domingo, 15 de noviembre de 2020

El covid-19 y lo que le cuelga, es decir, sus colgajos. Del aspecto biológico o sanitario nada se del covid-19, por consiguiente nada puedo decir al respecto que pudiera tener pies y cabeza. Sus colgajos ya son otra cosa: el hambre que pasa la gente ya es otra cosa, que además depende de tener o no tener alimentos, y esto es cuestión social, política, que depende de que el gobierno habilite los medios necesarios para evitar que se pase hambre en vez de dar dinero público a la prensa; mercantil privadoteta del negocio criminal de la sanidad privada detrayéndolo de los medios necesarios para atender a las necesidades médicas y de alimentación de la gente que lo necesite. En este aspecto, especialmente las clases trabajadoras, que somos los más afectados y los creadores de cuanta riqueza existe, sí que deberíamos organizarnos para exigirle al gobierno que los primeros que tienen que ser atendidos son los trabajadores y sus familias en vez de asegurar los beneficios a las grandes empresas, porque el paquetón gordo de la nube de millones que van a “venir” de Europa se lo van a llevar las grandes empresas, ¿no?, paquetón de millones que por otra parte pagaremos los trabajadores, ¿o no? ¿O lo van a pagar las empresas que se los lleven?

 

Medidas científicas, medidas ideológicas

 


Por Alfredo Caro Maldonado

Rebelión

12/11/2020

 Fuentes: Ciencia mundana

Los domingos participo en el programa La galería de EITB. Como solo me dio para 10 minutos (que podéis escuchar aquí) y tenía muchas notas, he escrito este texto-guión.

Una amiga me contaba que un sábado, a las 9 de la mañana, iba por el casco viejo bilbaíno de camino al trabajo, una peluquería, esteticista, a echar 10 horas de trabajo, y le gusta fumarse “un piti” antes de entrar. Mientras maldecía en silencio el madrugón de fin de semana, un coche patrulla se le cruza, baja la ventanilla, y el agente le dice que se suba la mascarilla, ella se niega, que está fumando, que está sola en la calle. 70 € de multa. Aún está esperando que esa misma policía se pase por su centro de trabajo, por el de millones de trabajadores, para garantizar que se cumplan los horarios, las distancias, la ventilación, los EPI…

¿qué evidencia hay detrás de las medidas coercitivas que se están tomando?

Tenemos dos tipos de evidencia, la que nos da la física y la biología, que muestra que el virus, respiratorio, se transmite por las partículas que se producen al hablar, estornudar o toser. El virus, para ser infectivo, necesita de humedad, así que, la eficiencia, la capacidad de infección es, por este orden, por gotas, aerosoles y superficies (fomites). Para que la infección se produzca por gotas se tiene que estar a menos de dos metros. Los aerosoles por su tamaño, flotan y se mantienen más tiempo y distancia. Y las superficies parece que no están siendo relevantes para la transmisión del SARS-Cov2 más allá de ámbitos donde la carga viral es altísima como pueden ser habitaciones UCI.

Y después tenemos la evidencia de las ciencias sociales, donde podríamos incluir la epidemiología al uso. Estas nos hablan de quiénes tienen más probabilidades de contagiarse y morir. Éstas nos demuestran que estamos ante una pandemia de la desigualdad.

En la revista española de salud pública se ha publicado un estudio sobre los determinantes sociales en la incidencia de la COVID-19 en Barcelona. Algunas conclusiones que extrae son: “Los barrios del quintil de menor renta presentaban un 42% más de incidencia que aquellos del quintil con más renta.” Esta correlación es debida a la desigualdad en salud, más enfermedades crónicas (obesidad, diabetes, sedentarismo, tabaquismo, etc.) y menos recursos sanitarios en general.

Hay otro dato que no lo explica del todo bien la biología o la física de aerosoles: alrededor del 70% de las muertes se produjeron en las residencias geriátricas. Sí, allí se concentran (nunca mejor dicho), aquellas personas con más riesgo de fallecer, pero la distribución no es homogénea entre toda la población de esas edades, o sea, estar en una residencia, además de por la edad, es un factor de riesgo importante.

La comunicación de ambas evidencias y la cuestión del riesgo es también crucial. Como con la metáfora del árbol que hace ruido en un bosque sin gente, la evidencia científica no es tal sino se hace realidad en la sociedad y los agentes decisorios. Así, la comunicación basada en una guerra contra el virus, en que hay que doblegar la curva, y en la responsabilidad social, está escondiendo y tergiversando la evidencia, al menos parte de ella. Poniendo el énfasis en parar todos los contagios, se pierde de vista que no todos los contagiados tienen la misma probabilidad de contagiar, contagiarse, enfermar y de morir, y que por tanto, a lo mejor habría que hacer un esfuerzo mayor en reducir los contagios en aquellos sectores de la población más vulnerables, y que no solo hay que hacerlo disminuyendo el riesgo de contagio total, sino el riesgo de enfermar, y como este último tiene que ver con la inequidad, lo que habría que atacar es esta.

Así que la comunicación de la(s) evidencias está sirviendo para que una, la biologicista, sea la hegemónica, mientras que la proveniente de las ciencias sociales y que va más allá del virus, prácticamente desaparezca.

La comunicación es tan importante que a su vez es fuente de evidencia nueva, aunque sesgada. Es el caso de las encuestas de lugares de contagio. En esta entrevista, Javier Segura decía que el Centro de coordinación de alertas y emergencias sanitarias (CAES) hace una encuesta de casos sin tener en cuenta variables sociales (ocupación laboral, clase social, etc) que daría mucha información de qué profesiones tienen más riesgo de enfermar. En otros países sí se hace. Nos hablan de % de ámbitos de contagio, pero en Madrid en el 75 % de los casos esta variable no se ha recogido. Aún así, medios y políticos han puesto el foco en el ocio, cuando el ámbito social es el 30%, el resto es el laboral y el educativo. Individual vs colectivo. “Esta pandemia es una pandemia de la desigualdad, un vector muy importante de contagio y uno de los factores es la precariedad laboral”

No quieren poner el énfasis en los riesgos. Estos se entrecruzan, son complejos, pero le quitan efectismo al marketing del solucionismo tecnológico. Los vendedores de mascarillas FPP2 ahora dicen que las quirúrgicas no valen, pero ninguno dice que cualquier prevención tecnológica lo que puede hacer es reducir el riesgo, y esta reducción es cada vez más difícil cuanto más cerca de cero está el riesgo. Hay cuatro factores que afectan al riesgo de infección que interaccionan: la situación del hospedador, los factores socioeconómicos, el patrón de contacto y lo ambiental.

El énfasis se pone en las medidas biofísicas: ventilación de lugares cerrados, mascarilla y aire libre; potenciales vacunas y fármacos, ¡hospitales! Ignorando la incertidumbre, culpabilizando a los individuos. Pero luego se ignoran esas mismas evidencias cuando tocan el corazón del sistema, el trabajo y la explotación. Ahí, mascarillas, distancia o ventilación no son relevantes, ahí no hace falta distanciamiento social.

Como todo el mundo está siendo bombardeado por el origen social de los contagios, cuando al dar positivo se le pregunta dónde cree que se ha contagiado, se tiende a responder “el bar” donde se tomó el café, en vez del metro o el trabajo, porque no forman parte del imaginario de posibles, o en menor medida. Por supuesto, esto último tiene que ver con la poca calidad de los datos epidemiológicos que tenemos. Un elemento fundamental de los recortes en Salud pública de la última década.

La hegemonía de la evidencia biologicista lleva a poner el énfasis en el individuo, en el mito de la responsabilidad personal, y no en las medidas estructurales para reducir el riesgo de enfermar y morir. Y esto, y el sesgo ideológico de técnicos y políticos, afecta a qué medidas se toman y cuáles no.

Un ejemplo es este reportaje de El País: “Un salón, un bar y una clase: así contagia el coronavirus en el aire. … estas son las probabilidades de infección en estos tres escenarios cotidianos dependiendo de la ventilación”. En este reportaje se centran en las evidencias biofísicas, sin embargo, ¿tienen en cuenta otras? A golpe de google encuentro dos que interesan: según la EPA, en el Estado español hay 19 millones de personas trabajando, y según la OIT, el 27% de las personas trabajadoras en el Estado español trabaja sin contrato, sin que se cumplan sus derechos. Por lo que es fácil deducir que buena parte de los trabajadores pasarán más de 40 horas semanales en su puesto de trabajo, e igualmente, es fácil deducir que en muchísimas ocasiones no se cumplen las normas de seguridad. Por tanto, no deja de sorprender que los escenarios cotidianos para esos autores sean todos menos donde pasamos más de un tercio de nuestra vida.

Cuesta mucho creer que el trabajo no sea “un escenario cotidiano” de transmisión cuando hasta el 7 de noviembre no era ni siquiera obligatoria la mascarilla. Si a esto sumamos el tiempo en el puesto de trabajo, los niveles de precariedad, la temporalidad, falta de prevención de riesgos laborales e inspecciones de trabajo, condiciones del transporte público, etc; nos hace pensar que el titular de esa infografía huele a propaganda.

El ejemplo probablemente más flagrante es el de las residencias. Como decía, suponen hasta el 70 % de los muertos en algunas comunidades. En País Vasco, un 40 %, y eso porque a pesar de tener una norma nueva, en las residencias vascas se sigue utilizando el Decreto 41/1998, de 10 de marzo, sobre los servicios sociales residenciales para la tercera edad. Una norma de hace 22 años. Así, cuando el gobierno vasco confina los municipios, pero no pone los recursos para que se cumpla la nueva ley, y así reducir el riesgo de personas vulnerables, está claramente priorizando en base a prejuicios ideológicos, porque para reducir el riesgo de esas personas tendría que ir contra su espíritu privatizador (liberal).

Medidas tecnológicas y medidas sociales.

Algunos sectores ecologistas plantean que existe una forma de negacionismo de la crisis ambiental por parte de aquellos defensores del Green New Deal al ignorar (más o menos conscientemente) la imposibilidad del planeta Tierra de suplir de recursos materiales y energéticos para sus sueños de “crecimiento sostenible”.

De la misma forma, aquellos que han ignorado ciertas evidencias con respecto a la pandemia son negacionistas. Primero se ignoró que esto iba a pasar, que el aumento de las zoonosis por la destrucción de ecosistemas nos iba a llevar a sufrir una gran pandemia. Después, pasó y aceptamos con responsabilidad un estado de alarma y un largo confinamiento, sabiendo que muchas de las medidas eran no solo injustas sino contraproducentes al causar yatrogenia (como la de no dejar salir a los niños). Y las consecuencias que iban a tener sobre la salud. Exceso de mortalidad de 60.000. Más tarde nos dijeron que en la nueva normalidad se revertirían los años de recortes en salud pública y atención primaria. Y no se ha hecho, se han cruzado los dedos todo el verano. Llega la segunda ola en las mismas condiciones: sin atender ni siquiera tibiamente los principales elementos que aumentan el riesgo de contagio que son la densidad poblacional, sin rastreadores suficientes, sin la atención primaria reforzada, sin recursos ni medidas para las cuarentenas. Y se toman medidas ideológicas, sensacionalistas, no basadas en la evidencia.

Según Javier Segura, el toque de queda es un elemento de distracción, medidas aparentemente muy contundentes pero que no lo son en realidad. Dejan fuera las que realmente hay que tomar: refuerzo de atención primaria y salud laboral; y apoyo social y laboral.

Como dice Juan Diego Areta Higuera, “Deberíamos estar aplicando eficazmente medidas que sabemos que han funcionado: rastreo desde Salud Pública, refuerzo de Atención Primaria (que incluye la domiciliaria) y del sistema educativo, fomento de actividades al aire libre… Si eso no puede hacerse porque nuestro Estado no tiene capacidad para hacerlo, tal vez sería mejor hacerlo público y se hará lo que se pueda.”

Decía también: “Sin informar a la población adecuadamente, sin reconocer los errores cometidos, las incertidumbres en el conocimiento existente sobre COVID19 ni las limitaciones que tiene nuestro Estado, no podemos responsabilizar a la población, pues sólo le estamos dejando dos alternativas probablemente erróneas: o someterse ciegamente a medidas tomadas por razones no explicadas o rebelarse contra ellas”.

Los medios con el biologicismo hegemónico están creando una bomba de tiempo.

Si científicos y medios nos hubieran dicho a diario durante meses que da “igual” (entre muchas comillas) cuántos positivos haya siempre que nuestras poblaciones vulnerables estuvieran totalmente protegidas, entonces se entendería aún menos el que se confinara a los niños y niñas y se cerraran los parques. “Nos prohíben tomarnos un café a media mañana pero no pasar 10 horas quitando cejas a varios centímetros de distancia”.

Es cierto que las movilizaciones negacionistas están controladas por la extrema derecha, pero el caldo de cultivo de este descontento, desconfianza, caos informativo, etc. no es de su cosecha, sino de medios y biologicistas.

Referencias:

Más sobre residencias:

María Luisa Torijano Casalengua, Javier Sánchez Holgado, Cecilia Calvo Pita y María Pilar Astier Peña https://sano-y-salvo.blogspot.com/2020/05/la-terrible-pandemia-sobre-nuestros.html

Javier Segura https://www.elsaltodiario.com/coronavirus/javier-segura-epidemiologo-no-tenemos-evidencia-toque-queda-sea-medida-adecuada-disminuir-contagios

Joan Benach https://ctxt.es/es/20201001/Politica/33862/#.X56MTELay4M.twitter

Manuel Franco, https://www.eldiario.es/sociedad/manuel-franco-barrios-cinco-veces-contagios-deberian-cinco-veces-servicios-primaria-salud-publica-rastreadores_128_6247423.html#click=https://t.co/hiCWN0YQRT

Javier Padilla y Pedro Gullón, Epidemiocracia,  https://capitanswing.com/libros/epidemiocracia/

Fuente: https://cienciamundana.wordpress.com/2020/11/08/medidas-cientificas-medidas-ideologicas/

 

El miedo es un estado de ánimo creado por la ignorancia, según lo veo yo, que lleva a meter la cabeza debajo del sobaco ante cualquiera que se considere con más poder que el que uno tiene, y por tanto, no se va a pasar porque yo diga que hay que dejar de tener miedo, pero yo a lo que voy es que andar por la vida con la cabeza debajo del sobaco no es ya que te entren dolores en el pescuezo por llevarlo todo el día retorcido, que también, sino que es muy peligroso porque como al andar no ves por donde andas, pues que el día menos pensado tienes un mal encontronazo con una farola o te crees que la paredes son traspasables y que te pegas un castañazo que de fijo te jodes la poca cabeza que tienes, y todo por no andar mirando con la cabeza alta, que es como hay que andar por la vida. O sea, que como no seamos capaces de ver que el hambre que se pasa hoy en Madrid, Sevilla, Barcelona y parte del provincial de España, es el mismo hambre que puede pasar cualquier trabajador dentro de un ratito o mañana en cualquier punto-centro mismamente de dicho provincial o Barrio de Bilbao, que como ya saben, Bilbao tiene barrios por todo el mundo. Y no seamos capaces de patalear con la cabeza fuera del sobaco para que eso no ocurra, mal chiquet, muy mal, Y hasta aquí puedo escribir.

 

POBREZA

LOS PLATOS DEL HAMBRE GOLPEAN A LAS PUERTAS DEL AYUNTAMIENTO DE MADRID 

Convocadas bajo el lema “Madrid pasa hambre”, entidades sociales,  asociaciones vecinales y personas provenientes de diferentes barrios se concentraron a las puertas del Área de Gobierno de Familias, Igualdad y Bienestar Social de Madrid para denunciar la inacción del Ayuntamiento ante el aumento de la precariedad y el hambre.

Concentración a ante el Área de Gobierno de Familias, Igualdad y Bienestar Social del Ayuntamiento de Madrid PABLO 'PAMPA' SAINZ

Pablo 'Pampa' Sainz

@PampaenMadrid

El Salto

14 NOV 2020

No había mucha gente a las puertas del Área de Gobierno de Familias, Igualdad y Bienestar Social del Ayuntamiento de Madrid, pero en esas manos se concentraban miles de historias de familias necesitadas, de personas con hambre y sus necesidades básicas insatisfechas. De tripas que rugen ante el plato vacío, de llantos porque las ayudas tantas veces prometidas desde despachos lujosos y cafés humeantes, nunca llegan allá abajo, donde más se necesita.

Allí estaban gentes de Carabanchel, el Alto el Bajo y todos. De Latina y Vallecas, de Tetuán y Moratalaz, personas que se acercaron en representación de entidades sociales y otras, vecinas y vecinos que saben que eso de las colas del hambre es mucho más que un título de portada de periódico. “Que vengan al barrio, que vengan a ver cómo está la gente”, reclaman unas y otras voces.

“Estamos aquí porque es nuestra obligación como ciudadanos, conscientes de la situación que está viviendo Madrid, y además somos protagonistas, llevamos siete años trabajando con familias en exclusión y durante la pandemia hemos dado de comer a 1.800 familias, más de 24.000 personas y 650.000 kilos de alimentos”, describió José Luis, de la Red de Solidaridad Popular de Latina Carabanchel.“Nos llaman mucho la atención las declaraciones de la Villacís o es una mentirosa empedernida y no conoce el Ayuntamiento en el que está o practica la aporofobia, producto de estar con Vox, y le dan asco los pobres. El Ayuntamiento no tiene ninguna subvención de nada, ¡es mentira!, no puede haber duplicidad cuando no tienen partidas de nada. Lo único que da es becas para los niños y la prometida tarjeta alimentaria que copian a Tetuán de la gestión anterior, han sido incapaces de ponerla en funcionamiento”, destacó.

“Lo único que el Ayuntamiento da es becas para los niños y la prometida tarjeta alimentaria que copian a Tetuán de la gestión anterior, han sido incapaces de ponerla en funcionamiento”

Las recientes declaraciones de la vicealcaldesa de Madrid, Begoña Villacís, asegurando que el Ayuntamiento tiene “manga ancha” con familias que reciben ayuda municipal y también recurren a la asistencia vecinal han caído “muy mal” entre quienes están a pie de calle luchando contra la pandemia. “Prácticamente todas las personas que se han visto en esas colas son personas que están siendo ya atendidas por el Ayuntamiento”, reprochó la representante de Ciudadanos en el gobierno local.

 


En señal de protesta, entidades y vecinas dejan platos vacíos en el Área de Gobierno de Familias, Igualdad y Bienestar Social PABLO 'PAMPA' SAINZ

“Lo que hace Villacís es sembrar dudas, respuesta fácil para mentes fáciles. Nuestras familias todas vienen de pasar por servicios sociales, todas tienen el certificado de exclusión alimentaria, están todas censadas por el Ayuntamiento. El Ingreso Mínimo Vital, ¿con los 456€ a qué llegas? Cuando por una habitación de mierda te están cobrando entre 250 y 300 euros. Estamos hablando de miseria. El problema es que los servicios sociales no hacen la labor que les corresponde, sino una labor de investigación porque todo el que se acerca a solicitar algo tiene la presunción de culpabilidad, que va a ser un ladrón, un defraudador. Es todo el tiempo perseguir que se cumpla, que este papel o el otro, y no hacen realmente el trabajo de reinsertar, de trabajar con las familias, empoderarlas, ver una solución, que es lo que hacemos entre nuestras redes”, respondió José Luis.

En la misma línea se manifestó Pilar, vecina de Orcasitas, que fue una de las primeras en llegar a la protesta con un plato vacío en señal de esas casas donde no hay para alimentos. “Vengo porque no hay derecho a que estén sin atender familias muy necesitadas, con personas mayores, con niños, que están directamente abandonadas por parte del Ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid”.“Están abandonas las residencias de ancianos, están retirando lotes de comida que daban a las asociaciones, concretamente a la de Orcasur le daban 15 y se las han retirado sin explicación alguna. Retiran las subvenciones y no justifican el motivo, por eso estar aquí es reivindicar que se atienda a estas familias, que no se les abandone, por favor”, reclamó.

“Los servicios sociales no hacen la labor que les corresponde, sino una labor de investigación porque todo el que se acerca a solicitar algo tiene la presunción de culpabilidad, que va a ser un ladrón, un defraudador”

Pilar también se mostró “indignada” con las declaraciones de la vicealcaldesa. “Lo que dijo es mentira, una forma vil de justificarse. Esa señora que venga a los barrios y que vaya a la puerta de las asociaciones, que vea a la gente que va a pedir comida. Es una forma de tapar las necesidades reales de los barrios humildes, obreros, como la zona sur de Madrid. Te hierve la sangre porque estás viendo las necesidades y viendo en la televisión a esos cuatro voceros de pacotilla diciendo que todo está bien, que no hay problemas. Bien que para poner un kilómetro y medio con luces de la bandera de España sí hay, pero alimentar al pueblo no”, cuestionó.

Charo, de la Asociación de Mujeres de Carabanchel Alto cree que el Ayuntamiento “con toda su cara dura puede negar la realidad de cómo está la gente porque no visita los barrios”. Actualmente están asistiendo a más de 200 personas “pero no solo con alimentos, sino también en el acompañamiento necesario para solicitar ayudas”, aclaró.

“Se ayuda también para rellenar toda la documentación porque las propias asistentas sociales, que son quienes tendrían que tener posibilidades de ayudar, como han recortado tanto, no ahora sino desde hace mucho tiempo, son pocas para esta emergencia. Entonces las propias vecinas nos ayudamos entre todas para el ingreso mínimo vital, los Ertes y todas esas tramitaciones”, explicó.También tuvo palabras para la vicealcaldesa a quien pidió “ponerse un bozal, no una mascarilla, un bozal”.

“Te hierve la sangre porque estás viendo las necesidades y viendo en la televisión a esos cuatro voceros de pacotilla diciendo que todo está bien, que no hay problemas”

“No hay derecho a que sean capaces de hablar por hablar, sin hacer nada, sin conocer porque no se bajan al sitio a ver la realidad de la gente. No ven a la gente que llora porque nunca imaginó encontrarse en esta situación, gente que lo está pasando mal en serio y siente vergüenza de no poder ayudar a su familia, con carreras. La persona que diga que hay gente que está abusando es una indecente”, concluyó Charo.

Todas las personas consultadas coinciden en que “empieza a empeorar la situación, realmente hay que hablar de hambre”. Según sus experiencias entre octubre y noviembre el número de familias necesitadas que se acercan a las entidades sociales no ha parado de subir.

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Historia de la Revolución Rusa

 

Rosa Luxemburgo Obras Escogidas, 11 de 17

Izquierda Revolucionaria 

www.marxismo.org

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Rosa Luxemburgo

5. La cuestión del sufragio

Tomemos otro ejemplo impactante: el derecho al sufragio tal como lo mantiene el gobierno soviético. No queda para nada claro que significación práctica se atribuye a este derecho al sufragio. Por la crítica que hacen Lenin y Trotsky a las instituciones democráticas, parecería que rechazan por principio la representación popular sobre la base del sufragio universal y que quieren apoyarse solamente en los soviets. Por qué, entonces, utilizan un sistema de sufragio universal, realmente no queda claro. No sabemos si este derecho al sufragio se puso en práctica en algún lado; no se oyó hablar de ninguna elección para ningún tipo de organismo popular representativo realizada con este sistema. Más probablemente se trata, por así decirlo, de un producto teórico de la diplomacia; pero, sea como sea, constituye un producto notable de la teoría bolchevique de la dictadura.


Todo derecho al sufragio, como cualquier derecho político en general, no puede medirse aplicando alguna suerte de patrón abstracto de “justicia” o de cualquier otro término burgués democrático, sino por las relaciones sociales y económicas a las que se aplica. El derecho al sufragio elaborado por el gobierno soviético está calculado para el periodo de transición de la sociedad burguesa capitalista a la socialista, o sea, está calculado para el periodo de la dictadura del proletariado. Pero, según la interpretación de esta dictadura que representa Lenin y Trotsky, se garantiza el derecho a votar a todos aquellos que viven de su trabajo y se les niega a todos los demás.


Ahora bien; es obvio que este derecho a votar tiene significado solamente en una sociedad que está en condiciones de garantizar a todos los que quieren trabajar, en función de la tarea que realizan, una vida civilizada adecuada. ¿Es ese el caso de Rusia en la actualidad? Rusia se ve enfrentada con tremendas dificultades, separada como esta del mercado mundial y de sus fuentes de materias primas más importantes. La economía y las relaciones productivas han sufrido una sacudida terrible como resultado de la transformación de las relaciones de propiedad en la tierra, la industria y el comercio. En tales circunstancias, es evidente que incontables personas han de verse súbitamente desarraigadas, a la deriva, sin ninguna posibilidad objetiva de encontrar en el mecanismo económico empleo para su fuerza de trabajo. Esto no sucede solamente en la clase capitalista y en la terrateniente sino también en amplios sectores de la clase media e incluso en la misma clase obrera. Es un hecho conocido que la contracción industrial produjo un regreso del proletariado urbano al campo en escala masiva, en procura de ubicación en la economía rural. En tales circunstancias, otorgar el derecho político al sufragio en función de la obligación de trabajar constituye una medida bastante incomprensible. De acuerdo a la tendencia general, se supone que solamente los explotadores se verán privados de los derechos políticos. Y, por otro lado, a la vez que la fuerza de trabajo se desarraiga a escala masiva, el gobierno soviético se ve obligado a menudo a poner la industria nacional en manos de sus anteriores propietarios, en consignación, por así decirlo. Del mismo modo, el gobierno soviético se vio forzado a concluir un compromiso también con las cooperativas de consumo burguesas. Más aún; se demostró inevitable la utilización de los especialistas burgueses. Otra consecuencia de esta situación es que el Estado mantiene con los recursos públicos a sectores cada vez más amplios del proletariado, como los guardias rojos, etcétera. De hecho, amplias y crecientes capas de la pequeña burguesía y del proletariado, a las que el mecanismo económico no les proporciona los medios para ejercer la obligación de trabajar, se ven privadas de sus derechos políticos.


No tiene sentido considerar el derecho al sufragio como un utópico producto de la fantasía desligado de la realidad social. Y por esta razón no es un instrumento serio de la dictadura proletaria. Es un anacronismo, una anticipación de la situación jurídica adecuada a una economía socialista ya realizada, no al periodo de transición de la dictadura proletaria.


Como toda la clase media, la burguesía y la intelligentsia pequeñoburguesa boicotearon durante meses al gobierno soviético después de la Revolución de Octubre haciendo sabotaje en los ferrocarriles, las líneas postales y telegráficas, los aparatos educacional y administrativo, oponiéndose de esta manera al gobierno obrero. Naturalmente se ejercieron


sobre estos sectores todas las medidas de presión posibles. Estas incluían la privación de los derechos políticos, de los medios económicos de existencia, etcétera, a fin de quebrar su resistencia con puño de hierro. Fue precisamente de esta manera que se expresó la dictadura socialista, que no puede abstenerse de usar la fuerza para garantizar o evitar determinadas medidas que afectan los intereses del conjunto. Pero cuando llega a una ley electoral que resulta en la privación del derecho del voto para amplios sectores de la sociedad, a los que políticamente se coloca fuera de los marcos sociales y, al mismo tiempo, no se está en condiciones de ubicar aunque sea económicamente dentro de esos marcos; cuando la privación de los derechos no es una medida concreta para lograr un objetivo concreto sino una ley general de largo alcance, entonces no se trata de una necesidad de la dictadura sino de una creación artificial a la que no se le puede insuflar vida. Esto se aplica tanto a los soviets como fundamento como a la Asamblea Constituyente y a la ley del sufragio general.


Pero el tema no se agota con la Asamblea Constituyente y la ley del sufragio. No hemos considerado hasta ahora la destrucción de las garantías democráticas más importantes para una vida pública sana y para la actividad política de las masas trabajadoras: libertad de prensa, derechos de asociación y reunión, que les son negados a los adversarios del régimen soviético. En lo que hace a estos ataques (a los derechos democráticos) los argumentos de Trotsky ya citados sobre el carácter farragoso de los organismos democráticos electos distan mucho de ser satisfactorios. Por otra parte, es un hecho conocido e indiscutible que es imposible pensar en un gobierno de las amplias masas sin una prensa libre y sin trabas, sin el derecho ilimitado de asociación y reunión.


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sábado, 14 de noviembre de 2020

MADRID AÑOS 50

Historia. La historia no cambia porque los trabajadores estamos siempre en la misma historia: sin saber de historia. La historia cambiará cuando empiece a cambiar la estructura económica en la que se asienta (misma estructura económica misma historia con a lo sumo otros collares pero con los mismos perros). Pero esto ya es otra historia que comenzará cuando los trabajadores entendamos la economía que estamos utilizando todos los días de forma inconsciente. Esto se dirige al que quiera y sepa leer, al que no quiera ni sepa leer no lo molestamos.

 

La gran guerra y la burguesía barcelonesa: opciones políticas y componentes ideológicos

  

Soledad Bengoechea

Vientosur

13.11.2020

 

Huelga de la Canadiense 1919

 

Soledad Bengoechea

 Vientosur 

13.11.2020

En los 10 años que separan el inicio de la Gran Guerra (1914-1918) hasta la llegada de Primo de Rivera al poder (1923) aparecieron nuevas opciones políticas. En aquel tiempo, las calles de Barcelona se teñían de sangre obrera y patronal mientras las clases acomodadas auspiciaban y luego bendecían el golpe de estado. En este artículo se trata, someramente, el comportamiento de la patronal barcelonesa en el terreno abonado de finales de 1918 y principios de 1919. Atemorizada ante la creciente amenaza que significaba el incremento de la CNT, los empresarios idearon diferentes alternativas para neutralizarla buscando en el cajón de sastre de las estrategias tradicionales y en nuevas fórmulas que aparecían en aquellos años convulsos. En lugar de propiciar un partido único, como ocurrió en el caso de Italia, su estrategia fue crear un Sindicato Patronal Único: la Federación Patronal de Barcelona, semejante a la Confindustria italiana fundada en 1910. La Federación Patronal estaba articulada en asociaciones patronales que habían nacido a finales del siglo XIX, y hablaba de revolución, de nacionalismo, de orden, de jerarquía, de disciplina. Este Sindicato Patronal planteaba una postura que la plana mayor del empresariado la respaldada: el corporativismo, basado en la sindicación obligatoria y única para patronos y obreros. El Estado debía ser privado de la conducción de la política económica, que pasaría a ser pilotada por ellos. La Federación Patronal tuvo apoyos externos: la financiación del gran capital, así como un fuerte aparato militar y policial. E incluso se benefició de la complicidad de una milicia paramilitar, la burguesía armada del Somaten, que le respaldó en los momentos de mayor conflictividad, cuando se temió el levantamiento del pueblo, negando al Estado el monopolio de la violencia. Y contó, también, con un sindicato amarillo, los Sindicatos Libres, que provenía del tradicionalismo.

Nuevas maneras de hacer política: las asociaciones políticas, los militares. El antiparlamentarismo

Cuando estalló la Gran Guerra, en la que España se mantuvo neutral, los empresarios catalanes percibieron enseguida la posibilidad de realizar grandes negocios en el sector de la exportación. Se hacía evidente que los países en liza necesitarían mantas para las trincheras, uniformes, botas y correajes para los soldados, etc. No obstante advertían un problema: en el gobierno estaba el conservador Eduardo Dato y temían que no contemplase estas nuevas posibilidades. Ello acentuó un sentimiento inherente en la burguesía catalana: las asociaciones económicas tenían que incidir en los órganos de gobierno, compartiendo o sustituyendo las funciones propias de los partidos políticos. El mismo año de comenzada la guerra más de treinta representares de las corporaciones económicas catalanas más importantes, encabezadas por el presidente de la Mancomunitat, Enric Prat de la Riba, enviaron sus quejas al rey. Ponían de manifiesto su recelo hacía la actuación de unos gobiernos que “sea por radicar lejos de las regiones periféricas en donde España alcanza su máxima intensidad económica […] en vez de actuar como los gobiernos de los demás estados, no llega a darse cuenta de los conflictos mientras se preparan”. El final de la guerra puso fin a la expansión económica y la crisis de los sectores que más habían crecido durante el conflicto. En Vizcaya en las industrias siderúrgicas y metalúrgicas. En Cataluña en el textil. Al optimismo inicial siguió la decadencia. Los beneficios acumulados sirvieron de poco. Durante estos años, un discurso muy crítico respecto a los partidos políticos se fue acentuando, al tiempo que desde las corporaciones económicas se fortalecía una oratoria que planteaba canales corporativos. Una mayoría de los líderes de estas corporaciones eran políticos que jugaban en dos frentes distintos pero complementarios: desde su posición de políticos presentaban proyectos al Parlamento; por su condición de industriales utilizaban vías más directas (escribían al rey, al presidente del gobierno, al ministro de hacienda). Dado que las propuestas que los políticos catalanes en el Parlamento a veces se veían frustradas por la oposición, a partir de la especial coyuntura abierta por la guerra los industriales utilizarían los canales de tipo más directo como práctica cotidiana.

Otro fenómeno característico de estos años fue el reforzamiento del pretorianismo. Durante el verano de 1917, en España -pero sobre todo en Cataluña- tuvo lugar una grave crisis política y una huelga general que cuestionaba el sistema. Aunque los generales se desvincularon del movimiento de oficiales de las Juntas de Defensa, que tenían un interés estrictamente corporativo, el poder militar iría en aumento a medida que se desgastaba el Parlamento. En otro orden de cosas, se ha de tener en cuenta que el rey también era el jefe supremo de los ejércitos. Por tanto, y como hacían muchos empresarios, los militares acudían al monarca en lugar de a las Cortes para defender sus intereses. Asimismo, el menosprecio que muchos militares sentían hacia la clase política era el nexo que les acercaba a buena parte de la burguesía catalana, una parte de la cual constituía la base de la Lliga Regionalista, partido catalán fundado en 1901. Los patronos utilizarían este malestar de los militares; los militares se aprovecharían del creciente sentimiento de rebeldía antigubernamental inherente a la patronal. En estos años, en diferentes ocasiones, la obsesión del peligro “rojo” hizo perder de vista al gobierno el peligro que representaba el tamden de patronos y militares.

Durante la primavera de 1918, los “junteros” se volvieron a insubordinar. Su protesta movilizó la burguesía catalana y sus propuestas se encarrilaron en dos direcciones: una apostaba por un gobierno de militares, pero dirigido por un civil; otra por una dictadura militar. La actitud del monarca consiguió frenar la insubordinación, sobre todo al poner al conservador Antonio Maura al frente de un gobierno de concentración. La Lliga pudo colocar a Francesc Cambó de ministro de Fomento. Cambó había apostado siempre por gobiernos de concentración que permitieran a los catalanes tener un peso en la política española; solo así podría obtener de forma pacífica un estatuto de autonomía.

A finales de 1918, cuando finalizaba la guerra europea, por las calles barcelonesas corrían rumores de caídas de imperios que parecían inamovibles, al tiempo que las noticias que llegaban del triunfo de los bolcheviques exacerbaban los ánimos de una clase obrera enrolada masivamente en el sindicato anarcosindicalista revolucionario CNT, que percibía ya el paro a que la condenaba el fin de las exportaciones. A mediados de noviembre, en pleno otoño, Maura dejaba el poder y entre algunos sectores de la burguesía barcelonesa cobraba vida una propuesta que hablaba de crear un frente patriótico que coordinase todas las derechas españolas. La línea de la oferta era indiscutiblemente contrarrevolucionaria, no ocultaba que su finalidad era poner fin al sistema liberal e imponer una dictadura que acabase con una temida revolución. El proyecto lo hizo público un tradicionalista, el conde de Santa María de Pomés, en una conferencia que al caer la tarde pronunció en la sala de actos del Centro de Defensa Social, entidad formada por miembros marcadamente tradicionalistas, ante un selecto grupo de burgueses. Ataviado con el traje oscuro de rigor, subió a la palestra. Al avanzar en el discurso su voz se elevó hacia notas agudas, estridentes. La creciente determinación de acabar con la democracia parlamentaria, utilizando la violencia si era necesario, se hizo explícita en una de las frases pronunciadas por el aristócrata al comentar una alocución que el tradicionalista Donoso Cortés había pronunciado setenta años antes en el Parlamento, que entre otras cosas decía: “La significación de España en el mundo a la hora de la paz y de las derechas españolas a la hora de la guerra”. Teniendo como modelo a Cortés, Pomés señalaba “cuando la legalidad basta para salvarla [la sociedad], la legalidad. Cuando no basta, la dictadura”. En aquel contexto, contando con el apoyo de muchos industriales catalanes, se fundó un nuevo partido, La Unión Monárquica Nacional (UMN), que pretendía ser el eje de una federación de las derechas más duras de orientación españolista. Emergía la reclamación de un poder autoritario para contrarrestar la amenaza de una revolución. Un dirigente de la UMN fue el fabricante de pianos Jaime Cussó, que presidió el Fomento del Trabajo Nacional desde febrero de 1918 hasta 1922, es decir, durante los años más duros que en el aspecto social vivió la ciudad de Barcelona.

Autonomía y corporativismo

Al tiempo que los sectores monárquicos y españolistas intentaban colocar las bases de una gran coalición electoral que aglutinase todas las clases conservadoras, es decir, mientras tradicionalistas y monárquicos de la UMN se agitaban buscando una unión de las derechas que fuese capaz de parar una temida revolución instigada por la CNT, el rey estimulaba a Cambó a tirar adelante la autonomía catalana -presentación del primer proyecto de estatuto- con el fin de superar la múltiple crisis política y social existente en España, como señala Borja de Riquer en su obra “Alfonso XIII y Cambó. La monarquía y el catalanismo político”. Bajo el impacto de los proyectos del presidente norteamericano Wilson, los regionalistas, por un lado, con el apoyo de sectores del republicanismo moderado por otro, buscaron ahora una victoria parcial en la lucha por alterar la estructura del estado centralista, y se lanzaron a la tercera campaña autonomista del siglo. La Mancomunitat asumió el proyecto como propio, consignando unas bases para la elaboración del estatuto. Para reforzar la petición autonomista, jóvenes catalanistas salieron a la calle, y por las Ramblas se sucedían sus manifestaciones con el correspondiente enfrentamiento contra grupos españolistas, muchos de los cuales estaban compuestos por oficiales del ejército.

Todo ello ocurría a finales de noviembre de 1918, mientras las hojas de los árboles alfombraban las calles de Barcelona. Aunque el gobierno se negaba a parlamentar sobre el estatuto de autonomía, desde la Mancomunitat se comenzó a redactarlo. Había un punto muy interesante: se querían crear unos organismos técnicos interventores que actuasen como mediadores en los conflictos sociales. Desde algunas plumas de intelectuales y desde grupos industriales se pedía que la Mancomunitat tuviese funciones legislativas, que este organismo contase con plena autoridad en materia obrera (algo que en 1919 se volvería a pedir ante lo que se calificaba de inacción del gobierno en el tema de la represión de los anarcosindicalistas). En este contexto, el sentimiento de no estar tutelados por el estado y la desconfianza hacia el parlamentarismo llevaron a ciertos sectores burgueses a elaborar distintos discursos. Desde el tradicionalismo se esperaba que la autonomía contemplase un proyecto corporativo, es decir, que se facilitase la reaparición de los antiguos gremios medievales –donde supuestamente desaparecería la lucha de clases- y el restablecimiento del derecho catalán.

Por esas mismas fechas, dos corporaciones económicas muy relevantes, como la Cámara de Comercio de Barcelona y el Fomento del Trabajo Nacional, también dirigieron sendos escritos a la Mancomunitat y al propio gobierno. Les presentaban un proyecto nuevo, un proyecto corporativo: la sindicación profesional obligatoria y única para patronos y obreros. La finalidad de la propuesta era llegar a constituir órganos de representación de patronos y obreros que fuesen los que resolviesen las cuestiones de índole laboral y social. Es decir, se planteaba una organización corporativa de la política. La sindicación obligatoria y única, en el fondo el corporativismo que años después se instauraría bajo la dictadura del general Franco, prohibiría la existencia de sindicatos independientes. El sistema corporativo trataba de despojar a los trabajadores de sus órganos de representación, intentaba realizar, según principios tecnocráticos y solidaristas, la colaboración de las clases productoras bajo el control del régimen, pero preservando la propiedad privada y la división de clases. En definitiva, se trataba de defender los intereses de clase de la burguesía mediante una concepción orgánica del poder que emanaría desdearribaEllo significaría, principalmente, privar a los obreros del sindicato CNT, al tiempo que sometería a todos los patronos a unas mismas normas asociativas.

Desde el gobierno del liberal conde de Romanones se hizo un intento de institucionalizar las relaciones de trabajo y de abordar el problema social y presentó al Instituto de Reformas Sociales (IRS), creado en el año 1903, el proyecto de sindicación forzosa. Ello ocurrió un frío día de enero. El IRS se opuso al proyecto. Negativa que tenía dos explicaciones: por una parte, el peso de los socialistas en esta organización (ellos tenían el sindicato UGT); de otra, la resistencia de la patronal en otros lugares de España donde la UGT y los sindicatos católicos, reformistas, no revolucionarios, eran mayoría.

Esta negativa, y las dificultades que existían para conseguir el estatuto de autonomía, movilizaron a uno de los fundadores de la Lliga Regionalista, Lluis Ferrer-Vidal. Este industrial y político era un hombre alto, algo entrado en carnes, de porte afable. Usaba gafas, lucía un gran bigote negro y exhibía una notable alopecia. Ingeniero, publicista y político catalanista, era un hombre de gran cultura y estaba dotado de un indudable carisma. Durante su vida, estrechó relaciones con las corporaciones económicas catalanas más importantes: presidió el Fomento del Trabajo Nacional, la Sociedad Económica Barcelonesa de Amigos del País y la Cámara de Industria de Barcelona. El sentimiento de no estar tutelado por el estado y la desconfianza hacia el parlamentarismo llevaron a Ferrer-Vidal a solicitar el establecimiento de un corporativismo solo para el mundo industrial catalán. Lo hizo en un artículo titulado “Sindicalismo, no. Sindicación, sí”. El proyecto, en gran parte extraño a la política, apelaba y reivindicaba el pensamiento del obispo Torras i Bages y el del presidente de la Mancomunitat, Enric Prat de la Riba. Estaría asentado sobre unos sindicatos obligatorios, pero después estos sindicatos, que eran considerados como herramientas de lucha, quedarían diluidos en la corporación. En su seno, amos y obreros ostentarían la categoría de productores. Estas peticiones se daban en un contexto europeo revolucionario. La Revolución de Noviembre alemana de 1918, por ejemplo, fue un momento crucial en la historia contemporánea, que convirtió en una posibilidad real el ascenso de los trabajadores al poder.

Al mismo tiempo que las grandes corporaciones económicas y la Lliga Regionalista emitían, al menos de palabra, la pretensión de volver a un pasado supuestamente idílico, sin lucha de clases, aparecía en Barcelona otro discurso, un discurso con los que unos sectores sociales querían abrirse paso. Las clases medias, extrañas a la política, luchaban por encontrar un lugar entre la gran burguesía y el proletariado. Habían aumentado con el desarrollo capitalista y en tiempos de crisis se prestaban a la lucha antiproletaria. El discurso no miraba atrás, sino que trataba de adaptar el estado a las nuevas condiciones de desarrollo capitalista. Tampoco buscaba las soluciones en el ámbito catalán; su punto de mira era toda España: era el discurso autoritario que elaboraban algunos patronos sindicalistas, durante unos años que Pere Gabriel ha calificado de tiempos de sindicatos.

Eran tiempos de sindicatos obreros y patronales

Como se comentaba anteriormente, en una Barcelona sometida a la crisis económica de finales de la Gran Guerra, las noticias que hablaban del triunfo de los bolcheviques habían sido un factor más de desastibilización. La ciudad era un polvorín y los anarcosindicalistas, enardecidos ante la visión de un futuro triunfo revolucionario, durante los meses de junio y julio de 1918 habían celebrado el llamado Congreso de Sants. Durante sus actos se organizaron en sindicatos únicos de ramos o industria, con lo cual se pensaba ganar más agilidad organizativa para la lucha. La ilusión de que la revolución era un horizonte aprensible, sobre todo si se conseguía generar una dinámica vaguística en toda España, llevó a los líderes cenetistas (Salvador Seguí (el Noi del Sucre), Ángel Pestaña) a realizar un viaje de propaganda que dio como resultado ganar una cantidad de adeptos considerable (la CNT siempre planteó la revolución social como española, y no solamente catalana, pero Cataluña era percibida como una región fundamental para la revolución general al reunir las condiciones idóneas para ser su motor). Mientras, en Cataluña, la afiliación crecía de día en día de tal manera que en 1919 la CNT afirmaba tener más de cuatrocientos mil afiliados. A partir de ahora, el anarcosindicalismo se convirtió en un reto singular, en el caballo de batalla del empresariado. Los documentos que emanan de la patronal revelan, a menos de palabra, que sus enemigos eran los cenetistas, no los obreros en general. Ante una clase obrera sindicalizada los empresarios se prepararon para dar una respuesta también de tipo sindical.

El proceso de sindicación patronal no era un fenómeno nuevo, ceñido a la problemática de la Gran Guerra; se ha de mirar hacia atrás. Pero la especial coyuntura abierta con la guerra aceleró su desarrollo. Así, si bien desde finales del siglo XIX la gran patronal, pero también la mediana y la pequeña y sectores del artesanado como el textil, el metal y la construcción se organizaban en sindicatos de oficio, fue a partir de 1910 cuando comenzaron a articularse en federaciones. Los industriales de la construcción, sometidos a continuas tensiones con unos obreros muy combativos (trabajaban temporalmente, sufrían accidentes…), al tiempo que muy ligados a los vaivenes de la política local (por ejemplo, era importante conseguir contratos para la realización de obras públicas y obtener favores para la edificación de determinados bloques de viviendas, etc.) fueron uno de los grupos patronales más beligerantes. Ellos, en momentos concretos, coyunturales (junto con los patronos del metal que se negaban a conceder a los obreros una reducción de la jornada laboral argumentando que no podrían competir con el extranjero), constituyeron el núcleo de la Federación Patronal de Barcelona. Dentro de la Federación, desde antes de la guerra, fueron ganando posiciones unos argumentos que hablaban de acción directa, de articular la totalidad de “las clases medias” y de exportar su modelo organizativo, de tipo sindical, fuera de Cataluña, al igual que pretendían los hombres de la CNT. El discurso patronal era el siguiente: si se había de evitar –o ganar- una revolución provocada por una huelga general se necesitaba el respaldo de todo el empresariado español para responder con un locaut también general. Con esta ilusión, ya en 1914, con la idea de influir corporativamente en los órganos estatales, bajo la batuta de patronos catalanes, madrileños y aragoneses se había constituido en Madrid la Confederación Patronal Española. No es difícil imaginar la presión que, a lo largo de los años, esta organización haría sobre los políticos. ¿O, tal vez la política es plenamente autónoma respecto a la economía? El hecho es que Cataluña, la zona de España más industrializada de entonces, no solía tener políticos en Madrid, pero sí que lideraba esta patronal. Bueno, la historia es un proceso complejo.

Durante la esplendorosa primavera de 1918, mientras los cenetistas anunciaban la celebración de su próximo Congreso, se producía un cambio en la dirección del sindicato patronal de la construcción barcelonés: Félix Graupera Lleonart, de cuarenta y cinco años de edad, propietario y contratista de obras, se hacía con su dirección. Era un hombre de carácter fuerte, con un rostro adornado con un gran bigote negro. El 5 de enero de 1920, en pleno locaut, fue víctima de un atentado en una calle de Barcelona, del que salió ileso. No tuvo tanta suerte años después. En el verano de 1936, poco después de iniciada la guerra civil española, unos anarquistas acabaron con su vida en Arenys de Mar, lugar donde veraneaba. Pero volvamos a la primavera de 1918. La Federación Patronal de Barcelona, en manos de Graupera, se convirtió en una organización de carácter autoritario. Para ello hacía un discurso imperativo: también demandaba la sindicación obligatoria y única para patronos y obreros. Igualmente, con la ilusión de conseguir la máxima cohesión patronal, Graupera ponía todo su empeño para que en la Federación Patronal no tuviesen cabida las discrepancias o disensiones, y para que la organización ofreciese el máximo de servicios a los federados (las llamadas listas negras de obreros, caja de resistencia para poder resistir las huelgas y hacer frente a los locauts), e incluso llegó a dar protección a los obreros “adictos”. También pretendía que su sindicato (y la Confederación Patronal Española) tuviese una representación oficial que fuese escuchada en los organismos políticos sociales. Esta pretensión, ambiciosa, requería una serie de medidas, entre otras cosas porque este deseo implicaba que la organización tendría que contar con una administración de carácter burocrático. Además de la caja de resistencia, la Federación dispondría de un fondo monetario importante para hacer frente a los gastos de la entidad. A partir de que estas medidas, dos abogados, los hermanos Fernando y Tomás Benet, comenzaron a tener protagonismo en el seno de la organización.

En el contexto de la huelga de ”La Canadiense”, que tuvo lugar durante el invierno y la primavera de 1919, en Barcelona apareció una nueva forma organizativa en el campo sindical. Como consta en el Archivo del del Gobierno Civil de Barcelona, apadrinados por un militar, el comandante Bartolomé de Roselló –que también era funcionario de Gobernación Civil- en esa época se fundaron los Sindicatos Libres (al mismo tiempo, el 23 de marzo de 1919, bajo la batuta de Mussolini, en Italia se fundaban los “Fasci italiani di combattimento”). Los Sindicatos Libres –muy minoritarios en sus inicios- estaban liderados por un grupo de jóvenes carlistas radicales, y surgían coincidiendo con la llamada a la acción del pretendiente legitimista don Jaime. No era desconocida la larga trayectoria de violencia de los tradicionalitas; de hecho, hasta entonces, ellos y los mauristas habían sido los únicos grupos de derechas que tenían una retórica de agitación en las calles. Ante la negativa del gobierno de conceder la sindicación forzosa, la apuesta por los Libres revela el deseo de determinados sectores sociales (probablemente algunos grupos patronales y militares, incluso elementos ligados a Gobernación Civil) de dar paso a un sindicalismo diferente del confederal. No se puede obviar que la oferta tenía la voluntad de combinar dos estrategias la integradora y la represiva. Por un lado hay que tener en cuenta el carácter violento de los Sindicatos Libres. La acción de sus pistoleros fue sistemáticamente sufrida y contestada por los anarcosindicalistas y por terroristas vinculados a la CNT. Pero también hay que tener en cuenta que los Libres llegaron a rivalizar con la CNT también en el terreno estrictamente sindical minando así la fuerza hasta entonces incontestable del sindicato anarcosindicalista.

Con anterioridad se ha puesto de manifiesto como los Sindicatos Libres se fundaron en la primavera de 1919, al tiempo que las escuadras fascistas italianas. En Cataluña no había masas de veteranos desmovilizados a las cuales acceder para rellenar las filas de las organizaciones paramilitares; eso favoreció que se recurriese a grupos históricamente beligerantes, como el tradicionalismo, a algún sector de militantes de sindicatos católicos, a obreros que por su oficio estaban próximos a los patronos –como los chóferes-, al gran número de parados, a otros trabajadores “adictos” o que no querían afiliarse a la CNT pero, no obstante, necesitaban un “paraguas” donde guarecerse. No todos los obreros eran revolucionarios. Por otra parte, y en esta misma línea, también en Italia en el año 1910 se había fundado la Confindustria con el objetivo de tutelar los intereses de las empresas industriales ante los sindicatos de trabajadores. Se dice que la Confindustria fue acusada de haber apoyado económicamente al fascismo. Pues bien, tenía las características de sindicato patronal, como aquí la Federación Patronal.

He aquí una muestra, sorprendente a, repecto:

“Los fascistas [italianos], ya algo más engrosadas sus filas, luchaban denodadamente para neutralizar y combatir estos efectos. Pero vino entonces un nuevo factor a alentarles el combate. Fueron los burgueses, los industriales y los terratenientes, los que prestaron su ayuda a los fascios locales que ya empezaban a frecuentar contactos entre sí. Y sin vacilaciones se reanudó bárbaramente, con ferocidad inaudita, la batalla contra los comunistas primero, contra los socialistas después, y más tarde contra todo lo que no significara un sentimiento acendrado de italianidad, de arraigo a la patria y al lar nativo”.

“Los nuevos ideales políticos”, “Producción, Tráfico y Consumo” (órgano de la Federación Patronal de Barcelona/Cataluña).

La idea de un locaut se impone

Durante los últimos meses de 1918, se ha dicho ya, el fin de la Gran Guerra anunciaba un nuevo orden mundial. En Barcelona, la conflictividad aumentaba de día en día. Las clases acomodadas se habían dado cuenta de que no podían combatir la subversión solo con medidas represivas, sino que era preciso también luchar en el terreno de las ideas: era preciso integrar las masas –de patronos y obreros- con ofertas políticas. Como se ha visto, se mezclaban nuevas y viejas fórmulas integradoras, sin olvidar que, si todo ello fallaba, quedaba la salida de aumentar la represión. En aquel ambiente, se buscaba un “Mesías, un Redentor”. Significativamente, este Mesías tenía que salir del mundo empresarial, no de los partidos políticos. Como señalaba uno de sus dirigentes, un industrial de la construcción: “Que inspire una confianza y una fe ciega en cuanto diga y cree que debe hacerse para contrarrestar el crecimiento y desarrollo del sindicato obrero”.

En ese contexto, la Federación Patronal seguía una línea dura, de carácter autoritario; ya no escondía sus verdaderas intenciones: suplantar algunas competencias del gobierno planteando un contrato de trabajo que debería ser implantado cuando “ella estime conveniente”. Con este discurso, claramente beligerante, los patronos federados se alejaban de las vías políticas porque la imposibilidad de llevar a cabo tal medida por procedimientos pacíficos y legales era evidente. Entonces, la Federación Patronal empezó a hablar de decretar un locaut, un paro patronal que comenzaría en Barcelona pero que llegaría a paralizar toda España. La ilusión era que un clima de desorden podría crear un ambiente favorable para la ascensión de ofertas totalitarias. El locaut se decretó en un Segundo Congreso Patronal celebrado en Barcelona en octubre de 1919. Asistieron más de 4000 mil congresistas de toda España que dejaron claras sus expectativas: “El motivo de la reunión del Congreso es el abandono en que el Gobierno ha tenido hasta ahora a la clase patronal. Estamos dispuestos a todo, incluso a ir a la revolución”. Esta declaración de intenciones tenía un riesgo. Por ello, una de las primeras medidas que esta organización tomó fue la de crear una comisión secreta que permitiría una mayor capacidad de movimientos y una seguridad a los hombres que tendrían que adoptar las decisiones más importantes. Este carácter secreto impide conocer con exactitud de donde salieron las órdenes que iría dando la Federación. Solo destacar que, durante todo el locaut el mismo alcalde de Barcelona, Antoni Martínez Domingo, que al tiempo era el presidente de la Junta Local de Reformas Sociales, se quejaba de desconocer quienes eran los hombres que habían decretado el locaut, que comenzó el 3 de noviembre de 1919 y finalizó el 26 de enero de 1920. Incluso admitía desconocer cual era el ramo industrial más importante que estaba detrás de tal acción de fuerza.

La vía del locaut tomaba fuerza. Además de ser una herramienta política desestabilizadora, responder con esa medida a las huelgas obreras se consideraba una estrategia revolucionaria; era la otra cara de la huelga general. También el locaut era una medida efectiva para ser aplicado en un momento de sobreproducción e, incluso, la ocasión idónea para rebajar salarios y deshacerse de los obreros más conflictivos. Por la Navidad de 1918, mientras en algunas casas de Barcelona se ponían belenes y se cantaban villancicos, la Federación Patronal fortaleció más su organización. Fue entonces cuando a sus cajas llegaron fondos considerables. Y cuando se afilió a la organización una asociación patronal muy importante: el Centro de Contratistas de Obras Públicas, liderado por Joan Miró Trepat, de la empresa Construcciones y Pavimentos, S.A. Fuentes obreras acusaron repetidamente a este personaje de ser el inductor y protector de bandas de pistoleros capitaneadas por Bravo Portillo o el barón de Koëning. Fuera o no fuera cierta esta incriminación, lo que si es relevante es que Miró tuvo un papel importante en esa asociación hasta el punto en que en algunos documentos de archivo aparece como el líder de la Federación Patronal. De lo que tampoco hay duda es que la empresa entró en la Federación pisando fuerte: su cotización mensual permitió aumentar el personal que trabajaba en ella. Esta cuestión nos lleva a tratar el tema de la financiación de la Federación. A medida que pasaba el tiempo, los fondos con los que contaba aumentaron vertiginosamente. En palabras de sus dirigentes: “Una compañía pagaba anualmente 150.000 pesetas y otra, de entrada, había aportado 100.000”. Es evidente que el gran capital financiaba esta organización dirigida por las clases medias.

Contando con esta financiación la Federación Patronal no dudó en declarar el locaut. Poseía recursos suficientes para tutelar las empresas que pudiesen presentar problemas ante la paralización de la ciudad. En un estudio publicado en este mismo blog, ya puse de manifiesto quién estaba en aquellos momentos detrás de la Federación Patronal: Sabemos que la lideraban patronos de la construcción, algunos de ellos de la importancia de un Miró y Trepat, en representación de la no menos relevante Asociación de Contratistas de Obras Públicas de Cataluña, y que también la engrosaban patronos de la madera, los carreteros, los cocheros, los industriales del hierro, los navieros y, aun, los empresarios de entidades productoras de energía. Además, por noticias emanadas del Fomento del Trabajo Nacional, también conocemos cómo se había enrolado en la Federación Patronal la misma Federación de Fabricantes de Hilados y Tejidos de Cataluña. Pues bien, los directivos de esta organización eran empresarios textiles que ocupaban cargos relevantes en el Fomento del Trabajo Nacional. Por conducto de la Cámara Industrial, se sabe que “poco a poco [en 1919] fueron sumándose a la Federación Patronal las demás fuerzas patronales organizadas en Cataluña, pues era tal la situación del trabajo en Cataluña, que la Federación Patronal podía contar con la adhesión espiritual y material de todos los patronos, incluso de aquellos que por convicción y temperamento eran enemigos de las asociaciones de resistencia ya que ello era consecuencia fatal del abandono del Poder público, que entregaba a la propia defensa a un sector social”.

Durante los acontecimientos de la huelga de “La Canadiense”, y de la huelga general que la siguió, las clases acomodadas de Barcelona habían sentido verdadero temor. Parecía que la revolución acechaba por todos los rincones. Entonces dejaron de lado el tema del estatuto de Autonomía para centrarse en la salvaguarda de sus intereses. Aquellos acontecimientos fueron los motores que les llevaron a elaborar dos estrategias encaminadas a salvar el sistema: fortalecer el sindicato patronal liderado por la construcción, y establecer una serie de compromisos con un militar que se convirtió en una figura clave en Barcelona durante el año 1919: el Capitán general de Cataluña Joaquín Milans del Bosch, precisamente uno de los fundadores de la “Canadiense”. Milans era una persona respetable, un militar ilustre, un ferviente patriota que no puso reparos en defender los intereses de la burguesía. Patronal y Capitanía formaron un tamden perfecto: para los militares, el sindicato patronal representaba el aval financiero y social que necesitaba; para los patronos, Milán significaba la salida de las armas; era evidente que para sostener el autoritarismo de la Federación Patronalhacía falta un fuerte aparato militar.

Este contexto se inscribe dentro del período caracterizado por el fenómeno llamado “terrorismo –o pistolerismo- barcelonés”. Fue inseparable del escenario internacional, al tiempo que en un marco de la radicalización de los llamados grupos de acción anarquistas, de la concreción de un Sindicato Patronal Único, de la creación de los Sindicatos Libres y de los lazos establecidos entre patronos y militares. La compenetración de estos dos sectores sociales –patronos y militares- llegó al límite cuando en 1919 miles de hombres salieron armados a las calles barcelonesas enrolados en la milicia burguesa del Somaten bajo las órdenes del propio Milans. Muchos de estos hombres eran dirigentes de la Lliga Regionalista, que dejaron de lado el supuesto españolismo del militar para ofrecerle su apoyo. Era fácil imaginar que se estaba engendrando un clima de violencia. Como meses después declaraba Cambó: “Cuando en el mes de marzo último estalló la huelga general nosotros, los regionalistas, prestamos nuestro concurso leal a la autoridad, sin mirar que esta fuera encarnada por el general Milans del Bosch, del cual teníamos recibidos toda clase de agravios”. Al mismo tiempo, desde la Federación se impulsaba un cuerpo de policía paralela, también a las órdenes de Bravo Portillo, hombre de confianza de Milans. Bravo y sus hombres detuvieron un gran número de obreros, y Milans y la patronal les concedieron la suficiente autoridad para administrar la represión y controlar los poderes civiles, así como para hacer temblar el gobierno de Romanones ante la amenaza del ejército.

La buena sintonía que se estableció entre la patronal y Milans del Bosch puede apreciarse nítidamente en las notas de prensa de la época. Veamos sucintamente uno de los actos de reconocimiento de la Federación Patronal al Capitán General. Algo que ya puse de manifiesto en un artículo anterior publicado en este blog. Un acto que constituyó un espectáculo de afirmación monárquica y españolista. Aunque asistían los dirigentes de la Liga Regionalista, un partido catalanista, toda la burguesía, grande o pequeña, capitanes de industria, empresarios, tenderos, comerciantes, profesionales liberales se gritaron consignas a favor del ejército, de España y de la Corona. Y lo que realmente es muy preocupante: en el ambiente se percibían rumores que clamaban «abajo los políticos». ¿Qué indica todo esto? Que entre las urnas y los sables la opción de la Federación era clara. No era un secreto para nadie que los patronos y los militares estaban amenazando al gobierno con un golpe de estado. Pero de momento no lo consiguieron. ¿Por qué? Bueno, es posible que también tuvieran que contar con el beneplácito del rey. Ello solo se consiguió unos años después, en septiembre de 1923.

Esta actuación sirvió de paradigma para actuaciones posteriores. A partir de ahora, y hasta la llegada de Primo de Rivera en 1923, Barcelona se convirtió en una amenaza latente para los sucesivos gobiernos, hasta tal punto que estos tuvieron que ceder que Gobernación Civil de Barcelona se convirtiera, de hecho, en una dependencia de capitanía, desde la que se fomentó una especie de terrorismo de estado. Desde entonces, la envejecida fórmula del estado de la Restauración tuvo que aceptar su debilidad y el hecho de que si quería sobrevivir tenía que dejar subsistir, e incluso definir claramente, una esfera independiente de su acción, dejando paso al ejército.

Una sucinta reflexión

Después de todo lo expuesto parece necesario plantarse una serie de cuestiones: ¿por qué después de estas alternativas unitarias de la derecha y de la extrema derecha un sindicato patronal único liderado, formalmente, por unos industriales de la construcción que hacían continuos llamamientos a las clases medias consiguió imponer sus condiciones? ¿Por qué razón el Fomento del Trabajo Nacional, que en 1914 había intentado constituirse como una única corporación circunscrita al territorio catalán, parecía que dejaba el control de los acontecimientos en manos de la Federación Patronal? Parecía, sí, porque, en realidad, a la altura de 1919 el Fomento del Trabajo Nacional también estaba detrás de todas las maniobras de la Federación. En realidad, ésta hacía funciones de ser su sindicato patronal. Las preguntas son complejas pero asumiendo el reto, en base a investigaciones previas, pasamos a destacar algunos de los elementos que parecen determinantes para entender las cuestiones planteadas. En este sentido, no se puede olvidar que los estatutos del Fomento le prohibían inmiscuirse en conflictos sociales, es decir, el Fomento no podía actuar como un sindicato de resistencia. En esta línea, también, se ha de recalcar el peso que en Cataluña tenía el sindicalismo –obrero y patronal-, es decir, es necesario incidir en el hecho de que en aquellos momentos la sociedad catalana se encontraba más cohesionada en torno a los sindicatos que no de los partidos políticos; eso, evidentemente, favorecía el triunfo de una opción sindical patronal, relegando a un segundo plano la oferta de un partido único de derechas.

El hecho de que el desarrollo organizativo del sindicato patronal hubiese sido paralelo y mimético del que habían llevado a cabo los anarcosindicalistas hacía que ambos presentasen unas características similares. Esta vertebración permitiría al sindicato patronal tener una mayor agilidad para la lucha contra los cenetistas, por encima de cualquier otro modelo organizativo. Por otra parte, en este ascenso de la Federación no se puede obviar el carácter autoritario de sus líderes carismáticos (Félix Graupera, Joan Miró y Trepat, Tomás y Fernando Benet, Felipe Pons Solanas, entre otros). Ello entrañaba amenazas de futuras coacciones e incluso la de recorrer a la violencia, no solo contra los obreros, sino contra los patronos que no siguieran sus consignas mientras les sometían a una férrea disciplina. Por ultimo, no se puede obviar que dentro de la Federación iban ganando terreno los sectores más españolistas, que consiguieron el apoyo de la Confederación Patronal Española, con sede en Madrid, y, sobre todo, el soporte del Capitán General de Cataluña. Todos estos elementos son fundamentales para entender como un sindicato patronal se hizo con el control de la ciudad.

Añadamos otras precisiones. Por un lado, no puede menospreciarse el hecho de que el sindicato patronal presentaba unas características de cajón de sastre. Es decir, a diferencia de un partido político un sindicato pone más el acento en la organización que en la ideología. Por ello, su pragmatismo doctrinal le permitía asumir y representar diferentes posicionamientos. La facultad de representar todos los intereses queda perfectamente constatada en dos puntos claves: en el tema del nacionalismo y en la misma concepción del diseño del modelo político estatal, ya fuera monárquico o republicano. A pesar de que la Federación nunca se definió como monárquica –de hecho muchos de sus afiliados más representativos eran republicanos- (Julio Marial Tey, Pich y Pon, Alexandre Plana, Artur Gallart i muchos otros), estuvo muy próxima a la Unión Monárquica Nacional, de la que a veces parecía su brazo de acción. Por otra parte, si bien tradicionalmente algunos de los gremios adheridos a la Federación se mostraban abiertamente catalanistas (como el Gremi de Ferrers, de Pintors), se ha visto como hacía años la Federación había apostado por un proyecto estatal. Pues bien, a pesar de que desde 1919 la posición españolista prevaleció, se ha comprobado como los regionalistas daban soporte a la decisión tomada por Milans del Bosch, revelando su pragmatismo político al relegar sus peticiones autonomistas para dar prioridad a salvaguardar el orden. De hecho, a medida que avanzaba la conflictividad social y aumentaba el recelo de los regionalistas hacia la democracia liberal, se afianzaba una unión que a muchos le parecería contra natura: una unión de los catalanistas con los hombres de la Unión Monárquica Nacional, una unión de las derechas catalanes en contra del gobierno, una cohesión que marcaba distancias con los partidos dinásticos.

Siguiendo en esta línea interpretativa, se puede resaltar otro punto: tradicionalmente a las industrias de la construcción han ido a parar capitales procedentes de otros sectores. Por ejemplo, por motivos de trabajo, los industriales de la edificación mantenían relaciones muy estrechas con el empresariado del metal, e incluso con profesionales liberales, como arquitectos, ingenieros, etc. Igualmente, el hecho de que algunos industriales del textil hiciesen inversiones inmobiliarias permitía que hubiese vinculaciones entre los patronos de estos sectores, al tiempo que potenciaba la defensa de unos intereses comunes. El mismo Fernando Fabra y Puig, marqués de Alella, propietario de la vivienda donde tenía la sede la Federación Patronal (Rambla de Canaletes, 6), era un importante industrial textil, pero, a la vez, tenía intereses en otras industrias, entre ellas la de la construcción (concretamente en Construcciones y Pavimentos, afiliada a la Federación Patronal).

No hay duda, por otra parte, que si bien por un lado el talante combativo de la Federación podía inquietar a los regionalistas, contaba también con unas bases que tenían una gran disposición para la movilización, compuestas por pequeños y medianos patronos, comerciantes, artesanos. Probablemente, la divergencia en el tema del nacionalismo entre la Lliga y la Unión Monárquica impulsó al gran capital a apoyar a estas clases medias emergentes enroladas en un Sindicato Patronal Único. Eran pequeños burgueses que temían perderlo todo y que por ello aspiraban a una mayor participación y dirección de la vida social y política nacional y que por ello también prometían actuar en la calle con en fin de combatir el desafío obrero y de defender el proyecto de sindicación obligatoria y única –sin esperar así que se aprobasen los trámites parlamentarios propios del sistema parlamentario.

En definitiva, el fenómeno aquí analizado resalta por su novedad y originalidad, dentro de los límites en cuanto que un fenómeno histórico pueda ser original. Una élite emergente, las clases medias, que si bien en un principio tuvo una reacción autónoma de la gran burguesía, más tarde podría considerarse que fue “la tropa de la reacción”. No se puede obviar que los que en realidad dominaron la situación fueron los hombres del gran capital enrolados en el Fomento del Trabajo Nacional y en otras asociaciones burguesas. El conjunto no reconocía la autoridad política que detentaba el poder, contestaba el sistema establecido y quería establecer un sistema corporativo. Y no dudaba en hacer esta propuesta para el conjunto de España.

Es notorio que el espíritu de revuelta contra el orden establecido empujó a las clases medias y a la burguesía, convencidas ya de no ser tuteladas por el gobierno, a organizar formas de autodefensa para reafirmar los derechos de la propiedad. El discurso no ocultaba su aversión por la democracia y el estado liberal. Pero este movimiento, que se autodefinía como revolucionario, fue truncado por el régimen autoritario de Primo de Rivera en 1923, que estableció un corporativismo basado en la sindicación libre dentro de la corporación obligatoria. La CNT se clausuró y los Sindicatos Libres y la UGT experimentaron un gran crecimiento. Todo ello tuvo como escenario aquella Barcelona de los años de la primera posguerra europea.

Soledad Bengoechea, miembro del Grupo de Investigación Consolidado “Treball, Institucions i Gènere” (TIG), de la UB y de ·TOT Historia. Associació Cultural”.

Referencias: este artículo se ha elaborado a partir del libro de la autora: “El locaut de Barcelona (1919-1920)”, Curial, 1998, después de introducir actualizaciones.

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