viernes, 8 de enero de 2021

Explicación de la violencia machista hoy (Es un documento "larguito", se avisa. Su lectura exige esfuerzo personal y empleo de tiempo)

 

Explicar la violencia machista en la era neoliberal


 REPRODUCCIÓN SOCIALVIOLENCIAS MACHISTAS




TITHI BHATTACHARYA

Vientosur.info

4 ENERO 2021 | FEMINISMOPENSAMIENTO CRÍTICO

La reproducción social como marco de análisis

La reproducción social es un concepto clave de la economía política marxista que muestra cómo la “producción de bienes y servicios y la producción de vida forman parte de un proceso integrado” 1/. De acuerdo con Marx, el trabajo humano es la fuente de todo valor en el capitalismo. Lise Vogel, siguiendo a Marx, define la fuerza de trabajo como “una capacidad propia de un ser humano y distinguible de la existencia física y social de su portador” 2/. En las sociedades de clases, la clase dominante es capaz de aprovechar la capacidad de la fuerza de trabajo para crear valores de uso en su propio beneficio. Al mismo tiempo, los portadores de fuerza de trabajo son personas, y como tales enferman o sufren heridas, envejecen y finalmente mueren y han de ser reemplazadas. Por consiguiente, hacen falta algunos procesos de reproducción de la  fuerza de trabajo, de satisfacción de sus necesidades cotidianas y de sustitución de la misma con el tiempo.

Aunque Marx consideraba que la reproducción de la fuerza de trabajo era crucial para la reproducción social, no ofreció una explicación completa de lo que comportaba  exactamente dicha reproducción. Vogel propone tres clases de procesos que incluye la reproducción de la fuerza de trabajo en las sociedades de clases: (a) diversas actividades cotidianas que restablecen a los productores directos y les permiten volver al trabajo; (b) actividades similares con respecto a miembros de la clase subalterna que no trabajan (menores, mayores, personas enfermas o personas que no forman parte de la mano de obra por otros motivos); y (c) actividades que reemplazan a los miembros de la clase subalterna que han dejado de trabajar por cualquier motivo.

La teoría de la reproducción social, por tanto, es crucial para comprender determinadas características clave del sistema.

1.       La unidad del conjunto socioeconómico: sin duda es cierto que en toda sociedad capitalista la mayoría de la gente subsiste gracias a una combinación de trabajo asalariado y trabajo doméstico no remunerado para mantenerse a sí misma a a sus hogares. Esto es crucial para comprender ambas clases de trabajo como parte del mismo proceso.


2.      La contradicción entre acumulación de capital y reproducción social: la influencia del capitalismo sobre la reproducción social no es absoluta. En efecto, la reproducción social permite crear el ingrediente fundamental de la producción, o sea, seres humanos, pero las prácticas reales de reproducción de la vida se desarrollan en tensión con la producción. Los capitalistas tratan de extraer tanto trabajo como sea posible de la trabajadora, pero esta, a su vez, trata de extraer tanto salario y tantas prestaciones como sea posible como ingredientes que le permitirán reproducirse, individual y generacionalmente, para otro día.


3.      Los patronos tienen interés en la reproducción social: la reproducción social no debe entenderse únicamente como el ama de casa solitaria que limpia y cocina para que su marido trabajador pueda volver al trabajo debidamente recuperado cada mañana. El empleador está interesado en los detalles de cómo y hasta qué punto el trabajador o la trabajadora se ha reproducido socialmente. En este sentido, no es simplemente la comida, la ropa y la disponibilidad a la mañana siguiente en las puertas del centro de trabajo lo que importa, sino todo, desde la educación hasta el “conocimiento de lenguas […] el estado de salud en general”, incluida la “buena disposición para el trabajo”, lo que determina la calidad de la fuerza de trabajo disponible 3/. Toda capacidad cultural viene determinada a su vez por la especificidad histórica y está abierta a la negociación entre ambas partes. La legislación laboral, las políticas de sanidad pública y educación y el apoyo del Estado al desempleo no son más que algunos de los múltiples resultados y lugares constitutivos de esta negociación.

Por eso es preciso que afinemos nuestra comprensión de la reproducción social como algo que se lleva a cabo de tres maneras entrelazadas: (a) en forma de trabajo no remunerado en la familia, realizado cada vez más tanto por hombres como por mujeres; (b) en forma de servicios prestados por el Estado a modo de salario social para atenuar un poco el trabajo no remunerado en el hogar; y, finalmente, (c) en forma de servicios vendidos por el mercado con fines lucrativos.

Las políticas neoliberales apuntaladas por la retórica sobre la responsabilidad individual trataron de desmantelar los servicios públicos y trasladar la reproducción social en su totalidad a las familias individuales o venderlos en el mercado. Es importante señalar que el capitalismo como sistema se beneficia del trabajo de reproducción social no remunerado en el seno de la familia y de la limitación del gasto en concepto de salario social fuera del hogar. El sistema no puede permitirse sufragar plenamente la reproducción social “sin poner en peligro el proceso de acumulación”, y eso que la reproducción social asegura la existencia continuada de un artículo que el capitalismo necesita más que ningún otro: el trabajo humano 4/. Comprender esta dependencia contradictoria de la producción con respecto a la reproducción social es crucial para comprender la economía política de las relaciones de género, incluida la violencia machista.

Pero antes de que tratemos de comprender cómo la teoría de la reproducción social puede explicar las relaciones de género, conviene que conozcamos la amplitud de la violencia machista en los últimos años, que hace que esta investigación tenga carácter urgente. El primer estudio global de la violencia contra las mujeres, de la Organización Mundial de la Salud, publicado en 2013, reveló que un tercio de todas las mujeres del mundo, el 35,6 %, experimentará violencia física o sexual durante su vida, habitualmente de manos de su pareja masculina. Los niveles máximos de violencia contra las mujeres se dan en África, donde casi la mitad de todas las mujeres, el 45,6 %, sufrirán violencia física o sexual. En la Europa de renta baja o mediana, la proporción es del 27,2 %; y un tercio de las mujeres de los países de renta alta, el 32,7 %, experimentarán violencia en algún momento de su vida 5/.

Por tanto, existe una correlación entre pobreza y violencia de género, pero ¿cuáles son realmente los ingredientes de esta conexión? Mucha gente ha recurrido al concepto marxista de alienación para iluminar esta relación. Por ejemplo, una autora que trata de explicar la violación señala:

La violación no se produce debido a los instintos naturales de los hombres. Se debe a la manera en que la sociedad de clases distorsiona la sexualidad y aliena a la gente entre sí y a sí misma […]. Nos alienamos de nosotros mismos y unos de otros. La violación y la violencia sexual son algunas de las formas más extremas que adopta esta alienación 6/.

Es innegable que todas las expresiones del sexo, la sexualidad y el género están alienadas en el capitalismo. Marx, sin embargo, no entiende la alienación como una insatisfacción y frustración personales o contingentes –que pueden aumentar o amainar durante periodos determinados–, sino como una condición que afecta a todas las personas en la sociedad de clases, incluida la clase dominante. La alienación como recurso explicativo por sí misma tampoco explica del todo por qué la mayoría de las violaciones y actos de violencia sexual son obra de hombres y no de mujeres. Dicho de otro modo, la alienación, tal como se entiende en el marxismo, es una condición generalizada bajo el capitalismo, mientras que la violencia sexual es un fenómeno mucho más específico, en el sentido de que si todo el mundo está alienado en todo momento bajo el capitalismo, no todas las personas sufren violencia sexual sobre una base cotidiana 7/.

En vez de partir del concepto de alienación, sugiero que comencemos por exponer los múltiples factores interactivos que pueden propiciar las condiciones que posibilitan la violencia machista. Sin embargo, esos factores, que afectan al género y a las relaciones en el seno de la familia, no se limitan a la esfera privada de la vida social, al margen del ámbito de la economía formal. En efecto, la suerte de la reproducción social bajo el neoliberalismo muestra, entre otras cosas, cómo la dinámica de la producción (economía formal) es capaz de disrumpir los procesos de reproducción social (esfera privada) y viceversa.

La teoría de la reproducción social es en parte una explicación histórico-metarialista del aprovisionamiento social, o una explicación de cómo mujeres y hombres son capaces de procurarse y acceder a los medios de subsistencia, tanto materiales como psíquicos, para afrontar una nueva jornada de trabajo. Estos medios están determinados históricamente y dependen de las circunstancias específicas de una sociedad dada, como el nivel general de desarrollo/infraestructura y el nivel de vida que la clase obrera ha sido capaz de arrancar al capital para sí misma. En algunas sociedades, el aumento del precio del pan o del arroz puede hundir a la familia de clase obrera en una crisis, mientras que en otras el umbral de crisis puede traspasarse con la privatización de servicios sociales esenciales. Dado que las mujeres siguen cargando con el grueso del aprovisionamiento social dentro del hogar, los cambios que se producen en la dinámica del aprovisionamiento social y el alcance que pueden tener o no dentro de los límites de espacios seguros también determinan los contornos de las relaciones de género.

¿En que consiste el aprovisionamiento social?

¿Cuáles son algunos de los componentes fundamentales del aprovisionamiento social para la amplia mayoría de gente? La alimentación y la vivienda son los dos requisitos básicos para que pueda materializarse la reproducción social y, a partir de ahí, otros servicios socializados necesarios para mantener la vida y la dignidiad humanas, como la atención sanitaria, la educación, el cuidado de menores, las pensiones y el transporte público.

La vivienda, o el hogar –al igual que la familia–, operan en dos registros opuestos bajo el capitalismo. Por un lado, el hogar se antoja un lugar más seguro para la mayoría de nosotras frente a la violencia e incertidumbre del espacio público. Las relaciones humanas reales de amor y cooperación pueden florecer dentro de las cuatro paredes de un hogar, captadas fugazmente en la risa de una niña o un niño o en un beso entre una pareja. Sin embargo, el hogar, blindado frente al escrutinio público, también puede ser escenario de violencia personal y secretos vergonzosos. Cualquiera que haya presenciado cómo una mujer trata de ocultar con un pañuelo unos moratones descoloridos o haya visto a un niño o niña morderse la lengua ante un comentario sobre un tío cariñoso, está al tanto de la dimensión de estos horrores. Comoquiera que se haya desarrollado la dinámica psíquica de la familia como institución, el hogar sirve de refugio en un sentido más crudo y material. Es literalmente el refugio físico que permite al trabajador o trabajadora descansar antes de tener que ir a trabajar al día siguiente.

No es extraño, por consiguiente, que en el Norte global posterior a 2008, un factor que contribuye significativamente al aumento de la violencia en el seno de las parejas sea la tensión económica asociada a los retrasos en el pago de las hipotecas y a los desahucios, o por decirlo en el lenguaje de la reproducción social, a la desaparición del refugio seguro como uno de los componentes básicos de la reproducción del cuerpo trabajador. En EE UU, los datos del censo de población y de la Encuesta Nacional de Familias y Hogares han demostrado de manera concluyente que las mujeres en general, y las mujeres afroamericanas en particular, son las más expuestas al riesgo de ser víctimas de préstamos abusivos y a la violencia doméstica asociada a los desahucios y desalojos. Un informe sobre la recesión del Centro Nacional de Recursos sobre la Violencia Doméstica afirma al respecto en términos muy claros:

Las mujeres que se separan de sus parejas abusadoras se van a vivir a menudo con parientes o amistades. […] Si sus parientes y amistades no pueden darles alojamiento, puede que vayan a residencias de mujeres maltratadas o de personas sin hogar. Los estudios muestran que casi una quinta parte de las supervivientes de violencia doméstica combinan alojamientos informales (parientes/amistades) y formales (residencias de mujeres maltratadas/personas sin hogar) cuando se separan de parejas abusadoras. […] Sin embargo, esos mismos estudios también muestran que más de un tercio de las  supervivientes de violencia doméstica dicen que se han convertido en personas sin hogar en su intento de acabar con una relación de abuso. […] Esta proporción puede aumentar a raíz de la actual desaceleración económica. […] Desgraciadamente, […] los presupuestos ya mermados de los proveedores de servicios, incluidas las residencias para mujeres maltratadas y personas sin hogar, se recortan al mismo tiempo que han de responder a una demanda mayor 8/.

Hay numerosas historias que documentan esta conexión entre el colapso de la burbuja inmobiliaria de 2008 y la violencia doméstica. Por ejemplo, el suicidio en 2008 de una pareja anciana en Oregón tras su desahucio 9/. En Los Ángeles, California, un hombre en paro, que había trabajado para PricewaterhouseCoopers y Sony Pictures, asesinó a su mujer, a tres hijos y a su suegra antes de dispararse a sí mismo. Dejó una nota que decía que estaba arruinado económicamente y se había planteado suicidarse, pero que al final decidió matar a toda su familia porque era más honroso10/. Tomemos nota del uso significativo de la palabra honroso, volveremos sobre ello más adelante.

Veamos ahora qué ocurre con los alimentos, el agua y otros bienes que constituyen las economías domésticas y que encarnan el trabajo y la responsabilidad de las mujeres. En este contexto es importante recordar que a menudo las mujeres producían bienes de valor de uso dentro del hogar. Para las mujeres del Norte global anterior a la década de 1920, entre esos productos había ropa tricotada a mano, encajes y alimentos cocinados, mientras que en el Sur global, antes de que se implantaran los ajustes estructurales, las mujeres procuraban material combustible y procesaban cereales para sus familias. Debido a que quedaban fuera del circuito de producción de mercancías, tanto los productos como las productoras de esta clase de trabajos resultaban invisibles para la economía formal. En el Norte, a partir de las décadas de 1920 y 1930, la rápida expansión de la producción de electrodomésticos y alimentos procesados cambió totalmente la situación. La participación, primero de las mujeres blancas de clase media, y posteriormente de todas las mujeres, en la economía mercantil creció de forma acelerada.

En el Sur global, la aniquilación de la economía de subsistencia y la plena integración de las mujeres en el mercado llegaron más tarde por imperativo de las políticas neoliberales. En varias partes de África Occidental, por ejemplo, los Acuerdos de Estabilización y Asociación con la UE han obligado a los gobiernos a suprimir toda subvención a las compañías públicas de suministro de agua. Justamente el agua –ingrediente esencial para cocinar, limpiar y cuidar– es responsabilidad de la mujer. Así, en lugares en que el Estado no suministra agua debido a los recortes, lo hacen las mujeres. En el Senegal rural, las mujeres caminan hasta diez kilómetros para ir a buscar agua para la familia.

El cuadro es todavía más crudo en el caso de los alimentos. Una de las principales exigencias del Fondo Monetario Internacional a las economías del Sur era que devaluaran su moneda. La finalidad de la devaluación era incrementar el precio de los bienes importados y de este modo reducir el consumo de estos bienes. Por supuesto, los alimentos, los combustibles y los medicamentos constituyen el grueso de los bienes importados por los países del Sur.

Así que en el hogar, bajo el capitalismo, se desarrollan dos clases de procesos. Por un lado, sigue siendo el espacio de cuidados, no instrumental, en un mundo cada vez más  comercializado y hostil. Por otro lado, también es el lugar de expectativas altamente influidas por el género, donde al final de un tiránico turno en el trabajo uno anticipa una comida caliente y una cama, ambas hechas por mujeres. Esta contradicción se ha dado en casi todos los periodos de la historia del capitalismo. Sin embargo, en las cuatro décadas bajo el neoliberalismo, el hogar ha quedado vaciado de todo recurso de subsistencia: ya no hay huerto detrás de la casa ni tierras comunales para ir a recoger leña y el molino de arroz abandonado en el patio se ha vendido para pagar el arroz envasado de Texas. Pero el aprovisionamiento material para el cuerpo trabajador humano sigue siendo necesario en el hogar, combinado con la expectativa de que las mujeres deberían satisfacer esa necesidad en forma de comida, agua y cuidados. La necesidad material real de alimentos y cobijo, combinada con la expectativa altamente ideológica de que las mujeres son las responsables de satisfacer esta necesidad, crea las condiciones que hacen posible la violencia machista.

El ataque al aprovisionamiento social

La restructuración neoliberal del capitalismo global a partir de la década de 1980 ha influido de un modo específico en la historia de la reproducción social en general y del aprovisionamiento social en particular. Es importante comprender que las políticas neoliberales fueron tan efectivas en la espfera de la producción y del comercio porque al mismo tiempo eliminaron los apoyos que aseguraban el trabajo de reproducción social. De la atención sanitaria a la educación, pasando por los servicios comunitarios y el transporte público, la infraestructura pública se desmanteló rápidamente de una manera similar al modo en que en muchas partes del mundo la tierra ha sido esquilmada para las nuevas industrias extractivas emergentes.

¿Cómo ayudó esto al capital? La supresión del apoyo público a la reproducción social no significó que la gente trabajadora quedara entonces dispensada de trabajar en la esfera de la producción. En vez de esto, significó simplemente que todo apoyo que antes era público se transfirió a cada una de las familias o se privatizó y dotó de un precio fuera del alcance de la vasta mayoría. Parques públicos, cuya infraestructura se construyó con dinero público, recibieron inyecciones de dinero fresco de empresas y cerraron sus puertas a niñas y niños de clase obrera. Siguió habiendo piscinas, actividades extraescolares y una atención médica digna, pero únicamente para quienes podían pagarlas. “Por defecto y por necesidad, entonces, las familias, y en particular las mujeres en su seno, asumieron la labor no proveída públicamente y no asequible personalmente 11/.” Esto hizo que toda la gente trabajadora, mujeres y hombres, fueran vulnerables en el lugar de trabajo y menos capaces de ofrecer resistencia al asalto.

Cuando la era neoliberal afrontó su colapso apoteósico en la crisis financiera global de 2008, la reproducción social ya estaba, para la clase obrera de todo el mundo, sometida a graves tensiones. Ya es un hecho bien documentado que la crisis financiera causó un aumento de la violencia machista. En el Reino Unido, los casos de violencia doméstica aumentaron un 35 % en 2010. En Irlanda hubo un 21 % de aumento en 2008 del número de mujeres que acudieron a los servicios de violencia doméstica con respecto a 2007, una cifra que siguió creciendo en 2009, hasta un 43 % con respecto a las cifras de 2007. En EE UU, según una encuesta privada, realizada en 2011, el 80 % de los hogares de todo el país informaron de un aumento de los casos de violencia doméstica por tercer año consecutivo; el 73 % de estos casos se atribuyeron a cuestiones económicas, incluida la pérdida del puesto de trabajo. Cito la crisis financiera de 2008 como ejemplo de crisis capitalista, a sabiendas de que no fue la primera ni ha sido la última. De hecho, las ciencias sociales han usado regularmente los patrones de los estudios de la Gran Depresión de la década de 1930 en Occidente para comprender las relaciones domésticas de las crisis económicas subsiguientes. ¿Cómo encaja este cuadro de violencia incrementada en nuestro marco de aprovisionamiento social?

Incapaces de satisfacer las necesidades familiares dentro del hogar, las mujeres se vieron en muchos casos literalmente forzadas a salir de casa y buscar comida en la calle. Una encuesta del Banco Mundial entre organizaciones de la sociedad civil reveló que durante la crisis económica, la población pobre “recurrió a una mayor participación de mujeres y menores en actividades de subsistencia, como la recogida de cartón” en la vía pública 12/. La crisis financiera no solo incrementó la carga de la reproducción, sino que la supresión de puestos de trabajo a gran escala y los recortes salariales por parte de los patronos supuso que las mujeres se vieran forzadas, bien a asumir más de un empleo remunerado, bien a aceptar peores condiciones en sus respectivos empleos.

Sin embargo, incluso cuando las mujeres trabajaban durante jornadas cada vez más largas y pasaron a ser el principal sostén de la familia, el trabajo femenino siguió llevando en la esfera pública la impronta del trabajo informal no remunerado que llevaba a cabo en la esfera privada. Veamos el caso de EE UU, donde en la era de la restructuración neoliberal se crearon 65 millones de puestos de trabajo y el 60 % de estos fueron ocupados por mujeres, entre 1964 y 1997. Pero ¿qué clase de trabajos eran? La socióloga Susan Thistle explica cómo:

Las mujeres han sido cruciales en la rápida expansión de la franja de bajos salarios del sector servicios, aportando el grueso de la fuerza de trabajo en los sectores en que este crecimiento de los bajos salarios ha sido más rápido y más amplio […]. Las economistas reconocen desde hace tiempo […] que el desarrollo de nuevas regiones y la conversión del trabajo no remunerado en trabajo asalariado puede generar grandes ganancias, llevando a las empresas a instalar fábricas en el extranjero […]. Hemos de ser conscientes de que un proceso lucrativo similar estaba ocurriendo en el propio EE UU […]. Cuando el mercado penetró en las cocinas y los dormitorios, convirtiendo muchas tareas del hogar en trabajo asalariado, la productividad aumentó fuertemente […] 13/.

Debido a que no está regulado ni cubierto por la legislación laboral, el verdadero horror de este llamado sector informal es que, al igual que el trabajo doméstico en la esfera privada, es interminable y puede funcionar más allá del que puede considerarse una jornada de trabajo aceptable en la sociedad correspondiente. Dos casos recientes de violación con violencia en la India neoliberal revelan los tejidos conectivos existentes entre las políticas neoliberales y los ataques a mujeres.

Un método común de culpar a las víctimas de una violación somete a la mujer, más que al violador, a un examen crítico. En India, mujeres que han sido violadas han sido acusadas de salir “hasta bien entrada la noche”, lo que, según ese argumento, hizo que se merecieran el ataque violento. Ante un tribunal, un abogado defensor de tres de los cinco hombres acusados en el caso de una mujer violada y asesinada en Delhi en 2012 afirmó que las mujeres respetables no eran violadas. “No he visto ni un solo incidente o ejemplo de una violación a una señora respetada”, declaró Manohar Lal Sharma al tribunal, y acusó a la víctima de haber salido por la noche acompañada de un amigo con el que no estaba casada14/.

Las dos víctimas de sendos casos muy sonados de violación en Delhi –la mujer asesinada en diciembre de 2012 y la mujer agredida en Dhaula Kuan– trabajaban en centros de llamadas occidentales externalizados. Trabajaban en el turno de tarde para poder atender en horario de apertura comercial de Occidente. A su empleo mal pagado y precario se añadía el riesgo de tener que transitar por la noche en las calles de una ciudad en la que la protección de las mujeres por parte de las autoridades es deplorable. En Lesoto ha habido violaciones de mujeres que salieron tarde en la noche de sus centros de trabajo en la industria textil, mientras que trabajadoras del textil de Bangladesh han señalado que trabajar largas jornadas y llegar a casa a las 2 de la madrugada puede dar pie a sospechas y amenazas por parte de los maridos y familiares masculinos, “especialmente cuando sus patronos, para que no haya pruebas del exceso de horas extras, les hacen fichar sus tarjetas de control […] de manera que muestren que han salido de la fábrica a las 6 [de la tarde]” 15/.

¿Cómo debemos interpretar la preocupación generalizada por la sexualidad femenina, que se ha convertido en la sirvienta ubicua del neoliberalismo? En cierto sentido, por supuesto, es el resultado de la amplia mercantilización de la sexualidad, pero mi tesis es que estas preocupaciones son expresión de mecanismos más profundos de disciplina y violencia laborales.

Las ZPE como escenarios de disciplina y castigo

Para apreciar plenamente los horrores de la disciplina laboral bajo el neoliberalismo, recapitulemos y recordemos aquí nuestra insistencia en considerar el capitalismo como un todo socioeconómico único. A menos que comprendamos la naturaleza global y sistémica de las estrategias del capital, nuestra resistencia a las mismas será fragmentaria e incompleta. De ahí que las partes del planeta en que el capital parece ser menos dominante han de considerarse a través de los mismos índices de análisis con los que examinamos las economías capitalistas avanzadas del Norte global. Como expone David McNally, “nos perdemos buena parte de… [la] historia si no tenemos en cuenta la expansión fenomenal durante el periodo neoliberal de grandes economías del Este asiático, que han crecido a un ritmo tres o cuatro veces más rápido que el centro capitalista tradicional” 16/. Así, las economías que se hallan fuera de los países centrales desempeñan un papel importante en el proceso global de acumulación de capital. Por consiguiente, ningún registro de violencia de género y disciplina laboral será completo sin contar la historia de las Zonas de Procesado para la Exportación (ZPE) –un producto único y específico del orden neoliberal–, que en su mayor parte se hallan en el Sur global.

El empleo de mano de obra femenina barata dentro de las zonas económicasespeciales, donde no rige la legislación laboral del país en que están situadas, se intentó por primera vez en Corea del Sur durante su milagro económico. La economista Alice Amsden afirma que la clave del éxito de Corea del Sur fue la brecha salarial entre hombres y mujeres 17/. Estas zonas imitan de manera realmente macabra los contornos del hogar bajo el capitalismo. Al igual que los hogares, son privadas, escapan del escrutinio social y estatal, producen artículos de aprovisionamiento social (ropa, calzado, alimentos procesados, juguetes) a cargo de mujeres y son escenarios secretos de violencia rampante.

Las mujeres que trabajan en las ZPE son objeto de abusos verbales generalizados, no cobran las horas extraordinarias, sufren acoso sexual, son forzadas a mantener relaciones sexuales y son víctimas de violencia física. Mujeres que han solicitado un empleo se han visto obligadas a someterse a un examen de salud, inclusive una prueba de embarazo, han sido examinadas desnudas y han tenido que contestar a preguntas como “¿Tienes novio?” y “¿Con qué frecuencia mantenéis relaciones sexuales?” En Kenia, más de 40 ZPE, en las que trabajan más de 40.000 personas, producen cerca del 10 % de las exportaciones del país. Allí la competencia entre hombres y mujeres en torno al empleo hace que a menudo las mujeres se vean forzadas a mantener relaciones sexuales, a pesar del riesgo de contraer el sida, para asegurarse un puesto de trabajo. El Foro Internacional de Derechos Laborales ha revelado que el 95 % de las mujeres kenianas que sufren acoso laboral no denuncian el delito; el 90 % de las mujeres encuestadas para este informe trabajaban en alguna ZPE.

Algo parecido ocurre en Lesoto, donde las mujeres que trabajan en ZPE se ven obligadas a menudo a desnudarse completamente a fin de comprobar que no roban nada, e incluso a quitarse la compresa durante la menstruación. Cerca de EE UU, las maquiladoras protagonizan algunas de las formas más indignantes de violencia contra las mujeres. Esta ZPE, establecida al amparo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1992, se halla en Ciudad Juárez, junto a la frontera entre México y EE UU. Desde 1993, más de 400 trabajadoras de esta ZPE han desaparecido o han sido asesinadas, hecho que otorga a Ciudad Juárez el título de “capital del feminicidio”. En 2003, ZPE de 116 países empleaban a 43 millones de personas. La cifra es ahora más alta 18/.

La gestión de la sexualidad y la gestión del trabajo, por tanto, son cadenas entrelazadas de disciplina que atan a las secciones más vulnerables del trabajo global. Pero ¿quién desempeña esta función? Es importante comprender las diversas facetas de esta respuesta compleja. En primer lugar, los hombres de clase trabajadora no son inocentes en este proceso. Un estudio encargado por el Foro Internacional de Derechos Laborales en Kenia muestra que el 70 % de los hombres entrevistados para el estudio consideran que el acoso sexual contra las trabajadoras es “normal y natural” 19/. En su estudio pionero sobre trabajadoras de las maquiladoras, María Fernández-Kelly se toma en serio la preocupación generalizada por la sexualidad femenina en Ciudad Juárez, y relaciona este pánico moral con la mayor visibilidad de las mujeres en la esfera pública. En la medida en que el trabajo asalariado otorga a las mujeres cierto grado de independencia económica, esos empleos fabriles, según Fernández-Kelly, se consideran una amenaza para las formas tradicionales de autoridad masculina. Los temores que genera esta pérdida potencial de control social se “explicitan, aunque de una manera distorsionada”, mediante una retórica sobre una mayor promiscuidad femenina 20/. Tendremos ocasión de analizar este concepto particular de tradición en el siguiente apartado.

Aunque es cierto que los trabajadores ejercen algún control sobre el tiempo y la sexualidad de las trabajadoras, actúan de acuerdo con las reglas fijadas por el capitalismo. Como muestra Hester Eisenstein, en sectores de bajos salarios, las mujeres reciben un salario de mujer, pero los hombres no reciben un salario de hombre21/. En 2003, Business Weekinformó del caso de un tal Michael A. McLimans, quien trabaja de repartidor para Domino’s y Pizza Hut. Su mujer es recepcionista de hotel. Juntos “sacan unos 40.000 dólares al año, lejos de los 60.000 dólares que el padre de Michael, David I. McLimans, ganaba como veterano obrero metalúrgico” 22/.

El estudio de Leslie Salzinger sobre el trabajo en las maquiladoras muestra una descripción excelente y precisa que explica por qué esta clase de feminización es una de las mejores estrategias de gestión laboral para el capital neoliberal. Salzinger se propone exponer la omnipresencia de lo que llama el “tropo de la feminidad productiva”, es decir, el “icono de la mujer trabajadora ‘dócil y hábil’” como encarnación preferida y esperada del trabajo de procesado para la exportación. Salzinger demuestra que mientras que el tropo de la feminidad productiva parece describir adecuadamente la naturaleza de género de las maquiladoras mexicanas, las maquilas siempre han empleado a una amplia minoría de hombres, lo que le lleva a afirmar que la feminidad productiva no tiene que ver necesariamente con el sexo de la persona empleada, sino que es un proceso de sometimiento a una estricta disciplina laboral, de distintas maneras, a cuerpos tanto femeninos como masculinos, para reunir una fuerza de trabajo de “grado maquila”23/.

Si los hombres de clase obrera prefieren salarios más bajos para el trabajo de mujeresen vez de solidarizarse con ellas, ¿es el patriarcado el que ata a todos los hombres en una conspiración del silencio y dominación? ¿Podemos hablar de una llamada hermandad de todos los hombres? El apartado siguiente trata de responder a estas preguntas retomando la cuestión del honor y la tradición que parecen subyacer a muchas de las justificaciones de la violencia de género.

Inventar la tradición

En una entrevista con el Banco Mundial, un hombre egipcio de Borg Meghezel, un pequeño pueblo pesquero del valle del Nilo, dio una explicación materialista de la violencia contra las mujeres: “La insuficiencia de ingresos es lo que afecta a la relación entre hombres y mujeres. A veces, ella me despierta por la mañana y me pide cinco libras, y si no las tengo, me deprimo y salgo de casa. Y cuando vuelvo, empezamos a pelearnos 24/.” Ni que decir tiene que esta zona en particular del valle del Nilo ha estado luchando contra una aguda crisis en relación con el agua desde que se implicó el Banco Mundial en la región. Un hombre ganés tenía una apreciación todavía más cruda del problema: “Es debido al desempleo y la pobreza que la mayoría de hombres de esta comunidad pegan a sus mujeres. No tenemos dinero para cuidarlas25/.”

En estas manifestaciones duras y directas contemplamos el momento preciso de la violencia y nos percatamos de que todavía tenemos una serie de preguntas. Hasta ahora hemos hablado del contexto de esta violencia, de cómo el hogar y las comunidades basadas en la subsistencia son despojadas sistemáticamente de sus recursos y vaciadas. Mientras que esto crea sin duda las condiciones de una posible violencia, aún queda el problema de cómo entender la justificación histórica de los perpetradores de esta violencia. No basta con decir que el hombre de clase obrera vuelve a casa recién despedido de su trabajo, encuentra un anuncio de desahucio en vez de una comida caliente y entonces se dedica a pegar a su mujer, porque esta imagen, aunque sin duda refleja la realidad, plantea muchas más cuestiones. Por ejemplo, ¿por qué no la mujer de clase obrera llega a casa y pega a su marido tras haber sido despedida de su trabajo, una situación que ciertamente no es exclusiva de los hombres y en realidad han sido más mujeres que hombres quienes han perdido su empleo durante esta recesión?

No existe ninguna lógica que explique por qué se produce la violencia de género, pero aun así, como personas hemos de ser capaces de racionalizarla para nosotras mismas al menos mínimamente como una forma de acción lamentable, pero significativa. La ideología capitalista trata de dotar de significado a estos actos violentos de dos maneras fundamentales. Una esgrime la idea machista profundamente arraigada de la división de trabajo por género en el seno de la familia. A pesar del hecho de que en la gran mayoría de los hogares tanto los hombres como las mujeres tienen que trabajar fuera del hogar a cambio de una paga, existe una expectativa machista de que son las mujeres las que se ocuparán del hogar. Las razones de esto son múltiples y han sido estudiadas creativamente por intelectuales marxistas. Para lo que nos interesa aquí, es importante señalar que de acuerdo con esta faceta particular del machismo, son las mujeres de quienes se espera que se responsabilicen de atender a la familia dentro del hogar y que por tanto también son responsables de toda falta de provisiones.

En segundo lugar, hay ideas machistas que tratan de legitimarse apelando a la tradición. De alguna manera, se trata de un viejo truco capitalista. Ya en 1852, Karl Marx señaló que cuando la burguesía quiere justificar algo

conjura ansiosamente los espíritus del pasado a su servicio, tomando prestados de ellos nombres, gritos de guerra y disfraces con el fin de presentar este nuevo escenario de la historia universal con un embozo actual y un lenguaje prestado. Así, Lutero se puso la máscara del apóstol Pablo, la revolución de 1789-1814 se vistió sucesivamente de república romana y de imperio romano […] 26/.

Este “lenguaje prestado”, como lo llama Marx, se utiliza además de forma bastante específica. La mayoría de las veces aparece en guisa de ideologías que niegan la división en clases e insisten en lo que Benedict Anderson ha denominado “una profunda camaradería horizontal” 27/. Por ejemplo, las naciones se presentan como si no estuvieran divididas en clases y las comunidades religiosas se retratan como colectivos homogéneos en que todos los miembros tienen supuestamente intereses similares al margen de la clase a que pertenecen. De un modo análogo, en el caso del machismo, estas ideas se proyectan al amparo del supuesto de una hermandad común de todos los hombres (presumiblemente frente a una sororidad común de todas las mujeres) y corriendo un tupido velo sobre las divisiones de clase realmente existentes y la explotación entre los hombres. ¿Cómo justifica la apelación a una mítica comunidad de hombres la violencia contra las mujeres? Recordemos las invocaciones que se hacen de la tradición y el linaje a fin de justificar la violencia misógina de los asesinatos de honor.

La práctica de los crímenes de honor, en que unos familiares asesinan a mujeres que se considera que han mancillado el honor de una familia, aporta mucha agua al molino imperialista. Los racistas pueden utilizar los crímenes de honor como prueba del retraso intrínseco de todos los musulmanes. Un noticiero sionista tituló hace unos años uno de sus editoriales con estas palabras: “Admitámoslo: los crímenes de honor en Occidente los cometen musulmanes” 28/. De modo similar, estos ejemplos de violencia se utilizan para justificar la intervención imperialista occidental en Oriente Medio en nombre de la liberación de las mujeres.

Pero ¿cómo podemos explicar entonces los crímenes de honor, ya que no se puede negar que se cometen en familias que en la mayoría de los casos son no blancas y tienen ciertas conexiones históricas con determinados países del Sur global? Según la Organización de Derechos de las Mujeres de Irán y Kurdistán (IKWRO), en el Reino Unido se informó en 2010 de más de 2.800 casos de violencia relacionados con el honor. De los informes policiales se desprende que desde 2009 hubo un incremento del 47 %. La periodista de The GuardianFareena Alam aportó un análisis desgarrador, pero materialista, de estos crímenes. En un escrito de 2004 afirma correctamente que: (1) “Los asesinatos de honor no son un problema musulmán”; y (2) “Los crímenes de honor no guardan relación con la religiosidad” 29/. Muestra cómo en vez de ello “la mayoría de familias migrantes, incluida la mía, mantienen estrechas relaciones con familiares que se han quedado ‘en casa’”. Es esta una relación enriquecedora que “ofrece una red de seguridad frente a una sociedad hostil”. No obstante, Alam no se deja llevar por el sentimentalismo con respecto a esas redes:

[D]emasiado a menudo, estas redes son machistas, reprimen la disensión y exigen lealtad a toda costa […]. A los hombres jóvenes se les permite llevar una vida pública apenas supervisada: socializar, beber y andar con mujeres. El mantenimiento del honor, íntimamente vinculado a la condición social y la movilidad ascendente, recae en las mujeres. La simple alegación de un comportamiento impropio –como que la vean con un hombre fuera de la red familiar– puede dañar la reputación de una mujer, y por tanto de su familia […]. Los crímenes de honor no son simplemente una cuestión de género ni una aberración individual. Son un síntoma del intento de familias inmigrantes de afrontar una urbanización alienante. En los pueblos de origen, el ámbito de control de un hombre era más amplio, con un vasto sistema de apoyo […]. El fracaso de todo esfuerzo por mantener el control puede ser devastador, suficiente para generar la ira inimaginable que hace falta para matar a una pariente 30/.

Para lo que nos interesa aquí, el argumento de Alam sobre la pérdida percibida del control por el hombre como detonante de la violencia es importante. Mientras que los crímenes de honor pueden ser ejemplos extremos de violencia, parece que en nombre de la pérdida de autoridad o control tradicional por el hombre se produce toda una gama de actos de violencia machista.

Un estudio publicado en la British Medical Journal en 2012 reveló que en toda Europa aumentaron fuertemente las tasas de suicidio entre 2007 y 2009, cuando la crisis financiera hizo crecer el paro y redujo drásticamente los ingresos. Los países más golpeados por fuertes desaceleraciones económicas, como Grecia e Irlanda, conocieron los mayores aumentos del número de suicidios. En el Reino Unido se observó que los hombres eran tres veces más propensos a cometer suicidio que las mujeres, por lo que el estudio concluyó que “gran parte de la identidad masculina y del sentido del deber de los hombres se asocia a tener un trabajo. Proporciona ingresos, condición social, importancia” 31/. En 2011, la revista Timese hizo eco de este punto de vista de que la recesión comportó la pérdida del papel tradicional de los hombres y dio pie a un incremento de los casos de depresión masculina: “La asunción cultural por los hombres de su función de sostén económico de la familia es un factor importante del riesgo de depresión, que a menudo está asociada a su papel de proveedor 32/.”

La expresión operativa en esta frase es “asunción cultural”. Todos estos informes y estudios indican que a pesar de que los hombres no siempre han sido el sostén económico de la famila, han creído o esperado que este era de hecho su papel real. La realidad en EE UU, como en el resto del mundo industrializado, es que cada vez más son los hombres y las mujeres quienes trabajan (trabajo asalariado) para mantener un hogar; y tanto los hombres como las mujeres trabajan en el hogar (trabajo no remunerado) para ocuparse de la casa y de los hijos e hijas. La mayoría de estudios recientes sobre el desempleo en EE UU revelan que las mujeres son el sostén económico en el 40 % de las familias, en su gran mayoría madres solteras y mujeres de color. Podemos añadir a esta realidad los datos de una veintena de países industrializados, correspondientes al periodo 1965-2003, que muestran un incremento general, en todos ellos, de la contribución proporcional de las mujeres a la renta familiar.

Lo mismo cabe decir de los hombres/padres que ayudan en el hogar. La socióloga Francine Deutsch señala que los padres de clase obrera dedican más horas al cuidado de la prole que sus homólogos ejecutivos 33/. Según una encuesta de 2011 entre 963 padres que trabajan de oficinistas en empresas de Fortune 500, el 53 % de ellos dijeron que se plantearían dedicarse enteramente a las tareas del hogar si su familia pudiera vivir con el salario de sus respectivas esposas 34/. Mientras que personas que se hallan en la cúspide de la sociedad acusan a los hombres de color de abandonar a sus familias, los estudios de la Asociación Americana de Psicología y del Instituto Nacional de Salud Infantil y Desarrollo Humano desmienten toda mitología racista de esta clase:

Los padres de rentas bajas, pertenecientes a una minoría y no residentes que tienen empleo y educación, dedican en promedio más tiempo a sus hijos e hijas. […] Los hombres afroamericanos se muestran en promedio más inclinados a cuidar físicamente, alimentar y preparar comida para su prole que los padres blancos o hispanos. […]  Algunos datos etnográficos indican que es posible que cantidades significativas de apoyo paternal (tanto en dinero como en especie) no queden registradas en los sistemas formales 35/.

Se trata realmente de un fenómeno extraño. Mientras que la realidad material de la mayoría de hombres es que en las familias trabajan ambos miembros de la pareja por salarios cada vez más bajos y durante jornadas cada vez más largas, parece que las expectativas de género se basan en un modelo mítico de la esposa feliz que cocina en casa y espera a que su esposo vuelva del trabajo. Si la gran mayoría de mujeres trabajan en maquiladoras, Wal-Mart y Starbucks, o de empleadas domésticas en casas de los ricos, ¿los sueños de quién están forjando estos tópicos de la feminidad? Deberíamos examinar de cerca este tópico porque al trazar su ascendencia podemos empezar a comprender cómo la justificación de la violencia machista echa sus raíces en una combinación de realidad material y expectativas ideológicas sobre el género.

La jurista Joan C. Williams formula una importante observación sobre la masculinidad de clase obrera en su reciente libro sobre la relación entre clase y género en EE UU. Según Williams, el género incide como una “importante ‘herida oculta de la clase’”, que se refleja en “el sentido de deficiencia que se debe a la creciente incapacidad de los hombres de clase obrera para rendir como sostén económico de la familia” 36/. La explicación de William de cómo esta deficiencia percibida se interpreta en términos de clase merece citarse enteramente:

Durante dos breves generaciones después de la segunda guerra mundial se democratizó el ideal de esferas separadas, pero hoy en día la capacidad para cumplir con el ideal de sostén de la familia está vinculado de nuevo al privilegio de clase. […] Dado que las familias en que se practica la división del trabajo entre el sostén económico y el ama de casa se atribuyen a la clase media desde la década de 1980, el desempeño efectivo de estos papeles se considera vital en las familias de clase obrera […]. El cumplimiento del papel convencional de género, en suma, es un acto de clase 37/.

La cronología de Williams, que indica cuándo el modelo tradicional de género “sostén económico-ama de casa” resulta inasequible para la clase obrera, coincide exactamente con la cronología que propone Davidson para el comienzo del orden neoliberal. Los papeles tradicionales del sostén económico y del ama de casa y las expectativas de género que se derivan de ellos, por tanto, nunca han sido una tradición de la clase obrera, para empezar, sino que le vinieron prestados por el capital. El poder de este modelo reside precisamente en su capacidad para (a) borrar las diferencias de clase reales presentando una hermandad universal de todos los hombres; y (b) dividir a la clase obrera según líneas de género, imputando expectativas de género ilusorias tanto a hombres como a mujeres, que por necesidad fracasarán siempre en el mundo real.

Echemos ahora un segundo vistazo a nuestro tópico. La esposa modelo, con su familia modelo, tanto si logra la cena perfecta en Nueva York como en Nueva Delhi, es de hecho una guerrera de clase. Su familia ideal se conserva en el ámbar intemporal de los días de gloria del capital en que los hombres siempre serán hombres, los sindicatos obreros siempre serán desconocidos y los esclavos o las castas inferiores siempre traerán a casa el algodón.

Recursos de resistencia

En la actual crisis del capital, el género es una importante arma ideológica que se emplea para ocultar las líneas de falla de las clases. La marea ascendente de justificaciones de la violación por parte de personajes de prestigio social, la avalancha de proyectos de ley que atacan los derechos reproductivos y de las personas LGBTQ, el hecho de tildar de prostitutas y culpar a las víctimas, son diversas maneras de restablecer la feminidad y volver a invocar la mítica familia del sostén económico y el ama de casa, haciendo así contrapeso a expectativas de género nada realistas y ofreciendo modelos a hombres y mujeres de clase obrera. ¿Cómo combatir los valores familiares del capitalismo? En conclusión, vale la pensa señalar los retos a que nos enfrentamos cuando tratamos de revivificar nuevas vías para aplicar el marxismo a nuestro mundo.

Existen principalmente tres retos interrelacionados a los que nos enfrentamos como revolucionarias en la época actual: (1) comprender la naturaleza precisa del capitalismo como sistema de producción; (2) identificar el sujeto de transformación revolucionaria del sistema; y (3) determinar la naturaleza de este proceso de transformación: cómo comienza, cuáles son sus lugares, etcétera. Las respuestas a estos tres problemas ayudan a dilucidar si podemos cambiar la suerte del género en el mundo de nuestros días y cómo conseguirlo.

El neoliberalismo como nueva manera de organizar la acumulación de capital todavía puede durar algún tiempo, pero es importante matizar el alcance y las limitaciones de su novedad. Mientras comentamos las diversas nuevas disposiciones económicas y modalidades de relaciones sociales que nos ha deparado este nuevo montaje del capital, es igual de importante subrayar las continuidades que existen. La economía del neoliberalismo, aunque con diversas expresiones nacionales, no anuncia un nuevo tipo de capitalismo, sino más bien una batería de esfuerzos heterogéneos, primero ensayados y después sistematizados, de las clases dominantes para superar con el tiempo la crisis de rentabilidad inherente al capitalismo. En otras palabras, a diferencia de lo que han sugerido algunos académicos, no se trata de una nueva forma de capitalismo, sino de una nueva forma en que el capitalismo trata de recuperar y mantener sus ganancias. Esto significa que las tesis fundamentales del marxismo clásico sobre el capitalismo como sistema siguen vigentes, al igual que sus conclusiones sobre cómo combatirlo, a saber, mediante la actividad autónoma de la clase obrera.

Como hemos visto a lo largo de este ensayo, una clave del triunfo del neoliberalismo siempre ha sido, y sigue siendo, un ataque victorioso y muy orientado al género contra la clase obrera mundial. Después de todo, es un orden construido sobre una serie de derrotas de nuestro lado, siendo los ejemplos más espectaculares los de los controladores aéreos en EE UU (1981), las trabajadoras del textil en India (1982) y los mineros en el Reino Unido (1984-1985) 38/. Los sindicatos, que siguen siendo la expresión primaria, y a menudo la única, de organización y herramienta de lucha de la clase obrera, son un objetivo importante de las ofensivas neoliberales. La larga historia de derrotas y los relativamente pocos ejemplos de respuestas exitosas por parte de la clase trabajadora han llevado a algunos académicos a poner en duda la centralidad de la clase como agente del cambio y se preguntan si los y las trabajadoras tienen todavía la capacidad de parar los pies al sistema y construir un mundo nuevo. Y muchos han acudido a colectivos más amorfos, siendo el más famoso el concepto de multitud de Michael Hardt y Toni Negri39/.

Mientras, la Primavera Árabe y el movimiento Occupy en EE UU han suscitado otra cuestión más con respecto a la validez del marxismo clásico, esta vez sobre el escenario de lucha. Puesto que las ocupaciones de espacios públicos en España, Tahrir, Zucotti y posteriormente el Parque Gezi han sido algunas de las expresiones más combativas y masivas de lucha en los últimos años, nada más normal que mucha gente vea en esta forma política de insurgencia urbana una vía nueva, posiblemente mejor, hacia el fin del capitalismo, más que las huelgas o disrupciones en los centros de producción 40/.

La tarea del marxismo revolucionario, a diferencia de la de un adivino, no consiste en predecir dónde tendrá lugar el siguiente asalto en este combate. Tampoco puede predecir qué lucha en concreto adoptará una forma generalizada al conjunto del sistema. En el caso del Reino Unido bajo Thatcher, la lucha más anunciada, que también tuvo lugar en el centro de producción, fue la huelga minera. Pero mientras esta acabó en derrota, otra menos probable, que no se desarrolló en un centro de producción –las movilizaciones contra el impuesto al sufragio–, tuvo un impacto mucho mayor en el régimen de Thatcher.

La fuerza del marco de la reproducción social se halla en su capacidad para comprender el capitalismo como un sistema unitario en que la producción y la reproducción pueden estar separadas en el espacio, pero en realidad están orgánicamente vinculadas. Como lo formula Miriam Glucksman, la “necesidad de analizar cada polo separadamente no quita el hecho de que la distintividad de cada uno solo puede entenderse plenamente en su relación recíproca y con la estructura que incluye a ambos” 41/. Cuando tratamos de reconstruir y reforzar nuestros órganos de resistencia contra el orden neoliberal –sean sindicatos u organizaciones marxistas revolucionarias–, debemos tener presente esta concordancia entre producción y reproducción.

El modelo de sindicalismo de justicia social del Sindicato de Enseñantes de Chicago (CTU) es paradigmático y merece replicarse precisamente porque trata de aplicar esta visión en la práctica. La huelga del CTU no solo buscó la mejora de las condiciones de trabajo de la gente afiliada al sindicato, sino que se organizó relacionando cuestiones más amplias al margen del lugar de trabajo –política racista de cierre de escuelas, situación económica del alumnado y sus familias, historia urbana– con problemas del interior del lugar de trabajo, como los salarios y las prestaciones del personal enseñante 42/.

Nuestra lucha por la creación de centros para mujeres violadas cerca de nuestros hogares, por tanto, no puede separarse de nuestra defensa de servicios públicos para facilitar al aprovisionamiento social o de nuestro combate por mejoras salariales y justicia reproductiva. Pero la victoria final de la justicia de género se logrará cuando nos rebelemos contra la tiranía fundamental del capital de apropiarse de nuestro trabajo para obtener ganancias. Esta batalla puede producirse de forma dispersa en cualquier instancia de la sociedad, pero tendrá que ganarse en el lugar de producción, en nuestros centros de trabajo y en las barricadas, donde al confluir los afluentes de nuestras luchas previas podamos dar el “salto bajo el cielo abierto de la historia” 43/.

Mayo de 2019

Traducción: viento sur

Tithi Bhattacharya es profesora de historia en la Purdue University, Indiana. Es miembra del movimiento International Women’s Strike en EE UU.

Notas

1/Meg Luxton, “Feminist Political Economy in Canada and the Politics of Social Reproduction”, en Kate Bezanson, Meg Luxton eds., Social Reproduction: Feminist Political Economy Challenges Neo-Liberalism(Toronto: McGill-Queens University Press, 2006), 36.

2/Lise Vogel, “Domestic Labor Revisited”, Science and Society, vol. 64, n.º 2, verano de 2000, 156.

3/Luxton, 37.

4/Neil Davidson, “The Neoliberal Era in Britain: Historical Developments and Current Perspectives”, International Socialismn.º 139, julio de 2013.

5/Sarah Boseley, “One in Three Women Suffers Violence, Global Study Finds”, The Guardian, 20/06/2013.

6/Sadie Robinson, “What Causes Rape?”, Socialist Worker, 07/06/2011.

7/Doy las gracias a Phil Gasper y Colin Barker por aclarar sucintamente este aspecto en nuestra discusión.

8/Claire M. Renzetti con contribuciones de Vivian M. Larkin, “Economic Stress and Domestic Violence”, Report from the National Resource Center on Domestic Violence, 2011.

9/Stephanie Armour, “Foreclosures Take an Emotional Toll on Many Homeowners”, USA Today, 16/05/2008.

10/Christina Hoag, “6 Die in Family Murder-Suicide in Los Angeles”, USA Today, 07/10/2008. El New York Timesinformó del suceso con el acertado título “Hombre mata a su familia y a sí mismo a causa del mercado”. Véase Rebecca Cathcart, “Man Kills His Family and Himself Over Market”, New York Times, 07/10/2008.

11/Kate Bezanson y Meg Luxton, eds., Social Reproduction: Feminist Political Economy Challenges Neo-Liberalism(Toronto: McGill-Queen’s University Press, 2006), 5.

12/2003 World Bank Report, citado en Marianne Fay, Lorena Cohan y  Karla McEvoy, “Public Social Safety Nets and the Urban Poor”, en Marianne Fay ed., The Urban Poor in Latin America(Washington D.C.: The World Bank, 2005), 244.

13/Susan Thistle, From Marriage to the Market: The Transformation of Women’s Lives and Work (Berkeley: University of California Press, 2006), 110, 112.

14/Andrew MacAskil, “Delhi Rape Victims Are to Blame, Defendants’ Lawyer Says”, Bloomberg News, 10/01/2013. Véase asimismo mi artículo sobre este caso en Socialist Worker[EE UU], 10/01/2013.

15/Kate Raworth, Trading Away Our Rights: Women Working in Global Supply Chains(Oxford: Oxfam Publishing, 2004), 28.

16/David McNally, Global Slump: the Economics and Politics of Crisis and Resistance(Oakland: PM Press, 2011), 37.

17/Alice H. Amsden, Asia’s Next Giant: South Korea and Late Industrialization(Nueva York: Oxford University Press, 1989), 204.

18/Para más detalles, véase Jacqui True, The Political Economy of Violence Against Women(Nueva York: Oxford University Press, 2012).

19/Regina G. M. Karega, Violence Against Women in the Workplace in Kenya: Assessment of Workplace Sexual Harassment in the Commercial, Agriculture and Textile Manufacturing Sectors in Kenya, International Labor Rights Fund, 2002.

20/María Patricia Fernández-Kelly, For We Are Sold, I and My People: Women and Industry in Mexico’s Frontier(Albany: State University of New York Press, 1983), 141.

21/Hester Eisenstein, Feminism Seduced: How Global Elites Use Women’s Labor and Ideas to Exploit the World(Boulder, Londres: Paradigm, Publishers, 2009), 151.

22/ “Waking Up From The American Dream”, Business Week, 30/11/2003.

23/Leslie Salzinger, Genders in Production: Making Workers in Mexico’s Global Factories(Berkeley: University of California Press, 2003), 10.

24/Deepa Narayan et al., Voices of the Poor Crying Out for Change, Published by Oxford University Press for the World Bank (Nueva York: Oxford University Press, 2000), 110.

25/Ibid. 123.

26/Marx and Engels Selected Works in One Volume(Londres: Lawrence and Wishart, 1968), 96.

27/Benedict Anderson, Imagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism(Londres y Nueva York: Verso, 2006), 50.

28/“Let’s Admit It: Honor Killings in the West is by Muslims”, op-ed, Israel National News, 03/02/2012.

29/Fareena Alam, “Take the Honor out of Killing”, The Guardian(Reino Unido), 06/07/2004.

30/ Ibid.

31/ Kate Kelland, “Study links British recession to 1,000 suicides”, Reuters, 15/08/2012.

32/Alice Park, “Why the Recession May Trigger More Depression Among Men”, Time Magazine, 01/03/2011.

33/Francine Deutsch, Halving It All: How Equally Shared Parenting Works(Cambridge, MA: Harvard University Press, 1999), 180-194.

34/B. Harrington, F. Van Deusen y  B. Humberd, The New Dad: Caring, Committed and Conflicted(Chestnut Hill: MS: Boston College Center for Work and Family, 2011).

35/“The Changing Role of the Modern Day Father”, Report of the American Psychological Association, 2012.

36/Joan C. Williams, Reshaping the Work-Family Debate: Why Men and Class Matter(Cambridge, MA: Harvard University Press, 2010), 59, 158.

37/Ibid.

38/Paul Volcker, quien introdujo la política económica neoliberal en EE UU, dejó clara esta conexión entre la quiebra del poder de los sindicatos y el neoliberalismo cuando dijo que “el acto singular más importante del gobierno [de Reagan] para contribuir a la lucha contra la inflación fue la derrota de la huelga de los controladores aéreos”, citado en McNally, 35.

39/Para una crítica de Hardt y Negri, véase Tom Lewis, “Empire Strikes Out”, International Socialist Review24, 2002.

40/David Harvey ha realizado tal vez el análisis más creativo y entusiasta de estos movimientos contra la desposesión. Véase especialmente su publicación Rebel Cities: From the Right to the City to the Urban Revolution(Londres: Verso, 2013). Para una crítica sistemática del trabajo de Harvey, consúltese el audio de Geoff Bailey, “Accumulation by Dispossession”, grabado por WeAreMany.org.

41/Miriam Glucksman, Women Assemble: Women Workers and the New Industries in Inter-War Britain(Londres: Routledge, 1990), 258.

42/Para más detalles, véase Lee Sustar, Striking Back in Chicago: How Teachers Took on City Hall and Pushed Back Education “Reform”. Próxima publicación por Haymarket Books.

43/Walter Benjamin, “Theses on the Philosophy of History,” en Illuminations: Essays and Reflections(Nueva York: Schocken Books, 1969), 261.

 

 

jueves, 7 de enero de 2021

Tran, tren, trin, tron o trump y el éxtasis teresiano a galope tendido del caballo de Santiago Abascal levitando en el Capitolio al son del chirrido de las ruedas del carro que le robaron a Manolo Escobar un día mientras votaba

 

Esto puede pasar aquí

Aunque el golpe o mascarada haya fracasado, la última provocación trumpiana ha sumido de lleno a toda la institucionalidad estadounidense en un dilema radical y traumático: o bien dejar pasar esto y esperar que la llegada de Biden calme las aguas, o hacer caer con ánimo ejemplarizante todo su peso sobre el todavía inquilino de la Casa Blanca. 

(Trumpines razonando a cabezazos contra los muros del templo de al democracia) 

Vicente Rubio-Pueyo

Profesor adjunto en Fordham University (Nueva York).

elsaltodiario

7 ENE 2021

El miércoles 6 enero, Estados Unidos asistió estupefacto a un espectáculo inédito, si no en su historia (su imperio ha estado detrás de muchos momentos similares en numerosos países en el pasado), sí en su territorio. Masas de manifestantes, convocados por el presidente Trump, irrumpieron en el Capitolio ─la policía prácticamente les abrió las puertas─ obligando a evacuar el edificio e interrumpiendo la sesión en la que se iba a certificar la validez de los resultados electorales de noviembre (a los que se sumaban los de Georgia, celebrados el martes). 

¿Un intento de golpe? Seguramente algo más simple y menos peligroso (de momento) pero igualmente confuso. En cierto modo, lo ocurrido en el Capitolio no es sino el cierre más perfecto y adecuado a estos cuatro años, a todo lo que ha hecho y representado Trump y su gobierno.

Creo que nos vienen a la cabeza todos esos famosos fragmentos del 18 de Brumario de Marx. El gobierno de Trump empezó como una farsa, con su descenso de las escaleras mecánicas de su Trump Tower. Siguió como tragedia, mediante la represión y asesinato de ciudadanos afroamericanos, la persecución de migrantes, el enjaulamiento de niños, la criminalizacion de manifestantes, el cotidiano toque de un tambor de angustia. Trump termina ahora en un tercer acto, que vuelve a la farsa (espero que no nos aguarde un ultimo giro trágico).

Se habla de que este asalto pueda haber sido tan solo un ensayo, que podría proseguir en los próximos días, hasta llegar al 20, cuando se celebre la inauguración de Biden

Las imágenes de la entrada trumpista en el Capitolio son un testimonio de paranoia, estupidez, de puro miedo, sin máscaras ni barbijos, pero ataviados con confusos tatuajes, parafernalia militar, camisetas nazis, simbología vikinga. E incluso pieles de lobo, como la que portaba un manifestante subido al estrado del Senado, en una foto que quedará para la historia (bufa). Banderas confederadas se paseaban por los pasillos del Capitolio. Horcas y cruces, al mas puro estilo Ku Klux Klan, se levantaban en las calles. Disfraces ─de nuevo Marx─ prestados del pasado. El inconsciente, el 'ello' brutal de un país, que aflora y se pasea, entre todo el ruido y furia de cabezas de idiotas corriendo por pasillos desiertos, vociferando ¿Dónde están?

Quizás esas imágenes entre ridículas y dramáticas han servido para revelarnos algo del trumpismo: su carácter de fondo del caldero del neoliberalismo, las heces ideológicas acumuladas tras décadas de una hegemonía solitaria que, cansada de monologar consigo misma, ha acabado atrapada en sus propios fantasmas. Y que a la vez convoca los propios fantasmas de la historia del país. A un nivel simbólico, esta jornada ha sido una humillación a la institucionalidad estadounidense.

El mazazo (¿final?) de la era Trump o, como apuntaba en twitter Keeanga-Yamahtta Taylor, el final absoluto del excepcionalismo americano. “It can’t happen here” (Eso no puede ocurrir aquí) era el título de la famosa novela de Sinclair Lewis que advertía, mediante una narración distópica, de la posibilidad del ascenso de un líder fascista en los Estados Unidos de los años cuarenta. Esta jornada ha desmentido esa incredulidad que el título de Lewis criticaba: eso puede ocurrir aquí, eso ha ocurrido aquí, y de hecho, eso ha venido ocurriendo y larvándose aquí, desde mucho antes de Trump. 

La simpatía con los cuerpos policiales enmascara una identificación profunda con el racismo estructural, que se identifica con la “americanidad” misma

Porque conviene no enfocarse únicamente en la apariencia bufonesca del espectáculo. De momento, este asalto ha costado cuatro vidas (una mujer por un disparo de la policía en el interior del capitolio; otras tres personas fallecidas en hospitales por circunstancias todavía por conocerse). Y podríamos haber presenciado una jornada todavía más sangrienta: se han encontrado dos artefactos explosivos, dirigidos contra las respectivas sedes de los partidos Demócrata y Republicano. Por otra parte, se habla de que este asalto pueda haber sido tan solo un ensayo, que podría proseguir en los próximos días, hasta llegar al 20, cuando se celebre la inauguración de Biden.

Como apuntaba la politóloga Laleh Khalili, el asalto, a pesar de su apariencia caótica y chusca, no debe entenderse como una acción espontánea, sino como parte de un intento coordinado: el ataque se ha replicado, con menores y variados efectos, en los capitolios de diez Estados que, como explica Khalili, podría tener un efecto reclutador y ─observando la notable presencia de banderas de muchos otros países─ contiene asimismo una dimensión internacional. 

A esto hay que sumar la actuación de la policía que, como demuestran numerosos vídeos, ha dejado pasar a los manifestantes. Un impulso biempensante podría explicarnos que se trata de una cuestión de mera actitud individual de los agentes. Sin embargo, es un gesto amable con los manifestantes trumpistas que 1) no es ni mucho menos aislado, como se ha demostrado ya en numerosas ocasiones, y 2) esta en línea con una tendencia emergente en el trumpismo, lo que el escritor Jeff Sharlet ha denominado “nacionalismo policial”, acentuado sobre todo este verano con las protestas de Black Lives Matter: la simpatía con los cuerpos policiales enmascara una identificación profunda con el racismo estructural, que se identifica con la “americanidad” misma.

Este proto- o pseudo-golpe puede tener una dramaturgia grotesca e incompetente. Pero esa incompetencia no lo hace menos fascista

Hay que estar atentos ─con óptica poulantziana─ a qué seguimiento y posiciones se adoptan desde los aparatos represivos. Como recordaba el politólogo ─y, precisamente, experto en Poulantzas─ Rafael Khachaturian, el llamado “estado profundo” que tantas teorías de la conspiración ha animado durante estos años dista de ser una entidad unificada, y de hecho se han revelado numerosas divisiones entre diferentes aparatos: muchos departamentos de policía, las patrullas fronterizas y ICE han expresado repetidamente su apoyo a Trump. Las agencias de seguridad nacional, FBI y CIA se han mostrado en general hostiles a sus acciones. 

En definitiva, este proto- o pseudo-golpe puede tener una dramaturgia grotesca e incompetente. Pero como señala Richard Seymour, esa incompetencia no lo hace menos fascista, y la jornada del miércoles puede entenderse como uno más de una larga serie de progresivos experimentos, pruebas de vestuario y procesos de radicalización mutua entre calle y aparatos del Estado que sectores de la extrema derecha han venido desarrollando, y que podrían conducir a la emergencia, ya totalmente desplegada, de una extrema derecha extraparlamentaria, sí, pero ya abiertamente golpista y, sobre todo, de una consistencia organizativa más sólida. Como apuntábamos en un artículo anterior, la paulatina cristalización de corrientes, sensibilidades y actitudes individuales, en una forma más coherente y, por eso mismo, mucho más peligrosa.

El último escenario es el político. Despejado el asalto ─los manifestantes salieron tranquilamente, algunos gritando “vamos a por una cerveza” y hubo tan solo 52 detenciones─ se reanudaba la deliberación para certificar los votos del Electoral College. Los apoyos a Trump se reducían, y solo siete senadores mantenían su oposición a los resultados, entre ellos Ted Cruz. Pero en la Casa de Representantes, hasta 121 congresistas republicanos rechazaban todavía los resultados de Arizona. En otros Estados, el voto llegaba a números entre 70 y 80. Los resultados quedaban aceptados y certificados. Pero aún en minoría, ese rechazo es sin duda políticamente muy significativo.

Mientras tanto, el aun vicepresidente Mike Pence operaba un enfático distanciamiento de Trump. Parece que durante la noche y la madrugada altos funcionarios y miembros del gabinete de Trump han estado discutiendo la posibilidad de invocar la vigésimo quinta enmienda, el único mecanismo previsto en la constitución para forzar la salida de un presidente. ¿Se atreverán esos miembros de la administración Trump? ¿Y que hará el Partido Demócrata? El mensaje de Biden en la tarde del miércoles denunciaba sin duda los hechos, pero concluía apenas con una vaga interpelación a Trump a reaccionar, ejercer liderazgo y llamar a los asaltantes a retirarse, algo hasta cierto punto comprensible como último gesto para no cargar mas la situación y dejar una vía de intervención a Trump, sin amenazar con posibles consecuencias.

Trump efectivamente llamó a la retirada en un mensaje grabado, pero ─en su característico y falsamente espontáneo fraseo, siempre calculadoramente vago e irresponsable─ manteniendo su acusación de fraude electoral.

El ala progresista de los demócratas, con Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar o Jamaal Bowman, entre muchas otras voces, llamaba al impeachment inmediato. Aunque el golpe o mascarada haya fracasado, la última provocación trumpiana ha sumido de lleno a toda la institucionalidad estadounidense en un dilema radical y traumático: dejar pasar esto y esperar que la llegada de Biden calme las aguas o bien hacer caer con ánimo ejemplarizante todo su peso sobre el inquilino de la Casa Blanca.

Hasta esta confusa jornada, era de los que no esperaba ninguna represalia del sistema político estadounidense hacia Trump. Pero esta última sangrienta jugarreta ─farsa y tragedia inextricablemente unidas─ supone una verdadera humillación para todo ese sistema, una imperdonable mancha en el ensueño de su inmaculada autopercepción.

No creo en ninguna bondad o justicia intrínsecas a esa institucionalidad, es simplemente que la más férrea razón de estado ─y de imperio─ obliga a los Estados Unidos a derribar a Trump. Ningún “estado serio” ─como podría decir un informe de la CIA escrito desde una embajada en cualquier otro país─ puede permitirse dejar pasar algo así. En cualquier caso, la más importante razón para terminar de una vez con este payaso trágico, más allá y más acá del estado, del Capitolio, de las columnas y escalinatas en que una vez este país quiso soñarse a sí mismo como democracia fundadora de la modernidad, es la supervivencia de la democracia misma, y de una sociedad que la ejerza, practique y transforme. ¿Puede eso ocurrir aquí? 

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Las páginas “inmaduras”, o contra Maduro, que viene ser lo mismo, de Facebook que apoyan al guarimbo presidente apegado a USA, Guaidó, desplazado a Venezuela como presidente por un ratito de la Comunidad de vecinos (la comunidad de vecinos venezolanos que forman parte de la Asamblea Nacional) son administradas desde USA, menos una que se administra desde Irak. Miren que yo creía que Facebook no colaboraba con el terrorismo internacional de mucha monta, qué cosas, Señor.

 

Páginas de Facebook que apoyan a Guaidó están administradas desde EEUU

 

Juan Guaidó Márquez, el ridículo muñeco del ventrílocuo de Washington, comienza a evaporarse en el olvido. Foto: AP.

Diario octubre/ 07.01.2021

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Juan Guaidó Márquez fue el mayor ridículo político del 2019. El apoyo digital de los Estados Unidos es pornográfico y todas las páginas de Facebook que le apoyan están administradas desde EE.UU.:

·         Guaidó y los 20 principales políticos opositores

·         Los principales medios digitales

·         La Asamblea Nacional y más

Es muy llamativo que todos estos opositores tengan sus páginas administradas desde Estados Unidos. Hicimos el mismo análisis mirando las páginas con más de 100 000 seguidores críticas con el Gobierno de Maduro, y ¡Bingo! El 100% están administradas desde los EE.UU.

El colmo es que la página oficial de la Asamblea de Venezuela, y la del Centro de Comunicación de la “Presidencia” de Guaidó también están administradas desde EE.UU., también otras plataformas que apoyan a Guaidó o atacan a el Gobierno de Maduro.

Las principales páginas de políticos, además de la del presidente autoproclamado (como en Bolivia, ¡qué casualidad!) Guaidó, son las de Leopoldo López, con más de 1,5 millones, su esposa Lilian Tintori, con 900 000, y Henry Ramos Allup (Diputado Asamblea, y SG de Acción Democrática) con 430 000.

Las principales plataformas críticas con el Gobierno elegido en las últimas elecciones presidenciales:

·         Maduradas 3,1 millones de seguidores

·         La Patilla 2,1 millones

·         Caraota Digital 430 000

·         El Chiguire bipolar 395 000

El dato curioso es que la única página de un diputado opositor que no está adminsitrada desde los EE.UU., se trata de Joni Rahal. Aunque el dato quizás sea más extraño y llamativo, siendo administrada desde Irak, lo que hace pensar que pueda ser desde una base militar norteamericana.

Quizás el otro dato escandaloso es que una página tan importante como la de la Asamblea Nacional de Venezuela esté administrada desde Estados Unidos, y que un supuesto Gobierno de Venezuela, aunque sea autoproclamado, solo tenga administradores de los EE.UU. Esto habla por sí mismo.


Las principales páginas de políticos, además de la del presidente autoproclamado (como en Bolivia, ¡qué casualidad!) Guaidó, son las de Leopoldo López, con más de 1,5 millones, su esposa Lilian Tintori, con 900 000, y Henry Ramos Allup (Diputado Asamblea, y SG de Acción Democrática) con 430 000.

En fin, saquen sus conclusiones, pero las similitudes con el golpe de estado en Bolivia son muchas.

Añado un par de curiosidades: Una de las páginas administradas desde Estados Unidos es la del diputado de la Asamblea Nacional que aparece en los Panama Papers, que difundió la imagen fake de Evo Morales con Pablo Escobar durante el golpe de estado en Bolivia. El tuit sigue activo.

Son muchas más las páginas administradas desde Estados Unidos y otros países de menor tamaño que hacen la guerra digital contra el Gobierno. Una curiosa es “Hecho en Venezuela” que en sí misma es un oxímoron: ya que la realidad es hecha en Colombia.

Por ultimo, dejo el informe completo de todas las páginas y los enlaces para que puedan comprobarlo por ustedes mismos, antes de que cambien de administradores, saquen sus propias capturas y sus propios vídeos.

Me comentan que DolarToday, con más de 3 millones y medio de seguidores, es de las principales páginas en Venezuela contra el Gobierno, y casualidades de la vida, también está administrada desde EE.UU. Concretamente desde Delaware, conocido paraíso fiscal para eludir impuestos.

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