, el riesgo, la estigmatización, evitar las fake news, etc. Cuarto, haber fortalecido de forma urgente y contundente las residencias, la salud comunitaria, servicios sociales, la atención primaria y la salud pública, con la contratación masiva de rastreadores y pruebas diagnósticas, en lugar de seguir mercantilizando la sanidad con subcontrataciones a empresas privadas. Quinto, había que haber pensado más en las desigualdades, invirtiendo masivamente en la protección social y económica de población “vulnerada” más que vulnerable, sobre todo en las poblaciones y barrios más desfavorecidos y quienes viven sin hogar. Se han hecho cosas, claro, pero ha sido muy insuficiente. Y sexto, había que haber ayudado a generar una participación más activa de la comunidad fomentando acciones solidarias y de apoyo social colectivas, tal y como ha sucedido en algunos países. Cara al futuro, además de una evaluación detallada de los impactos de la pandemia, habrá fortalecer y desarrollar una agencia nacional de salud pública capaz de prevenir y controlar las muchas amenazas a la salud pública existentes y las futuras pandemias que muy probablemente vendrán. En este sentido, habrá que invertir mucho más en recursos materiales y disponer de personal entrenado en salud pública, mejorando y ampliando los programas de formación y los sistemas para vigilar y responder frente nuevas pandemias.

¿Será la vacuna la solución a la crisis sanitaria? ¿A quién favorece el «modelo hegemónico de salud» al que se ha referido? ¿Cómo se podría garantizar un acceso equitativo si, en último término, está en manos de las farmacéuticas?

Las vacunas disponibles son seguras y efectivas a corto plazo, pero hay muchas preguntas que aún debemos hacer sobre la duración de su inmunogenicidad y su efectividad ante las variantes y posibles mutaciones del coronavirus. Ahora bien, la vacunación del mundo no es un tema científico o sanitario sino sobre todo geopolítico. A inicios de marzo, se habían puesto en el mundo unas 4 dosis por cada 100 personas, con una gran desigualdad, ya que en muchos países no había todavía vacunados. El mismo director de la OMS dijo que «el mundo se encuentra al borde de un fracaso moral catastrófico». ¿Por qué? Pues porque las inversiones en la investigación de vacunas han sido sobre todo públicas, pero la producción y comercialización está en manos privadas debido al acuerdo de 1995 sobre los «Derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio» de la OMC (TRIPS), que impone los intereses de las multinacionales farmacéuticas sobre los estados, en especial del sur, que son dependientes de patentes y licencias sobre productos, vacunas y fármacos. Las grandes farmacéuticas gastan mucho en publicidad y no en medicamentos y vacunas que no les son rentables pero que son absolutamente vitales para la sociedad. La geopolítica sanitaria que impone el complejo médico farmacéutico financiero global (el Big Pharma) controla el consumo masivo de fármacos y tecnologías sanitarias, defiende sus intereses con una gran influencia sobre los estados, y genera enormes beneficios. La India, Sudáfrica y 90 países más han tratado de suspender los acuerdos de propiedad durante la pandemia, pero la Unión Europea, EE.UU. y otros países anglosajones se opusieron. De esta dinámica sólo escapan Rusia, China y Cuba, pero algunas de sus vacunas también se encuentran mercantilizadas y asociadas a laboratorios privados nacionales de la India, Brasil, Argentina, entre otros.

¿Puede poner más ejemplos del poder corporativo de esas empresas?

El 60% de la financiación de la Alianza para las Vacunas (GAVI) proviene de las corporaciones farmacéuticas y de donantes de países ricos que, al estar presentes en los comités de expertos, defienden los intereses de la industria. La «Coalición para las Innovaciones en la Preparación ante Epidemias» (CEPI) creada en el año 2015 por el Foro Económico de Davos con la ayuda de la Fundación Gates y el Fondo Wellcome Trust (un fondo de la corporación GlaxoSmithKline), anunció un plan de vacunación global. El Fondo de Acceso Global para Vacunas COVID-19 de la OMS llamado COVAX, junto con la GAVI y la CEPI, hace que los derechos de «patentes» de las vacunas sigan una lógica mercantil, por lo que sólo suministran vacunas en forma limitada en los países pobres, y no como «un derecho», sino como una forma geopolítica caritativa de tipo colonial donde los países compiten por separado para conseguir cuotas de dosis. No es extraño pues, que la inmensa mayoría de vacunas disponibles hayan ido a parar a los países occidentales ricos (y dentro de ellas a menudo los más privilegiados). Cabe decir también que el 80% del presupuesto de la propia OMS depende de donaciones y no de los Estados (la Fundación Gates por ejemplo paga el 90% de su programa de medicamentos), lo que muestra su grado de dependencia de los intereses de la industria y medios privados. Es fundamental democratizar la vacunación, convirtiéndola en un bien común de toda la humanidad. Y para hacer esto, habrá que generar una respuesta geopolítica que libere las patentes, creando una asociación de países del sur con soberanía para producir y distribuir vacunas para todos.

Esto quiere decir que hacer un cambio social y político, radical y profundo, sería «la vacuna» más eficaz y que es fundamental democratizar la vacunación, convirtiéndola en un bien común de toda la humanidad. Habrá que generar una respuesta geopolítica que libere las patentes, y crear una asociación de países del sur con soberanía para producir y distribuir vacunas para todos. Algunos casos que pueden ir en esta dirección son la posible distribución de vacunas fabricadas en la India (el país que más fabrica), el desarrollo de la vacuna cubana «soberana 02» para la población, turistas y otros países o que, bajo el ALBA, Cuba y Venezuela quieren crear un banco de vacunas para los países pobres. En definitiva, necesitamos una “vacuna social”.

En su último libro «La salud es política» (Icaria), profundiza en que hay que impulsar un cambio de modelo a gran escala para hacer frente a las crisis que vendrán, derivadas en buena parte del colapso ecológico. ¿Pero cómo empezar a hacer ese cambio dentro de un marco capitalista que prioriza los beneficios por encima de todo?

La pandemia es un baño de humildad que nos debería hacer comprender que somos parte de la naturaleza, y que cuando la dañamos también nos dañamos a nosotros. Somos frágiles, y somos dependientes. Ahora bien, esto no es suficiente para hacer los cambios que necesitamos ya que las inercias económicas, políticas y culturales existentes hacen que sea muy difícil cambiar. El neoliberalismo destruye la vida, pero también «infecta» nuestras mentes dificultando comprender lo que sucede. Esto significa que, si queremos cambiar, la conciencia social sobre las causas y efectos profundos de la pandemia debe aumentar. Con el fin de lograr un cambio profundo, será necesario, como casi siempre en la historia humana, hacerlo con lucha social. La emergencia climática y la crisis ecosocial y energética que padecemos -y padeceremos- serán infinitamente peores que la pandemia. Y es que la constante acumulación, crecimiento ilimitado y despojo de bienes comunes del capitalismo es nuestro peor «virus». Las reformas son cruciales, pero habrá que realizar cambios sistémicos muy profundos. O bien cambiamos radicalmente, o vamos camino de la extinción humana, o en todo caso un genocidio y ecocidio masivos.

En un mundo sometido a múltiples y casi inevitables crisis ecosociales sistémicas, hay que «cambiarlo todo», dicen las feministas. Debemos reinventar -y debemos hacerlo pronto- la organización de la producción y la reproducción social haciendo una revolución económica, política y cultural. ¿Cómo hacer este cambio? Propongo cuatro de los elementos que creo esenciales. Primero, experimentar como vivir de una manera diferente, con cooperativas de producción y consumos, nuevas formas de vida y relaciones donde la libertad de unos no dependa del sufrimiento de los demás. El gran escritor portugués José Saramago dijo: si no cambiamos de vida no cambiaremos la vida. Segundo, aumentar la conciencia de la crisis sistémica que nos rodea y que es posible vivir bien de otra manera, con menos consumo, de forma más saludable, humana y realmente sostenible. Esto significa una reeducación ciudadana política y cultural muy profunda. Tercero, crear grupos de análisis (think tanks) potentes que hagan análisis críticos y propuestas de actuación políticas más adecuadas; Y cuarto, juntarse y movilizarse continuamente con movimientos sociales a la vez descentralizados y coordinados, que conecten todas las luchas, que sean «glo-locales», capaces de crear formas colectivas para presionar y cambiar la política institucional. Hacer estos cambios nos costará mucho pero no hacerlos aún nos costará más.

(Partes de esta entrevista fueron utilizadas en el reportaje de Emma Pons “¿Por qué la covid no nos iguala? La relación entre la salud y el código postal”, publicado en catalán y castellano en el diario Público y en la revista Quinze de Público, n. 73, 19/25-03-2021. Accesible en: https://www.publico.es/public/per-covid-no-ens-iguala-relacio-salut-i-codi-postal.html; y en https://www.publico.es/sociedad/desigualdades-covid-19-covid-no-iguala-relacion-salud-codigo-postal.html?utm_source=twitter&utm_medium=social&utm_campaign=publico).

Artículo publicado originalmente en Sin Permiso.

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