martes, 2 de marzo de 2021

Lo Ecológico. Y es que pasa eso, que cuando te pones a descubrir lo descubierto, pues nada, que te topas con el marxismo. Ese marxismo que dicen que ha muerto (a la ignorancia ahora le dicen: el marxismo ha muerto). Si ya me pasó a mí una vez que se me calentaron los sesos, se me enciende la bombilla, me viene la inspiración en forma de idea longitudinal al cuadrado, y voy y me digo: coño, esto lo invento yo. Y me lío con rumbo a la ciencia: tina, tana, tina, tana, a descubrir la fórmula del barro, y joder, cuando la descubro: tierra monda y lironda + agua corriente, de esa que no mata a la gente, resultó que eso ya lo había inventado Dios seis días después, creo, de haber inventado la Tierra, o sea, que me ganó por la mano, porque estas cosas del invento tienen eso: que no te puedes fiar ni de Dios, que en cuanto te descuides: ¡ñaca!, el primero que te la clava para desgraciarte el invento. Pues ya van a ver ustedes el día que incluso los marxistas nos pongamos a leer a Marx y, a entenderlo, porque claro, si no se entiende hacemos un pan como una hostia, la cara que se nos va a quedar cuando nos enteremos de que el marxismo es una ciencia (el materialismo histórico) de aplicación universal, que incluso la aplica el señor antimarxista de toda la vida o el propio caballo de Santiago Abascal, trote o no trote.

 

El marxismo y los orígenes de la crítica ecológica

Fuentes: La izquierda diario

El libro El retorno de la naturaleza, de John Bellamy Foster, muestra el rol jugado por biólogos y científicos de otras disciplinas con una mirada materialista no mecánica, junto a varios marxistas, en la puesta en pie de las bases de la ecología, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX.



El libro El retorno de la naturaleza. Socialismo y ecología [1], de John Bellamy Foster (en adelante JBF), retoma el hilo histórico donde el autor lo había dejado hace 20 años en La ecología de Marx, que, como indica su nombre abordaba los aspectos en los que la crítica de la economía política de este último ponía de relieve las consecuencias del desarrollo del capitalismo en el metabolismo natural. En su nuevo trabajo, JBF muestra cómo continuó elaborándose, después de Marx, el estudio de la naturaleza desde una mirada materialista, no mecanicista, entendiéndola como una totalidad jerarquizada, que no es estática sino que está en permanente transformación.

Entre finales del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, período en el que se concentra el libro, esta ambiciosa empresa fue nutrida por aportes de numerosos científicos y otros intelectuales, que al mismo tiempo que jugaron roles claves en el desarrollo de la biología y otras ciencias, discutieron sobre los modos de hacer ciencia, criticando al mismo tiempo a los defensores de miradas idealistas, como a quienes tenían un punto de vista materialista mecanicista. Como cuenta el autor en la introducción del libro, la amplitud de la elaboración de la que era necesario dar cuenta obligó a reformular completamente el plan inicial de trabajo, para dar voz a más de una decena de protagonistas –y a una multitud de “actores de reparto” cuya vida y obra también se cuenta escuetamente– a través de los cuáles se construye la narrativa. Como advierte, los pensadores

que constituyen el punto focal de este libro son bastante variados, desde el darwinista de izquierda E. Ray Lankester y el romántico-marxista Morris en la primera parte, hasta el materialista histórico clásico Friederich Engels en la segunda parte, y el socialista de estilo Fabiano y ecologista Arthur Tansley, los científicos rojos JD Bernal, JBS Haldane, Joseph Needham, Hyman Levy y Lancelot Hogben, y el materialista cultural Christopher Caudwell en la tercera parte (p. 4).

Tenemos científicos, pero también artistas y escritores como Morris y Caudwell, y al dirigente revolucionario Engels. Más allá de las amplias diferencias entre ellos, JBF considera que “todos entraban en la categoría de socialistas materialistas preocupados por la interpenetración dialéctica de la naturaleza y la sociedad, y las complejas relaciones de evolución y emergencia” (p. 4).

El retorno de la naturaleza tiene un foco geográfico bien delimitado, que es Gran Bretaña. Por varios motivos que expone al comienzo del libro, JBF elige ceñirse a este recorte espacial. Entre ellos destacan: que en ese país se podía ver como en ningún otro “el desarrollo de una herencia intelectual basada directamente tanto en Marx como en Darwin” (p. 9); los vínculos entre el movimiento romántico, el marxismo y la ecología eran allí particularmente fuertes, lo que se plasmó especialmente en la obra de William Morris; y, finalmente, que entre los marxistas británicos, en particular, había una fuerte corriente de “marxismo emergentista”, cuyas raíces “se remontan al antiguo materialismo epicúreo, inspirado en parte por el conocimiento de los propios estudios de Marx sobre el epicureísmo” (p. 9). Solo la intempestiva llegada, en 1931, de una destacada delegación rusa para participar del Segundo Congreso Internacional de Historia de la Ciencia y la Tecnología, amplía este espectro y lleva a JBF a dirigir su mirada a los notables desarrollos que estaban teniendo lugar en la URSS. Estos serían abruptamente interrumpidos en los años que siguieron a ese Congreso: los juicios de Moscú llevaron al fusilamiento del más prominente miembro de la delegación, Nikolai Bujarin. El resto de los participantes terminaron desplazados como resultado de la consolidación de Trofim Denisovich Lysenko, quien con el apoyo de Stalin impondría una línea oficial en la ciencia basada en el esquematismo. Las reflexiones sobre el método científico que produjeron alto impacto en los británicos presentes en el Congreso de 1931, serían cortadas de cuajo en la URSS.

Como irá revelando JBF a lo largo de más de 700 páginas, cada uno de los pensadores abordados contribuyó a enriquecer el pensamiento ecológico desde perspectivas críticas del capitalismo, sentando las primeras bases para la crítica ecológica, en una época en la cual los problemas ambientales no eran considerados con la urgencia y jerarquía que hoy tienen. Desde el espectro socialista hubo acá una labor pionera, que en las narrativas contemporáneas de las disciplinas que abordan las cuestiones ambientales suele quedar desdibujada.

Si a menudo se ha considerado que la ecología surgió en un universo liberal, divorciada del socialismo, nuestro análisis muestra que esta ideología recibida está lejos de la verdad, y que la ecología estaba en sus inicios profundamente entrelazada con las luchas por la igualdad humana y la revuelta contra la sociedad capitalista (p. 25).

Ya solo por mostrar esto de manera contundente, el libro de JBF sería una gran contribución. Pero la recuperación de esta rica empresa teórica de numerosos investigadores que buscaron profundizar la comprensión de la naturaleza en su complejidad y evolución, su interacción con el metabolismo social y que apostaron también a la transformación de la sociedad –capitalista– de su tiempo en un sentido progresivo, más allá de los diversos caminos que se dieron para ello, es un gran aporte para abordar hoy la cuestión de la relación entre el metabolismo social y el metabolismo natural, que está al borde de un desequilibrio catastrófico como resultado de la dinámica desquiciada que impone el capitalismo.

La naturaleza, compleja y dinámica

Los protagonistas de la historia que relata El retorno... contribuyeron a enriquecer y desarrollar la concepción sobre naturaleza como una realidad compleja, en constante cambio e interacción con las sociedades humanas. Aportaron a este bagaje ya fuera a través de su producción teórica en ámbitos científicos específicos, o a través de reflexiones más generales sobre el lugar de la ciencia y los efectos de la acción de la humanidad sobre la naturaleza, de la cual es parte.

Es bueno detenerse en lo que decía Friedrich Engels, quien está literalmente en el centro del libro de JBF por el impacto que produjo su elaboración en buena parte de quienes son allí nombrados, y cuya obra destaca por la importancia fundamental que otorgó siempre a la crítica a los efectos que produce el capitalismo sobre el ambiente –urbano y rural– y por su profundo conocimiento de la ciencia de su época sobre la cual debatió en varias ocasiones, para darse una idea del alcance del cambio de enfoque sobre la naturaleza que se produjo entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX.

En sus apuntes publicados póstumamente como Dialéctica de la naturaleza, obra fragmentaria e incompleta compuesta de diferentes borradores y partes del Anti-Dühring, Engels sintetiza en algunas páginas los formidables avances alcanzados por la “moderna investigación de la naturaleza”, iniciada en la segunda mitad del siglo XV, que “es la única”, en su opinión “que ha logrado un desarrollo científico, sistemático, en todos y cada uno de sus aspectos”. Esto la distingue principalmente de “las geniales intuiciones de los antiguos en torno a la filosofía de la naturaleza” [2]. Al mismo tiempo que se producen avances revolucionarios en numerosos ámbitos, observa Engels, el período que transcurre hasta finales del siglo XVIII se caracteriza por

haber llegado a desentrañar una peculiar concepción de conjunto, cuyo punto central es la idea de la absoluta inmutabilidad de la naturaleza. Cualquiera que fuese el modo como había surgido, la naturaleza, una vez formada, permanecía durante todo el tiempo de su existencia tal y como era […] Por oposición a la historia de la humanidad, que se desarrollaba en el tiempo, a la historia de la naturaleza se le asignaba solamente un desarrollo en el espacio. Se negaba en la naturaleza todo lo que fuese cambio y desarrollo [3].

Por eso, si las ciencias naturales de la primera mitad del siglo XVIII estaban por encima de la antigüedad griega en punto al conocimiento e incluso a la clasificación de la materia”, se hallaban “por debajo de ella en cuanto al modo de dominarla idealmente, en cuanto a la concepción general de la naturaleza” [4].

Engels celebra, en Dialéctica de la naturaleza, los nuevos descubrimientos y elaboración teórica que desde la segunda mitad del siglo XVIII estaban volviendo insostenible esta mirada estática. En la física y la astronomía, en la naciente geología, en la biología con la teoría de la evolución de Darwin y algunas contribuciones que la precedieron, surgía otra percepción completamente distinta, más rica, compleja y dinámica.

La nueva concepción de la naturaleza había quedado delineada en sus rasgos fundamentales: todo lo que había en ella de rígido se aflojaba, cuanto había de plasmado en ella se esfumaba, lo que se consideraba eterno pasaba a ser perecedero y la naturaleza toda se revelaba como algo que se movía en perenne flujo y eterno ciclo [5].

El hilo de El retorno…, o, para ser más precisos, uno de ellos, muestra cómo los biólogos, genetistas y científicos de otras disciplinas, que iniciaron su labor influenciados por esta nueva concepción, continuaron nutriéndola con nuevos descubrimientos que hicieron avanzar sus respectivas áreas, al tiempo que abrían además la puerta a nuevos problemas, entre ellos, el de la ecología. Vamos a detenernos en algunos de ellos.

E. Ray Lankester, de cuya labor da cuenta JBF en el primer capítulo del libro, continuó los estudios sobre la evolución. Uno de sus trabajos más importantes, titulado Degeneration: A Chapter in Darwinism, muestra que la evolución “no es un proceso unilineal de progreso de formas más simples a otras más complejas” (p. 40). Lankester afirmaba que existen tres posibilidades en la evolución de las especies: equilibrio, elaboración o degeneración. Esta última era definida como “un cambio gradual en la estructura en el que el organismo se adapta a condiciones menos variadas y menos complejas de vida” [6]. En opinión de JBF, este rechazo a una visión lineal “es el punto de partida necesario para cualquier crítica ecológica” (p. 40).

El concepto de ecosistema fue por primera ver formulado por el botanista Arthur Tansley, en un artículo en el que polemizaba con John Philips, que defendía una postura holista (cuyo punto de partida es la totalidad, que es más que la suma de las partes) e idealista, inspirada en Jan Smuts. Para el holismo, los sistemas, que son el punto de partida del análisis, tienden a convertirse en abstracciones, y se les otorga un sentido predeterminado que produce siempre una evolución progresiva. Una de las principales consecuencias que tenía este enfoque en el terreno de la botánica, en el que Tansley y Philips debatían, era el de descartar cualquier línea de evolución regresiva, ya fuera “sucesión retrógrada” o “disrupciones externas”. Estos últimos conceptos, tratados por varios biólogos materialistas continuando la línea abierta por Lankester y otros autores, abrían la posibilidad de distintos resultados evolutivos. Es en contraposición al planteo de Philips que Tansley introduce por primera vez el concepto de ecosistema, “como una forma –sostiene JBF– de avanzar en el análisis ecológico sin ceder paso al idealismo, al misticismo y a la teolología” (p. 523). De acuerdo a Tansley, el objetivo del análisis botánico debe ser

todo el sistema (en el sentido de la física), que incluye no solo el complejo del organismo, sino también todo el complejo de factores físicos que forman lo que llamamos el entorno del bioma: los factores del hábitat en el sentido más amplio. Aunque los organismos puedan reclamar nuestro interés principal, cuando intentamos pensar fundamentalmente no podemos separarlos de su entorno especial, con el que forman un sistema físico […] Estos ecosistemas, como podemos llamarlos, son de los más diversos tipos y tamaños. Forman una categoría de los numerosos sistemas físicos del universo, que van desde el universo como un todo hasta el átomo [7].

Además del cuestionamiento a cualquier postura teleológica, Tansley presenta acá la noción de la naturaleza como una totalidad estructurada por sistemas de distinto alcance o jerarquía, cada uno de los cuales tiene propiedades específicas, que ya había trabajado en oportunidades anteriores. Existe entre los niveles relaciones de mutua determinación, aunque en diversos grados. Como observa JBF, un “aspecto importante, dialéctico, del enfoque de Tansley era la acción recíproca de los diferentes componentes” (p. 524). Esto lo observamos cuando Tansley señala que

el complejo climático tiene más efecto sobre los organismos y sobre el suelo de un ecosistema que estos sobre el complejo climático, pero la acción recíproca no está del todo ausente […] Con lo que tenemos que lidiar es con un sistema, del cual las plantas y los animales son componentes, aunque no los únicos componentes. El bioma está determinado por el clima y el suelo y a su vez reacciona, a veces y en cierta medida sobre el clima, siempre sobre el suelo [8].

Tan importantes como las elaboraciones mencionadas acá, son las de John Desmond Bernal, John Needham, John B. S. Haldane, y varios otros.

El discurso del método

Una cuestión central que une las reflexiones de muchos de los autores citados a lo largo del libro de JBF es la cuestión del “emergentismo”. Esta noción, ya presente en Engels, implica, como sostiene Zbigniew A. Jordan, que

la realidad material tiene una estructura multinivel; cada uno de estos niveles se caracteriza por un conjunto de propiedades distintivas y leyes irreductibles; y cada nivel ha surgido de niveles temporalmente anteriores de acuerdo con leyes que son absolutamente impredecibles con respecto a las que operan en los niveles inferiores [9].

Esta manera de entender la realidad material, con las conclusiones que se desprenden de ello al momento de estudiarla, es un punto sobre el que hacen hincapié varios de los pensadores en las citas que recupera JBF. El ya mencionado Tansley, se apoya en la teoría de Hymen Levy que caracteriza la naturaleza como un conjunto de sistemas jerarquizados e interdependientes. Partiendo de allí, sostiene que el método de la ciencia “es aislar los sistemas mentalmente con fines de estudio, de modo que la serie de aislamientos que hacemos se convierta en el objeto real de nuestro estudio”. El sistema aislado, siempre es necesario tenerlo presente, es parte de una realidad mayor con la cual está relacionada e interactúa: “los sistemas que aislamos mentalmente no solo se incluyen como partes de otros más grandes, sino que también se superponen, se entrelazan e interactúan entre sí. El aislamiento es en parte artificial, pero es la única forma posible de proceder” [10].

JBF retoma lo planteado por Levy y Tansley para concluir:

El método científico-materialista utiliza la abstracción como un método para determinar las leyes científicas mediante las cuales los complejos de la naturaleza pueden aislarse para su análisis e investigación. Además, si existe algún enfoque significativo para examinar la naturaleza, radica en reconocer que el mundo está en un estado de cambio constante, de modo que el conocimiento sobre él, en el mejor de los casos, se refiere a procesos y leyes que solo se mantienen en determinados niveles de abstracción (p. 517).

Encontramos, en las discusiones reseñadas en El retorno…, numerosos aspectos que se vinculan al método científico que Marx plantea en la Introducción de los manuscritos económicos de 1857-1858, publicados póstumamente con el título de Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858. Allí Marx plantea que la realidad material concreta es una totalidad jerarquizada, y que para comprenderla –es decir, reproducir ese concreto real como un concreto pensado, que es como la ciencia logra apropiarse de la realidad– es necesario proceder a través de abstracciones, es decir, primero descomponer ese concreto en sus determinaciones más simples, para luego reconstruir las relaciones entre esas determinaciones, una vez comprendidas aisladamente, para reconstruir –en el pensamiento– las relaciones que constituyen esa totalidad compleja.

Dialéctica de la naturaleza

La cuestión de la dialéctica de la naturaleza atraviesa El retorno… de principio a fin. De las tres partes del libro, una entera está dedicada a los aportes de Engels, y un capítulo entero a la mirada de Engels sobre la dialéctica de la naturaleza.

Como es ampliamente conocido, desde la década de 1920 la noción de una dialéctica de la naturaleza se transformó en una divisoria de aguas entre los teóricos marxistas. Como observa JBF

Para aquellos versados en los debates filosóficos en torno al marxismo, ninguna cuestión ha sido más polémica que la dialéctica de la naturaleza, cuyo rechazo inflexible ha separado la tradición filosófica conocida como “Marxismo Occidental” del marxismo de la Segunda y Tercera Internacional, mientras que también abrió una brecha entre Marx y Engels.

Con esto último se refiere JBF a la interpretación, que se volvió común desde entonces, según la que habría sido Engels el responsable de extender la dialéctica a los terrenos de la naturaleza, camino que Marx no habría suscrito.

El rechazo a la dialéctica de la naturaleza “tuvo como resultado un abandono casi total de cualquier conexión con las ciencias naturales (visto como intrínsecamente positivista) dentro del Marxismo Occidental”.

JBF argumenta que las corrientes marxistas que rechazaron la dialéctica de la naturaleza introducían un dualismo neokantiano “que separaba los fenómenos que pueden ser experimentados del noúmeno, o cosa-en-sí”.

Esto se traspuso luego en el marxismo occidental a la noción de que las ciencias sociales / históricas eran reflexivas, con un sujeto-objeto idéntico [...], mientras que las ciencias naturales se basaban en un positivismo ingenuo, incapaces de reconocer las limitaciones inherentes de nuestro conocimiento del mundo físico, y la imposibilidad de un razonamiento dialéctico donde la reflexividad no aplicaba.

Georg Lukács, en una nota al pie de Historia y conciencia de clases (1921), fue uno de los primeros en objetar la dialéctica de la naturaleza y dio así el puntapié inicial a las críticas a Engels. Se trata de un caso paradojal, entre otras cosas por la inspiración hegeliana de ese texto, es decir, opuesta en principio al neokantismo. Varias décadas después Lukács corregirá su postura en este punto. En La ontología del ser social cuestionaría la interpretación a la cual su comentario en Historia y conciencia de clases había dado pie, manifestando que su crítica a Engels en ese texto no implicaba un rechazo total a la noción de la existencia de una “dialéctica objetiva”. Entonces Lukács se referirá a una “tipología” de formas dialécticas entre las que se incluye la dialéctica objetiva de la naturaleza. De acuerdo con JBF, esta tipología de Lukács “podría verse en términos de una jerarquía estructurada [...] que incluye tanto la dialéctica objetiva de la naturaleza como la dialéctica de la historia humana”. A la pregunta de cómo puede conocerse esta dialéctica objetiva, Lukács respondía que esto ocurría principalmente de dos formas. En primer lugar,

dado que la vida humana [el trabajo] se basa en un metabolismo con la naturaleza, no hace falta decir que ciertas verdades que adquirimos en el proceso de llevar a cabo este metabolismo tienen una validez general, por ejemplo, las verdades de las matemáticas, la geometría, la física, etc. [11].

En segundo lugar, en lo referente a la experimentación científica,

Lukács argumentó, en línea con Engels, que la experimentación científica, que implica la interacción con la naturaleza en condiciones controladas, puede proporcionar información sobre la dialéctica objetiva de la propia naturaleza y sus leyes siempre cambiantes, aunque el conocimiento derivado de tales experimentos y de la práctica industrial tenía que ser críticamente evaluado como mediado ideológicamente (p. 21).

Para el Lukács tardío “el metabolismo entre la humanidad y la naturaleza estaba condicionado por la dialéctica de la naturaleza y, al mismo tiempo, era la fuente de la comprensión humana de esa ‘dialéctica objetiva’” (p. 22).

Esta dialéctica de la naturaleza nunca estuvo en discusión para la mayor parte de los pensadores cuya trayectoria recorre el libro de JBF. Veamos lo que decían algunos de ellos sobre la cuestión. Needham afirmaba respecto del proceso dialéctico que

Marx y Engels fueron lo suficientemente audaces para afirmar que ocurre realmente en la propia naturaleza en evolución, y que el hecho indudable de que ocurre en nuestro pensamiento sobre la naturaleza se debe a que nosotros y nuestro pensamiento somos parte de la naturaleza. No podemos considerar la naturaleza de otra manera que como una serie de niveles de organización, una serie de síntesis dialécticas. De la última partícula física al átomo, del átomo a la molécula, de la molécula al agregado coloidal, del agregado a la célula viva, de la célula al órgano, del órgano al cuerpo, del cuerpo animal a la asociación social, la serie de niveles organizativos es completa. Nada más que la energía (como ahora llamamos a la materia y al movimiento) y los niveles de organización (o las síntesis dialécticas estabilizadas) en diferentes niveles han sido necesarios para la construcción de nuestro mundo [12].

Bernal daba cuenta de un aspecto de la dialéctica de la naturaleza al explicar los efectos acumulativos que pueden tener los residuos que deja todo proceso natural, generando en ocasiones tendencias que se oponen a dicho proceso:

Dado cualquier sistema, no un sistema estático, porque […] los sistemas estáticos son meras abstracciones, dado cualquier sistema, entonces, además de la actividad principal del sistema, siempre quedarán ciertos efectos acumulativos residuales. Ahora bien, estos efectos residuales se pueden dividir en los que contribuyen a la actividad principal y los que se oponen a ella. El primero puede considerarse simplemente parte de la actividad principal; pero estos últimos están destinados, con tiempo suficiente y en ausencia de perturbaciones externas, a acumularse hasta tal punto que toda la naturaleza del sistema y su actividad se transforman. En el caso más simple posible, esto es simplemente una explicación de los cambios oscilatorios que se repiten universalmente. Cualquier proceso, una vez puesto en marcha por un impulso inicial, continúa en ausencia de fuerzas externas hasta que, superando su posición de equilibrio como resultado de su propio impulso, se detiene y se invierte. Pero en casos más complicados, en lugar de un mero movimiento oscilatorio de ida y vuelta como el tipo de cambio cíclico que ocurre en todas partes, obtenemos, como resultado de la oposición y la detención de la actividad primaria, una nueva y cualitativamente diferente [13].

La cuestión de la dialéctica de la naturaleza, como ya señalamos, atraviesa todo el libro. No todos los pensadores mencionados abrazan abiertamente la idea. Pero aun los más reacios a adoptarla como una formulación general, muestran en sus investigaciones nociones que se aproximan a la visión dinámica, compleja, estructurada, y en interacción con el metabolismo social de la que buscaba dar cuenta Engels. Y todos, sin excepción, aportaron a enriquecer el enfoque materialista no mecánico, opuesto tanto al idealismo como al empirismo.

Auge y ocaso de la “ciencia para el pueblo”

Los años de la Segunda Guerra Mundial serían el momento en el cual la izquierda científica en Gran Bretaña, que era mayormente parte del Partido Comunista (PCGB), alcanzó mayor influencia, que enfrentó desde el primer momento la oposición decidida de liberales y conservadores [14]. Autores como Bernal, Needham, Hogben y otros, eran parte de una corriente extendida que jugaba un rol destacado en la investigación en las más diversas áreas al mismo tiempo que levantaban la perspectiva de una transformación social y de poner los conocimientos al servicio de la sociedad. Enfocados en los debates sobre la ciencia y sin poner en cuestión los marcos estratégicos del PCGB, pusieron sobre el tapete el rol social que tenían los científicos y su producción. En su libro El rol social de la ciencia , Bernal afirma la perspectiva de una “ciencia para el pueblo”, que está indisociada de una transformación de raíz de la propia sociedad. Si bien Bernal reconocía la importancia de la libertad en la ciencia, objetaba la pretensión de la “ciencia pura” a las que se apelaba para impugnar cualquier discusión sobre el rol de la ciencia. Estas pretensiones de una ciencia pura en las condiciones del capitalismo imperialista, no eran más que una forma de desentenderse del hecho de que lo que caracterizaba el período era “la tendencia creciente al monopolio nacional de la ciencia en interés del poder estatal, económico y militar”. Bernal concluía que así como la revolución burguesa había sido esencial para el desarrollo de la ciencia, “dándole, por primera vez, un valor práctico, la importancia humana de la ciencia trasciende en todos los sentidos a la del capitalismo [...] el pleno desarrollo de la ciencia al servicio de la humanidad es incompatible con la continuidad del capitalismo” [15].

El ascendiente de este grupo de científicos, sufrió duros reveses en los años de la Guerra Fría, hostigados por el Estado y enfrentados a los científicos conservadores y liberales, los cuáles contaron incluso con amplio financiamiento de organizaciones vinculadas a la CIA estadounidense (p. 695). Pero su pérdida de influencia también tendría lugar, en las décadas siguientes, en los ámbitos de la izquierda. La denuncia de los crímenes de Stalin realizada por Nikita Kruschev en su discurso de 1956, y la ocupación de Hungría por parte de la URSS ese mismo año, llevarían en todo el mundo a la ruptura de amplios sectores con los Partidos Comunistas. En Gran Bretaña, un quinto de la militancia del PCGB lo abandonó de forma inmediata. Muchos intelectuales que dejaron el partido dieron vida a la Nueva Izquierda, que fundaría la icónica revista New Left Review. La segunda generación de la New Left, que surgirá en los años 1960 ya sin ningún lazo de militancia en el PCGB, emergió “principalmente en filosofía, historia y estudios culturales, dentro de lo que se entendía como ‘marxismo occidental’, definido en gran medida por su rechazo a la dialéctica de la naturaleza y, por tanto, al materialismo dialéctico” (p. 719). Buena parte del bagaje producido por estos científicos de inclinación socialista durante la primera mitad del siglo XX entró parcialmente en el olvido.

El (necesario) retorno de la naturaleza

En los años 1960 y 1970, durante los cuáles los procesos revolucionarios atravesaron todo el planeta, la crítica ecológica empieza a tener un vigoroso desarrollo. La amenaza nuclear es uno de sus principales disparadores, dando lugar a un movimiento por la paz y el desarme que tuvo a Bernal entre sus destacados impulsores.

Al calor de la radicalización política, hace su aparición, toda una nueva camada de científicos de orientación anticapitalista y socialista que retomará críticamente las elaboraciones de quienes los precedieron. En el epílogo JBF da cuenta de algunos de sus principales exponentes que realizarían desde entonces hasta hoy numerosas contribuciones destacadas: Rachel Carson, Jack Lindsay, Stephen Jay Gould, Rita Arditti, Anne Fausto-Sterling, Ruth Hubbard, Richard Levins, Richard Lewontin [16], Hilary Rose y Steven Rose [17]. Con pocos años de diferencia, el lema “Ciencia para el pueblo” fue recuperado en EE. UU. y en Gran Bretaña para dar vida a un extendido movimiento que impugnaba “la militarización de la ciencia” y su dominio por el capital. Pero a finales de la década de 1970, con la derrota y desvío de los procesos revolucionarios, el clima político se volvería adverso para el desarrollo de estas corrientes (así como para el marxismo y el pensamiento crítico de izquierda que conocerían un marcado retroceso en las dos décadas siguientes). Particularmente en la cuestión ambiental, señala JBF que

las reformas ambientales liberales en la década de 1970, seguidas por la reacción de Reagan y las terribles revelaciones sobre la gestión soviética del medio ambiente, debilitarían la influencia de la ecología radical y anticapitalista, que solo recuperaría el terreno perdido una generación después, como resultado de las catástrofes globales acumulativas desatadas por el sistema capitalista (p. 773). <

Efectivamente, ante la perspectiva de catástrofes ecológicas que el capitalismo muestra como cada vez más inescapable, la crítica ecológica desde una mirada marxista ha ganado autoridad. Lo ha hecho ante la evidente urgencia y necesidad de discutir estrategias de salida de este modo de producción, que subordina todo –incluyendo la sostenibilidad de la relación entre el metabolismo social y el metabolismo natural– al afán de lucro. Eso vuelve, para JBF, más urgente “recurrir al pasado”, no simplemente “en un sentido histórico, sino porque los resultados que se obtuvieron pero ahora olvidados son cruciales para nuestras luchas en el presente” (p. 25). El retorno de la naturaleza al que se refiere el título del libro apunta al “redescubrimiento de las raíces ecológicas de la sociedad humana” (p. 25). Este trabajo de JBF es un gran aporte para recuperar –con el necesario beneficio de inventario– las elaboraciones que abordaron desde posiciones marxistas o influenciadas por ellas, la compleja interacción entre sociedad y naturaleza. Y así, poder afilar las armas de nuestra crítica al capitalismo contemporáneo.

VER TODOS LOS ARTÍCULOS DE ESTA EDICIÓNNOTAS AL PIE


[
1The Return of Nature: Socialism and Ecology, Nueva York, Monthly Review Press, 2020. La referencia de página de las citas de este libro serán indicadas entre paréntesis en el cuerpo del texto.


[2] Friedrich Engels, Dialéctica de la naturaleza, Marxists.org, consultada el 18/02/2021 en https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/dianatura/index.htm.


[3] Ídem.


[4] Ídem.


[
5] Ídem.


[
6Degeneration: A Chapter in Darwinism, citado por JBF, pp. 40-41.


[
7] “The Use and Abuse of Vegetational Concepts and Terms”, Ecology 16/3, julio 1935. Citado por JBF, pp. 523-524.


[
8] Ídem. Citado por JBF, pp. 524-525.


[
9] Zbigniew A. Jordan, The Evolution of Dialectical Materialism: A Philosophical and Sociological Analysis, Londres, Macmillan, 1967, p. 167.


[
10] “The use...”, ob. cit., citado por JBF, p. 524 .


[
11] Georg Lukács, Conversations with Lukács, citado por JBF, p. 20.


[
12] Joseph Needham, Time: The Refreshing River, citado por JBF, p. 23.


[13] Bernal, “Dialectical Materialism”, citado por JBF, p. 561.


[14] Entre los que combatieron la influencia de los llamados “científicos rojos”, se encontraron incluso investigadores que tuvieron influencia en muchos de ellos, como el mencionado Arthur Tansley. Este último, aunque se reconocía como socialista de inclinación fabiana (una corriente reformista desarrollada en Gran Bretaña), era hostil a los planteos identificados con la Rusia soviética.


[
15] Bernal, The Social Function of Science, citado por JBF, p. 692.


[16] Está próximo a aparecer el libro de Levins y Lewontin, La biología en cuestión, publicado por Ediciones IPS como parte de la colección Ciencia y Marxismo.


[17] El libro Genes, células y cerebros, de Hilary y Steven Rose, fue publicado en 2019 por Ediciones IPS.

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lunes, 1 de marzo de 2021

Eso digo yo: ¿Que para qué sirve?


(TERCERA INFORMACIÓN)


La Pandemia es una cosa; el agua otra; la falta de trabajo otra; los bajos salarios otra…, y todas ellas juntas más otras cosas hacen un total de muchas cosas, que además no se pueden solucionar una a una porque todas dependen de todas, y el marco donde todas esas cosas están inscritas, cuyo marco es el que las produce, que es el qua hay que cambiar para que cambien todas las cosas, pues que parece como si este marco no existiera, y claro, así nos va (a los trabajadores me refiero, que somos ni más ni menos que la aplastante mayoría de la población)

 


El inicio de la cotización del agua en el mercado de futuros de las materias primas de Wall Street pondrá precio a la vida del planeta y sus habitantes. La mercantilización de ese derecho vital podría derivar en una privatización del agua.


¿Acaso no sabemos que sin agua no somos ni seremos?


Félix Población

El Viejo Topo

28.02.2021

La agencia Bloomberg difundió no hace mucho, mientras avanzaba por el planeta la tercera fase de la más grave pandemia ocurrida en el último siglo, que el agua va a cotizar en Wall Street. Preocupados como estamos por la mortal incidencia del coronavirus en el mundo e ignorantes la mayoría del léxico financiero, quizá esta noticia no tuvo toda la trascendencia que comporta. Tampoco sabemos si el hecho de que se haya dado a conocer ahora ha sido, precisamente, para embuchar la gravedad de una noticia en otra.

El inicio de la cotización del agua en el que llaman mercado de futuros de las materias primas de Wall Street se marcará, debido a su escasez, según el índice no sé cuantos  (NQH2O), un indicador que según leo se basa en los precios de los futuros del agua en el estado de California, que el 7 de diciembre del año pasado cotizaba a 486,53 dólares (casi 397 euros) por 1.233 metros cúbicos, casi medio dólar por metro cúbico, mucho más que los 0,2 céntimos de euro que pagan los regantes del valle del Ebro, según dicen los expertos.

No creo que se pueda pasar por alto que los primeros contratos lanzados por la empresa estadounidense CME Group Inc se anunciaron el pasado mes de septiembre, coincidiendo con la gran tragedia que vivía precisamente la costa oeste de aquel país, arrasada por el calor y los incendios forestales, según recordamos por la alarmante y espectacular voracidad de las llamas.

El agua es ya un producto más de los que cotizan en Bolsa, tal como ocurre con el oro, el trigo o el petróleo. Esto quiere decir que a partir de nuestros días el agua potable -uno de los derechos humanos esenciales declarados por las Naciones Unidas y de cuyo acceso carecen en el mundo tres de cada diez personas (2100 millones), mientras que seis de cada diez (4500) no disponen de saneamientos seguros- estará sujeto a las especulaciones del mercado. Conviene no olvidar en estas circunstancias que el llamado estrés hídrico afectará en cinco años a determinadas zonas de África y podría desembocar en una crisis migratoria que afectaría a 250 millones de seres humanos.

La mercantilización de ese derecho vital podría derivar en una privatización del agua. Sin embargo, no hemos escuchado las suficientes y significadas voces como para llamar la atención de la humanidad acerca de tan oscuro porvenir. Se echa especialmente de menos la del Papa Francisco que vive en Roma y tan franciscano se muestra a menudo. Si escuchamos la del ex presidente de Bolivia, Evo Morales: “Cotizar el agua en Wall Street es como ponerle precio a la vida”, dijo y pienso. La del planeta y la de quienes lo habitan.

El agua es la fuerza motriz de toda la Naturaleza, escribió Leonardo da Vinci, y el fallecido investigador japonés Masaru Emoto cree que todo en el universo es producto de la vibración, transmitida a través del agua. «Y quizás a eso se refieran los textos sagrados al señalar que en el comienzo fue la Palabra que no es sino una expresión de la vibración. Las vibraciones son energía. Sin energía el hombre se muere y cualquier objeto que existe en el mundo desaparece. La vibración es vida. Cuando el corazón deja de vibrar todo se degrada. Y es el agua precisamente el medio de transmisión de esas vibraciones”.

Somos agua. Sin agua no seremos. Pretenden poner precio a nuestras vidas y percibir tanto y tan sonoro silencio ante ello espanta, sobre todo ante un planeta en el que a la pérdida de biodiversidad y el cambio climático acelerado de los años corrientes y por venir se unen la ignorancia e inacción política, amenazando la sobrevivencia de todas las especies. Incluida la que somos y ha sido y es máxima responsable de lo que se avecina.

Publicado originalmente en El Salto diario.

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domingo, 28 de febrero de 2021

A ver si nos vamos enterando bien con eso del robo de ENDESA al Estado español, que aquí lo que hay, según me barrunto, es mucho mal pensado. Lo que le han robado los chorizos jefes del PSOE y del PP a los trabajadores españoles es una parte del trabajo realizado durante 70 años, que fue lo que costó levantar a ENDESA. ¿O qué se me pensaban, que ENDESA se hizo sola? Y otra cosa les voy a decir, y que no me entre nadie en mosqueo, que porque no quiero joder la marrana ni hacerle un feo a Miguel Servet, pobrecito mío, que hasta me lo quemaron y todo por decir que la sangre corría por las venas. Entre nosotros, y sin que salga de aquí: este Miguel ni puta idea de sangre. Sabría de medicina, de riñones, de pescuezos, o de lo que fuera, pero de sangre… ¿Cómo se puede llevar sangre en las venas y no acelerarse ante un caso como el de ENDESA? Será aceite quemado de motor diesel lo que se lleva, y en lo tocante a lo de correr, a todo lo más, correrá por los calcetines, porque si no se lleva sangre cómo se va a tener venas, ¿o no? Ya digo, si no fuera por no hacerle un feo a Miguel Servet, esto lo echaba yo a decir ahora mismo.

 

Endesa troceada: un expolio de lo público o la historia de un despropósito

·      La liberalización del sector está siendo una enorme estafa para los más débiles y un enorme despropósito empresarial y sectorial.

·      La opa de Enel sobre la entonces primera eléctrica española fue una de las operaciones más caras de la historia económica europea.

·      La Endesa estatal contribuyó con sus beneficios al saneamiento financiero de otros sectores industriales


Sede de Endesa en Madrid.

Economistas Sin Fronteras

Rodolfo Rieznik

Eldiario.es

 26 de octubre de 2014 

@EconomiaJusta

Enel, la eléctrica estatal italiana, expolia y trocea Endesa, de la que tiene el 92%, al repartir un dividendo de 14.600 millones de euros y llevarse todos sus activos latinoamericanos. El dividendo es el más grande jamás pagado en la historia de España. Los italianos hacen caja para pagar la compra del negocio latinoamericano, unos 8.600 millones, y de paso, reducir la deuda de Enel, de 50.000 millones. Para poder transferir semejante cantidad duplicarán la deuda de Endesa con 5.000 millones más. Enel se lleva el segmento de negocio más rentable y dejará a Endesa como empresa de ámbito nacional1, lo que era 20 años antes. Endesa quedará desmembrada y en términos de capitalización será menos de la mitad de lo que llegó a ser hace 7 años, cuando Enel la compró.

La electricidad en España subirá más (ya es de la más cara de la Unión Europea) cuando Endesa repercuta en la luz la nueva situación financiera de la empresa. Y la operación es un expolio a los ciudadanos españoles que financiaron durante 70 años, con la tarifa eléctrica, las inversiones que transformaron, a fines del siglo pasado, a Endesa en uno de los mayores grupos empresariales de España.

Paradójicamente, será una empresa pública la que terminará de liquidar a la que se llamó en su momento, con cierto orgullo, Empresa Nacional de Electricidad y que a fines del siglo XX era un líder sectorial energético eficiente. Endesa contribuyó a universalizar el servicio eléctrico haciendo posible que la electricidad llegara al conjunto de los ciudadanos y fortaleció técnicamente el suministro asegurando una energía más segura y confiable. Fue la empresa insignia del antiguo Instituto Nacional de Industria que, además, contribuyó con sus beneficios a fortalecer al sector eléctrico español y al saneamiento financiero de otros sectores industriales.2

Breve historia de Endesa

Endesa nació en 1944 cuando, aislado el país económica y políticamente, tuvo dificultades para desarrollar y consolidar un sector eléctrico en condiciones de afrontar la reconstrucción económica. La España inmediata de la posguerra no tenía las divisas necesarias para importar la tecnología y los combustibles para generar energía eléctrica. No hubo otra opción que construir centrales térmicas e hidráulicas aprovechando los recursos naturales autóctonos del carbón de Galicia y el impulso del agua de las cuencas del norte del país. Endesa se creó para esa tarea.

Los años 50 y 60, de desarrollismo y planes de estabilización, coincidieron con los modelos energéticos sustentados en petróleo barato y abundante que impusieron instalaciones de centrales de fuel-oil, técnicamente más sencillas y económicas. El consumo creció en esos años a tasas superiores al 10%. Las constantes necesidades de inversión por el crecimiento de la demanda energética indujeron, sin mucho debate ecológico en aquellos primeros años de introducción de esta tecnología, a la construcción de centrales nucleares ante el agotamiento de los recursos hidrológicos y la necesidad de diversificar el mix de generación.

La crisis de los años 70 (guerra árabe-israelí) cuadruplicó el precio del petróleo y disparó los costos energéticos. Como resultado, se formularon los primeros planes indicativos3. Entre otras cosas, se establecieron garantías de remuneración a la inversión en la tarifa eléctrica ante la incertidumbre económica del final de los años dorados del capitalismo de posguerra, en un sector, como el eléctrico, intensivo en capital.

La década de los 80 registra la segunda gran subida de los precios del petróleo después de la caída del Sha de Irán en el año 79. España se encontró con un parque de generación muy dependiente del petróleo y con una gran parte de las empresas eléctricas privadas endeudadas peligrosamente en inversiones en centrales térmicas y nucleares4. Endesa había construido plantas de carbón e hidroeléctricas y pudo sortear la crisis del petróleo. El primer gobierno del PSOE, en 1982, aprovechó sus cuentas saneadas para concretar un salvataje financiero del sector eléctrico privado a través de un intercambio de activos. Endesa, que compró plantas y otros negocios a las empresas en situación delicada para aliviar la deuda de las mismas, salió convertida en 1985 en la cabecera de un grupo eléctrico público de ciclo completo al agregtar al negocio de la generación, de la cual ya era líder, el de la distribución. Aquel conjunto de operaciones terminó transformando al sector en un oligopolio de Endesa, Iberdrola, Unión Fenosa y Gas Natural, con una participación más que proporcional de las primeras dos.

Las políticas neoliberales y globales de los años 90 condujeron a la liberalizaron y desregulación del sector energético, especialmente el eléctrico, que llevaron a la creación de mercados abiertos a partir del desmembramiento, en algunos países, de los monopolios naturales preexistentes, como en América Latina, o la separación de los negocios de generación, transmisión y distribución integrados hasta entonces en empresas únicas.

El abandono de la planificación indicativa en España y el desarrollo del “marco legal y estable”5 se hizo cuando Endesa estaba capitalizada6, con tesorería para acometer una expansión internacional dada la saturación de capacidad de producción eléctrica en España.

A su vez, las políticas neoliberales del “Consenso de Washington” en los años 90 vigentes en América Latina, de privatización y venta rápida de empresas de servicios públicos, permitió a Endesa concretar en 1992, en Argentina, la primera compra de una empresa de distribución eléctrica en la ciudad de Buenos Aires. Así inició la expansión como grupo empresarial en Latinoamérica. En 7 años, entre 1992 y 1997, invirtió la friolera de 15.000 millones de dólares7 y pasó a ser la primera empresa eléctrica privada de la región.

El Partido Popular se hace con Endesa

Sin embargo, fue la privatización progresiva de Endesa en los 80–90 el caldo de cultivo en el que se fraguó el expolio actual. Comenzó en 1988 con los socialistas en el poder, al vender un 25% del capital. La continuó el Partido Popular con Aznar en 1997 colocando en bolsa, vía OPV8, otro 35%. Ahí se pierde la mayoría de control público. En 1998 el PP termina de privatizarla al 97%. Simultáneamente, el gobierno maniobra y blinda estatutariamente el consejo de administración de la compañía para garantizar su futuro control ejecutivo con directivos políticamente afines. Por eso Manuel Pizarro pudo conservar la presidencia de Endesa después de que Rodríguez Zapatero ganara las elecciones de 2004.

En 2001, el grupo ya era un negocio monumental: 13.500 millones de ingresos y 4.400 millones de beneficios anuales. Era muy apetitoso para cualquier “gestor” privado manejar esa masa ingente de dinero. 9

Rodolfo Martín Villa, su presidente entre 1997 y 2002, con el PP en el gobierno, intentó en 2001 la fusión con Iberdrola. Incluso propuso conformar un núcleo duro de control con las cajas de ahorro a partir del porcentaje de participación que tenía Caja Madrid en Endesa, para poder defenderse de una potencial OPA10 de control por algún grupo extranjero. El sector más liberal del PP, con Rodrigo Rato y Pizarro a la cabeza, se opusieron con el argumento falaz de que iba contra el mercado competitivo y el proyecto de fusión fracasó.

El gobierno de Zapatero no pudo retomar el control de Endesa. Lo intentó en 2005 a través de la OPA de Gas Natural. Pizarro, a la sazón presidente de Endesa, entendió que tras la operación estaba la mano negra de los catalanes11 y el gobierno del PSOE y, con la complicidad del PP, se revolvió para hacerla abortar. Gastó generosamente millones de euros en asesores legales y consultores para frenarla y terminó impulsando una contraopa de la alemana E.ON, de la que se sentía más cercano ideológicamente. Finalmente, tras 2 años de una batalla político económica extraordinariamente agresiva y costosa, la constructora española Acciona y la estatal italiana Enel, con el concurso financiero del Banco Santander, formalizaron en una mañana la compra de Endesa por más de 40.000 millones de euros. Una de las operaciones más caras de la historia económica europea.

En esos 2 años, el precio de la acción de Endesa se disparó de los 20 euros de septiembre de 2005 a más de 41 en marzo de 2007, cuando concluye. Endesa tenía en torno a 1.000 millones de acciones emitidas y se canalizaron a la especulación unos 20.000 millones, dejando pingues beneficios a los actores participantes y a los promotores. La especulación, como siempre la financian el conjunto de los ciudadanos. La subida del valor de las acciones exige más dividendos para remunerar el capital y como la tarifa eléctrica garantiza la rentabilidad de las empresas, ésta crece en paralelo al aumento de cotización de las mismas.

Para que esta fantástica operación financiera no impactara súbitamente en el precio de la electrcidad, Rato, ministro de Economía en 1998, camufló el incremento del precio de la luz instaurando el “déficit de tarifa”. Aunque el recibo no subía más que en un 2% anual, porcentaje próximo a la inflación, la diferencia con el precio del mercado eléctrico se trataba como una deuda, de todos los españoles, a pagar en el plazo de 15 años. El saldo acumulado alcanzó a principios de este año, 2014, los 30.000 millones de euros, importe que las eléctricas ya han cobrado en su mayoría convirtiendo los títulos de deuda en ingresos adelantados. En cambio, los ciudadanos los pagamos a los bancos, tenedores de la deuda, en forma de “peaje” todos los años en el recibo de la luz.

La liberalización progresiva del sector eléctrico en marcha desde 1997 y completado definitivamente en 2013 con la desregulación total de la tarifa eléctrica, no ha introducido ni eficiencia ni mejores precios de la electricidad; al revés, ha recogido en tarifa el expolio y la especulación a la que ha estado sometido el sector en los últimas décadas. Empresas, fondos de inversión y grupos capitalistas del más variado origen se han embolsado grandes ganancias mientras que una parte importante de los ciudadanos han ingresado en un status de “pobres energéticos”, esto es, sin acceso a los beneficios de un servicio eléctrico en condiciones

Este es el panorama eléctrico en el que se consuma este escándalo de 14.600 millones de euros. Los 30 años de liberalización del sector eléctrico están siendo una enorme estafa para los más débiles y un enorme despropósito empresarial y sectorial.

1 Le quedarán algunas inversiones en Marruecos y Portugal.

2 Los buenos resultados de Endesa nutrían las cuentas del INI y se utilizaban financiar para procesos de reconversión industrial en otras empresas del INI como la minería.

3 Las empresas se obligaban a realizar las inversiones que satisfacían el incremento de la demanda.

4 La tecnología nuclear era un monopolio de americanos y franceses y los costos de construcción se habían multiplicado de manera incontrolada.

5 A fines de los 80, el gobierno presionado por Europa diseñó una transición para la apertura del sector eléctrico a nuevos agentes. Las empresa que venían a acometiendo inversiones de acuerdo los planes indicativos previos negociaron seguir cobrando en tarifa las amortizaciones a través de los llamados costes a la transición y que aún hoy siguen recuperando a través de los peajes.

6 En 1995 Endesa era la primera empresa española por beneficios (150 mil millones de pesetas) y capitalización bursátil (882 mil millones de pesetas)

7 Lo mismo que hoy se llevan los italianos en forma de dividendo

8 OPV: Oferta pública de Venta de acciones.

9 Hay que recordar que si bien la UE presionó a la creación de mercados eléctricos en esos años ello no implicaba la ausencia total del estado en el control de las principales empresas del sector. Edf de Francia y Enel de Italia, entre otras, siguen teniendo capital público de control.

10 Oferta Pública de Adquisición de acciones.

11 La Caixa de Cataluña controlaba Gas Natural

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sábado, 27 de febrero de 2021

Lo antisistema. Lo que parece que no pasa pero que está pasando y que contribuye a explicar lo que pasa y, lo que por pasar viene de la manita del nuevo fascismo

 

Lo antisistema

Movimientos socialesMundo 


Boaventura de Sousa Santosma 

El Viejo Topo

Lo antisiste27 febrero, 2021 

El crecimiento global de la extrema derecha ha dado una nueva importancia al concepto de antisistema en política. Para entender lo que está pasando, es necesario retroceder algunas décadas. En un texto como este no es posible dar cuenta de toda la riqueza política de este periodo. Ciertamente, las generalizaciones serán arriesgadas y no faltarán las omisiones. Aun así, el ejercicio se impone por la urgencia de dar algún sentido a lo que, por momentos, parece no tener ningún sentido.

Los sistemas

El binarismo sistema/antisistema está presente en las disciplinas más diversas, desde las ciencias naturales hasta las ciencias humanas y sociales, desde la biología hasta la física, desde la epistemología hasta la psicología. El cuerpo, el mundo, la ciudad o el clima se pueden concebir como sistemas. Incluso hay una disciplina dedicada al estudio de sistemas: la teoría de sistemas. El sistema se define, en general, como una entidad compuesta por diferentes partes que interactúan para componer un todo unificado o coherente. El sistema, de este modo, es algo limitado, y lo que está fuera de él tanto puede rodearlo e influenciarlo (su entorno) como serle hostil y pretender destruirlo (antisistema). En las ciencias sociales, si bien ciertas corrientes rechazan la idea de sistema, existen muchas formulaciones del binarismo sistema/antisistema. Distingo dos formulaciones particularmente influyentes. La teoría del sistema-mundo, propuesta por Immanuel Wallerstein, sostiene que, históricamente, existieron dos tipos de sistema-mundo: el imperio-mundo y la economía-mundo. El primero se caracteriza por un centro político con amplias estructuras burocráticas y múltiples culturas jerarquizadas; el segundo se caracteriza por una única división del trabajo, múltiples centros políticos y múltiples culturas igualmente jerarquizadas. Desde el siglo XVI, existe el sistema-mundo moderno basado en la economía-mundo del capitalismo. Se trata de un sistema dinámico y conflictivo que marcha a distintos ritmos temporales y que dividió los diferentes países/regiones en tres categorías: el centro, la periferia y la semiperiferia, definidas en función del modo en que se apropian (o son expropiadas) de las plusvalías de la producción capitalista y colonialista global. El sistema permite transferencias de valor de los países periféricos a los países centrales, mientras que los países semiperiféricos actúan como correas de transmisión del valor creado de la periferia al centro (como fue el caso de Portugal durante siglos).

La otra concepción de sistema (y de antisistema) se ha desarrollado principalmente en la ciencia política y las relaciones internacionales. El sistema se concibe aquí como un conjunto coherente de principios, normas, instituciones, conceptos, creencias y valores que definen los límites de lo convencional y legitiman las acciones de los agentes dentro de esos límites. La unidad del sistema puede ser local, regional, nacional o internacional. Podemos decir que, tras la Segunda Guerra Mundial, hubo dos sistemas nacionales dominantes: el sistema político de partido único al servicio del socialismo (el mundo chino-soviético) y un sistema democrático liberal al servicio del capitalismo (el mundo liberal). Las relaciones internacionales entre ambos sistemas configuraron un tercer sistema, la Guerra Fría, un sistema regulado de conflicto y contención. La Guerra Fría condicionó la forma en que se evaluaron los dos sistemas nacionales/regionales: para el mundo liberal, el mundo chino-soviético era una dictadura al servicio de una casta burocrática; para el mundo chino-soviético, el mundo liberal era una democracia burguesa al servicio de la acumulación y la explotación capitalista. Con la caída del Muro de Berlín en 1989, este sistema formado por tres sistemas entró en crisis. A escala nacional, pasó a reconocerse solo un sistema legítimo: el sistema liberal. La crisis del sistema internacional de la Guerra Fría alcanzó el paroxismo con la presidencia de Donald Trump. Vistas desde la larga duración del sistema-mundo moderno, estas transformaciones políticas, a pesar de su dramatismo, son variaciones de época dentro del mismo sistema. En la peor de las hipótesis, podrían estar señalando una crisis más profunda del sistema-mundo mismo.

Los antisistemas

Los movimientos que se oponen radicalmente al sistema dominante son antisistema. A lo largo del siglo XX, fueron antisistema los movimientos que se oponían al capitalismo y al colonialismo (antisistema-mundo) y aquellos que se oponían a la democracia liberal (mundo antiliberal). Algunos movimientos estaban en contra del capitalismo/colonialismo, pero no en contra de la democracia liberal, como fue el caso de los partidos socialistas y de la mayoría de los sindicatos durante las primeras décadas del siglo XX (socialismo democrático). Otros estaban en contra del capitalismo/colonialismo y de la democracia liberal, como los movimientos revolucionarios (comunistas, anarquistas) y muchos de los movimientos de liberación anticolonial, con o sin la adopción de la lucha armada. Por último, otros estaban en contra de la democracia liberal, pero no en contra del capitalismo/colonialismo. Fueron los movimientos reaccionarios, nazis, fascistas y populistas de derecha los que, o ni si quiera aceptaban los tres principios de la Revolución francesa (libertad, igualdad y fraternidad), o veían en la evolución de la democracia liberal (ampliación del sufragio, multiplicación de derechos sociales y económicos) y en el crecimiento del movimiento comunista tras la Revolución rusa una deriva peligrosa que acabaría poniendo en peligro el capitalismo. Estos movimientos propusieron un capitalismo tutelado por el Estado autoritario (fascismo y nazismo).

Siempre fue importante distinguir entre izquierda y derecha, entre movimientos revolucionarios y contrarrevolucionarios. Los primeros, cuando lucharon contra el capitalismo/colonialismo, lo hicieron en nombre de un sistema social más justo, más diverso y más igualitario; cuando lucharon contra la democracia liberal, fue en nombre de una democracia más radical, a pesar de que el resultado fuera la dictadura, como ocurrió con Stalin. Por el contrario, los movimientos contrarrevolucionarios siempre lucharon contra las fuerzas anticapitalistas y anticolonialistas, muchas veces con el prejuicio de estar lideradas por clases inferiores o peligrosas y, por las mismas razones, estaban dispuestos a optar por la dictadura siempre que la democracia liberal significase una amenaza para el capitalismo.

1945-1989

Entre 1945 y 1989 la dialéctica sistema/antisistema fue muy dinámica. En los países centrales del sistema-mundo, lo que hoy llamamos Norte global, el fascismo y el nazismo fueron derrotados y solo sobrevivieron en dos países semiperiféricos de Europa: Portugal y España. En Rusia (y países satélites), la otra semiperiferia europea, y en China, se consolidó el sistema chino-soviético. En los países europeos centrales la democracia liberal se convirtió en el único régimen político legítimo. Los partidos socialistas abandonaron la lucha anticapitalista (en 1959, el Partido Socialdemócrata de Alemania –SPD– se desvinculó del marxismo) y comenzaron a hacerse cargo de la tensión entre la democracia liberal (fundada en la idea de la soberanía popular) y el capitalismo (fundado en la idea de acumulación infinita de riqueza), con arreglo a la nueva fórmula dada a un antiguo concepto: la socialdemocracia. A su vez, los partidos comunistas y otros partidos a la izquierda de los partidos socialistas se integraron en el sistema democrático. De hecho, durante la noche fascista y nazi, los militantes de estos partidos (especialmente los comunistas) fueron los que lucharon con más dedicación por la democracia, habiendo pagado un alto precio por ello. Es bueno recordar, a título de ejemplo, que Álvaro Cunhal, secretario general del Partido Comunista Portugués (PCP), estuvo preso durante quince años, de los cuales ocho fueron en régimen de aislamiento.

En la periferia y la semiperiferia del sistema-mundo, los movimientos anticapitalistas y contrarios a la democracia liberal tomaron el poder en China, Cuba, Corea del Norte y Vietnam, y en otros países alimentaron la lucha antisistema durante muchos años, a veces recurriendo a la lucha armada, como en los casos de Colombia, Filipinas, Turquía, Sri Lanka, la India, Uruguay, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. El caso más significativo de un movimiento anticapitalista pero no contrario a la democracia liberal fue el liderado por Salvador Allende en Chile (1970-1973), neutralizado por un brutal golpe de Estado planeado por la CIA.

En África y Asia, los movimientos de liberación anticoloniales confirieron una nueva complejidad a los movimientos antisistema. Inspirados por la Conferencia de Bandung de 1955, que reunió a veintinueve países asiáticos y africanos y otorgó fuerza política al concepto de Tercer Mundo (el Movimiento de Países No Alineados), se proponían llevar a cabo una doble ruptura en la lógica sistémica. Por un lado, rechazaban tanto el capitalismo liberal como el socialismo soviético y estaban dispuestos a luchar por alternativas que combinaban el pensamiento político europeo y diversas corrientes de pensamiento africano. Por otro lado, buscaban construir un régimen político democrático de nuevo tipo basado en el protagonismo de los movimientos de liberación. Gran parte de esta experimentación política colapsó durante la década de 1980 debido a errores internos y al asedio del capitalismo global.

De 1989 hasta hoy

En el periodo más reciente, las características más significativas de la política antisistema son las siguientes. Con el colapso de la URSS, parecía que el mundo de la democracia liberal había ganado la histórica competición entre sistemas de manera irreversible («el fin de la historia»). ¿Pero quién venció? Como hemos visto, a lo largo de los últimos 150 años los dos pilares de la lucha antisistema fueron el capitalismo/colonialismo y la democracia liberal. ¿En 1989 vencieron el capitalismo y la democracia de manera conjunta? ¿O la democracia a expensas del capitalismo? ¿O, acaso, el capitalismo a costa de la democracia? Para responder a estas preguntas es necesario examinar lo que pasó en el periodo anterior con los dos pilares y los cambios convergentes que se produjeron en ellos.

Tengamos en cuenta que antes de 1945 el fascismo y el nazismo eran, en gran medida, una respuesta al crecimiento de la militancia de las clases trabajadoras («la amenaza comunista») combinado con altos niveles de desempleo e inflación y el empobrecimiento de las grandes mayorías. A su vez, los límites de la democracia liberal (límites al sufragio, control total de las élites, ausencia de políticas públicas universales) no permitían gestionar el conflicto social ni dar a los movimientos socialistas la oportunidad de consolidar alternativas. El enfrentamiento entre dos tipos de alternativas fue feroz: el reformismo y la revolución. Después de 1945, y en respuesta a la consolidación del mundo chino-soviético, el mundo liberal de los países centrales buscó bajar la tensión entre democracia y capitalismo. Para eso, las clases capitalistas que la dominaban tuvieron que hacer concesiones inimaginables en el periodo anterior: impuestos muy altos, sectores estratégicos nacionalizados, cogestión entre trabajo y capital en grandes empresas (como en la entonces Alemania Occidental), derechos laborales robustos, políticas sociales universales (salud, educación, sistema de pensiones, transporte). Con esto surgieron amplias clases medias y fue a partir de ellas que se consolidó el reformismo. En Europa occidental, la compatibilidad entre la democracia liberal y el capitalismo se produjo mediante la combinación de altos niveles de protección social con altos niveles de productividad. En Estados Unidos, el reformismo adoptó formas mucho más tenues. También implicó una respuesta a la amenaza comunista imaginada (macartismo), que surgió en Alemania Occidental en forma de Berufsverbot (descalificación para el ejercicio de ciertos cargos por parte de comunistas y «extremistas radicales»). Pero la nueva posición hegemónica de Estados Unidos, el activismo sindical y la fuerza de los “treinta años gloriosos” (1945-1975) garantizaron el surgimiento de clases medias fuertes.

Este compromiso entre democracia y capitalismo, combinado con la desintegración de la URSS, fue lo que garantizó la caída, en los países centrales, de los movimientos antisistema, tanto de izquierda como de derecha. Este compromiso entró en crisis desde mediados de la década de 1970 con la primera crisis del petróleo y la crítica de los conservadores al “exceso de derechos” de la democracia (derechos laborales, económicos y sociales) y la crisis se profundizó dramáticamente después de 1989. En retrospectiva, se puede decir que en 1989 los derrotados fueron tanto el comunismo soviético como la socialdemocracia. Quien ganó fue el capitalismo a expensas de la democracia. Esta victoria resultó en el surgimiento de una nueva versión del capitalismo: el neoliberalismo basado en la desregulación de la economía, la demonización del Estado y de los derechos laborales, económicos y sociales, la privatización total de la actividad económica y la conversión de los mercados en un regulador privilegiado tanto de la vida económica como de la vida social. El neoliberalismo comenzó a ensayarse violentamente en Chile y otros países del Sur Global, y presidió las transiciones democráticas en el sur de Europa en la década de 1970 y en América Latina en la década de 1980.

Hasta entonces, el Estado democrático o social de derecho era la expresión de la posible compatibilidad entre democracia y capitalismo. A partir de 1989, la democracia quedó subordinada al capitalismo y solo se defendió en la medida en que defendiera los intereses del capitalismo, la llamada “market friendly democracy”. A ella se contrapuso la socialdemocracia que von Hayek caracterizara como «democracia totalitaria». Como el objetivo principal es la defensa del capitalismo, siempre que la burguesía nacional/internacional lo considera en peligro, la democracia debe ser sacrificada, un sacrificio que, dadas las circunstancias, puede ser total (dictaduras militares o civiles) o parcial (Italia de posguerra, golpes jurídico-parlamentarios en la actualidad). La diplomacia y la contrainsurgencia estadounidenses han sido los principales promotores globales de esta ideología.

Los movimientos antisistema

¿Y los movimientos antisistema en este último periodo? Nuevamente es necesario distinguir entre movimientos de izquierda y de derecha. En cuanto a los movimientos de izquierda, los viejos movimientos revolucionarios se convirtieron en partidos democráticos y reformistas. La lucha anticapitalista se convirtió en la lucha por amplios derechos económicos, sociales y culturales, y la lucha antidemocracia liberal se convirtió en la lucha por la radicalización de la democracia: la lucha contra la degradación de la democracia liberal, la articulación entre democracia representativa y democracia participativa, la defensa de la diversidad cultural, la lucha contra el racismo, el sexismo y el nuevo/viejo colonialismo. Estos partidos, por tanto, dejaron de ser antisistema y pasaron a luchar por las transformaciones progresistas del sistema democrático liberal.

Los movimientos antisistema de izquierda continuaron existiendo, pero, por definición, fuera del sistema de partidos. Incluso puede decirse que se expandieron, dado el creciente malestar social provocado por la subordinación incondicional de la democracia al capitalismo, traducida en repugnante desigualdad social, discriminación racial y sexual, catástrofe ecológica inminente, corrupción endémica, guerras irregulares, y hasta por la incapacidad de los partidos de izquierda para frenar este estado de cosas. A los viejos movimientos revolucionarios y sindicales les siguieron los nuevos movimientos sociales a nivel local, nacional e incluso global (Vía Campesina, Marcha Mundial de las Mujeres, y varias articulaciones globales que surgieron dentro y fuera del Foro Social Mundial que se reunió por primera vez en 2001 en Brasil). Surgieron nuevos actores sociales, a saber, los movimientos feministas, indígenas, ecológicos, LGBTIQ, de economía popular, afrodescendientes. Muchos de estos movimientos tienen objetivos anticapitalistas y apuntan a formas de democracia radical. Algunos de ellos han logrado alcanzar estos objetivos a nivel local, transformándose así en utopías realistas. Hasta el momento no han logrado tener una influencia política más consistente, ni a nivel nacional ni global, debido a dificultades en las articulaciones translocales y al hecho de que el sistema político democrático liberal está monopolizado por los partidos. Son movimientos pacíficos, guiados por la idea de democracia de base intercultural, y por la valorización de las economías populares y de los saberes ancestrales de las comunidades campesinas, indígenas y, en el contexto americano, afrodescendientes.

A su vez, los movimientos antisistema de derecha (la extrema derecha) también cobraron un nuevo impulso en el último periodo. La derrota del nazismo y del fascismo (en Portugal, 1974-76 y España, 1975-78) fue abrumadora. Cuando sobrevivieron fue de forma muy atenuada, como en el caso del peronismo en Argentina y del varguismo en Brasil, sin dictadura ni glorificación de la violencia política ni odio racial. Fue este sistema híbrido el que originalmente se llamó populismo. Después de 1989, asistimos al surgimiento o creciente visibilidad de grupos de extrema derecha, casi siempre involucrados en retóricas y acciones de odio y violencia racial. Este crecimiento es particularmente significativo en Estados Unidos.[1] Muchos de estos movimientos se mantuvieron en la ilegalidad o exploraron áreas grises o híbridas que he designado como alegalidad. En los últimos veinte años, estos grupos asumieron una nueva agresividad, buscando la legalidad y la propia conversión sistémica al convertirse en partidos, que consiguieron legalizar con artificios del lenguaje y con la complicidad de los tribunales. Cuando esto sucedió, mantuvieron estructuras clandestinas formalmente separadas de la estructura partidaria, pero articuladas orgánicamente como fuentes de movilización política que los propios partidos no tienen capacidad de garantizar.

Con la llegada de Donald Trump al poder, los movimientos de extrema derecha ganaron nuevo aliento y se diversificaron internamente. Entretanto, los grupos de extrema derecha y las milicias estadounidenses habían aumentado, especialmente después de que Barak Obama llegó al poder. El respetado Southern Poverty Law Center identificó, en 2020, 838 «grupos de odio».[2] Algunos son nazis, están fuertemente armados y reivindican el legado de los movimientos de linchamiento racial del siglo XIX (el Ku Klux Klan). Fuera de Estados Unidos, grupos paramilitares y milicias en Colombia, Brasil, Indonesia e India se acercan al poder institucional. Por otro lado, asumieron una dimensión global que antes no existía o no era visible. El agente más notorio de esta promoción, en Europa y América, es Steve Bannon, una figura siniestra y criminal que ha sido halagada por los medios de comunicación ingenuos o cómplices.

Estos movimientos conquistan espacio social, no gracias a la exaltación de los símbolos nazis (a los que también recurren), sino mediante la explotación del malestar social que provoca la creciente subordinación de la democracia al capitalismo. En otras palabras, explotan las mismas condiciones sociales que movilizan a los movimientos antisistema de izquierda. Pero, mientras para estos el malestar social proviene precisamente del sometimiento de la democracia a las exigencias del capitalismo, exigencias cada vez más incompatibles con el juego democrático, para los movimientos de extrema derecha el malestar proviene de la democracia y no del capitalismo. Por eso, como en los años treinta, la extrema derecha es mimada, protegida y financiada por sectores del capital, especialmente el financiero, el más antisocial de todos los sectores del capital.

En este contexto surgen dos preguntas. Primera: ¿por qué resurge ahora la extrema derecha si, a diferencia de las décadas de 1920-1930, no existe amenaza comunista ni gran activismo sindical? Esta amenaza fue una de las respuestas a la grave crisis social y económica que se vivía entonces. Hoy esa respuesta no existe, pero la crisis de los próximos años amenaza con ser tan grave como la de esos años. Los think tanks capitalistas globales (incluidos los chinos) han estado señalando el peligro de desestabilización política debido a la inminente crisis social y económica, ahora agravada por la pandemia. Saben que la ausencia de alternativas anticapitalistas o poscapitalistas no es definitiva. Pueden surgir a largo plazo y es mejor prevenir que curar. La respuesta tiene varios niveles. El más profundo es el perfeccionamiento del capitalismo de vigilancia, que, con la cuarta revolución industrial (inteligencia artificial), permite desarrollar controles efectivos y más precisos que nunca de la población. A un nivel más superficial, se promueve la ideología intimidatoria, antidemocrática, racista y sexista. El lenguaje del pasado es, en este caso, más eficaz que el del presente y, por tanto, la retórica de la extrema derecha habla del nuevo peligro comunista, que ve tanto en los gobiernos democráticos como en el Vaticano del Papa Francisco. En Estados Unidos, el partido democrático, de centroderecha, es atacado como izquierda radical, confusamente vinculada al gran capital y a las tecnologías de información y comunicación. En Brasil, la extrema derecha instalada en el poder federal habla del peligro del “marxismo cultural”, un lema nazi para demonizar a los intelectuales judíos. Lo que se pretende es maximizar la coincidencia de la democracia con el capitalismo mediante el vaciamiento del contenido social de la democracia, débil en protección y fuerte en represión. Los think tanks saben que todos estos planes son contingentes y que los movimientos antisistema de izquierda pueden tirarlos a la basura de la historia. De ahí que sea mejor prevenir que curar.

Segunda pregunta: ¿la extrema derecha tiene una vocación fascista o simplemente autoritaria? La extrema derecha no es monolítica ni puede ser evaluada exclusivamente por su cara jurídica. De ahí la complejidad del juicio. La historia nos enseña que la democracia liberal no sabe defenderse de los antidemócratas y, dicho sea de paso, desde 1945, nunca como hoy se vio con tanta frecuencia que los antidemócratas sean elegidos para altos cargos. Son antidemócratas porque, en lugar de servir a la democracia, la utilizan para llegar al poder (como Hitler) y, una vez en el poder, no lo ejercen democráticamente ni lo abandonan pacíficamente si pierden las elecciones. Inicialmente cuentan con el apoyo de los medios convencionales y, a partir de cierto momento, con seguidores en las redes sociales, intoxicados por la lógica de la posverdad y los “hechos alternativos”.

Incluso antes de cualquier desenlace dictatorial, la extrema derecha de hoy tiene dos componentes fundamentales del nazi-fascismo: la glorificación de la violencia política y el discurso del odio racial contra las minorías. Solo falta la dictadura, pero algunos elogian la tortura (Jair Bolsonaro en Brasil) y promueven ejecuciones extrajudiciales (Rodrigo Duterte en Filipinas). El peligro de estos dos componentes puede ser maximizado por tres factores. Primero, la complicidad de los tribunales con una comprensión equivocada (o peor) de la libertad de expresión. Segundo, el deslumbramiento de los medios con la retórica “poco convencional” de los protofascistas y el protagonismo de los ideólogos de derecha que separan artificialmente el mensaje político, que aprueban, de lo que consideran excesos descartables (prisión perpetua, esterilización de pedófilos, deportación de inmigrantes, segregación de las minorías), silenciando que son precisamente estos “excesos” los que atraen a parte de los seguidores. Tercero, la legitimación que les otorgan políticos de derecha moderada, convirtiéndolos en socios de gobierno con la esperanza de poder moderar tales excesos. En la Alemania prenazi, Franz von Pappen se hizo tristemente famoso, quien en 1933 jugó un papel crucial en vencer la resistencia del presidente Paul von Hindenburg para nombrar a Hitler como jefe de gobierno y, habiéndose integrado él mismo a ese gobierno, demostró ser totalmente incapaz para controlar el “dinamismo” golpista nazi.

La defensa de la democracia

La defensa de la democracia frente a la extrema derecha pasa por muchas estrategias, algunas a corto plazo, otras a mediano plazo. En el corto plazo, ilegalización, siempre que se viole la Constitución, aislamiento político y atención a la infiltración en las fuerzas policiales, el ejército y los medios de comunicación. En el mediano plazo, reformas políticas que revitalicen la democracia; políticas sociales robustas que hagan efectiva la retórica de “no dejar atrás” a nadie ni a ninguna región del país; en un país como Portugal, hacer el juzgamiento político de los crímenes del fascismo y el colonialismo para, con eso, descolonizar la historia y la educación; promover nuevas formas de ciudadanía cultural y respetar la diversidad que se deriva de ella. Acosada por la ideología global de la extrema derecha, la democracia morirá fácilmente en el espacio público si no se traduce en el bienestar material de las familias y de las comunidades. Solo así la democracia evitará que el respeto ceda al odio y la violencia, y que la dignidad ceda a la indignidad y la indiferencia.

 

Notas:

[1] Véase el Informe de 2020 del Center for Strategic and International Studies, “The Escalating Terrorism Problem in the United States”, de autoría de Seth Jones, Catrina Doxsee y Nicholas Harrington. Disponible en https://csis-website-prod.s3.amazonaws.com/s3fs-public/publication/200612_Jones_DomesticTerrorism_v6.pdf, consultado el 19 de febrero de 2021.

[2] Disponible en https://www.splcenter.org/hate-map, consultado el 19 de febrero de 2021.

Fuente: «Other News».

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viernes, 26 de febrero de 2021

Victor Hugo: Los Crucificados

 

Tal día como hoy de 1802 nacía el gran escritor francés Víctor Hugo. Republicano convencido, poeta, dramaturgo y novelista, es considerado el máximo exponente del Romanticismo en su país. Lo recordamos con este poema sobre el odio y las infamias


Victor Hugo / 26 febrero, 2021 

 Los crucificados

El vulgo aplaude cuanto inventa el odio,
y en tanto que desgarra su laurel
al férvido Aristógiton, de Harmodio
la gloria mancha con amarga hiel.

En sus iras tan solo ver anhela
de la ignominia en afrentosa cruz
a cuanto no se arrastra, a cuanto vuela,
a cuanto no es mentira, a cuanto es luz.

Acusa a Fidias de vender mujeres,
al gran Epaminondas de traidor;
a Sócrates de darse a los placeres;
a Aristides, el justo, de impostor.

A Catón, de arrojar a las murenas
sus míseros esclavos; a Colón,
que al indio libre le forjó cadenas…
¡cadenas que llevó en el corazón!

De avaro a Miguel Ángel; al divino
entre todos los genios, Rafael,
de vender como torpe libertino,
por impúdicos besos su pincel.

Incestuoso Molière; felón el Dante;
Voltaire ateo; Diderot venal;
¡para todos la sátira infamante;
para todos el látigo infernal!

¿A cuál mártir, apóstol o profeta,
a qué artista, guerrero o trovador
no le ha arrancado la mordaz saeta
de la calumnia, un grito de dolor?

¡Uno solo se encuentra inmaculado
de infamias tantas en el gran festín;
uno solo no está crucificado
por las humanas víboras, Caín!

Traducción de R. M. De Mendive

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