viernes, 9 de octubre de 2020

Una crítica a Thomas Piketty

 

El libro de Alain Bihr y Michel Husson sobre los de Thomas Piketty

Por Jean-Marie Harrybei

Kaosenlared

 Oct 8, 2020

 

El sociólogo Alain Bihr y el economista Michel Husson publican en este inicio de curso un libro crítico sobre las tesis defendidas por Thomas Piketty: Thomas Piketty, una critique illusoire du capital (París, Syllepse, Lausanne, 2020). Las obras de Thomas Piketty han recorrido el mundo y su autor las presenta como complementarias: Le capital au XXIe siècle (París, Seuil, 2013; en castellano, El Capital en el Siglo XXI, Ed. FCE, 2014), seguida de Capital et idéologie (París, Seuil, 2019; en castellano, Capital e ideología, Ed. Deusto, 2019), pero anuncia el segundo como el que debe abrir la “caja negra” de las desigualdades (p. 11).

Dar cuenta de la obra de Alain Bihr (AB) y Michel Husson (MH) es un ejercicio delicado porque, para poder degustar plenamente el sabor, es necesario haber leído los dos de Thomas Piketty (TP), que suman 2.500 páginas aproximadamente, pero también conocer un poco a los dos autores críticos. AB es, en particular, autor de una monumental historia del nacimiento del capitalismo en cuatro volúmenes que superan incluso la amplitud de los de TP, porque cuentan al menos 3.200 páginas 1/. Y MH es un autor infatigable de libros y artículos que por sí solos constituyen una biblioteca de trabajos económicos que utilizan los conceptos de Marx para analizar el capitalismo contemporáneo 2/.

El libro de AB y MH supone, por lo tanto, un doble desafío: explicar en 193 páginas lo esencial de las 2.500 páginas de TP y mostrar sus límites, al tiempo que presenta al lector el marco teórico que inspira su propio trabajo, enorme en cantidad y en calidad. La ambición es casi desproporcionada, pero el juego vale la pena porque la cosa es, digámoslo desde el principio, exitosa, aunque sí plantearé algunas cuestiones durante esta recensión. Los autores indican que AB ha escrito los capítulos 1, “Un título engañoso”, 2, “De las sociedades ‘ternarias‘ a las sociedades de ‘propietarios‘ , o cómo abarcar ocho siglos de historia europea”, 4, “El momento socialdemócrata o la historia reducida a un teatro de sombras” y 6, “El ‘socialismo participativo‘: un socialismo utópico con aires científicos”, y MH los capítulos 3, “El Reino Unido o cómo no tratar el tema” y 5, “El momento neoliberal: de un modelo teórico frágil a propuestas políticas truncadas”. A estos seis capítulos les sigue un epílogo para integrar el evento “coronavirus” pero sin que esto cambie nada a la problemática de TP.

A veces, en obras escritas por varias manos, el conjunto carece de fluidez en sustancia y estilo. Aquí, este no es el caso. Todo está ordenado y unificado, en buena parte, sin duda, debido a que AB y MH tienen un punto en común con el que construir un argumento coherente: ambos están en una aproximación teórica marxiana, desembarazada de los dogmas del marxismo estalinista del siglo XX. Ello permite ubicar de forma inmediata las dos principales críticas teóricas dirigidas a TP, de las que resultará un cuestionamiento de sus propuestas políticas.

Una teoría de Thomas Piketty muy frágil

La primera crítica es de carácter filosófico: TP es un idealista, en el sentido filosófico, es decir, que remite la explicación de la evolución de las sociedades a la ideología, a las representaciones que se dan los pueblos, para justificar las desigualdades que se están desarrollando en las diferentes sociedades. En consecuencia, ignora cuáles son las relaciones sociales de producción, sobre las que se injertan las ideologías. Téngase en cuenta que ignora esta realidad y que ni siquiera conoce el concepto. Y AB y MH no tienen dificultad en detectar que TP no sabe lo que es el capitalismo, es decir, una relación social particular de explotación de la fuerza de trabajo por el capital, de la que surgen las desigualdades monetarias y de poder y, como se verá, una sola reforma tributaria no será suficiente para eliminarlas. El capitalismo es desconocido y de ello se desprende que TP conserva una noción de capital a la que los comentaristas se han opuesto casi unánimemente desde su primer trabajo. Por lo tanto, el andamiaje de TP corre el riesgo de colapsar al centrarse en una ideología de la cual, nos dice AB, no hay una definición seria: “Piketty no habla apenas sobre el segundo concepto que moviliza el título de su obra, el de la ideología. Esto es tanto más molesto teniendo en cuenta que el uso de este concepto no puede darse por sentado, ya que sus usos indebidos han sido múltiples. Y sin antes plantearse si su uso no puede ser en sí mismo… ideológico” (p. 19).

No se puede no estar de acuerdo con AB, y yo mismo también noté esta misma deficiencia al leer Capital et idéologie. En un párrafo titulado “Capitalismo: un propietarismo de la era industrial”, TP explica que “el capitalismo es una forma de propiedad”, luego que “el propietarismo es una ideología”, de donde se desprende la conclusión: “el capitalismo clásico de la Belle époque es la extensión del propietarismo a la era de la gran industria y las finanzas internacionales” (p.189-190). Este tipo de silogismo, capitalismo=propietarismo, o propietarismo=ideología, por tanto capitalismo=ideología, es verdaderamente insostenible. Nadamos en plena ideología, por encima del suelo. Es cierto que no faltan, en este último libro de TP, comentarios sobre el “equilibrio político-ideológico de poder entre los grupos sociales en presencia” (por ejemplo, p. 227), pero estas relaciones de fuerza nunca están vinculadas con las relaciones sociales de producción; siempre tenemos la impresión de que la ideología nace de la ideología. Además, TP tiene una visión de la historia y su evolución que no es en absoluto de largo recorrido como fue el advenimiento del capitalismo y como seguramente será la salida del mismo. ¿Cómo se deben interpretar declaraciones de TP como: “En verdad, todo depende de las instituciones y reglas que cada comunidad humana se da a sí misma, y todo puede cambiar muy rápidamente” (Capital et idéologie, p. 227, subrayado por mí)… en función de las relaciones de fuerza antes citadas? O también: “la importancia de los procesos político-ideológicos en la dinámica de los regímenes no igualitarios, la rapidez y la multiplicidad de las posibles transiciones y bifurcaciones” (Ibíd., p. 532). Si se trata de explicar que se pueden introducir y llevar a cabo importantes reformas tributarias rápidamente, estaremos de acuerdo. Pero si se trata de deducir el paso a un post-capitalismo, la duda se instala fuertemente.

Por tanto, es útil leer los capítulos 2 y 3 de AB y MH sobre la historia europea y la del Reino Unido. Historia sobre la que TP ignora las relaciones sociales de producción subyacentes a los tres órdenes del Antiguo Régimen. ¿Podemos considerar universal el modelo de sociedades ternarias divididas entre clero, nobleza y tercer estado? No, responde AB: “Reservando por el momento el caso del área indoeuropea, diga lo que diga Piketty no encontramos rastro de este patrón trifuncional en los imperios árabes clásicos (omeya, abasí, fatimí, etc.), ni en los otros imperios musulmanes (mameluco, mongol, timuríes, otomano, safávida, mongol), ni en la China imperial (de Han a Qing) o en Japón (ni tampoco durante su período feudal bajo el shogunato Tokugawa)” (p. 34). Y, sobre el tema del feudalismo europeo, AB desmonta a TP: “Una vez más, ignora por completo todo el proceso plurisecular de convulsión de las relaciones de producción y propiedad que hizo que las sociedades europeas pasasen del feudalismo al capitalismo. Si bien no se puede restar importancia a las convulsiones institucionales e ideológicas provocadas por la Revolución Francesa, sin embargo esta no habría hecho más que finalizar una empresa iniciada y ya en gran parte realizada mucho antes de que nuestros valientes revolucionarios entraran en escena, que comenzó con el redescubrimiento y reintroducción del derecho romano a finales del siglo XI en la Universidad de Bolonia y su difusión en la práctica social, empezando por la de los comerciantes y negociantes que elaboraban entre ellos una específica lex mercatoria” (p. 53).

Para situar la segunda gran crítica dirigida por AB y MH a TP, debemos recordar un elemento importante del Capital en el siglo XXI. En este trabajo, TP creía haber hecho una innovación teórica que podría enviar a Marx de vuelta al museo del pensamiento, al proponer dos relaciones matemáticas que supuestamente tenían en cuenta la economía capitalista, que TP ha erigido en “leyes”. La primera de estas dos relaciones es una igualdad contable que no puede ser falsa:

la parte de los beneficios en el producto nacional (α) es igual a la tasa de rendimiento del capital multiplicada por la relación capital/producción (β); se tiene entonces α = rβ

MH pregunta a continuación: ¿por qué esta relación indiscutible está escrita en este sentido, y no en el sentido más usual en la que la tasa de beneficio es igual a la parte de los beneficios dividida por la intensidad capitalista es decir:

r = α / β ? (p.110-111)?

¿No implica el significado de la escritura un sentido de causalidad? Y MH ofrece su interpretación:

“la parte de los beneficios α es un buen indicador de la tasa de explotación y corresponde a lo que Marx llama composición orgánica del capital” (p. 111).

Y continúa: “En resumen, el capital, incluso (¿y sobre todo?) en el siglo XXI, funciona de la siguiente manera: los capitalistas buscan maximizar la tasa de beneficio explotando tanto como sea posible el trabajo asalariado, evitando que el capital acumulado no pese demasiado en su rentabilidad. En cualquier caso, parece bastante razonable pensar que la tasa de rendimiento del capital es un resultado del proceso de producción, y no algo dado en otra parte, una especie de tasa de beneficio garantizado, que sería suficiente aplicar al capital” (p. 111). Siempre se vuelve al problema con el que TP tropieza continuamente, ya que la tasa de beneficio no se determina fuera de la relación social de explotación y, por tanto, no es el resultado de un proceso técnico de producción que hubiera arbitrado entre una mayor o menor sustitución entre capital y trabajo en función de la comparación de la elasticidad de cada uno de estos factores con respecto a sus respectivos precios. MH explica que este solo podría ser el caso si esta elasticidad fuera mayor que 1, lo que rara vez se verifica.

A lo largo de las páginas descubrimos el hilo conductor de la crítica de AB y MH: TP ignora las relaciones sociales de producción, ignora el capitalismo, confunde capital productivo y capital fuente de ingresos (lo que, de paso, conduce a sesgar su valoración del capital en sentido amplio, incluidos los precios de mercado de la vivienda), alinea la rentabilidad del capital con la productividad marginal de este último (y ya se sabe a qué aporías conduce esta noción), y desconoce la variable clave: la productividad del trabajo, cuyo crecimiento cada vez más débil sólo puede compensarse con el deterioro de la participación de los salarios en el valor agregado y, por tanto, con el aumento de la de los beneficios.

De ello se desprende que la segunda “ley” que TP cree haber descubierto, a saber, que las desigualdades aumentan cuando la tasa de rendimiento del capital es mayor que la tasa de crecimiento económico (r> g), es en el mejor de los casos un truismo. Pero, en el peor de los casos, extenderlo a toda la historia económica, desde todos los tiempos y para siempre, negando cualquier periodización, “constituye una desviación espectacular de las normas de la prospectiva”, acusa MH (p. 126).

Por lo tanto, MH propone recurrir a una construcción teórica completamente diferente (pp. 105 a 110). El agotamiento de las ganancias de productividad y la caída de la participación de los salarios en el valor agregado, el restablecimiento a pesar de todo de la rentabilidad del capital que no se traduce en la de la inversión, hasta el punto de provocar una tijera entre ambos y el aumento de los dividendos son los tres “hechos estilizados” del capitalismo contemporáneo y su crisis. “Las raíces de la crisis se encuentran, por tanto, en el ámbito de la producción”, siendo la financiarización “un síntoma y no la causa de la pérdida de eficacia del capitalismo” (p. 110).

Sin embargo, ahora es el momento de hacer una primera pregunta a los autores AB y MH. Incluso si aceptamos la idea fundamental resumida por MH, a saber, que la evolución de la productividad del trabajo es el punto de partida de un razonamiento que nos permite comprender las profundas transformaciones del capitalismo en la era neoliberal, ¿no se puede integrar la idea de que las convulsiones en el orden político, institucional y cultural, por tanto ideológico, favorecieron la rápida inversión del equilibrio de poder entre trabajo y capital a finales de los años setenta y ochenta? De ser así, sería una manera de asociar el concepto gramsciano de “hegemonía cultural” con el de la relación social de producción, y así entender la brutalidad con la que un nuevo “bloque de clases” burgués ha podido establecer la transición al capitalismo neoliberal.

Las propuestas de Thomas Piketty, solo reformistas

Las soluciones de TP para reducir las desigualdades surgen de su análisis de los experimentos socialdemócratas llevados a cabo en Estados Unidos a raíz del New Deal roosveltiano, y en Europa, tanto en Suecia como en Alemania, Reino Unido o Francia. Su tesis es que estos experimentos han dejado “la igualdad inconclusa” (título del capítulo 11 de Capital et idéologie). La historia que propone TP es la de un siglo XX marcado por dos guerras mundiales, la crisis del período de entreguerras y la invención del impuesto sobre la renta. Las guerras y la crisis crearon la oportunidad de hacer retroceder la propiedad privada. AB le reprocha haber restado importancia a las luchas sociales que marcaron la fase de acumulación de capital a finales del siglo XIX en el momento en el que chocaron los imperialismos. En otras palabras, el advenimiento del Estado social y fiscal no puede entenderse solo a través de las evoluciones político-ideológicos, sino que debe vincularse a las luchas del movimiento obrero (p. 80-81). Por mi parte, diría que TP no ignora las movilizaciones y luchas sociales, pero nunca las vincula a las relaciones de producción ordenadas por las demandas de acumulación del capital. Como escribe AB, se trata de relacionar las luchas sociales con “el paso de un régimen de acumulación predominantemente extensivo (que implica un aumento en la duración e intensidad del trabajo) a un régimen predominantemente intensivo (que se basa principalmente en el aumento de la productividad del trabajo, siempre más o menos asociada a la de su intensidad)” (p. 82) 3/.

El advenimiento de la socialdemocracia también se debe a la imposibilidad de que el capitalismo sea regulado únicamente por el mercado. Y AB no está de acuerdo con el uso que hace TP de la tesis de Polanyi: “No es ante todo la quiebra en los años 1920-1940 de la ‘ideología del mercado autorregulado‘ sino, más fundamentalmente, el de un sistema de reproducción del capital que basa su regulación únicamente en los mecanismos del mercado” (p. 84). Yo añadiría que, en Polanyi, esta imposibilidad es muy anterior al período de principios del siglo XX y es intrínseco a la pretendida economía de mercado, en realidad el capitalismo.

Como las desigualdades, tema predilecto de TP, surgen según él de la ideología y de las reglas institucionales que las refuerzan, sin ningún vínculo con las estructuras materiales subyacentes, es necesario abordar la ideología y así el giro se completa: “En resumen: el fin de las sociedades de propietarios es sobre todo la consecuencia de una transformación político-ideológica” (TP, Capital et idéologie, p. 547). De la misma manera que TP explica el retroceso político de la socialdemocracia por su derrota ideológica, imagina que se puede ir más allá del capitalismo imponiéndole reformas políticas, en particular reformas fiscales, que ciertamente no son baladíes, pero que dejan de lado la esencia misma del capitalismo: la relación social de explotación. Por lo tanto, TP cree que en el siglo XX, las sociedades europeas “han permanecido nominalmente capitalistas, pero en realidad están en camino de convertirse en sociedades socialdemócratas” (Ibíd., p. 490).

De esta deficiente visión teórica, TP va a sacar un programa de socialismo participativo para “ir más allá del capitalismo actual y dibujar los contornos de un nuevo socialismo participativo para el siglo XXI, es decir una nueva perspectiva igualitaria con un objetivo universal, basado en la propiedad social, la educación y el intercambio de conocimientos y poderes. […] Esto requiere desarrollar nuevas formas de propiedad social, compartir los derechos de voto y participar en la toma de decisiones en las empresas. Esto también requiere reemplazar la noción de propiedad privada permanente por la de propiedad temporal, mediante un impuesto altamente progresivo sobre las propiedades importantes que permita financiar una dotación universal de capital y así organizar una circulación permanente de bienes y de patrimonio” (Ibíd., p. 1112).

Es un programa reformista, afirman AB y MH, disecándolo. ¿Por qué otorgar a los trabajadores solo la mitad de los derechos de voto en los consejos de administración de las empresas? ¿La cogestión permite ir más allá del capitalismo, ya que este es el objetivo que persigue TP? La propuesta de dotar a cada individuo de un capital de 120.000 euros, financiado con un impuesto basado en el patrimonio, pero pagado con los ingresos del mismo, se topa con una gran contradicción: si los ricos en patrimonio deben vender una parte para pagar su impuesto, el capital ficticio –“que Piketty y sus colaboradores nunca han entendido realmente” según MH–, que constituye la mayor parte de su patrimonio mobiliario, desaparecerá. Y MH le da el golpe final a TP: “Esta venta masiva de acciones hará bajar su precio (¿y quién podrá comprarlas de todos modos?)” (p. 132). Una incomprensión y una confusión que hacen referencia a “la ausencia de una teoría del valor” (p. 133), ausencia que es el defecto de la gran mayoría de economistas formados en la escuela neoclásica.

El programa reformista de TP, particularmente en materia fiscal, sólo podría tolerarse con la condición dada por MH: “En rigor, el capitalismo podría soportar medidas fiscales destinadas a reducir las desigualdades, pero con la condición de que un nuevo auge de las ganancias de productividad permitieran conciliar rentabilidad y redistribución. Sin embargo, esta perspectiva parece excluida y el propio Piketty está de acuerdo” (p. 124) 4/. Aquí nuevamente suscribimos esta crítica teórica. Pero, llevándola hasta su punto final, ¿no es una crítica a todos los impuestos, si examinamos el hecho de que cualquier gravamen tiene la consecuencia, si no el objetivo, de reducir su base? La sociedad quedaría entonces muy desamparada si esto llevara a condenar de antemano cualquier reforma fiscal radical.

Publicado en el otoño de 2019, el segundo libro de TP podría haberse hecho mucho más eco de la crisis ecológica, hasta el punto de introducir una transformación de las estructuras productivas en su socialismo participativo. “La cuestión ecológica… no se plantea”, acusa MH (p. 137). Seamos justos con TP, quien explica: “Muy a menudo, la forma más efectiva de reducir las emisiones es a través de estándares, prohibiciones y reglas estrictas, con respecto a los vehículos de transporte, calefacción, aislamiento de hogares, etc. mucho más que poner un precio más alto al carbono” (Capital et idéologie, p. 1157). Pero estas reglas necesarias se ubican aguas abajo de la economía, especialmente en el consumo y no dentro de las estructuras productivas aguas arriba. Además, su apoyo a la idea de una tarjeta de carbono individual es significativo. Solo quedaría que las cuotas individuales de emisión de gases de efecto invernadero sean transferibles en el mercado 5/.

Atento a las críticas que se hacen al crecimiento del producto interior bruto (PIB), TP recalca a menudo que él nunca habla del PIB sino de la renta nacional, sobre la base de que para calcular esta última “se deduce del PIB todo consumo de capital, y en particular de recursos naturales” 6/. Este argumento no se sostiene porque TP evoca la diferencia entre un agregado bruto y un agregado neto, lo que no tiene absolutamente nada que ver con una distancia respecto el crecimiento económico. Y MH lo tiene fácil para ironizar sobre su incompetencia en términos de contabilidad nacional (p. 138) 7/.

¿Podemos salvar al soldado Piketty? AB y MH reconocen sin reservas la importancia del trabajo de recopilación de datos realizado por TP y sus equipos de investigación. La abundancia de datos, la extensión espacial y temporal, su disponibilidad en internet han contribuido a construir la audiencia de TP en todo el mundo, incluso si no es el único ni el primero en haberse centrado en las desigualdades.

Pero, en términos de análisis teórico, las dos veces 1.200 páginas no pesan mucho según AB y MH. Pretender superar a Marx es puerilidad o inconsciencia, si no falta de cultura. Incluso diría que es más bien un retroceso al pre-socialismo utópico, porque, al menos, los socialistas utópicos de principios del siglo XIX solo conocían los inicios del capitalismo industrial, mientras que TP se beneficia de toda la historia sociopolítica e intelectual que ha transcurrido desde entonces. Las categorías movilizadas por TP son precisamente las que la crítica de Marx había estigmatizado: el fetichismo del capital, de la mercancía, de la propiedad, envuelto en una filosofía idealista del mundo y de su transformación. En lugar de exhibir una pretensión infantil de dejar a Marx en el olvido sin haberlo leído realmente, hubiera sido mejor, incluso si eso significaba criticarlo, al menos entablar un debate con él o sobre él. El capital en el siglo XXI no trata de capital; Capital e ideología es una serie de confusiones sobre capital e ideología. Este es el mensaje del libro crítico de AB y MH.

Como, a pesar de todo, Thomas Piketty despliega una posición política inequívoca junto a los perdedores del capitalismo neoliberal y, con la misma determinación, contra la clase que se atiborra en ese capitalismo, quiero terminar mencionando una idea para considerar que puede ser un aliado en la violenta batalla social que se gesta o ya se desarrolla, batalla que, más allá de las figuras intelectuales, requerirá alianzas entre varias de las capas sociales populares maltratadas por el capitalismo. Esta idea, la extraigo del libro de AB y MH, más precisamente de su conclusión: “Sin embargo, hoy, el capitalismo está más que nunca en las garras de un espectro: si no el de su sobrepasamiento revolucionario en comunismo, al menos el de su propia quiebra y su propio fin puro y simple, bajo los efectos ecológicos y sociopolíticos de su propio desarrollo” (pp. 165-166). “Sin embargo, hoy, el capitalismo está al final de su desarrollo histórico y de repente se ha vuelto irreformable” (p. 172). Me aventuro a plantear dos cuestiones que están huecas al final del libro de AB et MH y que quizás también subyacen a los pasos tácitos o laterales de TP: primero, por qué la quiebra del capitalismo deja a AB y MH escépticos sobre “el sobrepasamiento revolucionario en el comunismo”, ¿significa esto que el único camino es reformista, en el mejor de los casos radicalmente reformista? En segundo lugar, ¿está claro que el capitalismo ha llegado “al final de su desarrollo histórico”? Encuentro más sabia la fórmula de Robert Boyer: “El capitalismo es todavía joven, pero no eterno” 8/.

El interés incomparable del libro de Alain Bihr y Michel Husson sobre las tesis de Thomas Piketty desde que se ha convertido en una cuasi-estrella de la economía es ofrecer al lector una lección real de socio-economía, o, para decirlo como podría haberlo hecho Marx: una verdadera lección en la crítica de la socio-economía política, donde las relaciones sociales de producción, la ideología y las instituciones políticas interfieren, en una perspectiva dinámica de transformación, dentro de la cual la lógica del capital todavía deja su huella en la tormenta de los enfrentamientos de clases.

Una lección política también: la estrategia que podría dar un giro en la dirección correcta a la tormenta mencionada no ha sido tramada. De ahí el famoso “¿Qué hacer?” Todavía está sin respuesta. Sin duda, el reformismo a la Piketty no es satisfactorio. Pero el optimismo mostrado por Bihr y Husson quizás sea exagerado: “En los últimos años, estos fenómenos dramáticos [se trata de los desastres ecológicos y socioeconómicos] no han cesado de provocar movilizaciones sociales cada vez más masivas y determinadas, de un extremo al otro del planeta, en el interior de las cuales se ha reforzado la conciencia de su arraigo en las estructuras del modo de producción capitalista y con ella la exigencia más o menos clara de que ‘el mundo [debe]cambiar de base‘ si se quiere ponerle fin (p. 167). ¿Es cierto este “arraigo en el modo de producción capitalista” en las consciencias? Ahí figura una buena parte de nuestras dudas intelectuales y políticas. Y no estoy convencido de que Marx hubiera apostado un chelín por un enraizamiento ya adquirido…

Artículo publicado en Attac France, el 29 de septiembre de 2020 y reproducido en Á l’Encontre el 30 de septiembre de 2020.

alencontre.org/societe/livres/le-livre-dalain-bihr-et-michel-husson-sur-ceux-de-thomas-piketty.html

Jean-Marie Harribey, ex copresidente de Attac y del Consejo Científico de Attac, ha publicado recientemente Le trou noir du capitalisme (Ed. Le Bord de l’eau, 2020)

Traducción: viento sur

Notas

1/ A. Bihr, Le premier âge du capitalisme, tome 1, L’expansion européenne, 2018; tome 2, La marche de l’Europe occidentale vers le capitalisme, 2018 ; tome 3, vol. 1 et 2, 2019 ; el conjunto ha sido publicado por Syllepse y Page 2. He comentado el primer tomo en J.-M. Harribey, “À la naissance du capitalisme, il y eut l’expansion commerciale” Les Possibles, n° 19, Hiver 2019. Y M. Husson hizo también una recensión del primer tomo: “Comment est né le capitalisme” Politis, 27 septembre 2018

2/ Web de Michel Husson.

3/ Este no es el lugar para discutirlo aquí, pero creo que siempre ha surgido la confusión por no considerar que el aumento en la intensidad del trabajo fue una de las causas del aumento de la productividad del trabajo y, por el contrario, la convierten en un fenómeno distinto de esta última (J.-M. Harribey, La richesse, la valeur et l’inestimable, Fondements d’une critique socio-écologique de l’économie capitaliste, LLL, 2013, p. 62-63).

4/ A continuación de este juicio exacto, Michel Husson cita a Patrick Artus y su referencia “L’épargne doit financer la croissance mondiale”, Flash, n ° 87, 29 de febrero de 2008, que es el ejemplo perfecto del galimatías neoclásico en la que se encuentra este puente-a los-asnos: “en equilibrio, el ahorro mundial disponible determina el nivel mundial de inversión”. Doble error: el ahorro no determina nada y Artus compara el stock de ahorro con el flujo de inversión. Con todo, quizás sea mejor tener un Piketty, consecuente en su reformismo, que un Artus que, un día, nos explica que hay que acabar con la austeridad salarial refiriéndose a Marx (!), y al día siguiente que los salarios son demasiado altos.

5/ Esta propuesta de permisos negociables individuales ahora cuenta con el apoyo de algunos ambientalistas. Para una crítica, ver J-M. Harribey, “La canicule échauffe les esprits economicistes”, Blog Alternatives économiques, 12 de agosto de 2020.

6/ Se encuentra esta afirmación en varios lugares, especialmente en el video de Reporterre, “Il va y avoir des crises sociales extrêmement violentes”, entrevista con H.Kempf, 7 de diciembre de 2019. Este problema ha sido muy bien explorado por Jean Gadrey, “Les curieuses réponse de Piketty à mes critiques sur la croissance et les biens communs”, Blog Alternatives économiques, 9 de diciembre de 2019.

7/ Michel Husson quizás va demasiado rápido en su respuesta: “No se extrae el consumo de recursos naturales del PIB”, dice (p. 138). La producción de recursos (extracción de petróleo, minerales, etc.) está incluida en el PIB; pero cuando se agregan todas las producciones para calcular el PIB, se elimina el consumo intermedio de estos recursos. Aún así, Piketty confunde todo: consumo bruto, neto, consumos intermedios y consumo de capital fijo. Quizás su charlatanería sobre la renta nacional en lugar del PIB marca una connivencia con algunos de los reconstructores de indicadores cuya seriedad es inversamente proporcional a la cobertura de los medios.

8/ Entrevista con C. Chavagneux, Alternatives économiques, n° 393, septiembre de 2019.

vientosur.info/el-libro-de-alain-bihr-y-michel-husson-sobre-los-de-thomas-piketty/

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El paquetón de los ciento cuarenta mil millones de euros (140.000.000.000) procedentes de Europa para enjaretar la Nueva normalidad surgida con el coronavirus y que “naide” se quede atrás anunciado por el gobierno a bombo, trompetillas y repique de castañuelas y con televisión de cuerpo presente, porque no estamos hablando de una niñería, sino de un hecho histórico, y ya es cuando me da, cuando me entra un come come por dentro, un qué me sé yo qué, una mala leche (para los de mi pueblo), una mala virgen (para los de Zaragoza) y un x + y (para el resto del personal, porque a mí me gusta quedar bien con todos) y es cuando me pongo a echar cuentas, porque no queda otra, hay que echar cuentas. Y, efectivamente, estamos ante un hecho histórico, porque jamás antes tan pocos robaron tanto a tantos trabajadores en tan poco tiempo y de una tacada y sin vaselina ni nada, únicamente a base de meter miedo con el coronavirus haciendo un montadito con la propaganda, y cuando ya parece que me entra el sosiego, una luz que me ilumina (Supongo que ya habrán caído en la cuenta de que esto a la hora que es no lo puede escribir más que un iluminado, ¿o qué se piensan que escribo a oscuras con las cuatro y pico de la madrugada que son? Pues sepan que tengo mi buen flexo con sus buenos 60 W que me alumbra y me ilumina por la gracia y obra del pago a Eléctricas) y me dice: sigue, joder, que has dicho no se sabe qué de echar cuentas y nos has contado nada. Pues que ha dicho Pedro Sánchez que con esos 140 mil millones de euros se crearán 800 mil puestos de trabajo (De salarios y condiciones de trabajo no ha dicho nada, pues nada le exijamos este sentido), es decir que si fuera verdad, que puede serlo, lo mismo que yo puedo ser santo, resultaría que casi ni llegaría cubrir a los 700 mil nuevos pobres que ha creado el coronavirus, hasta hoy, falta sumar los nuevos pobres de mañana. O sea, que no estamos tratando aquí de lo que a mí me guste o no, sino de estrictas razones de supervivencia de los trabajadores. ¡Ea!, digan ustedes algo ahora, que yo ya he dicho bastante.

 

2,5 millones de trabajadores con empleo son pobres

 


diario octubre / 09.10.2020

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En España tener un salario no es suficiente para sobrevivir: 2,5 millones de trabajadores con empleo son pobres, según un informe elaborado por la Fundación Foessa para Cáritas (*).

El dato ha sido presentado con motivo de la Jornada Mundial del Trabajo Decente. En el informe aparecen también otras cifras preocupantes, como que la precariedad laboral afecta a 7,8 millones de hogares o que casi la mitad de las personas que trabajan a jornada parcial desearían hacerlo a jornada completa.

Estas situaciones obligan a que muchas de ellas no puedan afrontar “gastos imprevistos” o que se vean en la obligación de pedir ayuda a sus familiares. Tres de cada diez familias en inestabilidad laboral grave carecen de dinero suficiente para afrontar gastos relacionados con la vivienda (hipoteca, alquiler, suministros, etc.).

Dos de cada diez familias han recibido avisos de cortes de suministros de luz eléctrica por no disponer de dinero suficiente para pagarlos, explica el informe.

En total en España el año pasado había casi 10 millones de pobres, más de una quinta parte de la población. Pero este año el confinamiento ha creado otros 700.000 pobres más.

La tasa de pobreza severa en España es la segunda más alta de Europa. Asciende al 7 por ciento, dato que sólo supera Rumanía y que duplica la media europea.

Hay pobres y habrá muchos más. Un informe del Fondo Monetario Internacional publicado a finales del mes pasado pronosticó un rápido incremento de la pobreza en España.

El salario no alcanza especialmente a mujeres y migrantes. La brecha salarial sigue siendo un grave problema: de media, los hombres ganan todavía un 21 por ciento más. Entre los trabajadores inmigrantes (e incluso cuando ellos se encuentran en situación de “regularidad administrativa”) la diferencia de sueldo se eleva al 24 por ciento.

(*) https://www.foessa.es/blog/un-nuevo-focus-sobre-trabajo-decente-alerta-de-que-casi-la-mitad-de-los-trabajadores-con-jornada-parcial-no-la-desean/

FUENTE: mpr21.info

 

jueves, 8 de octubre de 2020

Muere el último superviviente español prisionero en campos de exterminio nazi, las fábricas de la raza pura inventada por el nazismo como auxiliar de los grandes capitales en tiempos de crisis capitalista para hacerlos rentables.

 

Ha muerto Juan Romero, el último superviviente español de los campos de concentración nazis

 


 

DIARIO OCTUBRE / 08.10.2020

Final del formulario

Juan Romero, el último superviviente español de los campos de concentración nazis, ha fallecido este sábado a los 101 años en la población francesa de Ay, según ha informado la vicepresidenta primera del Gobierno, Carmen Calvo, a través de su cuenta de Twitter.

”No hace muchos días tuve el inmenso honor de reconocer en nombre del Gobierno de España a Juan Romero, compatriota exiliado en Francia tras pasar por los campos de concentración nazis. Hoy lamento su fallecimiento, deseando que descanse con la paz por la que siempre luchó”, ha escrito Calvo, que el pasado mes de agosto se desplazó hasta Ay para rendir homenaje a su figura y reparar un olvido que no debería haber existido nunca.

En dicho acto, agradecía a Juan Romero su lucha contra el franquismo y su defensa de la democracia. “Siempre estaremos en deuda con los antifascistas españoles”, enfatizaba, anunciando entonces el nuevo proyecto de ley de memoria democrática, en continuación a la Ley Nacional de Memoria Histórica promovida durante los años de gobierno del socialista José Luis Rodríguez Zapatero.

Romero estuvo retenido durante un tiempo en Mathausen, donde nunca pensó que saldría con vida. Allí, convertido como el prisionero 3799, sufrió el peor de sus infiernos. Una historia que arrastraría durante toda su vida.

El cordobés, que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y a la Guerra Civil, donde combatió en el lado antifascista, era el último superviviente de los 9.300 españoles que sufrieron los campos de exterminio de las SS.

Cuando comienza la guerra de España Juan tenía 17 años. Perteneció a la 33 brigada del XV Cuerpo de Ejército. Luchó en la sierra de Guadarrama, Brunete, Guadalajara y Teruel. Especialmente dura para Juan fue la batalla de El Ebro, en la que tuvo que cruzar el río en una frágil barca, mientras los soldados franquistas le disparaban desde la orilla. Muchos compañeros murieron. Juan resultó herido pero, después de recuperarse en un hospital, regresó con su brigada. Tras la caída de Cataluña, en febrero de 1939, pasó la frontera francesa por Puigcerdà.

Las autoridades francesas le internaron en el campo de concentración de Vernet d’ Ariège. Allí, en abril, se alistó a la Legión Extranjera para seguir combatiendo al fascismo ante la guerra que se avecinaba.

Cuando un año más tarde Alemania invadió Francia, Juan fue hecho prisionero cerca de Épinal, junto a un importante número de republicanos españoles. Le trasladaron al  stalag III-A. Allí permaneció un año hasta que le deportaron a Mauthausen.

Su primer trabajo fue en la cantera. “Cuando terminaba el día subíamos una piedra por la escalera, y que no fuera pequeña… Los SS eran unos criminales. Todos los días llegaban los carros de la cantera llenos de muertos”.

También estuvo destinado en un kommando exterior, que lo comandaba el kapo español César Orquín, construyendo una carretera. Sus miembros eran todos españoles. Juan sufrió un accidente mientras cargaba unas vagonetas y resultó herido. Le trasladaron al campo central y consiguió recuperarse en la enfermería gracias a la ayuda de un compañero que había hecho la guerra de España en las Brigadas Internacionales. Entonces le llegó la oportunidad de entrar en un grupo de trabajo mejor: el kommando de la desinfección. Lo formaban doce prisioneros. Su misión consistía en recoger las ropas de las expediciones de presos que llegaban al campo y, en unas grandes parihuelas, llevarlas al edificio de la desinfección que se encontraba fuera de las alambradas. Cuando estaban listas, las recogían y las dejaban en la lavandería.

Para Juan esto fue su salvación, ya que solían encontrar algo de comida en los bolsillos de los recién llegados, que se repartían entre los doce. Trabajaba a cubierto, en el edificio de la lavandería. Aquí permaneció durante tres años, hasta la liberación. Dos de sus compañeros eran también músicos en la orquesta del campo. El soldado SS que les custodiaba formaba parte del grupo encargado de fusilar a los prisioneros.

Debido a su particular trabajo veía a todos los grupos de prisioneros que llegaban a Mauthausen. Durante los últimos meses de la guerra entraron miles de ellos, evacuados de otros campos como Auschwitz: “Si había grupos que llegaban y en vez de ir a la ducha se quedaban fuera, eso era muy malo… Esos iban directamente a la cámara de gas”. Juan tiene un recuerdo que, más de 70 años después, todavía le atormenta: “Llegó al campo un grupo, había hombres, mujeres, niños muy chicos. Eran 30 o 40. Nosotros estábamos para salir; esperamos a que entraran, pasaron delante de nosotros y una niña pequeña me sonrió… la pequeñita, la pobre, ignorante no sabía que iba directa a la cámara de gas. Y eso me hizo mucho daño. Yo he visto muchos grupos, pero aquella pequeñita, la niña que me echó una sonrisa… Aún ahora por las noche me acuerdo mucho de ella”.

Al final creció tanto el número de prisioneros que no había trajes para todos y se les daba ropa civil. Para identificarlos ante una posible fuga, en la parte posterior de la chaqueta se le quitaba un pedazo y en su lugar se le ponía un cuadro de rayas.

Juan todavía no se cree que saliera vivo de allí. En su cautiverio contempló muchas atrocidades: asesinatos, fusilamientos… Fue repatriado a Francia. Se instaló en Ay, junto a una veintena de deportados. Allí conoció a su mujer y con ella rehízo su vida. Se casaron en 1947 y tuvieron cuatro hijos. Juan trabajó durante 30 años en un viñedo y una bodega que fabricaba champagne. El ya anciano cordobés se lamenta cuando echa la vista atrás: “A España no podía volver, yo había hecho la guerra contra Franco. Regresé la primera vez en el 60, cuando tuve la nacionalidad francesa. Y fui a Barcelona a ver a mi familia”.

En mayo de 1958, en el cementerio Père-Lachaise de París, asistió a la inauguración del monumento a las víctimas de Mauthausen: una larga escalera por la que sube un deportado cargado con una gran piedra a sus espaldas. No ha querido regresar al campo de concentración. Demasiados malos recuerdos.

https://www.revistarambla.com/muere-juan-romero-el-ultimo-superviviente-espanol-de-los-campos-de-concentracion-nazis/

VÍA:mpr21.info

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Acerca del miedo

 

La construcción social del miedo

ESCRITO POR: JAVIER MARTÍNEZ CORTÉS

http://www.revista-critica.com/la-revista/monografico/analisis/439-la-construccion-social-del-miedo

Enero - Febrero 2012



¿El miedo se aprende en la sociedad?

“El hombre es una caña, la más débil de la naturaleza” –sospechó Pascal-– “pero es una caña que piensa”. Esta combinación de debilidad y pensamiento está en la base del desarrollo de las culturas humanas. El ser humano se sintió animal amenazado y su cerebro –aún en proceso de desarrollo– le dijo que podría tratar de protegerse fabricando algo con lo que defenderse de sus amenazas. Había nacido el homo faber.

La cultura surgió como necesidad de proteger de sus peligros a la débil caña humana. Porque, consciente de su debilidad, el ser humano había sentido miedo. Y había encontrado en la cultura –esto es, en la construcción de artificios mediante su inteligencia– la defensa para sus miedos. La cultura surgió para proteger al ser humano.

Pero, probablemente muy pronto, los seres humanos, producto de la evolución, pudieron comprobar que otras “cañas débiles” semejantes a ellos, eran sin embargo, aún más débiles. Y los instrumentos, que les servían para defenderse de los depredadores de otras especies, podían también ser usados contra la propia especie.

Y el ser humano se convirtió en depredador de sus semejantes. La cultura sufría así, vista desde nuestra altura temporal, una perversión. “Homo homini lupus” sentenció Hobbes, ya a millones de años, para justificar el nacimiento del Estado.

¿Hay un miedo “natural”?

El miedo está por tanto implícito en la conciencia del ser humano, ante los peligros que le amenazan. La vida es esencialmente afirmativa y la sostiene el instinto de conservación. Una de las necesidades básicas en toda existencia es la de seguridad. Toda amenaza a esta seguridad provoca la reacción espontánea del miedo. En este sentido, el experimentar miedo es un fenómeno que podría considerarse natural.

Ahora bien, el motivo por el que se experimenta el miedo es aprendido en el interior de la propia cultura. Por ello, nuestros miedos son tan diferentes. (No son los mismos los miedos ante el cáncer que ante la práctica del vudú.)

Así, el miedo se produce siempre en circunstancias sociales. Posee un contenido social e histórico que evoluciona con el desarrollo de las culturas. El miedo participa de la función protectora de la vida, aunque a veces no sea real sino imaginario. Un miedo prudente –que solemos denominar “precaución”– constituye una salvaguardia de la existencia. (“Vivir” supone siempre la prueba existencial de superar no sólo incertidumbres sino miedos).

El hombre como productor de miedo. Los miedos hoy

Desde la perspectiva de las modernas sociedades ya desarrolladas, nos costó mucho aceptar la necesidad del miedo. En la sociedad de la abundancia, la seguridad tenía que ser abundante. Ello promocionó el sustancioso filón económico de las Sociedades de Seguros e hizo patente la idea de que sugerir algún tipo de miedo (una epidemia vírica) era rentable puesto que promocionaba la compra de la medicación previa.

Desde siempre, el miedo de los demás supuso una cuota de poder (léase “El Príncipe” de Maquiavelo). Pero ahora, además, proporcionaba un negocio. Dentro de lo que puede caber, se apoyaba en la idea de una mayor seguridad para nuestra salud. Menos inocente, y muy rentable, incluso en época de crisis económica, es la fabricación y venta de armas a otros países. Siempre hay mercado para ellas: todos los países que las adquieren, por pobres que sean, lo hacen para proporcionar una mayor seguridad frente a sus enemigos (a los que tal vez se piensa atacar). Este maridaje entre seguridad y armas agresivas se ha impuesto en nuestra retórica occidental. Los anticuados Ministerios de Guerra se han transmutado en modernos Ministerios de Defensa.

En la práctica real, con distintas palabras, hay una glorificación de la violencia. La producción cultural del miedo (al margen de catástrofes naturales) ha tenido ya un carácter exponencial. “Cultural” aquí quiere decir: con el artificio de una técnica cada vez más sofisticada, añadida al marketing ideológico sobre “el enemigo”. Ya no hay distancias que antes separaban a las personas. Hoy conocemos que nuestro planeta está envuelto en violencia y amenazas –explícitas o no– de violencia. Como si nos poseyera una imagen cainita de lo que es convivir sobre la Tierra.


Ma allá de la esperanza filosófica y de la retórica política, está la historia tan reciente de nuestro convulso siglo XX. Esta historia produjo un fundado miedo a reiterar los problemas. Resultaba indispensable superar con un destino común los enfrentamientos y las muertes.


El miedo en escenarios menores

El miedo se puede producir en escenarios menores. Incluso dentro de la familia y la “polis”, instrumentos que los seres humanos se dieron para protegerse, aunque en la práctica impusieran una violencia social, aceptada por miedo (inferioridad de la mujer, esclavitud). Pero hoy, en sociedades donde se vive bajo el ideograma de la libertad, el miedo adquiere un carácter sangriento. Óiganse las noticias cotidianas sobre “violencia de género” y recuérdese la historia de la ex-Yugoslavia con sus enfrentamientos étnicos y religiosos.

La mirada occidental de Hegel, en el siglo XIX, vio que la Historia universal no se podía considerar un muestrario de la dicha humana. Pero pensó que la cultura (la de Occidente, claro) evolucionaba hacia la libertad como meta última.

Hoy nos cuesta admitir este horizonte último de Hegel. No es que no hayamos formulado como derechos “inalienables” los debidos a la libertad de la persona. Sin infravalorar la necesidad y la exigencia de esta formulación, también en Occidente hemos encontrado fórmulas dotadas de nombres respetables para infringir algunos de esos derechos (no es lícito ejercer la tortura, pero sí “someter a presión” a la persona humana).

Más allá de la esperanza filosófica, y de la retórica política, está la historia –tan reciente– de nuestro convulso siglo XX. Europa con sus guerras y sus ensayos de exterminio étnico, Japón con su experiencia de la bomba atómica… han conocido la difusión de un terror masivo.

Ello produjo un fundado miedo a la reiteración de los problemas (es prudente sentir miedos). Resultaba indispensable superar, con un destino común, los enfrentamientos dramáticos y las muertes masivas (literalmente de millones de personas). Las potencias vencedoras en la guerra del 14 fracasaron en dotar a Europa de una paz duradera (no tuvieron suficiente miedo). La cultura europea –políticos y economistas– de la posguerra de 1914, fue una “cultura fracasada”; no fue capaz de prever los futuros problemas que, recrudecidos, volvieron a reproducirse dos décadas después.

Con esta memoria se produjo un esfuerzo colectivo de los líderes europeos por superar nacionalismos. Trataron de crear, por etapas, una “Unión Europea”, basada en la unión económica. El proceso aún está por completar con medidas políticas cuya ausencia se deja hoy notar. Pero produjo una conciencia de “guerra imposible” en Europa, y un auge económico sin precedentes hasta entonces.

Hoy, en un contexto político y económico diferente, la crisis financiera y económica (tal vez más compleja que la crisis de 1927), amenaza al euro –una moneda sin Estado– y pone en riesgo la misma Unión Europea.

En esta situación, sería oportuno plantearnos el tema de los miedos “oportunos” y de las “culturas fracasadas”.

¿Qué es una “cultura fracasada?

Una cultura fracasada es aquella en la que el sistema de organización social se problematiza por unas cuestiones que desbordan las soluciones ofrecidas. ¿Podría estarse acercando el Occidente europeo a este límite? Porque se “construye” en Europa hoy un tipo de miedo nuevo para los europeos de los últimos cincuenta años. Miedo para el que las soluciones ofrecidas por la clase política dirigente no parece ofrecer una esperanza tangible. Al menos para las economías periféricas de la zona euro.

Miedo, no a la guerra, sino más difuso y anónimo. Un miedo al futuro económico de muy extensas capas de población. Miedo que se extiende al paro masivo, al deterioro creciente de las condiciones laborales, a la pérdida de la vivienda e incluso a la perspectiva de una pobreza vergonzante.

Y ello en sociedades que guardan el recuerdo reciente de una abundancia, en algunos casos cercana al despilfarro, pero que también permitió a muchos el acceso a un estándar de vida decoroso, propio de la clase media–baja. Todo ello se está viniendo abajo aceleradamente.

Estamos sin signos de bonanza en el horizonte. El euro sigue enfermo, acosado por “los mercados intranquilos” (que se siguen enriqueciendo).

Es duro poner este final al tema del miedo. El pesimismo no es la estrella bajo la cual pueda vivir el individuo sano. Pero tampoco es sano, incluso es perjudicial a la luz de la Historia, esconder los miedos de la población, traducidos a duras realidades, bajo la capa de la retórica política de un mañana venturoso. Y este es el miedo que en Europa estamos ahora aprendiendo. Aunque pensemos que todavía Europa no es una cultura fracasada.

La “caña débil” de Pascal no es hoy tan débil, desde luego. Pero lo que resulta dudoso ante los resultados es que piense acertadamente sobre la posible solución de los problemas que, desde hace varios años, la están desbordando.©


Javier Martínez Cortés

Sociólogo

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La Literatura también forma parte de la vida. Quien lea menos sabe menos y vive menos por muy viejo que se muera.

 


Tal día como hoy (7 de octubre) de 1849 moría en Baltimore Edgar Allan Poe. Poeta, narrador y crítico estadounidense, uno de los mejores cuentistas de todos los tiempos. Lo recordamos con este breve relato (La esfinge) situado en los tiempos del cólera en Nueva York.

LiteraturaSociedad 

 

EL VIEJO TOPO / Edgar Allan Poe

 7 octubre, 2020 



LA ESFINGE

Durante el espantoso reinado del cólera en Nueva York acepté la invitación de un pariente a pasar quince días en el retiro de su confortable cottage, a orillas del Hudson. Teníamos allí todos los habituales medios de diversión veraniegos; y vagabundeando por los bosques con nuestros cuadernos de diseño, navegando, pescando, bañándonos, con la música y  los libros hubiéramos pasado bastante bien el tiempo, de no ser por las temibles noticias que nos llegaban todas las mañanas de la populosa ciudad. No transcurría un día sin que nos trajeran nuevas de la muerte de algún conocido. Por lo tanto, como la mortalidad aumentaba, aprendimos a esperar diariamente la pérdida de algún amigo. Al fin temblábamos ante la cercanía de cada mensajero. El mismo aire del sur nos parecía impregnado de muerte. Este paralizante pensamiento se apoderó de mi alma toda. No podía hablar, ni pensar, ni soñar en nada. Mi huésped era de temperamento menos excitable y, aunque su ánimo estaba muy deprimido, se esforzaba  por confortar el mío. En ningún momento lo imaginario afectaba su intelecto, bien nutrido de filosofía. Estaba suficientemente vivo para los terrores concretos, pero sus sombras no lo atemorizaban.

Sus intentos por sacarme del estado de anormal melancolía en que me hallaba sumido fueron frustrados en gran medida por ciertos volúmenes que yo había encontrado en su biblioteca. Por su índole, tenían fuerza suficiente para hacer germinar cualquier simiente de superstición hereditaria que se hallara latente en mi pecho. Había estado leyendo estos libros sin que él   lo supiese, y, por lo tanto, le resultaba imposible explicarse a veces las violentas impresiones que habían hecho en mi fantasía.

Uno de mis tópicos favoritos era la creencia popular en presagios, creencia que en esa época de mi vida yo estaba seriamente dispuesto a defender. Teníamos largas y animadas discusiones sobre este punto, en las que él sostenía la absoluta falta de fundamento de la fe en tales cosas, y yo replicaba que un sentimiento popular nacido con absoluta espontaneidad — es decir, sin aparentes huellas de sugestión— tiene en sí mismo inequívocos elementos de verdad y es digno de mucho respeto.

El hecho es que, poco después de mi llegada a la casa, me ocurrió un incidente tan absolutamente inexplicable y que tenía en sí tanto de ominoso, que bien se me podía excusar si lo consideraba como un presagio. Me aterró y al mismo tiempo me dejó tan confundido y tan perplejo, que transcurrieron varios días antes de que me resolviera a comunicar la circunstancia a mi amigo.

Casi al final de un día de calor abrumador, estaba yo sentado con un libro en la mano delante de una ventana abierta desde la cual dominaba, a través de la larga perspectiva formada por las orillas del río, la vista de una distante colina cuya ladera más cercana había sido despojada por un desmoronamiento de la mayor parte de sus árboles. Mis pensamientos habían errado largo tiempo desde el volumen que tenía delante, a la tristeza y desolación de la vecina ciudad. Levantando los ojos de la página, cayeron éstos en la desnuda ladera de la colina y en un objeto, en una especie de monstruo viviente de horrible conformación, que rápidamente se abrió camino desde la cima hasta el pie, desapareciendo por fin en el espeso bosque inferior. Al principio, cuando esta criatura apareció ante la vista, dudé de mi razón o, por lo menos, de la evidencia de mis sentidos, y transcurrieron algunos minutos antes de lograr convencerme de que no estaba loco ni soñaba. Sin embargo, cuando describa el monstruo (que vi claramente y vigilé durante todo el período de su marcha), para mis lectores, lo temo, será más difícil aceptar estas cosas de lo que lo fue para mí.

Considerando el tamaño del animal en comparación con el diámetro de los grandes árboles junto a los cuales pasara —los pocos gigantes del bosque que habían escapado a la furia del desmoronamiento—, concluí que era mucho más grande que cualquier paquebote existente. Digo paquebote porque la forma del monstruo lo sugería; el casco de uno de nuestros barcos de guerra de setenta y cuatro cañones podría dar una idea muy aceptable de sus líneas generales. La boca del animal estaba situada en el extremo de una trompa de unos sesenta o setenta pies de largo, casi tan gruesa como el cuerpo de un elefante común. Cerca de la raíz de esta trompa había una inmensa cantidad de negro pelo hirsuto, más del que hubieran podido proporcionar las pieles de veinte búfalos; y brotando de este pelo hacia abajo y lateralmente surgían dos colmillos brillantes, parecidos a los del jabalí, pero de dimensiones infinitamente mayores. Hacia adelante, paralelo a la trompa y a cada lado de ella, se extendía una gigantesca asta de treinta  o cuarenta pies de largo, aparentemente de puro cristal y en forma de perfecto prisma, que reflejaba de manera magnífica los rayos del sol poniente. El tronco tenía forma de cuña con la cúspide hacia tierra. De él salían dos pares de alas, cada una de casi cien yardas de largo, un par situado sobre el otro y todas espesamente cubiertas de escamas metálicas; cada escama medía aparentemente diez o doce pies de diámetro. Observé que las hileras superior e inferior de alas estaban unidas por una fuerte cadena. Pero la principal peculiaridad de aquella cosa horrible era la figura de una calavera que cubría casi toda la superficie de su pecho, y estaba diestramente trazada en blanco brillante sobre el fondo oscuro del cuerpo, como si la hubiera dibujado cuidadosamente un artista. Mientras miraba aquel animal terrible, y especialmente su pecho, con una sensación de espanto, de pavor, con un sentimiento de inminente calamidad que ningún esfuerzo de mi razón pudo sofocar, advertí que las enormes mandíbulas en el extremo de la trompa se separaban de improviso y brotaba de ellas un sonido tan fuerte y tan fúnebre que me sacudió los nervios como si doblaran a muerto; y, mientras el monstruo desaparecía al pie de la colina, caí de golpe, desmayado, en el suelo.

Al recobrarme, mi primer impulso fue, por supuesto, informar a mi amigo de lo que había visto y oído; y apenas puedo explicar qué  sentimiento de repugnancia me lo impidió.

Por fin, una tarde, tres o cuatro días después de lo ocurrido, estábamos juntos en el aposento donde había visto la aparición, yo ocupando el mismo asiento junto a la misma ventana y él tendido en un sofá al alcance de la mano. La asociación del lugar y la hora me impulsaron a referirle el fenómeno. Me escuchó hasta el final; al principio rió cordialmente y luego adoptó un continente excesivamente grave, como si sobre mi locura no cupiese ninguna duda. En ese momento tuve otra clara visión del monstruo, hacia el cual, con un grito de absoluto terror, dirigí su atención. Miró ansiosamente, pero afirmó que no veía nada, aunque yo le señalé  con detalle el camino de la bestia mientras descendía por la desnuda ladera de la colina.

Entonces me alarmé muchísimo, pues consideré la visión, o como un presagio de mi muerte, o, peor aún, como anuncio de un ataque de locura. Me eché violentamente hacia atrás y durante unos instantes hundí la cara en las manos. Cuando me destapé los ojos, la aparición ya no era visible.

Mi huésped, sin embargo, había recobrado en cierto modo la calma de su continente y me interrogaba con minucia sobre la conformación de la bestia. Cuando le hube dado cabal satisfacción sobre este punto, suspiró profundamente, como aliviado de alguna carga intolerable, y siguió conversando con una calma que me pareció cruel sobre varios puntos de filosofía que habían constituido hasta entonces el tema de discusión entre nosotros. Recuerdo que insistió muy especialmente (entre otras cosas) en la idea de que la principal fuente de error de todas las investigaciones  humanas se encontraba en el riesgo que corría la inteligencia de menospreciar o sobrestimar la importancia de un objeto por el cálculo errado de su cercanía.

—Para estimar adecuadamente —decía— la influencia ejercida a la larga sobre la humanidad por la amplia difusión de la democracia, la distancia de la época en la cual tal difusión puede posiblemente realizarse  no  dejaría  de  constituir  un  punto  digno  de  ser  tenido  en  cuenta.    Sin embargo, ¿puede usted mencionarme algún autor que, tratando del gobierno, haya considerado merecedora de discusión esta particular rama del asunto?

Aquí se detuvo un momento, se acercó a una biblioteca y sacó una de las comunes sinopsis de historia natural. Pidiéndome que intercambiáramos nuestros asientos para poder distinguir mejor los menudos caracteres del volumen, se sentó en mi sillón junto a la ventana y, abriendo el libro, prosiguió su discurso en el mismo tono que antes.

—De no ser por su extraordinaria minucia —dijo— en la descripción  del monstruo quizá no hubiera tenido nunca la posibilidad de mostrarle de qué se trata. En primer lugar, permítame que le lea una sencilla descripción del género Sphinx, de la familia Crepuscularia, del orden Lepidóptera, de la clase Insecta o insectos. La descripción dice lo siguiente: «Cuatro alas membranosas cubiertas de pequeñas escamas coloreadas, de apariencia metálica; boca en forma de trompa enrollada, formada por una prolongación de las quijadas, sobre cuyos lados se encuentran rudimentos de mandíbulas  y palpos vellosos; las alas inferiores unidas a las superiores por un pelo rígido; antenas en forma de garrote alargado, prismático; abdomen en punta. La Esfinge Calavera ha ocasionado gran terror en el vulgo, en otros tiempos, por una especie de grito melancólico que profiere y por la insignia de muerte que lleva en el corselete.»

Aquí cerró el libro y se reclinó en el asiento, adoptando la misma posición que yo ocupara en el momento de contemplar «el monstruo».

—¡Ah, aquí está! —exclamó entonces—. Vuelve a subir la ladera de la colina, y es una criatura de apariencia muy notable, lo admito. De todos modos, no es tan grande ni está tan lejos como usted lo imaginaba; pues el hecho es que, mientras sube retorciéndose por este hilo que alguna araña ha tejido a lo largo del marco de la ventana, considero que debe de tener la decimosexta parte de un pulgada de longitud, y que a esa misma distancia, aproximadamente, se encuentra de mis pupilas.

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